21 El pirata piadoso
En algún momento tenía que pasar. Con la fama que hemos ganado en los últimos meses era obvio que no podríamos pasar mucho tiempo en el anonimato. Por eso no me extraña en absoluto ver paredes tapizadas con carteles de "se busca" con los rostros de toda la tripulación Hatsune. Lo verdaderamente sorprendente es todo lo que demoraron en identificarnos. Bueno, yo sigo a salvo, pero no se cuanto más podré escapar de la corona.
¿A quién engaño? Si descubrieron que mi hermana es parte de la tripulación, no tardaran conmigo mucho tiempo. Me sorprende que lo hicieran; Gumi apenas y sale de su habitación, ni se diga de los viajes en barco. En nuestro refugio, prefiere estar encerrada para leer todos esos libros de aventuras antiguas y héroes del pasado, enfocada en sus dibujos e ideando mecanismos para mejorar nuestras labores de piratería. En el mar no es muy diferente; no participa de manera activa en los asaltos; prefiere mantenerse lejos de las peleas con los guardias y operar los cañones o los mecanismos que mueven nuestro barco. Pero supongo que mi ausencia propició esto. Alguien debía tomar mi lugar y esa fue mi hermana.
Desde hace unos días he pensado que regresar a nuestro refugio en la Isla de las Sirenas sería lo mejor. Mis camaradas me necesitan y no creo poder sortear a los guardias reales por mucho tiempo más. En ese caso, es preferible huir antes de ser descubierto. Podría pedir al jefe que me pague mis últimos trabajos antes de tomar un barco a…
—¡No! ¡Ayuda!
—¡Cállate, niña estúpida! ¡Ya dame esas monedas o si no!
Perfecto, están asaltando a una chica justo doblando la esquina. ¿Por qué estos bandidos de poca monta deben ser tan ruidosos y groseros? De seguro ni siquiera tiene una espada, debe estarla amenazando con un cuchillo pequeño o un trozo de metal. Que pena por ella, pero es mejor no intervenir.
—¡Te dije que todo, maldita!
Está bien, no puedo pasar por alto esto. Un criminal no debe interferir con los asuntos de otro, pero esta es una falta de etiqueta imperdonable. Me veo en la necesidad de darle una lección a ese sujeto. Con cuidado me asomo a la esquina, procurando no levantar sospecha alguna. Esto sería más fácil si tuviera un espejo a mano.
Aun con la poca luz, puedo distinguirlos muy bien. La pobre chica no es más que una de las tantas trabajadoras del puerto, la he visto varias veces por ahí cargando canastas para las posadas y tabernas. El bandido, ese vulgar ladrón, no tengo idea de donde ha salido. Y tiene una hoz pequeña. Así que una herramienta de cultivo. De seguro también la robó a algún campesino descuidado. Bien, es hora de darle una lección a este tipo.
—Oye muchacho —le digo de la manera más educada que puedo—, ¿podrías ser tan amable de regresarle sus monedas a la señorita?
—No te metas, imbécil. ¡Date la vuelta y lárgate!
Que grosero. Me señala con su pequeña hoz para intentar intimidarme. Ahora que la veo más de cerca, noto todo el óxido que tiene en su hoja y lo dañado que está su asidero. Bien, ahora que tengo toda su atención, es hora de actuar. Me acerco a él con toda calma; debe tener más miedo que otra cosa en este momento. Por suerte, aquella joven ha aprovechado para alejarse de nosotros.
El bandido se ha desesperado y se lanza contra mi sin pensarlo más. Es una carrera frenética y sin ninguna disciplina de pelea, solo una burda embestida salvaje. Esto no demorará mucho. Me aferro con fuerza a mi espada y cuando lo veo a la distancia adecuada, lanzo un rápido ataque. Solo me hago a un lado, golpeándole el estómago con la empuñadura de mi arma. Al instante, cae al suelo, jadeando de dolor.
—Debería darte vergüenza, muchacho —le digo—. Aprovecharte así de una jovencita trabajadora.
Él no dice nada. Se queda en el suelo peleando por respirar. ¿Le di muy fuerte? Sí. ¿Se lo merecía? También. Me acerco para buscar las monedas robadas, pero se retuerce para alejarse de mí. Desenvaino mi espada y pongo la hoja justo sobre su cuello. El mensaje es tan claro que no tiene otra opción más que detenerse al instante. Aun jadeando, me entrega una pequeña bolsa. Son las monedas robadas.
—Más vale que no falte ni una sola. Ahora, lárgate.
Con dificultad y a tropiezos, ese bandido menor se aleja de mí, tan asustado como lo estaba su víctima hace unos minutos. Qué vergüenza y ni siquiera es un buen botín. Este tipo de asaltos solo dañan más a las personas que tienen poco. ¿Vas a robar? Que al menos valga la pena.
—Aquí tiene señorita —le entrego la pequeña bolsa de dinero—. Pero por favor, evite caminar por la calle a estas horas.
—Muchas gracias —me responde a un temblando. Parece que quiere llorar—. En verdad, se lo agradezco señor Kamui.
Un pirata que detiene a un ladronzuelo. Quién lo diría. Mi buena acción del día no es más que un acto de hipocresía, pero tampoco puedo rebajarme al nivel de ese sujeto. En mi vida he robado a personas pobres. Eso solo lo hacen ladronzuelos vulgares. Mis amigos y yo trabajamos en asuntos más grandes y valiosos, principalmente nos gusta fastidiar al odioso de Hugo von Renxandt, pero a veces también asaltamos a las naves del gobernador. De todas formas, aunque seamos piratas, tenemos un comportamiento que nos hace diferentes al resto. Debe ser por eso que la mayoría de los pescadores nos aprecian.
Bueno, no tiene caso prolongarlo más. Debo volver a la Isla de las Sirenas cuanto antes.
