Diana 4:

El laberinto de libros

Al tratarse de una escuela de magia, me esperaba que su biblioteca fuera distinta a las que acostumbro visitar en la Tierra y no hablo solo de los libros que podría consultar, los cuales tratan de asuntos muy distintos entre ambos mundos. Es cierto que existen algunas similitudes, como la clasificación de cada obra según su área de conocimiento o la existencia de una recepción atendida por unos cuantos bibliotecarios. Sin embargo, hasta las funciones de estos son algo diferentes. Si bien entre ambas realidades este puesto se encarga de orientar a los usuarios de la biblioteca y ordenar los libros de la misma, en Magna Luna tienen una labor más exigente: son auténticos guías.

Cómo si no existieran suficientes cosas para asombrarme en Tibitha, dígase las diferentes razas que habitan el mundo o la magia que se enseña en esta academia, el mismo edificio contienen un sinfín de sorpresas. No solo la estructura es tan inmensa como espectacular; la mayoría de las aulas se encuentran bajo hechizos acústicos para evitar que los sonidos entren o salgan, los pasillos más grandes se limpian solos gracias a escobas encantadas que barren después de las clases, las lámparas que nos iluminan están hechas con velas interminables que se apagan y encienden solas, entre otros prodigios.

Las aulas son otro ejemplo. Tanto la maestra Geschitheart y el maestro Silver ocupan unos salones que en la Tierra pasarían como salas para conferencias. Ya he hablado de la maestra Pisces y las características especiales de su aula. La clase de Pócimas y Brebajes se imparte en un laboratorio poco convencional; todas las mesas tienen un caldero que debemos lavar por completo al terminar, sin contar que existen una gran variedad de tubos de ensayo y otros recipientes de vidrio por todo el lugar. Los ingredientes a utilizar se guardan en unas gavetas al fondo de la habitación y la ventilación es el menor de lo problemas. También he visto un aula llena de árboles y plantas que más parece un bosque atrapado en los muros de la Academia.

Es obvio a donde quiero llegar. La biblioteca es otro de esos lugares sorprendentes que ofrece este mundo, empezando por su personal. Aunque son magos competentes, la Academia no puede ofrecerles un puesto de profesor a todos. Por este motivo algunos optan por un puesto como bibliotecario o algún asistente de profesor en caso de ser necesario. Como decía en un principio, las funciones entre un bibliotecario de la Tierra y Tibitha son muy parecidas, excepto porque en este mundo se encargan de guiar a cada estudiante por las diferentes áreas de la biblioteca escolar a la cual muchos llaman "El laberinto de libros" y no es para menos.

La primera vez que entre hace unas semanas quedé impresionada. No se parece a las bibliotecas que existen en mi mundo, ni siquiera a las más extravagantes que pude ver en internet. Aquí desde la recepción es todo libros apilados. Si bien existen las estanterías para guardar tan preciados textos, estas no son suficientes para contener la gran cantidad de material albergado en este recinto. Los angostos pasillos no solo están delimitados por los enormes muebles; también se ocupan cajas, mesas o solo se dejan los libros apilados en el suelo para formar pilares de papel que llegan hasta el techo. Esto no es un peligro para las obras, pues uno de los encargados me comentó que todos tienen un hechizo protector que debe renovarse cada seis meses. Por si fuera poco, a pesar de todo encontrarse clasificado por secciones, la separación de estas no es del todo claro, es decir, no existe ningún señalamiento que indique donde acaba una y comienza la otra. Se puede tener una noción gracias a los títulos de cada libro, lo cual requiere mucha atención. Además que los pasillos son numerosos y difíciles de diferenciarse. Sin la debida asistencia, es muy fácil perderse dentro de esta biblioteca. Es aquí donde actúan sus encargados; ellos son los guías que te llevan hasta el área que necesitas y una vez que terminas se les llama para que te ayuden a salir del laberinto.

Por todo lo que acabo de contar, parece que es muy incómodo para los estudiantes trabajar en este lugar, pero igual existen opciones que hacen más cómodo el uso de la biblioteca. Con la debida anticipación, se puede pedir a sus encargados que busquen algún texto en el laberinto de papel y lo tengan listo en la recepción. La mayoría opta por esto, por eso hay montañas de libros desde la entrada. La segunda opción, aunque más tardada, consiste en utilizar el sótano al cual se accede por diversas trampillas esparcidas por cada rincón de la biblioteca. Para esto igual se necesita la ayuda de tu guía. Por último, he visto a quienes prefieren sentarse en el suelo y leer ahí mismo, o utilizar algún hechizo de viento que les permite flotar para no estorbar el paso. En lo personal, prefiero las primera opción, aunque ya he bajado al sótano motivada por mi curiosidad. Quería saber cómo eran sus instalaciones y me lleve una agradable sorpresa. Toda esa área fue acondicionada para ofrecer desde cubículos para quienes trabajan en equipo o escritorios individuales.

Todo esto lo conocí durante mis primeros días en la Academia. Si quiero volver cuanto antes a mi mundo, tenía que investigar sobre cualquier magia que pudiera permitirlo, o bien, averiguar todo lo posible sobre el capitán Leo. El problema más grande era preguntar sobre estos temas sin llamar la atención de nadie. No creo que una estudiante regular, por más fantasioso que sea Tibitha, se interese mucho en viajes entre realidades. Siquiera dudo que alguien crea en la existencia de varios mundos. Al menos yo no lo creía hasta ahora.

—Disculpe —dije al primer bibliotecario que encontré.

—Vaya, es la señorita Diana Cavendish —respondió él en cuanto me vio. Su voz era muy fuerte y resonó en toda la recepción algo que le valió las miradas molestas de algunos de sus colegas—. Será un gusto auxiliarle hoy.

—Que amable… em…

—Kyojuro Rengoku. Encantado de conocerla —se presentó con un gesto amable. Desde aquel momento en que lo conocí pensé que se trataba de una persona muy escandalosa para trabajar en un biblioteca y cada nueva visita me lo confirma. Si tuviera que describirle en pocas palabras, diría que es como una llama, una intensa. No solo su cabello rubio con mechones pelirrojos le dan ese aspecto, también su actitud entusiasta produce una sensación cálida a su alrededor—. Y dígame, ¿en qué puedo ayudarle?

Había meditado mucho para este momento. Tenía que planificar mi investigación de alguna manera para que no levantase sospechas ante nadie, aunque tenía muchas dudas para iniciarla. No tenía ni idea de que tipo de libros consultar. ¿Algo sobre los sueños? Parecía un buen punto de partida ya que este viaje entre realidades lo realicé mientras dormía. De igual manera, pensé que podría buscar sobre historia marítima, pues el dichoso capitán Leo tenía aspecto de pirata. O tal vez buscar directamente sobre viajes interdimensionales. A decir verdad, ninguna de las opciones parecía inocente… a menos que buscara desde lo más básico.

—Necesito consultar libros para la interpretación de los sueños —dije con toda la seguridad. Sí en mi mundo existen tales libros a pesar de todo el escepticismo, aquí también deberían de existir.

—No tenía idea de que usted asistiera a esos cursos tan avanzados —por un momento pareció sospechar que había algo extraño en mi petición. O también pudo ser un gesto de admiración, la fuerza de su voz no dejaba esto muy claro.

—Me temo que aun no. Esto es mera curiosidad personal. Quiero conocer al respecto por mi cuenta y tener algunas bases. Así no llegaré en blanco cuando ya pueda asistir a dicho curso.

Por un momento guardó silencio. Sus brillantes ojos, tan claros que parecían una flama, no dejaban de mirarme con un aire reflexivo. En un principio me pareció que mi respuesta era la más acorde a la Diana de este mundo y no levantaría ninguna sospecha, pero ante el bibliotecario Rengoku parecía una solicitud muy extraña. Sin embargo, debía intentarlo.

—Excelente señorita Cavendish —contestó al final con gran entusiasmo. Rodeó la mesa que conforma la recepción y con una seña me invitó a seguirle—. Esa es la iniciativa que deberían tener cada estudiante. Investigar por su propia voluntad y no esperar a que cada profesor les regale el conocimiento.

—Seguro, aunque eso le daría más trabajo.

—No me importaría. Yo siempre alentaré a cualquiera que desee superarse —al final, mis mentiras fueron efectivas, pero no puedo evitar sentir algo de culpa. El señor Rengoku es sincero en sus palabras y todo ese aliento debería dárselo a alguien más. Quisiera conocer a alguien así en la Tierra. Incluso Akko se vería beneficiada si alguien así le apoyara—. La sección que busca queda algo alejada, espero que no le importe caminar un poco.

—Para nada.

Y así comenzó mi primer recorrido por la biblioteca de Magna Luna, el laberinto de libros. Como ya dije, esto es algo que no debe tomarse como una broma. La manera en que tanto libreros, mesas y las pilas de libros están organizados crean un auténtico laberinto dentro del cual es muy fácil perderse. Por recomendación de Renogoku, me mantuve lo más cerca de él para evitar cualquier accidente. Durante el recorrido pude ver a numerosos estudiantes buscando entre los poblados estantes, mismos que formaban estrechos pasillos tapizados de colores y letras. También pude ver a otros bibliotecarios durante sus labores, ya fuera guiando a otros alumnos o acomodando en sus respectivos lugares los textos consultados. Incluso pude ver a la maestra Clío flotando sobre nosotros, sentada en una delgada silla plegable y una mesa llena de pergaminos y cuadernillos.

—La maestra Clío es una de las personas más apasionadas que conozco —comentó Rengoku al verla—. No es a diario, pero al menos viene a dos o tres veces por semana a buscar libros. ¡Incluso ha corregido algunos! Admiro su entusiasmo y conocimiento.

—Seguirle el ritmo en sus clases se torna algo difícil —respondo. Desde la primera vez que asistí a una me sentí abrumada por la cantidad de información y detalles que suele dar, pero cuando se presta atención a sus palabras y no divaga, resulta muy interesante escucharle. Al menos ya conozco el desarrollo completo de la Gran Guerra del Continente Sur hasta su desenlace—. Pero el amor que tiene por su materia es algo que se puede percibir de inmediato.

—¡Aja! Es la mejor maga historiadora de nuestra época. Incluso me ha inspirado a mí.

—¿En serio?

—Por supuesto. Aunque estoy capacitado para impartir cursos de magia de fuego y combate mágico, desde que la conocí aumentó mi amor por la historia. Será difícil que yo pueda sustituirla en esta academia, pero me gustaría enseñar Historia de la Magia, ya sea aquí o en cualquier otra institución.

—Bueno, si se lo propone con el ímpetu que me ha demostrado hasta ahora, sin duda lo logrará.

—¡Exacto! ¡La importante es no rendirse!

Resulta curioso que su actitud tan positiva y enérgica me recuerde un tanto a Akko, solo que el señor Rengoku es mucho más centrado que ella. Tampoco es de extrañar, la diferencia de edades parece ser proporcional a la grado de madurez; aunque ambos son igual de ruidosos al hablar. Tal vez, de lograr que ambos convivieran Akko podría encontrar en él un nuevo modelo a seguir o al menos Rengoku podría orientarle un poco y así solucionar sus ya demasiados problemas académicos. Y es que sus complicaciones no se limitan a un mal dominio de la magia, también es un desastre en cuanto a la entrega de tareas escritas, medición de pócimas y en sí, de concentrarse en cualquier cosa.

—Hemos llegado señorita —anunció mi guía tras un largo recorrido—. Desde este librero hasta donde dobla la esquina encontrara lo que busca. Iré por una escalera.

—No se preocupe, iniciaré desde aquí abajo. Solo necesito el acceso a la sala del sótano.

—Se encuentra unos pasillos más adelante. Le llevaré cuando termine de tomar sus libros.

—Es muy amable.

El problema era que no tenía la menor idea de por donde comenzar. Todos los libros son muy grandes y la cantidad de estos es una exageración. Tomé uno al azar y comencé a hojearlo. Las páginas estaban impecables; ninguna tenía signos de desgaste o anotaciones hechas por otro lector. Todos son libros en buen estado, el sueño de cualquier usuario de biblioteca. Al no tener una idea clara de donde iniciar, cargué con los primeros cinco libros a mi alcance. Ya que estoy partiendo desde lo básico, en alguna parte debo encontrar al menos el significado de soñar con un barco o con ese capitán Leo.

—Por hoy revisaré estos libros. ¿Puede llevarme a la sala del sótano?

—¡Pues claro! ¡Sígame señorita!

Sin decirme nada más, el señor Rengoku tomó los libros que recién había elegido del librero y avanzó a un paso veloz por los estrechos pasillos. No fue impresión mía; él en verdad estaba emocionado por el comienzo de mi investigación. No fue en aquella ocasión, pero en otra de mis visitas le pregunté si siempre mostraba tal entusiasmo con otros estudiantes. Su respuesta fue afirmativa; dijo que no solo le da gusto ver a estudiantes con iniciativa, su actuar es una manera de animar a todos los alumnos de Magna Luna. Ahora creo que Akko debe conocerlo.

Tras recorrer por unos minutos los pasillos del laberinto, llegamos a una trampilla. El señor Rengoku solo dijo "ábrete" y tras un chasqueo metálico, esta le obedeció. De manera gentil me indicó que bajara detrás de él por las escaleras recién descubiertas. Cuando llegamos al sótano, contemplé una habitación tan amplia como la misma biblioteca, pero mucho más espaciosa. Aunque se tiene una cantidad inmensa de escritorios, ninguno se encuentra cerca del otro así que se puede estudiar sin incomodar a los demás. Elegí uno de estos pupitres procurando estar lo más alejada de los demás y me senté. Antes de irse, el señor Rengoku me indicó que la salida se encontraba en el extremo sur de la sala, ahí encontraría una escalinata que sube hasta la recepción de la biblioteca. Además, al terminar de usar los libros bastaba con dejarlos en los anaqueles que encontraría antes de llegar a dichas escaleras. Tras esto se fue.

Durante los días siguientes, la rutina ha sido casi la misma. Apenas llego a la recepción de la biblioteca, el señor Rengoku me recibe. En caso de no encontrarlo, salgo un momento y espero a su regreso. Tal vez exagero con mis precauciones, pero no quiero que muchas personas se enteren de mi investigación. Otros días, ya sea por falta de tiempo o solo porque no me apetece usar la sala del sótano, he optado por pedir los libros para llevarlos a mi habitación.

Por lo poco que he recabado de información, existe la magia de los sueños, sin embargo, solo se utiliza para modificar los sueños de una persona o llegar a verlos. En cuento a la interpretación de los sueños, si bien existen varios diccionarios y manuales para ello, se limitan a un ámbito religioso. Y eso es todo. Un problema que he encontrado es la poca variedad de textos al respecto, algo extraño al ver la gran cantidad de libros existentes. Los diccionarios no difieren mucho entre sí, salvo algunos agregados o mínimas modificaciones; por su parte, los pocos manuales que he logrado consultar son antiguos y todos contienen hechizos o maldiciones creados por su autor, mismos que reciben su contrahechizo en otro libro. Pero nada sobre el capitán Leo. ¿En verdad es tan singular lo que he pasado? Tal vez sea momento de cambiar de área, aunque no sé a dónde dirigir mi investigación ahora. Si un ser que apareció en mis sueños no se encuentra en los libros que los interpretan, ¿qué debería consultar?

—Lo siento señorita Cavendish —es lo primero que el señor Rengoku me dice apenas me ve entrar. Desde que llegué a la recepción de la biblioteca noté que algo extraño había pasado—. Hoy no podremos prestar ningún servicio, ni consulta ni prestamos de libros.

Todo el recibidor está lleno por los trabajadores de la biblioteca y desde aquí logro ver a un par de profesores. La maestra Úrsula y el maestro Silver discuten algo con la directora Holbrooke. No alcanzo a escuchar su conversación, pero por los gestos que hacen asumo que ha ocurrido algo muy grave. Otro bibliotecario llega corriendo ante ellos y tras hablarles, ambos profesores le siguen.

—Señor Rengoku… ¿Qué ocurre?

—Nada de qué preocuparse, señorita Cavendish —responde con su habitual buen humor y una amplia sonrisa, aunque es evidente que hay algo importante en los pasillos de la biblioteca—. Solo un pequeño incidente.

Era obvio que no me dirían que ocurrió, pero si ese incidente requería la presencia de la misma directora, no era nada pequeño. Como era evidente que no debía estar ahí, salí antes de que me llamaran la atención y desde entonces he permanecido un tiempo afuera de la biblioteca con la idea de ver alguna pista sobre lo ocurrido, pero no he tenido ninguna respuesta. Solo han salido un par de bibliotecarios hace unos quince minutos y nada más. Supongo que no tengo nada más que hacer aquí. Me doy la vuelta y me dirijo de regreso a mi habitación.

Como era de esperar, los rumores en los pasillos no tardaron en formularse. Aunque algunos expresaban su malestar por no poder utilizar la biblioteca, la mayoría de los comentarios intentaban explicarse el motivo para mantenerla cerrada. Algunos decían que no era nada grave y solo se trataba del robo de algunos libros sin la mayor importancia, otros pensaron que se debía a un accidente y toda una sección se derrumbó, algo que podría tener consecuencias letales si tomamos en cuenta la cantidad de libros existentes. Sin embargo, entre tantas habladurías logré escuchar una muy grave: una agresión, una muy violenta.

En verdad espero que no se trate de eso, pero al ver la presencia de los maestros, la directora y la suspensión de servicios, me temo que es la opción con mayor posibilidad. En ese caso solo, surgen muchas preguntas: ¿Qué clase de agresión fue? ¿Quién y por qué la cometió? Supongo que con el paso de los días tendrán que decirnos.

—¡Diana! ¡Diana! —escucho la voz de Akko acercase. Es normal que grite y hable con mucho entusiasmo, pero ahora parece más emocionada de lo acostumbrado—. ¡Mira Diana!

—No hace falta que grites —le respondo. A medida que se acerca, veo que tiene una larga herida en la cara y sus manos están enrojecidas—. Pero que te…?

—¡Estuve practicando magia de fuego con Amanda! —me interrumpe. Aunque es evidente que sufre de dolor por sus heridas, su alegría es mayor—. Mira esto. ¡Parvum ignem1!

Al inicio su mano tembló, pero en un parpadeo su pulso se estabilizó y sobre la palma de su mano se formó una pequeña llama. Tras verla durante las últimas clases y sus numerosas practicas bajo la tutela de la maestra Úrsula, esperaba que ese fuego saliese disparado hacia el techo o comenzara a quémale la mano, pero no pasó. Akko mantiene el hechizo bajo su control, las llamas danzan entre sus dedos sin lastimarle aunque no brillan más que la satisfacción y alegría en sus ojos. Me da gusto verla así de feliz.

—Felicidades Akko. Todo tu esfuerzo ya da frutos.

—¡Lo sé! Y se siente increíble. La maestra Úrsula dice que este tipo de hechizos son la base para dominar los más complejos.

—Es cierto, dominar las bases es el primer paso para llegar a los hechizos más fuertes.

—Con esto ya no importa descubrir mi afinidad, ¡podré aprender a usar todos los elementos! —admiro esa determinación, aunque estoy segura que el control de los tipos de magia no funciona así. Tras su grito de determinación, la herida en su rostro comienza a sangrar. Tomo el pañuelo que llevo en mi bolsillo y con este le limpio la cortada en la cara. ¿Qué clase de practica hacia con Amanda?

—Primero debes centrarte en un elemento —le digo—. Y deberías ir a la enfermería cuanto antes.

—Ya iba para allá, pero te vi de camino —cerró el puño y la flama se apagó—. Sé que has estado ocupada estos días, pero aun así me ayudas cada que puedes, ¡debía mostrarte mi progreso!

—Siempre que tenga la posibilidad, estaré encantada de ayudarte.

—Gracias, Diana —me dirige una amplia sonrisa y sigue su paso apresurado—. ¡Te vere más tarde!

Siempre corriendo, es como una niña pequeña. Tal vez podría decirle que cenemos todas juntas, he pasado los últimos días muy ocupada investigando entre tantos libros sin resultado alguno que una noche de descanso no vendría mal. Pero antes, debo preguntar a Amanda que clase de prácticas hacía con Akko.

1 Fuego pequeño en latín.