Este es un recordatorio de que este fanfic está también (y se actualiza antes) en wattpad, bajo mi perfil: Likethelastwoman.
Deshacerse de un sentimonstruo era un sentimiento extraño, pensó Félix. Era como tener una ventosa pegada a la frente, que tiraba de su mente hacia dondequiera que se encontrase la criatura, así que cuando desapareció y Félix dejó de ver el cuarto de su primo ante él, sintió una especie de retroceso que empujó su cabeza hacia atrás.
Se frotó los ojos. Tenía una leve migraña, producto, seguramente, de no estar acostumbrado a usar el miraculous. Pero no le importó mucho. Si seguía practicando diariamente, pronto llegaría a la Primera Evolución y no tendría que verse obligado a escapar de Chat Noir. Podría enfrentarse a él, si se daba la ocasión. La idea de bajarle los humos a ese gatito presuntuoso le resultaba extrañamente satisfactoria...
Como Adrien había deducido, Félix estaba en París, pero no en la mansión Agreste. Se encontraba en un pisito muy cerca del Louvre, uno que su padre había comprado justo antes de morir y que su madre no había tenido el coraje de vender. Había llegado esa misma mañana y se había encerrado desde entonces; sabía que si salía a la calle alguien acabaría reconociéndolo, debido a la condenada popularidad de su primo y debido a que, por la maldición, tenían la misma cara.
En aquel momento estaba espatarrado sobre la silla de un estudio vacío, con el traje violeta del pavo real ciñéndole el cuerpo. Llevaba un conjunto de frac y pantalón azul, un antifaz que resaltaba los destellos violeta en sus ojos y unos guantes blancos. Nada demasiado llamativo, en su opinión, pero de todas formas elegante, y eso lo complacía. Duusu le había dicho que el diseño del uniforme mágico respondía a la personalidad de su amo; en ese caso, su kwami había entendido a Félix a la perfección.
Pero Félix no pensaba en el traje en aquel momento. Pensaba en lo que Chat Noir acababa de revelarle: que el kwami de la destrucción no había destruido el miraculous del pavo real. Solo que eso no tenía sentido. Ningún sentido. Era una nota discordante dentro del complicado puzle que Félix estaba tratando de armar. Una incógnita más que sumar a las muchas que rodeaban la historia de Emilie.
Félix dirigió la mirada a los dos libros que descansaban sobre el escritorio delante de él. Uno era viejo, duro como un ladrillo, de papel amarillento y portada carmesí. El otro era un cuaderno verde con un solo nombre en la portada: Emilie Graham de Vanily. El diario de su tía, aquel que había comenzado aquella locura.
El día que Félix se había sentido atraído hacia el diario de Emilie había iniciado una cadena de sucesos que cambiarían su vida para siempre. Acababa de robarle el anillo a su tío para dárselo a su madre, solo que ella le había permitido quedárselo, y Félix, que adoraba la historia de las gemelas Graham de Vanily, había decidido no quitárselo jamás. Ni para ducharse ni para dormir.
Gran error.
Félix recordaba vagamente haberse despertado en medio de la noche con un zumbido en los oídos, como si tuviera una mosca atrapada tras la oreja. Recordaba haberse levantado de la cama medio sonámbulo, atraído por un misterioso magnetismo que lo sacó de su habitación y lo obligó a caminar descalzo por los pasillos de la mansión centenaria donde él y su madre residían.
Sus pasos, primero adormilados y luego extrañamente resueltos, lo llevaron hasta la biblioteca familiar, hogar de mil libros que eran más polvo que papel. Amelie había enterrado allí el diario de su hermana ―¿qué mejor lugar para esconder un árbol que un bosque?―, pero no había tenido en cuenta las propiedades mágicas de los anillos, que eran tan increíbles como traicioneras.
Cuando llegó a la biblioteca, Félix no tenía ni idea de qué hacía allí ni de qué estaba buscando. Solo tenía la vaga sensación de que algo lo estaba llamando, y la verdad es que al principio pensó que era un sueño. Solo cuando encontró el diario de su tía, cuidadosamente oculto a plena vista dentro del tomo XXI de la Enciclopedia de las Artes y las Ciencias, comenzó a pensar que tal vez estuviese despierto.
Esa noche, Félix leyó el diario con avidez ―por lo menos la parte que no estaba codificada―, y cuando hubo acabado, sacó la conclusión más evidente: su tía Emilie estaba como una regadera. Había tantas chifladuras en ese libro que Félix no podía entender cómo no la habían internado en un manicomio, así que, por supuesto, Félix volvió a la cama sin sentir más que un leve cosquilleo en la parte más profunda de su conciencia.
Dos días después, sin embargo, se olvidó el anillo en el cuarto de baño.
Una de sus sirvientas lo recogió. Se llamaba Jessica y llevaba trabajando en la mansión desde que Félix apenas era un cachorrillo. Sabiendo lo importante que era el anillo para el joven amo, corrió a devolvérselo a la pista de tenis donde Félix se encontraba practicando su gancho de derecha. Jessica se acercó con pasos apresurados, sosteniendo el anillo en alto, entre los dedos.
―¡Joven amo! Venga aquí un momento.
La máquina lanza-pelotas estaba cargada, encendida y apuntaba hacia él. Félix se dispuso a acercarse para apagarla, pero... no pudo. Sus piernas se movieron solas hacia la sirvienta, mientras sus brazos se balanceaban hacia adelante y hacia atrás como si fuera un soldadito de plástico.
Félix contempló, con horror, cómo una de las pelotas amarillas se dirigía hacia su cabeza a velocidad de infarto y él fue incapaz de alzar la raqueta para desviarla.
Su siguiente recuerdo fue despertarse en su cama con una bolsa de hielo sobre la frente y un chichón enorme. Su madre se encontraba a su lado, así como Jessica, cuya expresión de culpabilidad no desaparecería en un par de días.
―¿Estás bien? ¿Cómo te sientes? ¿Puedes levantarte? ―le preguntó Amelie, preocupada.
Félix se incorporó sin mucho esfuerzo ―le dolía la zona donde la pelota había impactado, pero nada más― y la consoló con una sonrisa:
―Estoy bien, mamá ―le aseguró.
―Ay, ¡gracias a Dios! ―lloriqueó Jessica―. Cuando vi que caía al suelo, ¡pensé que iba a morirse! ―Jessica era muy exagerada. Se puso a gimotear y a imaginarse los peores escenarios ante la atenta mirada de madre e hijo, que ocultaron como pudieron unas risillas divertidas. Al cabo de un rato, Jessica dijo―: ¿Quiere un té? Quédese ahí, ahora se lo traigo.
Cuando por fin se fue, Félix y Amelie se echaron a reír sin contención. Jessica era todo un personaje, pero ambos la querían mucho por su dedicación a la familia Graham de Vanily.
―¿Seguro que estás bien? ―le preguntó Amelie a Félix, mientras acariciaba el chichón con cuidado.
―Claro que sí, mamá ―repitió el chico con cariño―. Lo único que me preocupa es lo mucho que va a molestarme Bridgette en cuanto vea el golpe... ―resopló Félix. Esa chica era un auténtico incordio... lo perseguía a todas partes y nunca dejaba de parlotear.
―No te preocupes, casi no se nota. De hecho, creo que puedes ocultar el chichón con el flequillo ―lo animó su madre, aunque en realidad siempre le había resultado curiosa la dinámica que había entre su hijo y su única amiga.
―¿De verdad?
Había un espejo de cuerpo entero al otro lado de la habitación, junto al armario. Félix trató de levantarse y caminar hacia él para comprobar si lo que decía su madre era cierto y podía ocultarle el chichón a la metomentodo de Bridgette, pero en cuanto trató de sacar las piernas de la cama...
En fin, no pudo.
Félix frunció el ceño extrañado y trató de levantarse de la cama de nuevo, sin resultado. Lo intentó una y otra y otra vez. Y todas ellas falló miserablemente.
―Mamá... ―Félix había empalidecido. La voz le temblaba. Buscó desesperadamente las manos de su madre y las aferró justo antes de decir―: No puedo mover las piernas.
Amelie pegó un brinco.
―Mamá, mamá, mamá... ―comenzó a gimotear Félix. Volvió a intentar levantarse, pero la parte inferior de su cuerpo no le respondía. Sentía las piernas, por lo menos. Solo que no podía controlarlas.
Comenzó a hiperventilar. A imaginarse lo peor.
¿Y si el golpe en la cabeza había causado un daño permanente?
¿Y si nunca podría volver a andar?
Sabía que sus miedos no tenían sentido, que el golpe no había sido tan grave. Pero el hecho innegable era que no era capaz de moverse de la cama.
(«Quédese ahí», había dicho Jessica.)
―Cariño, ¿dónde está en anillo? ―le preguntó Amelie de repente, la voz carente de emoción.
Félix la miró sin comprender. ¿Qué tenía que ver el anillo con su problema?
―Pues... yo... creo... eh... ―Le resultaba tremendamente difícil hilar un pensamiento coherente. Aún mientras hablaba, trataba de levantarse, y cuando no lo conseguía se sumía más y más en un pozo de desesperación―. Creo que lo tiene Jessica.
Cuando Amelie soltó las manos de su hijo y salió escopetada de la habitación, a Félix le dio un vuelco al corazón.
―¡Mamá! ―sollozó, aterrado. El corazón batía contra su caja torácica como si quisiera romperla―. ¡No me dejes! ¡No me dejes solo! ―suplicó, pero su madre ya estaba lejos.
Los dos minutos que tardó Amelie en reaparecer fueron una auténtica pesadilla. Félix quiso perseguirla, para aferrarse a la seguridad que representaba su presencia, pero era imposible. A medida que pasaba el tiempo, el chico sentía que el terror invadía cada fragmento de su ser, que un monstruo terrible amenazaba con hacerle perder la cordura, porque sentía sus piernas, podía mover las puntas de los dedos, pero era incapaz de levantarse de la cama.
«Calma, calma», se repitió a sí mismo. «Esto no está pasando. No está pasando».
El sudor comenzó a empaparle la piel y su respiración se volvió violenta.
Durante esos dos terribles minutos, Félix trató de recuperar el mando de su cuerpo, pero fue inútil. Las piernas no le respondían por mucho que él se esforzase. No podía levantarse. La parte inferior de su cuerpo estaba completamente paralizada, y el miedo a no poder volver a caminar hizo que se le desenfocase la vista, como si el mundo más allá de esa jaula invisible no existiese.
Porque aquello era lo que mejor definía el sentimiento: estaba dentro de una jaula invisible. Y esa jaula invisible era su propio cuerpo.
Félix comenzó a temblar con tanta fuerza que le castañearon los dientes.
Estaba aterrado. Atrapado.
Atrapado en su propio cuerpo.
Justo entonces Amelie entró corriendo en su cuarto con el anillo en la mano y su hijo sintió que el solo verla le devolvía la vida. Lo primero que hizo Amelie fue gritar:
―¡Eres libre, Félix! Olvida cualquier orden que te hayan dado desde esta mañana. ¿Me entiendes?
Fue como si las cadenas que habían estado inmovilizando las piernas de Félix se hubieran convertido en polvo. Como si la fuerza invisible que lo sujetaba se hubiera desvanecido.
De pronto, Félix recuperó la movilidad y saltó de la cama como huyendo de un terrible monstruo.
Prácticamente se lanzó a los brazos de su madre, con tantas ganas que ambos cayeron sobre la alfombra en un amasijo confuso de brazos y piernas.
―Tranquilo, tranquilo ―lo consoló Amelie mientras lo estrujaba contra su pecho como si hubiera estado a punto de morir―. Solo ha sido un susto. Un susto. No volverá a ocurrir.
Pero Félix no podía contener las lágrimas, que salían de sus ojos como un río y manchaban la blusa de su madre, a quien no parecía importarle.
Se quedaron abrazados sobre la alfombra un rato más. Él necesitó un momento para librarse del miedo que atenazaba sus músculos y lo había convertido en una mezcla patética de llanto y mocos. Ella necesitó un momento para pensar qué decirle, cómo explicarle lo que acababa de pasar. Al final, decidió mentirle.
Amelie se apresuró a colocarle el anillo en el dedo, y solo después tranquilizó a su hijo:
―Ha sido culpa de la contusión. Es completamente normal. No te preocupes por nada, ¿vale?
Félix asintió ―las lecciones de su madre eran sagradas―, aunque no estaba muy convencido. En el fondo de su mente, en un lugar recóndito que se esforzó por ignorar, una vocecilla repetía las palabras que había leído hacía dos días en el diario de su tía Emilie.
De todas formas, Amelie se quedó en su cuarto hasta que cayó la noche. Estuvieron leyendo, cantando, o simplemente charlando sobre todo y nada a la vez. Lentamente ―muy lentamente― Félix se fue olvidando de su momentánea parálisis, que su madre atribuyó, una y otra vez, al golpe.
Cuando llegó la hora de dormir, sin embargo, Félix vaciló antes de acurrucarse bajo las mantas. Esa cama le traía el recuerdo desagradable de haber perdido el control de su cuerpo, pero su madre le aseguró que no volvería a pasar, y luego le recordó que él era un chico valiente, que superaría sus miedos. Así que, aunque fuera solamente para hacerla sentir orgullosa, Félix se libró del terror que aún hacía que le temblaran las manos y se metió en la cama.
Amelie lo arropó, se despidió de él con un beso en la frente y luego cerró la puerta tras de sí al marcharse.
Al día siguiente, cuando Félix bajó al comedor a desayunar, su madre lo recibió con una mirada dura y una pregunta extraña:
―¿Tienes el anillo?
Félix contestó que sí y entonces la expresión de Amelie se suavizó. El chico no pensó demasiado en ello, por lo menos hasta que, al día siguiente, su madre lo saludó con exactamente la misma pregunta:
―¿Tienes el anillo?
De nuevo, Félix asintió con la cabeza y se sentó delante de las tostadas y los bollitos de crema. Al tercer día, su madre hizo la misma pregunta, siempre con esa expresión nerviosa y el terror a que él dijera que no.
Durante los días que vinieron después, el saludo matutino de Amelie se convirtió en «¿Tienes el anillo?». Cada vez que Félix bajaba a desayunar, los ojos de su madre viajaban a sus manos para comprobar que la joya siguiera en el sitio que correspondía, en el dedo de su amo.
Para Félix, sin embargo, esas tres palabras eran como tres puñaladas. Una sospecha incómoda se acabó instalando en su mente, como un parásito. Trató de ignorarla ―era una locura, al fin y al cabo―, pero el olfato de sabueso de Félix no era capaz de dejar un misterio tan grande sin resolver.
Así que, la sexta noche tras el incidente de la pelota de tenis, Félix hizo de tripas corazón y puso rumbo hacia la biblioteca.
La luna dominaba el firmamento y los amplios ventanales de la mansión de los Graham de Vanily permitían que su luz proyectara sombras sobre la expresión angustiada de Félix. Los rayos de la noche bañaban su cuerpo y realzaban su miedo mientras recorría los viejos pasillos.
Cada paso era un desafío. El camino de su habitación hasta la biblioteca jamás se le había hecho tan largo.
Cuando llegó a la enorme estancia, que había sido como un segundo hogar para su padre, Félix echó la llave a la pesada puerta de madera caoba y luego se dirigió directamente al tomo XXI de la Enciclopedia de las Artes y las Ciencias. Sacó el diario de su tía, y esa vez no lo leyó por encima como si fuera una novela de fantasía, sino que lo examinó a conciencia, palabra por palabra, como si de un artículo académico se tratase.
(La primera frase era de lo más típica: «Querido Adrien, si estás leyendo esto, significa que ya he caído en el sueño del que no volveré a despertar».)
Félix leyó y releyó el diario hasta que su contenido fue calando en él.
Las palabras «maldición», «anomalía», «híbrido» y «lo siento» eran los términos más recurrentes, normalmente en ese mismo orden.
Enterarse de que su voluntad y su vida estarían para siempre atadas a un anillo que cualquiera podría robarle fue malo.
Enterarse de que había una parte de él que no era humana, que era un monstruo, fue peor.
Pero enterarse de que la energía vital de su madre estaba siendo lentamente consumida para que él siguiese con vida eclipsó todo lo anterior.
Félix no había llorado tan largo y tendido desde la muerte de su padre.
Meses después, tras su incómodo encuentro con Chat Noir, el recuerdo de esa fatídica semana aún pesaba en el corazón de Félix. Sin embargo, ya había hecho las paces con su naturaleza híbrida y había averiguado la manera de romper el lazo de servitud que doblegaba su voluntad, por lo menos siempre que tuviese a Duusu cerca.*
El problema era el lazo que ataba su vida.
Si la maldición no involucrase también a Adrien, Félix se habría sacrificado felizmente para mantener a su madre a salvo. Sin embargo, si Félix moría, Adrien lo haría también. Para bien o para mal, estarían siempre conectados.
Era una decisión imposible: su primo o su madre.
Por suerte para todos, Emilie se había pasado años experimentando con el miraculous del pavo real ―el causante de todo ese lío― hasta hallar una tercera opción. El problema era que esa parte del diario estaba codificada de forma que para un lector corriente solo era una serie de números y letras sin sentido. Félix había supuesto que Duusu sabría la clave o sabría qué solución había encontrado Emilie, pero el miraculous de Duusu había estado dañado durante todo ese tiempo así que el kwami no recordaba nada.*
Como resultado, la única opción viable era resolver el acertijo de Emilie: ¿cuál es "la canción de la luna llena"? Por desgracia, el acertijo ―el diario entero, en realidad― estaba dirigido a Adrien, y como el universo no dejaba de recordarle, Félix no era Adrien.
El acertijo había sido lo que había obligado a Félix a volver a París. El chico no había tenido más remedio que irrumpir en el cuarto de su primo en busca de alguna foto, alguna partitura, algún vídeo que pudiera indicarle la dirección correcta... pero no había encontrado nada.
Félix también había estado atento por si se topaba con su monóculo, pero en realidad no tenía mucho interés en recuperarlo. Era un ordenador de última generación, quien lo tuviese necesitaría al hacker más hábil de París para hurgar en su contenido. Los secretos de Gabriel estaban a salvo.
Por supuesto, el camino más fácil hubiera sido pedirle ayuda a Adrien. Tanto el diario como el acertijo estaban escritos para él, al fin y al cabo. Pero Félix ni siquiera se lo había planteado.
Aún si Félix lograba ocultarle la parte de Gabriel siendo Hawk Moth ―una deducción sencilla después de leer sobre su viaje al Tíbet y sobre cómo Emilie había encontrado los miraculous del pavo real y de la mariposa―, Félix no estaba seguro de que Adrien soportase la verdad. En opinión de Félix, Adrien era débil, era frágil, estaba hecho de cristal. Estaba tan cerca de romperse aún sin conocer ni la mitad de lo desgraciada que era su vida que Félix no podía ni imaginarse las consecuencias de conocer su verdadera esencia.
Joder, con lo mucho que le había costado a Félix aceptarlo... Adrien no sería capaz.
No, Adrien no resistiría el peso de la responsabilidad que conllevaba. Así que Félix la soportaría por los dos.
Félix se volvió a frotar los ojos. Le dolía la cabeza de nuevo. ¿Era producto del miraculous o estaba pensaba demasiado? Como fuese, Félix no conseguiría nada estrujándose el cerebro, así que guardó los libros en la caja fuerte y luego se fue a la cama.
* Lo de Félix intercambiando los miraculous por Duusu porque pensaba que Duusu conocería la solución de Emilie es una referencia al Prólogo, por si no os acordáis o no lo habéis leído.
De nuevo, he escrito un capítulo más largo de lo que quería y aún me han quedado cosas por decir. Sin embargo, quiero volver al POV de Adrien, así que dejaré lo de la maldición de los Graham de Vanily y el tema del pobre Félix descubriendo que no es del todo humano para otro día. ¡Nos vemos el domingo con el siguiente cap!
