Adrien se enfrenta a su padre. Más o menos. Y una invitada inesperada hace acto de presencia. Más o menos.
Adrien se despertó con los primeros rayos de sol. No, un momento, no era el sol el que le estaba dando pataditas entre los ojos, pataditas que intentó espantar como si espantase moscas. Fue entonces cuando recibió el fuerte latigazo de la cola de Plagg, que consiguió despertarlo de una vez por todas.
―¡Plagg! ―se quejó Adrien, mientras se frotaba el puente de la nariz, dolorido―. ¿Por qué has...?
Adrien parpadeó dos veces, y en cuanto sus ojos se acostumbraron a la penumbra, descubrió que no estaba en su habitación. Los recuerdos de la noche anterior volvieron a él en fogonazos cegadores: se había quedado dormido junto a Marinette. Plagg, delante de su cara, esperaba a que despertase lo suficiente con los brazos cruzados.
Pero si Plagg estaba junto a él, eso significaba que...
¡Maldición!
Adrien se incorporó de golpe, el cansancio huyendo de su cuerpo como una liebre ante el sonido de una escopeta. Se había quedado dormido en casa de Marinette, y en algún momento de la noche, su transformación se había desvanecido.
Lo que significaba que Marinette lo había visto sin el traje.
Lo que significaba que Ladybug lo iba a matar.
Sin embargo, en cuanto espabiló lo suficiente como para analizar sus alrededores, descubrió que, aunque seguía en la cama de Marinette, ya no estaba acurrucado junto a ella. En cambio, estaban espalda contra espalda, y los ojos de su amiga estaban cubiertos con... ¿eso era un antifaz para dormir?
Adrien se inclinó ligeramente sobre ella para comprobar que, en efecto, Marinette había tomado las precauciones necesarias antes de que la transformación de Chat desapareciese. Todo para dejarlo descansar sin comprometer su identidad.
Adrien sintió mariposas en el estómago. ¡Marinette era tan inteligente!
―Deja de ponerle ojitos y vayámonos de aquí ―lo apremió Plagg.
―No le estaba poniendo ojitos ―replicó Adrien, aunque fue muy consciente de cómo sus mejillas se encendían al decirlo.
―¡Vámonos de una vez! Aún es de madrugada, tal vez puedas fingir que has dormido en tu habitación.
Oh, Dios. Adrien no había pensado en eso. Se había escapado de su clase de esgrima, no había dado signos de vida desde entonces y ni siquiera había dormido en su habitación. ¿Qué excusa iba a poner? Seguro que su padre estaba como loco. Ya se podía ir olvidando de volver a la escuela...
―¿Has comido? ―le preguntó Adrien a Plagg.
―He robado unas galletas de la cocina ―mintió el kwami.
Evidentemente, Plagg no podía explicarle a Adrien que Tikki había sido la que lo había despertado, compartido uno de sus macarones con él, y luego le había pedido que se llevase a su portador de allí cuanto antes. Y a Plagg no le gustaba contrariar a su dama, especialmente después de haberla mosqueado al no poder explicarle por qué Adrien había acabado en el balcón de Marinette.
―¿Qué ha pasado? ―le había preguntado Tikki a Plagg apenas unos minutos antes.
―No tengo ni idea ―había contestado Plagg, haciéndose el tonto.
Si Gabriel Agreste de verdad era Hawk Moth, cuándo y cómo decírselo a Ladybug era decisión de Adrien. De otra forma, Ladybug podría querer ir a comprobarlo antes de que Adrien estuviese preparado para enfrentarse a su padre, y el resultado sería una derrota aplastante.
Tikki presionó a Plagg un par de veces más, pero el kwami de la destrucción no dio su brazo a torcer. Al final, Tikki comprendió que la lealtad de Plagg era inquebrantable y lo dejó estar.
Así que, después de que Plagg despertara a Adrien, Chat Noir se transformó, salió por la trampilla y corrió hacia la mansión de los Agreste tan rápido como le permitieron sus ágiles piernas, no sin antes dejarle una nota a Marinette que rezaba: «Gracias por todo y lo siento».
Nada más llegar a la mansión Agreste, Chat Noir se dio cuenta de la magnitud del error que había cometido: había dejado sus ventanas cerradas la noche anterior. Lo que significaba que no había manera de entrar en la mansión Agreste sin ser detectado por el sistema de seguridad. Lo que significaba que no había manera de que su padre no se enterase de su escapada nocturna.
Había metido la pata hasta el fondo, y por si fuera poco, Adrien tampoco llevaba encima sus llaves. Lo único que tenía era su traje de esgrima, su teléfono sin batería, y a Plagg.
La bronca que le iba a caer iba a ser histórica.
Sus miedos se hicieron realidad en cuanto se acercó a entrada de la mansión ―como Adrien― y descubrió que Natalie lo estaba esperando pese a que eran las seis de la mañana. Sus facciones estaban contraídas en una mueca furibunda que resultaba casi antinatural en su semblante, normalmente inexpresivo.
A medida que Adrien se acercaba, las arrugas en su entrecejo se hicieron más profundas y Adrien sintió que se hacía más y más pequeño.
Definitivamente, se había metido en un buen lío.
―Vamos. Tu padre te está esperando ―lo apremió Natalie. Para sorpresa de Adrien, había alivio en su voz, lo que solo hizo que se sintiera más y más culpable.
Adrien atravesó la cancela y entonces Natalie prácticamente comenzó a trotar hacia el despacho de Gabriel. Adrien tuvo que pegar un acelerón para no quedar atrás.
Sin embargo, para sorpresa de todos, Adrien mantuvo una relativa calma. El chico descubrió ―aunque no tenía claro si era bueno o malo―, que su experiencia reciente había marcado un nuevo máximo en la escala de "crisis nerviosas de Adrien Agreste". Haber escapado de casa y haber sido atrapado con las manos en la masa hubiera sido un nueve hacía dos días, pero en ese momento era apenas un seis.
Nada más entrar en el despacho, Adrien encontró a su padre contemplando el cuadro de Emilie Agreste. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al pensar que ese cuadro ocultaba el acceso al sótano secreto donde estaba conservado el cadáver de su madre.
Aunque su padre no fuese Hawk Moth, la existencia del sótano era casi innegable. Adrien sintió náuseas. ¿Qué clase de psicópata guardaba el cuerpo de su mujer muerta como si fuera un objeto de coleccionista?
Justo por eso, pese a saber que debería estar temblando como un conejito ante el gran sermón que estaba a punto de caerle, Adrien sacó pecho en cuanto su padre se giró hacia él.
Natalie había abandonado el despacho y había cerrado la puerta tras ellos para darles un poco de privacidad.
Gabriel Agreste se giró hacia su hijo con una expresión dura, preparado para descargar su ira helada, pero la postura que había adoptado Adrien frustró sus planes.
Adrien lo estaba mirando con el brillo del desafío en sus ojos. Gabriel solo había visto ese brillo una vez, justo antes de partir hacia la estación de tren antes de Contraataque, y luego había descubierto que aquel había sido Félix, no Adrien.
Así que ese brillo provocador desarmó todas sus defensas, tanto entonces como ahora.
Gabriel tuvo que hacer acopio de valor. No estaba acostumbrado a que su hijo le plantase cara, no sabía cómo comportarse cuando Adrien no actuaba como un corderito. Al final, recuperó la seriedad y dijo:
―Me has decepcionado, Adrien.
«Por supuesto», pensó Adrien. Ni un «¡Gracias a Dios que estás a salvo!» ni un «¡Me has dado un susto de muerte!». No, claro que no, eso sería mucho pedir. Por supuesto que su padre tenía que recibirlo con el clásico «me has decepcionado».
Adrien rio con amargura y el gesto no pasó desapercibido.
―¿Te parece gracioso? ―preguntó Gabriel, apretando los dientes.
―No, pero a estas alturas, no sé por qué te molestas en decírmelo. Tus acciones me dejan claro cada día lo decepcionado que estás de mí.
Gabriel pegó un brinco. ¿Qué mosca le había picado a su hijo? Durante un momento incluso se planteó que fuese Félix a quien tenía delante, pero eso era imposible. ¿O no...?
Ante tal encrucijada, Gabriel hizo lo que hacía siempre que necesitaba coraje para lidiar con Adrien: toqueteó su anillo de compromiso. Era un alivio volver a tener su anillo, el que Félix le había devuelto. El de su esposa, por lo tanto, volvía a estar donde le correspondía: en la mano de Emilie.
―¿Y bien? ¿Cómo vas a castigarme? ―continuó Adrien, en un arrebato de valor inusitado―. ¿Vas a prohibirme ir a la escuela, otra vez? ¿Vas a encerrarme en mi habitación, otra vez? ¿Vas a prohibirme quedar con mis amigos, otra vez? Porque nada de eso sería una novedad.
Era la ira la que estaba hablando, Adrien lo sabía. ¡Pero se sentía tan bien! Disfrutó muchísimo al ver que había tomado desprevenido a su padre, que de repente lo miraba con la boca abierta.
Pero había algo que seguía incordiándolo. Una sospecha que se había instalado en su cabeza y de la que no era capaz de deshacerse: la posibilidad de que el hombre que tenía delante, estupefacto, fuese Hawk Moth.
Adrien comenzó a apretar los puños con tanta fuerza que las uñas le perforaron la piel.
Y entonces reparó en las hipotéticas consecuencias si aquello resultaba ser verdad. La traición. El engaño. El hecho de descubrir que no conocía en absoluto al padre que amaba. El hecho de que, tal vez, su padre no lo amaba en absoluto.
La ira, el coraje y la determinación de Adrien se desvanecieron y el desafío en sus ojos se evaporó.
Entonces bajó la cabeza en señal de sumisión.
Por fin, la familiaridad de esa actitud hizo que Gabriel espabilara. Aquella era una escena a la que estaba acostumbrado: el hijo, siempre obediente, y el padre, moviendo los hilos de su vida. Sin embargo, no fue suficiente como para querer continuar la conversación. En cambio, Gabriel se aclaró la voz y dijo:
―Ve a tu habitación. Tengo un proyecto importante entre manos y no quiero distracciones. Discutiremos los detalles de tu castigo más tarde.
Adrien asintió sin muchas ganas y luego se dispuso a salir del despacho sin despedirse. Sin embargo, estaba a punto de atravesar la puerta cuando su padre lo llamó:
―Adrien, espera.
Adrien se giró, inexpresivo.
―Te prohíbo acercarte a la señorita Tsurugi a menos que sea estrictamente necesario.
Adrien trató de ocultar su extrañeza. ¿Qué tenía que ver Kagami en esto? Sin embargo, asintió y luego huyó hacia su cuarto. Evitó la mirada de Natalie cuando se cruzó con ella en el camino.
Nada más entrar en su habitación, cerró la puerta con llave y se desplomó de espaldas sobre su cama. Había sido una noche de locos y había dormido poco, pese a lo cómodos que eran los brazos de Marinette.
Plagg salió de su escondite entre los pliegues del traje de esgrima y exclamó:
―¡Adrien! ¡¿Qué ha sido eso?!
Adrien lo miró sin comprender, así que el kwami aclaró:
―Ha sido la primera vez que te he visto plantarle cara a tu padre desde que estamos juntos. ¡Casi lo tenías! ¿Por qué te has echado atrás?
En vez de contestar, Adrien suspiró derrotado y le preguntó:
―Plagg... ¿tú crees que mi padre podría ser Hawk Moth?
El kwami tragó saliva. Sí, lo creía. De hecho, todas las piezas encajaban: un hombre consumido por la pérdida que había logrado poner sus manos sobre más poder del que era capaz de comprender. Era un patrón que Plagg había visto más veces, pero sabía el daño que le haría a Adrien si resultaba ser verdad. Por eso, lo que dijo fue:
―Creo que es una posibilidad. Pero solo hay una forma de confirmarlo.
―Félix ―escupió Adrien.
Plagg asintió.
En efecto, Félix era la mejor forma ―si no la única― de averiguar la identidad de Hawk Moth. Por esa razón, Adrien se incorporó y puso a cargar su móvil, donde había anotado la dirección que Markov había obtenido.
Cuando su móvil tuvo suficiente batería y Adrien pudo encenderlo, un millón de notificaciones invadieron la pantalla. Tenía cinco mensajes de Kagami y tres de Natalie, además de cientos de llamadas perdidas. Podía imaginarse lo que decían los de Natalie, pero le entró curiosidad sobre los de Kagami, así que los leyó.
«La asistente de tu padre me ha llamado. Le he dicho que pasarías la noche conmigo. ¡Tienes suerte de que mi madre no se encuentre en la ciudad!», decía Kagami, «Espero que estés en algún lugar seguro. Contáctame en cuanto veas esto. Y que sepas que me debes explicaciones, y que la próxima vez que te vea voy a matarte».
La mente inocente de Adrien tuvo que leer el mensaje dos veces para entender qué era lo que Kagami había implicado con "pasar la noche conmigo". En cuanto lo hizo, entendió qué había asumido su padre y se le encendió el rostro.
Plagg, que se había instalado sobre el hombro de Adrien, estalló a carcajadas.
―¡Esa amiga tuya, Kagami, es un genio! ―se burló, sin dejar de reír a pierna suelta―. Más te vale compensárselo, porque te acaba de salvar el cuello.
Kagami no iba a tener la oportunidad de matarlo en cuanto lo viese, porque Adrien ya se estaba muriendo de la vergüenza. Enrojeció aún más en cuanto reparó en que había pasado la noche con Marinette, y no con Kagami. Tuvo que hacer un esfuerzo monumental para ahuyentar ese pensamiento.
Aunque Plagg tenía razón: tenía que agradecérselo a Kagami apropiadamente.
Sin embargo, Kagami podía esperar. En ese momento sus prioridades eran otras. En concreto, Adrien abrió la aplicación de notas de su móvil y comprobó que la dirección que Markov le había dado seguía allí: «Calle de Sant Honoré, 151».
Adrien sintió un cosquilleo de emoción en la punta de los dedos. Pronto, muy pronto, Félix le daría las respuestas que necesitaba y podría limpiar el nombre de su padre. Porque Gabriel no podía ser Hawk Moth, no había manera. Marinette había reafirmado esa convicción.
(Estado mental de Adrien: negación.)
Así que Adrien se transformó en Chat Noir para contactar con Ladybug, pero en cuanto sacó su bastón descubrió que tenía un mensaje de Chloe. Para Chat, no para Adrien, lo que solo podía significar una cosa...
En cuanto leyó el mensaje, Chat confirmó sus miedos.
El chico lo releyó un par de veces, y entonces ponderó sus opciones. Podría ignorar el mensaje de Chloe y seguir adelante con su plan de capturar a Félix, pero...
Adrien se frotó el puente de la nariz, frustrado. Por supuesto que no podía hacer eso, ¿por qué se engañaba a sí mismo? Ignorar a Chloe sería tremendamente irresponsable y podría tener consecuencias desastrosas. Había una razón por la que Adrien había puesto en contacto a Chloe con Chat, aunque Chat no había esperado noticias suyas hasta el lunes.
Parecía que Hawk Moth se estaba impacientando.
Justo al pensar esto, le vinieron a la memoria las palabas de su padre: « Tengo un proyecto importante entre manos y no quiero distracciones». ¿Y si...?
¡No, no, no! Su padre era inocente, tenía que serlo. Pero la coincidencia sembró dudas en su cabeza y Chat comenzó a sentir una opresión en el pecho. Automáticamente, se llevó una mano al bolsillo del traje, donde guardaba el Orbe, y esa vez la canica mágica absorbió sus dudas sin hacerlo vomitar.
Chat resopló. Cada vez que lo usaba, comprendía un poco mejor cómo funcionaba el Orbe: no podía salvarlo cuando parecía que su mundo se venía abajo, pero ayudaba con las súbitas punzadas de emociones negativas. Era un lenitivo, pero no una cura.
En cuanto Chat recuperó la compostura, escuchó una voz que le habló dentro de su mente: «Parece que Félix va a tener que esperar», le dijo Plagg.
Chat pegó un respingo. La voz de Plagg, que era un susurro apenas audible durante la pelea con Volpina, ahora era tan clara como el agua. A Adrien le iba a llevar un tiempo acostumbrarse...
Ladybug jamás había estado tan nerviosa antes de un encuentro con Chat Noir.
Esa misma mañana se había despertado sobresaltada al descubrir que su compañero ya no estaba con ella, pero luego había encontrado la nota de Chat ―«Gracias por todo y lo siento»― y supuso que había tenido buenas razones para marcharse sin despedirse.
Apenas una hora más tarde, Tikki la había avisado de que tenía un mensaje nuevo. Chat quería verla cuanto antes, aprovechando que era sábado y ninguno de los dos tenía clase. Al parecer tenía algo urgente que contarle, algo que no podían discutir por teléfono.
Por supuesto, en su mensaje de voz, Chat se había disculpado profusamente por haberla dejado plantada el día anterior, pero en realidad Ladybug no se lo iba a echar en cara. No después de haberlo visto desmoronarse en su regazo, con el corazón hecho trizas.
Marinette aún sentía escalofríos al recordar lo devastado que había estado su gatito, así que había supuesto que lo que Chat quería discutir con ella tenía algo que ver con la noche anterior.
La chica no pudo resistirse a analizar el mensaje cien veces, en busca de alguna inflexión en la voz de Chat que le permitiese deducir su estado de ánimo, pero no había nada. Chat sonaba tan vivaz como siempre, no había ni rastro de la melancolía que Marinette estaba segura que aún lo asolaba.
Y eso solo la preocupó más porque, al fin y al cabo, un disgusto como el que Marinette había presenciado no desaparecía de repente. Era de los que duraban días, y Marinette comenzaba a comprender que Chat Noir no tenía un gran círculo de amigos con los que poder desahogarse.
En eso pensaba Ladybug mientras se dirigía al lugar de encuentro, tan absorta en sus pensamientos que no se molestó en ocultarse. Por fin, después de un buen rato, llegó al lugar designado. Para su sorpresa, Chat no la había citado en el taller, sino detrás de la pista de hielo, en una especie de patio trasero que el dueño usaba como almacén.
Justo por eso Ladybug debió haber sospechado que Chat se traía algo turbio entre manos, pero no lo hizo porque estaba demasiado preocupada por su estado emocional.
―¡Milady! ―exclamó Chat al divisarla en la distancia. Estaba apoyado en un murillo, pero se estiró como un poste en cuanto los pies de Ladybug tocaron el sueño―. Mi preciosa, inteligentísima, valiente y misericordiosa Ladybug ―saludó, y luego se acercó, tomó la mano de Ladybug y depositó un beso casto sobre sus nudillos.
Ladybug supo de inmediato que algo andaba mal. Los piropos no eran extraños en Chat Noir, pero esa frase no sonaba como sus flirteos habituales. En cambio, sonó como un niño que sabía que había metido la pata y estaba intentando allanar el terreno antes de disculparse, sobre todo por lo de «misericordiosa».
Oh, Dios mío. ¿Y si Chat se arrepentía de haberle revelado tanto a Marinette?, dedujo Ladybug. ¿Y si se sentía culpable?
Ladybug tomó aire; esperaba que no fuese eso. Hizo de tripas corazón y saludó:
―Buenos días, gatito.
Chat cambió el peso de un pie a otro con una sonrisa inocente. Estaba nervioso, pero Ladybug lo interpretó como culpabilidad, probablemente por haberse ido de la lengua con Marinette. Pero como ella también tenía algo de culpa por eso, decidió inclinarse sobre él y le plantó un beso en la mejilla para relajarlo.
Los nervios en el rostro de Chat fueron sustituidos por un absoluto estupor.
―¿A qué ha venido eso? ―preguntó.
Ladybug se encogió de hombros.
―Un premio por tu buena puntería contra Volpina ―dijo, y zanjó el tema rápidamente―: En fin, ¿para qué querías verme?
Chat se rascó la nuca, incómodo. Ladybug esperó pacientemente por la frase que sabía que iba a salir de su boca, algo por el estilo de «se me fue la lengua y ahora mi identidad ha sido comprometida», pero esta nunca llegó. En cambio, lo que dijo Chat fue:
―Tengo dos noticias. Una buena y otra que no te gustará. ¿Por cuál quieres que empiece?
―La que no me gustará ―contestó Ladybug, sin pensarlo siquiera. Cuanto antes confesase Chat que no estaba bien y le suplicase a Ladybug que lo consolara, antes podrían fundirse en un abrazo y acurrucarse el uno junto al otro hasta que cayera la noche. O por lo menos eso asumió Ladybug.
―Muy bien. Aquí va. ―Chat tomó aire, luego se giró hacia una montaña de bidones que estaban apilados a un lado y dijo―: Chloe, ya puedes salir.
Los ojos de Ladybug se abrieron como platos en cuanto reconoció a la mismísima Chloe Bourgeois saliendo de detrás de la pila de bidones. Su compañera de clase avanzó hasta colocarse al lado de Chat Noir. Estaba un poco nerviosa, pero mantuvo la cabeza bien en alto, con el orgullo que solía caracterizarla.
Sin embargo, no dijo nada, ni ella ni el héroe. Ambos se limitaron a esperar a la reacción de Ladybug, que fue una confusión absoluta.
Ladybug miró a Chloe, luego a Chat, luego otra vez a Chloe, y finalmente preguntó:
―¿Qué está pasando aquí?
¡Cliffhanger! ¿Alguna teoría?
¿Qué os ha parecido el cap?
Que conste que improvisé totalmente la parte de Adrien "enfrentándose" a su padre. Fue una decisión de última hora.
Ya sabéis cómo va esto: el próximo cap el martes a las 19 h (hora de California). Es decir, más o menos a la misma hora a la que he subido este cap.
