Aviso: cierto contenido "picante".


Adrien corría como si le fuera la vida en ello.

En su carrera hacia los baños tropezó con Kim, estuvo a punto de hacer perder el equilibrio a un camarero y un viejo encorvado le gritó algo sobre ser un "niño rico malcriado", pero nada le importó.

El corazón le latía a mil por hora y no era precisamente por el cardio. La chica de la que estaba enamorado acababa de rechazarlo y era el mejor día de su vida.

Adrien sacudió la cabeza, sorprendido por sus propio razonamiento. «La chica de la que estaba enamorado…» Jamás había pensado en Marinette en esos términos —por lo menos no conscientemente—, y sin embargo… No, ya no podía engañarse más a sí mismo: estaba loco por ella.

Loco. Loquísimo. Tanto como lo había estado por Ladybug, pero de una forma muy diferente.

Una sonrisa se abrió paso en su rostro.

¿Se había planteado Adrien alguna vez la posibilidad de salir con Marinette?

Sí.

¿Le había gustado la idea?

Sí.

Sin embargo, ¿se había permitido pensar en ello como un escenario viable?

No, nunca.

Al fin y al cabo, no podía ignorar que Ladybug aún ocupaba un lugar importante en su corazón. Le parecía injusto probar suerte con Marinette cuando no podía entregarle todo su ser. Por eso aún existía una parte dentro de él que guardaba ciertos reparos sobre lo que estaba a punto de hacer. Una que se sentía culpable por el subidón de adrenalina que lo estaba haciendo correr como un bólido hacia la azotea de Le Grand Paris.

¿Qué pasaría si resultaba que Adrien era incapaz de pasar página? Estaba muy seguro de que podría amar a Marinette tanto como había amado a Ladybug, de lo que no estaba seguro era de si podría amarla solo a ella.

Pero eso ya lo resolvería más adelante. ¡Carpe diem! Lo único en lo que Adrien podía pensar en ese momento era en llegar a la azotea cuanto antes.

Salió de la sala de baile por la puerta trasera y se adentró en los pasillos del hotel. Había un baño al lado del bar, pero ese no era en el que tenía puesto el ojo. No, hacia el que Adrien estaba corriendo era el que estaba al otro lado del edificio, que a esas horas debería de estar vacío.

Efectivamente, las luces de ese lujoso baño estaban apagadas cuando Adrien entró. El chico comprobó rápidamente que todas las cabinas estuvieran vacías y solo entonces le hizo una señal a Plagg para que saliera de su escondite dentro de la chaqueta del traje.

Adrien estuvo a punto de exclamar las palabras mágicas, pero entonces reparó en que había un brillo extraño en los ojos verdes de Plagg. Como si tuviera un mal presentimiento… pero al mismo tiempo le divirtiese lo que estaba ocurriendo.

—¿Pasa algo? —preguntó Adrien.

Plagg arrugó el hocico y sus bigotes se crisparon.

—Esa escena de antes… ha sido muy emotiva —dijo con un tono que solo hizo que Adrien se sintiera aún más confuso.

—¿Por qué lo dices?

Plagg no contestó.

—Justo cuando pensaba que no podíais complicarlo más… —suspiró el kwami, pero no le dio tiempo a Adrien a replicar—: Anda, transfórmate y date prisa. Tu "Princesa" te está esperando.

Adrien tardó unos segundos en decidirse. Tenía unas ganas tremendas de encontrarse con Marinette, pero la actitud de Plagg no le estaba dando buena espina. Al final, sus ganas de ver por fin el vestido de su Princesa acabaron venciendo.

Después de transformarse, Adrien no perdió ni un solo segundo. Salió por la ventana del baño y comenzó a reptar por la fachada trasera del hotel a cuatro patas, esperando que la oscuridad de la noche lo protegiese de miradas indiscretas. Trepó con una agilidad felina, ajeno al efecto de la gravedad o al áspero ladrillo bajo sus rodillas.

Plagg se mantuvo callado como una tumba.

Antes de saltar a la azotea, Chat Noir asomó la cabeza para comprobar que no hubiera nadie.

Como era de esperar, la azotea estaba tan vacía como un cementerio. Las tumbonas y las sombrillas estaban recogidas a un lado y la piscina estaba cubierta por una gran lona azul.

La quietud hizo que a Chat se le revolviese el estómago.

Hubiera sido el lugar perfecto para llenar de velas. O tal vez llevar una manta de picnic. Y flores, muchas flores, por supuesto. La azotea sufría de una inaceptable escasez de flores.

Por enésima vez esa noche, Chat maldijo su propia falta de preparación. Aunque, pensándolo bien, ¿cómo iba a saber él que Marinette se tomaría tantas molestias para que él fuera el primero en ver su vestido?

Ese mero pensamiento deshizo el nudo en su estómago.

Ella quería lo mismo que él, Chat estaba seguro. Y aun así no podía deshacerse de cierta inseguridad.

Después de tantos años persiguiendo a Ladybug, le costaba creer que fuera merecedor de una chica tan maravillosa como Marinette, que supiera ver más allá de los anuncios y de las sonrisas falsas. Alguien que no tuviera reparos en hacer el tonto con él, y con la que pudiera decir lo primero que le viniera a la cabeza sin miedo a sonar como un payaso.

Sí, Marinette quería lo mismo, fuese lo que fuese eso. Chat Noir no iba a permitir que los malentendidos volvieran a interponerse entre ellos.

A partir de entonces, le diría las cosas claras.

Ahora solo tenía que esperar por su princesa.

Sorpresa, sorpresa: llegaba tarde.


Marinette tenía los ojos clavados en la pantallita del ascensor que indicaba los pisos que estaba dejando atrás.

Cinco…

Seis…

Cuando llegó al número siete, Marinette aporreó el ocho con tanta fuerza que el pequeño ascensor cilíndrico pegó un tumbo. Un segundo después, las puertas se abrieron y Marinette salió del ascensor como una bala.

Solo que esa no era la azotea. No, la azotea estaba en el piso nueve, no el ocho, y Marinette era muy consciente de ello.

—¡Tikki! —chilló, olvidándose por un momento de que estaba rodeada de habitaciones llenas de gente y que podría haber alguien escuchando.

A su kwami, por fortuna, no se le pasó desapercibido, porque salió de los pliegues de la falda y se estrelló contra los labios de Marinette, colocando un dedo sobre sus propios labios para indicarle a su portadora que bajara la voz.

—Marinette, ¿qué haces? Esta no es la azotea.

—Dios mío, Tikki, ¡acabo de rechazar a Adrien! ¡¿Por qué no me has detenido?!

Tikki parpadeó perpleja durante un par de segundos. Luego puso los ojos en blanco.

—Tienes que estar bromeando… —suspiró. Santos kwamis, Marinette tenía que aprender a dejar de dudar de sí misma—. ¿No habías tomado ya la decisión?

—¡Y lo he hecho! —se defendió Marinette, un poco más alto de lo que debería. Tikki tuvo que recordarle con un gesto que estaban en un pasillo de acceso público y que bajara la voz—. Es solo que… y si… y si… ¿y si no puedo comprometerme al cien por cien con Chat Noir porque no puedo olvidar a Adrien? ¡Oh, Tikki! ¿Y si me he precipitado? ¿Y si es demasiado pronto?

—Marinette… —la interrumpió su kwami. Trató de sonar comprensiva pero en realidad estaba más que harta.

Tikki siempre había pensado que tenía más suerte que Plagg porque Marinette era mucho más fácil de controlar que Adrien, pero en situaciones como esa, envidiaba al Dios de la Destrucción. Por lo menos Adrien era sincero con sus propios sentimientos. Bueno, si se daba cuenta de que los tenía.

—Marinette, si aún tienes dudas, deberías hablarlo con Chat Noir… que ahora mismo te está esperando en la azotea. ¿Vas a dejarlo plantado?

Marinette tomó una gran bocanada de aire.

—No, tienes razón… Esto es algo a lo que debemos enfrentarnos juntos. —Se mordía las uñas, nerviosa, cuando se dio cuenta de la extraña convicción en las palabras de Tikki—. Espera… ¿por qué estás tan segura de que está en la azotea?

—Pues… —Tikki apartó la mirada. Ups—. Tengo un presentimiento.

Marinette abrió los ojos como platos.

—¡Has hablado con Plagg! —chilló, incrédula. De nuevo, su kwami tuvo que hacerle un gesto para que bajase la voz. Marinette continuó hablando en susurros—: ¡Tikki! ¿Sabías que Chat me estaba esperando en la azotea desde el principio y no me lo dijiste?

«¡Qué va!», pensó Tikki, pero tampoco podía contarle la verdad, así que lo que dijo fue:

—¿Vas a perder más tiempo o vas a ir a confesarle a Chat Noir lo que sientes?

Por supuesto, sus palabas tuvieron el efecto contrario al deseado. Debería habérselo esperado…

—Dios mío, Tikki, ¡voy a decirle a Chat lo que siento! —Marinette se llevó las manos a la cabeza como si ni siquiera ella misma pudiera creerse lo que estaba a punto de hacer—. ¡¿Cómo hemos llegado a esto?!

Definitivamente, en momentos como ese Tikki envidiaba muchísimo a Plagg.

Sin decir nada, el kwami flotó hasta el ascensor y presionó el botón para que las puertas no se cerraran. Luego le dijo a su portadora, con el ceño fruncido y el tono más amenazante que un pequeño bicho flotante era capaz de usar:

—O te metes en este ascensor ahora mismo… o pienso esconder todas tus agujas durante un mes. Prepárate para barrer la casa con un detector de metales, Marinette.

Marinette tragó saliva. Vale, puede que le estuviera dando demasiadas vueltas… pero era natural, ¿no? Confesarse a su compañero, cuyo nombre real no conocía y al que le estaba ocultando su identidad secreta como Ladybug, era un paso muy grande.

Sin embargo, Tikki tenía razón: ya había tomado la decisión, ya no podía dar marcha atrás.

Tenía que ser valiente. Se lo debía a Chat Noir.

Así que entró en el ascensor.


Cuando Chat Noir escuchó el tilín del ascensor anunciando que había llegado por fin a la azotea, se quedó helado.

Le estaba dando la espalda al aparato. Había decidido matar el tiempo tratando de identificar las constelaciones del cielo nocturno, misión imposible dado que las luces de París ocultaban las estrellas. Así que la única forma de comprobar que Marinette —su Princesa— fuera la persona que acababa de llegar era dándose la vuelta.

No se atrevió.

Escuchó pasos lentos y dubitativos acercándose a él. Escuchó el frufrús del bajo de un vestido arrastrándose por el suelo de cemento. Pero no estuvo seguro de que realmente fuese ella hasta que el olor a fresas y azúcar inundó sus fosas nasales.

Chat Noir aspiró ese olor como si fuera el aroma más delicioso del mundo. De golpe, un millón de recuerdos lo invadieron: una acogedora habitación rosa, la agradable calidez de un cuerpo ajeno contra el suyo, innumerables escapadas huyendo de la frialdad de la mansión Agreste…

No había lugar a dudas: Marinette estaba ahí, había acudido a su encuentro. Chat no había malinterpretado nada; ella quería lo mismo que él.

El miedo que le estaba ateriendo los músculos se derritió y Chat Noir se giró tan rápido que hizo que Marinette pegara un respingo.

En cuanto la vio, el corazón le dio un vuelco.

Oh, joder. Marinette ya se había deshecho de la capa. El vestido en el que llevaba trabajando una semana había quedado al descubierto.

Decir que estaba preciosa era un eufemismo. Además, eso ya se lo había dicho Adrien, y Chat tenía que ser mejor que Adrien si no quería que su historia con Marinette acabara antes de empezar.

Chat entreabrió los labios, pero ningún sonido salió de su garganta.

Al fin y al cabo, ¿cómo describir el paraíso? ¿Cómo describir a un ángel, cuya belleza etérea se escapaba de la comprensión humana? Hay cosas que no se pueden expresar con palabras, y los sentimientos de Chat al ver a Marinette aquella noche eran exactamente eso: inefables.

O tal vez Chat no estaba siendo objetivo. Tal vez lo que ocurría era que no era capaz de mirar a Marinette sin esas lentes en forma de corazón que tenía pegadas a los ojos.

—Nadie lo ha visto —habló Marinette, sacando a Chat de su ensimismamiento. El chico se dio cuenta de que se había quedado atontado mirándola más de lo debido—. Nadie ha visto el vestido aún, me he asegurado de ello. Tú… has sido el primero, como prometí.

Había cierto rubor en las mejillas de Marinette, un rubor del que Chat se contagió.

De nuevo, separó los labios en busca de algún saludo apropiado, pero pronto se dio cuenta de que si intentaba expresar con palabras la devoción que le profesaba solo le saldrían balbuceos incoherentes.

La euforia que sentía al saber que Marinette había querido que él fuese el primero en verla con el vestido puesto, el éxtasis que le provocaba que hubiera subido hasta ahí arriba para encontrarse con él… Había muchísimas cosas que quería decirle pero ningún discurso o poema estaba a la altura de la intensidad de sus sentimientos.

Fue entonces cuando Chat se dio cuenta de su error. Estaba tratando de abordar la situación como lo había hecho Adrien: con cumplidos y palabras bonitas. Pero las palabras eran cosa de Adrien, no de Chat.

Chat era un hombre de acción.

Así que, sin más dilación, atravesó el espacio que lo separaba de Marinette con dos poderosas zancadas y se plantó en frente de ella, tan cerca que hubiera resultado violento de haber sido cualquier otra persona.

Marinette no se echó atrás. Muy al contrario: se inclinó un poquito hacia delante, solo un poco, pero fue suficiente como para que Chat sintiera las puntas de sus pechos, inhiestos por el frío, rozar el material de su traje negro.

Chat contuvo el aliento.

Entonces Marinette alzó la barbilla y sus miradas se encontraron. El azul de ella y el verde de él chocaron con la fuerza de un tsunami contra la costa, haciendo saltar chispas y despertando algo más profundo, más intenso incluso, en el reducido espacio que los separaba.

Chat tuvo que hacer un esfuerzo hercúleo para no comerla a besos en ese mismo instante.


Tikki se escondió entre los pliegues del vestido de Marinette en cuanto las puertas del ascensor comenzaron a abrirse. Apenas se hubo abierto una franja entre los dos paneles de metal, Marinette alcanzó a ver la figura de Chat Noir, perfilándose contra las luces de París.

Le estaba dando la espalda y no se giró cuando ella llegó. Marinette dio un paso en su dirección, luego otro… el tercero fue algo más dubitativo, al ver que Chat no estaba reaccionando ante su presencia.

¿Quizá estaba enfadado por haberla estado esperando tanto tiempo?

No, no, qué va.

Después del tercer paso, Chat Noir giró sobre sus talones como un resorte. Sus músculos estaban en tensión, probablemente ateridos por tanta incertidumbre y miedo como estaban los de ella, pero nada más ver a Marinette, sus hombros se relajaron como si acabara de ver a un ángel.

Marinette sonrió con ternura. Y pensar que hacía no tanto había creído que Chat Noir era un misterio… En ese momento todos sus sentimientos estaban escritos en su rostro, visibles para cualquiera que se atreviera a mirar.

Admiración, afecto, cariño… todo eso y más brillaba en los ojos de Chat, tan crudo y sin diluir que Marinette se hubiera sentido abrumada si esos sentimientos emanaran de cualquier otra persona.

Pero esos sentimientos provenían de Chat, que era el chico más dulce y menos intimidante que había conocido en su vida. Un cacho de pan, un angelito… que sin embargo poseía el poder de la Destrucción y tenía un cuerpo que irradiaba puro pecado. Ironías de la vida.

Aun así, el aire era pesado en la azotea. Demasiadas preguntas flotaban en el aire, demasiada tensión. Tensión de la buena, claro, pero tensión de todas formas.

Para romper el hielo, Marinette le confesó a Chat Noir que era el primero en ver el vestido, tal y como ella le había prometido. No estuvo muy segura de que la hubiera escuchado, porque Chat siguió mirándola como si fuera la octava maravilla del mundo.

(De nuevo, la sinceridad en los gestos de Chat Noir derritió el corazón de Marinette.)

Entonces, sin previo aviso, Chat Noir eliminó la distancia entre ellos con dos poderosas zancadas. De repente Marinette lo sintió tan cerca que no pudo evitar inclinarse hacia él, como si una fuerza más poderosa que la gravedad la atrajera hacia su gatito.

Saltaban chispas entre ellos, era evidente. Chat debía de haberse dado cuenta por fin de sus sentimientos, y como solía hacer, estaba actuando en consecuencia: sin vacilación, sin dudas, sin demoras innecesarias. Él se lanzaba a la acción sin pensárselo dos veces, lo que lo convertía en el perfecto opuesto a ella. Por eso funcionaban tan bien juntos.

Marinette, en cambio, prefería planear las cosas con antelación, y no poder hacerlo la llenaba de ansiedad. Sin embargo, en ese momento, no había ansiedad en su corazón. No tenía miedo. No estaba ni nerviosa. Lo había estado hacía un momento, sí, pero ahora, con Chat a su lado…

…con Chat a su lado sentía que cualquier cosa era posible. Incluso hacer funcionar una relación con identidades secretas de por medio.

—Has venido… —El suspiro de Marinette provocó que un escalofrío recorriera a Chat Noir de la cabeza a los pies. Marinette lo sintió contra su propio cuerpo y contuvo las ganas de imitarlo. Aún no era el momento.

—Por supuesto que he venido. ¿Cómo iba a dejar plantada a mi Princesa? —Su voz era grave, llena de cariño. Sin embargo, una vibración inusual se escapó de su garganta, pareja al brillo en sus ojos. Marinette identificó esa emoción de inmediato: era hambre. Hambre de ella.

Presionó su cuerpo aún más contra el de Chat y la reacción del chico fue inmediata.

—Marinette… —gruñó, tanto de advertencia como de deseo. Advertencia para que no lo tentase, porque de otra forma tal vez no pudiera contenerse.

—¿Sí, Chat? —respondió ella con un tono burlón que hizo que Chat tuviera que aguantar las ganas de apretarla contra él y devorarla hasta que su boca hubiera explorado cada centímetro de su cuerpo.

Deseo, lujuria y anhelo exudaban de ambos. Seguía existiendo una adoración casta en la forma en la Chat observaba a Marinette, pero estaba siendo lentamente consumida por un libido que pronto necesitaría una salida.

La cosa estaba yendo muy rápido. Puede que demasiado rápido, pensó Marinette en un arrebato de lucidez. Así que, exprimiendo el último vestigio de autocontrol que le quedaba, susurró:

—Chat, antes de que hagamos nada…

Chat pegó un respingo. «¿Antes de que hagamos nada?» La realidad había superado sus expectativas…

—Antes de que hagamos nada… —continuó Marinette—, tengo que advertirte de que… yo… creo que aún tengo sentimientos por… ya sabes…

—¿Pastelito? —remató él. Ella asintió y él solo pudo contestar con un resoplido burlón—. Yo estoy en las mismas, ¿recuerdas? No creo que pueda olvidar a Ladybug así como así, pero eso no invalida mis sentimientos por ti, Marinette. La verdad es que me siento un gilipollas por no haberme dado cuenta antes…

Chat deslizó una garra bajo la barbilla de Marinette y comenzó a acariciarle la mejilla con el pulgar. La mezcla de adoración y deseo en su mirada… Marinette jamás había visto nada igual. Tal vez porque, como Ladybug, nunca había querido reconocer el alcance de los sentimientos de Chat.

—Te elijo a ti, Marinette —continuó él—. Lo entenderé si no confías en que pueda dejar mis sentimientos por Ladybug a un lado, y sé que no te merezco pero, si me aceptas, quiero intentar entregarte todo mi corazón. Incluso la parte que ahora es de Ladybug.

Aún con una vista privilegiada del amor sin edulcorar en los ojos de Chat, Marinette sintió un nudo en la garganta. Chat estaba equivocado en varias cosas: era ella la que no lo merecía a él, y era ella la que aún tenía sentimientos conflictivos por otro chico.

Si lo que fuera que tuvieran acabara mal, Marinette sabía que sería su culpa. Chat no había hecho nada más que enamorarse de ella una y otra y otra vez, y sin embargo Ladybug se había negado a reconocer al maravilloso chico que siempre había estado a su lado.

Era ella la que debería sentirse como una gilipollas, no él.

Marinette no tuvo fuerzas para seguir mirándolo a los ojos, así que bajó la cabeza y apoyó la frente contra el pecho de Chat.

Mala idea.

Sintió un tirón incómodo en el vientre cuando notó lo robustos que eran sus pectorales, y otro más cuando comprobó por el rabillo del ojo el bulto de sus bíceps, bien marcados por el traje negro.

¿Por qué esos brazos no estaban rodeándole la cintura? ¿Acaso Chat no sabía pillar una indirecta?

Marinette sacudió la cabeza ligeramente, para ordenar sus ideas. «Céntrate», se dijo. Primero tenían que dejar las cosas claras, y luego… bueno, luego que ocurriese lo que Dios quisiera.

Así que separó la frente del cuerpo de Chat, levantó la mirada y…

Ups. ¿Era cosa suya o los labios de Chat estaban aún más cerca que antes?

El deseo de Chat se estaba acumulando en su entrepierna, pero no parecía dispuesto a hacer ningún movimiento. Aún no. No hasta que recibiera el permiso de Marinette, por supuesto. Chat era un caballero, aunque a veces pareciera más un pícaro.

Marinette se mordió el labio inferior y Chat contuvo el aliento. Sus manos colgaban de sus costados como pesos muertos; Marinette estaba convencida de que podía darles mejor uso.

—Chat… ¿no tienes las manos frías? ¿No te parece que hay mejores lugares para… calentarlas?

Durante un momento, Chat parpadeó confuso, pero en cuanto entendió lo que Marinette quería decir, su boca formó una pequeña "o" de sorpresa.

Aun así, vaciló. Por si acaso. No quería malinterpretar las señales que le estaba enviando Marinette, llevar a cabo un movimiento demasiado atrevido y joderlo todo en el último momento. Aunque resistirse le causara incluso dolor físico.

Así que, antes de arriesgarse, levantó la mano derecha y la posó sobre el hombro de Marinette, como tanteando el terreno, como pidiendo permiso para ir más allá.

Ella se limitó a batir las pestañas sugestivamente y esbozar una sonrisa pilla.

Luego asintió.

Esa fue la confirmación definitiva. Chat Noir tenía carta blanca.

No perdió ni un solo segundo. Sus manos abandonaron los hombros de Marinette y se deslizaron alrededor de su cintura, embutida en un corsé rojo. Ella dejó salir un ronroneo de satisfacción al notar esos largos y hábiles dedos ponerse a trabajar, y le facilitó la tarea rodeando con sus propios brazos el cuello de Chat Noir.

La mano derecha del chico fue a parar sobre las caderas de Marinette, un lugar en el que cualquier padre hubiera dejado que tocaran a su hija, pero la izquierda… la izquierda resultó ser más aventurera. Se deslizó un poco más atrás, hasta el espinazo, la parte de la espalda donde comenzaba la columna vertebral.

Chat descansó su mano sobre ese punto estratégico y comenzó a dibujar círculos perezosos con el pulgar, lentos y sensuales. Marinette no pudo evitar el gemido de placer que escapó de su garganta mientras se arqueaba hacia delante, presionando su vientre contra el de él.

Vientre contra vientre. Pecho contra pecho. Una de las piernas de Chat ya se había deslizado entre las de Marinette y completaba el cálido —caliente— abrazo en el que estaban sumidos.

Prácticamente podían respirar el aliento del otro. De hecho, Chat ya estaba un poco agachado para darle a ella un mejor acceso a su boca.

Un empujoncito. Solo necesitaban un pequeño empujoncito más. Ese empujoncito fue la sensación punzante que sintió Marinette al notar algo duro contra su entrepierna.

Ninguno de los dos tuvo fuerza para resistirse. Ni estaban dispuestos a hacerlo, en realidad.

Sus labios colisionaron.

El primer beso fue más bien un roce ansioso de labios húmedos y cuerpos calientes. Algunos expertos ni siquiera lo calificarían como beso, pero no se podía esperar otra cosa de dos adolescentes con nula experiencia en cuestión de relaciones pero que llevaban acumulando tensión sexual durante semanas, si no años.

El segundo fue igual de inexperto pero mucho más entusiasta. Marinette separó los labios para tomar aire y Chat no perdió la oportunidad para meterle la lengua en la boca como si no hubiera un mañana.

Ella pegó un respingo al principio, sorprendida por la sensación desconocida de otra persona dentro de su boca, pero pronto se dejó llevar por el placer. Chat ya le había confesado que nunca había besado a una chica —sin contar sus dos besos accidentales con Ladybug, claro está—, pero para ser tan inexperto como ella, había hecho los deberes.

Marinette dejó que Chat explorara su boca libremente y, ¡vaya!, fue la mejor decisión que había tomado esa noche. El chico pasó la lengua por el interior de su mejilla, luego se deleitó en el sabor de su saliva. Enredaron sus lenguas sin ton ni son hasta que, sintiendo la falta de oxígeno en sus pulmones, Chat la sacó primero para besar la comisura de los labios de Marinette.

Entonces llegó el turno de ella para tomar la iniciativa. Capturó el labio inferior de Chat entre sus dientes y le dio un suave tirón. Ese gesto juguetón y sugestivo fue suficiente como para que Chat decidiera que no necesitaba oxígeno para vivir, solo la boca de Marinette.

Retomaron su tira y afloja de inmediato. Lamiendo, mordiendo, jugueteando.

Sonidos obscenos escapaban de las gargantas de ambos pero, lejos de hacerlos sentir avergonzados, solo lograron aumentar sus libidos hasta límites que no habían experimentado antes.

Era torpe, era ansioso, era repetitivo… pero era tan nuevo y excitante que ambos fueron consumidos por el momento. No existía nada más que el cuerpo del otro, que el placer que despertaba.

Habían despertado a la bestia y no había forma de ponerla a dormir de nuevo.

Poco a poco, sus movimientos se volvieron más provocadores, más atrevidos. Chat deslizó sus manos hasta agarrar el trasero de Marinette y comenzó a manosearlo sin pudor. Lejos había quedado la época en la que había necesitado permiso explícito para tocarla; el gemido de satisfacción con el que ella respondió fue permiso suficiente, y cuando se frotó contra él, Chat supo que no solo tenía su permiso, sino que aprobaba sus acciones con creces.

Sin esfuerzo alguno, la levantó del suelo. Marinette le rodeó la cintura con las piernas para afianzarse y así, sin más, acabó con la espalda contra la pared.

Ninguno de los dos fue realmente consciente de haberse movido de sitio, pero tampoco es que tuvieran alguna queja.

Estaban ofreciendo un buen espectáculo, de eso seguro. Los dos estaban ansiosos por descargar ese ardor que les quemaba las venas pero nada parecía suficiente. Con cada beso, cada roce, el fuego en su interior se hacía más insoportable, hasta el punto de sentir sus cuerpos al borde del éxtasis.

Por desgracia, nada parecía poder saciar los apetitos de la carne.

Varios pensamientos fugaces sobre ir más allá cruzaron la mente de Marinette. Lo mismo se le ocurrió a Chat Noir. Pero ninguno se atrevió a acercarse a donde no llega el sol.

Puede que su situación fuese poco corriente, y puede que hubieran pasado de cero a cien en una sola noche, pero ambos conocían sus límites y había cosas a las que aún no estaban preparados.

Además, ni siquiera le habían puesto nombre a lo que quiera que estuviese pasando entre ellos.

¿Novios? ¿Amigos con beneficios? ¿Un rollo de una noche? ¿Qué eran?

Ya lo decidirían después. En ese momento sus pensamientos —y sus bocas— estaban ocupados en otra cosa.

Y entonces un chillido ensordecedor cortó el aire:

—¡¿Qué coño significa esto?!

Chat y Marinette separaron sus labios de un golpe y giraron la cabeza hacia la entrada al ascensor.

La pareja más inesperada acababa de aparecer. Luka miraba a cualquier parte menos a ellos, rojo como un tomate. Kagami también estaba roja, pero no de vergüenza, sino de ira.

Apuntó un dedo acusador hacia Chat Noir y rugió:

—¡ALÉJATE DE ELLA, CABRÓN DESTROZA-HOGARES!