Marinette no tenía ni idea de quiénes eran esas dos mujeres ni qué querían de ella. No habían dicho ni una sola palabra desde que la habían secuestrado en Le Grand Paris y la habían llevado en volandas hasta la azotea del Edificio Montparnasse.
Por supuesto que Marinette se había resistido. Había forcejeado con uñas y dientes e incluso le había pegado un mordisco a una de ellas. De hecho, se había peleado tanto que el viajecito desde Le Grand Paris hasta Montparnasse le había pasado factura a su vestido rojo, cuya falda ya exhibía un par de descosidos como si fueran heridas de guerra. Sin embargo, ambas captoras estaban usando un miraculous, así que Marinette —inofensiva e indefensa Marinette— no era rival para ellas.
Al final se había rendido. Había aceptado que no podía luchar sin sus poderes contra la tortuga y el dragón y se había dejado llevar. Ahora ambas mujeres la custodiaban como los leones del Congreso de Madrid: inmóviles, impertérritas, como estatuas.
Marinette no estaba maniatada ni la habían puesto entre rejas, pero se sentía tanto una prisionera como si lo hubieran hecho. Por si fuera poco, había intentado hablar con sus captoras —para razonar con ellas o engañarlas, le daba igual— pero las dos mujeres no respondían a sus preguntas, ni siquiera daban señales de haberla escuchado.
Simplemente se mantenían serias como estatuas, una a cada lado, evitando que Marinette huyera o quisiera levantarse de la caja de madera en la que la habían obligado a sentarse. Vigilaban cada movimiento suyo como halcones, pero no parecía importarles nada más.
De hecho, no parecían humanas, fue el pensamiento fugaz que cruzó por la cabeza de Marinette.
«¿Sentimonstruos?», se le ocurrió, y se estremeció.
Marinette se removió incómoda en su asiento y les echó un vistazo discreto, intentando captar —sin muchas esperanzas— algún signo que le dijera si eran verdaderos sentimonstruos o Hawk Moth había encontrado nuevos aliados.
La primer mujer era mayor, rubia y alta. Llevaba encima el miraculous de la tortuga y, pese a la poca favorecedora capucha, era preciosa: tenía una cara redondeada, pero una barbilla puntiaguda y unos ojos enormes, como los de una barbie. El cabello rubio le caía en una trenza sobre el hombro y su figura esbelta hubiera sido la envidia de cualquier modelo de París.
La segunda no era una mujer, sino más bien una chica. Llevaba el miraculous del dragón que normalmente pertenecía a Ryuko. Tenía el cabello oscuro recogido en dos coletas a ambos lados de la cabeza, un cuerpo menudo, y…
Marinette contuvo el aliento en cuanto cayó en la cuenta.
Joder, era como mirarse en un espejo. La segunda chica era clavadita a ella misma. Marinette no podía discernir sus rasgos bajo la máscara, pero le hizo recordar a Sentibug, ese clon de Ladybug que Mayura había creado y tan cruelmente asesinado cuando ya no pudo controlarla.
¿Estaba Hawk Moth repitiendo el mismo cruel movimiento? Marinette jamás había tenido más ganas de despellejar a la maldita mariposa.
No, espera… si esos eran sentimonstruos de verdad, ¡entonces Felix tenía que estar detrás de ello!
Marinette soltó un jadeo ahogado. Sus dos captoras giraron la cabeza hacia ella inmediatamente, como dos malditos robots, pero dado que Marinette no había intentado escapar, volvieron la vista al frente, fija en algún punto en la distancia.
Marinette trató de respirar hondo y pensar.
¿Por qué la habían secuestrado a ella? A Marinette.
Era poco probable que supieran que era Ladybug. Si ese fuera el caso, hubieran aprovechado el elemento sorpresa para arrebatarle su miraculous cuando menos se lo esperaba. Mantenerla presa de esa forma, sin atacarla, hubiera sido una estrategia pésima.
Entonces, ¿qué quería Felix de ella? ¿Estaba trabajando con Hawk Moth? Chat Noir le había jurado que no, que solo era cuestión de tiempo que Felix se uniera a su bando, y Marinette lo había creído.
Lo seguía creyendo, de hecho, pese a la abrumadora evidencia de lo contrario.
(Puede que sus sentimientos le estuvieran nublando el juicio.)
Una idea fugaz cruzó su mente. Chat Noir. ¿Y si…?
No, no, no, no. Habían sido muy cuidadosos. Chat Noir solo iba a visitarla de noche y siempre se aseguraba de que no hubiera nadie espiándolo cuando se colaba por la trampilla de su cuarto. No era posible que Felix se hubiera enterado de sus visitas nocturnas y la estuviera usando como cebo, ¿verdad?
… ¿verdad?
Ahora que lo pensaba… en realidad era perfectamente posible.
Mierda.
Marinette se removió incómoda en la silla. No podía transformarse y revelarle su identidad a Felix, era demasiado arriesgado. Pero si era verdad que la estaba usando como cebo para atraer a Chat Noir… entonces tendría que confiar en su gatito, y en que la sacaría de ahí de un momento a otro.
Suspiró, cansada. Tal vez no hubiera sido la mejor idea dejar que Chat Noir penetrara sus defensas, que la obligara a reconocer el lugar especial que ocupaba en su corazón. O tal vez su error había sido dejar que todo eso ocurriera con Marinette. Simple, inocente e inofensiva Marinette.
Un civil y un superhéroe: la receta para el desastre.
Algo como eso estaba destinado a pasar. Salir con Chat Noir como Marinette le pondría una diana en la espalda, era solo cuestión de tiempo que Hawk Moth lo descubriera y la usara para tenderle una trampa a él.
Había sido una mala idea. Una idea horrible. Y esas dos mujeres —¿sentimonstruos?— que la custodiaban eran prueba de ello.
«Estúpida, estúpida, estúpida» se reprochó a sí misma.
Y sin embargo, si pudiera volver en el tiempo y tomar decisiones diferentes, no lo haría.
El riesgo era alto, sí, ¡pero qué bien se había sentido con los labios de Chat Noir contra los suyos! No solo eso: las conversaciones a la luz de la luna, las películas acurrucada entre sus brazos, y sobre todo, las risas… Una intimidad como esa valía el precio.
Al fin y al cabo, mantener sus identidades secretas no había sido idea suya; había sido idea del Maestro Fu. Todo ese rollo de tomar precauciones, de andarse con pies de plomo y bla bla bla, ¿a dónde los había llevado? ¡A perder los miraculous, ni más ni menos!
¿Qué le impedía a Marinette cambiar de estrategia? Mantener la distancia con Chat Noir no había llevado más que a errores y disgustos. Solamente la había hecho sentir sola y desgraciada.
Ya estaba harta.
El status quo había dejado de funcionar. Era hora de echar abajo el sistema.
(Hay que ver lo mucho que pasa por la cabeza de una cuando la tienen cautiva dos hermosísimas sentimonstruos.)
Su montaña rusa de sentimientos debió de plasmarse en su expresión, porque la chica que tanto se parecía a ella le dirigió una mirada de reojo, pero no reaccionó más allá de eso.
Marinette clavó la vista en el horizonte, en el cielo oscuro de París. Desde lo alto del edificio Montparnasse podía escanear la ciudad entera de un solo vistazo, pero no localizó ninguna figura negra deslizándose entre las sombras.
Tomó aire.
Chat Noir estaría al caer. Tenía que estarlo.
Confiaba ciegamente en su gatito. Llegaría. La rescataría. No la decepcionaría. Él nunca la decepcio…
A Marinette no le dio tiempo a acabar el pensamiento. Ni siquiera lo vio llegar. Antes de que nadie se diera cuenta, Chat Noir apareció de la nada con el puño dirigido a la nariz de la sentimonstruo más joven.
La secuaz no fue capaz de encajar el golpe. Para cualquier ser humano, la fuerza de ese puñetazo probablemente le hubiera atravesado el cráneo, pero a ella solo la envió volando hacia atrás. Su compañera, la sentimonstruo rubia, reaccionó de inmediato, abalanzándose sobre Marinette para evitar que la rescataran, pero Chat Noir fue más rápido.
Marinette apenas sintió los dedos de la sentimonstruo rozarle el hombro. Lo único que sintió fue el brazo de Chat Noir aferrándose alrededor de su cintura. (Un pelín demasiado fuerte, debo añadir; le iba a dejar una marca fea.) Casi de manera simultánea, Chat extendió su bastón y echó el vuelo.
El despegue fue tan violento que Marinette sintió su estómago pegar una voltereta. Cuando Chat Noir aterrizó dos edificios más allá, ocurrió un poco lo mismo: el aterrizaje dejó marca tanto en el cemento bajo sus pies como en las costillas de Marinette.
Los perseguían. No había tiempo para sutilezas. Iba a ser un viaje movidito.
—¡Sujétate! —gritó Chat Noir, y a ella no tuvieron que decírselo dos veces.
Marinette rodeó con los brazos el cuello de Chat y su cintura con las piernas, tan fuerte como pudo. Él afianzó su agarre alrededor de la cintura de ella y volvió a despegar hacia el cielo parisino.
Arriba, abajo. Salto, aterrizaje. Giro repentino. Salto otra vez. Sprint. Salto. Otro sprint. Y otro.
Chat Noir corría y saltaba a una velocidad vertiginosa. Se movía en zigzag, sin un destino aparente, con el objetivo de despistar a sus perseguidoras.
No perdió pie ni una sola vez. No vaciló. No tropezó.
Los cielos eran su dominio. París, su campo de juego. Todas las azoteas llevaban la marca de sus botas, las había pisado todas y se conocía ese entramado de calles al dedillo.
Chat Noir era el rey de la noche. Nadie podía ganarle en su propia ciudad, mucho menos un aristócrata londinense como Felix.
Atravesó corriendo el Jardín del Luxemburgo, cerrado a esas horas. Saltó el Sena de un solo brinco, atrayendo la atención de las parejas que se morreaban en el Puente de los Enamorados. Cuando aterrizó sobre la pirámide de cristal del Louvre de puntillas, pareció que la gravedad desaparecía bajo sus pies, como si Chat Noir no fuera más que un fantasma, una pluma posándose sobre el cristal.
No miro atrás ni una sola vez. Sus ojos estaban fijos en el frente y dependía solo de su oído para saber si sus perseguidoras estaban recortando las distancias. (Hacía ya un rato que las habían perdido, en realidad, pero Chat Noir no se detuvo, no aún.)
Mientras tanto, Marinette resistía como podía pero la verdad era que, sin la protección del traje, apenas era capaz de mantenerse agarrada a Chat Noir. La ciudad se difuminaba a su paso, sentía sus órganos internos dando bandazos con cada cambio de rumbo aleatorio y se estaba comenzando a marear. Marinette se agarró a él incluso clavándole las uñas en la espalda, pero solo era una civil, su cuerpo no estaba entrenado para moverse a tanta velocidad.
Joder, como Chat Noir no desacelerara pronto Marinette iba a vomitar.
Si él se dio cuenta de lo mal que ella lo estaba pasando, lo ignoró. Siguió corriendo sin preocuparse por nada más hasta que dejaron la Gare du Nord atrás.
Habían recorrido París de punta a punta.
A esas alturas, Marinette estaba comenzando a ponerse verde. Los colores y las luces de las farolas le estaban haciendo perder el sentido de lo que estaba arriba y lo que estaba abajo. La cabeza le daba vueltas, los párpados se le estaban cerrando. Al final, decidió rendirse: se agarró tan fuerte como pudo a Chat Noir, cerró los ojos, y se preparó para el viajecito de su vida.
Marinette no vio por dónde la llevó Chat a continuación. Probablemente por las alcantarillas, a judgar por el olor. Lo único que supo es que doblaron innumerables esquinas, desafiaron a la gravedad un par de veces hasta que, al final, él dio un salto hacia arriba y, por fin, dejó de correr.
El frenazo no fue súbito ni mucho menos, pero Marinette lo sintió así. Fue como cuando te montas en una montaña rusa y la adrenalina se te sube a la cabeza, y cuando el viajecito acaba, pese a que ya no estás en movimiento, el subidón sigue ahí, calado en tus huesos.
De repente los rodeaba una quietud asfixiante. El viento que había estado revolviéndole el pelo se había detenido, y el frío de las alturas también había desaparecido, haciendo que a Marinette la invadiera una especie de sofocón. Pero lo que era más importante: de golpe, sin sus sentidos nublados por la adrenalina de la persecución, la presencia de Chat Noir junto a ella se hizo mucho más evidente.
Antes de hacer nada, Chat se colgó el bastón de la cintura; luego recolocó el cuerpo menudo de Marinette entre sus brazos. Recogió como pudo la falda roja del vestido —que no estaba hecha trizas de milagro— para poder colocar su brazo izquierdo bajo el culo de ella y sujetarla mejor, dejando que ella relajara las piernas. Su mano derecha fue a parar al cuello de Marinette, agarrándole la nuca como a un bebé, acariciándole el pelo como a una niña pequeña.
Ninguno dijo nada. Marinette no abrió los ojos por miedo a marearse.
Chat Noir solo despegó sus manos de Marinette cuando tuvo que alargar el brazo para abrir una puerta, pero después sus dígitos volvieron a su lugar entre los mechones del cabello de la chica. La estaba aferrando casi con desesperación, como si tuviera miedo a que Felix apareciera y se la arrebatara en cualquier momento.
Chat siguió caminando hacia delante, mientras sostenía a Marinette pecho contra pecho, de modo que los latidos de sus corazones chocaban el uno contra el otro. La sangre le bombeaba con violencia y su respiración era jadeante, temblorosa, aunque no estaba claro que fuera debido al maratón que acababa de correr.
Marinette, por su parte, estaba pálida por el viaje, el mareo y el susto. De hecho, la carrera le habia afectado tanto que le temblaba todo el…
…un momento…
No era ella la que estaba temblando, se dio cuenta Marinette al cabo de un rato. Era él.
Poco a poco, como un cervatillo recién nacido, Marinette abrió los ojos. Tardó un momento en acostumbrarse a la penumbra del lugar, pero en cuanto su vista se enfocó, reconoció la nave de inmediato: era el taller del escultor. Chat la había llevado a su escondite.
En otras circunstancias puede que Ladybug le hubiera pegado un buen coscorrón a Chat por haber llevado a una civil a su lugar de reunión de secreto —aunque dicha civil fuese también una superheroína—, pero en ese momento, a Marinette ni se le pasó por la cabeza.
Chat Noir estaba temblando. Su gatito estaba temblando.
Trató de separar la cabeza del cuello de Chat para poder ver su expresión, tarea difícil dado que la tenía agarrada por la nuca y no parecía querer dejarla ir. No consiguió mover un dedo porque Chat la estaba apresando como si tuviera grilletes en vez de manos, así que Marinette se relajó y se dejó llevar. Chat la estaba conduciendo a algún sitio, solo que ella no podía ver a dónde.
Al cabo de un momento, Marinette por fin sintió que su espalda chocaba contra algo. Sin decir una palabra, Chat la separó de sí y la posó con cuidado sobre una mesa larga y ovalada que había en un extremo de la nave. La soltó como a una muñeca de porcelana, como si se fuera a romper en mil pedazos.
Marinette le echó un vistazo discreto a la mesa. Su compañero debía de haberla colocado recientemente, porque no estaba ahí la última vez que ella había visitado el taller.
Marinette aún estaba mirando la mesa cuando escuchó una vocecilla débil y desvalida a su lado:
—Lo siento…
Marinette se giró como un resorte hacia Chat Noir. Cuando por fin lo tuvo delante, se le rompió el corazón.
Chat tenía los ojos húmedos, y si Marinette creía que ella estaba pálida debido al mareo, lo de él era una blancura propia del Polo Norte. Temblaba como un flan. Tenía la respiración entrecortada. Sus garras estaban aferrando los muslos de Marinette en busca de un punto de apoyo, cualquiera, que evitara que se desplomara al suelo como una muñeca de trapo. (Y aun así, estaba manteniendo sus uñas lejos de la piel para no hacerle daño.)
Antes de decir nada, Marinette abrió las piernas y los brazos y dejó que Chat se abalanzara sobre ella. Él correspondió a la desesperada, hundiendo la cabeza en la clavícula de Marinette y rompiendo en suaves sollozos.
Marinette lo acogió con todo su cariño. Hundió los dedos en los mechones despeinados de Chat y comenzó a dibujar círculos perezosos en su cabeza. Adelante y atrás, adelante y atrás.
—Está bien, todo está bien —canturreó, con la sombra de una media sonrisa en los labios—. Me has salvado, gatito. Estoy bien.
El gimoteo de Chat estaba lejos de ser un llanto desconsolado, pero su lloriqueo dejaba muy claro el miedo que había pasado, puede que más miedo incluso que ella. Marinette le dejó un momento para tranquilizarse, abrazándolo con todo su cuerpo y acariciándole la cabeza. Al cabo de un rato, los lamentos de Chat parecieron atenuarse, aunque no se detuvieron del todo.
—Soy patético —musitó—. Eres tú la que ha sido secuestrada y soy yo el que está llorando.
—Estoy bien, gatito. No tuve miedo ni un solo segundo. Sabía que vendrías a rescatarme.
Un débil gimoteo salió de la garganta de Chat Noir.
—No deberías confiar tanto en mí. Soy un idiota. Yo te he metido en este lío. Yo, yo y solo yo. Dios, ¿qué he hecho…?
Marinette tragó saliva. Chat estaba muy equivocado; la decisión había sido de ella. Por si fuera poco, él no era consciente de las verdaderas consecuencias de que Felix, o Hawk Moth, tuvieran el punto de mira en Marinette Dupain-Cheng.
La mano que Marinette tenía en la cabeza de Chat dejó de moverse.
Chat no era consciente de todo lo que estaba en juego. Ella sí.
Joder, ¿qué habían hecho?
—Voy a matarlo —musitó Chat entre sollozos, sacando a Marinette de su ensimismamiento—. Voy a matarlo, Marinette. Voy a matarlo.
Pese a que era el portador de la Destrucción quien estaba diciendo esas palabras, ella no pudo más que sonreír. ¿Soltar amenazas mientras lloraba? ¿Quién se lo iba a tomar en serio?
Además, su gatito no era capaz de matar ni una mosca.
—Está bien, gatito. Me has salvado. Ya ha pasado —susurró Marinette con cariño. Una parte de su mente, sin embargo, seguía cavilando.
Chat no era consciente de todo lo que estaba en juego. ¿Cómo podían luchar contra Hawk Moth con información imperfecta?
La chica tomó aire y vació la mente. Su corazón ya estaba comenzando a calmarse. El susto había pasado.
Felix seguía ahí fuera, era cierto, y no cabía duda de que ambos tendrían que salir pronto y darle caza, pero por el momento, en ese refugio oculto que él había encontrado para ella, Marinette sentía que tenían todo el tiempo del mundo.
Felix no los encontraría ahí. Podían permitirse una pequeña pausa.
—Todo está bien, gatito —susurró mientras giraba la cabeza y le besaba la frente.
Por desgracia, Chat no estaba nada de acuerdo.
—¡NO! —gritó, con tanta potencia que hizo temblar las paredes. Levantó la cabeza y clavó la mirada en Marinette. De golpe, pese a que aún le brillaban un par de lágrimas en el borde del ojo, Chat Noir pareció exudar una rabia visceral, que le salía bien de dentro, del alma. Marinette se estremeció—. No está bien, Marinette. Nada está bien. Y si… ¿y si te hubieran hecho daño?
Y así, tan rápido como vino, esa rabia desapareció y fue sustituida por una abrumadora culpa.
—Debería haber tenido más cuidado… —lloriqueó Chat, mientras volvía a apoyar la frente en el hombro de Marinette. Esta vez, ella no hizo amago de tranquilizarlo acariciándole el pelo. En cambio, se quedó muy callada, pensando. Él no se dio cuenta—. Dios mío, Marinette, he sido un idiota. ¿Cómo pude haber pensado que era buena idea acercarme como Chat Noir? Fue una estupidez, Marinette. Una estupidez.
Ella no contestó. Sus labios estaban fruncidos en una fina línea y su mirada estaba clavada en la distancia, meditando, sopesando.
—Es mi culpa, es mi culpa, es mi culpa —seguía quejándose él—. Soy un idiota. Te he puesto en su punto de mira Marinette. Lo siento, lo siento tanto… Si solo hubiera…
—Puedo defenderme sola —lo interrumpió ella. Chat le dirigió una mirada de reojo pero no reparó del todo en la gravedad de su tono.
—Lo sé —contestó—. Marinette, sé perfectamente lo lista y fuerte que eres. —Chat frunció el ceño y Marinette supo que la había malentendido rotundamente—. Por eso me enamoré de ti. —Marinette se estremeció. ¿Por qué para Chat Noir era tan fácil confesar sus sentimientos así?—, pero estamos hablando de sentimonstruos y miraculous, princesa. Por muy fuerte que seas, no es algo a lo que un civil pueda enfrentarse.
Marinette tomó aire.
—No me estás entendiendo. —Apartó a Chat Noir de sí de mala manera y se bajó de la mesa de un brinco. Dio dos pasos adelante, de forma que le dio la espalda a Chat. Apretó la tela de su falda con sus puños. Tomó aire otra vez. Cuando reunió el coraje suficiente, se dio la vuelta. Chat la estaba mirando con extrañeza y una pizca de preocupación, pero ella no se echó a atrás—: Tengo que confesarte algo, gatito.
Esa vez, Chat sí percibió el tono serio. No dijo nada, pero dio una zancada y tomó las manos de Marinette entre las suyas.
—Lo entiendo, ¿vale? —dijo. La voz le temblaba—. Esto es peligroso, princesa. Si quieres que me aleje y…
—Cállate —le soltó Marinette poniendo los ojos en blanco. Por Dios, pero qué idiota… ¡¿Cómo iba a cortar con él por un mero secuestro?!
Chat Noir era el amor de su vida. Le había costado años admitirlo, años de resistirse y mentirse a sí misma por el bien de París, pero ya estaba harta. Hawk Moth ya le había quitado mucho como para arrebatarle también su felicidad.
No lo iba a permitir. Marinette se merecía a Chat Noir y él se la merecía a ella. Ningún villano iba a interponerse entre ellos. Hawk Moth, o Felix, no iban a impedir que Marinette viviera su vida como una persona normal.
Marinette no iba a poner su vida en pausa por más tiempo.
—Chat Noir —lo llamó. Su gatito tenía los labios fruncidos con preocupación, pero ella no tenía tiempo para explicarle cuánto lo amaba y que jamás, jamás de los jamases, rompería con él por un mero secuestro. (Bueno, aunque en realidad aún no habían concretado si de verdad estaban saliendo, así que no sabía si el término «romper era correcto».)
Marinette tomó aire, soltó las manos de Chat y dio un paso atrás. Luego abrió los brazos, cerró los ojos, y suspiró:
—Puntos fuera.
