Capítulo 28

1

Finalmente, luego de unos cuantos días de angustia y desesperación, Delia podía estar tranquila, pues su hijo volvió y con toda normalidad. Podía relajarse, y que mejor manera que tomar un baño en tina con agua caliente.

Dentro de la tina, pensó en lo maravillosa que se sentía el agua, y que el agua caliente le haría bien a su piel puesto que había estado muy estresada desde que todo esto pasó, y el estrés es algo que no le hacía bien a su apariencia. Ahora, volvía a tener la mente despejada y podía pensar con más claridad las cosas, y sobre todo, en los acontecimientos de los últimos días.

Su hijo volvió a la normalidad, y lo mejor de todo, sin nada que lo perturbara o acomplejara, pues pasó el día junto a él, y demostró que solo le aquejaba una sola cosa, que tenía tanta hambre como su Snorlax lo tendría, sin duda era su hijo. Con la misma sonrisa que le daba desde que era un niño, esa sonrisa que le hacía pensar que él nunca crecía pues conservaba esa misma alegría de siempre.

Hubiese preferido verlo capturando más Pokémon en su jardín antes que pasara por ese amargo momento. De hecho, hubiese preferido seguir en el hospital con él, con la cabeza de su hijo sobre su regazo mientras acariciaba sus cabellos, sintiendo que todavía podía reconfortarlo luego de tantos problemas por los que pasó.

No pudo pasar todo el tiempo que, realmente, quiso pasar junto a él, debido a que había muchas personas que querían verlo igual, como sus hermanos y sus amigos. Detestó, por un momento, que tuviera que compartirlo, pero no importaba, porque ver a su hijo sonreír junto a las personas que quería, fue la imagen más emotiva que pudo haber obtenido. Sus tres hijos, finalmente, volvían a jugar, discutir, y reír juntos, nuevamente. Era así como quiso pasar esa semana, viendo a sus hijos volver a su casa, devorando sus platos llenos de comida, discutiendo y después divirtiéndose juntos. Su familia volvía a estar unida, bueno, solo faltaba un último Ketchum.

La noche comenzaba a ir de maravilla, hasta que pensó en el padre de sus hijos. De pronto, su ceja se enarcó y su boca formó una especie de sonrisa que forzaba para tratar de no enfadarse.

—otra vez… tarde… de seguro volvió a perderse— dijo refiriéndose a su marido, tratando de contener su enojo hacía él.

Esta historia era común. Su esposo era el último de los Ketchum en aparecer, perdiéndose de algunos acontecimientos importantes, como lo fue este. Lo quería, pero detestaba esa parte de él, y lo peor, que no era totalmente su culpa, sino lo era por su pésimo sentido de la orientación, porque sí, el hombre con múltiples títulos como campeón detrás suyo, era la última persona a quien le pedirías la dirección para llegar al puesto de verduras de la esquina.

Lo necesitó cuando Ash desapareció, necesitaba que alguien la tranquilizara, después de todo, fue él quien encontró la forma de como deshacerse del Rey la primera vez. No estuvo cuando sus otros hijos y las chicas fueron a buscar a Ash. No estuvo cuando encontraron al chico a las faldas del monte Moon, ni estuvo cuando Ash despertó. De hecho, Delia estuvo preocupada de la reacción de Ash cuando este le preguntó por su padre, y ella tuvo que responderle que aun no llegaba. La respuesta del chico fue simple, prácticamente una broma: "seguramente volvió a perderse" y volvió a entretenerse con Pikachu. Ash parecía estar acostumbrado a que su padre no estuviese presente en una situación como esa, y ella aún no lograba hacerlo después de tantos años junto a él.

No podía comunicarse con él, no sabía dónde estaba con exactitud. solo quedaba esperar a que se Comunicara o que apareciera, por eso pidió una habitación con espacio para ella y su esposo, porque pudiese llegar, pero hasta ahora no ha tenido señales de él.

Delia trató de no pensar tanto en él, después de todo, tarde o temprano tendría que aparecer. Se preocuparía de él y de su propia reacción cuando lo viese, por ahora, quería centrarse nuevamente en sí misma y su baño. Aunque, ese momento de relajación fue por muy poco tiempo.

—¡Delia! ¡Despierta! —

A la puerta de su habitación estaba Kimberly, tocando desde afuera con frenetismo. La adorable anciana. Podría detestar sus métodos de enseñanza hacia sus hijos, y detestar su influencia hacia ellos, pues en múltiples ocasiones la culpaba de ser la verdadera razón por la cual su esposo y sus hijos siempre terminaban metidos en problemas los cuales no debieron salir a buscar, en primer lugar, todo por la influencia de la señora. Pero, al menos, la respetaba de cierta manera, cuando no pensaba en ello.

Al final del día, sus hijos la querían, y ella los quería y hasta cuidaba, y cuando no estaba cumpliendo con sus labores como tutora, resultaba ser agradable, o al menos, toleraba su compañía, pero todavía no podría darle el reconocimiento a la mejor compañera del año, y sobre todo por un momento como ese en el cual la interrumpía abruptamente.

—¡Delia despierta! —insistió la tutora Pokémon— ¡Los chicos están alterados! ¡El Rey volvió a aparecer! —

La única fuerza que iba a poder sacar a Delia de su tina de baño, el Rey de Pokelantis, desgraciadamente, era solo para volver a saber noticias sobre él, seguramente, noticias nada agradables.

En los momentos que le tomó salir de latina, y tomar una toalla para cubrir su cuerpo, varios pensamientos pasaron por la mente de la señora. Se suponía que Ash estaba mejor, incluso él se los había dicho, pues esa cosa se había ido, entonces ¿Cómo fue que los chicos volvieron? Temía pensar en lo peor, temía que volviese a tomar el control de su hijo, o que tomara el control de alguien más, como Gold o Red. Había tantas posibilidades, pero no importaba como se había presentado. Él todavía estaba libre para seguir con sus malévolos planes.

2

El Rey apareció justo al pie del Monte Plateado. Tuvieron varios intentos fallidos antes de llegar, quizá Alakazam no supo interpretar el mapa dentro del pokédex, o quizá, su influencia sobre él se estaba debilitando. Era un pensamiento que sin duda se obligó a quitárselo de la cabeza, pero sabía que era inútil, ya estaba allí, allí estaba el temor de estar debilitándose. Pero, al menos ya estaban allí, y era el momento de avanzar con su búsqueda antes que se debilite más.

El monte Plateado, el punto más alto de la región de Johto, y, para el Rey, fue el lugar donde su decadencia inició. Ha pasado mucho tiempo, y el monte sigue igual, la erosión no le afectaba, los grandes terremotos no le afectaban, seguramente, las marcas de su batalla seguían allí. Monte Plateado fue testigo, hace ya muchos siglos atrás, de como él se enfrentó a Ho-Oh, el ser mágico que unificaba el corazón de criaturas y humanos.

El Rey se sentía débil, no se encontraba en las mejores condiciones luego de aquella batalla contra Ash y sus hermanos, sin duda, el ataque eléctrico que recibió directamente había afectado a su cuerpo como nunca antes lo hubiese imaginado. Era difícil, para él, acostumbrarse a su nuevo cuerpo, luego de siglos sin tener uno, y luego de estar detrás del cuerpo de Ash y siendo él quien sufriera de quedar débil y herido. Porque, sí, ahora, él se sentía débil y herido luego del ataque que sufrió por parte de los tres Ketchum.

Fue un desastre. Se suponía que sería fácil encontrar la ubicación del Pokémon deseo, sería fácil combatir en contra de aquel grupo que se encontraría devastado por la pérdida de Ash y temerosos de su poder, pero, ciertamente, no contó con que Ash sobreviviera a la caída. Había subestimado a su cuerpo y aquella extraño habilidad para curarse con rapidez. Con él, el animo y confianza de sus amigos y familia se restauró, por lo menos, lo suficiente para usar la sensatez en combate. Igual subestimó la fuerza en combate de aquellas chicas que lograron contener a los seres que envío con ellos, y también, ¿Quién era aquel chico con aquella Gardevoir que sabía usar un movimiento tan poderoso? Un ataque parecido al que había usado Jirachi en el monte Moon.

¿Por qué su plan fracaso? O más bien, ¿Por qué él fracasó en aquel intento? Se suponía que solo debería preocuparse de Red y Gold, no del resto del grupo. Sin duda era fuerte, cuando caminaba sobre la faz de la tierra, venció a cada ser que osaba a retarlo, y tampoco era ningún reto cuando se trataba de grandes grupos de personas, ya sea con criaturas mágicas, o sin ellas, siempre salía victorioso. Así fue como llegó a ser Rey del reino de Pokelantis, así fue como su reinado fue duradero, venciendo a toda clase de resistencia, así fue como logró expandir su reino y su poder, derrotando ejércitos, pero, entonces, ¿Cómo fue que unos adolescentes estuvieron a punto de derrotarlo?

Creyó que el estar junto a Ash era lo que retenía su poder, pues, al batallar por tomar el control, siempre lo distraía y debilitaba su control sobre los Pokémon y sobre sí mismo. ¿Pero, y si no era así?

Vio a esos chicos y en sus ojos no había más que ira, y era de esperar, pero no vio ninguna pizca del temor que tanto buscaba. En ningún momento trastabillaron o dudaron en atacarlo, sino que parecían determinados a enfrentársele sin que les preocupara las consecuencias que esto traía. No podía ser posible, su solo nombre había sido motivo de terror, y eso siempre fue la base de su reinado, pero ahora, pareciera que eso quedó en el pasado, justo como su nombre.

Detrás de él se escuchó un golpe en seco. Ni siquiera se molestó en voltear pues había sido Infernape quien cayó, su cuerpo había alcanzado su límite natural, y controlarlo era inútil en ese momento. el aura oscura que rodeaba al primate se desvaneció, prácticamente lo dejó, y fue cuando cayó. Sin él, al menos el Rey pudo sentir un aumento en su revitalización, pues era un ser menos que debía controlar, así que ese poder regresaba a él.

Infernape no iba a ser el único, de él, caerían otros de igual forma, primero lo que estuvieron junto a él y quedaron débiles, y así hasta el más fuerte. No era como Ash, al Rey no le importaba aquellas criaturas, pero si se preocupaba por sí mismo, después de todo, aquella influencia que tenía sobre aquellos seres, era controlada gracias a él. El mismo poder que lo mantenía de pie.

El Rey de Pokelantis comenzó a andar. El Pokémon deseo estaba en el monte Plateado y él debía apresurarse en encontrarlo antes que el grupo de Ash lo hiciese. Pero, al dar los primeros pasos dentro de una caverna que dirigía al interior del Monte, sintió un par de espasmos en los músculos de sus piernas; de su torso; de sus brazos; en todo su cuerpo. Si aquellos espasmos continuaban y comenzaba a sentir algún tipo de dolor, le sería difícil continuar con su camino, y quizá, casi llegaría a ser imposible.

No iba a rendirse ahora. Sus planes no habían resultado como lo había esperado, pero no importaba, todo cambiaría con Jirachi bajo su influencia. Sería más fuerte, más resistente, todos le temerían, y culminaría con su plan de controlar a Ho-Oh y demás deidades.

Entró a la caverna, estaba oscura pero se auxilió con la ayuda del Quilava de Dawn, no había imaginado que sería tan útil así como lo era Gible, pues ambos no habían llegado a sus últimas etapas evolutivas, pero ahora, Quilava era de los pocos seres que contaban con suficiente energía para seguir de pie. Con cada paso que el Rey daba, sentía aquellos dolores nuevamente, y entre más avanzaba, más sentía la debilidad de su cuerpo y el cansancio de su mente.

Otra criatura cayó detrás de él. No le importó, de igual forma, logró revitalizar un poco de su propia energía una vez que ese ser cayó.

Adelante en la caverna, vio una flor, una muy extraña, pero recordaba de que flor se trataba, una que permitía ver diferentes etapas del tiempo, la flor del tiempo le llamaban, una extraña flor cristalina que parecía un capullo cerrado, pero, con el ser indicado, florecía en un instante como una rosa. En su tiempo, los magos de su reino podían hacer uso de las visiones de aquellas flores, y sabía que Ash igual podía hacerlo, más él no podía, así que, quien sabe que había grabado aquella flor, quizá, un último recuerdo de él entrando a la caverna, una última imagen de su verdadero cuerpo, algo que mantendría su legado vivo. Pero, ¿Cómo saberlo? Él nunca había tenido el tipo de poder que se requería para abrir una de aquellas flores, supuestamente, era el poder de alguien bondadoso y puro.

No había tiempo de distraerse con los alrededores. Volvió a sentir los espasmos, así que quitó su influencia a otro Pokémon, y este cayó. El Rey se sintió mejor, pero no era suficiente, así que hizo lo mismo con otro de los seres. Se iba ir deshaciendo de ellos, uno a uno, para mantener su propia energía, puesto que controlarlos significaba mucha concentración de su parte.

Los recuerdos eran añoranzas del pasado, de un pasado que jamás volverá. Y el Rey detestaba eso, Ash Ketchum siempre estuvo apegado a sus recuerdos, siempre los tenía presentes en su mente sin que estos se deterioraran. Y el Rey no había hecho más que añorar ese pasado, por más que se lo negaba a sí mismo. Pero estaba atado a sus recuerdos, como los que el monte Plateado le traía de vuelta.

Su batalla contra Ho-Oh había sido a través de todas partes del Monte Plateado. Empezaron juntos desde la punta de este, y terminaron recorriendo todas las cavernas que había, era impresionante que una criatura tan grande como Ho-Oh pudiera estar dentro de aquellas cavernas. Pero, realmente, el lugar del encuentro tenía sentido, tratándose de un Pokémon que veía por el bien de cada ser vivo como lo era Ho-Oh, pues fue el ser mítico quien escogió ese lugar para aparecer y para llevar acabo su enfrentamiento. Sin personas en su interior, y las muy pocas criaturas que habitaban por allí, huirían, era un lugar perfecto pues no lesionarían a ningún ser vivo.

Mucho se dijo que, debido a su crueldad para con humanos y Pokémon por igual, Ho-Oh llegaría a él para acabar con su reinado. Y el Rey esperaba eso. Tener bajo su control a un ser tan poderoso e imponente, le permitiría tener control sobre todas criaturas mágicas y, sin duda, fortalecería su reino y se expandiría a cada extensión de tierra que existiera. Por eso, iba a estar preparado para su encuentro con Ho-Oh.

Ordenó a los científicos y magos de su reino a construir un objeto con el cual poder capturar y contener a Ho-Oh. Y aquel objeto llegó en forma de una esfera, un objeto creado especialmente para capturar un gran poder, pero el Rey ignoraba que ese poder que iba a capturar, apenas la esfera se abriera, iba a ser el suyo y lo mantendría cautivo por muchos siglos.

El Rey volvió a sentirse débil. Ni siquiera lo dudó, le quitó de su poder a otros más Pokémon y estos cayeron. Había avanzado un largo trayecto a través de la caverna y no había encontrado un solo rastro de Jirachi, pero, el pokédex de aquel chico marcaba que estaba por allí. Debía explorar más profundo, incluso, podría encontrarse en la punta del Monte Plateado.

Cada criatura que lo acompañaba, fue desvaneciéndose en el suelo. El Rey tuvo que quitarles el poder que tenía, y, aun así, él seguía sintiéndose cada vez más débil con cada paso que daba.

Quizá era el cansancio, quizá era el hambre, quizá estaba herido. Ahora tenía un cuerpo, y debía realizar las necesidades básicas para su óptimo funcionamiento. Pero, realmente, no quería hacerlo, pues debía ganar tiempo sobre sus rivales. Descansar sería una pérdida de tiempo, y, además, si encontraba a Jirachi rápido, ya no haría falta descansar o preocuparse más, pues arreglaría todo defecto en aquel nuevo cuerpo. Quién lo diría, ahora, todas sus esperanzas dependían de una criatura tan pequeña, pero de gran poder.

Más Pokémon cayeron, que importaba, de hecho, le quitó el poder a todos, y solo se quedó con el Quilava para poder iluminar su camino. Pareciera que la oscuridad dentro de la caverna se volvía más perpetua, o quizá era su visión, una visión borrosa, reflejo de lo dañado que estaba su cuerpo actualmente.

No avanzó mucho más, cuando escuchó un último golpe en seco, y la poca luz que tenía había quedado atrás. Quilava había caído, y la llama de su espalda se estaba apagando. Ahora, estaba solo y aún quedaba mucho por recorrer para encontrar a Jirachi.

Trató de avanzar solo, pero sintió un agudo dolor dentro de su cuerpo, más precisamente por su abdomen. Rápidamente, colocó sus brazos sobre su vientre, pareciera que sus órganos iban a explotar en cualquier momento. sus piernas se paralizaron por completo, si se movía, probablemente su estómago, su hígado, su páncreas o algún otro órgano se desgarraría y provocaría alguna hemorragia. ¿Ese era el mayor temor de la humanidad? ¿El miedo a morir cuando menos lo deseabas?

El Rey cayó de rodillas, creía que en cualquier momento comenzaría a convulsionar.

La poca luz que Quilava producía, le sirvió para ver su sombra por última vez antes que la oscuridad la absorbiera por completo. Pero, aquella oscuridad se sentía diferente, como si se moviera a voluntad. No tardó mucho tiempo, antes de ver algo que le llenara de preocupación, pues, en el suelo, justo donde estuvo su sombra, apareció una especie de luz azul, una luz opaca y débil, pero, sin duda era luz en medio de la oscuridad. Era imposible que esa luz existiera, hasta que se fijó bien, y notó que aquella luz azul se asemejaba a un ojo, un ojo en medio de la oscuridad. Un ojo que se le quedó mirando fijamente.

El Rey también cayó en el suelo, quedando inconsciente.

3

Ya era muy de noche en ciudad Marina, ciudad costera que nunca descansa en Sinnoh. Pues, aunque muchos negocios estaban cerrando, muchos otros comenzaban sus actividades nocturnas para el disfrute de las personas. Pues la ciudad estaba cubierta de luz gracias a las reservas eléctricas que la ciudad tenía gracias a sus múltiples paneles solares. Y sobre todo, la torre marina, la edificación más grande de la ciudad, y quizá de toda la región de Sinnoh, hecha con paneles solares y que proporcionaba energía a toda la ciudad, siempre se mantenía iluminada para darle más fuerza al sobrenombre de la ciudad.

—finalmente, todo terminó — dijo la enfermera Joy mientras estiraba su brazo para relajar sus músculos.

En el centro Pokémon, todo estaba más en calma. Por lo regular, por ser un centro Pokémon en una ciudad con un gimnasio Pokémon, y el líder, siendo uno de los más difíciles de vencer para los novatos, el centro Pokémon de la ciudad recibía muchas visitas de entrenadores que quería que sus Pokémon fuesen curados. Un trabajo duro, pero cuando llegaba la noche, todo era más tranquilo, y las personas preferían disfrutar la velada en la llamativa ciudad en lugar de centrarse en las batallas. Por lo que era poca la carga de trabajo para la enfermera Joy del turno nocturno.

—Creo que ya no vendrá nadie. Y falta tiempo para cenar—

El centro Pokémon era grande y poseía muchos videomisores para que los visitantes pudiesen comunicarse con personas lejanas. Pero igual, poseía una zona de confort donde se podía sentar y obtener algún material de lectura como el diario, libros o revistas. Y era allí a donde la enfermera Joy se dirigía.

—¿A ver? ¿Qué voy a leer? — dijo la fémina mientras buscaba que revista tomar. Por lo regular, cada noche tomaba una y la leía hasta que acabara su turno, por lo que, al final de mes que volvían a cambiar todo el material de lectura por algo nuevo, ella había leído todo lo que había estado disponible. Era una habida lectora en su lugar de trabajo— creo que este era la última que no he leído—

La revista que tomó era una de entrenadores Pokémon. El pan de cada día en aquel sitio. Su gusto hacia las batallas Pokémon variaba, no es como si le interesara por completo, pero gracias a su trabajo, dónde debía atender a todo tipo de entrenadores, escuchar hablar sobre los diferentes estilos de batalla de los ocho líderes de gimnasio, dónde se transmitían en la televisión varios eventos de combates Pokémon, y dónde leía, por lo menos una o dos revistas, al mes, sobre el tema, pues simplemente había obtenido cierto conocimiento y tolerancia hacia ellos. La revista que tomó, informaba sobre la última liga Pokémon en Sinnoh, y en su portada, la fotografía del vencedor de la conferencia del valle Lily, levantando, triunfante, la copa de campeón.

—lo recuerdo. Siendo el primero en vencer a Volkner, luego de una larga ausencia, era de esperar que ganara la Liga Pokémon— dijo la enfermera, para si misma.

La enfermera se disponía a leer el primer artículo, cuando escuchó la puerta abrirse, y alguien entrar. Los pasos se oían de una sola persona y eran normales, sin prisa alguna, por lo que no eran de un entrenador adolescente o un niño, desesperado por curar a su Pokémon herido en alguna batalla. Joy decidió dejar la revista y atender a quien haya llegado, probablemente alguien pidiendo direcciones, o queriendo darle un descanso a uno solo de sus Pokémon o a un par de ellos, o quizá solo quería usar el sanitario.

—¡Bienvenido al centro Pokémon! ¿En qué lo puedo atender? — dijo a un hombre de edad madura que se acercaba al mostrador.

El hombre vestía con pantalón y camisa de manga larga, ambos del mismo tono de gris. Sus zapatos eran igual grises, pero de un tono más oscuro. Sobre su camisa, llevaba puesto un chaleco de color azul turquesa, y sobre su cabeza un sombrero del mismo tono de azul. Una vestimenta bastante simple. Era alto, por lo menos más que ella, y de cabellera negra pero corta, probablemente recortaba su cabello con frecuencia. En su cara se notaba la sombra de una, muy escasa, barba que cubría su quijada y mentón.

Él le solicitó que le apoyara con fortalecer la salud de sus Pokémon, y en su tono de voz sonaba muy amable, de hecho, le sonreía al hablar y en su rostro parecía nunca haberse enfurecido, a pesar de sus cejas enarcadas que le daban una mirada sería.

—Por supuesto. Puede depositar sus pokeball aquí— dijo la enfermera, mientras extendía al hombre una bandeja con un máximo de seis espacios para las pokeball.

Aquel sujeto colocó seis pokeball, y le sorprendió a la chica de cabellera rosa, pues eso quería decir que era un entrenador Pokémon, aunque no tuviese el aspecto de uno. Y de hecho, entre sus Pokémon, había un Salamance, ¿Qué clase de entrenador poseía un Salamance? Uno de los Pokémon más difíciles de entrenar. Aunque, realmente, todo en aquella persona no parecía ser lo que aparentaba.

Joy no podía negar que había algo que llamaba la atención en aquel caballero, quizá era su seria mirada que no encajaba con la amabilidad y frescura en su tono; quizá era la juventud de su piel que no encajaba con la edad que podría tener; quizá era el hecho de ser un entrenador Pokémon que no encajaba con su vestimenta. Todo en él parecía no encajar, parecía ser un misterio. Pero a pesar de todo eso, pareciera que ya había visto todos aquellos aspectos antes, en alguna parte, y sobre todo, en aquel rostro.

El hombre solicitó usar un videomisor, y la enfermera Joy le concedió uno, él podría hacer su llamada mientras la enfermera dejaba las pokeball en el lugar donde se recuperaría. Pero, al querer usar el videomisor, probablemente no contestaron a su llamada, pues colgó al poco tiempo y volvió a con la enfermera con una nueva solicitud, un hotel donde pasar la noche allí en ciudad Marina. No era una petición extraña para la enfermera, después de todo, las habitaciones del centro Pokémon estaban destinadas para los entrenadores novatos que estaban registrados en la liga Pokémon.

Luego de darle unas cuantas indicaciones, el hombre le agradeció y se despidió de ella hasta la siguiente mañana que volviese a por sus Pokémon.

La enfermera se despidió de él. Había demasiado que le intrigaba sobre él, estaba segura que lo había visto en alguna parte pero no podía recordarlo a pesar del esfuerzo que hacía. Ella se disponía a volver a su lectura, cuando notó un nuevo aspecto que le llamó la atención de aquel hombre. Cuando él salió del centro Pokémon, en lugar de seguir el camino que ella le indicó, tomó el sentido contrario, quien sabe porque lo hizo, quizá tenía algún otro lugar a donde ir antes de dirigirse al hotel.

Joy debió haberse preocupado, pero quizá él estaría bien, por lo que Joy decidió continuar leyendo aquella revista que había tomado.