༺═───────⊰❪ CONFUSIÓN EMOCIONAL ❫⊱───────═༻

❛01 • Punto de vista de Nicholas Wilde •


*Beep* *beep* *beep *beep* *beep*

El ensordecedor ruido llegó a estremecer mis orejas a un grado tal que escarapeló todo mi cuerpo, despertando mi subconsciente de un gran letargo, logrando que abriera mis ojos de golpe.

Estaba sudando.

Un sueño…—pensé rápidamente, mientras controlaba mi respiración; estaba agitado y ofuscado, a pesar de estar desnudo y con un grave problema entre las piernas como consecuencia de la utópica fantasía.

Tomé una almohada y estrellé el horrible despertador contra la pared, destrozándolo de un golpe. Me estaba desesperando.

—No quisiera aceptarlo, pero ya estoy viejo —refunfuñé, levantándome de la cama para darme una buena y necesaria ducha fría; sin embargo, el sonido del celular anunció una llamada, dándome a entender que mi baño se retrasaría.

Judy…

Mi mente se volcó de lleno con pensamientos que atentaban contra mi tranquilidad mental.

Decidido, contesté con sutileza—. Tesoro, admite que no puedes vivir sin mí —procuré guardar mi naturalidad.

De inmediato escuché una risita del otro lado—. ¿Tengo que hacerlo? Sí, lo sé.

—Además de ser tan astuta, como este zorro…—una carcajada más sonora se hizo presente—. Y multiplicarte, diré, aparte de tu habilidad en la multiplicación…—me mofé con morbo. Me encanta sonrojar a la coneja con mi doble sentido—. Eres demasiado considerada conmigo.

Y nuevamente este afán por capturarla como si fuese una hembra disponible.

—Evito que te quedes dormido —habló con una voz semi temblorosa, confirmando otra vez que logré mi cometido.

A pesar de no demostrar el lío interno que me atosigaba, un frío helado me recorrió la médula y mi instinto me demandaba poseerla—. De acuerdo zanahorias, ¿vendrás a vestirme?

El sonido de la línea cortada me causó tanta gracia, que ya lo veía venir.

¿Qué me está pasando?

Su cercanía estaba causando en mí una grave confusión emocional.

No sabía si verla como una amiga o como algo más romántico, porque si bien tengo claro, un punto medio entre los dos no debería existir, no con su sensibilidad a tope, porque lo que menos quiero es dañarla.

—Soy un zorro, un zorro adulto de 32 años con necesidades biológicas —arrastré mis pies con pesar hasta la ducha, donde mi único alivio es el agua fría, que relaja mi cuerpo y aclara mi mente de cualquier tipo de inmoralidad—. Debo aparearme, o mi naturaleza me hará cometer tonterías.

Al cabo de unos minutos me vestí con el traje de policía, cuya profesión había cambiado mi rutina sino seguiría siendo un estafador, empobreciendo mi vida, a pesar de ser lo único lucrativo que me permitía sobrevivir después de haber dejado atrás la podredumbre.

De pronto, sentí un gran dolor en mi pecho a causa de mi turbio pasado cuyo recuerdo jamás podré desprender de mi vida; lamentablemente me dejé hundir por los prejuicios que han aplastado a mi especie por décadas.

Ahora que tengo una nueva oportunidad, redimiré mis actos.

Me giré dando cara al espejo, para observar mi reflejo sin evitar sonreír de lado. Estaba satisfecho y orgulloso de portar la insignia ZPD en los hombros.

—Que guapo eres, Nick Wilde —me halagué, puntualizando minuciosamente mi presencia, desde mis orejas puntiagudas, pasando por revisar mis colmillos mientras coqueteaba conmigo mismo, hasta observar al detalle mi uniforme y lo bien que se veía mi cola. A pesar que en este planeta tierra todos los animales hemos evolucionado a un nivel racional, me daba gusto conservar mis características ancestrales como parte de mi esencia.

El sonido continuo del claxon me bajó de la nube.

Apresuré mi paso sin antes tomar mi arma de fuego y enfundarla, dando un fuerte portazo tras de mí.

—¿Quién dijo que hoy debías manejar? —bromeé, acercándome al vehículo policial.

—¿Así me saludas? —me lanzó una mirada retadora, por lo que atiné a esconder mis emociones con ponerme las gafas oscuras antes de posicionarme a su lado, en el asiento del copiloto.

—¿Quieres un beso?

Nuevamente me dejé vencer y mi lengua me jugó una mala pasada.

—No estoy a tu disposición —soltó una risita al momento que arrancó el motor.

Esta vez la ignoré, tomando entre mis manos el expediente que marcaría el curso de nuestra labor para esta semana.

Hoy intentaría marcarle distancia.

No obstante, su presencia me ofuscaba, pues su cuerpo me atraía y no de una manera sana; quería experimentar con ella lo que tengo prohibido. Mi mente enferma empezó a desarrollarse por el delicioso aroma que ella desprendía cada vez que nos juntábamos, siendo más fuerte desde hace un mes.

Judy alteraba mis sentidos.

Cola de algodón, es tu culpa…—disfruté pensando en la posible atracción que esté sintiendo por mí, ya que en este tiempo he sido el único macho agobiado por su olor. Es un claro indicio de su ofrecimiento.

Traté de controlarme mientras mentalizaba nuestras diferentes.

¿Será posible?

Inconscientemente mis ojos necesitaban apreciar la belleza de la peligris y sin querer, me encontraba comiéndola con la mirada.

Se percató de mi intimidante presencia al sobre avisar su ser—. Nick, ¿qué te ocurre? —ladeó su cuello y al ignorar el camino, frenó con brusquedad antes de pasar un semáforo.

Por poco atropella a una pobre anciana comadreja al sobrepasar las rayas peatonales.

—Por eso los conejos no manejan —me agaché a recoger todas las hojas que yacían esparcidas, intentando equilibrar mi guerra interior.

—Lo siento…—murmuró levemente, pero lo suficiente para escucharla.

Se veía confundida. ¿Acaso presintió mi respuesta a su aroma?

Me negué aceptarlo.

—Calma zanahorias —retiré las gafas oscuras de mi cara y la miré de reojo para brindarle seguridad; qué podía hacer, ella me tenía atrapado. Ordené las hojas en el expediente y en cuestión de segundos sentí como sujetó mi cola, abrazándola y pegándola contra su pecho; me giré por inercia y le clavé una mirada amedrentadora—. ¡Suelta! —exigí con fastidio.

—Si me prometes que no se lo dirás a nadie—suplicó, mirándome con aquellos hermosos ojos color violeta.

Quedé cautivado.

En ese instante el ambiente se tornó íntimo.

Tragué saliva—. Puedes apostarlo —le sonreí, sí que era impredecible—. ¿Sabías que estas amparándote de tu género para tocarme? Si lo hiciera, seguro me demandas por acoso sexual.

De un brinco se alejó para cubrirse la boca con ambas manos, un tanto espantada y levemente sonrojada.

Creo que la coneja no tiene una mente tan sana después de todo o tal vez trato de acreditarlo para no sentirme culpable.

—Judy, ¿estas afiebrada? Porque puedo percibir tu calor…—hablé con sinceridad y una pizca de sarcasmo—. Tengo conocimiento en primeros auxilios…—me acerqué lentamente a su rostro con intenciones de olfatearla, pues olía demasiado bien y quería aprovechar el momento que ella originaba para comprobar si realmente está dispuesta aparearse conmigo; pero rápidamente me desvió la mirada y empujándome se lanzó a los asientos de la parte trasera del vehículo.

—Puedes conducir —se arrodilló entre un montón de papeles adecuadamente ordenados que detallaban el trabajo de la semana anterior. Aquel informe debía ser entregado al jefe Bogo antes del anochecer.

La coneja se acomodó y quedó de espaldas, petrificándome con magnifica visión; sí que tenía un hermoso derrier, que al estar arrodillada sus nalgas se veían como un apetecible durazno, dejando al descubierto su tentadora y esponjosa colita.

Automáticamente y sin medir consecuencias acerqué mi mano para darle un duro estrujón.

—Ahh…—soltó un ¿gemido?, abrí mis ojos y solté el agarre.

La peligris me lanzó una mirada fulminante.

—Me la debías —le guiñé.

—Nicholas Wilde, acabas de atentar contra una oficial…

Suavemente ubiqué mi pulgar sobre su labio inferior y tomándole el mentón conecté con sus preciosas iris, sintiendo el primer chispazo, que, no fue indiferente para mí—. ¿Estoy arrestado? —sonreí con malicia—. Además, te gustó.

La coneja infló sus cachetes de una manera tan tierna que no pude evitar sonreír y sentirme ¿correspondido?, ella podía ser adorable y verse deseable en este tipo de situaciones, pero lo originaba yo y eso me dejaba satisfecho.

Diablos, esto está mal…—me alarmé en silencio y rápidamente me compuse en el asiento; encendí el motor y puse en marcha el vehículo.


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