Aguas bajo la tierra
Un fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum
Versión castellana de Miguel García
~ o ~
Capítulo 1 : Pequeños comienzos
La joven se abría camino por el corredor, y las garras de sus pies de ave
producían chasquidos secos contra el piso de piedra tersa. Pero era un
sonido menor comparado a los demás, al rascar de sierras en la madera
y el campaneo de metal sobre metal. Todo el Monte Fénix había resonado
en los últimos días con ruidos de construcción, ya para reparar los daños
hechos por los extranjeros, ya para aprovechar el cambio en el flujo de
los ríos subterráneos y el resurgimiento del manantial. Los corredores
del palacio y los túneles de la montaña bullían de obreros, algunos a la
forma humana, para valerse de la mayor destreza de los dedos humanos
y el menor espacio que ocupaba un cuerpo sin alas.
Kima caminaba como si nada de aquello fuera de su interés; era guerrera,
no de clase obrera, y cuantos pasaban por su lado no la miraban a los
ojos. No cedía el paso a nadie, y todos se quitaban para darle vía.
Tras ella, largas alas blancas tocaban casi el piso, ahora plegadas sobre
su cuerpo a modo de capa. Las cicatrices que había recibido en el
combate contra el extranjero habían ya casi desaparecido, pero el
recuerdo quedaría imborrable, igual que los demás recuerdos de estos
últimos días.
Viendo a quien buscaba, se acercó a él.
—¿Loame? —dijo.
Un hombre fornido y de estampa pesada, con amplias alas pardas, se
volvió a mirarla, habiendo estado hablando con un grupo de los obreros
que tenía a cargo.
—¿Diga, doña Kima?
—¿Cómo va la obra? —preguntó ella.
—Todo lo bien que puede esperarse —dijo Loame—. El daño a los corredores
inferiores y el laberinto fue bastante extenso, y también está el rebrote del
manantial.
Kima asintió, lacónica. —Sí. Continúa.
—Hemos trabajado en mejorar la red de tuberías —dijo Loame, llevándose
una garra filosa a la sien para apartarse un mechón de largo pelo castaño.
Apenas empezaba a encanecer, aunque pasaba de los sesenta años—. En
los próximos días ya debiéramos tener agua corriente.
—Bien hecho —dijo Kima—. ¿Algo más que deba saber?
Loame dio por un momento la impresión de estar incómodo.
—Pues... No es más que una idea, pero...
—Habla —dijo Kima—. No tengo todo el día.
—Doña Kima, no digo que así deba hacerse, solo digo que está la
posibilidad —dijo Loame. La aventajaba por una cabeza en estatura, con
una contextura gruesa y músculos recios, pero no había duda de quién
mandaba—, pero si el Gekkaja y el Kinjakan se utilizaran de modo
adecuado, podríamos abastecer de agua caliente y fría a cada parte de
la montaña. No habría necesidad de calentar agua para bañarse o cocinar,
y...
Kima lo miró con gesto tajante, y él se interrumpió.
—¿Sugieres usar las reliquias de la familia real como grifería?
—Solo era una idea —dijo Loame—. Eso, una idea, nada más. Solo quería
mencionarla...
—No lo repruebo —dijo Kima—. Es buena idea. Arma una propuesta.
Habría que ver qué opina la familia real, pero...
—¡KIMA!
A Kima se le demudó el rostro y sintió los dientes apretársele de manera
involuntaria. La voz era tan conocida como indeseada. Dio una mirada
rápida hacia atrás, despidió a Loame con una seña escueta, y Helubor
avanzó hasta ella con las alas crispándosele de furor. Era atractivo, casi
demasiado atractivo, con una contextura esbelta, corto pelo negro y alas
carmesí jaspeadas de negro. El gesto agrio mermaba su hermosura,
aunque apenas un poco.
—¿Qué significa esto? —dijo Helubor—. ¡Quiero respuestas, Kima!
—Pues bien, don Helubor, estas son las obras para reparar los destrozos
que sufrió el monte —dijo Kima—. Los obreros están además reacondicionando
el sistema de tuberías, ya que el manantial de la montaña ha empezado a
manar de nuevo.
—No esto, insensata —dijo Helubor, abarcando con una mano desdeñosa
el quehacer de los obreros—. Don Saffron. ¿Qué sucede con él?
Kima miró a Helubor, impertérrita. Este pertenecía a la familia real, de
cercano parentesco con don Saffron. Por lo general se contentaba con
estar empoltronado en sus habitaciones, pero, cuando quería, podía
causar alboroto.
—Don Helubor, en estos momentos don Saffron es casi un niño de pecho
—dijo Kima, con aire de cansancio—. Usó todo su calor en el combate.
Tardará años en estar listo para empezar de nuevo su transformación.
Por ahora, la mejor forma de proceder es permitirle crecer en paz.
—Pero no con los otros niños —dijo Helubor. Cruzó los brazos por delante
del cuerpo y rascó las zarpas contra la coraza ornada que le cubría el pecho,
con las alas batiendo levemente de indignación—. Los otros niños van a...
—Acaso eviten que se sienta solo —dijo Kima—. Y eviten que escape
como ya lo ha intentado.
—¡Nunca antes se ha hecho una cosa así! ¡No lo voy a permitir!
—Don Helubor, Saffron parece contento en la guardería —dijo Kima,
negándose a dejar que la más ínfima nota de súplica se le colara en la
voz—. Vaya a verlo si desea. Luego vuelva a hablar conmigo, si sigue
usted disconforme. El bienestar del rey es mi responsabilidad; el deber de
mi familia ha sido siempre custodiar al rey, incluso de su propia familia, de
ser necesario.
La cara de Helubor se tensó, y luego pareció estar a punto de decir algo
más, pero luego dio media vuelta y se marchó, con las alas temblando de
cólera. Kima suspiró y se tocó la frente; empezaba a sentir los albores
de una jaqueca.
—Ahí sí que hay muchacho problemático —dijo a su lado una voz añosa.
Kima se sobresaltó, luego dio una mirada al costado, para ver al encorvado
sujeto. Había sido alto alguna vez, pero el paso largo de los años lo había
encogido, arqueándole el cuerpo.
—Hola, Samofere.
—Se te ve distraída, doña Kima —dijo Samofere. Tenía los ojos relucientes,
mirándola por las pequeñas gafas de armazón delgado que llevaba
acomodadas en la nariz.
—Estos últimos días han sido muy agotadores —dijo Kima—. Dudo que
entiendas, pasándotela en la biblioteca con tus libros...
Samofere soltó un resoplido leve:
—Los libros son un reto más grande de lo que crees, doña Kima. No
pienses que no sé qué cosas pasan aquí; hasta desde la biblioteca pude
oír los combates.
Samofere era el bibliotecario del monte Fénix, custodio de las colecciones
de libros y archivos que componían los miles de años de historia de la
civilización que habitaba la montaña. No pertenecía a una de las casas
nobles, a diferencia de Kima, pero nadie conocía mejor la historia del
monte, lo cual le otorgaba una autoridad honrosa entre la gente de la
montaña, incluso ante ella.
—Acaso tanto trastorno sea para bien —dijo Samofere, entre miradas en
torno a la construcción—. Muchas veces los cambios son para mejor.
Suspiró y, con gesto miope, miró a dos obreros pasar cargando entre
ellos una viga de madera de gran tamaño.
—Aunque hay que ver la de daños que causaron. Refréscame la memoria,
¿cuántos eran?
Después de un momento, Kima dijo:
—Cinco, más la hija del guía de Jusenkyo.
Samofere insinuó una sonrisa. —Gran hazaña para tan pocos.
Kima engrifó las plumas de las alas, evidenciado cierta irritación:
—Eran muy diestros. Sobre todo el líder.
—¿Ranma Saotome?
Ella lo miró, pestañeó, luego arrugó el entrecejo.
—¿Cómo sabes su nombre?
—Está en boca de toda la montaña —dijo Samofere—. Ranma Saotome,
el afuerino que derrotó no solo a doña Kima, sino a don Saffron.
Kima cerró una mano, que era una garra de ave, empuñándola con
vehemencia, y su gesto ceñudo se volvió un semblante de rabia:
—Si nos volvemos a encontrar...
—Por favor, doña Kima, no es deshonra perder ante un adversario capaz
de derrotar a don Saffron —dijo Samofere—. Ha de ser un luchador
sumamente poderoso y avezado.
Kima asintió, permitiéndose recobrar la calma, poco a poco.
—Lo es —dijo—. Pero también es tozudo más allá de toda razón. Y
afortunado, además.
—Buena combinación —dijo Samofere. Carraspeó un momento, luego
golpeteó el piso de piedra con el bastón corto que llevaba—. Justamente
de él vengo a hablar contigo, doña Kima.
Kima tuvo un momento de sorpresa, que se apresuró a ocultar:
—¿De qué se trata?
—¿Dispones de tiempo para ir a la biblioteca? —preguntó Samofere.
Kima asintió despacio. —Loame está dirigiendo bastante bien las cosas.
—Entonces ven —dijo Samofere, dio media vuelta y echó a andar, con
las puntas de sus alas negras arrastrando tras él por el piso de piedra.
Ese acto, por parte de cualquiera de menor jerarquía que ella, habría sido
un insulto, pero con Samofere debía hacer ciertas concesiones. Era viejo,
la persona más provecta del Monte Fénix. En realidad, Kima no tenía la
menor idea de la edad del viejo; este nunca la había dicho, y ella nunca
había preguntado.
Tras un momento, lo siguió, sin saber bien por qué había perdido el dolor
de cabeza y adquirido una sensación de frío en el fondo del estómago.
~ o ~
—Nos vamos...
Al colegio. Como si nada hubiera cambiado. Como si no hubieran estado a
punto de casarse, como si Akane no hubiera estado a punto de morirse,
como si Ranma no hubiera estado a un soplo de decirle que la quería, al
verla inerte en sus brazos junto a las pozas de Jusenkyo.
Quizá se lo había dicho. Esos momentos agobiantes cuando creía haber
acudido demasiado tarde, que el agua no había llegado a tiempo, se le
habían entretejido en la mente hasta formar un embrollo inextricable.
No podía recordar si lo había dicho en voz alta o solo para sus adentros.
O si había llegado a decirlo.
Iba caminando junto a Akane, no corriendo por la cerca como
acostumbraba. Quería estar próximo a ella, aunque lo habría negado
profusamente, de habérsele preguntado.
Una racha de viento pasó entre los dos, haciendo a la trenza de él
agitarse en la brisa, y ondear la falda del uniforme de Akane. Ranma
siguió aquel movimiento hasta la cara de ella.
Que no mostraba mucho agrado.
—¿Qué miras? —preguntó Akane secamente, con una leve nota
acusatoria en el tono.
—Na' —dijo Ranma.
—Me estabas mirando —murmuró ella, volviendo la cabeza, mirando a
otra parte.
—¿Quién va a querer mirarte a ti?
—Ah, no empieces otra vez con eso.
—¿Empezar otra vez qué cosa?
—Vi la cara que tenías cuando me viste con el vestido ese. Ya no me
puedes engañar.
Ranma no tuvo respuesta, al descubrir que el recuerdo de ver a Akane
vestida de novia sofocaba todo comentario ocurrente que pudiera haber
dicho. No podía verle el rostro, pero tenía bastante certeza de que
estaba sonriendo.
—Ah, déjate —murmuró Ranma entre dientes al ver acercarse más
adelante las puertas de Furinkan. Pudo ver que había numerosos alumnos
congregados en el patio, rodeando a una persona de uniforme situada
sobre una plataforma elevada.
Al acercarse, Ranma vio que era Nabiki.
—Era que no —dijo, llevándose una mano a la frente—. ¿Y ahora en qué
anda?
Al trasponer las puertas, empezaron a oír lo que Nabiki estaba diciendo.
—... Sepan la primicia, señores. La increíble cuasi boda de Ranma y
Akane, con todos los detalles sórdidos al desnudo. ¡Vean las fotos del
desastre! ¡Lean cómo se gestó todo! ¡Tenemos solamente una edición
limitada de estos libros especiales, así que vayan sacando la plata!
Los dos pararon en seco, con expresiones incrédulas.
—La voy a matar —dijo Ranma en tono álgido.
—No. Es mi hermana. Yo la mato primero —contestó Akane con tono de
aún no creerlo.
Estaban los dos parados, rígidos, cerca de las puertas. Los alumnos que
rodeaban a Nabiki procedieron a sacarse billetes de los bolsillos, para
entregarlos y cambiarlos rápidamente con Nabiki por un ejemplar de
un libro grande de tapas blancas.
—Qué tal, Ranchan, qué tal Akane —dijo Ukyo, acercándose. Venía
hojeando uno de los libros—. Algunas fotos están bien buenas... Y
además me la tomó por el lado bueno y...
Se oyó un rechinido. Tras unos momentos, Ranma advirtió que eran sus
propios dientes. Se dio vuelta a mirar a Ukyo, con una expresión que
distaba de ser dichosa.
—Ukyo, tú no eres de la gente que tengo ganas de ver ahora —dijo con
voz tirante—. Con permiso.
Con eso, enfiló a la congregación del centro del patio. Ukyo pareció
conmocionada, pero su cara volvió a una sonrisa débil cuando vio a
Akane mirándola.
—Parece que sigue enojado por lo del agua de la Nannichuan —dijo
después de un momento. Un leve temblor le entró en la voz al percatarse
de que Akane no contestaba la sonrisa.
—O tal vez por lo de tú y Shampoo volándole el casamiento —dijo Akane.
Le dio la espalda y se apresuró a enfilar tras Ranma antes de que Ukyo
tuviera oportunidad de contestar.
~ o ~
Ranma se abrió paso a empellones por el borde del gentío; los alumnos
se quitaban de su paso apenas veían quién era y la expresión que traía.
Llegó a la improvisada plataforma que Nabiki había instalado, y
prácticamente apartó de un choque al último alumno antes de llegar
a ella.
—Así que para esto saliste tan temprano —le dijo a la muchacha en un
cuchicheo rabioso.
—Hola, Ranma —dijo Nabiki. Le sonrió y miró a la concurrencia—. ¡Fuerte
el aplauso para el cuasi novio!
Hubo un amago de aplausos dispersos, débiles, que murieron pronto al
dirigirles Ranma una mirada de rabia.
—¿Se creen que esto es muy chistoso? Para ustedes mi vida es un gran
chiste, ¿no?
Hubo silencio.
—Es que me dan lástima. Venir a pagar por esto. Ya sé que Nabiki no
les va a devolver el dinero, pero si llego a ver uno de esos libros en el
colegio, voy a estar muy molesto con el que los tenga, ¿se entiende?
Hubo más silencio, incómodo esta vez. Alguien tosió.
—Largo de aquí, ya —dijo Ranma.
Les dio la espalda, se encorvó y recogió la caja de cartón de donde
Nabiki había estado sacando los librillos.
Ella le puso una mano en el brazo, y sonrió con dulzura falsa.
—Ranma, esos son míos.
El gentío se dispersaba rápidamente. Ranma miró a Nabiki y soltó un
bufido breve.
—Eran tuyos —dijo.
La sonrisa de Nabiki se redujo en tamaño.
—Devuélvemelos, Saotome, o...
—¿O qué? Ya casi no hay nada que no me hayas hecho —dijo Ranma.
Sus ojos atraparon a los de ella, y Nabiki pudo ver lo dolido de su mirada,
un momento antes de que el dolor volviera a esconderse detrás.
—Creí que ni tú eras capaz de algo así, pero me equivoqué medio a
medio.
Se quitó de encima la mano de ella, dio media vuelta, y saltó de la
tarima, llevándose la caja consigo. Nabiki estaba a punto de salir tras
él, y entonces alguien le puso una mano en el brazo.
—Te sugiero que lo dejes —dijo Akane detrás de ella—. Porque muy
enojada estaré yo contigo, pero él lo está mucho más.
Nabiki la miró a su vez y adoptó una expresión damnificada:
—Solo quiero hacer un poquito de plata para el bolsillo.
—¿A ti nunca te entra la culpa, cierto? —dijo Akane, con una mezcla de
extrañeza e impresión en el tono—. ¿Por usarlo como negocio del siglo?
—Nadie se puede aprovechar de uno si uno de verdad no quiere —dijo
Nabiki con una encogida de hombros—. Ranma se mete en cada cosa,
que sería una vergüenza no usarlo.
—No porque tenga puntos débiles vas a estar pegándole en ellos —dijo
Akane.
La cara de Nabiki se tensó, y clavó los ojos en los de Akane:
—Tú eres la última persona que puede dar sermones de cómo tratarlo.
El timbre de la escuela sonó, y Nabiki le dio la espalda a su hermana
menor y enfiló al edificio principal del colegio. Akane la miró irse por un
momento en un silencio de semiconsternación, y el viento la despeinó un
tanto al mover ella la cabeza, en gesto de negativa. Si ese ademán era
para su hermana o para ella misma, no lo sabía.
~ o ~
Ranma se detuvo fuera del aula con la caja todavía bajo un brazo. No
sabía muy bien qué hacer con ella. Algo se le iría a ocurrir para el final
del día, ojalá.
Cayó en la cuenta, en las orillas de su mente, de que Nabiki no iba a
dejar pasar la afrenta así como así, pero en estos momentos estaba
demasiado enrabiado como para que le importase. El descalabro de la
boda se le arremolinaba en la cabeza sin parar. Shampoo y Ukyo y sus
bombas, Kuno y su espada, Happosai y el agua de la Nannichuan...
Otra vez, la oportunidad de ser hombre. Un hombre entero. Arruinada
por el viejo mentecato.
Apretó el puño, se cargó hacia la pared y descansó la frente contra esta.
Después de tantos meses, ya casi un año, después de tantas veces en
que se había visto entrampado como mujer u obligado a comportarse
como tal, forzado a vivir en un cuerpo que no era el suyo, casi había
encontrado una cura. Había faltado tan poco, tan poco, y todo se había
perdido.
Eso era lo peor. Y nada de lo otro había sido un placer tampoco, como
Kuno intentando alternadamente asesinarlo y casarse con él, o la comida
explosiva que Shampoo y Ukyo habían preparado.
Se sentía traicionado. De Shampoo no le extrañaba tanto, pero hubiera
creído que Ukyo sería más responsable. Alguien podía haber salido herido
de verdad.
¿En cuántas otras ocasiones había estado cerca de una cura, solo para
verse frustrado? Shampoo y su mezcla de agua de Nannichuan para un
solo uso, el manantial seco bajo el vestidor de mujeres, las pozas
desbordadas tras el combate con Saffron.
Había faltado tan poco, tantas veces.
¿Cuántas veces había casi quedado atrapado para siempre en su cuerpo
de mujer? El punto de presión de Cologne, el Chiisuiton, el súper resfrío
de Happosai.
Todos los fracasos se le agolparon en la cabeza. Se estremeció, ponderando
cómo sería quedar perpetuamente atrapado como mujer. No podía ni
imaginárselo.
Advirtió que la gente lo miraba, y aspiró una súbita bocanada de aire y
se irguió, agarrando fuerte el asa de su bolso y abrazándoselo contra el
cuerpo. Intentó hallar su centro, encontrar el equilibrio, y logró, tras un
momento, alcanzar cierta cuota de control. Pero seguía sintiéndose
tembloroso.
El timbre sonaba, llevaba ya un rato sonando. Encima de todo lo demás,
no le convenía llegar tarde. Echó a correr, y cruzó veloz la puerta del
aula detrás de alguien, justo antes de que la cerrara.
Casi se resbala y tira la caja, producto de la sorpresa al entrar. Los
alumnos estaban poniendo absorta atención a algo que Hinako-sensei
les decía, en lugar de estar sumidos en el acostumbrado chismorreo
matutino. Escuchó durante un momento, y los nudillos se le pusieron
blancos en el asa del bolso.
—¡... un verdadero despelote! El pastel desparramado por todos lados,
y estaba muy rico, y había gente peleando, y Ranma estaba desmayado
con un montón de chicas encima, y...
La diminuta niñita, que fungía como profesora jefe de Ranma, se volvió a
mirarlo, con una sonrisa alegre y divertida. Su pelo largo ondeó al bajarse
de un salto del escritorio en que había estado encaramada, y corrió para
asir a Ranma de la mano.
—¡Hola, Ranma! ¡Justo les estaba contando a todos lo divertida que
estuvo tu boda! ¡La pasé súper! ¡Gracias por invitarme!
Había un júbilo inocente en la voz de la profesora, y eso fue lo que le
produjo furia al muchacho. Soltó un semigruñido, reprimió todo impulso
de violencia y extrajo la mano de un tirón.
—Qué bueno que a alguien le haya gustado —dijo, apresurándose a pasar
por un lado de la niñita, hasta su respectivo puesto. Akane todavía no
llegaba, y tampoco Ukyo. Si no se daban prisa, iban a llegar tarde.
Aunque le importaba poco.
Suspiró, y metió con cuidado la caja bajo el pupitre antes de sentarse.
La caja le dificultaba estirar las piernas, y pudo ver a varios alumnos
mirarla con interés. Repartió miradas rabiosas a uno y otro lado, hasta
que los hizo apartar la vista.
Hinako-sensei volvió a instalarse sobre el escritorio y marcó un ritmo con
los talones contra el costado de madera, mientras tarareaba por lo bajo
durante unos momentos.
Un semblante de consternación le acometió el rostro.
—¿Ya pasé la lista o no? —dijo.
Media clase exclamó en afirmativa, la otra mitad dijo que no. La niña
pareció más perpleja aún, e hizo una linda fruncida de entrecejo:
—Algunos están mintiendo. Ya saben lo que les pasa a los niños malos
que mienten, ¿no?
—¿Por qué no mira el libro, y ve si ya la pasó? —dijo Ranma, impaciente,
echado hacia delante y apoyando la barbilla en una mano con el codo
descansando en el pupitre.
—Qué buena idea —dijo Hinako, radiante, bajándose del escritorio con
un brinco. Hurgueteó en el cajón del escritorio, tiró al piso una decena de
envoltorios de dulces, y dio por último con el ajado libro de asistencia de
la clase.
Para cuando terminó de llamar los nombres de la lista, Akane y Ukyo
seguían sin llegar.
—¿Dónde andarán esas dos? —dijo Ranma por lo bajo, con un vistazo de
soslayo a la puerta del aula, como esperando que entraran en cualquier
momento.
Hinako volvió a sentarse sobre el escritorio y tamborileó otra vez contra
este, sumiéndose en una especie de canturreo mudo, bajo, sin hacer
caso alguno de la clase. El ritmo de sus zapatos contra la madera describió
espirales en la cabeza de Ranma y amenazó con ahogar cualquier otra
idea que pudiera tener. Lo cual era casi un alivio: no tenía ganas de
pensar en estos momentos.
Se movió un poco en el asiento, y sintió los comienzos del leve dolor de
cabeza, que había tenido al llegar al colegio aquella mañana, estallar y
florecer en una continua percusión de latidos punzantes por dentro del
cráneo.
Presintió que este no iba a ser un buen día.
~ o ~
Akane se disponía a seguir a su hermana adentro, y quizá continuar la
discusión, pese a haber tenido todos sus argumentos limpiamente
invalidados por esa única frase de Nabiki.
"... la última persona que puede dar sermones de cómo tratarlo...".
Avanzó un paso y se bajó de un salto desde la plataforma en que Nabiki
había hecho su promoción, con una refutación a medio formar viniéndole
a los labios; quiso dirigirla a la espalda de su hermana, que hacía una
rápida retirada.
La refutación murió cuando vio a Ukyo con el rabillo del ojo. La muchacha
vestida con uniforme de varón seguía de pie cerca del portón donde
Akane y Ranma la habían dejado, de espaldas hacia Akane y abrazándose
el cuerpo ella sola, con las manos temblándole allí donde se aferraba los
hombros.
Quedó inmóvil, debatiéndose entre el timbre, su hermana y Ukyo. Al final,
tomó una decisión y se apresuró, alejándose del colegio y de Nabiki, hacia
Ukyo.
—Perdona —dijo al llegar desde atrás de Ukyo. La otra muchacha no se
volvió a mirarla—. No debí decir eso.
—La que debería pedir perdón soy yo —dijo Ukyo en voz muy baja. La
coleta larga, de aire masculino, atada a la altura de su cerviz, osciló
un tanto al negar ella con la cabeza—. Fui tan tonta.
—No, fuiste... —empezó Akane, pugnando por formar alguna especie de
contestación.
Ukyo había estragado la boda, junto a Shampoo, pero esa clase de
comportamiento no era típico de ella, a diferencia de Shampoo. Akane no
era dada a guardar rencores y, de todas las muchachas que estaban tras
el afecto de Ranma, Ukyo siempre había sido la que ella consideraba más
cercana a una amiga.
—Tal vez sí, sí fue un poco tonto —dijo por fin—. Pero todo el mundo
comete errores, Ukyo.
—Es que tenía tanto miedo —dijo Ukyo—. Miedo de perder cualquier
oportunidad que tuviera con él. De que se casara por obligación con
alguien a quien no...
—¿Con alguien a quien no qué? —dijo Akane, sorprendida ella misma con
el tono brusco.
—Con alguien a quien no quiere —dijo Ukyo, volviendo por fin la cabeza
y mirando a Akane—. Yo no quería eso.
El dolor que tenía en los ojos estaba profundamente grabado, a medio
ocultar bajo la superficie, pero manifiesto al mirar.
—No le deseo eso a nadie —terminó.
—No... no me digas que crees que... —tartamudeó Akane, sintiendo la
cara ponérsele roja.
—Tú y él viven peleando —dijo Ukyo, casi recitando las palabras
mecánicamente, como si fuera una lista que hubiera preparado hacía
mucho—. Siempre se están insultando. Siempre le pegas. Siempre están
diciendo que jamás quisieron el compromiso. Francamente, a veces casi
pensaría que los dos se odian.
Akane boqueó pasmada un momento, luego encontró espacio entre las
emociones confusas para responder:
—Pero él dijo que me quería.
Ahora Ukyo boqueaba, con los ojos engrandecidos y los labios abiertos
durante un segundo, antes de recobrar visiblemente el control:
—No.
—Me parece que así fue —dijo Akane, perdiendo seguridad con cada
palabra—. Me... O tal vez lo imaginé. Cuando me... Cuando me salvó,
cuando me dio el agua allá en Jusenkyo y me tomó en sus brazos..., me
dijo cosas. No sé bien si de verdad me... Pero...
El rostro de Ukyo se endurecía cada vez más.
—Así que eso pasó en China —dijo—. Tú y Ranma...
—No, no —dijo Akane, a medio enojar contra su propia negación—. Nos...
Me...
Restregó un pie contra los adoquines gastados del patio, oprimió nerviosamente
el asa del bolso:
—Él luchó por mí. Me salvó la vida. Como siempre.
Ukyo aspiró una bocanada larga, temblorosa, cerrando los ojos a medias por
un momento.
—Ah —dijo.
Volvió el cuerpo por completo, enfrentó a Akane con los brazos cruzados por
delante del busto; una postura de resistencia, en vez de la vulnerabilidad
que había mostrado momentos antes.
—Pero no te pregunté si él te quería, Akane. Tal vez te quiere.
La cara se le rigidizó, y los labios se le curvaron en una expresión de
descontento, delgada, triste.
—Lo que quiero saber es si tú lo quieres a él o no.
Akane no tenía respuesta. Abrió la boca, pero no salió palabra alguna.
Ukyo asintió secamente, y una sonrisa reducida, medio amarga y medio
triunfante, se le instaló en la cara durante un momento.
—Me lo imaginé —dijo.
Le dio la espalda a Akane, el rápido movimiento haciendo que la coleta
le pasara sobre un hombro. Miró hacia atrás y, con un sacudón de la
cabeza, corrigió la posición de la coleta, dejándosela de nuevo detrás
de la espalda.
—Creo que mejor te decides, Akane. Porque si no lo quieres, voy a luchar
por él contra ti, con todo. Porque no voy a dejar que tu incapacidad de
expresar lo que sientes impida la felicidad de él.
Luego se había ido, alejándose rápido. Por segunda vez aquel día, Akane
se quedaba sacudiendo la cabeza, sola. El viento sopló e hizo que su
falda ondeara en la brisa, y ella la alisó con la mano en un ademán
inconsciente.
Levantó la vista al cielo. Unas nubes se acumulaban allí entre el azul.
Suspiró, y enfiló al colegio, por primera vez sin importarle que fuera
atrasada a clases.
~ o ~
Ranma levantó la vista brevemente del pupitre al abrirse la puerta del
aula, y vio que Ukyo acababa de entrar. Escuchó por entre el martilleo
de la jaqueca a Hinako-sensei reconvenirla duramente, luego mandarla
al pasillo con cubos de agua un momento después.
La entrada de Akane escasos momentos después, y su idéntico
tratamiento por parte de Hinako-sensei, le resultó solo un poco más
importante. Sentía la cabeza como un tambor taiko, un martilleo rítmico,
sordo, fuerte como el trueno que baja por las montañas. La voz de
Hinako-sensei quedaba ahogada casi por completo, reducida a una cosa
aflautada, punzante, en la orilla de sus sentidos.
—Señor Saotome, tenga la bondad de responder la pregunta.
Solo después de unos momentos cayó en la cuenta de que la profesora
le había hablado.
—¿Cómo, sensei? —logró gañir, hasta él encontrándose la voz débil.
—Tenga la bondad de responder la pregunta.
Aspiró aire, obligándose a imponer control sobre el palpitar de su cabeza,
por solo un momento.
—¿Me la puede repetir? No la escuché a la primera.
—¿Se siente bien?
Asintió, despacio, aunque no se sentía nada de bien.
—Sí —dijo.
—Entonces haga el favor de sentarse derecho y poner atención. Un
alumno atento es un alumno exitoso.
—Lo tendré presente —murmuró, tratando de mantener la atención
sobre el cuerpecito vestido de amarillo que presidía el aula. No quería
ser mandado al pasillo para estar entre Akane, Ukyo, y lo que fuera que
había pasado entre las dos para hacerlas llegar tarde a clase. No ahora.
De alguna manera, logró sobrellevar la clase y la posterior a aquella. Los
ángulos y figuras que Tazawa-sensei dibujaba en el pizarrón parecían
bailar ante sus ojos, curvarse de modos erráticos, y, mirara como mirara
los números, carecían de lógica en su cabeza. Por suerte, no le hicieron
ninguna pregunta, y su asiento estaba lo bastante cercano al fondo del
aula como para que el profesor no pudiera distinguir si estaba tomando
apuntes o no. No los estaba tomando; mantenerse derecho en el asiento
ya era agobio suficiente. Escribir hubiera sido un imposible.
Akane y Ukyo estaban ahora a cada lado suyo, y el aire de silencio hostil
era palpable entre las dos. Ambas le daban miradas de reojo ocasionales;
ambas apartaban luego la mirada, al presentir el estado de él y concluir
que tras los sucesos de la mañana convenía no estorbarle.
A la hora de almuerzo salió rápido, casi a tropezones, del aula, sin
siquiera importarle las miradas que le llegaran. Se apresuró por los
pasillos, lo más rápido que pudo con el martilleo aquel en la cabeza, y
llegó a uno de los baños. En el lavabo, puso las manos al chorro de agua
fría, se echó un poco en la cara, y no se dio cuenta de que ahora era
mujer sino al levantar la cabeza y verse en el espejo. La jaqueca seguía
allí, ahora casi insoportable.
—Aire —murmuró Ranma, con unas gotas sueltas colgándole del flequillo
y resbalándole por la cara.
Tomar aire parecía buena idea, si conseguía llegar hasta fuera. En aquel
momento, no le importaba volver a ser hombre; bastaba con llegar
afuera, sentir el sol en la cara y el viento en la piel. El colegio parecía
asfixiante ahora, una cárcel. Hasta la sola idea de la tibieza y la luz del
sol le hicieron sentir un poco mejor, y el dolor que le partía el cráneo se
atenuó un poco. Avanzó con cuidado por los pasillos y hasta la entrada
principal del colegio, pasando junto a alumnos reunidos ante los casilleros
con sus amigos entre clase y clase o antes de ir a almorzar.
Fuera, enfiló despacio hasta un lugar desocupado, cercano al borde del
prado, a un costado del colegio, y se sentó. Rozó el césped con una
mano, y el sol le acarició delicadamente los brazos desnudos y la cara.
Era una maravilla, un alivio enorme volver a estar fuera, después del aire
espeso y hacinado del colegio.
Abrió la caja bento que Kasumi le había hecho esa mañana, y probó
despacio un poco de arroz. El sabor era bueno, como siempre, aunque
descubrió que no tenía mucha hambre, acontecimiento inusitado.
Empezaba a sentir la cabeza más despejada, y el dolor parecía disiparse.
—Un dolor de cabeza, nada más —se dijo, comiendo un encurtido de la
caja—. Nada más.
Dejó el almuerzo de lado un momento, se recostó en el césped y miró
al cielo, protegiéndose los ojos del sol resplandeciente con una mano.
Las pocas nubes no parecían ser de lluvia, por suerte.
Una sombra le cruzó la vista.
—Diosa, que te bañas al sol munífico, cómo eclipsa tu beldad al astro
rey...
Ranma dejó salir un lamento quedo.
~ o ~
—Mira, Akane, parece que a Kuno le va a llegar otra zumba —dijo Yuka,
señalando con un palillo del almuerzo el lugar del otro lado del prado,
donde Kuno acababa de abordar a Ranma, que era mujer en esos
momentos.
Akane no contestó, sin hacer más que seguir mirando nada.
—¿Akane?
—Anda en la luna —dijo Sayuri—. Pensando en su boda.
—Mentira —murmuró Akane, aunque no fuera cierto—. ¿Qué pasa?
—Kuno le está echando labia a tu prometido otra vez —contestó Yuka—.
Si será duro de mollera...
Akane asintió y miró hacia donde su prometido se ponía en pie despacio
desde el césped, mientras Kuno continuaba cantando la belleza de
Ranma. El muchacho no parecía más pendiente de ella que de su propia
voz.
—Caramba, parece que Ranma anda bien enojado —dijo Sayuri.
Akane miró con más atención, y agrió levemente el gesto. La cara de
Ranma era un retrato de furia, una cara que ella no veía comúnmente
cuando Ranma se las entendía con Kuno. Por lo general, cuando Kuno
galanteaba a un Ranma femenino, este se limitaba a irritarse y
catapultarlo de una patada.
Akane se levantó y echó a andar presurosa hacia donde estaban Ranma
y Kuno. Esto tenía pinta de ir a ponerse grave.
~ o ~
Al empezar Kuno a hablar, Ranma se vio traída despacio a sus cinco
sentidos. Traído, no traída. Traído. ¿Qué diablos hacía tirado en el pasto,
asoléandose como chiquilla? Tal vez todos lo estaban mirando. Y la
cháchara de Kuno no hacía sino empeorarlo todo.
La jaqueca estalló de nuevo, incendiándole el cráneo, y se puso en pie
de un salto.
—¿Qué cosa quieres, Kuno?
—Únicamente solazarme en tu hermosura, virgen sublime —dijo Kuno—.
Derecho y privilegio mío, como tu verdadero amado.
Eso fue la causa. El fuego en la cabeza del muchacho convertido en
chica se volvió púas de hielo.
—¿DERECHO tuyo? ¿PRIVILEGIO tuyo?
Estaba harto. Harto de que la gente se declarara su dueño, harto de
verse obligado a seguir comportamientos que detestaba producto de
promesas ridículas que su padre hiciera años atrás. Harto de todo.
—Mira, tarado engreído —dijo Ranma en un cuchicheo rabioso—. Yo
soy hombre. Y no tienes ningún derecho de venir a tratarme como...
Kuno se rió un tanto, como si hubiera oído alguna broma parcialmente
graciosa.
—Si eres hombre, tu rostro y proporciones tienen gracia de sobra para
opacar a todas las mujeres del mundo.
Ranma bajó la mirada, a las curvas delicadas del pecho, y soltó un
gruñido. Era, ciertamente, mujer. En todo sentido salvo en su mente,
era mujer en este momento.
Tal vez ni siquiera en la mente; sabía que sentía distinto cuando era
mujer. Se comportaba distinto también, aunque intentara reprimirlo cada
vez que se daba cuenta. Un hombre jamás se hubiera tirado en el césped
a deleitarse en el sol como si no hubiera nada más importante que hacer.
Sintió agitación, pero más que eso, sentía rabia. Rabia contra su vida,
rabia contra su maldición. Y rabia contra Tatewaki Kuno.
Mucha, mucha rabia contra Tatewaki Kuno.
—Ya —dijo Ranma—. Me aburriste. A ver si te hago entender a patadas.
Kuno la miró:
—Pero, amor mío, aunque eres una leona en fuerza y belleza, ¿por qué
tu deseo de luchar contra mí? He demostrado ser tu igual o superior
innume...
Ranma no lo dejó terminar. Subió una mano menuda, femenina, con los
dedos extendidos y rígidos, y la llevó en un golpe a modo de cuchillo a la
sección media de Kuno, justo bajo las costillas. Un ataque así, hecho de
modo correcto, podía matar a un adversario. Lo frenó una fracción de
segundo antes, ya avanzando un paso al encorvarse Kuno, luego giró
sobre un pie y le contusionó de un puñetazo la zona lumbar. Kuno soltó
un quejido y se tumbó hacia adelante, y Ranma enganchó una pierna
entre los pies del muchacho y lo hizo trastabillar, caer de espaldas y
perder el conocimiento al golpearse la cabeza en el suelo.
Ranma sonrió triunfante y se irguió en toda su estatura, que era como de
metro y medio en ese cuerpo. Luego se iba agachando. Nada más tenía
importancia en ese momento, porque todo lo que importaba era Kuno
desprotegido en el suelo, el puño echado hacia atrás, y la tráquea del
muchacho abierta al golpe.
En el último instante, cayó en la cuenta de qué estaba a punto de hacer.
Se tensó, aguantó el impulso y la determinación, y detuvo el puño a
unos centímetros del cuello de Kuno. Pudo ver al gentío entonces, oír los
murmullos de sorpresa, que le hicieron saber cuál había parecido ser su
intención.
Quizá no lo había parecido. Quizá la intención había sido justamente esa,
y se había detenido apenas al último segundo. Podía haberlo matado.
Podía haberlo matado de no haber vuelto en sí, vuelto a ser ella. Él.
Cualquiera. Volver a ser quienquiera que fuese. Costaba tanto pensar
con tanto dolor en la cabeza.
Miró de uno a otro lado, a las caras de la gente que miraba. A gente que
conocía de la clase, gente que había visto circular por el colegio, pero le
parecieron foráneos e indistintos.
Vio acercarse a Akane, que se abría paso por entre el gentío.
—¿Ranma? ¿Estás bien?
Llegó hasta Ranma, se inclinó y le ofreció una mano.
—¿No te hizo nada, cierto? —dijo—. No pude ver con tanta gente.
Ranma se levantó, sin aceptar la mano.
—No... No me siento muy bien —dijo—. Creo que me voy a casa.
—¿Quieres... Quieres que vaya contigo? —preguntó Akane—. Te puedo
ayudar a...
Ranma movió la cabeza. —No.
Miró a Akane a los ojos; no vio allí sino inquietud, tal vez algo más. No
quería ver qué reemplazaría a esa inquietud cuando todos le contaran lo
que había ocurrido en realidad.
—Te veo en la casa, Akane.
Dio media vuelta, sintiendo el peso de los ojos de Akane entre los
omóplatos al marcharse.
La presión de la mano de Akane en el brazo le hizo detenerse un momento.
—¿Qué?
—Cuídate —dijo Akane—. Ojalá te sientas mejor.
Asintió despacio, sonrió con cierta debilidad:
—Gracias.
Enfiló al portón, con un dejo de perturbación al ver lo rápido que la gente
se quitaba de su paso. Ya tenía suficientes problemas para relacionarse
con la población del colegio; lo último que le faltaba era que se pusieran
más nerviosos que de costumbre ante su persona.
Al trasponer las puertas del colegio, sintió un fogonazo de dolor atravesarle
la cabeza, y trastabilló, casi cayéndose, momento en el cual las manos de
alguien impidieron la caída.
—Ranchan, ¿estás bien? ¿Por qué estás como mujer?
Levantó la vista, para ver a Ukyo por entre ojos a medio cerrar:
—Me quiero ir a casa, nada más.
—Yo te ayudo —se apresuró a decir Ukyo, con intranquilidad en los ojos.
—No —dijo Ranma, tajante—. Voy solo. Tienes que ir a clases.
—Ranchan...
Sintió que se mustiaba por dentro al ver el dolor en la cara de Ukyo, pero
luego le vino a la mente una imagen de ella arrojando por doquier su
okonomiyaki explosivo, en la boda.
—No tengo muchas ganas de hablar contigo, Ukyo.
—Ranchan... Por favor, ¿podemos...? Perdóname por lo de la boda —dijo
Ukyo. Parecía tener la cara trabada a medio camino entre la palidez y un
sonrojo de vergüenza—. Es que...
—¿Es que qué cosa? —dijo Ranma—. ¿Es que pensaste que podías decidir
por mí?
—Ranchan, sé que tus padres querían que tú... Que te presionaron...
—Mira, Ukyo —dijo Ranma—. Mi viejo nunca más me va a obligar a hacer
algo que no quiero. Y mi mamá...
Se interrumpió, incapaz de decir lo mismo:
—Con mi madre tengo un deber.
—¿Y el deber contigo mismo? —dijo Ukyo, con voz desesperada—. ¿Y
conmigo?
—Perdona —dijo Ranma—. Me... Muchas veces no he hecho lo que
debería. Eso lo tengo claro. Pero pongo empeño. De verdad que sí. Pongo
empeño para hacer lo que corresponde. Nada más quisiera saber qué es.
Ukyo hizo un gesto pareció de consternación, y agachó la cabeza,
escondiendo cualquier dolor que allí hubiera, bajo la cascada de su pelo
castaño.
—Sé que lo que hice estuvo mal. Lo lamento —dijo.
—Eso —dijo Ranma—. Ojalá. Con permiso.
Pasó rozando junto a ella, sin dar a Ukyo oportunidad alguna de contestar.
Al alejarse, oyó a Ukyo aspirar una bocanada de aire temblorosa, como
atragantada, y sintió alivio de irse antes de poder oír ese sonido volverse
algo más.
Lejos del colegio y la masa asfixiante de alumnos, en el sol y el aire
fresco, empezó a sentirse un poco mejor. Deseó haber tenido tiempo
para transformarse en hombre, pero allá en el colegio lo más importante
había sido largarse.
Hizo un alto, respiró hondo, exhaló otra vez y siguió caminando. El dolor
de cabeza empezaba a evaporarse, pero ya se había mitigado antes, allá
en el prado, y luego había vuelto. Tal vez era porque allá había podido
relajarse, hasta que había aparecido Kuno.
—¡Ranma!
Alguien enganchó un brazo con el suyo y se le arrimó al costado. Pudo
sentir la seda tersa y delgada del vestido, la forma conocida del cuerpo
que había debajo, y apretó los dientes. Era, después de Happosai, quizá
la última persona que quería ver en esos momentos.
—Marido —dijo Shampoo dichosamente, tratando de inmiscuirse más en
la cercanía—. ¿Saliste de escuela? Vuelve hombre y vamos a cita.
Ranma sacó el brazo de un tirón y se volvió para clavar una mirada de
rabia en la muchacha.
—Lárgate, Shampoo.
Shampoo pareció impávida con su respuesta:
—No quieres eso. Quieres cita con Shampoo. Los hombres nunca deciden
ni saben qué quieren.
—Yo sé lo que quiero —dijo Ranma, secamente—. Quiero que te vayas y
que me dejes en paz.
Vio los ojos de Shampoo perder algo de la chispa.
—Ranma... ¿enojado conmigo?
—Sí, estoy enojado —dijo Ranma—. Estoy muy enojado, Shampoo.
Lárgate y punto. Vuélvete a tu restorán, vuélvete donde tu bisabuela.
Vuélvete a China, no me interesa.
La expresión de Shampoo mostró dolor tan hondo como una llaga.
—Nunca pensé que oír eso de ti —dijo—. Nunca de ti. Pensé que eres
mejor.
Tenía la voz triste.
—Vengo a tu país idiota a querer matarte, vuelvo otra vez después que
engañas y me haces quedar con maldición porque te quiero. ¿No sabes
decir más? ¿Vuélvete a China?
Vio el esfuerzo en la cara de la muchacha, oyó el cuidado con que
formaba las palabras. Estaba intentado hablarle con la mayor elocuencia
posible, dadas sus dificultades con aquel idioma.
—Ya oigo siempre eso, Ranma. Ya no duele mucho, tal vez ni de ti. Oigo
a la espalda, oigo decir en la cara. Veo escrito en mesas del Nekohanten,
veo...
Se interrumpió.
—Odio este lugar, ailen. Odio estas ciudades, toda esta gente que mira
como si yo animal por como me visto o me porto... No quiero quedar aquí.
Quiero mi casa otra vez. Quiero oler aire no lleno de humo, quiero...
El rostro de Shampoo se endureció, y trabó la mirada con la de él.
—No me gusta aquí, pero te quiero, Ranma. No puedo volver a menos que
tú vas conmigo. Así que si quieres Shampoo vuelva a China, casas con
ella. Es única manera que puedo volver.
—Shampoo... —dijo Ranma. Sentía la corrosión de la culpa; repasó sus
palabras en la cabeza, dándose cuenta de cómo le debían de haber
sonado a Shampoo—. Ah, hombre, este...
—Vuelvo a China mañana —dijo Shampoo, con la voz cuajada de
tristeza— si casas conmigo hoy. Pero si no, quedo aquí en este país
idiota.
Dio media vuelta, y echó a correr antes de que Ranma pudiera hacer
nada más.
Con los hombros caídos, Ranma caminó hacia la casa, sintiendo que un
peso ingente le había caído súbitamente encima.
~ o ~
Kasumi tarareaba quedamente en su quehacer, revolviendo el batido
con la cuchara de madera. A su papá y al señor Saotome les complacería
llegar y encontrar galletas recién hechas, y tenía tiempo para eso ahora
que había terminado el aseo de la casa. Los dos habían salido juntos a
beber algo, cosa que hacían de vez en cuando. Por lo general cuando
trataban de organizar algún modo de juntar a Ranma y Akane. Como una
cita, o un casamiento. Aunque eso último no había salido nada de bien.
Y, bien mirado, Akane y Ranma eran un tanto jóvenes como para casarse.
No salían ni del colegio aún.
Levantó la cabeza al sentir abrirse la puerta principal. Era muy temprano
aún para que su padre y el señor Saotome llegaran, y la señora Saotome
había salido con sus amigas hasta la hora de la cena.
—¿Llegó alguien? —llamó—. ¿Quién es?
—Soy yo, Kasumi —llamó una voz femenina conocida.
—Llegas muy temprano —dijo ella, dejando el bol en la mesa de la cocina,
y salió a saludar a Ranma en la puerta principal mientras la muchacha se
descalzaba—. ¿Todo bien?
—Medio enfermo, nada más —dijo Ranma en voz baja. Tenía la cabeza
gacha al poner los zapatos en el estante, y Kasumi no pudo verle la cara.
—¿Hmm? ¿Qué pasa, Ranma? —preguntó Kasumi—. Ojalá no sea nada
serio.
Ranma levantó la vista, y negó con la cabeza:
—Me duele fuerte la cabeza, nada más.
Kasumi quedó levemente inquieta con el tono de abatimiento de la voz
de Ranma; no era común oírlo así, fuese muchacho o muchacha.
—¿Seguro?
Ranma asintió despacio. —Sí. No pasa nada.
Kasumi asintió. —Si hay algo de lo que quieras hablar...
Dejó la frase a medias, para permitir que Ranma supliera el final que
quisiese.
La cara de Ranma mostró una cantidad mayor de zozobra durante un
momento, y luego esa zozobra se diluyó un tanto.
—Sí. Creo que quisiera hablar.
—¿Por qué no vienes a la cocina a transformarte? —preguntó Kasumi
con voz suave—. Y nos tomamos un té.
Ranma suspiró. —Bueno.
—Y además te voy a buscar unas aspirinas para ese dolor de cabeza. Y
tengo una receta de té que debería servir también —dijo Kasumi con
voz entusiasta—. Ven, vamos.
La cara de Ranma se abrió en una sonrisa reducida, indecisa, al mirar a
Kasumi:
—Ya voy.
Momentos después, sentado a la mesa de la cocina, convertido en hombre
otra vez, Ranma parecía un poco más contento, aunque no mucho. Había
agua puesta a hervir; cerca, el té esperaba que el agua estuviera lista.
Kasumi se sentó frente a Ranma, todavía batiendo la masa de las galletas
mientras lo miraba.
—¿Y bien? —dijo tras unos segundos de silencio.
—¿Eh? —preguntó Ranma.
—¿No quieres contarme qué pasa?
El muchacho pareció nervioso de pronto además de desdichado, y miró
hacia otra parte:
—No creo que sea...
—Nada ganas con quedarte con esas cosas dentro —dijo Kasumi—.
Quiero ayudar, eso es todo.
Ranma asintió despacio:
—Eso. Al menos tú quieres ayudar, me imagino. Tú no me quieres matar,
no quieres casarte conmigo, ganar plata conmigo, ni tratas de casarme
con nadie.
—Ah —dijo Kasumi, empezando a ver por dónde iba esto—. ¿Por qué no
partes desde el comienzo?
—Bueno, llegamos con Akane al colegio, y Nabiki andaba vendiendo unos
libros de... —empezó Ranma.
Desde allí, todo salió rápido: la última estratagema de Nabiki, la jaqueca
espantosa, la casi pérdida de control con Kuno, su careo con Ukyo, y por
último las palabras dichas por Shampoo. Esa fue la parte en que pareció
más pesaroso al hablar.
—Nunca me di cuenta de que se sentía así —dijo en voz queda—. Anda
siempre tan alegre, pero... debe echar mucho de menos su casa. Tenía
que habérseme ocurrido cuánto le debe costar estar acá... Pero le...
Se interrumpió con un suspiro.
—Es que... —siguió—. Como que me pegó fuerte después de hablar con
ella. Con el lío este en que estoy, nunca se me había ocurrido pensar qué
deben sentir los demás... Pero Ukyo, Shampoo... Le estoy haciendo daño
a gente a la que no quiero hacerle daño. Yo creía... creía que podía evitar
hacerles daño si mantenía la distancia, que si no tomaba ninguna decisión,
de alguna manera todo se iba a arreglar solo, como una de esas imágenes
raras donde uno ve qué cosa es si la mira un buen rato...
Agachó la cabeza y la dejó caer en las manos, descansándola contra las
palmas.
—La boda esa. Alguien pudo salir herido. Y en China... Akane...
Volvió a mirarla, y había pesar en sus ojos grises.
—Casi se muere, Kasumi. Casi se muere... ¿Y si me hubiera tardado un
segundo más? ¿Y si Saffron me hubiera matado...? ¿Y si...?
Ranma aspiró una bocanada honda, temblorosa.
—¿Qué hubiera hecho si ella se muere, Kasumi?
Kasumi había estado mirándolo en silencio, con la cara triste.
—Esa es una pregunta que uno nunca se hace hasta que es demasiado
tarde, Ranma. Jamás se puede estar preparado para algo así.
—Tienes razón —dijo Ranma con un suspiro—. Me... Ella está bien, eso es
lo que importa. Pero la cosa no es con eso. ¿Qué voy a hacer con... con
todo lo demás? Tengo la obligación de casarme con Akane, tengo la
obligación de casarme con Ukyo. Shampoo no puede volverse a China
hasta que se case conmigo. Tiene que haber una manera... Una manera
que no termine con todos lastimados.
—No la hay —dijo Kasumi en voz queda—. Alguien va a quedar lastimado
elijas lo que elijas, Ranma.
—Pero... ¿entoncés cómo elijo? —dijo Ranma, y tenía los ojos agobiados—.
Yo no quiero hacerle daño a nadie. Ni a Akane, ni a Ukyo, ni a Shampoo.
Si ni a Kodachi le quiero hacer daño. ¿Cómo puedo elegir?
—Ay, Ranma —dijo Kasumi—. Ranma, el que no elige también está
eligiendo.
Ranma suspiró. —Pero...
—Pero es la verdad —dijo Kasumi—. Ya elegiste, Ranma. Pero puedes
elegir otra vez.
—¿Pero qué elijo? —preguntó Ranma.
—Esa decisión no es mía —dijo Kasumi—. Ni mía, ni de tu papá, ni de tu
mamá. Es tuya.
—Pero no puedo fallarle a mi mamá —dijo Ranma, desamparado.
—Ranma..., no hay ninguna solución fácil —dijo Kasumi—. Yo no te puedo
dar una.
—Sí, ya lo sé —dijo Ranma. Se aferró la cabeza—. Carajo, cómo duele...
—¿La aspirina no sirvió?
—Poquito.
La tetera escogió ese momento para silbar. Kasumi se levantó,
advirtiendo que había dejado de revolver la masa de galletas un rato
atrás, y apagó el quemador. Hizo el té rápidamente, lo sirvió en tazas y
puso una delante de Ranma y la otra delante de ella al volver a sentarse.
Mientras, Ranma había estado silencioso, sin hacer más que sujetarse la
cabeza. Tomó un sorbo breve del té y pestañeó con gesto fatigado.
—Rico —dijo con voz tenue.
—Debería hacer bien para el dolor de cabeza —dijo Kasumi—. Bueno, no
me cabe duda de que ahora querrás estar un rato solo. Tal vez quieras
pensar, o descansar. No sé. Pero tengo que meter estas galletas en el
horno para mi papá y el señor Saotome.
La vio darle una sonrisa luminosa e indicar el bol con masa de galletas
como si este fuera la respuesta a todos los problemas de la vida. El
inesperado instante de seriedad de ella había pasado, y ahora volvía
a ser Kasumi, preocupada únicamente de su cocina y de su familia.
Ranma apuró el té de un trago, y asintió despacio con la cabeza. La
desdicha se le había ido de la cara, pero quizá no había hecho más que
ahondársele en los ojos.
—Bueno. Perdona por mosquearte, Kasumi, es que...
—Solo espero haber ayudado —dijo Kasumi.
Ranma se levantó de la mesa, le hizo una reverencia leve:
—Gracias. Ayudaste.
—De nada. Yo me encargo de que nadie te moleste —dijo Kasumi
mientras empezaba a hurgar bajo el mostrador un busca de una bandeja
para galletas.
Ranma enfiló a la planta alta, oyendo, al poner pie en el primer peldaño,
a Kasumi empezar a tararear otra vez. La voz de ella alejándose lo
acompañó escaleras arriba.
~ o ~
Ranma intentaba pensar. Y puso empeño. Ni bien llegó a su cuarto, se
quitó la camisa y se tiró en el futón. Pero el cansancio se le coló por el
cuerpo, y podía apenas tener los ojos abiertos. No llegó ninguna idea
que no fuese confusa, dispersa. Pronto, ya no pudo ni tenerse despierto.
Así que durmió. Y quizá soñó.
(... soltaba la flecha, y el octavo ojo ardiente caía ardiente a la tierra,
y allí donde caía calcinaba la tierra en leguas a la redonda, y las aguas
bullían, hechas vaho a su paso...)
O quizá recordó.
(... echaba atrás el brazo y arrojaba la lanza, y el gran cornúpeta de
astas corvas bramó de júbilo al recibirla en el pecho, y la bestia formidable
corrió hacia los acantilados y a las olas vehementes, con una sangre
semejante al agua manando de él...)
O quizá las dos cosas.
(... y las aguas luminosas afluyeron y lleváronle a cuestas...)
~ o ~
La biblioteca del Monte Fénix consistía en un único pabellón cavernoso,
dispuesto de modo tal de simular muchas salas separadas por medio de
estanterías altas, macizas, que alcanzaban casi el cielo raso. Jamás se
desechaba nada; cuando faltaba más espacio, más espacio se excavaba
de la roca circundante. Algunos de los libros tenían miles de años,
almacenados y conservados con esmero. Desde cierta antigüedad hacia
atrás, los libros se volvían rollos de pergamino. Y antes de eso, tablillas
de madera con rayas rudimentarias que semejaban pisadas de pájaro
más que otra cosa. Había mesas dispersas por la biblioteca, que
proporcionaban un lugar donde sentarse a estudiar, para quienes lo
necesitaran. Pero a horas tan altas como estas, hasta el estudioso más
entregado hubiera estado durmiendo.
No era así para uno, aunque se trataba de una guerrera y no una
estudiosa. Kima estaba sentada a una mesa, con una única vela
suministrándole luz con que leer. Había altos de libros en la mesa, algunos
arcaicos, algunos recientes. Eran todos escritos a mano, la mayoría en
chino, unos pocos en japonés, y hasta una media docena en la ancestral
escritura del Monte Fénix, abandonada en los últimos siglos, salvo para
uso en ciertos documentos solemnes.
Se pasó los dedos agudos, provistos de garras, de la mano izquierda por
su corto pelo blanco, y contuvo un bostezo. Sujetando holgadamente
entre las uñas de dos dedos la esquina de una página amarilleada por
las eras, la volvió con cuidado y miró las palabras de la sección siguiente.
—"Un nacido dos veces —murmuró—. De mujer y de agua..."
Se interrumpió al consumirse el último cabo de vela; la luz vacilante se
apagó y la dejó en tinieblas. Suspiró y buscó a tientas en la oscuridad
otra vela, y la pesada caja de madera con los fósforos.
Con otra vela ardiendo en el escritorio unos segundos después, leyó
algunas líneas más en silencio, y luego otra vez en voz alta, para
proporcionarles énfasis.
—"Ya en la montaña sofoca la llama, ya en la montaña la enciende otra
vez..."
—Doña Kima, ¿has trasnochado? —dijo una voz anciana detrás de ella.
Se volvió a mirar la fisonomía rancia, calveciente, de Samofere. Se
acariciaba de forma ausente la barba pequeña y tenue de su mentón,
y miraba a la mujer con gesto tasativo.
—¿Trasnochado? —murmuró ella suavemente—. ¿Qué...?
—El sol saldrá pronto —dijo Samofere—. Debes descansar. Ve a tus
aposentos, doña Kima.
—No puedes darme órdenes —dijo Kima—. Soy...
—En realidad, sí puedo —dijo Samofere—. Conoces las leyes. En la
biblioteca, solo el rey de la montaña en persona puede desautorizarme.
Puedes seguir en pie si lo deseas, pero no será en la biblioteca. Este lugar
es más viejo que tú o yo. Seguirá aquí mañana, no te quepa duda. Estará
aquí mucho después de que tú y yo ya no estemos.
Kima asintió despacio con la cabeza, por fin cayendo en la cuenta de lo
cansada que estaba. No sabía bien cuánto había dormido en los últimos
días. Si es que había dormido. Había demasiado que hacer: organizar la
reconstrucción y el remozamiento, poner en orden el cuidado de don
Saffron, y ahora esto. Esto, por sobre todo. ¿Cuántas horas llevaba
leyendo, cuántas...?
—Voy a dormir —dijo, un tanto reacia—. Pero volveré.
—No te habría mostrado esto de no haber creído que así sería —dijo
Samofere con voz suave—. Ve. El sueño embellecedor es una necesidad.
—Un poquito, tal vez —dijo ella, levantándose de la banca y estirando
las alas a su envergadura completa. Le dolía el cuerpo de tanto estar
sentada.
Sin otra palabra, con las alas algo laxas y los hombros caídos, encontró
la salida de la biblioteca, hacia los corredores principales del Monte Fénix.
Caminó por las galerías serpeantes de todos los días, hasta llegar a una
de las galerías verticales que conducían a las recámaras superiores,
donde se ubicaban sus habitaciones.
Miró el entorno; advirtió distraídamente que estaba cerca de donde había
combatido contra Ranma Saotome y sus amigos, el puente, antes de que
el muchacho lo derribara con el Kinjakan. Tendría que reconstruirse.
Se sentó en el borde; miró, muy por allá abajo, el lugar donde permanecían
los escombros que quedaron del puente, en el suelo de piedra. Tendrían que
ser despejados. Tanto que hacer, tanto que hacer...
Pensó en los libros de la biblioteca. Y las palabras contenidas en ellos, que
se remontaban a miles de años, que decían las mismas cosas en muchas
maneras distintas. Y las páginas tras páginas de glosas, todas de puño y
letra de Samofere, que las vinculaban a otras cosas.
Dejó las piernas colgando, se arrebujó cuidadosamente en las alas, y
estuvo sentada así, con una mano en la frente durante unos segundos.
Estaba demasiado cansada como para dar alguna significación coherente
a sus ideas, pero demasiado comprometida como para tomar la simple
decisión de dejar todo e irse a dormir.
Pero por fin, cuando unos minutos de ponderación no habían logrado sino
confundirla más, se levantó. La acústica de las galerías era excelente;
podía sentir los sonidos de los pocos que seguían en pie a esas horas en
otras partes de la montaña, el rascar de pies por la piedra o el batir de
alas. A ratos, algún pájaro cohabitante de la montaña emitía un llamado
breve que parecía anormalmente sonoro en el silencio quieto de las
galerías.
—Mi pueblo, mi gente —musitó—. ¿Qué nos he causado?
Pudo oír agua correr suavemente en el trasfondo, proveniente del
manantial resurgido. Agua que brotaba, que afluía...
~ o ~
