Aguas bajo la tierra

Un fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum
Versión castellana de Miguel García

~ o ~

Capítulo 2: Telarañas

~ o ~

Jusenkyo de madrugada.

Una neblina amortajaba el verdadero bosque de varas de bambú, que
brotaban sin orden manifiesto, desde los cientos de pozas que llenaban
el valle hondo, protegido en todas direcciones por las montañas altas de
la cordillera de Bayankala. El aire era diáfano y vivificante, lleno con el
olorcillo tenue del agua fresca y el perfume de la nueva aurora de primavera.
La luz tamizada del sol recién salido se filtraba por los bancos nebulosos
que persistían sobre las pozas, y en ciertos lugares hacía al agua clara de
las pozas rutilar y parecer engañosamente tentadoras. Soledad y retiro
entre los haces de sol, sin nadie que viera a la muchacha más que el aire,
el agua y la niebla.

La muchacha bailaba sobre las varas, una figura grácil, vestida de túnica
verde, ceñida con una faja negra a su talle esbelto, con cortes largos por
el lado exterior de las piernas, en aras de la mobilidad. Pelo largo, liso,
negro de medianoche y casi hasta la cintura, en ondas que seguían su
movimiento, en el escurrir elegante desde una postura sin armas a la
siguiente, al saltar de vara en vara. Cualquier descuido significaba el
desastre, y lo sabía. Las ancianas de la tribu habían vedado hacía mucho
el entrenar en Jusenkyo, salvo como castigo por la infracción de ciertas
leyes.

Aún así, había venido, pues aunque no contaba años suficientes para ser
tenida por mujer en pleno —ni siquiera para tener voto parcial en los
asuntos de la aldea cuando el Consejo los requería—, sabía que tenía la
destreza para entrenar allí.

Y allí estaba. No hubo descuidos, ni salvadas estrechas, solo el fluir sedoso
de su cuerpo espigado y elástico como sauce al viento. La bruma de la
mañana se le quedaba en la cara, en las manos, en el pelo, al saltar de
vara en vara con una gracia sencilla, experta.

Patada. Puño. Vuelta. Patada. Puño. Giro. Ningún indicio de pensamiento
en la transición, únicamente un fluir continuo. Del agua que corre sobre
las rocas, gastándolas poco a poco. Era la estrategia con que se había
adjudicado el torneo este año contra adversarios más fuertes y más
grandes que ella. Agua sobre las rocas. Bailarina en la niebla. Ninguna
distracción.

Y de súbito, la hubo. Arriba, por sobre la cortina de bruma, una forma
imprecisa, demasiado grande para ser un pájaro. La sombra era del todo
incorrecta para un ave; los ojos de la muchacha la siguieron por instinto,
en busca de un posible enemigo.

Una distracción momentánea, pero suficiente, combinada con una vara
de bambú resbalosa con el rocío de la mañana, una vara poco más ancha
que su pulgar. Un resbalón, muy leve pero suficiente. Y cayó, hacia la
poza de más abajo, hacia el brillo diamantino de las aguas...

Y alguien la atrapó. Brazos largos, de hombre joven, uno por detrás de
sus rodillas, el otro en torno a su cintura. Un batir de alas majestuosas.

—Tranquila. Te tengo —dijo una voz. La voz de un muchacho al borde de
la adultez, pero con un acento extraño, musical.

Las alas volvieron a batir, y ella estaba demasiado turbada con aquella
experiencia del todo extraterrena, la experiencia de volar, como para hacer
cualquier cosa, ni hablar siquiera. Aterrizaron en el suelo cercano a la
poza, y el muchacho la bajó. La hierba era húmeda y lozana bajo sus pies.

Miró a su rescatador. Un muchacho hermoso, como de la misma edad de
ella, espigado y de facciones finas. Ojos de verde luminoso y cabello castaño
largo a la espalda, atado en una coleta.

Un muchacho hermoso con alas de plumas negras, y manos que eran mitad
humanas y mitad las garras de un ave. Sus pies eran también los de un
pájaro, desnudos y provistos de garras y clavados levemente en el suelo
a modo de apoyo.

—Monte Fénix —dijo ella en un suspiro.

No era sino una leyenda, pero una leyenda de gran conflicto. Las ancianas
siempre los habían descrito como fábulas cuando ella había preguntado,
pero siempre lo decían con una expresión extraña en la cara.

—Pues sí —dijo el muchacho—. De allá vengo. Es mi casa.

—¿Qué...? ¿Por qué...?

Ella detestó la forma en que le salía la voz, confusa e insegura. Era
joketsuzoku, no una campesina atolondrada. El muchacho alado le sonrió,
y ella se obligó a parecer fría y controlada.

Pero, ay, él era tan bello, y sus ojos tan relucientes...

Ella había creído que eran manos humanas, al atraparla. Las garras parecían
filosas, pero habían sido muy suaves.

—¿Qué? ¿Por qué? —dijo el muchacho, imitándola en tono bromista—.
Bueno, esa en la que casi te caes es la Nannichuan. Ese es el qué, supongo.
¿Y el porqué? No podía dejar que te cayeras. Eres demasiado bonita como
para dejar que te vuelvas hombre.

Ella entornó los ojos. —Soy joketsuzoku.

El muchacho se encogió de hombros; esto hizo que sus alas ondearan como
una capa oscura en torno a su cuerpo gallardo.

—Y yo soy del Monte Fénix.

Ella se relajó un tanto. Él la había salvado. Parecía amigable. Y ella nunca
antes había conocido a alguien con alas. Le tendió la mano al muchacho:

—Kho Lon.

El muchacho le asió la muñeca con su mano de garra, y ella hizo lo mismo.
La sujeción de él era delicada, aunque, ahora que ponía atención, la
muchacha pudo sentir que la textura no correspondía a la piel humana.
Pero lo demás de él parecía humano, salvo esas alas bellísimas, lustrosas.

—Y yo soy Samofere.

~ o ~

Cologne despertó despacio, con el cuerpo rígido y las articulaciones
rechinando. Muchas veces se sentía así al despertar, pero era particularmente
molesto hoy. No debía haberse quedado dormida así, en la silla.

No había sido su intención, claro. Pero el grueso tomo, con esos cientos de
páginas cubiertas de caracteres diminutos escritos de su puño y letra,
habían ocupado completamente su atención durante los últimos cuatro
días. Había hecho retirarse a Shampoo cada vez que la muchacha había
preguntado si necesitaba algo; por último, le había mandado no volver a
interrumpirla hasta que terminara. Eso había sido... hacía unas horas,
según recordaba. Tal vez más. No sabía bien cuánto había dormido; las
cortinas gruesas estaban cerradas y bloqueaban por completo cualquier
luz que pudiera haber, y únicamente la lamparilla del escritorio brindaba
iluminación para la lectura, dejando la mayor parte de la habitación, la
cama pequeña y la cómoda reducida, envueltas en charcas de sombra.

Junto al libro había decenas de papeles sueltos, todos dispersos sin
orden alguno en el escritorio, como hojas caídas, colmados de dibujos
apresurados, diagramas, cuadros de correlaciones y posibles
interpretaciones. Pero había pocas dudas en la mente de la matriarca.
Ya no las había desde hacía un tiempo. Pero lo que había ocurrido en
las semanas recién pasadas era la confirmación final, el requisito último.

Tenía que volver a cotejar sus notas, revisar los demás libros, cerciorarse.
No podía existir duda, ni la más mínima, ni siquiera en su mente. Porque
para hacer lo necesario, debía tener la certeza más absoluta.

Alguien llamó a la puerta, cosa que la sobresaltó y le dio una leve
sensación de incordio. Había pedido a Shampoo que no la molestara.

—¿Sí? —llamó, luego brincó de la silla y arrugó la cara, a causa del
agarrotamiento que sentía.

—¿Cologne?

No era Shampoo.

—¿Qué sucede, niño?

—Shampoo quiere saber si estás bien —contestó Mousse desde el otro
lado de la puerta.

Cologne sonrió tenuemente. Niña astuta: volvía a ver en qué estaba ella
sin contravenir directamente las órdenes de no interrumpir.

—Estoy bien, muchacho. ¿No deberías estar trabajando?

—No abrimos hasta dentro de dos horas —dijo Mousse en un tono de
cierta hosquedad, con la voz asordinada por la madera de la puerta—.
¡Llevas casi tres días allí dentro, vieja! ¿Qué estás tramando? ¿No te das
cuenta de que Shampoo jamás podrá tener a Ranma?

Eso produjo un fogonazo en el genio de la anciana; el comentario tocaba
demasiadas fibras sensibles en más de un aspecto. Abrió de golpe la
puerta y miró con gesto airado a Mousse, arrastrando los ojos desde la
bastilla de la túnica del muchacho hasta sus ojos oscuros. Uno de ellos
tenía un moretón grande, amarillo negruzco, que lo hacía estar casi
cerrado. El otro estaba entornado también en gesto miope, intentando
desesperadamente ver sin las gafas.

—Veo que Shampoo corresponde tus afectos con el entusiasmo de
siempre —dijo ella, sarcástica.

Mousse agrió el gesto y le dio una mirada de desagrado a la planta en
maceta situada a un metro de la anciana.

—Con Ranma no hace más que perder el tiempo —dijo Mousse en tono
desdeñoso—. Tarde o temprano se va a dar cuenta de que yo soy el
indicado para ella.

La vieja le pegó en el pie con el bastón, y dejó al muchacho saltando en
una pierna y entablando una sesión unilateral de insultos con la planta.
Cologne estaba demasiado cansada como para desplazarse a brincos
montada en el bastón; casi lo necesitaba para tenerse erguida al caminar,
con el rumor blando de una pantufla posándose en el suelo, seguido un
segundo después por el "tac" de madera con madera, al contacto de la
punta del báculo con el piso.

Siguió por el pasillo y torció por el recodo, oyendo, al seguir por el otro
tramo del pasillo, a Mousse cesar los gritos contra la planta. Las pisadas
del muchacho tamborilearon bajando las escaleras que conducían al primer
piso, y la anciana oyó el consabido trancazo de la puerta trasera de la
cocina, al salir el chico afuera, a tirarle puñales al blanco que había armado
con varios cajones en los que llegaban los suministros. Lo hacía cada vez
más seguido últimamente. Cosa que podría haberla preocupado, si la
alternativa no hubiera sido peor, es decir, que saliera a tirarle puñales
a Ranma.

El cuarto de Shampoo quedaba al final del pasillo, hacia el frontis de la
vivienda. La puerta estaba cerrada, seña de que su bisnieta estaba en
la habitación. Golpeó a la puerta con el báculo, y oyó la voz de Shampoo
responder de inmediato:

—¡Largo, Mousse! ¡Dije que no salimos! ¿Quieres que pegue en otro ojo
también?

—Soy tu bisabuela, niña —dijo Cologne.

La puerta estaba abierta antes de que terminara la oración, y su bisnieta
estaba en el umbral con una expresión de inquietud demudándole las
líneas delicadas del rostro.

—¿Bisabuela bien? —se apresuró a decir. La cara se le tensó, y volvió a
hablar más despacio—: ¿Estás bien, bisabuela?

—«Podemos hablar en chino si quieres, Shampoo» —dijo Cologne al
entrar a la habitación. Tocó la puerta con el báculo y la dejó cerrarse
antes de volver la atención a su bisnieta.

—Shampoo tiene... Tengo que practicar hablar ja... el japonés —dijo la
muchacha a trompicones. Cologne podía casi verla dar forma a las
palabras en la cabeza antes de dejarlas salir.

—«No hará daño por esta vez» —dijo Cologne.

Dio un vistazo en torno a la habitación: sobria, y en general espartana.
Hasta ella misma, al volver, se había visto atónita con todos los lujos
disponibles en este país; llevaba muchos años sin venir a Japón. Su
bisnieta, acostumbrada a la vida más simple de la aldea, se había visto
un tanto abrumada. En el dormitorio había pocos indicios ya fuera de la
aldea o de su nuevo hogar; parecía como si hubiera sido preparado de
antemano y la dueña simplemente se hubiera instalado después. Una
cama, una cómoda, un espejo, un escritorio pequeño y una silla. Un
armario, donde iba la ropa que no cabía en la cómoda. Cosas triviales,
genéricas.

El soporte de armas en el rincón y el tapiz del muro eran lo único que
hacía parecer que alguien con personalidad ocupaba el cuarto. El soporte
albergaba dos bonbori gemelos, pesados, mazos de cabeza redonda
pintados con colores vivos; y una espada curva sin vaina, con un filo que
brillaba bajo las luces del techo. El tapiz representaba un lago, y tras él
montañas picudas que se empinaban hacia el cielo.

—«¿Segura?» —preguntó Shampoo, aunque Cologne pudo oír el alivio
en la voz.

—«Segura —dijo Cologne—. ¿Cómo estás, niña?»

Shampoo arrastró los pies y retrocedió para sentarse en la cama:

—«Estoy bien. Preguntándome cómo estás. Has estado en tu cuarto
desde...»

—«Desde la boda —completó Cologne al dejar Shampoo la frase en el
aire—. O lo que pretendía serlo, al menos».

Se sentó en silencio en la silla del escritorio, y miró a Shampoo ajustar
su posición en la cama con ademán incómodo, desarreglando un tanto la
colcha, que había estado impecablemente tendida. La niña decía estar bien,
pero los años habían enseñado a Cologne cómo leer a la gente, y Shampoo
aún no dominaba ni parcialmente el arte de ocultar las emociones.

—«¿Qué sucede, niña?» —preguntó cuando Shampoo no dijo nada.

Las palabras eran plácidas, pero su tono indicaba que no aceptaría nada
más que la verdad.

—«Ranma está muy enfadado conmigo —dijo Shampoo por fin, apretando
las manos en la falda y suspirando—. Dudo que tenga alguna gana de
casarse conmigo».

Cologne dejó el descontento en su fuero interno; esa franca reflexión no
la inquietaba tanto como el tono insípido, fatigoso, con que había sido
expresada.

—«¿Cómo te hace sentir eso?»

Shampoo volvió la cabeza hacia un lado, escondiendo bajo el pelo cuales
fueran las emociones que tuviera en la cara:

—«No sé».

—«Nadie la conoce a una mejor que una misma —dijo Cologne—.
Shampoo, mírame».

Hubo un cambio en la postura de la muchacha, una variación leve en el
ángulo de la cabeza, pero Cologne seguía sin poder verle los ojos.

—«Mírame, niña» —dijo con voz firme.

La muchacha volvió por fin la cabeza, y miró a su ascendiente:

—«¿Sí?»

—«¿Cómo te hace sentir el que él no quiera casarse contigo?» —invitó
Cologne.

—«Duele —dijo Shampoo—. Me... Tendrías que haber estado allí,
bisabuela. Tendrías que haberlo visto pelear contra el señor del Monte
Fénix..., verlo vencer a la criatura de los cuentos con que mi madre me
asustaba cuando yo era niña».

Shampoo tenía los ojos abatidos, la boca hecha una línea recta:

—«Y lo hizo por ella. Por esa violenta idio... por Akane. En... En ese
momento pensé, ¿lo habría hecho por mí?, ¿habría peleado con ese coraje
para vencer a Saffron?».

Dejó de hablar, pero dijo con la cara que sabía la respuesta.

—«»Hubiera querido ver ese combate —dijo Cologne, con voz de
añoranza—. Ha de haber sido un espectáculo».

Shampoo mostró una sonrisa triste.

—«Estuvo glorioso —dijo—. Él. Yo... nunca lo quiero tanto como cuando
lo veo pelear, y nunca ha sido mejor que cuando peleó contra Saffron.
Estaba tan bello, tan elegante... Me dije que peleaba por nosotros, para
que Jusenkyo no muriera, pero sabía la verdad. No lo pude admitir hasta
que lo vi con ella en brazos. Él...»

—«¿Él qué?» —dijo Cologne.

—«La quiere —musitó Shampoo—. La quiere a ella y no a mí».

Se quebró, entonces. No como un dique que se rompe de súbito, sino
como una gran ola que se ve venir desde lejos hasta golpear por fin la
costa. Shampoo inspiró una bocanada larga, fuerte, y las lágrimas
empezaron a caerle despacio por la cara.

Cologne la miró por un momento, lamentando que el afecto físico tendiera
a ser reprobado entre las mujeres de la tribu. Luego se bajó de la silla, se
acercó, sintió la cama hundirse bajo ella al sentarse junto a la muchacha,
y sobó delicadamente el hombro de su bisnieta, lo mejor que podía hacer
sin romper lo que entre la tribu era prácticamente un tabú.

—«Todo se arreglará» —dijo una sola vez, sabiendo que era mentira, pero
una mentira benévola, al menos.

—«No, no se arreglará» —dijo Shampoo con voz suave.

No había hecho ni un sonido más fuerte que un murmullo, ni había
intentado limpiarse las lágrimas. Todavía descansaba una mano en la
falda; con la otra retorcía la colcha de la cama.

—«Las leyes...» —siguió.

Miró a Cologne, con los ojos nublados de lágrimas:

—«No sé. ¿Cuál es la ley cuando una mujer fracasa por segunda vez?».

Cologne la miró con ojos tranquilos. —«El primer fracaso es un viaje de
entrenamiento a Jusenkyo. El segundo...»

Se endureció. Ya no habría mentiras piadosas:

—«El segundo fracaso jamás ha ocurrido. Ninguna mujer joketsuzoku ha
fracasado jamás una segunda vez, ni en matar a una extranjera, ni en
traer a un extranjero de vuelta como esposo».

Shampoo cerró los ojos. —«Ah».

—«No quiero decir que siempre hayan tenido que casarse con el hombre
o matar a la mujer —dijo Cologne después de un momento—. Ha habido
circunstancias en que no ha sucedido».

—«¿Como cuáles?».

—«Como cuando el hombre muere antes de poder casarse con la
joketsuzoku, o cuando la mujer muere en otras circunstancias, antes de
que la joketsuzoku pueda matarla» —dijo Cologne.

Los ojos de Shampoo se agrandaron de consternación.

—«¡No! No puedo...»

—«Niña, no insinúo nada —dijo Cologne, cortante—. Te presento los
hechos, nada más».

Shampoo asintió. —«Sí, lo sé. Perdón. Preferiría enfrentar cual sea la
pena que se me depare, antes de hacer que algo le pase a él».

—«¿Lo sigues queriendo?».

—«Por supuesto —dijo Shampoo—. No del mismo modo. Es... como las
cenizas de una hoguera. Todavía hay calor en ellas, pero no igual que
cuando ardían. Yo... todavía lo quiero. Pero sé que no puedo tenerlo, y
eso me permite... Me permite...»

Se estremeció. —«Nada. No me permite nada. Igual tengo que casarme
con él. Igual tengo que tratar. Mientras siga tratando, no tengo que
volver a la aldea deshonrada».

—«A veces, niña, es necesario comprender cuándo es tiempo de terminar
una lucha y atender las heridas que se hayan recibido» —dijo Cologne en
tono delicado.

Shampoo asintió. —«Lo sé. ¿Qué... Qué crees que me pase?».

—«Es decisión del consejo —dijo Cologne—. En el mejor de los casos, tal
vez una pérdida de posición, una amonestación pública y un escarmiento.
En el peor, exilio».

Shampoo cerró los ojos. —«Exilio... —dijo, probando la palabra en la
boca, como un veneno—. No creo que pudiera...»

—«A veces, niña, hay que hacer las cosas —dijo Cologne—. No porque
sean las correctas, o las más fáciles, o las que nos traerán provecho. A
veces hay que hacer las cosas porque deben hacerse».

Miró a Shampoo.

—«Y tú quieres irte a tu casa, ¿no, niña?».

—«Más que ninguna cosa» —musitó Shampoo, con desesperación en la
voz.

—«¿Incluso más que a él? —dijo Cologne—. Si pudieras tenerlo pero
quedarte aquí para siempre, o perderlo y volver, ¿qué elegirías?».

Shampoo lo ponderó en silencio unos segundos antes de hablar.

—«Me... Volvería».

Agachó la cabeza.

—«Lo quiero, pero detesto este lugar, este país. No podría quedarme aquí;
me ahogaría. Las luces, tanta gente, tantas máquinas, tanto edificio. El
cielo en la noche no tiene estrellas, el cielo en el día está lleno de humo.
Este no es mi lugar; mi lugar es mi casa, en las montañas, en la aldea».

Cologne asintió despacio con la cabeza:

—«Yo también echo de menos el hogar».

—«Aquí me siento tan pequeña —dijo Shampoo, continuando como si
Cologne no hubiera hablado—. Tan... Tan nada. Aquí es tan grande, esta
gente es tan... No son mi gente».

—«Ellos eligen vivir así —dijo Cologne—. No es nuestra elección, pero sí
la de ellos».

—«Pero ¿por qué? —dijo Shampoo—. ¿Quién elegiría vivir así?».

—«Las personas no pueden cambiar mucho aquello para lo que nacieron
—dijo Cologne con una sensación de dolor en el alma—. En la senda de
la vida, el número de caminos que podemos seguir es limitado».

Volvió a dar una palmadita incómoda en el hombro de Shampoo, y se
levantó de la cama, apoyándose con cuidado en el báculo.

—«Te dejo para que pienses en todo, niña. Tengo cosas que hacer.
Acércate si necesitas algo».

Shampoo la miró y asintió con la cabeza.

—«Así será» —dijo.

Cologne había salido y cerrado la puerta, antes de que a Shampoo se le
ocurriera preguntarle qué había estado haciendo los últimos tres días.

~ o ~

Estaba en un bosque, un bosque en que los árboles crecían tan densos y
se empinaban tan alto que no había cielo, solo un techo de hojas verde
esmeralda. Estaba oscuro, aunque era de día, porque poca luz podía
filtrarse entre la profusión del vasto dosel de follaje, a decenas de metros
del suelo.

¿Tenía nombre el bosque? ¿Nombres, acaso?

Vio una mariposa verde y dorada, del tamaño de un pájaro grande, pasar
al vuelo junto a su cabeza, con alas que batían cadenciosas y pausadas,
como el fluir suave de las mareas, y entonces supo dónde estaba.
Ryugenzawa.

De modo que así se te conoce aquí, pensó, luego olvidó aquella idea casi
con la misma rapidez. La luz del sol se moteaba como islas de luz y
sombra en el sendero áspero por donde él iba. Fricción de hojas y un
raspar de pisadas denunciaban que no estaba a solas en el bosque, pero
no vio más animales después de la mariposa, y no buscó a ningún otro.
Sus pies parecían tener por cuenta propia un destino inequívoco, aun si
él mismo no lo tenía.

Tras un rato, empezó a oír que alguien cantaba, tenue al principio, pero
elevándose en volumen según avanzaba. Al parecer, él iba en dirección a
quien cantaba.

Después de unos minutos, empezó a distinguir las palabras. La voz era
bellísima, y, si escuchaba con atención suficiente, el rumor de hojas en
los árboles parecía volverse un acompañamiento, acompasarse en un
tañer de cuerdas dulces y un batir ligero de tambores, al rozar una contra
otra en el viento calmo.

*Relucen las aguas*
*Reluce el cantar*
*Reluce el fluir del río que él cabalga*

Era una voz de hermosura dolorosa, tan musical que parecía haber sido
hecha solo para el canto. Él se esforzó por entender más palabras, y sus
pies lo siguieron llevando hacia la voz y hacia la fuente de la canción.

*Relucen las aguas*
*Relucen las almas*
*Reluce mi obsequio de arte que sana*

El sendero se ensanchaba ahora, los árboles se iban espaciando, y el sol
se tamizaba en columnas de brillo áureo hasta el suelo del bosque. Más
adelante pudo ver un claro, y en él había muchos animales, y en su centro
había una mujer, y era ella la que cantaba.

Él se acercó, atraído hacia ella y su canción. Había lobos en el claro, y
ciervos y pájaros, y era plácido y bañado de sol, y estaba coronado por
el cielo azul, y los árboles que lo rodeaban echaban en el claro sombras
de un verde azafranado. Y los ciervos yacían echados junto a los lobos,
y los lobos no les herían, y en las cornamentas anchas y ramosas de los
ciervos se posaban las aves, silenciosas ante el sonido de una canción de
hermosura que jamás podrían igualar ellas.

La mujer lo miró a él, y volvió a abrir la boca, y esa voz imposiblemente
bella volvió a brotar en una marea de música luminosa.

*Reluce el deber*
*Negro es el llamado*
*Que conduce al más viejo ser*

Tenía cabello verde, el verde de las hojas del bosque y la hierba de
primavera, de profusión de plantas y de todas las cosas que florecen, e
igual de verdes eran sus ojos. Y la voz le bañó a él como agua, y le llevó,
como el curso galopante de un río.

~ o ~

—¡DESPIERTA!

—¿Ah... Qué?

—¡Vamos a llegar tarde! ¡Llevas durmiendo desde que llegamos ayer!

Ranma asomó la cabeza de entre las sábanas enmarañadas, y miró a
Akane. La muchacha tenía fastidio en la voz, pero también un poco de
inquietud. Sus ojos lo estudiaban con cierta aprensión.

—A menos que todavía no te sientas bien —dijo, con una voz más
suave—. Ranma, ¿estás bien?

Ranma miró a su prometida pestañeando con ojos soñolientos, y se
incorporó un poco, levantando las mantas con la mano:

—Ehh, sí. Mejor. Pero, caramba, los sueños raros que tuve...

—¿Hmm? —dijo Akane, ladeando la cabeza en un movimiento que hizo
a la luz del sol pasar por su pelo en reflejos de negro azuloso—. ¿Como
qué?

—No me acuerdo de ninguno, casi —dijo Ranma—. Como unos chispazos
muy raros... Como si hubiera sido otra persona, o algo así. Súper raro.

—¿Como alguien que va a llegar tarde al colegio si no se da prisa? —dijo
Akane con una sonrisa pequeña—. Voy a estar abajo, ¿sí? El desayuno
está casi listo.

Luego su voz volvió a pasarse a un tono de exasperación:

—Y si quieres venir conmigo, mejor te vas dando prisa. No pienso aguantar
que me hagas llegar tarde.

Él indicó una afirmativa con la cabeza y empezó a ponerse en pie,
mientras Akane salía de la habitación y cerraba la puerta, con la falda
arremolinándosele en torno a las piernas. Ranma dejó que las mantas le
cayeran de encima y pasó un momento desperezándose. De verdad se
sentía mejor esta mañana. Debía de haber estado bastante enfermo; no
dormía tanto sin una buena razón. Ahora se sentía mejor, al menos.
Siempre había sido rápido para sanar.

Se hizo crujir una última vez la espalda y fue hasta la cómoda, tomó una
muda de ropa y se quitó el pijama lo más rápido que pudo. Se cambió y
salió al pasillo, bajando la escalera a brincos de a tres peldaños hasta la
planta baja. Pudo oír voces y el tic tic de los palillos provenientes del
comedor junto al porche trasero; si ya habían empezado sin él, debía de
ser bastante entrada la mañana. Tendría que apresurarse, o iba a llegar
tarde al colegio.

Con el ceño arrugado por los recuerdos de ayer, fue rápidamente al baño,
se lavó la cara con agua tibia y se cepilló los dientes. Terminó, caminó
presuroso al comedor y se sentó a la mesa.

—Buenos días, Ranma —dijo Kasumi en tono jovial, como si nunca hubieran
tenido la conversación seria del día anterior—. ¿Cómo te sientes?

—Mucho mejor, Kasumi —dijo, para luego empezar a comer con el vigor
acostumbrado.

—Debe haber sido tanto sueño embellecedor —dijo Nabiki con una sonrisa
a medias—. Necesita un poco más, considerando que son dos los que hay
que embellecer.

Él la miró con cara de enojo un momento, en silencio, luego siguió
comiendo.

—Oye, pa, ¿cómo no me despertaste para entrenar en la mañana?

—Le dije que te dejara dormir, Ranma —dijo su madre en voz queda—.
No podemos permitir que te enfermes.

Su padre asintió sin decir nada y picoteó el tazón de arroz, como si
hubiera ido a encontrar algún grano errante escondido entre la ya
picoteada expansión de porcelana.

—Pues, hoy me siento de lujo —dijo Ranma, al terminar su primer tazón
y empezar con el segundo—. Ni que me hubiera ganado un millón.

—Ojalá... —dijo Nabiki con aire de añoranza.

Ranma la miró con mala cara una segunda vez, y ella lo miró con una
sonrisa leve.

—Niños, mejor se van encaminando —dijo Soun tras el escudo del
diario—. No vayan a llegar tarde a clases.

—Los almuerzos están en el aparador de la cocina —dijo Kasumi mientras
Ranma, Akane y Nabiki se levantaban de la mesa—. Que les vaya bien en
el colegio.

Con una rápida ronda de adioses a los demás, los tres enfilaron a la cocina
y tomaron sus almuerzos antes de ir a la puerta principal y partir al colegio.

~ o ~

Ukyo le dio un sorbo al té en la cocinita de su restaurante, y le mostró a
Konatsu una sonrisa breve.

—Gracias.

El ninja mostró una sonrisa radiante y salió al comedor; el rozar de su
kimono de seda acompañaba la elegancia de sus movimientos. Cerró la
cortina tras él y dejó a Ukyo a solas en la cocina minúscula. Ella, entre
sorbo y sorbo de té, recorrió con la mirada el compartimento; toda comida
del restaurante se cocinaba en la plancha del comedor, pero aquí ella
preparaba el batido para el día y lavaba los platos. El cocinar era como
todo lo demás: no constaba únicamente del acto en sí, sino también de
la presentación y los preparativos.

El día de ayer no había sido particularmente grato. Era evidente que
Ranma estaba muy enojado con ella, y ahora ella empezaba a ver por
qué. Había tratado de presionarlo en su decisión, algo que había jurado
no hacer. A diferencia de ciertas otras, quería que él viniera a ella por
voluntad propia.

Pero, por otro lado, estaba la posibilidad de que él sí hubiera tenido
ganas de casarse con Akane. Pero pronto dejó de lado esa idea: la lógica
dictaba que si él iba a elegir a alguien, sería a Ukyo. Que quisiera casarse
con cualquier otra hubiera sido un disparate.

Advirtió que intentaba sorber de una taza vacía, y suspiró y la dejó en el
platillo; la loza sonó levemente. Se levantó de la mesa, echó hacia atrás
la silla, que raspó el suelo, luego llevó con cuidado la taza al fregadero
y la puso bajo el chorro de agua. Las pocas gotas que le salpicaron las
manos le hicieron arrugar la cara; el agua estaba fría esta mañana. Se
secó las manos con un paño, y cogió su bolso de donde descansaba
contra una pata de la mesa, antes de salir al comedor. Konatsu limpiaba
prolijamente una mesa en el rincón, y alzó la vista al entrar ella, con la
coleta pasada por encima del hombro.

—¿Ya te vas al colegio, Ukyo? —preguntó en voz queda, sin cruzar los
ojos con los de ella.

—Sí, ya me voy —dijo Ukyo. Konatsu asintió, con ojos cafés a medio
cerrar y la cabeza gacha—. Vuelvo después de clases, y abrimos el local.
No te quedes aquí esperándome, sal a caminar o algo así.

—Sí, Ukyo —dijo Konatsu con una voz tenue, modosa, trabajando en la
madera de la mesa con un paño—. Te deseo un buen día.

—Igualmente —dijo Ukyo.

Cruzó a paso rápido el piso el madera y abrió la puerta corrediza. Dio una
última mirada hacia el interior del local antes de salir a la madrugada de
las calles, y cerró tras ella con el susurro terso de la madera al deslizar.

—Bueno, a clases —se dijo con entusiasmo postizo.

Hubo un titubeo breve, nada más, luego echó a andar.

~ o ~

Kodachi miraba, con una sutil expresión de desdén, a las muchachas
entrar como a gotas por el portón de San Hebereke. Eran como borregos:
venían, hacían lo que se les exigía, y se iban. No como ella; si ella venía
a este colegio, era únicamente porque así lo había elegido.

Cosa que hoy elegía no hacer. Estaba ya tan adelantada en las clases que
era irrisorio hasta presentarse, y los profesores lo sabían. Además, ¿cuál
era el peor castigo que podían aplicarle? ¿Detenciones a las que no
asistiría? ¿Deberes adicionales que completaría con igual facilidad que
todo lo demás a hacer allí?

No: hoy era día para intentar ganar el corazón de Ranma. Sabía que no
lo tenía; le había admitido eso a él y a ella misma. Pero no había nada
imposible de lograr si había empeño. Y ella era muy empeñosa, si aquello
por lo que se afanaba valía el esfuerzo. Y si algún hombre valía el ahínco,
era él.

Haría que él la amara. Era cuestión de tiempo y nada más.

Así y todo, había dificultades. De las tres que también intentaban ganar
su amor, dos iban al mismo colegio que él, y la otra no asistía a colegio
alguno. Tenían tiempo de sobra para pasar con Ranma; ella, ni con
mucho, tenía tantas oportunidades para estar en compañía de él.

—Eso termina hoy —musitó, con una brillantez extraña en los ojos—.
Hasta que tenga su corazón, no volveré al colegio.

Sacudió la cabeza; era una imprudencia decir eso.

—Lo intentaré hoy. Y tal vez mañana.

Sonrió, se levantó de la posición de cuclillas en el tejado, y se sacudió
unas briznas sueltas de polvo de la bastilla negra del uniforme. Con un
salto rápido, abandonó San Hebereke, y emprendió la marcha por los
tejados hacia la ruta que Ranma tomaba a Furinkan.

~ o ~

Shampoo pedaleaba a ritmo febril por las calles, rumbo a hacer una
entrega. Era un poco temprano, pero el trabajo le ayudaba a no tener
la cabeza en otras cosas, y le hacía salir del restaurante, alejarse del
empalago constante que eran los afectos de Mousse.

A esta hora, tan temprano, el grueso de la gente en la calle eran
estudiantes camino del colegio. Era un área cercana a Furinkan, y ella
reconocía el uniforme azul de niña que le había visto a Akane.

Pensar en Furinkan le hacía pensar en Ranma, y eso era algo que no
tenía deseos de hacer por ahora. De modo que apresuró el ritmo, y se
concentró por entero en la bicicleta y en las calles, sin hacer caso de las
miradas que le llegaran. Estaba acostumbrada a que la gente la mirara en
este país: su modo de vestir ponía de manifiesto que no era una de ellos.
Ya no le importaba. No tanto, al menos.

Pero las constantes miradas reprobatorias, los cuchicheos a sus espaldas,
seguían doliendo a veces. Se decía que no le importaba, pero sentirse
una intrusa tan seguido dondequiera que fuese no era cosa fácil de
sobrellevar.

Suspiró, y deseó con toda el alma estar de vuelta en la aldea. Lo que le
había dicho a su bisabuela era cierto: de haber podido desistir de Ranma
y volver a China, lo habría hecho en un instante. Lo amaba, pero
quedarse aquí la estaba matando, un poquito más cada día.

Pero no podía irse; la necesidad de satisfacer las leyes y su propio
corazón la mantenían allí. Cuál necesidad era más fuerte, no lo sabía.

La bicicleta torció veloz la esquina, y casi chocó contra alguien vestido
con uniforme escolar de varón. La muchacha hizo una chirriante maniobra
evasiva en el último segundo, casi cayéndose de la bicicleta. Se tragó el
disgusto; no había ido poniendo completa atención al camino.

—¿Por qué no te fijas por dónde vas, china cabeza hueca? —dijo la
persona con una voz que dejaba de manifiesto que no era varón.

Shampoo bajó los párpados a la mitad. No le importaba mucho lo de
cabeza hueca, pero la forma en que Ukyo había dicho "china", como si
fuese alguna especie de insulto, no era algo que ella le fuera a tolerar a
nadie, mucho menos a una rival.

—¿Algo malo ser china? —dijo con una voz baja, peligrosa, al saltar de
la bicicleta para ir a apoyarla contra un poste cercano.

Ajustó sutilmente el cuerpo, hasta una posición que no pareciera
amenazadora, pero le permitiera moverse rápido si hacía falta. Percibió
en un segundo el área circundante: una calle lateral, bordeada en un
lado por la cerca que lindaba con el canal. No muchos transeúntes, y las
pendencias callejeras entre practicantes de artes marciales se habían
hecho lo bastante habituales en los últimos meses, de modo que casi toda
la gente no les prestaba atención por regla general.

—Pues, si te tomo a ti de ejemplo, entonces sí —dijo Ukyo.

Bastaba con eso. Las entregas podían esperar.

Había que dar a cierta persona clases de respeto a otras culturas.

~ o ~

Ranma miraba con aire de desconfianza hacia adelante, hacia la espalda
de Nabiki. La muchacha iba a una decena de pasos por delante de ellos,
a tranco sosegado pero aún así rápido.

—Más vale que no esté tramando nada como lo de ayer —dijo.

—No, no lo va a hacer —dijo Akane al lado de él, meciendo el bolso al
caminar—. Le... Hablé con ella ayer.

Ranma soltó un bufido. —Claro. Con eso quedo tranquilo.

Akane evidenció descontento.

—Ella no es tan mala, Ranma. Es que es un poquito...

Dejó la frase inconclusa con un suspiro y levantó la vista un momento
antes de volver a hablar:

—A veces se enfrasca tanto en sus planes, que se le olvida que con esos
planes puede hacer daño a la gente.

—No creo que se le olvide —murmuró Ranma—. Creo que no le importa y
punto.

Akane bajó los párpados a la mitad.

—Es mi hermana, Ranma.

—¿O sea que no estás enojada con ella? —preguntó Ranma con tono
cáustico.

—Claro que estoy enojada con ella —dijo Akane de mala gana—. Pero es
que no puedo estar con el rencor para siempre. Ella va a...

—¿Qué? —preguntó Ranma, volviendo la cabeza para mirar a Akane—.
¿Encontrar otra manera para sacarnos plata a ti o a mí?

—Ranma —gruñó Akane—. Cuidado cómo hablas de mi hermana.

—¿La que acaba de desaparecer mientras estábamos distraídos, dices?
—dijo Ranma al volver a mirar hacia adelante.

Akane agachó la cabeza. —Dobló la esquina, seguramente. Tal vez está
esperando que la alcancemos.

Ranma asintió. —Seguramente —dijo, con voz seca.

Torcieron por la esquina, y Ranma se llevó un sobresalto mayúsculo
cuando alguien le echó los brazos al cuello y le cuchicheó al oído con voz
ardorosa:

—Ranma, amor mío, qué coincidencia más grata.

Bueno, inequívocamente, no se trataba de Nabiki.

~ o ~

Ukyo, al verse estrellada por segunda vez contra el muro del edificio,
concluyó que polemizar con Shampoo no había sido buena idea. Sin lugar
a dudas, había dicho algo que hizo estallar a la amazona; lo que ahora
estaba sucediendo no era un altercado más. Aquellos tenían mayor
relación con las tiradas de pelo y rasguñadas de cara que con las artes
marciales. En una de esas riñas, ella podía por lo general mantenerse a
la par con la otra muchacha.

Pero, por mucho que detestara admitirlo, en un combate de frentón como
este, Shampoo era mejor.

Deseó con fervor haber traído su espátula esta mañana. Así las cosas, se
había visto en la obligación de batirse contra Shampoo cuerpo a cuerpo,
al no tener tiempo ni para echar mano de las espátulas pequeñas que
portaba en la bandolera terciada al pecho.

Se apartó de la pared con un traspié, bloqueó apenas una combinación
de puñetazos por parte de Shampoo, y consiguió eludir por escasísimo
margen una patada al costado que pareció venir de la nada.

Ukyo fustigó con un puño, un golpe que le pareció torpe incluso a ella. Ya
iba mucho tiempo desde que había peleado sin armas. Mucho tiempo.

Shampoo lo bloqueó, pero le dio tiempo a Ukyo de retroceder unos pasos
y sacar de la bandolera un puñado de espátulas, para luego arrojarlas en
una oleada amplia contra su oponente.

Shampoo se movió hacia un lado, más rápido de lo que Ukyo la creyera
capaz. Le llevó solo una fracción de segundo recuperarse del lanzamiento
de las espátulas, pero en algún momento la pierna de Shampoo se enredó
con las de ella, y Ukyo se vio de bruces en la calle, con gusto a tierra en
la boca, con la otra muchacha encima de ella. Shampoo le tenía una
rodilla puesta en la zona lumbar, y el brazo torcido y trabado por detrás,
fuertemente sujeto.

—¿Más cosas malas que decir de los chinos? —preguntó Shampoo en
tono de ternura.

La posición no dolía mucho, pero sabía que dolería muchísimo más si
trababa de forcejear.

—La verdad, no cosas malas que decir de los chinos —dijo por entre
dientes apretados—. Solamente de ti. Eres engreída, eres tonta, te vistes
como...

Se atragantó con las palabras, al variar Shampoo levemente la sujeción
del brazo:

—¿Cómo dices? Casi parece no te oigo rogar piedad.

—No te voy a rogar nada —dijo Ukyo—. Ni ahora ni nunca.

—Mucho orgullo —dijo Shampoo, y había casi una especie de respeto en
su tono—. Serías buena esposa de Ranma.

Ukyo ni habló de tan sorprendida.

—Lástima que nunca es tuyo —dijo Shampoo con una tristeza tenue en la
voz—. No tienes tú, no tengo yo. Lástima.

—¿De qué estás hablando? —dijo Ukyo por último, torciendo apenas el
cuello para intentar mirar la cara de la amazona. Si le veía la cara, quizá
tendría alguna idea de por qué hablaba así.

—Tú no allá, en Jusenkyo —dijo Shampoo suavemente—. No viste a él.
El corazón de él es de Akane.

Ukyo apretó la quijada. El polvo de la calle tenía un gusto amargo en su
boca:

—¿Qué sabes tú de quién es el corazón de un hombre?

—Sé —dijo Shampoo simplemente, sin dar cabida a ningún cuestionamiento.

Ukyo halló una cabida de todos modos.

—¿Y Mousse? —dijo, poniendo todo el escarnio que le fue posible.

—Sé que el corazón de Mousse es de mí —dijo Shampoo con voz delgada—.
Pero pasa que no lo deseo.

—¿Para qué sigues aquí, entonces? —dijo Ukyo—. ¿Si estás tan segura de
que él no puede ser tuyo?

—Porque no voy a deshonrar ante mi tribu —dijo Shampoo—. Y lo quiero
todavía. No puedo controlar corazón.

—¿Te quieres salir de encima mío?

—Nosotras todavía son rivales —dijo Shampoo, y tenía en la voz un poco
de lo que había tenido antes—. Quiero estar segura que te acuerdas,
espátula. Acuerda que te gané y te tuve cara en el suelo. Acuerda la
próxima vez que se te ocurra insultar a mí o mi pueblo.

Casi gritando de frustración e impotencia, Ukyo levantó las caderas,
intentando quitarse de encima a la amazona. Fue una insensatez,
completamente inútil como táctica de escape, y le produjo arponazos
de dolor en todo el cuerpo.

—¡SALTE DE ENCIMA MÍO!

Estaba empezando a aborrecer el gusto de todo ese polvo. Le estaba
haciendo llorar los ojos. No de dolor, se dijo. No dolía tanto. Era que el
polvo se le metía en los ojos.

Y por cierto que no era porque creyera un ápice de lo que Shampoo decía.

~ o ~

—¿Qué haces aquí? —dijo Akane, con una mirada de tirria a Kodachi,
mientras Ranma intentaba despegarse del abrazo de la gimnasta—. ¿No
deberías estar en el colegio a esta hora?

—¿Qué clase de enseñanza se puede comparar a estar con mi querido
Ranma? —dijo Kodachi, y de algún modo consiguió maniobrar el brazo
de Ranma hasta dejarlo en torno a la cintura de ella.

Akane apretó los dientes y levantó el bolso por encima del hombro.

—Ranma...

—¿Qué, crees que la quiero colgada así? —protestó Ranma.

—Difícil verlo de otro modo —dijo Akane con voz tajante.

Ranma advirtió dónde tenía puesto el brazo, y lo sacó de un tirón de la
cintura de Kodachi, con una sonrisa de bochorno.

—En serio, se me anduvo quedando ahí... —aseguró.

—Márchate, niña absurda —dijo Kodachi, mirando a Akane por la punta
de la nariz hacia abajo—. Quiero un momento a solas con mi querido
Ranma, si no es molestia.

—No es tuyo... —dijo Akane—. Y no le gusta que estés así encima de él.

—¿No me digas? —dijo Kodachi—. Hagamos la prueba.

La muchacha libró a Ranma de más forcejeo, al quitar ella misma los
brazos de encima de él y desplazarse cerca de un metro, hasta situarse
junto a Akane. Estrechó las manos por delante, ladeó la cabeza y miró a
Ranma.

—Ranma, querido, ¿de verdad te desagrado tanto que prefieres que me
marche para siempre, y no volver a verme jamás?

—Ehh... —dijo Ranma. Kodachi tenía los ojos vidriosos, y se sorbía la
nariz de modo casi inaudible—. Claro que no, Kodachi. Cómo se te ocurre.
Este, yo... En serio, me... Esto...

Dejó la explicación en el aire, ante la mirada rabiosa de Akane.

—No, por favor, continúa —dijo Akane con voz helada—. Siempre he
querido saber cómo te oyes diciéndole cosas bonitas a una mujer.

Giró de un taconazo y salió caminando a paso tieso:

—Que la pasen lindo los dos.

—Ah, anda, Akane —dijo Ranma, echando a andar detrás de ella—. Es
que no quería ser...

—No hagas caso de ese mal genio, Ranma querido —dijo Kodachi, al
entrelazar un brazo con el de él y recostar la cabeza en el hombro del
muchacho La coleta de la joven hizo cosquillas en la nariz de él con un
aroma limpio, a pelo y champú—. Podemos pasarlo muy lindo los dos
solos. ¿Recuerdas cómo nos divertimos en nuestra última cita?

—No fue ninguna cita —protestó Ranma, intentando escindirse de
Kodachi y alcanzar a Akane al mismo tiempo. Ninguna de ambas cosas
le resultó muy bien—. Lo hice nada más porque...

—Porque tuviste lástima de mí —dijo Kodachi con voz tirante. Quitó
la cabeza del hombro de él, pero dejó el brazo enlazado con el del
muchacho—. Pero ya vas a entrar en razón. Ninguna de las otras se
compara conmigo.

—Ahí sí le atinaste —dijo Ranma por lo bajo, en un tono que dejaba claro
que aquello no era algo positivo.

Akane torció por la esquina de más adelante, ya apretando el paso.
Ranma intentó también apresurar la marcha, pero Kodachi estaba muy
cómoda con la marcha a paso calmoso, y lo tenía bien agarrado del
brazo. Aparte de llevársela a rastras, el muchacho no tenía muchas más
alternativas de cómo ir más rápido.

—¿Qué haces? —oyó decir a Akane en un tono de voz fuerte, de sorpresa.

Ranma con un violento tirón el brazo de la sujeción de Kodachi y dobló
corriendo la esquina, para ver a una Akane conmocionada, que miraba
a Shampoo y a Ukyo. La amazona tenía a la otra muchacha tirada de
bruces en el suelo, con el brazo torcido por detrás, poniéndole una rodilla
contra la zona lumbar. Pudo ver que Ukyo tenía la cara cubierta de polvo,
trazado en algunos lugares con lágrimas.

—¡Ya basta! —exclamó Ranma, indignado, y pasó de largo junto a Akane
en dirección a las otras dos, con cada músculo del cuerpo tensado—.
¡Shampoo, sáltele de encima! ¡Le estás haciendo daño!

Shampoo levantó la vista y cruzó la mirada con él. Ranma le vio en la
cara una expresión que jamás había visto, y en los ojos una mirada que
parecía incluso más incongruente. Casi dio la impresión, por un momento,
de que iba mantener sujeta a Ukyo, pero luego vio que el semblante
rígido de la amazona se relajaba despacio; la vio quitar casi con delicadeza
la rodilla de la espalda de Ukyo, y un momento después soltarle el brazo y
ponerse en pie, para luego sacudirse la tierra de una pierna de sus
pantalones de seda floreada.

—¿Ya ves quién mejor? —dijo Shampoo, mirando a Ukyo. Tenía en la voz
una tonalidad mitad triunfal, mitad triste.

Ranma la miró con rabia, y ella retrocedió un tanto, apartándose de Ukyo,
que seguía tirada en el suelo. Ranma se acuclilló a su lado, vaporizada
toda ira que hubiera sentido por ella el día anterior.

—Oye, Ucchan, ¿estás bien? —dijo.

Ukyo abrió la boca para contestar, pero Ranma le quitó toda atención al
oír a Akane gritar de sorpresa, más atrás.

Luego oyó a Kodachi echarse a reír. Sonaba incluso más desagradable
que de costumbre.

~ o ~

Kodachi puso mala cara al escapársele Ranma para tratar de quitar a
Shampoo de encima de Ukyo. Lo que fuera que pasaba con esas dos,
no le interesaba. Optando por no prestarle atención a aquello, pasó su
atención a Akane.

—¿Y cómo estamos, Akane Tendo? —preguntó con voz grata.

Akane la miró y mostró un fiero gesto de desagrado.

—¿Por qué no te vas, Kodachi? Nadie te quiere aquí.

—No veo que mi amado Ranma objete —dijo Kodachi con una encogida
de hombros—. Al parecer tiene mejor opinión de mí que de ti.

Con el rabillo del ojo, Kodachi vio que Shampoo empezaba a quitarse de
encima de Ukyo. Puso otra vez la mirada en Akane, que todavía parecía
no saber bien cómo responder.

—Es que no le gusta hacerle daño a la gente —dijo Akane—. Ni siquiera
a una lunática como tú, Kodachi.

Kodachi bajó un tanto los párpados y la cara se le endureció:

—No soy ninguna lunática. El que no siga al rebaño como todos ustedes
no significa que tenga menos cordura.

Akane soltó un bufido. —Claro. Bueno, dicen que los locos nunca creen
que están locos.

—Preferiría la locura —dijo Kodachi en tono gélido— a ser una indecisa,
una inmadura y una ignorante como tú. Ni siquiera alcanzas a apreciar
lo que tienes al tenerlo a él. Créeme que si nuestras situaciones se
invirtieran, y me encontrara yo en un matrimonio concertado con él, no
lo trataría como tú lo tratas. Si estar dispuesta a amar a alguien es una
locura, entonces sí, supongo que estoy loca.

Akane soltó un gruñido y avanzó un paso.

—Mucho cuidadito, Kodachi.

Kodachi se alejó un tanto, como bailando, alzada grácilmente en puntillas.

—¿Deseas un duelo, Akane Tendo? Nada daría a la Rosa Negra mayor
gusto.

Akane tiró el bolso al suelo y subió un puño:

—Eso.

Tiró un puñetazo contra Kodachi, un ataque desmañado. Akane tenía
muy poca elegancia a ojos de Kodachi, y la gimnasta eludió el golpe con
un solo paso hacia atrás, sin mostrar esfuerzo alguno.

—Muy bien, con más ganas, Akane.

Akane así lo hizo y acometió con una combinación de patadas y
puñetazos, por entre los cuales Kodachi escurrió, retrocediendo,
alejándolas más a las dos de la situación entre Ranma, Shampoo y Ukyo.

—Esto ya cuesta un poquito más —dijo Kodachi, dando un vistazo rápido
hacia atrás, a la verja del canal, que se acercaba a gran velocidad—.
Aunque no estás mucho mejor que la última vez. ¿Te acuerdas de la
última vez?

Se llevó una mano a la mejilla.

—Ah, perdón. Lo olvidé. Fuiste torpe y te torciste el tobillo, y tuviste que
poner a la fulana de la trenza a pelear por ti.

—Si supieras quién es la fulana de la trenza —bufó Akane al esquivar
Kodachi una patada—, no lo hallarías tan chistoso.

—No tanto como esto —dijo Kodachi al tirar Akane otro puñetazo.

Esta vez Kodachi no esquivó; lo atrapó, asió la muñeca y rodó de
espaldas, usando el impulso de Akane para tumbarla hacia adelante.

Derrotar era una cosa. Era fácil. Pero derrotar y producir verdadera
humillación era algo totalmente aparte.

Puso el pie con su zapatilla negra contra el diafragma de Akane, y siguió
la maniobra con un estirón de la pierna, que catapultó a la sorprendida
rival por sobre el borde del canal y hasta el agua.

Oyó la caída en el agua y un chillido de sorpresa. Una sonrisa se estiró en
la cara de Kodachi, e hizo lo que era habitual cuando tenía una victoria
como aquella. Se echó a reír.

Se detuvo al sentir que alguien le agarraba el brazo, con una fuerza que
superaba con mucho la comodidad. Volvió la cabeza y encontró los ojos
grises de Ranma. La cólera en ellos hizo a la muchacha encogerse un
tanto.

—¿Qué haces? —le gritó él, sacudiéndola del brazo.

—Enfriándole un poco el genio, nada más —dijo Kodachi, pero tenía una
pizca de duda en la voz, un indicio de que se daba cuenta del posible
error que había cometido. Los ojos de Ranma la subyugaron, y no le
dejaron apartar la vista—. Me lastimas el brazo, Ranma mi amor...

—¿Estás chalada? —volvió a vociferar Ranma, y le apretó más el brazo
por un momento—. ¡No sabe nadar!

La soltó, casi arrojándola a un lado, y saltó la valla hasta el canal.
Kodachi corrió a la verja, miró abajo, lo vio caer hacia el cauce y hacia
la chapoteante Akane.

Lo vio entrar en contacto con el agua.

Tal vez fue la furia de esos ojos lo que hizo a Kodachi tumbar ciertas
barreras, ciertas explicaciones para lo inexplicable, que había construido
con el tiempo. Porque cuando lo vio tocar el agua, vio, por un momento,
a ese cuerpo distorsionarse, cambiar, y entendió lo que significaba.

Un sonido grave, de incredulidad, se le elevó desde lo profundo de la
garganta.

~ o ~

El canal no era muy hondo, tal vez apenas más de un metro ochenta en
esta época del año. Pero bastaba para ser un peligro para alguien como
Akane, se percató Ranma. No era únicamente el que no supiera nadar;
hasta alguien que no supiera nadar era capaz de flotar. El problema era
que ella se aterrorizaba cada vez que se metía en aguas donde no hiciera
pie. Batía los brazos, abría la boca para gritar, se hundía más bajo la
superficie y tragaba bocanadas enormes. Ya lo había visto muchas veces.

Tuvo apenas conciencia del cambio en su cuerpo al llegar al agua,
conforme su carne se encogía y abultaba en un lugar y otro. Todo lo que
percibía era a Akane, que pugnaba por seguir a flote y tragaba casi tanta
agua como aire.

Estaba a unos metros más allá; Ranma no había coordinado el salto tan
bien como había esperado. Avanzó en el agua, dando brazadas e
impulsándose con las piernas, con toda la fuerza que pudo. Podía oír a
Akane acezar y atragantarse, sonido que le hizo sentir algo similar a un
garfio en las entrañas.

Justo al llegar hasta ella, la cabeza de Akane se hundió bajo el agua con
una última sacudida frenética de los brazos. Afloraron burbujas.

Ranma estuvo allí en un segundo, se zambulló bajo el agua, asió a Akane
por las axilas y la sacó a la superficie. Akane tosía y resollaba con
estertores, en brazos de la muchacha más pequeña, y Ranma cayó en la
pavorosa cuenta de que Akane tenía demasiada agua en los pulmones
como para respirar.

Tenía que sacarla a tierra firme, y rápido.

—¡Dame!

Shampoo le tendía un brazo, situada en el par de centímetros de
hormigón que quedaban por el lado de la verja que miraba al canal, sujeta
con la otra mano a la rejilla del alambrado. Del otro lado de la cerca,
Ukyo mostraba un semblante de inquietud; Ranma no veía a Kodachi por
ninguna parte.

Sin saber cómo, sin siquiera tener dónde hacer pie, consiguió levantar a
Akane hasta Shampoo. La amazona asió a la muchacha semiconciente
por la pechera empapada del uniforme de colegio, y la alzó sin evidenciar
esfuerzo alguno, luego se la pasó cuidadosamente a Ukyo por sobre la
verja. Saltó también al otro lado y, mientras Ranma empezaba subir por
el talud del canal, Shampoo y Ukyo tendieron en el suelo a Akane, que
seguía tosiendo.

Ranma pudo ver a Kodachi en ese momento, parada unos metros más
allá, con la cara un tanto pálida y temblando. Le enfureció verla, pero
eso podía esperar. Tenía que ver a Akane.

Shampoo hacía presión en el abdomen de Akane, sacándole a fuerza
el agua de los pulmones, mientras Ukyo se ponía con cuidado la cabeza
de la muchacha sobre el regazo. Akane expectoró agua en el suelo, con
espasmos débiles de la garganta, pero tenía aspecto de estarse
recuperando. Ranma se acuclilló junto a las dos muchachas que atendían
a la tercera, y se pasó una mano por el flequillo cargado de agua.

—¿Está bien? —le preguntó a Shampoo.

La amazona asintió:

—Poquito de agua en pulmones. Nada serio. Hay que esperar que vuelva
aire.

Ranma vio a Kodachi acercarse, y se puso en pie con semblante de ira.
Dio un paso hacia la muchacha más alta y la sujetó de los hombros,
dejándole marcas de palmas mojadas en el uniforme escolar negro.

—¿Qué diablos te pasó por la cabeza? —gritó, sacudiendo a la pálida
Kodachi—. ¿Cómo se te ocurre hacer una cosa así?

—¿Quién...? ¿Adónde se fue mi Ranma? —dijo Kodachi, apenas moviendo
lo labios.

—¡Yo soy Ranma, trastornada! —gritó Ranma duramente—. ¡Métetelo
en la cabeza! ¡Pudiste hacerle muchísimo daño! Kodachi, por el carajo...

La soltó y dejó los brazos colgar a cada lado. No le gustaba golpear a las
mujeres, pero en este momento quería pegarle a Kodachi más que casi
cualquier otra cosa.

Pero contuvo el impulso. Kodachi parecía sobrecogida, con una cara que
parecía bordear un pasmo y una culpa que Ranma casi no podía creer en
la Rosa Negra.

—Por favor perdóname, Ranma —musitó Kodachi—. No lo sabía. No sabía
que Akane tuviera dificultades con el agua. Me retiro. Te ruego me
perdones.

Hizo una reverencia muy leve, y se fue rápido, dejando allí a una Ranma
mujer, atónita y mojada.

~ o ~

Akane tosió la última porción del agua que tenía en los pulmones, abrió
los ojos, nublados de lágrimas y falta de oxígeno, y miró a las dos
muchachas acuclilladas junto a ella.

—¿Tú bien, Akane? —preguntó Shampoo—. Sé que no eres buena en
nadar.

—Estoy bien —dijo Akane, sorprendida con lo débil que le sonaba la
voz—. ¿Qué...?

—Trataste de tragarte el canal —dijo Ukyo. Tenía un tono de broma en
la voz, pero también preocupación—. Kodachi te tiró al agua cuando...

Miró a Shampoo, pareciendo avergonzada, y la amazona miró hacia
otro lado, con un sutilísimo matiz de rojo en la cara.

—Ranma... —dijo Akane en voz queda.

—Saltó a sacarte, y de ahí te subió Shampoo —dijo Ukyo—. Te pasó por
encima de la cerca y te sacó el agua.

Akane pestañeó de sorpresa y miró a Shampoo en silencio un momento,
antes de encontrarse la voz para hablar.

—Gracias, Shampoo —dijo—. Te...

—Es nada —se apresuró a decir Shampoo—. Tengo que volver a entregar
pedido.

—No, no es "nada" —dijo Ranma, acuclillándose junto a Akane—. Akane,
mírame. ¿Estás bien?

—Mojada —dijo Akane son una sonrisita débil. Tosió, y Ukyo le ayudó a
incorporarse, dándole palmaditas en la espalda.

Para sorpresa suya, Ranma le tomó una mano. No se acordó de que era
mujer sino hasta un momento después, luego se dio cuenta de que no
importaba.

—Qué bueno que estás bien —dijo Ranma con una sonrisa de alivio. Miró
de soslayo a Ukyo y a Shampoo, y la sonrisa disminuyó un poco—. Me
llevo a Akane a la casa. Mejor váyanse, chicas.

Shampoo se puso en pie. —Adiós, Ranma. Adiós, Akane.

Hizo una seña de despedida con la cabeza, luego corrió a buscar la
bicicleta, que estaba contra el muro. Ukyo miró a Ranma, con la indecisión
de hablar patente en la cara.

—Ranchan, ¿puedo..? —empezó.

Ranma negó con la cabeza.

—Después hablamos, Ukyo.

Ukyo tragó saliva y asintió. Se puso de pie y se alejó, mientras Ranma
ayudaba a Akane a levantarse.

—Estoy bien —dijo Akane—. Nada más necesito ropa seca, y después...

La interrumpió un acceso de tos. Ranma movió la cabeza y suspiró.

—Tienes que irte a la casa a descansar, Akane. No lo voy a discutir
contigo. Vamos.

Akane asintió, muda, y se dejó llevar por Ranma, de la mano.

~ o ~

Kodachi se hallaba sentada en la silla de mimbre de su habitación, con
dos fotos dispuestas en la mesa ante ella. Una era de Ranma, una
instantánea de él, congelado en plena ejecución de un kata, con la luz
acentuando uno de sus lados en detalle nítido, y dejando el otro cobijado
en sombras. De todas las fotos que tenía de él, era su favorita.

La otra era de la chica de la trenza, amor obsesivo de su hermano,
además de Akane Tendo. La pose era similar, aunque Kodachi no podía
ni empezar a concebir por qué a la chica se le habría ocurrido hacer katas
a busto descubierto.

O tal vez ahora podía concebir la razón. Después de todo, una muchacha
que en realidad no es una muchacha no repararía en asuntos de recato
femenino, ¿verdad?

El parecido era evidente. También lo eran muchas otras cosas, ahora que
las buscaba, hurgándose la memoria. Todo cayó en su sitio, las últimas
piezas del rompecabezas.

—¿Cómo he podido ser tan ciega? —murmuró—. Tan ciega...

Pasaba una foto tras la otra en las manos, tan rápido que se volvieron
un borrón de color.

—Tan ciega...

Unas lágrimas le cayeron de los ojos, mientras recuerdos dispersos de lo
ocurrido esa tarde se le hundían en el alma. Recuerdos de la furia en los
ojos de él, de verlo arrojarla a un lado y lanzarse al canal en pos de
Akane.

De verlo transformarse.

Y de la muchacha, la niña que era él, que por motivos desconocidos era
él. La misma furia en los ojos, que, aunque eran de distinto color, eran
los mismos ojos. Imposible confundir esos ojos o la expresión de ellos.
Era cierto: cambiara como cambiara el aspecto exterior, era difícil cambiar
los ojos.

Volvió a dejar las fotos en la mesa, y hundió la cara en las manos.
Vinieron más lágrimas, pero muy calladas, porque las escasas veces en
que Kodachi lloraba de verdad, era con reducidas muestras de emoción
además de las simples lágrimas.

Cuando terminó, recorrió el cuarto y retiró metódicamente cada foto de
él; de las paredes, de entre las páginas de algunos libros, de los marcos
puestos en su escritorio, en la cómoda y en la mesa de noche. Las quitó
todas; la habitación quedó hecha un fárrago de libros abiertos y marcos
vacíos.

Las dejó todas en una caja y, como idea de último minuto, añadió la
única foto de la contraparte femenina. Para recordarla, si algún día las
volvía a sacar. Para recordar lo que él era en verdad.

Dejó la caja en el anaquel superior de su armario. Quizá algún día
necesitara las fotos. Pero ahora, lo único que le hacía falta era estar
sola.

Sola por preferencia; jamás consentiría que fuese por destino.

~ o ~

—¿CÓMO?

—Papá, me mojé un poco, eso es todo... Ranma me sacó inmediatamente.
Estoy bien —dijo Akane.

Luego procedió a arruinar cualquier efecto que sus palabras hubieran
tenido en su padre, al prorrumpir en otro espasmo de tos, apoyada
contra un Ranma aún femenino, que la sostuvo en pie hasta que se
recuperó. Kasumi y la madre de él calentaban agua en la cocina, para
el té y para la transformación de vuelta a lo normal. Soun en estos
momentos se cernía sobre los dos, habiéndolos interceptado apenas
entraron a la casa chorreando agua en la alfombra, debido a la ropa
empapada. En el trasfondo, Genma observaba erguido, con los brazos
cruzados sobre el pecho y una expresión de neutralidad calculada.

—¡Ranma! ¿Cómo pudiste dejar que le pasara esto a Akane? —demandó
Soun—. ¡Eres su prometido!

—Así es, hijo, haz el favor de responder —añadió Genma con un
semblante de cierta acritud.

—¡Miren, yo nada más estaba viendo si Ukyo estaba bien, y antes que
me diera cuenta Kodachi la tiró al canal! —protestó Ranma, deseando
haber podido volver a convertirse en hombre antes de que empezara el
interrogatorio.

—¿Consideraste que tu atención a Ukyo primaba por sobre tu prometida?
—preguntó Genma con un tono de indignación en la voz—. ¿Dónde queda
el honor, Ranma?

Ranma señaló a su padre con el dedo:

—No me vengas a sermonear sobre el honor, viejo. ¿Quién fue el que me
comprometió con dos mujeres?

—Fue una necesidad irremediable —dijo Genma con convicción absoluta—.
No se puede prescindir de la alimentación.

Soun se dio vuelta con un giro y asió a su amigo por el cuello del gi.

—Saotome, ¿o sea que comprometió a Ukyo con Ranma únicamente por
comida?

Genma asió con firmeza las muñecas de Soun y las retiró.

—Tendo, olvida usted las penurias del trotamundos. Recuerde que, en
el entrenamiento, nos vimos obligados a hacer muchos sacrificios para
seguir la senda de las artes marciales...

—Vamos —le dijo Ranma aparte a Akane—. Mientras cuentan recuerdos.

Los dos se escaparon de la polémica de sus padres, todavía dejando un
rastro de agua. Hicieron un alto al pie de las escaleras.

Akane volvió a toser, y Ranma le palmoteó la espalda.

—¿Por qué mejor no te das un baño caliente? —dijo—. Yo le digo a
Kasumi que te lleve ropa seca.

Akane asintió con la cabeza, y aspiró hondo para recuperarse:

—Bueno.

—Bien —dijo Ranma. Se llevó una mano a la nuca y se tomó la trenza,
luego la estrujó, con un suspiro—. Métete. Con esa ropa mojada parece
que te sacaron de una película de terror.

Akane lo miró con gesto de desagrado.

—Qué amable de tu parte.

Ranma hizo un gesto de lamentación. —Ehh...

Moviendo la cabeza, Akane abrió la puerta corrediza del cuarto de baño y
entró.

—Cada vez que pienso que podrías ser... —la oyó decir él, antes de que
la voz se cortara al cerrar la puerta.

Una mano le cayó en el hombro desde atrás, grande y de dedos romos.

—Muchacho, ven a transformarte. Tu madre, Tendo y yo queremos
hablar contigo.

Ranma suspiró. Al no empezar él a moverse de inmediato, la mano de su
padre se apretó un tanto, no lo suficiente para causar dolor, pero dio,
como muchas cosas que su padre hacía, la impresión de que podría doler
muy pronto.

—Bueno —dijo en voz baja.

Su padre le soltó el hombro y dio media vuelta para irse. Ranma miró un
momento la puerta cerrada del cuarto de baño, luego siguió a su padre
con la cabeza gacha.

Su madre y Soun estaban sentados a la mesa de la cocina cuando Ranma
y su padre entraron. Su madre le pasó una tetera humeante sin mediar
palabra, y un momento después ya era un él.

Genma se sentó a la mesa de la cocina, enfrente de Soun. La silla frente
a la madre de Ranma raspó el piso cuando él la apartó un tanto para
sentarse; sonó demasiado fuerte en el silencio imperativo que los tres
adultos mantenían ahora.

—Ranma, por favor cierra la puerta de la cocina —dijo su madre cuando
él estaba por sentarse.

—Oye, mamá, ¿y Kasumi adónde fue? Akane se está bañando y necesita
ropa...

—Kasumi fue a atender a su hermana —dijo Soun, saliéndole al paso—.
Cierra la puerta y siéntate, Ranma.

Ranma cerró la puerta corrediza, con el entrecejo arrugado; esa puerta
casi nunca se cerraba. Kasumi nunca la cerraba al cocinar; decía que le
gustaba la manera en que olor llenaba la casa cada vez que ella preparaba
algo.

Se sentó, se mostró algo inquieto en la silla, y la acercó a la mesa. Cayó
en la cuenta de que hasta el orden de los asientos era calculado: había
quedado mirando el rostro adusto de su madre justo al frente, mientras
su padre y Soun lo flanqueaban a cada lado de la mesa.

El silencio continuó durante unos segundos, y él casi tuvo la certeza de
sentir que el corazón se le desaceleraba. Le sorprendió que fuera Soun
quien rompió el silencio.

—Este es el acabose, Saotome —dijo, y Ranma se percató de que le
hablaba a su padre—. Las cosas no pueden seguir así.

—Tendo, mi viejo amigo, francamente, el muchacho solo necesita algo
más de tiempo... —dijo Genma en tono defensivo.

—¡NO! —restalló Soun—. Se acabó el tiempo, Saotome. Se acabaron sus
promesas, sus excusas, sus racionalizaciones. Otra vez, Saotome. Otra
vez, unos días después de que mi hija vuelve de China, se le pone en
peligro. Desde que usted y su hijo llegaron, la he visto secuestrada,
amenazada y atacada. No lo aceptaré más.

Ranma estaba sin habla. Siempre había sido su padre el que dominaba las
conversaciones como esta; su madre era por lo general una presencia
silenciosa, y Soun servía generalmente solo para secundar las palabras
de su amigo.

Había visto llorar a Soun un buen número de veces, pero rara vez lo
había visto montar en una cólera genuina, como en la que se hallaba
ahora. Esto era distinto de sus breves arrebatos de furor, esos en que
parecía llenar con la cabeza una habitación entera y adquirir aspecto de
demonio. Lo veía ahora muy, muy calmo en su ira.

—Tendo... —empezó Genma.

Soun lo cortó.

—Saotome, usted es mi más antiguo amigo —dijo Soun con una voz
tirante—. Me honra que usted y su familia compartan mi hogar. Yo soy
un hombre paciente, Genma. Pero no puedo dejar que esto continúe.
He visto a mi hija insultada de forma constante por su supuesto futuro
marido, he visto en varias ocasiones mi casa casi destruida por la gente
que usted y él han agraviado. Y estoy harto.

—En serio, Tendo, este comportamiento es la forma que tienen Ranma y
Akane de mostrar cuánto se quieren —dijo Genma con una risa nerviosa—.
¿Verdad, Ranma?

Ranma miró los ojos de su madre: eran trépanos clavados en él, oscuros
y tristes en ese rostro terso y juvenil. Y supo que no lo dejarían decir
nada más que la verdad, porque ella descubriría de inmediato todo
engaño.

—No —dijo Ranma con un suspiro—. Con Akane peleamos montones, lo
tengo claro. Pero no siempre empiezo yo...

—Ranma, mi Akane no es perfecta —dijo Soun, despacio, con algo de la
ira yéndosele de la voz—. Es impulsiva, y aún no aprende a controlar su
carácter. Tú eres mucho más sereno que ella, más acostumbrado a
enfrentar los cambios. Es tu deber como su prometido tratar de no
provocarla.

—Y trato —dijo Ranma—. De verdad que sí... ¿Qué.. qué es todo esto,
señor Tendo?

Le voz le sonaba nerviosa, hasta asustada. Esto no le gustaba en lo
más mínimo.

Soun suspiró.

—Ranma, yo dije que hasta que los asuntos de todos estuvieran en
orden, la boda se suspendía. Ahora estoy considerando medidas más
drásticas.

Ranma se puso rígido. —No me diga que...

Soun miró a cada persona de la mesa, las caras de la familia Saotome.

—Ranma, yo quisiera ver a mi hija casada contigo. Me pareces un joven
excelente, y un heredero digno de mi dojo. También está lo tocante al
honor de la familia. Pero...

Suspiró, y la ira se fue del todo de su voz, y Ranma lo vio como el Soun
Tendo que estaba acostumbrado a ver, el hombre rendido, cansado, que
echaba de menos a su mujer y se preocupaba demasiado por sus hijas.

—... Pero no quiero ver a mi niña descontenta. Y no quiero que le hagan
daño, ni alguna de esas muchachas, ni alguno de las decenas de
enemigos que por lo visto atraes.

Ranma pegó con las palmas en la mesa:

—¡Yo nunca voy a dejar que nadie le haga algo a Akane! ¡Nadie! ¿Me oye?

—Te oímos, hijo —dijo su madre—. No es necesario alzar la voz.

—Perdón, mamá —dijo Ranma, y agachó la cabeza.

—Hijo, queremos saber una sola cosa —dijo Soun—: ¿Deseas que haya
boda? ¿Te quieres casar con mi hija?

—Yo... Me... —tartamudeó Ranma.

Quería decir que no sabía, pero no era la verdad completa.

—¿Por qué no le damos un tiempo para pensarlo? —dijo Genma—. No es
justo poner al muchacho en la encrucijada de este modo, Tendo. Dele un
día o algo así, un tiempo para él solo.

Los ojos de Nodoka pasaron de su hijo a su esposo, y eran fríos. Genma
deglutió, pero respondió la mirada hasta que ella la devolvió a su hijo.

—Muy bien. Ranma, mañana a esta misma hora hablarás con nosotros
otra vez. Los resultados de esa conversación van a determinar si
continúa o no tu compromiso con Akane.

Los tres adultos apartaron sus sillas de manera casi simultánea, tres
rechinidos en el piso de la cocina. Su madre fue al fregadero y empezó a
lavarse las manos, por razones que él no conocía. Soun abrió la puerta
despacio y salió. Su padre se quedó mirándolo un momento, luego siguió
el mismo camino que Soun.

Ranma permaneció un momento, mirando la espalda de su madre, que
seguía con las manos bajo el chorro de agua; luego salió de la cocina
siguiendo a los otros dos hombres. Soun estaba sentado en una silla
cerca de las escaleras, fumando un cigarrillo, con expresión pensativa.
Ni siquiera acusó la presencia de Ranma, que pasó junto a él camino al
pórtico trasero, donde pudo ver a su padre, que miraba el cielo.

—Eh, pa —dijo, al abrir la puerta corrediza, luego salió, sintiendo las
vetas ásperas de la madera bajo los pies descalzos. Advirtió que seguía
con la ropa mojada, pero, en realidad, era lo menos importante por el
momento.

—Hola, hijo —dijo su padre, sin volverse a mirarlo.

—Gracias por defenderme allí dentro —dijo Ranma después de un
momento—. Y, ehh..., gracias.

Su padre volvió la cabeza para mirar hacia atrás, con ojos indescifrables
tras el armazón delgado de los anteojos.

—Sé cómo es tener que tomar una decisión demasiado pronto —dijo
luego de un momento, como si estuvieran discutiendo el clima—. Muchas
veces, se elige mal. Ve a pensar, muchacho. Tienes una elección que
hacer; procura que sea la correcta.

Ranma asintió despacio con la cabeza, luego volvió a entrar, y dejó a su
padre mirando el cielo.

~ o ~

Ranma tiró el futón al tejado de la casa, luego asió el alero, y se impulsó
con una voltereta hasta arriba, donde permaneció vertical apoyado en
las manos durante medio segundo, antes de dejarse caer y aterrizar de
pie en el techo.

El día de hoy había sido, si era posible, peor que el de ayer. No había
habido migraña, pero las miradas constantes de su padre, de su madre y
de Soun al andar él por la casa le habían hecho decir por fin que iba a
volver al colegio. Akane, pese a sus protestas, había sido enviada a la
cama inmediatamente después del baño; él no había tenido oportunidad
ni de decirle dos palabras hasta la cena.

No había regresado al colegio, tampoco. Volver significaba la posibilidad
de encontrarse otra vez con Ukyo o Shampoo, y preocupaciones ya tenía
bastantes. Se había pasado el día deambulando por las calles, por todos
los lugares cotidianos desde que había llegado aquí. E intentó pensar,
aunque no le resultó muy bien.

Por eso estaba aquí fuera, en el techo. Pernoctaría aquí; el aire estaba
tibio, y en peores lugares había dormido durante los viajes. Se acostaría
aquí arriba, bajo el vacío del cielo infinito, y dejaría correr ideas por la
cabeza hasta que se le ocurriera una respuesta, o hasta quedarse
dormido. Y podría escaparse de las miradas de su padre, su madre y
Soun, y, por sobre todo, podría escapar de Akane y de su cara de
extrañeza parecida a preocupación de verlo tan atribulado. No podía
contárselo, no podía compartir con ella la mezcla insólita de sus ideas.

Se reprodujeron en su cabeza dos conversaciones transcurridas en la
cocina, la primera con Kasumi, delicada y persuasiva, y luego con el
padre de ella, presionado al punto de dar un ultimátum.

Mañana. Tenía hasta mañana.

"El que no elige también está eligiendo..."

Hasta mañana para decidir, de una vez por todas...

"No deseo ver sufrir a mi hija..."

Padre e hija, palabras que se le entretejían en la cabeza. ¿Podía tomar
la decisión correcta? Más importante aún, ¿podía hacer feliz a Akane?
Peleaban tanto, pero cuando no era así... Veía chispazos, en la sonrisa
de ella o en esos ojos pardos, chispazos de la chica que se había ofrecido
a ser su amiga el primer día que había pasado aquí, empapado de lluvia
y solo.

Pero ¿quién era él para tomar esa decisión? ¿Qué derecho tenía? La
reclamación de Ukyo era, a juicio suyo, igualmente válida. La de Shampoo
lo era a juicio de Shampoo, no de él. Y Kodachi...

Parecía haberse dado cuenta, al menos. Quizá la naturaleza de la
transformación la haría alejarse; muchas veces había pensado que su
afección repelería a la gente, aunque en realidad no había parecido
importarle mucho a nadie hasta el momento. Esperó que sí pudiera
desagradar a Kodachi, porque ya sería lío suficiente entendérselas con
Ukyo y Shampoo.

Se recostó en el futón y se cubrió bien con la manta delgada. La brisa
nocturna traía el olor y los ruido del vecindario, mientras la tranquila
Nerima se hundía en el sopor, entre el trino de pájaros y el raspar suave
de puertas y ventanas que se cerraban.

Acostado bajo el cielo, sintió en la espalda el relieve sutil de las tejas a
través del futón. Acostado bajo el cielo, pensó, cosa desacostumbrada
para él.

Paulatinamente, se le cerraron los ojos, y el cansancio descendió sobre
él. Durmió, sobre el tejado de la casa, con el aire de la noche ondulando
en torno a él y agitando suavemente la manta a su paso.

Y soñó, como la noche anterior. Quizá los sueños son recuerdos, o quizá
los recuerdos son sueños. Quizá los sueños son los recuerdos de cosas
que jamás podríamos evocar de otro modo, recuerdos sepultados en lo
profundo del alma, guardados con tanto hermetismo tras las barreras de
la mente, que nunca se vislumbran, salvo en pocos momentos, en el
esplendor del descanso, cuando la mente es libre de vagar en sí misma.

(... en el campo de la lid, ya todos sin vida salvo él, se llevó el cuerno a
los labios y sopló con su postrer hálito, y el sonido brotó cual río negro...)

Se alzó la luna a lo alto del cielo, y, en el cenit, salieron las pocas
estrellas visibles entre las luces de la ciudad. La brisa de la noche fluyó
como agua sobre él, que siguió soñando.

(... Lo vio en su ascenso, que describía espirales, y su cabello y barbas
eran la espuma de la mar, y los ojos eran el verde de un océano
embebido de sol...)

Una forma negra, grande y alada, se alzó por delante de la luna durante
un momento y miró abajo; contempló con ojos de espejo negro al
muchacho que dormía en el techo, antes de escorar y virar a su verdadero
destino, dejando al soñador con sus sueños.

(... y las aguas afluyeron y lleváronle abajo, abajo, abajo...)

~ o ~

Cologne estaba de pie en el tejado del restaurante, vigilando la luna
creciente que agraciaba el cielo nocturno, como una hendidura de plata
sobre negro. Bajó los ojos, y miró el pergamino plegado que tenía en la
mano, atado con estambre.

Una forma negra y alada, de apariencia más oscura aún que el cielo que
surcaba, se hizo visible a la distancia, virando y planeando con elegancia
de pájaro.

La vieja se llevó los dedos a la boca y silbó fuertemente unas pocas
notas complejas. La forma giró, plegó las alas contra el cuerpo y cayó
en picada hacia el techo del Nekohanten, hacia ella, como si pudiera
clavarse en el techo de hormigón, como una flecha de plumas negras.

En el último segundo, las alas se extendieron y el ave hizo una pasada
rasante, hasta posarse en una tubería que cruzaba de forma horizontal
el techo antes de curvarse y bajar por el muro, donde entraba al local.
Era un cuervo de proporciones enormes, de lustroso pelaje negriazul, que
reflejaba destellos plateados a la luz de la luna. Los ojos era brillantes y
rápidos, espejeantes, como gemas oscuras en las órbitas de una cara
delgada y de ángulos agudos.

—Fanfarrón —murmuró Cologne.

—Saludos, Cologne —graznó el pájaro en un japonés pasable, antes de
empezar a acomodarse con el pico las plumas de debajo de un ala.

—Hola, Shiso —dijo ella—. ¿Cómo está tu hermano?

El cuervo hizo un alto en el acicalamiento y la ponderó con un solo ojo
de negro sólido, más oscuro aún que las plumas sombrías.

—Mi hermano está bien —dijo.

—¿Y tu amo?

—Te echa de menos —dijo Shiso, luego saltó de la tubería en un revuelo
de plumas y se posó ágilmente en el pomo del báculo de ella. El bastón
osciló un tanto bajo el peso del pájaro, hasta que Cologne logró
equilibrarlo otra vez.

—Puedes decirle que lo echo de menos también —dijo Cologne con cierta
tristeza—. Espero que no le hayan dañado su biblioteca cuando fueron
allá.

El cuervo soltó una risa chillante:

—El Monte Fénix ha resistido cosas peores que los actos de unos pocos
niños como ellos. Resistirá cosas peores aún, y seguirá en pie.

Cologne suspiró.

—¿Me traes un mensaje de él?

—Así es —dijo el cuervo, empezando a acicalar la otra ala.

Cologne esperó un momento.

—¿Cuál es? —preguntó con voz cansada cuando el pájaro no tomó el
turno para hablar.

Shiso se lo dijo.

Su acción siguiente fue soltar un graznido de sorpresa cuando Cologne
echó el báculo hacia un lado y empezó a pasearse por el techo. El pájaro
batió las alas y aterrizó de nuevo en la tubería.

—¿Metió a esa mujer en esto? —cuchicheó Cologne—. ¿Cómo se le ocurre
al viejo insensato?

El ave abrió el pico para hablar, y lo volvió a cerrar cuando Cologne
continuó.

—¿Sabes lo que esa le hizo a mi bisnieta? ¡Prácticamente la convirtió en
esclava! Esa mujer no tiene...

Suspiró y recobró la calma visiblemente:

—Él lo hace porque debe hacerse. Conoce el futuro aun mejor que yo.

—Terminaste de despotricar —criticó mordazmente el pájaro.

Cologne le tiró un barrido desganado con el bastón, y el cuervo lo esquivó
brincando con un aleteo.

—Sí, imagino que sí —dijo Cologne por último—. ¿A qué rasgar vestiduras
con esto? ¿Qué era lo que decía Samofere siempre...?

—Briznas en el cauce del tiempo —graznó el pájaro, y se oyó el tintineo
de las garras contra el metal cuando acomodó levemente la posición en
el tubo, para alisarse las alas erizadas.

Cologne asintió. —Yo...

Dejó la frase en el aire con un suspiro. El pájaro la miró, con ojos negros
que relucían.

—Sabes lo que hay que hacer —le dijo el cuervo tras un momento, con
una voz distinta esta vez, sin el acento chillón que la lengua de pájaro
le había conferido antes: una voz robusta, llena con la edad de las
montañas—. Debe hacerse, no porque sea fácil, o porque seamos
crueles, o porque le deseemos mal. Debe hacerse porque debe hacerse.

—Pero es un niño —dijo Cologne—. Es un niño, y es un desatinado y un
engreído, no conoce el significado del deber y...

—Y tu bisnieta lo ama —dijo el pájaro a boca de jarro.

Cologne cerró los ojos. —Eso no es lo que importa.

El pájaro asintió despacio.

—Por medio del fuego viene y fuego trae, forjado nuevamente para cosas
mejores —entonó. Eran palabras que ella ya había oído antes.

Cologne levantó el rollo cerrado con el estambre:

—Llévale esto. Dice lo que he determinado.

El cuervo le permitió ponérselo en una garra.

—Así lo haré —dijo.

—Te doy las gracias —dijo Cologne—. También... indico allí lo que necesito,
si he de hacer lo que debo.

El ave asintió y alzó el vuelo sin otra palabra, únicamente una inclinación
rápida de la cabeza en señal de despedida. Unas alas negras acariciaron
el aire, impeliendo al gran cuerpo negro por el cielo, hacia la bahía de
Tokio y luego más allá, al mar de Japón. Cologne lo miró irse hasta donde
le fue posible, esforzando sus ojos ancianos para discernir la forma
oscura contra el negro. Cuando al fin ya no pudo ver a Shiso, se volvió
y agachó la cabeza.

—No porque sea fácil —dijo—, ni porque sea yo cruel, o porque le desee
mal. Debo hacerlo porque debe hacerse.

Luego volvió a entrar al local para descansar, porque se sentía vieja y
cansada, más que en mucho, mucho tiempo.

Y por sobre el mar, ya a kilómetros de allí, una silueta negra batía alas,
cruzando el océano en dirección a China y al Monte Fénix, como un borrón
negro contra la tiniebla del cielo.

~ o ~