Aguas bajo la tierra

Un fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum
Versión castellana de Miguel García

~ o ~

Capítulo 3 : Deberes divididos

~ o ~

—Por mis alas, sí que la hicieron buena aquí, ¿no te parece? —le dijo
Samofere a Kima, al ir los dos abriéndose paso entre los escombros
desperdigados por todo Jusendo.

La montaña había recibido daños graves en el combate, con numerosos
derrumbes y rodados, que habían obrado un cambio drástico en el
entorno. Pero la cascada seguía cayendo por un costado y corría hacia
las pozas, visibles a la distancia, en un único río que luego se ramificaba
en los cientos de subafluentes que llenaban las pozas de Jusenkyo.

—Así fue —concordó Kima luego de un momento—. El Grifo Dragón y el
Grifo Fénix quedaron muy averiados. Loame y sus obreros saldrán a hacer
lo posible, luego de que terminen las renovaciones al hogar de la montaña...

—¿Y cómo va eso? —preguntó Samofere, trepado a un cúmulo de peñas,
usando el bastón para apoyarse.

Kima soltó un suspiro tenue:

—Satisfactoriamente. Me parece que Loame podrá lograr que la familia
real consienta el uso que él propone para el Kekkaja y el Kinjakan. A fin
de cuentas, no tienen otra utilidad hasta que don Saffron madure más.

—¿Y cómo está don Saffron?

—Tengo a Koruma y a Masara haciéndolas de niñera —dijo Kima con una
sonrisa reducida—. Lo tienen bien vigilado.

—¿Y la inquietud de don Helubor por el bienestar de su pariente? ¿Tan
disconforme está la familia real?

—¿Te ofenderías si hablo con franqueza, Samofere?

—Ni en lo más mínimo.

—El día que los siete miembros que quedan de la familia real se pongan
de acuerdo en algo, es el día en que yo renuncie al deber para con mi
casa y me vaya con Loame y sus obreros.

El comentario hizo reír a Samofere.

—¿No me digas que has dicho una broma, doña Kima?

—Una muy pequeña, tal vez —dijo Kima, rodeando un farallón despedazado.

Samofere sonrió con cierto aire de nostalgia:

—Agua fría y caliente en cada parte de la montaña... Hace mucho que no
teníamos esa comodidad.

Kima pestañeó, pero no dijo nada. El manantial del Monte Fénix había
estado muerto más de un siglo antes de que ella hubiera volado por
primera vez fuera del monte.

Samofere se volvió a mirarla, y distinguió la sorpresa en la cara de ella.

—Delato mi edad, ¿no, doña Kima?

—Un poquito —dijo ella.

Podía ver las estatuas del dragón y el fénix, bocas abiertas para verter
agua. No era posible que lo hicieran en su estado actual: el Grifo Dragón
había sido descuajado y torcido hacia arriba en noventa grados, casi
como si hubiera estado obedeciendo al mandato del extranjero.

—Dragón, mira a los cielos —dijo en voz queda.

Samofere la miró. —¿Cómo dices?

Ella negó con la cabeza. —Nada.

El Grifo Fénix había sido cercenado en la mitad del cuello, y estaba
inclinado sobre la piscina ahora vacía. Quedaban aún por la cuenca del
estanque algunos fragmentos dispersos del huevo de don Saffron, y la
cámara en su totalidad estaba sembrada con los cascotes resultantes
del combate, abierta al cielo producto de las perforaciones causadas a
la montaña con las descargas de energía.

Kima no había terminado de comprender la magnitud completa del
combate entre don Saffron y el extranjero; pero, ahora que miraba las
secuelas, podía ver que casi habían demolido la montaña.

—Notable —dijo Samofere—. Un poder bastante asombroso.

—Casi todo lo hizo don Saffron —dijo Kima con voz tirante.

—Sí, pero ¿al final quién gano? —dijo Samofere en voz queda—. ¿No es
siempre el más fuerte el que gana un combate, doña Kima?

—Me puedes decir Kima a secas, Samofere —dijo ella despacio—. No
estamos en la montaña. Se puede relajar el protocolo.

—Muy bien —dijo Samofere con una encogida de hombros.

Estaban ahora junto al Grifo Fénix, y el viejo se acuclilló junto a la piscina
seca donde había descansado el huevo de Saffron; sus alas negras
rozaron contra el suelo con un sonido susurrante.

—¿Qué pasa? —preguntó Kima.

Samofere no dijo nada; bajó la mano hasta la piscina vacía, y recogió
entre dos dedos un fragmento de cascarón del tamaño de su mano.

—¿Quién es el Señor de Jusenkyo, Kima? —preguntó en voz baja.

—Don Saffron, desde luego —respondió Kima de inmediato—. Se nos ha
enseñado desde siempre.

Samofere ahogó algunas risitas.

—No porque te enseñen algo significa que sea cierto, Kima.

Levantó el pedazo de cascarón. Un lado era blanco y terso; el otro, una
confusión de colores como de arcoiris arremolinado, la parte que daba
hacia el interior, hacia Saffron, mientras yacía dentro del huevo al hacer
su metamorfosis.

—¿Te has preguntado alguna vez, Kima, por qué razón existe Jusenkyo?

Kima ensombreció el gesto.

—¿Adónde quieres llegar, Samofere?

—Piénsalo —dijo Samofere en voz queda, volviendo el fragmento una y
otra vez en las manos—. Un valle en un país con más de mil millones de
habitantes, donde existen aguas que podrían tener usos ilimitados en el
mundo exterior. Imagina poner fin al hambre, Kima. Insectos y roedores
transformados en ganado con las aguas. ¿Has visto alguna vez los
resultados de la Poza del Yeti Montado En Un Toro Portando Una Grulla Y
Una Serpiente? Un ejército de monstruos para quienquiera que controle
las pozas.

Kima negó con la cabeza. —Las pozas son...

—Entonces pregúntate esto —dijo Samofere, tirando el fragmento al piso
de piedra, donde sonó un golpe seco—. ¿Por qué nadie lo sabe? ¿Por qué
el gobierno de China no envía tropas a tomarse este lugar? Mira a las
joketzusoku, a la Dinastía Musk. Míranos a nosotros, Kima. ¿Por qué
estamos a salvo aquí? Sin lugar a dudas, alguien habría dado aviso al ver
gente con alas volando por ahí. Y sin embargo en este valle no corremos
peligro alguno. Nuestras vidas continúan como hace cuatro mil años.

La voz se le suavizó al mirarla:

—Pero, en el exterior, sí hay peligro para nosotros cuando estamos con
nuestros cuerpos verdaderos.

Kima le dio la espalda y se envolvió el cuerpo con las alas a modo de
coraza.

—Samofere, por favor, no quiero hablar de...

Samofere volvió a recoger el pedazo de cascarón.

—Curiosamente, sí les suceden cosas a los que desean mal contra este
valle o contra su gente, Kima. Los inspectores del gobierno se caen a las
pozas, o desaparecen sin dejar huella. Algunos sencillamente abandonan
sus trabajos y se van a vivir a alguna de las aldeas. Las patrullas del
ejército no pasan por el área, la bordean como si hubiese un obstáculo.
Aquí no corremos peligro, Kima. ¿Nunca te has cuestionado el porqué?

—Don Saffron... —empezó Kima—. Es por él... Él...

Samofere negó con la cabeza.

—Don Saffron es muchas cosas, Kima, pero no es el Señor de Jusenkyo.

Kima se mostró más seria; Samofere estaba rayando en la blasfemia.

—Samofere, ¿qué significa esto? ¿Qué tiene que ver con el extranjero?

—Tiene nombre, Kima —dijo Samofere.

—¿Qué tiene que ver con el extranjero?

Samofere suspiró. Cruzó la caverna hasta el Grifo Dragón.

—Ven, Kima. Ya es hora.

Kima caminó tras él a paso rápido, visiblemente agitada.

—Yo debería estar en la biblioteca, Samofere. Todavía hay mucho que
no entiendo...

—Por eso te traje aquí —dijo Samofere—. Para que entiendas.

Puso las manos contra el costado del Grifo Dragón, cerca de la base, las
garras chasqueando contra la piedra extraña y dura con que el dragón
estaba hecho. Samofere abrió la boca y empezó a cantar de modo
suave, palabras que ella no conocía.

El suelo bajo sus pies se sacudió un tanto. Por instinto, Kima alzó el
vuelo, con alas blancas que la llevaron por encima del Grifo Dragón y el
Grifo Fénix. Samofere estaba acuclillado junto al Grifo Dragón, todavía
cantando, y su voz anciana a veces parecía a punto de quebrarse.

—¿Qué haces, Samofere? —llamó ella hacia abajo, describiendo una
espiral al volar por sobre la cabeza de él.

Samofere no dijo nada, y el rostro de Kima pareció atribulado mientras
ella seguía en el aire.

Luego, ahogando un grito, Kima vio lo que le sucedía al suelo entre el
Grifo Dragón y el Grifo Fénix. Era como si la piedra se hubiera vuelto
agua, y como si un torbellino se hubiera formado en esta, un torbellino
que hacía girar a la piedra misma en los ciclos interminables de una
espiral en aceleración constante. Los escombros eran sorbidos en la
vorágine del mar de piedra, nadando como témpanos antes de empezar
a fluir también y discurrir en aquel imposible vórtice de roca no sólida.

La piedra afloró de pronto una decena de metros, hinchándose como
una pompa de jabón a punto de estallar, con vetas de roca oscura
revolviéndose entre la más clara, y luego se alzó más alta con la forma
de un embudo, un ciclón impreciso hecho de mineral que era líquido sin
estar fundido, girando con violencia en torno a un punto central,
elevándose más y más, hasta tener treinta metros de altura, y Kima se
vio obligada a quitarse en su vuelo antes de ser tragada por el vórtice. Y
luego la formación se desplomó sobre sí misma, para escurrir por el suelo
en un instante.

Kima aterrizó, apenas capaz de dar crédito a sus ojos. Donde momentos
antes el suelo de la caverna había sido piedra llana, había una escalera
de espiral, descendiendo por un foso de profundidad vertiginosa. Una
brisa fría emanaba de él y olía, de un modo no desagradable, a agua de
una edad incomprensible. Los peldaños eran anchos, de casi dos metros
de lado, pero situados muy juntos, con espacio apenas suficiente para
apoyar el pie. Bajaban hasta que la luz del sol que se colaba por el techo
abierto del Corazón de Jusendo no podía iluminar más del pasasizo
sinuoso. Los peldaños estaban raídos y cuarteados, con aspecto de haber
sido alisados por el paso de pies incontables y años más incontables aún.
Tenían aspecto de haber estado allí mil años.

—No sabía que dominabas las canciones de piedra —le dijo Kima en voz
queda a Samofere, que seguía acuclillado junto al Grifo Dragón—. Ni
Loame podría haberlo hecho. No creía posible hacer una cosa así, ni
siquiera sabiéndolas.

—Es agotador —dijo Samofere, acezando—. Pero se ha hecho muchas
veces antes, y la piedra está acostumbrada a esta forma. Las cavernas
son angostas aquí abajo, Kima, y el aire es frío. Nos convendría cambiar
a forma humana y ponernos ropa más abrigada.

Kima mantuvo un silencio extraño durante un momento.

—Muy bien —dijo por último; sacó la botella de agua de su cinturón, y
se fue detrás de un cúmulo de escombros para cambiarse.

Cuando salió, Samofere estaba de pie cerca de los primeros peldaños,
ciñéndose el cinto de la túnica que ahora llevaba sobre su cuerpo
humano. Samofere levantó la mirada, y Kima vio la mano del viejo
apretarse en el bastón.

—¿Quién es usted? —dijo Samofere, despacio—. ¿Cómo entró aquí?

—Soy yo, Samofere —dijo Kima con un suspiro, pasándose dedos
humanos por el cabello desacostumbrado, de un corte distinto al de ella
y del color que no correspondía, negro azuloso en vez del blanco plateado
al que estaba habituada. Había perdido varios centímetros de estatura, y
algunos años de edad también.

—¿Qué pasó? —preguntó Samofere—. Kima, ¿qué produjo esto?

Kima suspiró y agachó un tanto la cabeza:

—Veo que no sabes todo lo que sucedió. Para recuperar el mapa,
secuestramos desde Japón a la prometida del extranjero, y creamos una
poza con su forma. Yo me zambullí en la poza y la suplanté para conseguir
el mapa.

Se tironéo el cuello de la blusa; la sentía extraña, demasiado estrecha
sin la abertura en la espalda que permitiera libertad a sus alas. Aunque
no tenía alas ahora.

—Terminemos con esto, por favor —dijo.

—¿De modo que ahora eres un duplicado exacto de la prometida de Ranma?
—dijo Samofere—. Interesante...

Kima puso un pie en los peldaños:

—Ten la bondad de mostrarme de una vez lo que quieres que vea.

Samofere no dijo nada, ocupado vertiendo aceite en una esfera de vidrio
que había colocado en una pequeña oquedad de la parte superior de su
báculo. Encendió un cerillo, lo puso en contacto con el aceite, y una llama
azul empezó a arder en la esfera de vidrio, elevándose unos centímetros
por sobre la abertura.

—Ven, Kima —dijo Samofere, empezando a bajar por las gradas, con la
llama azul ondeando levemente—. Es hora de conocer al verdadero Señor
de Jusenkyo.

Kima no dijo nada, y de nuevo se pasó los dedos por el pelo que no era
de ella. Juntos, con la llama azul proyectando luz vacilante en las paredes
oscuras del pozo, empezaron a bajar las escaleras.

~ o ~

Iba él en una barca esta vez, impulsándose con la pértiga, surcando la
superficie de un lago extenso y sombrío, en dirección a una isla situada
en el centro. Las riberas estaban pobladas con bejucales espesos, de
cañas de que se empinaban altas y se mecían en la brisa apacible que
soplaba por el lago.

Él había estado aquí antes, o tal vez estaba aquí, o quizá estaría aquí
después. La isla lo esperaba, lo recibía, lo llamaba.

La barca flotó por entre los bejucos y atracó suavemente contra la orilla.
En alguna parte de la distancia, cantó un pájaro, un sonido de hermosura
y quebranto en aquel corazón de silencio.

Los bejucos le rozaron como una caricia cuando posó el pie en tierra
firme y se internó por el borde de la isla. Los tallos de hierba se doblaban
bajo sus pies descalzos, le hacían cosquillas en la piel. Caminó, y en la
hierba los grillos chirriaban y animales pequeños huían de sus pisadas,
produciendo rumores en el follaje al ocultarse.

En el centro de la isla encontró el templo, tal como en el centro del lago
había encontrado la isla. La edificación estaba abierta por los cuatro
lados, y el viento cantaba luctuoso por el intrincado patrón de muescas
en las varas de bambú que colgaban desde el alero de una pagoda de
tejas rojas. El techo estaba sostenido por cuatro pilares gruesos de
madera roja y dorada, pulida con tanto lustre que podía ver en ellos el
reflejo de su cara.

La construcción estaba ocupada casi en su totalidad por una piscina de
agua, contenida dentro de un gran cuenco de piedra blanca, cuyos
bordes le llegaban casi a la cintura. El agua contenida en la concavidad
fluía de manera continua por decenas de surcos praticados en la piedra
blanca, bajaba por canales aún más angostos que corrían por el suelo y
que se dividían como las ramas de un árbol, hasta salir por una de las
cuatro aberturas de la pagoda, donde se absorbía finalmente en el suelo.

El agua del estanque parecía ilímite, pero él aún no entraba al templo, y
no podía ver el origen de aquella agua. Pero cómo, se preguntó, podía
un estanque de ese tamaño surtirse tan rápidamente, pues advirtió que
muchos litros de agua por segundo se vertían desde allí.

Y luego entró al templo de lados abiertos, donde sintió que corría por
sobre sus pies el agua fresca proveniente de los canales, con un cosquilleo
que le puso en guardia los sentidos, y entonces la vio.

La mujer flotaba allí, cerca del fondo de la fuente, y era dorada y era
hermosa. Tenía los ojos cerrados, y un cabello pálido y esplendente se
derramaba detrás de su cabeza. Su vestido era de oro y hacía juego con
su pelo, y su piel relucía también, con una luz dorada que nacía desde
la piel pálida.

Piel pálida abierta en cuchilladas, en el cuello y en las muñecas. Las
cortaduras eran hondas, anchas, pero sin sangre. O quizá sí, porque pudo
ver que algo manaba, que algo ondulaba desde las heridas con chispas de
oro y de plata en aquel dominio líquido.

De ella salía el agua cual si fuera sangre, y ella era el origen del manantial.

Y sin embargo él podía ver el movimiento del pecho de la mujer bajo el
vestido dorado, y comprendió que aún vivía, aunque tenía los ojos cerrados.
Se vio lleno de un dolor terrible y lacerante, y se acercó y metió una mano
a la fuente, desesperado por ayudarla.

Pero las aguas no lo dejaron entrar, como si aquella superficie tremolante
y cristalina hubiera sido de acero. Azotó los puños contra esta, pero ni la
menor onda circular se creó en las aguas para indicar que sus golpes
tuvieran algún efecto. Las aguas fluían, y sin embargo su superficie era
dura como los hielos del ártico.

El viento cantaba entre las flautas de bambú del techo, y en ellas oyó los
retazos de una canción, pero no pudo distinguir palabras, pues era muy,
muy lejana. Fuera del templo, empezó a caer lluvia, a caer sobre la hierba,
a repiquetear en el tejado. La lluvia torrencial se mezcló con el flujo de
agua de los canales, y con las notas agudas de las flautas de bambú; se
mezcló y se confundió con los latidos del corazón de él, y con su respiración,
y fue una con él, y él fue las aguas, y las sintió como una caricia delicada
en la piel...

~ o ~

Ranma concluyó que no había sido muy buena idea dormir en el tejado.
Había creído que le ayudaría a pensar qué decisión tomar, pero al final no
había logrado sino despertar mojado y como mujer, con la lluvia cayendo
a torrentes sobre el techo.

Se estiró y quitó las mantas, que se estaban empapando rápidamente con
la lluvia. El sol ni siquiera salía aún, pero saldría pronto.

Antes de que el sol se escondiera esta noche, Ranma debía tomar una
decisión, una que determinaría el camino que habría de seguir. Sus padres
y el padre de Akane habían dictado la ley anoche. No habría otra boda, no
esta vez. Lo que se dijera esta noche decidiría si su compromiso con Akane
continuaba. Pero había una seriedad mortal en la voz de Soun, y la decisión
que Ranma tomara esta noche lo iba a cambiar todo.

Pero ¿qué decisión tomar? Si elegía a Akane, ¿cómo podía abandonar a
Ukyo y a Shampoo, que eran sus amigas?

Y si dejaba que le quitaran a Akane, que Soun deshiciera el compromiso
como había amenazado, ¿entonces qué haría?

La lluvia se tatuaba contra el techo y contra su piel, y Ranma suspiró y
con una irritada sacudida de la cabeza se pasó por sobre un hombro la
trenza, que le salpicó gotas de agua en la cara. Recogió el futón y las
mantas bajo un brazo, luego bajó por el borde del techo más cercano al
cuarto que compartía con su padre. Había dejado la ventana sin pestillo,
y sabía que el viejo era de sueño pesado.

La ventana se abrió con un rechinido, y se columpió desde el tejado
hasta el cuarto en un movimiento fluido. Su padre, dormido en cuerpo de
panda como muchas veces hacía, era un bulto de pelaje blanco y negro
en el cuarto umbroso. Todavía sintiendo cansancio, sin siquiera importarle
que la manta y el futón estuvieran algo húmedos, Ranma los tendió en
el piso y cerró la ventana, luego se metió bajo las cobijas para dormir,
porque el sueño, al menos, le dejaría olvidar ciertas cosas hasta que
despertara otra vez.

~ o ~

La escoba rascaba la calle, levantando nubes de polvo tenue a su paso.
Shampoo sujetaba con fuerza el palo de bambú, sintiendo la madera
suave y flexible bajo los dedos. La lluvia de hacía unas horas estaba ya
casi seca, repartida por la calle en charcos dispersos que ella ponía sumo
cuidado de no salpicarse encima con la escoba.

Las calles de la madrugada estaban vacías de gente, las tiendas oscuras
y cerradas. Salía el sol, pero pasaría un poco más de media hora antes
de que la ciudad empezara de verdad a cobrar vida. Las madrugadas eran
para ella su hora favorita en la ciudad; era uno de los pocos momentos
en que ella era capaz de olvidarse, así fuera por un ratito, de las calles
abarrotadas y del panorama extraño de Japón. Había despertado más
temprano que de costumbre esta mañana, y, sin nada que hacer, había
decidido barrer la acera de fuera del Nekohanten. Se había ido relajando
paulatinamente con el ritmo de la labor, dejando que el movimiento
apacible del barrer se llevara toda idea que pudiera haber tenido.

Hizo un alto y se pasó una mano por la frente, para quitarse de los ojos
algunos mechones de cabello oscurecido por el sudor. La nube continua
de polvo que había levantado se decantó en torno a las cerdas de la escoba.

Tras ella, hubo un sonido de flameo, al mecerse unos contra otros los
pendones colgantes que formaban el letrero del restaurante. Los miró, y
mostró una sonrisa pequeña. El dibujo estilizado del dragón y el fénix eran
recuerdos vivificantes del hogar, símbolos que había visto muchas veces en
la aldea.

Su casa. La idea hizo que la sonrisa se le desapareciera tan rápido como
había venido. Su casa estaba muy, muy lejos, del otro lado de mares, ríos,
montañas y valles. Su casa no era aquí, y no lo sería jamás. No había
forma de expresar el hastío que le producía Japón.

Volvió al barrido con vigor renovado, y el polvo onduló en torno a sus
tobillos otra vez. Poco a poco, pudo reprimir las ideas del hogar bajo la
armonía grata del movimiento de la escoba.

Tarareaba quedamente, muy bajo, sin saber bien de dónde había sacado
la melodía, hasta que la recordó. Una canción vieja de su infancia, parte
de un juego que había jugado en la plaza de la aldea. Tenía letra también,
una letra de niños. ¿Cómo era?

Le vinieron las palabras y las cantó en voz muy baja, sorprendida de lo
cotidianas que le resultaron.

*Ven a las pozas a jugar conmigo*

Solo ella, la escoba y la canción, con el aire todavía oliendo a limpio
producto del aguacero, fresco y nuevo. El juego consistía en una ronda de
siete niños, que giraban en torno a un niño situado al centro. El del centro
se quedaba cubriéndose los ojos con una mano, y usaba la otra para
apuntar con un dedo hacia adelante. Cada vez que los demás terminaban
la estrofa de seis versos, dejaban de dar vueltas, y el niño hacia donde
apuntara el dedo salía de la ronda y tomaba el lugar del niño central, que
salía y se sentaba a un lado a esperar el final de juego, hasta que no
quedara nadie. Luego, el último niño que quedaba empezaba el juego
otra vez.

*Tengo un corazón más hondo que el mar*

Le traía recuerdos dulces, de una infancia feliz en la aldea, de entrenar
con las demás niñas para ser guerreras, de momentos entre práctica y
práctica, donde corrían riéndose y jugando juntas. Inconscientemente, la
voz se le alzó en volumen.

*Ven niñita y dame la mano*

El polvo se levantaba despacio en torno a ella mientras barría, moviéndose
con la gracia que hubiera tenido en un combate, el polvo elevándose
conforme la canción se elevaba.

*Porque en mi tierra hay verde y solaz*

A espaldas de ella, una forma reducida y negra salió trotando de un
callejón y pestañeó con ojos soñolientos al oír la alegre melodía en un
idioma que no conocía.

*Tu forma será verdad sin disfraces*

El sol de la mañana derramaba oro en las calles ahora, fulgiendo y
reverberando en las vitrinas de los locales. Entibió la cara de la muchacha,
que empezaba el último verso, sin advertir al único integrante de su
público.

*Y en mis aguas renacerás*

Terminó, y se le cayó la escoba producto de la sorpresa al oír una especie
de chillido suave, casi inquisitivo. La escoba traqueteó en la calle, y la
joven miró al cerdito negro con el pañuelo amarillo y negro al cuello.

Luego vino el bochorno, de que alguien, cualquiera, la hubiera oído cantar
como una niña. El cerdo negro gruñó y alzó una pezuña para señalar la
puerta del Nekohanten.

Nihao, Ryoga —dijo Shampoo, acuclillándose para recoger la escoba
mientras observaba al cerdo—. ¿Agua caliente?

P-chan chilló y asintió con la cabeza. Shampoo se levantó, se metió la
escoba bajo un brazo y enfiló a la puerta del restaurante. El cerdo volvió
a chillar, y sacudió la cabeza cuando ella lo miró.

—¿Qué? —dijo Shampoo.

P-chan salió al trote hacia el callejón de donde había venido, y luego de
un momento y una mirada hacia ella por parte del cerdo, Shampoo lo
siguió.

—Ah —dijo al acercarse al callejón y caer en la cuenta.

La ropa de Ryoga yacía en un bulto sobre el suelo de la calleja, junto a su
enorme mochila y paraguas rojo de bambú.

La muchacha acomodó con cuidado el paraguas junto a la escoba, luego
tomó la ropa con el mismo brazo y levantó la mochila con la mano libre.
La mochila era aún más pesada de lo que parecía, y el peso del paraguas
era increíble, pero Shampoo tenía fuerza de sobra para levantar ambas
cosas.

Con P-chan encabezando la marcha unos pasos más adelante, volvieron
al restaurante, donde ella abrió la puerta con el hombro, con la ropa y la
mochila aún sujetas. Entró, esperó a que P-chan hubiera entrado, luego
cerró tras dejar la mochila y ropa de Ryoga sobre una de las mesas del
local. La escoba, se limitó a apoyarla contra el canto de la mesa.

—Espera, Ryoga. Traigo agua caliente —dijo Shampoo.

El cerdo asintió y se sentó sobre los cuartos traseros, mirando el comedor
en penumbras del Nekohanten. Las sillas estaban puestas sobre las mesas
de madera, y en un rincón del techo zumbaba discreto un ventilador
eléctrico que proporcionaba frescor al local. A un costado, un biombo
mostraba una escena pintada, de montañas distantes y árboles de ramas
desnudas, en acuarela sobre seda.

Shampoo fue hasta detrás del mostrador, apartó la cortina que separaba
el comedor de la cocina, y salió hacia el área donde se preparaban los
platos. Era simple y funcional, sin el diseño elaborado del comedor; este
era para beneficio de los clientes. La gente esperaba que un restaurante
chino tuviera cierta apariencia, y su bisabuela había considerado conveniente
adherir a dicha imagen. Pero tal cuidado no se había puesto en la cocina,
que estaba abarrotada de repisas, alacenas y cajones de fideos y verduras.
Shampoo llenó una tetera pequeña con agua caliente del fregadero y salió
al comedor. P-chan no se había movido de su lugar, pero levantó la cabeza
un tanto y miró el agua caliente con gesto de añoranza.

Shampoo le vertió un poco en la cabeza, y retrocedió dos pasos cuando
el cerdito se expandió hasta ser un muchacho grande, desnudo. La joven
se cubrió la boca con una mano para ocultar una sonrisa, mientras Ryoga
se tapaba frenéticamente con las manos.

—¿Puedes darte vuelta, por favor? —preguntó el muchacho lastimosamente.

—Nada que no he visto antes —dijo Shampoo, pero se volvió de todos
modos, oyendo el rumor suave de ropa siendo puesta—. ¿Ya terminas?

—Casi.

La muchacha dio un vistazo subrepticio, y alcanzó a ver a Ryoga cerrarse
la camisa sobre el pecho ancho. El joven se puso rojo y le dio la espalda.

—Tú el único que he visto más tímido con las mujeres que Ranma —dijo
ella, cruzando los brazos con la cabeza ladeada, mirándolo—. ¿Y por qué
tú durmiendo en callejón?

—Como que me perdí después de la boda —dijo Ryoga con un suspiro—.
No tenía muchas ganas de quedarme por aquí.

—Nadie quería tampoco —dijo Shampoo en voz queda, reclinándose y
poniendo las manos contra el canto de la mesa detrás de ella mientras
miraba a Ryoga.

—Si tú y Ukyo no hubieran aparecido, no sé qué habría pasado —dijo
Ryoga, con una sacudida de la cabeza que lo dejó mirando el piso, con
su flequillo castaño cubriéndole los ojos—. La dulce Akane podría haber
terminado casada con ese...

Levantó la cabeza y miró la expresión descontenta de Shampoo.

—Perdona. No debería hablar así de él delante tuyo.

—No importa —dijo Shampoo, con la cara suavizándosele—. Tú y él no
llevan bien siempre. Yo sé. Ranma es hombre difícil de entender.

—¿Te parece que lo entiendes? —dijo Ryoga con un tono de cierta incredulidad.

—No —dijo Shampoo con una encogida de hombros y un suspiro—. No
entiendo para nada.

Ryoga pareció incómodo un momento, luego le dio la espalda y recogió su
mochila y paraguas desde la mesa en que descansaban.

—Bueno... Creo que mejor me voy. Muchas gracias, Shampoo. Por el agua.

—De nada —dijo Shampoo—. Nosotros de Jusenkyo tienen que cuidar
entre ellos, ¿cierto?

Ryoga asintió. —Sí, creo que sí.

El muchacho tuvo una expresión de duda por un momento, y luego volvió
a hablar.

—¿Qué estabas cantando afuera?

Shampoo desvió la mirada un momento antes de contestar:

—Canción de niños, nada más. Algo que cantábamos en aldea.

—Era bonita —dijo Ryoga despacio, pareciendo avergonzado de sus
palabras—. Aunque no entendí nada.

—Me recuerda mi casa —dijo Shampoo con tono de añoranza.

—¿Echas... Echas de menos China?

Shampoo pareció sorprendida, luego le dio a Ryoga una sonrisa afable,
que hizo a su rostro iluminarse:

—Sí. Echo mucho de menos.

—Es un país muy bello —dijo Ryoga—. Muy distinto de Japón. Todavía
hay muchas cosas que nadie ha tocado, donde no hay locales de comida
rápida ni tiendas... —Suspiró—. Entiendo como te sientes. Yo también
echo de menos mi casa.

Luego cerró la boca, y el raro momento de entendimimento entre los dos
se fue diluyendo.

—Bueno, mejor me voy.

Shampoo se quitó de donde estaba apoyada en la mesa y se acercó unos
pasos más a Ryoga.

—¿Quieres que te ayudo a encontrar un lugar? ¿Ir a casa Tendo tal vez?

Ryoga pareció muy sorprendido con el ofrecimiento, pero negó con la
cabeza.

—No. Gracias de todos modos.

Enfiló a la puerta, haciendo sonar las botas contra el piso de madera, y
puso la mano en la puerta corrediza que conducía afuera.

—Lo que sea que estoy buscando —dijo—, tengo que encontrarlo por mí
mismo.

Alzó el paraguas, casi en un gesto de despedida, y el paraguas rojo formó
un patrón de sombras pálidas y oscuras con las luces del techo y los rayos
del sol que entraron desde la calle.

—Nos vemos, Shampoo.

Luego abrió la puerta corrediza y se marchó antes de que ella alcanzara
a decir alguna palabra de despedida.

La muchacha tomó la escoba de donde estaba apoyada contra la mesa
y la descansó contra el hueco del codo, antes de darse vuelta para
encarar al oyente oculto que había advertido hacía solo unos segundos.

—¿Qué quiere Mousse?

Mousse avanzó, sedoso y sin sonido, desde la cocina, las manos guardadas
en las mangas de su túnica, de un celeste tan claro que era casi blanco. La
basta de la túnica producía un rumor leve contra la tela de su pantalón, pero
sus pies calzados con pantuflas eran mudos en el piso. El moretón que ella
le había producido en el ojo el día anterior ya se disipaba.

—De modo que ahora también es Ryoga, ¿no, Shampoo? —le preguntó en
un tono de voz fatigoso.

Una mano salió de las mangas de la túnica, dedos esbeltos que sujetaban
sus anteojos. Se los puso, y la combinación de su posición y la luz volvió
a uno de los lentes blanco y al otro transparente; el efecto era algo
inquietante.

—¿De qué hablando? —preguntó Shampoo.

Mousse sacudió la cabeza; cabello oscuro siguió aquel movimiento un
momento antes de volver a su sitio.

—¿Cuándo vas a darte cuenta de que el único a quien le importas soy yo,
Shampoo? Siempre te he amado; siempre voy a amarte.

—Hablé con él, eso solo —dijo Shampoo, sin saber bien por qué sentía la
necesidad de defender sus acciones.

Él avanzó unos pasos, y estuvo ante ella, asiendo una de las manos de
ella con las dos suyas.

—Por favor, di que serás mía para siempre. Podemos volver juntos a la
aldea, y...

—Suelta la mano.

Cuando él no la soltó y abrió la boca para decir más, Shampoo subió la
escoba y le hizo saltar los anteojos hasta el rincón del comedor. El golpe
no fue fuerte, pero Mousse le soltó la mano y se tocó la mejilla donde ella
le había pegado.

—Shampoo, perdóname, solo quiero mostrarte lo mucho que te quiero
—dijo despacio—. Te quiero más que a...

—Ya sé que me quieres —dijo Shampoo, al írsele la rabia momentánea.

—¿De verdad? —dijo Mousse, con esperanza alzándosele en la voz, la
cara iluminándosele—. ¿O sea que entiendes?

—Siempre entiendo —dijo ella en voz queda—. Es que no te quiero. Eso
lo que no entiendes tú.

Vio la cara de él derrumbarse, como cada vez que ella decía algo así.
Antes de poder ver más, pasó rozando junto a él, sin deseos de oír las
palabras que el muchacho pudiera tener. De todos modos, ya las había
oído todas.

~ o ~

El desayuno fue sumamente incómodo para Ranma esa mañana. Todos,
desde su padre y su madre hasta Akane, parecían tener los ojos clavados
en él. Las miradas iban desde las inquisitivas a las expectantes, pero, en
definitiva, el centro de atención esa mañana era él.

—¿Y por qué pasaste la noche en el techo? —preguntó Akane.

—Mucho calor adentro —murmuró Ranma contra el bol de arroz.

—La lluvia te habrá refrescado, entonces —aguijoneó Nabiki, entre
bocados delicados a su comida—. Ha de ser interesante no saber de qué
sexo va a despertar uno, ¿eh, Ranma?

—Nabiki —dijo Kasumi. El tono no era más que de reconvención suave,
pero hizo que Nabiki se quedara en silencio y no mirara a su hermana
mayor.

—Yo creo que dormir fuera fue decisión de Ranma —dijo Nodoka
jovialmente—. Porque a veces tiene que tomar decisiones.

Ranma arrugó la cara y agachó la cabeza para examinar prolijamente las
vetas de madera de la mesa a la cual se hallaba sentado. Engulló rápido
la última porción de comida y se levantó.

—Bueno, estuvo genial. Ya me tengo que ir al cole.

—Pero todavía no es hora de irse —dijo Akane, señalando el reloj del
comedor—. ¿Por qué tanta prisa?

—Oye, es que no quiero llegar tarde —dijo Ranma, tomando su bolso del
piso—. Si todavía no terminas, no importa. Nos vemos allá.

—Espérame, voy contigo —dijo Akane, dejando su tazón de arroz—.
¿Nabiki, quieres venir?

Nabiki meneó la cabeza y sonrió un tanto:

—No. No quiero cortar el romanticismo entre tú y Ranma.

Akane le puso a su hermana una mala cara que nadie más vio y se
apresuró a la cocina tras Ranma. Él ya estaba sacando su bento desde el
aparador, y le arrojó a la muchacha la caja que Kasumi había hecho para
ella.

—Mira que andas con prisa hoy —dijo ella, metiendo la caja bento a su
bolso del colegio mientras salían de la casa por la puerta principal, para
enfilar por el camino que conducía afuera por el portón grande, que
separaba el dojo de las calles. Pasaron por el pórtico, que les dio sombra
contra el sol por un momento, luego estuvieron en las calles de Nerima,
que se llenaban rápidamente de gente.

—¿No me pueden dar ganas de llegar temprano a algún lado alguna vez?
—dijo Ranma en tono irritado.

—¿Quieres llegar temprano al colegio? —dijo Akane—. Por favor.

La muchacha le dio una sonrisa pequeña, vacilante:

—Nunca te di las gracias por sacarme del canal ayer.

—Shampoo hizo casi todo lo de sacarte —dijo Ranma, mirando una
bandada de gorriones que pasaron haciendo cabriolas al vuelo por sobre
su cabeza—. Yo nada más me tiré detrás tuyo, más o menos.

—Bueno, gracias —dijo Akane—. Ni te vi después de todo eso. Era como
si me estuvieras evitando.

—Tenía que pensar en unas cosas —dijo Ranma, reticente.

—¿Hmm? ¿En cosas de qué?

El muchacho murmuró algo y lo dejó en el aire.

—No hay caso, parece que no confías en mí —dijo Akane con un sorbeteo
nasal, mirando hacia otro lado.

—No es eso —dijo Ranma con un suspiro—. Es que tengo que... tomar
unas decisiones sobre unas cosas. Cosas que tenía que haber decidido
hace un buen tiempo.

Akane rotó la cabeza de vuelta hacia él:

—¿Cómo es eso?

—¿Akane, eres feliz? —le preguntó Ranma de pronto.

Akane pestañeó.

—Claro que soy feliz. Tengo mi familia, a mis amigos, y a...

Se interrumpió, con las mejillas ruborizadas de un color rosado pálido.

—¿Y qué te importa si soy feliz o no? —largó tras un momento.

—Quería saber, nada más —dijo Ranma con una encogida de hombros—.
¿Estas contenta con... todo lo demás?

—¿Qué "todo lo demás"?

—Tú sabes. Los monstruos, los príncipes, las otras chicas que me quieren...
—dijo Ranma.

Akane bufó. —¿Y a mí qué me importa que otras te quieran? No es cosa
mía que tengan mal gusto.

—Ah.

Cayó un momento de silencio entre los dos, antes de que Akane volviera
a hablar.

—A veces me da rabia. Todas las cosas tan raras que empezaron a pasar
desde que llegaste. Pero debo reconocer que la vida se hace más interesante...

Suspiró. —Aunque a veces me da miedo. Me...

Inspiró hondo. —Cuando me sacaron toda la humedad del cuerpo allá en
China, bueno, no me acuerdo de nada. Solamente de que tenía el Kinjakan
en mis manos y que después desperté en...

Akane dejó la frase en el aire, y se volvió a sonrojar.

—¿Despertaste en qué? —inquirió Ranma.

—Desperté en tus brazos —dijo Akane por último—. Y que te oí decir...

—¿O sea que lo dije de verdad? —se preguntó Ranma en voz alta sin
darse cuenta.

—Creo que sí —dijo Akane en voz queda—. O tal vez era yo la que
esperaba que...

Se interrumpió de súbito, y se apartó hacia un lado, al caer en la cuenta
de que se había ido arrimando progresivamente a él mientras andaban. El
gentío de la mañana aumentaba en volumen, y en pocos minutos los dos
llegarían al colegio.

—¿La que esperaba qué? —preguntó Ranma con voz suave.

Akane le pegó un bolsonazo ligero en la espalda.

—Nada —dijo, gruñendo.

Ranma se puso delante de ella y le puso las manos sobre los hombros, de
manera suave pero firme, deteniéndolos a los dos en medio de la calle.

—Akane... Si pudieras elegir salirte de este compromiso, salirte de
verdad, que nuestros papás estuvieran de acuerdo, ¿lo harías? —le
preguntó, atrapando con los ojos la mirada parda de ella, sin dejar que
la desviara.

—¿Qué, acaso te quieres salir tú? —no tardó en restallar Akane, aunque
no podía arrancar la mirada, del mismo modo en que no hubiera podido
contener una ola—. Bueno, pues si estás tan harto de mí, entonces...

—Lo que yo quiera no importa —dijo Ranma despacio—. Tengo que saber
qué quieres tú.

Hubo un silencio largo y agotador entre ellos, un momento confuso que
se extendió y llenó el tiempo. Las masas de gente se partían en torno a
los dos, sin prestarles atención. El olor de la lluvia de madrugada seguía
aferrado al aire, un dejo de agua repentina volando en la brisa delgada
de la mañana.

—No —dijo Akane, y había finalidad en su forma de hablar—. No, no, no,
no, no.

—¿Por qué? —dijo Ranma, y fue como una orden.

—Porque... Porque... —dijo Akane—. Porque no sé. Porque a veces cuando
estoy contigo, nada más a veces, cuando estamos solos los dos, siento...

—¿Sientes?

—No sé qué siento —dijo Akane—. No entiendo. Pero no me siento... No
me siento así con nadie más. La sensación de que está bien así.

Hubo una luminiscencia en los ojos de ella:

—¿Quieres...? ¿Tú quieres terminarlo, Ranma?

Ranma la miró a los ojos y sonrió, y bajó los párpados a la mitad por una
razón que no pudo entender.

—Pero, Akane, nunca. Nunca, nunca, nunca.

Un suspiro largo, tenue, escapó de los labios de Akane, y, como si fuera lo
más natural del mundo, las manos de Ranma la acercaron con una presión
ligera en los hombros, y los brazos de ella envolvieron la cintura de él y lo
abrazaron, y los brazos de él la rodearon, una mano acariciando cabello
suavemente, sosteniendo la cabeza de ella contra su hombro, y el muchacho
sintió, sutilmente en la tela de la camisa, las lágrimas calientes de ella en
su hombro.

—Nunca, nunca, nunca, nunca, nunca.

En torno al abrazo de la pareja, las masas se abrían como un río que se
divide en dos corrientes, para correr como dos cauces distintos luego de
tanto tiempo siendo uno.

~ o ~

En un cuerpo que no era el de ella, Kima del Monte Fénix dio el último
paso y se halló en el Corazón de Jusendo, abierto al aire después de años
de estar contenido dentro de la montaña. La montaña estaba derruida
ahora, a manos de aquel que para ella era rey, y del extranjero.

Ya era pasado el mediodía; era de madrugada al descender ella a las
cavernas subterráneas, por donde fluía la vena de agua que emponzoñaba
tanto la Montaña Fénix como las pozas de Jusenkyo. En el cielo, el sol
desde el cenit echaba luz por entre manchones de sombra, brillando a
través los boquetes que plagaban la falda ruinosa de la montaña.

Con ruido de pasos a rastras acompañado del golpeteo de su bastón,
Samofere llegó tras ella. La llama azul de la esfera de cristal situada en
la punta del báculo eligió ese momento para vacilar y morir.

Kima se llevó a la cara una mano humana, de dedos más suaves a los que
estaba acostumbrada, y se rozó las huellas de lágrimas secas en una
mejilla.

—Cielo santo... —dijo, otra vez bajo la luz del sol tras horas de
andar bajo tierra—. Cielo santo, por qué, por qué...

—Porque debía hacerse —dijo Samofere—. ¿Entiendes ahora, Kima?

—Sí —dijo Kima despacio, con ganas irrefrenables de verterse agua
caliente encima y volver a sentir la fuerza del viento en las alas, con
deseos de volar otra vez sobre las montañas y olvidarse de que había
estado en las cavernas, queriendo no entender nada sino la belleza pura
y la simpleza de volar—. Sí, sí entiendo.

Hubo un batir de alas como un estampido, y una forma negra bajó entre
aleteos desde el chapitel de piedra de treinta metros donde había estado
posada. Samofere alzó un brazo, y el ave se posó en este un momento,
para luego dejar caer en la mano de Samofere un pergamino enrollado y
apretado con estambre.

—Gracias, Shiso —le dijo Samofere al pájaro—. Puedes retirarte a visitar
a tu hermano. Te mandaré llamar dentro de poco.

El cuervo hizo el equivalente de una venia con la cabeza, y se fue al vuelo
por el enorme boquete del techo de la cámara, una forma tan negra que
parecía casi una sombra contra cielo azul profundo.

—¿Qué es? —dijo Kima, llegando detrás de Samofere para mirar por sobre
su hombro mientras él desataba el estambre y desenrrollaba el pergamino.

—Un mensaje de una vieja amiga —dijo él con voz suave—. Creo que la
conociste al pasar por Japón con Koruma y Masara. Se llama Kho Lon.

—¿Una vieja? ¿De las joketsuzoku? —preguntó Kima con el ceño arrugado.

—Así es.

—Allá fue mi enemiga —dijo Kima—. Interfirió en nuestros asuntos.

—Al igual que Ranma —dijo Samofere en voz queda.

—El extranjero es asunto distinto —dijo Kima con voz tirante.

—Tienes que dejar de pensar en él de ese modo, Kima. Eso por sí solo
puede ser nuestra desgracia.

Kima le dio la espalda y se alejó unos pasos:

—Voy a calentar agua para transformarnos.

Samofere suspiró por lo bajo y se guardó el pergamino.

—Volveré la piedra a como estaba.

Mientras hacía una fogata para poner la tetera, ella lo oyó empezar a
cantar en voz queda. Como antes, cuando había hecho aparecer los
peldaños, no hubo sonido más que su cantar, al reformarse miles de
toneladas de piedra en respuesta a la canción de Samofere. Un poder
increíble, aunque el que tardara tanto lo hacía inútil como arma.

Encendido el fuego, puso sobre este la pequeña tetera. Se sentó, sintiendo
recuerdos alzarse en ella, el pesar terrible, inexplicable, que había traído
por dentro desde que había vuelto desde el subsuelo.

Por último, incapaz de seguir conteniéndolo, escondió la cara en las manos
humanas, suaves, desacostumbradas, y se permitió llorar en silencio, como
había hecho en las cavernas bajo tierra. Llorar, como esperaba hacerlo otra
vez cuando todo terminara.

~ o ~

Mucho después, Ranma estimaría que en realidad todo empezó a venirse
abajo ese día a la hora del almuerzo.

Empezó cuando intentó hablar con Ukyo. Ella no le había dado ni una
mirada al pasar en las dos primeras clases de la mañana, y, al sonar el
timbre del almuerzo, la muchacha se había levantado de su asiento
rápidamente y había salido del aula. Akane se había quedado a hablar con
unas amigas, y Ranma salió a toda carrera del aula, dándole una sonrisa
diminuta que, según le pareció, ella no vio.

Se movió por entre la muchedumbre de alumnos en el pasillo hasta que
encontró a Ukyo tomando agua de un bebedero cercano a una de las
puertas laterales. Llevaba el nudo de la coleta un tanto suelto, lo que
derramaba cabello castaño por su espalda en una suerte de capa al
inclinarse para beber.

—Hola —dijo él en voz baja al acercarse por un lado de la muchacha.

Ella levantó la mirada y terminó de beber rápidamente antes de erguirse
y mirarlo con expresión de calma.

—Hola —le dijo, titubeante—. ¿Cómo está Akane?

—Bien —dijo Ranma.

—Qué bueno —dijo Ukyo—. Ehh... ¿Sigues enojado conmigo?

Ranma negó con la cabeza.

—Nah. Ayer ayudaste a Akane. Yo... Me anduve extralimitando, esa vez.
Creo que fui un poco duro contigo.

—No, no pasa nada. Yo...

Ukyo se detuvo despacio, agachó la cabeza levemente y lo miró, con ojos
velados por el flequillo castaño y las pestañas largas.

—Mira, ¿podemos hablar en otro lado? —dijo Ranma, tratando de que la
incomodidad no se le metiera en la voz—. Tengo unas cosas que decirte.

Ukyo levantó la cabeza, y su sonrisa hizo que el rostro le pasara de lindo
a hermoso.

—¡Genial! Vamos.

Pasó junto a él, con la coleta ondeando, y lo tomó del codo con una mano,
guiándolo junto a ella por los pasillos.

—Ya me imaginaba que no ibas a estar enojado conmigo toda la vida. No
con tu prometida linda.

Ranma sonrió incómodo mientras caminaban. —Nah.

Cruzaron las puertas laterales, hasta el sol y el aire fresco. Esa mañana
habían cortado la hierba del campo deportivo, y ese olor característico
llenaba el aire cuando salieron al campo y echaron a andar hacia una
pequeña arboleda rodeada parcialmente de arbustos.

Ranma se encogió por dentro; el sitio aquel era notorio en el colegio por
ser lugar donde las parejas se encontraban a solas. Miró de soslayo a
Ukyo, y esta le sonrió en respuesta.

—Aquí es bien privado y nadie nos va a interrumpir —dijo ella, y se sentó
bajo el dosel frondoso de un árbol de tronco ancho, luego palmoteó el
suelo junto a ella.

Ranma se sentó de piernas cruzadas, en tanto Ukyo las estiraba y
cruzaba a la altura de los tobillos, apoyándose en el suelo con las manos
cerca de las caderas.

—¿Y, de qué querías hablar conmigo? —preguntó Ukyo, con ojos que
reflejaban de forma radiante su sonrisa.

Ranma inhaló, y lo explicó tan simplememente como pudo.

—Ucchan, anoche mis papás y el papá de Akane hablaron conmigo del
compromiso con ella. A la noche tengo que volver a hablar con ellos, y
con eso se va a decidir si Akane y yo seguimos comprometidos.

La sonrisa de Ukyo siguió incólume. Estiró una mano y tocó la de él.

—¡Ranma, qué maravilla!

—Ehh... ¿En serio? —dijo Ranma sin comprender.

—¡Pero claro! ¡Así les puedes decir que ya no quieres estar comprometido
con ella! Y así ya nada se interpone entre nosotros. ¡Esa Shampoo no tenía
idea de qué estaba hablando!

Ranma la miró, y se percató de que tenía una sensación de martilleo en la
cabeza.

—Ucchan —dijo con la mayor delicadeza que pudo lograr—. No entiendes.

La sonrisa de ella tiritó un tanto.

—Pero claro que entiendo. Mi... Mi sueño por fin se hizo realidad. Me...

—No —dijo Ranma despacio—. No, no es eso, Ucchan, no es eso para
nada...

Sucedió tan rápido que no hubo nada que Ranma pudiera hacer para
detenerlo. La mano de ella estuvo detrás del cuello de él, una presión
ligera pero firme, tibia, dedos esbeltos haciendo cosquillas en los pelos de
la base de su trenza. Y su cabeza fue hecha acercarse a la de ella, y los
labios tibios de ella estaban en los de él, y lo que vio antes de cerrar los
ojos por instinto fueron los ojos de Ukyo, nublados de lágrimas.

Fue un solo segundo, y al principio no supo qué hacer, porque la sensación
era buena, y los labios de ella eran suaves. Pero luego cayó en la cuenta
de qué estaban haciendo, y se apartó de Ukyo, puso las manos sobre los
hombros de la muchacha y la alejó.

—¿Qué haces? —le dijo con voz atragantada.

—Te quiero —dijo ella—. Ranma, te amo. Dijiste que me ibas a cuidar toda
la vida, tu padre dijo que te ibas a casar conmigo, me dijiste linda...

Lo sujetó de los hombros:

—¿Todo era mentira? —le preguntó, en una voz tan queda que casi fue
únicamente un movimiento de labios.

—Lo primero fueron palabras de niño —dijo Ranma delicadamente, con
punzadas en el alma y la cabeza palpitando—. Lo segundo fueron palabras
de un hombre sin honor.

Sonrió, tristemente, mirando la cara de conmoción de ella y esos ojos
llenos de lágrimas.

—Lo tercero es verdad. Sí eres linda. Pero... yo no te amo.

El sonido de la bofetada fue estruendoso al pegarle ella, y hubo otro
sonido traslapado con aquel, un crujido de madera rompiéndose como si
uno de los árboles se hubiera partido por la mitad y caído. Ninguno de los
dos lo notó.

—¡ME MENTISTE! —vociferó Ukyo—. Dijiste que me ibas a cuidar, dejaste
que me hiciera ilusiones, dejaste... dejaste... dejaste que me enamorara
de ti otra vez, y después...

Echó atrás la mano de nuevo, y Ranma se quedó allí, con un lado de la
cara ardiendo, listo para recibir una vez más, porque sabía que lo merecía.

Alguien atrapó la mano de ella desde atrás, y le agarró la muñeca con una
sujeción que era suave pero firme como el acero, e impidió que ella moviera
el brazo con una fuerza que escapaba a toda medida.

—Cuando termine con él puedes pegarle si quieres.

Y Ryoga pasó por un lado de Ukyo, con botas gastadas que aplastaban la
hierba, y agarró a Ranma por el cuello de la camisa.

—¡RANMA!

—Qué tal, Ryoga —dijo Ranma.

—¿Cómo te atreves? —dijo Ryoga en un gruñido rabioso—. ¿Cómo te
atreves, después de que casi te casas con Akane, andar en aventuras con
otra mujer?

—No fue eso —protestó Ranma—. ¡Ella me besó a mí! Díselo, Ucchan.

Ukyo, de espaldas a él, le dio una mirada de rabia y volvió la cabeza sin
una sola palabra, con el cabello ocultándole la cara al dejarlo a su suerte
con Ryoga.

Ryoga tenía una expresión enardecida, contorsionada en un gesto de furia
sin tapujos.

—Las ilusionaste... a Akane, a Shampoo... Las ilusionaste y después...

—No es cierto —protestó Ranma, pero oyó la duda en su propia voz—. No
fue mi intención, lo que pasa es que...

La mano libre de Ryoga, empuñada, llegó desde atrás, y Ranma se tiró
hacia abajo, zafando el cuello de su camisa de la sujeción de Ryoga, rodó
hacia el lado, y el árbol donde él había estado se partió por la mitad a lo
largo del tronco.

Podría haber sido mi cabeza, pensó Ranma, mientras el sonido de madera
astillándose se le clavaba en la mente. Era un pulso y un ardor en el
fondo de su cabeza, una martilleo como de tambor taiko, como la caída
de gotas incensantes de lluvia en un techo de hojalata, como un ritmo de
pies marchantes, como el siseo incandescente de metal fundido al caer en
agua.

Y al llegar aquella idea, la noción de que aquel puñetazo de Ryoga por sí
solo hubiera podido matarlo, sintió el fuego congelarse y volverse hielo, y
el hielo ardía también, un ardor helado, que imprimió energía explosiva a
sus nervios y músculos, y le pareció poder ver, ver con todo detalle, cada
movimiento muscular en la espalda y piernas de Ryoga al volverse el
muchacho, de tan lento que lo vio.

Uno. Salió la pierna, baja, veloz y fuerte, con la cual le pateó los pies a
Ryoga y le quitó el equilibro.

Dos, buscar apoyo, dar con la otra pierna, apoyándose en la primera
pierna, y alcanzar a Ryoga en las costillas mientras caía. La sensación fue
de patear una muralla, aunque más dolorosa.

Tres. Ahora subían las manos hechas puño, como borrones incluso en
este extraño mundo en cámara lenta al que había entrado. Ryoga seguía
cayendo, y él le hacía llover puñetazos en los brazos, en el cuerpo y en
la cara; cien, doscientos.

Y entonces el hielo se despedazó, cayó como una máscara, y las cosas
volvieron a su velocidad normal, y Ryoga estaba a dos metros de allí, ya
levantándose del suelo. Ukyo tenía una expresión de pasmo, mirando en
dirección a la pelea. Todo había transcurrido, quizá, en poco más de tres
segundos.

—Te voy a matar —dijo Ryoga, levantándose, con total seriedad en la voz.

Se limpió un hilo de sangre desde la comisura de la boca donde el labio se
le había partido, y, pese a su resistencia legendaria, Ranma pudo ver que
se sujetaba un costado, obviamente dolorido.

—No me importa lo rápido que te hayas puesto, te voy a romper el maldito
cráneo.

—Te puedo ganar —dijo Ranma, sabiendo que era cierto. Sabiendo que
sería fácil, aun si Ryoga tenía más fuerza y era más resistente, porque él
se movería tan rápido que el otro muchacho no sería capaz de tocarlo,
porque era capaz de desgastarlo como el agua a la piedra.

—Esta vez no —dijo Ryoga—. Esta vez no.

Dio un paso al costado, un poco más allá de Ukyo, y tomó su paraguas de
donde este descansaba contra el árbol.

—Me tienes harto, Ranma. Estoy harto de cómo tratas a Akane, de cómo
tratas a Shampoo, de cómo...

La cara se le tensó:

—De cómo todo te resulta tan fácil. Si hasta parece que caen en tus
brazos y ya.

—Ryoga —dijo Ranma—. ¿Y Akari? ¿Para qué estar peleando?

—¿Akari? —dijo Ryoga, como si el nombre fuera una cosa de otro mundo.

—Ella te quiere —dijo Ranma con voz suave.

—Me quiere porque le pegué a su cerdo —dijo Ryoga. Apuntó el paraguas
hacia adelante—. No quiero hablar de Akari, Ranma. Esta rivalidad se
termina aquí. Ya no voy a irme a suave. No después de verte así con
otra mujer después de que prácticamente te casas con Akane. Aunque
no sea por mí, por ella, por este insulto final a su honor, y no voy a dejar
que se quede así. De una manera o de la otra, esto se termina.

Ukyo se levantó, se interpuso entre los dos, con los brazos estirados a
cada lado, con la palmas planas en dirección a cada uno:

—No. Ryoga, lo que Ranma dijo es cierto. Yo lo besé, él no me quería
besar, y dijo que no me quiere, me mintió, me...

Había lágrimas corriendo por su cara, y Ranma vio el rostro de Ryoga
ablandarse un tanto. Luego el muchacho suspiró, y cerró los ojos un
momento:

—Lo que haya pasado no importa, Ukyo. La verdad es que nunca importó,
¿verdad, Ranma? Esto nunca ha sido por Akane, por Jusenkyo, ni por pan
ni nada de eso, ¿verdad?

Los ojos de Ryoga eran tristes en su rostro duro, airado, al bañarlo una
certeza final:

—Esto es nada más por ti y por mí, ¿verdad? Por nada más. Por ti y por
mí, así de simple. Por ver quién es mejor.

Hubo una variación en la postura de Ryoga, una diferencia en la sujeción
de su paraguas. Atacaría pronto, porque la charla se había acabado,
porque, se percató Ranma, ¿qué quedaba por decir?

Tenía ventaja de alcance, dijo una parte de él con voz fría. Déjalo que
venga, elude, pega en la articulación del codo. Fractura el brazo y
soltará el arma...

Sus pensamientos murieron ahogados por el horror. ¿Qué estaba
pensando? Se trataba de Ryoga. Ryoga que era su rival y su aliado
ocasional, el que lo había protegido cuando lo habían despojado de su
fuerza, el que había enfrentado con él a incontables adversarios, luchado
contra la Dinastía Musk, contra Taro y tantos otros. Se trataba de Ryoga.

Que era su amigo.

—No —dijo Ranma, negando despacio con la cabeza—. Ryoga, no tiene
por qué ser así.

Ryoga sacudió a su vez la cabeza, y habló un momento después, con
una fatiga que englobaba mucho más que un simple cansancio:

—Pero así es.

Ukyo le dio la espalda a Ranma y se adelantó, puso una mano en el
hombro de Ryoga y la otra en el paraguas, y forzó la punta hacia el
suelo.

—Ryoga, corazón, escúchalo, no tienen por qué pelear. De verdad, todo
es culpa mía, yo empecé, por favor no peleen, él tiene razón, no tiene
por qué ser así...

La voz de ella era afable, apaciguadora, pero Ryoga le miró la cara y las
lágrimas de los ojos, y el muchacho pareció estar tallado en piedra. Estiró
una mano grande, asió a Ukyo del brazo y la quitó de en medio, con la
facilidad y delicadeza con que se aparta a un niño pequeño.

—Siempre ha sido así —dijo con voz suave, con palabras que tenían el
peso de una montaña.

Y luego Ryoga acometió, y el fuego se hacía hielo otra vez en la cabeza
de Ranma, que pugnó mantener el ardor, aunque el dolor era casi
insoportable, y retrocedió para eludir la andanada de golpes de paraguas.
Aquí, en la arboleda, Ryoga tenía la ventaja. Aquí su maniobrabilidad
estaba restringida.

Esquivó, y detrás de él un árbol quedó con las ramas de un lado
cercenadas como por una motosierra. Avanzó, y Ryoga lo repelió con una
patada frontal, el paraguas descendió como un mazo, y el suelo donde
Ranma había estado quedó hendido y cuarteado cuando el paraguas
volvió a subir.

El hielo seguía en Ranma, detrás del doloroso muro de fuego que sentía
en la cabeza, y lo tentaba el impulso de dejarlo fundirse y sofocar las
llamas con el frío, pero no tenía certeza de qué pasaría si lo hacía. Y
aunque no la certeza, tenía miedo de hacerlo.

—¡BASTA! —gritó Ukyo, pero su voz pareció muy, muy lejana de donde él
y Ryoga estaban, porque su mundo era una única flama que ardía en un
páramo de hielo, y en este solo cabían él y Ryoga.

Y luego sintió que el fuego empezaba a apagarse, y que pronto no
quedaría sino el hielo, un abrazo gélido y hondo como la noche, que lo
esperaba, una escultura de bordes aserrados cuyo corazón aterido él no
podía ver.

El tiempo se retardó, y el fuego era una cosa débil y vacilante, un dolor
caliente al cual Ranma se aferró, porque era como si estuviese al borde
de un abismo, sin nada bajo este más que oscuridad. Se aferró al dolor
como si hubiera sido la rama delgada de un árbol, lo único existente entre
él y una larguísima caída. Y entonces hizo lo único que podía, antes de
que la última porción de fuego muriera bajo el hielo aquel.

Dejó de moverse. Dejó de esquivar.

El tiempo se hizo lento...

El paraguas bajó, bambú rojo que por un instante bloqueó al sol, el
destello de la punta metálica, silbando por el aire en un grito que de tan
agudo era casi inaudible, los nudillos de Ryoga blancos en la empuñadura,
y sus ojos por un momento más oscuros que la noche, antes de iluminarse
con la comprensión de lo que estaba a punto de hacer.

El tiempo se hizo lento, se fragmentó y se disolvió...

En ese tiempo extraño, ralentizado, yerto, vio el hombro y brazo de Ryoga
tensarse, refrenarse, cambiar desesperadamente la dirección del ataque,
pugnando contra cientos de kilos de empuje e impulso. Y fue un testimonio,
tanto de la fuerza del cuerpo de Ryoga como de su espíritu, el que el
paraguas se detuviera a tres centímetros de la cabeza de Ranma.

Se quedaron así, en un empate congelado, Ranma con las manos a los
lados, Ryoga con el cuerpo tensado hacia adelante, con la frente perlada
de sudor, y el paraguas detenido entre ellos.

El hielo ya no estaba. Tampoco el fuego. Solo estaban Ranma, Ryoga, el
sol, el cielo y olor de la hierba recién cortada.

—Oye, Ryoga... —dijo Ranma titubeante.

—¿Dime? —contestó Ryoga, lamiéndose los labios y suspirando un tanto.

—¡HAPPO GO-EN SATSU!

Y luego no supieron más.

~ o ~

Despertó despacio, de sueños que no recordaría durante la vigilia. Estaba
en una cama, sábanas blancas y colchón blanco. El blanco parecía ser el
motivo general del cuarto; toda superficie pintable era blanca, un blanco
que parecía demasiado brillante, que hacía doler los ojos al mirarlo.

Detrás de la cama, la ventana con la cortina descorrida dejaba al sol
proyectarse por las paredes demasiado blancas. La cama y la silla junto
a esta estaban separadas del resto de la habitación mediante cortinas
blancas.

—Veo que por fin despertaste —dijo una voz. Era conocida, aunque tardó
un momento en identificarla.

—¿Nabiki? —graznó Ranma, sorprendido por el sonido de su voz.

—Correcto, fuerte el aplauso para el joven —dijo Nabiki desde donde se
hallaba sentada en la silla junto a él. Tenía en las manos un periódico
abierto, y sus rápidos ojos pardos dieron un vistazo hacia él por sobre
el borde superior de la página.

—¿Qué haces aquí?

—¿No tengo derecho de preocuparme un poco por mi futuro cuñado?
—dijo Nabiki, doblando el diario con un rozar de papel, para luego
depositarlo en el piso junto a ella.

Ranma, sin hablar, le dio una mirada categórica.

—Akane quería ver cómo estaba Ryoga, pero no quería que te quedaras
aquí solo —dijo Nabiki, y su suspiro evidenció cierta derrota.

—¿Cuánto le cobraste? —dijo Ranma con un quejido.

—Fue gratis —dijo Nabiki en voz delicada, volviendo la cabeza de modo
que él podía verle solamente el perfil—. Oye, tengo algo que darte.

—¿Algo que darme? —dijo Ranma con tono de incredulidad—. ¿Cuánto me
va a costar?

—También es gratis —dijo Nabiki. Se inclinó en la silla, y unos mechones
de pelo colgaron por sobre sus orejas y el sol se coló por ellos produciendo
reflejos de castaño profundo. Ranma se incorporó sobre los codos y la
miró más de cerca.

—Ten —dijo Nabiki al enderezarse, y dejó un libro de tapas blancas
sobre las piernas de él. Era uno de los álbumes de boda que ella hanía
confeccionado, los que había estado vendiendo había dos días.

—No los quiero —dijo Ranma—. Y te dije que no volvieras a hacer más.

—No he hecho más —dijo Nabiki en voz queda, con un tono mucho más
suave que el normal—. Hay como diez más en una caja que está aquí.
Les devolví el dinero a casi todos los que compraron, y los recuperé antes
de que aparecieras.

Ranma pestañeo, un lento movimiento de sorpresa.

—¿Por qué hiciste eso?

Nabiki entornó los ojos, y volvió la cabeza para mirarlo otra vez.

—Porque no soy de piedra, Ranma. Entiendo cuando me excedo un poco.

Ranma la miró y asintió despacio, luego mostró una sonrisa tentativa:

—Gracias.

—No es problema —dijo Nabiki.

—¿Y Akane dónde anda?

—Un poco más allá, viendo cómo está Ryoga. Hinako-sensei los dejó bien
secos de energía a los dos.

—Bien hizo —dijo Ranma con un suspiro—. Íbamos con todo.

—Por lo que supe, tú y Ryoga habían parado justo un momento antes
—dijo Nabiki—. Dejaste de esquivar de repente, Saotome. ¿Tienes ganas
de morirte, acaso? Ryoga te pudo haber hecho muchísimo daño.

—Casi te oigo preocupada —dijo Ranma.

Nabiki se puso algo rígida. —Tal vez lo estoy.

—Perdón —dijo Ranma, con cierto aire de incomodidad.

—No pasa nada —dijo Nabiki—. Voy por Akane, ¿sí?

Ranma negó con la cabeza. —Yo voy.

Cayó de pronto otra vez en la almohada, sorprendido de descubrir que no
tenía fuerza.

Nabiki le dio una sonrisa sarcástica.

—Como dije, Hinako-sensei los dejó bien secos. Yo voy por Akane.

Nabiki se puso en pie, e hizo a un lado por un momento la cortina blanca,
al salir hacia el área principal de la enfermería.

Ranma se quedó recostado y miró el cielo raso sin marcas del cuarto, con
sus grandes bancos de luces fluorescentes. Todo parecía demasiado
brillante.

Cuando Nabiki volvió un minuto después, la seguía Akane, que tenía
dudas escritas por todo el cuerpo.

—¿Qué pasó? —le dijo ella de inmediato—. Ni Ryoga ni Ukyo quieren
hablarme claro. ¿Es verdad que casi te revientan con ese paraguas,
porque de pronto se te ocurrió dejar de moverte?

Ranma asintió despacio.

—Más o menos —dijo con una sonrisa débil.

—¿Te has vuelto loco? —restalló Akane.

Nabiki sonrió y se dispuso a marcharse:

—Los dejo solitos. Tengo negocios que atender.

—¿Te has vuelto loco? —repitió Akane, más suave esta vez.

Se sentó en la silla puesta junto a la cama, descansó un codo en el
borde del colchón.

Ranma mostró un gesto dolorido.

—Parece que sí estoy loco.

—Ay, Ranma, perdona, yo no quería...

—Tranquila —dijo Ranma despacio, estirando una mano para tocar la de
ella. Ella envolvió los dedos de él con los suyos, y no lo soltó.

—¿Qué pasa? —dijo Akane con voz delicada.

—Me doy miedo, Akane —dijo Ranma, titubeante—. Estoy preocupado.

—¿Por qué? —dijo Akane.

El muchacho se incorporó y se apoyó contra el respaldo metálico de la cama.

—Me preocupa hacerle daño a alguien.

—Ranma, tú... —dijo Akane—. Tú no le haces daño a la gente. Tú no eres así.

—¿Ah, no? —dijo Ranma despacio—. Sí, soy así. Le hago daño a la gente, y
no siempre con las manos. No es a propósito, pero...

Pugnaba con las palabras, al no saber bien cómo expresarlas.

—Pero... desde hace muy poco, es como si hubiera otra parte mía. Una
parte que antes no estaba.

Akane lo miró, pareciendo no comprender, y le apretó la mano suavemente.
La luz del sol jugó por su cara, brilló con chispas en sus ojos y se tiñó con
el color de su pelo:

—¿Cómo así?

—Es una parte a la que no le preocupa herir a alguien —dijo Ranma—. No
es... cruel, ni nada de eso. Es como una máquina, una parte de mí que
empezó a salir así, de repente. Hace dos días, cuando tuve esa pelea con
Kuno, y hoy con Ryoga. Me...

Sacudió un tanto la cabeza:

—Voy a hacerle daño a alguien, Akane, si no me controlo. Podría...

La miró, a sus ojos oscuros.

—Podría hacerte daño a ti.

La cara de Akane se tensó, y la muchacha levantó la otra mano y la puso
sobre la de él, sosteniéndole una mano entre las dos suyas.

—Ranma, en todo el tiempo que te conozco, yo nunca, nunca he tenido
verdadero miedo de que me fueras a lastimar.

La cara de él se suavizó.

—Akane...

Luego él abrió los ojos de par en par y miró las paredes, en busca de un
reloj.

—¿Qué hora es?

—Las clases terminan en unos minutos más —dijo Akane—. ¿Por qué?
¿Tienes que hacer algo en la casa?

—Akane... ¿Te acuerdas de lo que te pregunté en la mañana, camino al
colegio?

La vio ruborizarse un tanto.

—Sí. ¿Qué pasa con eso?

—Bueno, como que había una razón para eso...

Y una vez que empezó, no se detuvo. No hasta que se lo hubo contado
todo, desde la reunión con los padres de ambos hasta su conversación
con Ukyo y su pelea con Ryoga. Excluyó únicamente una cosa, y fue el
beso que Ukyo le había dado, por decirse que Akane no hubiera entendido
exactamente qué había sido aquel beso. Aunque él tampoco lo entendiera
mucho.

Al final, Akane lo miró, y hubo silencio entre los dos durante unos
segundos breves, que a él le parecieron minutos.

Luego, vacilante, ella habló:

—¿Quieres... Quieres que lo terminemos?

Él la miró, miró la vulnerabilidad que le iluminaba el rostro, el corazón
secreto que tan rara vez veía, y puso las manos sobre las de ella y se las
estrechó.

—Akane. Nunca. Nunca, nunca, nunca, nunca.

Ella cerró los ojos, con pestañas oscuras que batieron un tanto; su mano
se apretó en la de él.

—Yo tampoco. Nunca.

—Ven —dijo Ranma despacio, bajaándose de la cama con pisadas
cuidadosas—. Vamos a decirles.

~ o ~

Desde su posición en la azotea, Cologne miró a Shiso alejarse al vuelo,
luego de depositar en la mano de ella la cajita que había traído. Ahora no
había tiempo para hablar; las calles bullían de gente, y un ave parlante
sin duda hubiera llamado la atención, incluso sobre una azotea.

La forma negra del pájaro surcó por sobre los tejados hacia el puerto, y
la mujer vio que cada batir de alas, extrañamente inconexo, lo propulsaba
veinte metros, y en apenas unos segundos el cuervo estuvo lejos y se
perdió de vista.

Cologne volvió al segundo piso del Nekohanten y avanzó despacio por
el pasillo de madera. Dos pasos rozantes, el clac de su báculo de palo.
Traspuso la puerta abierta de su habitación, y con el bastón la cerró al
entrar.

Ya había empacado; había empacado anoche, el mínimo absoluto de
cosas que necesitaría, inmediatamente después de que Shiso la visitara
por primera vez con el mensaje de Samofere. La reducida bolsa de tela
yacía sobre su cama.

Cologne se sentó al escritorio, dejó el báculo apoyado contra un costado,
y abrió la caja. Un pequeño frasco con agua, y una larga nota manuscrita.

Leyó primero la nota, y luego la volvió a leer cuando hubo terminado,
explorando una y otra vez las palabras escritas en la letra precisa y
ordenada de Samofere. Luego la dejó de lado, y se pasó dedos arrugados
y encogidos por su largo pelo cano. Esa longitud era el último vestigio de
su juventud, el último recuerdo de lo que había sido alguna vez.

Sacó una hoja de papel desde el escritorio, una pluma desde la jarra
enfrente de ella. Metió la pluma en el tintero abierto, y se quedó con esta
posicionada encima del papel.

"Mi niña querida —escribió—. Quiero que entiendas que lo que hago, lo
hago porque debo..."

Cuando hubo terminado, leyó la nota, luego la arrugó y la dejó sobre
el escritorio. Nada de pistas. Nada de explicaciones. Así tenía que ser.
No podía haber indicio de que hubiera nada más que lo que parecía.

Pero a qué precio. Qué precio.

—Ay, niña —musitó, y metió en la caja la nota de Samofere y la nota
arrugada que Shampoo nunca leería, luego tomó el frasco—. Ay, niña,
tal vez un día sepas perdonarme por lo que tengo que hacer.

Se despojó de sus ropas, de la túnica verde e informe que usaba, y las
dejó en una pila arrugada sobre el piso de la habitación.

Luego quitó el corcho del frasco y se lo vertió en la cabeza.

Y sintió el cambio. La perspectiva se difraccionó, eso borroso que desde
hacía años había tenido en los bordes de la vista ahora se esclarecía, y
los sentidos se le aguzaron más de lo que había creído posible.
Desaparecieron el agarrotamiento y el dolor insistente y continuo de
la vejez, al librarse su piel de arrugas y volverse lozana y fresca, al
expandirse sus extremidades, al crecer la línea de su cuerpo, que adquirió
curvas y firmeza en todos sus lugares.

No había espejos en la habitación; los soportaba solo cuando era
inevitable. Pero sabía qué aspecto tenía ahora; la imagen estaba cien
mil veces engranada en su cabeza.

Una figura esbelta, contorneada, atlética sin ser musculosa en exceso.
Una cara bonita, bien formada, de grandes ojos verdes. Cabello largo,
sedoso y negro como la noche.

Caminó despacio hasta el armario, con una ligereza extraña en el andar,
tras tantos años de combatir las debilidades de la edad, de rechazarla
con cada fibra del ser hasta vencerla. Desde detrás de su corrida de
túnicas similarmente amorfas, sacó una demasiado grande para el cuerpo
que había tenido hasta hace poco: una túnica de seda verde, tan fina
que se acercaba a la transparencia. Las mangas y basta eran de un verde
más oscuro que lo demás, y lucía allí un bordado de diminutas flores
blancas. Se la pasó por sobre la cabeza, y la prenda se estrechó a su
cuerpo como un viejo amante. Luego vino el cinto de seda negra, ajustado
a su talle, con el resto de la túnica cayendo hasta sus tobillos, abierta por
los lados desde la bastilla de abajo hasta por sobre la rodilla, para dar
mobilidad.

Sobre aquello se puso una capa de gris pálido, de tela gastada por los
años, pero aún sin hoyos ni rasgaduras. Se recogió el pelo con una mano
y lo afianzó con un sujetador antiguo de madera y jade, que había estado
durante décadas en un bolsillo de la capa. Se subió la capucha de la capa
para esconder el rostro; la prenda ajustaba tan perfectamente como la
túnica.

Miró hacia atrás, a la túnica gruesa y amorfa que yacía en el piso detrás
de ella, como piel desechada. Cerca yacía un báculo que ahora le hubiera
servido apenas como bastón.

—Agua de la Poza de la Niña Ahogada —murmuró con una voz cristalina,
que había pasado desde el crujir de la vejez a la música ligera de una
muchacha de no más de dieciocho años—. Extraída del Chisuiton de la
Dinastía Musk.

Cruzó de un paso un trecho que antes le hubiera significado cinco, y
tomó la bolsa de la cama. Dentro, traquetearon un tanto los pocos
tesoros de las joketsuzoku que necesitaría. Los había dejado casi todos
en el armario; Shampoo sabría qué hacer con ellos.

Sacó la caja del escritorio y la metió en la bolsa con los demás objetos.
Se echó la bolsa al hombro y volvió al armario. Ya no necesitaba su palo,
pero sí era necesaria un arma.

Apoyado contra la pared, al parecer olvidado, lo encontró. Un rastrillo
de mango largo, más alto que ella, con puntas de acero de brillo filoso.
El mango era pesado y pulido en varios lugares por el desgaste de
incontables manos. Un arma, no una herramienta, aunque sí un arma
extraña; lo había usado de niña, y como mujer hasta que sus manos se
habían vuelto demasiado marchitas y su estatura demasiado baja como
para empuñarlo de forma eficaz.

Asió el rastrillo y lo miró con una sonrisa extraña, mitad triste, mitad
divertida.

—Supongo, pues, que soy el cerdo. ¿Quién es el mono, entonces? ¿Quién
el monje? ¿Y el dragón...?

Descansó el rastrillo en el otro hombro, y salió. El pasillo, sintiendo por
primera vez en décadas la increíble facilidad que sienten los jóvenes al
andar. Escaleras abajo, rápido, no con el correteo menudo que había
tenido antes, sino con los pasos ligeros y distendidos de una joven en
la flor de la salud.

No podía esperar comprensión de esto, porque explicar sus acciones a
alguien anularía todo el propósito de ellas. Ni siquiera podía esperar perdón,
si decía la verdad. Le quedaba poco que fuera esperanza, se dio cuenta.
Pero había sabido que este día vendría, desde que había bajado con
Samofere a las cavernas bajo Jusendo. Había sabido que, un día, tendría
que hacer esto. Lo había hecho antes ella, o alguien como ella, y se haría
otra vez. No del mismo modo, ni en exactamente las mismas circunstancias,
pero se haría otra vez.

El destino era como una barca en rápidos de fluir correntoso. Si bien era
posible cambiar un poco el curso, la dirección general jamás podía variarse.
Pero, a qué mar la conducía su río al final, no lo sabía.

—Briznas en el cauce del tiempo —dijo en voz queda, y salió, cruzando la
puerta del Nekohanten por última vez en su vida.

~ o ~