Aguas bajo la tierra

Un Fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum
Versión Castellana de Miguel García

~ o ~

Capítulo 4 : Los motivos del hecho

~ o ~

—Ya llegamos, bisabuela —llamó Shampoo al abrir la puerta corrediza con
el borde del pie, para entrar al restaurante, con una bolsa de provisiones
en cada mano. Mousse la seguía desde atrás, algo titubeante con la
pesada carga de dos bolsas por mano.

No hubo respuesta. Shampoo puso las bolsas sobre una mesa cercana y
se echó el pelo hacia atrás de la espalda antes de volver a llamar:

—No pudimos encontrar raíz de mandrágora en tienda, así que vamos al
yerbatero, pero...

—Salió, Shampoo —dijo Mousse en voz queda por detrás de la muchacha,
poniendo sus bolsas junto a las de ella.

Shampoo resopló y se volvió a mirarlo.

—Tú no sabes de qué hablar. Bisabuela no oyó, solamente.

—Esa vieja tiene oído de murciélago —dijo Mousse, quitándose los anteojos
y limpiándoselos con la manga de su túnica—. Si estuviera, ya habría bajado.

—¡Bisabuela! —volvió a llamar Shampoo, antes de encogerse de hombros
y aceptar la sugerencia de Mousse. Cologne no acostumbraba salir durante
el día, pero tampoco era algo inaudito.

—Ya que Cologne salió, ¿te gustarí...? —empezó Mousse.

—No —dijo Shampoo, enfilando a la trastienda del local, donde estaban las
escaleras a la planta alta—. Descarga provisiones, Mousse.

—¿No vas a ayudar?

Shampoo ni siquiera respondió. Detrás de ella, oyó a Mousse soltar un
suspiro suave, pero no miró atrás. Oyó el crujido de bolsas de papel y el
deslizar suave de los pies de él por el piso al desplazarse a la cocina, pero ella
ya iba escaleras arriba. Las escaleras rechinaron bajo sus pisadas, mientras
subía hacia el lugar donde los tres tenían sus habitaciones. La casa, incluso
el segundo piso, tenía siempre un olor impreciso a hierbas y condimentos,
el olor persistente y divagante de la comida hecha durante el día.

Estaba unos pasos más allá del cuarto de Cologne cuando advirtió que la
puerta estaba abierta. Arrugó el entrecejo.

—Bisabuela nunca deja puerta abierta —dijo en voz baja, volviendo a dar
un vistazo al interior.

Tras un momento de duda, entró a la habitación. La puerta estaba abierta,
a fin de cuentas.

Pareció extrañada, recorriendo con los ojos el armario abierto y la cama,
el escritorio y la túnica desechada en el piso con el báculo yaciendo sobre
esta.

Sus ojos captaron el último objeto, y Shampoo se acercó y se acuclilló
junto a este, sintiendo que se le abría un pozo frío en el estómago, y que
agua helada le corría por los brazos y las piernas.

La túnica era la que su bisabuela había llevado puesta esa mañana. Ahora
era un bulto en el piso, como un capullo desechado, compuesto de tela
verde.

Pero eso no era lo perturbador: era el báculo lo que en realidad le causaba
miedo. El palo antiquísimo que su bisabuela había portado en todo el tiempo
que ella la conociera, que servía alternadamente de bastón, zanco, extensión
del brazo, arma y muleta. Siempre había parecido parte de la anciana, algo
inherente a ella.

Y ahora yacía abandonado, como si ya no le hiciera falta.

Algo andaba muy, muy mal.

~ o ~

—¿Señorita Kuonji?

—¿Hmm?

—Las clases se terminaron hace una hora. Se puede retirar si lo desea.

—Sí, ya lo sé.

Hinako-sensei miró durante un momento a la muchacha de cara triste,
luego se sentó junto a ella, apoyada contra el casillero de los zapatos.

—¿Se siente bien? —preguntó la niña, recogiendo las rodillas contra el
pecho y abrazándoselas, mirando a Ukyo con grandes ojos cafés—. ¿Está
con gripe?

—No. Estoy bien —dijo Ukyo después de un momento.

—¡Bueno! —dijo Hinako al ponerse en pie de un salto—. En fin, mejor se
retira pronto. ¿No querrá quedarse encerrada aquí, verdad?

—No, creo que no —dijo Ukyo, como recién cayendo en la cuenta.

—¡Y no se olvide de hacer la tarea! ¡Que pase buen fin de semana! —dijo
la profesora, y partió casi a saltos.

Cuando Hinako torció por el recodo del pasillo y se hubo perdido de vista,
Ukyo se levantó por fin y ajustó la posición de la espátula terciada a su
espalda. La sentía de mil kilos.

Suspirando, anduvo con pies pesados por los pasillos casi vacíos hasta
llegar a las puertas principales del colegio, y desde allí salió al patio de
Furinkan. Las aguas de la lluvia de madrugada seguían encharcadas en
algunos lugares, y en el cielo pendían nubes grises que prometían un
nuevo aguacero.

No había mucho que hacer más que irse a casa, se dio cuenta con una
especie de aceptación sorda. De vuelta al local, de vuelta a Konatsu y su
presencia leve de mujer, su afecto delicado.

Caminó hacia el portón que daba a las calles de Nerima, y mientras el sol
le caía en la cara, imaginó que podía sentir aún el sabor de los labios de
él en los suyos, aunque habían pasado ya cuatro horas. Que el beso
hubiera sido propiciado por ella sola no era importante en su mente. Su
duración de menos de un segundo antes de que Ranma la apartara de un
empellón, atónito, no era importante tampoco.

Solo el recuerdo. Una última cosa de qué aferrarse. Porque a algo tenía
que aferrarse.

—Hola —le dijo alguien al salir Ukyo por el portón, y fue tan parecido a la
forma en que Ranma la había saludado unas horas antes, que una parte
de ella pensó que era él, para luego advertir que no era la misma voz.

—Hola, Ryoga —dijo ella, volviéndose para ver al muchacho apoyado
contra la muralla de piedra que exhibía la placa de "Furinkan". Tenía los
brazos cruzados sobre el pecho, y su expresión era la del soldado que
acaba de entender el verdadero horror de la guerra.

El muchacho se le acercó, con la fluidez que desmentía su físico y lo
marcaba como un peleador. Los hombros parecían enconvársele un tanto
bajo el peso de la enorme mochila, aunque ella lo había visto cargarla
muchas veces antes como si fuera una pluma.

El paraguas de bambú rojo no se veía. Notar su ausencia le recordó a
Ukyo el uso que este casi había tenido aquella tarde, y sintió hincharse
en ella una rabia fría contra Ryoga.

—¿Y ese paraguas de una tonelada que traes siempre? —preguntó,
lamentando las palabras apenas dejaron su boca.

La cara de Ryoga parecía demacrada, bañada en sombras debido a su
posición cerca del muro:

—No sé muy bien. Creo que se me cayó cuando Hinako nos dejó sin
energía a Ranma y a mí. No... No lo quiero tener, de todos modos.

Ukyo, despacio, inclinó la cabeza hacia un lado:

—¿Por qué no?

—Creo que es una parte de mí que quiero dejar —dijo Ryoga, lento—. Algo...
que creo que ya no me hace falta.

—Casi lo matas —dijo Ukyo.

—Sí —dijo Ryoga, y aunque lo dicho no contenía alegría, tampoco contenía
culpa, solo una aceptación calma, muda, de un hecho dimensionado hacía
mucho rato.

—¿No deberías estar remordiéndote y hablando sobre la próxima vez?
—dijo Ukyo, avanzando un paso que lo dejó solo un metro de él.

—No —dijo Ryoga—. No, no creo que Ranma y yo tengamos una próxima
vez.

Ukyo asintió despacio, y sintió que la rabia empezaba a írsele.

—Qué... Qué bueno oírlo.

—Ojalá supiera si es bueno —dijo Ryoga, críptico.

—¿O sea que te vas a olvidar de Akane?

Ryoga cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, exponiendo la cara al sol,
aún capaz de ver la luz pese a la ceguera:

—No sé. Sé que debería, pero...

Subió una mano y se la puso contra el pecho:

—Esto no sabe más que de esto.

—¿Y la otra chica que mencionó Ranma? —dijo Ukyo—. ¿Akari?

Ryoga asintió despacio y abrió los ojos de nuevo:

—Sí.

—¿La quieres?

Ryoga se sonrojó y murmuró algo, luego echó a andar, pasando por el
lado de Ukyo. Ella estiró una mano y le sujetó un brazo.

—¿Ryoga?

—Eso es cosa mía —dijo Ryoga, azorado.

—Sí, tienes razón —dijo Ukyo, soltándole la manga—. No he dicho nada.

Ukyo dejó salir un suspiro largo, inestable, y salió presurosa por un lado
de él. Antes de que hubiera dado dos pasos, la mano de él estaba en el
hombro de ella, con esa presión delicada pero imposible de resistir, que
había usado esa misma tarde para impedir que Ukyo abofeteara a Ranma,
la misma fuerza con suavidad de acero que la había apartado a un lado
cuando ella había intentado detener la pelea.

—Ehm... Espera.. Ehh... —dijo Ryoga, con una voz vacilante que era un
contraste absoluto con la seguridad de su mano—. ¿De verdad quieres
saberlo?

—Tal vez —dijo Ukyo, sin volverse a mirarlo.

—¿Por qué?

—Solo quería saber si de verdad es posible que alguien se enamore de
dos personas —dijo Ukyo en voz queda.

—¿Qué es el amor? —dijo Ryoga, divagante.

—Ojalá lo supiera —dijo Ukyo con una risa breve, y volvió la cabeza para
mirarlo a la cara. Le vio una expresión añorante, y tristeza en los ojos.

—Quiero a Akari, creo —dijo Ryoga después de un momento—. La quiero
porque es bella, porque es amable, porque es leal, y porque me ama, y
porque sé que se merece mi amor.

Un lado de la boca se le dobló en una extraña semisonrisa:

—Supongo que la amo, si es que el amor es eso. Pero no es la misma
forma en que amo a Akane. Akane es muy bella, y es amable, pero... No
la amo por esas cosas.

Su mano dejó el hombro de ella, y volvió a tocarse el corazón a través de
la tela áspera de su camiseta sin mangas.

—Amo a Akane porque la amo. Es... Es lo único que puedo decir. Amarla...
me hace sentir que soy una persona más grande de lo que sería sin amarla.
Me...

No terminó. —¿Ukyo, estás bien?

—Sí —dijo Ukyo, enjugándose los ojos.

—Perdón —dijo Ryoga—. En serio, no fue mi intención...

—No es tu culpa —dijo Ukyo—. ¿Sabes... Sabes para dónde fueron?

Ryoga negó con la cabeza. —No quise saber.

—Los vi por la ventana —dijo Ukyo a media voz—. Yo estaba sentada junto
a tu cama. Te habías quedado dormido después de que Akane se fue...

Inspiró hondo.

—Iban de la mano.

Ryoga cerró los ojos despacio, despacio.

Cuando los volvió a abrir, algo se había ido de ellos. La boca de Ryoga era
una línea recta, y su mano cayó desde donde la tenía contra el corazón,
hasta su costado, como la rama quebrada de un árbol.

—Ven —dijo Ukyo por último—. Vamos a comer un okonomiyaki. Yo invito.

Ryoga asintió despacio, porque algo que faltaba en los ojos de ella era igual
a eso que no había en los de él.

~ o ~

Happosai se sentía singularmente bien el día de hoy. Quizá era por el sol,
o el aire, o por lo repleto que sentía su costal de ropa interior. Quizá era
el tropel de bonitas colegialas de uniforme que lo perseguía por las calles,
mientras él se zambullía y serpeaba entre los transeúntes de la tarde.

Lo ameno del coleccionar no era la posesión; era la adquisición, la
anticipación, la categorización y, desde luego, la inevitable persecusión
por parte de las dueñas de sus nuevos tesoros.

Así y todo, había que ver lo bien que se sentía: mucho mejor que de
costumbre. Hacía años que no estaba tan ágil ni rápido. No sabía bien
cuál era la causa.

Y de pronto lo supo. Toda su energía de hoy había estado destinada a
este momento. A encontrarla a ella. La capa gris, más que ocultarla,
acentuaba a la muchacha y su figura, que, para el ojo avezado de él, era
cercana a la perfección. El rostro que asomaba brevemente por entre los
pliegues de la capucha era muy bello también, aunque hoy en día las
caras no eran de gran interés para Happosai.

La muchacha portaba lo que parecía ser un rastrillo al hombro. Eso y su
atuendo inusitado debería haberla hecho descollar entre la conservadora
masa de japoneses, pero algo había en su forma de moverse, una especie
de humildad grácil, que hacía que nadie la mirara dos veces. Hasta a él
le costaba no perderla de vista. Era la marca obvia de alguien que cultivaba
las artes marciales. Cosa rara: recordaba vagamente, de hacía muchos
años, de algún lugar, una muchacha armada con rastrillo. Tal vez un
cuento que había oído.

—¡RICURA! —dijo, dejando de lado las ideas, para brincar desde el tejado
donde había estado reposando por un momento, hacia la joven que
caminaba por el entre el gentío.

Ni siquiera la vio moverse. Pareció no haber intervalo entre el momento
en que el rastrillo descansaba holgado en el hombro de la muchacha y el
instante en que las púas de acero filoso estuvieron a un soplo del cuello
de él.

La otra mano de la chica había pasado de estar extendida con la palma
plana bajo la barbilla del anciano a sujetarlo del cuello del traje en menos
de un segundo.

Las cinco cuchillas como navajas del rastrillo destellaron a la luz del sol.

—Hola, Happi —dijo la joven.

La capucha cayó hacia atrás, y él advirtió de quién era la cara.

—¿Cologne? —musitó, incrédulo.

—Nunca me has hecho caso —dijo Cologne, en una voz que empezaba a
hacerse tan conocia como el ayer, aunque él no la oyera desde hacía
décadas—. Y dudo que lo hagas ahora. Pero lo mejor que puedes hacer
es irte muy, muy lejos de aquí.

Happosai se mojó los labios con la lengua. La visión de Cologne como
había sido en sus días de juventud le había producido un estupor que no
admitía por el momento idea alguna de lascivia. El rastrillo también
contribuía bastante a aquello.

—¿Imagino que una tocadita por los viejos tiempos sería mucho pedir?
—dijo Hapossai por último, con su mejor sonrisa.

La cara imposiblemente joven de Cologne se contorsionó en una
combinación de repulsa y lástima, y arrojó al anciano lejos de ella...

Directamente hacia la gran turba de colegialas furiosas. Abandonándolo
al tratamiento poco tierno de las muchachas, Cologne marchó ligera por
entre el gentío.

—Siempre tuviste la manía de aparecer exactamente donde más
estorbabas, Happi —oyó decir el viejo a la voz de ella, por entre el ruido
de pies y puños que lo vapuleaban.

La voz parecía llena de tristeza y cansancio.

~ o ~

—Qué bueno que llegan, Ranma, Akane —dijo Kasumi al entrar ambos por
el ancho portón hasta el recinto amurallado de la casa y el dojo.

La hermana mayor de Akane atendía con unas tijeras de jardín a uno de
los árboles enanos dispuestos en hilera por el camino que conducía a la
puerta principal. Tenía el cabello atado en un moño y las puntas de los
dedos teñidas de verde pálido.

—Hola, Kasumi —dijo Akane.

Kasumi los miraba con una sonrisa extraña, sabedora, y los dos cayeron
en la cuenta de que seguían de la mano. Akane sacó la mano de un tirón,
con tanta fuerza que él arrugó la cara cuando las uñas de ella se le
clavaron en la piel.

—¿Cómo estuvo el colegio? —dijo Kasumi, haciendo un par de tijeretazos
de práctica. Brotes verdes y ramas pequeñas sembraban el suelo a sus
pies, como gotas de lluvia esmeralda.

—Nada mal —dijo Ranma después de un momento—. Ryoga volvió a Tokio.

—Qué bueno —dijo Kasumi sin interumpir la tarea. Los retazos cortados
se amontonaban a sus pies como arena en la playa—. Ojalá pase a visitar.

Ranma suspiró y caminó hacia la puerta principal, con Akane siguiéndole
de cerca.

—Nabiki dijo que tenía negocios que atender —le informó Akane a su
hermana al pasar.

—Qué bueno —dijo Kasumi, y empezó a tararear bajito, mientras los dos
abrían la puerta de la casa y entraban.

Pasaron por el recibidor, luego junto al corredor que conducía al dojo, y
luego junto a la puerta abierta de la cocina, hasta el comedor que miraba
hacia el patio. Soun y Genma estaban sentados a la mesa, con el tablero
de go entre ellos y una pequeña tetera de té en el borde de la mesa. Los
dos estaban en silencio, contemplando sus respectivas jugadas con la
seriedad de generales de la milicia.

—Bienvenidos, hijo —dijo Genma sin levantar la mirada.

—Hola, Akane —dijo Soun sin alzar la mirada tampoco.

Ranma y Akane se miraron con gesto nervioso, luego se dieron unas
sonrisas temblorosas, vacilantes. Se tocaron las manos, un solo momento,
luego se arrodillaron ante la mesa con sus padres.

—Oye, viejo, ¿y mamá? —preguntó Ranma.

—Aquí estoy —dijo Nodoka, saliendo de la cocina.

Miró a Akane y a Ranma, se sentó cerca de los dos ante la mesa, y por
un momento le apareció una sonrisa minúscula. Sentada, los miraba a los
dos:

—¿Querías algo, Ranma?

—Akane y yo venimos a hablarles de mi decisión —dijo Ranma, tratando
de tener la voz serena, pero sintiendo que el cuerpo le empezaría a tiritar
en cualquier momento. Los dos habían discutido en el camino lo que dirían,
en tonos nerviosos y titubeantes, que todavía resonaban con la sinceridad
de las palabras.

La cara de Nodoka se iluminó con una sonrisa:

—¿Sí? ¿Lo has discutido con Akane?

Akane asintió en silencio.

—Te felicito, hijo —dijo Nodoka.

Ranma se ruborizó un tanto y quitó la mirada de los ojos de su madre.

—Gracias, mamá.

—¿Cuál es tu decisión, hijo? —dijo Genma, pero tenía en la voz cierto
tono de ya saber la respuesta.

Ranma abrió la boca para hablar. El silencio de la estancia, la presencia
vigilante de los tres adultos, y hasta el apoyo callado de Akane junto a él
parecieron querer oprimirlo y ahogarle las palabras, pero empezó a
invocarlas de todos modos.

Y entonces el grito de Kasumi despedazó aquel silencio, total e
irreversiblemente. Se volvió una cosa rota que jamás volvería a
recuperarse.

Estuvieron todos de pie y corriendo en un segundo, con Ranma a la
cabeza. Sintió que el fuego volvía a pulsar en su cráneo, pero esta vez
había muy poco hielo detrás de este.

Torció por el recodo hasta el recibidor y vio la escena, enmudecido. La
puerta principal estaba destrozada, descuajada del marco, hecha astillas
contra el suelo, en una disposición que le recordó extrañamente los
resultados de Kasumi al podar los arbustos.

Y en el centro de los restos de la puerta yacía Kasumi, inmóvil y con
sangre en un costado de la cabeza. El moño se había desatado y estaba
esparcido por su cara como una sombra. Parecía como si alguien la
hubiera alzado y estrellado a través de la puerta con fuerza suficiente
para romper la madera.

Ranma no supo cómo no la había visto al principio, y cuando la vio fue
casi como si hubiera brotado de la pared misma; hasta que el muchacho
advirtió que la mujer había estado tan quieta, tan sin dar señales de
presencia, que había sido casi invisible.

—Hola, yerno —dijo la joven menuda, fina, vestida de capa gris y túnica
verde.

Las palabras era conocidas, pero la cara por cierto no lo era. Tampoco
había nada conocido en la mujer; ni el rastrillo con dientes como cuchillas
descansando contra un hombro, ni el cabello negro recogido en un moño
a la altura de la nuca.

Solo los ojos eran conocidos, porque eran imposiblemente viejos y hondos
en esa cara tan joven. Pero había algo que los ojos de Cologne jamás
habían tenido, si esta joven hermosa era Cologne. Había un indicio, un
vibrar, algo en la forma en que sus ojos no parecían hallar enfoque.

Locura.

—¿Cologne? —musitó él.

—¿Quién si no? —dijo Cologne, y se rió un poco. Miró a la caída Kasumi—.
Lástima que se haya interpuesto.

Ahora había hielo en la cabeza de él, mezclándose con el fuego.

—¡KASUMI! —exclamó Soun al llegar por el recodo y ver a su hija mayor
herida en el piso, y a la extraña mujer de pie junto a ella. Con un grito de
rabia pura, Soun acometió.

—Señor Tendo —fue lo único que Ranma alcanzó a decir.

Cologne apenas pareció moverse; no hubo más que un borrón al elevarse
el rastrillo, y Ranma no pudo distinguir si fue la cabeza o el mango lo que
golpeó a Soun, ni cuántos golpes le dio Cologne. Pero el hombre voló de
espaldas, chocó contra la pared y se derrumbó al suelo como un bulto sin
huesos, sin sonido. Tenía el gi rasgado en algunos puntos con la fuerza de
los impactos.

—Ahora, vamos a zanjar el asunto del matrimonio con Shampoo, de una
vez por todas —dijo Cologne—. Hay una última opción, yerno, una que
nunca te dije.

Ranma acomodó sutilmente su postura, y el hielo empezó a crecer, y
entonces el hielo se retiró al bajar Cologne levemente el rastrillo para
poner las púas semejantes a cuchillas contra el cuello de Kasumi.

—No hagas que se me vaya la mano, yerno.

—¿Por qué no para de decirte...? —cuchicheó Akane por detrás de él, pero
la pregunta murió al intuir ella la respuesta.

—No te le acerques —gruñó Ranma.

—Como gustes, yerno —dijo Cologne con una sonrisa torva, que de cierta
forma parecía demasiado vieja para su cara.

Cologne ajustó sutilísimamente la posición del cuerpo.

Se volvió un bólido...

Ranma se puso por delante de Akane y se sintió caer en el abrazo del hielo,
dejó que penetrara en su cerebro y en sus extremidades...

Un chispazo de algo pasó junto a él, y sintió a su padre gritar.

Se volvió, despacio, insoportablemente despacio, porque para él el mundo
estaba casi congelado.

Su padre era un bulto que tiritaba en el piso, con las extremidades extendidas
y luxadas en posiciones no naturales.

Cologne tenía un brazo en torno al cuello de Nodoka desde atrás,
rodeándoselo como un lazo de horca, con la barbilla de la otra mujer en el
hueco del codo. Era más baja que Nodoka, y forzaba a esta a medio
arrodillarse por delante de ella. Con la otra mano asía el rastrillo, con los
filos a un centímetro del cuello de la madre de Ranma.

—Podía capturar a tu muchacha —dijo Cologne con una voz imposiblemente
fría, fría como el hielo que había en la cabeza de él—. Pero habría sido
demasiado predecible, además de que esta niña suele arruinarlo todo y
escaparse.

—Cologne... ¿Por qué esto...? —murmuró Ranma.

Al ver a su madre aterrorizada al punto de no poder hablar, el fuego y el
hielo que habitaban en su cabeza se habían ido, consumidos bajo la
sensación de impotencia.

—¿Preguntas por qué? —cuchicheó Cologne—. ¿Tienes el descaro de
preguntar por qué, niño? Has deshonrado a mi heredera ante su tribu, la
has dejado en ridículo, y la has usado a conveniencia tuya tantas veces
que he perdido la cuenta. A cambio de su amor sincero y de su ayuda en
tantas situaciones absurdas acarreadas por tu propia insensatez innata,
la has despreciado y la has usado cuando te conviene. He tenido bastante
paciencia, yerno. Ya es hora de ponerle término.

—¡LARGO DE AQUÍ! —le gritó Akane a Cologne—. ¡Usted... Usted! ¡Se
viene a meter a mi casa, hiere a mi padre y a Kasumi, que jamás le ha
hecho nada a nadie en su vida, y usted... usted...

—Cállate, niña —dijo Cologne con tono aburrido—. No durarías ni cinco
segundos en Joketsuzoku. El entrenamiento que damos a nuestros niños
cuando están en edad de caminar te comería viva. Tu debilidad me
produce asco. Te precias de luchadora, pero cuando vienen los problemas
haces poco más que esperar a que te salve tu prometido. Dirígeme la
palabra cuando hayas aprendido el verdadero significado de ser una
guerrera.

—No es cierto —musitó Akane—. Yo...

—Cologne —dijo Ranma despacio, mirando una gota de sudor bajar por el
rostro pálido y tembloroso de su madre—. Cologne, ¿por qué? Tú siempre
has...

—Siempre he esperado que le permitas a mi bisnieta volver a su casa
—dijo Cologne—. Todo lo que he hecho por ti ha sido con ese fin. No sé
qué te ve ella; Happosai cuando joven era diez veces más hombre que tú.
Eres un niño pedante, un insensato que por esas cosas de la vida tiene una
relación de idiot-savant con las artes marciales, y con hacer que las mujeres
se enamoren de ti pese a tus defectos.

Ranma inspiró hondo. —Cologne, suelta a mi madre.

—He aquí la última opción —dijo Cologne, sin hacer caso de las palabras de
Ranma—: La opción que contemplan nuestras leyes para un hombre que
terminantemente no desea casarse con una mujer joketsuzoku.

—¿Cuál? —dijo Ranma.

—Ranma, no... —dijo Akane.

—Akane, tiene a mi madre —dijo Ranma, y tenía la voz baja y peligrosa.

—Pelearás un duelo con la integrante más vieja de la familia de la mujer
—dijo Cologne—. El duelo se gana por rendición, pérdida del conocimiento,
o muerte. No me importa cuál de las tres elijas; lo mismo me da que esa
niña se libre de ti o que te cases con ella.

—¡No pienso obedecer tus leyes idiotas! —dijo Ranma, perdiendo
momentáneamente la calma y la dureza del control—. ¡Suelta a mi madre!

—Las vas a obedecer —dijo Cologne—, por el honor de tu familia, aunque
escaso sea, y por el poco honor que tengas tú, aunque lo considero menor
aún. De lo contrario, tu madre muere.

Había desquiciamiento en los ojos de Cologne, pero era un desquiciamiento
de índole poderosa. Ranma sintió ganas de llorar.

—Si logras vencerme —siguió Cologne—, aunque no veo cómo podrías,
entonces quedas libre de toda obligación para con Shampoo, y ella volverá
a la tribu, deshonrada, al igual que yo. Pero si te venzo y sigues con vida, te
casarás con Shampoo y volverás con nosotras a la aldea.

—No pienso ir a...

—Entonces tu madre muere.

—Ranma, no hay alternativa.

Esas últimas eran palabras de Akane, y Ranma asintió despacio con la
cabeza, otorgando.

—Está bien. Acepto.

Cologne asintió, y una expresión de complacencia trepó por su rostro
hermoso y frío:

—Bien dicho.

—Suelta a mi madre —volvió a decir él.

Cologne se rió.

—Todavía no, yerno. Sé todas las excusas que puedes usar. Que la
promesa se hizo bajo presión, que las leyes y costumbres de extranjeros
sucios no tienen validez para la gente honorable como tú. Creo que con tu
madre nos vamos a conocer bastante durante estos días.

—¡SUÉLTALA!

—Cállate, niño —dijo Cologne, y acercó el rastrillo lo suficiente como para
que las puntas tocaran la cara de su madre sin cortarla.

Akane puso una mano en el brazo de él. Solo entonces Ranma se sintió
llorar y cayó en la cuenta de que lo estaba haciendo desde hacía un rato,
en total silencio.

—Ranma, ella tiene la sartén por el mango.

—Muy cierto, niña —dijo Cologne—. Yerno, ¿recuerdas la montaña donde
le enseñé a tu amigo la Técnica del Punto de Ruptura?

—Sí —dijo Ranma, mojándose los labios, que sentía muy, muy secos.

—Irás allá mañana antes de que el sol se ponga —dijo Cologne—. Te
estaré esperando con tu madre. Si llegas después, la encontrarás muerta.
Cuando llegues, pelearemos un duelo con las condiciones que he detallado.
Si intentas alguna treta, fracasarás, y ella morirá. Trae a quien desees; quiero
muchos testigos.

Ranma asintió lentamente. —Sí.

Cologne lo miró, con ojos fríos en aquel rostro joven, primoroso.

—Una cosa más. Mi bisnieta no sabe nada de lo que estoy haciendo, ni de
este aspecto de nuestras leyes. Todo daño que pienses hacerle en mi lugar,
entiende que a tu madre le haré el doble. Y si piensas comprar la vida de
tu madre con la de ella, entiende lo siguiente: Si mi bisnieta muere, voy a
cobrar una venganza como nunca la has visto. Voy a matar a tus padres,
voy a matar a tus amigos, voy a matar a las mujeres que quieren tu amor.
Voy a matar, y no voy a parar hasta que todos los que conoces estén muertos,
y a ti te voy a dejar vivo, para que sepas que el causante fuiste tú.

—Yo no le haría daño a Shampoo —dijo Ranma—. Esto no es el estilo de ella.
Tampoco pensé que fuera el tuyo.

Cologne lo miró y se rió, sarcástica:

—Cuando se vive tanto como yo he vivido, yerno, se da uno cuenta de que
muchas veces es necesario cambiar el estilo, para hacer lo que hay que hacer.

Cologne avanzó un paso, todavía sujetando a la madre de él y poniéndole el
arma contra la cara.

—Ahora nos vamos. Si intentan seguirnos, ella muere. Y sabré si me sigues.

—Mamá —dijo Ranma—. Mamá, perdóname, debí haber...

Apretó los ojos contra lágrimas calientes.

—Mamá, te quiero.

—Yo también te quiero, Ranma —dijo su madre con voz débil, al pasar las
dos. Eran las primeras palabras que decía desde que la pesadilla empezara
hacía apenas unos minutos.

Cologne se detuvo en el umbral de la puerta y miró a la caída Kasumi.

—Usé un punto de presión. No es sangre, es colorante. La parálisis de tu
padre pasará en unas horas, Ranma. Tu padre, Akane, solo está inconsciente.

Presionó dos dedos en el cuello de Nodoka, que se derrumbó desmayada en
brazos de ella, como si sus huesos se hubiesen vuelto jalea.

—Mañana antes de que anochezca. ¿Entiendes, yerno?

Ranma se percató de que tenía un brazo pasado por los hombros de Akane,
y que ella lloraba contra su camisa.

—Entiendo.

Luego Cologne salió por la puerta derribada, y el muchacho vio las siluetas
de las dos mujeres hacerse borrosas y desaparecer. Si se concentraba,
podía verlas alejarse portón afuera, durante apenas un segundo, antes de
que volvieran a perderse de vista.

~ o ~

Kima surcaba el cielo esforzándose por seguir a la inquieta forma negra
que volaba por delante de ella. No tenía idea de cómo el cuervo avanzaba
tan rápido; las alas de Shiso no parecían moverse con rapidez suficiente
ni para mantenerlo en el aire, y sin embargo Kima era apenas capaz de
seguirlo.

En cierto momento parecía ella estar inmediatamente detrás del pájaro;
al siguiente, era como si este se hubiera adelantado cincuenta metros.
En ocasiones sus alas parecían batir en reversa, y llegaba incluso a estar
más atrás que ella un instante, antes de volver a aventajarla.

Era desconcertante en extremo, y, debido a la necesidad de volar tan
alto para evitar ser vistos, las náuseas no eran pocas. La campiña japonesa
pasaba rauda más abajo en un envión de verde y pardo, con el ocasional
pueblo o aldea rompiendo la monotonía. Kima miró al cielo con gesto
nervioso, cautelosa de la lluvia como cada vez que volaba; a esta altura,
cualquier llovizna significaba una muerte inevitable. Las nubes parecían
enormes aquí en lo alto, estelas de gris espeso, cargadas de humedad.
Olía en el aire una tormenta cercana.

El aire corría por su cara, le desordenaba el cabello y le hacía arder un
tanto los ojos. Traía puesto su acostumbrado uniforme de vuelo: el traje
blanco de una pieza que dejaba sus brazos y piernas descubiertos, con
solo los adornos mínimos para una mujer de su estatura. La espada,
encorreada a su cadera, pegaba ocasionalmente contra su pierna ante
todo cambio en la dirección de vuelo.

Bien por delante, Shiso recogió súbitamente las alas y se precipitó en
picada, una flecha negra apuntada al suelo. En el aire, ella se encorvó
hacia abajo y estiró las piernas y los brazos para cortar la resistencia del
viento, y cayó en picada tras él, recogiendo también las alas.

El suelo se precipitaba hacia ella, una rocosa zona de cerros, llena de
bosques dispersos. Al pie del cerro más grande, casi una montaña, podía
verse un pueblo.

El viento bramaba, envolviéndole el cuerpo como una caricia violenta
al acercase más la tierra. A esta velocidad, la vista se le nublaba y el
tiempo parecía ir más lento.

Se desplegaron las alas blancas, abanicó contra el aire en una pasada de
rasante de elegancia, repuntó hacia arriba un momento al detener su
caída, ascendiendo una decena de metros antes de que el impulso se
aminorara y ella bajara al suelo ingrávida como una hoja, hasta tocar
tierra con pies calzados de botas, en aquel paisaje pedregoso. Shiso la
llamó desde un árbol con su voz áspera y escandalosa. Ella se volvió y
echó a andar hacia él, ordenándose cuidadosamente el cabello con una
mano.

—¿Es aquí? —preguntó Kima, mirando el área.

Había un único árbol grande al centro de la explanada rocosa, con un
bosque visible hacia un costado. Shiso estaba posado en una de las
ramas extendidas del árbol, acicalándose esmeradamente las plumas
negras con el pico. Levantó la vista, la miró y asintió con la cabeza.
Parecía ser un ave de inteligencia inusitada, incluso entre aquellas que
habitaban el Monte Fénix. Esas aves que vivían entre la gente servían
de mensajeros y espías para el monte a cambio de su vida allí. Shiso al
parecer pertenecía a Samofere, tanto como pudiera pertenecer a alguien
un ave tan independiente como el cuervo.

Kima apoyó la espalda contra el árbol y cruzó los brazos sobre el pecho.
La corteza era dura contra sus alas:

—Creo que será mejor que nos escondamos en el bosque.

—Buena idea —graznó el pájaro.

Kima lo miró.

—No sabía que pudieras hablar.

—No preguntas —dijo Shiso, y bajó de un salto desde la rama hasta el
suelo junto a ella—. ¿Sabes plan?

Kima asintió, con un dejo de descontento en las facciones:

—No me gusta.

—Por qué gustar —dijo Shiso—. Sigue plan, es todo.

Kima volvió a asentir.

—Lo sé... Es que... —dijo, antes de dejar la frase en el aire unos
momentos, con ella de pie apoyada contra el árbol y el cuervo posado en
el suelo junto a ella.

—Vamos —dijo ella de pronto, quitándose del árbol—. Busquemos una
cueva o algo parecido donde esperar.

Shiso despegó del suelo con un aleteo y voló perezosamente, liderando la
marcha de ella.

—¿Lista para todo? —le dijo a Kima.

—Qué más quisiera —dijo Kima despacio, luego suspiró—. Más lista que
ahora no puedo estar.

—Hija del Monte Fénix —dijo alguien, y Kima tardó un momento en
percatarse de que seguía siendo Shiso el que hablaba, porque en la voz
tenía algo que antes no había estado. La voz anterior del pájaro había
sido la de un ave con un conocimiento rudimentario del habla humana,
con un acento estropajoso y un tono estridente, y las palabras salían en
sartas hiladas de mal modo.

Esta voz era muy distinta:

—¿Conoces tus razones para hacer lo que quieres hacer?

Kima hizo un alto en la marcha y cerró los ojos un momento; habían
entrado al bosque: el suelo bajo sus pies era delgado suelo vegetal en
lugar de la roca desnuda de antes, y unos pocos árboles tenaces pero de
aspecto quebradizo tapaban en parte al sol y echaban sombras sobre la
tierra.

—¿Mis razones?

—Sí, tus razones —dio el cuervo, y su voz era sabia y era vieja.

Kima abrió los ojos, sin habla por un momento. Shiso se alzaba mirándola,
con las alas extendidas hacia los lados y sin moverse, como si aún se
hallara suspendido en el aire. Los ojos de ella siguieron la línea fluida del
plumaje hasta llegar a los ojos, y vio que eran oscuros, portales de líquido
negro que conducían a mares más hondos que cualquier mar de la tierra.

—Respóndeme.

—Porque no quiero que mi pueblo muera —se oyó susurrar Kima desde
muy lejos—. Porque mi pueblo se muere, y porque he visto el verdadero
corazón secreto de Jusenkyo, y he visto el corazón secreto de mí misma,
y sé que él es nuestra sola esperanza.

El cuervo estaba ante ella como un icono de ébano, y sus ojos eran tan
antiguos como la primera noche del mundo.

—Él traerá lluvia a los desiertos —dijo el cuervo—, y a las gentes traerá
fuego. Peleará, como ha peleado antes, como hará otra vez, como
siempre ha hecho, y todos los que han conocido el contacto del agua
pelearán a su lado, pues al valle de las aguas llegarán las tinieblas, y solo
él será capaz de hacerles frente al final.

—Lo sé —se oyó decir ella.

Luego todo volvió de golpe a la normalidad, y por un momento hubo un
borrón en los ojos de ella, como si se hubiera movido a velocidad increíble,
y después todo fue como siempre, y Shiso estaba posado unos metros
más adelante de ella, en la rama del árbol.

—¿Qué...?

—Ven ya... —graznó el ave.

Kima sacudió la cabeza para despejársela, y lo siguió luego de un momento,
mientras el pájaro, entre aleteos, se adentraba por los espacios entre árbol
y árbol.

~ o ~

De rodillas junto a su padre paralizado en el piso del comedor, Ranma dio
un vistazo hacia donde estaba Akane. La miró ajustar la posición de la
almohada que había puesto bajo la cabeza de Soun. La expresión de su
prometida era indescifrable. Soun estaba inconciente, y tenía en la cabeza
un chichón del tamaño de un huevo pequeño. Kasumi tampoco había
despertado, pero un examen cuidadoso había mostrado que las palabras
de Cologne eran ciertas: solo estaba dormida, y lo que había parecido
sangre era una espesa pasta roja con cierto olor a fruta.

—Bueno —dijo Akane, viendo que él la miraba—. ¿Y ahora qué?

—Esperamos hasta que venga el doctor Tofu —dijo Ranma—. Y luego
vamos al Nekohanten.

—¿Qué?

—Vamos a ver si Shampoo sabe algo de esto.

—Cologne dijo que...

—O Cologne se volvió loca, o no es Cologne —dijo Ranma—. Como sea,
no se puede confiar en lo que diga.

—Pero dijo que si le hacías algo a Shampoo...

—No le voy a hacer nada a Shampoo —dijo Ranma con una voz
controlada—. Solo quiero hablar con ella.

—¿De verdad crees que Cologne sea capaz de hacerle algo a tu mamá?

Ranma suspiró. —Quiero creer que no. Pero en el estado en que está, no
sabemos de qué es capaz. Rayos, ni siquiera sé si de verdad es ella... Que
yo sepa, Cologne era una viejucha arrugada que ni Happosai querría tocar...

—¿Vas a pelear contra ella, verdad?

—No queda otra —dijo Ranma—. Tenías razón, Akane. Ella tiene la sartén
por el mango.

—Ranma, ya viste como se movía. O tal vez lo viste. Porque yo no lo
pude ver. Ranma, no la podías vencer cuando era vieja, ¿qué te hace
pensar que la puedes vencer si es así de joven?

—Que la pueda o no la pueda vencer no importa —dijo Ranma con voz
cansada—. Lo que importa es que tiene a mi mamá y que está loca, y que
si no peleo con ella, mi madre va a morir.

Akane asintió despacio con la cabeza y cerró los ojos.

—Si pierdes, ¿vas a...?

—Si pierdo, voy a estar muerto —dijo Ranma—. Porque mientras tenga
una gota de vida en el cuerpo, voy a pelear por ella.

—¡NO! —dijo Akane, y tenía lágrimas en los ojos—. ¡Que ni se te ocurra!
Si... Si... Si las cosas llegan a eso, quiero que te rindas. Cásate con
Shampoo, vete a China, haz lo que quieras, pero que no se te ocurra...
Que no se te ocurra...

Akane había cruzado la estancia antes de que él pudiera responder nada,
y los brazos de ella le rodearon la cintura y ella lloraba en el hombro de
él, como esa mañana, cuando los dos habían dicho que querían el
compromiso, y este horror había estado muy, muy lejos. Ranma la
envolvió con los brazos y la apretó fuerte contra sí, porque la desesperación
estaba sobre él como un peso, y necesitaba aferrarse de algo.

Se quedaron así mucho rato, y por último Akane musitó palabras que él
apenas oyó.

—No se te ocurra morirte, tarado, o no te voy a perdonar nunca.

—No me voy a morir, Akane —dijo Ranma, y costó que las palabras
pasaran por el nudo que tenía en la garganta—. Te lo juro.

Ella quitó la cabeza del hombro de Ranma, que quedó húmedo de
lágrimas, y lo apretó incluso más fuerte, como no queriendo soltarlo
nunca, y apretó la mejilla contra la de él, mezclando las lágrimas de los
dos.

—Sí, lo sé.

—¿Qué ha sucedido? —dijo alguien.

Los dos se apartaron, furiosamente rojos y tratando de mirar hacia otro
lado y al mismo tiempo mirar al doctor Tofu.

—Kasumi —dijo el hombre con voz de conmoción, para luego arrodillarse
en el piso junto a la joven—. ¿Quién...?

—Cologne —dijo Ranma con voz tirante.

—¿La bisabuela de Shampoo? —dijo Tofu con tono insípido, presionando
ciudadosamente sus dedos temblorosos contra el cuello de Kasumi.

—Eso —dijo Ranma.

—¿Por qué? —dijo Tofu.

—Ojalá supiera —dijo Ranma con voz fatigosa, levantándose del piso—.
Doc, ¿los puede cuidar? Con Akane tenemos que ir al Nekohanten.

—¿Seguro de que es buena idea? —dijo Tofu mientras presionaba un
punto del cuello de Kasumi. Sus palabras eran tranquilas, pero tenía la
cara tensa. Había en sus ojos algo muy parecido a la furia.

—No, no creo que lo sea —dijo Ranma.

—Tal vez convendría que esperaras hasta que yo... —empezó Tofu.

Ranma lo interrumpió:

—No hay tiempo.

—¿Y Ukyo? —dijo Akane—. Seguro que vendría con nosotros.

Ranma asintió con gesto reacio. —Sí. A lo mejor vendría. Ojalá
pudiéramos encontrar a Ryoga...

—Tal vez lo encontremos —dijo Akane con una esperanza trabajosa—.
Siempre aparece cuando de verdad hace falta.

Ranma asintió y sonrió; parecía débil.

—Bueno. Vámonos donde Ukyo, después al Nekohanten.

—Suerte —dijo Tofu.

Los dos salieron por lo que quedaba de la puerta principal, que parecía
estar en mejores condiciones que muchas otras cosas el día de hoy.

~ o ~

Ryoga suspiró y descansó la mejilla en las palmas, con los codos en el
mesón de madera que bordeaba la plancha chisporroteante, en el local
de Ukyo. La mochila del muchacho estaba contra el taburete adyacente.
Había en el aire olor a okonomiyaki, olor que produjo náuseas a Ryoga en
el estado en que se encontaba.

—Casi no has tocado la comida, Ryoga —dijo Ukyo con tono afable desde
el otro lado de la plancha, frente a él, trabajando prolijamente en la
preparación de un okonomiyaki.

Ryoga dio una mirada a la comida del plato, del cual no se habían
probado más de dos bocados.

—Perdón, Ukyo. Está muy rico, pero es que no... —Sacudió la cabeza—.
Nada.

Asió con cuidado el cuchillo y el tenedor, cortó un pedazo de okonomiyaki
y se lo metió a la boca con una sonrisa débil. Le supo a aserrín.

—¿Qué pasa? —dijo Ukyo—. ¿Estás mal?

—¿Y tú no? —dijo Ryoga en voz baja—. ¿Cómo puedes estar tan...?

—¿Para qué andar por el suelo? —dijo Ukyo con una alegría artificial—.
Mejor ponerle buena cara al mal tiempo.

La mano le tembló, y el okonomiyaki que había estado en el extremo de la
espátula resbaló a la plancha, un tanto doblado sobre sí mismo, ya
empezando a quemarse.

—Uy.

Ukyo lo tiró a la basura con un movimiento fluido, y luego soltó casi un
gito al tocar la plancha con un costado de la mano. La espátula se le
soltó de la mano y campaneó en el suelo.

—¿Estás bien? —dijo Ryoga, levantándose parcialmente del taburete.

—Voy por el botiquín —dijo una voz detrás de Ryoga.

El muchacho dio un vistazo atrás, y vio a una chica muy bonita vestida de
kimono, con el pelo atado en una coleta alta. La miró un par de segundos
con cierta extrañeza; ni siquiera la había sentido acercarse.

—Estoy bien, Konatsu —dijo Ukyo, llevándose la mano a la boca para
luego chupar la marca roja—. No fue nada.

—¿Segura, Ukyo? —dijo Konatsu en voz queda—. ¿No te duele, verdad?

—Estoy bien —dijo Ukyo—. ¿Puedes ir a ver cómo estamos de ingredientes?
¿Ver si hace falta algo?

—Desde luego —dijo Konatsu, retrocediendo en silencio.

Ryoga la miró irse un momento, luego se volvió hacia Ukyo.

—¿Quién es?

—Ehh... Atiende las mesas —dijo Ukyo luego de un momento, con una
sonrisa extraña.

—No sabía que tuvieras camarera —dijo Ryoga.

—Llegó hace poco. Unas semanas antes de que todos ustedes se fueran
a China, lo contraté de mesero.

Ryoga pestañeó. —Ehh... ¿Mesero...?

—Sí, mesero —dijo Ukyo, asintiendo.

—¿Es como... Ranma?

Ukyo negó con la cabeza. —No.., es... Él es así.

Ryoga arrugó la cara. —Es...

—Él es así —dijo Ukyo, interrumpiendo a Ryoga—. Ha tenido una vida
difícil, y...

—Estamos algo escasos de soba, Ukyo —dijo Konatsu a pocos pasos de allí.

Como antes, Ryoga ni siquiera lo había oído acercarse. Tampoco Ukyo, al
parecer, porque la cara se le enrojeció un tanto.

—Bien. Mañana compro —dijo Ukyo—. De todos modos, no creo que
abramos hoy.

Konatsu asintió, se deslizó hacia la pequeña cocina del restaurante y se
perdió de vista.

—¿Practica artes marciales, verdad? —dijo Ryoga después de un momento.

Ukyo pestañeó. —¿Cómo sabes?

—Por como se mueve —dijo Ryoga—. ¿Es bueno?

Ukyo asintió. —Muy bueno.

—Se nota —dijo Ryoga—. Uno no se mueve con tanto silencio sin haberse
entrenado en algo.

Cayó en la cuenta de que se había comido todo el okonomiyaki, y que
había estado bueno. Le sonrió un tanto a Ukyo.

—Gracias por la comida.

—¿Te sientes mejor, corazón? —preguntó Ukyo.

Él asintió, con los ojos a medio cerrar. —Un poquito.

La puerta del restaurante se abrió, cortando la conversación.

—Perdón, está cerra... —empezó Ukyo, pero las palabras murieron en su
boca cuando vio entrar a Ranma y Akane.

—¿Cómo se atreven a venir aquí? —largó, saliendo de detrás del mostrador
y tomando la espátula grande que colgaba en la pared—. ¿Se creen que
pueden llegar tan campantes a mi restorán como si no hubiera pasado
nada? Pues se equivocan...

—Ucchan, por favor —dijo Ranma fatigosamente. Tenía cara de cansancio—.
Tenemos que hablar contigo y con Ryoga.

—Creo que ya hablamos todo lo que había que hablar —dijo Ukyo con voz
tirante—. ¿Por qué no se largan?

Ryoga le puso una mano en el codo.

—Ukyo, déjalo hablar.

Ranma le dio a Ryoga una mirada de gratitud.

—Gracias, socio.

Akane miró a Ryoga y a Ukyo:

—Lo que haya pasado esta tarde... Por favor, escúchennos. Es importante.

—Muy bien —dijo Ukyo. Aflojó un tanto la mano con que sujetaba la
espátula—. Hablen.

Ranma y Akane seguían con aspecto nervioso, sin decir nada. Parecían
faltos de aire, como si hubieran corrido todo el camino hasta allí.

Ukyo suspiró, e hizo un esfuerzo consciente por tranquilizarse:

—Siéntense y cuéntennos qué pasa.

Tras un momento de dudas, así lo hicieron: se sentaron frente al
mostrador, con Akane entre Ryoga y Ranma. Ukyo se situó detrás del
mostrador y apagó la plancha, todavía sujetando holgadamente la
espátula en una mano.

—Cologne tiene a mi madre —dijo Ranma; cerró los ojos y tragó saliva—.
Tengo que pelear contra ella mañana al atardecer, o dice que la va a
matar.

—¿Qué? —dijo Ukyo, incrédula—. Tu madre...

—Creemos que es Cologne —dijo Akane—. Dijo que era ella, pero está...
distinta. Muchísimo más joven. Un poco mayor que nosotros, tal vez. Y...

—Yo creo que está loca —dijo Ranma, continuando el relato de Akane—.
Sea o no sea Cologne, está loca. Y mi mamá está en peligro.

—¿Y esto cómo pasó? —preguntó Ryoga en voz baja.

Ranma lo explicó rápidamente, teniendo que parar a ratos para aspirar
bocanadas de aire largas, temblorosas. Cuando terminó, Ryoga se puso
en pie y apretó un puño.

—Estoy contigo —gruñó—. Es nuestro deber ayudar a tu madre, Ranma.
¿Qué quieres que hagamos?

Ukyo asintió, concordando. —Vamos a ayudar en todo lo que podamos.

Ranma sonrió con expresión de alivio:

—Gracias. Bueno..., primero que nada nos vamos al Nekohanten. Quiero
hablar con Shampoo y con Mousse.

—Esa Shampoo... —rabió Ukyo, apretando el mango de su arma—. Se...

—Cologne dijo que ella no tenía nada que ver —dijo Ranma—. Y hasta
que no sepa exactamente qué sabe ella, es amiga, no enemiga. ¿Se
entiende?

Hubo concordancias, lentas.

—¿Y después de que hablemos con ellos? —dijo Ukyo por último.

Ranma suspiró. —No sé. Habrá que ver, creo. Pero como están las cosas,
parece que voy a tener que pelear.

La cara de Ryoga se tensó. —Ranma, esa vieja...

—Sí, lo sé —dijo Ranma—. Carajo, lo sé. Sé que me lleva un siglo de
ventaja en experiencia, y que es mejor que nunca ahora que recuperó la
juventud. Pero ¿qué más voy a hacer? Tiene a mi...

Inspiró.

—Tiene a mi mamá, Ryoga.

—Lo siento, Ranma —dijo Ryoga—. De verdad que lo siento.

—Gracias, socio.

—¿Quieres que cuide el restaurante o que vaya contigo? —le dijo
suavemente Konatsu a Ukyo, habiendo aparecido detrás de ella hacía
unos segundos.

—Cuida el local. Volvemos después de que vayamos al Nekohanten —dijo
Ukyo, luego cogió la bandolera de espátulas de su lugar bajo el mostrador
y se la terció.

—Mejor nos vamos, supongo —dijo Akane. Tocó el dorso de la mano de
Ranma—. Vamos, Ranma.

Asintiendo con la cabeza, Ranma se levantó del taburete e hizo una
venia con la cabeza.

—Ucchan... Ryoga... Gracias.

—No es nada —dijo Ryoga con voz suave.

Los cuatro salieron del local hacia las calles y se encaminaron al
Nekohanten.

~ o ~

—Shampoo, ¿qué pasa? —preguntó Mousse quedamente, llegando por
detrás de ella en la cocina, mientras la muchacha restregaba una olla en
el fregadero.

—Pasa nada —dijo ella, redoblando los esfuerzos, aunque la olla ya
estaba completamente limpia.

—Es por la vieja, ¿no? —dijo Mousse en tono cortante, poniéndole las
manos sobre los hombros—. Shampoo, si es algún plan que salió mal,
dímelo...

Shampoo extrajo calmadamente los hombros de las manos de él, dando
un paso al costado, y le vertió encima el agua tibia de otra olla. La
túnica del muchacho se derrumbó hecha un enredo mojado, y un pato
sorprendido salió de ellas.

—¡Cállate! No sabes qué hablas, Mousse.

Pero había duda en sus palabras, porque seguía viendo el báculo
desechado por Cologne, tirado sobre su túnica allí en el piso del
dormitorio. ¿Adónde se había ido su bisabuela?

Mousse se extrajo de la ropa empapada y se sacudió el agua de las
plumas, apenas evitando salpicarla con las gotas.

—¿Quieres que tranforme también? —dijo ella, fuerte, lanzando un
puntapié de mala gana contra el pato, cosa que este eludió con un
aleteo y un graznido de descontento. Aterrizó en el mueble del fregadero
y empezó a mover los grifos con el pico hasta conseguir que saliera agua
caliente.

Shampoo le volvió la espalda y dio unos pasos hasta el aparador, donde
había un hato de cebollines; la lienza que los había unido yacía hecha un
nudo junto a ellos. Mientras la muchacha empezaba a cortarlos
rítimicamente con un cuchillo, oyó el trancazo de una cabeza contra la
parte inferior de un gabinete, luego una voz masculina maldiciendo en
chino.

Después hubo un rumor de telas y sonido de metal contra metal, y oyó
pisadas suaves acercarse por el piso de la cocina.

—Shampoo, lo único que quiero es ayudarte...

—Lo único que quiere tú es ayudarte a tener yo. No quiero hablar esto,
Mousse.

—¿Qué sucede? —dijo Mousse—. ¿Tiene que ver con que Cologne se
haya pasado tres días en su cuarto, no? ¿Qué hacía allí dentro, Shampoo?

—¡NO SÉ! —vociferó Shampoo, sorprendida con su frustración—. ¡NO SÉ
QUÉ HACE ALLÍ! ¡NO ME DIJO!

Mousse palideció y retrocedió un poco.

—Shampoo, lo siento. Es...

Ella sacó una exhalación larga y se controló.

—Yo bien. Es que...

Oyeron abrirse de golpe la puerta principal, y luego una voz vieja que
gritaba:

—¡Cologne! ¡Soy yo! Ahora que eres joven, cómo nos vamos a divertir...

La cara de Shampoo se puso blanca y la muchacha salió presurosa al
comedor.

—¿Qué hace aquí? —le gritó a Happosai, que se rascaba la cabeza, de
pie junto a la puerta abierta.

El viejo la miró y cerró la puerta tras él.

—Eh, Shampoo, ¿has visto a tu bisabuela? Se puso mucho más joven de
repente. Me hace recordar mi juventud...

Happosai suspiró y se sorbeteó un tanto la nariz:

—Tantos recuerdos... Tú y ella se parecen mucho, ¿sabías? Déjame llorar
en tu busto, hija mía, para aliviar la pena de este viejo...

Shampoo le rompió una silla en la cabeza, sin mucho efecto, además de
impedir que el viejo saltara a manosearla.

—¿Qué cosa habla?

—Mi querida Cologne es joven de nuevo —dijo Happosai con una sonrisa
de dicha mientras se sobaba el chichón de la cabeza—. Así que he venido
a recomenzar nuestro romance, ahora que ya no está tan vieja y
arrugada.

—¿Ha visto a bisabuela? —dijo Shampoo.

—Tal vez, tal vez no —dijo Happosai, ladino—. ¿Qué gano si te lo digo?

—Gana salir de aquí con todos los huesos buenos —dijo Mousse en voz
suave al situarse sin ruido junto a Shampoo—. Shampoo le hizo una
pregunta, anciano. Le conviene contestar.

Happosai sonrió, y bajó los párpados.

—Soy suave con las mujeres, muchacho. Lo que es a ti, no tengo
inconveniente en hacerte puré. Ahora, ¿dónde está mi querida Cologne?

La puerta se abrió de golpe otra vez. Ranma, Akane, Ukyo y Ryoga
estaban allí.

Shampoo cayó en la repentina cuenta de que los cuatro la miraban a ella.
Akane y Ukyo la miraban con expresión acusatoria, y hasta Ryoga parecía
un tanto desconfiado.

Ranma, no obstante, estaba peor que los otros tres juntos. Tenía la cara
completamente vacía de expresión, al igual que los ojos.

—Hola, Shampoo. ¿Está Cologne?

Shampoo se lamió los labios en gesto nervioso, y se arrimó un paso a
Mousse de manera inconsciente.

—No. ¿Has visto a ella desde unas horas, Ranma?

La sonrisa lenta y fatigosa que se estiró por la cara de Ranma le dio un
aspecto peor aun que la fachada neutra exhibida antes:

—Podría decirse.

~ o ~

Nodoka Saotome despertó poco a poco. Su primera sensación fue el
calor de una hoguera en la cara, y el crepitar de leña. Una mejilla la
sentía fría, suelo rocoso, y parecía tener las manos atadas a la espalda.

Al parecer, el único movimiento que podía hacer era abrir y cerrar los
ojos; no podía ni sacar el habla. Intentó forzar algún movimiento de su
cuerpo, pero este parecía negarse a responder. Podía aún sentir todo el
cuerpo, pero era como si de alguna manera la hubieran separado de este.

Lo recordó todo en un fogonazo: el ataque contra la casa por parte de
esa extraña joven que decía ser la bisabuela de una de las muchachas
interesadas en su hijo. Se preguntó hace cuánto había sido eso.
Bastantes horas, por lo visto, dado que el cielo estaba oscuro. Había más
estrellas de las que podían verse en la ciudad, de modo que debían de
estar en alguna zona rural.

Luego de los recuerdos vino el miedo, el recuerdo de lo que la mujer
había dicho. No solo lo referente a ella misma, sino lo tocante a su hijo.
La mujer estaba desquiciada, evidentemente. No había forma de saber
de qué era capaz.

Sintió una humedad caliente en las mejillas, y advirtió que estaba
llorando. Tenía miedo, de lo que podía pasar mañana, cuando llegara su
hijo. Sabía que vendría: era un muchacho bueno, y un hombre honorable,
aunque había heredado en cantidades menores algunos defectos de su
padre.

Sabía que vendría, y sabía que era exactamente lo que esa mujer quería.
Había locura en esos ojos, odio, pero no dirigido a ella. Dirigido a su hijo,
al decirle esas palabras venenosas.

Percibió otro sonido además del chisporroteo del fuego, los animales
nocturnos y sus propios sollozos quedos. Era alguien más, sentado
cerca. Algo decía la persona, en voz tan baja que apenas podía oírla.

—No porque sea fácil —decía la voz—. Ni por que sea yo cruel, ni porque
le desee mal. Debo hacerlo... Debo hacerlo... Debo... Debo...

Hubo un sonido que podía haber sido un sollozo, o una risa.

—Porque debe hacerse.

Luego otro sonido, una respiración larga y temblorosa. La misma voz otra
vez, aunque esta vez ahogada con una tristeza contenida apenas.

—Debe hacerse. Ay, si hay bondad en el mundo, que me perdone, pero
debe hacerse.

Luego no hubo más que silencio, el crepitar del fuego y el chirriar de
cigarras, criaturas pequeñas corriendo por la hierba. Nodoka cerró los
ojos, y le sorprendió el poder quedarse dormida casi de inmediato.

~ o ~

—Shampoo, ¿segura de que no hay nada que pueda...?

—¡NO!

Mousse arrugó la cara al cerrarse de un portazo el dormitorio de
Shampoo. Suspiró y subió la mano para echarse atrás el pelo negro,
antes de ponerse sus odiados anteojos para encontrar su respectivo
dormitorio e irse a dormir.

Al dar media vuelta para marcharse, oyó la puerta abrirse tras él, más
suave que como se había cerrado.

—¿Mousse?

Dio una mirada atrás y vio a Shampoo de pie tras la puerta entreabierta.
Tenía dudas marcadas en las finas facciones del rostro y en el delineado
oscuro de los ojos.

—¿Dime, Shampoo? —dijo él, con una nota de avidez trémula en la voz.

—No es culpa de ti. Quiere... Quiero es sola un rato —dijo Shampoo
despacio.

Mousse asintió y subió una mano para jugar con el brazo de los anteojos,
en ademán nervioso:

—Sabes que no tienes por qué estar sola si no quieres. Yo siempre voy a
estar...

La cara de Shampoo se endureció. —¿Nunca entiendes, no?

—Shampoo...

—Ve dormir, Mousse. Hay que estar listo mañana para ir por madre de
Ranma.

—¿Por qué hace esto Cologne, Shampoo? Sé que tú no...

La puerta se cerró suavemente, quitando a Shampoo de la vista de él.
Mousse dejó salir otro suspiro hondo, y los hombros se le hundieron en
gesto de derrota. Ranma y todos los demás se habían ido hacía unas
horas. Se habían quedado muy poco, a decir verdad. Ninguno de los
cuatro parecía ansioso por estar mucho rato discutiendo cosa alguna, y
ni siquiera Shampoo parecía desear que Ranma se quedara más de lo
necesario.

Pero el resultado final era que, mañana por la mañana, y sin entender
bien por qué, él mismo acudiría hasta el lugar aquel, para obrar de testigo
en cual fuese el duelo que se iba a efectuar entre Ranma y Cologne.

Intranquilo, fue por el pasillo hasta su reducida y austera habitación, que
miraba hacia el callejón de detrás del restaurante. No había sino la cama
y una cómoda para su ropa. No quería ni necesitaba nada más.

Salvo aquello que no podía tener.

Miró por la ventana pequeña, opacada de polvo, y suspiró hondamente.
Fuera, caía la noche, el gris de las callejas parecía más agónico aún,
como si una fachada algo más aceptable se hubiera retirado al caer la
noche. Nubes a la deriva en el cielo, contenían promesas de tormenta.

Se desatará mañana, pensó. Mañana, tendría lugar un cambio, quisiera
lo que quisiera él, y todos los demás.

~ o ~

Por más que lo buscara, no pudo hallar el hielo.

En el dojo, Ranma buscaba el hielo con la desesperación de quien en el
desierto busca un oasis, anhelando perderse en ese abrazo frío y olvidar.
Pero el hielo lo eludió, aunque a veces era como una figura avistada de
reojo, para desaparecer cuando se volvía a mirarla. El fuego pulsaba en
su cabeza, pero lo dejó seguir, porque, hasta ahora, solo sumido en ese
dolor candente había logrado encontrar el hielo.

Partían en la mañana, él, su padre y Akane, Shampoo y Mousse, Ukyo y
Ryoga. Tenían que salir a la montaña donde Ranma y su padre habían
entrenado hacía tantos meses, donde Cologne le había enseñado a Ryoga
el punto de ruptura. Sabía que necesitaba dormir, pero no lograba
dejarse llevar. Dormir suscitaba incertezas, recuerdos a medio formar de
cosas que él nunca había hecho, atisbos de mares en su mente, de
profundidad inadivinable.

Akane lo miraba desde hacía algún rato antes de que él advirtiese su
presencia, puesto que se había estado obligando a poner la concentración
completa en los movimientos acelerados de su propio cuerpo.

—Ranma, tienes que dormir aunque sea un poco —dijo ella con voz
suave, cargada contra la pared del dojo—. Tenemos que salir de
madrugada para el campo, y tú... tienes que descansar.

—No estoy cansado todavía —dijo Ranma, dándole la espalda y fluyendo
sedosamente a través de media docena de posturas de combate en cosa
de segundos—. Mejor duerme si puedes, Akane. Yo me voy a acostar
cuando tenga sueño.

—¿Crees... Crees poder ganarle?

Él dejó de moverse y la miró por sobre un hombro:

—Por supuesto.

—¡Demonios, Ranma! —restalló Akane, avanzando un paso para plantarse
delante de él—. ¿Por qué tienes que ser tan creído? Ya has perdido antes,
contra gente mucho menos hábil que Cologne.

—Pero al final siempre gano —dijo Ranma.

Akane estiró los brazos y lo sujetó de los hombros.

—Aquí no hay segunda oportunidad, Ranma. ¿Que no te das cuenta? ¿No
entiendes que cuando se esconda el sol mañana, vas a tener que casarte
con Shampoo o... o vas...?

Él puso delicadamente las manos sobre las muñecas de ella.

—O voy a ser libre, Akane. Yo...

Suspiró.

—¿Por qué tiene que ser tan complicado? —siguió—. ¿Que no hay ningún
término medio, alguna cosa? Ya oíste lo que dijo Shampoo: es muy
probable que la exilien de la aldea si vuelve y no se ha casado conmigo.
Tiene...

—Pero no es culpa tuya —dijo Akane.

Dejó caer las manos de los hombros de él, entrelazó sus dedos con los de
Ranma y siguió ante él, mirándolo con ojos oscuros. En ese momento el
espacio del dojo pareció una cosa minúscula que los encerraba a los dos:

—Son leyes de ella, no tuyas. Ella puede perfectamente...

—Pero ¿que no ves? —dijo Ranma—. Es... Todo este tiempo, ha sido culpa
mía. Ukyo, Shampoo, Kodachi... Todo ha sido culpa mía. Si yo y mi viejo
no nos hubiéramos comido el premio allá en China, no habría tenido que
pelear con ella. Tal vez si les hubiera mostrado que yo en realidad no era
chica, se podría haber hecho algo. Tal vez si no le hubiera mentido la
primera vez que llegó acá, las cosas hubieran andado mejor.

Liberó sus manos de las de Akane, arrancó la mirada de los ojos de ella y
le dio la espalda, con las manos empuñadas a cada costado.

—Pero me escapé. Me escapé igual como hizo mi padre con Ukyo, igual
como lo ha hecho con todo en su vida.

Los hombros se le agacharon y bajó la cabeza.

—No soy mejor que mi viejo. Puede que hasta sea peor. Tengo la
obligación de hacer esto, Akane. Ni siquiera por mi madre. Tengo que
arreglar las cosas, porque si no ¿qué importa todo lo demás? ¿Qué más
da que pueda pegarle a todo el mundo si no tengo honor? Soy igual o
peor que un matón de la calle.

Los brazos de ella lo rodearon desde atrás, envolviéndole el pecho y
apretándolo fuerte, con una mano sujetando la muñeca contraria
mientras se presionaba contra la espalda de él. La tibieza suave del
cuerpo de ella fue casi suficiente para ahogar el dolor que producía el
fuego en la cabeza de Ranma, y el muchacho sintió contra un hombro el
calor de las lágrimas de ella.

—Eres más que eso. Sé que lo eres... Sé que...

Ranma puso las manos sobre las de ella y ladeó la cabeza, sintiendo la
suavidad del pelo de ella contra una mejilla.

—A lo mejor lo soy —dijo—. Pero tengo que demostrar... Tengo que
demostrar que puedo hacer algo bien, al menos una vez.

—¿Pero y nosotros? —musitó Akane.

—¿Nosotros qué?

La sintió tensarse un tanto.

—¿Eso es lo que puedes decir? ¿Después de lo que ha pasado hoy?

Ranma cerró los ojos, casi capaz de ver los fuegos danzar ante él:

—Sobre todo después de lo que ha pasado hoy. Y de todo lo que va a
pasar mañana.

—Pero yo... Lo que yo siento... ¿no significa nada?

—Más que todas las demás cosas —dijo Ranma, tranquilizador, aún
descansando la cabeza contra la de ella—. Más que todo. Pero... ¿qué
podemos decir, Akane? ¿Qué te puedo decir ahora que no pueda ser
mentira mañana?

—¿De verdad crees que le puedes ganar? —le preguntó Akane otra vez.

Él pensó con más ciudado esta vez antes de responder.

—Tal vez. Si tengo suerte. Estaba pensando en usar a Shampoo para
producirme el Neko-ken, pero no me cabe duda de que Cologne está
preparada para eso. Lo único que espero poder hacer es aprovechar esta
cosa que tengo por dentro, el...

Dejó la oración inconclusa, sin deseos de decirle "el hielo", aunque le
parecía que era justamente eso.

—Si logro que esa parte de mí salga como sucedió con Kuno y Ryoga,
podría ser posible. Pero si no...

—Prométeme una cosa —murmuró Akane, con lágrimas silenciosas
corriendo por el hombro de él.

—¿Qué?

—Prométeme que te vas a rendir, si encuentras que no le puedes ganar
—dijo Akane—. Ella... Ya sabemos que está loca, Ranma. Yo... no te
quiero ver herido, menos aún si significa...

Se interrumpió, y lo abrazó más fuerte aún, con un suspiro largo.

—Prométemelo.

—Te lo prometo —dijo Ranma, esperando que fuese una promesa que
pudiera cumplir—. Akane, me...

—No digas nada más —susurró Akane—. Por favor, no digas más. Solo...
déjame estar así un rato. No hay para qué decir nada más.

Y, se dio cuenta Ranma, era cierto: no había necesidad de decir nada
más. Se dio vuelta en los brazos de ella y la apretó contra sí, durante
todo el rato que les hizo falta. No se dijeron más palabras en esos
minutos largos, porque todas las palabras que pudieran decirse eran para
ellos más pesadas que el mundo entero, y los dos podían sentir el peso
en el alma.

Después, todavía abrazados, se acomodaron en el piso de madera del
dojo, la cabeza de Akane descansando contra el pecho de él, y los
latidos del corazón de Ranma resonando en los oídos de ella. Sin darse
cuenta completamente, se quedaron dormidos allí, abrazados, en un acto
de tan extraña inocencia que ninguno de los dos sintió la menor vergüenza.

Y fuera, la luna pendía en lo alto del cielo, las nubes borrascosas migraban
en el viento de la noche, y el mundo seguía girando sin ocuparse de
ninguno de los dos.

~ o ~

La tormenta se desató esa noche; la lluvia de esa misma mañana no
había sido sino el preludio de esta tempestad. El agua se derramaba casi
en sábanas macizas sobre la tierra, y la tierra bebía ávida las aguas del
cielo, y las conducía a su seno hasta ser aguas bajo la tierra. El trueno
bramaba como la voz de dioses en guerra, y el rayo traspasaba el cielo
con lanzas que ardían de blanco en la capa de la noche.

Pero había esa noche otra tempestad en el aire. El crecimiento de otro
temporal, uno que se acumulaba desde hacía mucho, que se acrecentaría
más aún durante un tiempo más, antes de liberar la furia total de su
poder sobre la tierra.

Pero la tempestad era próxima, pues los elementos que la avivarían se
amalgamaban paulatinamente, acopiándose, preparándose. No se mostraba
aún quien sembrara esta tempestad y cosecharía las consecuencias de
ella, pero la tempestad venía, porque crecía desde hacía demasiado tiempo
como para poder ser contenida.

Y la tormenta de esta noche era a esa tempestad en ciernes lo que el
sueño es a la muerte.

~ o ~