Aguas bajo la tierra
Un Fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum
Versión castellana de Miguel García
~ o ~
Capítulo 5 : El mejor de los planes
~ o ~
Le dolían las alas.
El suelo rocoso de la caverna no había sido favorable para los apéndices
de plumaje blanco, que rozaban la superficie de piedra al andar, y que
distinguían a Kima, amén de sus manos y pies de zarpa, como perteneciente
a la menguante población del Monte Fénix. Pero ahora estaba lejos de su
casa, una vez más en el país del que habían venido los extranjeros, los
que habían arruinado la transformación de Don Saffron. Diez años de
minuciosa preparación, de búsqueda del momento idóneo para intentar
una vez más alzar a Saffron a su poder total. Arruinados. Completa e
inapelablemente.
Kima ajustó su posición en la piedra plana sobre la cual se hallaba sentada,
y extendió un ala hacia el lado, para examinarla con gesto disconforme.
Las plumas estaban sucias y descuidadas, producto de las pocas horas de
sueño que había logrado conciliar en el suelo de la caverna. Media decena
de veces se había despertado con los estampidos del trueno, para luego
seguir tendida y despierta durante lapsos que parecían horas, oyendo a la
lluvia arreciar fuera de la cueva, más su propia respiración, antes de que
el sueño se la llevara otra vez.
Shiso ya no estaba en la cueva al despertar ella hacía unos minutos; no
tenía idea de adónde podía haberse ido el cuervo. Con un suspiro, empezó
a limpiarse las plumas de las alas con las manos, lo mejor que pudo. No
tenía los medios para calentar agua y limpiarlas bien, y tendría que
conformarse con usar los dedos.
Quería bañarse. Y quería comer algo caliente. Y estar de regreso en el
Monte Fénix, en sus habitaciones, donde estaba a su disposición todo
aquello, más una cama mullida.
En cambio, lo que tenía era esta cueva de cielo bajo y las raciones de
viaje que había traído. Eso, más la falta de sueño, no la habían dejado
con el mejor de los ánimos.
—Autocompasión —reconvino, soñolienta—. Soy una guerrera, no una
aristócrata frágil. Puedo resistir cualquier adversidad que sea necesaria.
Terminada un ala, pasó a la otra. Una brisa errante sopló por la entrada
de la cueva, y el aire aún olía a la lluvia de la noche anterior. Al menos
la cueva había estado seca, y se adentraba la profundidad suficiente en
la falda de la montaña como para que no llegase lluvia arrastrada por el
viento.
Con un golpe de impresión, advirtió la presencia y mirada de otra persona.
Su mano fue automáticamente a la espada que habría estado ceñida a
su cadera, y entonces cayó en la cuenta de que esta se hallaba en el
suelo a unos metros de allí, fuera de alcance.
—No te apures, Kima —dijo una voz femenina, y una mujer se dejó ver,
apareciendo desde un punto cercano a la boca de la cueva—. No pretendo
hacerte nada.
—¿Sabes mi nombre? —dijo Kima, relajándose solo de forma leve ante la
presencia desconocida de la mujer.
Era baja y fina, con largo pelo oscuro que pasaba de su cintura, y rasgos
delicados. Pero no había nada delicado en su forma de conducirse: todo
ojo experimentado hubiera reconocido a esta mujer como una guerrera.
—Nos conocemos —dijo la desconocida.
Con un sonrisa sin alegría, la mujer se acercó unos pasos, entre el rumor
sedoso de su túnica en torno a las piernas. Traía una capa gris doblada
sobre un brazo.
—Del Nekohanten —terminó la mujer—. Samofere te ha hecho venir a
mi encuentro.
—Cologne —dijo Kima, y la cara se le endureció sutilmente—. Estás...
distinta.
—¿No me digas? —dijo Cologne, sarcástica—. No me había percatado.
Kima se puso en pie, agitando un tanto las alas al levantarse. Era varios
centímetros más alta que Cologne, pero aún así sentía que era ella a
quien miraban como más pequeña.
—A mí no me hablas de ese modo, humana. No acepto insolencias de
ningún rastrero, por muy...
Cologne había avanzado y lanzado el puño casi antes de que Kima percibiera
el movimiento. La velocidad era demasiado grande; solo hubo tiempo para
el acto reflejo de cerrar los ojos.
Abrió los ojos un momento después para ver que el puño se había detenido
a un milímetro de su nariz.
—Y tú no me hablas a mí de esa forma, niña —dijo Cologne con una voz
que contenía hielo—. Estamos juntas en esto, y aunque sospecho que te
agrado tanto como tú a mí por lo sucedido hace poco entre tu gente y
los que conozco, lo único que te voy a pedir es respeto. A cambio, pienso
darte lo mismo.
Kima retrocedió despacio, logrando a pura voluntad el obligarse a no temblar.
—Mis disculpas —dijo en voz seca—. Yo... no tengo costumbre de tratar con
humanos.
—Descubrirás, creo, que ambas razas nos parecemos mucho —dijo Cologne
con tono irónico—. Nos mueven las mismas cosas. Has estado bajo Jusendo,
¿no es así?
Kima cerró los ojos y asintió con la cabeza.
—Sí.
Cuando abrió los ojos de nuevo, vio que el rostro de Cologne se había
suavizado un tanto.
—¿Y lo viste?
—Lo vi —dijo Kima.
—Por eso tenemos que hacer esto —dijo Cologne—. Y por nuestra gente,
y por la tierra en que vivimos, porque son lo mismo.
—Ya no quedamos más de mil —dijo Kima en voz suave—. Y más de la
mitad de las mujeres ya no está en edad de concebir. Cada año mueren
en Monte Fénix algunos más que los que nacen, y en la Cámara de
Asambleas hay un poco más de eco con cada década que pasa. Nuestra
esperanza era que si Saffron se...
Dejando la frase inconclusa, se agachó y recogió la espada del suelo,
luego se la encorreó a la cadera con un suspiro:
—La historia reza que alguna vez tuvimos colonias por toda China,
enclaves secretos en las montañas, desde donde observábamos el mundo
humano, y andábamos en él con la ayuda de nuestros cuerpos transformados.
Algunos libros dicen que llegamos incluso a Japón y a Corea. Pero uno a
uno abandonamos los asentamientos, a medida que ustedes los humanos
expandían sus territorios. Ahora mi pueblo se muere, las llamas de nuestra
civilización se apagan. Me han dicho que él tiene maneras de ayudarnos,
pero no sé cuáles.
—Yo lloraría de dicha si aún vivieran mil joketsuzoku en la aldea —dijo
Cologne—. Cada vez más, los niños optan por irse a las ciudades y no
permanecer en la aldea, cuando alcanzan la mayoría de edad. Mi pueblo
se muere tan palpablemente como el tuyo.
—No es lo mismo —dijo Kima, vehemente—. Nuestra extinción se debe
que no tenemos más refugio que el hogar del monte. ¿Tienes alguna idea
de lo que nos harían en el mundo ajeno a Jusenkyo? ¿Tienes la...?
—Acaso ese sea el problema —dijo Cologne con un suspiro quedo—. Quizá
el que estemos muriendo se debe a que no nos vemos como iguales. Las
divisiones baladíes de raza o cultura han quebrado al valle del mismo modo
en que el resto del mundo está dividido en cien países distintos, donde cada
uno se cree en cierto modo mejor a todos los demás. Los joketsuzoku, el
Monte Fénix, la Dinastía Musk...
Kima pareció incómoda.
—Quizá —dijo—. ¿Puedo hacerte una pregunta, Cologne?
—Puedes. Y puede que hasta la responda —dijo Cologne.
—¿Cómo lo traerás hasta acá?
—Tengo a su madre.
Kima asintió. —¿Dónde la tienes?
—Dormida, y lo estará aún mucho rato —dijo Cologne—. Shiso la está
vigilando.
—Ya me preguntaba adónde se había ido Shiso —dijo Kima—. Yo... ¿Tiene
que hacerse de esta manera?
Cologne sonrió con cierta amargura:
—Extraño, que esto inquiete a la mujer que tuvo tan pocos tapujos en
esclavizar a mi bisnieta.
Kima la miró con gesto agrio, pero no dijo nada durante unos momentos.
—Hice lo que estimé mejor para mi pueblo —dijo por último—. Lo cual
siempre ha sido mi interés primordial.
—Entiendo —dijo Cologne—. El camino más virtuoso no es siempre el que
conduce a los mejores resultados.
—El fin justifica los medios —dijo Kima, asintiendo despacio.
Cologne negó con la cabeza. —No siempre. En cierto punto, empeñarse
por el bien a toda costa se vuelve un servicio en favor del mal.
—¿Y esto no? —dijo Kima—. ¿Ni siquiera esto?
Cologne suspiró. —No puedes ni empezar a imaginar la fuerza que motiva
lo que debemos hacer. Ni yo puedo. Aquello que lo vigila a él es más
implacable que cualquier adversario que hayas enfrentado en tu vida.
Únicamente con esto podemos procurar la seguridad de los que quedarán.
—¿De qué se trata? —dijo Kima.
—Solo lo he entrevisto en sombras —dijo Cologne—. Hebras enmarañadas
que oscurecen la verdad. Sé que tiene muchas manos en muchos lugares.
Quizá incluso entre quienes el muchacho cuenta como amigos, o que
considera enemigos por otras razones. Hay que entorpecer la amenaza.
Hay que romper la sujeción que tiene de él, quitar al muchacho de su
vista.
Agachó la cabeza y miró la áspera pared de piedra de la cueva:
—Llegarán antes de que anochezca. Tenemos mucho que hacer hasta
entonces.
—Por nuestra gente —dijo Kima despacio—. Y por nuestra tierra.
—Así sea —dijo Cologne.
Extendió una mano, y Kima la asió. Zarpas agudas y flexibles sujetaron
la carne tersa de la muñeca de Cologne durante un momento, y dedos
delgados se cerraron en torno a la muñeca como de ave del brazo de
Kima.
—Quizá no seamos tan diferentes —dijo Kima tras un momento de
vacilación, haciendo, acaso, una oferta de paz.
—Quizá —contestó Cologne en tono indiferente, sin importarle mucho si
era cierto o no.
~ o ~
Kasumi se había levantado temprano, como siempre. Madrugar significaba
que podía hacer las cosas antes de que todos estuvieran en pie.
Como barrer el pasadizo que conducía de la casa al dojo. En realidad, no
era necesario barrerlo. Era algo que hacer y nada más. Algo para no tener
la cabeza en otros asuntos.
No había visto prácticamente nada de lo ocurrido ayer, cuando habían
secuestrado a la madre de Ranma. Ella había estado fuera, podando
algunos de los arbustos que crecían en el caminito de la calle hasta la
puerta principal. Ranma y Akane habían llegado y habían entrado.
Unos minutos después, había habido un chispazo de cabello oscuro, ropa
verde y ojos tristes. Y un arma extraña, sumamente filosa.
"Si gritas bien fuerte, tal vez te deje vivir", había dicho la desconocida.
Algo en su tono había soslayado todo impulso por parte de Kasumi de
preguntar qué sucedía. No gritaba a menudo, pero en ese momento había
puesto un buen empeño.
Luego de eso, todo estaba más bien en blanco. Akane le había dicho que
Cologne, porque la mujer era ella, la había dejado inconsciente con un
punto de presión y luego les había hecho creer que había arrojado a Kasumi
haciéndola atravesar la puerta. Luego había procedido a derribar a su padre
y a Genma, para después secuestrar a Nodoka.
Seguía sin tener muy claro cómo Cologne había pasado de ser una anciana
a ser como de la edad de Kasumi, pero esto no le preocupaba. Por lo general
estas cosas no le preocupaban: Ranma y sus amigos se encargarían. Ella
les prepararía la cena cuando volvieran, y trataría de evitar que destruyeran
la casa.
Esperaba, no obstante, que esto no perjudicara el matrimonio de Ranma
y Akane. De verdad que parecían estar mejor desde la conversación que
había tenido con él. Ranma era tan buen chico, aunque le faltaba un poco
de pulido.
Llegando al final del corredor, estaba a punto de dar la media vuelta cuando
algo le hizo detenerse y abrir la puerta corrediza del dojo.
—Ay, cielos —dijo.
Ranma y Akane yacían juntos en el piso, la cabeza de Akane descansando
en el pecho de él. Ranma tenía uno de los brazos en torno a la cintura
de ella, el otro en torno a su cuello. Los dos parecían dormir muy
plácidamente.
—Al menos siguen con la ropa puesta. —A Kasumi le sorprendió decir
aquello, quizá en voz demasiado alta. Sintió un chasquido tras ella.
Ranma abrió los ojos, pestañeando, y se sentó repentinamente, lo que
tuvo el efecto de tirar a Akane al piso, aunque no tan fuerte como para
despertarla.
—He aquí lo que impugno —dijo Ranma, con una voz fría y colérica—. No
bien esté él...
No terminó lo que decía y miró el entorno.
—Ehh...
Fijó los ojos en Kasumi, luego en Akane:
—No es lo que parece.
—Bueno, pues me interesaría saber qué es, entonces —dijo Nabiki, detrás
de Kasumi. Suspiró y guardó la cámara, origen del chasquido que Kasumi
había oído—. Para cierta gente estas fotos son invaluables. Creo que van a
tener que dar montones de explicaciones bien pronto.
Kasumi se acercó un paso y puso una mano en el hombro de su hermana.
—Nabiki, ¿puedo hablar contigo un momento?
Nabiki estaba en silencio, pero dejó a Kasumi guiarla al corredor y cerrar
la puerta con un rumor suave de madera deslizando.
—¿Qué pasa, hermana?
—El rollo, Nabiki —dijo Kasumi, extendiendo la mano.
Nabiki pestañeó. —¿Cómo?
—El rollo.
Kasumi lo explicó tomando la cámara de Nabiki, abriendo la tapa posterior
y sacando el rollo de película. Lo dejó caer en el bolsillo de su delantal y le
devolvió la cámara vacía a su sorprendida hermana.
—Kasumi, devuélveme eso —dijo Nabiki. Sonreía—. ¿Por favor? Anda,
hermana.
Kasumi dio media vuelta y empezó a alejarse. Nabiki la detuvo sujetándole
un hombro.
—¡Kasumi!
—Lo voy a guardar unos días —dijo Kasumi.
La sonrisa de Nabiki se desvaneció hasta ser un gesto neutro; apretó la
mano casi imperceptiblemente.
—Parece que a veces se te olvida que no eres mi madre, hermana.
Kasumi la miró tristemente por sobre un hombro:
—A mí eso nunca se me olvida, Nabiki. Pero si quieres continuar comiendo
lo que cocino y viviendo en la casa que yo atiendo, te vas a olvidar de ese
rollo por ahora.
Nabiki estaba seria:
—Hermana, perdona, tal vez fui un poco...
Kasumi se extrajo de la mano de Nabiki y partió sin otra palabra. Detrás
de Nabiki, la puerta del dojo se abrió, y Ranma con una Akane soñolienta
salieron.
—El rollo, Nabiki —dijeron al unísono.
—Oigan, chicos, era broma, nada más —dijo ella, alzando la cámara y
mostrando la tapa trasera abierta—. Miren, no tiene rollo. Buena broma,
¿cierto?
Le llevó un buen rato convencerlos de que decía la verdad, y en realidad
solo dejaron de cuestionarla cuando Kasumi los llamó a desayunar.
~ o ~
Ukyo movió con un pie enpantuflado el cuerpo grande que yacía en el saco
de dormir instalado al centro de su bodega.
—Despierta, tontón.
El saco de dormir soltó un lamento ininteligible y se movió un tanto. Ukyo
lo movió con el pie otra vez, luego suspiró y se acuclilló junto a este.
—Oye, Ryoga —dijo, bajando el borde del saco y mirando la cara que lo
habitaba.
Ryoga parecía sumamente apacible cuando dormía, se percató ella, al
disolverse las líneas duras de su rostro hasta ser de una suavidad leve.
El muchacho arruinó el grato efecto al dejar salir un fuerte ronquido y
rodar hasta darle otra vez la espalda a Ukyo. Ukyo se irguió, y pasó de
moverlo con el pie a patearlo.
Tras algo más de un minuto, Ryoga volvió la cabeza y la miró pestañeando:
—Buenos días.
Volvió prestamente a cerrar los ojos.
—Oye, Ryoga. Deja que te recuerde un par de cosas. ¿La mamá de Ranma?
¿Cologne se volvió loca y va a pelear con Ranma? ¿Los vamos a seguir
hasta allá no sé por qué?
Ryoga abrió los ojos, y se incorporó despacio, sobándose fatigosamente la
quijada con una mano.
—Perdona, Ukyo. No sirvo de mucho en las mañanas.
—Voy a hacer un desayuno —dijo Ukyo—. Después tenemos que ir donde
los Tendo.
Ryoga asintió y empezó a ponerse en pie. Ukyo dio media vuelta para salir,
pero lo oyó hablar otra vez.
—¿Oye, Ukyo?
—¿Dime?
—¿Cómo te sientes hoy?
—Un poquito mejor —dijo Ukyo, sin volverse a mirarlo—. El tiempo todo lo
cura, ¿no?
—Gracias por dejarme dormir aquí anoche —dijo Ryoga tras un momento—.
Le hubiera pedido el favor a Akane, pero...
—Lo sé —dijo Ukyo en voz queda—. Lo sé.
Salió de la bodega antes de que Ryoga pudiera decir algo más.
~ o ~
Shampoo, de pie ante el espejo de su habitación, examinaba detenidamente
su apariencia. El traje blanco, el que había usado al venir por primera vez a
Japón, era inmaculado y reluciente, lavado a mano la noche anterior, como
correspondía hacer con el uniforme que uno usaba en combate.
Había aceitado y dado brillo a la pechera de cuero del uniforme, y ahora
la ceñía cuidadosamente, pasando los dedos sobre los diseños que la
adornaban, ya tan bien aprendidos. Había sido de su madre.
Terminada la revisión al espejo, fue hasta el soporte de armas situado
bajo el estandarte de seda. La montaña se empinaba en el fondo de este,
con el lago ante ella. Le recordaba su casa. Demasiadas cosas le producían
eso hoy en día.
Tomó primero los bonbori; los acomodó en el cinturón de su uniforme. Dio
una mirada, solo un momento, a la espada desnuda que había también
en el soporte, al brillo acerado del filo curvo, luego le dio la espalda.
Hubo tres golpes rápidos fuera de la puerta, y luego la voz de Mousse.
—Shampoo, preparé desayuno. No es mucho, pero...
—Gracias, Mousse —dijo ella, acercándose a la puerta pero sin abrirla—.
Voy abajo en seguida.
Casi pudo verlo asentir con la cabeza, y luego oyó el deslizar suave de
sus pisadas por el pasillo. Shampoo suspiró y un momento después salió
al pasillo y fue hasta las escaleras, agachando la cabeza al pasar junto al
dormitorio de su bisabuela. Ahora la puerta estaba cerrada; no había
logrado reunir el valor de tocar el bulto de ropa y el bastón desechado en
el piso.
No iba a ser un buen día, decidió al bajar las escaleras. No iba a ser un
día nada de bueno.
Mousse había dispuesto el desayuno en una de las mesas del comedor,
una comida simple, arroz con verduras. Era bastante competente en la
cocina, de ser necesario. Todos los hombres joketsuzoku lo eran; más que
cocinar bien, lo atípico para un hombre era ser un peleador experimentado
como Mousse.
Shampoo se sentó frente a él sin ninguna palabra y asió los palillos. O lo
intentó. Un traqueteo suave se oyó al resbalarse uno desde la mesa hasta
caer bajo la silla de Mousse.
—Permíteme —dijo el muchacho en voz queda, bajando la mano con un
suave rumor de telas. No tenía puestas la gafas, pero sus dedos esbeltos
y ágiles encontraron con rapidez el palillo errante y lo recogieron. Lo limpió
con la manga blanca de su túnica y se lo pasó a ella.
—Gracias —dijo Shampoo, asiéndolo por el extremo contrario, de modo de
no rozar por accidente sus dedos con los de él.
—¿Estás bien, Shampoo? —dijo Mousse.
No tenía más que preocupación en la voz, pero Shampoo de todos modos
lo miró con gesto de molestia.
—Yo bien —dijo rápidamente, antes de empezar a comer. Miraba el bol
para no tener que mirarlo a los ojos.
—Él no te culpa —dijo Mousse suavemente—. Sabe que tú no tienes nada
que ver.
—Cállate, Mousse —dijo Shampoo—. Tú no sabes de qué hablas.
—Shampoo, tú no eres responsable por lo que ha hecho Cologne —dijo
Mousse—. Y a ninguno de nosotros le hace ningún bien que te remuerdas
por algo que no controlas.
Shampoo asintió despacio. —Yo sé.
—Bien —dijo Mousse, levantándose en silencio de la mesa. Los palillos
hicieron un golpe sordo contra el bol de cerámica cuando lo levantó para
llevarlo a la cocina—. Nos tenemos que ir en unos minutos. No hay tanta
prisa, come tranquila.
Sus pisadas muelles sonaron por el piso de madera en su salida desde el
comedor. Shampoo, que miraba su bol respectivo, suspiró hondo. No, este
día no iba a ser nada bueno.
~ o ~
Luego de un desayuno incómodo, Ryoga y Ukyo llegaron a la casa Tendo.
Notable era la ausencia de Nodoka y Soun. El padre Tendo dormía aún,
recuperándose de las heridas que Cologne le infligiera el día anterior al
atacar la casa. Y Nodoka, desde luego, secuestrada.
—Gracias por venir —dijo Kasumi con voz reposada al recibirlos en la
puerta principal—. Espero que no sea mucha molestia.
—No es ninguna molestia, Kasumi —dijo Ryoga quedamente.
Ukyo no dijo nada, y miró hacia otro lado cuando Kasumi le dio una
mirada de cierta extrañeza.
Ranma y Akane estaban en el porche trasero, con Genma sentado entre
ellos. El padre de Ranma tenía la mirada perdida en el estanque donde
su hijo había aterrizado tantas veces.
—Hola, chicos —dijo Ukyo, pareciendo incómoda con el prospecto de
sentarse junto a Ranma o junto a Akane. Por último, Ryoga la salvó al
instalarse junto a Ranma y poner una mano en el hombro de este; Ukyo
aprovechó de sentarse inmediatamente junto a Ryoga, teniendo así a este
entre ella y Ranma.
—¿Estás bien, Ranma? —preguntó Ryoga.
Ranma pareció sorprendido, luego asintió despacio.
—Sí. Gracias por venir, Ryoga.
—Tú harías lo mismo por mí, ¿no? —dijo Ryoga con una sonrisa cohibida.
Ranma lo miró, luego asintió despacio:
—Yo espero que sí.
—Ahora hay que esperar que lleguen Shampoo y Mousse —dijo Akane,
sacando astillas de las tablas del porche con callada intensidad.
—No entiendo por qué estás metiendo en esto a esa loca —dijo Ukyo—. A
fin de cuentas, es culpa de ella.
Ranma miró a Ukyo con expresión triste.
—Ucchan..., no es culpa de ella. La única persona responsable es Cologne.
Ukyo apartó la mirada de él y no dijo nada. Ranma suspiró suavemente y
se dirigió a su padre.
—¿Viejo, tienes algo que decir?
Genma fijó de lleno la mirada en su hijo:
—Ranma, rescatar a tu madre es tu responsabilidad.
—Mira quien habla de responsabilidad —dijo Ranma entre dientes, mirando
el estanque del patio.
El temporal de anoche había dejado charcas por todo el patio, y de los
árboles colgaban gotas que brillaban al sol.
—Todo padre desea que su hijo lo supere —dijo Genma, en voz tan baja
que solo Ranma lo oyó.
Ranma volvió la cabeza para mirar a su padre, y estaba a punto de
preguntar algo, alguna pregunta, cuando la puerta corrediza que daba al
porche volvió a abrirse, y salieron Shampoo y Mousse.
—Hemos llegado —dijo Mousse.
Shampoo no dijo nada; estaba de pie, más cerca de Mousse que lo
acostumbrado cuando estaban juntos. Con las manos guardadas en las
mangas, cruzadas delante de él, y los ojos ocultos por los anteojos, el
muchacho parecía una suerte de estatua, un centinela custodiando algo
invaluable.
—Entonces parece que mejor nos vamos —dijo Ranma, levantándose con
un suspiro—. Entre antes se acabe esto, mejor.
—¿Y qué vamos a hacer, concretamente? —preguntó Mousse, con una
levísima traza de descontento en los labios.
—Vamos a traer a mi madre —dijo Ranma—. Me cueste lo que me cueste.
~ o ~
Desde la ventana de su dormitorio en la planta alta de la casa, Nabiki
miró al grupo de siete personas salir hacia el portón principal. Primero iba
Ranma, con Akane a su lado, a paso rápido y firme. Tras él Ryoga y Ukyo,
Ryoga de forma algo más pesada, aunque con igual garbo. Luego Mousse
y Shampoo, la china moviéndose de forma algo inestable, y el cuerpo alto
y envuelto en túnica del muchacho que la amaba deslizando junto a ella
como una sombra andante. Genma iba a la retaguardia, con una postura
que parecía indicar deseos de estar en cualquier parte menos con los demás.
Al atravesar el pórtico, quedaron por un momento bajo el charco de sombra
proyectado por este, y, por un solo instante, Ranma pareció desaparecer
completamente. Nabiki pestañeó, luego vio salir a los demás, y concluyó
que se había tratado solo de una ilusión óptica.
Se dio la vuelta en su silla giratoria para quedar de frente al escritorio, y
miró el teléfono, que estaba junto a un alto de cuadernos. Se relamió los
labios en gesto nervioso, luego tocó el teléfono, dando un vistazo breve por
la ventana, para ver a los siete encaminarse por la calle en dirección a la
estación de trenes.
Volvió a mirar el teléfono, luego otra vez la ventana.
Alzó el auricular, que de pronto pareció muy, muy pesado.
Empezó a marcar.
~ o ~
Ranma se instaló en el asiento con un suspiro, sintiendo como si fuera a
hundirse en el cojín hasta desaparecer. Fuera, los pasajeros que habían
desembarcado del tren se ocupaban saludando a sus conocidos, o, si no
los tenían, en abandonar la estación lo antes posible. A veces las estaciones
de tren molestaban a Ranma: lugares de llegada, lugares de partida. Puntos
nodales de separación.
Akane lo miró de reojo, cubrió la mano de él con la suya en el apoyabrazo
del asiento, y le oprimió la mano suavemente. Él la miró y sonrió con ternura.
Detrás de él, oyó a Ukyo exhalar un suspiro casi inaudible desde su puesto
sentada junto a Ryoga. Frente a él y Akane estaban Shampoo y Mousse,
con la china tumbada en el asiento, en una postura absolutamente atípica
de ella. A juzgar por el ángulo de la cabeza de Mousse, el muchacho parecía
estar mirando algo que solo él podía ver.
Ranma no veía a su padre. El viejo se había ido al baño ni bien abordaron
el tren. Solo quedaba esperar que siguiera con ellos cuando se bajaran en
la otra estación.
—¿Está muy lejos el campo ese? —dijo Ukyo desde detrás de él, con una
nota de vacilación en la voz.
—Como a cinco horas —dijo Ranma en voz queda—. El tren nos deja como
a dos kilómetros del pueblo que está al pie de la montaña. Desde ahí hay
que caminar.
—¿Pero llegaremos antes de que anochezca, verdad? —preguntó Akane.
Ranma asintió despacio. —Por eso vamos temprano. Hay tiempo de sobra
en caso de que el tren se retrase, o...
Dejó la frase en el aire, sin querer pensar en lo que sucedería si no llegaban
allá antes del anochecer.
—Vamos a llegar —dijo por último, tratando de poner tanta convicción en
su tono como le fue posible.
—Por supuesto que vamos a llegar —dijo Akane con voz tranquilizadora.
Ranma asintió y cerró los ojos, esperando con eso lograr que los demás
dejaran de hablarle. En este momento no quería hablar con nadie.
Hubo un zumbido asordinado cuando los motores empezaron a actuar bajo
el piso, y las grandes ruedas empezaron a impulsar la máquina por los rieles.
El viaje era cómodo, sin saltos o barquinazos que distrajeran a Ranma. Lo
arrulló en cierto modo un murmullo de voces suaves, conversaciones de la
gente a su alrededor. Ninguna voz parecía pertenecer a sus amigos.
Sintió que se iba, en aquel segundo eterno que a veces se experimenta
entre la vigilia y el sueño. Sacudió la cabeza y se despabiló.
—No puedo dormirme —dijo, abriendo los ojos y concentrando su atención
en la ventana.
La ciudad pasaba por debajo del puente sobre el cual iba el tren, casas
pequeñas y gente dispersa por las calles dieron paso a los rascacielos de
vértigo y a los tropeles de oficinistas matutinos. Parecían hormigas desde
aquí arriba, ríos de gente con ropa oscura, peregrinando hacia algún
destino que él no podía ver.
El tren parecía haberse silenciado misteriosamente en torno a él, o quizá
era solo porque ya no estaba poniendo atención a nada más que lo visto
por la ventana. La ciudad se atenuó, empequeñecida en volumen y tamaño,
cuando dejaron los suburbios de Tokio y entraron al campo.
Cerró los ojos otra vez, y los abrió para ver que el tren parecía ir más lento.
La campiña que se veía por la ventana no pasaba más rápido que si hubiera
ido caminando.
—Qué raro —murmuró—. Oye, Akane, ¿no te...?
Se interrumpió, porque podía ver ahora dos personajes que, imposiblemente,
se movían a la par del tren, caminando junto a este, lentos y distendidos,
como paseando por el campo. Pero veía ahora que el paisaje seguía
transcurriendo como un borrón, por detrás de los desconocidos, y que así y
todo igualaban con facilidad la velocidad del tren.
—¿Qué diablos...?
Era un hombre, con un niño pequeño sobre los hombros, aunque no podía
verles las caras. El niño señalaba algo, pero en ningún momento volvió la
cabeza como para que Ranma pudiera verle el rostro. De cuando en cuando,
el padre alzaba la vista y hacía algún comentario que hacía al niñito subido
en sus hombros sacudirse de risa, y, aunque Ranma no entendía la razón
de su certeza de que eran padre e hijo, sabía que lo eran.
Y cuando parecieron ir más lento y quedaron atrás, vio que los dos vestían
de blanco. Pero antes de que pudiera darle más vueltas a aquello, vio dos
figuras más adelante, que se movían a la par del tren tal como habían hecho
las primeras dos. Un hombre caminaba, y por delante de él corría un niño,
a ratos adelantándose más, y a veces esperando hasta quedar junto al
hombre.
Tampoco les vio jamás las caras, aunque vio que también iban de blanco.
Luego, de nuevo, quedaron atrás, y hubo otras dos figuras, un niño y una
niña, caminando de la mano y vestidos de rojo. Y también ellos quedaron
atrás, y tampoco pudo ver nunca sus caras.
Y luego, por último, una sola figura, un hombre que andaba solo y vestía
de negro, con los hombros caídos, pareciendo llevar sobre sí el mundo
entero. Y esta vez, vio que el hombre volvía la cabeza como para mirarlo
a él, y supo que esta vez sí le vería la cara.
Y no quería vérsela. Miró hacia el otro lado, para ver a Akane, para hablarle,
para preguntarle si había visto lo mismo que él.
Y el asiento junto a él estaba vacío, y el tren se había convertido en una
barca, y el río seguía su cauce...
... y luego volaba él en reversa, y todo era impreciso, y de quién era esa
mano en su hombro, y todo se hizo oscuro, como la ropa del último hombre
que había visto, oscuridad que parecía sorber la luz del aire y torcerla sobre
sí misma y engendrar una luz nueva, una cosa que brillaba negra y se iba...
—¿Ranma? ¿Ranma?
—¿Hmm?
Abrió los ojos. Akane lo miraba, con la mano en el hombro de él y
preocupación en los ojos.
—Te quedaste dormido y empezaste a balbucear. ¿Estabas soñando?
—Parece —dijo Ranma, pestañeando y reclinándose en el asiento—. Es
que estoy tenso. Es la preocupación. No pasa nada.
Akane le apretó el hombro y retiró la mano. Frente a él, Mousse volvió la
cabeza y apoyó un codo en el apoyabrazo antes de hablar.
—No te preocupes, Saotome. Vamos a rescatar a tu madre —dijo, y le
dio algo que quiso pasar por sonrisa amistosa. Como no tenía los anteojos
puestos, le había hablado al inspector que pasaba, pero, al fin, lo que
valía era la intención.
Fuera, el paisaje volaba junto al tren en una confusión mareadora de
marrones y verde, y toda gente que Ranma veía estaba allá lejos, y pasaba
tan rápido que apenas se registraban en su mente.
~ o ~
En un lugar en penumbra, suena un teléfono.
Una mano arrugada por los años —recorrida por un mapa extraño y ramoso
de venas azules, como la vista aérea de un delta—, lo atiende.
Se intercambian palabras, ambas voces opinan y conjeturan.
Se cuelga el teléfono. Largos dedos arácnidos juntan sus puntas a modo de
triángulo sobre un escritorio. Uñas largas claquetean sobre el marfil. Tras
anteojos de cristal negro, unos ojos estudian en la media luz visiones que
nadie verá jamás.
Una sonrisa lenta, terrible y sin alegría.
Cosa menor por ahora. Una nadería en este momento. Irrelevante a lo que
ha de ocurrir pronto.
Pero no por mucho tiempo.
~ o ~
El camino de tierra serpeante, que conducía al caserío enclavado al pie de
la montaña, era tal como Ranma lo recordaba de unos meses atrás. Los
cambios no sucedían con la misma velocidad en el campo que en la ciudad;
aquí todo estaba a la zaga, con un dejo de calma serena, que estaba
totalmente ausente en la entidad viva de acero y cristal que componía el
Tokio moderno.
Detrás del grupo, el pueblo donde los había dejado el tren quedaba ya en
la distancia, mientras recorrían con pies pesados el camino polvoroso, las
arboledas de postal que adornaban la ladera de la pequeña montaña, la
misma que él y su padre eligieran hacía tantos meses, en virtud de su
aislamiento y tamaño reducido, que la convertían en un lugar más discreto
que la mayoría.
Ahora Ranma miraba cuesta arriba, hacia los bosques, con una sensación
trepidante, que iba en aumento. Allá arriba, en alguna parte, estaba
Cologne, con un cuerpo un siglo más joven, con todas sus destrezas, ahora
aguzadas tanto por la juventud como por la experiencia.
Esperando.
Con su madre.
¿Con una mente al fin sumida en locura?
Sus pensamientos se alejaron al oír movimiento en unos arbustos cercanos.
—¿Y eso?
Miró en torno suyo, vio a su padre y a todos los demás dándole miradas
curiosas.
—¿Qué cosa? —preguntó Akane.
—Oí algo —dijo, mirando con desconfianza hacia los arbustos.
—Bueno, nadie más ha oído nada —dijo Genma—. Tal vez un animal o algo
parecido, muchacho. No te preocupes.
Ranma bajó los hombros y volvió a mirar el entorno.
—¿De verdad nadie oyó nada?
Hubo un movimiento general de cabezas negando. Ranma suspiró y
encogió un tanto los hombros, se metió las manos en los bolsillos y miró
hacia el cielo.
De pronto, se quedó más atrás en la marcha y, sin hacer caso de cual
fuera la mirada que Akane le estuviese dando, empezó a caminar junto a
Shampoo.
—Oye, Shampoo, ¿puedo hablar contigo un poco?
Shampoo, que había estado desacostumbradamente callada toda la
mañana, le dio una mirada de soslayo y asintió.
Ranma dio un vistazo a la silenciosa figura de Mousse, que caminaba al
otro lado de ella, y carraspeó.
—En privado.
Vio endurecerse la cara del muchacho de túnica, pero Shampoo le dirigió
una mirada fiera, y Mousse se retrasó prestamente para caminar junto a
Ryoga.
—¿Qué quiere Ranma? —preguntó la muchacha en voz suave.
—No alcancé a preguntarte anoche —empezó él—. ¿Hizo alguna cosa
extraña Cologne antes de esto? Cualquier cosa que pudiera indicar que
se iba a volver...
Se interrumpió al ver los ojos tristes de Shampoo, antes de continuar
otra vez.
—... ehh... ¿loca?
Shampoo movió la cabeza en getso negativo y suspiró.
—Nada. Ella bien hasta... Entonces chasqueó los dedos—. No. No cierto.
Después de... la boda, se fue a cuarto y no sale casi tres días.
—¿Cuánto pasó entre eso y que atacara la casa? —preguntó Ranma en
voz queda.
—Salió día antes —dijo Shampoo—. Pero... —Volvió a sacudir la cabeza—.
No. No parecía muy diferente que antes.
—¿Se te ocurre alguna otra razón para que haga esto?
Shampoo lo miró, y una sonrisa casi amarga se le curvó en la cara:
—¿Además de hacer que cases conmigo?
Ranma suspiró. —Mira, Shampoo, esto del matrimonio... Yo no quiero...
—Que tú quieras no importa —suspiró Shampoo—. Que yo quiera no
importa tampoco. Es ley.
—¿De verdad te exiliarían?
Shampoo se encogió de hombros. —Decisión de consejo. Bisabuela tiene
amigas en consejo, algunas enemigas. Amigas no quieren parecer que
ayudan a acusado, enemigas buscan oportunidad de hacer daño a bisabuela
haciendo daño a descendiente. Exilio de heredera hiere a bisabuela mucho.
Ranma cerró los ojos. —Por Dios, lo siento tanto.
Shampoo se apresó el brazo derecho con la mano izquierda y agachó la
cabeza.
—Yo lo siento también. Nunca quiere que sea así. Tenía que ser muy fácil...
Vengo a Japón, mato chica, voy a casa.
—Pero no me pudiste matar —señaló Ranma—. Ni cuando creías que yo
era mujer, ni cuando me tenías indefenso.
—Matar es fácil de hablar —dijo Shampoo despacio—. Más difícil de hacer.
—Yo no... siento por ti lo que tú sientes por mí —dijo Ranma después de
un momento—. Tú... ya lo sabes, ¿cierto?
Una afirmación lenta con la cabeza, un bello orgullo que pareció muy frágil
en ese momento.
—Sé ya. No importa.
—Lo siento —dijo él otra vez, porque una sola vez parecía no bastar.
Shampoo cerró los ojos.
—Ahora entiendo a Mousse. Raro, esto. Siempre tan segura que él se da
cuenta que no quiero a él; nunca entendiendo por qué no se olvida de mí.
—Shampoo...
Sintió una impotencia absoluta, porque esto iba más allá de él o ella,
entrampados en leyes escritas siglos antes de que los dos nacieran. No
era algo que él pudiese combatir o vencer; antes pretender ir al mar y
vencer a las mareas.
—Está bien —dijo Shampoo lentamente, con los ojos entreabiertos—. Ha
sido feliz conocerte, Ranma. Poca otras cosas feliz, pero tú... Tú nunca
me pones triste. Tú eres bueno.
—Gracias —dijo él—. Mira... Veamos qué pasa, ¿sí? Y...
Suspiró:
—No te culpo por lo que hace ella.
Shampoo asintió y no dijo nada más. Ranma volvió a suspirar y se apartó
de ella, casi pudiendo sentir la fuerza de la mirada de Ukyo en la espalda.
Tenía bastante seguridad de que esa mirada era al menos igual de fiera
que la que Akane le estaba dando; fue a ponerse de nuevo junto a ella;
Mousse se desplazó en silencio al lado de Shampoo otra vez, con la cara
neutra y los ojos invisibles tras las gafas.
—¿Y eso qué fue? —lanzó Akane.
—Hablaba con ella, nada más —dijo Ranma—. De Cologne. Y otras cosas.
Akane asintió, reacia, y pateó una piedra del camino.
—Al menos esta vez no se te colgó encima.
Ranma sacudió la cabeza y no dijo nada. Más adelante, apareció un puñado
de casas como sacadas de un siglo atrás. Tal vez eran de un siglo atrás.
Aquí todo transcurría más lento.
El camino de tierra se ensanchó al pasar por lo que al parecer hacía las
veces de plaza. Era la hora de almuerzo; no andaba casi nadie. Los pocos
transeúntes dieron una mirada tasatoria a los inusitados advenedizos,
unos segundos, luego se encogieron de hombros y siguieron sus asuntos,
aceptando calmadamente la nueva y pasajera intrusión en sus vidas.
Todos menos uno.
—¡TÚ!
El viejo que salió a zancadas largas desde el localcito, pasando entre
cajones abarrotados de frutas y verduras, parecía muy, muy enojado.
Tenía un brazo estirado, con el dedo apuntando en dirección a Genma.
—¿Yo? —dijo Genma, señalándose y sonriendo con cara nerviosa—. Sin
duda hay algún error. En serio, tenemos prisa...
—Yo nunca olvido una cara —dijo el viejo con voz tirante—. Menos la
cara del hombre que estafó a mi negocio.
Todos salvo Genma se detuvieron despacio. Genma siguió andando, hasta
chocar contra Ranma. Luego intentó dar media vuelta, solo para chocar
contra Ryoga.
—¿Algo que quieras explicar, viejo? —dijo Ranma en tono frío desde
detrás de él.
—Sí, señor Saotome, desahóguese —dijo Ryoga.
—Este...
—Tu padre dijo que me pagaría la próxima vez que viniera, y no volvió
nunca —dijo el viejo—. Ahora quiero mi dinero. Con intereses.
—Se me está calumniando —dijo Genma con tono de total sinceridad—.
Creo que me confunde con otra persona.
—¿Usted es Genma Saotome?
Genma asintió.
El viejo se hurgó las ropas y sacó un papel arrugado, que luego extendió
a Ranma. Ranma le dio una mirada y miró a su padre:
—¿Sabes qué es esto?
Genma no hablaba.
—Es una cuenta, viejo —dijo Ranma con voz de cansancio—. Por veintitrés
mil yenes. Sin contar los intereses. Tiene tu firma.
—Me hallo algo corto de fondos en este momento —dijo Genma—. ¿Es
posible que...?
Genma cerró la boca como resorte al ver la expresión de su hijo.
—Ojalá arregles esto, viejo —dijo Ranma, dándole la espalda a su padre
para luego alejarse. Los demás lo siguieron rápidamente. Un amplio grupo
de lugareños empezaba a rodear a Genma. Ninguno parecía contento.
—Hijo, espera, ¿cómo puedes ir por tu madre sin mí?
Ranma lo miró por sobre un hombro:
—Todo lo importante que he tenido que hacer estos días ha sido sin
ayuda tuya, viejo. Y por lo visto esto también.
Así que dejó atrás a su padre, y siguió camino con sus amigos por el
camino áspero, hacia la falda de la montaña que se elevaba en la distancia.
~ o ~
Cologne apretó el último nudo, no tanto como para causar dolor, y luego
retrocedió un poco para mirar a la mujer inconsciente y atada al árbol. De
verdad no era nada justo lo que le hacía; a juzgar por lo que Shampoo
decía de ella, se trataba de una mujer decente, aunque Cologne dudaba
de cualquiera que se hubiese entregado en matrimonio a Genma Saotome.
Pero a veces había que hacer cosas así. Cologne suspiró y se alejó del
único árbol que crecía, alto, en medio del suelo rocoso y desnudo, y se
adentró en el bosque cercano, y oyó ramas crujir bajo sus pies. En poco
más de un día se había ajustado a la sensación de este cuerpo joven, el
modo distinto en que respondía a las cosas, las texturas distintas de su
existencia.
—Como andar en bicicleta —dijo en voz queda, con un sonrisa leve,
amarga—. Nunca se olvida.
Un batir de alas negras, y el peso contundente de Shiso aterrizó en su
hombro. Sus ojos negros espejeaban en el sol de la tarde que se colaba
entre las ramas. El pájaro la ponderó en silencio.
Ella suspiró y extendió un brazo para acariciar la cabeza de plumas
negras, en una cansada muestra de afecto.
—Pronto, viejo amigo.
Con la suavidad de una pluma, el ave rozó la cabeza contra la palma de
ella y no dijo nada.
—¿Dudas? —preguntó Kima, apareciendo desde atrás de un árbol.
Cologne arrugó el ceño: pese a su porte soberbio y maneras refinadas,
esta mujer era capaz de moverse en silencio y con algo muy similar a la
invisibilidad, cuando quería.
—Jamás —dijo Cologne—. He estado preparada para esto desde antes de
que tú nacieras.
Kima asintió despacio y tocó la empuñadura de la espada larga y curva
envainada a su costado.
—No creas que mi compromiso es menor, Cologne. No te equivoques.
Cologne negó con la cabeza:
—No sé si entiendes completamente lo que hacemos.
Kima arqueó una ceja y la miró:
—No sé si lo entiendes tú.
Cologne se rió, suavemente.
—Algo de razón tienes, creo. Creo que tal vez el único que lo sabe con
certeza es Samofere, de entre todos nosotros.
Kima sonrió y se pasó dedos de zarpa entre el pelo blanco platinado.
—Si hace una semana me hubieran dicho que haría esto —dijo—, le
hubiera dicho loco a quien me lo dijera.
—¿Qué te convenció, al final? —dijo Cologne—. ¿Los libros? ¿O Samofere?
—Ninguno —dijo Kima tras un momento—. Confío en Samofere, y sé que
en esa biblioteca hay cosas que jamás voy a saber, pero al final...
—La única fuente —dijo Cologne.
Kima cerró los ojos. —Sí. Más que ninguna otra cosa.
—Para mí fue lo mismo —dijo Cologne, despacio—. Confiaba en él, y hay
demasiado en común entre lo que tu pueblo y mi pueblo han escrito como
para que sea pura coincidencia, pero fue solo cuando fuimos a la raíz del
asunto que me comprometí con la causa.
—¿Hay más, entonces? —preguntó Kima.
Cologne suspiró. —Sin duda. Él... Conozco a Samofere desde hace muchos
años. Él no dependería de solo un par de personas. Aunque no sé quiénes
son los posibles aliados que tenemos en esta causa.
—Siempre habla de ti con cariño —dijo Kima—. Casi como...
Se interrumpió de pronto. —Pero no, claro.
Cologne no dijo nada, y no hizo sino mirar a otro lado, con una cara
inescrutable. Luego, por último, habló.
—Es algo del pasado —dijo en voz queda—. Penas viejas. Nada más. Nada
menos. Ya no importa.
Shiso llamó suavemente, un sonido que fue casi un suspiro, y saltó desde
el hombro de Cologne hasta el suelo para marchar con talante orgulloso a
los pies de ambas, acomodándose las plumas con rápidos movimientos de
las alas.
—No era prohibido —dijo el cuervo después de un momento, con un tono
que era casi de lamentación—. Ninguna ley del Monte Fénix ni de las
Joketsuzoku lo prohibía.
—En la práctica sí lo era —dijo Cologne en voz suave—. No digas más del
asunto, viejo amigo. Ya no pienso en eso. Fue hace mucho.
Shiso asintió y empezó a acicalarse un ala sin decir nada más.
—Creo que pueden llegar pronto —dijo Cologne tras largos segundos de
silencio—. Ranma habrá salido hacia acá lo más temprano posible.
Kima suspiró. —Me esconderé.
—Antes déjame decir algo —dijo Cologne—. Algo que me dijo mi abuela,
cuando me eligió como heredera.
Kima la miró:
—¿Dime?
—Por más que una se precie de astuta, ni el mejor de los planes saldrá
jamás tal como una espera.
Kima asintió despacio:
—Lo sé muy bien.
~ o ~
Se habían detenido a descansar en un claro que, según Ranma, estaba
más o menos a medio camino hasta el punto donde él y Ryoga habían
tenido su duelo hacía meses. Habían dejado el villorrio, y a su padre,
hacía cerca de una hora.
Ahora descansaba con la espalda contra un árbol, las manos detrás de la
cabeza. No había querido parar; su necesidad interna de poner fin a esto
era urgente. Pero también reconocía que lo conveniente era estar
descansado para lo que vendría.
—Ten.
Agradecido, aceptó la cantimplora que ofrecía Akane, y bebió un largo
sorbo de agua. No estaba muy fría, pero sirvió para refrescarlo.
—Gracias.
—¿Crees que haya sido bueno dejar allá a tu padre? —le preguntó ella al
devolverle él la cantimplora.
Ranma parecía descontento:
—La verdad, no me importa. No me puedo estar preocupando de eso ahora.
Él solo se metió en el lío; que se salga solo.
Akane suspiró y dio una mirada rápida a los demas integrantes de la
comitiva. Mousse estaba de pie junto a donde Shampoo se hallaba sentada
con las piernas cruzadas, bajo el ramaje de un árbol. Más que estar juntos,
parecía una tolerancia de ella a la presencia de él. Al parecer, él no decía
nada, y tampoco ella.
Ryoga estaba algo apartado, mirando cuesta arriba con la cabeza un tanto
hacia atrás. Se llevó la mano a la nuca y se tiró de modo ausente el pañuelo
que llevaba en la cabeza, un ademán nervioso que hacía a veces.
Ukyo estaba sentada sola al borde del claro que habían elegido para descansar,
con la espalda hacia los demás. Parecía enfrascada en un intenso estudio del
suelo.
—¿Te parece que deberías hablar con ella? —dijo Akane, señalando a Ukyo
con un gesto sutil de la mano.
Ranma indicó una negativa.
—No sé qué decir, y si supiera, no sé si ella tendría ganas de escucharme.
Le... Le hice bastante daño. Más que a Shampoo, creo.
Akane asintió en silencio.
—Ranma, yo creo que...
—Por favor —dijo él cerrando los ojos—. Nada más. Nada más, Akane.
Hasta que veamos cómo termina hoy, nada más.
—¿Pero y si...?
—¿Y si qué? Tal vez es mejor que no digamos nada más.
—No se trata de...
Ranma se puso en pie.
—Tengo que hablar con Ryoga, Akane. Y después hay que ponerse en
marcha.
—¡Ranma, espera! Te...
Él ya se alejaba. Ella se levantó, como para ir tras él, luego, abandonada,
volvió a dejarse caer.
—Ay, Ranma...
Ranma llegó tan en silencio por detrás de Ryoga, que el otro muchacho se
sobresaltó al ponerle Ranma una mano en el hombro.
—Oye, ¿Ryoga?
Sintió que Ryoga se relajaba gradualmente bajo su mano, y el muchacho
volvió la cabeza para mirarlo. No se habían dicho más que unas pocas
palabras desde la pelea de ayer; hasta ahora había demasiado entre los
dos, demasiadas cosas dichas y sin decir.
—¿Dime? —dijo Ryoga, al quitar Ranma la mano de su hombro.
—Ehh... Lo de ayer... —dijo Ranma. No eran las palabras que quería decir,
pero no sabía cuáles otras decir.
—¿Sí...?
—Perdona.
Ryoga se rió suavemente. —Pensaba que el que se tenía que disculpar era
yo. Casi te el rompo el condenado cuello.
—¿No es lo que siempre has querido hacer?
Una pausa larga, con Ryoga mirando hacia la ladera de la montaña silenciosa,
como buscando una respuesta. Por último, no expresó nada más que un
suspiro.
—No fue correcto que yo haya parado de esa manera —dijo Ranma—. Tú
no esperabas algo así.
Ryoga sacudió la cabeza. —Me imagino que no.
—Fue culpa mía.
—Tal vez es culpa de los dos.
—Tal vez siempre lo ha sido.
Una mirada entre ellos, algo leído en lo profundo de los ojos de ambos,
que los sumió en un silencio que Ranma rompió por último:
—¿Crees... Crees que las cosas sean siempre así?
Ryoga sonrió, con cierta tristeza.
—Es como dije antes. Tal vez siempre se ha tratado de ti y de mí. De ver
quién es mejor.
—¿Importa?
Dolor ahí, en los ojos de Ryoga, un solo segundo:
—Sí.
Ranma asintió despacio, una parte de él comprendiendo.
—Ryoga, eso no es todo. Te lo tengo que decir, porque no se lo puedo decir
a Akane ni a Ucchan, ni a nadie más. Tú eres el único en quien puedo...
Extraño, que una palabra pudiera ser tan incómoda:
—... confiar.
Una sonrisa creció en la cara de Ryoga, una distinta a la de antes:
—¿Qué cosa?
—Todo este asunto está mal —dijo Ranma—. Cologne... Nada cuadra.
Ryoga asintió:
—Lo sé... Esa vieja es muchas cosas, pero nunca creí que se fuera a
volver loca.
Ranma se tocó la barbilla:
—Eso. Y... en realidad no hirió a nadie. El señor Tendo quedó un poco
golpeado, pero a Kasumi y a mi papá prácticamente no los tocó... No
cuadra. Yo... no sé qué se trae. Pero no me gusta.
Ryoga ladeó la cabeza y lo miró:
—¿Qué cosa?
Ranma hizo un gesto de negativa. —Tengo un mal presentimiento con
lo de hoy.
—¿Hmm?
Podía haber dicho muchísimas cosas. Los fragmentos de sus sueños a
medio recordar; los fuegos fríos en su interior al pelear; la última visión,
en el tren, un sueño en pleno día, o algo más.
—Un presentimiento, nada más —dijo al fin—. Pero...
Suspiró, no terminó la frase, y Ryoga le puso una mano en el hombro.
—Ranma...
—Mira, pase lo que pase —dijo Ranma por fin—. Pase lo que pase... Si me...
Mira, nada más prométeme que vas a cuidar a Akane, ¿sí? Si yo no...
No pudo decir nada más, pues los ojos de Ryoga habían dicho todo lo
necesario.
—Lo prometo —dijo Ryoga después de un segundo largo—. Voy a...
—No te hagas ideas —gruñó Ranma, y se quitó del hombro la mano de
Ryoga, dándole un golpe suave en el hombro—. Ven. Llamemos a los demás.
Hay que ponerse en marcha otra vez.
Por encima, el sol se había empinado a su punto más alto del cielo, y, al
levantarse los seis para seguir subiendo la montaña, empezó el lento
descenso del sol por el horizonte, siguiendo el viaje que, inevitablemente,
conduce a la noche y la oscuridad.
~ o ~
Unos minutos después de que los seis hubieron abandonado el claro, hubo
un rumor de hojas en los arbustos que lo rodeaban, y una séptima figura,
habiendo escuchado con inusitada paciencia, salió de su escondite y les
siguió el rastro con el sigilo de una sombra, obligándose, por esta vez, a
posponer deleites en favor de recompensas mayores.
Unos minutos después, otras dos figuras aparecían en el claro. Una se
acuclilló y tocó el suelo con los dedos, muy levemente.
—¿Hay algo? —dijo la que estaba de pie.
La acuclillada le contestó con una voz que semejaba un estertor prolongado,
y aunque lo que dijo parecía ser en un idioma que era solo de ella, la otra
supo lo que había dicho.
La que estaba en pie se rió. No era un sonido grato. Jugaba con la cadena
de aquello que traía en la mano izquierda. La mano derecha estaba oculta
en los pliegues de sus ropas.
La acuclillada preguntó algo, con esa voz de sepulcro. En torno a ella, las
sombras proyectadas por los árboles parecieron agolparse con mayor
presión, y más oscuras, niños acudiendo a su madre.
—Pronto —dijo la que estaba erguida, con una sonrisa—. Muy pronto.
Andando, hermana. Hay trabajo que hacer.
Luego se rió otra vez, y, después de un momento, la mujer a quien había
llamado hermana se le unió , y era difícil determinar cuál risa era más
terrible. Rieron las dos, y luego, al terminarse su risa, salieron juntas del
claro y subieron también por la falda de la montaña, siguiendo el rastro
de los que iban por delante.
~ o ~
Lo primero que Ranma vio al salir del bosque hasta la meseta rocosa fue
a su madre, atada al tronco del mismo árbol del que Akane había pendido
hacía todos esos meses.
Pero Cologne no se veía. Miró el entorno, el despeñadero inclinado a un
costado de la meseta, al bosque en todos los demás costados, y no vio
señales de ella.
—Todos, mucho ojo —dijo desde su lugar a la cabeza del grupo—. Anda
por aquí.
Oyó a Shampoo sacar una exhalación larga tras él, un suspiro extenso,
pero no lo tomó en cuenta. El tiempo se había acabado.
Anduvieron por el suelo áspero hacia el árbol, y Ranma vio con preocupación
creciente que la cabeza de su madre estaba gacha y que no se movía. Las
cuerdas la ataban al árbol, aunque al parecer no tan tirantes como para
producir dolor. Tenía la cara manchada de tierra, el pelo despeinado, aunque
aún recogido en un moño. Tenía algunos rasgones en la basta del kimono.
Ranma echó a correr, dejando a los demás unos pasos atrás, y solo se
detuvo al acercarse lo suficiente para ver que su madre respiraba.
—¿Mamá? —dijo a un par de metros de distancia. Avanzó un paso, extendió
una mano hacia ella...
La recogió de un tirón cuando Cologne pareció materializarse en el aire
entre él y su madre, con ojos oscuros de dureza e inexpresión, el rastrillo
descando en un hombro.
—No te acerques más.
—Cologne —dijo él, retrocediendo por instinto hacia los otros cinco que
estaban detrás.
—¿Bisabuela? —dijo Shampoo, y sonó como una pregunta mucho más
compleja.
Ranma pudo ver que Ryoga, Ukyo y hasta Mousse tenían expresiones
de sorpresa casi iguales a la de Shampoo, y recordó que todos habían
solamente oído acerca de la nueva juventud de Cologne, pero que nunca
la habían visto.
—¿Sí, niña? —dijo Cologne, mirando a Ranma y no a Shampoo.
—No quiero que haces esto, bisabuela —dijo Shampoo con voz delicada—.
Devuelve madre de Ranma. Volvemos juntas a China. Lo que consejo me
hace a mí no peor que tú haces a él.
Cologne suspiró quedamente. No era un sonido bueno.
—Ay, niña, niña, no tienes idea de lo que el consejo te puede hacer.
—Exilio no es peor —dijo Shampoo con la voz tirante—. No peor que esto.
Madre de Ranma...
Agachó la cabeza, incapaz de mirar esos ojos conocidos en una cara
desconocida.
—Esto es malo, bisabuela.
—Es un mal muchísimo menor al que él te ha hecho a ti —dijo Cologne—.
No voy a permitirlo, Shampoo. El exilio es lo menos que te harán.
—Bisabuela, tú dices...
—Lo que dije es una cosa. Lo que te harán es otra. Podrían ejecutarte. O
podrían llevarte a Jusenkyo y echarte a las pozas, fundir tu cuerpo de gato
con otra bestia, hacer que tu cuerpo hechizado sea un híbrido atroz. Quizá
hasta usen el agua que hemos guardado de la dinastía Musk para dejarte
para siempre en tu cuerpo transformado.
Shampoo fue incapaz de responder algo a aquello. Cerró los ojos, y un
estremecimiento largo le estragó el cuerpo antes de hundir la cara en las
manos. Mousse dio un paso hacia ella, pero la muchacha alzó una mano,
y al menos esta vez él mantuvo la distancia.
—Cologne —dijo Ranma—. Yo no...
—¿Nunca te dignaste preguntar, verdad? —restalló Cologne—. Si la pena
por el primer fracaso es un viaje a Jusenkyo, ¿cómo podría no ser peor la
pena por un segundo fracaso? No voy a permitirlo, yerno.
Ranma suspiró. Dio una mirada fugaz hacia Akane.
—Akane, perdóname.
—Ranma, ¿qué...?
—Esto es culpa mía. No puedo dejar que la maten, o que la exilien, ni
nada. Voy a hacerlo. A lo mejor... A lo mejor...
Sin saber por qué, hincó una rodilla en el suelo ante Cologne.
—Cologne, tú ganas. Vuelvo contigo a China. Voy... Me voy a casar con
Shampoo. Por ahora. Vamos a... Tal vez podamos idear algo. No... no puedo
pelear contra ti por esto, Cologne. No con su vida en mis manos si gano yo.
No lo voy a permitir.
Alzó la vista, temeroso de mirar a Cologne a los ojos, pero sabiendo que era
de todos modos necesario, aterrado como estaba con sus propias palabras.
Detrás de él, oyó a Akane hacer un sonido largo que le arañó el alma, y
oyó a Mousse producir un gruñido de furia desde el fondo de la garganta.
Miró los ojos de Cologne. Esta tenía la cabeza agachada para mirarlo, de
modo que solo él los vio. Eran tan viejos, y tan tristes, tan incongruentes
entre la belleza lozana de la juventud y el sedoso cabello negro que le envolvía
los hombros.
—Ay, niño —vio decir a los labios de ella, y no tuvo dudas de que le hablaba
a él—. Te ruego me perdones por lo que hago.
Mousse aún gruñía tras él, y oyó que Akane había empezado a llorar, muy
quedamente. El absoluto silencio de Ukyo y de Ryoga llenaba por igual el
aire.
Y luego estuvo también la voz de Shampoo, insípida y despojada de todo:
—No.
Él volvió la cabeza para mirarla.
—¿Cómo?
La cabeza de ella estaba erguida ahora, surcada de lágrimas y con una
expresión orgullosa, desafiante.
—No. No quiero marido por lástima. Yo... Yo te libero, Ranma. Tal vez
debía hacer mucho tiempo antes. Mejor por mano mía que de consejo.
Algo brillaba en sus manos.
Esta vez no hubo fuego, ningún intervalo incandescente entre Ranma y
el hielo. Este lo envolvió, como un velo, la cólera y el poder de un glacial
amplificados mil veces.
No había tiempo. No podía haber tiempo. El cuchillo estaba en manos
de ella, y se lo llevaba al corazón, y no había tiempo.
Lo encontró. De alguna parte, de alguna manera, halló el tiempo.
Sus manos fueron un chispazo, incluso en el tiempo ralentizado. Un
chispazo, una mano subiendo a interceptar la hoja, desviándola con el
dorso de la mano, la otra asiendo la muñeca de ella.
Sintió un dolor candente cruzarle la mano, y un dolor helado en el alma.
Una única gota de sangre, como una esfera de lluvia sobre una hoja,
floreció en el dorso de su mano, cerca de los nudillos, donde la punta
del cuchillo lo había tocado antes de que su mano en la muñeca de ella
detuviera la puñalada.
Shampoo ni siquiera se resistió. Cologne había avanzado un segundo
después, para presionar un punto del cuello de la muchacha, que se
desplomó a cuerpo laxo. Ranma la atrapó, se la pasó a Mousse, que lo
presenciaba todo en una especie de silencio de conmoción, y se dirigió a
Cologne. Ahora percibía solo vagamente la presencia de los demás; parecía
que eran solo él y la matriarca joketsuzoku.
—¿No te das cuenta, Ranma? —le dijo Cologne solo a él; la primera vez, a
recuerdo de Ranma, que lo llamaba por su nombre en aquel momento—.
Tiene que ser así. Ya hemos llegado demasiado lejos y no hay vuelta. Un
marido ganado por obligación es mejor, al menos, que uno ganado por
lástima. Y si la libertad de ella hay que comprarla, ¿qué precio es demasiado
grande por liberar mi bisnieta?
Había mucha tristeza en sus ojos, y eran muy, muy viejos. La vio retroceder
hasta el árbol donde estaba atada su madre; las manos de Cologne fueron
un borrón, y las cuerdas ya no estaban, y luego ella le entregaba el cuerpo
inconsciente de Nodoka.
—Solo está dormida —dijo, tranquilizadora.
Ranma se volvió, con su madre cargada en brazos, y miró a los cinco que
estaban detrás de él. Mousse miraba a Shampoo. Akane le daba la espalda,
envuelta en sus propios brazos. Ukyo tenía la vista perdida en algo lejano.
Solo Ryoga lo miraba.
—Cuida a mi mamá, amigo —le dijo, sus primeras palabras desde que le
dijera a Cologne que se casaría con Shampoo. La voz le sonaba distinta,
incluso a él—. Y a ella también.
Sobraba decir a quién se refería. Siempre había sobrado decirlo. Le pasó
el cuerpo dormido de Nodoka a Ryoga, que cargó a la madre de su rival
con delicadeza, como a una niña.
—Cuídalas —dijo Ranma, con el dolor de su alma reflejado en los ojos de
Ryoga.
—Siempre —dijo Ryoga.
Los volvió a mirar, a sus cinco compañeros:
—Mejor se alejan. Vamos a necesitar espacio.
—Ranma... —empezó Ukyo, luego vio los ojos de él y se interrumpió, con
un dolor imposiblemente hondo mostrándose al fin en su cara, tras mucho
rato oculto y ahora aflorando.
Ukyo media vuelta de un giro, con el cabello largo agitándose a su espalda,
y salió con pasos muy lagos, hasta llegar a la falda de roca desnuda que
seguía subiendo la montaña.
Mousse alzó en brazos a Shampoo, le quitó el pelo de la cara, y miró una
sola vez a Ranma, dejando caer los ojos hasta el corte, el corte largo aunque
superficial, hecho en el dorso de la mano de Ranma. Inclinó la cabeza haciendo
una levísima venia, y empezó a deslizar en dirección adonde había ido Ukyo.
Ryoga puso una mano en el hombro de Akane.
—Vamos, Akane.
Su voz era muy tierna, muy triste. Akane negó con la cabeza, aún sin hablar,
aún sin volverse a mirar a Ranma ni a Ryoga.
—Por favor —dijo Ryoga—. Necesito que me ayudes a cargar a la mamá de
Ranma.
Era mentira, pues Ryoga tenía fuerza para mover montañas. Pero pareció
conseguir que Akane se volviera para mirar brevemente a Ranma, encontrar
su mirada con la de él, y no decir nada. Era como anoche: nada más podía
decirse, ahora, en este momento, en este lugar.
Luego Ryoga la condujo suavemente hacia los demás, acunando el cuerpo
dormido de Nodoka en el hueco de un brazo, con facilidad pasmosa. Akane,
mientras caminaban, tenía una mano puesta en el codo de la mujer, como
ayudando a sostenerla también.
Y luego no quedó sino Ranma y Cologne, cara a cara, bajo el árbol de ramas
anchas que surgía desde la tierra yerma. Los que habían venido con él
estaban a treinta metros, mirando a los dos que quedaban.
Este lugar era por naturaleza un campo de lucha, se dio cuenta Ranma.
Bordeado por el bosque y la cara del barranco, la meseta rocosa, con el único
árbol creciendo de ella, como desafiando al suelo infértil, era como una arena
de tiempos idos hacía mucho.
Miró a Cologne. Sus ojos contenían muchas cosas. Pero no locura. No había
locura allí. Estaba a menos de tres metros de él.
—¿Es por eso, verdad? —dijo Ranma en una voz baja, para que solo ella
pudiera oírlo—. Por Shampoo. Cologne, yo...
—La razón es más profunda —dijo la joven que tenía delante—. Todo va
más profundo. Más profundo que tú, que yo, o que ella.
—Cologne, ¿qué pasa?
Un ajuste sutil en la posición del cuerpo de ella, visible al ojo entrenado de él.
—Niño, es hora de empezar.
Y entonces algo surgió veloz desde las ramas del árbol, con una exclamación
larga y potente en los labios.
—¡Colognecita!
Happosai se movió más rápido de lo que Ranma jamás lo había visto, al saltar
desde las ramas. Sus movimientos parecían más ágiles y más estilizados que
nunca antes.
Pero Cologne era más rápida aún. El rastrillo subió, un borrón circular de
madera y acero, y Happosai salió rechazado a tumbos, pasando junto a él
hasta el espacio entre Ranma con Cologne y los demás.
Y luego se levantó, se sacudió el polvo, quieto esta vez, de modo que Ranma
pudo verlo mejor.
—Es tan extraño, Cologne —dijo Happosai—. Me siento tan joven.
Y parecía más joven también, advirtió Ranma poco a poco. No como Cologne,
no la flor de la juventud renovada, pero ya no la la figura enana y contrahecha
que había tenido antes. Parecía un hombre viejo, viejo, un viejo que ni de
joven había sido más alto, encorvado aún por la edad, pero su pelo era ahora
grueso y tupido, aunque aún blanco, y tenía un aspecto particular, un aspecto
de poder que antes no había tenido, pese a haber sido poderoso.
—Por todo lo que vive, ¿qué te ha sucedido, Happosai? —dijo Cologne.
El viejo sonrió. —Rara pregunta viniendo de ti, Cologne.
—El agua —dijo Cologne con voz suave—. Te la bebiste en la boda, ¿verdad?
—¿Eh? Creí que era sake —dijo Happosai—. ¿Qué puede hacer un poquito
de...?
Poco a poco, la frase perdió fuerza y quedó trunca. Era lujurioso, pero no
idiota.
—Uy...
—Ingestión de aguas de Jusenkyo —dijo Cologne despacio—. ¿Cómo podías
creer que no te iba a afectar?
Ranma miraba, desde el viejo que había sido más viejo, a la joven que había
sido vieja, sintiendo como si la presencia de Happosai hubiera desbaratado
algo muy importante.
Vio a Cologne abrir la boca para hablar.
Y entonces algo estalló en el cielo. Un trueno sin origen, sin lluvia, desprovisto
de relámpago. Volvió a sonar, tan fuerte que parecía herir al aire, aunque el
cielo estada azul y despejado, y Ranma casi cae de rodillas con la enorme
fuerza de aquel sonido, porque era tan fuerte que era una cosa física.
Y luego llegó el relámpago, blanco azuloso y enceguecedor, pero no venía
del cielo sino de la tierra, un único rayo que se elevó cinco, diez metros en
un instante, surgiendo de la piedra misma, crepitando y quemando el aire
con un olor a ozono, ennegreciendo el suelo desde donde había brotado.
Al apagarse, una mujer estaba allí, vestida con una túnica del mismo blanco
azuloso del rayo, ceñida a su cuerpo. Era muy alta, y muy esbelta, y tenía
un cuello aristocrático, como de cisne. Tenía un rostro joven, una cara joven
y hermosa enmarcada de cabello corto, pero era un rostro duro, desprovisto
de toda bondad. Tenía la mano derecha escondida en la túnica; con la
izquierda asía una gruesa vara de madera negra, de poco más de medio
metro. Al extremo de la vara que empuñaba, una corta cadena de plata
llevaba a un brazalete de plata puesto en su muñeca; en el extremo de la
vara apuntado al suelo, salían dos cuchillas pequeñas, como de diez centímetros,
curvadas primero hacia afuera, pero luego hacia adentro, hasta quedar casi
juntas, como las mandíbulas de un escarabajo. Su mano izquierda, la que
estaba visible y empuñaba la vara, estaba cubierta con un guante de cuero
negro, que dejaba solo las puntas de los dedos al aire y desaparecía en la
manga de la túnica.
Detrás de él, Ranma oyó a Cologne decir algo en chino, que por el tono
parecía ser una palabrota, y, por la extensión, bastante compleja.
—Muy ingenuo —dijo la desconocida.
Tenía una voz de textura ruda, raspante, que no concordaba con su
apariencia. Crujía en los oídos como una cuchilla en la piedra.
—Vieja, qué ardid más ingenuo. ¿Creíste que nada te vigilaba? Vemos los
hilos que has tejido en esta telaraña, antiguaya, y sabemos qué es lo que
tramas.
Ranma sintió de pronto un gran frío, aunque el día era caluroso. Estaba
oscuro también, allí donde él estaba. Miró a Cologne, que estaba a la
sombra del árbol, una sombra que ahora caía sobre él también.
Una sombra que ahora caía sobre él, aunque él mismo estaba entre el
árbol y el sol, no detrás del árbol, donde la sombra debía haber estado.
Una sombra mucho, mucho mayor a lo que correspondía, las ramas del
árbol demasiado numerosas, demasiado torcidas, demasiado móviles.
—¡COLOGNE, SAL DE AHÍ! —se oyó gritar Ranma al quitarse de un salto
desde la sombra que se inflamaba.
Cologne tuvo casi la velocidad suficiente, pero la advertencia había llegado
al mismo tiempo que el movimiento de él, y el instante menos con que
había contado ella significó un retraso que bastó para que quedara atrapada.
Se había hallado al borde de la sombra, al alzarse esta desde el suelo, una
cosa sólida, una serpiente hecha de noche que fustigó contra ella como un
látigo.
El golpe pareció débil, casi delicado, pero Cologne gritó de sufrimiento y
salió despedida unos tres metros hasta quedar inmóvil en el suelo, con los
brazos y piernas convulsionándosele a espasmos. La sombra volvió a fluir,
coalesció y se acumuló sobre sí misma hasta ser un círculo único de negrura
sobre la roca, una sombra más negra que el negro y que conducía al nunca
más, y que luego se proyectó hacia arriba convertida en un pilar de noche
solidificada, que desapareció rápidamente hasta que no quedó nada.
La sombra del árbol estaba de nuevo donde debía, y una segunda mujer
se hallaba ahora donde el pilar de tinieblas había estado. Más baja que la
primera, no tan espigada, pero de todos modos muy bella, con largo pelo
oscuro atado en una trenza que alcanzaba su cintura, y ojos más oscuros
aún. Todo lo que Ranma pudo ver de su cara era los ojos; lo demás quedaba
oculto por una máscara negra que le cubría la nariz y la boca. Vestía túnica
también, de corte similar a la de la otra mujer, aunque esta era negra como
la medianoche sin estrellas ni luna, en tanto la otra había sido del blanco
azuloso del rayo en un cielo oscuro. Sus dos manos eran visibles, sin
guantes y vacías. Tenía las uñas largas, pintadas de ébano profundo.
—Perdonen la falta de habla de mi compañera —dijo la otra mujer. Ranma
volvió de un tirón la cabeza para mirarla; no estaba más cerca que antes.
Happosai y los demás estaban como paralizados detrás de ella—. Pero lo
que para ella pasa por lengua ha olvidado la forma de cualquier idioma que
ustedes puedan entender.
Entonces Happosai se movió.
—¡COLOGNE!
La mujer de túnica blanca azulosa era veloz, aunque no tanto, y Happosai
quizá hubiera podido eludirla, de no haber tenido los ojos fijos al cuerpo
caído de Cologne. La mujer echó un brazo atrás, y al apresurarse Happosai
a pasar por su lado, la desconocida le hundió la vara en el costado.
Las cuchillas eran romas, no filosas. No necesitaban filo, porque el arma
poseía poderes propios.
La mujer habló una palabra, suavemente, por lo bajo, con su voz rasposa.
Los ojos se le alumbraron por un momento con un fuego azul que bailaba
por los bordes de las pupilas negras, y entonces una descarga de poder
estalló desde las cuchillas de la vara, bañando a Happosai en una jaula
crepitante de rayos, durante unos segundos, hasta dejarlo retorciéndose
en el suelo, con humo saliéndole del cuerpo.
El aire olía a ozono, y a carne y pelo quemado.
Ahora los demás se movían, avanzando con sus armas prestas. La mujer
de túnica blanca azulosa le dijo una palabra a la de túnica oscura.
—Yamiko.
La mujer alzó un tanto la cabeza para mirar más allá de Ranma, a la otra
mujer, y un sonido provino desde la máscara de cuero negro, como una
cosa húmeda reptando sobre un lugar oscuro.
—Mátalos a todos, menos al muchacho que está a tu lado —dijo la primera
mujer, como si matar fuera para ella rutinario—. De él me encargo yo.
Otro sonido por parte de la mujer, un ronroneo gorgoteante, impregnado
de gozo. Las sombras se agolparon en torno a ella, como polillas en torno
a una llama, y desapareció. Ranma llevó toda su atención a la mujer de
túnica blanquiazul.
—¿Quién eres? —preguntó, y en la cabeza del muchacho rugía un fuego
en olas continuas, que se elevaban y menguaban una vez tras otra,
rompiendo en las costas de su mente, llevándoselo todo, arrebatándolo
todo menos a sí mismas, en un dolor tan terrible que casi era placer.
—Denkoko —dijo la mujer, e hizo una venia leve, burlona, y alzó la
extraña vara.
Ranma oyó a Mousse gritar un desafío, oyó un algo que era siseo y
gañido, pero muy lejos.
Dio una mirada a la caída Cologne. A Happosai, de cuyo cuerpo inmóvil
seguía elevándose el humo en volutas tenues, trenzadas unas a otras
como serpientes. La mujer ante él era muy hermosa y muy, muy terrible.
—Por lo general voy suave cuando peleo con mujeres —le dijo Ranma a
Denkoko desde algún punto muy lejano, un sitio detrás de sí mismo,
mientras él bailaba al borde del fuego—. Pero contigo voy a hacer una
excepción.
~ o ~
Kima estaba a casi un kilómetro, oculta con esmero en un bosque situado
más arriba en la montaña, pero también había oído los dos truenos, y, un
momento después, el sonido de las alas de Shiso, casi igual de estridente,
cuando el cuervo había alzado el vuelo.
—¡VEN! —dijo el pájaro, como una orden. Lo era, en cierto modo.
Maldiciendo lo denso de los árboles, que no permitían extender alas como
las de ella para volar, echó a correr tras él, con las palabras de Cologne
aún resonando en la cabeza. Por más que te precies de astuta, ni el mejor
de los planes saldrá jamás tal como esperas.
—Pero hay planes —añadió mientras corría, con la espada pegando
contra la cadera— que salen de forma mucho más inesperada que otros.
~ o ~
