Aguas bajo la tierra
Un Fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum
Versión castellana de Miguel García
~ o ~
Capítulo 6 : La mancha en mi alma
~ o ~
Rocío, limpia
Con aguas dulces, breves
Mis manos negras
(Basho)
~ o ~
Esta vez era un entumecimiento lento. Ranma podía sentir que un frío
empezaba a fluir desde alguna parte de su centro hacia todas las zonas
de su cuerpo, como si su sangre se hubiera vuelto agua helada. La mujer
alta y espigada de túnica celeste claro que se hallaba ante él parecía
moverse de forma discontinua, como una animación de mala calidad, al
acercarse y pasar junto al caído Happosai. La mujer alzó su arma extraña
y señaló a Ranma. Era una vara de madera negra, de poco más de
cincuenta centímetros, coronada en un extremo por dos hojas curvas sin
filo, y por el otro extremo tenía una cadena de plata, terminada en un
brazalete que rodeaba la muñeca enguantada de la mujer.
—¿Así que te frenas al pelear con mujeres? —le dijo la desconocida con
esa voz de rasguño. Había dicho que se llamaba Denkoko, recordaba él
vagamente. En realidad, no tenía importancia.
—No me gusta —dijo una parte de él desde muy lejos, desde detrás de la
expansión del hielo.
Alteró su postura y se preparó para cualquiera de la decena de maniobras
que la mujer podía utilizar; los cuerpos inmóviles de Happosai y Cologne
daban testimonio de que esta mujer y su compañera —Yamiko, la vestida
de negro— no eran para tomarse a la ligera. Cierto, la sorpresa y la
distracción habían sido ventajas sobre ambos maestros, pero lo que
perturbaba a Ranma era el que ninguno de los dos se levantara aún. A
treinta metros de allí, podía ver que Ryoga y los demás empezaban a
formar un círculo en torno a la figura sombría de la otra mujer.
—Vaya un niño ingenuo —dijo Denkoko—. Un niñito ingenuo.
"Quiere distraerte —dijo una voz dentro de él—. Quiere tenerte hablando.
Tú mismo lo has hecho antes. Pon atención. Mira lo que sucede. Asimila
la situación".
Así lo hizo, despacio. Cologne empezaba a moverse, solo un poco; la
extraña sombra viviente suscitada por Yamiko había por lo visto tenido el
poder suficiente para herir incluso a la ancestral amazona, aunque ya no
tuviese un aspecto tan ancestral.
"Cologne no está con ellas —dijo la voz—. Pero igual es una posible enemiga.
No la pierdas de vista".
Happosai no hacía movimiento alguno, todavía con humo elevándosele
desde el cuerpo. El arma de Denkoko era obviamente peligrosa. "Gana en
alcance, y es potente. Quítasela cuanto antes".
Akane se mantenía atrás con la madre Ranma, aún sin conocimiento, más
la paralizada Shampoo, mientras Ryoga, Ukyo y Mousse se aproximaban a
Yamiko. Una parte de él quería ir donde Akane, pero aquella porción disminuía
muy rápidamente ante las lentas pero inexorables mareas de hielo que
arreciaban en él. "Están lejos. No importa. Que los demás enfrenten a la
otra. Tu enemiga es esta ante ti".
Todo aquello procesado en un segundo, pero igual demasiado tiempo, igual
demasiado tiempo, porque Denkoko ya se movía, y era veloz, muy veloz,
más de lo que había sido al atacar a Happosai. Tres pasos rápidos adelante,
zancadas largas, brazo derecho aún guardado en la túnica, brazo izquierdo
blandiendo la vara. Incluso en medio del tiempo semicongelado que el hielo
producía, la velocidad de ella era casi cegadora.
Ranma eludió el ataque con un desplazamiento al costado, lanzó un puño
y no conectó, al tiempo que ella giraba y estocaba contra él con la vara,
en un ataque a brazo extendido que lo obligó a retroceder, ponerse a la
defensiva. Porque, muy probablemente, hasta el solo contacto de la cosa
aquella sería mortal.
La vio acercarse, y era rápida, tan sumamente rápida, incluso aquí,
incluso con el hielo en sus sentidos y en su cuerpo, era rápida.
Y no solo rápida. Diestra además, muy diestra. Se movía con una gracilidad
mortífera, como una bailarina, ejecutando ataques cortos contra él con su
arma, cuyas puntas ahora emitían zumbidos y crepitaciones eléctricas,
llenando el aire con un olor a ozono, al cruzar el espacio entre las cuchillas
chispas de color azul. No le dejaba a él oportunidad alguna, ni la más mínima,
porque no podía arriesgarse a ser tocado por esa arma.
Siguió cediendo terreno, y un vistazo momentáneo por detrás de él le
mostró que un costado del bosque se acercaba rápidamente. Unos segundos
más y estarían entre los árboles, donde habría menos espacio para que ella
usara el arma, y más cosas tras las cuales él podría resguardarse.
Oyó a alguien gritar de dolor, muy a lo lejos. Ukyo, al parecer. Pero había
tanto hielo, y tras el hielo había fuego, y dentro del hielo otra cosa, un
centro oculto que él no podía ver aún, y Ukyo, Shampoo, Mousse, Ryoga
e incluso Akane estaban más allá de esas cosas.
~ o ~
—No te queremos lastimar —dijo Ryoga avanzando sutilmente, apoyando
su peso en las puntas de los pies, con todos los músculos relajados y
prestos.
—De no ser necesario —dijo Mousse a un lado de Ryoga, con las manos
guardadas en las mangas de su túnica.
Ryoga lo miró fugazmente, preocupado: la voz del otro muchacho sonaba
muy fría. Sin duda, el ver a Shampoo casi suicidarse para impedir que
Ranma tuviera que pelear contra Cologne lo había afectado hondamente.
Ryoga mismo no lograba asimilar más que a medias lo sucedido. Únicamente
la pronta intervención de Ranma, moviéndose tan rápido que Ryoga ni
siquiera lo había visto moverse, había evitado que la muchacha se hundiera
el cuchillo en el corazón.
—Así que toma a tu amiga y lárgate —dijo Ukyo.
Ukyo avanzaba detrás de los dos muchachos, con su espátula grande
empuñada en una mano por el mango y apoyada sobre su hombro, la otra
mano con un puñado de espátulas arrojadizas, filosas como navajas.
—No sé si las dos están con Cologne o qué —dijo—, pero he tenido un
par de días pésimos y ando de muy mal humor. Así que si no quieren salir
lastimadas, lárguense de aquí.
La mujer que tenían delante produjo en lo hondo de la garganta un
desagradable sonido gorgoteante, luego se acuclilló a medias, con las
manos vacías a los costados, los dedos curvados levemente hacia las
palmas. Su larga trenza de pelo azabache pasó por sobre uno de sus
hombros, al volver bruscamente la cabeza hacia un lado para lanzarles un
ruido siseante, desde detrás de la máscara de cuero negro que le cubría
todo más abajo de los ojos.
La sombra que la mujer proyectaba era demasiado grande, ni siquiera de
forma humana, pareciendo más un charco de agua negra como la noche,
agua que se rizaba y ondeaba por delante de ella, desafiando la posición
del sol. Ryoga deseaba que la mujer hablara, que hiciera algún sonido
además de esos ruidos mojados que salían de detrás de la máscara.
—¿Y? —dijo Ryoga, cauto—. ¿Cómo quieres que sea esto?
En respuesta, la mujer se propulsó en un salto imposiblemente largo, que
la hizo cruzar seis metros de aire hasta aterrizar a media docena de
pasos del trío que se enfrentaba a ella. Tras la mujer, su sombra se
contorsionaba, estirándose a modo de látigo por el suelo al saltar ella.
Mousse lanzó un grito y estiró los brazos. Cadenas, shurikenes y puñales
surgieron desde sus mangas, y el aire se llenó con medio centenar de
brillos metálicos.
La mujer aulló con una voz que fue como una cosa podrida reventándose,
y abrió los brazos. Su sombra detonó desde el suelo en remolinos y
corrientes de oscuridad, que se envolvieron cual serpientes en torno a
sus extremidades por un momento, antes de entretejerse y formar una
cortina de terciopelo trémulo delante de ella.
Las armas de Mousse se hundieron en aquel telón bidimensional y
desaparecieron completamente, como si aquel tapiz de negrura ondeante
hubiera sido un pozo sin fondo.
—¿Qué diablos...? —dijo el muchacho
Con los ojos engrandecidos tras las gafas, vio a la mujer estirar las manos,
con los dedos extendidos, y la cortina de sombras saltó hacia adelante,
vuelta una flecha de negrura que alcanzó a Mousse en el pecho como un
gran puño. Mousse salió despedido hacia atrás, a tumbos y volteretas, y
soltó un grito ahogado de dolor al rodar por la meseta rocosa hasta quedar
inmóvil, tirado de espaldas.
Al avanzar Ryoga con Ukyo para trenzarse con la mujer, vieron que esta
no proyectaba sombra alguna en el suelo. La cosa sólida que había
golpeado a Mousse ya no estaba; ahora la túnica de Yamiko flotaba entre
ondas de oscuridad, agua negra sobre la cual soplaba un viento espeso.
Ukyo arrojó sus miniespátulas contra la mujer; Yamiko eludió hacia un
lado con ágil desenvoltura y rodó hacia atrás, con su pierna subiendo en
una patada que Ukyo apenas esquivó. La mujer de negro podría haber
presionado el ataque, pero ahora tenía ante sí a Ryoga, y este era mucho
más que Ukyo.
—¿No puedes tirar sombras a cada rato, eh? —preguntó Ryoga al cargar
contra la advenediza, reprimiendo bajo imágenes de Cologne y Mousse,
derribados por esta, los escrúpulos de pelear contra una mujer; se trataba
a todas luces de alguien extremadamente peligroso.
Yamiko emitió otro gorgoteo húmedo, entornó los ojos y saltó contra él, con
los dedos extendidos a modo de garras. Pero no tenía ningún arma, y era
casi como si...
Ryoga vio el brillo metálico en las uñas lacadas de negro, solo en el último
instante, y fue todo cuanto lo salvó de recibir algo peor. Un desesperado
salto hacia atrás significó que las filosísimas cuchillas ocultas bajo las uñas
rasgaran tela y algo de piel, en lugar de abrirle la yugular, como había sido
la intención. Cuatro largos arañazos paralelos se le llenaron de sangre lenta,
que corrió bajando por su pecho, bajo la tela rasgada de su camisa. Dolía,
pero solo un poco. No había tiempo para preocuparse de nada más que ella,
porque venía otra vez contra él, con sombras ondulando y fluyendo en los
ojos y en las profundidades de su túnica.
El muchacho desvió un ataque con una mano, apartándole la muñeca
hacia un lado con el antebrazo, y echó la cabeza al costado, dejando que
el otro golpe de ella pasara volando junto a su oreja, perdiendo algo de piel
en esta.
Entonces contraatacó. No tan fuerte como hubiera hecho contra un
hombre, pero de todos modos un golpe fuerte, bajo las costillas, para
sacarle el aire. La túnica de la mujer era fría como el hielo; tocarla fue
como hundir la mano en un lago semicongelado.
Había esperado que el golpe la noqueara de inmediato, pero la mujer era
más resistente, aunque no lo pareciera. Emitió una exclamación de dolor
sibilante, pero luego subió las manos, con las cuchillas reluciendo bajo las
uñas, dirigidas a los ojos de él.
Ryoga logró apenas alzar los brazos a tiempo para bloquear, con un brazo
por cada mano de ella, y resultó con los antebrazos acanalados casi hasta
el hueso. Soltó un grito de dolor, y terminó de caer en la cuenta de que
esta desconocida de verdad quería matarlo, como se lo había ordenado esa
otra mujer. Antes de que la revelación le permitiera hacer algo, una rodilla
le llegó al estómago y un codo le percutió un costado de la cabeza, tumbándolo
hacia un lado, con la cabeza hacia atrás, la garganta totalmente expuesta.
Habría muerto casi con toda seguridad de no ser por Ukyo, que intervino
abanicando con la espátula contra la cabeza de la mujer. No acertó, pero
obligó a Yamiko a apartarse de él un momento.
El muchacho estaba herido de gravedad, y la sangre empapaba las tiras
de tela que quedaban de su gruesa camisa a la altura de los brazos.
Sintiendo vahídos, Ryoga se volvió y vio Yamiko alzar una mano, para
luego embestir a Ukyo con otro impacto de sombras, como el que había
usado contra Mousse. Ukyo se derrumbó bajo el ataque sin sonido alguno.
Y como aquella primera revelación, de que la mujer en realidad pretendía
asesinarlos, venía ahora una segunda: que era muy posible que lo lograra.
~ o ~
Akane se sentía más que nada adormecida. Todo había sucedido muy
rápido: Ranma había dicho que se iría a China con Cologne y Shampoo,
porque si esta no se casaba con él, era muy probable que mataran a
Shampoo, o que en el mejor de los casos la exiliaran.
Entonces Shampoo había intentado suicidarse. Ranma la había detenido.
Por alguna razón, él y Cologne iban a pelear de todos modos. Ryoga la
había hecho alejarse del lugar donde Ranma y Cologne combatirían.
Y luego habían aparecido estas dos mujeres. Una de celeste claro, la otra
de negro. Ranma peleaba contra la de túnica celeste, la que había derribado
a Happosai; Ryoga, Mousse y Ukyo luchaban contra la de negro.
¿Y qué hacía ella? Se quedaba sentada con la madre de Ranma y con
Shampoo, ambas sin conocimiento. Había muchas razones para aquello;
no podían quedar solas, alguien tenía que cuidarlas.
Sabía que la verdadera razón era que ella no haría sino estorbar en la
pelea. Estas dos mujeres era hábiles; Akane podía ver, desde lejos, a
Ranma esquivar frenéticamente mientras su contrincante practicaba
estocadas hacia él con su vara, tan rápidas que su brazo era un borrón.
Costaba seguir a cualquiera de los dos, de tan rápido que se movían.
—Ranma... —musitó.
Había ocurrido un cambio en él, súbito, al oír lo que había dicho Cologne
acerca del Consejo Joketsuzoku y lo que le harían a Shampoo, después
de impedir que Shampoo se clavara el cuchillo. Se había puesto... frío. No
había otro modo de describir su estado. Era como si ya no fuese el de
antes.
Vio a la mujer de negro alzar una mano y golpear a Mousse con una
especie de ataque, una descarga de sombra sólida que lo derribó y dejó
inconsciente en el suelo. Vio a Ryoga avanzar y enfrentarse a la mujer, y
sintió el corazón en la boca al retroceder el muchacho instantes después,
con sangre manándole de los brazos, visible incluso a esta distancia.
Un quejido débil le hizo quitar la atención de la pelea por un momento.
Shampoo volvía en sí. Akane la observó con cuidado, y arrugó la cara
cuando oyó el grito punzante de Ukyo.
—¿Shampoo?
—Ahh...
La china pestañeó algunas veces y se incorporó.
—¿Ranma? —preguntó.
—Aparecieron dos mujeres después de que te... te desmayaste.
Lo había hecho Cologne, al apretar uno de sus puntos de presión inductores
de sueño, luego de impedir Ranma que Shampoo se hundiera un cuchillo
en el corazón. Incluso ahora, todo aquello parecía no haber sucedido en
realidad.
Akane se lamió los labios y trató de no mirar a Shampoo a los ojos.
—Están peleando —dijo—. Tu bisabuela cayó, y también Happosai, que al
parecer nos siguió buscando a Cologne.
Shampoo tenía los ojos muy, muy fríos. Se puso en pie y sacó dos bonbori
de su cinto, con los nudillos blancos en las empuñaduras.
—Quedas con madre de Ranma, Akane.
—Shampoo...
—Quedas.
Por lo visto, todo deseo de morir que la muchacha hubiera tenido ya no
existía, convertido en una ira guardada desde hacía mucho. Sin siquiera ver
si Akane se quedaba allí, salió a grandes zancadas hacia el combate entre
Ryoga y la mujer vestida de negro, moviéndose ligera y rauda por el yermo
suelo rocoso.
Akane dio una mirada nerviosa en dirección a la cara del risco junto al cual
estaba, y luego en dirección a Ranma, viéndolo alejarse cada vez más con la
otra mujer, hacia el bosque.
Cada paso lo distanciaba más de Akane, poco a poco.
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—Quédate quieto. No va a dolerte mucho —dijo jovialmente Denkoko al
intentar golpearlo.
El impacto del arma dejó un hueco dentado en el tronco del árbol delante
del cual Ranma había estado hacía unos instantes.
—Bueno, miento. Te dolerá muchísimo. No te va a matar, pero te dolerá.
Más y más, se adentraban en el bosque, y más y más densos se hacían
los árboles. Denkoko no conseguía pegarle, pero era demasiado cuidadosa,
demasiado precavida en su modo de pelear como para dejar alguna brecha
que él pudiese aprovechar, y Ranma no podía permitirse arriesgar ni un
solo contacto de la vara aquella.
Pero podía ver que las dificultades aumentaban para Denkoko. Las ramas
de los árboles le estorbaban gran parte del tiempo, aunque la mujer no
daba señales de cansarse.
Y entonces, la vio cometer un error. Pequeño, una sutil sobreextensión del
brazo en una estocada, pero bastó. Ranma avanzó un paso por el lado de
ella, sujetando la vara más atrás de las hojas, forzando el palo hacia un lado
con una mano, impulsando la otra mano contra el mentón de la mujer en
un ataque con la palma. Una parte de él se horrorizó ante la soltura con que
la golpeaba; otra parte de él decía, mujer o no, es un enemigo, y peligroso.
La furia del hielo lo infundía ahora en pleno, ardiendo gélida por todo su
cuerpo y mente. La cabeza de la mujer se fue hacia atrás violentamente,
y Ranma oyó chocar los dientes de las dos quijadas. La hizo girar, todavía
sujetándole el arma, preguntándose como al pasar por qué ella mantenía la
otra mano escondida en la túnica. Situándose tras ella con un giro, aplicó un
codazo en la zona lumbar y la sintió arquearse hacia atrás involuntariamente.
Le soltó el arma, volvió girarse, y le pateó la cabeza con el costado del pie,
derribándola al suelo.
La mujer cayó, con un hilo de sangre en la comisura de la boca, y rodó hacia
atrás, alejándose de él en un movimiento grácil, mientras él se abalanzaba
contra ella.
La mano derecha de Denkoko salió desde la túnica, y Ranma vio por qué la
había tenido oculta. Era poco más que una garra marchita, deforme, que
parecía pertenecer a un cadáver reseco. La piel café y arrugada estaba
ennegrecida con ampollas y llagas supurantes. La mano se apuntó hacia él, y
los dedos se abrieron dolorosamente para presentar una palma abierta.
Ranma casi llegó a tiempo. Estaba a punto de asestar una patada cuando
la primera descarga de un rayo de blanco incandescente estalló desde la
mano contrahecha. La descarga lo alcanzó en el pecho y lo hizo trastabillar
con un dolor que hizo arder cada nervio de su cuerpo; una segunda ráfaga
lo dejó tumbado de espaldas y sangrando por la nariz, boca y oídos. Tosió,
y descubrió que le costaba respirar.
—Tienes que quedar vivo —oyó decir a Denkoko en esa voz rasposa.
Ranma oyó ramas secas quebrarse bajo la mujer al ponerse esta en pie.
Luego un rozar de zapatos suaves viniendo por el suelo terroso del bosque
en dirección a él. Y luego oyó:
—Pero no por eso no vas a sufrir.
Ya sufría. Atrozmente. Era como si el hielo se hubiera semifundido, quemado
por la furia del rayo que había surgido desde la mano de ella. Se dio cuenta,
con una sensación mórbida, de que la patada que él casi había asestado
habría fracturado el cuello de la mujer.
Y luego olvidó todo aquello, porque cuando Denkoko le apretó la vara contra
el pecho para luego torcerla, Ranma empezó a comprobar que, en materia
de dolor, lo que había sentido era insignificante.
~ o ~
Cologne despertó de súbito, poniéndose en pie de un salto al recordar lo
sucedido. Miró el entorno: Ranma por ningún lado, tampoco la mujer que
había aparecido. Había una segunda, lejos, peleando contra Shampoo y
Ryoga; los dos niños parecían estar resistiendo apenas. Los cuerpos caídos
de Mousse y Ukyo hacían parecer la situación aún peor; ¿de verdad el
combate había empezado cuatro contra uno?
Avanzó un paso hacia ellos, apoyada en su rastrillo para equilibrarse,
sintiéndose débil e indispuesta, como despertando de una larga enfermedad.
Tenía una visión prodigiosa ahora que era joven de nuevo; incluso a esta
distancia podía ver la sangre que empapaba la ropa de Ryoga.
Todo el plan se caía a pedazos, y si ella no actuaba rápido, habría muertes.
Había sido una insensata: debía haber hablado con Ranma desde un comienzo.
El muchacho había mostrado su verdadera alma al aceptar irse a China para
impedir que Shampoo padeciera las consecuencias de no casarse con él.
Cologne no había esperado algo así.
Tampoco había esperado que su bisnieta intentara suicidarse. Ninguna de
ambas cosas se habían considerado en la ecuación.
Tampoco las dos mujeres.
Y, se dio cuenta, mirando al viejo caído a unos metros de allí, tampoco
Happosai estaba considerado. Pero las cosas estaban como estaban, y,
cuando ocurría lo impensado, o se eliminaban los nuevos elementos, o se
trabajaba con ellos.
Fue rápidamente hasta el lado de Happosai, tan rápido como le fue posible
en su estado actual. Por medios desconocidos, ese ataque de sombras había
sorbido la energía de Cologne; ahora no podía generar el poder suficiente ni
para mover una hoja.
—¿Happi? —dijo, acuclillándose junto a él.
Su último recuerdo, antes de perder el conocimiento, era de Happosai
gritando el nombre de ella. De verdad parecía más joven, a un grado increíble.
Casi le pareció ver una arruga desaparecer de esa cara ante sus propios ojos.
Lenta pero indudablemente, Happosai estaba rejuveneciendo. En cierto modo
desconocido, el agua de la Nannichuan, que había bebido en la boda, debía de
estar actuando en él desde dentro, incorporándose de forma paulatina a su
organismo, extendiéndose desde el centro hasta llegar al exterior.
Tenía una quemadura grande en el costado, y la tela de su camisa estaba
desgarrada. Seguía en el aire un olor a descarga eléctrica, junto a un olor
más bien repugnante a carne quemada.
—¿Happi? —volvió a decir?
—Querida Cologne...
Happosai levantó ambas manos, con los ojos aún cerrados, y las puso
firmemente sobre los pechos de ella. Por primera vez en muchos años,
Cologne no tuvo la menor idea de qué hacer.
Los ojos de él se abrieron de pronto, lo acometió un acceso de tos, bajó
las manos y las llevó al suelo para incorporarse.
—Eso es —dijo—. Un cuerpo femenino, y muy bonito.
—No puedo creer que hayas hecho eso —masculló Cologne al ponerse de
pie y ajustarse la ropa en un intento por quitarse de la piel la sensación
de esas manos.
—Ah, anda, Cologne, ¿cuánto hace que nos conocemos? —dijo Happosai,
levantándose—. Debiste verlo venir a un kilómetro. A fin de cuentas,
ahora eres mucho más guapa.
—No puedo decir lo mismo de ti —mintió Cologne. De verdad estaba de
mejor ver, tenía que admitir ella. Si no más apuesto, al menos más alto.
—No seas mala —dijo Happosai, sacudiéndose el polvo—. Y ahora, ¿se
puede saber qué diablos sucede, Cologne?
—Te lo diría —dijo ella—. Pero de verdad no hay mucho tiempo. Esos niños
necesitan ayuda.
Él le puso una mano en el brazo, delicadamente:
—Hazte el tiempo.
—Happi... —dijo ella con voz suave—. Por favor...
—Me podrá engatusar una cara bonita, pero solo hasta cierto punto,
Cologne —dijo él quedamente—. Muchas veces no entendí por qué hacías
tal o cual cosa, pero sé que siempre tuviste razones. ¿Por qué secuestraste
a la madre del muchacho? ¿Por qué?
—Porque debía hacerse —dijo Cologne—. Esas dos mujeres... no son más
que armas. Hay cientos más, y todas apuntadas contra él. Mi plan era
sacarlo de todo esto, de modo tal que ningún arma lo siguiera.
—Explícalo después, entonces —dijo Happosai—. Esos niños necesitan ayuda.
Ahí tienes razón.
Cologne pestañeó. —¿Ya te convencí?
—Si creíste necesario hacer esto —dijo Happosai con una sonrisa agria y una
chispa en los ojos, que ella reconoció de un siglo atrás—, entonces muy
posiblemente lo era. Me puedes contar más después. Y lo harás, ¿no?
Cologne asintió despacio:
—Ayuda a mi bisnieta y a los demás contra esa. Yo voy por Ranma.
—¿Puedes percibir al muchacho, o algo así?
Cologne se rió. —¿No lo percibes tú?
Happosai la miró con gesto confuso, luego giró y echó a correr hacia la pelea,
unos treinta metros más allá.
Cologne se quedó quieta un segundo y se concentró. Expandió su ser, y sus
sentidos se mezclaron con el aire que la rodeaba, y saboreó los aromas y
trazas del atardecer.
Y Ranma estaba entre estos, ardiendo como un sol en la visión de ella. Pero
percibió algo que no había esperado: dolor, y en enormes cantidades.
Echó a correr también, hacia la capota de árboles.
~ o ~
Ranma chocó de espaldas contra el tronco de un árbol, con un lamento de
dolor. Sentía gusto a sangre en la boca y la nariz, y la cosa mojada que le
bajaba por los costados de la cara no era agua, por cierto.
Y luego Denkoko estaba allí, como todas las veces, como cada vez que él
había intentado un fatigoso contraataque. La vara subió, le vapuleó el
estómago. Sintió, de pronto, que le habían reemplazado la médula de los
huesos con plomo caliente.
Soltó otro lamento ahogado, porque la garganta le dolía demasiado para
gritar. No podían haber pasado más que unos minutos, pero ¿cómo podía
concentrarse tanto dolor en tan poco lapso?
La mujer lo abofeteó, levemente, con la garra seca que era su mano
derecha:
—Ay, animalito, cómo vamos a gozar doblegándote a la medida de nuestras
exigencias. Cómo se va a divertir el Círculo contigo. Hay que ver el mocito
bello que eres.
No había hielo, ni fuegos ardiendo en la cabeza de Ranma. Se había ido,
todo, completamente, arrasado por un dolor que era ahora más una parte
de él que una cosa externa. No había creído posible sufrir un dolor de esta
clase y seguir lúcido.
La mano seca lo sujetó del mentón y le echó hacia atrás la cabeza:
—Encuentras horrenda mi mano, ¿no? Todos tenemos marcas, todos. El
precio de lo que somos. ¿Por qué crees que Yamiko lleva máscara? Pero ya
aprenderás a querer esta mano, mascota.
De verdad no debía haber sido posible sufrir un dolor así y seguir consciente.
Pero por lo visto sí era posible.
Por lo visto, era posible sufrir más aún.
Había una fuerza terrible en esa mano, había aprendido Ranma. La mujer
lo alzó del cuello sin mayor esfuerzo, con esa sola mano, y lo arrojó por el
claro donde estaban. El muchacho aterrizó boca abajo, apenas amortiguando
la caída con un brazo, un brazo que dolía con una intensidad que parecía
superar el límite de lo sensible.
Trató de rodar y ponerse de espaldas, levantarse, pero luego alguien le
hundió algo que él sintió como un riel atravesándole el sacro. El impacto
le traspasó el cuerpo, hizo que las extremidades se le sacudieran con
espasmos y que chispazos de electricidad le crepitaran por la piel.
—Y tú vas a ser mi animalito personal —carraspeó la mujer desde lo alto—.
Porque yo te rompí primero, animalito. Todos te vamos a quebrar, pero te
quebrarás conmigo primero. Sabemos lo que eres, niñito, con tus juegos de
honor barato y tus queriditas. Te observamos desde antes que nacieras: el
don de Yoko corre hondo, mascota mía, por imbécil y cobarde que ella sea.
¿Quieres que te diga cuántas mujeres tuvo tu padre en la cama mientras
viajaba contigo? Puedo decírtelo. ¿Quieres que te diga que la más joven
no era mayor que tú ahora? ¿Quieres que te diga que pagó por ella con el
dinero para tu cena y te dejó pasar hambre esa noche?
—Cállate —dijo Ranma por entre el dolor, porque rebeldía era todo lo que
quedaba a estas alturas—. Cállate el hocico, bruja sádica. ¿Quién diablos
eres? ¿Por qué diablos andas detrás mío?
—Desde hoy en adelante, soy tu ama —dijo Denkoko, punzándole el brazo
con la vara, que esta vez no usó como conductor eléctrico—. Ya vendrá el
momento en que te pongas de rodillas ante mí y hagas todo lo que te
mande.
Ranma no podía ver sino la tierra del bosque, tirado de cara en el suelo.
Denkoko le había puesto un pie en la espalda; el dolor era un calvario.
Trató de voltearse otra vez, pero solo consiguió mover un tanto la cabeza
hacia el lado. Con el rabillo del ojo, vio poco más que cielo azul, y las ramas
profusas, verdes, de los árboles.
—Mi juguetito personal —dijo Denkoko, con deleite en la voz.
Ranma escupió sangre en la tierra y anheló con toda el alma tener el hielo,
deseándolo con una sed mayor que cualquier cosa que hubiera sentido
jamás. Incluso ese desapego frío y horrorizante hubiera sido cien veces
mejor que este estado lastimoso.
Todo parecía hipersensible; la sensación del suelo bajo él, el dolor que le
traspasaba el cuerpo entero, el rumor suave de las hojas al viento. El
sonido de agua, agua fresca, corriendo cerca. Debían de estar cerca del
arroyo que corría desde la cima de la montaña hasta el valle.
Agua fría, agua fría que le lavara la sangre de la cara, que se llevara el
dolor, que se llevara todo...
Pugnaba por seguir consciente, por mantener aquí su rebeldía final. Era
una lucha perdida.
Y entonces todo fue muy rápido.
—¡MIZUCHOUSENZANYOKU!
Sintió que Denkoko le quitaba el pie de la espalda, oyó algo parecido a un
rayo prolongado, y sintió media docena de cosas filosas silbar junto a él a
velocidad increíble, levantando tierra y pedazos de piedra en torno a su
cara.
—Perdón, pero no lo puedo permitir —dijo una voz desde lo alto, en el aire.
—¡Vaya especímen! Una mujer con alas. ¿Cómo puedes volar? No deberías
poder alzar tu propio peso. ¿Estructura ósea hueca, tal vez? Bueno, cuando
te baje al suelo y te abra viva, lo averiguaremos, y conocerás como nadie la
pena por interferir con nosotras.
Sonó el estampido de un trueno, y un ahogado grito de conmoción muy por
arriba. Ranma oyó las pisadas de Denkoko correr por el suelo del bosque,
alejándose.
—¿Kima? —sacó Ranma, casi incoherente. ¿Qué hacía aquí?
Hubo un sonido de alas batiendo, y una figura oscura aterrizó junto a él,
y él posó los ojos en esta. Un cuervo enorme, que parecía ser tan grande
como un águila.
—Genial —carraspeó Ranma—. Me salva la criada de un rey me quería
matar la semana pasada, y encima manda una urraca a sacarme los ojos.
El ave se rió, y grazó:
—Cuervo. Gran diferencia con la urraca. Las urracas son alimañas
carroñeras, insalubres. Poco más que palomas de campo. Nosotros los
cuervos...
Ranma soltó un lamento. —Fijo que ibas a hablar...
—Les hablo a los que escuchan —dijo el cuervo, encogiendo las alas
como si hubieran sido hombros—. Aunque pocos saben escucharme.
—Estoy delirando, ¿cierto? —dijo Ranma.
El pájaro soltó una risita, un sonido extraordinariamente humano.
—Para nada. Soy real, tú eres real. ¿Qué más hay?
—Quiero dormir —murmuró Ranma. El cuerpo le dolía de fatiga.
—Dormir hace soñar —dijo el pájaro—. Descansar es cruzar el umbral de
nosotros mismos.
—¿Qué cosa eres?
—El nombre que llevo en este tiempo y lugar es Shiso.
—¿Tienes otros nombres?
—Todos tenemos más.
—Yo soy Ranma. Solo Ranma.
—¿Seguro?
—¿Quién más soy?
Risa otra vez. —¿Quisieras saberlo?
Él dudó. El dolor era muy fuerte ahora.
—Sí —dijo por último.
—Entonces cierra los ojos —dijo el cuervo—. Será solo un momento. Pronto,
deberás prestar ayuda; aunque el espíritu de ella no se amilana, aquel que
enfrenta ahora la supera.
—¿Hablas de Kima?
—Así se llama en este tiempo y lugar.
—¿Siempre hablas así? —preguntó Ranma en voz queda, cerrando los ojos.
—A veces —dijo el ave, y, aunque tenía los ojos cerrados, Ranma supo sin
lugar a dudas que el cuervo había hecho otra vez el ademán de encoger
las alas.
—¿En este tiempo y lugar hablas así?
—Vas aprendiendo, niño.
Dos contactos ligeros de un pico, más suaves que el roce de una pluma,
sobre cada párpado:
—No recordarás esto. No aún.
Él supo que no recordaría.
—Aún no llegarás tan profundo como para recordar. No aún. Pero te lo
diré de todos modos: que, con el tiempo, cuando lo sepas, sabrás que
antes lo sabías. Pon atención, y oye el primero de tus nombres...
Plumas de negro nocturno rozaron la cara de él, y el cuervo empezó a
susurrarle al oído.
~ o ~
La mujer esquivó con un giro el puño izquierdo de Shampoo y se agachó
bajo el derecho, se dio una vuelta para barrer con una patada los pies de
Ryoga y luego subió la mano con uñas de cuchilla, que cortaron solo aire
al eludirla Shampoo en un movimiento elástico.
—¿Ryoga? ¿Tú bien? —preguntó Shampoo con voz preocupada.
El muchacho se puso en pie, tambaleante; su falta de velocidad era
lapidaria en una pelea contra un enemigo de tanta rapidez y armado con
cuchillas en las mismas manos. Las heridas de sus brazos eran las peores,
pero tenía otra en el costado, y cuatro cortes paralelos en la cara, donde
Yamiko casi le había sacado un ojo.
—Estoy bien —dijo, embotado, volviendo a la compleja danza combativa
en que los tres habían estado enfrascados. Ukyo y Mousse no daban
señas de moverse; Akane seguía apartada con la madre de Ranma.
Con el rabillo del ojo, Shampoo vio a su bisabuela ponerse en pie y
caminar hasta el lado de Happosai; pero no había tiempo para distraerse,
no había tiempo, porque Yamiko venía contra ella tan rápido, tan rápido...
Su maniobra evasiva funcionó a medias esta vez: un ataque que hubiera
abierto la cara de Shampoo por un lado bajó en cambio por un hombro
cubierto de blanco y la cortó a lo largo del brazo. La sangre manchó la
tela blanca, y ella se mordió un grito y lanzó un golpe virulento por sobre
la cabeza usando el bonbori con la mano derecha.
Yamiko bloqueó con el antebrazo izquierdo; hubo un sonido metálico. La
mujer debía de tener alguna especie de protección bajo la túnica.
Lo peor de pelear contra ella era el silencio. No hablaba, ni hacía más que
unos sonidos gorgoteantes de placer, o algún siseo bajo si algo le dolía.
Y la ventaja de dos contra uno de Shampoo y Ryoga no les servía de
mucho; la mitad de las veces tenían que frenar los ataques para no
golpearse entre los dos. La mujer era muy hábil, mejor que cualquiera de
ambos. Juntos, apenas lograban tenerla a raya.
—¿Sabes?, eres muy bonita. Pero algo tiene tu aura que hasta a mí me
quita las ganas.
Y entonces Happosai avanzó, y ahora eran tres contra uno.
~ o ~
Los árboles eran muy densos a este lado del río. Sauces altos, casi
doblados sobre sí mismos por el peso de las ramas, lloraban un flujo
constante de hojas sobre el agua, un agua oscura, del color de la seda
negra, que ondeaba y afluía hasta perderse serpeando en la distancia.
Bajo los pies de él, el suelo era húmedo y esponjoso; vio una cama de
juncos quebrados junto a la orilla del río y más juncos volviendo a crecer
en esta.
El río era muy, muy ancho y correntoso. Toda aquella zona estaba envuelta
en niebla, que se aferraba a las manos y cara de él, dificultando la visión.
Del otro lado del río, alcanzaba apenas a distinguir otras formas, otra gente.
Quería llegar hasta ellos, pero el agua era ancha, anchísima. Negra y sin
fondo, de una hondura imposible de vadear, una amplitud imposible de
saltar, un caudal imposible de nadar.
Sintiendo los juncos molerse bajo sus pies con crujidos sordos, corrió
siguiendo la orilla, buscando un bajío, un cruce angosto, piedras que
pudiera usar como puente. Pero el río no hacía sino ensancharse, y las
siluetas del otro lado se volvían cada vez más indistintas.
Y luego el río se bifurcó formando una "Y" perfecta, aún demasiado ancho
para cruzarlo, pero ahora seguir el río no le conduciría en la dirección de
aquellos que quería alcanzar.
Pero no había forma de regresar, vio, porque la bruma se había cerrado
tras él hasta ser una pared sólida, y volver a adentrarse en ellas era
arriesgarse a una larga caída hasta el torrente de aquellas aguas sin
fondo.
—No —dijo, cayendo de rodillas en los juncos húmedos, y extendiendo
una mano suplicante hacia las siluetas difusas del otro lado del río—. No,
esperen. Sigo aquí. Sigo aquí.
—Ten calma —dijo alguien detrás de él, una voz comparada a la cual el
roce de terciopelo contra la piel sonaba duro y raspante—. No temas.
Todos los ríos llevan, al final, hacia el mismo lugar. Todos los ríos desembocan
aquí. No temas, hijo mío, porque aquí no hay nada más que temer. Este es
un lugar al que muchas cosas no llegan, y una de ellas es el miedo.
Él se volvió, y vio a una mujer muy bella, toda de negro, con su pelo
cayendo en torno a ella como una cascada. Su rostro era joven, pero sus
ojos eran imposiblemente viejos, oscuros como la vista de un ciego,
profundos como una fosa del océano.
—¿Quién eres?
—Soy lo que ves —dijo ella—. La pregunta es, ¿quién eres tú?
—Soy...
No lo sabía.
Los ojos de él miraron el agua, el rostro reflejado allí.
¿De quién era este rostro? ¿De quién eran estos ojos, estos labios, esta
nariz? ¿De qué color tenía los ojos? ¿Qué forma tenía su cara?
No había reflejo.
—No sé quien soy.
Y con esa revelación, ocultó un rostro que no conocía entre las manos
desconocidas también, y lloró.
Unos brazos suaves lo estrecharon como a un niño, y lo dejaron llorar
sobre un hombro cubierto de negro, que olía a salones antiguos y jarrones
de porcelana cuarteada, llenos de lirios. La mujer no pronunció palabras,
solo lo abrazó, y un recuerdo se alzó en él, un recuerdo que está en casi
todos, el recuerdo de cuando éramos pequeños, y se nos alzaba en brazos
que nos hacían sentir seguros, y el centro de nuestro mundo era el abrazo
delicado de alguien que nos amaba desde el momento en que nacimos.
—Estoy cansado —dijo él—. Estoy tan cansado.
—Chssst... Duerme. Duerme, niño, y despierta otra vez. Aún durante un
tiempo no volveremos a vernos.
—¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?
La mujer no contestó, sino que empezó a cantar, muy quedamente, como
un arrullo, acunándolo a él en sus brazos como si no hubiera pesado nada,
porque, para ella, no tenía peso.
*En mí todas las cosas se juntan*
*Las rotas, perdidas y averiadas*
*Para esperar más allá del agua*
*A que venga la mañana*
La voz era tan hermosa, que él sintió el corazón casi hecho pedazos. Los
brazos de ella lo estrechaban tan fuerte, y se sentía él tan, tan pequeño y
seguro, que no quería perder esa sensación al quedarse dormido.
*Espero todas las tristezas*
*De todos los que nacido hayan*
*Para esperar más allá del agua*
*A que venga la mañana*
Pero se sintió desvanecer, y lo último que pudo recordar fue esa voz, de
tan grande belleza, llevándoselo a dormir sobre ella misma.
*Porque infinitos son los mares*
*Pero mi río les adelanta*
*Para esperar más allá del agua*
*A que venga la mañana*
~ o ~
Luego del segundo rayo, Kima concluyó que tal vez esta no había sido
la mejor idea del mundo. El primero le había dejado algo chamuscada la
punta del ala izquierda, luego de una desesperada evasión aérea que la
había hecho girar en picada con la otra mujer persiguiéndola, y la segunda,
un estampido en el aire a su derecha, que la había obligado a aterrizar. La
mujer había desviado sin dificultad los ataques de Kima con esa extraña
arma, pero no poseía defensa contra los rayos de la tempestad.
—... y después, creo que voy a clavar tus alas en la puerta de mis
aposentos, como recordatorio de la primera vez que diseccioné a una
persona alada. Dime, tu gente nace de huevos, o son crías vivas? ¿Se
aparean solo con los de su especie, o...?
—¿Siempre hablas tanto? —dijo Kima , y suspiró, desenvainando la
espada y acercándose dos pasos—. Ya fastidian las amenazas vacías; al
menos inventa una nueva.
—¿Quién te crees, insolente? —dijo la mujer con esa voz cavernosa,
bloqueando un corte de la espada con la vara y devolviendo con rapidez
de serpiente un ataque que no golpeó sino aire.
—Soy Kima del Monte Fénix —dijo Kima al desviar otra acometida de la vara,
golpeándola por debajo de las cuchillas; dadas las chispas que crepitaban
entre estas, con toda seguridad era mala idea poner a su respectiva arma
en contacto con ellas—. Senescal de Don Saffron, el Rey Fénix.
Una sonrisa lenta creció en la cara de la otra mujer, por el entre el chocar
de las armas.
—Qué interesante. Yo soy Denkoko del Círculo Eterno. Y basta de hablar.
Creo que es hora de hacerte daño.
Y entonces la mujer se adelantó un paso y se introdujo en la guardia de
Kima, con una velocidad que esta jamás creyó posible, y punzó con la vara
contra el costado de la joven alada con toda la fuerza que pudo. El aire en
torno a Kima pareció estallar en fragmentos filosos; sintió la descarga
atravesarle el cuerpo, sumiendo a nervios y músculos en espasmos de
dolor.
Denkoko avanzó otro paso y le apresó la garganta con la atroz mano
marchita. Las llagas supurantes en esta ardieron como fuego sobre la piel
expuesta de Kima.
Otro ataque, esta vez de la mano, no tan fuerte como el primero, pero que
aún así la hizo convulsarse. Su espada salió volando lejos, y Kima se sintió
gritar desde un lugar muy lejano.
Denkoko sonrió, y continuó el proceso de hacerle daño, con una especie
de entusiasmo jubiloso, nacido de una larga experiencia en un arte
disfrutado en gran manera.
~ o ~
Cologne cruzaba rauda el bosque, maldiciendo cada vez que una rama
se le enganchaba en la ropa, demasiado a menudo para gusto de ella.
Seguía débil, mucho más lenta y menos ágil que en su plenitud. Siguiendo
el rastro de Ranma, le maravilló cuánto se había adentrado el muchacho
en el bosque; su velocidad debía de ser increíble, bajo las condiciones
adecuadas.
El dolor ya no era tan feroz, y nada de este era nuevo. Quizá Ranma
hasta había vencido al enemigo, y estaba ahora tirado y herido.
Ya estaba muy cerca. Tan dentro del bosque los árboles eran tupidos;
rodaba tierra suelta y guijarros bajo sus pies al correr. El sol, recién
empezando a descender por el poniente, proyectaba una luz difusa por
entre las ramas, y echaba sombras por el sendero ante ella.
Notó ausentemente que muchos de los árboles parecían haber sufrido la
caída de un rayo, y reciente. El aire estaba lleno con la misma clase de
olor que se siente tras una tempestad inusitadamente fuerte.
Empezó a preocuparse cuando advirtió las manchas de sangre entre los
restos carbonizados de los árboles.
Y entonces salió repentinamente de la espesura al claro, y ahogó un grito
de pasmo al ver a Ranma.
Su camisa era poco más que jirones, empapados de sangre y ennegrecidos
como producto del fuego. Parecía tener cientos de cortes pequeños, por
todo el cuerpo. Tenía un pierna torcida en un ángulo extraño debajo de
la otra.
Shiso se hallaba junto al muchacho caído, con las plumas negras brillando
de un lila oscuro al sol.
—Vaya que tardaste —dijo el pájaro.
—Cielo bendito, niño, ¿qué te ha hecho esa mujer? —dijo Cologne,
cayendo de rodillas a un lado de Ranma—. Ay, por mis ancestros...
El pulso del muchacho era débil, un ritmo huidizo bajo la mano de
Cologne; al quitar la mano, sus dedos quedaron viscosos de sangre.
Tenía el pelo apelmazado y enmarañado, la cara cubierta de una mezcla
de sangre y tierra. Su labio inferior estaba partido en la comisura,
enrojecido e hinchado; una enorme magulladura amarillo negruzca
brotaba sobre su ojo derecho.
Pero el pulso era constante, al menos. No había peligro de perderlo.
Cologne sacó un suspiro de alivio, y presionó algunos puntos estratégicos
del cuerpo del muchacho, puntos que adormecían el dolor y ayudaban a
acelerar la sanación. Luego, volvió su atención a Shiso.
—¿Y Kima?
—Peleando —dijo Shiso.
Cologne pareció descontenta:
—¿Contra la que le hizo esto a él?
El ave indicó una afirmativa con la cabeza.
—No tiene la destreza suficiente, ¿verdad?
El ave volvió a mover la cabeza:
—No.
Cologne maldijo en voz queda, se puso en pie, y echó a correr de nuevo.
~ o ~
Al final, fue Happosai quien dio vuelta la situación.
Uno siempre se olvidaba, diría Ryoga mucho, mucho después de esto.
En algún lugar, entre la lascivia y los toqueteos, entre las artimañas y
trucos de poca monta, entre el hurto de prendas íntimas, se olvidaba uno
de lo hábil que era el viejo cuando quería serlo.
Yamiko bloqueó el primer puñetazo que lanzó Ryoga. El segundo no
consiguió desviarlo; le llegó en un hombro y la hizo girar hasta mirar al
lado contrario, justo contra un abanicazo ascendente del bonbori de
Shampoo, que consiguió tocarle un costado de la cara en lugar del mentón,
solo un roce tangencial, que le habría destrozado el pómulo de no ser por
un centímetro.
Podía haber una oportunidad de contraatacar, pero entonces Happosai
estaba allí, y su mano llegó a la altura del tórax tan rápido que era un
borrón, un golpe a mano abierta que la tiró volando al suelo, con ella
apenas consiguiendo rodar en la caída hasta quedar, casi por casualidad
y tambaleando, en pie.
Los tres se fueron acercando a ella.
Había llegado el momento.
~ o ~
Ahora estaban cerca de un río, pensó Kima. Podía oír agua correr sobre
una roca; el sonido parecía muy, muy fuerte. Tal vez porque ella ponía
empeño, enorme empeño, en escucharlo. Era mejor que escuchar lo que
decía Denkoko, o los sonidos que Kima misma hacía.
Estaba tirada de espaldas, mirando el cielo con una vista teñida de rojo,
por entre ojos entornados debido al dolor. Hacía rato que había dejado de
contar los impactos individuales, y no era ya capaz de distinguir si
correspondían a las manos, pies o la vara de Denkoko. Algunos destacaban,
así fuera solo por doler más; una bofetada singularmente violenta que le
cruzó la cara y pareció casi saltarle los dientes, una patada a un nervio
de la pierna cuya existencia ella no conocía hasta entonces, pero que de
todos modos había dolido muchísimo. El choque de la punta roma de una
vara contra su esternón, que hizo a su cuerpo entero convulsionarse en
el suelo, alas, brazos y piernas sacudiéndose al fustigar la electricidad por
su carne.
Quiso consolarse diciendo que había recibido antes cosas peores, pero
sabía que no era así. Luego todo pensamiento se terminó por un instante,
porque Denkoko le había cruzado el rostro con un martillazo de la vara, y
todo se volvió una bruma de dolor negro.
El río corría en el trasfondo, un sonido cristalino y bello entre todo aquel
dolor, algo de que aferrarse, algo que no era dolor. Recordó el agua de su
hogar, lejos, manando de nuevo, fluyendo suavemente entre los canales
de piedra, desde las montañas, la corriente circular en la Sala de Asambleas...
Sintió que una mano tullida le arrancaba varias plumas largas de las alas,
pero eso dolía tan poco en comparación a todo lo demás, que no pareció
importante, aunque antes sus alas habían sido su mayor orgullo.
—De recuerdo —dijo una voz escabrosa, sarcástica.
Se sintió alzada bruscamente por el cuello, y arrojada de espaldas. Rodó
por el suelo, sobre piedras filosas y tierra áspera.
Rodó hasta un agua fría y diáfana que la bañó, quitando la tierra, y un poco
del dolor, quitando la sangre que manchaba su piel, ropa y alas, quitando la
forma que su cuerpo había tenido.
Y luego oyó que alguien exclamaba de asombro.
—Vaya, pero si esto es más interesante aún.
Y entonces alguien hundió una lanza de fuego contra su estómago, y Kima
gritó cuan fuerte pudo, con una voz que no era de ella.
~ o ~
Ranma despertó de golpe. Por un momento, hubo un dejo de increíble paz,
una sensación de estar total e invariablemente seguro.
Y luego la sensación se hizo pedazos, cuando oyó a Akane gritar como si
la estuvieran torturando.
Cayó en la cuenta de que con toda seguridad así era, y su cólera fue un
infierno avivado por el sonido de ese grito de dolor, una cuchilla arrastrada
sobre el filo de una navaja, afilada por el grito. La furia cantaba en el centro
mismo de sus huesos, envolviendo al dolor y despedazándolo con garras
negras.
—Ranma, recuéstate. Estás herido. Yo veré que no le pase nada.
Una voz. La voz de Cologne. Perdida en medio del fuego, que bañaba el
cuerpo de él en oleadas, como una tempestad de flamas. Ardiendo,
quemando su dolor con más dolor, quemando todo cuanto tocaba.
—Niño, ¿cómo puedes...?
La voz no importaba. Nada importaba, porque Akane volvía a gritar,
desgarrando el corazón de él. Hielo comenzaba a flotar en medio del
fuego, glaciares nadando sobre un lago ardiente, tan vastos y fríos que
podían congelar las llamas, trocar los prominentes arcos de flama a
pilares helados de decenas de metros de alto, dentados y filosos, con
púas gélidas.
Se puso en pie. Su cuerpo gritó de protesta, e intentó al punto volver a
caer al suelo.
Impelido por la furia, irguió el cuerpo a punta de voluntad.
No había otra forma de describir lo que hizo. Clavó los dedos en las
surgentes columnas de hielo y se impulsó con ellas a pura fuerza de
voluntad, y se puso en pie con la frente en alto, en el centro del claro.
—Ranma, no hay mucho tiempo. Tienes que...
La voz empezaba a importunarlo. Ahora casi podía ver el hielo, una lámina
colosal en frente de él, más extensa que la montaña y elevándose aún. Y
a través de esas paredes traslúcidas, vio algo oculto entre ellas, una
forma oscura encogida sobre sí misma, una impresión vaga de brazos
envolviendo piernas, una cabeza agachada con fuerza contra un pecho
enjuto, rodillas recogidas bajo una barbilla.
Apretó la cara contra el hielo, lo abarcó con los brazos, para enfriar con
este su cuerpo y sus sentidos. Se sintió hundirse en el hielo, como si su
cuerpo estuviese fundiendo poco a poco una oquedad en esa pared
accidentada, un lugar donde podía él quedarse para siempre, para estar
siempre dentro de ese palacio glacial donde nada pudiera volver a
tocarlo.
—Niño, mejor te...
Estaba casi por completo dentro del hielo cuando Akane gritó de nuevo,
larga y desgarradamente, una inconexa llamada de auxilio. Akane. Ella lo
necesitaba. No podía él ser enteramente hielo. No enteramente. No
todavía.
El hielo se despedazó en torno a él como el derrumbe de una torre, y,
mientras todo se empezaba a oscurecer, mientras bloques irregulares
llovían de los cielos helados sobre las llanuras infinitas de su mente, él
extendió las manos y asió el núcleo negro oculto en el centro, y sintió
dentro de su cuerpo algo caer desechado, como una piel interna.
Era algo más caliente que el fuego. Era más frío que el hielo. Era todo y
no era nada, vida y muerte, creación y destrucción, luz y oscuridad. Era
todas las cosas y ninguna.
Y estaba dentro de él.
—Ranma, lo siento, pero...
Esa voz otra vez.
Y ahora una mano, esbelta, femenina, dos dedos extendidos. Hacia un
punto del cuello de él. Moviéndose con una lentitud imposible de creer.
Notó que a las uñas les hacía falta una manicura, y esto le habría parecido
divertido, de haber sido él lo que había sido antes.
Pero no era lo que había sido.
Alguien lo necesitaba. Aunque no terminaba de saber quién.
Pero esta persona trataba de impedir que él acudiese.
Asió la mano, torció, y arrojó a quienquiera que la mano perteneciese por
encima de un hombro, como a una muñeca de trapo. Oyó un grito de dolor,
el impacto de un cuerpo contra algo sólido, el graznido de un cuervo.
Corriendo ya. Tan rápido, que todo era un borrón a su paso. Hojas verdes,
árboles marrones, tierra negra, cielo azul, un torbellino de colores, un
arcoíris, arcoíris difractado, arcoíris roto, luz rota, caída ahora y hecha
negrura.
Ahora sonidos. Sus propios pies corriendo. Susurros suaves del viento. El
grito de un cuervo. Agua que corría. Una voz llamando su nombre de muy
lejos.
Sonido, olor, sabores, vista, tacto, todos entremezclados, todos unidos,
combinados en un sentido único, un sentido que lo englobaba todo, que
le permitía saborear el viento y ver de qué color era el sonido del cuervo
que graznaba, y qué olor tenía el azul del cielo, y qué se sentía palpar el
sabor del agua en el aire...
El agua.
(... y las aguas esplendentes afluyeron y lleváronle a cuestas...)
Ay, el agua.
(... y las aguas afluyeron y lleváronle abajo, abajo, abajo...)
Ahora llegaba a un área más rala del bosque, con agua que corría. Un río,
un arrollo. Agua que corría, que afluía...
Las aguas.
Una mujer, de túnica celeste claro y corto cabello castaño, de rostro bello
y cruel, y una garra deforme como mano derecha. La mano izquierda
blandiendo una vara extraña.
Una sonrisa sádica de la mujer al punzar con la vara el brazo de la joven
sumida en el arrollo. Corto pelo castaño, una cara conocida, un atuendo
inusitado que, se da cuenta él, pertenece a otra persona, pero no importa
en ese momento porque solo está ella, la mujer alta vestida de túnica, y
la ve abalanzarse...
Alguien.
No sabe él quién.
Pero verlo hace que le traspase el cuerpo una furia tal que hasta él mismo
pudiera haber temido, de haber tenido cabida para el miedo.
—¿Aún te puedes mover? Vaya una resistencia increíble. Tuve razón en
capturarte; no podemos dejar que te nos vayas, no ahora. Yoko es una
tonta.
—Él avanzó.
La vara subió.
Él le asió la muñeca y la torció de modo tal que el brazo de la mujer se
fracturó allí, en el codo y en el hombro. La vara se le cayó de entre los
dedos y quedó colgando de la cadena que la unía a su mano.
La mano derecha de la mujer subió, con los dedos abiertos, y hubo una
crepitación en el aire, una tormenta generándose, los colores vivos del
ozono y la electricidad danzando ante los ojos de él, visibles ahora,
cambiantes, caóticos, la belleza salvaje de sus patrones cual cristales
de dolor...
Entrelazó sus dedos con los de la mano derecha de ella, y los rompió
todos, como quien quiebra ramas.
Alguien gritaba. Era muy lejano, y directamente ante él.
"Mi juguetito especial".
Fracturó el brazo derecho, como había hecho con el izquierdo.
"... te postrarás ante mí..."
Destruyó la rodilla izquierda de la mujer con un patada ligera.
"Mi juguetito personal".
Sus ojos atraparon los de ella. Eran ojos muy oscuros, muy hermosos, y
en ellos había dolor y había miedo. A juzgar por la mirada, para la mujer
ambas cosas habían sido desconocidas.
Él no dijo nada.
No había nada que decir.
El centro negro de su alma se alzó y convirtió todo en nada, y la nada en
todo, desintegró todo lo que él era y lo reformó hasta ser algo nuevo, una
especie de reflejo verdadero, despojado de todo lo demás.
Su mano subió. Era un borrón, una cosa imparable como la edad, implacable
como la muerte, mil veces mil edades de poder y destrezas de guerra
encarnadas durante aquel solo momento en su puño.
Un golpe.
Directo a la garganta.
El sonido que el cuello de la mujer hizo al romperse fue lo más estridente
que oyó él jamás en su vida. Una ruptura que pareció surcarlo por
completo a él también. Todo otro sonido que ella pudiera haber hecho se
perdió entre el crujido de una tráquea triturada. El cuerpo de la mujer,
ya inerte, voló hacia atrás y chocó contra un árbol, y cayó, con las
extremidades torcidas y los ojos aún abiertos, hasta el suelo, con una
delicadeza amorfa.
Todo salió expelido. Los colores, los sonidos, la luz, la oscuridad, todo fue
repulsado, para dejarlo a él como había sido antes.
Y cayó en la cuenta, con la terrible consciencia que viene en el momento
de hacer algo atroz, la consciencia que hace implorar, a cuales fuerzas
puedan estar oyendo, una posibilidad de volver, de hacer un cambio, de
convertir en sueño lo que ha sucedido, esto que él acababa de hacer.
Y entonces, al irse aquello que había estado impulsando a su cuerpo más
allá del límite físico, se vio él en una larga, larga caída de la cual no había
escapatoria, y lo último que oyó fue la fractura de un cuello de mujer, una
y otra y otra vez.
Y el grito de un cuervo entre la voz correntosa de un río, unidos ambos
en una canción doliente, sin palabras.
~ o ~
Happosai se fue acercando a la mujer de negro, que se tambaleaba, con
Ryoga y Shampoo siguiéndole de cerca.
—Se acabó, muchacha. Ríndete antes de que tengamos que lastimarte
de verdad.
La mujer sibiló, y las sombras se ahondaron en torno a ella. Decenas de
bandas de un ki rojo tan oscuro que era casi negro, delgadas y luminiscentes,
surgieron en el aire en torno a Happosai, para ondularse cual humo dos
metros por sobre la cabeza del viejo. Su pelo blanco, ya no ralo, pareció
soplado por un viento sin origen.
—Te falta rapidez, niña. Quiero respuestas. ¿Quién eres?
Un sonido de desgarro surgió de la mujer, como una explosión mojada y
muda. Las sombras parecieron pender en torno a ella como un manto de
noche; Happosai se irguió cuan alto era, algo más de un metro y medio, y
su manifiesta aura de combate se alzó más aún, ondeando como la fronda
de un alga marina:
—¡QUIETA!
Yamiko seguía en el mismo lugar, con sombras oscilando alrededor de su
cuerpo y en el suelo en torno a ella, sombras sin origen, que luego en
retrajeron oprimidas contra ella. Se rió, solo un poco; sonó como un
animal corpulento muriendo de un gran dolor.
—¡QUIETA! —volvió a exclamar Happosai, y las cintas de su aura se
abalanzaron sobre la mujer como una red de poder, para enmarañarla,
atraparla.
Pero demasiado tarde. Las sombras se inflamaron como el opuesto de un
resplandor de luz enceguecedora, estallaron en un ciclón de oscuridad
centrado en ella, y, cuando desaparecieron, Yamiko ya no estaba, y el
aura de Happosai no había capturado nada más que aire.
—Carajo —masculló Happosai.
Se volvió hacia Ryoga y Shampoo:
—Muchacho, tienes que vendarte antes de que te desmayes con esa
hemorragia. Shampoo, ve a ver si Mousse y Ukyo están bien.
Los dos adolescentes se tragaron toda protesta que pudieran haber
tenido, porque en los ojos de Happosai había algo que no habían visto allí
nunca. Tal vez era en parte porque el aura del viejo seguía visible, en
una ignición que aún le envolvía el cuerpo. No la sombra gigante y
deformada de él como había hecho antes muchas veces; más bien un
manto de poder.
—¿Y usted? —preguntó Ryoga, tratando de detener la sangre que le
bajaba por los brazos y el pecho, proveniente de media docena de heridas
y laceraciones. El que siquiera pudiese tenerse en pie no era sino una
seña más de su resistencia.
—Yo voy a buscar a Cologne —dijo Happosai, dando media vuelta y
dejando que su aura se disipara a medida que se alejaba de ellos—. Y a
Ranma.
Ryoga miró de soslayo a Shampoo y sonrió con gesto algo débil:
—Voy a ver si encuentro alguna curita.
Shampoo asintió sin hablar y se miró el hombro de la túnica, manchado
de rojo. La pechera de cuero tenía cinco largos arañazos, habiendo sido
lo único que se interpusiera entre el corazón de la muchacha y las manos
de la mujer.
Luego Shampoo le dio la espalda a Ryoga y echó a andar hacia los
semiconscientes y desorientados Ukyo y Mousse.
~ o ~
El cuerpo de Denkoko yacía como un despojo abandonado en el charco
de sombras proyectadas por el árbol. La túnica celeste claro estaba
moteada con sangre, muy poca, de la mujer. El golpe que la había
matado había dejado escasas señales.
Sus ojos miraban, ciegos y sin vida, en dirección a las hojas que se
mecían en la copa del árbol. Aún había temor en esos ojos, aunque la
boca se le había torcido en una semisonrisa que discordaba con el miedo
de sus ojos muertos.
En torno a su cuerpo, las sombras se profundizaron de pronto, expandidas
y engrosadas. Desde el interior de estas, como surgiendo luego de estar
inmersas en un estanque de agua, se alzó una figura vestida de negro,
con el rostro cubierto por una máscara.
Un sonido bajo provino de detrás de la máscara, un sonido similar al
chirrido hirviente de un ácido sobre metal, convertido en una parodia
deforme del llanto humano. Yamiko se acercó unos pasos y se arrodilló
junto al árbol, para recoger en brazos el cuerpo malogrado de su hermana
y mecerlo como a una niña.
Se puso en pie, aún produciendo aquel sonido atroz, aunque no caían
lágrimas de sus ojos. Lo que ella era no era capaz de producir lágrimas, y
no lo había sido desde hacía ya mucho.
La vara negra con su cadena de plata ya no estaban en la muñeca izquierda
de su hermana. Pero en la garra marchita que pasaba por mano derecha,
había algo aferrado fuertemente, a medio ocultar por la manga de la túnica.
Una larga pluma blanca. Yamiko ahora veía otras más, dispersas por el suelo.
Bajo la máscara, lo que pasaba por boca exhibió su mejor aproximación de
una sonrisa. La mano de Yamiko sacó suavemente la pluma de la mano de
su hermana y se la guardó en su respectiva túnica.
Acunó en sus brazos el cadáver de Denkoko, dejando que la cabeza de su
hermana descansara en su hombro, mientras, con una mano, apartaba
delicadamente el flequillo oscuro para que no cayese sobre los ojos
muertos.
Las sombras se elevaron en torno a las dos, y luego ya no estaban.
~ o ~
Luego de que vendaron a Ryoga y se hubieron asegurado de que Mousse
y Ukyo estaban bien, los cinco que habían subido la montaña con el
desaparecido Ranma se hallaban sentados en el suelo, junto al cuerpo
inconsciente de la mujer que habían venido a rescatar, y en las caras de
todos había incertidumbre y un poco de miedo.
—Bueno —dijo Mousse por último, restregándose el tabique de la nariz
con una mano mientras sus gafas colgaban de la otra—, ¿y ahora qué
hacemos?
—Esperar a que vuelva Happosai, supongo —dijo Ryoga con tono de
fatiga. Tenía el pecho descubierto, al estar la camisa hecha poco más
que andrajos manchados de sangre en el suelo junto a él. Tenía los
brazos y pecho envueltos en vendajes, que mostraban pequeñas pintas
de sangre.
—No podemos —dijo Akane, moviendo la cabeza —. Él... Ranma está por
aquí. Esas dos mujeres todavía andan por aquí. Podría estar en problemas...
—Akane con razón —suspiró Shampoo—. Hay que buscar Ranma. Happosai
nos encuentra si es necesidad.
—Nada más déjenme descansar unos minutos más —dijo Ukyo. Tenía
ambas manos en el extremo anillado de la espátula, con la barra entre las
rodillas y el extremo con filo apoyado en el suelo rocoso; apoyarse contra
esta parecía ser lo único que la tenía sentada de forma erguida.
—También me vendría bien un descanso —dijo Mousse—. No sé qué me
hizo esa mujer, pero siento como si no hubiera dormido en una semana.
—Fue una especie de ataque con absorción de ki.
Hubo sorpresa general de todos; ninguno había oído a Happosai acercarse.
Era la primera vez que Akane, Mousse o Ukyo había podido verlo
detenidamente desde que había aparecido. Su cara era la de siempre,
aunque considerablemente menos marcada de arrugas que antes. Su
cabello era ahora abundante, y su bigote caído parecía más denso. Sus ojos
eran duros y brillantes, bajo las cejas blancas y espesas.
El cambio principal había sido en estatura; era bajo, pero ya no casi
enano. Ahora tenía el aspecto de un hombre sumamente viejo, pero aún
en forma.
—¿Los encontró? —preguntó Ryoga antes de que alguien más hablara.
Happosai indicó una negativa con la cabeza y se sentó.
—Ni una señal. El bosque está como arrasado por una tormenta de rayos,
pero no encontré a nadie. Esta montaña es enorme. Si vamos en busca
de ellos, hay que cubrir mucho terreno.
—¿Alguna idea de qué sucede? —dijo Ryoga.
Happosai suspiró. —Ni la más mínima. No sé quiénes son esas dos mujeres,
o qué tramaba Cologne con esto. Pero pienso averiguarlo.
—¿Nos dividimos, entonces? —dijo Akane.
—En cualquier otra circunstancia diría que sí —dijo Mousse en voz queda—.
Pero no tenemos idea de si esas andan todavía por aquí, y si una sola fue
capaz de estar a la par con todos nosotros un buen rato, dudo que convenga
encontrarnos con alguna si nos separamos.
Todos miraron, casi sin darse cuenta, a Ryoga. El muchacho asintió
despacio:
—Me dejó bastante cortado. No... No son gente como la que estamos
acostumbrados a combatir, creo. Esa mujer de verdad nos quería matar.
—Y falta poco a veces —dijo Shampoo, pasando los dedos por las marcas
que la mujer le había dejado en la pechera con las cuchillas.
—Basta de hablar —dijo Happosai—. En marcha. Yo cargaré a la querida
madre de Ranma.
Ryoga lo miró, categórico:
—No. Mejor la cargo yo.
—Pero si estás herido , Ryoga —dijo Happosai con tono suplicante—. Anda,
déjame cargarla... ¿Por favor?
—La cargo yo —dijo Ryoga firmemente, para luego ponerse en pie y dar
unos pasos hasta donde Nodoka estaba tendida—. Le prometí a Ranma
que la cuidaría, y...
Dejó la frase inconclusa, con la cara un tanto roja. Doblando las rodillas,
recogió a Nodoka en brazos, pasándose un brazo de ella por el cuello.
—Andando —dijo—. Vamos a buscarlos.
Despacio, todos los demás asintieron y echaron a andar en una larga fila,
uno tras otro.
~ o ~
—¿Se puede saber qué diablos quisiste hacer?
Shampoo miró de soslayo hacia un costado, donde Mousse caminaba.
Había una rara nota de disgusto genuino en la voz del muchacho, algo
muy escasas veces oído cuando le hablaba a ella.
—¿Qué importa a ti? —bufó ella, maldiciendo en silencio el haber ido
poniendo tan poca atención, que le había permitido a él acercársele ahora
que no había nadie más cerca. Estaban dispersándose por el bosque,
manteniendo entre todos un par de decenas de metros, lo bastante cerca
como para pedir ayuda, y también verse de manera casi continua.
—¡Demonios! ¿Por qué crees que me importa? —dijo Mousse en un
cuchicheo rabioso—. Te quiero, Shampoo. ¿Que no dimensionas lo que
quisiste de hacer?
Shampoo se apartó de él en silencio, para poner rígida atención a los
restos de un árbol, con pedazos de corteza aún adheridos a la ruina del
tronco ennegrecido por el fuego.
La mano de Mousse le sujetó un hombro y la giró a la fuerza:
—¡Yo te voy a decir lo que quisiste hacer! ¡Si Ranma no te detiene,
estarías muerta! ¡Muerta, Shampoo!
—¿Qué importa? —musitó Shampoo, sin siquiera la ira necesaria para
golpearlo—. Mejor por mi mano que del consejo. Menos humillación para
familia.
—Pero ¿y tú? —dijo Mousse suavemente—. ¿Y tú, Shampoo? ¿No te
importa lo que te pase a ti?
—Mentí —soltó Shampoo de pronto—. Mentí a Ranma. Bisabuela...
Bisabuela... Creo que sé por qué hace esto.
—¿Qué? —dijo Mousse—. Tú...
—Después que salió de cuarto —dijo Shampoo de manera entrecortada
—... Hablamos. De leyes. Hay... Hay resquicio pequeño. Muy... Muy difícil.
—¿Qué es? ¿Por qué ibas a...?
Mousse se interrumpió, habiendo llegado a la conclusión por sí mismo.
—Por supuesto. Si él muere, no tienes que casarte con él.
Shampoo asintió despacio y cerró los ojos, apoyando la espalda en el árbol,
con un suspiro suave. El viento jugó en su pelo durante un momento:
—Sí.
—Pero él dijo que volvería a China contigo —dijo Mousse después de un
momento, con sufrimiento patente en la voz—. Dijo que iría, y tú de
todos modos...
—Creo antes que eso era suficiente —dijo Shampoo quedamente—. Creo
antes que era suficiente que él case conmigo y listo. Que yo soy capaz de
hacer que empiece a quererme si casa conmigo.
Apretó una mano y dio un repentino puñetazo, fuerte, al árbol contra
el que se había apoyado; se raspó los nudillos y el tronco se agrietó más
aún.
—No es suficiente —dijo.
El silencio de Mousse pareció llenar el aire más que ninguna palabra que
pudiera decir. De lejos, muy lejos, largo y triste, vino el llamado de un
pájaro.
—No importa a mí si casa conmigo —dijo Shampoo—. Solo... Único que yo
quiero es que él me quiera.
Mousse hizo un sonido pequeño, como si algo muy dentro de él se hubiera
roto. Luego se volvió con un giro, la túnica blanca volando en torno a él
un momento. Un gruñido bajo le subió por la garganta, y el sol que se
colaba entre las hojas espejeó sobre algo metálico que tenía en las manos.
—Al diablo —dijo, hoscamente, con una voz resentida y rasposa.
Se oyó un impacto fuerte, y Shampoo lo vio dejarse caer de rodillas
despacio, con las manos aún en la empuñadura de la espada recta y corta
que había hundido hasta la guarda en el tronco del árbol. El tronco temblaba
con la fuerza usada para atravesarlo; el cuerpo del muchacho temblada del
mismo modo.
—Al diablo todo —dijo, esta vez en un susurro tan suave que casi fue
inaudible—. Al diablo.
—Mousse...
—Él tiene en la palma de su mano lo único que yo quiero, y lo desecha
como si fuese basura. ¿Se me puede culpar por odiarlo? Sé que es más
fuerte que yo, sé que es mejor que yo, sé que es más de lo que yo jamás
podré ser. ¿Cómo no voy a odiarlo?
—Mousse, por favor...
—Siempre me dije que era por las leyes —dijo él, con los nudillos blancos
en la empuñadura de la espada, acuclillado ante el árbol con la espada
hundida—. Siempre me dije...
Sacó una risa suave y amarga:
—Nadie le miente a uno mejor que uno mismo, ¿no, Shampoo? Te amo
desde la primera vez que te vi, y siempre he soñado... Siempre he soñado...
Shampoo no dijo nada; no había nada que pudiera decir, capaz de aliviar
más que una fracción de este dolor, de esta comprensión final que al fin
llegaba a él.
—Todos los sueños nacen solo para romperse —murmuró Mousse—. Yo
moriría por ti, Shampoo. Y ahora veo que tú morirías por él. ¿Qué amor
puede ser mayor que eso?
—Mousse, lo...
Mousse se levantó, luciendo una sonrisa que hubiera sido más congruente
en una calavera.
—¿Lo sientes, Shampoo? ¿Por qué deberías sentirlo? La culpa es mía. La
culpa es del ciego, imbécil y débil de Mousse. Siempre ha sido mi culpa.
—Debía yo tratar de...
—Siempre trataste —dijo Mousse con voz suave—. Siempre me lo dijiste.
Cada vez que lo mirabas a él de la manera en que siempre quise que me
miraras a mí, cada vez que corrías para estar a su lado, cada vez...
—Nunca quería hacerte daño así —dijo Shampoo en tono delicado—. Nunca
quería eso. Tú eras amigo, Mousse, antes de cuando empiezas a pensar en
tener yo de esposa. Nunca quería yo que termine así; traté de decir, pero...
Yo no soy buena para cosas así. No sé cómo...
—Lo sé —dijo Mousse—. Lo sé.
—No quería que sea todo así.
Un suspiró suave se escapó de Mousse, y la sonrisa atemorizante que
había tenido se fue disipando:
—Hay gran desigualdad, he descubierto, entre cómo deseamos que las
cosas sean y cómo acaban siendo.
Palabras muy ciertas, consideraron los dos. Tan enormemente ciertas.
~ o ~
Ryoga sintió a Nodoka moverse en sus brazos, mientras él caminaba por
el bosque, con Akane y Ukyo acompañándolo en silencio a cada lado.
Shampoo y Mousse estaban unos quince metros más atrás; Happosai iba
de avanzada, su silueta menuda y veloz visible ocasionalmente entre la
espesura de los árboles.
Miró el rostro durmiente, apacible. Le sorprendió lo parecida que era a
Ranma cuando este se transformaba; la cara era más madura, pero era
muy similar.
La vio pestañear y abrir los ojos.
—¿Quién...?
—Soy Ryoga, señora Nodoka —dijo él, atropellándose un poco—. Soy
amigo de Ranma.
Extraño, lo fácil que sale una palabra después de tanto tiempo negándola.
Rara amistad la que había sido, pero era la más cercana que había tenido,
a su manera.
—Lo sé —dijo Nodoka—. ¿Me puedes bajar, cariño?
Ryoga se sonrojó tremendamente y la depositó de pie en el suelo con gran
cuidado. Ella se tambaleó un tanto, y apoyó una mano en el brazo de él
para afianzarse.
—Qué bueno que verla despierta —dijo Akane.
—¿Mi hijo? —dijo Nodoka, haciendo a ambas palabras una pregunta.
—No sabemos, señora Nodoka —dijo Ukyo—. Lo estamos buscando en este
momento.
—¿Y la abuela de esa niña?
—Bisabuela —dijo Ryoga—. La... La estamos buscando también. Pasó algo
justo antes de que ella y Ranma empezaran la pelea.
Estuvieron allí unos minutos, Nodoka apoyada en Ryoga, y los tres
explicaron lo sucedido desde esa mañana.
—¿Entonces mi marido está aquí? —dijo Nodoka al final.
—Trató de estar —dijo Akane—. Pero tuvo un problema en la aldea que
está al pie de la montaña, por...
—Creo que prefiero no saberlo —dijo Nodoka, y suspiró—. Nada más
busquemos a mi hijo.
—No se preocupe, señora Nodoka —dijo Ukyo—. Lo vamos a encontrar.
Nodoka no dijo nada, mirando hacia la distancia, a algo que solo ella
podía ver.
—Creo que ya podría caminar sola. Gracias por cargarme, Ryoga.
Ryoga carraspeó y se sonrojó hasta la punta de las orejas.
—No es problema, señora Nodoka.
Los cuatro siguieron despacio, en busca de Ranma.
~ o ~
El gesto de Happosai se descompuso, mientras miraba el área cercana al
río. Había sangre en el suelo, hierba y arbustos quemados. Aquí se había
terminado el sutil rastro, al empezar la ribera.
Cerró los ojos y se concentró, abriendo los sentidos a los flujos de energía
que cruzaban el aire, los resabios de lo que fuese que hubiera ocurrido
allí.
La primera corriente lo acometió como un impacto físico; se tambaleó
hacia un lado, tragando una bocanada de aire para luego caer sobre una
rodilla. Algo se había hecho aquí, algo de importancia monumental. Captó
chispazos borrosos: dolor, miedo, confusión, todos de gran intensidad.
Y poder. Un poder increíble, como jamás lo había percibido antes. Trató
de aferrarse a este, averiguar más, armar alguna imagen de lo sucedido,
a partir del rompecabezas fragmentado que los sucesos habían dejado en
el área, pero era como sujetarse de un asa engrasada.
Algo se había hecho aquí, después, para que lo sucedido quedase
enmascarado a quien usara la técnica que él estaba usando. La técnica
para obstruir lo que él hacía ahora era difícil y prácticamente desconocida.
Él sabía personalmente de cuatro artistas marciales conocedores de la
técnica, aunque tal vez había muchos más con el potencial de efectuarla.
Uno de esos cuatro era él. Cologne era otro.
—No se vale, mujer —bufó, dejando que sus sentidos se retrajeran a la
normalidad—. Me prometiste una explicación.
Miró la sangre que manchaba el suelo, la tierra removida y las ramas
rotas de los árboles.
—Deberías saber desde hace cien años que no me rindo muy fácilmente,
Cologne. Si tengo que seguirte hasta el fin de la Tierra para saber qué
diablos pasa, así lo voy a hacer.
Una sonrisa lenta se le curvó por la cara.
—Además, no te alcancé a dar una buena tocada. La memoria no le
hace justicia a la realidad, Cologne. Estás aún más bonita de lo que
recuerdo.
Volvió a mirar el entorno y suspiró.
—Voy a averiguar en qué andas, Cologne. Solo espero no saberlo
demasiado tarde.
Demasiado tarde para qué, no lo sabía. Pero más de un siglo de vida le
había dado una cierta capacidad para ver cosas, para mirar más adelante
de lo que era dable a la mayoría de la gente. No ver el futuro, en realidad,
sino más bien mirar el pasado y el presente, mirar los patrones
entretejidos en ambos, porque era en estos donde el futuro se formaba.
Y la forma que el futuro estaba adquiriendo en este momento no era
exactamente optimista.
~ o ~
("... oh, insensato —dijo el hombre—. Hemos esperado desde la aurora
del tiempo."...)
La forma en que despertó Ranma fue una sacudida lenta, un equilibrio de
largos segundos en el borde entre el sueño y la vigilia. Abrió los ojos, y
vio solo negrura. Estaba tirado de espaldas sobre piedra áspera y negra.
Se incorporó despacio, con el cuerpo adolorido.
—¿Hola? —dijo, tembloroso. Le dolía la garganta—. ¿Hay alguien?
Volvieron a él con nitidez enfermiza, los últimos momentos previos a su
desmayo. La descarnada indiferencia, el poder furioso, la velocidad pura.
Jamás imaginó ser capaz de moverse tan rápido.
El soplo casi delicado del último hálito, al triturar su puño la tráquea de
Denkoko, un instante antes de fracturarle el cuello.
Oh, el sonido.
Inspiró larga, temblorosamente, allí en la oscuridad. Era algo que
sobrepasaba lo atroz; era algo que sobrepasaba cualquier cosa que
alguna vez se hubiese imaginado haciendo.
Había matado a un ser humano.
Y peor, había matado a una mujer.
Pero era incluso peor que eso. Había disfrutado hacerlo. O tal vez
disfrutar no era la palabra. Había sentido algo, al menos. Algo más que
ese desapego gélido. Triunfo, tal vez. La exaltación de abatir a un enemigo.
Quería llorar, pero sabía que si se permitía hacerlo, era posible que no
parara nunca. Quería que fuera un sueño, que todo ese día fuera un
sueño.
—Estás despierto —dijo una voz vagamente conocida—. ¿Cómo te
sientes?
—¿Quién es? —preguntó.
No hubo palabras en respuesta, solo un chasquido, que sonó como si
alguien hubiera abierto una caja. Una luz mortecina apareció a su
izquierda, proveniente de una especie de estuche, sostenido en las
palmas ahuecadas de dos manos que eran una mezcla entre manos
humanas y las garras de un ave. En el estuche fosforescía tenuemente
una piedra, que era la fuente de la luz.
Los ojos que lo miraron desde debajo del cabello blanco eran de un muy
pálido azul. Sobre uno de los ojos había un hematoma grande, que
parecía reciente.
—Kima —dijo Ranma con poco entusiasmo.
La mujer alada no parecía en muy buenas condiciones; tenía otro moretón
en la mejilla derecha, y tenía el labio inferior hinchado, como si hubiera
recibido un golpe. Un ala estaba curiosamente caída hacia un lado; la otra
tenía las plumas erizadas y estaba apretada contra su espalda.
—Has mejorado —dijo Kima en voz queda—. No sé cómo, pero nunca
antes te vi moverte tan rápido, ni siquiera contra don Saffron. Por el
estado en que estabas cuando te dejé, creí que ibas a estar días sin
poder moverte.
Ranma se estremeció un tanto con el recuerdo. Ella se refería a cuando...
Cuando...
Cuando había matado a la mujer.
—¿Eras tú, ¿cierto? —preguntó—. No era Akane.
Kima indicó una lenta afirmativa con la cabeza, y sujetó el objeto luminoso
con una sola mano, levantando la otra para ajustar casi imperceptiblemente
la posición de la pluma blanca metida detrás de una oreja algo puntiaguda.
—Correcto —dijo.
—Ah.
Él volvió a estremecerse, aunque trató de ocultarlo, y se llevó una mano
a la frente.
—Yo... Por Dios, yo...
—A veces hay que matar —dijo alguien a su derecha—. Nunca debería
ser fácil, pero a veces es necesario.
Volvió la cabeza, con los músculos de hombros y cuello protestando por
el movimiento, y miró a Cologne. La amazona revitalizada estaba sentada
en la posición del loto, a un par de metros de él, con los ojos cerrados,
una mano esbelta sobre cada rodilla.
—Cologne.
Miró desde Kima a Cologne y suspiró suavemente.
—¿Alguien me puede decir qué está pasando, por favor? Cologne, quiero
saber qué es todo esto. Mi madre, esas dos mujeres...
Señaló a Kima con un pulgar:
—¿Qué diablos hace ella aquí?
Kima soltó un resoplido leve y lo miró con gesto altanero.
—Eres tan impertinente como recuerdo, al menos. Eso no cambia.
—Perdona si no estoy encantado de verte —dijo Ranma, sarcástico—. Es
que la última vez que te vi, tu rey me quería freír.
Kima resopló de nuevo y volvió la cabeza hacia otro lado. Ranma devolvió
la atención a Cologne.
—¿Cologne?
—Has estado teniendo sueños, ¿no es así? —le preguntó ella a media
voz, con los ojos aún cerrados—. Fragmentos de un todo, reflejos de
gente que nunca has sido ni conocido.
Ranma estuvo en silencio un momento antes de contestar.
—Sí.
—Y más que sueños —continuó Cologne—. Intrusiones en el mundo de la
vigilia. La sensación de que eres otro. Una parte distinta de ti, un cambio
en quien eres.
Oyó fracturarse un cuello de mujer.
—Sí.
Se limpió de manera inconsciente la mano derecha en la camisa, advirtiendo
que esta estaba ajada y manchada de sangre.
—Cologne... ¿Sabes qué me está pasando? ¿Tiene algo que ver con la razón
de que hayas hecho todo esto?
—Algo.
—Cologne —suspiró Ranma—. Lo único que me hace no tratar de
largarme de aquí y volver con los demás es que no creo que estés loca.
No soy muy bueno para pensar bien las cosas, pero aquí esta pasando
mucho más de lo que sé. Y...
Lo siguiente le salió más suave que como había querido, casi como
pidiendo ayuda:
—Y maté a una mujer, y fue más fácil que pisar a un bicho, y quiero
saber por qué.
Apretó la quijada y clavó en Cologne una mirada fiera, aunque ella, con
los ojos cerrados, no podía verlo.
—Pero no me vengas con tus malditos juegos indescifrables, o me largo
de aquí.
Miró de uno a otro lado. —¿Y dónde estamos, a todo esto?
—Seguimos en la montaña —contestó Kima, sin mirarlo—. En una cueva
pequeña. Cologne ha sellado la entrada.
—¿Por qué? —preguntó Ranma—. Akane y los demás tienen que estar
buscándonos...
Se interrumpió.
—Pero no quieres que nos encuentren, ¿cierto?
Cologne no dijo nada.
—Contéstame —dijo Ranma, alzando la voz más de la cuenta—. Carajo,
Cologne, contéstame.
—¿Cuál pregunta? —dijo Cologne—. ¿Quieres saber por qué te fue tan
fácil matar, o por qué estoy ahora tratando de bloquear a quienquiera
que haga el intento de encontrarnos?
—Las dos. —Ranma suspiró—. Dime primero por qué no quieres que nos
encuentren.
—Podrían no ser las únicas que nos buscan —dijo Cologne—. Esas dos
mujeres que nos siguieron hasta esta montaña, quienes hayan sido...
—La que mató Ranma se llamaba Denkoko —dijo Kima suavemente.
Ranma cerró los ojos contra todos los recuerdos.
—La de negro se llamaba Yamiko —dijo—. ¿Y ella? ¿Qué pasó con ella?
Cologne sacudió la cabeza:
—No lo sé. Le dije a Happosai que ayudara los demás; es muy posible que
entre todos la hayan podido vencer.
—¿Y los dejaste solos? —dijo Ranma con voz estrangulada—. ¿Así de
simple? ¿Hasta a tu propia...?
—Cállate, niño —dijo Cologne con voz cansada—. Sé lo que hice. No fue
fácil. Pero tenía razones.
—Bueno, pues las quiero saber.
—A su tiempo —susurró Cologne—. A su tiempo.
—Pues mejor te vas dando prisa —dijo Ranma—. Tengo que saber... Tengo
que saber qué puedo hacer para que esto no vuelva a pasar nunca.
Una risa baja de Cologne:
—¿Crees poder secar el mar con una cuchara, Ranma?
—Basta —murmuró Kima—. Cologne, si no le das una explicación, lo haré
yo.
Ranma la miró, sorprendido, y le dio una silenciosa venia con la cabeza a
modo de agradecimiento, gesto del cual, a juzgar por su expresión, ella
no acusó recibo.
—Partamos por tus sueños —dijo Cologne—. Y el cambio que desde hace
poco ha habido en ti cuando combates. Ambos tienen un mismo origen.
Se quedó en silencio de pronto, con el cuerpo temblando levemente.
—¿Cuál origen? —instó Ranma después de un momento.
—Ha vuelto —dijo ella, con un tono de dolor en la voz—. Y trata de
encontrarlo a él otra vez. Puedo sentirlo...
—¿Qué pasa? —dijo Ranma, volviéndose hacia Kima.
—No estoy segura —dijo la mujer alada, con gesto de inquietud—. Solo
desperté media hora antes que tú. Cologne me dice que llevamos aquí
unas cinco horas.
Cinco horas. Cinco horas en que cualquier cosa podía haber sucedido a
Akane y a los demás.
Cologne emitió un quejido suave. —Cómo es posible que sea tan fuerte...
Un temblor volvió a recorrerle el cuerpo; tenía la frente perlada con gotas
de sudor, que relucían a la luz pálida de lo que fuese que Kima usaba para
iluminar.
—Tan fuerte...
Cologne dejó de temblar y se rigidizó, como si hubiera tenido las
extremidades atravesadas con barras de acero.
—Ahh... No, no, no.
Sin saber bien por qué, Ranma se arrastró rápidamente por el suelo de
piedra áspera, asió una de las manos de Cologne con las dos suyas y
ejerció una presión fuerte. Las manos de ella eran muy pequeñas, y en
ese momento Ranma cayó en la cuenta de que Cologne misma era una
mujer muy pequeña. Su forma de conducirse la había hecho parecer
mucho más grande, más poderosa, antes.
—¿Cologne?
Una pregunta silenciosa, contestada de forma silenciosa, sin llegar a
percatarse él conscientemente de que había dado una respuesta.
Sintió algo alzarse dentro de él, esa sensación inexplicable que surgía
cuando canalizaba el ki en una técnica. Era imposible de describir; algo
que se perdía, algo que se ganaba, algo que se cerraba y se abría.
Algo fluyó entre los dos, y la mano de Cologne se contorsionó en la de
Ranma, las uñas de ella clavándose en la palma de él con una fuerza que
logró hacerlo sangrar. Cologne soltó un quejido bajo, y luego echó todo el
cuerpo hacia adelante. Ranma la sujetó de los hombros.
—¿Cologne?
La mujer abrió los ojos despacio:
—Gracias. No sé muy bien qué hiciste, pero dio resultado. Una
transferencia de ki, supongo. Pero bastó; esa cosa ya no volverá.
—¿Qué cosa? —preguntó Ranma—. ¿De qué hablas?
—Alguien te buscaba —suspiró Cologne—. Con magia. Tenían muchas
hebras atadas a ti; las fui rompiendo una a una, pero se dio cuenta.
Pude romper las últimas con tu ayuda.
—¿Quién?
—No lo sé —dijo Cologne, oyéndose nerviosa—. Quienquiera que envió a
esas dos mujeres, quizá.
—¿Y ya estás bien? —dijo Ranma.
Cologne asintió y él le soltó los hombros; ella se volvió a reclinar hasta
quedar sentada con las piernas extendidas, y lo miró sin expresión.
—Ahora bien, los sueños —dijo—. ¿Sabes qué es la reencarnación?
—Sí, claro —dijo Ranma, aunque la voz le sonaba incierta—. Lo del karma
y todo eso.
—En rigor, es la idea de que, aunque el cuerpo es mortal, el alma es
eterna —dijo Cologne con voz suave—. Y que cuando el cuerpo muere, el
alma ingresa a un cuerpo nuevo. Normalmente uno no tiene noción de las
vidas anteriores que uno pudiera haber tenido, pero ciertas personas, bajo
ciertas condiciones, pueden empezar a recordar. Empieza con sueños.
Puede conllevar cambios drásticos en la personalidad, en la manera en que
nos comportamos con los demás. Nos puede volver de hielo cuando antes
éramos fuego.
Ranma inspiró. —¿O sea que... estoy recordando vidas anteriores?
—Es tal vez la manera más fácil de verlo. Pero va más profundo que eso.
Mucho más profundo.
Cologne lo miró un momento. —Has estado teniendo otros sueños, ¿no
es verdad? Sueños distintos. No recuerdos de cosas ya sucedidas, sino
sueños que parecen reales.
Ranma pareció incómodo. —No sé...
—Ryugenzawa.
Volvió a mirar a Kima. —¿Qué?
—Has soñado con Ryugenzawa, ¿no? —preguntó Kima a media voz—. Creo
que así se llama. El bosque.
Él asintió despacio. —Creo.
Volvió a mirar a Cologne:
—Pero igual no me cuadra, Cologne. Lo que me esté pasando en la cabeza,
no me cuadra con que hayas secuestrado a mi madre. No me cuadra con
que hayas tratado de hacerme pelear contigo. Nada de esto cuadra.
Cologne suspiró. —Tenemos muchas razones para lo que hacemos, Ranma.
Yo había... planeado hacer parecer que habías muerto en la pelea. Que
habíamos muerto los dos.
—¿QUÉ? —exclamó Ranma—. Retiro lo dicho. ¡Estás loca!
—La van a matar —dijo Cologne—. La van a matar y a eso le dirán justicia.
Van a matar a mi bisnieta, o algo peor.
—Pero dije que me iba contigo —dijo Ranma—. No quiero que le pase nada
a Shampoo. No siento... No siento lo que ella siente por mí, pero es mi
amiga, Cologne. ¡Cómo no vas a saberlo! Sé... Sé que no he hecho las
cosas muy bien, pero dije que me iría a China con ustedes. Me...
—Eso la destruiría —dijo Cologne—. Con la misma seguridad que el
Consejo la destruiría por no tenerte de esposo. Ya viste lo que Shampoo
trató de hacer.
Ranma asintió. —Lo siento.
—No es todo tu culpa —admitió Cologne de media gana—. Parte de lo
que te dije al llevarme a tu madre fue para hacerte enojar.
—Pero mucho era cierto —intervino Ranma—. Mucho.
Cologne lo miró, con sorpresa leve en la cara, luego hizo un gesto
negativo con la cabeza sin decir nada más. Buscó algo detrás de la
espalda, y tiró algo al piso entre ellos.
Ranma se retrajo involuntariamente, por los recuerdos desagradables que
el objeto producía. Una vara con dos cuchillas curvas sin filo en un extremo,
y en el otro extremo una cadena unida a un brazalete de plata. El arma de
Denkoko.
—Esta es otra razón —dijo Cologne con voz suave—. Lo sospechaba desde
hace mucho, pero esta la primera prueba concreta que tengo. Esta arma
pertenece al patrimonio de mi tribu, la única arma de su tipo. La última
vez que la vi fue en la sala del tesoro de nuestra aldea hace tres años.
Hay traidores en la aldea, relacionados con esas dos mujeres, no sé de
qué modo.
—Pero ¿qué tiene que ver eso conmigo? ¿Por qué estaban esas mujeres
detrás mío?
—No estoy segura —admitió Cologne—. ¿Les dieron algún indicio a alguno
de ustedes dos?
—El Círculo Eterno —dijo Kima desde donde estaba sentada—. Aquella
con la cual combatí dijo ser miembro de algo llamado el Círculo Eterno.
—¿Te suena? —le preguntó Ranma a Cologne.
Cologne movió la cabeza en negativa. —No.
—Mientras peleaba conmigo dijo que era del Círculo —dijo Ranma—.
Querían algo de mí. No sé qué.
—Hasta que caiga el Fénix con sus fuegos sofocados por el que viniera
de allende el mar, no habrá el valle de abrirse a la Oscuridad. Por este
presagio habremos de saber su venida, por este presagio habremos de
conocer el fin de lo que ha sido y el comienzo de lo que será. El círculo
indemne proyectará sus sombras por el oriente, el lobo mostrará al sol
sus fauces cruentas, y solo la venida de él habrá de salvar el valle.
Cologne y Ranma volvieron las cabezas para mirar a Kima.
—¿Y eso qué fue? —preguntó Ranma, con tono de extrañeza.
—Tienes razón —dijo Cologne a Kima por sobre la cabeza de Ranma—.
Suena parecido. El círculo indemne...
—No sé ningún otro pasaje de memoria —dijo Kima—. Ese se me quedó en
la cabeza.
—Tendré que buscar después otras referencias —dijo Cologne.
—¿Me pueden decir por favor de qué hablan? —dijo Ranma luego de un
suspiro.
—El Libro de Fuego y Tierra —dijo Kima.
—¿Y qué es?
—Un libro profético, supongo —dijo Cologne—. Uno de muchos, pero
entre los más antiguos.
—El original se escribió hace más de trescientos años —dijo Kima—. En
los principios de la historia del monte Fénix, según se dice.
—Las joketsuzoku también tienen tales libros —dijo Cologne—. El principal
nuestro es el Tratado de las Ancianas Olvidadas; ni con mucho tan antiguo
como el Libro de Fuego y Tierra, pero, por otro lado, ni las joketsuzoku
tienen una historia tan larga como la del Monte Fénix.
—¿Pero qué tengo que ver yo con todo eso? —dijo Ranma, con frustración
en la voz—. Solo te pedí que me dijeras qué diablos pasa, y ahora estoy
más confundido. ¡Dame una respuesta, Cologne! ¿Qué me está pasando
en la mente? ¿Por qué ibas a hacer como si los dos nos hubiéramos muerto?
Empuñó una mano y se puso contra la frente.
—¡Carajo, dime qué me PASA!
—Los libros tienen que ver contigo porque hablan sobre ti —dijo Kima—.
Hablaban de tu venida a Jusenkyo y de tu maldición, miles de años antes
de que nacieras. Hablaban de tu combate con Don Saffron.
—Lo que sucede con tu mente lo voy a explicar en breve, lo mejor que
pueda —dijo Cologne—. Por lo pronto, debes comprender mi comportamiento.
Se hizo algo más adelante, con la barbilla apoyada en una mano, mirándolo:
—Por la vieja hecha joven parecerá la hebra de él rota, su fuego hecho
ceniza, y los ojos y manos del Oscuro no estarán ya sobre él, como
tampoco las mentes y almas de sus conocidos. Una oscuridad obrada en
nombre de la luz, el medio en pos de un fin, el mal menor.
—¿Eso es de esos libros también, no? —dijo Ranma.
Cologne asintió. —Del Tratado.
Ranma suspiró y sacudió la cabeza. —No sé...
—Ranma —dijo Cologne—. Me vi obligada a hacer esto. Por muchas,
muchas razones. Al centro de ellas estaba la necesidad de sacarte de
la observación de lo que sea que envió a esas dos mujeres. Tenía que
hacerse de forma tal de hacer parecer que tu familia y amigos no tienen
conocimiento alguno del asunto.
—¿Por qué? —dijo Ranma—. Mi madre, Akane... ¿Cómo puedes esperar
que... esperar que los deje así nada más, sin ninguna explicación?
—Ranma, lo que esa mujer te hizo —dijo Cologne— no es nada comparado
a lo que podrían hacerle a alguien que crean tiene alguna idea de adónde
te has ido.
—Entonces, ¿cómo voy a poder irme? —exigió Ranma—. ¿Cómo podría
irme? Si el Círculo ese, sea lo que sea, si son todos como esas dos mujeres,
¿cómo los voy a dejar desprotegidos?
—Porque solo ausente los puedes proteger —insistió Cologne—. Ellos no
les importan. Les importas tú.
—Y tu bisnieta solo estará protegida si él desaparece completamente
—intervino Kima en voz queda—. Esa es otra razón, sin duda.
Cologne asintió despacio, aunque le propinó a la otra mujer una mirada
capaz de fundir la piedra:
—Sí, es otra razón.
Ranma suspiró, y se restregó las sienes con ambas manos.
—No sé qué pensar, Cologne. Yo...
—Muchacho, si alguna vez has tenido razón para confiar en mí, créeme
que es ahora —dijo Cologne suavemente, casi con una nota de súplica en
la voz—. Mientras sigas con ellos, todos los que te importan están en
peligro.
—Siempre he pensado eso, más o menos —dijo Ranma en voz baja—.
Desde que aparecí yo, la vida de Akane...
Se estremeció un tanto.
—Esta cosa... Este cambio en mí. Parece que me viniera cuando peleo, y
es peor cada vez. ¿Y si la próxima vez que Akane se enoje y me quiera
pegar, a esta cosa le da por...?
Oyó fracturarse un cuello de mujer.
—Por Dios... —dijo, ocultando la cara en las manos—. ¿Cómo puedo volver?
¿Cómo voy a volver después de lo que hice...?
—No puedes —dijo Cologne con voz delicada—. Nunca. Yo por voluntad
propia he quitado nueve vidas. Nunca se hizo más fácil. Matar nunca
debería volverse algo fácil.
—Esquivar antes que bloquear —murmuró Ranma contra sus manos—.
Bloquear antes que pegar. Pegar antes que romper. Romper antes que
matar.
Los hombros se le sacudieron, allí en la luz mortecina del objeto que Kima
sostenía. La mujer alada lo miró, ojos azules reflejando la luz de la caja,
en total silencio.
—No tenía por qué pasar —dijo él, desamparado—. No había necesidad de
matarla.
—Eso no se puede responder —dijo Cologne—. Necesario o no, ya está
hecho.
—¿En qué me convertí? —dijo Ranma en una voz tan baja que casi no fue
audible—. ¿En qué me convertí?
—Se puede controlar —dijo Cologne con voz suave—. Puedes aprender a
controlarlo, dirigirlo. Es parte de tu alma, Ranma, el instinto y la destreza
de un guerrero, contenida en tu ser, una cosa más profunda que la carne,
la sangre o el hueso, tan vieja como las mismas guerras. Jamás podrás
librarte de ella. Pero puedes usarla para tu provecho.
—La maté —dijo Ranma, como si no hubiera oído—. Por Dios... La maté.
—Ella te habría quitado la vida con muchísimos menos tapujos —dijo
Kima, rompiendo su silencio—. Era una sádica y una asesina, hasta la
médula.
—Pero la maté yo —dijo Ranma, levantando la cara de las manos, con
ojos marcados por un remordimiento hondo—. Ella no me mató. Yo la
maté a ella. ¿En qué me convierte eso?
—En no más de lo que eres —dijo Cologne—. Siempre ha sido una parte
de ti. Pero se puede controlar, y de esa furia hirviente puedes forjar un
arma que es posible dirigir.
—¿Cómo? —dijo Ranma—. Cologne, si lo que dices es verdad...
—Elegí este lugar por un motivo —dijo Cologne quedamente—.
Ryugenzawa está a un día de camino. Todo empieza aquí.
—Así me pareció —dijo Ranma—. Lo soñé. Creo que lo soñé. Pero...
—¿Pero qué? —dijo Cologne.
—¿Y Akane y todos los demás? —preguntó Ranma—. ¿Cómo sabemos que
están bien?
—¿Te encontraste con Shiso?
(... El grito de un cuervo...)
—¿Eh?
(... susurro de unas alas negras como la noche en su cara...)
—Tal parece que no.
(... Una infinita corriente de nombres en su mente...)
—Como que me suena conocido. ¿Es amigo tuyo?
(... demasiados, un rebose, imposible contener tantos, pero seguían
viniendo, seguían viniendo, desbordando por los lados, pero era imposible
contenerlos y se escapaban de él como agua entre sus dedos...)
—Un muy viejo amigo.
(... quiere que pare pero no quiere que pare, quiere saber, quiere saber,
porque en esos ojos de negrura infinita y edad indeterminable hay
respuesta a preguntas que él no sabe hacer, pero el cuervo continúa
hablando, y en sus ojos hay algo más hondo que los océanos, más hondo
que los abismos del fondo del mar, más profundo que lo profundo...)
Apareció una raya de claridad en una pared, y luego el sonido de alguien
maldiciendo por entre una boca llena de tierra. Piedras y guijarros
traquetearon por el suelo, y luego una forma grande, de plumas oscuras,
cayó al suelo entre una profusión de aleteos y una lluvia de tierra.
—Me podrías haber dejado algún agujero —dijo el pájaro, con su pico
añadiendo algún ocasional chasquido a las palabras. Empezó de inmediato
a sacudir las alas, quitándose la tierra de su entrada.
—Perdón —dijo Cologne—. Dime, ¿están bien?
El pájaro asintió con la cabeza, en señal afirmativa.
—Están bien. Te están buscando.
—¿En serio? —dijo Ranma—. Tengo que ir a ver a Akane.
Se puso en pie. Una pierna le falló en seguida, y Ranma cayó al suelo,
raspándose una palma, al amortiguar la caída con un brazo.
—¿Que no lo ves, Ranma? —dijo Cologne suavemente—. No podemos
volver. No después de lo ocurrido.
Un cuello de mujer fracturándose.
—Tienes razón —dijo Ranma, con una risa un tanto amarga—. Tienes
razón. No puedo volver. No ahora. Ni nunca.
—Solo por ahora —dijo Cologne en voz baja—. Te he dicho lo que puedo,
Ranma. Ahora te pregunto: ¿Vendrás con nosotros a Ryugenzawa? Porque
si buscas una cura a lo que consideras tu mal, allí puedes encontrarla.
¿Vendrás?
La pregunta se hace por primera vez.
Ranma miró en torno a la pequeña cueva, iluminada con la luz tenue que
sostenía Kima. La luz brillaba sobre paredes de piedra áspera y desnuda.
Miró de Kima a Cologne. Una enemiga hace una semana, ni siquiera
humana del todo, y una vieja que hace dos días se había vuelto joven.
Miró al cuervo, inexplicablemente conocido. Los ojos oscuros lo miraron
reluciendo como charcas de noche, y de algún lugar llegó a Ranma el
recuerdo de que no es normal que los ojos de un pájaro sean expansiones
de negro sólido.
—¿Vendrás a Ryugenzawa? —repitió Cologne, e hizo la pregunta por
segunda vez. Y por segunda vez le contestó el silencio.
Hay momentos de la vida en que se está ante una disyuntiva, una
encrucijada, y una pequeña decisión en cierto momento, hacia una
dirección en particular puede hacer suceder cien mil cosas que de otro
modo no hubieran ocurrido.
Por falta de un clavo se perdió un reino. El aleteo de una mariposa puede
causar tempestades a medio mundo de distancia.
Tira un guijarro a una poza, y mira las ondas difundirse por toda la
superficie. Moviéndose, cambiando, una fluctuación donde nada queda
intacto.
Una pequeña decisión.
Cien razones para ir en una dirección, cien razones para ir en otra. Un
secreto muy guardado, un corazón oculto que quizá nadie llegaría a ver.
La imagen de una muchacha sonriente. Una púa de hielo, dentada como
el dolor, alta como una montaña. Los ojos de un cuervo, más allá de toda
medida humana de profundidad.
Un cuello de mujer fracturándose.
Una pregunta, hecha por tercera vez. Muy a menudo, estas cosas van de
a tres.
—Sí. Voy.
Y ahora se daba la respuesta.
Y aquí el río se bifurca.
~ o ~
—¿Akane?
—Hmmm...
—Despierta, Akane —dijo Ryoga, arrodillado junto a ella, que estaba
sentada con la espalda contra un árbol.
—Me senté a descansar un poco —bostezó Akane—. Me...
—Lo sé —dijo Ryoga, aguantando su respectivo bostezo—. El sol se
esconderá pronto. Nos...
—Tenemos que encontrarlo —dijo Akane.
Se puso de pie rápidamente; a unos metros estaban Mousse, Shampoo,
Ukyo y Nodoka, conversando en voz queda. Más allá, Happosai miraba
hacia el sol poniente, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Llevamos horas buscando, Akane —dijo Ryoga delicadamente,
irguiéndose despacio—. Si no lo podemos encontrar de día, no lo
encontraremos de noche. Esta montaña es demasiado grande para siete
personas.
—Podría estar tirado por ahí, herido, o... o...
—Akane, ya conoces a Ranma —dijo Ryoga con una sonrisa nerviosa—.
Ya volverá... Volverá en unas horas más, alardeando sobre su última
victoria, y de la técnica nueva que inventó...
—Pero tenemos que encontrarlo...
—No nos está yendo bien así —dijo Ryoga—.Iremos a la aldea, llamaremos
a tu padre, y le diremos lo que sucedió. Hay que decírselo también al padre
de Ranma.
—Ni que le importara —dijo Akane—. ¿Acaso a nadie le importa? ¿Se van
a ir así como así?
Le voz se le iba elevando, con una leve traza de histeria.
—¡Si no se quieren quedar a buscarlo, pues muy bien! Lo voy a buscar yo
sola.
—Akane... —dijo Nodoka, acercándose—. Mi hijo... Yo también lo quiero
encontrar. Pero llevamos muchas horas buscándolo sin resultado. Hay que
llamar a las autoridades, organizarse...
Akane miró a los ojos de la madre de Ranma, el dolor oculto allí. A
cualquier otro ella podría haberlo acusado, podría haberle gritado.
No a ella. El poniente estaba encendido de colores, al esconderse el
último borde del sol, precediendo a la oscuridad que siempre sigue a la
luz.
—Él estará bien, Akane —dijo Ukyo, con una sonrisa débil—. Él... Él...
Suspiró y cerró los ojos.
—Él es Ranma.
Y eso, al final, era todo lo que se podía decir, se dio cuenta Akane. Él era
Ranma; estaría bien.
—En marcha —dijo Ryoga—. Oscurecerá pronto.
Despacio, en silencio, Akane asintió y echó a andar. Después de un
momento de duda, Ryoga la siguió, y un momento después empezó a
caminar. Lo mismo hicieron los demás.
Y aquí el río se bifurca.
~ o ~
