Aguas bajo la tierra
Un fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum
Versión castellana de Miguel García
~ o ~
Capítulo 7: Revelaciones en gris
~ o ~
Y, al final, ¿qué es la mentira?
No es sino la verdad con máscara
(Lord Byron)
~ o ~
El oyabun marcaba un ritmo nervioso con los dedos en la mesa con
cubierta de cristal a la que se hallaba sentado. Las uñas chasqueaban
contra la superficie, pareciendo un sonido excesivo en el silencio de la
sala de espera.
Era el único en la sala de espera, además de la secretaria bonita pero
genérica detrás del gran escritorio de roble. El sillón en que él estaba
sentado tenía un tapiz de cuero lustroso, de una belleza compuesta por
curvas precisas, despiadadas, como un tiburón de piel negra.
Estaba nervioso, y no era un hombre acostumbrado a estar nervioso.
Por más de treinta años había sido el oyabun del Zensha-yumi, el líder de
una organización criminal con lazos en cada parte del mundo, y acaso la
agrupación yakuza más poderosa del Japón. El oyabun había sido
siempre cuidadoso; le gustaba ejercer el control desde detrás de escena.
No permitía a sus enemigos saber que él existía. No usaba su domicilio
personal para reunirse con subordinados. Había creído ser intocable.
Hace doce años, todo había cambiado.
Hace doce años, había conocido a Yoko.
Y ahora era oyabun solo en nombre. Cumplía las órdenes de ella, o a
veces las de otras mujeres que, de ciertas maneras, indicaban que la
representaban a ella. Según entendía, lo mismo sucedía con los demás
líderes de todos los carteles yakuza de Japón. Los que se habían negado
a recibir órdenes de Yoko o sus subordinadas habían muerto.
Aunque eso no era del todo así. Tres estaban ahora completa e
irrecuperablemente desquiciados. Uno estaba conectado a un respirador
mecánico, y las cuentas de la clínica las pagaba una serie de media
docena de empresas de papel, todas vinculadas, había descubierto el
oyabun, a Sen-Atama, la lucrativa pero poco conocida compañía de
software de la cual Yoko era presidenta. Ella le había explicado una vez,
en uno de sus raros momentos locuaces, que al hombre del respirador
mecánico se le mantenía así como recordatorio: no tenía brazos, piernas,
ojos ni lengua.
Otros dos habían desaparecido sin rastro y sin dejar cuerpo alguno. Uno
se había esfumado del asiento trasero de su coche, mientras su chofer
conducía del otro lado de un panel de cristal ahumado. Tanto el chofer
como el guardaespaldas que iba en el asiento del acompañante no habían
oído nada. El guardaespaldas que había ido en el asiento trasero estaba
muerto. Un informe de autopsia, conseguido por el oyabun a través de
contactos, había precisado que, inexplicablemente, todos los órganos
vitales del hombre parecían haber sido extirpados, sin una sola marca en
el cuerpo.
Con todo, el negocio en sí había continuado casi tal como siempre; Yoko
dejaba a cada oyabun y sus subalternos la administración de las varias
organizaciones que componían la estructura de poder yakuza. Era solo
que, cuando ella ordenaba que algo se hiciera, se hacía. Se eliminaba a
ciertas personas, se vigilaba a ciertas otras, se robaban ciertos objetos
para llevárselos a ella, se compraban ciertos inmuebles y se traspasaban
las escrituras a las empresas de papel de ella.
El acuerdo era muy simple. Uno hacía exactamente lo que ella quería. A
cambio, uno vivía.
Muchos de los oyabun no habían comprendido de inmediato el acuerdo.
Habían dicho que no temían morir; muchos habían sido viejos, celosos
de su honor, opuestos a ceder control, creyendo que se trataba de
amenazas sin fundamento.
Cuando sus esposas, hijos y nietos empezaron a morir, comprendieron
que lo implícito en las amenazas era peor que lo explícito. Y no parecía
existir forma de proteger a sus familias. Por más guardias que se
apostasen, por más precauciones que se tomaran, de algún modo
incomprensible, llegaban a ellos. Y quiénes lo hacían era también un
misterio.
A uno de los oyabun enloquecidos se le encontró en medio de la
carnicería en que quedó convertida su casa. Los restos de su esposa,
sus dos hijas, los maridos de estas y sus seis nietos estaban diseminados
por cada espacio, más los cadáveres de media docena de guardias. No
quedaba un solo tiro en las armas de los guardaespaldas; perforaciones
de bala horadaban por cientos las paredes y muebles.
Los informes de autopsia mostraron que todos habían sido literalmente
despedazados por una fuerza de magnitud inmensurable. El oyabun había
quedado con vida, ileso, bañado en sangre de los pies a la cabeza. En
los doce años desde su internación en un psiquiátrico, solo había parado
de gritar cuando lo sedaban. Estaba sedado casi siempre.
Un acuerdo simple. Si uno no se atenía a este, acababa muerto. O peor
que eso: acababa uno vivo y todos sus seres queridos masacrados.
El oyabun dio un vistazo rápido en torno a la sala, y continuó el
chasquear de sus dedos en la superficie de la mesa. Había más sillones
de cuero negro, y un sofá de cuero negro también. Macetas con plantas
adornaban el lugar a intervalos, con el verde rompiendo la monocromía.
En las paredes colgaban grabados a tinta del siglo dieciocho, de Kioto,
insinuaciones de puentes y árboles en las pinceladas sutiles. Eran de un
valor sideral.
El oyabun entendía de negocios. No había llegado a oyabun por ser
ingenuo, o por débil, ni por suave. Había matado hombres, y aunque
jamás lo había disfrutado, comprendía la necesidad. Si él no era oyabun,
entonces otro lo sería, y mejor él que algunos que él conocía. El crimen
era una realidad, y era mejor que se dirigiese más como una empresa que
como una guerra.
Sí, él entendía de negocios. Entendía el asesinato. Eran parte del
negocio en que su familia había estado desde hacía casi tres siglos.
Pero no terminaba de entender la maldad. Y eso era Yoko: algo en el
centro de él lo había comprendido desde el primer momento. Había en
ella algo que solo podía describirse como aberrante, una sensación que
venía a él cada vez que miraba las manos arrugadas y venosas de la
mujer, o las gafas oscuras que siempre llevaba, o sus facciones lozanas,
juveniles, que contrastaban con la piel apergaminada de sus manos.
Cayó en la cuenta de que nunca le había visto los ojos. Dudaba que
fuera bueno verlos. Eran las ventanas del alma, y él no sentía deseos de
ver el alma de Yoko.
—La señora ya lo puede atender —dijo la secretaria, de pie a la izquierda
de él. No la había oído acercarse.
—Gracias —dijo el oyabun, poniéndose en pie.
Había cumplido sesenta años el invierno pasado, pero estaba aún en
forma, aún bien parecido después de tantos años. Le sonrió a la bonita
secretaria; ella no correspondió la sonrisa, sino que caminó por delante
de él hasta las grandes puertas de roble que conducían al pasillo que
daba a la oficina de Yoko. La secretaria giró la manija dorada y abrió
ampliamente la puerta sin un solo rechinido. El oyabun pasó por un lado
de ella y siguió la conocida marcha por el pasillo, con sus zapatos de
cuero italiano susurrando suavemente contra las finas fibras de una
alfombra azul.
Siempre había detestado el pasillo. El cielo raso era demasiado alto, el
espacio entre las paredes demasiado angosto. Todo parecía cernirse
sobre él, y siempre se había sentido allí observado por ojos invisibles.
Todo hacía a los diez metros parecer diez kilómetros.
No habría nadie en la oficina más que Yoko. Nunca había nadie más. La
mujer era de las pocas personas, que él hubiera conocido, con total
confianza en su capacidad para protegerse por sí solas.
Diez años atrás, en una junta entre ella y una decena de los oyabun de
más alto rango del país, habían atentado contra su vida. Al iniciarse la
junta, dos hombres saltaron de improviso y abrieron fuego con pistolas
automáticas, a una distancia no mayor de tres metros.
De algún modo, no acertaron. Ninguno de los dos hombres, ambos
entrenados para matar y habituados a hacerlo. El consenso, después,
fue que Yoko había usado alguna especie de arma de fuego pequeña pero
muy poderosa.
Pero él había estado cerca, y vio que no había nada en la mano de Yoko
cuando la alzó en dirección a los hombres. Él había estado cerca, y
había visto que no existía modo de que los hombres pudieran haber
errado. Mirando después la sala de conferencias, había visto agujeros
de bala en el piso y techo por debajo y sobre el lugar donde Yoko había
estado sentada, pero ninguno en la pared detrás de ella.
Ella había señalado con la mano y dos hombres habían muerto, con
sangre estallando de sus bocas, sus cuerpos despedidos contra la pared
con una fuerza que hundió la madera, en un impacto que todos los demás
supusieron proveniente de un arma de fuego. Luego Yoko se había
vuelto hacia el pálido oyabun sentado tres sillas más allá e, incluso
teniendo la mujer las gafas puestas, todos los de la mesa supieron que
lo miraba a él.
—Hidezaku —había dicho Yoko con tono de decepción, juntando las
puntas de los dedos largos y avenjentados bajo la barbilla y descansando
los codos sobre la mesa—. Acabas de cometer una estupidez. ¿No
recuerdas lo que les pasó a tu hijo y su familia?
—Eso era por mi hijo y su familia —había dicho Hidezaku, sin temblor
alguno en la voz, aunque tenía el miedo escrito por todo el cuerpo—. Y
ahora debo hacerlo yo.
Había sido muy rápido.
Yoko había sido más rápida. La pistola cayó a la mesa, y la empuñadura
de un cuchillo apareció casi espontáneamente en la frente de Hidezaku,
con la punta de la hoja sobresaliéndole por la nuca.
Yoko ni siquiera interrumpió la junta para hacer sacar los cuerpos.
Y ahora el oyabun ponía su mano en la manija y abría la puerta de la
oficina de Yoko, mirando el ya conocido entorno. Las altas estanterías
de libros, tomos encuadernados en cuero y metódicamente organizados,
el gran ventanal cubierto con persianas venecianas, que él no recordaba
haber visto jamás abiertas, la luz mortecina de la bombilla del techo,
apantallada y filtrada de modo que los rincones de la estancia quedaban
en penumbra.
Yoko estaba sentada tras un escritorio monolítico de mármol negro, que
debía de haber pesado al menos una tonelada. Había papeles apilados de
forma ordenada en cada extremo del escritorio; había un teléfono en el
centro, y junto a este una computadora pequeña y de aspecto costoso.
Estaba ella tipeando al entrar él, los dedos largos produciendo chasquidos
al teclear. Como siempre, tenía el cabello castaño recogido en un moño
con una larga aguja de plata, en la que relucía lo agudo de la punta.
Una sonrisa lenta se extendió por el rostro joven de la mujer cuando alzó
la mirada, con los ojos ocultos tras gafas negras de armazón redondo.
—Ah. Bienvenido.
—Hola, Yoko —dijo él, e hizo una reverencia. Una vez la había tratado
por el apellido, y se le había ordenado nunca más hacerlo. Pero ella lo
seguía tratando por el apellido, cuando se dignaba llamarlo de alguna
manera.
—No te sientes aún —dijo Yoko—. Hay alguien a quien debes conocer. Un
colaborador.
Y de pronto hubo la sensación de una presencia imponente a la izquierda
de él. Se volvió con rapidez algo excesiva, y vio los ojos más fríos que
hubiera visto jamás. Eran azules como el cielo, y tan fríos como el hielo
del ártico. No había emoción en ellos, ni en la cara del hombre. Era
occidental, con corto cabello rubio y un rostro que parecía labrado
completamente en ángulos y planos duros. Le llevaba más de diez
centímetros en estatura al oyabun, que no era bajo. Un traje gris
marengo de buen corte ceñía los hombros anchos y brazos poderosos.
Alguna gente que el oyabun había conocido producía cierta impresión, un
aura de violencia apenas reprimida. El hombre irradiaba aquella impresión
como el olor de una colonia. Era un resorte comprimido, a instantes de
soltarse, y cuando lo hiciera, el daño sería inconcebible.
—Me llamo Ritter —dijo. Su japonés tenía un acento leve, indefinido, que
sonaba vagamente europeo. Tenía una voz tan inexpresiva como sus
ojos.
Toda persona de esa índole tenía un carácter de temer. Y así y todo el
oyabun tuvo la sensación de que Ritter tenía un control rígido y absoluto
sobre sí mismo, y que ese exterior de hielo no ocultaba sino más hielo.
Esa violencia almacenada se liberaría exactamente cuando el hombre
quisiera, y en ningún otro momento.
El hombre extendió una mano, y el oyabun la estrechó. Su sujeción era
firme, sus dedos delgados y poderosos, muy largos y finos, como los de
un músico, pero dotados de una fuerza elástica.
—Soy un socio comercial de Yoko.
—Un placer, señor Ritter —mintió el oyabun.
—Ritter está muy interesado en oír lo que vienes a decirme —dijo Yoko
desde detrás de su escritorio, con cierta tirantez en la voz.
El oyabun era muy hábil para interpretar a la gente. Jamás había sido
capaz de descifrar a Yoko. Ahora podía. Yoko tenía miedo, y aquí no
había nada que fuera nuevo salvo Ritter. El que ella temiese al hombre
fue razón suficiente para que el oyabun le temiese también.
—El chico desapareció —dijo el oyabun, volviéndose a mirar a Yoko,
porque hasta esa mirada de cristal negro era mejor que los ojos de Ritter.
—Más detalles, por favor —dijo Yoko con voz cansada.
—Tenemos dos observadores —dijo el oyabun en tono cauto—. Uno, en
deuda con nosotros por ciertos servicios, vive en la casa donde él se
queda. El otro es un hombre que de vez en cuando nos hace ciertos
trabajos a contrata. Ambos informan que el chico desapareció ayer de
entre un grupo de sus amigos, y no se le ha visto desde entonces.
Tendría que pedir a mis intermediarios que soliciten más detalles a los
observadores, pero esto es lo que informan por ahora.
—¿Y son confiables? —preguntó Yoko.
Oyabun asintió. —Los dos.
—Pide más detalles —dijo Yoko—. Te contactaré pronto. Ya puedes
retirarte.
Tratando de no mostrar alivio en la cara, el oyabun hizo una venia a
Yoko, luego al silencioso e imponente Ritter.
—Gracias —dijo.
Cuando se volvía para salir, Ritter extendió una mano y lo sujetó por el
hombro, con una fuerza que pareció de una prensa industrial; tuvo la
sensación de que, si el hombre así lo hubiese querido, podría haberlo roto
como a un juguete.
—Tal vez te contacte yo también —dijo el hombre—. Sin duda nos
haremos tan amigos como lo eres con Yoko.
El oyabun asintió despacio, y solo supo que había estado conteniendo la
respiración cuando Ritter le soltó el hombro y él sacó el aire.
—Como guste, señor Ritter.
El hombre grande asintió en silencio, y el oyabun salió presuroso,
cerrando la puerta al salir, y resistió el impulso de huir corriendo del
edificio. ¿Qué clase de persona era Ritter, se preguntó, si era capaz de
atemorizar a la mujer que tenía a sus órdenes a todo el hampa del Japón?
Decidió que, en realidad, no quería saberlo.
~ o ~
El hombre llamado Ritter miró cerrarse la puerta al salir el oyabun, luego
se volvió para mirar a Yoko, que seguía tras el escritorio de mármol
negro. Su rostro pasó de una neutralidad cuidadosamente controlada a
una ira fría.
—Explícamelo otra vez —dijo—. ¿Qué sucedió?
—Denkoko y Yamiko...
—Eso ya lo sé. Quiero saber la razón. ¿Entendían las órdenes, no?
—Así me pareció.
Un gesto de sorna afloró despacio en la cara de Ritter, como un abismo
que se abre en la tierra:
—Tienes que atar mejor a tus perras, Yoko.
—Son mis hermanas —dijo Yoko con una voz controlada, mirándolo desde
detrás de las gafas negras—. No mis perras. Yo soy la mayor, y por tanto
tengo una posición honorífica entre nosotras. Nada más que eso, Ritter.
—En todo menos nombre las mandas tú —dijo Ritter—. Y a ti te hago
responsable de lo que hacen ellas. Quiero saber por qué ya no percibes al
muchacho.
—Se rompieron —dijo Yoko—. Todas las hebras con que lo até se
debilitaron y luego se rompieron. No sé cómo. Incluso cuando el
muchacho fue a China pude sentirlo vivo, al menos. Pero ahora...
—¿Y Denkoko y Yamiko, dónde están?
—Denkoko está muerta —dijo Yoko, mojándose un tanto los labios y
mirando brevemente la superficie del escritorio—. Yamiko volvió con su
cuerpo. Haremos las exequias en los próximos días.
—Yamiko fue siempre lacaya de Denkoko —dijo Ritter—. Y Denkoko fue
siempre demasiado impulsiva, demasiado rápida en desobedecer. Debiste
matarla hace años.
—No nos matamos entre nosotras —dijo Yoko—. Somos un círculo indemne,
y no nos matamos entre nosotras.
Ritter echó hacia atrás la cabeza y se rió.
—Nunca digas que no matarás a alguien, Yoko. Si un perro no hace lo que
deseas, lo azotas. Si continúa desobedeciendo, lo ahogas.
—No soy tú, Ritter —dijo Yoko—. Y mis hermanas no son perros. Cuidado
con cómo me hablas. Eres un solo hombre.
Ritter avanzó un paso y dio contra la superficie del escritorio de mármol
con la mano, muy suavemente. Hubo un crujido, y una telaraña de vetas
oscuras cubrió la superficie donde había golpeado.
—Te puedo matar, Yoko —se burló—. Más fácil de lo que levanto un
meñique. Puedo matar a cualquiera de ustedes, y sería como pisar
insectos. ¿Te crees fuerte, por asustar a esos viejos con tus brujerías?
Yo te puedo mostrar fuerza, si lo deseas.
Yoko asintió con la cabeza.
—Sé que me puedes matar, Ritter. Pero otra tomará mi lugar. El círculo
es eterno. Somos una serpiente de mil cabezas.
Adelantó más el cuerpo, desde el otro lado del escritorio, y se quitó las
gafas negras, mirándolo por un momento con una intensidad de la que
solo ella era capaz:
—Yo sé lo que deseas tú, Ritter. Y sé que no se te concede. No
deberíamos pelear entre nosotros. Eres el hijo más amado de nuestro
amo, y eres nuestro hermano. No corresponde pelear entre hermanos.
—Se encogió de hombros un tanto—. Jusenkyo será nuestro, viejo amigo.
No lo dudes.
Ritter sonrió, muy fríamente:
—Jusenkyo será de nuestro amo, y de nadie más. Más te vale recordarlo.
Somos sus manos, y nada más.
—Desde luego —dijo Yoko cordialmente, con tono trivial, gesticulando de
modo despreocupado con una mano en dirección a Ritter y devolviendo
los ojos a la pantalla de la computadora.
Ritter nunca pareció moverse siquiera. No hubo lapso alguno entre el
instante en que estaba de pie al otro lado del escritorio, el puño aún
sobre la red de grietas en el mármol, y el instante en que había estirado
la mano y apresado a Yoko por el cuello. Yoko sacó una exclamación
larga y ahogada y subió ambas manos para aferrar la muñeca de él. Sin
evidenciar esfuerzo alguno, Ritter alzó de la silla a Yoko, que sacudía las
piernas y volcó el asiento de madera. Él la pasó por sobre el escritorio,
giró y estrelló a la mujer contra la gruesa puerta de madera de la oficina,
tan fuerte que esta se sacudió en las jambas. Sostuvo a Yoko para
mirarla directo a los ojos, con una mano apresándole la garganta.
—Ahora escúchame muy bien, vieja amiga —dijo en voz muy baja, la
última palabra llena de burla y sarcasmo—. Hace muchos años que no
tratas conmigo, Yoko. Se te olvida lo que eres comparada a mí. Tú y tu
hermanas no tienen posibilidad de desafiarme. Yo voy más hondo de lo
que jamás ustedes podrán llegar.
Aflojó la mano que la apresaba, solo lo suficiente para dejar que Yoko
aspirara una bocanada de aire, luego volvió a apretar. Sostenerla a nivel
de los ojos de él la dejaba a unos treinta centímetros del piso, con los
pies buscando apoyo donde no había apoyo alguno.
—Si alguna vez me vuelves a hablar de manera irrespetuosa, te voy a
sacar las vísceras y leeré el futuro en ellas, aquí sobre tu escritorio —dijo
Ritter, como quien habla del clima. Había en su voz una convicción
terrible y absoluta—. Quizá una de tus hermanas tome tu lugar, pero tú
estarás muerta. Y tú no quieres eso, Yoko. Yo tampoco; eres inteligente,
y útil a nuestro señor. Parte de ser inteligente es saber el lugar que a
uno le toca. Yo sé el mío; más vale que aprendas el tuyo, antes de que
te cueste la vida.
—Ritter, por favor —dijo Yoko débilmente—. Me ahogas...
—No cometas el error de creer que te necesito —dijo Ritter—. Yo
caminaba solo antes de que tu madre imaginara la posibilidad de parirte.
Caminé solo antes de que tu congregación de hermanas fuera un sueño
en las mentes de quienes te precedieron. Si es necesario, volveré a
caminar solo después de que todas ustedes sean polvo. No necesito a
nadie.
Se volvió a girar y la dejó tirada en el piso frente a su escritorio, de
forma bastante suave si se consideraba su fuerza. Ella soltó un quejido
débil e intentó ponerse en pie, pero no lo logró, y se quedó tirada en la
alfombra, respirando jadeante.
Ritter no hizo sonido alguno al cruzar el piso de la oficina hacia ella; todo
lo que Yoko pudo ver fueron los botines negros de él y la basta del
costoso pantalón gris.
—Vigílalos, Yoko, pero no los toques aún. Si el muchacho en realidad ha
desaparecido, él es quien nos debe preocupar. Vigila de cerca sobre todo
a su madre. Si él acude a alguien, lo más probable es que sea a ella. Hay
un anhelo extraño en mucho hombres por el vientre materno, incluso
después de haber sido arrancados de él.
—Sí, Ritter —dijo Yoko, con los ojos dirigidos a la alfombra, porque
incluso con las gafas Ritter habría podido ver la mezcla de odio y miedo
en la expresión de ella—. Si hay algo que pueda hacer, lo que sea que
el Círculo pueda...
—Yo te diré cuando haya algo que puedes hacer —dijo Ritter con la voz
fría—. Quiero toda la información que tengas acerca de los tres chinos,
sobre todo la muchacha.
—¿Puedo saber la razón? —aventuró Yoko.
La voz de Ritter contenía una sonrisa cuando habló:
—Creo que haré un viaje por esa zona en el corto plazo.
—Entiendo —dijo Yoko, aunque no entendía—. ¿Quieres que alguna vaya
contigo?
Ritter se rió.
—No seas idiota. Andar por los lindes de Jusenkyo es para ti como andar
por el corazón de un volcán.
Hubo tal vez un levísimo indicio de cansancio en su voz cuando terminó:
—Y siempre he caminado solo.
Ella asintió despacio, aún sin ponerse en pie. Los pies y piernas de Ritter
salieron en silencio de su vista, al pasar junto a ella hasta el escritorio.
—¿Los archivos de tu computadora están respaldados, verdad?
—consultó él con voz atenta.
—Por supuesto. Es la primera ley de...
—La ley no existe. Los hombres hacen las leyes, y las leyes de los
hombres son polvo en el viento. Los fuertes hacen su propia ley.
Hubo unos segundos de silencio, luego un enorme estruendo que sacudió
el piso y dejó un pitido en los oídos de ella. Se oyó piedra rompiéndose y
cristal destrozado.
—Un recordatorio, Yoko.
Un vistazo fugaz de botines negros y traje gris marengo pasaron por la
visión de ella. La puerta se abrió, luego se cerró, y Ritter se había ido.
Yoko se levantó despacio, con la cara retorcida de odio, dedos viejos y
largos temblando, incongruentes con el resto de su juventud. Miró
brevemente los restos volcados y partidos de su escritorio de mármol, y
recordó vagamente que se habían necesitado ocho hombres para, con
dificultad, entrarlo hasta allí.
La puerta se abrió de par en par.
—Honorable madre de la noche, ¿está usted bien? Sentí un ruido... Pero
¿qué ha sucedido, en nombre de...?
Yoko abofeteó a la mujer más joven, fuerte, echándole hacia atrás la
cabeza y haciéndola volver la vista y no ver la destrucción de la sala.
—No vuelvas jamás a llamarme así aquí, Miyoko. Jamás. Aquí soy Yoko
Kontongara.
—Sí, señorita Kontongara —dijo su secretaria, sin tocarse la marca roja
que le quedó en el rostro—. Perdóneme. ¿Qué sucedió?
—¿Viste pasar a alguien junto a tu escritorio?
—Hace unos minutos, al señor...
Yoko asintió, interrumpiendo a la mujer con una seña de la mano.
—Ve por alguien que limpie esto. Tengo asuntos que atender.
Pasó rauda junto a Miyoko, dejando a la otra mujer la tarea de arreglar la
ruina de su oficina. Ella tenía cosas más importantes que hacer.
Cosas mucho más importantes.
~ o ~
—Ya, papá. Todo está bien.
Soun miró a Kasumi, acostado en el futon, tapado con la manta hasta el
mentón y con un paño húmedo en la frente.
—No, no está bien —dijo.
—Bueno, pues lo estará —dijo Kasumi en tono tranquilizador, ajustando
sutilmente la posición de las mantas de su padre—. Nada más descansa,
papá. Te alteras demasiado con estas cosas.
—¿Mi futuro yerno desaparecido? —dijo Soun—. ¿Crees que... no es
como para...?
—Tienes que tomar estas cosas con más tranquilidad, papá. El pánico
no ayuda a nadie. Ahora quiero que te quedes acostado y te relajes. Te
hace mal para la presión ponerte así.
Soun volvió la cabeza un poco y miró hacia la ventana cerrada y con la
cortina corrida. El paño se le cayó un tanto por la frente; Kasumi hizo un
chasquido con la lengua y lo reubicó.
—Iba todo tan bien —dijo Soun tras un momento—. Maldita esa vieja.
Arrugó la cara cuando el ajuste de Kasumi al paño hizo a este apretar
contra el chichón que Soun tenía en la frente. A juzgar por el aspecto,
no bajaría en una semana. Le había quedado luego de que Cologne lo
arrojara contra una pared, hacía un día y medio.
—Ya verás que todo saldrá bien —dijo Kasumi, al fin dejando el paño en
una posición que pareció reunir las cualidades que ella buscaba—.
Tampoco es la primera vez que se pierde. ¿Recuerdas cuando fue a China
con Ryoga y Mousse, para perseguir a esos tres hombres extraños de
allá? Se cayó una montaña entera, y todos volvieron bien. Ranma es muy
hábil, papá. Ya lo sabes.
—Pero cómo no me voy a preocupar —dijo Soun—. ¿Es de día o de
noche? No lo sé, de tan angustiado que estoy...
—Es de día, papá —dijo Kasumi con voz reposada, subiéndole un poquito
más las mantas—. Pero es muy temprano. Quiero que te quedes
acostado, porque tengo que ir de compras y no me quiero preocupar por
ti. Si necesitas algo, llama a Nabiki, ¿sí?
Soun abrió la boca como para protestar, luego asintió despacio. Su hija
mayor sonrió y se inclinó para darle un beso ligero en la mejilla, luego se
puso en pie y se alisó el vestido.
—Vuelvo pronto. Nada más descansa.
Se marchó, apagando la luz al salir. Suavemente, cerró la puerta tras
ella, avanzó por el pasillo, y fue a llamar a la puerta del cuarto de Nabiki.
—Un momento —dijo la voz de Nabiki desde el otro lado de la puerta.
Se oyó un cajón abriéndose, un movimiento de papeles, luego el cajón
cerrándose—. Pasa.
Kasumi abrió la puerta y entró. Nabiki estaba en su silla, dando la
espalda a su escritorio para mirar hacia la puerta. Tenía un bolígrafo en
la mano, y mordía un poco la otra punta de este. El escritorio era un
cúmulo de carpetas abiertas, sobres y papeles.
—¿Sí? —dijo Nabiki.
—Voy a salir —dijo Kasumi—. Papá está en cama. Está muy mal con todo
lo que está pasando. Mientras hago las compras, quisiera que estés
atenta a si necesita algo.
Nabiki sacó un resoplido suave por la nariz.
—No sabía que todavía estaba en kínder.
—Nabiki —dijo Kasumi, tajante—. Papá es muy sensible. Tienes que...
Nabiki asintió con ademán impaciente:
—Sí, como tú digas, hermana. Voy a estar atenta al viejo. Compra
tranquila las verduras. Yo tengo mucho trabajo que hacer.
Kasumi se adentró un paso más en la habitación.
—¿Es del colegio? —dijo—. ¿Qué es todo eso?
Nabiki se movió un tanto en la silla, de modo de ocultar más el escritorio.
—Hermana, no metas la nariz en lo que no te incumbe, ¿sí? Son cosas
privadas.
Kasumi mostró un gesto de leve disgusto, salió sin decir una palabra y
cerró la puerta de forma tal que el pestillo hizo un chasquido seco. Era
su equivalente de dar un portazo.
—Qué grosera —dijo Kasumi, quitándose la coleta de un hombro para
pasársela a la espalda—. Tal vez está tensa con lo que ha sucedido con
Ranma.
Tarareando suavemente, dio una última mirada a la puerta de Nabiki,
luego bajó las escaleras. Fue primero a la cocina y se quitó el delantal
que llevaba siempre en la casa; servía como protección contra la comida,
polvo y todo lo demás que pudiera manchar su ropa durante el día.
Hecho eso, cogió su bolso de donde estaba sobre la mesa de la cocina y
enfiló a la puerta principal.
Se quitó las pantuflas en el recibidor y se puso los zapatos, bajos,
sobrios, color café oscuro. Hizo un alto un momento para mirarse en su
espejo compacto. Cerrándolo, lo volvió a meter al bolso y salió.
Pasando junto a la hilera de arbustos a un lado del caminito, arrugó un
tanto el ceño. No había terminado de podarlos, debido a lo que Cologne
había hecho. Era algo que le había producido gran molestia.
Y el secuestro de la madre de Ranma. Eso tampoco era muy bueno, se
dio cuenta. Y ahora él había desaparecido, lo cual era peor. Pero los
arbustos, de todos modos, la importunaban en gran manera.
Pasando bajo la sombra del pórtico, pareció algo descontenta. Tendría
que acordarse de trabajar en los arbustos cuando volviera de las
compras.
El cielo era cerúleo, y solo lo atravesaban unas briznas de nubes blancas,
tenues, como esparcidas mediante pinceladas. Kasumi caminaba por la
calle, sonriendo a cuantos encontraba, fuera gente que venía en la
dirección opuesta, o personas que estaban fuera de sus casas, hablando
con vecinos. Todos le sonreían de vuelta; la mayoría la conocía, y los
que no, no podían sino corresponder una sonrisa tan bonita como la de
Kasumi.
El mercado no quedaba lejos. A Kasumi le gustaba hacer la compra
temprano y evitar el gentío, aunque detenerse a charlar era siempre un
agrado. Atravesó la cortina azul que el Sr. Nishinaka colgaba siempre en
la puerta de su local, y entró, inhalando el olor de las yerbas, especias y
verduras que permeaba el pequeño mercadillo de barrio.
—Hola, Kasumi —dijo el Sr. Nishinaka desde detrás del mostrador,
mirándola por encima de su periódico.
—Hola, Sr. Nishinaka —dijo Kasumi, sonriendo—. Gusto en verlo.
—Vienen llegando piñas frescas —dijo el verdulero—. Y también ese té
de hierbas que te gusta.
—Qué bueno —dijo Kasumi. Cogió un canasto del alto de estos cercano
a la puerta, y se introdujo al laberinto de estanterías de madera altas,
repletas.
Extrajo de su bolso la lista y la consultó, luego fue tomando, al pasar,
todo lo necesario. Jengibre molido, unos paquetes de esos fideos
instantáneos que le gustaban a Nabiki, unas cebollas...
La voz del Sr. Nishinaka se elevó por entre las estanterías:
—Hola. Qué... Qué bueno verlo. Yo...
—Hola, Sr. Nishinaka —dijo otra voz—. ¿Por qué tan nervioso? ¿Está
enfermo?
Kasumi se puso pálida. El frasco de azafrán, de vidrio, que tenía en la
mano cayó al piso y se rompió.
—Por nada, por nada... Voy a estar en la bodega, si necesita algo
llámeme...
La voz del verdulero se alejó. Se cerró una puerta, fuerte.
Sonaron pisadas suaves, lentas, por el piso del mercadillo.
Kasumi cerró los ojos y se puso rígida, con el cuerpo tenso, el asa de la
canasta apretada en una mano, su bolso en la otra.
Una mano fuerte, esbelta, cayó en su hombro.
—Hola, K... Kasumi. Qué extraña coincidencia encontrarte aquí...
Estaba en la voz, la sutil traza de burla que al parecer nadie más
oía. Kasumi hizo un sonido suave y temeroso en la garganta.
—Nunca más pasaste a verme, Kasumi. ¿Qué pasó? Hace muchísimo
tiempo que no te veo. Aunque Akane y Ranma sabían a quien llamar
cuando estuviste herida, ¿no? Estabas herida, ¿verdad, Kasumi?
—No en realidad —musitó Kasumi—. Me noqueó con un punto de presión.
Nada más.
—Pero pudiste salir herida.
La mano se movió un tanto sobre su hombro, tibia contra su cuello.
—No te gusta que te hieran, ¿verdad, Kasumi?
Ella negó con la cabeza, en silencio, y deseó poder dejar de temblar.
—¿Por qué no pasaste más a verme? Me hizo sentir muy mal, Kasumi.
—Perdón.
—Supe que Ranma desapareció. Qué cosa más triste.
Ella no pudo sino preguntar. —¿Cómo...?
—Ya sabes como habla la gente.
La mano volvió a moverse, dedos palpando levemente la clavícula de
Kasumi, a través de la tela amarilla del vestido. Daban una sensación de
gran fuerza, y ella sabía ahora que podían tanto herir como sanar.
—Sabes que siempre puedes contar conmigo, Kasumi.
—Gracias.
—¿Mm?
La mano bajó deslizando para rozar, un solo instante, contra la curva
superior de un seno.
—Gracias, dije.
—Sí, sí, de nada.
La mano se retiró, y las palabras siguientes fueron un susurro tenue, y
la cabeza de él estaba tan cerca que ella pudo sentir su aliento en el
cuello.
—No olvides que eres mía, Kasumi.
Y luego se fue, pisadas retirándose por entre los estantes. Kasumi se
quedó allí un largo minuto, una inspiración honda tras otra.
Una mano volvió a caer en su hombro, y soltó un grito.
—Tranquila, Kasumi —dijo el Sr. Nishinaka con voz sorprendida—.
Perdona. No te quise asustar.
Miró al anciano verdulero. Este tenía los ojos en el frasco quebrado que
yacía en el piso.
—Lo siento —dijo Kasumi—. Fue culpa mía. Se lo pago, yo lo limpio...
—No, no —dijo el verdulero con un resignado gesto negativo de la
cabeza—. No es culpa tuya que ese hombre se ponga así contigo. No te
preocupes. Sigue en lo tuyo; voy por una pala.
Partió, diciendo por lo bajo: —... Y un frasco no es nada, comparado
con...
Kasumi volvió a inspirar hondo, y terminó la compra. Se limitó
estrictamente a la lista, pagó con la cantidad exacta, y salió del local
hacia la calle. Despacio, al caminar, su sonrisa volvió. Otra gente le
sonreía también al pasar. Era muy grato ver a una joven bonita sonreír
así, como si no hubiera tenido ni un solo problema en el mundo.
~ o ~
Una fina película de sudor bañaba en pecho de Tatewaki Kuno durante
sus movimientos. Estaba descubierto de la cintura hacia arriba, vistiendo
únicamente una hakama azul con el cinto atado firmemente. Los amplios
pantalones se envolvían en torno a sus piernas, al desplazarse él descalzo
por el piso de madera, en la vasta sala de prácticas de la familia Kuno.
Aquí no había ventanas, ni tragaluces. Nada que dejase entrar la luz del
sol, luna o estrellas. La iluminación la proporcionaba un conjunto tras
otro de tubos fluorescentes en el cielo raso. Luces brillantes, que no
dejaba a oscuras lugar alguno. Aquí abajo, era imposible ocultarse de la
luz. Estaba por todas partes, intensa como una mirada, una caricia dura
en la piel.
Tatewaki tenía una espada en cada mano, una casi gemela de la otra.
Las hojas eran iguales, de un brillo plateado y pulidas hasta resplandecer,
con bordes filosos que, al moverse, partían la luz al tiempo que la
reflejaban. La empuñadura de la espada en su mano izquierda estaba
encorreada en cuero rojo, la de su derecha, en cuero negro. La guarda
pequeña y redonda de la espada izquierda tenía el borde de plata pintado
de negro; el de la espada derecha era oro pintado de rojo.
Las espadas giraban en patrones complejos, trazando dos ochos
entrelazados, ejecutando cortes verticales y paralelos. Era solo una
combinación de decenas de movimientos muy simples. Encontraba él
que casi todo en el mundo era muy simple; toda complejidad estaba
compuesta, en lo fundamental, de una gran cantidad de simplezas.
Sus pensamientos se apartaron por completo de las espadas por un
momento, pero el instinto y el entrenamiento intervinieron y las armas
siguieron girando rápidas como el rayo por delante de él, como círculos
de acero veloz.
—El centro de las cosas es simple —dijo en voz baja—. Solo la mente
mortal las hace indescifrables.
Le gustó como sonaba. Tendría que anotarlo después.
Pivoteando un tanto a la izquierda, se lanzó en una combinación de dos
cortes a la altura de la cabeza, uno luego del otro, siguiendo con una
estocada al tórax y un corte en bajada al nivel del hombro. Tenía cosas
que hacer hoy. Como de costumbre.
Mentalmente, repasó la agenda. Tenía un almuerzo de trabajo con
ejecutivos. Estos le dirían cosas, y él respondería en una forma que lo
haría quedar como un rematado idiota. Luego los vería irse, a producir
más dinero para la familia Kuno. Había descubierto que lo mejor era
dejarlos hacer lo suyo; la gente que trabajaba para la miríada de
empresas de su familia hacía bien su trabajo. Él se cercioraba de eso,
al menos. Quien sustrajera alguna tajada, quien fuera incompetente, o
quien quisiera jugar sucio, era despedido. Aunque, desde luego, sin que
pareciera jamás que el castigo provenía de él.
Sonrió. A fin de cuentas, él solo era el hijo atolondrado de un hombre
que siempre había sido algo inestable, y que se había vuelto loco al fin
hacía tres años.
—Muchas máscaras son las que lucimos —dijo—. Una para cada
conocido, e incluso para uno mismo.
Le gustó esa también.
Sonó un pitido suave en el dojo vacío. Miró su reloj, que estaba sobre la
chaqueta tirada en un rincón de la sala de entrenamiento, junto a un
bokken apoyado contra la pared.
—Tres horas —dijo, y volvió a envainar sin ningún lujo ambas espadas.
Las vainas eran de madera tallada y recubierta en cuero de igual color
que el de la respectiva empuñadura, con grabados en oro para la roja y
plata para la negra.
Con las vainas rozando contra sus piernas, Tatewaki fue hasta donde
había dejado la chaqueta y se la puso, metiéndola con precisión por
dentro del cinto de la hakama. Hecho eso, fue al extremo norte de la
sala, hasta el simple lavabo. Abrió el agua, un chorro continuo que llenó
la cuba.
Se lavó primero las manos, restregándolas minuciosamente bajo el chorro
frío y cristalino. Cuando hubo quitado el sudor y suciedad producidos por
el ejercicio, juntó y ahuecó las manos y se las llevó a la boca, como para
beber un sorbo prolongado.
No bebió, enjuagándose en cambio la boca para luego escupir en el
lavabo. Terminado el lavado ritual, se echó agua en la cara para refrescarse,
y se irguió despacio.
La sala de entrenamiento subterránea no era secreta. Había una entrada
oculta desde los jardines de arriba, pero también una puerta en la casa,
visible para cualquiera, con un rótulo que indicaba a dónde conducía.
Pero en todo existen secretos. Se acercó a la pared del extremo norte y
buscó con cuidado el interruptor allí oculto. No parecía sino un nudo de
la madera, que se hundió de manera casi imperceptible bajo sus dedos.
Tocó tres interruptores más, todos tan indiscernibles como el primero.
Esperó, contando mentalmente, despacio, hasta sesenta, luego presionó
los interruptores en orden inverso.
Despacio, despacio, con solo un susurro como de hojas dispersas por el
suelo, una pequeña sección de la pared norte se retrajo, con el ancho
suficiente para permitir el paso de una sola persona.
Pasó por la abertura, y la pared se cerró despacio tras él. Aquí estaba
oscuro, sin luz natural ni artificial.
Sus manos encontraron la reducida oquedad en la pared, y de ella extrajo
una vela y una caja de fósforos. Encendió el fósforo, lo dejó arder un
momento en la oscuridad, y lo contactó con la vela. La mecha prendió y
empezó echar una luz suave. Tatewaki sopló el fósforo, y lo dejó emitir
un hilo de humo en el aire por un momento antes de quebrarlo entre el
pulgar e índice, para luego dejar los restos en la oquedad de la pared.
Con la vela en una mano, avanzó por el angosto pasillo con paredes de
madera. Solo tenía que adentrarse unos cinco metros hasta llegar a
destino, pero siempre los recorría lento, preparándose.
Había construido el pasadizo y la sala detrás de este hacía tres años,
trabajando solo, en las horas en que sabía que su hermana no estaba en
la casa.
No sabía qué habría sido de él de no construirlo. Este lugar había sido
una necesidad; sospechaba que todos necesitan un lugar secreto, en sus
casas o en sus almas. Un lugar donde poder ir, estar a solas y ser quien
uno es.
Un lugar donde no hacían falta las máscaras, ni siquiera para uno mismo.
Siempre había sentido aquí una vacuidad apacible, en la larga marcha por
el corto pasillo. Como si no fuese nadie, como si no tuviera nombre.
No el alumno superior Kuno, ni Kuno-chan, ni Tatewaki Kuno, ni el Rayo
Azul, ni Tatchi, ni ningún otro. Solo él. Sin máscaras.
La llama de la vela proyectaba sombras en las paredes, sombras
ondeantes de él mismo y de la vela, aumentadas o encogidas a cada
segundo. Por delante, apareció la última puerta. Lisa y simple, un panel
de madera corredizo, en realidad. Sin cerradura, porque el cerrojo, el
ocultamiento, estaba detrás. Ya no había necesidad de esconder nada.
No había máscaras.
Abrió la puerta corrediza y entró. La estancia era muy pequeña,
cuadrada, cada pared de poco más de dos metros. Una, la sur, tenía la
puerta, que cerró tras él.
La pared norte estaba del todo ocupada por un largo estante. En el
centro había un ornamentado altar de madera, que constituía la parte
principal del kamidana. Pero el estante ceremonial contenía más que eso.
Plantas pequeñas en macetas a ambos lados del altar, verdes y frescas.
Tres cuencos a la derecha, por delante de una de las macetas: sal, arroz
y agua, que representaban los elementos que sostenían la vida.
En el frente cinco velas. Las encendió, una a una, con la vela que
sostenía. Despacio, despacio, como una niebla, la luz suave llenó el
cuarto, percolándolo delicadamente, ahuyentando a la oscuridad.
Apagó de un soplido la vela que traía y la dejó en el piso. Por encima y
detrás del kamidana había sogas de fibra de arroz, y colgando de ellas
había guirnaldas de papel, de suave color blanco, plegadas en formas
semejantes al rayo.
Y en la pared por sobre ellas estaba el retrato de su madre. Siempre lo
miraba último, porque siempre en el momento de mirarlo Tatewaki
empezaba a llorar.
Cayó de rodillas, agachó la cabeza, con lágrimas corriendo por la cara.
—Perdonadme, espíritus, ancestros. Perdóname, madre. Otro día que
pasa sin venganza.
Lloró mucho rato, las lágrimas cayendo cual lluvia en el piso de madera,
chispeando a la luz de las velas.
No había máscaras.
Cuando terminó, volvió a mirar la fotografía de su madre, y sintió que ya
no tenía lágrimas para derramar hoy.
Se levantó, se volvió hacia la pared occidental, y se sentó ante la
estatua de Buda, con las piernas cruzadas, ambas espadas situadas con
cuidado sobre los muslos. La estatua era pequeña, hecha de una piedra
gris oscura, y en la cara regordeta había labrada una expresión de la más
superlativa sabiduría y benevolencia. En la esencia misma de la imagen
parecían residir la serenidad y la calma aceptación del sino, formando la
sonrisa suave que el Iluminado dispensaba sobre él.
—Perdóname, señor Buda. Dame la sabiduría para encontrar lo que busco.
Dame la sabiduría que necesito para lograr algún día la iluminación, para
que cuando mi cuerpo mortal se extinga no deba yo vivir de nuevo el
ciclo de sufrimiento del que toda vida se compone.
Se quedó mucho rato meditando ante la estatua, ensimismado en la
reflexión de cien ideas distintas, una y otra vez, en busca de respuestas.
No había máscaras.
Por último, se puso en pie y se volvió hacia la pared occidental. Allí
colgaba el crucifijo, con Cristo sobre él, los brazos extendidos hacia cada
lado, fijado a la cruz mediante clavos en las muñecas. Era un crucifijo
simple, de madera, pero exquisitamente detallado. El suplicio del
atormentado bajo la corona de espinas parecía rasgar el alma, un
padecimiento más hondo que el causado por la corona y clavos que le
sujetaban allí, un dolor de atrocidad suficiente para el mundo entero.
—Perdóname, señor Jesucristo. Muchos son mis pecados. Ruego tu
perdón. Ruego que tu luz guíe mi senda.
Rezó mucho rato, en silencio, enumerando sus pecados y pidiendo que
fuesen perdonados. Aquella parte era la que él menos entendía, pero
siempre lo había hecho así. Necesitaba todo consuelo que pudiera
recibir, cual fuera el origen.
No había máscaras.
Y, por fin, terminó. Se sintió liviano, limpio, y vacío de todo dolor.
Recogió del piso la vela, la encendió con una de las cinco del altar, y,
una a una, apagó las cinco. Abrió la puerta corrediza y salió del refugio.
Avanzó despacio por el pasillo, saboreando la sensación, engranándola
en su memoria, dejando que percolase por todo su ser. Las vainas de
las espadas rozaban contra su cadera, y Tatewaki lucía una pequeña
sonrisa, con la cara aún marcada de lágrimas.
Al final del pasillo, miró cautamente por una mirilla oculta. Muchas veces
su hermana usaba también la sala de entrenamiento, pero tenían un
sistema. Él la ocupaba en las mañanas, ella en las tardes. Pero la
precaución no estaba demás. No podía arriesgarse a que alguien lo viera.
La sala de entrenamiento estaba vacía. Apagó la vela de un soplido, y la
volvió a dejar en la oquedad. Su dedo halló el interruptor, y la puerta se
abrió suavemente.
Salió, a la luz fuerte de los tubos fluorescentes, al extenso espacio vacío
de la sala de entrenamiento. Despacio, la distensión lo abandonó.
Despacio, empezó a llenarse, a poblarse de simpleza sobre simpleza,
hasta formar la complejidad que era Tatewaki Kuno, el Alumno Superior
Kuno, Kuno-baby, Tatchi y el Rayo Azul, hasta ser arrogante ineptitud e
inepta arrogancia, ciega estupidez y estúpida ceguera. Fue hasta el
lavabo. Se lavó de la cara las huellas del llanto, y, con esa acción, se
despojó de su último resto de paz.
~ o ~
—Tenemos más de doscientos voluntarios buscando por toda montaña,
señora —dijo el joven policía, sirviendo café en la saltada taza de
cerámica puesta sobre el atiborrado escritorio, para luego pasársela a
Nodoka—. Si está ahí, lo van a encontrar.
—Gracias —dijo Nodoka en voz queda, aceptando la taza y tomando un
sorbo—. Ha sido usted muy amable.
—Es mi trabajo —dijo el policía simplemente.
Era un hombre flaco, de rostro poco agraciado y manos grandes. Miró a
Nodoka un momento, con una expresión incómoda, y luego habló otra
vez.
—Ehm... En cuanto a su marido...
Nodoka suspiró y cerró los ojos. —¿Sí?
—El dueño de la tienda no quiere presentar cargos. Solo quiere el dinero
que se le debe.
Nodoka negó con la cabeza. —No lo tengo aquí.
El policía pareció descontento.
—¿Su marido tiene costumbre de no pagar?
—Empiezo a creerlo así —dijo Nodoka.
—Una transferencia de dinero no debería ser difícil —dijo el policía—.
Puedo ayudarle a coordinarlo con el banco, si usted gusta.
—Sería lo mejor, imagino —dijo Nodoka, terminando el té, para luego
levantarse de la silla con un suspiro casi inaudible.
El policía asintió y le abrió la puerta de la oficina, luego la siguió al salir
ella y cerró la puerta por fuera, con un chasquido suave.
—No queda lejos. Nada queda muy lejos en este pueblo.
Salieron de la pequeña comisaría hacia las calles del pueblo. Unas pocas
calles se cruzaban, mezcladas con casas y tiendas. En la distancia, un
camino de tierra llevaba al caserío situado en la base de la montaña, y
por último, elevándose en el norte, la montaña misma.
Era pequeña dentro de lo habitual para las montañas, lo cual la hacía
de todos modos más grande que todo lo demás. Esforzando los ojos,
Nodoka trató de discernir las formas de los buscadores, pero no vio
ninguno.
Cerró los ojos y agachó la cabeza. —Ay, mi hijo...
El policía miró hacia otro lado con gesto nervioso y se rascó un brazo.
—El banco queda por aquí, señora.
Nodoka alzó la cabeza y sonrió de manera triste.
—Perdón —dijo—. Acabo de darme cuenta de que no sé su nombre.
—Shinzo, señora —dijo el policía, con una sonrisa nerviosa.
—Vayamos al banco, Shinzo.
—Vayamos.
Y, como había dicho él, el banco no quedaba lejos. Fueron muy
serviciales. Todos lo habían sido; las noticias viajaban rápido en los
pueblos chicos, y la patente solidaridad que todos manifestaban se
estaba volviendo casi incómoda.
No faltaba dinero en su cuenta; ya no. Tras el pago del seguro por los
daños de la casa, no era ya tan necesaria la frugalidad.
Genma no tenía idea, desde luego. Este pequeño incidente era una de
las razones, según opinaba ella, por las que era la mujer quien siempre
llevaba las finanzas. Tampoco tenía idea Genma de la otra sorpresa, y a
juzgar por cómo iban las cosas, dudaba ella que fuese a decírsela.
La cajera tecleó algunos comandos más en la computadora, sonrió y
asintió, luego le pasó a Nodoka un sobre lleno de efectivo. Salió del
banco con Shinzo y se vio de nuevo en medio de la calle, mirando hacia
la montaña, que exhibía un entramado de bosques y espacio de roca
desnuda.
—Voy por el coche —dijo Shinzo, poniendo una de sus anchas manos en
el codo de ella—. Así llegamos más rápido a la aldea. Sin duda estará
ansiosa por ver a su marido.
Luego de un momento, Nodoka cayó en la cuenta de que debía asentir
con la cabeza. Así lo hizo, luego siguió al policía hasta el vehículo, sin
poder quitarse la sensación de inminencia que se cernía sobre ella.
Era casi como si algo la vigilara.
~ o ~
Ranma miró a su madre subir al coche, y se sintió desgarrado de dolor.
El vehículo pasó a poco más de un par de metros del lugar donde él y
Cologne estaban, en el callejón entre dos casas.
Bajar de la montaña había sido fácil; dos artistas marciales tan
experimentados como Cologne y él no habían tenido dificultad para eludir
a los buscadores.
Solo le alegraba no haber visto a alguno de sus amigos al bajar la
montaña. Eso lo hubiera hecho aún más difícil.
Aunque nada podía haber más difícil que esto. Miró al coche virar hacia
el camino que conducía a la aldea, llevándose a su madre, y Ranma sintió
el corazón como una cosa pesaba, un lingote de plomo dentro del pecho.
—Mamá... —musitó, cargado contra la pared del callejón, y luego suspiró.
Pestañeó varias veces, conteniendo las lágrimas.
—Vamos, niño —dijo Cologne, con al menos el tono sonando como
siempre. Imperativo, autoritario, desacostumbrado a la indisciplina.
—Un minuto más —dijo Ranma—. Perdona, pero...
—Lo sé —dijo Cologne—. Sé que cuesta.
Ranma se rió por lo bajo. No fue un sonido grato.
—¿Qué vas a saber tú?
—Sé más de lo que puedes imaginar —dijo Cologne.
Ranma volvió la cabeza, con las articulaciones aún doliendo por todas las
heridas que había recibido ayer, parte del dolor aún presente, incluso
luego de varias horas de sueño.
—¿Hmm? —dijo.
Los ojos viejos y oscuros de Cologne lo miraron desde el rostro joven:
—¿Qué crees que hago ahora, Ranma? ¿Crees que me puedo volver a mi
aldea apenas termine con lo tuyo? —Subió una mano delgada y se metió
unos mechones sueltos por debajo del cintillo—. Allá hay aliadas de las
dos mujeres que combatimos ayer. Tengo que desaparecer tanto como
tú.
Ranma asintió despacio. —Sigo pensando que no es igual.
Se quitó de la pared, pasando de estar apoyado a estar erguido, y se
miró la mano derecha, luego empuñándola despacio, de pie en el lugar
durante un momento, con los ojos cerrados, un temblor breve
recorriéndole el cuerpo.
La fractura de un cuello de mujer.
—Vamos —dijo—. Larguémonos de aquí.
Y se fueron.
~ o ~
—No creas que no sé qué te traes.
Shampoo abrió despacio los ojos y miró a Ukyo.
—¿De dónde salir tú?
Ukyo cruzó los brazos sobre el pecho y se apoyó contra un árbol,
igualando la posición de la otra muchacha:
—¿De dónde salir yo? ¿Hmm? Espátula querer hablar contigo a solas.
Shampoo apretó los dientes.
—No empezar otra vez, Ukyo. No soy de humor. Te gano vez antes, te
gano de nuevo.
Ukyo alzó una mano y tocó suavemente el mango de la gran espátula
terciada a su espalda.
—Bueno —dijo—, ahora tengo esto. Eso nos deja en igualdad de
condiciones, ¿no crees?
Shampoo resopló suavemente. —¿Por qué buscar pelea, Ukyo?
—Yo no busco nada —dijo Ukyo—. Tú te buscaste todo esto cuando la
vieja de tu bisabuela tramó este chanchullo para atrapar a Ranma. Ni yo
creí que ibas a caer tan bajo como para usar a su madre así, pero...
Shampoo dio media vuelta para alejarse, empezando a entender la razón
de todas las miradas de rabia que Ukyo le había estado propinando desde
el día anterior, en que habían bajado de la montaña.
Sin Ranma ni Cologne.
En cualquier otro momento, habría aceptado el desafío. Pero ahora no.
Ahora no sentía nada por dentro. Todo lo que había sucedido en los
últimos dos días parecía un sueño; un muy mal sueño, pero sueño al fin.
Se sentía en cierto modo disociada de los acontecimientos; las manos
que apuntaron un cuchillo contra su propio corazón no parecían haber
sido de ella, ni tampoco la voz que había dicho palabras que ella jamás
había creído posible decir.
Se había alejado dos pasos cuando la mano de Ukyo cayó en su hombro,
el que había resultado con un corte en la pelea de ayer. Ukyo sabía que
le estaba lastimando la herida; no hubo duda de eso en la mente de
Shampoo.
Arrugó la cara y se tragó un sonido de dolor. —¿Qué?
—Mírame cuando te hablo —dijo Ukyo—. Sé que todo esto es por tus
ridículas leyes amazonas, Shampoo. Y pones a todos los demás en peligro
con tu obsesión por tener a Ranma de marido...
Shampoo se dio vuelta de un giro, casi echando chispas por los ojos.
—Sí, tiene razón, Ukyo. Bisabuela y yo de acuerdo con dos mujeres para
que venir a querer matar a todos nosotros para que yo quede con
Ranma. ¿Cómo sabes? Tú tan inteligente.
Vio la acusatoria cara de indignación de Ukyo titubear un momento, pero
luego volvió.
—Nada me extrañaría de ti si eres capaz de secuestrar así a la madre de
Ranma.
El cuidadoso dominio que Shampoo había mantenido sobre su genio se
rompió en ese instante. Ukyo tendía a causarle esa reacción.
—No sé por qué bisabuela hace lo que hace —dijo, con una voz muy fría
—. No sé que iba a secuestrar madre de Ranma. No sé tampoco por qué
quieres buscar pelea conmigo, Ukyo. Yo no quiere pelear contigo. Todos
tenemos que trabajar para encontrar a Ranma. Mousse y Ryoga, no odian
tanto a Ranma que no ayudan. ¿Odias tú tanto a mí que no vas ayudar?
Sonrió, sin usar los ojos.
—O tal vez odias a él, porque no puedes tener a él. Quieres echar culpa
a alguien, culpa a ti. No culpa a mí por algo que no hago.
—¡CÁLLATE! —vociferó Ukyo, con la cara pasando de indignación a una
ruina de dolor oculto—. ¡No lo odio! ¡No es cierto! Yo... Yo lo amo...
Shampoo volvió a dar media vuelta, por lo cual no vio venir el golpe. El
lado plano de la enorme espátula le impactó la cabeza con un crujido
repentino y derribó a la amazona por el suelo; soles oscuros estallaron
delante de sus ojos y explosiones asordinadas sonaron en su cabeza
como campanas huecas.
—¿Por qué? —oyó musitar a Ukyo, y había lágrimas en su voz—. ¿Por qué
no podías quedarte en China y punto, haberte casado con Mousse o algo
así? ¿Por qué tenías que venir aquí?
Shampoo trató de ponerse en pie, pero por entre el rugido de su cabeza
y la sensación de líquido corriendo por un costado de su cara, había
olvidado la combinación de brazos y piernas necesarias para hacerlo.
Oyó acercarse unas pisadas suaves.
—¿Por qué me dejó? —dijo la voz de Ukyo.
Un sollozo suave se escapó de Ukyo, un doloroso sonido de tristeza
velada y dolor escondido hacía mucho, verdades largamente negadas y
esperanzas permanentemente rotas.
—Creí que él que me quería.
Shampoo intentó levantarse de nuevo, pero el golpe la había afectado
de manera grave. Trató de ponerse sobre manos y rodillas, pero Ukyo
estaba a su lado ahora, y seguía con un ruido muy fuerte en la cabeza.
Se aprontó para el golpe.
El golpe no llegó.
—Por Dios... —oyó decir a Ukyo—. Por Dios, lo siento tanto. Yo... no sé
qué...
Shampoo oyó un objeto metálico grande caer al suelo, y luego Ukyo le
presionó una mano contra la sien, para detener la pequeña hemorragia
que la laceración del golpe había producido.
—Perdóname, Shampoo. Eso fue... No fue honorable. Golpeé a alguien por
la espalda. Me...
Un sorbeteo nasal.
—Me dolía tanto. Sé que también la debes estar pasando mal, pero...
duele tanto.
—Yo bien —dijo Shampoo suavemente—. Mujeres joketsuzoku tienen
cabeza muy dura.
—No tanto como las de otra gente —dijo Ukyo, algo en su voz bailando
en la línea entre la risa y el llanto.
Ukyo puso una mano en el hombro ileso de Shampoo y la ayudó a
incorporarse hasta quedar sentada. La cabeza le dolía horriblemente, y
su vista oscilaba entre nítida y emborronada. Ukyo estaba muy pálida,
todavía con lágrimas en la cara.
—Lo siento —volvió a decir. Detrás de Ukyo, Shampoo pudo ver la
espátula gigante, tirada—. Lo que hice fue... No sé por qué...
—Todo cambiando —dijo Shampoo—. Muy rápido. Todos cambiando
también, aunque quieren o no.
—Sé que esto no es culpa tuya —dijo Ukyo con voz suave—. Tú...
trataste de impedirlo. Está todo patas arriba. Ranma desapareció, y...
Suspiró y cerró los ojos:
—Mejor empezamos a buscar otra vez. Hay que encontrarlo.
—Si está todavía —dijo Shampoo en voz queda.
Ukyo asintió con la cabeza. —Solo espero que esté bien.
Shampoo se puso en pie despacio. —Yo también.
—¿Y tu bisabuela...?
—Espero que Ranma bien.
Ukyo arrugó el entrecejo y se volvió para recoger la espátula del suelo.
Se terció el arma por sobre un hombro y volvió a mirar a la otra
muchacha. Shampoo la miraba a su vez con una expresión extrañamente
contemplativa.
—¿Qué? —preguntó Ukyo por último.
Shampoo mostró una sonrisa amarga. —¿Sabes qué haces, no, Ukyo?
Vences a mí. Vences a mujer joketsuzoku en combate.
La mandíbula de Ukyo quedó suelta. —¿Qu...?
—Mujer extranjera que vence a joketsuzoku, debe recibir beso de la
muerte —dijo Shampoo, avanzando un paso—. Se debe perseguir y
matar.
La mano de Shampoo subió, y, por alguna razón, Ukyo no pudo hacer
nada para detenerla. La mano se acercó despacio, hasta casi tocar la
cara de Ukyo, casi rozándole una mejilla. Había en el rostro de Shampoo
algo imposible de formular con palabras, o siquiera ideas.
Muy delicadamente, como temiendo que la otra muchacha se rompiera
con el contacto, Shampoo puso los dedos contra la mejilla de Ukyo, en
un gesto que fue casi una caricia. Se acercó más; brillaron reflejos de
sol en su cabello. Su respiración era tibia contra la cara de Ukyo, una
brisa de verano, un céfiro ligero, más ligero que el contacto de sus
dedos.
Y luego, con la misma lentitud, Shampoo dejó caer la mano y se irguió,
la expresión indefinible ya no estaba, y la sonrisa amarga había vuelto.
—Nadie ve. Leyes joketsuzoku ya hacen demasiado sufrir, creo.
Y con eso, dio media vuelta y se alejó.
~ o ~
Ryoga miraba el cielo del poniente con gesto serio. El sol parecía
haberse movido rapidísimo; ya estaba allí, pasando la marca del mediodía.
En unas horas más se pondría. No parecía que hubiesen estado desde
esta mañana en la búsqueda, pero así había sido, con todos los
voluntarios que la policía habido podido reclutar en el pueblo.
No habían podido declarar la historia completa, desde luego. Supuestamente,
habían venido a la montaña para acampar y entrenar en grupo. Ranma,
dijeron, había salido por su cuenta ayer y no había regresado.
Parecían haberles creído, al menos. Los habían instalado anoche en dos
habitaciones de un hostal pequeño, y se habían levantado de madrugada
para empezar de nuevo la búsqueda. Horas y horas habían estado
rastreando por la montaña, llamando infructuosamente el nombre de
Ranma.
Pero Ryoga tenía la creciente sospecha de que no encontrarían nada.
Antes de que aparecieran esas dos mujeres, solo él había visto la cara
que Ranma había tenido. Había en ella algo que Ryoga no terminó de
entender, un dejo de finalidad. Dondequiera que Ranma estuviese, si
estaba vivo, no era aquí.
Pero estaba vivo. Tenía que estar vivo. Porque si no lo estaba, Ryoga
no creía poder perdonarse algún día.
Cuídalas, había dicho Ranma. A su madre y a Akane. Palabras dichas
solo a él, para que solo él las oyera. Y lo cumpliría.
—Siempre —dijo en voz baja, como se lo había dicho a Ranma—. Siempre.
—¿Hallaste algo?
Ryoga se volvió, y miró detenidamente a Mousse.
—No. Nada.
El muchacho más alto asintió con la cabeza, y se acercó unos pasos
más, para quedar junto a Ryoga bajo la sombra de un árbol cercano.
—Yo tampoco.
—Y no creo que encontremos nada —dijo Ryoga después de un momento.
Mousse volvió a asentir. —No sé qué tramaba Cologne, y no sé quiénes
eran esas mujeres que aparecieron, pero si Saotome estuviera aquí, ya
nos habría encontrado.
Ryoga suspiró y apoyó una mano contra el tronco del árbol, sintiendo la
corteza áspera contra su palma callosa.
—Sí —dijo—. O alguien lo tiene o se fue solo, por alguna razón.
—La pregunta es —dijo Mousse, sacando con ademán ausente un shuriken
y haciéndolo bailar por sobre sus nudillos mientras hablaba—: si alguien lo
tiene, ¿es Cologne o esas dos mujeres?
Ryoga hizo un apesadumbrado gesto negativo con la cabeza.
—No sé tú —dijo—, pero prefiero que sea Cologne.
Mousse se subió las gafas por el tabique de la nariz con la mano libre y
sonrió un poco:
—Debo decir que yo también. Es mejor que la alternativa.
Ryoga se llevó los dedos a las costras de los cuatro cortes que tenía en
el rostro, las líneas paralelas dejadas por las manos de Yamiko. Presentía
que quedarían las cicatrices.
—Sí —terminó.
—Aunque no creo que las muchachas se den por vencidas después de un
solo día —dijo Mousse en voz queda—. Pero después de eso...
Los ojos de Ryoga seguían la estrella arrojadiza que Mousse volteaba
entre los dedos. Creaba destellos plateados con el sol.
—Después de eso, ¿qué? —preguntó.
—La verdad, no sé —dijo Mousse, con un suspiro—. Pero diría que si
Cologne lo tiene, contra su voluntad, entonces creo que pueden ir ya
camino a China.
Ryoga arqueó una ceja. —¿Y si lo tienen esas dos mujeres?
—Entonces rezo por él —dijo Mousse suavemente.
—Creí que estarías saltando de alegría —dijo Ryoga antes de poder
contenerse—. A fin de cuentas, ahora tienes a Shampoo para ti.
Vio algo pasar por la cara de Mousse, una contracción breve. El
muchacho hizo un gesto dolorido, y el shuriken cayó de sus dedos, para
sonar contra una piedra del suelo.
—Au —dijo Mousse, llevándose los dedos sangrantes a la boca para
chuparlos—. Debo poner más cuidado con estas cosas filosas.
—¿Pasó algo? —preguntó Ryoga, cauto—. Me extrañó que no estuvieras
con ella.
Mousse asintió despacio. —Sí. Pasó algo, supongo.
—Lo siento —dijo Ryoga.
Mousse sonrió, muy tristemente. —Se veía venir desde hace mucho. A
veces mi ceguera es más que de la vista.
Miró a Ryoga, con ojos aumentados tras los gruesos cristales de las
gafas.
—Aunque hubiera esperado que el alegre fueras tú. Ranma nunca pareció
caerte mucho mejor que a mí, y ahora ya no se interpone entre...
Las palabras se le cortaron cuando Ryoga lo sujetó fuerte por el cuello de
la túnica y lo hizo chocar de un empellón contra el árbol.
—¡Cállate, Mousse! ¡Cállate! Tú no tienes idea de lo que siento,
¿entiendes? —Cerró los ojos—. No tienes idea.
Mousse subió los brazos. Un destello plateado al sol. Clavó los ojos en
los de Ryoga, y una sonrisa lenta, sin humor, se le extendió por la cara.
—Si no me quitas ya mismo las manos de encima, Ryoga —dijo en voz
muy, muy baja—. Vas a tener más marcas en la cara.
Ryoga miró a Mousse, con frustración y rabia reprimida ardiendo en sus
ojos.
—Inténtalo —dijo.
—¿Qué hacen?
Ryoga y Mousse terminaron y el desafío mutuo y miraron a Akane.
—Esto...
—Supongo que como Ranma no está, ahora tienen que pelear ustedes
dos, ¿no? —dijo Akane—. ¿Eso es? ¿Por qué mejor no usan esa energía
para buscarlo?
Ryoga soltó a Mousse despacio:
—En serio, Akane, no estábamos peleando...
—No me interesa —dijo Akane, sonando cansada—. No me importa quién
empezó, ni por qué. Háganse pedazos si quieren. No me importa, en serio.
Dio media vuelta y echó a andar, rápido. Mousse se sacudió el cuello de
la túnica, miró a Ryoga y sacó un suspiro lento, contrito.
—Creo que mejor la alcanzas —dijo en voz queda—. Tú te llevas mucho
mejor con ella que yo.
Ryoga miró al otro muchacho un momento, luego salió rápidamente detrás
de Akane, antes de perderla de vista. La alcanzó luego de unos diez metros,
y le puso una mano titubeante sobre un hombro.
—¿Akane?
Ella se volvió y lo miró, con una cara de produjo en lo profundo de Ryoga
un gran dolor.
—¿Qué?
—Perdona —dijo él, sintiéndose torpe de habla, como cada vez con ella.
No le venían las palabras, no que le sirvieran para poder expresarse.
Pesar, tristeza, amor, todas se le intrincaban en la cabeza, tejían una red
por donde las palabras no pasaban. Había tanto que decir, pero costaba
tanto decirlo.
—Perdona —dijo de nuevo—. En serio, perdona, Akane, yo...
—Ay, Ryoga —dijo Akane—. Le sonrió con gesto delicado—. Está bien. No
eres tú. Soy yo.
—¿Eh?
—Tengo tanto miedo —musitó ella, como avergonzada de decirlo—.
Tengo miedo por él.
Ryoga sufría por dentro; sentía como si tuviera una herida, una herida
que no sanaba, algo hondo en su alma, y que se ahondaba más cada vez
que respiraba, que se hundía como una astilla de vidrio en su ser.
—Él va a estar bien —dijo—. En serio, Akane. Va a estar bien.
—Pero ¿y si no está bien? —dijo Akane, cerrando los ojos—. ¿Y si no está
bien, y si...?
Se escaparon unas lágrimas entre los párpados cerrados de ella, colgaron
de sus pestañas como rocío sobre una hoja por un segundo, y luego
cayeron a sus mejillas:
—Y nunca le dije...
—¿Lo que sentías? —dijo Ryoga, sin saber cómo consiguió decir las
palabras.
—Sí —Akane se sorbió un poco la nariz—. Pero lo peor es que ni yo sé
bien lo que siento.
Se pasó una mano por la mejilla, como si con eso hubiera podido parar las
lágrimas.
—Me... Me hacía enojar tanto. A cada rato, me hacía enojar. Pero
siempre...
Abrió los ojos y lo miró, con lágrimas brillando en su cara, y otras no
derramadas en sus ojos:
—¿Cómo se pueden sentir dos cosas tan distintas por alguien? ¿Cómo se
puede...?
—No sé —dijo Ryoga, con la voz ahogada—. Pero sé que se puede. Sé
que uno... puede odiar mucho a alguien, pero al mismo tiempo...
—No sé qué haría sin ti —dijo Akane de pronto—. Siempre puedo contar
contigo, Ryoga. Eres...
Como por voluntad propia, las manos de él subieron y se pusieron sobre
los hombros de ella.
—Todo saldrá bien, Akane —dijo suavemente—. En serio.
Despacio, despacio, la acercó hacia él, la abrazó, como siempre había
ansiado. Parecía ella tan pequeña, tan frágil. Su cuerpo era tibio contra
el de él, su pelo era fragante y suave contra la mejilla de él.
—Te prometo que todo saldrá bien —dijo.
—Gracias —musitó Akane, con la cabeza en su hombro.
La vida está hecha de sufrimiento, pensó Ryoga, recordando las palabras
de otro. Y la raíz de todo sufrimiento es el deseo. Y si lo que deseo me
produce sufrimiento, ¿por qué entonces lo deseo?
Y esa última pregunta era pensamiento de él, y para ella no tenía
respuesta.
~ o ~
Nabiki reunió los papeles y los sostuvo verticalmente, golpeándolos de
canto contra el escritorio para ordenarlos, luego los metió al cajón. Lo
cerró con llave, luego se colgó la llave en la cadena que llevaba al cuello,
donde estaba gran parte del tiempo.
Giró la silla del escritorio para mirar por la ventana. Habían cenado hacía
unas horas, una comida incómoda, con Kasumi no parando de hacer
charla intrascendente por entre los augurios trágicos de su padre. El sol
se había puesto, y la ciudad de fuera había caído en una penumbra rota
por el desorden simétrico de edificio y faroles.
Sonó el teléfono, y Nabiki se sobresaltó un poco en la silla. Luego se
infundió calma, maldiciendo sus nervios, y atendió.
—¿Diga?
—¿Nabiki?
—Hola, Akane. ¿Lo encontraron?
Luego de un segundo de silencio, Akane contestó.
—No.
—¿Algún indicio al menos?
—No.
La voz de su hermana menor era llana y controlada, teñida con un tono
de fatiga terrible:
—Ningún indicio. Acabo de bajar de la montaña hace unos minutos.
La tía Nodoka me dijo que te llamara a ti y a los demás.
—¿Y cuál es el plan ahora? —dijo Nabiki.
—Nos vamos a quedar aquí otra noche más, y mañana vamos a seguir
buscando. Después de eso...
Pareció costar un gran trabajo a su hermana decir las palabras que
siguieron:
—Después de eso, vamos a volver a casa a ver qué hacer desde ahí.
—Oye, hermana, dijiste bien poco la última vez que hablamos...
Dame un resumen de lo que pasó, a ver si puedo ayudar.
Lo dijo resueltamente, casi al pasar, y se armó de tranquilidad con una
inspiración honda.
—¿Sí? —terminó.
—Claro —dijo Akane. Empezó a hablar, y Nabiki empezó a anotar en un
cuaderno todo lo que sonara importante.
Cuando Akane terminó, su voz tiritaba un tanto del otro lado de la línea.
—Y eso es todo, creo.
—Bueno —dijo Nabiki—. Mira, hermana, todo va a estar bien. Es Ranma.
Va a estar bien.
—Ojalá todos se dejaran de decir eso —oyó decir a Akane, en una voz
tan baja que Nabiki casi no supo si lo había oído bien.
—Mira, llámame mañana, ¿sí? Quiero saber cómo les está yendo —dijo
Nabiki—. Ánimo, Akane.
—Gracias, Nabiki. Adiós.
—Adiós.
Sonó un chasquido en la línea. Nabiki se quedó largos minutos en su silla,
alternando entre mirar las notas recién escritas y mirar por la ventana,
hacia el cielo y ciudad sumidos en sombras.
Devolvió por último su atención a las notas, volviendo a leerlas y
tratando de establecer conexiones entre ellas, anotando todo lo que le
pareciera de particular importancia.
Terminando, se lamió los labios y se presionó la goma del lápiz contra la
barbilla durante un momento, pensando. Luego dejó el lápiz en la jarra
de estos que había sobre su escritorio, con un traqueteo que sonó fuerte
en el silencio de la habitación. Levantó el auricular del teléfono.
El número era conocido. Demasiado conocido. Marcado demasiadas
veces, demasiadas.
—Hola, Nabiki. —La voz del otro lado de la línea era suave y profunda—.
Ya me preguntaba cuando volverías a llamar. Tu último informe fue muy...
deficiente.
—Mi hermanita no me dijo mucho la última vez que llamó. Nada que hacer
ahí.
—¿Tienes algo más contundente ahora?
—Sí.
—Continúa.
Partió por leer de la lista, completando las rápidas notas con recuerdos
de lo que Akane había dicho. La voz del otro lado hacía una que otra
pregunta, y ella las respondía lo mejor que podía, aunque de mala gana.
—¿Eso es todo? —dijo la voz por último.
—Eso.
—Mejor que la última vez, Nabiki.
—Sí, cómo no.
Titubeando, volvió a hablar:
—Si... Si él no vuelve, ¿quedo...?
La voz se rió, muy suavemente.
—Nabiki, linda, una vez que tenemos algo útil, no lo soltamos jamás. En
los negocios uno no desecha recursos. Los pone en seguro. Nunca se
sabe cuando harán falta.
La persona hizo una pausa breve. —Aunque tal vez puedo ayudarte de
alguna manera, ¿sabes? Te has vuelto una joven muy bonita, Nabiki.
Siempre me he...
—No. ¿Puedo colgar?
—Por ahora. Pero no te olvides de mi ofrecimiento, Nabiki.
Nabiki colgó el teléfono sin decir nada más, y se quedó sentada al
escritorio, tiritando un poco. Se llevó una mano empuñada a la boca y
mordisqueó sin fuerza el nudillo, un gesto nervioso de infancia, que ella
creía ya abandonado.
No se dio cuenta de que estaba llorando sino hasta unos minutos
después, al sentir lágrimas correr por su cara. Y por más que lo intentaba,
no podía dejar de tiritar.
Recogió las rodillas hasta el pecho, las rodeó con los brazos y se apretó
las piernas contra el cuerpo. Le aliviaba el que la puerta tuviese seguro.
Momentos de debilidad como este eran muy raros, pero sucedían; no era
de piedra, aunque lo deseara, y a veces, a veces, le daba mucho miedo
esto en que se hallaba envuelta.
—Vamos, Nabiki —se reconvino a media voz—. Saldrá bien. Todo saldrá
bien. Todo saldrá bien...
Se mecía en la silla, oyéndola rechinar en el silencio.
—Todo saldrá bien...
Un mantra.
—Todo saldrá bien...
Una letanía, tal vez. Un salmo, una rogativa, un conjuro protector.
—Todo saldrá bien...
Palabras. Las palabras tenían poder, quizá, si las decía uno lo
suficiente.
—Todo saldrá bien...
Así que Nabiki se quedó en su habitación, a puerta cerrada, con el cielo
de la noche mirándola, y las luces de la ciudad como cien ojos a su
espalda, mientras ella decía sus palabras hasta altas horas.
Pero, como siempre, guardaba pocas esperanzas de que alguien la
escuchara.
~ o ~
El hombre llamado Ritter estaba en el balcón de su costoso cuarto de
hotel, cuarenta pisos por sobre las calles de Tokio, con el viento nocturno
pasando por entre su cabello pálido. La ciudad se extendía ante él, una
expansión caótica de luces cintilantes, y entre todo aquello, en los
espacios que la luz no lograba tocar, estaba la oscuridad.
Ritter sonrió, y sus pálidos ojos azules miraron hacia el oeste, más allá
del fárrago de la ciudad, hacia los campos, y más allá de la tierra hacia el
mar, el Mar de Japón, hacia península de Corea y el Mar Amarillo. Sabía
en dirección a qué miraba, así estuviese a miles de kilómetros, del otro
lado de océanos, ríos y montañas.
Podía sentir la atracción, incluso desde tan lejos. En lo profundo de
China central, en la provincia montañosa y poco poblada de Qinghai,
estaba Jusenkyo.
De ellos, nadie más que él podía ir. Pese a todo lo que Jusenkyo era, el
desafiar toda barrera era parte de aquello que lo definía a él. Pero Yoko
y sus hermanas, y los miserables descerebrados que se inclinaban a
adorar sin tener idea del abismo al que dedicaban sus plegarias, ninguno
de ellos podía ir allí. Sabía que lo habían intentado, así como sabía que
contaban allí con unos cuantos aliados, unos pocos que habían logrado
pasar, inmiscuirse por entre los resquicios de las antiquísimas protecciones
que resguardaban a aquel lugar.
Pero no lo resguardarían de él. Y, una vez concluido su trabajo, no lo
resguardarían más de nadie.
Se había apresurado demasiado la última vez. Le había llevado mucho
tiempo entender cuál había sido su error. Había aprendido a tener
sutileza, y paciencia. Ninguna de ambas cosas le había sido fácil, porque
al empezar él su servicio no habían sido necesarias.
Pero los tiempos cambiaban, y él había cambiado con ellos. Esta vez no
se precipitaría. Esta vez lo haría bien. Había esperado mucho, mucho
tiempo el momento propicio para golpear.
Jusenkyo caería en poder de la Oscuridad, y él depositaría el corazón de
las pozas en la mano de su amo. Incendiaría la aldea de Joketsuzoku
hasta no dejar sino cenizas, convertiría en ruinas los palacios de los
míseros desdichados que se hacían llamar Musk, y haría desplomarse las
galerías del Monte Fénix sobre las cabezas de sus moradores. Y, por fin,
se le concedería aquello que él más deseaba.
—Ya falta poco, mi señor —dijo en voz queda a la noche oyente—. Ya
falta muy poco, después de tanto tiempo. Pronto vendrá la era nueva, y
todo lo que ha sido dejará de ser. Arrancaremos las raíces del árbol del
mundo y descuajaremos al sol del cielo. Los mares se hincharán con la
sangre de los caídos y cubrirán la tierra.
Se inclinó hacia adelante, descansando los brazos sobre la balaustrada.
Miró hacia el oeste, sonrió despacio, y alzó un brazo, como sujetando
algo, como pudiendo extenderlo por cientos de kilómetros y asir a
Jusenkyo en la palma de su mano.
Esperaba que la pequeña demostración de hoy hubiera puesto a Yoko en
su sitio. Sería un tanto lamentable tener que matarla.
El hombre llamado Ritter se irguió, y sonrió con dentadura perfecta.
Ritter era un nombre que tenía en el mundo hoy, con una cara.
El hombre volvió a entrar al cuarto de hotel y cerró por dentro la puerta
del balcón. Fue hasta el baño y estiró los brazos por sobre la cabeza.
Miró el espejo, su reflejo, y se concentró. Formó una imagen mental de
la misma cara que tenía ahora, el mismo cuerpo, pero con ojos verdes en
lugar de azules.
Cerró los ojos y los abrió.
Ojos azules lo miraron de vuelta, desde la cara de rasgos duros. Se
encogió de hombros y suspiró. Era como siempre; no podía cambiar sus
ojos.
Con otra encogida de hombros, salió hacia el dormitorio, se desvistió, y
se metió a una cama por la que ya no sentía ninguna necesidad real.
Pero era un ser de costumbres, y el sueño era una de ellas. Cerró los
ojos, y ordenó que el sueño viniese.
El sueño vino, con imágenes gloriosas, de cenizas dispersas en los
vientos de una perfecta destrucción.
