Aguas bajo la tierra
Un fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum
Versión castellana de Miguel García
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Capítulo 8: Se alza la sombra de la vida
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Desde su lugar detrás de la mesa, Yoko miraba la gran estancia. El piso
era de madera, las paredes de piedra gris, iluminadas por antorchas
vacilantes, insertas dentro de arandelas fijadas a las paredes. Al fondo
de la estancia, en el muro de quince metros de ancho y seis de alto
había labrado un círculo de apariencia simple, cuyo perímetro en relieve
sobresalía algo menos de un metro desde la pared. Solo una inspección
cuidadosa hubiera permitido a un observador ver que la línea que
formaba círculo se trenzaba sobre sí misma, como una cinta de Moebius,
y que por tanto tenía un único lado. El anillo que Yoko llevaba en un dedo
era igual, hecho de plata. Un círculo eterno, sin principio ni final.
El cuerpo largo y delgado de Denkoko yacía en la mesa de piedra ante
Yoko, con las manos cruzadas sobre el pecho, una normal, la otra una
garra tullida. Estaba vestida con su túnica, la celeste claro que había
sido su emblema durante más de la mitad de sus años de servicio. No se
había hecho intento de disimular el golpe que la había matado: su
garganta era un hematoma de gran tamaño, producto de la tráquea
aplastada y el cuello fracturado que habían terminado con su vida.
Yoko sabía el nombre del muchacho que la había matado. Sabía el
nombre de sus padres, dónde había nacido, y los detalles principales de
casi todos los acontecimientos de su vida. El problema era que no tenía
idea de dónde estaba Ranma Saotome en este preciso momento.
Yoko, vestida con su túnica gris oscuro, dio una vuelta en torno a la
mesa, junto a las doce otras integrantes de alto rango del Círculo Eterno.
Detrás de sus gafas oscuras, los ojos de Yoko se posaron en Yamiko,
cuya túnica era de un color más negro que la noche y en la cual
danzaban sombras; y sobre Kumiko, aún vestida con la furiosa vorágine
de trece colores, los usados por todas las demás integrantes del Círculo
Eterno, salvo la de mayor jerarquía.
Ni bien fuese Denkoko consignada a su muerte, Kumiko se quitaría la
túnica que llevaba ahora y asumiría su nuevo puesto. Normalmente las
trece estaban dispersas por todo Japón, una por cada ciudad importante.
Desde estas vigilaban a sus varias marionetas, y tiraban de sus hilos en
una dirección u otra. Se reunían todas en un lugar como este solo por
dos motivos: para consignar a una de ellas a su muerte, o para su
asamblea anual.
Por delante de la mesa de piedra, a unos tres metros, todas las demás
integrantes del Círculo Eterno residentes en Tokio se arrodillaron, y
tocaron con la frente el piso de madera. Eran alrededor de veinte; el
Círculo no era una organización numerosa. Su poder verdadero lo ejercía
mediante una variedad de peones. Y mediante los Vástagos, desde
luego, que era la congregación donde se colocaba a aquellas mujeres que
deseaban servir pero no poseían talento con la magia, además de a todo
hombre. No había Vástagos aquí. Las exequias de una jerarca eran un
suceso reservado al Círculo Eterno, aunque esta estancia se usara
también para los ceremonias mensuales a las que asistía tanto el Círculo
como los Vástagos. Dichas ceremonias mensuales eran también la razón
de los surcos que acanalaban la mesa de piedra, y de los desagües en el
piso en torno a esta.
—Nos reunimos hoy para consignar a nuestra hermana hacia el corazón
de nuestro amo —dijo Yoko.
Al oírla, las hermanas, genuflexas, iniciaron la letanía fúnebre por otra
integrante caída al servicio de su amo.
—Que los brazos de él la acojan y estrechen, para que el Oscuro la
consuma en su muerte como lo hizo en su vida. Que espere ella el
momento en que nuestro señor venga a arrasar la tierra, a cobrar
venganza contra quienes le traicionaron.
Alzó una mano rugosa y anciana, y se quitó las gafas negras, de cristales
opacados por ambos lados. Miró el ruedo formado por las demás doce
integrantes, sintiendo un pequeño deleite interno al ver que ninguna
podía mirarla a los ojos.
—Nenreiko, se te elige a ti para consignar a nuestra hermana —dijo Yoko,
llevando la mirada a la rolliza pero aún bella mujer vestida con túnica gris
clara.
Nenreiko avanzó un paso hacia la mesa de piedra, evidenciando una
cojera leve. Su pierna izquierda hacía un sonido pesado, sólido, contra
el piso de madera.
—Agradezco y acepto el honor —dijo la mujer, con una voz susurrante,
como las páginas de un libro movidas por un viento seco—. Que mi mano
conduzca a nuestra hermana hasta el corazón de nuestro amo.
Avanzó otro paso, y estuvo junto a la mesa. Extendió una mano y tocó
la frente de Denkoko.
Sucedió en pocos segundos. La piel joven y tersa de Denkoko se surcó
con pliegue tras pliegue de arrugas, y su cuerpo se mustió como una hoja
tocada por una llama invisible. La carne se resquebrajó y desterronó,
disgregándose a polvo, hasta no dejar sobre la mesa sino los huesos
desnudos, con la túnica vacía cayendo sobre ellos. Luego los huesos
pasaron de un blanco limpio a un pardo frágil, y se cuartearon, hasta
desintegrarse en polvo, tal como la carne había hecho.
Terminado aquello, no quedó más que la túnica y una mano derecha
marchita, cortada limpiamente en la muñeca, como con un cuchillo de
una precisión y filo difíciles de imaginar. Las negras ampollas supurantes
que la mano había tenido estando adosada a un cuerpo vivo eran ahora
solo marcas oscuras.
Yoko se adelantó un paso y cogió la mano, luego la alzó a la vista de
todas.
—He aquí lo que queda de nuestra hermana Denkoko. Todo lo demás se
ha ido al corazón del amo. Digno fue su servicio, y digna fue su muerte.
Se volvió para mirar a Kumiko.
—Kumiko, ¿aceptas este vestigio de nuestra hermana, y de sus hermanas
antes que ella, y asumirás el puesto que ocupaba entre nosotras,
uniéndote al Círculo?
—Acepto —dijo Kumiko, con un ansia trémula en la voz, y avanzó.
—Desecha, pues, tu vestimenta —entonó Yoko—. Desnuda llegaste a
este mundo, desnuda asumirás tu puesto. Acércate, y recibe la bendición
del amo.
Kumiko se quitó la túnica multicolor por sobre la cabeza, y se acercó,
desnuda, con la túnica sostenida con cuidado en los brazos. Nenreiko
recibió de ella la túnica y retrocedió, para ocupar el sitio que Kumiko
había dejado al entrar al ruedo.
—Pon tu mano sobre lo que vestía tu hermana —dijo Yoko—, y prepárate
para recibir la marca del amo.
Sin titubear, Kumiko puso su mano derecha, con la muñeca hacia arriba y
los dedos abiertos, sobre la túnica que yacía en la mesa de piedra. Tenía
las pupilas dilatadas, y los labios casi imperceptiblemente abiertos en una
sonrisa. Su expresión era de éxtasis puro.
Yoko extrajo de su respectiva túnica el cuchillo ceremonial, y ejecutó
con este el súbito corte, sintiendo, como cada vez que hacía esto, el
roce sutil y acariciante que el poder del amo ejercía por dentro de su
piel, como un amante.
Entre las hermanas arrodilladas surgió un silencio profundo, cavernoso,
que llenó la estancia, cuando resonó el metal contra la piedra un
momento después.
~ o ~
Una hora después, en su oficina del piso más alto del edificio que
albergaba a Compañía de Software Sen-Atayama, Yoko se sentó ante
el escritorio de madera, que había reemplazado al de mármol destruido
aquella mañana en su junta con Ritter. Ante ella estaba Yamiko; las
demás hermanas de alto rango habían abandonado ya la ciudad,
impacientes por volver a sus propios centros de poder. Kumiko iría a
Yokohama, para asumir el control de la red que había estado bajo
responsabilidad de Denkoko. La proximidad de ambos centros de poder
había puesto siempre a Yoko en conflicto con la otra mujer, y un aspecto
favorable de todo esto era el que Kumiko fuera mucho más complaciente.
Tomar el control de los yakuza hacía doce años había sido una idea
maravillosa, concluyó Yoko. Eran útiles como intermediarios y peones,
mucho más que los intereses corporativos o reparticiones de gobierno
que controlaba o influenciaba. Era como el viejo dicho: para matar a una
serpiente, solo era necesario cortar la cabeza. Y para controlarla, solo
era preciso asirla por la garganta.
Las terceras filas de los carteles criminales de Japón no tenían idea de
quién movía en realidad los hilos. Era sobre los jerarcas que el Círculo
influía, entre los líderes de las familias y sus segundos.
Había muchas maneras de controlar a la gente, pero ella siempre había
preferido el miedo. Como había dicho Maquiavelo, se puede causar amor
a veces, pero temor siempre.
Un gruñido grave por parte de Yamiko la sacó de aquellas ideas. Se
inclinó un tanto hacia adelante en la silla y miró a la otra mujer desde
detrás de las gafas oscuras.
—Sé que estás impaciente por volver a Osaka —dijo Yoko—. Pero hay
asuntos que discutir, Yamiko.
Yamiko emitió un sonido mojado en el fondo de la garganta. Yoko no hizo
sino asentir despacio con la cabeza.
—Primero que todo —dijo Yoko—, en cuanto a la familia y amigos del
muchacho: tengo tantos deseos como tú de vengar a Denkoko. Pero el
que sobrevivamos en las sombras desde hace mil cuatrocientos años no
se debe a la impulsividad, Yamiko. Sé dónde están, los puedo eliminar
cuando quiera. Es innecesario correr el riesgo de exponernos sin tener
certeza de que habrá beneficio. Los mejores rehenes son los que no
saben que son rehenes.
Yamiko entornó los ojos, y un siseo grave emanó desde detrás de la
máscara. Yoko agrió el gesto y golpeó con una palma de la contra el
escritorio. Las palabras que dijo a continuación fueron muy quedas, pero
con una terrible, terrible fuerza tras ellas.
—Escúchame muy bien —dijo—. Tokio es mío. Si quieres matar a alguien
en Osaka, allá tú. Pero mientras yo no lo autorice, no se les toca. La vieja
actuó por cuenta propia, a juzgar por lo que hemos visto. No voy a permitir
que tantos de planificación se arruinen por causa tuya; ya causaron
bastante daño las dos cuando trataron de llevarse al muchacho. Él debe ir
a Jusenkyo, Yamiko. Lo he visto. Debe ir.
Yamiko asintió en silencio, despacio.
—Creo entender lo que Denkoko y tú querían hacer —dijo-. Capturando
al muchacho, podían arrebatarme el control del Círculo cuando el amo las
recompensara. Por suerte para mí, no salió exactamente como lo planeaban,
¿verdad?
Yamiko indicó una lenta negativa con la cabeza.
—El amo no te habría dado más recompensa que la muerte —dijo Yoko—.
Fue una necedad de tu parte creer otra cosa. Esto lo vi venir, Yamiko. Se te
ordenó no tocar al muchacho. Pero lo hiciste, desde luego.
Yamiko emitió una especie de estertor desagradable.
—¿Quieres saber las consecuencias de tus acciones? —dijo Yoko en voz
baja—. Mis redes están rotas, Yamiko. Y te culpo a ti.
Haciendo hacia atrás la silla, Yoko se levantó despacio:
—Ritter piensa que debería matarte. Es más, ofreció hacerlo él mismo.
Creo posible que lo haga de todos modos, aunque le dije que no lo hiciera.
Ya sabes cómo paga él la desobediencia. Y vieras cómo le gusta matar,
Yamiko. Incluso más que a ti. Incluso más de lo que le gustaba a Denkoko.
Diría que incluso más que a Hako, aunque él lo hace muchísimo más rápido.
Los ojos de Yamiko se oscurecieron, y la luz opaca de la oficina pareció
apagarse aún más. La mujer formuló una protesta con su voz horrífica.
—Pero creo que te dejaré vivir —dijo Yoko—. Si me das una buena razón.
¿Puedes darme una buena razón, Yamiko?
Yamiko se metió despacio una mano en la túnica, y cuando la sacó, tenía
en ella cuatro largas plumas blancas.
—Qué útil —ironizó Yoko—. Muy bonitas, Yamiko. ¿Pero para qué son? El
blanco no te sienta. Ni a mí tampoco.
Yamiko se las entregó y habló, forzando su boca para dar forma, por un
instante, a una palabra que sonó vagamente como el habla humana.
Un nombre.
Yoko recibió las plumas y se quitó las gafas para mirarlas, estudiándolas
intensamente. Luego dejó escapar una risa lenta. No fue un sonido grato.
—Extraordinario —le dijo a Yamiko—. Muy, muy bien.
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Ranma miraba a Cologne por sobre las llamas de la hoguera.
—Dijiste que me dirías más cuando acampáramos.
Habían caminado desde esa mañana, luego de bajar de la montaña,
siguiendo caminos secundarios y senderos forestales. Cologne había
impuesto una marcha que lo cansó incluso a él, y que dejó poco espacio
para la conversación, que ninguno parecía desear mucho, aunque Ranma
le había pedido repetidas veces que dijera lo que sabía, de la extraña
transformación que había sentido en el combate, de por qué razones
había hecho esto, de las dos mujeres que los habían atacado. Y cada
vez ella había rechazado las preguntas y dicho que debían esperar a que
acamparan por la noche.
Y ahora habían parado, en un claro situado en lo profundo del bosque.
Por encima, las copas de los árboles arañaban el cielo y restringían la luz
de la luna que llegaba al pequeño herbazal.
—¿Qué te puedo decir? —dijo Cologne desde donde se hallaba sentada,
con el rastrillo cruzado sobre las piernas. Al hablar, pulía de modo ausente
la madera oscura con un paño.
Ranma miró hacia el cielo por entre los árboles y suspiró:
—Qué se yo. Más de esas profecías, o por qué vamos a Ryugenzawa, o
por qué no viniste antes a hablar de esto conmigo. Tú decide.
—Leí hace más de cien años los libros que hablaban de ti —dijo Cologne
después de un momento—. Me los enseñó un amigo, del pueblo del Monte
Fénix. Se llama Samofere, y es el bibliotecario de allá. Ha pasado su vida
entera preparándose para el día en que llegarías a luchar contra Saffron.
Para él, ese era el último presagio.
—¿Presagio de qué?
—De que tú eras quien sospechábamos —dijo Cologne—. Te he observado
atentamente desde que llegué a Japón. Has cumplido decenas de presagios
que me dieron cada vez mayor certeza de que eras tú. Cuando Saffron
cayó contra ti, me fue confirmado.
—¿Que yo soy quién?
—Jusenkyo está hecho de secretos sobre secretos —dijo Cologne en voz
queda—. Capa sobre capa de verdades ocultas, y en su centro el secreto
final. Es mucho menos de lo que fue en otra época. Su gente está
fragmentada, separada por siglos de enemistad, por las divisiones de
sus respectivas culturas.
Cologne suspiró y se inclinó hacia la hoguera, para revisar la olla puesta
en el fuego. El olor de la cocción de los fideos llenaba el aire nocturno, y
hacía agua la boca de Ranma.
—Jusenkyo —siguió Cologne— es un bastión contra la Oscuridad, uno de
los pocos que queda en el mundo.
—¿La Oscuridad? —preguntó Ranma. Algo en el sonido del nombre lo
ponía incómodo.
—La Oscuridad —dijo Cologne—. Solo se le conoce así, en realidad. Es
una fuerza de caos y destrucción, de total malignidad. Y cada generación,
a medida que la población de Jusenkyo se reduce, la Oscuridad se acerca
más y más.
—¿Es un monstruo o algo así? —consultó Ranma.
—Quizá —dijo Cologne—. Nadie lo sabe a ciencia cierta. Solo sabemos que
hay una fuerza, una presencia, algo contrario a la vida del mundo. Y así y
todo, hay quienes eligen servirle.
—Como esas dos mujeres —dijo Ranma.
Cologne asintió. —Sí.
—¿Y qué tengo que ver yo ahí? —preguntó Ranma.
—Tú eres el que unirá la gente de Jusenkyo —dijo Cologne, suavemente—.
Y te seguirán en la lucha contra la Oscuridad.
—¿Qué? —dijo Ranma con voz estrangulada—. ¿Y cómo voy a...?
—No lo sé —dijo Cologne quedamente—. Porque allí terminan las
profecías.
Ranma se puso en pie.
—Esto es de locos. Me da igual lo que digan tus libros y tus profesías. Yo
no soy ni héroe ni nada de eso, y no pienso serlo tampoco.
—¿Puedes negar tu propia alma, tu propio corazón? —dijo Cologne, con
voz calma—. Mira en tu interior, Ranma. Recuerda tus sueños. Recuerda
lo que has hecho. Recuerda lo que está guardado muy dentro de tu ser.
Ranma cerró los ojos, y recordó haber matado a una mujer hacía poco
más de un día.
—Yo no pedí esto.
—Y yo no pedí lo que soy ahora —dijo Cologne—. Pero no luchar contra
la Oscuridad es casi ser parte de ella.
Ranma asintió, despacio. —Sí. Cómo no. —Volvió a sentarse y soltó un
bufido—. ¿Y ahora? ¿Por qué vamos a Ryugenzawa?
—Ya puedes salir y sentarte junto al fuego —dijo Cologne, pero no a él—.
No voy a dejar de hablar solo porque estás aquí.
Kima salió desde detrás de un grupo de árboles cercano al borde del
claro, pareciendo un tanto abochornada. Sobre su hombro iba la silueta
de plumas negras de Shiso, con ojos negros que reflejaban la luz del
fuego.
—Solo escuché un momento —dijo Kima.
Se sentí a un lado de la hoguera; Shiso saltó de su hombro al suelo y
empezó a acicalarse las plumas. Kima estiró un ala larga, de plumas
blancas, y la miró con gesto disconforme, sobándose el lugar del hombro
desde el cual brotaba el ala.
—Me llevó un buen rato encontrarlos —terminó.
—Tuvimos que elegir un lugar lejos de donde nos pudieran encontrar
—dijo Cologne.
Kima asintió con la cabeza, y se envolvió con las alas a modo de capa,
mirando el fuego en silencio.
Shiso cruzó trotando por el suelo para llegar a mirar a Ranma, con ojos
de noche que brillaban con la luz del fuego.
—¿Qué? —preguntó Ranma.
El pájaro batió las alas, se elevó y posó su pesado cuerpo sobre el hombro
de Ranma, con las garras sujetando de manera holgada la camisa del
muchacho.
—Oye, ¿qué quieres? —dijo Ranma.
—Déjalo que esté ahí —masculló Cologne—. Es completamente
inaguantable si no tiene donde encaramarse cuando quiere hablar.
—Ryugenzawa queda a poco más de doce kilómetros de aquí —dijo Shiso
con voz graznante—. A vuelo de pájaro.
Soltó una risa leve y frotó la cabeza contra el cuello de Ranma. Ranma
apartó la cabeza de un tirón, la volvió para hacia el pájaro y lo miró a los
ojos.
(... los nombres son como haces de luz, multicolores, fragmentarios,
innumerables, y él no puede retenerlos, no puede retenerlos, y el cuervo
sigue susurrando...)
Ranma miró las profundidades de los ojos del ave, hipnotizado, y los
puntos de la luz del fuego en esas esferas de negro sin fondo eran
estrellas de medianoche inmersas en el mar del espacio. La rabia y
hastío de Ranma murieron en él, mustios, hasta volar cual polvo.
(... y ahora oía el nombre final, y es el nombre de él, su nombre, su
verdadero nombre, el nombre que es el final, y el cuervo deja de hablar
un momento, y luego dice "Olvida".)
—¿Qué cosa eres? —le musita él suavemente al cuervo.
—¿Ranma?
Ranma se volvió para mirar a Cologne, mientras Shiso se acomodaba más
en el hombro de él.
—¿Sí?
—Ryugenzawa tiene un lazo con Jusenkyo más antiguo que casi todo en
la tierra —dijo Cologne—. Así como Jusenkyo tiene en sus aguas el poder
del cambio, Ryugenzawa tiene en sus aguas el poder de la vida. Vamos
allá para ayudarte a entender aquello que te impulsa al combatir.
Ranma asintió despacio. —No estoy seguro...
—La comida está lista —dijo Cologne de pronto, poniéndose en pie, para
luego acercarse a la olla que hervía en la hoguera—. Y lo que es yo, me
muero de hambre.
Ranma se encogió de hombros, y dejó las preguntas en favor de la
comida.
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Terminada la cena, Ranma se sentó bajo un árbol, solo, al borde mismo
de la luz del fuego. La noche era cálida, y desde donde estaba podía ver
las estrellas brillar en el cielo.
Kima y Cologne estaban al lado contrario del claro, y sus voces se
elevaban hacia la noche, demasiado bajas como para que él oyera, la voz
juvenil de Cologne entremezclada con el acento extraño y musical de
Kima. Hablaban ahora en chino, de todos modos, a juzgar por los pozos
retazos de conversación que alcanzaba a oír.
—Pareces bien acostumbrado a viajar —dijo alguien por sobre su cabeza.
Miró hacia arriba y vio a Shiso. El cuervo tenía la cabeza ladeada, con un
ojo mirándolo desde el sitial del pájaro sobre una rama.
—Anduvimos por muchas partes con mi padre —dijo Ranma en voz queda.
El ave saltó a una rama más baja, con un batir de alas:
—Te ocurre a menudo.
Ranma se inquietó un tanto, por una razón que no pudo precisar.
—¿Y eso qué significa? —dijo.
—Nada, no pongas cuidado —dijo el cuervo, con un encogimiento de las
alas.
—Eres un pájaro bien raro, ¿sabes?
Shiso soltó una risita, su pico chasqueando con la risa:
—Cierto.
Sin saber bien por qué, Ranma extendió un brazo, con la palma hacia el
suelo. Shiso asintió de manera cordial, y, con un breve batir de alas,
bajó para posarse en la muñeca de él, con las garras apretando
suavemente.
—¿Qué eres, en realidad?
El ave lo miró con un ojo oscuro, con aire sabio:
—¿Que ya no me lo preguntaste?
—No creo.
—Soy lo que ves —dijo el ave.
—¿Eres mascota de Kima o algo así?
Las garras se apretaron fuerte contra la piel de él, y el ave pareció tan
ofendida como era posible en una cara no hecha para expresar
emociones profundas.
—No soy ninguna mascota —dijo Shiso—. Soy muchas cosas, pero no soy
ninguna mascota.
—Perdona si te insulté o algo —dijo Ranma—. Es que nunca había visto
un pájaro que habla.
El ave relajó la sujeción, y en cierto modo logró comunicar, por la
disposición de su pico, algo similar a una sonrisa.
—Perdonado —dijo.
Ranma ajustó un tanto la posición para recostarse contra el árbol.
—Pero y, ¿qué tienes que ver en todo esto, pájaro?
—Muchas cosas —dijo Shiso, alborotando algo las plumas—. Soy un
mensajero, un intercesor, un portador de noticias, una idea. Ni más, ni
menos.
—¿Eh?
—¿Tienes alguna pregunta?
—Sí.
—Pregunta.
—¿Qué me puedes decir?
Los ojos del cuervo relucieron como joyas oscuras:
—Pregunta y verás.
—Bueno —dijo Ranma, y suspiró—. ¿Qué tal la tercera pregunta que hice,
la que Cologne no me contestó? ¿Por qué hizo las cosas de esta manera?
La cabeza del cuervo subió y bajo mientras subía un tanto por el brazo
de Ranma.
—Pese a lo que pueda parecer —dijo—, ella no lo sabe todo ni es
infalible. Es igual de humana que tú, sujeta a las mismas flaquezas, los
mismos desaciertos, los mismos errores de juicio. Ella trató de hacer lo
que creyó mejor. Quería liberarte a ti de los ojos de quienes te vigilaban,
para proporcionar seguridad a tu familia y amigos.
El ave echó la cabeza atrás para mirar al cielo:
—Y también quería ayudar a su bisnieta, si le era posible. No todo salió
como ella planeaba. En realidad, casi nada, salvo por el hecho de que
estás con ella. Pero la suerte ya está echada, Ranma Saotome.
—No sé por qué —dijo Ranma suavemente—, pero creo te conozco. No
entiendo por qué, ni cómo, pero...
—Chsst... —dijo el cuervo—. Todo se aclarará después.
Ranma dejó de hablar, y llevó los ojos desde el cuervo hacia el cielo de la
noche, y luego de vuelta a los ojos del ave posada en su brazo.
Poco a poco, lentamente, cayó en la cuenta de que el negro del cielo
nocturno y el negro de los ojos del cuervo eran iguales. No supo de
dónde le vino la idea, pero vino.
—Soy más de lo que parezco —dijo el curvo delicadamente, con una voz
llena y cálida—. Y tú también.
La luz de la hoguera bailaba en sus ojos, y el fuego de las estrellas y en
el fuego en los ojos del cuervo eran lo mismo. Ranma sintió como si
aquellos ojos pudieran tragarlo, sorberlo como un torbellino y hundirlo a
profundidades que superaban todo concepto.
Había algo allí, algo en esa mirada, algo portentoso, digno de asombro,
respeto, y también algo de miedo. Algo ancestral, sabio, e imposiblemente
triste.
—¿Qué eres? —susurró Ranma, e hizo la pregunta por tercera vez, una
pregunta que algunos pasan la vida entera tratando de responderse.
El cuervo abrió el pico para hablar, para intentar, quizá, formular en
palabras simples su propia existencia, su propósito. O quizá no.
Una sombra cayó sobre Ranma.
—¿Ranma?
El muchacho alzó la vista para mirar a Cologne. —¿Sí?
—¿Quisieras un combate de práctica conmigo?
Él pestañeó, luego, con la cabeza, indicó que no.
—¿Tú? ¿Dejando pasar una oportunidad de pelear? —dijo Cologne con voz
de extrañeza.
—No es eso —dijo Ranma suavemente, moviendo la cabeza en negativa
mientras se ponía en pie. Shiso voló desde su muñeca y volvió al lugar
donde había estado en la rama del árbol.
—¿Entonces qué es?
Ranma cerró los ojos. —Me preocupa que pueda...
Suspiró, con los hombros tiritando un poco:
—Que pueda perder el control de nuevo. Que pueda...
La fractura de un cuello de mujer.
Inspiró larga y frágilmente, y se volvió, para recargarse con los brazos
rectos contra un árbol, sintiendo la corteza áspera contra las manos.
—No sé qué hacer...
Cologne le puso una mano en el hombro.
—Ranma, mírame.
Despacio, con una fuerza que no se condecía con su tamaño, Cologne
hizo volverse a Ranma para mirarla a los ojos.
—No puedes escapar de esto —dijo Cologne—. Siempre te alcanzará. Es
parte de ti. Puedes tratar de escapar, y permitir que te domine, o puedes
enfrentarlo.
—¿Cómo voy a enfrentarlo? —dijo Ranma—. Es demasiado fuerte... Es
como el puño de gato, pero peor. Al menos cuando me da la locura esa
no me acuerdo de nada.
—Esto al puño de gato lo que una montaña a un guijarro —dijo
Cologne—. Estos tiempos te cambiarán, Ranma. Pero dudo que te
cambien tanto que enfrentarlo te dé miedo. Considéralo un adversario
más, Ranma. Uno que puede convertirse en aliado, si tan solo logras que
no te controle.
Ranma asintió con la cabeza, despacio.
—Tienes razón. tengo que enfrentar esto.
—Empecemos, entonces —dijo Cologne, y retrocedió algunos pasos. Su
cuerpo ajustó la postura, tan sutilmente que fue casi imperceptible—.
Pero no veas esto como un duelo de vida o muerte, Ranma. Es solo un
combate de práctica. Dudo que tengas dificultades para controlarte.
Ranma avanzó, sorprendido por lo relajado que se sentía. En realidad,
siempre se había sentido más cómodo en combate que haciendo cualquier
otra cosa.
Sonrió, lentamente, aliviado de descubrir que no tenía nada en la cabeza,
ni fuego, ni hielo, ni pensamientos que no eran de él. Se sentía calmo,
dueño del control.
Con el rabillo del ojo, vio a Shiso posarse junto a Kima, allí donde la mujer
alada estaba sentada junto al fuego. Ranma volvió a poner la mirada en
Cologne: la joven de ojos ancianos se balanceaba ligeramente sobre los
talones, con la cara neutra, en posición perfecta, y lista.
—Eso —dijo él—. Empecemos.
Y empezaron.
~ o ~
Sentada junto al fuego, Kima miraba a los dos combatientes, siluetas
débilmente iluminadas en la luz vacilante. Se movían como sombras,
formas imprecisas que parecían a ratos fundirse con la noche, como una
parte inseparable del aire oscuro.
No había sido justo evaluarlo a él contra Saffron, concluyó. No era la
especie de combate que este estaba habituado a librar. Saffron era
poseedor de un poder inimaginable, incluso después de su transformación
frustrada, parcial, pero carecía de destrezas de lucha. Había sido una
tempestad de fuego, de un poder salvaje y caótico, completamente
imparable.
Y sin embargo Ranma lo había detenido. Lo había superado en
resistencia y doblegado, mediante destreza, suerte y una perseverancia
tozuda que rayaba en la demencia.
Y durante todo aquello, el enfrentamiento había cambiado el flujo de los
manantiales, y devuelto al monte su gloria. No habría ya necesidad de
traer agua del exterior. Las cámaras dedicadas antaño a la agricultura
podían abrirse otra vez, todos los lujos negados al pueblo por la falta de
agua podían ser de nuevo parte de la vida en la montaña.
Y poco a poco, poco a poco, podía ella ver a su gente fortalecerse de
nuevo. No lo vería en los años de su vida, desde luego. Ni en los años
de la vida de sus sucesores, ni de sus hijos, ni los hijos de sus hijos.
Llevaría tiempo.
Pero tiempo tenían, ahora. Todo habría estado bien, excepto por el
peligro inminente del que hablaban los libros. Todo habría estado bien
de no ser por lo que había visto ella misma bajo Jusendo.
Venía la Oscuridad. Lo sabía, en lo profundo del alma. Y el único, según
los libros, capaz de hacerle frente era él. No entendía ella por qué; no
aún. Quizá nunca lo entendería.
Plumas negras rozaron contra su pierna; miró hacia abajo, a Shiso.
—¿Sí?
—Muy callada —comentó el ave.
Kima pasó ausentemente sus dedos terminados en garras por el plumaje
oscuro del cuervo, que gorjeó un sonido de placer.
—Solo estaba absorta mirándolos, supongo —dijo ella.
Eran bastante formidables, ambos fenomenalmente veloces,
extraordinariamente avezados.
Y Ranma se mantenía casi a la par, cosa asombrosa por sí sola,
considerando que Cologne tenía, a entender de Kima, más de un siglo
de experiencia más que él.
Los vio colisionar como un choque de estrellas, intercambiar una
confusión de cientos de golpes demasiado rápidos para el ojo, luego
apartarse de nuevo. Hacían saltos que los impulsaban a metros sobre la
copa de los árboles, para luego combatir en el aire. Llevaban ya dos
horas en eso, y ambos se estaban conteniendo. No había nada más que
combate puro cuerpo a cuerpo, sin usar nada más que velocidad,
destreza y fuerza.
Cologne saltó, y Ranma la siguió. Se encontraron a casi quince metros
por sobre el suelo, y descendieron en una combinación caótica de golpes
de pies y puño que finalizó a tres metros de la tierra, cuando Cologne
ejecutó una patada con barrido que penetró la defensa de Ranma y lo
hizo tumbarse al suelo.
Cologne cayó como una lanza, posicionando el cuerpo hasta conformar
un clavado, con las manos extendidas por delante. Ranma rodó, y la
fuerza del impacto de Cologne proyectó tierra y piedras un par de metros
en el aire, y dejó un cráter de casi metro y medio.
Ranma estuvo sobre ella en un momento, poniéndola a la defensiva, y
ejecutó ataque tras ataque, todos los cuales Cologne esquivó, bloqueó
y desvió.
Entonces Cologne contraatacó, fulminantemente, en un golpe a mano
abierta que pareció casi delicado al conectar los cuatro dedos rígidos
contra el esternón de él. El impacto lo sacó despedido a tres metros,
rodando a tumbos hasta chocar contra un árbol, con una fuerza que
sacudió el tronco y las ramas.
Y, como cada vez que ella lo había derribado, Ranma volvió a ponerse en
pie e irse sobre ella. Tenacidad al extremo de lo irracional.
Poco a poco, las llamas de la hoguera se fueron reduciendo, hasta que
no quedaron más que cenizas, y aún miraba Kima a los dos continuar la
pelea, a la luz de la luna y las estrellas, sombras inciertas que parecían
danzar juntas, en un silencio que solo se interrumpía con algún ocasional
grito de combate.
Y por fin, pararon. Ninguno había ganado; pareció de común acuerdo,
una decisión mutua tomada sin palabras. Juntos, volvieron hasta los
vestigios de la hoguera, entre traspiés producto del cansancio o los
golpes.
—Hace mucho años —dijo Cologne— que no tenía una práctica como esa.
Ranma asintió con la cabeza en gesto de concordancia, y se pasó una
mano por el flequillo, que colgaba laxo y mojado de sudor sobre su frente.
—Yo nunca en mi vida había tenido una práctica como esa.
—Has mejorado —dijo Cologne, sentándose. La luz exigua de la luna y las
estrellas permitió a Kima ver que la otra mujer sonreía—. Lo había visto,
pero dejé pasar demasiado tiempo sin ponerte realmente a prueba.
—Tú eres igual de buena que como recuerdo —dijo Ranma, tumbándose
de espaldas en el suelo, mirando al cielo, con los brazos y piernas
extendidos—. Y te frenaste un poco, ¿cierto?
—Tal vez un poco —dijo Cologne—. Pero tú también.
—Tú estás mejor que antes también —dijo Ranma.
—La juventud tiene sus ventajas —dijo Cologne suavemente.
—Ambos son muy diestros —dijo Kima después de un momento—. Ya me
preguntaba si irían a parar algún día.
—¿Tuviste algún problema para mantener el control? —preguntó Cologne,
mirando hacia Ranma—. Y haz el favor de sentarse derecho. Es indecoroso
tirarse así en el suelo.
Ranma se incorporó sobre los codos y la miró:
—¿Sabes?, ni me había acordado de eso. Pero no. Ningún problema.
La sonrisa de Cologne se ensanchó. Ranma la miró, y su cara imitó
despacio la de ella.
—¿Entonces ya se fue? —dijo.
Cologne meneó la cabeza. —No. Pero ya ves que sabe la diferencia
entre amigo y enemigo, ¿no? No es una cosa separada de ti. Es, en lo
fundamental, guiada por ti.
Ranma asintió despacio. —Eso.
El muchacho suspiró y se incorporó del todo hasta quedar sentado
derecho, luego recogió una rodilla y descansó sobre ella el mentón.
—Pero ¿qué significa, Cologne? Ayer maté a alguien. ¿O sea que en
el fondo soy asesino?
—¿Te parece que en el fondo yo soy asesina? —dijo Cologne en voz
baja—. ¿O que Happosai lo es?
Ranma la miró. —No, tú y él no son...
—Y sin embargo los dos hemos matado en nuestras largas vidas —dijo
Cologne—. El que a veces uno se vea obligado a matar no significa que
uno tiene esencia de asesino.
—¿Happosai? —dijo Ranma—. No, no lo veo en...
Cologne lo miró, con los ojos un tanto entornados.
—Y tampoco te veo a ti, claro —se atropelló en decir él—. No quise decir
que... Ehm...
—Happosai es mucho menos de lo que podría hacer sido —dijo Cologne,
con la voz teñida de pesar—. No era completamente distinto de joven,
pero era más de lo que es ahora.
Ranma echó hacia atrás la cabeza y miró hacia el cielo.
—Ojalá Akane y todos los demás estén bien.
—No dudo que lo están —dijo Cologne—. También me preocupa mi
bisnieta. Pero, a veces, el mejor modo de proteger a las personas es
alejarse de ellas.
Los dedos de Ranma dibujaron un contorno en la tierra del bosque.
—¿Y qué hacemos después de Ryugenzawa?
—No tengo la seguridad, realmente —admitió Cologne—. Allá veremos qué
sucede.
—Yo, por mi parte, tengo que volver al hogar de la montaña después
de Ryugenzawa —dijo Kima en voz queda—. Llevo demasiado tiempo
ausente.
Ranma suspiró y asintió. —Bueno, da igual.
—Más vale dormir antes de que amanezca —dijo Cologne—. Tengo que
reconocer que estoy bastante cansada. Estos viejos huesos necesitan
descanso.
Eso produjo una risa suave en los tres, aunque la broma no había sido
muy graciosa. Pero eran tres personas, lejos de sus hogares, lejos de lo
que conocían, implicadas en algo que ninguno comprendía bien. Y las
personas deben procurarse consuelo donde sea posible encontrarlo, y
muchas veces la risa es el único consuelo que queda.
—Que descansen —dijo Cologne suavemente.
Se levantó, dio los pocos pasos hasta el lugar donde estaba su capa gris,
la recogió del suelo y la plegó hasta hacer una almohada delgada, para
luego tenderse junto a las cenizas de la hoguera. Pronto, empezó a oírse
un ronquido desde ella.
Shiso caminó por el suelo y fue hasta Cologne, con un sonido de
contento al acomodarse junto a ella.
Ranma miró a Kima, luego habló, dubitativo:
—¿Y qué pintas tú en todo esto?
—Tengo un deber para con mi pueblo —dijo Kima, rígidamente, y se
levantó del suelo, sacudiendo un tanto las alas.
—Ese deber incluía secuestrar a mi prometida y casi matarme y a mis
amigos, hace poco —preguntó Ranma.
Kima lo miró, impasible. —Ya no.
Ranma se puso en pie y avanzó hasta ella. Eran de similar estatura, y él
la miró directo a los ojos:
—Como que le creo a Cologne en todo esto. Pero no hallo muchos motivos
para creerte a ti.
Kima ladeó la cabeza y lo miró con gesto hostil.
—Francamente —dijo—, no me interesa si me crees o no. Si quieres
alguna razón, tal vez puedas recordar quién proporcionó la distracción
cuando te estaban prácticamente matando a golpes.
Ranma hizo un leve gesto dolorido.
—Bueno, está eso, al menos. Gracias.
Kima asintió. —Buenas noches, Saotome.
—Buenas.
La joven se tendió en la manta que había extendido en el suelo
anteriormente, se envolvió con las alas, y empezó el lento proceso de
conciliar el sueño. Ranma la miró un momento, y partió a buscar su
propio descanso, el que pudiera.
~ o ~
Yoko miraba hacia la noche, por el ventanal alto y ancho de la sala de
conferencias. Sus ojos evaluaron la posición de la luna. Sin volverse,
habló:
—Unos minutos más.
Yamiko sibiló detrás de ella y se acuclilló para revisar el símbolo trazado
en el piso. A un costado de la sala estaba la gran mesa de conferencia,
que habían movido hacia un lado para hacer espacio al símbolo.
El símbolo en sí era una figura compleja, un diseño intrincado, hecho
al principio con tiza en el piso, luego trazado sobre la tiza con una
combinación de sales minerales, ciertas especias raras, y hueso
pulverizado de conejo, ciervo y aves. El diseño mostraba a veces trece
lados, a veces catorce, a veces hasta diecisiete, dependiendo de por
dónde se viera; las líneas parecían variar cuando no se les miraba. En
el centro del diseño yacían cuatro plumas blancas, dispuestas según los
cuatro puntos cardinales.
—Me honra la oportunidad de servir —dijo la mujer joven y bonita que
estaba de pie junto a la mesa. Vestía una túnica que era vorágine
delirante de trece colores, y su cabello castaño estaba atado en una
coleta corta que le llegaba a los hombros—. ¿Qué debo hacer?
—Solo quedarte allí —dijo Yoko—. Yamiko y yo haremos el trabajo. Serás
necesaria después, Miyoko.
Miyoko asintió con la cabeza. Yoko escondió una sonrisa de sorna al ver
la patente avidez de la chica; esta no había aprendido aún la importancia
de la disciplina y el autocontrol. Difícil que pudiera aprenderlas ahora.
Yoko volvió a comprobar la posición de la luna, luego se volvió e hizo una
seña afirmativa con la cabeza.
—Yamiko —dijo—, ten la bondad de empezar.
Yamiko inició una letanía, con una voz como emanada de una catacumba.
Al comienzo hablaba lento, cada palabra pareciendo arrancada de su
garganta.
Yoko se puso del otro lado de símbolo y empezó por su parte una letanía
rápida y de tono agudo, hablando en una combinación de media docena
de lenguas muertas.
Despacio, la voz de Yamiko se aceleró a medida que la de Yoko se
ralentizaba. Al desplazarse poco a poco la luna por el cielo, las voces
de ambas mujeres se acercaban cada vez más a la misma velocidad, al
mismo tono.
Minuto a minuto entonaron la letanía, acercándose con cada segundo al
apogeo del contrapunto, cuando sus voces, durante solo un momento, se
fundirían en una sola.
Aquel momento llegó justo en el punto intermedio entre la puesta y salida
del sol. El símbolo trazado en el piso empezó a pulsar, como el latido de un
corazón agigantado, con la tiza blanca oscureciéndose paulatinamente
hasta ser una palpitante mancha negra en el piso, los ingredientes
pulverizados danzando en el aire cual motas de polvo visibles contra un
haz de luz.
Las voces de ambas mujeres se sobrepasaron mutuamente, la de Yamiko
ahora apresurándose, la de Yoko haciéndose más lenta. El pulso del
símbolo se hizo más y más visible, y la sala completa empezó a zumbar
con un sonido grave, eléctrico, como de un generador enorme.
Electricidad estática crepitó por el cabello y ropas de las tres mujeres
presentes en la sala.
Una espiral casi inmóvil de niebla densa empezó a aparecer en el centro
del símbolo, elevándose despacio hacia el cielo raso, expandiéndose y
creciendo. A medida que se incrementaba el pulsar y el retumbo de la
energía, la espiral se movía más y más lento.
Y entonces la voz de Yoko alcanzó el tono con el que Yamiko había
empezado, y Yamiko alcanzó el opuesto. Toda la luz, de los tubos
fluorescentes del techo y las estrellas de afuera, se volvió oscuridad por
un solo instante, una oscuridad pura, que se pegaba a las manos y a la
cara como brea, que sofocaba a la luz.
Y cuando la oscuridad se fue, había una persona en el centro del símbolo.
La carga de energía que había llenado el aire ya no estaba; el símbolo
había dejado de pulsar.
El hombre en el centro del símbolo no era alto, pero había un poder en él,
una cosa magra y hambrienta, como inanición revestida de carne. Su
cabello era gris acero, y su rostro moreno y agraciado estaba cruzado
con decenas de cicatrices pálidas. Estaba vestido con un chaleco del
mismo tono de su cabello, y pantalones negros holgados, ceñidos a la
cintura con un cinturón de cuero café claro. Sus ojos eran dorados,
pupilas negras nadando en unos iris que reflejaban la luz con un brillo
metálico. Alzó una mano y flectó los dedos delante de su cara, como
maravillado con su propia existencia.
Entonces pareció advertir la presencia de las demás personas de la
sala. Se agachó y acuclilló en el piso por un momento, luego se
irguió de nuevo, con las cuatro plumas blancas en la mano.
—¿Estas son el lazo? —dijo, y en una parte lejana de su voz algo aullaba,
un grito de cacería, un sonido de avidez y furia asesina, tan viejo como
el tiempo.
—Sí, Galm —dijo Yoko.
El hombre de ojos dorados se llevó las plumas a la nariz y las olió
delicadamente, como a un vino selecto.
—Interesante —dijo—. No un viejo mafioso esta vez. Hace tiempo que
no veo una presa de este tipo.
—¿Pero la has visto? —preguntó Yoko.
Galm asintió despacio con su cabeza cicatrizada:
—Desde luego. Hace mucho, mucho tiempo. Pero la he visto.
Se llevó las plumas a los labios, y pasó brevemente la lengua por ellas,
saboreándolas. Una sonrisa lenta creció en su cara. Sus dientes eran
blanquísimos.
—Será interesante. Mujer. Joven. En la flor de la vida.
—No debes matarla.
La sonrisa se hizo un gesto de descontento.
—¿Y qué pretendes que haga, entonces?
—Debes seguirla —dijo Yoko, imperativa—. Hasta que lleguen a Jusenkyo.
La mujer a la que el lazo te guiará conocerá el paradero de un muchacho
llamado Ranma Saotome. Una vez que estés en Jusenkyo, debes buscarlo
y capturarlo. Vivo.
El descontento de Galm pareció profundizarse; su rostro evidenciaba
confusión, como el de un niño que no comprende algo.
—No me gusta. Jamás se ha hecho así antes.
—Vienen nuevos tiempos —dijo Yoko, con una encogida de hombros—.
¿Comprendes? Debes llevar al muchacho a las pozas. Una vez allí,
contáctanos mediante el lazo.
—¿Y luego? —preguntó Galm, ansioso.
—Luego puedes matar a la presa —dijo Yoko simplemente—. Y a todo lo
demás que quieras. Excepto a Ranma Saotome.
—Ahora entiendo lo que haces —dijo Galm, guardándose las plumas en
el cinturón claro—. Tú no puedes ir allá, así que me usas como tu mano.
Yoko asintió. —Astuto como siempre.
—Espero el día en que pueda devorar tu corazón, Yoko —dijo Galm
tranquilamente. Volvió a sonreír, y sus dientes eran blancos como la
nieve y duros cual diamantes.
—Claro que lo esperas —dijo Yoko, asintiendo—. ¿Aceptas las condiciones
del pacto esta vez, como cada vez antes?
—Acepto —dijo Galm—. ¿Tienes lo que exijo cada vez?
—Lo tengo —dijo Yoko, y señaló a Miyoko, que había estado de pie más
allá, casi boquiabierta viendo todo aquel diálogo.
Yoko miró a la mujer más joven y sonrió:
—Bueno, acércate, muchacha. No tengas miedo.
La espalda de Yoko se enderezó y la joven avanzó.
—¿Sí, Yoko?
—Hay una oficina desocupada al final del pasillo —dijo Yoko—. Llévalo allá
y... demuéstrale lo que sabes hacer.
La cara de Galm se contorsionó en una expresión que hizo a Miyoko
trastabillar un tanto.
—Yoko, yo...
—¿Me desobedeces? —dijo Yoko, y su voz era muy suave, de la misma
forma en que el metal fundido es suave.
—No —dijo Miyoko, sacudiendo la cabeza. Le extendió una mano a
Galm—. Ven.
Galm extendió una mano y asió la de ella. —Sí.
Los dos salieron de la sala de conferencias, y era casi imposible decir
cuál de los dos conducía a quién.
Yamiko miró de soslayo a Yoko, e hizo una pregunta con su voz terrible.
Yoko hizo un gesto algo dolorido, algo similar a pesadumbre:
—Fue geisha hasta hace tres años. Había adquirido la costumbre de
torturar a algunos clientes hasta matarlos para sacarles dinero. Y sucedió
que se lo hizo a un funcionario menor del gobierno, que estaba bajo mi
protección. La creí promisoria, pero me equivoqué. No tiene la disciplina
ni el control. Y la chispa de poder en su interior es débil, cuando mucho.
—Se encogió de hombros—. Ahora da igual. Al menos será útil para algo.
Una risa húmeda provino de Yamiko.
Las dos mujeres esperaron un momento. Pronto, empezaron los gritos.
Que siguieron durante mucho rato.
~ o ~
La primera luz del alba encontró a Cologne sentada a alguna distancia del
claro en que había pernoctado, con la espalda apoyada contra un árbol y
las piernas cruzadas por delante.
Los cambios que el agua de la Nyannichuan había producido en ella no
parecían haber afectado a casi ninguna de las técnicas que había usado
para prolongar su vitalidad con el paso de los años, técnicas conocidas
únicamente por unos pocos artistas marciales en todo el mundo. Seguía
necesitando poca comida o agua, y aún menos sueño. Seguía siendo
capaz de comer, beber y dormir, pero podía prescindir de todo aquello
de verse en la obligación. Se habían vuelto similares a muchos otros
aspectos de su vida a los largo de los años: cosas placenteras pero no
necesarias.
Miró hacia el borde del horizonte cuando la primera franja de claridad
rompió por sobre este como una orla de oro fundido, luego apartó los ojos
de la luz y miró al objeto que tenía equilibrado encima de las piernas.
—Pero ¿cómo te escapaste de allá? —dijo a media voz, pasando los
dedos sobre la vara de madera negra, que había quitado ayer desde el
cuerpo de la mujer.
El arma debía de haber estado en el cuarto secreto y sellado del que solo
sabían las integrantes del Consejo, no en manos de una mujer que había
tenido la intención de matarlos a todos y capturar a Ranma.
Pensó en las integrantes del Consejo, e intentó determinar a cuáles
consideraba ella sinceramente sin el potencial de venderse en pos de
poder o ganancia.
Solo se le venía una a la mente. Cerró los ojos y descansó la cabeza
contra el árbol. Era demasiado funesto de contemplar. El pueblo del que
ella tanto se enorgullecía, cuyo espíritu guerrero no se había quebrantado
jamás en toda su historia, ¿cómo podía alguna de ellas, máxime una
integrante del Consejo, servir voluntariamente a un poder como el que
había guiado las manos de las dos mujeres que habían enfrentado ayer?
Y sin embargo ahora tenía una prueba. Una prueba concluyente, para
ella al menos. Y ahora, cuando su tribu más la necesitaba, no podía
estar allá.
Cuando su bisnieta más la necesitaba, no podía estar con ella. Tenía más
de diez razones para hacer esto. Pero pese al bien mayor, ¿por qué cada
vez que cerraba los ojos aparecía la imagen de su ser más querido
llevándose un puñal al corazón?
—Buenos días —dijo Ranma, situándose a su lado, descansando la
espalda contra el mismo árbol que ella.
El muchacho miró la vara que tenía sobre las piernas, y Cologne vio un
instante de repulsa pasarle por la cara.
—¿Y para qué andas con eso?
—Solo lo miraba —dijo Cologne—. Trataba de entender cómo pudo salir
de la aldea y caer en manos de esas mujeres.
—Tal vez tienen a alguien dentro de las amazonas —dijo Ranma luego de
encogerse de hombros—. Digo, no creo que sea tan difícil. Hace unas
cuentas generaciones llega alguien de fuera, empieza a tener hijos, y
todos trabajan para el Círculo Eterno ese, sea lo que sea.
—No lo entiendes —dijo Cologne con voz reposada—. A Jusenkyo se
le llama bastión contra la Oscuridad por un motivo. Tiene ciertas
protecciones que lo rodean y protegen de todo daño. Es muy difícil que
alguien que desee mal contra la gente o la tierra pueda entrar siquiera.
Si entran, todo les resulta desfavorable; pronto se les detecta, o
simplemente desaparecen. Se dice que en el pasado la tierra misma se
alzaba contra todo peligro. Si hay traidores entre las joketsuzoku, me
parece más probable que estén entre nosotras, no que vengan del
exterior. Sería muy difícil para alguien que no está en el Consejo
conseguir permiso para siquiera ver el cuarto en que se guarda esta
arma.
—¿Y qué es, a todo esto? —dijo Ranma, estremeciéndose al mirar la vara.
—Ninguna lo sabe a ciencia cierta —dijo Cologne, manteniendo la vara
contra sí, sujeta por el centro. El brazalete de plata colgaba de su
cadena, reluciendo a la luz del sol naciente—. No hay registro de su
fabricación. Se le menciona por primera vez en un texto de hace
novecientos años, un catálogo de los tesoros de la tribu, compilado por
una matriarca del Consejo, pero me parece que es mucho más antigua.
Tiró la vara de modo de voltearla en el aire, y la atrapó por el extremo
opuesto a las hojas sin filo.
—Según supongo, funciona concentrando el ki. Es bastante fácil de usar,
aunque por alguna razón solo una mujer puede operarla. Una conduce su
energía por la cadena, que las amplifica y las convierte en una carga
eléctrica en la punta de la vara. Un artilugio muy desagradable.
—Me lo dices a mí —dijo Ranma—. Ya sentí lo que puede hacer. Deberían
destruirla.
—Inténtalo, con toda confianza —ironizó Cologne.
—¿En serio? —preguntó Ranma—. ¿Cuál es la trampa?
—No hay trampa.
Cologne le ofreció la vara. El la recibió cautamente, se puso en pie, y
asió con una mano cada extremo. Con una expresión de extrañeza,
intentó partirla. Flectó los brazos; los músculos se le marcaron bajo la
camisa. La vara no se dobló en lo absoluto.
Con el entrecejo arrugado, Ranma se volvió, apoyó una punta de la vara
contra el árbol, la otra en el suelo, luego aplicó sobre ella la fuerza de
sus piernas y el peso de su cuerpo. Una gota de sudor le cayó por la
cara: estaba ejerciendo toda su fuerza, una fuerza capaz de partir
piedras, y no había marca alguna sobre la vara.
—Bueno —dijo, tirándola a los pies de Cologne luego de otro momento de
esfuerzo—. Me rindo. ¿De qué está hecha?
—Madera —dijo Cologne—. Es demasiado liviana para ser otra cosa. Pero
es mágica, claro está. Un documento de hace doscientos años relata que
la tiraron en una hoguera, y la sacaron después de media hora,
absolutamente intacta.
Ranma sacudió la cabeza. —Raro.
Se sentó y se pasó las manos por el pelo. Cologne sonrió un tanto, y se
permitió un momento para lamentar la improbabilidad de que el muchacho
se sumara a la tribu. Era un espécimen de primera, incluso a sus pocos
años. Contuvo toda idea en esa dirección, al recordarse que, cuales
fueran las apariencias, ella seguía siendo una mujer de más de cien años
de edad.
Pero de que era apuesto, lo era, debía reconocer.
—¿Crees que haya que despertar a Kima? —dijo Ranma tras un momento.
Cologne meneó la cabeza. —Déjala dormir un poco más.
—¿Te puedo preguntar sobre ella?
—Adelante.
—¿Te fías de ella? Cuando apareció por acá la primera vez, era
enemiga.
Cologne lo miró con gesto sereno:
—La primera vez que llegó Ryoga, te quería matar. También mi bisnieta.
También Mousse. También Ukyo. Hoy esos dos muchachos te quieren
matar solo la mitad de las veces, las demás veces por lo general te están
ayudando a pelear contra alguien más. Y las muchachas, desde luego,
para qué decir. —Soltó una risa suave—. Tienes mano para convertir a
tus enemigos en aliados, e incluso en amigos. Y a tus enemigas...
—No contestaste la pregunta —dijo Ranma con voz seca.
Cologne dejó irse de su cara la diversión y lo miró pausadamente:
—Confío en Samofere como si fuera mi propia sangre, y él confía en ella.
Con eso me basta.
—Ojalá me baste a mí —dijo Ranma, y suspiró.
—Ve qué piensas después de Ryugenzawa —dijo Cologne—. Si lo que hay
allí es lo que creo que es, tendrá la facultad de abrirte los ojos a ciertas
cosas.
—Claro —dijo Ranma, suavemente—. Hay cosas así.
Cologne lo miró un momento.
—Ranma, cuando dijiste que estabas dispuesto a venirte a China con
Shampoo y conmigo, ¿hablabas en serio?
Él pareció avergonzado durante un momento, luego asintió:
—Sí.
—¿Y Akane?
Ranma se rigidizó, sus ojos mostraron un dolor oculto por un momento,
luego asintió una segunda vez.
—No podría mirarme al espejo si a Shampoo le pasa algo que yo podía
prevenir. Aunque signifique...
—Nunca tuvo oportunidad contigo, ¿verdad? —dijo Cologne en voz
queda.
Ranma tuvo un aspecto extrañamente especulativo durante un momento,
luego negó con la cabeza.
—No —dijo—. No diría eso. La primera vez que llegó, la encontré muy
bonita. Todavía me parece así. Bellísima, incluso. Pero...
Suspiró.
—Pero no me gustaba su manera de arreglar las cosas. Estaba dispuesta
a llevarse cualquier cosa por delante solo para tenerme a mí. Y eso sigue
sin gustarme.
—Aún tiene mucho que aprender sobre la sutileza —dijo Cologne—. Pero
ha cambiado.
Ranma asintió. —Sí.
—Pero la encuentras bonita, al menos —dijo Cologne con tono resuelto y
una insinuación de risa.
Ranma se sonrojó, como apenas dándose cuenta de lo que había dicho.
—Ehm...
—Al menos ahora ves de dónde heredó la belleza —dijo Cologne,
inclinándose un tanto hacia él y mirándolo. Sonrió.
—Este...
—¿Y yo? —dijo Cologne—. ¿Te parezco bella?
Se arrimó más a él.
Los ojos de Ranma se volvieron muy, muy fríos. Sus manos subieron de
súbito y la sujetó de los hombros, no bruscamente, pero con una fuerza
imposiblemente profunda en ellas.
—No has de coquetear conmigo, mujer —dijo, en una voz muy suave y
baja, pero con una convicción tal en sus palabras, que infundía miedo—.
Lo prohíbo. Me hastían los coqueteos de bellas que no son lo que
parecen.
Igual de súbitamente, quitó las manos de los hombros de Cologne, y la
cara se le llenó de pasmo.
—¿Qué diablos...?
—Tal como lo pensé —dijo Cologne, alejándose un tanto de él, ya sin
traza de frivolidad—. Ira, vergüenza, miedo; todos ellos te dificultan el
mantener el dominio de ti mismo. Debes aprender a controlarte, Ranma.
Es de vida o muerte.
—Pues no ayuda que me asustes así —dijo Ranma, aunque se miraba las
manos con gesto de aprensión.
—No estás acostumbrado a alternar con mujeres de ninguna manera
—dijo Cologne—. Ni en combate ni en nada más. Es una debilidad, y la
debes superar.
—Pero las mujeres son...
—Es muy curiosa esa actitud frente a las mujeres, siendo alguien como
tú, que conoce a tantas que practican artes marciales. ¿Qué tiene una
mujer, según tú, que la hace más virtuosa que un hombre, o menos
capaz de hacerte daño, menos capaz de ser tu enemigo? ¿O menos
capaz de servir al mal?
Ranma evidenció incomodidad, sin decir nada, mirando hacia el cielo
matutino.
—¿Te habrías sentido mejor si hubieras matado a un hombre?
—Cállate —dijo Ranma, poniéndose en pie—. Mejor cállate, Cologne.
Se alejó, dejando a Cologne mirándolo. La mujer suspiró sutilmente,
recogió la vara negra de donde yacía en el suelo, y partió a despertar
a la tercera integrante del grupo de viajeros.
~ o ~
La primera luz del amanecer encontró a Yoko y a Yamiko aún en la sala
de conferencias, con las túnicas reemplazadas por trajes ejecutivos de
corte elegante, aunque Yamiko lucía aún su máscara. Mirada al pasar,
parecía similar a una mascarilla quirúrgica, de las usadas para prevenir
el contagio de un resfrío, o contra la polución del aire. De todos modos,
ciertas protecciones místicas en torno a su persona impedían que los
demás la miraran con demasiada atención. El sigilo no le resultaba difícil;
los años la habían vuelto una criatura de sombras, y se confundía
fácilmente en los tramos de penumbra que existen entre luz y luz.
El símbolo había sido borrado, y la mesa puesta de nuevo en su lugar.
Era necesario: la mayoría de los empleados de Sen-Atama no tenía
noción de qué ocultaba la empresa.
Los gritos se habían terminado hacía una hora, pero hace mucho habían
aprendido que, incluso si ya no había gritos, convenía esperar un rato
más. Había ciertas condiciones cuando se invocaba a algo como Galm;
una de ellas era que detestaba sobremanera que lo interrumpieran hasta
no haber terminado.
Yoko tomó un sorbo de té y miró a la otra mujer:
—¿Segura de que no quieres?
Era un broma, y no graciosa, pero las hizo reír a los dos, aunque la risa
de Yamiko ya tenía poca semejanza a la risa humana. Como Yoko,
llevaba una de las marcas más notorias entre las recibidas por las
integrantes del Círculo, y, como Yoko, se contaba entre las más
poderosas. Habían pasado estas horas debatiendo y planificando, algo
en lo cual destacaban todas las integrantes de alto rango, pero Yoko
más que casi todas.
Terminado el té y dejando la tasa sobre el platillo, Yoko consultó su reloj.
—Creo que ya deberíamos ir a revisar, al menos.
Las dos mujeres se levantaron de sus asientos y salieron al pasillo, para
ir hasta la oficina a la que habían enviado a Galm con Miyoko hacía dos
horas.
Yoko se acercó a la puerta, pero no oyó nada. Hizo una seña afirmativa
con la cabeza, puso la mano en la perilla y abrió la puerta lo suficiente
para poder asomar la cabeza.
Vio la ventana abierta, a veinte pisos sobre las calles de la ciudad, luego
miró el resto de la estancia, y volvió a sacar la cabeza.
—Yamiko, ve por la manguera de incendios, ¿quieres? —dijo con una
sonrisa satírica, fingiendo conmoción—. Hay que limpiar.
~ o ~
Virando un tanto a la derecha, Kima cambió el curso de su vuelo, un
momento después de que Shiso cambió el de él. Bosques y colinas
pasaban raudos, casi cien metros por debajo. El sol se había alzado hace
poco por el este, y el aire de la mañana era frío y limpio al pasar por su
cara.
Había sido un alivio dejar atrás a los otros dos; era palpable una tensión
entre la joketsuzoku y el chico. Era obvio que algo había sucedido entre
ellos antes de que Kima despertara. Habían levantado el campamento y
quedado en reunirse en uno de los senderos que conducían a
Ryugenzawa. Ella llegaría primero, desde luego. Volar era más rápido
que caminar.
Se preguntó vagamente cómo sería tener que andar a todas partes, y
arrugó un poco la cara al pensarlo. Era horrible de contemplar, estar
siempre pegada a la tierra, privada de la belleza de volar.
Esa era la pesadilla de cada persona del Monte Fénix, sufrir una lesión
tan grave en las alas, que impidiese volver a volar. Era la sentencia por
una traición al rey, el peor crimen en las leyes de la montaña. En todos
los registros históricos, solo unos pocos habían sido castigados así.
Descendió una decena de metros, para no perder de vista la silueta
negra y titilante de Shiso. Uno de estos días tendría que preguntar a
Samofere cómo era posible que el pájaro fuera tan rápido.
Inexplicablemente, tuvo una sensación de hormigueo entre los hombros,
en el lugar justo al centro de donde salían sus alas. Como si alguien la
observara.
Trató de quitarse la sensación; le recordaba demasiado el sueño de
anoche. Una gran forma oscura la perseguía, y, sin saber por qué, ella
había escapado corriendo en vez de volar. Los cosa tenía ojos dorados.
Justo cuando el atacante la había atrapado, con el aullido de este
resonando en los oídos, se había despertado bañada en sudor y el
corazón galopando.
Los sueños no eran capaces de hacer daño. Y no recordaba haber
tenido alguna pesadilla en varios años. Carecía de importancia.
Hubo un destello de negro junto a ella, y Shiso estaba allí. Debía de
haber bajado el ritmo hasta quedar a la par con ella, cuando estaba
distraída; había ido unos treinta metros más adelante la última ve que lo
había visto.
—Se te ve distraída, Doña Kima —dijo el ave.
Ella pestañeó. —Nunca me has dicho así antes.
El ave pareció azorarse un momento, tanto como le era posible.
—Bueno, pues se te ve distraída —dijo.
¿Por qué le sonaban tan conocidas esas palabras?
—Pensaba, eso es todo —dijo ella.
—Pronto llegaremos a Ryugenzawa —dijo Shiso, haciendo un elegante
viraje junto a ella.
—Y los terrestres llegarán una hora después, sin duda —masculló Kima.
El cuervo pareció casi reprobatorio:
—En realidad, llegarán unos minutos después. Se mueven igual de rápido,
y de no ser porque podemos ir en línea recta, tal vez llegarían antes que
nosotros.
—¿En serio?
El ave movió de arriba abajo la cabeza, en un movimiento que hizo bajar
a todo su cuerpo en el aire, antes de retomar su nivel.
—Ninguno de los dos disfruta mucho la compañía del otro —dijo—.
Cologne está pensando demasiado, como tiende a hacer, y el muchacho
está algo enfadado.
—Suenas como si estuvieras allá.
El ave no dijo nada, solo siguió el vuelo, adelantándose. Kima meneó
la cabeza. De verdad que uno de estos días tendría que interrogar a
Samofere acerca del pájaro.
Y luego, tras la siguiente hilera de colinas, vio el bosque de Ryugenzawa.
Una exclamación ahogada surgió de sus labios. Sabía que no podía ser
otra cosa. El árbol más pequeño que vio era de al menos treinta metros
de alto; algunos se empinaban a casi cien metros, con troncos
proporcionalmente anchos. Había cada especie de árbol imaginable,
todos distribuidos sin orden manifiesto, como si un jardinero gigante
hubiese arrojado las semillas a puñados. Muchos eran árboles que no
correspondían a esta parte del país, o siquiera a Asia. Y sin embargo,
aquí crecían.
—¿Por qué no se ha talado nada? —murmuró Kima—. Casi todo lo demás
lo explotan.
Y con esa idea, con esas palabras, entendió por qué. Quizá era una
ilusión causada por la luz, quizá era mucho más. Pero podía haber jurado
que vio árboles pandearse, torcerse y ondear como un espejismo. Por un
momento, hubo dos imágenes superpuestas sobre cada árbol, una un
gigante del bosque, otra un árbol cualquiera, de tamaño mediocre.
Y luego fueron gigantes otra vez. Los árboles crecían tan densos, que
ella no podía ver detalles del suelo de más abajo; en lo profundo del
bosque había un amplio claro, con una enorme caverna en el costado de
una montaña, y en otros claros dispersos por el bosque pudo ver que
brotaban manantiales, desde promontorios rocosos o desde el suelo
mismo.
Al descender y acercarse al borde del bosque, siguiendo a la forma negra
de Shiso, notó un cambio en el aire. Parecía aun más fresco que antes,
más dulce, con un dejo indescriptible que en cierto modo comunicaba
vitalidad.
Sintió disminuir un tanto los dolores y heridas que la habían aquejado
desde la pelea contra la sádica aquella, hace dos días. El cansancio la
abandonó, y una sensación refrescante, un contacto como entre viento
y agua, pareció correr por su piel. Se sintió extrañamente ligera,
dichosa. Una sensación nueva, aquella última.
Shiso hizo un giro cadencioso en el aire por delante de ella.
—Llegamos.
—Lo sé —dijo ella suavemente—. Lo sé.
~ o ~
Ranma y Cologne llegaron al borde de Ryugenzawa para encontrar a Kima
esperándolos, con Shiso sobre una de las ramas más bajas de un árbol
gigantesco. Los kilómetros que mediaban entre el lugar donde habían
pernoctado y Ryugenzawa los habían recorrido los dos en un silencio
tirante, incómodo, con el recuerdo del diálogo de esta mañana actuando
como una cuña metida en cualquier compañerismo que pudieran haber
formado luego del combate de práctica la noche anterior.
Casi había hecho a Ranma desear que Kima hubiera estado con ellos, o
hasta Shiso. En realidad, había encontrado que el pájaro le caía bien, lo
cual era extraño. Era extraño, y el pájaro hablaba, y había momentos en
que hasta le daba miedo. Aún así, algo había tenido esa conversación
que habían entablado bajo el árbol anoche, algo que rara vez había
sentido él con otra persona, y nunca antes con un animal.
Una sensación de camaradería, tal vez, de entendimiento. No quería
encariñarse con un animal; recordaba de cuando niño un deseo ferviente
por tener una mascota, pero había pasado, al darse cuenta con el tiempo
de que nunca la tendría. De todos modos, su padre seguramente habría
cocinado y comido a cualquier mascota, tarde o temprano, al primer
aprieto.
—Ojalá no hayas esperado mucho —le dijo Cologne a Kima con voz
neutra. El tono insinuaba que en realidad no le importaba si había sido
así.
—No mucho —dijo Kima, con una impresionante encogida de hombros,
que terminó cuando las puntas sus alas volvieron a la posición inicial.
Tenía una sonrisa leve, que parecía sumamente incompatible con ella—.
Ha sido agradable la espera, en todo caso. Es muy bello aquí.
Ranma dio un vistazo rápido al bosque. Aquí en el borde era poco
frondoso, los árboles más pequeños. Ya hacia el interior se hacía cada
vez más denso, una concentración creciente de verdor y follaje, de
altura más y más imponente, las sombras multiplicándose en el suelo del
bosque.
—No me di cuenta la otra vez —dijo—. Estaba muy ocupado con tanto
animal gigante y el Orochi. Cuesta fijarse mucho en la naturaleza cuando
a uno lo quieren devorar bestias o culebras de ocho cabezas.
Aunque debía reconocer que era bastante bonito. Al menos por ahora,
no había indicios de los animales gigantes que habitaban el lugar. Parecía
muy tranquilo.
—Mejor vamos con cuidado —dijo, cauteloso, mirando a las dos mujeres
—. Este bosque está lleno de trampas gigantes.
—No creo que sea problema —dijo Cologne—. Ranma, acércate al borde
del bosque.
Mirándola con extrañeza, Ranma se encogió de hombros y avanzó,
caminando hacia los árboles que se empinaban a lo alto. Shiso lo miraba
desde su lugar en la rama, ojos que eran charcas de noche, incluso al
sol.
—No sé qué esperas —dijo Ranma, mirando a Cologne de soslayo—. Pero
tal vez...
Y entonces pasó entre dos de los árboles, y sintió el cambio. Una brisa
pareció suspirar por su piel, aunque ninguna hoja se movió a su paso.
Una brisa con olor a sol y agua fresca, a tierra y arcilla, a brotes verdes
en primavera, y al aroma embriagador de mil flores distintas.
Sintió a cada uno de sus sentidos cantar y vitalizarse, agudizándose y
abriéndose a sensaciones nuevas, cuya existencia no había advertido
jamás. La tierra del bosque era suave bajo sus pies, y sintió él los
movimientos de las criaturas que poblaban el suelo. El sol pasaba por
su piel como una mano de terciopelo dorado.
(Ven a mí...)
Sintió la voz, más que oírla. La sintió en lo hondo de su ser, surgiendo
desde la tierra y los árboles en torno a él, desde el aire mismo, hasta
infiltrarse en su cuerpo como el agua en una garganta sedienta, para
convertirse enigmáticamente en una carencia sufrida por él desde
siempre y solo ahora descubierta, como un ciego de nacimiento que
despierta un día y ve el sol.
(Ven a mí...)
—Mira —dijo Cologne suavemente. Alzó un brazo y señaló en una
dirección del bosque.
Desde un par de un par de árboles tras otro caían las hojas como una
lluvia verde, acumulándose en el suelo del bosque para formar dos líneas
paralelas, que se extendían sinuosas, como una serpiente, marcando un
sendero que seguía entre los árboles, por espacios que no habían
parecido estar allí antes.
(Ven a mí...)
Una brisa pasó por sus pies y hacia el sendero, y la hojarasca del
sendero se despejó con el viento hacia los bordes. Y por donde el viento
había pasado, del suelo descubierto nacieron brotes de hierba verde,
que crecieron hasta ser una alfombra mullida, de casi diez centímetros.
Pequeñas flores silvestres brotaron entre la hierba, azules, verde,
amarillas y de todo otro color, con pétalos que se abrían en un segundo,
cual manos saludando sutilmente en el viento.
—¿Qué sucede aquí? —murmuró Kima, y ninguno sabía bien la respuesta.
(Ven a mí, hijo mío...)
Como la amante del soldado que vuelve de una guerra tan antigua como
el tiempo, como madre a la visita de hijos e hijas, como el abrazo de un
amigo hace mucho perdido, como las ventanas del hogar brillando al final
de una calle oscura, la autoridad del Bosque de la Vida daba la bienvenida
a aquello que le pertenecía.
(Te ruego, ven...)
~ o ~
La grulla surcó el cielo, con sus plumas puras como la nieve, el cuello
largo, el cuerpo grácil, imposiblemente bello y estilizado. Bajó en una
pasada rasante, y descendió para beber del arrollo que pasaba junto a la
falda de las colinas.
Nunca supo qué la golpeó. En un momento estaba viva, y al siguiente
estaba muerta, el delicado cuello partido limpiamente en dos. Se agitó
por un momento hasta que la vida se de su cuerpo. Su muerte había
sido una certeza, desde que Galm avistara en lo alto su esbelta figura
hacía más de una hora.
Galm sonrió, mirando al ave caer al suelo. Había sido muy bello verla
en el aire. Más que todo, disfrutaba matar cosas bellas. Era un placer
saber que los últimos ojos a los que el vuelo de esta grulla había
cautivado eran de él, y que de él sería el último recuerdo de su forma y
su gracia.
Le gustaba matar de todo, en realidad. Era su función. Era una criatura
simple en esencia. Alguna vez, una de las predecesoras de Yoko lo había
comparado con una cucaracha: no había cambiado mucho con el pasar
de los años, porque no lo necesitaba. Ya estaba perfectamente adaptado
para hacer lo que hacía, que eran dos cosas, en verdad. Cazar era la
primera, y la segunda era matar.
La antecesora de Yoko había trazado mal los símbolos de invocación, un
año después, y él había logrado abrirle la garganta antes de que sus
hermanas corrigieran el error. No tenía Galm certeza de hacía cuanto
había sucedido; el paso del tiempo no le resultaba muy claro. Había
veces en que cazaba, veces en que mataba, y otras en que descansaba
y soñaba con cazar y matar. Descansaba mucho. Recordaba haber
matado a esa mujer en un salón de madera, con puertas de papel
delicado y estandartes de seda en las paredes. La estancia tenía una luz
fluctuante, proveniente de antorchas, con llamas que vacilaban como
hojas de hierba al viento. Al cortar a la mujer, su sangre había sido como
una marea roja.
Galm se llevó con la mano izquierda las cuatro plumas hasta la nariz y las
olisqueó, aspirando el olor residual de la presa. Una sonrisa lenta se
extendió por su rostro moreno, torciendo las cicatrices en patrones
complejos. Percibió en el olor de las plumas la forma aproximada, y tuvo
la noción de que era una mujer bastante bella.
Por sobre todo le gustaba matar cosas bellas. Se guardó las plumas y se
acuclilló en el suelo. Su ropa gris y negra ondeó como el agua, hasta
mezclarse en un solo color.
Ya transformado, Galm posó sus cuatro zarpas en la tierra, con un
cuerpo más apto para correr, y retomó su cacería, una cacería que no
había tenido un comienzo, y que nunca terminaría.
~ o ~
Ranma, Cologne y Kima caminaban por el sendero que había aparecido en
el suelo, Shiso en el hombro de Ranma, subiendo y bajando un tanto la
cabeza al ritmo de la marcha, extrañamente callado en lugar de su parla
habitual.
Tras la primera alarmante aparición de uno de los animales gigantes que
habitaban el bosque, un mapache del tamaño de un elefante, y luego de
un momento de pánico, cayeron en la cuenta de que se hallaban
completamente a salvo en el sendero.
Había sido Ranma, sorprendentemente, el que se había mantenido más
calmado cuando oyeron al animal moviéndose entre los árboles cercanos.
—Quédense en el camino —dijo Ranma, con una expresión que parecía
ajena, extrañamente serena—. No se salgan y estamos bien.
Entonces, los cuatro detenidos en el sendero, había dejado de hablar y
había cerrado los ojos, oyendo el castañeteo de los dientes del animal y
las poderosas pisadas en el suelo. Ranma parecía estar poniendo
atención a algo; una sonrisa se extendió despacio por su cara.
El mapache gigante había llegado al borde del sendero, a apenas unos
metros de ellos. Había olisqueado la orilla del sendero, las hojas dispersas,
con algo similar al interés brillando en sus enormes ojos negros. Las
manos de Cologne se habían apretado en torno al mango del rastrillo y
Kima había asido la empuñadura de su espada, los ojos fijos en las
enormes fauces de la bestia.
Luego el animal se había dado media vuelta y partido.
El sendero los conducía más y más profundo en el bosque, serpeando
entre árboles portentosos, y por claros donde un agua cristalina
borboteaba desde manantiales.
Solo tras media hora de marcha Cologne miró atrás y pareció por fin
percatarse de que el sendero desaparecía a medida que avanzaban, al
juntarse las hojas en una única línea cerrada en lugar de un camino
abierto.
—Esperen —cuchicheó Cologne, sujetando el brazo de Ranma y de
Kima—. Miren.
Kima miró de inmediato hacia atrás, y la expresión se le volvió de
sobresalto, con los ojos azules engrandecidos:
—¿Por qué se está cerrando?
Ranma volvió despacio la cabeza hacia atrás, evidenciando una
tranquilidad que no era frecuente en él.
—No es de extrañarse —dijo, con una sonrisa reposada, como si hubiera
sido muchos años mayor que las dos, como explicando una obviedad a
niños.
—¿Qué? —dijo Cologne.
—Bueno, es astuta. Si no cierra el camino, cualquiera nos podría seguir
—dijo Ranma, como si hubiera sido lo más evidente del mundo. Se rió, y
subió una mano para acariciar el flanco de Shiso.
—¿Astuta? ¿Quién? —dijo Kima, mirando de soslayo a Cologne.
La cara de la otra mujer se abrió de pronto en una sonrisa de
comprensión.
—Tiene razón, desde luego —dijo Cologne—. Aquí nada nos hará daño.
En este momento, prácticamente no hay otro lugar del mundo donde
estemos más seguros.
Y más adelante, vieron que el sendero se ensanchaba, y ante ellos había
un claro, un claro al pie de una montaña, y en la montaña se abría la
boca de una caverna, grande y oscura, como una herida en la roca.
El sendero de hojas finalizaba en la caverna, y el rastro de hojas
ensanchado terminaba a cada lado de la entrada.
Ahora empezaba a soplar otra brisa por el camino, fría. Agua estancada
en pozos sin fondo, hongos e insectos rastreros proliferando en humedad
oscura, el gélido invierno helado que sigue a la primavera y el verano.
Allí donde la brisa pasaba, la hierba y flores silvestres que habían tapizado
el sendero parecían mustiarse. El viento tenía también vitalidad, pero era
la vitalidad de cosas que crecen sobre los restos de otras cosas, la vitalidad
del hongo, el moho y los gusanos. Este era un lugar lleno de vida, pero era
también un lugar que contenía dolor. La boca de la caverna llamaba,
inexplicablemente.
—Llegamos —dijo Ranma, mirando la caverna como hipnotizado—. Ella
espera. No saben cuánto ha esperado...
—¿De qué habla? —le cuchicheó Kima a Cologne, al echar Ranma a andar
por delante de ellas.
—Está recordando —murmuró Cologne, empezando a seguir a Ranma—.
Conoce el recuerdo de este lugar, o uno muy similar.
Ranma se dio vuelta y las miró:
—Bueno, ¿vienen o no?
Kima meneó la cabeza y suspiró.
—Lo que hay que hacer por el deber —dijo.
—El deber se da libremente —dijo Cologne en voz queda, desde más
adelante—. Cumplirlo es siempre una elección.
Los tres llegaron a la entrada de caverna; la luz del sol no se adentraba
mucho en ella, exponiendo solo una porción breve de pared rocosa, antes
de volverse oscuridad.
Kima hurgó en un saquillo colgado en su cinto, y extrajo un estuche de
marfil grabado, cerrado con un broche de plata. Abrió el broche con las
garras de dos dedos y abrió la tapa; una luz pálida empezó a emanar de
la piedra contenida en la caja.
—¿Y qué es eso, a todo esto? —dijo Ranma, momentáneamente rota su
fijación con la caverna.
—Es cierto tipo de roca hallada en los mantos bajo Jusendo y el Monte
Fénix —dijo Kima suavemente—. La teoría es que sufrió alguna especie de
cambio con las pozas hechizadas. Absorbe calor y lo emana como luz; la
caja evita que lo gaste todo de una vez. Es en parte la forma en que don
Saffron mantiene la montaña. Hay paneles de esta piedra en casi todas
las paredes.
Como dándose cuenta de que había dicho más de la cuenta, cerró la
boca y le ofreció la caja a Ranma.
—Se puede usar para alumbrar el camino —dijo—. Por lo visto vas
liderando esta suerte de expedición, así que mejor la llevas tú.
—Gracias —dijo él, recibiendo la caja, con lo que pareció ser un esfuerzo
consciente por no tocar las manos de Kima. Alzó la caja en una mano y
empezó a avanzar por el corredor. Luego de un momento, Kima y Cologne
lo siguieron.
De modo que se adentraron hacia el corazón de la montaña, sin saber
cuánto llevaría. A su paso vieron estalactitas que pendían cual colmillos,
y musgo que fosforecía amarillo con la luz que florecía desde la caja
como los pétalos de una rosa. Ranma recordó, de la última vez que había
estado allí, que el sistema de cavernas no había parecido tan extenso.
Vientos fríos soplaban por las cavernas, portando un olor a agua. Ninguno
de los tres hablaba; la conversación no parecía necesaria aquí abajo,
mientras seguían los sinuosos túneles de la montaña. Al encontrar
bifurcaciones y cruces, Ranma tomaba ciertas direcciones sin dudar, y,
sin saber qué más hacer, las dos mujeres lo seguían. Se había vuelto él,
de momento, el líder de dos personas no habituadas a seguir. La luz
pálida de la piedra se estiraba por las paredes en un claroscuro de vetas
semejantes a arañazos, pero nunca amenazó con apagarse.
Y entonces, por fin, siguieron una última curva y llegaron al corazón de
las cavernas, donde hallaron un lago de superficie diáfana cual cristal,
y de fondo negro como la noche, contenido en una vasta cámara
subterránea, y el terreno rocoso sobre el que pisaban era como la orilla
de una playa, y el lago era como un mar. Y en el fondo del lago, una
forma gigantesca yacía como una sombra intrincada, viperina, de muchos
cuellos, casi invisible además de una impresión de su forma, debido a la
profundidad del agua.
—Es el lago del Orochi —dijo Ranma a media voz—. No recordara que
estuviera tan lejos. Quizás la vez pasada entramos por otro lado.
—¿Y qué sucede ahora? —dijo Kima—. Samofere dijo que teníamos que
venir, pero...
Dejó de hablar cuando Shiso emitió un graznido bajo aunque repentino,
tras lo cual saltó del hombro de Ranma hacia el aire sobre el lago, con
plumas de reflejos negros, como obsidiana en la luz.
El ave voló hasta el centro del embalse, y alzó su voz, que, aunque
suave, resonó en la caverna como el trueno y el relámpago.
—¡DESPIERTA!
La luz proveniente de la caja que Ranma sostenía se apagó de pronto, y
los dejó en la negrura, entre sus respectivos gritos de sorpresa.
Y luego vino el sonido de olas impactando las paredes de la caverna, al
alzarse algo desde lo profundo del lago ahora invisible.
Hubo un momento de miedo, el miedo congénito en todas las cosas que
viven al abierto bajo el sol y el viento, el miedo a la tierra oculta y
asfixiante que yace bajo los pies, a los abismos sin fondo, llenos de una
negrura más profunda que la noche.
El sonido de las olas era como un batir de tambores fieros, primigenios,
que hacían retumbar algo en el alma, un recuerdo lejano y racial, de
reunirse en torno a hogueras y mirar hacia la oscuridad con terror por
aquello que la habita.
Por un momento estuvieron los tres al borde de huir, incluso Ranma, que
las había conducido allí con la mayor de las confianzas, incluso Cologne,
que había vivido más de un siglo y que en los años había encontrado
pocos miedos que no pudiera superar. Esto era distinto, se dieron cuenta.
Esto era algo antiquísimo, un poder que no podía compararse con nada
que ellos conocieran. Y por ser desconocido generaba este influjo de miedo,
como todas las cosas desconocidas.
Y entonces, tras esos momentos de oscuridad, llegó la luz, emanada del
lago en olas surgentes, un brillo plateado como la luna, y la luz del lago
y la claridad cristalina de sus aguas eran la misma luz, porque ahora
parecía ser más que un simple lago. Era la luz de la luna y estrellas que
brillaban desafiantes en la oscuridad, que iluminaban la noche cuando el
sol no estaba.
Y el miedo desapareció, porque ya no había cabida para el temor, no había
lugar para nada más que una impresión tan profunda que llenaba el ser
entero, porque apenas la primera luz nació de las aguas ondulantes, la
primera escama surgió de la superficie del lago, y se alzó el Dragón de
la Vida.
Y luego hubo belleza.
~ o ~
Ranma cayó de rodillas, pensando: la serpiente era una sombra, una
imagen imperfecta, vista de manera opaca, como a través de un vidrio.
No era la verdad, del mismo modo en que no es la verdad del sol el reflejo
de este en una poza.
Esto, esto era la verdad, el secreto definitivo en el centro de Ryugenzawa,
la visión última del infinito, la belleza imposible hallada detrás de la última
puerta del alma.
El Orochi había sido poderoso, más grande de lo que Ranma había
imaginado que un ser vivo podía ser, un ser que pulverizaba árboles y
rocas con su masa, que respiraba fuego, conquistable solo mediante el
silbato que Akane había tenido. Pero había sido solo una bestia sin
inteligencia, una fuerza bruta como la de un tifón o un alud, formidable
pero caótica.
Imaginaba ahora todo aquel poder, aquella magnitud, aquella fuerza
indomable, destilados, purificados. Sumados a una inteligencia y una
belleza capaces de agrietar el alma. Y todo aquello no lograba ser más
que una aproximación insuficiente de ella.
Veinte metros, treinta metros, de serpiente que rompe y surge reluciente
desde las aguas, curvándose y ondulando con el goce su propia existencia,
elevándose sin la necesidad de alas. Era verde, ella, si podía llamársele de
un solo color, pero no era posible en verdad nombrar un color único. Decirle
verde era llamar al sol una estrella más del cielo. Era jade y coral, oliva y
esmeralda, el resplandor del sol en aguas turquesas, el verde de las hojas
en verano y las plantas en primavera, de praderas meciéndose en olas que
se pierden de vista.
Treinta metros, cincuenta ahora, y aún surgía del lago, y las garras, en
manos de cinco dedos al extremo de extremidades superiores que era
cortas comparadas a la vasta complejidad de su cuerpo enroscado, eran
de un palidísimo color jade. Sus escamas reflectaban la luz de las aguas,
separándola en cien matices distintos de verde y plata, haciendo a la luz
tanto más deslumbrante con su sola presencia. Tras ella fluía una melena
plateada, que brillaba cristalina con las aguas del lago, y el plateado de
su melena y la luz plateada que llenaba la caverna eran la misma, y sobre
los dos ojos de rutilante esmeralda estaban las astas curvas de marfil
perfecto, de más de tres veces la estatura de un hombre.
Por detrás de él, oyó a Kima o a Cologne, nunca tendría certeza de cuál,
emitir un sonido suave que él reconoció como de dicha pura, del
descubrimiento de una belleza tan honda que el no sentir dicha era negar
la propia humanidad.
Y finalmente, tras lo que pareció una eternidad comprimida al espacio de
unos segundos, se liberó de las aguas la última escama iridiscente en el
extremo de una cola fina, coronada en la punta con un penacho del
mismo color que su melena, y el Dragón de la Vida estuvo ante ellos,
ensortijándose en el aire como una cinta de seda verde, con escamas
que destellaban en la luz plateada.
Era de casi cien metros de largo, desde la punta de su cabeza, con su
melena plateada y ojos sabios, hasta la punta de su cola, y aún así no
producía la opresión de una mole, no había pesadez o falta de delicadeza
en las espirales con que se curvaba en el aire.
Ranma había visto pocas cosas que pudieran compararse a ella en
belleza. El sol alzándose sobre montañas nevadas que relucían como
diamantes a contraluz, la vastedad del Pacífico desde una loma mirando
sobre una playa de arena blanca; la superficie espejada del lago Biwa
rizada apenas por una brisa de primavera; el templo Shinto que había
visto una madrugada en Kioto, donde la niebla envolvía a las estatuas de
piedra y al portal de madera como un manto, una visión de eternidad sin
tiempo; flores de cerezo cayendo contra la luz del sol, tan, pero tan
breves en su belleza, y por aquella brevedad tanto más bellos.
Ella parecía mirarlo directamente a él, con antiquísimos ojos sin edad,
que irradiaban inteligencia y sabiduría, y algo más, algo que él no supo
identificar de inmediato.
Y luego supo.
Amor.
Y ante aquello se vio indefenso, ante la comprensión de que el dragón
que era ella miraba a las tres minúsculas, deficientes y mortales criaturas
que pisaban su dominio, con ojos llenos de un amor imposiblemente
hondo, absoluto e incondicional, dado libremente y sin pensar. Ranma
sintió que su existencia entera lo había conducido hasta este momento.
Al mirarla a ella, olvidó los sueños y los fuegos, las púas de hielo y aquel
núcleo de conciencia oscura que le había llenado la cabeza. Olvidó el
sonido de un cuello de mujer fracturándose bajo su puño.
Era amado, y todo estaba bien. Fue todo cuanto importó en el instante
siguiente, al mirar la belleza que se había alzado ya completamente desde
el lago, al contemplar la verdadera forma oculta tanto tiempo en una
sombra de serpiente. Había amor en los ojos de ella, y era todo para él,
y era tan ancho que abarcaba todas las cosas, y estaba todo, todo,
completa y verdaderamente bien.
Inocente había llegado al mundo y, en ese único momento, al posarse en
él los ojos del dragón con ese amor que dolía de tan puro y fulgía en sus
profundidades como el centro de una estrella, fue inocente otra vez. El
alma le fue lavada, el corazón se le hizo algo más liviano que las nubes,
su ser se volvió de luz, una luz que ardía tibia, reconfortante, y lo
traspasaba entero.
Por primera vez desde muy pequeño, lloró sin sentir vergüenza alguna,
porque, ante esto, no pudo mantener las barreras que había instalado en
torno a su alma. Una compuerta se abrió dentro de él, todo lo que había
reprimido, todas las emociones que había aprendido a negar, y lloró
lágrimas que no sabía había estado guardando.
Sin duda había llorado antes: cuando la frustración era demasiado
grande, cuando la pena lo ahogaba, cuando por fin ya no podía seguir
aguantando el dolor.
Había llorado al sostener en brazos a su madre, equilibrado sobre una
espada, sobre el mar rugiente, con alegría y pesar entrelazados en el
alma.
Había llorado de terror al arrojarlo su padre una vez tras otra a un pozo
que había parecido lleno de ojos luminiscentes, cuchillas y aullidos, y de
los gritos desgarrados de dolor y miedo que solo después comprendió
eran de él.
Había llorado al estrechar el cuerpo de Akane, en el inundado corazón de
Jusendo, antes de que abriera los ojos, en ese momento durante el cual
había pensado que, esta vez, había llegado tarde.
Pero siempre, siempre había estado la vergüenza, la culpa carcomiente
en el centro de él. Porque los hombre no lloraban.
Y ahora no había nada de eso, porque lo vio como la mentira que era.
Porque el llanto era parte del ser humano, y porque las lágrimas limpiaban
el alma como las aguas limpian el cuerpo.
Así que Ranma lloró junto al lago del Dragón de la Vida.
Tanta belleza.
Tanto dolor.
Llora, niño, y con el llanto limpia tu alma.
Sus lágrimas eran de plata, como la luz del lago.
Ella, el dragón, lo miró, con una pena inmemorial, con un amor inmemorial,
con ojos inmemoriales. La luz de plata estaba en todo, extendiéndose
hasta llenar la caverna, dentro del corazón de él, detrás de sus ojos, y
resplandecía, resplandecía tanto, y ¿qué cosa podría igualarse a esta
belleza?
Y luego el dragón habló, y si había algo capaz de igualar la belleza que
Ranma veía ante sí, era el sonido de esa voz, esa melodía de plata y de
cristal. Era a la música lo que el mar a una charca. Parecía provenir de
todas partes: de las paredes, del lago, del propio corazón de él; un
crescendo de sonido sublime que acarició sus sentidos hasta dejarlos
desnudos y expuestos, para luego atormentarlos con su hermosura cruda
e intensa.
*¿Por qué lloras, hijo mío?*, preguntó ella.
—Porque eres muy hermosa —dijo él, las palabras alzándose por sí solas.
Era incapaz de contenerlas, del mismo modo en que era incapaz de bajar
del cielo las estrellas.
*Lamento que mi aspecto te cause dolor*.
Qué pesar, qué remordimiento en su voz. Qué antiquísima tristeza la que
hablaba en sus palabras.
—No, no, no, de ninguna manera —dijo, sacudiendo la cabeza mientras
las lágrimas le caían por la cara—. Nunca eso, señora. Nunca dolor.
No parecía haber en el mundo nada más que la voz de él y del dragón.
*¿Entonces te hago feliz?*.
—Sí, sí, por Dios que sí —dijo él, sonriendo al mirarla por entre la bruma
de sus lágrimas—. Me haces feliz.
Palabras. Las palabras eran tan insuficientes para lo que sentía, tan
imposible, imposiblemente limitantes. ¿Cómo dar voz a un regocijo
deslumbrante que se engrandece en el alma como una flor hecha de
luceros, cómo expresar una emoción así con simples palabras?
*Me alegra*.
Ella lo miraba, como sopesándolo en una báscula invisible, y las comisuras
de su boca se elevaban, exponiendo colmillos del tamaño de hombres
altos.
*Eres el elegido. Eres digno. Te esperaba*.
—¿Me esperabas?
*Durante mucho tiempo*.
—No entiendo.
*Chsst... Está bien. Descansa*.
Se percató en ese momento de que estaba agotado. Las horas —¿de
verdad habían sido horas?— de andar por las cavernas se le venían ahora
encima. No lo entendía: bien pensado, ni una montaña era tan grande
para contener todos esos túneles, todas esas vueltas y meandros que
conducían más y más profundo en la tierra. ¿A qué profundidad estaban?
¿Cuánto habían viajado hasta llegar por fin a estas aguas bajo la tierra?
Una profundidad que superaba a toda comprensión, profundidad imposible
de imaginar, y cayó en la cuenta de que la travesía que habían empezado
en las cavernas de Ryugenzawa los había llevado a un lugar mucho,
mucho más lejano.
El cuerpo se le fue hacia adelante, pasando de estar arrodillado ante el
lago a estar tumbado de costado frente a este. Hacia un lado, por entre
ojos que se le cerraban rápidamente, vio a Kima, tendida con un ala
estirada hacia un costado, la otra envuelta en torno a su cuerpo, con los
ojos cerrados y la cara apacible. Vio a Cologne, con el cabello cubriéndole
la cara como una cascada castaña, mechones levantándose un tanto al
espirar ella, en la respiración del sueño profundo.
Lo último que él vio fue a Shiso, su forma oscura empequeñecida por el
Dragón de la Vida: estaba posado perfectamente entre los cuernos del
dragón, con sus alas negras alzadas y las plumas extendidas, el plumaje
nocturno coronado con la gloriosa luz plateada del lago.
~ o ~
Galm mató un ciervo esa noche, en un bosque a cien kilómetros de donde
había empezado su viaje al despuntar el alba de aquella madrugada, e
hizo de él su cena. Lo había seguido dos horas, con patas muelles, una
forma gris y estilizada, silenciosa como el viento, y enteramente
desprovista de algún olor que pudiera haber avisado al animal de su
presencia.
Al igual que la grulla, el ciervo murió casi al instante. Nunca tardaba al
matar animales; prolongar su dolor no era tan satisfactorio como en los
humanos. No podían clamar por piedad, ni ofrecerle algo más que gritos
y aullidos sin palabras.
La presa seguía lejos, pero no tanto como lo había estado. Parecía haber
dejado de moverse, así que él también se detendría. No estaba exento
de limitaciones, y la necesidad de descansar era una de ellas. Se echó
bajo un árbol, enroscó el cuerpo y cerró sus ojos dorados, repasando en
su cabeza las órdenes de la cacería. Era él una criatura simple, y las
instrucciones eran simples. Iba a seguir a la presa hasta el lugar llamado
Jusenkyo. La usaría para encontrar al muchacho llamado Ranma Saotome.
Capturaría con vida al muchacho, y lo llevaría a las pozas de Jusenkyo.
Yoko se encargaría desde allí. Luego él mataría a la presa. Luego tal vez
mataría más cosas.
Cucaracha, le había dicho la mujer. No la había matado por considerarlo
un insulto; la había matado por cometer la idiotez de descuidarse.
Mejorar al rebaño: uno mataba a los débiles, a los enfermos, a los tontos,
y quedaba así uno con una clase mejor de presa. Hacía a la cacería más
amena. Pero uno siempre ganaba al final, porque uno era el depredador y
ellos la presa.
Tenía que reconocer que, en muchas maneras, sí era como las cucarachas.
Había estado aquí antes que casi todo lo demás, y estaría aquí cuando
casi todo lo demás ya no estuviera.
Era una criatura muy simple. Y, en determinadas circunstancias, las cosas
simples son las más peligrosas.
Así, Galm durmió, y soñó con cazar y con matar, y, lejos, unos ojos dorados
acecharon en los sueños de una mujer, como espectros bailando en la niebla.
