Aguas bajo la tierra

Una fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum

Versión castellana de Miguel García

~ o ~

Capítulo 9: La niebla del regreso

~ o ~

Casa oscura, vuelvo a tu lado
a esta larga calle adusta,
puertas donde mi corazón
golpeó esperando una mano

Una mano que no se puede estrechar
Mírame, pues yazco insomne,
y me arrastro como un culpable
muy temprano hacia el portal

Él no está aquí; pero a lo lejos
vuelve a empezar el rumor de la vida,
y atroz entre la llovizna,
rompe en la calle un nuevo día.

(Alfred, Lord Tennyson)

~ o ~

Muchas veces creí (tan soñador era)
que había hallado un refugio quieto,
"Aquí he de vivir —dije— mi vida entera,
recorriendo las aguas sin término
Aquí viviré, lejos de todo salvo el cielo,
y acabaré mis días en la corriente serena".
Rompióse mi sueño al atracar mi barca,
y me vi sin hogar junto a mil casas,
y junto a mil mesas sentí hambre y ansia

(William Wordsworth)

~ o ~

Llovía cuando el tren llegó a la estación.

No fuerte, no como el temporal desatado hacía unos días, la noche
anterior a la mañana en que siete personas habían tomado el tren en
dirección opuesta. Esta era una llovizna que caía de nubes grises, que
convirtieron la tarde en casi noche e hicieron a la gente apresurarse a
sus destinos, para no mojarse demasiado. Era una suave lluvia de verano,
que acariciaba la tierra, que llamaba a las plantas y flores que surgirían
del suelo.

Y ahora siete personas más una volvían en el tren, pero no las mismas
siete de antes. Ryoga suspiró y trazó con los dedos un diseño sin
significado, en la condensación de la ventanilla a través de la cual miraba
la lluvia, al desacelerar el tren hasta detenerse en el andén mayormente
desierto.

—Tenía que ponerse a llover, ¿no? —dijo Akane suavemente, en el
asiento junto a él—. Para colmo.

Él la miró de soslayo y asintió, alegre de al menos oírla hablar. No había
dicho más de dos palabras juntas desde que abordaran el tren, luego de
una mañana de búsqueda infructuosa. Por fin habían logrado, no sin
mucha discusión, hacerla aceptar que la policía podía llevar la búsqueda
tan bien como ellos, y que lo más conveniente era que volvieran. Akane
había sido la última de las muchachas en ceder, luego de que él y Mousse
trajeran el asunto a colación la noche anterior. En un principio los dos
muchachos recibieron solo el apoyo de Happosai, que, como ellos, no
veía la necesidad de quedarse dando vueltas en el lugar cuando la
búsqueda podían hacerla otros. Consideraba que lo mejor que podían
hacer era devolverse a Nerima.

Shampoo había concordado rápidamente, contándoles sobre el atípico
comportamiento de Cologne en los días previos a la crisis. Quería registrar
la habitación de su bisabuela, en busca de cualquier indicio acerca de
qué estaba sucediendo.

Ukyo y Nodoka se habían sumado poco después, ambas con semblantes
de derrota, al concordar en que lo mejor era volverse a casa. Genma no
había hecho sino asentir en silencio luego de que su esposa aceptara
regresar; había entre los dos un muro de tensión tan grueso que era
prácticamente visible.

Akane, por otro lado, había exhibido su tenacidad habitual al decir que
si todos querían volver, perfecto, pero que ella se quedaba. Ryoga tuvo
que usar toda su fuerza de voluntad para no cambiarse de bando y
concordar con ella; había ayudado un poco el que Mousse no dejara de
darle codazos cada vez que empezaba Ryoga a asentir con la cabeza sin
darse cuenta. Akane tendía a producirle ese efecto.

Miró más allá de Akane, hacia donde Mousse y Shampoo estaban
sentados, del otro lado del pasillo. Mousse no tenía interés de hablar
sobre lo que fuera que había sucedido entre él y Shampoo, y Ryoga
sabía, mejor que la mayoría, que hay cosas que es mejor guardarse
dentro. Lo que pasaba entre ellos era distinto de lo que pasaba entre
Genma y Nodoka: entre estos parecía más una ausencia que una
presencia, algo que había existido entre los dos y ahora ya no estaba.

Shampoo estaba dormida, con media cara oculta por la larga caída de su
cabello. Con una fijación aún mayor que la de Ryoga, Mousse miraba por
la ventana, con la barbilla en una mano y el codo apoyado en su asiento
junto a la ventanilla. Las gafas colgaban entre dos de sus dedos,
meciéndose un tanto al desacelerar el tren.

Detrás de ellos dos estaban Genma y Happosai. Genma dormía también,
rompiendo en ronquidos cada pocos minutos, momento en que Happosai
le daba un codazo, haciéndolo callarse unos minutos para luego empezar
otra vez. Happosai estaba absorto en una revista de trajes de baño
adquirida en un quiosco de la estación antes de que saliera el tren; solo
interrumpía la lectura para darle codazos a Genma.

El antes vetusto maestro ahora parecía de poco más de cincuenta años.
El día recién transcurrido había cambiado su pelo de completamente
blanco a gris claro, le había quitado más surcos de la cara y le había
enderezado el cuerpo. No era alto; obviamente nunca lo había sido,
incluso de joven. Pero irradiaba el mismo poderío y experiencia que solo
se ven los maestros de las artes marciales. Su lujuria había tenido un
cambio también: ahora era mucho más sutil, y parecía tener mucha
menos necesidad real de poner en práctica sus perversiones. Pero las
que sí practicaba tal como antes parecían seguir produciéndole el mismo
disfrute: habían quedado bastantes mujeres furiosas en el anden, al salir
el tren.

Ryoga se preguntó cuándo irían a pasar los efectos del agua de la
Nannichuan que el viejo había bebido en la boda, si es que pasaban.
Encontró algo perturbadora la idea de que Happosai terminase con
aspecto de tener la misma edad que él.

Detrás de él y Akane, iban sentadas Nodoka y Ukyo, cubiertas por el
mismo silencio que había pendido sobre todos ellos en las horas a bordo
del tren. No parecía haber nada que decir, ninguna palabra que alguno
pudiera usar para llenar el espacio dejado por la ausencia de Ranma.

Cómo el silencio podía ser tan pesado, Ryoga no lo sabía. Era, en cierto
modo, más fuerte que el sonido mismo: parecía permear el aire del tren,
afectando a los demás pasajeros, cuyas conversaciones parecían tímidas
y entrecortadas.

—La lluvia no es tan mala a veces —dijo Ryoga, respondiendo por último.

No sabía bien por qué lo decía. Nunca había tenido mucho gusto por la
lluvia, incluso antes de su maldición. Pasar buena parte del tiempo fuera
y sin techo tendía a producir desagrado por los aguaceros repentinos.

—Ojalá tuviéramos paraguas —dijo Akane.

Ryoga se rigidizó.

—¿Pasa algo?

—No, no.

Mentira, desde luego. Algo pasaba, y era que él no tenía el paraguas. Ya
no. Lo había dejado en el patio de Furinkan hacía unos días. Luego de
casi matar a Ranma con él. Siempre había pasado algo automático: él
tiraba el golpe, Ranma lo esquivaba. Jamás se le había ocurrido que en
algún momento pudiera ser distinto.

Pero había sido distinto. Ranma había dejado de esquivar, y él casi lo
había matado. Así que Ryoga había dejado el paraguas en el patio, y
quizá todavía estaba allí.

Ahora caía en la cuenta de que tal vez había sido mala idea. Un bonito
gesto simbólico, pero en verdad necesitaba esa cosa para el propósito
con que se había diseñado, no como arma.

—El tren ya paró, Ryoga. Hay que bajarse.

Asintiendo con la cabeza, se puso en pie, sintiéndose entumecido por
las cerca de cinco horas sentado. No sabía bien qué haría; tenía que
apartarse de Akane, o de alguna manera conseguir algo con qué
protegerse de la lluvia.

Saliendo al pasillo del tren, vio a Mousse estirar un brazo y sacudir
suavemente un hombro de Shampoo. La muchacha bostezó, cubriéndose
la boca con la mano, y abrió los ojos.

—¿Ya llegar?

Mousse asintió. —Sí.

Shampoo se levantó y estiró los brazos por sobre la cabeza.

—Bien —dijo—. Quiero bajar del tren.

Ryoga seguía en el pasillo, mostrándose nervioso y mirando por la
ventana, hacia el andén mojado de lluvia, mientras Akane se dirigía a la
salida y los demás empezaban a levantarse de sus respectivos asientos.
La miró bajar la escalerilla del tren y pasar al andén, de espaldas a él, la
lluvia cayendo suavemente sobre ella, dejando manchas oscuras en los
hombros de su blusa y chispas en su cabello oscuro.

—¿Esto sirve, tal vez? —dijo Mousse, dándole a Ryoga un elegante
paraguas negro, cerrado.

Ryoga lo recibió con expresión atónita.

—¿De dónde lo sacaste? —preguntó.

Mousse se encogió de hombros y extrajo otro paraguas más de su manga
con un rápido movimiento de la mano:

—Todo va en la muñeca.

Ryoga le sonrió un tanto al otro muchacho, sintiéndose enormemente
agradecido.

—Gracias.

Mousse asintió con gesto ausente y echó a andar por el pasillo, en
dirección a Shampoo, que estaba cerca de la salida, mirando la lluvia con
expresión ansiosa. Mousse le puso una mano en el hombro y dijo algo que
Ryoga no oyó; ella asintió con la cabeza, y los dos salieron juntos del
tren bajo la protección del paraguas.

Ukyo y Nodoka salían ahora del tren, la lluvia cayendo sobre ambas,
muy suavemente. Genma hizo un alto en la puerta, luego se encogió de
hombros, no pareciendo importarle en lo más mínimo el salir a la lluvia. Su
ropa se estiró al expandírsele el cuerpo a su voluminosa forma de panda.

Ryoga aspiró aire suavemente y bajó del tren, alzando con cuidado el
paraguas, con solo unas pocas gotas cayendo en sus brazos. Hacía
mucho había adquirido habilidad para no mojarse, considerando que a
veces parecía ser un imán para el agua fría.

—Aquí está seco —dijo suavemente, llegando junto a Akane y poniéndola
también bajo el paraguas.

—Tienes razón —dijo Akane, sin mirarlo.

—¿Eh?

—La lluvia no es tan mala a veces.

—Ah.

—Se siente bien. Fresca. Llena de vida. —Sacó una mano del cobijo del
paraguas y la retrajo cubierta con gotas de lluvia—. Algo tibia además.

Alzó la mano, como para tocar la mejilla de él.

—Siéntela.

Él se echó un tanto atrás. —En serio, no es...

—No pasa nada —dijo Akane—. Ando un poco rara, creo.

—No, no —dijo Ryoga—, sin duda está agradable...

—Anda, siéntela —dijo Akane. Saca una mano.

Un estremecimiento traspasó a Ryoga. Ella le sonrió.

¿Cuánta agua —se preguntó— era necesaria para transformarlo? Más que
unas cuantas gotas de lluvia, al menos. Un par de gotas no harían daño.
Sin duda no en las manos.

Sacó una mano. La lluvia era ligera en su piel, una caricia. Solo por un
momento, porque no podía permitirse más riesgo. Quitó la mano de un
tirón, aún sintiendo el contacto cálido de las gotas, y se la secó en la
camisa.

—Hace cosquillas —dijo—, y se rió un poco.

Akane asintió con la cabeza y cerró los ojos. Extendió las manos hacia
los lados, dejando que la lluvia cayera en ellas. Las gotas corrieron por
sus dedos, sus palmas, el interior de sus muñecas. Tocaron las mangas
de su blusa y la oscurecieron un tanto. Akane sonrió; no parecía haber
nadie más junto a él además de ella. Los demás ya se habían adelantado,
Shampoo y Mousse bajo el paraguas, Ukyo, Nodoka, Genma y Happosai
bajo la lluvia.

Tras un momento, Ryoga se dio cuenta de que Akane lloraba, las lágrimas
cayendo de entre sus párpados y por su cara, en silencio, dejando huellas
en el contorno de sus pómulos.

—¿Akane? —dijo con cuidado—. Akane, ¿qué pasa?

—Nada, una tontería... —musitó ella—. Es que pensé que pasaría si
Ranma estuviera aquí. Ya sabes que de alguna manera se mojaría, y...

No terminó. Abrió los ojos y se los enjugó rabiosamente con el dorso de la
mano.

—Nada —dijo, vehemente—. No es nada. Volvamos a la casa.

Ryoga asintió con la cabeza despacio, con una tristeza que se hinchaba
en su corazón. Puso muy delicadamente una mano sobre el hombro de
ella, un solo momento, permitiéndose sentir en los dedos la tela húmeda y
la tibieza de la piel que había debajo.

—Todo saldrá bien —dijo.

Akane no hizo nada más que suspirar.

Y así echaron a andar los dos por la lluvia de verano que caía suave
desde un cielo gris, la lluvia de verano que se desgranaba contra la tela
negra del paraguas en un ritmo callado, lluvia de verano que poblaba las
calles con charcas sombrías, que corría por las cunetas llevándose el
detrito de la ciudad hacia lo que hay bajo las ciudades.

Lluvia de verano que lavaba lo viejo y propiciaba lo nuevo. Lluvia de
verano que caía de los cielos a la tierra. Lluvia de verano que caía cual
lágrimas.

~ o ~

—Noventa y ocho, noventa y nueve...

Sonó un llamado a la puerta.

El cepillo de plata hizo un alto en su descenso por los rizos
oscuros.

—Adelante.

Kodachi no se volvió para mirar, al abrirse la puerta con un rechinido
suave y entrar su hermano, elegantemente arcaico y vestido con su gi
de kendo y hakama, cuya basta color índigo alcanzaba casi hasta sus
pies descalzos.

—Cien.

—Hoy no has ido al colegio —aseveró Kuno.

Kodachi se volvió a mirarlo por sobre un hombro, y sonrió brevemente,
el pelo negro cayendo suelto por su espalda.

—¿Y qué si no?

Kuno no dijo nada, y cruzó por la alfombra para ir a situarse detrás de
ella, ante el tocador. Kodachi miró el reflejo de los dos en el espejo, y le
desconcertó, como ocurría de vez en cuando, el parecido entre ambos.
Cabello y ojos oscuros, esbeltos los dos de rostro y cuerpo. Los dos
altos, los dos con caras proclives a la seriedad.

Tan parecidos. Los ojos. Kodachi recordó los ojos. Los de él habían sido
grises, los de ella azules, pero habían sido los mismos ojos. No era posible
cambiar los ojos: ventanas del alma.

—¿Hermana?

El cepillo cayó a la alfombra con un ruido sordo, captando un reflejo de
las luces del techo. El dorso del cepillo tenía rosas en relieve, grabadas
en la plata con exquisito detalle. Desde sus primeros recuerdos, ya tenía
el cepillo; era parte de un conjunto de tocador. ¿Quién se lo había dado?

—Hermana, ¿estás bien?

—Sí, sí —dijo Kodachi, cortante. Todo volvió a la normalidad y se llevó la
mano a los ojos para quitar toda lágrima que pudiera estar acechando—.
Estoy bien.

—¿Entonces por qué no estás asistiendo al colegio?

—No es de tu incumbencia.

—Esta es mi casa, hermana.

Ella lo miró con gesto de mofa, y se agachó para recoger del piso el
cepillo caído, volvió a ponerlo sobre el tocador, luego miró intensamente
su propio reflejo en el espejo.

—Es tan mía como tuya.

—Cierto. Pero eres un año menos que yo. Y me preocupo por tu bienestar.

—Qué conmovedor.

—¿Qué ha hecho Saotome ahora?

Eso la hizo volverse para mirarlo. Lo dijo con suavidad, sin rabia, sino
como una pregunta sincera:

—¿Cómo?

—Estuviste así después del incidente aquel con las galletas. Y luego de lo
de Asuza. ¿Qué ha hecho ahora ese tunante?

Fue la forma en que dijo tunante, sin ninguna vehemencia, sino casi con
un tono de burla contra sí mismo. Kodachi se mojó un tanto los labios con
la lengua, y miró a su hermano un momento.

—Hermano... Esa chica de la coleta a quien atesoras tanto...

Kuno arqueó las cejas. —¿Qué tiene que ver ella con Saotome, hermana?
Aunque muchas veces me he preguntado, en mis momentos más
contemplativos, por qué comparten el apellido. ¿Hermanos, quizá? Son
parecidos, a veces.

—Hermano...

—Aunque no han de llevarse muy bien, por cierto. ¿Alguna vez los has
visto juntos? Trato de recordar alguna ocasión en que los haya...

Kodachi prácticamente saltó del banquillo para sujetarlo por el cuello
del gi.

—Lo sabías —dijo con voz la voz baja y rabiosa—. Todo este tiempo lo
supiste, y...

—¿Saber? —dijo Kuno con tono calmo, y posó sus brazos sobre los de
ella para hacerla soltarlo—. ¿Quién puede saber lo que otro sabe,
hermana mía? Todo tiene profundidades ocultas. Todos elegimos qué
ocultar y qué revelar.

—Siempre hablábamos así, antes —musitó Kodachi—. Recuerdo cuando
éramos niños, después de... ¿Qué pasó, hermano? ¿Dónde quedó tu
profundidad? Tú...

—No hables de mi profundidad hasta que conozcas la medida de la tuya,
querida hermana —dijo Kuno.

—Tenía los mismos ojos que ella —murmuró Kodachi, con una mirada
fugaz a la puerta de la habitación, como buscando una ruta de escape—.
Eran iguales.

—¿En qué distantes abismos, en qué cielos, ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse? ¿Y qué mano osó tomar ese fuego?

—¿Shakespeare? —aventuró Kodachi.

—Blake. Brillante. Y bastante loco, además. Él y Shakespeare son más
compatibles de lo que muchos piensan.

—No estoy bien, hermano —dijo Kodachi, en voz tan queda que fue poco
más que un movimiento de sus labios—. Veo... Veo cosas ante mí que no
están bien. Me...

Kuno le puso una mano en el hombro:

—Cuesta aceptar aquellas cosas que parecen escapar a nuestro
entendimiento. Una cosa no debiera cambiar su forma, ¿verdad?

Kodachi asintió con la cabeza; pestañas largas tocaron sus mejillas
cuando cerró los ojos.

—Verdad. Pero sus ojos y los de ella...

—Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu
filosofía.

—¿Shakespeare?

Kuno sonrió. —Esta vez sí. ¿Por qué no descansas, hermana? Podría
hacerte bien. Me puedo encargar de la cena.

Kodachi abrió los ojos, luego volvió a asentir.

—Tal vez es lo mejor. Creo... Creo que quisiera dormir.

La mano de su hermano le apretó delicadamente el hombro, y luego lo
vio hacer algo absolutamente inesperado, tan rápido que no pudo sino
quedarse inmóvil y sorprendida. Kuno se inclinó, eliminando la diferencia
de altura entre ellos y, muy suavemente, puso sus labios contra la frente
de ella.

Era un gesto de infancia, de una época muy, muy lejana, vagamente
recordada en algún lugar hondo de la mente de Kodachi. Se tocaban
rarísima vez hoy por hoy, a no ser que estuvieran peleando.

—Una cosa bella es un goce eterno —susurró él, aún inclinado hacia
ella—. Su hermosura va creciendo. Y jamás caerá en la nada; antes
conservará para nosotros un plácido retiro, un sueño lleno de dulces
sueños, la salud, y un relajado alentar.

—No suena a Shakespeare —dijo Kodachi a media voz.

—Keats —dijo Kuno, irguiéndose—. Murió a los veintiséis. Tan joven.

Dio media vuelta, fue hasta la puerta, e hizo un alto al alcanzar la perilla:

—Que duermas bien, hermana.

Habiendo terminado, abrió la puerta y salió.

~ o ~

El Nekohanten estaba iluminado solo con la pálida luz que se filtraba por
las cortinas de seda, que cubrían las ventanas, cuando Shampoo y
Mousse entraron. Las sillas estaban puestas sobre las mesas, y un
delgado polvo de tres días de ausencia cubría las superficies de madera.

Los dedos de Shampoo hallaron el interruptor en la pared y lo pulsaron,
con lo que el comedor quedó bañado con las luces del cielo raso.
Suspirando, la muchacha estiró los brazos por sobre la cabeza y bostezó.
No había dormido mucho en los últimos días, y lo poco que había logrado
dormir había estado lleno de pesadillas imprecisas, a medio recordar.

—¿Y ahora qué hacemos? —dijo Mousse después de un momento.

Shampoo lo miró de soslayo:

—Yo voy tomar ducha muy larga. Luego voy a desarmar habitación de
bisa... habitación de Cologne, para ver qué sucede.

Su sonrisa, delgada como una cuchilla y no reflejada por sus ojos, hizo a
Mousse retroceder un paso.

—¿Hay algo que pueda...? —empezó.

—Tu japonés mejor que el mío. Escrituras de restaurante en tercer cajón
de aparador de fregadero, debajo de guías de teléfono. Tú las buscas y
miras, ve si alcanza para volver a China cuando vender.

Mousse asintió. —Habrá de sobra. Las propiedades son caras en cualquier
parte de Tokio, por lo que sé. Aunque no sé qué tan rápido podamos...

—Un hombre pide hace tres meses comprar propiedad. Cologne siempre
dice que no.

Mousse pestañeó. —No me lo habías contado.

Shampoo resopló. —Tú hombre. No tiene por qué saber.

El muchacho, por toda respuesta, se encogió de hombros y se alejó,
dándole la espalda. Miró por sobre un hombro.

—¿Shampoo?

—¿Qué?

—¿Por qué de pronto le dices Cologne a tu bisabuela?

La mirada de Shampoo fue como un hielo negro.

—No asunto tuyo como yo dice, Mousse.

Mousse cerró un tanto los ojos detrás de las gafas, y sacó un
suspiro largo y bajo.

—Shampoo, yo...

No siguió. No había nada que pudiera decir y que la hiciera entender más
de lo que ya entendía.

Ella sabía que el muchacho quería consolarla, y una parte de ella quería
recibir ese consuelo. Pero había mucho entre ellos, y también mucho que
no había. Había una espada clavada hasta la guarda en un árbol, y las
palabras salidas finalmente de él, la aceptación de que hay cosas que se
desean y sencillamente no se pueden tener.

—Haz lo que te dicen, Mousse.

Tan imperiosa. Tan maravillosamente como las demás mujeres que
Shampoo había oído en la aldea, al hablarles a sus maridos, hermanos
o hijos. Lo vio golpeado, solo un tanto, por las palabras, para luego
volverse y marcharse. Lo vio empuñar una mano, solo un momento.

El muchacho entró a la cocina y se perdió de vista. Mirándolo, Shampoo
sintió por dentro algo muy similar al dolor.

Fue hasta la trastienda del restaurante, pasó por la cocina, sin siquiera
mirar a Mousse, que hurgaba en el cajón. El olor a comida pendía aún en
el aire, como siempre. Había un montón de cebollas mustias cortadas en
rodajas sobre el aparador, un cuchillo junto a ellas. Todo en la cocina
parecía desordenado.

Sacudió la cabeza y reprimió los recuerdos, enterrándolos. La cara se le
endureció al subir las escaleras de a dos peldaños, con zancadas largas.
Los bonboris sujetos a su cinto chocaban contra sus pantorrillas al andar.

Llegando a la planta alta, fue hasta la puerta cerrada de Cologne, y quitó
bruscamente la mirada de esta. De nuevo, demasiados recuerdos.

Había demasiado, incluso en este pasillo, que le recordaba a Cologne.
La maceta con la planta, que la mujer había traído cuando se habían
mudado a este lugar, el viejo dibujo a tinta en la pared, de la luna
alzándose sobre una montaña de punta escarpada, firmada en una
esquina con el nombre de Cologne.

Por último, llegó a su respectiva habitación. Abrió la puerta y entró; miró
la cama, la cómoda, el espejo, el escritorio con su silla, el armario. Por
último, el soporte de armas, la reluciente espada descansando bajo el
lugar donde colgaba los bonboris.

Se quitó las armas del cinto y las dejó en el soporte con un suspiro.
Desamarró las cintas de la pechera y se la quitó, la firmeza y suavidad
del cuero fue reconfortante en su mano. Colgó la pechera en un gancho
del armario.

Con un suspiro, se hundió en la silla ante su escritorio y se soltó un poco
el cuello de la túnica. Le estaba quedando un poquito apretada, desde
hacía un tiempo. Tendría que mandarse hacer una nueva ni bien
regresara a la aldea. Y por rápido que volviera, no sería rapidez suficiente
para su gusto. Esa era la decisión a la que había llegado finalmente con
Mousse: volver y, de alguna manera, encontrar con el Consejo Joketsuzoku
alguna forma de abordar la situación.

Ranma había desaparecido, y algo doloroso dentro de ella le decía que
de alguna manera era culpa de su bisabuela. Sospechaba que iba a
encontrar pocas respuestas aquí para las muchas preguntas. Qué había
hecho a Cologne comportarse de esa manera demencial, quiénes habían
sido esas dos mujeres, dónde se habían metido Ranma y su bisabuela.

Y si había respuestas aquí, se las dejaría a quien quedase en este lugar.
Ranma ya no estaba. Su bisabuela ya no estaba. No quedaba nada para
ella aquí. Iba a volverse a China, y al diablo el Consejo. Si el precio de
irse a casa era el exilio, que lo fuese. Si el precio era la muerte, que lo
fuese también. Cual fuese el precio, tenía que irse de Japón, salir de esta
prisión de hierro, dejar estos edificios que llegaban al cielo y arañaban las
nubes con dedos de cristal y acero.

Había un dolor dentro de ella, una herida que no sanaba. Desde hacía
unos días costaba tanto poner interés en cualquier cosa, costaba tanto
reunir la pasión o las ganas de comer o dormir. Estaba entumecida, y
sabía que eso no estaba bien, y no le importaba.

Quería llorar, y no encontraba lágrimas. Quería pelear contra algo, algo
contra lo cual desquitarse. Algo simple.

Meneando la cabeza, sacando una espiración honda y lenta, se levantó
de la silla, volvió a salir al pasillo y se encaminó al baño, con gran
cuidado de ignorar todo lo que pudiera recordarle a su bisabuela.

Rato después, con vapor en torno a sus tobillos y agua caliente
golpeteando sobre su piel y la cortina de la ducha, se descubrió
tarareando suavemente, la melodía de la misma ridícula canción de niños
que había cantado hace unos días al barrer la acera. Airada, cerró la
boca y se restregó furiosamente el cuerpo con el paño, quitándose la
mugre y polvo del viaje, dejándola irse por el desagüe.

Envolviéndose el cabello con una toalla y el cuerpo con otra, salió del
baño, y se dio cuenta de que seguía oyendo la canción en su cabeza.
Iba a mitad del pasillo cuando se abrió la puerta del pequeño cuarto que
ocupaba Mousse, y este salió, con el pecho descubierto y una toalla
sobre el brazo. Casi choca con ella al pasar.

Fue uno de esos momentos que son mucho más incómodos de lo que en
realidad debieran ser.

—Parece que ya desocupaste el baño —dijo Mousse después de un
momento, y pasó sin una segunda mirada.

La expresión de sus ojos era algo que ella jamás había visto allí, ni que
imaginaba iría a ver alguna vez. No era interés, ni desdén, ni rabia. Ni
siquiera alguna cosa que ella pudiese nombrar, sino simplemente la
ausencia de algo. Que alguien tuviese una expresión así en los ojos no
era bueno.

Siguiendo hacia su habitación, se preguntó vagamente si esa misma
expresión la tenía ella también.

~ o ~

Al estirar la mano Ukyo hacia la puerta corrediza del restaurante, esta se
abrió como por voluntad propia, exponiendo el interior oscuro del local, el
largo mostrador y su plancha envueltos en sombras.

—Bienvenida, Ukyo —dijo Konatsu al aparecer como deslizando desde
alguna parte en la luz opaca, su kimono una mancha gris haciendo
rumores suaves al rozar en torno a sus pies calzados de pantuflas—.
¿Cómo estás...?

—No muy bien —dijo Ukyo con voz cansada al entrar para luego empezar
a quitarse los zapatos—. Nada de bien.

Konatsu se llevó una mano a la boca, con pasmo iluminándole los ojos
oscuros:

—Le pasó algo a la madre de Ranma?

Ukyo negó con la cabeza. —A Ranma.

—¿Qué sucedió? —dijo Konatsu, con voz muy delicada.

Ukyo se quitó el segundo zapato, se irguió y cruzó descalza por el piso
para sentarse ante el mostrador, descansando las palmas contra la
fresca madera vetada.

—¿Puedes encender las luces? —dijo luego de un momento—. ¿Por qué
está tan oscuro aquí?

—Tengo bastante buena vista, incluso en la oscuridad —dijo Konatsu
con una voz que sonaba sutilmente avergonzada—. No quería malgastar
electricidad mientras no estabas.

Las luces del techo se encendieron y los tubos fluorescentes bañaron
de luz el salón. Konatsu avanzó con pasos muelles por el piso para ir a
situarse detrás de Ukyo, y puso levemente sus manos sobre los hombros
de la muchacha.

—Cuéntame qué sucedió, Ukyo —dijo—. Estás tan tensa.

Sin esperar respuesta, empezó a masajear el cuello y hombros de Ukyo,
con dedos finos y fuertes que desanudaban músculos y distendían
contracturas con una destreza nacida de larga práctica.

Ukyo se sorprendió un momento, luego se encontró relajándose.

—Eres bueno para esto —dijo.

—Mi madre y mis hermanas me hacían hacerlo —dijo Konatsu
suavemente.

—Ah.

—Pero me gusta más hacerlo para ti, Ukyo.

—Mmm.

Sus dedos viajaban por la parte superior de la espalda de Ukyo, que
sintió que la tensión salía de ella como un fluido.

—¿Qué le sucedió a Ranma? ¿Está bien?

Despacio, con los dedos de Konatsu moviéndose delicadamente por su
espalda, como una lluvia cálida, Ukyo empezó a contarle todo cuanto
pudo de los últimos días. Para cuando terminó, tenía los ojos a medio
cerrar, y puntuaba la conversación con esporádicos bostezos.

—Es que estoy tan preocupada por él —dijo por último, su voz un
murmullo—. Aunque él no me...

No terminó de decirlo, y un ronquido suave salió de sus labios un
momento después. Konatsu sonrió delicadamente y quitó las manos de la
espalda de ella.

—Técnica kunoichi de masaje relajante —dijo con un susurro—. Parecía
hacerte falta, Ukyo.

Con cuidado, la alzó de donde estaba sentada y acunó su cabeza contra
un hombro, un brazo detrás de su espalda y el otro bajo sus rodillas.
Ukyo murmuró suavemente en sueños.

—Ranchan...

Konatsu cerró los ojos y movió de lado a lado la cabeza con un suspiro
quedo y suave. La cargó por la cocina hasta las escaleras cortas y
angostas que conducían a la planta alta, donde ambos tenían sus
habitaciones.

Abrió cuidadosamente la puerta corrediza del cuarto de Ukyo con la
cadera, y entró. Ukyo se movió un tanto en sus brazos y abrió los ojos,
solo un segundo, aún nublados por el sueño, y luego los volvió a cerrar.

—Tienes brazos tan fuertes —murmuró suavemente al empezar él a
meterla con cuidado en la cama.

Konatsu dudó un momento, y luego le soltó el cuello de la blusa azul con
flores, sonrojándose. Subiendo las mantas con cuidado en torno a ella, le
sonrió y fue hasta la puerta.

—No te vayas.

Konatsu miró hacia atrás.

—¿Ukyo? —musitó incrédulo, con la mano en la jamba de la puerta—. ¿De
verdad...?

—No te vayas, Ranchan. Me...

Konatsu apretó la mano un breve momento, con tanta fuerza que creyó
poder dejar una impresión en la madera. Luego salió al pasillo, con el
cuerpo casi temblando, y cerró la puerta corrediza.

—Ojalá pudiera ser el que quieres, Ukyo —dijo, mirándose el kimono gris
con diseño floreado. Era tan bonito; le encantaba usar ropa bonita. No
entendía por qué tanta gente consideraba incorrecto que un hombre
quisiera vestirse así. ¿Tan terrible era anhelar belleza?

Triste por razones a las que no lograba poner nombre, Konatsu se
encaminó al comedor, sin otra razón que el no tener más que hacer.

Se quedó un momento mirando por la ventana, hacia la lluvia que caía
como un rocío en las calles, perdido en ideas, los ojos oscuros brillando
trémulos, como reflejos en una superficie de agua.

—Conque a esto ha venido a dar nuestra mejor guerrera. A embobarse
por otra chica. Qué decepción más grande, Konatsu.

Con creciente espanto, Konatsu se volvió y miró la forma vestida de rojo
junto al mostrador.

—Dama Hako...

La líder del clan Kenzan vestía el atuendo kunoichi de color carmesí, el
uniforme de las integrantes del clan. Su rostro estaba tostado por el sol
de las playas de Okinawa, donde estaba el cuartel principal del clan.

El cabello de Hako era completamente blanco, un contraste con la
juventud de su rostro. La larga cicatriz bajo un ojo era una línea pálida
contra su piel bronceada, extendiéndose por su mejilla izquierda hasta la
quijada. Otra, más corta y delgada, recorría su mejilla derecha en una
línea horizontal. Una tercera torcía un lado de su boca en una permanente
mueca de burla, dando a la belleza dura y escultural que poseía un cariz
aun más cruel que el que ya tenía.

—Una vez al siglo, por cierto —dijo la mujer al ponerse en pie. Su cabello
parecía como cortado con una cuchilla, delimitado con precisión a la
altura de sus hombros—. Eres una vergüenza, Konatsu.

Konatsu cayó de rodillas y tocó el piso con la cabeza.

—Perdóneme, Dama Hako. Yo...

—Tu madrastra y sus hijas colaboraron con todo gusto luego de que
hablé con ellas —dijo Hako con tono lánguido—. Han entendido el error
que es haberte dejado ir tan fácilmente. Lástima lo de las manos de
Koeda, eso sí.

—¿Qué sucedió? —musitó Konatsu.

—Quizá logren salvar dos dedos de una mano —dijo Hako con una
encogida de hombros—. Le convendría tener más cuidado con los
cuchillos.

—Dama Hako, suplico me perdone. Yo...

—Supe la verdad de cómo te trataban esas tres imbéciles. Ten la
seguridad de que lamentan su error.

Hako entrelazó sus dedos cubiertos con guantes carmesí, y fue a
situarse junto al lugar donde Konatsu se arrodillaba.

—Levántate, Konatsu. A fin de cuentas no somos samurai. Las
reverencias solo logran facilitarle a un enemigo el cortarte la cabeza.

Konatsu se puso en pie, tragó saliva y se ajustó el kimono.

—Bonita la chica que encontraste —dijo Hako con una sonrisa torcida—.
Bonitas manos. Buena estructura ósea.

Konatsu palideció. —Lady Hako, le imploro que...

—Buen comienzo. No debiste haber huido, Konatsu.

—Estaba...

—Tendrás todo empacado y estarás lista para irte conmigo esta noche.

—¿Ir adónde?

—A Okinawa. Se te debe entrenar para ser mi reemplazante cuando
llegue el momento.

Konatsu pestañeó, enmudecido. Luego de un momento, se encontró la
voz.

—Dama Hako, ¿acaso usted...?

—Vienes una vez cada siglo, a fin de cuentas —dijo Hako—. ¿Quién mejor
para reemplazarme?

—¿Pero y si yo no quiero...?

—Lo que tú quieras no me importa en lo más mínimo.

Konatsu abrió la boca, luego la cerró.

—Sí, Dama Hako.

Hako asintió con la cabeza, y pasó junto a él camino a la puerta.
Abriéndola a medias, se detuvo y miró atrás.

—Algo más, Konatsu.

—¿Sí?

—No le digas a nadie adonde has ido. Tendría que matar a quien se lo
digas. Comprenderás que ciertos aspectos del Clan Kenzan tienen que
quedar en secreto.

Sonrió:

—Pero qué manos más bonitas las de esta chica.

—Tendré todo listo para irme, Lady Hako —murmuró Konatsu.

Hako asintió con gesto ausente. —Sí, sí. Bien. Dejé un dinero en tu
cuarto. Toma un taxi al aeropuerto y encuéntrame en la puerta doce.

—Sí, Dama Hako —dijo, dirigiendo la mirada al piso.

—Buena niña.

Hako salió, y la lluvia gris produjo algunas manchas en su uniforme rojo
carmesí, luego la mujer salió y él ya no pudo verla.

Konatsu se cubrió la cara con las manos y empezó a llorar en silencio ni
bien tuvo la certeza de que la mujer ya se había marchado.

~ o ~

Fuera del restaurante, Hako miró con gesto irritado hacia la lluvia que
caía. No le gustaba la lluvia; era demasiado limpia, demasiado pura. Sobre
todo lluvia como esta.

Se abrió paso por las calles, concurridas pese a la lluvia, disipando sin
pensarlo su presencia a un grado tal que hizo a la mujer, alta y cicatrizada,
con cabello blanco y cara joven vestida con uniforme de ninja, pasar
completamente inadvertida. Bajo sus guantes carmesí, sus manos se
crisparon un poco, y una subió para asir por un momento las solapas del
traje de un hombre que pasaba. Ella se agarró la muñeca de aquella mano
con la otra y la quitó de un tirón. Le dirigió al hombre una sonrisa torcida,
que lo hizo apartar rápidamente la mirada y seguir su camino. La gente
nunca se percataba de Hako a menos que miraran con atención, y cuando
lo hacían, normalmente deseaban no haberlo hecho.

—Compórtate —masculló.

La limosina estaba aparcada a más de una calle de distancia del restaurante,
y subió a esta con un suspiro quedo. Estaba cansada; sentía el cuerpo
agotado.

—Al hotel, Joichi —dijo, cruzando las manos sobre las piernas—. Quisiera
descansar antes de irnos esta noche.

Pasó un momento sin respuesta.

—¿Joichi?

Con cara de extrañeza, puso una mano en el hombro del conductor y lo
giró. Sin expresión, miró las abiertas cavernas negras de las órbitas
oculares, y el dolor inmovilizado en la cara, oscurecida por la visera de
su gorra de chofer.

El hombre tenía una nota prendida a la chaqueta. La cogió entre los
dedos de su mano derecha y la quitó para mirarla.

Hako

La cortesía mínima indica avisar al anfitrión si uno se quedará
más
de lo esperado. Me sorprende que no te tomaras el tiempo
para informarme
que pasarías otra noche en Tokio.

Toda visita se vuelve importuna tarde o temprano. Por favor
márchate lo
antes posible. Habría hablado contigo en persona,
pero no se dieron las
cosas, y tuve que dejarte un mensaje
con Joichi.

Hako hizo un gesto de descontento y arrugó la nota. Sin firmar, claro,
pero no era necesario. Los ojos eran firma suficiente. Por lo visto, tendría
que conducir ella hasta el hotel.

—Habrá que rendir cuentas por esto —dijo, con gesto de ira y tirando la
bola de papel arrugado al asiento del acompañante.

Llevando su atención a Joichi, se percató, irritada, de que los dedos de
su mano izquierda estaban ahora pintando diseños en el respaldo del
asiento con la sangre del hombre.

—Deja eso —dijo con un gruñido.

Después de un momento, la mano obedeció.

~ o ~

Desde el callejón, el hombre joven, de ojos azules y cabello castaño,
vestido con traje azul marengo, miró a la limosina partir poco después de
que Hako subiera a ella. Aspiró una chupada larga de su cigarrillo, luego
lo extrajo apretado entre un índice y pulgar delgados y lo tiró con un
movimiento rápido; ceniza y tabaco aún encendido rebotaron de la pared
del callejón como las chispas de un martillo al golpear un yunque.

—Claro que tenías razón, Yoko —dijo, y sonrió—. En realidad no soy más
que un hombre.

Abrió las manos. Recibió la mirada fija, vidriosa y ciega de lo que había
tenido en las manos.

—Las cabezas de la serpiente llevan demasiado tiempo mostrándose los
colmillos entre ellas. Que ahora empiecen a morder. La recompensa de mi
señor es solo para los fuertes.

Tiró por sobre un hombro lo que había tenido en las manos; los oyó caer
al suelo con un sonido húmedo. Se hurgó un bolsillo, sacó otro cigarrillo
del paquete, y lo encendió con un ornado encendedor, moldeado a la
forma de un dragón rampante. La llama salió de la boca provista de
colmillos, para encender el tabaco.

Riéndose suavemente, con la estela del humo subiendo desde el cigarrillo,
apretado entre sus dientes, salió del callejón, desde la sombra a la luz.
Tras él, tirados en el suelo, dos ojos que no pestañeaban se miraban
entre sí.

~ o ~

Soun Tendo estaba sentado a la mesa de la cocina, fumando al hablar
con su hija mayor. En el cenicero de la mesa, los restos apagados de
media docena de cigarrillo yacían entre la ceniza compactada.

—... e iba todo tan bien, y luego apareció esa vieja —terminó por cuarta
vez aquel día, gesticulando con el cigarrillo. Esto hizo que cayeran
cenizas en la mesa. Soun palideció y las barrió con la mano al piso antes
de que Kasumi se diera cuenta.

—Entiendo, papá —dijo Kasumi pacientemente por cuarta vez aquel día,
empezando las preparaciones para la cena en el aparador de la cocina.

—Todo partió mal cuando se conocieron —dijo Soun, apagando el
cigarrillo en el cenicero y empezando a sacar otro del paquete que
estaba sobre la mesa—. Cuando Saotome y yo...

—Lo sé, papá —dijo Kasumi, con tiento, por sobre los ritmos del cuchillo
que golpeaba sobre la tabla de cortar—. De verdad, lo sé. Sé que tú y el
tío Genma han intentado todo por unirlos. Sé que parece que los dioses
no quisieran que estén juntos. Sé que tu única preocupación es la
felicidad de Akane. Lo sé, lo sé, lo sé.

Soun dejó de hablar e interrumpió el ademán de encender el cigarrillo que
ahora colgaba de sus labios. La chispa del encendedor murió.

—¿Kasumi?

—¿Sí, papá?

—Te estoy aburriendo, ¿verdad?

—No, papá —dijo Kasumi con tono sincero—. Oír las mismas historias una
y otra vez me parece sumamente interesante.

Soun pareció descontento y guardó el encendedor. Se sacó el cigarrillo
de la boca, limpió el filtro en su camisa y lo devolvió al paquete, luego se
levantó de la mesa.

—Perdón —dijo en voz queda, con la mirada en el piso—. Es que estoy
nervioso, Kasumi, y...

—Está bien, papá.

—Kasumi, ¿eres feliz?

La repentina pregunta hizo a Kasumi dar una mirada hacia atrás por sobre
un hombro, y sonrió.

—Claro que soy feliz. ¿Por qué esa pregunta tan boba?

—Es que... Me la he pasado hablando de la felicidad de Akane. Nunca se
me ocurrió que tú o Nabiki podían estar...

No terminó de decirlo y suspiró.

—Haces tanto, Kasumi. Es que... No quiero que tengas que cuidarme
toda la vida. Quiero que seas feliz también.

—Papá, me gustan las labores de la casa —dijo Kasumi—. Me gusta
cocinar. Me gusta cuidar a la familia.

—Pero ¿no quieres tener tu propia familia?

Kasumi, mirándolo, pestañeó. —¿Cómo así? Esta es mi familia.

—Un esposo, digo. Hijos.

Si hubo un momento en que los hombros de Kasumi se rigidizaron,
Soun no lo notó y continuó:

—Digo, el doctor Tofu parece estar muy ena...

—Papá.

Soun dejó de hablar nuevamente.

—De verdad prefiero no hablar de eso.

Soun asintió con la cabeza y cogió sus cigarrillos de la mesa.

—Desde luego —dijo—, desde luego. Perdón, voy a...

—Está bien, papá.

Soun volvió a asentir y salió de la cocina, con un leve gesto de
extrañeza en las facciones. Casi en el momento mismo en que salió de la
cocina, oyó abrirse la puerta principal de la casa, y pies caminando en el
piso de manera.

—¡Papá! ¡Kasumi! Ya llegamos —llamó la voz de Akane desde el
recibidor.

El oír la voz de su hija lo lleno de alivio, y se apresuró por el pasillo,
pasando junto a las escaleras, para saludarla.

—Akane, me alegra tanto que estés bien —dijo, asiendo a su hija menor
por los hombros—. Estaba tan preocupado. ¿Cómo te sientes?

—También me alegro de verte, papá —dijo Akane suavemente,
quitándose de los hombros las manos de él. Soun miró detrás de ella, a
las demás personas que había en el recibidor.

Genma y su esposa; su viejo amigo ahora empapado en su cuerpo de
panda. Ryoga cerrando un paraguas negro y mirando por la ventana
hacia la lluvia con cara de nervioso. Un hombre bajo de estatura, a quien
no reconoció, de unos cincuenta años, con negro cabello entrecano y un
bigote fino y largo.

—Disculpe —le dijo al desconocido—. ¿Cuál es su nombre?

El hombre lo miró ceñudo. —Yo te reconocí a ti después de diez años, así
que deberías reconocerme a mí con unos cincuenta años menos, ¿sí?

Dio énfasis a su disgusto punceteando fuerte a Soun en el pecho con un
dedo, para luego pasar junto a él y subir las escaleras como si hubiera
vivido allí desde hacía años.

—¿Quién...?

Genma intentó explicar con una combinación de gruñidos y señas con las
manos, y estaba a punto de sacar su letrero y plumones, cuando Nodoka
lo miró de modo inexpresivo y habló.

—Querido, ¿por qué no vas a convertirte en hombre? Hay cosas de que
hablar.

El panda asintió y se fue por el pasillo hacia el dormitorio, dejando un
rastro de agua en el piso con su pelaje empapado.

—Nodoka, ¿puedes...?

—Perdóname, Soun, pero necesito con urgencia cambiarme de ropa —dijo
Nodoka, y pasó por su lado.

Soun la miró seguir por el recodo del pasillo, y luego miró a su hija menor.

—Akane, ¿quién era ese hombre...?

—Ese hombre —dijo Akane, con una nota de cansancio en la voz— era
Happosai. No preguntes.

Soun decidió desmayarse entonces, y mientras lo hacía se dio cuenta de
que por mal que estuvieran las cosas, siempre podían ponerse peor.

~ o ~

Happosai abrió la puerta de su cuarto, entró, e inspiró despacio mientras
alcanzaba el interruptor de la luz. Luego de esa primera inhalación de
aire, le vinieron arcadas.

Encendiendo la luz, fue buscando camino por el piso sembrado de
prendas íntimas, aguantando la respiración para no sentir el olor a ropa
sucia. Abrió la ventana y sacó la cabeza, aspirando una bocanada tras
otra de aire fresco, dejando que saliera algo del olor.

Nunca se había dado cuenta del hedor de su habitación. Había envases
de comida vacíos, y lencería por todas partes; uno de dichos montones
lo componían varias semanas de ropa sucia que no se había dignado dar
a Kasumi para que la echara al lavado.

Por vergüenza que le diera admitirlo, sus sentidos se habían deteriorado
durante los diez años que había pasado encerrado en la caverna. Había
tenido buena vista y oído para su edad, pero mal olfato. Ahora todo lo
que había sido borroso estaba claro, las líneas y detalles de la vista eran
más nítidos, los sonidos más variados. Y el olfato, desde luego, había
llegado con fuerza de sobra. La juventud volvía poco a poco, y con ella
muchas otras cosas.

El aire rancio aún no salía del todo de la habitación cuando fue hasta el
armario. Este tenía las puertas abiertas, y en algún momento había caído
de él un alud de ropa interior. Happosai empezó a escarbar en el montón
con las manos, deteniéndose de cuando en cuando a examinar algún
artículo de lencería de particular interés, antes de tirarlo por sobre un
hombro, añadiéndolo a la altura de otro montón que había tras él.

Después de unos minutos de hurgar, encontró lo que buscaba,
parcialmente enredado en un gran camisón de seda azul. Quitó la prenda,
le dio una mirada apreciativa, y lo tiró a un lado. El libro era grande,
grueso, con el encuadernado suelto, la cubierta de cuero deteriorada por
la edad.

Al terminar su corto amorío con Cologne hacía más de un siglo, había
tenido a bien llevarse algunos recuerdos de ella, y de toda la aldea
Joketsuzoku. Este era uno de aquellos.

La cubierta lo identificaba como "Registro de Tesoros Joketsuzoku, 1874".
Abrió el ajado tomo, y hojeó por él, buscando el vago recuerdo de algo
que había visto en él hacía mucho.

Lo encontró luego de diez minutos. Un simple grabado en tinta,
desdibujado por el tiempo, pero minuciosamente confeccionado. Una vara
recta, provista de una cadena con brazalete de plata en una punta, y en
la otra dos cuchillas romas que semejaban las mandíbulas de un
escarabajo.

Se instaló encima de un montón de prendas íntimas y empezó a leer,
moviendo los labios y hablando en voz baja sin darse cuenta.

—Edad desconocida. Acceso restringido a integrantes del Consejo.
Nombre conocidos: Mazo de Tormentas, Diente de Rayo, Tridente de
P'an- Ku...

~ o ~

Ryoga estaba sentado en el borde de la cama de Akane, con la vista
perdida en la ventana que estaba sobre el escritorio de ella, haciendo de
vez en cuando algún movimiento nervioso al mirar la lluvia caer sobre las
hojas y ramas de los árboles de fuera. Las gotas se acumulaban,
colgaban un momento del lado inferior de las hojas, y luego caían.

Akane estaba de pie ante su librero, en el lado contrario de la habitación,
pasando los dedos por el lomo de los libros, al parecer sin intención de
sacar alguno.

—¿Akane? —aventuró él después de un momento.

—¿Qué pasa?

—¿Estás bien?

Ella lo miró brevemente, con fatiga en las facciones, la mano detenida
sobre un delgado libro de haikus. Luego negó con la cabeza y cerró los
ojos, y bajó la cara hasta que su barbilla casi le tocó el pecho.

— No —dijo—. Creo que no estoy nada de bien.

Cruzó la habitación y fue a sentarse junto a él en la cama, haciendo que
el colchón se acomodara un tanto bajo su peso. Estaba casi tocando a
Ryoga; un pequeño movimiento del cuerpo de ella los hubiera puesto en
contacto, o un pequeño movimiento del cuerpo de él. Lo llenó la misma
tensión que siempre vivía cuando estaba así con ella, solos los dos.

—Akane...

—Lo abandonamos, Ryoga.

No había acusación en el tono, pero de todos modos Ryoga se sintió
mordido por este. Se le formó una expresión descontenta en la cara:

—Akane, hicimos todo lo que pudimos para...

—No lo hicimos.

Cerró la boca de golpe; había rabia en los ojos oscuros de ella, no dirigida
a él, sino una rabia general contra todo, algo que muchas veces era
acostumbrado en ella. Pero también había tristeza allí, una tristeza que
corría honda por las orillas de sus iris y pupilas. Tanto dolor en esos ojos,
que verlo le dolía también, y hacía al alma de él un espejo para la pena
de ella.

—No lo hicimos, Ryoga. Lo dejamos solo peleando con esa mujer.

—No había mucho tiempo para...

—Lo dejamos solo, y ahora ya no está.

—Akane...

Un estremecimiento pasó por el cuerpo de ella, cuando exhaló suave y
hondamente. Los hombros se le sacudieron, sus labios tiritaron, y cerró a
medias los ojos, como rechazando imágenes que no quería ver.

Había tanto sufrimiento en ella, se dio cuenta él. Corría tan
hondo.

—No pude hacer nada —musitó Akane—. No pude hacer nada. Cologne
tenía razón. Soy inútil. Me creía tan buena, tan hábil, tan fuerte. Nadie
me ganaba. Y luego llegó él, y llegaste tú, y Shampoo, y Ukyo, y...

Y lo siguiente fue casi un grito, resonando con desconsuelo, pesar y
culpa:

—¡Y cuando me necesitó, la única vez que de verdad me necesitó, la
única vez que no pudo lograr algo solo, no pude hacer nada!

La cama se sacudió con el impacto de su puño.

—Me quedé sentada con su madre mirando como todos luchaban. Y
ahora no está, no está, y yo...

Su mano subió y se apretó con ella la boca, como reprimiendo palabras,
como para negar lo que estaba por decir, como para convertirlo en
falsedad.

—Y no sé si esta vez va a volver.

Y despacio, despacio, empezó a llorar, un sonido amargo y atragantado,
que, pudo ver él, ella intentaba contener, guardar, enterrar por dentro.

Y Ryoga cayó en la cuenta, con tristeza en el alma, de que también tenía
ganas de llorar. Llorar por su amigo, que había desaparecido, que podía
estar sufriendo, a quien no podía ayudar. Llorar por Akane, porque le
dolía verla sentir dolor. Llorar por la pena que parecía tocar tantas cosas
desde hacía poco. Un golpe casi fatal con un paraguas por un inesperado
cese de movimiento. Lo definitivo de las palabras de Ranma al hablar con
él y pedirle que cuidara a las dos mujeres que más significaban para él en
el mundo. Un mujer con manos que eran navajas, con ojos que eran
noche, y cuya voz era una cosa salida de una tumba húmeda.

¿Por qué, se preguntó, las cosas no podían ser más fáciles? ¿Por qué no
podía acabarse la tristeza, las peleas? ¿Por qué no podía haber alguna
felicidad para él, para Akane, para Ranma, para Mousse, para Shampoo,
para Ukyo? ¿Por qué estaba él entre una chica que lo amaba de manera
incondicional y otra que ni siquiera sabía el verdadero alcance de sus
sentimientos?

¿Por qué?

Y fue como si algo se hubiera roto en él. Sucedía seguido, pero
únicamente estando solo, únicamente cuando no había nadie más,
únicamente entonces podía verdaderamente permitirse sentir pena.

No ahora.

Extendió los brazos y estrechó a Akane contra él, y dejó que su cuerpo
y su alma lloraran por su amigo, y por él mismo. Y ella se aferró a él,
sollozando sobre su pecho, y él se aferró a ella, porque el dolor de los
dos era un mar, interminable, infinito, y en ese momento a lo único que
podían aferrarse era al otro.

Porque es necesario aferrarse a algo, algo más que uno mismo. Es rara la
persona que puede encontrar en su propia alma algo que le proporcione
un verdadero centro. La existencia nos dice que estamos solos, pues en
verdad solos es como empezamos y terminamos nuestra vida. Y en ella
todos hallamos cosas a las cuales aferrarnos: otra gente, gestas,
proyectos, cosas materiales, filosofías, ideales, religiones. Porque es
necesario aferrarse a algo o nos perdemos entre las inmutables,
innumerables penas de la vida.

Ryoga recordó algo que había visto desde la ventanilla del tren, al cruzar
la campiña. Había sido un solo momento, pero lo que vio había estado en
su mente desde entonces. Una ágil forma gris, que corría sobre cuatro
patas, avistada por entre unos árboles. Un perro, un lobo; no estaba
seguro. Pero algo en este había llamado su atención, y cayó en la cuenta
de que la criatura que había visto era una de las pocas cosas del mundo
en total y completa paz con el propósito de su existencia. La había
envidiado, y al mismo tiempo le había causado terror.

Lloraron un rato, y luego el llanto terminó, como ocurre siempre. Porque
no hay llanto que no tenga final.

Se miraron, sus caras surcadas de lágrimas, la ropa arrugada y los ojos
rojos.

Luego, a un tiempo, dijeron los dos "Gracias".

Los hizo reír a ambos, y al mismo tiempo les dio ganas de llorar de nuevo.
Tantas cosas en la vida producían eso; la risa y el llanto era dualidades
del alma humana.

—Lo vamos a encontrar, Akane —dijo Ryoga después de un momento,
enjugándose los ojos.

Había una convicción absoluta e innegable en sus palabras. Movería el
cielo y la tierra de ser necesario, pero, de alguna manera, iba a arreglar
las cosas.

De alguna manera.

~ o ~

Cuando Genma encontró a su esposa, esta se hallaba sentada en el
comedor, cerca de las puertas que daban al porche trasero. Estaban
abiertas, exponiendo la lluvia que caía sobre las tablas del porche.
Nodoka se había puesto un kimono limpio, y el castaño rojizo de su
cabello parecía recién cepillado, recogido y sujeto con una aguja de
marfil.

Vio que Nodoka tenía descansando contra un hombro la espada envuelta
en tela, y su avezado ojo empezó a buscar rutas de escape. Las puertas
traseras estaban abiertas, pero ella estaba por delante; si tenía que huir,
lo más conveniente era tal vez volver por donde había venido.

—Ven y siéntate, esposo.

Tensándose al oír la voz de ella, Genma se le acercó y se arrodilló, y
apoyó el peso sobre los talones con los pies flectados, las palmas sobre
las rodillas. Podía levantarse muy rápido y salir raudo por las puertas
traseras desde esta posición, de ser necesario.

—¿Deseabas hablar conmigo, esposa?

—Sí. Pero no aquí.

Los ojos de él miraron el lugar junto a su esposa: la forma lacada y
pintada de azul de un paraguas de bambú yacía entre los dos.

—¿Vamos a algún lado?

—Un paseo corto. Unas pocas calles, solamente.

Genma asintió despacio y se levantó, recogiendo el paraguas con una
mano grande.

—Muy bien —dijo.

Sabía que con su esposa había ocasiones en que eludirla hacía más daño
que bien, y esta era una de ellas. Salió al porche trasero, protegiéndose
con el paraguas y oyendo las gotas golpear contra la tela.

Nodoka se le unió un momento después, la espada aún descansando
contra un hombro, el kimono rozando elegante contra la longitud delgada
de su cuerpo al moverse ella para situarse bajo el paraguas junto a él.

Salieron en silencio hacia el césped húmedo del patio, y pasaron junto al
estanque bordeado con piedras, mirando la quietud del agua rizada por
los cientos de ondas que dejaban las gotas de lluvia.

Pasaron bajo las ramas de árboles con hojas pesadas de agua, y junto a
los arbustos pulcramente podados que marcaban el caminito de la
entrada, que chispeaban de verde esmeralda en la lluvia. Siguieron por
las piedras del caminito, y pasaron bajo el portón con su techumbre en
punta y bajo la sombra de este, y luego por las puertas de madera hasta
las calles mojadas, con destellos de plata en los bordes de la acera.

Y luego, por fin, Nodoka habló de nuevo.

—Por aquí.

Caminaron por las calles, entre más gente que se protegía con paraguas
o bajo diarios, o que simplemente caminaban sin refugio alguno bajo la
lluvia de verano, que caía en sus cabellos y corría por sus caras, lágrimas
falsas que brillaban en el atardecer gris que ahora empezaba en el cielo
del poniente.

Por el laberinto de calles, junto a casas y tiendas, caminando en silencio,
la distancia entre sus cuerpos de pocos centímetros, la distancia entre
sus almas oceánica, insalvable. Aguas inabarcables que se extendían
entre ellos, tan anchas que no podían verse cada cual desde su orilla,
aunque lo hubiesen deseado.

Su hijo había sido el puente, el centro, el delgado cordel que los había
mantenido unidos por el corto tiempo transcurrido desde que la verdad se
había revelado. Sin su hijo, no tenían de qué hablar. Solo esto. Solo
silencio en la lluvia de verano y un atardecer asordinado por nubes grises
que lloraban sobre la tierra como lamentando penas. Solo dos pares de
pies eludiendo charcas, y la lluvia tamborileando en el bambú que cubría
sus cabezas.

Luego de un lapso que no superó diez minutos, pero tan largo como la
vida misma, Nodoka Saotome dejó de caminar ante una casa pequeña, y
Genma Saotome se detuvo con ella. La casa era similar en diseño a la
casa Tendo, rodeada de una muralla blanca, con un pequeño portón
techado, que daba la entrada a quienes la desearan.

Nodoka entró por el portón, y Genma la siguió. La lluvia caía por las
paredes blancas, y deslizaba como una película fina por la pendiente de
la techumbre del portón. Dentro, el patio, pequeño, estaba algo
descuidado, y tenía un diminuto estanque ornamental hacia un costado.

—Nodoka, ¿qué es esto? —dijo Genma por último, y el silencio se rompió.

—Es nuestra nueva casa —musitó ella—. O iba a serlo. Formalicé la
compra el día en que se iban a casar. Quería que los dos nos viniésemos
a vivir aquí, luego de que ellos...

No terminó, y volvió a empezar luego de un momento:

—Quería que las cosas volvieran a estar bien. Pero tú no eres el hombre
con quién creí casarme, Genma. Tal vez nunca lo fuiste. Mi hijo ha
desaparecido. No estuviste para ayudarlo cuando te necesitó.

—Estaba en el pueblo tratando de arreglarme con el tendero ese. No
fue culpa mía que...

Ella se volvió para mirarlo, su silueta marcada en la lluvia que caía tras
ella, belleza pintada en un lienzo de láminas plateadas de agua. Sus ojos
eran líquidos, satinados, y la tersura de su piel, la definición sutil de sus
pómulos, la curva de su nariz y labios, los mechones de cabello curvados
sobre sus orejas, escapados de su moño, todos atrajeron y retuvieron la
vista de él, que comprendió que ella no era hoy sino más bella que de
joven.

—Consideras que no tuviste ninguna culpa —dijo ella suavemente—. No
ves cómo fue tu culpa que no hayas estado. No entiendes la causa y el
efecto de todo, Genma. No entiendes que el niño no se permite cercanía
con nadie porque fuiste la única persona con quien la tuvo, y lo traicionaste
cien veces. No entiendes que él es como es por tu forma de ser.

Cerró los ojos.

—No entiendes para nada.

—Nodoka —dijo él con voz suave, subiendo una mano para acariciarle el
rostro—. Por favor...

Ella retrocedió, salió del refugio del paraguas con los ojos abriéndosele y
enfriándosele, y quedó bajo la lluvia, lluvia que cayó en su kimono color
índigo, manchándolo, lluvia que diamantó en su pelo y cara y se mezcló
con las lágrimas que Genma veía ahora caer de sus ojos.

—No me toques, esposo. No tienes derecho. Ya no.

No había cómo huir de esto, entendió él. No podía huir de la frialdad de
la voz de ella, ni del pesar de sus ojos, y creer que podría escapar, no
podía huir de su propia culpa. Lo había intentado, cuánto lo había
intentado, pero no era capaz de escapar verdaderamente de aquello en
lo que se había convertido. En las noches de soledad en los viajes
rurales, añorándola y hallando consuelo al traicionarla con otras mujeres,
el precio que pagara no había logrado alejar en nada las sombras de su
alma, la sensación persistente de que, de alguna manea imprecisa, había
hecho un mal llevándose al hijo de ambos.

—Esposa mía —dijo—. Por favor perdóname.

Ella lo miró, luego negó con la cabeza.

—No puedo, Genma. Sabes que no puedo.

Mudo, él asintió.

—Tiene dos dormitorios —recitó Nodoka suavemente, con una mirada
hacia la casa—. Un baño, cocina, comedor. Tiene jardín, un estanque, y
espacio de sobra para dos personas que quizá quieran volver a
encontrarse, si aún hay algo que encontrar.

Genma agachó la cabeza. No podía mirarla a los ojos.

—Esta noche saco mis cosas del cuarto de Kasumi —dijo con una voz
queda y tranquila—. Y me vendré aquí. Si eres capaz de encontrar a
nuestro hijo, Genma, si eres capaz de traérmelo a salvo, si eres capaz de
demostrar que por una sola vez que de verdad te preocupaste por él,
entonces tal vez puedas venir aquí también. Pero ahora no. No hasta que
yo sepa que nuestro hijo está bien.

—Entiendo —dijo Genma.

—Espero que así sea. Quédate un poco aquí en el jardín, Genma. Mira
esta casa. Piensa en ella. Trata de recordar que un padre tiene que amar
a su hijo. Trata de recordar que un esposo tiene que amar a su esposa.
Si aún tienes algún recuerdo de esas dos cosas.

Él asintió, y le ofreció el paraguas.

—Llévalo.

Ella movió la cabeza en negativa:

—Tú lo necesitas más que yo. Piensa como hombre por una vez en tu
vida. Ya es tiempo de que lo hagas.

Luego, dando media vuelta, se alejó de él, por el portón y hacia el
llanto suave de la lluvia de verano.

~ o ~

Kodachi se arrodillaba junto a la poza en el patio trasero de la casa, con
la lluvia dejando marcas en su vestido, aunque no podían oscurecer más
el negro de la tela. Pero la lluvia estaba amainando; se terminaría esta
noche, luego de haber caído casi todo el día. El sol se había ido, y la luna
cabalgaba hacia el cenit, entre un rastro de jaspeado de nubes.

—Buen chico —musitó Kodachi—. Buen Midorigame.

El enorme reptil produjo un ronroneo retumbante en lo profundo de la
garganta, y cogió con sorprendente delicadeza el pedazo de carne que
pendía de los dedos de Kodachi. Los dientes filosos rozaron suavemente
los dedos, y luego Midorigame volvió a acomodarse en el estanque,
descansando la cabeza en las piedras del borde; las luces de la casa se
reflejaban en las gotas lluvia que le mojaban la piel.

—Muy buen chico —dijo Kodachi, acariciando la piel granulosa entre los
ojos de su mascota, dedos delgados deslizando sobre la textura áspera.

La lluvia caía sobre ella, sobre el césped y el estanque, y las camas de
flores que había cerca de allí. Era tan bonita a la luz de la luna, con las
luces de la casa. Era como el tacto de alguien en su piel.

Tenía frío, pero sentía la lluvia cálida. Era una frialdad dentro de ella,
como una escarcha que se percolaba desde sus huesos. La lluvia le
pegaba el vestido a la piel, y aplastaba su coleta en mechones mojados
sobre sus hombros y espalda.

Curioso: le pareció oír que alguien llamaba su nombre. Había soñado algo
parecido cuando había dormido esa tarde; quien la llamaba era la mujer
más hermosa que ella hubiera visto, vestida con ropas oscuras, con
cabello negro y ojos que eran como el mar a medianoche. La mujer había
llamado el nombre de ella, también. Recordó a otra hermosa mujer de pelo
negro, que le había sonreído y la había abrazado, y dicho que la amaba,
para luego irse a un lugar del que Kodachi no podía recordar nada, salvo
que era un lugar muy, muy malo.

Pero no había que contestar la llamada. Mejor quedarse aquí junto al
estanque y escuchar como caía la lluvia, porque era tan bonita, y el cielo
de la noche era bonito también. Nunca contestar, porque alguien podía
descubrir dónde estaba, y ahora quería estar sola.

—Hermana.

Tiritando, se volvió y miró a su hermano, iluminado por detrás por las
luces que brillaban en las ventanas de la casa.

—Hermana, hace una hora que te busco. ¿Por qué has salido de tu
cuarto? ¿Por qué has venido afuera? Te vas a resfriar. Está lloviendo,
hermana. ¿Hermana?

Ella abrió la boca, pero sus dientes castañeaban demasiado como para
hablar. La lluvia corría entre las grietas de las piedras que rodeaban el
estanque, y la luna era cien reflejos diminutos en las pequeñas charcas
del césped.

—¿Hermana?

—Hermano —susurró por último, sintiendo por entre los dientes el gusto
de la lluvia—. No me siento muy bien.

La sombra de su hermano cayó sobre ella, pero no pudo verle la cara.
Solo su ropa azul, ahora negra con la lluvia. Al cerrar los ojos, lo oyó
hablar, tan bajo que no supo si en realidad había hablado.

—Ay, hermana mía, ¿qué te he hecho?

Y luego fue alzada del suelo mojado, y cargada hacia la casa mientras la
lluvia caía sobre todas las cosas unos segundos más, y luego cesaba de
repente.

~ o ~

Konatsu miró a Hako instalarse en el asiento mullido y cómodo frente a
él; el hielo en el vaso que la mujer sostenía sonó con el movimiento.

—¿Segura de que no quieres beber algo, mi niña querida? Sé que volar
por primera vez da un poco de miedo, y...

—No, Dama Hako —dijo Konatsu, mirando las luces de la pista por la
ventanilla. Había dejado de llover hacía unos minutos.

—Muy bien —dijo Hako con una encogida de hombros, y dio un sorbo al
líquido ámbar del vaso, para luego sacar un suspiro de contento.

Konatsu, viviendo con su madrastra y hermanastras, jamás había
imaginado que tanto lujo pudiera existir. Aún no podía terminar de creer
que él y Hako eran los únicos pasajeros de este avión. Había parecido
tan grande al subir las escaleras de metal, mojadas de lluvia, que
conducían al interior de este.

Ukyo seguía durmiendo al marcharse él. Había dejado una nota junto su
cama. No decía mucho: que tenía que irse, que no podía decirle por qué,
que lo sentía, que la amaba.

La iba a echar de menos. Ella lo necesitaba allí, pero necesitaba aún más
que él se fuera. Muy, muy lejos, donde Hako no tuviera razón para
acercarse a Ukyo en lo más mínimo.

Le había dicho que su madre y padre habían fallecido de una enfermedad.
Era mentira. Su padre le había explicado que su madre había tenido que
morir por ser Konatsu lo que era, y que de allí en adelante tendría que ser
como una niña, y comportarse como tal, y si lo hacía todo estaría bien.

Pero nada había estado bien. Su padre había muerto también, y después
de eso había empezado el trabajo, para su madrastra y hermanastras.
Ellas lo odiaban por tener más belleza que ellas, por tener más talento,
por ser mejor combatiente. Pero tenía que obedecerles, porque no sabía
qué más hacer.

Y ahora tenía que obedecer a Hako, porque solo la había visto dos
veces. La primera había sido inmediatamente antes de morir su madre,
hablando con su padre. La otra había sido después de la muerte de su
padre, hablando con su madrastra.

Sus seres queridos parecían morir cuando Hako estaba cerca. Él había
vuelto a traicionar su deber para con el clan Kenzan, como lo había
traicionado la primera vez al nacer varón. Había huido de su madrastra, y
ahora Hako volvía para llevárselo otra vez.

—Creo que te gustará Okinawa, Konatsu —le dijo Hako con su sonrisa
torcida, cicatrizada—. El complejo del clan está junto a una playa muy
bella. La arena es blanca y el agua es azul. Cuando uno mira desde los
riscos hacia la playa, a veces parece que uno mirara un campo infinito de
huesos.

La mujer cerró los ojos, y tomó un largo sorbo de whiskey. La expresión
de su cara era cercana al éxtasis.

—Un campo infinito de huesos, Konatsu. Los huesos son hermosos,
¿sabías? Son la estructura de la humanidad. La carne, la carne es débil.
La carne sangra, cambia de forma. Pero los contornos de los huesos de
un adulto son inmutables. Nuestros esqueletos son muchísimo más
cercanos a la inmortalidad que nosotros. Los sesos, los músculos, la
sangre, la carne, todo se hace polvo muy pronto. Los huesos pueden
durar miles de años.

Konatsu vio la mano izquierda enguantada en rojo de la mujer crisparse
como por efecto de una descarga eléctrica y luego pegar contra la mano
derecha de la mujer, haciendo sonar el hielo del vaso y al líquido rebosar
por el costado, antes de que Hako retrajera la mano izquierda para
aferrar el apoyabrazos del asiento con un esfuerzo visible.

—Tengo que poner más cuidado —dijo Hako con tono liviano, y dejó el
vaso sobre la bandeja frente a ella, para luego lamerse el whiskey caído
sobre el guante carmesí que cubría su mano derecha. Le sonrió a Konatsu,
y él se hizo un tanto más atrás.

—No te preocupes, mi niña querida. Se te tratará bien. No me cabe duda
de que el lugar a donde vamos lo considerarás tu casa muy pronto. Será
como si hubieras vivido allí siempre.

Mirando las luces de la ciudad alejarse por debajo, Konatsu dudó mucho
que Hako estuviera diciendo la verdad.

Y por la ventanilla del avión, vio la última de las luces ser tragada por la
oscuridad, mientras se elevaban hacia el sur, cruzando el mar.

~ o ~