Aguas bajo la tierra

Un fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum

Versión castellana de Miguel García

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Capítulo 10: Fragmentos de esmeralda, restos de jade

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Primero hubo oscuridad, luego un llanto, y luego, un momento después,
luz.

Despacio, abrió los ojos y miró en derredor. Estaba acostado de espaldas,
sintiendo la espereza de la arena bajo él, y mirando hacia un cielo azul
vacío. El sol estaba alto, un globo trémulo de blanco y dorado. Pestañeó
contra la refulgencia, incorporándose sobre los codos para mirar el entorno.
En todas direcciones subían y bajaban dunas, como un mar, con grandes
peñascos dispersos, el aire fluctuando con el calor del día.

—¿Dónde estoy?

No había agua, solo peñascos. Peñascos, ausencia de agua, y un camino
de arena, un sendero sinuoso entre las dunas altas. Sin más que hacer,
y ninguna noción de dónde estaba, se puso en pie y echó a andar por el
páramo de arena y peñascos. Pero no eran peñascos, advertía ahora.
Grandes fragmentos de piedra partida, alisados por siglos de viento,
pero en algunos lugares exhibiendo los rastros de una escritura arcaica,
de curvas y bordes en relieves prácticamente borrados, la señal de mano
y pensamiento humano en la piedra, un casi desaparecido testimonio de
consciencia grabado en los fragmentos.

Oyó más fuerte el llanto al continuar la marcha por el sendero de arena
entre las dunas y los peñascos que podían alguna vez haber sido una
ciudad. Marcó un paso sostenido bajo el sol aplastante, la arena
deslizando bajo sus pies descalzos, metiéndose entre sus dedos. Se
empezó a sentir observado. A ratos, volvía rápidamente la cabeza, luego
de entrever lo que podría casi haber sido una forma de sombra huidiza
detrás de una ruina de edificación o una duna, pero nunca alcanzaba a
ver nada.

El sendero serpenteaba sobre las dunas, cayendo y elevándose, y, luego
de un rato de andar, al llegar a lo alto de una duna, vio una pequeña silueta
de rodillas en la arena, encorvada, vestida con una holgada túnica verde;
apretaba algo contra el suelo usando ambas manos. Sus hombros se
sacudían, y era su llanto el que llenaba el aire.

—Oye, oye —dijo él, bajando por la arena, con las plantas de los pies
ardiendo por el calor—. ¿Qué sucede?

La niña lo miró, y vio él una cara que parecía demasiado bella y elegante
para pertenecer a una niña que no podía haber visto pasar más de diez
inviernos.

—No quiere crecer —dijo la niña por entre lágrimas, con una pena
ahogada en la voz—. Traté y traté, y no creció.

—¿Qué no creció? —preguntó él, llegando a acuclillarse cerca de ella, con
las manos en las rodillas.

La niña levantó las manos ahuecadas, y le mostró un puñado de semillas
diminutas, puntos cafés y verdes, del mismo color de sus ojos.

—Llevo tanto tiempo intentándolo —musitó la niña.

—Bueno, esto es un desierto —dijo él—. No hay agua. Las plantas para
crecer necesitan agua.

Ella movió la cabeza en gesto negativo. —No.

—Pero la necesitan.

—Esta tierra fue la más bella de todas.

—Ahora no.

Él miró en derredor, y señaló con un ademán amplio de las manos el
ondular de dunas y peñascos:

—Aquí no va a crecer nada. Mejor buscas otro lugar para plantar tus
semillas.

—Pero deben plantarse aquí —susurró la niña—. Es necesario.

La niña le asió una manga con una mano pequeña:

—¿Puedes intentarlo tú?

—¿Eh?

Ella le soltó la manga y le sujetó una muñeca, le volvió una palma hacia
arriba, y vertió las pocas semillas que tenía desde su otra mano hasta la
mano ahuecada de él.

—Trata de plantar algunas.

—Mira, no va a resul...

—Por favor. Tienes que tratar.

Meneando la cabeza resignado, hizo un hoyo pequeño con una mano
en la arena del desierto, en verdad poco más que una concavidad leve.
Nada más podía hacerse, porque la arena era suelta y seca, y no mantenía
la forma de un hueco. Puso con cuidado una semilla en la concavidad, y
la cubrió con la arena candente del desierto.

La niña le sonrió, y puso sus manos, una sobre la otra, sobre el lugar
donde él había enterrado las semillas. El sol hacía brillar reflejos verdes en
su pelo.

—Crece.

Fue dicho como una orden, con completa seguridad, con la certeza pura
y simple de que sucedería como lo había dicho. Él mismo se descubrió
aguantando la respiración, esperando que algo pasara.

Nada pasó. El desierto siguió yermo; ningún brote salió por entre los
dedos de la niña, ninguna planta afloró de la arena en busca del sol.

Las lágrimas que habían dejado de caer de los ojos de la niña por un rato
empezaron otra vez.

—No funcionó —dijo.

—Oye, no importa —dijo él—. Anda. No llores. ¿Dónde están tus padres?

La niña no dijo nada, y fue respuesta suficiente.

—Lo siento —dijo él—. Mira, hay que irse de aquí. ¿Sabes si hay algún
pueblo o algo así por estos lados?

La niña movió de lado a lado la cabeza. —No.

—¿Y cómo llegaste aquí, entonces?

—Siempre he estado aquí.

Él no pudo contestar nada a eso, porque la convicción era absoluta, y
algo en su alma le susurraba que era la verdad.

—¿No tienes otro lugar adonde ir?

La niña volvió a negar con la cabeza. —Tengo que estar aquí.

—¿Por qué?

—Porque es necesario.

—¿Pero por qué?

—¿De verdad deseas saberlo?

—Eso.

La niña extendió una mano y cerró los ojos de él con la presión delicada
de dedos pequeños, que olían de manera sutilísima a hierba recién
segada, aunque ninguna hierba podría haber crecido en este lugar desde
hacía siglos.

(Flotó, él, ingrávido, sin forma, por sobre un bosque cercado de montañas
altas y escarpadas, un bosque tan bello como el sol, con árboles de casi
un centenar de metros, de ramas generosas, con hojas de esmeralda y
jade, y luego...

con un borrón de perspectiva...,

descendió, viendo ciudades de cristal verde como el verde de las hojas...,

arroyos de agua cristalina que fluía desde la madera labrada de árboles
vivos, grabada con las formas de aves y animales fantásticos, y vio...

el lago grandioso como un espejo, y el sol se reflejaba en este, plata y
oro, y gentes de vestimenta que fluctuaba entre los colores del arcoíris,
y ahora, de nuevo...

la vorágine enloquecida como de un caleidoscopio, en un ascenso que lo
llevó otra vez por sobre el bosque, y luego, en el centro, vio el pilar de
fuego negro estallar hacia arriba, extendiéndose más alto que los árboles,
tan alto como las montañas, más alto aún, como queriendo alcanzar al
mismo sol, y luego...

lo vio caer, expandiéndose, creciendo, como una sombra, una sombra
que quemaba, y...

los gritos eran inimaginables, y los árboles se prendían en llamas como
antorchas, y el sonido de la maderapiedracristalcarne estallando producto
de la incandescencia negra, y la risa que sacudía la piel misma del tiempo,
y luego...

regresó).

Respirando a bocanadas, se encontró con las manos apoyadas en la
arena, sintiendo como si hubiera caído desde una gran altura. Miró a la
niña ante él, y cayó en la cuenta de que él también lloraba, por una
hermosura perdida, porque entendió que lo que había visto destruido no
podría recuperarse, que no podría, jamás, ser visto otra vez.

—No.

Alzó la vista. —¿Qué?

—Puede volver. Invierno, primavera, verano y otoño. Lo que fue puede
volver a ser. Lo que ha existido volverá a existir. Ya deberías saberlo
bien, niño.

Y miró de nuevo a la niña, como viéndola por primera vez:

—¿Cómo?

Ella abrió la boca, y cantó, como una fuente bañando riberas de cristal.

* ¿Buscarás el secreto de la lluvia en la niebla del monte? *
* ¿Navegarás por los ríos buscando un alivio al dolor? *
* ¿Has oído a los pájaros negros que cantan cuando es de noche? *
* Contéstame aquellas tres cosas, y se dará inicio al deber *

Tres preguntas, pero para las tres podía haber una sola respuesta.
Contestar una era contestarlas todas.

—Sí —musitó él, desde el más profundo núcleo de su alma, y la respuesta
resonó, cavernosa dentro y fuera de él, la elección, la sobrecogedora
vastedad de esta, cuya pronunciación aterrorizó a su alma y la exaltó.

—Es bueno que así sea —dijo la niña, y le sonrió, como una hermana a un
hermano, una madre a un hijo, una amante a un amado—. Pongo sobre ti
mi marca.

Y lo besó suavemente en la frente, y él se sintió despertar, como de un
sueño muy, muy largo.

~ o ~

Bajo el cobijo de un árbol esmirriado, la forma de pelaje gris y ojos
dorados de Galm despertó con una transición paulatina, lánguida, desde
los parajes del sueño a los de la vigilia. Se levantó, y advirtió, con una
cosa lenta similar al terror, que sentía algo que no había sentido desde
antes de efectuarse los pactos.

La ausencia de presa.

La mujer no estaba allí, en la orilla de sus sentidos. No podía sentir el
pulsar rojo y tibio que le decía que la mujer estaba con vida, ni los
remolinos negros que le decían que estaba muerta. No podía percibir
dirección ni distancia.

Un sonido bajo, como un lamento, salió de su garganta. Simple y
primigenio como era, esta cosa nueva lo llenaba con una emoción tan
cercana al miedo como le era posible sentir.

Casi llamó a Yoko por el lazo, pero las instrucciones volvieron a pasar por
su cabeza. Ve a Jusenkyo. Encuentra a la presa. Encuentra así a Ranma
Saotome. Llévalos a las pozas. Mata a la presa. Pero nada en cuanto a la
desaparición de la presa, nada de eso.

Él era un cazador. Cazaba. Era un asesino. Mataba. No sabía cómo había
pasado esto. No lo entendía, ni podría entenderlo nunca.

Se levantó, un fluir de forma, de cuatro piernas a dos. Sacó cuatro
plumas blancas de su cinto y las miró intensamente. Las olisqueó, pasó la
lengua por ellas. El olor seguía allí. Pero no podía percibir a la presa.

—¿Dónde estás? —gruñó—. Maldita, ¿dónde estás?

No había respuesta, y volvió a mirar las plumas, las volvió a oler, volvió a
pasar la lengua por ellas. Nuevamente, nada.

—MALDITA, ¿DÓNDE ESTÁS? —gritó de frustración y rabia.

Golpeó con una mano y arrancó corteza y madera del árbol. Su otra
mano subió e impactó el tronco, partiéndolo en dos. Descargó su
frustración en el árbol, que en pocos segundos quedó reducido a madera
destrozada, sus fragmentos sembrando el bosque en torno a él.

Una leve perturbación del aire tras él le avisó la presencia de una criatura
viviente un momento después. Se volvió, saltó y arrebató del aire a la
golondrina con un aullido de furia. Antes de volver a caer al suelo se
había metido al pájaro en la boca con un crujido y lo había tragado casi
entero. Lamiéndose la sangre de los labios y sacándose plumas de entre
los dientes, Galm se sentó a tratar de pensar. No era algo en lo que
tuviera habilidad.

Después de un rato, consiguió juntar dos ideas sueltas hasta formar algo
parecido a un plan básico. La primera idea era que recordaba la dirección
y distancia a que había estado la presa cuando se había él puesto a
dormir la noche anterior. La segunda era que él habría sabido y recordado,
aun dormido, si la presa se hubiera movido.

El resultado fue su conclusión de que la presa no había cambiado de
lugar. No podía sentirla, pero el recuerdo de la dirección y distancia era
para él absolutamente claro. Por tanto, todo lo que debía hacer era ir
hasta aquel lugar, y allí encontraría a la presa.

Sintió gran orgullo de su plan, y lo celebró desenterrando una madriguera
de conejos para desayunar, antes de iniciar una marcha a paso vivo,
corriendo primero en dos piernas, y luego de cerca de una hora cayendo
a cuatro y empezando a ir aún más rápido, un ritmo de trancos largos
que era ligero y grácil, la simetría temible de su cuerpo desplazándose
silenciosa y ensombrecida.

Al alzarse el sol en el Este, Galm echó atrás la cabeza y le aulló mientras
corría, como desafiando a la luz, y todas las cosas que oyeron aquel
aullido, fuesen presa o depredador, se encogieron con un miedo
incrustado en lo profundo de sus almas, porque todas las cosas han, en
algún momento del pasado, conocido el terror de ser víctima.

Todas las cosas salvo él. Ahora estaba atado, por pactos viejos,
milenarios, pero un día, un día sería libre. Así estaba escrito en el pasado
y el futuro, grabado en la memoria del tiempo. Un día, su atadura
terminaría, y cazaría sin descanso, y todas las cosas serían su presa.

~ o ~

Cuando Ranma despertó, yacía sobre una roca plana y lisa. Una manta
delgada y suave lo cubría hasta la barbilla, y las paredes de madera de la
habitación fluctuaban con la luz pálida proveniente de dos globos de
cristal en situados en lo alto de una pared. La madera era verde, y la
habitación olía vagamente a pino y a ciprés. En una pared había, cerrada,
una puerta corrediza, formada por pequeños marcos de madera tapados
con cuadrados de delgado papel verde.

No veía unión ni juntura en la construcción de las paredes, y los rincones
de la habitación eran suaves y redondeados, pareciendo uno fundirse en
el otro. La habitación era reducida y simple, sin mobiliario ni decoración
más que el bloque de piedra sobre el que estaba tendido, y los globos de
cristal que producían la luz que brillaba en el cuarto.

Tras la amnesia momentánea que muchas veces se tiene al despertar,
recordó. El grito de Shiso, la luz plateada de la luna y el lago subterráneo,
el golpe de las olas en las paredes y orilla. El dragón alzándose, de
decenas de metros de largo, sinuoso, esbelto, de ojos verdes, rutilando
como engastado de esmeraldas en la luz plateada.

El recuerdo del dragón era como el recuerdo de la primera vez que se oye
una música hermosa, o la primera mirada a un rostro amado, o el primer
atardecer que uno presencia. El recuerdo de una belleza conmovedora y
fuerte, y al mismo tiempo la incapacidad de rememorar por completo la
profundidad indecible, y esa incapacidad de recordar no haciendo sino
acentuar esa evocación de belleza.

Con un suspiro, se llevó una mano a la frente, un tanto avergonzado con
el recuerdo de haber llorado, tanto por la acción misma como por lo que
bien que le había hecho sentir.

Se levantó de la cama, dejando que la manta cayera de su cuerpo al
lecho de piedra, y advirtió que estaba desnudo. Una mirada rápida por la
habitación confirmó la ausencia de todo armario, cómoda o canasta de
ropa, una rápida mirada abajo reportó que, sí, estaba desnudo, y algo
más: empezando en el lado inferior izquierdo de su abdomen, la longitud
serpentina de un dragón de escamas verdes y melena plateada estaba
grabada en la piel de su cuerpo, con exquisito detalle. La cola se curvaba
un tanto hacia su vientre, y luego el dragón se arqueaba por el borde de
sus costillas, y seguía un tanto hacia la derecha de su esternón,
terminando a dos centímetros de su clavícula la cabeza, con la boca
cerrada que solo mostraba una pequeña porción de los colmillos de marfil,
la melena de plata fluyendo entre los altos cuernos curvos.

Pasó los dedos sobre el dragón, incrédulo, mirando a las escamas verdes
oscurecerse un tanto bajo la presión de sus dedos para aclararse un
momento después.

—Hombre —dijo en un susurro suave—. ¿De dónde saqué esto?

En ese momento la puerta corrediza se abrió y Cologne entró, con una
manta verde hasta la barbilla, envolviéndole el cuerpo. Sus grandes ojos
oscuros subieron y bajaron por él en una fracción de segundo, y luego
una sonrisa irónica se abrió en su cara.

—Bonito tatuaje —dijo—. ¿Cuándo te lo hiciste?

Ranma se puso color escarlata e hizo un intento frenético por cubrir
tanto al dragón como sus partes más sensibles a un tiempo usando
manos y brazos, con lo cual ninguna quedó muy cubierta.

—Por favor sal y cierra la puerta —le cuchicheó a Cologne.

Cologne asintió con la cabeza, aún sonriendo, y empezó a cerrar la
puerta. Al hacerlo, alguien más puso una mano delgada, provista de
garras, contra el marco y detuvo el movimiento. La cabeza de Kima se
asomó por el costado y miró hacia la habitación.

Ranma contuvo un lamento y les dio la espalda, cogiendo desesperado la
manta y encorvándose sobre sí mismo para esconder tanto como fuera
posible.

—"¿Qué te gusta más, la parte delantera o trasera?".

—"Me tiene sin cuidado".

Ciñéndose con cuidado la manta a la cintura, Ranma se volvió
nuevamente y señaló con un dedo a las dos mujeres de pie en la puerta
entreabierta.

—Miren, si tienen algún comentario, guárdenselo.

Cologne arqueó una ceja. Los ojos de Kima se agrandaron, solo un poco.

—¿Nos entendiste? —preguntó Cologne.

—Bueno, no lo dijeron muy calladas.

—"¿Entiendes esto?".

—Sí.

—"Estoy hablando en chino, Ranma".

—"¿QUÉ?"

—"Y ahora hablas en chino tú".

—Cómo...

Inconscientemente, se llevó la mano al pecho, palpando la imagen del
dragón por debajo de la manta.

—Esto es muy raro.

—¿Cuándo aprendiste?

Ranma se sentó en el borde de su lecho de piedra, la manta cayendo un
tanto por su pecho, exponiendo la cabeza del dragón y parte del cuello
de este. Sentía las piernas un tanto débiles, y tenía una sensación de
frío en el estómago.

—¿Qué está pasando? —preguntó en voz baja—. ¿Cómo llegamos aquí?

—No lo sé —dijo Kima, entrando a la habitación con Cologne a la zaga,
todavía logrando mantener algún aire de nobleza vestida solo con una
manta—. Las dos despertamos en la misma habitación. Muy parecida a
esta, solo que con dos camas.

—Este fue el primer cuarto donde miramos —dijo Cologne.

Ranma sacudió la cabeza. —¿Dónde estamos?

—Si tuviera que aventurar algo —dijo Cologne, mirando de un lado a otro
con una sonrisa demasiado sabedora para su juventud—. Diría que es el
palacio del dragón.

Ranma se rió, sonando algo nervioso.

—Tiene sentido, supongo —dijo.

Cologne fue a sentarse junto a él, mirando la cabeza del dragón cercana
a la clavícula de él, con una mirada intensa que hizo al muchacho
ruborizarse un tanto.

—Interesante...

—Luciérnagas —dijo Kima desde donde estaba mirando los globos de
cristal, puestos como a medio metro por sobre su cabeza.

—¿Eh?

—Los globos están llenos de luciérnagas —dijo Kima, volviéndose a
mirarlo. Tenía la manta bien ceñida por debajo de donde las alas salían de
sus hombros, y la extensión de sus plumas en verdad proporcionaba casi
tanta cobertura como la manta.

—No parece ser un tatuaje —dijo Cologne, pasando los dedos por el
dragón, bajando un tanto el borde de la manta.

—Oye, no lo toques —dijo Ranma, apartándose. Cologne no hizo más que
acercársele más y sujetarlo bien del hombro con la otra mano.

Hubo un golpeteo del otro lado de la habitación, al tocar Kima la madera
con el dorso de una mano.

—Sólida —dijo—. Parece ser una sola pieza de madera, pero eso es
imposible...

—Es como si simplemente la pigmentación de tu cuerpo hubiera cambiado
—dijo Cologne, acariciando levemente el dragón con una expresión de
curiosidad—. Se pone mas oscuro con la presión, y si hubiera marcas de
aguja las sentiría.

Ranma se tragó una lamentación y se puso en pie, envolviéndose
cuidadosamente la cintura con la manta, como una faja.

—¿Tienes que tocarlo para examinarlo? ¿Y dónde diablos nos dejaron
la ropa?

—Si lo supiéramos, ¿crees que andaríamos envueltas con estas mantas?
—dijo Kima, tajante, desde donde golpeaba otra sección de pared.

Cologne se levantó y se puso delante de él, luego apretó los labios, y
extendió de pronto un dedo para tocarlo en el pecho, sobre la forma
curva del dragón. Se formó una brillante chispa anaranjada entre su dedo
y la piel de él al tocarlo.

Y entonces el dragón en la piel del muchacho empezó a moverse, con
una forma fluida y serpeante, las escamas oscureciéndose y aclarándose.
La cola se ensortijó, la cabeza se arqueó un tanto, las vueltas de su
cuerpo se torcían, las extremidades culminadas en garras se movían a un
ritmo oscilante, y la melena plateada fluctuaba por los definidos músculos
del pecho del muchacho.

—¿Qué diablos? —murmuró Ranma.

Luego de un momento, el dragón dejó de moverse, y volvió a estar
inmóvil sobre la piel del muchacho, paralizado en una sutil variación de su
posición original.

—Notable —masculló Cologne—. Parece responder al ki. Trata de
canalizar un poco.

Ranma asintió y buscó dentro y fuera de sí, el vacío pleno, la imposible
definición de aquello que impelía a su cuerpo y alma en combate.

Y la primera oleada lo golpeó como el puño de un gigante. Fue como oír
cien sinfonías a un tiempo, como ver cien dramas, saborear cien comidas
distintas y distinguir cada molécula por separado, cada imagen individual,
cada sonido, sabor, textura, olor y algo que trascendía a todo aquello.

Trastabilló y casi cae de rodillas, la fuerza del fenómeno estallando en
su mismísimo ser, filos de dolor ardiente que marcaron rutas ígneas por
neuronas y sentidos, que hicieron golpear a su corazón y hervir su
sangre. El dragón se flectaba sobre su cuerpo, ondulando como un
estandarte al viento, con escamas que relucían en la luz.

Ranma abrió la boca y gritó en silencio. Sintió que los ojos se le iban a
quemar en la cabeza; imagen se superponía sobre imagen en algo que
superaba toda comprensión. Ante él vio a Cologne como cuando la había
conocido, y vio una niñita de pelo castaño oscuro, y vio a una mujer
hermosa de pelo castaño oscuro, y vio a la misma mujer diez, veinte,
treinta, cuarenta años después, y lo vio todo al mismo tiempo.

Y los pájaros negros cantaron dentro de su cabeza, y sus voces eran un
abismo. Podía arrasar con ciudades, podía tanto desenraizar montañas
como hacerlas alzarse desde tierra llana. Podía, y debía, y lo había
hecho, y lo haría, porque tenía el poder, y el poder es su propia...

—¿Está bien?

Volviéndose al oír una voz...

Y al volverse, cien distintos actos de volverse contenidos en uno, vio
que era Kima, y eran otras mujeres, y algunas tenían alas y otras no,
y eran cien caras, cien pares de brazos, piernas y ojos, y los cuervos
gritaban y susurraban los nombres de todas en su cabeza, y entonces...

Y entonces...

Y entonces se derrumbó al suelo, bajo la fuerza del dedo de Cologne
presionando los nervios de su cuello y hombro. Sintió la sangre martillar
en sus oídos y nariz, y correr por la comisura de su boca. Mirando hacia
abajo, vio al dragón llamear sobre su piel, inmóvil como lo había estado
antes. No podía mover las extremidades, solo pestañear y nada más.

Pestañear.

—¿Cómo es posible que absorbiera tanto? Casi se calcina a sí mismo, y
no puede ser, el espíritu sabe sus límites.

Pestañear.

—¿Estará bien?

Pestañear.

—Creo. Dejémoslo descansar.

Pestañear.

—Muy bien.

Pestañear.

—Uy.

Pestañear.

—¿Sucede algo?

Pestañear.

—Dejó de respirar.

Pestañear.

—Pues haz algo. Sabes más que yo de esto. La medicina no es mi rubro.
He invertido demasiado en él para verlo morir, humana.

Pestañear.

—Qué compasivo de tu parte.

Pestañear.

—Mira, ¿vas a hacer algo o no? No se está poniendo de buen color.

Pestañear.

Luego, hablar, la boca abriéndose, sin saber de dónde vienen las
palabras.

—"Los nueve ojos del atroz eidolón pendían sobre mí cual lunas de fuego,
y cantó la bestia una canción de ciudades en llamas, en una lengua
hecha con las entrañas de los muertos. Y empero yo, que serví al
Emperador de la Ciudad del Poniente, no tuve temor, pues portaba mi
arco y las nueve flechas que el Flechero Rojo del Monte de los Puñales
Astillados me había hecho en su forja de cristal y obsidiana. Y yo, que
era llamado Flecha de la Furia Celeste por todas las gentes, desde los
eruditos de las Tres Torres de Marfil Azul con sus túnicas oscuras, a las
bellas doncellas guerreras de los Pilares de Filigrana de Acero, apronté mi
arco de pino blanco, solté la cuerda a la primera flecha hecha con plumas
de la gran Águila que Sabe Todas las Cosas, y voló como un rayo del
cielo..."

Pestañear. El impacto de algo sobre su pecho.

—"Estaban por doquier, y sus ojos estaban hechos de sueños rotos, sus
extremidades formadas con fragmentos de hueso de niño, los contornos
de su carne hechos con las visiones de hombres que han visto horrores
imposibles de narrar. Y al sacar yo a Dartingbrush, la espada de piedra y
ámbar, de su vaina de acero con un sonido que semejó al de una
campana, advertí que tenían voces de hombre, e imploraban su muerte
mientras les ultimábamos..."

Pestañear.

Y respirar. Tragar aire. Dejar que el cuarto se volviera negro, que las
caras de las mujeres que estaban por encima adquirieran foco, dejar que
cada una tuviera de nuevo un solo rostro, ojos azules y pardos, cabello
blanco y cabello castaño.

—¿Qué pasó? —carraspeó.

—Se te detuvo el corazón como por seis segundos —dijo Cologne como al
pasar—. Empezaste a hablar en chino. Un dialecto tan arcaico que ni yo
pude entender más de la mitad. Algo sobre flechas y lunas de fuego. Y
después empezaste a hablar en un idioma que ni yo he oído nunca. Era
eso o solo ruidos, pero eso suena distinto al habla.

—¿Qué hice?

—Canalizaste demasiado ki. Por lo general no se puede hacer, porque las
defensas del cuerpo lo detienen a uno automáticamente. Casi te matas,
Ranma. No lo intentes de nuevo, ¿sí? La próxima vez ten algo más de
cuidado.

—No hice nada distinto que antes —murmuró Ranma.

—Lo que sea que te haya puesto ese dragón en el cuerpo, hizo también
otra cosa. Tu potencial de ki es mucho mayor que antes, pero tu foco
desapareció por completo. Eres como un río que ha crecido y ya no cabe
en su cauce.

Ranma empezó a ponerse en pie, luego se cayó. Kima y Cologne lo
atraparon cada una por un brazo y lo ayudaron a erguirse. Los sentidos
de él aún cantaban, agudizados en todo su cuerpo, y adquirió una
consciencia excesiva del roce leve de los cuerpos de ambas contra el de
él.

—¿Estás bien ahora? —preguntó Kima con voz insípida.

Él asintió despacio.

—Entonces vamos a buscar la ropa. Y quizá una forma de salir de aquí.
Estoy impaciente por volver a mi hogar. Tengo más deberes que andar de
paseo con ustedes dos.

—¿Dormiste mal anoche? —preguntó Cologne con una mirada rápida en
dirección a Kima, que iba hacia la puerta.

Kima le propinó una mirada de desagrado al pasar junto a ella, altiva, y
luego abrió la puerta y salió, con las alas temblando un tanto con un
movimiento agitado. Cerró una vez fuera, y se oyó en el piso de madera
el chasquido de las garras de sus pies descalzos.

—Tendremos que investigar más a fondo después —dijo Cologne,
poniéndole fuerte un dedo contra el pecho—. Hasta entonces, ten
cuidado al extraer ki.

—Creí que esta cosa era para ayudarme —dijo Ranma, sacudiendo la
cabeza—. No para empeorarlo todo.

—Al menos te sirvió para aprender otro idioma —dijo Cologne con una
encogida de hombros—. "¿Tienes buenos pectorales, ¿sabías?".

—"Ah, cállate" —masculló Ranma. Las palabras sonaban naturales a oídos
de él, y a menos que pusiera atención, ni siquiera advertía mucho el que
estuviera hablando en chino.

—Mejor la alcanzamos antes de que llegue muy lejos —dijo Cologne,
abriendo la puerta para salir al pasillo, con el susurro de su cabello tras
ella.

Ranma sacudió la cabeza, concluyó que las mantas eran demasiado
delgadas para proporcionar cobertura adecuada, e hizo del encontrar su
ropa la primera prioridad.

Kima iba unos diez metros más allá por el pasillo, andando a paso rápido.
Al igual que en la habitación, no parecía haber punto alguno donde
pudieran verse junturas en la construcción. Las paredes fluían hasta ser
pisos y techo con curvas suaves, redondeadas.

—Este lugar es bien raro —dijo Ranma, mirando en derredor.

—Estamos ante una criatura de un poder que supera todo lo
imaginable —dijo Cologne suavemente.

—¿Sabías algo de esto antes de que viniéramos? —preguntó él, mientras
avanzaban por el pasillo tras Kima, pasando junto a una decena de
puertas idénticas a las del cuarto que habían abandonado. A intervalos
regulares en las paredes había globos transparentes, llenos con los
cientos de luces danzantes de las luciérnagas.

—Lo sospechaba —dijo Cologne—. No más que eso. No tenía idea de las
profundidades a las que esto llegaría en verdad.

—¿Entonces esto me lo hizo ella? —dijo Ranma, tocando al dragón de su
piel—. ¿Me... hizo algún cambio?

—Muy probable —dijo Cologne—. De lo poco que entiendo sobre la
verdadera naturaleza de los dragones, todos son capaces de cambiar de
una u otra manera a los seres vivos. Habitan en lagos o ríos, y la
naturaleza mágica de sus cuerpos también cambia las aguas de estos.

—Entonces Jusenkyo...

Cologne asintió despacio. —En cierto modo.

—Caramba.

Volvió a tocarse el dragón en el cuerpo, y recordó la luz de plata que
había llenado la caverna, y la criatura hermosa que había surgido de las
aguas como recién nacida.

—¿Alguna vez has...?

—Sí. En lo profundo de Jusendo está la caverna donde descansa Bajin
Feng.

—¿Descansa?

—Sí.

Algo en el sonido de la palabra lo hizo mirar de reojo a Cologne, y
entonces la sorpresa corrió despacio por él, al ver el dolor en la cara de
ella, lo vidrioso de sus ojos.

—Cologne, ¿estás...?

—Sí, estoy llorando —murmuró Cologne con tono avergonzado,
sacudiendo la cabeza y secándose los ojos con las manos—. ¿Crees que
el corazón se me volvió de piedra con el siglo o que se me secaron los
lagrimales?

—Perdona —dijo Ranma después de un momento. Lo descomponía el ver
llorar a una mujer, incluso a Cologne.

Cologne negó con la cabeza. —No es culpa tuya. Tú... no podrías
entender.

Ranma recordó haber llorado junto al lago del dragón, y, en silencio,
pensó que quizá sí entendía. Pero no dijo nada, porque por el momento
no podía habérselas con la idea de que Cologne, con su alma vieja y
severa incluso entre su juventud, pudiera derramar lágrimas por algo. Y
había una diferencia, tal vez. El llanto de él había sido purificante, una
dicha y un dolor al mismo tiempo. Lo que estaba escrito en la cara de
Cologne era una pena tan honda que casi superaba toda comprensión.

Por delante, Kima esperaba junto a una gran puerta de doble hoja, hecha
de madera color rojo dorado, veteada a intervalos regulares con paneles
de marfil, jade y oro. Aquí, al fin, parecía haber algo que interrumpiera la
tersura continua del pasillo, aunque fueran solo los goznes de plata de
las puertas, que se unían para formar una barrera arqueada seis metros
por sobre las cabezas de los tres, hasta casi tocar el cielo raso.

—Qué amable de tu parte esperarnos —Cologne.

—Las puertas no abrían —dijo Kima con gesto descontento.

Cologne se encogió de hombros y avanzó para empujar el lugar donde
las puertas se unían. No se movieron ni un ápice, y la mujer volvió a
encogerse de hombros y retrocedió.

—Inténtalo tú, Ranma.

Él se encogió de hombros a su vez y fue a poner la palma contra una de
las puertas. Una sensación como de electricidad corrió por su brazo; el
dragón de su piel onduló, solo un tanto, las escamas reluciendo en las
luces multifacetadas que brillaban en los globos de la pared.

Despacio, con el rumor de las hojas de una multitud de árboles, las
puertas se abrieron de par en par, y desde detrás de ellas llegó el olor del
sol y el aire fresco.

Y detrás de las puertas ahora abiertas, veteadas de marfil, jade y oro,
había un jardín tan bello que dolía el alma al verlo. Había camas de flores
y arboledas, jardines de arena minuciosamente surcada, que brillaba cual
diamantes, rocas situadas como al azar, que luego revelaban estar
dispuestas en un cuidadoso patrón por el cual circulaba un agua
cristalina. Entre todo aquello corrían senderos de mullida tierra café, que
parecía tan fértil que hacía a uno esperar que en cualquier momento
brotaran y florecieran plantas, esperar ver árboles surgir del suelo mismo.

No había nada que pareciera necesitar haber sido hecho por manos
humanas; no había muros, estatuas ni fuentes. El conjunto parecía haber
sido producido por alguna simetría de la naturaleza, por la caída fortuita
de semillas, agua y piedra, hasta formar esta belleza estremecedora.

Por sobre sus cabezas se elevaba un gran domo de cristal verde, y por
fuera de este la luz del sol se filtraba a través de iridiscentes profundidades
de agua, era captada por el domo y dispersada, multiplicada y abrillantada,
sobre el jardín bajo este. Fuera de la protección del domo, peces nadaban
por doquier con destellos de plata. Aves de colas largas volaban por el
aire del domo, llenando el aire con la música de sus llamados y el rojo,
amarillo y azul vivo de sus plumajes.

—Parece que es cierto —dijo Cologne, mirando el domo—. El palacio del
dragón bajo el mar.

Entraron al jardín, y tras ellos las puertas se cerraron con un suave
sonido de madera sobre madera. La pared que bordeaba el jardín interior
era de la misma madera que el pasillo, pero estaba casi oculta por
enredaderas. No podían ver el final de la pared hacia la izquierda o
derecha, o hacia adelante, pues en ciertos lugares los árboles eran
demasiado espesos y obstaculizaban la vista.

—Mira —dijo Ranma, señalando el lugar donde, entre un grupo de
cipreses altos, un reducido grupo de ciervos miraban con algo parecido al
interés a los tres intrusos que irrumpían en su hogar—. Ni parece que nos
tuvieran miedo.

—Parece que no le tienen miedo a eso tampoco —dijo Cologne, indicando,
a menos de cinco metros de los ciervos el ocre y negro de un tigre, que
yacía en una cama de hierbas y flores silvestres, con el abdomen expuesto,
las poderosas patas extendidas hacia arriba.

Ranma se dio vuelta, estremeciéndose y apretando los ojos. Respiraba
hondamente, con las manos empuñadas.

—¿Estás bien, niño? —preguntó Cologne.

—¿Sigue ahí? —murmuró Ranma.

Cologne miró el despreocupado descanso del gran felino. Lo vio bostezar,
exponiendo los poderosos colmillos y lengua rosada, luego cerrar el
hocico con un sonido húmedo, para volver a ponerse de espaldas, antes
de empezar a roncar como un pequeño avión a chorro.

—No creo que se mueva muy pronto —dijo Cologne, meneando la cabeza.

Ranma dio un vistazo al tigre, se crispó un tanto y se alejó por el sendero
para mirar las líneas que surcaban el lecho de arena blanca situada a la
sombra de un alto cerezo. Las flores se diseminaban por la arena sin un
orden manifiesto, pero que atraía la mirada.

—¿Le pasa algo con los gatos? —oyó a Kima preguntar a Cologne.

—Su padre lo tiraba cubierto con croquetas de pescado a un pozo lleno
de gatos —oyó responder a Cologne.

Ranma se quedó mirando las flores caídas entre los destellos blancos de
la arena, y las voces de las dos mujeres se fueron apagando en la orilla
de sus sentidos.

Flores de cerezo, dispersas en la arena blanca, como sangre en la nieve.

Echaba de menos a Akane. Echaba de menos a su madre. Echaba de
menos a la persona que él había sido, antes de que los fuegos y esas
púas de hielo y ese centro negro estallaran en su cabeza, antes de que
matara a una mujer en un paisaje de árboles partidos por rayos, antes de
que oyera la voz de un dragón entre un resplandor de plata cual luz de
luna destilada.

—Oigan —dijo, volviéndose de pronto al llegarle la idea—. ¿Adónde se
fue el pájaro?

Kima y Cologne lo miraron. —¿El pájaro?

—Shiso —dijo Ranma—. ¿Adónde se fue?

—Va y viene a su antojo —dijo Cologne—. Seguramente fue a China para
informar a Samofere noticias lo que ha sucedido.

Ranma asintió con gesto ausente, y devolvió la atención al jardín de
arena blanca. Tan simple en forma, tan complejo en belleza. Lo miró
durante un momento más, sintiendo quizá algo semejante a un poco de
paz, o lo más cercano a esta que podría hallar luego de todo lo ocurrido
en los últimos días.

~ o ~

Por las arenas de la cuenca del valle desértico, se movían siluetas
vestidas de negro, agachándose periódicamente para tocar la arena con
los dedos. A ratos, encontraban algo, lo recogían y guardaban en la
amplia bolsa que colgaba de sus cintos, luego de haberle quitado con
cuidado la arena del desierto.

El viento aullaba por la desolación y agitaba vórtices en la arena. Los
faldones de las personas se arremolinaban en torno a sus piernas, y los
chales que vestían flameaban violentamente a cada azote del aire, que
luego moría hasta ser poco más que un susurro quedo.

Sobre las cimas de las dunas, Tanzei tomó un sorbo de agua oscura y
dulzona de la cantimplora, y miró hacia el sur, donde, se extendía el
cordón de montañas que formaban la cordillera de Bayankala, abruptos
centinelas que dividían el valle fértil del páramo desértico más al norte.
Las tierras fértiles se hallaban a algo más de treinta kilómetros, y la mujer
y su grupo habían viajado quince kilómetros aquella mañana para llegar
aquí. Ahora el sol golpeaba a la arena, haciendo a los gránulos
amarillentos chispear al sol.

Al bajar la cantimplora, algunas gotas de agua cayeron los por dedos de
Tanzei hasta el suelo, dejando marcas oscuras en la arena. El calor era
peor a esta hora, recién entrada la tarde. Al anochecer, se llevaría a la
veintena de niñas que había traído consigo, y toda reliquia que hubieran
encontrado, de regreso al hogar del norte, moviéndose por el fresco aire
de la noche, bajo la luz de la luna.

Se llevó la mano a la vaina curva en el cinto trenzado, amarillo, de su
vestido oscuro, y, con un suspiro suave, acarició la pálida piedra lunar
engarzada en el pomo, luego se volvió para dar una última mirada a las
cumbres de las montañas Bayankala.

Podía sentir el calor de la arena incluso a través de las gruesas suelas de
cuero de sus botas, al bajar por las dunas hasta el grupo más cercano de
niñas. Tres estaban arrodilladas, sus vestidos oscuros ondeando en el
viento, en torno a algo que yacía en el centro del corro que formaban.

—¿Qué han encontrado, niñas? —dijo Tanzei, al acercarse a ellas.

—Creo que es parte de una estatua —dijo una de las niñas. Mechones
de fino cabello castaño asomaban en algunos lugares de la toca con que
tenía envuelta la cabeza y los hombros—. Una mano, tal vez. No sé bien
qué material es; alabastro, quizá, o mármol. Aunque las vetas tienen algo
raro...

—Yo la encuentro bonita —dijo la segunda niña, y luego de decirlo se
sonrojó. Era su primera expedición fuera de casa. Tanzei recordaba la
suya propia, hacía casi treinta años, su desesperación por no parecer
demasiado emocionada, y su fracaso en ocultarlo.

—Bueno, pues decidan quién la llevará y sigan trabajando —dijo Tanzei
de manera firme pero benigna, y se alejó de ellas para ir al grupo
siguiente.

—Honorable Tanzei —dijo una voz a su izquierda, cuando había avanzado
algunos pasos.

Se volvió hacia una muchacha delgada, más alta que ella, con ojos
verdes de reflejos dorados y cabello platinado.

—Hemos encontrado algo importante, honorable Tanzei. Nos... Mejor
es que venga y lo vea.

—Desde luego —dijo Tanzei, asintiendo.

La muchacha dio media vuelta y echó a andar, y Tanzei la siguió. A
quince metros de allí, otra chica la llamó con señas de la mano, y la
primera muchacha dio a Tanzei una mirada de bochorno, de disculpa.

—Está muy emocionada —dijo—. Es solo su segunda vez, verá usted, y...

—Solo es tu cuarta, mi niña querida —dijo Tanzei, con una sonrisa para
quitar toda aspereza que las palabras pudieran haber tenido, mientras
seguían andando.

—¡Ah, bien! La encontraste —dijo la segunda niña al aproximarse las dos.
El castaño rojizo de su cabello brillaba casi metálico al sol.

—A ver, ¿qué es lo tan importante? —dijo Tanzei, agachándose para
examinar el objeto a los pies de las niñas.

—No sé por qué, pero nos dio por... seguir excavando —dijo la primera
muchacha, quitándose el cabello platinado que se pegaba a su frente
sudada—. Más profundo que de costumbre. Estaba bajo mucha arena y
pedazos de piedra, pero...

Tanzei se llevó un dedo a los labios y la chica quedó en silencio.

—Lo siento —dijo la muchacha después de un momento—. Sé que
tenemos que avisarle si vamos a excavar más hondo, pero...

—Está bien —dijo Tanzei despacio, mirando lo que las dos niñas habían
encontrado—. De verdad, está bien. Las dos lo han hecho muy, muy
bien.

Y al mirar Tanzei el objeto que yacía en la arena, contuvo todo deseo
de llorar de júbilo, para no dejar ver sino cierta humedad al borde de los
ojos.

Por fin, el tercero. Solían actuar de a tres. Ya habían ocurrido los primeros
dos portentos. Este era el tercero.

Por fin, por fin, por fin.

~ o ~

Por un rato breve pero grato, los tres viajeros miraron el jardín del palacio
del dragón, embebiéndose de su belleza. Observaron las fragantes
expansiones de flores, la distribución de las rocas y la arena, los árboles
altos y majestuosos, y la innumerable variedad de animales que vivían allí
en armonía. El jardín parecía más vasto de lo imaginable, y dondequiera
que alguno caminara, parecía siempre encontrar algo nuevo, una flor no
vista antes o animal que asomaba.

Ranma caminaba solo, mirando los surcos caóticos de la arena blanca,
buscando respuestas, sin hallar ninguna. Por encima, las coloridas aves
llenaban el aire con sus llamados, pero la única voz en la cabeza de él
era la voz a medio recordar del cuervo.

Cologne también caminaba sola, mirando la belleza y fuerza añosa de los
árboles. Mirando al cielo, a los pájaros que se alzaban en la iluminación
de verde cristalino que brillaba más allá del domo de cristal, recordó alas
oscuras, y al dueño de ellas, y trató de olvidar.

Y por último caminaba Kima, sola también, recordando una época en que
las cosas habían sido mucho más simples. Por sobre ella los pájaros se
alzaban, y a oídos de ella sus voces eran para dar la bienvenida a una
congénere.

Luego de un rato, cada uno encontró un claro en donde se habían
tendido sus ropas, limpias y frescas, oliendo vagamente al aroma del
rocío matutino y la lluvia de primavera. Sobre las ramas de unos árboles
colgaban sus bolsas y armas, y todo lo demás que hubieran traído
consigo.

Y cuando consideró que les había dado una digna bienvenida, quien
dominaba aquel lugar modificó sutilmente los senderos que los tres
recorrían, y los hizo unirse una vez más, ante la presencia de ella.

Unos minutos después de aquello, el ser conocido como Galm cruzó los
bordes del bosque de Ryugenzawa, y empezó a moverse hacia la
ubicación que ardía en su memoria como una llama fría.

~ o ~

Ranma caminaba por la tierra rica y firme del sendero que serpenteaba
por entre el jardín, ajustándose un tanto el cuello de la camisa. Había
encontrado su ropa hacía unos minutos, tendida en un claro y lavada a
un estándar que hubiera dado envidia a Kasumi. No había visto señas de
las dos mujeres, salvo una sola vez, cuando atisbó en el aire, con una
bandada de pájaros, una gran forma blanca que pensó podía ser Kima.

Aún no estaba seguro de si se fiaba de ella o no. Con toda seguridad ella
le había salvado la vida, o al menos la libertad, al atacar a Denkoko, pero
costaba olvidarse del pasado. Costaba olvidarse de Akane sumergiéndose
en el baño aquel para luego salir no ella sino Kima; costaba olvidarse de
la malicia de Saffron, tanto siendo niño como ya en la adultez.

Y pese a todo recordó a Kima con el infante Saffron en brazos después
del combate final, guardias tras ella con lanzas y flechas montadas en los
arcos. Le había visto algo así como un respeto receloso en los ojos, y
luego la había visto dar media vuelta, liderando a sus tropas de vuelta al
Monte Fénix.

Por delante, vio una gran arboleda con los árboles formando un ruedo; el
sendero lo conducía por entre dos de aquellos árboles, hasta un prado
lleno de flores silvestres, de una extensión que no alcanzaba a abarcar
con la vista aún.

Empezó a oír una voz de mujer que recitaba, rica y pura, entre tonos
como de arpa.

* Pinos y nubes *
* No el polvo de ciudades *
* Beber la luna *
* No remedia la hambruna *
* Pero sí llena el alma *

Recordó vagamente la estructura, aunque no el poema en particular. Un
tanka; algo lo habían estudiado en el colegio, aunque él no había puesto
mucha atención.

Y ahora entraba al prado, y no le sorprendió hallar lo que lo esperaba.
Tanto había parecido conocido últimamente, tantas cosas como ya
hechas antes, con sutiles variaciones, como una música larga y sublime
que parece durar eterna pero que nunca cansa.

La mujer no necesitaba trono, porque había en ella más nobleza y
majestad que la que toda reina o emperatriz hubiera podido ambicionar.
Su asiento era sobre la hierba verde, junto a una gran poza cristalina
ubicada en el centro, arrodillada y vestida con un kimono de seda verde
con diseño de flores blancas. Parecía estar hablando, más quedamente
ahora, con una ardilla parda presente en la hierba ante ella. El animal
chasqueó lo que parecía ser una respuesta, luego salió presuroso por un
lado de ella, para internarse en el jardín circundante.

La mujer alzó la mirada, la sedosidad de su cabello aguamarina ondeando
con el paso del viento, y luego sonrió, ojos de un verde profundo que
brillaron en la luz filtrada del sol.

—Os doy la bienvenida —dijo—. Hijos de mi hermana, sed bienvenidos a
mi hogar.

Y Ranma miró atrás, para ver a Kima y a Cologne allí, ambas con la misma
expresión de asombro leve que quizá tenía él.

—¿Tu hermana? —dijo Cologne por último, siendo la primera en encontrar
las palabras.

La mujer asintió con la cabeza, el cabello cayendo por sus hombros y
pecho como olas de esmeralda:

—Los tres habéis conocido el contacto de sus aguas. Dos habéis visto su
faz. Sed bienvenidos.

Indicó ante ella una mesa con fruta y humeantes tazas de té, que antes
no había estado allí, o tal vez era que ellos no la habían advertido.

—Venid. Sentáos conmigo y hablaremos.

—¿Tú eres el dragón? —preguntó Ranma, acercándose por el tapiz de
hierba y flores silvestres a la mesa baja y a la mujer que parecía la
encarnación de todos objeto y matiz verde.

La mujer se rió, un sonido sorprendentemente animoso, jovial, viniendo
de alguien tan esbelto y delicado:

—Supongo que puedo serlo. Quizá soy una mujer que sueña que es
dragón, o un dragón que sueña que es mujer. Quizá soy las dos cosas.

Sentándose a su vez a la mesa con las alas plegadas a la espalda, Kima
miró a la mujer de verde con gesto sosegado:

—¿Por qué nos has traído aquí?

La mujer sonrió. —Vosotros habéis venido aquí. Yo no os he traído. Solo
os di la bienvenida.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Ranma al sentarse y tomar una naranja
de la mesa, que empezó a pelar mientras esperaba la respuesta.

La mujer volvió a reírse.

—Me podéis decir Inochi, si te place llamarme por un nombre.

—Tal vez es lo más fácil —murmuró Cologne, sorbiendo de su té—.
Agradecemos tu hospitalidad.

La sonrisa de Inochi era como el sol naciente:

—Ha sido tiempo desde que recibí visitas enviadas por mi hermana. ¿Me
traéis un mensaje de ella?

Cologne negó con la cabeza. —No ha hablado conmigo.

—Ni conmigo —dijo Kima.

Una expresión de tristeza pasó por el rostro de Inochi durante un
momento, luego desapareció.

—No es tiempo, entonces —dijo—. Pero sed bienvenidos, y comed y
bebed cuanto gustéis. Os diré cuanto pueda.

—Bueno, y ¿qué está pasando? —preguntó Ranma, chupando un gajo
de naranja—. ¿Nos puedes decir algo del Círculo Eterno?

Inochi negó con la cabeza.

—No les conozco —dijo—. Sé cuanto ha sucedido antes, pero no es mi
lugar deciros todo.

—Pues dinos lo que puedas —dijo Kima, cortante—. No tengo paciencia
con los que hablan a medias.

La mujer de verde se dirigió a Kima:

—Perdóname. Tal como he dicho, ningún hijo de mi hermana ha llegado
ante mí desde hace mucho tiempo.

—¿Por qué nos dices así? —dijo Ranma, tragándose el último gajo de la
naranja.

—Porque lo sóis —dijo la mujer suavemente, solo a él—. Yo te hice a ti,
pero ella te hizo suyo.

Luego sonrió, y miró en torno a la mesa, a los tres:

—Os diré lo que sé de cuanto ha ocurrido antes.

Los ojos se le nublaron, opacándose a un verde tan oscuro que era casi
negro, como sombras caídas sobre las hojas estivales de los árboles. Su
sonrisa se disipó, y cuando empezó a hablar fue como el sonido de las
hojas que cantan al mecerse en la brisa del verano.

—Hubo una vez una tierra tan hermosa que a quienes la veían por
primera vez se les llenaban los ojos de lágrimas sin poder explicar por
qué. Era una tierra de bosques como la esmeralda y ríos como el
diamante, y el pueblo que allí vivía había hecho un pacto con los poderes
de su tierra, y vivía en paz y armonía con las fuerzas de la naturaleza.
Sus gobernantes eran sabios y justos, y diestros en las artes de la magia.
Al sur habitaban sus vecinos, un clan grande y poderoso cuyos hombres
y mujeres eran guerreros fieros y honorables, las mujeres sobre todo.
Más al sur estaba el pueblo cuya gente era tanto del aire como de la
tierra, porque hicieron su hogar en las cavernas de una gran montaña
y volaban con alas de ave. Y todos aquellos pueblos vivían en paz mutua,
y sus vidas eran ricas en ventura.

Sus ojos parecieron vidriosos, húmedos como el rocío en las hojas
de hierba al amanecer.

—Pero tal como la primavera se hace verano, el verano se hace otoño,
y el otoño se hace invierno. El pacto fue roto, y vino el Destructor,
hablando la palabra de su amo en una lengua hecha de engaño. Mucho
tiempo se le creyó benigno y espléndido, pues era bello, y la Oscuridad
se oculta mucho más fácilmente en la Luz si es bella. Pero al descubrirse
lo profundo de su perversidad, él y sus seguidores mostraron su poder
verdadero.

Ahora sus ojos eran indistinguibles del negro, y el prado antes luminoso
estaba ahora en sombras. Elevando los ojos al cielo, Ranma vio que el
domo de cristal verde era ahora del mismo color que los ojos de la mujer,
y que este opacaba la luz, ahogándola con la fuerza del pesar de ella.

—Arrasaron la tierra de la belleza y destruyeron cuanto había existido
—dijo por último la mujer tras una pausa larga. Tenía lágrimas en las
mejillas, como escarcha en la corteza de los árboles, y soplaba por el
prado un viento frío, con olor a descomposición y agua estancada—. Y
elevaron hacia el cielo una torre como una garra, y dijeron que los
pueblos debían jurar lealtad a ellos o morir.

El viento se levantó más fuerte, pasando entre su pelo y por su piel como
zarpas. Por encima, se oyó la resonancia de algo parecido a un trueno, y
el destello de un relámpago fulguró en la profundidad negra que había
adquirido el cristal del domo.

—No podía permitirse —dijo Inochi, y era doloroso oír la angustia de los
recuerdos en su voz—. Se libró una guerra contra el Destructor y sus
huestes, y los ejércitos de los tres pueblos marcharon por la tierra antes
hermosa. Devastados por la pena, las gentes pacíficas que habían vivido
la destrucción de su tierra sumaron a la causa de la guerra su magia, su
dominio de los flujos de energía que componían la vida misma. Se hicieron
más pactos, se ofrecieron sacrificios a los poderes de la tierra, y surgieron
paladines para combatir al Destructor, pues este tenía un poder que no
era posible imaginar, y los poderes de la vida y la muerte eran para él
cual juguetes.

Ranma se percató de que tenía lágrimas en los ojos en ese momento,
pero no le importó. La voz de Inochi era como un dolor hecho música, un
virtuosismo de pesar que era tan inabarcable como inmemorial.

—Conocieron la verdad del costo del poder —musitó Inochi—. Era la única
manera. Los poderes chocaron con tanta fuerza que las fronteras mismas
de la realidad se rompieron, y por la brecha pudo entrar una malignidad
más antigua que el tiempo. Ese día murieron nueve décimos de ambos
ejércitos, pero al final la torre cayó, el Destructor fue expulsado y sus
seguidores se dispersaron a los cuatro rincones de la tierra.

Volvió a resonar el trueno, arriba, y el viento era como el aullido de una
cosa que sufría.

—Y mucho tiempo después de esos días, empezaría un rumor a ir de boca
en boca. Que llegaría en día en que la malignidad volvería a alzarse, y
que alguien volvería también, para cargar sobre sus hombros el manto del
poder, para unir contra el peligro a los pueblos, porque a través de las
eras los pueblos se habían fragmentado una y otra vez. Él vendría, no
como uno de ellos, sino como un extranjero.

Ranma advirtió que los ojos de las tres mujeres estaban puestos en él.

—¿Qué?

—Por favor, niño, no puedes ser tan cerrado —dijo Cologne, con la voz
sonándole algo ronca, como conteniendo lágrimas.

Kima no dijo nada, pero sus ojos azules tenían el frío del invierno al
mirarlo a él.

Inochi le sonrió, y de nuevo le habló, solo a él, y él supo sin sombra de
duda que solo él oyó lo que ella dijo:

—Ahogaste el fuego del dragón, pero no lo extinguiste por completo. El
fénix cayó sobre ti, con sus alas ardiendo cual muerte de estrellas. Te he
marcado en mi nombre, mi paladín.

Por encima, el cristal negro se volvía verde otra vez; el viento había
dejado de soplar. Despacio, despacio, la luz y la vida parecían volver al
prado.

—Interesante historia —dijo Kima después de un momento—. ¿Pero qué
hay de...?

Y de pronto, por encima llegó un sonido como la rasgadura de un mundo.
Aparecían grietas en el domo de cristal verde, como rayos dentados,
como si el peso del agua hubiera sido, de pronto, demasiado.

Inochi se puso en pie. —Debéis marcharos ya.

—¿Qué pasa? —preguntó Ranma—. Podemos...

—No podéis ayudarme contra esto —dijo Inochi, mirando hacia el domo
que se agrietaba—. Estará bien, pero no puedo hacer lo necesario y
mantener vuestra seguridad mientras estáis aquí.

—¿Pero qué sucede? —dijo Cologne—. ¿Siquiera puedes decirnos eso?

—Durante la guerra contra el Destructor hace miles de años, ciertas
entidades pasaron por la barrera que se había erigido en una época
inmensurablemente remota —dijo Inochi—. Una de ellas ha entrado en mi
hogar, y debo repelerla o su presencia destruirá mucho de lo que he hecho.
Debéis marcharos.

—¿Adónde? —dijo Ranma.

La mujer señaló la poza. —Allí. Entrad y os sacaré de este lugar.

—Pero...

—¡Id!

Había pedazos de cristal verde cayendo por doquier como lluvia, y el
domo parecía a punto de colapsar en cualquier instante.

—Id —volvió a decir Inochi, aunque con más suavidad—. Por favor. Todo
estará bien.

Ranma se detuvo, dudando, al ver que Cologne y a Kima ya se movían
con celeridad hacia el estanque.

—¿Nos volveremos a ver? —preguntó.

—Si no en este lugar, será en otro —dijo Inochi, y le sonrió, y en los ojos
de ella él vio algo que le hizo sentir como un rayo de sol en el pecho—.
Ve en paz, hijo mío.

Y por último, él se volvió y se arrojó con Cologne y Kima a la poza
espejeante, en la cual los cristales verdes caídos desde el domo relucían
como fragmentos de esmeralda y restos de jade, hundiéndose despacio
por las profundidades del agua, hacia un fondo que no podía verse, y lo
último que Ranma vio antes de entrar por la superficie fue un reflejo de
su propio rostro, y luego las aguas se oscurecieron como nubes de
tempestad al cerrarse sobre él.

~ o ~

Galm echó hacia atrás la cabeza y aulló de júbilo, cubierto de sangre de
la cabeza a los flancos. A sus pies yacía el cadáver de un ciervo que
había tenido casi dos metros de alzada, abierto y estragado. Había
encontrado el paraíso; de no estar compelido por los pactos a buscar la
presa a la que estaba atado, podría haberse quedado aquí para siempre,
o hasta haber matado todo lo posible de matar.

Agachó la cabeza y empezó a desgarrar la carne del ciervo, aún tibia,
aún conteniendo la dulzura de la vida.

Apenas tuvo el primer sabor en la boca, sintió como si lo hubieran
pateado una decena de veces en las costillas.

* ABOMINACIÓN *

La voz estalló en su cabeza y fue ácido en su sangre, y volvió él a aullar,
de dolor esta vez. Rodó y se convulsó, gruñendo y mordiendo el aire,
luego se puso inestablemente en pie, buscando al enemigo.

* ABOMINACIÓN *

De nuevo esa voz, como la fractura de árboles grandiosos y rocas
partidas por el rayo, una voz que por su sola fuerza parecía capaz de
romperle los huesos.

* ABOMINACIÓN *

Una tercera vez, que terminó con todo pensamiento de lucha que pudiera
haber guardado, dejando solo la necesidad visceral de huir, algo que
jamás antes había sentido.

* RETÍRATE DE ESTE LUGAR *

Corrió, un bólido, entre los troncos de árboles gigantes. Las ramas lo
arañaban, raíces le hacían trastabillar, y la voz le gritaba con una furia y
un odio que eran puros.

Al final, ya fuera de la margen del bosque, se derrumbó sobre el suelo
de tierra, con los costados sangrando por el arañazo de las espinas, una
oreja desgarrada por la astilla cortante de una rama.

Acezando, con los flancos hundiéndose y subiendo cual fuelles, Galm se
quedó tirado un momento, y luego, despacio, no con la transformación
fluida de antes, sino con una lentitud dolorosa, se irguió a la forma de
hombre, sanado de sus heridas y de algo de su cansancio.

—Bajo sus narices todo este tiempo —gruñó, luego se rió—. Ah, Yoko.
Cómo te alegrará saber esto.

Y entonces vino una explosión roja como fuegos de artificio en su
cabeza, un regocijo tan puro que era dolor. Un color escarlata se
arremolinó ante sus ojos, espirales que pulsaban como torbellinos de
sangre.

La presa había vuelto. Lejo, muy lejos. Pero no importaba. Cuanto más
lejana la presa, más rápido él.

Iría pronto. Pero primero, sacó de su cinto un cuchillo largo y curvo, con
un borde aserrado en la curva interna de la hoja, y un mango hecho de
un hueso que él sabía era humano. Sin adornos, muy simple, imposiblemente
antiguo, y muy, muy filoso. Corrió el filo por su muñeca izquierda en un
corte largo, luego puso la boca contra la herida, saboreando su propia
sangre y el poder arcaico de esta.

"Yoko", llamó al principio.

Y cuando terminó, se volvió a mirar el bosque y sonrió, mostrando los
dientes. No estaría aquí para verlo, pero sabía que, llegado el momento,
el bosque ardería.

Y luego Galm se dejó caer al suelo y cambió a sus cuatro piernas, y la
caza volvió a empezar.

~ o ~

Las aguas lo abrazaron como una amante, lo atrajeron a sus
profundidades frías y oscuras, y acariciaron su piel como dedos hechos
de hielo negro.

Descendió, y todo en torno a él era negrura. La seguridad y calor que
había sentido en el jardín de Inochi se iban de él, poco a poco, saliendo
de su cuerpo en espirales, hacia el helor de las aguas.

Ningún frío que hubiera sentido en su vida había sido así. Ni Hokkaido con
sus cumbres nevadas, con su cielo azul duro cortado por el filo blanco de
las montañas. Ni el frío de su ropa mojada de lluvia, caminando al amparo
de árboles delgados con su padre, con el rayo quebrando el cielo. Ni
siquiera el frío del hielo que tenía en la mente.

Esto era un frío de presencia física, invisible, indefinible, inmenso. Estaba
en todas partes rodeándole, llenándolo, corriendo por su sangre y la
médula de sus huesos. Y era tan oscuro, tan imposible de ver. ¿Cuándo
había respirado por última vez? ¿Había vuelto a ver a Kima y a Cologne
desde que se hundieran en el agua?

Y luego, la comprensión. No estaba transformándose, su cuerpo seguía
siendo el suyo.

Y hundirse, hundirse, hundirse por las aguas oscuras, una caída sin fin,
paralizado en el acto de lanzarse, descender, descender hacia el fondo
como una lanza.

Descender, con el frío que reverberaba en su ser.

Pensando:

¿Cuándo terminará? ¿Cuando terminará la oscuridad?

Y otro pensamiento:

Estoy solo.

Solo y con frío en la oscuridad.

Recordó otras momentos, bajo las aguas. El lanzarse a la poza del Orochi
en pos de Akane, para surgir por la tubería del grifo Fénix. Los pulmones
le habían ardido entonces con la necesidad de aire, pero ahora los sentía
igual de fríos que todo el resto del cuerpo.

¿Era esto todo?, se descubrió pensando. ¿Caería para siempre por esta
frialdad oscureciente, ansiando aire pero no necesitándolo, para nunca
volver a ver luz?

Y entonces, más allá, hubo luz. Un punto al principio, como una
estrella lejana, pero al caer, o elevarse, o cual fuese la dirección que
llevaba, vio la luz florecer...

Hincharse...

Expandirse...

Florecer ante él, como un árbol hecho de estrellas.

Y la luz, la luz se abrió a él y estaba dentro de él y era gloria, una belleza
inconcebible, una tibieza, comodidad y...

Oscuridad otra vez, pero solo un momento, al sentir su cabeza, ahora
de mujer, romper por las aguas de la poza del valle, con los árboles
meciéndose más arriba y la niebla de la mañana en torno a todo, sol
diluido que se derramaba sobre los caminos sinuosos entre poza y poza.

Había una vara de bambú en la poza, extendida alto por sobre su cabeza,
alisada por años de lluvia y viento. Había otras pozas, cientos al parecer,
algunas poco más que charcas, pero todas rutilaban por igual en el sol de
la mañana, como diamante líquido. Las varas de bambú eran lanzas en la
niebla, atravesando la bruma hacia el cielo.

Cologne lo miró desde donde estaba, de pie sobre la superficie del agua,
con el cabello pegado a la cara y la ropa empapada adherida al cuerpo.

—Bienvenido de vuelta a Jusenkyo, Ranma.

—Feliz de estar aquí —dijo Ranma después de un momento, quitándose el
flequillo de los ojos femeninos.

Cologne se rió, solo apenas, y avanzó hasta la orilla de la poza, saliendo
con cuidado.

—¿Te vas a quedar en el agua todo el día?

Ranma negó con la cabeza. —¿Esta... es la Nyannichuan, cierto?

Cologne asintió desde donde estaba, el agua goteando desde su ropa
mojada hasta la tierra que rodeaba a la poza.

—No la recordaba tan honda —dijo Ranma al moverse hacia el borde de la
poza, solo sintiendo que sus pies tocaban el lodo del fondo un momento
antes de impulsarse con los brazos para salir de la poza.

—Puede que lo haya causado el cambio en los flujos de Jusendo —dijo
Cologne. Señaló un punto detrás de la Nyannichuan—. Y además, antes
estaba por allá.

Ranma pestañeó. —Caray.

—Aquí estaban. Ya me preguntaba adónde se habían ido.

Y volverse, de nuevo, hacia el sonido de la voz, con el corazón galopando
en el pecho, el hecho inexplicable, incomprensible, de que ella de alguna
manera estuviera aquí.

—¿Akane?

Akane miraba a Ranma con una expresión neutra. Vestía una gruesa capa
hecha de un material blanco que parecía solo un tanto húmedo; tenía las
piernas descubiertas e iba descalza.

—Por supuesto que no.

Y entonces él recordó, y se quedó en silencio.

—Bueno, henos aquí —dijo Cologne, mirando de primero a uno y luego al
otro, luego mirando el borde de sol que asomaba sobre las montañas—.
¿Y ahora?

—A buscar agua caliente —dijo Kima con la voz de Akane—, para
quitarme este cuerpo de humano.

—Sin duda Ranma querrá transformarse también —dijo Cologne—. Pero
Jusenkyo está demasiado cerca de la aldea Joketsuzoku para mi gusto.
Incluso siendo de madrugada, convendría no ser vistos. Nunca se sabe
que ojos nos pueden ver, qué oídos nos pueden oír, y a quién puede
llegar la información. Aún no nos podemos permitir el tiempo para calentar
agua.

La cara que era de Akane pareció disgustada un momento; no la rabia
caliente que Akane mostraba a menudo en las facciones, sino una fría
especie de insatisfacción, una expresión que Akane jamás hubiera tenido.
Luego dio media vuelta y echó a andar.

—Bien. En marcha, entonces.

Luego de un momento, Cologne se encogió de hombros y la siguió. Ranma
las miró un momento, al cuerpo de Akane movido por otra persona, y
luego sacudió la cabeza despacio y echó a andar por entre la niebla de la
mañana, que se aferraba fríamente a la humedad de su ropa, piel y
cabello.

~ o ~

El saliente de roca estaba en la parte baja de una de las montañas de
Bayankala, la cordillera que encerraba a Jusenkyo. El saliente se extendía
como un dedo apuntado hacia las pozas, y proporcionaba un excelente
punto de observación para quien quisiera ver a las tres personas que
habían salido de las pozas de Jusenkyo y luego echado a andar hacia el
sur.

Pero quien estaba ahora de pie allí había llegado media hora demasiado
tarde para verlo. De haberlos visto, las cosas podrían haber terminado de
forma muy distinta a como fue al final.

De pie en la cornisa de piedra, con el cuerpo envuelto en una capa,
parecido a como la niebla envolvía a las pozas, mirando los estanques
encantados, inmerso en la luz pálida del sol matutino. Luego de un
momento, se rió por lo bajo.

—Casi gracioso, ¿no? —se dijo—. Por más que aborrezco los recuerdos de
este lugar, al final siempre vuelvo.

En realidad, no le importaba mucho. Había vuelto a Jusenkyo por una
razón. Tenía cosas que hacer aquí. Las haría, y luego se largaría. Cuanto
antes mejor.

Se rió una segunda vez, un sonido desagradable. Esta vez, iba a intentar
que las cosas no salieran al revés.

—La tercera es la vencida —dijo, y volvió a reírse.

No fue más grata que la primera risa. Aunque, desde luego, tampoco era
una persona especialmente agradable.

~ o ~

Tanzei estaba con las otras cuatro mujeres, todas rodeando la mesa, y
vestidas igual que ella, con los vestidos oscuros y cintos de cordel
amarillo. Pero las dagas que las mujeres llevaban al costado eran rectas
en vez de curvas, y no tenían adornos, en tanto la de Tanzei tenía en el
pomo una piedra lunar pulida, del tamaño de un huevo pequeño. Las
mujeres eran mayores que ella, pero aceptaban su autoridad. No era rol
de ellas cuestionar las decisiones, solo servir. Resguardar la memoria,
resguardar la fe. Esperar este día, siglo tras siglo.

La cara de cada mujer estaba surcada de lágrimas y lucía una sonrisa
ancha. Los último minutos habían contenido mucho llanto, muchos
abrazos, y buena cantidad de risa.

—Por fin —dijo una. Las dos palabras se habían repetido mucho en este
rato—. Ay, por fin.

El objeto que estaba sobre la mesa era el foco de sus lágrimas, su dicha
y atención. Era una espada de excepcional belleza, larga y curvada, con
una empuñadura hecha a imagen de un dragón enroscado, de entre
cuyas fauces surgía la hoja.

—Tenemos la certeza, ¿no? —dijo otra. También eso se había dicho
bastante.

—Sí —dijo Tanzei. Estiró una mano y pasó la palma por el aire sobre la
hoja, y dijo una palabra de poder. En respuesta, fosforeció en la hoja una
especie de telaraña blanca, que empezaba donde el acero se unía a la
empuñadura y alcanzaba hasta la punta—. La tenemos.

—Alabado el nombre —dijo una tercera.

—Sí —dijo Tanzei luego de un momento—. Alabado.

Estiró los brazos, casi titubeando, y levantó con cuidado la espada, una
mano en torno a la empuñadura y el otro sosteniendo la hoja. La alzó por
sobre su cabeza; la espada brilló en la luz y la amplificó, proyectándola
como chispas de plata en las paredes.

—Enviaremos un mensajero a don Kammael de la Dinastía Musk, por la
noche, cuando el desierto esté fresco —dijo—. Debe enterarse de que se
ha encontrado la Espada Dragón.

Y por tercera vez, aunque ninguna de las cuatro habló, las palabras
resonaron por la habitación, entre la luz que emitía la espada. Tras mil
cuatrocientos años de espera, el día había llegado.

Alabado. Mil veces alabado.

~ o ~

Galm miraba la expansión del mar desde el borde del acantilado sobre el
cual se hallaba, y a cuyo pie rompían las olas. Si cerraba los ojos, sabía
que volvería a ver las espirales de sangre y latidos. Podía sentir a la
mujer moverse, solo levemente, porque estaba ahora tan lejos que la
dirección que él debería seguir era la misma cual fuese el movimiento que
ella hiciera.

Se relamió los labios, y volvió a examinar las plumas, detenidamente.
Con el olor, imprecisos recuerdos que tenía de su segundo nacimiento
volvieron a agitarlo. Solo había vuelto a sentirlo hacía miles de años,
cuando había sido libre, antes de ser atado. Cuando se había movido
entre los ejércitos en pugna y había matado, sin importar de qué lado,
gozando la brutalidad de su existencia. Recordaba gratos alaridos, la
sensación de brazos, piernas y alas en sus fauces. Oh, el volver a cazar
así un día.

Miró nuevamente con sus ojos dorados hacia el mar, hacia el punto en
que desaparecía el horizonte, mientras el último vestigio del sol se ponía
en el mar como algo que muere.

—Nos vemos pronto —dijo. A su presa lejana, al sol poniente, a otra
cosa, no importaba. Solo la caza. Solo matar.

No entendía mucho de geografía. Tenía bastante seguridad de que este
era el Mar de Japón. Japón era como la gente le había puesto a la tierra
donde estaba él ahora. Jusenkyo, que estaba muy cerca del lugar donde
había nacido él, era un lugar de China. Hacia allá iría ahora.

El borde del sol se hundió en el mar, las estrellas salieron y la oscuridad
llegó. Galm sonrió; cazaba mejor a la luz de la luna.

Se quedó un momento más en el acantilado, luego saltó, en un clavado
hacia el agua de abajo, con movimientos de una elegancia tan absoluta
que era aterradora.

Rara vez tenía que viajar por agua para alcanzar a su presas, pero la
completa y total capacidad de llegar a ellas era parte de su esencia.
Momentos después de penetrar la superficie del mar, una aleta gris,
enorme y filosa, salió de la profundidad como la vela de un navío.

Con la espuma blanca del mar bullendo en la estela de su paso, la aleta
cortó por el mar a mayor velocidad que la que cualquier embarcación
pudiera haber logrado. Incluso años después, muchos elucubrarían
distintas teorías, todas incorrectas, acerca del motivo por el cual los
peces rehuyeron aquella área de la bahía de Wakasa para siempre jamás.

~ o ~