Aguas bajo la tierra
Un fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum
Versión castellana de Miguel García
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Capítulo 11: Yunque y martillo
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No había mucho que decir, al final. Soun se había despedido de ella de
modo atento y solemne, Akane y Kasumi le habían dado sendos abrazos,
Nabiki le había dado un apretón de manos comiendo de una bolsa de
papas fritas con la otra. Ryoga había estado en el trasfondo pareciendo
incómodo, pero después había cargado las maletas hasta el taxi, para luego
decirle que esperaba volver a verla pronto. Y Genma se había quedado en
la puerta de la casa Tendo, con la cara inexpresiva, mirando al taxi irse
con ella por las calles angostas en la primera luz de la mañana, hacia la
casa nueva.
Ahora Nodoka miraba, como había hecho él, al taxi alejarse de la casa.
Su equipaje estaba amontonado fuera del portón de la casa, que parecía
ahora mucho más acogedora y grata que la noche anterior, cuando la
lluvia había caído sobre Nodoka y su marido mientras la miraban y
hablaban, como debían haberlo hecho hacía mucho.
Era una casa bonita. Al patio le hacía falta algún trabajo, y a las paredes
quizá algo de pintura, pero era por cierto de tamaño adecuado para dos
personas, e incluso más. Ya había estado ella dentro, había encargado y
preparado el mobiliario. Era una casa de comodidad casi suficiente para
proporcionarle alguna especie de esperanza, aquí, en medio de la
desaparición de su hijo y la creciente percepción de que su esposo,
durante su época de ausencia, se había convertido en algo que ella ya
no era capaz de tolerar.
Casi suficiente para proporcionar esperanza, pero insuficiente al fin.
Nodoka miró hacia el vecindario, a las pocas personas que andaban por la
calle; la hora punta ni siquiera empezaba aún, pero empezaría pronto. Se
oían pájaros, el murmullo callado de las personas que caminaban juntas,
el zumbido suave del ocasional coche que pasaba.
—Buen día. ¿Usted es la nueva dueña?
Quitó la vista de las maletas al oír la voz, y vio a un hombre alto, que
parecía de unos cincuenta años o poco más. Era de aspecto grato,
apuesto incluso, con líneas en torno a los ojos y cabello castaño
entrecano, que le daban dignidad a su presencia. Vestía pantalones
oscuros y una camisa blanca de manga corta, y, con un diario sujeto
holgadamente en la mano, parecía estarse recién disponiendo a disfrutar
el día.
—Sí —dijo Nodoka, con una sonrisa leve—. Soy Nodoka Saotome.
—Taikazu Ongaku —dijo el hombre, correspondiendo la sonrisa y
haciéndole una reverencia breve—. Vivo en la casa de al lado.
Indicó con el diario la casa de la derecha; era prácticamente un
duplicado de la casa que había comprado ella, según podía ver, con el
mismo estilo de pared y cerca, con el tejado de la casa de dos pisos
elevándose por detrás de unos árboles, que, había que reconocer,
parecían mejor mantenidos que los que adornaban el patio de la casa de
ella.
—Gusto en conocerle —dijo Nodoka.
Taikazu asintió. —El gusto es mío. ¿La puedo ayudar con el equipaje?
—No se moleste...
—Para nada. Será solo un viaje en vez de dos si la ayudo —dijo Taikazu,
guardándose con cuidado el diario bajo un brazo y sujetando una maleta
en cada mano, antes de entrar por el portón. Nodoka cogió la maleta que
quedaba y siguió tras él.
El hombre estaba aún con las maletas junto a la puerta principal, y
esperó a que ella sacara la llave y abriera. Nodoka entró al recibidor
y halló el interruptor de la luz, lo que hizo al lugar, que estaba en
penumbras con la poca claridad admitida por las delgadas cortinas que
cubrían las ventanas, quedar con una iluminación tan clara como el día
de fuera.
—Bueno, se las dejo por aquí —dijo Taikazu, poniendo las maletas en el
pasillo de entrada, para luego hacerle a Nodoka otra reverencia—. Sin
duda estará ansiosa por desempacar, así que no la molesto más.
—Le agradezco mucho la ayuda, señor Ongaku —dijo Nodoka,
correspondiendo la reverencia.
—Dígame Taikazu, por favor, señorita Saotome.
—Señora Saotome.
—Ah.
El hombre abrió la puerta y salió, volviéndose a mirar un momento.
—Si necesita algo, no dude en avisar. Estoy en casa casi siempre.
—Gracias —volvió a decir Nodoka—. Lo tendré en presente.
Taikazu asintió y sonrió, luego salió por el pasillo hacia el portón, silbando
por lo bajo. Nodoka cerró la puerta y recorrió con la mirada el recibidor de
la casa, luego las maletas.
Al menos los vecinos eran amistosos. Eso ya era algo, aunque tal vez
frente a todo lo demás era algo pequeño.
Con un suspiro suave, empezó a desempacar.
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—Genma.
Sentado junto al estanque del patio trasero de la casa Tendo y mirando
el agua cristalina, Genma se volvió, y vio a Happosai de pie detrás de él.
El maestro parecía ahora de algo más de cuarenta años, su pelo oscuro
con algunos mechones grises, sus movimientos ligeros y desenvueltos.
La reversión de su edad no parecía estar aminorándose en lo más mínimo.
Al ritmo actual, tendría la edad de Ranma en dos o tres días.
—Estoy algo ocupado en este momento, maestro —dijo Genma con el
mayor respeto que pudo.
Era cierto: estaba ocupado mirando el estanque y haciendo lo posible por
no pensar en el taxi que hacía unas horas se había alejado de la casa
llevándose a su mujer.
—Se trata de tu hijo.
Eso lo hizo volver la cabeza otra vez.
—¿Qué hay de él?
Happosai se acercó por el césped del patio, bajo la sombra de las ramas
de un árbol, y se sentó junto a su ex alumno.
—Creo que sé donde está —dijo.
Genma evidenció descontento. —Maestro, ¿habla en serio?
—Happosai asintió con la cabeza y metió los dedos al agua del estanque,
rompiendo la quietud.
—Sí, hablo en serio.
—¿Dónde está?
—En el área cercana a Jusenkyo. Seguramente en la aldea Joketsuzoku.
—¿Qué le hace pensar eso?
—Conozco a Cologne, y creería que el sol se cayó del cielo antes de
creer que se volvió loca. Ella quería que lo creyéramos, pero sospecho
que lo que quería aún más era que lo creyera sea cual sea el responsable
de esas dos mujeres contra las cuales peleamos. Cologne quería sacar al
muchacho de aquí, y adonde sea que vaya, es muy probable que vaya
con las joketsuzoku.
Genma asintió. —A menos que esté muerta.
—Lo cual implicaría que tu hijo está en manos de esas otras dos mujeres
—dijo Happosai.
Genma cerró los ojos y estuvo un momento sin decir nada.
—Cómo quisiera...
—¿Haber estado allí?
—Sí.
—Pues no estuviste.
—Maestro, yo...
—No estuviste, Genma, y entre más pronto lo reconozcas, más pronto
puedes empezar a asumirlo.
Genma miró al otro hombre y arqueó una ceja:
—Creo que es lo más sabio que le he oído decir desde que lo conozco,
maestro.
—Raras las cosas que la juventud le devuelve a uno —dijo Happosai,
cambiando un tanto de postura, hasta quedar sentado con las piernas
cruzadas junto al borde del estanque—. ¿Sabías que ya no necesito
tocar mujeres para mantener mi fuerza?
Genma suspiró. —Lo felicito, maestro.
—Pero aun si Ranma está en manos de esas dos mujeres —dijo
Happosai—, creo que la mejor oportunidad la tenemos con las
joketsuzoku.
—¿Por qué?
—Porque la mujer que me atacó a mí, y que la última vez que se vio fue
peleando contra Ranma, usaba una de las reliquias más poderosas que
poseen las joketsuzoku —dijo Happosai luego de un momento, mirando
hacia el cielo matutino—. No hay forma de que la hayan podido sacar de
la aldea sin el conocimiento de alguna de sus líderes. Hay un vínculo de
alguna especie entre las joketsuzoku y esas dos mujeres.
—Pero no tenemos tiempo —dijo Genma—. Si vamos en dirección
incorrecta...
—Genma, si tu hijo está vivo, es probable que siga así —dijo Happosai—.
Lo querían con vida. Y no tenemos ninguna otra pista a seguir.
—Tardaríamos al menos una semana, tal vez dos, yendo lo más rápido
que pudiéramos —dijo Genma—. El trayecto en barco por sí solo...
—Iremos en avión —dijo Happosai.
Genma se rió. —Claro. ¿Y con qué dinero?
—Tengo fondos —dijo Happosai—. Por montón.
—¿Cómo?
—Cien años de coleccionar tesoros tiende a reportar una que otra joya o
gema —dijo Happosai con una sonrisa leve—. Puedo desprenderme de
algunas.
—Maestro, ¿haría eso por...?
—Quiero de regreso a mi alumno —dijo Happosai, tajante—. Y quiero que
Cologne me diga qué está pasando. No me gusta no saber nada de estas
cosas. Está sucediendo algo grande, Genma.
—Podría ser difícil, llegar por aire —dijo Genma después de un momento—.
Lleva un tiempo conseguir visas de turista.
—Déjame eso a mí, Genma —dijo Happosai.
Genma meneó la cabeza con aire de resignación.
—Temía que dijera eso, maestro.
—No hay nada que temer —dijo Happosai, poniéndose en pie—. Yo me
encargaré de todo, Genma.
El maestro dio media vuelta y entró rápida y resueltamente a la casa,
con paso decidido. Genma se quedó un rato más junto al estanque,
mirando su claridad, y recordó el momento en que su hijo le había dado la
espalda, con gesto de repudio, para luego subir a la montaña a salvar a
su madre. Había sido la última vez que lo había visto.
Pensó también en su esposa, recordando la lluvia fuera de una casa.
Pensó en un taxi alejándose en el aire de la mañana.
Había poco a qué aspirar. Su hijo se había hecho su propio camino desde
hacía ya tiempo. Por lo visto su esposa y él tendrían que hacer lo mismo.
Verdaderamente, no había querido que las cosas acabaran así.
Pero quizá no tenían que terminar así. El hilo de esperanza era delgado,
pero era esperanza al fin.
Y a veces, por delgada que fuese, la esperanza era todo cuando había.
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Ryoga ajustó una vez más su posición en el asiento, y miró las casas y la
gente pasar en la empañada ventana del bus. Aún quedaban algunas
charcas en los bordes de la calle, dejadas por la lluvia del día anterior.
Suspiró, luego volvió la cabeza al sentir que alguien le tocaba un codo.
—Falta poco para llegar —dijo Akane, y le sonrió.
—Gracias por hacer esto —dijo Ryoga—. Tengo muy mala orientación,
pero no me gusta molestar a nadie con...
—¿Quieres dejar de agradecérmelo? —dijo Akane—. Lo has estado
haciendo desde que salimos de mi casa. Tienes que ir a tu casa a buscar
algo de ropa.
Ryoga asintió. Kasumi le había lavado parte de la ropa ayer, cuando
habían llegado, pero muchas de sus cosas estaban rasgadas o en malas
condiciones. Y, en todo caso, hacía mucho que no pasaba por su casa.
Aunque rara vez la había sentido como hogar. Era una casa, un lugar de
parada como cualquier otro en sus viajes. Hacía años que no veía a su
madre o padre. No sabía bien qué les diría, de verlos. Su hogar había sido
cualquier lugar donde pudiera recostar la cabeza. Las más veces su
techo había sido el cielo y las estrellas, su colchón la hierba, su almohada
la mochila. Su hogar había sido el mundo, ¿y acaso eso no lo convertía
en un vagabundo, un desposeído?
—¿Estás bien?
—Pensando un poco, nada más —contestó él, y siguió mirando por la
ventana.
El bus torció pesadamente en una esquina, con algún exceso de
velocidad, por un solo momento, Ryoga sintió a Akane recargarse contra
él. Akane le sonrió con aire de disculpa y se movió un poco en el asiento,
con una pierna sobresaliendo por el borde del asiento hacia el pasillo
central del bus; la falda celeste se apretó algo más de lo habitual con el
movimiento.
Ryoga quitó los ojos de las piernas de Akane, sonrojado, y volvió al más
inocente pasatiempo de mirar por la ventana. Tras unos momentos de
silencio, de estar permanentemente percibiendo la presencia de ella, de
escuchar las conversaciones quedas de los demás pasajeros, empezó a
ver un vecindario conocido. La tienda donde su padre lo había llevado a
comprar comida, o a la que había tratado de llevarlo, al menos: sin saber
cómo, habían acabo en Hokkaido. La tienda de ropa donde su madre lo
había llevado, y de la cual la mujer había desaparecido al punto para
estar ocho meses perdida, dejándolo a él en uno de los probadores.
El largo tramo del canal, con los taludes de cemento, y los pilotes de
madera sobresaliendo del agua. El quinto estaba quebrado. Recordaba
cómo había sucedido, y cerró los ojos. Por todas partes, se veían los
rastros de lo que había desaparecido, los fragmentos de los perdidos.
El bus siguió la marcha, y por último Ryoga vio una parada que le pareció
conocida.
—Aquí nos bajamos —dijo Akane, tocándole suavemente un brazo.
Ryoga se puso en pie, mientras el bus se detuvo con un suave rechinido
de frenos. Fueron con Akane hacia las puertas, pasando por fila tras fila
de caras desconocidas, y junto a un conductor al que dieron las gracias
sin siquiera pensar por qué lo hacían.
Quedaron en la acera, mientras detrás de ellos el autobús se alejaba
hacia el fárrago de la ciudad. Hacía frío para ser verano, aunque daba
calor estar al sol. Pasaban los coches por detrás de ellos, y caminaba
gente a su alrededor.
—¿Recuerdas dónde era, verdad? —preguntó Ryoga después de un
momento.
Akane asintió. —Claro. Si ya fui una vez a un lugar, siempre sé volver.
—Tienes suerte —dijo Ryoga con voz suave, mirando la vida pasar por las
calles—. Ojalá me fuera tan fácil.
—Todos tienen fortalezas y debilidades —dijo Akane, empezando a
caminar. Él la siguió, y anduvieron por las aceras estrechas, pasando
junto a casas, cercas y personas.
—Creo que está doblando esta esquina —dijo Akane tras unos minutos de
caminar—. Creo recordar que...
Mientras parecía contemplar el suelo, levantó la cabeza al oír el ladrido
de un perro. Una forma lanuda, con un cuerpo mitad blanco y mitad
negro llegó veloz rodeando una casa. La cara de Ryoga se encendió con
una sonrisa, y se agachó a tiempo para recibir las alegres atenciones de
su perra. Tras ella venía un séquito de una media docena de perros más
pequeños, casi cachorros aún y chocando entre ellos al apresurarse tras
su madre.
—Hola, niña —le dijo Ryoga a Shirokuro, acariciando la cabeza de la
perra, que ya no era joven—. ¿De dónde saliste?
Y luego alguien más llegó desde detrás de la casa, luciendo una sonrisa,
y una cinta azul en el pelo castaño oscuro.
—Por eso estabas tan contenta —dijo la muchacha—. Hola, Ryoga. Hola,
Akane.
—Akari —dijo Ryoga, la sonrisa disipándose un tanto—. ¿Qué haces aquí?
—Se me ocurrió pasar a ver si estabas —dijo Akari, acercándose—. No sé
por qué, en realidad. Aunque parece que a Shirokuro le dio gusto verme.
—A mí también me da gusto —dijo Ryoga, mirando de reojo a Akane, en
busca de alguna reacción. Akane intentaba, al parece, acariciar a todos
los perritos al mismo tiempo. Tenía una sonrisa que parecía más grande
que todas las que él le hubiera visto desde la desaparición de Ranma.
Akari estaba ante él ahora, alzando la mano para tocarle la mejilla con
una mano delgada. Una juvenil expresión de extrañeza apareció en el
rostro de la muchacha.
—¿Cómo te hiciste esto?
—¿Qué cosa?
—Estas cicatrices.
Ryoga se llevó una mano a la cara para tocarlas , y al hacerlo rozó con
sus dedos los de ella, y recordó la voz horrorosa de Yamiko, y las
sombras que se habían alzado en torno a ella cual humo, y los bordes
filosos de sus uñas cortándole la cara, los brazos, los hombros y el
pecho.
—¿Qué pasa? —dijo Akari—. Pusiste una cara... —Suspiró—. No sé. Rara.
—Es un cuento largo —dijo Ryoga, mirando hacia donde Akane se reía de
esa manera que él recordaba de antes, mientras la camada de Shirokuro
saltaba alrededor de ella—. Cuento largo. Te lo cuento cuando volvamos
a mi casa, ¿sí?
—Esta bien —dijo Akari, con la sonrisa volviéndole mientras entrelazaba
un brazo con el de él, para empezar a conducirlo suavemente. Akane se
levantó de donde estaba acuclillada y empezó a caminar tras ellos.
—Allá te lo contamos todo —dijo Akane, ahora sin la sonrisa, con tristeza
en los ojos mientras le sobaba un hombro con la mano.
Ryoga asintió, pero sabía que decírselo todo a Akari era tan imposible
como decírselo todo a Akane. Ni siquiera sabía bien qué hubiera querido
decirles.
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Ukyo, sentada en la cocina, se sirvió otro té mientras volvía a leer la
nota. La letra de Konatsu era pulcra y elegante, aunque la tinta estaba
manchada en algunos lugares con salpicones de líquido seco; al parecer
había estado llorando al escribirla.
Mi queridísima Ukyo:
Tengo que irme un tiempo. Tengo que hacer ciertas cosas, cosas de las
que no puedo hablarte. Lo siento. Siempre quise decirte más del Clan
Kenzan, cosas que pudieran ayudarte a entender por qué soy como soy.
Pero no pude.
No sé si te volveré a ver, o, de ser así, si será pronto. Estas semanas
han sido las más felices que puedo recordar desde que murió mi padre.
Nunca antes conocí a una persona tan buena conmigo como lo eres tú.
Espero que Ranma esté bien, y espero que tú y los demás lo encuentren
pronto. Espero que seas feliz. Te amo, Ukyo. No me olvides.
Adiós,
Konatsu.
Había una marca junto a su nombre, de labios pintados rojo rubí, o rojo
rosa, o rojo sangre. Descolorido, además, se había ido hacía muchas
horas. Ella había dormido desde que llegara a casa ayer en la tarde,
hasta esta madrugada, para descubrir la nota al despertar, sobre su
mesa de noche.
Sacó un suspiro suave y tomó un sorbo de té, luego volvió a leer la nota.
Nada nuevo le fue revelado. Solo la línea aquella: "Siempre quise decirte
más del Clan Kenzan".
Estaba solo eso, solo ese único indicio de que algo andaba mal.
Recordaba a las hermanas y madre de Konatsu; había sido peligrosas
e idiotas, además de más feas que el demonio. No parecían de las que
volvían luego de ser derrotadas una vez, y Konatsu no se habría ido tan
de pronto sin haberse resistido; o así lo esperaba ella, al menos.
Hoy era día escolar, pero había cosas más prioritarias. Supuso que esta
era una de ellas. Dondequiera que estuviese, Konatsu quizá estaba en
problemas. Y, por supuesto, estaba el asunto de Ranma, aunque, bien
mirado, siempre había algún asunto con él. Él no la quería. Lo había
dejado explícitamente claro, tanto con palabras como con acciones,
después de lo que parecía mucho tiempo de enredos y verdades a
medias.
No era que no lo echara de menos, ni que no se preocupara por él, o no
se preguntara dónde estaba. Pero no podía negar lo que tenía dentro: lo
seguía amando, pero saber que él no la amaba había convertido ese amor
en otra cosa, algo rabioso en su interior.
Recordaba algo que Shampoo había dicho, aunque la amazona hubiera
sido normalmente la última persona cuyas palabras ella hubiera tomado
en cuenta. Pero habían sido ciertas y, a su manera, sabias: todo estaba
cambiando, y todos ellos estaban cambiando también, lo quisieran o no.
Se le ocurría una sola persona que pudiera saber algo sobre el Clan
Kenzan, y, aunque no tenía ningún deseo de hablar con esa persona, o
siquiera estar en su presencia, estas eran circunstancias excepcionales.
Las circunstancias excepcionales estaban dándose muy seguido
últimamente.
Ukyo salió de la diminuta cocina ubicada en la trastienda del restaurante.
Atravesó la cortina que la separaba del área principal, hasta el comedor.
Fue por detrás de la plancha apagada y tomó su enorme espátula de
combate, de donde descansaba sobre el mostrador de madera. Sabiendo
con quién iría a hablar hoy, sospechaba que tendría que usarla en un
momento u otro.
~ o ~
Nabiki hojeaba la sección de economía del diario, y se le descompuso
profundamente el gesto con lo que vio. Los números no eran buenos; no
eran nada de buenos. El mercado parecía muy lento hoy por hoy, y así
había estado durante un tiempo. Nabiki podía medir su estado de ánimo
mediante los índices bursátiles: cuando eran buenos, estaba de buen
humor, cuando eran malos, estaba de mal humor. En estos momentos, la
combinación de los bajos números y otras cosas más la habían puesto del
pésimo humor en que estaba hoy.
No obstante, si había algo que era garantía de devolverla al buen humor,
era encontrarse con Kuno. No solo proporcionaría este una mejora
económica, sino que, si lo acicateaba bien, podría además tener alguna
reacción amena.
—¿Más café?
Miró desde el refugio del diario a la camarera, e inclinó la cabeza en una
venia sutil, y al instante desechó de su mente la presencia de la chica,
mientras sus ojos seguían escrutando las filas y columnas de letras y
cifras.
Le llegó más café, y pasaron unos minutos más antes de que su atención
se viera atraída por algo más que el diario.
—Hola.
La voz no era de Kuno, pero era conocida. Volvió a levantar la mirada
desde detrás del diario, e hizo un calculado alzamiento de cejas.
—Kodachi.
La hermana de Kuno estaba vestida con una simple pero elegante blusa
abotonada al cuello, más una larga falda negra. Ocupó el asiento frente a
Nabiki en la mesa sin decir nada más.
—Tenía que reunirme con tu hermano —dijo Nabiki, dejando que una
expresión de descontento le adornara la cara—. No contigo.
—Llega en un momento —dijo Kodachi, y, un momento después él llegó,
entrando con su paso acostumbrado, altanero y rígido, para luego
aproximarse a la mesa con la cara fija en una de sus expresiones
comunes, que siempre recordaba a Nabiki la de alguien que acaba de
chupar un limón e intenta no mostrar los efectos.
—No me gusta otra gente en las juntas sin saberlo yo antes, Kuno-chan
—dijo Nabiki, permitiendo que el descontento de su cara aumentara un
tanto—. Estoy dedicando mi hora de almuerzo a esto.
—Perdóname —dijo Kuno con algo que sonó parecido a la sinceridad—. Mi
hermana es una adición de último minuto. No debería afectar en lo más
mínimo el tema de nuestra conversación.
—Mira, yo sé lo que quieres —dijo Nabiki, doblando el diario y dejándolo
en la silla junto a ella, mientras Kuno se sentaba junto a su hermana, que
parecía estar viendo qué tan cerca de la pared podía sentarse.
—¿Sabes lo que quiero? —dijo Kuno con una voz que por parte de
cualquier otra persona habría sido monótona.
—Claro —dijo Nabiki, para luego sacar de su bolso un ancho sobre color
café y pasárselo por sobre la mesa—. Cinco de mi hermana y cinco de la
chica de la coleta.
Kuno cogió el sobre y lo abrió, luego extrajo con cuidado las fotos y las
sostuvo abiertas en abanico, mirándolas detenidamente.
—Ah, qué belleza —murmuró—. Las de la dulce Akane...
Nabiki se permitió una sonrisa íntima. No había sido difícil esconder la
cámara en la habitación mientras Akane se ponía el vestido de novia. Tal
vez uno de estos días vería cuánto estaba Kuno dispuesto a pagar por
ciertas fotos de Akane que ella no había puesto a la venta. Tal vez lo
haría, si Kuno tenía suerte y andaba ella con una combinación de
inusitado buen humor y extraordinaria necesidad de grandes cantidades
de efectivo.
—El precio de siempre —dijo Nabiki—. Seis mil yenes por las diez.
—Acepto —dijo Kuno de inmediato, sacando los billetes de su cartera y
extendiéndoselos a Nabiki. Kodachi, sentada en silencio a su lado, miraba
hacia el cielo raso.
Nabiki alargó la mano y asió el dinero, luego suspiró.
—Tienes que soltarlo para que pueda recibirlo, Kuno-chan —dijo con el
mismo tono de voz que podría haber usado con un niño particularmente
lento.
—Una condición —dijo Kuno.
—No trabajo con condiciones —dijo Nabiki—. A menos que haya alguna
ganancia.
—Quizá la haya —dijo Kuno en voz queda.
Se volvió para mirar a Kodachi:
—¿Hermana, si eres tan amable?
Kodachi extrajo dos fotos y las puso sobre la mesa, una junto a la otra,
puestas de modo que Nabiki las viera. Ambas eran de Ranma, una como
hombre, la otra como mujer. Las poses eran casi idénticas: el puño
derecho echado atrás y preparado, el puño izquierdo extendido hacia
adelante, equilibrándose en puntillas sobre el pie izquierdo y con la rodilla
derecha recogida hasta el pecho. La mitad del cuerpo estaba definido
con la luz del sol, la otra mitad estaba bordeada con sombra; al fondo de
la imagen chispeaba el estanque del patio de los Tendo.
—Explica esto —dijo Kodachi con voz suave—. Los ojos... Los ojos...
No terminó, solo murmurando algo, y miró por sobre un hombro hacia la
ventana, a la gente que pasaba por la calle.
—Mi hermana y yo hemos advertido desde hace poco unas semejanzas
muy notorias entre el villano Saotome y la dulce chica de la trenza. La
forma de vestir, la manera de hablar, etcétera. Nos hemos preguntado si
son parientes o algo similar.
—Podría decirse —dijo Nabiki.
—Podría, quizá —dijo Kuno.
Hubo un momento de silencio.
—Dínoslo, no pedimos más —dijo Kodachi, con algo parecido a la fatiga
en la voz—. Solo dinos la verdad, Nabiki Tendo.
—¿De verdad quieren oírla? —preguntó Nabiki.
Otro momento de silencio.
—Sí —dijo Kuno—. Queremos.
—Diez mil yenes.
Kuno sacó cuatro billetes más de un bolsillo y se los entregó, junto a los
seis que hubiera usado para pagar las fotos:
—Pagados.
—Eso —dijo Nabiki.
—Y quiero decirte algo, Nabiki Tendo —dijo él, despacio—. Tienes una
forma de honestidad muy tuya, pero también eres muy dada a tergiversar
las palabras para provecho propio. Esta vez, habla claro.
—Muy bien —dijo Nabiki—. ¿Quieres que hable claro?
Kuno asintió y clavó en ella una mirada que podría haber sido penetrante
si hubiera provenido de otra persona.
—Ranma y su padre estuvieron vagando por todas partes más de diez
años antes de llegar aquí —dijo Nabiki—. Unas semanas antes de llegar
a esta ciudad, fueron a entrenar a un lugar de China, en la provincia de
Qinghai. Se llama Jusenkyo, el campo de entrenamiento plagado de pozas
encantadas. Cuenta la leyenda que quien caiga en una poza adquiere la
forma de la criatura que se haya ahogado en ella. Si el transformado se
echa agua caliente, vuelve a su forma normal. Al echarse agua fría, se
transforman al cuerpo que la poza contenía.
Juntó las puntas de cada dedo con los de la mano contraria, apoyó los
codos sobre la mesa y se inclinó un tanto sobre la mesa, preparando el
golpe final, la prueba última para ver si esta vez lo entendían:
—Ranma cayó en la Nyannichuan. La Poza de la Niña Ahogada.
Había esperado, desde luego, incredulidad y negación. Lo que recibió fue
inesperado, a lo cual no estaba acostumbrada. Los hermanos Kuno eran,
cuando menos, predecibles, aunque Kodachi tendiera a ser un poquito
más errática que su hermano. Kodachi hundió la cabeza entre las manos
y, suavemente, empezó a hacer un sonido como de llanto. Kuno asintió
como si siempre lo hubiera sabido y solo hubiese estado aguardando la
confirmación. Alzó una mano y sobó delicadamente el hombro de su
hermana, con semblante neutro. Nabiki se permitió una sonrisa pequeña,
apretada, y esperó.
—¿De modo que... la chica de la trenza y Saotome son la misma persona?
—dijo Kuno por último.
—Bingo —dijo Nabiki, y volvió a reclinarse un tanto en la silla, dejando
que la sonrisa pequeña se estirara—. Te felicito. Y apenas tardaste...
Bueno, un tiempo bien largo en darte cuenta.
—Supongo que fue mucho tiempo —dijo Kuno, mirando hacia el techo y
aún sobando la espalda de su hermana, ademán que recordó a Nabiki la
forma en que alguien intentaría calmar a un animal nervioso.
—A propósito —dijo Nabiki—. ¿Te interesa conocer el paradero actual de
tu chica de la trenza, o, mejor dicho, la escasa información que hay
sobre este?
—¿Está desaparecida, entonces? —dijo Kuno—. ¿Y por ende también lo
está Saotome?
Nabiki no dijo nada, solo esperó.
Kodachi sacó la cabeza de entre las manos y alzó la mirada, revelando
ojos sin lágrimas y una sonrisa extraña, inquietante:
—Ella también lo llama. Los llama a todos, al final.
Entonces, con ojos que empezaban a mostrar la primera vidriosidad de las
lágrimas, volvió a hundir la cabeza en las manos.
Nabiki los miró a los dos con gesto de hastío, luego puso una expresión
más seria al ver el semblante reprobatorio de Kuno.
—Otros diez mil yenes y puedes saberlo.
—Hecho —dijo Kuno, tirando el dinero sobre la mesa.
Nabiki lo tomó y lo metió su bolso, luego les contó una versión elemental
de lo que Akane le había dicho a ella acerca de la desaparición de Ranma.
—Una aventura intrigante —dijo Kuno cuando Nabiki hubo terminado—.
¿Algo más que nos puedas decir?
—No mucho —dijo ella con una encogida de hombros—. Solo que el precio
de las fotos de Akane acaba de subir a seis mil yenes por cinco.
—¿Y si aún deseara las fotos de la chica de la trenza? —dijo Kuno.
Nabiki le sonrió. —Sabes, por la relación comercial tan larga que tenemos,
te las doy por tres mil.
—Así sea, entonces —dijo Kuno con una encogida de hombros, pasándole
otros nueve mil yenes con expresión resuelta. Recibió el sobre y se lo
guardó en el gi, luego se levantó del asiento, con una mano sobre el
brazo de su hermana.
—Vamos, hermana.
En parte invitando a Kodachi a ponerse en pie, en parte guiándola, Kuno
miró a Nabiki de manera inexpresiva:
—Quid non mortalia pectora cogis, auri sacra fames.
—¿Cómo dices? —dijo Nabiki.
—Te veo después, Nabiki Tendo —dijo Kuno, empezando a conducir a su
hermana, asiéndola por el codo, hacia la puerta.
Nabiki se encogió de hombros, volvió a coger su periódico, luego terminó
su café. Para cuando terminó ya había olvidado lo que fuera que Kuno
había dicho, como hacía habitualmente con cada cita que él declamara,
en el idioma que fuese.
Cuando llegó la cuenta, pagó sin dejar propina y salió del restaurante,
sintiendo bastante satisfacción por hallarse casi treinta mil yenes más
rica. Caminó por la calle que conducía a Furinkan. Akane se había tomado
el día para llevar a Ryoga a su casa, pero ella tenía negocios que hacer,
además de una educación que adquirir.
Pasando junto a un basurero, hizo un alto para tirar el periódico, y le
llamó la atención el borde de un sobre color café, que sobresalía apenas
del basurero. Lo sacó sujeto entre dos dedos; luego, abriéndolo, pareció
extrañada. Las fotos de la chica de la trenza estaban todas dentro, pero
las de Akane no.
Se rió por lo bajo.
—¿Las compraste solo para tirarlas? Kuno-chan, eres más ingenuo de lo
que pensé.
Aún riéndose, las volvió a meter en su bolso y echó a andar de nuevo.
Conociendo a Kuno, seguramente podía volver a vendérselas la próxima
semana, luego de que el chico hubiera racionalizado este nuevo giro de
las cosas. Quizá no se habría reído, de haber mirado dentro del siguiente
basurero junto al cual pasó, donde las cinco fotos de Akane yacían
prolijamente cubiertas por los demás desechos del día.
~ o ~
—¿Cerramos la venta, entonces?
Shampoo asintió con la cabeza, mirando desde el otro lado del escritorio al
hombre de cara rubicunda y traje barato de color azul:
—Sí, cerramos venta.
—Excelente. Ten la bondad de firmar aquí, y aquí...
Hizo lo que el hombre indicaba, luego le devolvió la pluma.
—¿Qué hizo a tu bisabuela decidirse a vender tan de repente? —preguntó
el hombre, volviendo a meterse la pluma en el bolsillo, y ordenando
escrupulosamente los papeles que tenía en las manos.
—Tiene negocios en otra parte —dijo Shampoo—. ¿Queda esto listo, sí?
—Sí, sí. ¿Desalojan la propiedad durante la semana, entonces?
—Sí.
—Gracias. Deberían tener el pago en la cuenta para... mañana en la
tarde. Un placer hacer negocios con ustedes.
—Sí.
Shampoo se puso bajo un brazo sus copias de los documentos y salió de
la oficina, sabiendo, al hacerlo, que el hombre la miraba intensamente.
El hombre se había pasado más que nada mirándole el busto mientras
tramitaban la venta del Nekohanten, pero a ella no le importaba,
considerando que la distracción lo había hecho pagar un poquito más que
el valor de tasación de la propiedad.
Bajó las escaleras y salió a la calle, siendo poco más de mediodía. Era
la hora de almuerzo, y en casi cualquier otro día ella hubiera estado
sirviendo como mesera en el Nekohanten. Pero ahora no, y ya nunca
más.
Pasaba la gente junto a ella mientras soltaba la bicicleta encadenada a
un poste de luz, luego la enderezó, dejando con cuidado los papeles en
la canastilla. Pasó una pierna por sobre el sillín y puso los pies en los
pedales. Y partió, con el pelo fustigando tras ella, serpenteando por las
calles y doblando veloz por las esquinas, una gloriosa sensación de
libertad, de casi poder volar con lo rápido que se movía. Era como
convertirse en el viento, o en una parte de este, y durante un rato no
hubo más que la belleza de la velocidad.
Al torcer para meterse a otra calle, vio que alguien le hacía señas desde
la acera fuera del frontis de la pequeña clínica de dos pisos situada en la
esquina. Redujo la velocidad y se detuvo, con el pelo volviendo a caerle
sobre la espalda.
—Hola, Shampoo —dijo Tofu, dejando descansar la escoba en el hueco
del codo—. Tanto tiempo sin verte.
—Nihao, doctor Tofu —dijo Shampoo, poniendo un pie en suelo para
equilibrarse con la bicicleta.
—¿Cómo ha andado todo últimamente? —dijo Tofu con una sonrisa.
Ella miró al suelo y suspiró. —No muy bien.
—Qué pena oírlo —dijo Tofu—. ¿Qué pasa? Supe que Ranma tiene alguna
especie de problema.
—No sé bien eso —dijo Shampoo en voz queda—. Yo...
—¿Quieres entrar a tomar un té?
—Está ocupada. Lo siento.
—¿Segura? No serán más que unos minutos. Podrías sentirte mejor si
hablas con alguien.
—En serio, yo está muy ocu...
Él se acercó y posó una mano suave sobre el hombro de ella, y su
expresión era preocupada:
—De verdad ayuda, créeme. No tengo ningún paciente hasta una hora
más, y me puedo dar el tiempo si te lo das tú.
Ella asintió despacio, cayendo en la cuenta de que tal vez sería bueno
hablar con alguien. Tofu siempre había sido un hombre bueno; la había
contratado la primera vez que ella había llegado a Japón, y le había dado
un lugar donde quedarse por un tiempo.
Metió la bicicleta por dentro de la verja y la apoyó contra la pared, luego
siguió a Tofu a la clínica, pasando por la sala de espera y la sala de
consulta hasta la pequeña oficina, donde Tofu le ofreció una silla de
escritorio con ruedas, para luego ir a la cocina contigua a poner la
tetera. Cuando volvió, traía un platillo con galletas de arroz, que dejó
sobre el escritorio antes de sentarse en su respectiva silla.
—Ahora, dime, ¿qué sucede? —dijo Tofu, tomando una galleta y
empezando a comerla. Sus ojos pardos eran cálidos detrás del marco
redondo de sus gafas.
—No saber dónde empezar —dijo Shampoo con un suspiro, tomando
una galleta.
—Siempre es bueno por el principio —dijo Tofu, previa encogida de
hombros.
Shampoo se rió casi sin darse cuenta.
—¿Saber de boda de Ranma y Akane, verdad?
Tofu asintió. —Sí. Supongo que se les habrá olvidado invitarme.
—Raro, Kasumi y Nabiki mandan invitaciones... —dijo Shampoo, luego hizo
un gesto de lamentación. La cara de Tofu se abrió en una sonrisa, y los
ojos se le desenfocaron un poco.
—Ah, Kasumi...
—Pero bueno, eso sin importa —dijo Shampoo.
Tofu pareció volver de súbito a la realidad:
—Sí, sí. Continua.
Y ella empezó a contárselo, todo lo que estaba dispuesta a contar. Él era
bueno para escuchar. En algún momento de aquel rato Shampoo se
encontró con una taza de té en las manos, y luego de aquella hubo otra.
Y él escuchaba. Y no interrumpía, no cuestionaba, y nunca pareció
reprobar lo que ella decía. Y por último, cuando ella hubo terminado, él no
hizo más que reclinarse en la silla y juntar las puntas de los dedos de
ambas manos bajo la barbilla.
—Lamento oír todo esto —dijo con tono triste—. Lamento también oír que
te volverás a China. Te voy a echar de menos.
Shampoo pestañeó. —Yo también echo de menos, doctor.
—Bueno, tengo un paciente pronto —dijo Tofu, poniéndose en pie—.
Vamos, te dejo fuera.
Shampoo asintió y lo siguió por la clínica y la sala de estar hasta la
puerta principal, que él le abrió para luego dejarla pasar.
—Adiós —dijo Tofu—. Pasa al menos una vez antes de que te vayas,
para despedirnos.
—Tratar —dijo Shampoo. Luego, impulsivamente, se acercó a él y le dio
un beso en la mejilla—. Gracias. Kasumi va a tener mucha suerte.
Tofu soltó unas risitas y le palmoteó un hombro al salir ella.
—Adiós, Shampoo.
Shampoo tomó la bicicleta en la verja y se dispuso a partir, luego miró
atrás, a Tofu. Este tenía la mirada perdida, con una benigna expresión
de atolondramiento y una sonrisa pequeña.
—Kasumi con mucha suerte —se repitió Shampoo antes de salir
pedaleando.
No vio la expresión atolondrada desaparecer, y los ojos pardos volverse
fríos y duros. Pero la pequeña sonrisa seguía, mostrando un tanto los
dientes, aunque no llegaba en absoluto a los ojos, ahora que nadie podía
verlo.
~ o ~
—Creo que está atrás, Ukyo.
—Gracias, Kasumi.
—Ha estado un poco extraño desde que volvió. Creo que ha cambiado
un poquito.
—Sí, me di cuenta.
Ukyo salió al porche trasero y miró al hombre de pelo castaño ejecutar un
complejo kata junto al estanque. En la holgura de sus movimientos se
percibía una poderosa impresión de fuerza, que lo distinguía como un
maestro.
—Happosai —llamó ella tras un momento, una mano sujetando firmemente
la empuñadura de la espátula.
Happosai terminó el movimiento, la miró y le sonrió. Estaba unos diez
años más joven que la última vez que ella lo viera, y lo había visto ayer.
Era un hombre de rasgos poco agraciados, bajo y delgado, con una
gracilidad fluida en sus movimientos en lugar de su anterior rapidez
nerviosa.
—Ukyo, querida mía —dijo, acercándose, la sonrisa creciendo con cada
paso—. Qué gusto. Estás muy bella hoy.
—Cuidado, depravado —dijo Ukyo—. Quiero hablar contigo.
—No hay necesidad de ser hostil —dijo Happosai con una encogida de
hombros—. ¿Qué tal un besito? Me gustan en los labios, largos y con un
poquito de...
Ukyo se sacó la espátula de la espalda, la asió con ambas manos y atacó
con ella en un solo movimiento, al acercarse Happosai al espacio personal
de ella.
Happosai bloqueó la espátula con un dedo y le dio una sonrisa a medias.
—Eso no fue nada de amable —dijo.
Era más bajo que ella, pero no era fácil verlo, por el modo en que el
hombre se conducía y su extraña capacidad de mirarla como desde una
altura mayor.
—Obviamente has venido preparada para defenderte de algún abuso mío,
¿no?
Ukyo abrió la boca para hablar, luego la cerró y Happosai continuó.
—Piénsalo un momento, mi niña querida. ¿Crees que tú, Akane, o incluso
Ranma, tendrían posibilidad de detenerme si de verdad quisiera hacerles
algo? Y eso vale el doble con lo que me está pasando ahora.
Con eso, le arrebató la espátula de las manos, sin saber ella cómo, la
hizo rodar con una mano por sobre la cabeza, y luego la devolvió a las
manos de Ukyo, antes de dar media vuelta para ir de nuevo hacia el
estanque.
Resistiendo el impulso de echarse a temblar, Ukyo lo siguió al estanque,
aunque declinó sentarse al hacerlo él.
Happosai la miró. —¿De qué se trata?
—Quiero me hables de las kunoichi —dijo Ukyo—. Específicamente, del
Clan Kenzan.
El hombre se lamió un tanto los labios y miró el agua del estanque.
—¿Por qué quieres saber de eso?
—Tú llevaste a Ranma a la casa de té donde Konatsu vivía con su
madrastra, ¿no?
—Así fue —dijo Happosai—. Pero... qué lindura de chiquilla esa ninja. Una
lástima que haya resultado ser hombre.
—¿Me vas a hablar del Clan Kenzan o no?
—Los Kenzan son bien legendarios —dijo Happosai—. Supuestamente
habían desaparecido durante la restauración Meiji, pero hay quienes
creen que siguen siendo una fuerza poderosa, aun hoy.
—¿Y tú lo crees?
Happosai asintió. —Son ninjas. Se ocultan en las sombras. Desde detrás
del telón se puede ejercer un poder inesperado.
—¿Y qué tienen de extraordinario?
—Bueno, son ninjas. ¿Qué más se puede decir? Son más que nada perros
sin honor, leales solo a sí mismos.
—Pero Konatsu no es así.
—Hablo de los ninjas en general. Empezaron como asesinos y espías, y
la mayoría no ha cambiado mucho. Los clanes aún existen, pero se
esconden incluso más que cuando empezaron. Siempre hay gente sin
escrúpulos, capaz de pagar mucho dinero para ciertas cosas se hagan. A
veces recurren a los yakuza, pero cuando de verdad necesitan que algo
se haga, pueden recurrir a algunos de los clanes ninja, si tienen los
contactos adecuados.
—Bueno, pero ¿qué de extraordinario tiene el Kenzan?
—El Kenzan está compuesto en su totalidad por mujeres. Asesinan a
hombres poderosos, y lo hacen de manera tal que parezca accidente.
Son todas femme fatales de altísima destreza, hábiles en seducir y en
matar, y no necesariamente en ese orden.—Se estremeció—. Excepto
esas tres esperpentos de la casa de té.
—¿Sabes algo más? Konatsu se fue, y solo tengo esta nota —dijo Ukyo.
Sacó la nota y se la pasó a Happosai, luego miró en torno al patio de los
Tendo y a los árboles, mientras él leía con expresión intensa.
—Creo aconsejable que te olvides de todo esto —dijo Happosai luego de
un momento, muy suavemente. Arrugó la nota hasta hacerla una bola y
la tiró al estanque.
Ukyo la sacó antes de que se hundiera del todo, y lo extendió contra su
blusa, mirando con descontento cómo la tinta se corría.
—La necesito —dijo—. No pienso olvidarme de esto. Es mi amigo, y si
está en problemas, entonces...
—¿Y Ranma?
La cara de Ukyo se tensó. —Ranma se sabe cuidar solo. Ya ha
demostrado muy bien que no me necesita a mí, al menos.
—¿Y Konatsu no se sabe cuidar solo?
Ukyo suspiró. —Konatsu... no es igual que Ranma. Ranma es
independiente. Hace lo que cree que está bien. No deja que la gente le
pase por encima.
—No se inclina ante nadie, eso es claro —dijo Happosai después de un
momento—. El chico es tozudo.
—Konatsu se cae como un castillo de arena cuando alguien lo empuja
—dijo Ukyo—. Su madrastra y hermanastras lo trataban como basura, y
él lo aceptaba, porque no sabía qué más hacer. Es... Es como si no
supiera pensar por sí mismo casi nunca.
—Te noto muy protectora de él.
Ukyo hizo un gesto desesperado. —No sé. Es... Es buena persona. Solo
que en algún momento su vida siguió un mal camino, y él hace lo mejor
que puede...
—Por bonito que sea el juguete —dijo Happosai en voz queda—, si rueda
hasta la guarida del tigre es mejor dejarlo.
—Él no es un juguete —dijo Ukyo en voz igual de queda—. Es mi amigo.
El viento dispersó por el estanque olas en miniatura mientras Happosai
se ponía en pie, sacudiéndose el polvo de los pantalones. Miró
detenidamente a Ukyo por un momento, luego suspiró suavemente.
—Recuerdo —dijo— cuando era como tú. Era joven y no creía que algo
fuera capaz de detenerme...
—Dudo que hayas sido como yo alguna vez —dijo Ukyo.
—Lo dudo también, a decir verdad —dijo Happosai, con un tono como de
lamentación—. He oído que el Clan Kenzan tiene su cuartel general en
alguna parte de Okinawa. Y es todo lo que sé.
—Gracias —dijo Ukyo.
—¿Qué piensas hacer ahora? —preguntó él.
—No lo sé. De verdad que no lo sé. Tengo... Tengo algo de dinero
guardado. Podría ir allá y tratar de...
—Okinawa no es chico.
—Lo sé —dijo Ukyo, brusca—. Pero... —movió la cabeza de lado a lado—.
No sé. Está en problemas. Sé que está en problemas, o no se habría ido
así.
—Entiendo —dijo Happosai—. Es muy posible que yo vaya a China dentro
de una semana, pero si vas a Okinawa, dímelo antes de que te vayas.
—¿A qué vas a China?
—Creo probable que Ranma esté por Jusenkyo —dijo Happosai—. Genma
y yo iremos a dar un vistazo a ver si lo encontramos.
—¿O sea que sabes dónde está? —dijo Ukyo—. ¿Por qué no me lo
dijiste enseguida?
—No sé si está ahí —dijo Happosai—. Es poco más que una conjetura
razonable. Pero es lo único que tenemos.
—Tengo que ir también, entonces, incluso si es solo...
Se interrumpió:
—Pero Konatsu...
—Haz lo que te parezca más adecuado —dijo Happosai—. Creo que es lo
mejor.
Pasó junto a ella, le dio una leve palmadita en el trasero, y se metió a la
casa demasiado rápido como para que ella intentara cualquier clase de
represalia.
Ukyo se quedó en el patio unos minutos antes de salir por el portón del
frente, mirando el estanque, luego la nota húmeda en su mano. La tinta
corrida por la página se había mezclado con el color de la marca de labial
que Konatsu había dejado, y ahora el negro y rojo se enredaban en la
página, en un diseño similar a una rosa roja con un corazón negro en el
centro.
~ o ~
El estilizado coche rojo torció por una esquina y llegó suavemente a la
entrada de vehículos. Al presionar un botón, se abrió la puerta de la
cochera ubicada al final, y al presionarlo otra vez la puerta se cerró.
Sensores de movimiento se activaron en la entrada, y las luces
fluorescentes del techo cobraron vida, la oscuridad de fuera de las
ventanas se retrajo, el interior del coche se iluminó.
—Hemos llegado, hermana —dijo Tatewaki Kuno desde el asiento
delantero. Miró hacia la parte trasera del vehículo, donde Kodachi estaba
con las piernas recogidas y apoyada contra la puerta del lado del
pasajero.
—Lo sé, hermano —murmuró.
—¿Cómo te sientes?
—Un poco mejor. Haberlo... Haberlo confirmado es bueno, supongo.
—Sí, supongo que lo es —dijo Kuno, con cierto tono de humor al
desabrocharse el cinturón de seguridad para bajar del coche. Lo rodeó
hasta el otro lado, dando una mirada de admiración a las líneas y color
del vehículo; lamentó no poder conducirlo más seguido.
Le abrió la puerta a su hermana, y, con gesto precautorio, la miró bajar,
posando con cuidado un pie en el piso de cemento de la cochera, luego
el otro. Kodachi se irguió e hizo un sonido profundo, suspirante,
pestañeando con las luces del lugar.
—Hermano, ¿has tenido alguna vez la sensación de que tenías que hacer
algo, a pesar de que todo tu ser te dice que no? —dijo la muchacha
después de un momento.
—No comprendo a qué te refieres.
—El lugar que Nabiki Tendo mencionó, el tal Jusenkyo. Yo... —No terminó
la idea—. Nada. Algo absurdo.
—No hay nada absurdo en la fe, a no ser que por tener tanta se vuelva
ceguera —dijo Kuno, poniendo una mano sobre el hombro de Kodachi,
para guiarla delicadamente hacia la puerta que daba a la casa—. ¿Qué es
lo que estás deseando hacer, hermana?
—Quiero ir allá. No sé por qué. Nunca he tenido deseos de viajar. Pero
quiero... necesito ir allá.
Kuno asintió con la cabeza. —¿Y por qué razón crees que debes ir?
—Ya dije que no sé por qué —murmuró suavemente Kodachi, entrando los
dos a una sala lateral de la casa para luego ir al recibidor—. Yo solo...
—¿Has tomado en cuenta el tamaño de Qinghai? —dijo Kuno—. Es
enorme. Casi toda la región en montañosa. Está poco habitada. ¿Y hablas
algo de chino?
—Podría encontrar algún guía —dijo Kodachi—. Y si no, encontraré la
forma de sobrevivir.
Las palabras que siguieron estaban llenas de amargura:
—Y tú y yo somos muy hábiles para sobrevivir, ¿no, hermano?
—Así es —dijo Kuno después de un momento, mientras entraban al
recibidor de la casa—. Lo somos.
Kodachi se rió, una risita extraña, ya sin la amargura:
—No puedo creer que hayas tenido tanto tiempo engañada a esa chica
Tendo. Y vaya que es fría. Debió haberte descubierto enseguida.
—No sé a qué te refieres, hermana —dijo Kuno.
—Vi lo que hiciste con esa fotos —dijo Kodachi, y se rió—. ¿Por qué?
—La gente cree con mucha más facilidad lo que quiere creer —dijo
Kuno—. Hermana, creo prudente que descanses un rato.
Kodachi asintió. —Creo que... sí, quisiera descansar. He estado tan
cansada últimamente.
—Descansa, entonces —dijo, con una sonrisa sutil, aplicando una presión
suave en la espalda de su hermana, para dirigirla hacia las escaleras—.
Te despierto después.
La miró subir las escaleras y desaparecer por el recodo al llegar al rellano.
Un momento después, Tatewaki fue hasta la cocina, llenó un vaso con
agua y se lo bebió. Un frío refrescante bajó por su garganta. Dejó el vaso
sobre la cerámica del aparador, luego miró el entorno, durante un largo
momento. Arriba, detectó vagamente que la puerta del cuarto de su
hermana se abría, y sintió por sobre su cabeza el sonido muelle de
pisadas. La habitación de Kodachi estaba directamente sobre la cocina.
Luego de un rato, oyó suaves sonidos de llanto venir de arriba, lo cual le
produjo por dentro una leve sensación de calma. El silencio le hubiera
preocupado mucho más. Llorar, llorar era bueno, si era momento de
hacerlo.
Concluyó que su hermana, por ahora, estaría bien. Y era una suerte,
dada la imperiosa necesidad que Tatewaki sentía de pasar unas horas en
la sala de práctica.
~ o ~
El cielo escarlata y malva acunaba la caída del sol por debajo del
horizonte. Ryoga, Akari y Akane estaban sentados en el porche trasero
de la casa Hibiki, mirándolo caer.
Ryoga estaba sentado en una banca junto a Akari, asiendo la mano de
ella. Cerca de ellos, Akane se reclinaba en una silla, acariciando despacio
la cabeza de Shirokuro con una mano, mientras la perra dormitaba a su
lado. En el patio amplio pero de césped mal mantenido, los cachorros
jugaban junto a la mole de Katsunishiki, el enorme cerdo, que toleraba
pacientemente las atenciones.
—De verdad debería irme a casa pronto —dijo Akari suavemente, con la
cabeza recostada contra el hombro de Ryoga y suspirando. Su pelo
rozaba contra la mejilla del muchacho—. Se está haciendo tarde.
—Akane y yo deberíamos volver también —dijo Ryoga, estrechándole la
mano suavemente y tratando de mantener el pulso bajo control. Podía
sentir la tibieza de la mejilla de Akari en el hombro, incluso a través de la
camisa—. Creo que me voy a quedar donde los Tendo, viendo en qué
puedo ayudar.
—Entiendo —dijo Akari—. Sé que Ranma es tu amigo.
Ryoga exhaló y apoyó la cabeza contra la de Akari un momento. Al estar
así con ella, era casi como si Akane no existiera en su mente. Pero
estaba siempre allí, aunque fuera solo un poco, en las orillas de su
comprensión.
—El cielo está precioso —comentó Akari después de un momento.
—Sí, ¿verdad? —respondió Ryoga a media voz. En el patio, uno de los
perros ladró, rompiendo la quietud. A lo lejos, oyó el llamado de una voz,
palabras que no pudo distinguir.
El sol bajó más aún, y en alguna parte del césped empezó el canto
nocturno de las cigarras, elevándose suave en la brisa sutil del
atardecer, por todo el vecindario.
—Creo que mejor nos vamos antes de que anochezca —murmuró Akari,
quitando la cabeza del hombro de Ryoga y poniéndose en pie despacio.
Ryoga la siguió un momento después, mientras Akane se volvía a
mirarlos a los dos.
—¿Ya te vas, Akari? —preguntó, aún acariciando a la perra blanquinegra.
—La voy a dejar a la puerta —dijo Ryoga.
Akari asintió. —Nos vemos, Akane.
Se volvió y llamó al cerdo:
—Katsunishiki, espérame fuera.
El cerdo hizo un sonido retumbante, se levantó y dio un lento rodeo por
el costado de la casa, con cachorros a medio crecer siguiéndole,
ladrando y jugando durante unos momento a morderle los tobillos, sin
hacerlo, antes de volver corriendo al césped para caer en una masa
rodante de pelaje.
Shirokuro sacó un ladrido suave en su estado semidormido, al levantarse
Akane del asiento, para acercarse a Akari y asirla de las manos.
—Sí, nos vemos, Akari. Fue muy bueno verte de nuevo.
La otra muchacha hizo una venia leve con la cabeza:
—Fue muy bueno verte también.
Quitó las manos de las de Akane, y la estrechó repentinamente en un
abrazo. Ryoga apartó la mirada, algo avergonzado, pero de todos modos
pudo oír a Akari:
—Ojalá todo salga bien. Llámame si quieres.
—Gracias.
Y qué sensación extraña alzándose en él, qué amor por ambas. Por
razones distintas, y por tanto eran emociones distintas. Pero era, casi
con toda certeza, amor.
Un momento después, Akari puso una mano en el brazo de él.
—Me voy. ¿Me acompañas afuera?
Ryoga asintió, y se dejó llevar de la mano, de regreso a la casa, mientras
Akane volvía a reclinarse en el asiento y a mirar el atardecer que se
cernía sobre la ciudad. Ryoga y Akari salieron hasta el frontis de la casa,
y se quedaron de pie en la puerta principal. En la calle, Katsunishiki
estaba sentado sobre los cuartos traseros, quieto y paciente como una
montaña.
Akari hizo un alto, con una mano sobre el portón bajo que conducía a la
calle, la otra mano sujetando la de él. Los vestigios de sol que aún les
llegaba estando al otro lado de la casa producía reflejos sutilmente
rojizos en el pelo de ella.
—Ryoga, ¿ten cuidado, sí?
—¿Cuidado con qué?
—Con cualquier cosa que te pueda hacer daño. No... No quiero perderte,
¿sí?
—Voy a estar bien —dijo él, con voz suave, mirándola a los ojos y
deseando poder creerlo—. En serio, voy a a estar bien.
Akari asintió con la cabeza, luego sacó un suspiro suave y cerró los ojos.
Entrelazó los dedos de la mano con los de él, se acercó un paso desde el
portón, puso la otra mano sobre el hombro de Ryoga y descansó la
cabeza en su pecho por un momento.
—Solo espero que... —dijo.
Volvió a suspirar, y se arrimó más a él.
—Solo espero que Ranma esté bien. Akane... Akane se pondrá muy triste
si le pasa algo.
Ryoga le acarició el cabello con una mano grande, y la estrechó contra sí
con la otra, sintiendo la tibieza de la espalda de ella a través de la blusa
color celeste agua.
—Sí, yo también espero que esté bien —dijo.
Pasó un coche por la calle, con las ventanillas abajo, y una música baja y
triste se oyó al pasar. Lo único que se vio del conductor fue una mano
que salía por la ventanilla y golpeaba levemente contra la puerta,
llevando el ritmo.
—Le dije a Akane que lo iba a encontrar —le dijo Ryoga después de un
momento a Akari, teniéndola aún abrazada—. Mousse piensa que puede
estar en China. Puede que tenga que ir. Puede que no vuelva en
bastante tiempo.
—Lo sé —dijo Akari.
—Bueno, adiós —dijo Ryoga, despacio.
—Adiós —dijo Akari, igual de despacio.
Hubo silencio.
A lo lejos, se oyó una sirena elevarse, luego perderse en la distancia,
como una ola recogiéndose desde la playa.
Akari puso algo de espacio entre los dos, luego se acercó y le dio
un beso, solo a un costado de la boca, pausado, dulce, algo inocente.
Luego, demasiado pronto, se había apartado de él, sonriendo entre las
sombras largas del atardecer.
—Lo he dicho antes, Ryoga —dijo Akari—. Pero por si no entendiste la
primera vez, te voy a esperar. Todo el tiempo que sea necesario.
Y luego dio media vuelta, abrió el portón de la verja, y silbó fuertemente.
Katsunishiki se movió hacia ella con voluminosa agilidad; ella se montó
sobre el ancho cuello del animal, acomodándose detrás de las orejas.
Akari se volvió y le hizo una seña a Ryoga, luego volvió a silbar, y el
cerdo se fue calle abajo a una velocidad que habría dejado en vergüenza
a un caballo de carreras. Pronto, se había perdido de vista.
Ryoga se quedó en el frontis de la casa un momento más, luego volvió a
entrar, para ir a sentarse con Akane y ver ponerse el último fragmento de
sol, y luego, tal vez, el primer avance de la noche.
~ o ~
Yoko se miraba al espejo: un rostro pálido con gafas oscuras que no
dejaban pasar luz alguna. Se dio una última y minuciosa pasada con el
cepillo por el pelo oscuro, luego se lo sujetó, aún húmedo, y lo ensartó
con la aguja de plata para recogerlo.
Tomó la bata colgada detrás de la puerta y se la puso, con el rumor de la
seda negra corriendo por su piel, luego abrió la puerta con la bata aún
holgada en torno al cuerpo. Apretó el cinto de la bata en torno a su
cintura delgada y salió del baño, entre volutas de vapor que salieron por
la puerta abierta hasta el pasillo y que se disiparon pronto en el aire. El
baño la había relajado un tanto, aunque seguía tensa con todo lo
ocurrido hoy.
Salió a una sala de estar pequeña pero elegante, y desde allí a la puerta
sellada, sin pomo ni manija, que conducía a su despacho. Una palabra
rápida y al contacto de su mano los pestillos chasquearon, descorriéndose,
y Yoko abrió la puerta y entró, para luego cerrarla tras de sí.
Había un pequeño escritorio de madera, y una silla de escritorio
acolchada y con ruedas. Había un alto de papeles dispuestos con gran
orden sobre un lado del escritorio, junto a un portalápices. El otro lado
estaba ocupado por la computadora compacta pero costosa. La pared
contraria a la puerta estaba completamente ocupada por un librero, y
había solo una ventana reducida, con las cortinas cerradas. Había una luz
en el techo, pero no se dignó encenderla. Veía igual de bien en la
oscuridad que en la luz.
Fue hasta la pequeña licorera ubicada en una esquina y se sirvió una
copa de vino blanco, luego se sentó al escritorio, tomando sorbos
breves. Empezó a hojear por los papeles, dando vistazos rápidos a
informes financieros de las diversas empresas de fachada, papeles
manuscritos provenientes de informantes, y pulcros apuntes con su
propia letra, tomando nota de conversaciones telefónicas.
Dio una mirada fugaz hacia un lado, a la pared donde colgaba la
reproducción de un cuadro. Hecha en blanco y negro, la obra mostraba
a un hombre pálido, envuelto en una capa semejante a una mortaja,
montado sobre un caballo también pálido, de crines agitadas, cabalgando
por un cielo nocturno surcado de nubes oscuras tanto por encima como
por debajo del hombre y el caballo. Tras el jinete volaban cosas que eran
casi hombres, casi serpientes, casi murciélagos, pero ninguna de las tres
cosas en la definición imprecisa de sus siluetas. Entre los pliegues de la
capa que cubrían el brazo derecho del jinete, era visible una guadaña que
parecía una extensión de su cuerpo, con su cuchilla larga y curva
apuntada hacia el cielo. La esquina inferior izquierda exhibía la firma de
Doré, la inferior derecha, la de Pisan. Yoko no era asidua normalmente al
arte europeo, pero había descubierto cierto agrado por las ilustraciones
bíblicas de Doré.
—Miré, y he aquí un caballo amarillo, y el que lo montaba tenía por
nombre Muerte, y el Hades le seguía.
Yoko se estaba moviendo antes de que quien había hablado terminase:
subió la mano, el poder estalló en torno a ella, una onda de fuerza pura,
invisible a otros ojos y más veloz que el sonido, que surgió de su mano en
dirección a la voz, al tiempo que ella se volvía para ver quién osaba
entrar aquí sin su permiso.
La descarga no era invisible a ojos de ella, desde luego. Por lo cual se
sintió calada de frío al ver que la ráfaga, al tocar a la alta figura,
simplemente dejó de existir.
—No es la bienvenida que esperaba —dijo Ritter en voz muy baja,
cruzando el piso en silencio, los ojos azules planos y duros. Iba vestido
igual que la última vez que ella lo había visto, traje azul marengo que
parecía recién planchado, el cabello rubio impecablemente peinado.
—Podrías haber avisado que venías —dijo Yoko, tomando un largo sorbo
de vino y tratando de parecer distendida.
—¿Por qué? ¿Me tienes miedo?
Yoko lo miró con gesto sereno.
—Sería una idiota si no me causaras recelo, Ritter. Si eso es tener miedo,
entonces supongo que te tengo miedo.
—¿Alguna novedad que deba saber? —dijo Ritter, acercándose al estante
con los licores y abriéndolo. Se sirvió un dedo de whiskey en un vaso,
luego se quedó sosteniéndolo, como no sabiendo qué hacer con este.
—Algunas —dijo Yoko, lo cual era minimizar bastante las cosas.
—Veamos.
Ella tomó otro sorbo de vino, mientras Ritter tragaba el whiskey y se
servía un segundo.
—Algunos se están preparando para partir a China —dijo Yoko—. Van a
Jusenkyo, sin duda.
—¿Y qué consideras hacer tú?
—No estoy segura.
—¿Tienes contactos en las embajadas chinas?
Ella asintió. —Podría bloquear sus solicitudes de visa, o denunciar al
gobierno la presencia de ilegales en Qinghai si optan por entrar sin pasar
por aduana, como ya lo han hecho antes.
Ritter movió la cabeza en gesto negativo:
—No serviría. Si tienen que ir allá, irán.
Yoko agrió el gesto. —A menos que no salgan de aquí con vida.
—Los dejarás salir —dijo Ritter—. Es más, si están tratando de sacar
visas de turista, haz cuanto puedas para agilizar el proceso.
Yoko dejó su copa de vino sobre el escritorio y miró al hombre:
—¿De qué estás hablando?
—Dije que iría a China pronto —dijo Ritter, y sonrió, aunque, como todas
sus sonrisas, no llegó a sus ojos—. Quiero que mi llegada coincida con la
de ellos.
—¿Para qué?
—Tú no me conoces, Yoko —dijo Ritter despacio, como hablando solo—.
No sabes lo que soy. No tienes la comprensión.
Era muy cierto, se dio cuenta ella. Una de las razones por las que le tenía
miedo era porque no lo comprendía. Ella comprendía muchas cosas, pero
no podía ni rozar la superficie de la naturaleza de Ritter.
—Quiero los nombres de los agentes que tienes en Joketsuzoku —dijo
Ritter de improviso.
Yoko palideció. —No tengo idea de qué estás...
La sonrisa desapareciendo, Ritter se acercó un paso a ella.
Yoko le dijo los nombres, tan rápido como pudo, avergonzada de la
facilidad con que las palabras le salieron de la boca.
Al terminar ella, él se rió:
—Sí que han caído bajo. ¿Cómo lo hiciste?
—Muchas se van a las ciudades —murmuró Yoko—. Las observamos
detenidamente, vamos tras las que creemos pueden estar dispuestas a
servir. Vuelven a su aldea. Encontramos pocas, claro está. Pero tenemos
algunas. Tienden a ascender rápido. Muchas de sus rivales suelen sufrir
accidentes.
—Excelente —dijo Ritter, y su sonrisa volvió, una sonrisa muy fría—. ¿Es
todo?
Yoko negó con la cabeza. —No. Mataron a tres de los Vástagos anoche.
Alguien los cortó en muchos pedazos y los enviaron en una veintena de
paquetes a uno de nuestros puntos de entrega.
—Extraño —dijo Ritter—. ¿Ha sucedido algo así antes?
—Hace unos tres años nos mataron un grupo grande —dijo Yoko—. Dos
hombres a quienes les habíamos arreglado el fallo en un juicio, y cuatro
más que estaban con ellos. Los mataron a espada, no como a estos.
Quienquiera haya matado a los tres de anoche empezó cortando dedos
de manos y pies y siguió desde ahí, mientras aún respiraban. Y fue
después de haberlos desollado vivos, desde luego.
—Qué ineficiente —dijo Ritter, sacudiendo la cabeza—. Al final se mueren
igual. ¿Para qué tardar tanto?
Suspiró.
—¿Sabías que Hako seguía en la ciudad ayer? —terminó.
—¿Cómo?
—Me reuní con ella. Bella mujer. Muy encantadora.
Yoko volvió la cabeza de modo que Ritter no le viera el gesto de
desagrado. Hako era sádica y sanguinaria a un grado irracional, pero era
también una integrante de alto rango del Círculo Eterno, poderosa por sí
sola como la líder del Clan Kenzan.
—Tenía que haberse ido el día antes —dijo—, como todas las demás.
—¿Ah, sí? —dijo Ritter, y se encogió de hombros—. No sé nada eso. Las
artimañas políticas de tu hermandad me tiene sin cuidado, Yoko. Yo hago
la voluntad del amo. Con eso basta.
—Hay una tercera novedad —dijo Yoko después de un momento. La había
guardado para último—. Encontramos a la última de las traidoras,
después de tanto tiempo.
Ritter cruzó la distancia en un instante y la asió del cuello de la bata.
—Mientes.
—No —dijo Yoko—. No miento, Ritter.
La soltó, y su expresión era de ira pura:
—¿Dónde?
—Hay un bosque, en el norte...
—No importa. Ella no importa, no aún. Déjala por ahora. Cuando llegue
el momento, lo sabrás.
—No puedes hacer nada contra ella, ¿verdad? —dijo Yoko en voz
queda—. Así que Jusenkyo nos está vedado, y entonces ella también...
La bofetada tiró a Yoko de la silla al piso en un instante fugaz y brutal.
—Te dije que iba a matarte si me faltabas el respecto de nuevo. Estás al
borde, Yoko.
El golpe había cortado la parte interna de la mejilla de Yoko contra sus
dientes, y el sabor de la sangre en su boca fue dulce al ponerse ella en
pie.
—Perdóname, Ritter. No fue mi intención...
—Espero que no lo haya sido —dijo Ritter—. O eres mucho más estúpida
de lo que pensé.
—¿Por qué vas a China, Ritter? —dijo Yoko, tanto queriendo saberlo como
queriendo llevar la conversación en una dirección distinta.
Él la miró sin expresión. —¿Y qué te importa ti?
—Ritter, tenemos que trabajar juntos —dijo Yoko—. No podemos tirar en
sentidos opuestos. El amo no lo desea.
Ritter mostró una semisonrisa. —¿Y qué sabes tú de sus deseos?
—Dímelo, o no me lo digas —dijo Yoko—. No me importa. Es solo que
podría ayudarme, para no ser un lastre para ti.
—Muy bien, pues —dijo Ritter—. Voy a preparar el camino para ti y tu
gente.
Yoko reprimió la sorpresa. —¿De qué modo?
—No es mi lugar decirlo, ni el tuyo saberlo —dijo Ritter, críptico—. Dijiste
que soy un solo hombre, y tienes razón, Yoko. Ni yo puedo enfrentarme a
ejércitos solo. Pero puedo ir a Jusenkyo, y eso es algo que tú no puedes
hacer. Puedo romper el poder que te rechaza a ti, y eso es lo que haré.
—¿No será difícil, acaso, incluso para ti?
Ritter negó con la cabeza.
—¿Quieres saber un nombre con que me llamaban antes, Yoko, uno que
nunca me ha gustado mucho?
Siguió antes de que ella pudiera responder nada:
—Me llamaban la Serpiente. Soy sumamente sutil cuando es necesario,
pero mi mordida es mucho más mortífera de lo que imaginas.
Fue hacia la puerta en completo silencio.
—No creo que nos volvamos a ver por un tiempo, Yoko. Te enviaré un
llamado de ser necesario. Adiós.
La puerta se abrió estando él aún a unos pocos pasos, y se cerró tras él
apenas salió. Yoko esperó unos minutos. Se sirvió otra copa de vino.
Cuando la hubo terminado, se sirvió una tercera. Luego se echó a reír.
—Ritter, imbécil —cuchicheó—. ¿Crees que te necesito a ti para ser
admitida en Jusenkyo?
Se reclinó en la silla y apuró la tercera copa de vino. Dejándola sobre el
escritorio, se quitó las gafas y miró hacia el techo. Despacio, despacio,
se sintió flotar, casi como quedándose dormida. Sus manos de piel rugosa
pellizcaban el aire de manera casi inconsciente, como si hubiera estado
trabajando en un telar invisible.
Pasaron mentes por su vista, las vagas sensaciones, emociones y
ubicaciones de aquellos con quienes había enlazado sus sortilegios.
Todas las mentes eran complejas de uno u otro modo, de mil colores y
formas distintas, danzantes cual flamas. Encontrar a Galm no fue difícil;
era como una navaja entre cuchillos mellados, una llama negra entre
antorchas brillantes.
A juzgar por su posición, iba ahora cruzando el mar. Hako pagaría por sus
transgresiones. Ritter aprendería que no era invencible. Yoko lo había
visto, y, aunque no sabía bien cómo, guardaba la esperanza de encontrar
su mano entre aquellas hebras.
~ o ~
Ritter se reía, caminando por la calle, y no dejó de reírse durante mucho
rato. Había funcionado a la perfección, casi mejor que como él había
esperado. Ella le había creído lo de Hako, y, no solo eso, Yoko creía
sinceramente que él no sabía del perro de presa que había enviado tras
el rastro.
La mujer creía ser capaz de ver lo que estaba por venir, pero él oía otra
voz en la cabeza, una voz que le decía lo que debía por fuerza venir.
Seguía habiendo en Jusenkyo motivos de temor para él, aun siendo todo
lo que él era. El perro de presa se las vería con eso. Así se lo habían
prometido.
Recordaba la copla aquella, vagamente. Le venían muchos recuerdos hoy
por hoy.
*No necesita temer el peso de la noche*
*Hasta no desenfundar una espada de luces*
Había uno solo a quien él creía capaz de hacer eso. Hasta que este
hubiera sido erradicado, de verdad erradicado, debería Ritter ejercer la
cautela, y tener cuidado.
Pero cuando ya ese no estuviera, entonces ninguna fuerza de la tierra, ni
de las aguas bajo la tierra, se interpondría a la furia de su señor. Ritter
había esperado muchísimo tiempo, pero ese tiempo era un brizna en la
espera de su amo.
Y sí, de lo profundo de él, otra copla:
*Y cuando caigan las hojas de oro*
*Despierta El Más Viejo de Todos*
Y otra cosa más, mucho más nueva en su memoria que las primeras dos.
Algo de Goethe, le pareció. Esta la dijo en voz alta, saboreando la
sonoridad brutal de esta.
—Amboss oder Hammer sein.
Él sería el martillo. Yoko y sus hermanas serían el yunque. Y entre ambos
estaría Jusenkyo y su gente, hechos trizas cual juguetes, y se cumpliría
al fin para él lo tan largamente anhelado.
