Aguas bajo la tierra
Un fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum
Traducción de Miguel García
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Capítulo 12: Reunión y confluencia
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Alzándose por sobre el campo de batalla, vio bajo él, entre el estrépito
de pezuñas calzadas de hierro, a la caballería del ejército enemigo. Los
ejércitos chocaban en una vorágine de guerra en torno a la torre negra y
de aspecto insectoide, arma chocando contra arma, flechas y lanzas
cruzando el aire en parábolas. Siluetas aladas se elevaban en torno a las
púas negras de la torre, haciendo llover flechas sobre sus enemigos en la
tierra.
Señaló con una mano, desde la cual estalló una oleada de fuego que bañó
a los jinetes de armadura negra, que habían estado emprendiendo un
asalto a los flancos de la masa turbulenta de guerreros, treinta metros
por debajo de él. El suelo bajo los restos de los jinetes, y las cosas retorcidas
que quizá habían sido caballos se hubieran calcinado, de haber quedado
aún algo por calcinar en este páramo incinerado.
Le había llevado solo un momento, pero fue de todos modos demasiada
distracción. Volando sin alas diez metros por encima de él, el hombre de
cabello platino y ojos refulgentes emitió una carcajada y alzó una mano.
Rayos de energía negra, por decenas, surgieron cual lanzas desde la
palma de su mano, y el aire gritaba y se recogía al paso de las lanzas,
que rasgaban el cielo como un pergamino.
Pudo bloquear muchos de los rayos. Algunos no. Sintió puñales negros
hundirse en sus brazos y piernas, otros entrar en su pecho y vientre,
otros tantos perforar sus alas. Ahogó un grito de dolor, pero las heridas
sanaron casi al instante, carne, hueso y músculo creciendo, renovados,
segundos después de cada herida. La regeneración agotaba un tanto su
energía, pero aun así contaba con poder casi ilimitado.
Logró parar con su arma un hendiente del gran sable de empuñadura
negra blandido por el enemigo, y se alejó por el aire con un giro, para
luego volverse arrojando una descarga de fuego tras otra. El hombre de
cabello platino volvió a reírse, lanzando cortes contra él, blandiendo el
sable, adelantando el cuerpo y retrocediendo con cada ataque.
Una ráfaga de frío absoluto, que ardió blanca azulosa e hizo al aire volverse
briznas de hielo a su paso, le golpeó un costado; el origen del ataque era
algún lugar del suelo de más abajo. El hombre soltó un alarido y se volvió
hacia esta nueva distracción, a tiempo para recibir la aguda hoja del
arma de su oponente a través del pecho. La herida que quedó era
profunda, sin sangre, y se selló casi al instante.
Con fuego en los ojos, el hombre de cabello platino juntó las manos con
un sonido como el del trueno, y se precipitó desde el aire cual piedra,
hasta posarse ligeramente con los pies en el suelo. Cien guerreros
murieron con un golpe de su mano. La carne y el hueso estallaron sin
más, la sangre cubrió los escombros de aquella tierra devastada. El aire
en torno al hombre de cabello platino era negro, fluctuando en ondas
fuertes que exponían bajo este una tiniebla bullente.
—No... —musitó por encima el hombre alado, que cayó en picada, el arma
en alto, el poder acrecentándose en torno a él, calor, fuego y la pureza
de la luz misma, un aura en forma de bólido, hecha de energía perfecta,
aglomerándose alrededor y detrás de él.
Casi llegó a tiempo.
Un momento antes de que el hombre alado impactara con su cuerpo, se
desató un infierno, en todo sentido. Hubo un sonido casi de ruptura, y
luego, por doquier en el campo de batalla y la torre ingente y los
ejércitos en pugna, llegó la oscuridad.
Cortes como ojos se abrieron en cien lugares, fisuras en la tela de la
realidad, portales abiertos en el tiempo y el espacio por la magnitud del
poder esgrimido en el combate. De aquellas aberturas llegó la risa de
algo demente, más allá de toda comprensión mortal de la demencia, los
berridos de un sadismo irrefrenable, tres voces hablando al unísono en la
gloria de la destrucción, y cien sonidos más, cada uno horripilante.
Cosas que podían haber sido manos, hechas con la negrura que hay
entre las estrellas, asomaron desde el caos y apresaron a todos los
combatientes, sin importar de qué bando, sin desear otra cosa que
comer, que destruir. Los gritos de aquellos a los que se llevaron al vacío
eran indescriptibles. Unas formas saltaron desde las rasgaduras del aire,
con cuerpos como extraídos de las pesadillas de un desquiciado,
sombríos, de contextura torpe como la de un recién nacido, haciéndose
más sólidos con cada segundo.
El hombre vio, con el rabillo del ojo, una gigantesca forma gris, con unas
fauces que manaban sangre, cruzando aquel terreno en dirección a él, y
entonces...
y entonces...
y enton...
y en...
y...
todo se hizo negro.
Despacio, al salir el sol por sobre las montañas, el llanto fuerte y agudo
de un infante se elevó con él, resonando por los corredores de piedra,
un sonido del más completo aislamiento, y una soledad sin fondo, fuera
de toda comprensión.
~ o ~
La choza ocupada normalmente por el Guía de Jusenkyo y su hija Plum
era pequeña, hacinada y rústica, por decir lo menos. La única ventana no
era más que un boquete redondo con barrotes de bambú, y el interior no
era mucho mejor. De momento, la choza estaba ocupada por Plum y uno
de los escasos visitantes que pasaban por Jusenkyo, ambos sentados a
la mesa de la cocina.
—¿Más té, señor Cliente? —preguntó Plum, de pie encima de la silla,
disponiéndose a servir el té.
La persona de capa y capucha sentada frente a ella movió de lado a lado
la cabeza, y el ensortijado cabello negro azuloso era el único rasgo visible
de una cara cubierta de sombra.
—No —dijo.
—¿Seguro? Es una mezcla especial, traída directo de Pekín.
—Dije que no.
—Bueno, señor Cliente —dijo Plum, volviendo a sentarse en la silla
demasiado grande—. Disculpe de nuevo que no esté mi padre para verlo,
pero anda por las aldeas hablando con la gente de lo que pasó con...
—Dime qué sucedió después del combate.
—La gente con alas se volvió a su casa —dijo Plum—. No querían pelear
más. Ranma y sus amigos también se fueron a sus casas, a Japón.
—Esa gente con alas, ¿dónde vive? —preguntó el hombre de capa,
haciéndose más adelante y situando sus dedos esbeltos sobre el borde
de la mesa.
—En un monte grande que queda al sur —dijo Plum, apretando los labios
y pensando—. El Monte Fénix. Hay un palacio en toda la cima, y toda
clase de túneles por dentro del monte.
—Interesante —dijo el hombre—. ¿Qué clase de gente es?
Plum se estremeció un tanto. —Los hombres son como monstruos. He
visto una sola mujer, pero también daba miedo, aunque no por fea.
Parecía más humana, solo que con alas. Usan Jusenkyo para convertirse
en gente, para espiarnos.
—Y su rey, ¿es tan poderoso como dicen las leyendas?
Plum asintió. —¿Ve que el monte Jusendo está distinto, señor Cliente?
—Ajá.
—Eso lo hizo Saffron en la pelea.
—Pensé que había sido un terremoto.
—Señor Cliente, ¿usted conoce a Ranma? Parece que sí, por como habla.
—Sí, lo conozco.
Plum no captó la amargura del tono, y sonrió al seguir hablando:
—Es muy buena persona. Cuando fui a Japón, él me salvó.
—Es un travesti idiota —masculló el hombre por lo bajo—. ¿Y qué hacía
una niñita como tú sola en Japón?
—Fui a buscar ayuda —dijo Plum—. Para alejar el mapa de Jusenkyo de la
gente con alas.
—¿Y cómo sabías que había que hacer eso?
—Unos días antes de que atacaran a mi padre, vino un hombre que nos
dijo que la gente con alas quería destruir Jusenkyo, y nos dio el mapa,
diciendo que había que sacarlo de aquí. Estaba vestido como usted. No le
vimos la cara. Cuando usted vino, pensé que era el hombre que venía
otra vez, pero usted habla distinto. Mi padre me mandó a Japón para
encontrar a Ranma y sus amigos.
—¿Por qué no fue tu padre contigo?
—Él se quedó aquí. Era su deber. Sabía que la gente con alas vendría por
el mapa.
—Una niñita no debería andar sola por ahí.
—No soy niñita. Tengo siete años —dijo Plum, airada.
—Si tú lo dices.
—¿Quiere una galleta, señor Cliente?
—No.
—¿Un folleto turístico?
—No.
—¿Quiere firmar el libro de visitas? Es nuevo, porque el otro se lo robó un
monstruo horrible.
—Emm... No.
—¿De dónde es usted, señor Cliente?
—De por ahí.
Plum lo miró con la nariz arriscada:
—Usted no es muy bueno para hablar, señor Cliente.
—¿Y qué?
—¿Quiere hacer una donación al fondo de jubilación del Guía de
Jusenkyo?
Plum hizo sonar la lata de conservas convertida en alcancía, con un
gesto esperanzado. El fondo de jubilación del Guía de Jusenkyo servía
además como fondo de alimentación, ropa y todo lo demás que ella y su
padre necesitaran.
—Qué diablos —dijo el hombre con algo parecido a un suspiro, hurgando
entre los pliegues de su capa hasta sacar un puñado de monedas, que
procedió a depositar en la lata.
—Gracias, señor Cliente —dijo Plum.
—Mira, niña —dijo el hombre—. No es que no esté simpática la
conversación contigo, pero ¿me puedes decir dónde está la Poza del
Hombre Virtuoso Ahogado, tal como te lo pedí antes de que empezaras
con toda esa historia?
Plum carraspeó y se sonrojó un tanto. —Bueno, por eso mismo le contaba
la historia de la gente con alas...
—¿Qué sucedió?
—Las aguas de Jusenkyo cambiaron un poquito —dijo Plum—. Algunas
pozas volvieron en lugares distintos. Algunas no volvieron. Todavía no
sabemos bien dónde están todas.
El encapuchado se tumbó un tanto en la silla y soltó un lamento.
—¿No me dirás qué...?
—La Poza del Hombre Virtuoso ya no está —dijo Plum—. Siento mucho,
señor Cliente.
—¿Por qué no me lo dijiste enseguida? —largó el hombre con tono de
rabia, levantándose un tanto de la silla—. ¿Crees que tengo tiempo para
perderlo contigo?
Plum se hundió un tanto en su silla. —Siento mucho, señor Cliente. Mi
padre se fue hace casi una semana, estoy aquí sola, y usted es el primer
cliente desde que se fue, y quería hablar con alguien...
Se mordió el labio, con los ojos entornados.
—Estoy aquí sola. Lo siento.
—Ah, diablos, soy yo el que lo siente —murmuró el hombre, volviendo a
sentarse—. No quise asustarte.
Hubo un momento de silencio bastante incómodo.
—¿Me puedes servir otro té? —dijo el hombre por último.
Plum se puso en pie y le sirvió un té, sorbeteándose un poco la nariz.
—Gracias —dijo el hombre, tomando el té—. Está bueno.
—Lo hice yo —dijo Plum, sonando orgullosa, ya sin rastros de llanto—. Mi
padre me enseñó a hacer el té muy bueno.
—¿Tienes mamá, niña?
Plum negó con la cabeza, tristemente.
—No es mi padre de verdad. Mi padre y mi madre de verdad murieron
cuando yo era bebé. Los guías de Jusenkyo no suelen casarse, así que
adoptan a algún huérfano y le enseñan sobre Jusenkyo, para que sean
guía cuando ellos ya no estén.
Pareció pensativa un momento, una de esas expresiones extrañamente
adultas que lo niños pequeños tiene a veces:
—A veces me pregunto cómo era mi madre, y mi padre de verdad.
—Bueno, no sé de tu verdadero padre —dijo el hombre—. Pero creo que
tu madre era bonita.
—¿Por qué?
—Porque tú lo eres.
Plum se rió, cubriéndose la boca con una mano.
—Gracias, señor Cliente.
—Ya tengo que irme —dijo el hombre, levantándose de la silla y yendo a
la puerta en un único y resuelto movimiento, el té aún mayormente sin
consumir sobre la mesa. Sus pisadas fueron leves sobre el piso de
madera.
—¿Señor Cliente?
El hombre hizo un alto en la puerta. —¿Sí?
—¿Cómo se llama?
La postura relajada del hombre se tensó, una tirantez del cuerpo visible
bajo los pliegues de la capa.
—No importa —dijo, y salió antes de que Plum pudiera decir algo más.
Para cuando la niña corrió afuera llamándolo, el desconocido ya se
había alejado andando hacia el sur, y, en torno a su cuello, la extraña
bufanda traslúcida ondeaba al viento.
~ o ~
Una persona podía, en teoría, entrar al Monte Fénix desde el nivel del
suelo. En su base había media docena de escaleras, que conducían por
un laberinto de mediana complejidad, compuesto de pasadizos tortuosos,
hasta las recámaras inferiores. Si lograba uno sortear las escaleras falsas
que cedían y se abrían al abismo, las sierras circulares que surgían de las
paredes, y los dardos disparados desde el cielo raso, era posible llegar a
las puertas cerradas con llave y que conducían al área de la montaña
donde efectivamente habitaba gente.
No obstante, en el raro caso de que cualquiera que no tuviese alas
llegase a la remota montaña donde la Tribu Fénix tenía su hogar, con
gran seguridad no podría pasar de las entradas inferiores. Había al nivel
del suelo una sola entrada sin trampas, una puerta simple y discreta tras
un saliente rocoso; todos los demás ornados portales con la imagen de
un fénix, conducentes a escalinatas con antorchas de brillo pálido en las
paredes, tenían trampas de un tipo u otro. Casi todas las escaleras
descendían al cavernoso laberinto arremolinado sobre sí mismo en
kilómetros de corredores bajo la montaña. Los registros de los motivos
para haber construido aquel laberinto se habían perdido hacía siglos.
Las primeras entradas sin trampas, aparte de la puerta oculta a nivel
del suelo, estaban a más de trescientos metros de altura, pasadizos
angostos que conducían hacia el interior del monte. Las áreas más bajas
de la montaña eran donde habitaba el grueso de la población, los que
cultivaban los campos cercanos o atendían los rebaños. Alguna vez
habían existido plantaciones dentro de la montaña, verduras y cereales
cultivados con las aguas del monte, además de la luz y calor proporcionados
por Saffron, pero la costumbre había desaparecido hacía más de un siglo,
al empezar a secarse el manantial.
Kima llegó a una de aquellas entradas, en un plano desde lo alto para
luego aterrizar en la cornisa ancha y llana que sobresalía de la falda del
monte y antecedía al portal. Incluso las áreas inferiores estaban mayormente
desiertas hoy en día; el Monte Fénix era pequeño para la generalidad de
las montañas, pero no dejaba de tener capacidad para albergar una
población vastamente superior a los poco más de mil habitantes que
tenía en la actualidad.
Kima sacudió la cabeza. No era una preocupación nueva: habían estado
al borde de la extinción desde siglos antes de que ella naciera. Entró; sus
pies produjeron un sonido leve en el piso de piedra.
Dentro, el Monte Fénix era un verdadero laberinto de pasadizos de piedra
llana, cámaras cavernosas, aposentos individuales, y fosos verticales,
para facilitar el acceso a los niveles inferiores o superiores. Buena parte
del entorno parecía deteriorado, pese a los mejores esfuerzos por
mantenerlo todo intacto. Había, Kima debía admitir, simplemente
demasiado espacio para una población tan reducida. Lo más sensato
habría sido sencillamente clausurar las cámaras inferiores y mudar a
todos los habitantes a las áreas superiores, cercanas al palacio.
Lo había propuesto, una vez, en una junta con las varias casas nobles, y
los indignados representantes de estas la habían callado prácticamente
a gritos. El sistema de castas era rígido en el Monte Fénix; en todos sus
registros históricos, jamás una cámara donde vivieran plebeyos había
estado a menos de trescientos metros verticales de distancia a las áreas
donde vivían los nobles. Hoy la diferencia era mucho mayor.
Caminando por el pasillo, empezó a oír mazos contra metal, sierras
contra madera, piedra contra piedra. Aquí se desarrollaba el trabajo de
Loame y sus subalternos: la forja de armas, la mueblería, la orfebrería
y manufactura de ornamentos diversos. Los pocos que aún eran capaces
aprendían el arte casi perdido de dar forma a la piedra solo con canto y
el tacto de las manos, sin necesidad de herramientas, y con una precisión
más fina que la alcanzable con métodos convencionales.
Ahora empezaba a ver gente, hombres y algunas mujeres con la
indumentaria común del monte: pantalones y túnicas a la rodilla. Todos
inclinaban la cabeza y no la miraban a los ojos al pasar por su lado; el
solo porte y vestimenta la habrían marcado como noble, y había pocos
que no reconocieran de inmediato a la senescal de don Saffron.
Kima no acusó la presencia de ninguno, y ellos tampoco la de ella. Era
tradición, aunque no ley, que un plebeyo no hablara a un noble a menos
que este le hablara antes.
—¿Y Loame? —le preguntó Kima por último a uno de los obreros que
pasó junto a ella en la misma dirección, adelantándola, con un cinto de
herramientas y un serrucho en las manos.
—Está en los niveles de arriba, haciendo las últimas renovaciones a la
fontanería en las habitaciones de los nobles —dijo el hombre, mirando
hacia el piso.
Ella asintió y pasó de largo junto a él sin otra palabra. Vería primero a
Samofere, entonces; era el más importante, a fin de cuentas. Aunque lo
que había visto estos últimos días había cambiado la forma en que debía
ver las cosas, seguía teniendo obligaciones para con el pueblo y con don
Saffron. El mantenimiento de la montaña era una de ellas.
El pasillo por el que iba ahora era alto y estrecho, con espacio apenas de
sobra para que dos personas caminaran juntas. Brillaban lámparas en las
paredes, de llama blanca azulosa, tono conferido por el petróleo que se
hallaba formando pequeños depósitos en los estratos inferiores de la
montaña. El pasillo terminaba repentinamente en un foso vertical que
conducía al menos ciento cincuenta metros tanto hacia arriba como hacia
abajo. Había pequeñas perchas de madera o salientes de piedra dispersas
por las paredes, proporcionando un lugar de descanso momentáneo de
ser necesario, con esporádicos puentes de madera labrada o piedra
conectando el espacio entre las paredes. Algunas personas se detenían
a hablar unos minutos en una de las perchas antes de separarse; aquí el
batir de alas resonaba por la montaña, al ascender o descender la gente
alada, a menudo acompañadas por las aves más pequeñas que habitaban
el monte.
Kima se quedó un momento al borde del foso, cerró los ojos e inspiró
hondamente. El olor limpio a piedra y aire lo envolvía todo, junto al batir
de alas, las voces de los pájaros, los acentos suaves y musicales de la
gente al hablar, la insinuación del canto de ave en la voz humana.
El hogar.
Saltó, extendiendo las alas, dejando que el aire la llevara, y luego
empezó a ascender con poderosos golpes de ala. La imagen del fénix
estaba por doquier en las paredes del foso, representaciones geométricas,
relieves minuciosos, estatuas que parecían brotar naturalmente de la
piedra, con alas alzadas.
El hogar.
Remontó, adelantando a las bandadas de pájaros, urracas, palomas,
búhos y más, pasando a la gente que charlaba en las perchas de las
paredes, hasta que legó a la alta y ancha entrada al pasillo que conducía
a la biblioteca. La entrada era de forma ovalada, con un dintel a la forma
de un dragón largo y viperino, la otra decoración frecuente en el monte,
aunque ni con mucho tan frecuente como el fénix.
Tanto la biblioteca como su pasillo habían tenido siempre una cualidad
silenciosa, algo que parecía aislar el ruido de los pájaros y la gente.
Ahora solo se sentía el rumor de agua corriendo por los canales ocultos
en las paredes, hoy siendo usados nuevamente. La luz azul de las
lámparas vacilaba en las paredes y cielos al caminar Kima, proyectando
su sombra hacia atrás.
—Hola, Kima —dijo alguien con una suave voz de soprano, al torcer ella
por un recodo del pasillo. La mujer traía en brazos un alto de libros.
—Hola, doña Fanael —dijo Kima, inclinando la cabeza respetuosamente a
la integrante más joven de la familia real.
Fanael era un mujer diminuta, de apenas un metro y medio de estatura,
bonita de una forma delicada. Tenía alas de un gris pálido, que se hacía
celeste en las puntas; sus rica vestimenta y alhajas hacían juegos con
los colores, sedas azules y zafiros engastados en brazaletes y collares de
plata. Era varios años menor que Kima, la bisnieta de la estirpe creada la
última vez que Saffron había elegido una pareja y tenido hijos, hacía más
de un siglo.
Era la hermana menor de Helubor, y tan distinta de su hermano como la
noche era al día. Kima podía soportarla, por ejemplo. Era grata, y por
algún motivo había salido librada de la arrogancia que toda la demás
familia real exhibía.
—¿Más libros para los niños? —dijo Kima.
Fanael asintió, cabello oscuro susurrando por sus hombros y espalda,
cayendo sobre sus alas. Lo mantenía largo y suelto, con algunas cadenas
de plata trenzadas en él.
—Les estoy leyendo los cuentos del Rey Mono. Les gustan mucho.
—Cuentos humanos —dijo Kima automáticamente con un resoplido, que
luego lamentó.
—Encuentro fascinantes los cuentos humanos —dijo Fanael—. Todos
nuestros cuentos son acerca de Saffron. El que el héroe sea el bebé que
está en la cuna un par de metros más allá le resta un poco al cuento.
—La mayoría no lo sabe —dijo Kima en voz queda.
A la mayor parte de la población se le ocultaba la naturaleza de Saffron,
el ciclo continuo de muerte y renacimiento que proporcionaba al Monte
Fénix tanto a su rey como al heredero real, una vez tras otra y otra.
—Me parece una maravilla que lo hayas pasado a la guardería —dijo
Fanael—. Con nosotros parecía siempre muy solo. Yo tenía diez años
cuando mi padre lo trajo y me explicó sobre él. Era tan tranquilo, al
principio, un bebito tan tierno y callado.
Suspiró.
—Creo que ha estado demasiado con Helubor, francamente —terminó.
Kima puso un gesto descontento e incómodo:
—Saffron es el rey.
—Lo sé, lo sé —dijo Fanael—. Pero a veces no es más que un malcriado
desagradable.
Kima se rió, oyéndose nerviosa. No podía hacer nada más; solo alguien de
la familia real podía permitirse hablar de ese modo.
—¿Lo ves contento? —dijo por último.
—A veces lo siento en mis piernas cuando leo —dijo Fanael—. Parece
muy contento. Nunca llora, ¿sabes?, excepto al despertar.
—¿Qué piensa el resto de tu familia? —preguntó Kima, tras un momento
de titubeo.
Fanael apretó los labios y se tocó la boca con un dedo fino. Sus manos
eran casi humanas, solo una aspereza leve de la piel y aguzamiento de
las uñas. Las mujeres del Monte Fénix tendían a tener un aspecto menos
bestial que los hombres en sus cuerpos naturales.
—A mi madre parece darle igual —dijo—. Helubor y mi padre quieren
sacarlo de inmediato de la guardería. Mi tío Nakar y el primo Laelle, desde
luego, quieren todo lo contrario que Helubor y mi padre. Mi abuelo...
La joven suspiró:
—Mi abuelo no habla mucho últimamente. Su enfermedad ha empeorado.
Kima asintió. —Lo lamento, Fanel.
—Creo que le llegará pronto la hora —dijo Fanael con cierto tono de
tristeza. —Pareció forzar una sonrisa—. Me tengo que ir. Los niños
seguramente me están esperando.
—Cuídate, Fanael —dijo Kima.
Hizo las puntas de su ala derecha rozar un tanto contra las de la otra
mujer al separarse, un gesto de afecto entre amigos.
Torció por el recodo del pasillo, y llegó a la gran puerta de madera que
constituía la entrada principal de la biblioteca. Empujándola, esta se abrió
con un rechinido, y Kima entró. La biblioteca tenía siempre ese olor a
papel envejecido, cuero antiguo y polvo. Se contaba entre las estructuras
más viejas de todo el monte, y era la que más transmitía la enorme edad
de esta civilización. Las estanterías de madera se extendían fila tras fila,
elevándose casi hasta el cielo raso. Había mesas por todo el lugar, algunas
ocupadas por lectores, nobles y plebeyos por igual. La biblioteca estaba
abierta siempre, para todos. A la hora que fuese, Samofere siempre parecía
estar. Se rumoreaba que no dormía.
Se oía el rumor suave de las páginas al volverse mientras ella recorría los
pasillos, buscando a Samofere. El aura de los años parecía pesar sobre
ella como una carga. Los anaqueles parecían provistos de ojos que la
observaban. Y muy por arriba, el cielo raso se cernía como un cielo gris.
—Hola —dijo una voz algo rasposa a su izquierda.
—Hola —dijo ella al volverse.
Shiso estaba posado en el borde de una estantería, bien por sobre la
cabeza de ella, con su enorme silueta oscura envuelta en sombras. Saltó
del estante, planeó hasta ella, y un gran peso se instaló sobre el hombro
de Kima, con una leve presión de garras.
—¿Y Samofere? —le preguntó al cuervo.
—En su despacho —contestó el pájaro.
Kima asintió. —Sé llegar.
Se fue por el laberinto de estanterías de la biblioteca, más y más
profundo en los registros del pasado del monte, pasando junto a
pergaminos ajados y tablillas de piedra. El aire se hizo más frío, más
oscuro, más seco al avanzar ella. El sonido de las páginas pasando se
apagó, y pronto no se oyó más que sus pisadas. Por fin, cuando parecía
que la marcha no tendría fin, llegó al fondo de la biblioteca, una enorme
pared de piedra desnuda, con una puerta cerrada, empequeñecida por la
magnitud de la pared.
La biblioteca parecía muchas veces un reino en sí mismo. Saffron
gobernaba el monte, y Kima podía servir en nombre de él, pero en la
biblioteca gobernaba Samofere. Kima extendió una mano, tocó en la
simple madera de la puerta, y el sonido reverberó en el espacio de la
biblioteca.
—Pasa, Kima.
Giró la manija y entró al despacho de Samofere. Hubiera esperado que
fuera cálido comparado al resto de la biblioteca, pero era incluso más
frío. Se le erizó la piel, y no por primera vez empezó a lamentar lo exiguo
de su uniforme de vuelo. Estaba bien para estar fuera, al sol, pero tendía
a ser un poco helado dentro del hogar de la montaña.
Samofere estaba tras su pequeño escritorio de madera, con gafas
montadas sobre la punta de la nariz y alas plegadas por sobre el respaldo
de la silla, con reflejos azules en las plumas negras, al brillo de las
lámparas. Escribía en un gran tomo abierto, consultando de vez en
cuando un alto de rollos de papel situados en un extremo del escritorio.
El despacho del bibliotecario era reducido y atiborrado con libreros que
ocupaban en las paredes todo espacio donde no hubiera una puerta. El
fondo de la estancia tenía una puerta pequeña, que presumiblemente
conducía a los aposentos de Samofere. En rigor era un plebeyo, pero el
puesto de bibliotecario le daba ciertas facultades. El nuevo bibliotecario
era elegido siempre por el bibliotecario anterior, de entre los recién
nacidos, a menudo solo unas horas antes de morir. A pocos nobles les
importaba mucho la biblioteca, de todos modos, y en general se le dejaba
hacer cuanto deseara. Los nobles consultaban los libros de leyes, y la
historia del monte a fin de seguir el rastro de los enrevesados linajes de
sus familias, pero poco más que eso.
Kima se descubrió preguntándose qué tan antigua era la tradición,
cuántos bibliotecarios antes que Samofere habían estado atentos a los
presagios, atentos al día en que Saffron caería por última vez. La
biblioteca era antiquísima, y el puesto de bibiliotecario igual de arcaico.
Y ahora ella estaba envuelta en esto también, en virtud de cuanto había
visto. No podía dar la espalda ahora, no después de lo que había
descubierto bajo Jusendo, de lo que había visto bajo el bosque.
—Qué bueno es verte de vuelta —dijo Samofere, levantando la mirada
luego de hacer una anotación rápida con su pluma en el libro—. Supe que
te fue bastante bien.
Ella asintió, viendo a Shiso asentir a su vez sobre su hombro. El pájaro
saltó de improviso y se posó sobre el borde del escritorio, mirando la
escritura de Samofere.
—Ese verbo está mal traducido —dijo tras un momento.
Samofere propinó una mirada de irritación al pájaro, y lo ahuyentó del
escritorio. El cuervo revoloteó por el aire, hasta posarse sobre uno de los
libreros.
—Por favor toma asiento —dijo Samofere.
Kima quitó los libros de la pequeña silla puesta delante del escritorio y se
sentó, oyendo crujir la madera con una vaga incomodidad.
—Shiso ya me dijo lo sucedido —dijo Samofere en voz queda—. Sospecho
que tú tienes más preguntas para mí que yo para ti.
—¿Por qué no me dijiste más?
—¿Más de qué?
—Me enseñaste los libros, pero solo un poco. Y luego me llevaste bajo
Jusendo, y...
Pegó un repentino puñetazo en el escritorio.
—Desdichado, no me dijiste nada de esto. De nuestro salvador. Del que
unirá a los pueblos de Jusenkyo. ¡Un humano! ¡Un humano, Samofere!
¿Acaso estoy loca? Yo misma ayudé a traerlo hasta aquí. Podría perder
mi posición, deshonrar a mi familia, deshonrar la memoria de mi madre y
mi padre...
Se levantó de la silla, furiosa por muchas razones, empinándose sobre el
viejo.
—¿Por qué? ¿Por qué lo hice?
—¿En serio esperas que te conteste? —dijo Samofere con voz suave—.
Te pedí ayuda. Y la diste.
—Estamos muriendo, Samofere —dijo Kima, volviendo a sentarse—.
Llevamos siglos muriendo. Saffron ayuda a frenarlo, pero solo un poco.
No me di cuenta hasta hace poco, pero ni él basta. No puede impedir que
los niños nazcan muertos, no puede impedir que tantas mujeres sean
estériles desde que nacen, no puede impedir que los nobles se declaren
la guerra por migajas de poder. Es un niño, aunque esté en cuerpo
adulto. Con luz y calor no basta.
Samofere suspiró, un sonido delicado. Dejó la pluma y se quitó las gafas,
sobándose el tabique de la nariz.
—Siempre quise decírtelo —dijo—. Siempre vi quién serías, Kima. Quise
decírtelo hace diez años, cuando te hiciste senescal.
—¿Y por qué no lo hiciste? —preguntó Kima.
—Tenías mucho odio dentro —dijo Samofere—. Y sigue ahí. Puedes
enterrarlo, pero no se ha ido, ¿verdad? Odias al muchacho, ¿no es cierto?
Odias a Cologne también.
Un momento de reflexión. Shiso hizo un sonido suave, posado sobre el
librero, un reflejo del suspiro de Samofere.
—No —dijo Kima por último—. No lo odio. Tampoco la odio a ella. Los...
Los respeto. Son buenos guerreros. Tienen buenos ideales. Pero...
—Pero son solo humanos —dijo Samofere.
Hubo un silencio largo.
—¿Cuándo fue la última vez que los lloraste, antes de que volviéramos
del corazón de Jusendo? —preguntó Samofere al fin.
En cualquier otra situación, con cualquier otra persona, en cualquier otro
momento, ella hubiera desenvainado la espada. Pero no ahora, después de
todo esto.
—Hace tres años —dijo suavemente—. Creo.
—Tu padre era un buen hombre —dijo Samofere—. Murió demasiado joven.
—¿Crees que no lo sé? —soltó Kima.
—Perdóname —dijo Samofere—. No era mi intención alterarte.
—Pues extraña manera de no hacerlo —dijo Kima al volver a sentarse, la
rabia yéndose de ella.
—No fue culpa tuya —dijo Samofere—. Ni fue culpa de cada persona que
no tenga alas. No puedes culpar a un pueblo completo por lo que sucedió.
—¿Cómo no culparlos? —dijo ella al fin, con quebranto en las orillas de la
voz—. A alguien tengo que culpar.
—¿Tan indispensable es culpar a alguien? —dijo Samofere—. ¿Acaso no
puede suceder una calamidad por azar?
—¿Y te parece justo algo así?
—La justicia no tiene nada que ver. Es la manera en que funciona el
mundo.
—Basta, no he venido a esto —dijo Kima—. Tienes que ir a ver a Cologne.
Solicita hablar contigo. Están a unos kilómetros más al norte.
—Sé dónde —dijo Shiso en voz baja, desde su posición sobre el librero.
—Kima... —dijo Samofere, y no terminó. Pareció muy viejo en ese
momento, más que de costumbre. Sus ojos verde oscuro eran tristes
bajo el blanco de sus cejas.
Quería consolarla, se dio cuenta Kima. No aprovecharse de ella, o buscar
algo que usar en su contra, porque ¿qué le importaban a él las disputas
de poder entre nobles? Quería consolarla, y parte de ella quería recibir el
consuelo, pero era una parte muy pequeña, y había demasiadas otras
partes, demasiado orgullo, demasiado dolor.
Permanecieron sentados, la joven y el viejo, la noble y el plebeyo,
separados por el escritorio, y por muchísimo más. Había poco que alguno
de los dos pudiera decir.
Al final, ella se levantó de la silla.
—Bueno, me marcho. Quiero revisar con Loame cómo van las renovaciones,
y luego visitar a Saffron. Debo estar al tanto de lo que sucede en la
montaña.
—Yo iré a ver a Cologne, entonces —dijo Samofere—. Tal vez puedas
reunirte con nosotros después.
—Tal vez —dijo Kima, saliendo, y cerró la puerta tras ella con un
rechinido.
Dudaba mucho que fuera a acompañarlos.
~ o ~
La playa era pequeña, y no especialmente grata. Se ubicaba en la costa
oriental de China, con el Mar Amarillo extendiéndose desde allí hasta
Corea del Sur. Consistía mayormente de piedras, poca arena allí donde
no había piedras, y, en estos momentos, media docena de militares del
ejército chino, que patrullaban desde la base militar cercana, por si
avistaban submarinos espías de Corea del Sur o del Norte, o quizá la
minúscula posibilidad de una fuerza invasora. La opinión general entre los
militares era que se trataba de labores que justificaban la paga.
El líder miraba hacia el mar con sus binoculares, con el fusil automático
terciado al hombro.
—Echa un vistazo —dijo, pasándole los binoculares a uno de los hombres
que estaba junto a él.
El hombre miró y soltó un silbido.
—Dime que no es la aleta de tiburón más grande que has visto.
Aburridos, los hombres se turnaron para mirar la enorme aleta gris, que se
movía en círculos, unos cien metros mar adentro. El consenso era que,
en efecto, se trataba de la aleta de tiburón más grande que ninguno
hubiera visto. Se hicieron estimaciones del tamaño del tiburón dueño de
la aleta.
Al final, como suele suceder con la combinación de aburrimiento, armas
y un blanco en movimiento, uno de los hombres se declaró capaz de
acertarle con un tiro. El líder de la patrulla estaba reacio al principio, pero
al fin cedió. El hombre puso el fusil en modalidad de disparo único, tomó
puntería y disparó. Mirando por los binoculares, el líder anunció el acierto,
al ver una flor roja surgir de la enorme aleta, dejando una estela roja en
la piel gris.
Al empezar los demás a turnarse para ver, la aleta se sumergió. Los
hombres suspiraron y siguieron andando por la playa. La diversión, tal
parecía, se había acabado.
Cosa de un minuto después, vieron a un hombre salir del mar. De cabello
gris, moreno y surcado de cicatrices, vestía un chaleco gris y pantalones
negros. Se sobaba un hombro con cara de cierta irritación. Se sacudió el
agua como lo hacen los perros, al cruzar la orilla pedregosa, con las olas
lamiéndole los pies descalzos. Alzó la cabeza y miró a la patrulla, mientras
el sonido de los seguros siendo quitados de los fusiles resonaba en el
silencio de la playa.
—Alto —llamó el líder—. Está en territorio de...
El hombre siguió andando.
—¡Alto, es una orden! —volvió a exclamar el líder, e hizo una seña a sus
hombres. Los dedos se tensaron sobre los gatillos.
—No —dijo el hombre, pero cambió su dirección, avanzando ahora hacia
los soldados. Se llevó una mano tras la espalda, como para extraer algo,
con una sonrisa extendiéndose por su cara.
Le dispararon, y la percusión de las balas atronó en el aire. El hombre
cayó, con el pecho, piernas y brazos acribillados. Hubo, sorprendentemente,
muy poca sangre.
La patrulla empezó a acercarse al cuerpo caído, bajando los fusiles.
El hombre de pelo gris volvió a levantarse, sacudiendo la cabeza como
quien se la despeja.
—Saben —dijo en tono casi coloquial, en los pocos segundos que la
patrulla estuvo demasiado atónita como para responder—. Podrían haber
vivido. No puedo hacerles nada a menos que me estorben. Pero una vez
que me estorban —y aquí se hizo tronar los nudillos, con un sonido como
de árboles partiéndose—, puedo hacerles lo que quiera.
El hombre ya estaba en movimiento cuando la patrulla volvió a disparar.
De todos modos, habían estado sentenciados a muerte desde que el
primer hombre había disparado.
~ o ~
Ranma dejó sobre la hierba la tetera casi vacía, y miró el paisaje. Había
hecho un pequeño campamento al pie de la quebrada de una montaña, a
fin de hervir agua para cambiar a sus cuerpos normales. Unos metros más
arriba, por la cuesta rocosa que se empinaba detrás del muchacho, un
grupo de árboles torcidos proyectaba sombras sobre la hoguera aún viva
y el lugar donde él se hallaban sentado. Había montañas en todas
direcciones, elevándose por doquier, de picos agudos y empinados hacia
el cielo, gigantes de piedra.
Para llegar a este lugar, habían seguido un paso estrecho y sinuoso que
se extendía de norte a sur. El área donde habían acampado estaba al
final de un sendero corto y abrupto, que terminaba contra la ladera de la
montaña. Hacia el sudeste empezaba un bosque de árboles esqueléticos,
que se extendía aledaño a esta montaña y a la siguiente, describiendo
una franja larga.
Según estimaba él, estaban a medio camino entre Jusenkyo y el Monte
Fénix. Cologne, por fin, había declarado este lugar como suficientemente
alejado de miradas indeseadas, luego de una hora de caminar, rato
durante el cual el sol se había alzado aún más. Pero seguía siendo de
madrugada, y el frío no despreciable del viento y la ropa aún húmeda de
él no ayudaban. Su camisa y pantalones estaban tirados junto al fuego
para secarse, y él se había puesto una camisa azul y pantalones azules,
ambos limpios, sacados de su mochila. Esta, de cierta resistencia al
agua, había aguantado el viaje desde el lago en el Palacio del Dragón
hasta la Nyannichuan en condiciones bastante buenas, con sus contenidos
al menos un poco más secos que la ropa que había tenido puesta.
Kima y Cologne se habían alejado hacía unos minutos, una para
transformarse a su cuerpo natural, la otra simplemente para cambiarse
de ropa. Estaba solo con sus ideas, y la situación no le gustaba nada.
Habían sido solo dos días, tal vez tres, desde que había abandonado a
sus amigos, a su padre y madre, en la montaña al norte de Ryugenzawa.
Pero parecía un tiempo infinitamente más largo.
Levantó las manos y se las miró. Recordaba la forma negra que había
habitado en su mente, el sonido del cuello de Denkoko fracturándose bajo
su puño, el suave suspiro al triturarse la garganta.
Había estado dispuesto a matar a Saffron para salvar a Akane.
Pensándolo, tal vez sí lo había matado, aunque no lo tenía muy claro. El
Príncipe Fénix había revivido, fiel a su nombre, renacido como un bebé.
Pero Saffron había sido algo más, y algo menos, que un humano, un ser
con la mente de un niño malcriado y los poderes de un dios. Había
despedazado montañas, había regenerado sus extremidades al cortarlas
Ranma con el Gekkaja.
Denkoko había sido humana, y aunque había parecido estar haciéndole
daño a Akane, en realidad no había sido Akane de ninguna manera. Pero
él no había tenido ningún dominio de sí mismo, y le había roto los brazos
antes de matarla, moliéndole la garganta y rompiéndole el cuello como
una varilla con un único puñetazo.
Lo recordaba como si acabara de suceder, y no quería recordarlo. Había
tanto que no estaba claro, tanto que él no entendía. Tenía otro idioma
dentro de la mente, chispazos de recuerdos de cosas que nunca había
hecho. Tenía un dragón dibujado en la piel, y se había, según Cologne,
vuelto casi diez veces más poderoso en cuanto a ki luego de descender
al Palacio del Dragón, aunque había perdido todo control de aquel poder.
La única vez que había tratado de sacar algo de aquel poder, casi había
muerto, con el cuerpo sobrecargado por la potencia. El corazón se le
había detenido.
Echaba de menos a Akane, y a su madre, y a sus amigos. Hasta echaba
de menos a su padre. Se echaba de menos él mismo, y lo que había sido.
Alguien carraspeó cerca de allí, una de esas toses falsas para llamar la
atención de alguien enfrascado en ideas. Se volvió para ver a Cologne,
que se había cambiado la empapada túnica de seda verde, para
reemplazarla por una blusa de seda negra con flores azules, y pantalones
del mismo diseño. Había semejanzas entre ella y Shampoo, más visibles
ahora que la veía vestida con un atuendo tan parecido a algo que su
bisnieta hubiera usado: similaridad en las líneas y definiciones de los
rasgos faciales, lo vivaz de los ojos. Pero había diferencias: Cologne era
de contextura más esbelta, más espigada. Shampoo siempre se había
movido como casi no pudiendo contener una energía rebosante; Cologne
se movía con una gracia sutil, que parecía fluir sedosa por más rápido
que se moviera.
—¿Te sientes mejor? —preguntó ella al sentarse junto a él, con las
piernas recogidas y las manos sobre las rodillas. Su mochila y el rastrillo
de combate, yacían cerca de la mochila de él, las filosas púas del arma
reluciendo al sol.
—Seco y hombre es mejor que mojado y mujer —dijo él en voz baja—. Y
eso sería lo único bueno.
—Kima volvió al Monte Fénix —dijo Cologne—. Samofere llegará pronto.
—No veo la hora de conocerlo —dijo Ranma sin entusiasmo—. Solo espero
que Kima no cambie de idea y le dé por vengar a su rey.
—No haría eso —dijo Cologne.
—No me extrañaría de ella —dijo Ranma—. Y a ti tampoco debería
extrañarte. No sé cómo te puedes fiar de ella, después de lo que le hizo
a Shampoo. La convirtieron en esclava.
Cologne agrió el gesto. —Lo tengo claro, Ranma.
—No entendía por qué no viniste esa vez —dijo Ranma después de un
momento—. ¿Fue por esto?
Cologne asintió. —Por otras cosas también. Shampoo... Me pareció que
podría aprender una lección valiosa.
—¿Qué? —dijo Ranma, incrédulo—. ¿Dejaste que se la llevaran porque
encontraste que podía ser una buena lección?
—Shampoo necesitaba aprender lo que es que alguien te controle —dijo
Cologne—. Necesitaba aprender lo que es sentir devoción por alguien
producto de una especie de magia, sentir por alguien un afecto que no
se origina en sentimientos verdaderos. Yo sabía que no le harían daño.
—¿Por qué no?
—Por una cosa cultural —dijo Cologne—. Los huevos surikomi se usan
como castigo por violar la ley. También se usan a veces cuando hay
necesidad de sirvientes extranjeros. Se hacen con pedazos del cascarón
de Saffron luego de su transformación, y no abundan. Es una gran
deshonra, para una persona y su familia, maltratar a alguien que está
bajo su influencia producto de uno de los huevos.
—A Kima no parecía importarle mucho el honor —murmuró Ranma—. No
tuvo ningún problema para hundir a Akane en las pozas y tomar su
cuerpo para recuperar el mapa y el Kinjakan.
—El honor, como muchas cosas, es relativo —dijo Cologne—. Varía,
dependiendo de dónde uno es.
—Sí, cómo no —dijo Ranma en voz baja.
—Y tú, desde luego, siempre has sido el pináculo del honor y el juego
limpio —dijo Cologne, con una levísima traza de sarcasmo en la voz.
Ranma suspiró y no dijo nada.
—Hagamos de nuevo el intento de usar tu ki —dijo Cologne, cambiando
de pronto el tema—. Aunque esta vez con más cuidado.
—Ojalá —dijo Ranma.
—Ve despacio esta vez —dijo Cologne suavemente—. Cierra los ojos.
Ranma obedeció, inspirando hondamente. El aire olía a mañana, a sol, y a
leña quemada en la hoguera.
—Extiende tus manos por delante de ti, como sosteniendo una esfera
—dijo Cologne. Su voz era suave, musical—. Siéntela. Está hecha de luz,
tu luz. La luz de tu alma.
Tuvo una sensación de cosquilleo en las puntas de los dedos, un revuelo
en el alma, una mariposa en los músculos y en la piel. Puso las manos
como Cologne indicaba e intentó sentir la esfera entre ellas. La imaginó,
redonda, de una suave luminiscencia azul, ligera como una pluma.
Despacio, despacio, la mariposa dentro de él movió las alas. Despacio,
despacio, la sensación de un ritmo pulsátil, a un tiempo con su corazón,
empezó a subir por sus brazos.
Sentía un hormigueo en la piel, no desagradable. Acarició aquello que
parecía sujetar entre las manos; lo sentía como una descarga eléctrica
corriendo bajo seda.
—Abre los ojos.
Abrió los ojos, se miró las manos. La esfera estaba allí, una forma
brumosa hecha de luz azul, del tamaño de una pelota de béisbol. Rayos
de azul más claro y más oscuro fluctuaban sobre ella, como vórtices en
el mar.
—Lo que tienes en las manos es tu luz —dijo Cologne—. En tus manos
tienes toda posibilidad. Pero ya no es luz. Es algo que fluye, despacio, ¿lo
ves? Déjalo cambiar, porque ya sabes cómo. Contiene mareas, corrientes,
océanos. Déjalo cambiar, Ranma. Álzalo por sobre tu cabeza.
Alzó las manos, despacio, con la esfera entre las palmas ahuecadas,
oscilando levemente. Había un influjo de silencio en sus acciones, en su
mente, permeándolo, abarcándolo.
—Deja que la luz cambie —dijo Cologne—. Hay humedad en el aire.
Moléculas diminutas. Atráelas, Ranma. Absórbelas en la luz.
El ritmo pulsátil de su corazón se volvió el fluctuar lento de las mareas en
la costa, la lluvia en un lago, el flujo de un río entre campos verdes. Miró
a los vórtices de la esfera ralentizarse cada vez más.
—Ahora no es luz. Es agua.
Y lo fue, solo un momento. Agua, fresca y limpia en sus manos, como
palpada a través de una delgadísima esfera de cristal. Luego volvió a ser
solamente luz, y luego desapareció. Ranma suspiró.
—¿Y para qué sirve?
—Es solo un ejercicio —dijo Cologne—. Sirve para mejorar el control.
Estás muy lejos de ser capaz de hacer algo útil con ella, pero cuando
puedas tenerla más tiempo entre las manos, podemos pasar a otras
cosas.
—¿No puedo empezar con algo más difícil? —masculló Ranma—. Esto es
de niños.
Cologne lo miró, inexpresiva:
—Tienes razón, Ranma. Es de niños. Porque comparado conmigo, eres
un niño. Puedes tener más fuerza que yo, tener más resistencia que yo,
puedes tener ki suficiente para arrasar una montaña si no te estalla el
corazón con la energía. Puedes tener más velocidad que yo en ciertas
circunstancias. Pero en un combate sin restricciones, puedo barrer el
suelo contigo, cada vez. Sé más que tú. Puedo hacer más cosas que tú.
—Oye...
—Escúchame —dijo Cologne—. Eres hábil. Para tu edad, eres increíble.
Pero no eres el mejor. Puedes ser mucho más de lo que eres. Yo voy a
ayudarte. Te voy a exigir al máximo, Ranma, porque debe hacerse.
Porque debes ser lo más fuerte que puedas para enfrentar lo que viene.
Todos debemos ser fuertes, o la Oscuridad aplastará a Jusenkyo bajo su
yugo y bailará sobre las tumbas de su gente.
—¿Qué es lo que viene, Cologne? —dijo Ranma.
—¿Quién sabe? —dijo Cologne con un suspiro—. La Oscuridad se esconde
fácilmente en la Luz. Puede tener el aspecto de tu hermano, tu amante,
o tu mejor amigo. Jusenkyo está protegido, pero no contra todo. Llegará
la hora en que tendremos que luchar.
La mujer echó la cabeza hacia atrás y miró el cielo matutino, azul con
algunas nubes dispersas. Cabello negro cayó por su espalda y brilló al
sol.
—Inténtalo otra vez. Manténla todo el rato que puedas. Seguiremos
hasta llegue Samofere.
Ranma exhaló suavemente, ahuecó las manos por delante y cerró los
ojos.
~ o ~
Kima aún buscaba a Loame cuando casi se lleva por delante a Xande.
Era fácil no ver al vetusto canciller de la familia real: un viejo diminuto,
encorvado, de alas blancas con pintas negras y dos coletas de cabello
moteado del mismo modo. Llevaba la simple pero elegante vestimenta
tradicional de su puesto. Salió desde una puerta haciendo golpeteos en
el piso con su bastón. Como solía ocurrir, lo atendían algunas de las
urracas que seguían sus órdenes; una posada en su hombro, la otra
sobre la rugosa cabeza del viejo. Ambos pájaros miraron a Kima con ojos
amarillos como canicas.
—Hola, Kima —musitó el viejo en su antigua voz seca—. Has vuelto,
según veo. ¿Algo que reportar?
—No, señor —dijo ella—. Las redes de espías están calladas.
Era la excusa nominal que había dado para dejar la montaña: una revista
sorpresa a los espías que tenían en las aldeas humanas, en busca de
información, y para comprobar que estuviesen cumpliendo sus deberes.
—Bien, bien —murmuró Xande.
Pareció dejar la frase inconclusa, haber perdido la noción de dónde
estaba. Había sido mucho más en su juventud, según Kima había oído; su
padre había hablado de él con admiración, muchas veces. Ahora era un
viejo cansado, sin hijos a quien heredar su investidura. Kima jamás lo
hubiera dicho, pero la mente del hombre parecía estar ida estos últimos
días.
Había un dicho en el monte: el senescal es la espada del Rey, y el
canciller es el escudo. Era cierto; ella servía a Saffron como comandante
supremo de las tropas, coordinadora de la red de espías, y principal
directora de los asuntos del monte. Xande era para Saffron un consejero,
niñera y sirviente. Nominalmente Xande era superior de ella, pero por lo
general respaldaba las decisiones de ella en todo. Había sido relativamente
útil durante la fallida transformación de Saffron; sus urracas la habían
guiado hasta Japón en pos de la prometida de Ranma, y habían traído a
la chica hasta Jusenkyo.
Era triste de ver, en cierto modo. Muchos de los nobles lo trataban sin
respeto, sabiendo que podían. Era un viejo, su hora llegaría pronto. Kima
ya detestaba pensar en las tropelías que habría entre las familias nobles
para llenar su cargo.
—Bueno, nos vemos —dijo Xande al pasar junto a ella, arrastrando los pies.
Una de las urracas de Xande, la que iba sobre su hombro, volvió la
cabeza y le dio a Kima una mirada hostil, luego graznó con un tono casi
acusador. La mayoría de los nobles podía comunicarse con las aves con
quienes estaban emparentados de un modo u otro; Xande siempre había
estado entre los más fuertes, capaz de tener gran cantidad de urracas a
sus órdenes. Ella era más hábil con palomas y tórtolas, aunque lo máximo
que podía lograr era hacerlas llevar mensajes.
La rugosa garra de Xande subió para acariciar al ave.
—Paciencia, mascota —lo oyó murmurar Kima, viéndolo torcer por un
recodo—. Paciencia...
Miró hacia la puerta por donde Xande había salido, y se le descompuso
un tanto el gesto. Era la puerta que conducía a las habitaciones de
Helubor. Suspiró, pasando por fuera. La mayor parte de la familia real
estaba a favor del haber puesto a Saffron en la guardería, o tenía una
posición neutra, lo que había hecho a Kima abrigar la esperanza de que
Helubor depusiera sus protestas. Por lo visto, esto solo lo había hecho
pasar la atención desde ella a Xande.
Por delante, dos guardias uniformados llegaron torciendo por el recodo.
La vieron y ejecutaron un saludo con sus lanzas, cuadrándose.
—Descansen —dijo ella, y los guardias relajaron la postura—. ¿Han visto
a Loame?
—Está haciendo las renovaciones en las habitaciones de usted, doña
Kima —dijo el de la izquierda, asintiendo un tanto con la cabeza.
—Conveniente —dijo Kima al seguir de largo. Los guardias siguieron en
dirección contraria, y el sonido de sus pies se sincronizaba con el golpe
del pomo de sus lanzas en el piso.
Algunos recodos y meandros de los pasillos del palacio la condujeron a
la puerta con chapa metálica de sus respectivas habitaciones. Sobre el
acero bandeado de plata estaba el escudo de su familia: dos fénix
dorados, con las alas plegadas, los cuerpos elegantemente arqueados
en forma de C, uno la imagen opuesta del otro, sosteniendo sobre sus
cabezas un único sol carmesí.
Abrió la puerta y entró. Sus habitaciones en el palacio eran reducidas
pero elegantes. La estancia a la que entró primero consistía de algunas
sillas de madera en torno a una mesa redonda de buen tamaño, y una
gran chimenea en la pared contraria a la puerta. Había haces de leña
junto a ella; incluso en verano los niveles superiores de la montaña
podían ponerse helados. Sobre la repisa de la chimenea había algunas
figuritas pequeñas, labradas en mármol, oro y jade. Aves fénix y
dragones, para dar algo de personalidad a la estancia, aunque no mucho
más que eso.
Sentada en una silla de la habitación estaba una de sus dos asistentas,
una joven genéricamente bonita, con rasgos delicados de noble y su
cabello oscuro recogido en el moño tradicional. Las vaporosas mangas de
su túnica blanca ondeaban al moverse la muchacha, cosiendo
minuciosamente algo que Kima no podía ver.
—Me alegra verla de vuelta, mi señora —dijo la chica suavemente, con
perfecta deferencia.
Normalmente se ponía a las hijas menores de las familias nobles para
servir a nobles de mayor rango; era una manera de ganar favor, y también
de, posiblemente, reunir información suficiente para chantajear al noble
de mayor rango.
—¿Y Loame? —preguntó Kima.
—El plebeyo está en el cuarto de baño —dijo la asistenta, logrando poner
desprecio en la palabra sin cambio alguno en su voz o expresión.
Kima asintió y pasó en dirección al cuarto de baño, que quedaba a la
izquierda. La puerta que conducía a este era de madera, decorada con
aves fénix rojas y azules, con las plumas entrelazadas. Giró la manija y
entró al baño, cuya característica más prominente era la bañera grande y
cuadrada, de unos dos metros por lado.
—Perdóneme, doña Kima —dijo el hombre—. Mi intención era terminar
antes de que volviera usted. Ya casi termino.
—Muy bien —dijo Kima.
Cruzó el cuarto hasta el lavabo de mármol situado sobre un pedestal de
piedra. Ahora dos grifos sobresalían de la pared por sobre este, uno
semejando la cabeza de un fénix dorado, el otro, una cabeza de dragón
plateada. Ambas tenían la boca abierta, y sobre cada cabeza había un
pequeño botón, plateado para el fénix, dorado para el dragón.
—El lavabo está listo, si quiere usarlo —dijo Loame.
Loame tenía una voz suave, casi melódica, inusitada para un hombre tan
grande. Sus anchas alas eran color café, su cabello castaño, con algunas
canas, caía casi hasta sus hombros. Era el jefe de los obreros del monte,
de alta posición entre los plebeyos, pero aun así más bajo que el más
bajo de los nobles.
—El fénix es agua caliente, el dragón, fría —terminó.
Kima presionó el botón de la cabeza del fénix con un dedo provisto de
garra, y vio salir agua caliente que, entre volutas de vapor, cayó al
cuenco del lavabo. Había un desagüe también, vio, y un tapón conectado
a una cadena, sujeta a su vez mediante una anilla a la pared entre la
cabeza del dragón y la cabeza del fénix.
—Muy bien —dijo—. ¿Cómo lo hiciste?
—En resumen, dividimos el manantial en su origen —dijo Loame por sobre
un hombro—. Labramos en las paredes unas cavidades para el Gekkaja y
el Kinjakan, luego los instalamos allí. Las aguas vuelven a unirse en el
manantial de la cima del monte. Los canales para la distribución del agua
ya existían, solo fue cuestión de separarlos en fríos y calientes. Al apretar
el botón, se levanta una separación de madera y permite que pase el agua
por el grifo.
—¿Y el Kinjakan y Gekkaja se pueden recuperar si es necesario?
—Fácilmente.
Kima asintió con gesto de aprobación, luego volvió a apretar el botón de
la cabeza del fénix. El flujo de agua se detuvo.
—Muy buen trabajo, Loame.
—Gracias, doña Kima —dijo el hombre grande con su voz suave—. La
bañera está lista. Es como el lavabo, pero a escala más grande. Si no me
necesita para algo más, me retiro.
—Muy bien —dijo Kima—. Estoy muy complacida con esto, Loame. Tú y
tus obreros tienen el agradecimiento de todo el monte, y de don Saffron.
—Solo existimos para servir a don Saffron —dijo Loame—. Y al pueblo.
Los cuervos saben de nuestro deber el sello.
Kima sintió que el corazón se le detenía.
—¿Qué es lo que has dicho?
—Los cuervos saben de nuestro deber el sello —dijo Loame, y luego la
miró, con algo como confusión en las líneas de su cara—. El fuego se
consume, el aire se dispersa, las aguas afluyen, pero la tierra recuerda.
Se volvió de nuevo hacia la bañera y empezó a cantar suavemente,
pasando sus dedos por la piedra de la pared. Kima permanecía allí sin
saber qué hacer, oyendo la delicada canción.
Loame se irguió y pasó junto a ella. Su voz era tan queda que no
alcanzaba a ser un susurro:
—Conoce el signo. Es nuestro. Los cuervos saben de nuestro deber
el sello.
Siguió hasta la puerta y se fue. Kima fue hasta la bañera y se agachó,
para mirar lo que el hombre había hecho en la pared, dando forma a la
piedra con su voz. Era la imagen de un ave, con las alas extendidas y
alzadas, la cabeza de perfil mirando hacia la derecha. El único ojo visible
era un círculo de piedra, de un gris tan oscuro que era casi negro.
Y Kima recordó haber mirado, en la caverna bajo Ryugenzawa, al dragón
ondular en el aire, lo último que viera antes de caer ella bajo la mirada del
gran cuervo de ojos oscuros, con plumas engalanadas de luz plateada,
posado entre los cuernos del dragón, y recordó que este había parecido
mirarla solo a ella.
Decidió que un largo baño caliente sería muy grato antes de ver a
Saffron. Estiró una mano para presionar el botón de la cabeza del fénix, y
vio las volutas de vapor elevarse en el aire un momento, antes de abrir
también el agua fría, para impedir que el agua del baño hirviera.
Llena la bañera, Kima cerró el agua y contempló largamente la
profundidad cristalina. Dejó sus joyas en el borde del lavabo, se quitó el
uniforme y los guantes largos y los dejó en el piso, luego se hundió en el
agua caliente con un suspiro suave, extendiendo las alas hacia cada
lado, dejando que la presión delicada y cabal del calor se llevara sus
pensamientos.
~ o ~
Ranma tenía las manos estiradas por delante de sí, con una esfera de luz
azul del tamaño de un balón de baloncesto, girando violentamente sobre
sí misma. Sentía la piel hecha de agujas, la sangre como lava. Había
mantenido la esfera por casi veinte minutos, en el punto entre la
implosión y la explosión, oscilando sutilmente en la frontera entre ambas
cosas con cada segundo, antes de volver a hallar su equilibrio, con la
cara perlada de sudor.
Cologne estaba a algo más de un metro de allí, observando y asintiendo
de vez en cuando. Ranma no encontraba espacio para hablar, no
encontraba espacio para hacer nada que no fuese estar de pie con la
esfera ante él. El corazón le latía en el pecho como un tambor.
Por último, ya no se sintió capaz de sostenerla. Lo intentó, aferrándola,
desesperadamente, unos segundos más de sufrimiento, y luego la dejó
irse, succionada en sí misma. Ranma hundió los hombros, sintiéndose
extenuado.
—Nada mal —dijo Cologne con una encogida de hombros, al acercarse
para alcanzarle una cantimplora.
Él bebió un trago largo, agradecido por el sabor del líquido, aunque no por
lo tibio que estaba.
—Yo creo que hasta podrías lograr hacer algo útil con ella —terminó
Cologne.
—¿Cómo qué? —preguntó él, bebiendo más agua.
—Como esto —dijo Cologne.
Levantó una mano con la palma hacia arriba, los dedos flectados un
tanto, de modo que apuntaban hacia el cielo. En su mano floreció una
chispa, de color plata, que empezó a expandirse, tiñéndose de escarlata
al crecer. En un segundo, tuvo en la mano una espera de color rojo y
plata, con una superficie donde ambos tonos se arremolinaban.
Dio un paso al frente, bajó de súbito la mano como en un latigazo,
pareciendo casi arrojar la esfera como una pelota de béisbol. La esfera
salió como una bala, dejando en el aire la estela de su imagen.
A diez metros de allí, impactó la falda del monte con un sonido como de
cañonazo. Volaron fragmentos de piedra en todas direcciones, al estallar
la esfera hecha una bola de rayos escarlata, para luego implotar sobre sí
misma una fracción de segundo después.
Ranma miró con interés el boquete del tamaño de un hombre que quedó
en la falda de la montaña.
—Nada mal.
—Y fue una sola —dijo Cologne. No parecía siquiera agitada—. Puedo
lanzar más de diez de una vez. Una técnica bastante simple para alguien
con mucho ki y buen control.
—Déjame intentar —dijo Ranma.
Se sentía más relajado ahora, más controlado. Alzó la mano, y sintió el
poder, la vitalidad pura, fluir por su brazo. Una bola de fuego azul se
inflamó en su mano, y la arrojó hacia adelante, dejándola surgir de él,
florecer, gritar en el aire con un silbido agudo, y golpear la falda del
monte cerca de donde había golpeado el misil de Cologne. En ese
instante, la bola desapareció por completo, sin ningún efecto visible.
—Ehh...
—¿Por qué nunca preguntas cómo se hace algo antes de hacerlo? —se
lamentó Cologne—. No funciona con tirarla y ya. Tienes que alcanzar un
equilibrio de las energías, mantener la explosión contenida en el centro,
envuelta en una capa de energía negativa que disgregue al momento de
impactar.
—¿Eh?
Cologne suspiró. —Tienes que hacer una esfera de ki de manera tal que
explote al pegarle a algo, no sacarte un brazo tirándola o que se haga
humo.
—Eso. ¿Cómo lo hago?
—¿Cómo mueves los dedos, Ranma? —dijo Cologne con una encogida de
hombros—. Te puse en la dirección correcta. Tienes que deducirlo por ti
mismo.
Ranma se llevó una mano a la nuca y tiró de la trenza.
—Voy a tratar.
—Buen chico —dijo Cologne, dándole una palmadita en el hombro y luego
alejándose.
Ranma inspiró hondamente y trató de concentrarse. Estaba muy
cansado, y eso, al menos, le dificultaba el pensar, o el recordar, y no
quería ninguna de ambas cosas. Quería perderse en el Arte, dejar que
este soslayara todo lo demás.
Se detuvo al oír por encima un grito estridente, la voz de un cuervo.
Mirando hacia arriba, vio dos formas, ambas con alas negras,
descendiendo hasta el suelo, cerca de Cologne. Uno era Shiso, y el otro
era un viejo, de gafas y pelo cano, vestido con ropas simples de color
café, y llevando un bastón sobre un hombro. Tenía alas amplias y negras,
un elegante contraste con la sencillez de su túnica.
—Samofere —oyó decir a Cologne, suavemente, solo para sí, y había
tanto contenido en aquella única palabra, aquel nombre.
Samofere no era tan vetusto como el hombre de voz chillona que había
sido el sirviente de Saffron, pero se acercaba. Sus movimientos eran
cuidadosos al acercarse el anciano a ellos, con Shiso posado sobre un
hombro. Avanzaba con pasos de viejo, apoyado en el bastón. Irradiaba
una gran calma, serenidad. Le recordó a Ranma un monje.
Luego habló, y su voz era profunda y vibrante:
—Ranma Saotome.
—Sí —contestó Ranma, aunque no había sido una pregunta.
—Bienvenido —dijo el viejo, y sonrió.
Era encorvado, pero Ranma podía ver que alguna vez había sido alto.
Tenía los ojos de un verde oscuro, brillantes y lúcidos, aumentados tras
las gafas de armazón redondo. Tenía ojos de joven. Había pesar en ellos,
y Ranma se dio cuenta de que el viejo no lo miraba a él, sino a alguien
más allá, a Cologne, que estaba de espaldas a ellos, con el pelo oscuro
ondeando un tanto en una suave brisa pasajera.
—Tenemos mucho de que hablar —dijo Samofere por último—. Sentémonos.
Se sentó despacio, cruzando las piernas y poniendo el bastón sobre las
rodillas con un suspiro suave. Ranma se sentó también. Tras un momento,
Cologne los acompañó. Shiso saltó del hombro de Samofere y empezó a
andar en círculos por el suelo, con ojos oscuros que brillaban, aunque no
producto del sol.
—Me he enterado de todo cuanto sucedió hasta que descendieron bajo
Ryugenzawa —dijo Samofere—. Dime qué ocurrió después.
—El dragón nos dio la bienvenida —dijo Cologne—. Ella lo marcó.
Muéstraselo, Ranma.
Ranma suspiró y se aflojó los cordones de la camisa, para luego
quitársela. Era visible ahora una porción del cuello y cabeza del dragón
grabado en su pecho, aunque la mayor parte de su longitud quedaba
oculta por su camiseta. Ante una seña que Cologne hizo con la cabeza,
se quitó la camiseta también.
—No lo vaya a tocar —dijo Ranma—. Ya lo anda tocando demasiado ella.
—Interesante —comentó Samofere. Shiso emitió un graznido suave y
acercó un tanto la cabeza para mirar mejor.
—Se mueve cuando él invoca ki, o ante cualquier cantidad de este —dijo
Cologne—. Ranma, ten la bondad.
Ranma alzó una mano y se concentró. Era fácil, ahora; lo había
practicado más de una hora. Una pequeña esfera de luz azul floreció en
su mano, con corrientes de azul pálido circulando bajo el azul lechoso de
la superficie. El dragón se agitó como una cometa al viento en la piel de
Ranma, ondulando y reluciendo. Las fauces se abrieron en un rugido
silencioso, y luego se cerraron al dejar él que la esfera se disipara.
—Esto no es desconocido —dijo Samofere en voz queda, subiéndose un
poco las gafas—. El uso de tatuajes o cicatrices rituales para adquirir
poderes místicos es común en muchas tribus ancestrales de todo el
mundo. ¿Has notado alguna diferencia en tus capacidades? ¿Te has
hecho más rápido, más fuerte?
—Pues, ahora puedo sacar mucho más ki —dijo Ranma—. Pero tengo el
control muy tiritón. No sé si tengo más fuerza o velocidad; no he peleado
contra nadie desde que me hicieron esto. Pero ya fui más rápido y más
fuerte antes, y muchísimo más potente, cuando...
Se interrumpió un momento.
—Cuando perdía el control.
—Miedo, tensión, dolor —dijo Samofere—. Esas cosas pueden hacer
surgir otra parte de nosotros. Puede uno parecer alguien completamente
distinto.
Un lago de fuego y hielo, y una forma oscura dentro del hielo.
—¿Y esas otras cosas que he estado recordando? —dijo Ranma—.
Recuerdo peleas contra enemigos con los que nunca he peleado, que
hice cosas que nunca he hecho, que soy otras personas.
—La Luz tiene paladines —dijo Samofere en voz baja—. Algunos, los que
se cuentan entre los más grandes, pueden ir aguas arriba o abajo en la
corriente del tiempo, el río del destino, y pueden recordar las vidas y
acciones de esos paladines.
Ranma no dijo nada, volviendo a ponerse la camisa con expresión
atribulada.
—El dragón nos contó una historia cuando estuvimos en el palacio —dijo
Cologne—. Creo que debes oírla.
Y se la contó, con voz suave, la misma historia que el dragón mujer les
había contado, de la tierra de la belleza y antiquísimos pactos rotos, de
los tres pueblos unidos contra el ser llamado el Destructor, de la batalla
tan encarnizada que había rasgado la frontera del tiempo y el espacio, de
la muerte de casi todos quienes en ella habían combatido, cual fuese el
bando al que sirvieran.
Cuando terminó, hubo unos momentos de silencio, y luego Shiso habló,
como recitando algo aprendido hacía mucho.
*Tendióse por la tierra la sombra destructora*
*Alzó el hombre la mano y muere la vida toda*
*Mas fue partido en dos el poder que fuera único*
*Y adentróse una vez más la Luz en las sombras*
Luego graznó quedamente y empezó a acicalarse un ala, pareciendo no
hacer caso de ninguno de ellos.
—He oído historias muy similares —dijo Samofere, dando al pájaro una
mirada de cierta exasperación—. Tengo que volver y consultar mis libros,
ver qué dicen. Sin duda nos volveremos a ver, Ranma Saotome.
Luego miró hacia Cologne, y Ranma vio que la mirada del viejo se
suavizaba un tanto:
—¿Puedes caminar conmigo un rato, vieja amiga? Quisiera hablar contigo.
Cologne asintió, se puso en pie grácilmente, y ofreció una mano a
Samofere. Él asió la mano con la rugosa garra al final de su brazo
derecho, y le permitió ayudarlo a ponerse en pie. Salieron andando hacia
el sur los dos juntos, la joven de pelo oscuro, pequeña pero esbelta, y el
viejo encorvado, con la amplitud de sus alas plegadas tras él como una
capa.
—A ver, pájaro —dijo Ranma—. ¿Qué tienes que decir?
El ave alzó la cabeza, contempló a Ranma con un solo ojo negro sin
fondo, y habló.
*Rasgóse el velo y cruzaron las tinieblas*
*Herido fue el aire de fuego y escarcha*
*El final de vidas nobles y belleza*
*Habrá de enseñarte cuánto el poder cuesta*
—A veces me das cosa, pájaro —dijo Ranma, frotando la cabeza del ave
con los nudillos, sacando algo casi como un suspiro.
—¿Solo a veces? —dijo el ave, como insultada, y luego hizo un sonido de
satisfacción en la garganta, al seguir Ranma acariciándole la cabeza, los
dos sentados en el aire que precede al mediodía.
~ o ~
Cologne dio una mirada a Samofere, mientras caminaban los dos. Estaba
tan viejo, se dio cuenta. Había envejecido mucho mejor que ella, antes
de que ella renovara su juventud, pero así y todo tenía más de un siglo
de edad; estaba encorvado, tenía la piel como pergamino antiguo, el
cabello ralo y blanco allí donde había sido tupido y castaño. Llevaba la
carga de la edad, y lo aplastaban los años.
Pero sus ojos seguían siendo los del chico que ella recordaba de ese
primer día en Jusenkyo, los ojos del hombre que cinco años después la
había conducido bajo Jusendo y le había mostrado el verdadero corazón
del hogar de ella, el hombre que había sido elegido bibliotecario al nacer,
pocas horas antes de la muerte del bibliotecario viejo.
Y su deber, como le había contado a Cologne, heredado a través de los
siglos, su origen perdido en el tiempo: esperar a aquel que vendría y
renacería en las pozas de Jusenkyo, el que llevaría a Japón a la mejor de
las guerreras Joketsuzoku, que lucharía contra el heredero de la Dinatía
Musk y luego salvaría su vida, que dominaría al Orochi morador de
Ryugenzawa, que vencería al invencible don Saffron.
—Eres más bella de lo que recuerdo —dijo Samofere suavemente mientras
andaban, rompiendo el silencio. El sol se acercaba a su punto más alto en
el cielo, sus rayos acariciando la hierba—. La realidad llena los vacíos que
la memoria pierde.
—Siempre me halagaste demasiado —dijo Cologne, mirando las cimas
abruptas de las montañas que les rodeaban.
—Hace mucho, ¿no? —dijo Samofere—. Que no nos encontrábamos así.
—Fue cada vez más difícil zafarse —dijo Cologne—. Siendo como era la
política del Consejo, no podía arriesgarme a que me vieran como alguien
de fuera, menos aún de un pueblo que no debería existir.
—Casi diez años —dijo Samofere.
—Intercambiamos mensajes con Shiso —dijo Cologne.
—No es lo mismo.
—Te eché de menos.
—Yo a ti, Cologne.
Pasó un silencio largo, que transcurrió con los dos andando bajo la
sombra de la gran hilera de árboles que salían un tanto de la prolongada
franja del bosque a la izquierda de ellos. Las hojas se mecían plácidas al
viento, verdes en verano. Verdes como el dragón que se alzaba del lago
de plata, verde como los ojos de él. ¿Qué se podía decir?, se dio cuenta
Cologne. ¿Qué se podía decir, después de un siglo de las mismas
conversaciones?
—¿Cómo va el muchacho? —preguntó él.
A cambiar el tema, entonces. Siempre funcionaba.
—Progresa rápido. Voy a trabajarlo lo más duro que pueda.
—Recibí un mensaje de don Kammael de los Musk —dijo Samofere—. Han
encontrado la Espada del Dragón.
—Otra señal se cumple —murmuró Cologne.
—Lo entrenaste en su juventud, ¿no? —preguntó Samofere.
—Durante unos años después de su matrimonio —dijo Cologne—. Se casó
con una prima mía, luego de que llegó a la aldea y la derrotó. Por lo
general es el padre quien le enseña al hijo, pero su padre murió siendo él
muy niño. Aprendió mucho por sí solo; yo ayudé a depurar su técnica.
—¿Conociste a su hijo, verdad?
Cologne asintió. —El príncipe Herb. Peligroso. Podía verlo en él.
—También lo fue Kammael cuando joven —dijo Samofere con un suspiro
quedo—. Los Musk son honorables, pero no bondadosos... Sus gobernantes
tienen ciertas dificultades. Es parte de su raza, de su sangre.
—¿Por qué todos los consideran extintos, a todo esto? —dijo Cologne—.
Eso pensaba el muchacho cuando fue a Japón, que yo ni sabría de su
existencia. Le seguí el juego, pero no me dijo nada que yo ya no supiera.
—¿Por qué considera todo el mundo que mi pueblo es una leyenda? —dijo
Samofere, y se encogió de hombros—. Los Musk optaron por aislarse, al
igual que mi pueblo.
—Al igual que el mío, de muchas maneras —dijo Cologne.
—Todos estamos divididos —dijo Samofere—. Entre nosotros, contra
nosotros. Estamos muriendo poco a poco.
—¿Kammael está de nuestra parte, entonces?
Samofere asintió:
—Los Muks tienen sus propios recuerdos de cómo fueron las cosas alguna
vez. El rey tiene acceso a ciertos secretos que no se revelan a sus súbditos.
—El poder siempre es así, ¿no? —dijo Cologne.
—¿Sabes qué hacen los nobles de mi hogar cuando Saffron es un niño,
cuando no proporciona luz y calor a la gente? —dijo Samofere, con un
dejo de tristeza colándosele en la voz—. Les dicen a los de más abajo
que es porque Saffron está enfadado con ellos, y les exigen un poco más
de obediencia, un poco más de trabajo. Así ha sido desde hace siglos.
—¿Y nadie sabe la verdad?
—Creo que muchos la saben —dijo Samofere—. Pero la gente cree lo que
ven que es falso, porque quieren creerlo cierto, o porque temen las
consecuencias de no creer, o porque temen que pueda ser cierto y son
ellos los equivocados.
—¿Está mal, entonces, creer en algo por fe?
—La fe es otra cosa —dijo Samofere—. No nace del miedo, o de la
obligación de creer algo. Se llega a ella por libre albedrío, o no es fe.
Sacudió la cabeza.
—¿Nos podemos sentar un momento, Cologne? Estoy cansado.
Cologne, que podría haber mantenido la marcha casi eternamente,
asintió:
—También me estaba cansando un poco.
—Nunca te sentó bien mentir, Cologne —dijo Samofere, dejándose caer al
suelo, con las alas extendiéndose un tanto. Eran gloriosamente bellas, de
un negro sedoso y reluciente, el otro vestigio de su juventud además de
sus ojos.
—Me...
—¿Triste, no, volver a ser joven cuando alguien que conociste de joven
ahora es viejo? —dijo Samofere.
¿Y con qué, en verdad, podía responder ella más que con silencio?
Siguieron sentados unos minutos, mirando el paso lento de las nubes en
el cielo. Por último, Cologne extendió una mano y tocó un brazo de él,
con un gesto de descontento por dentro al sentir lo delgado del brazo
bajo la túnica.
—Debería volver con Ranma —dijo Cologne—. Ha sido... agradable volver
a verte, Samofere.
—¿Me ayudas a ponerme en pie? —dijo Samofere.
Cologne le dio una mano para ayudarlo, sintiendo la textura áspera, como
lija, de sus manos de garra. Habían sido suaves en su juventud, y ahora
eran rugosas, como un árbol añoso.
—Estaremos en el mismo lugar un día más —dijo Cologne—. Nos
mantendré en movimiento, claro está. Shiso sabe encontrarme.
—Lo sabe —dijo Samofere suavemente—. Adiós.
Abrió las alas, oscuramente gloriosas, con profundos reflejos violáceos en
el borde de las plumas, y alzó el vuelo sin ninguna de la dificultad que
mostraba al andar.
Cologne quería mirarlo hasta que se perdiese de vista, pero se descubrió
incapaz. Dio media vuelta, y echó a andar hacia el norte, mientras el sol
y las nubes se movían por encima.
~ o ~
Cuando Galm cruzó la frontera de Jusenkyo, poco más de un kilómetro
al sur del Monte Fénix, seis personas sintieron su presencia. Se había
movido más rápido que lo esperado por Yoko; matar humanos le infundía
poder durante un tiempo, y había cruzado más de mil kilómetros de China
en pocas horas, luego de masacrar a los hombres en la playa. Aunque no
había estado en China todo aquel lapso. A veces había sido visible a los
ojos humanos por un momento, un borrón gris en las márgenes de la vista,
que desaparecía al mirarlo de lleno, un hormigueo en la mitad de la espalda,
que hacía a uno mirar atrás y no ver nada. No: casi todo aquel lapso, lo
había pasado entrando y saliendo de las fronteras, cruzando kilómetros de
un solo paso. Podía hacerlo, si tenía el suficiente poder, y si la presa estaba
aún lejos.
De los seis que lo sintieron, tres estaban del otro lado del mar. Los tres
sonrieron al sentir el cosquilleo leve de su paso, dos por una razón, uno
por otra, los tres por lo que creían era la realización de sus respectivos
propósitos.
Tres de los que le sintieron cruzar estaban cerca, y uno de ellos lo sintió
como una imprecisa sensación de incomodidad, un escalofrío corriendo
por la columna.
Otro que lo sintió dio un grito y despertó en una cuna de piedra, llorando
largos minutos antes de que lo calmase la voz delicada y palabras suaves
de un descendiente de muchos generaciones atrás, que parecía, pese a
esto, mucho mayor que él.
Otro de los tres fue una mujer, que sintió una oleada de miedo
inexplicable que la hizo cargarse contra una pared de piedra por un
momento, agradecida de que no hubiese nadie que la viera en ese
minuto de debilidad.
Galm no sintió nada al cruzar. Estaba fuera del poder de aquello que
protegía a Jusenkyo, y no podía ser detenido, o siquiera percibido, por
aquel poder, y tampoco podía él sentirlo.
Cuando cruzó, dos viejos amigos, que alguna vez podrían haber sido más,
se separaban; un joven estaba sentado en silencio con un cuervo por
compañía; un viajero de capa, oculto, caminaba hacia el sur por un
sendero montañoso con una amargura que le era característica, y una
mujer, más confundida de lo que había estado en mucho tiempo, iba a
visitar al niño que era su rey.
Del mismo modo en que las nubes se reúnen para la tempestad, así como
los vientos se reúnen para el tifón, a veces las personas se reúnen. Una
reunión similar estaba por ocurrir, y el efecto sería no menos devastador.
