Aguas bajo la tierra
Un fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum
Traducción de Miguel García
~ o ~
Capítulo 13: El final de la cacería
Todo queda en puro poder,
poder en voluntad, voluntad en apetito,
y el apetito, ese lobo universal,
doblemente secundado por voluntad y poder,
hace del universo todo su presa,
hasta devorarse a sí mismo.
William Shakespeare
~ o ~
El hombre era delgado y de pelo gris, y tenía la morena piel del rostro
cruzada con líneas complejas y cicatrices en espiral, que eran tanto
marcas de ritual como vestigio de heridas. Caminaba con una gracia
distendida, cabal, del todo silenciosa, por el sendero entre dos montañas.
Se movía como un gran felino al acecho, o como perro de presa
rastreando a un conejo. Cada movimiento era exacto, ni más ni menos
que lo necesario para lograr su cometido.
Sus ojos eran dorados, esplendentes, gemelos metálicos de los malsanos
ojos amarillos de las urracas que lo miraban desde las ramas de los
árboles raquíticos que crecían junto a las montañas, o sobre los peñascos
de las montañas. Los pájaros negros lo miraban, encrespando las plumas
sucias con un sonido apergaminado, moviendo la cabeza para verlo
pasar. Cuando lo hubieron perdido de vista, la bandada echó a volar
hacia las montañas.
El hombre siguió andando, notando vagamente el vuelo de las urracas.
Estaban, de todos modos, demasiado altas para atraparlos, y eran
pájaros feos, inmundos, apenas dignos de atención alguna, y ciertamente
no de ser cazados. Había una presa mucho más digna esperándole no
lejos de aquí.
Con un rápido movimiento de la mano, sacó las cuatro plumas blancas
abiertas en abanico, todas más largas que sus dedos. Las acarició, se las
llevó a la cara y aspiró el olor de la presa, las rozó con los labios y probó
su sabor. Había viajado más lejos que nunca antes para llegar al fin de
esta cacería, y sentía, como cada vez que el final se acercaba, una
paciencia serena. La cacería había sido más complicada esta vez, las
instrucciones bastante simples, pero aun así de una complejidad
desacostumbrada para él. Pero conocía el final, como lo había conocido
cientos de veces antes. La presa moriría. Era una especie distinta de
presa, esta vez, algo que no había visto desde que el lazo lo había
capturado, tanto tiempo atrás. Hacía mucho tiempo que no cazaba algo
verdaderamente nuevo.
Más al norte, la bandada de urracas remontaba sobre las cimas de las
montañas, una capa negra subiendo por el aire, como arrojada por la
mano de un dios oscuro.
~ o ~
Koruma y Masara estaban sumamente aburridos.
Era una etapa difícil, ser adolescente en el Monte Fénix. Las diferencias
genéticas entre los cuerpos naturales de los habitantes y un humano
normal no eran solo cosa de alas y garras en manos y pies; los cuerpos
naturales tendían además a desarrollarse físicamente con más rapidez
que el humano normal durante los primeros quince años, aproximadamente.
La dificultad estaba en que la madurez mental no aumentaba al mismo
tiempo. Los muchachos, en sus cuerpos naturales, eran un par de mentes
de catorce años en cuerpos esencialmente adultos.
Hay niños de catorce años muy maduros para su edad. Koruma y Masara
no eran de aquellos. No obstante, en virtud del intrincado sistema de
competencia entre las familias nobles del Monte Fénix, habían terminado
asignados para servir como asistentes de Kima. Era una estructura que
no acomodaba sobremanera a ninguno de los tres. Kima los trataba, con
cierta justificación, como a un par de niños fastidiosos a quien debía
cuidar. Ellos la consideraban, también con cierta justificación, como a
una déspota amargada e inflexible que los esclavizaba.
Hoy, se les había encomendado custodiar al inmortal dios-rey del Monte
Fénix, el Príncipe Fénix, Portador del Kinjakan, Señor de Jusenkyo, don
Saffron.
Pero sucedía que don Saffron era, de momento, un niño de pecho que
dormía plácidamente en una cuna de piedra, en la amplia guardería de
cielo bajo donde se criaba a los niños nobles durante sus primeros seis
años de vida. Luego eran retirados de allí por sus respectivas familias,
para que no pudieran formarse amistades realmente duraderas entre los
niños. La guardería estaba llena con el sonido de niños jugando y riendo,
y el clic-clac de los palillos de tejer y la conversación de sus madres.
—Es mucho más pacífico cuando es bebé —dijo Koruma, señalando a
Saffron con un dedo.
Como el resto de su familia, Koruma era de tez morena y alas negras,
vestido con la pechera y cinto negros de su familia, sobre una camisa
blanca de cuello alto y pantalones también blancos, con una espada
corta envainada al costado.
—Eso. Y además no grita tanto, excepto cuando despierta —concordó
Masara, recostado contra la pared. Tenía alas blancas con pintas café, y
una pechera y cinto moteados de verde. Llevaba un arco terciado a la
espalda, junto a un carcaj.
Las familias de ambos muchachos eran aliados tradicionales en la
estructura de poder, ambas de elevada alcurnia. Los dos se llevaban de
maravilla, con cada cual igualando al otro en lo que a ser importuno se
trata. Servían en estos momentos como guardianes de Saffron por un
motivo, que era el que Kima se los hubiese ordenado. De lo contrario,
habrían estado metiéndose en un lío u otro. Por desgracia, cuando Kima
les mandaba saltar, Koruma y Masara saltaban. Habían aprendido en los
primeros días de trabajar para ella que no era buena idea contravenir a
Kima en manera alguna. El problema radicaba en que, cuando Kima les
mandaba saltar, ellos generalmente saltaban en dirección incorrecta.
—No puedo creer que de verdad sea Saffron —dijo Koruma, volviendo a
mirar al bebé.
—Chsst... Kima dijo que no habláramos de eso —dijo Masara, mirando el
entorno de la guardería.
Había un gran círculo de niños, escuchando a doña Fanael de la familia
real leerles un cuento; esta vio a Masara mirándola y le dio una sonrisa
de saludo, que hizo al muchacho sonrojarse y mirar a otro lado.
Saffron no era un bebé de apariencia singularmente buena. Tenía un
aspecto un tanto diabólico, con orejas puntiagudas, ojos grandes y
pequeños colmillos. El diamante que colgaba de los mechones de pelo
cano en su frente brillaba a la luz de las lámparas. Lo mejor que podía
decirse de él era que no lloraba tanto como los demás bebés.
Además, según descubrieron Koruma y Masara, tenía la tendencia de
morder a todo aquel que pusiera los dedos cerca de su boca. Ambos
muchachos tendían vendas en los dedos producto de aquel hábito.
—Ojalá Kima pusiera a alguien más a hacer esto —dijo Masara, con un
suspiro.
—¿Por qué no lo cuida ella? —masculló Koruma—. Odio hacer de niñera.
—Mi padre dice que debería casarse —dijo Masara luego de un
momento—. Dice que no está bien que el senescal sea mujer.
Koruma se encogió de hombros.
—Yo creo —dijo— que está enojado porque él no fue el senescal. Todos
esperaban que ella renunciara con todo lo que pasó.
Masara pegó un puñetazo en el hombro de su amigo y puso mala cara:
—¿Qué dice tu padre?
—Muchas cosas. En general no lo escucho. Vive preguntándome si la he
visto con otros hombres.
—¿Eh?
—Ya sabes de qué hablo.
—Siempre la vemos con otros hombres. Siempre nos está regañando a
nosotros, y siempre habla con Xande, y...
—No eso.
—¿Dices...?
—Eso.
—Puaj.
—Tú lo has dicho.
—Pero es que es tan...
—¿Solterona?
Antes de que alguno pudiera decir algo más, recibieron los dos un
palmazo fuerte en la nuca:
—¿Cuándo van a dejar de decirme así, par de tontos?
—Kima —dijo Masara, volviéndose y sobándose la cabeza—. Justo
hablábamos de ti.
—No me di cuenta —dijo Kima, con cara de descontento y pasando junto
a ambos para mirar dentro de la cuna de Saffron—. Hola, Saffron.
—Cuidado si lo cargas —advirtió Koruma—. Muerde.
—Dudo que me muerda —dijo Kima—. Hay que saber alzarlo.
—Ayer mordió a Helubor —dijo Masara.
—¿No me digas? —dijo Kima, con una sonrisa sutil estirándole los labios.
—Sí —dijo Koruma—. Y bien fuerte. Gritó mucho, y ahí doña Fanael le dijo
que se fuera porque asustaba a los niños, y entonces don Helubor...
—Después me lo cuentas —dijo Kima—. ¿Ha venido mucho a verlo?
Masara negó con la cabeza. —Solo ayer.
—Humm... —dijo Kima. Bajó las manos a la cuna y cargó con cuidado al
infante Saffron, que se movió un poco en sueños pero no despertó—.
Pueden descansar diez minutos. Vuelvan apenas se cumplan.
—Gracias, Kima —celebró Masara.
—Es muy generoso de tu parte —dijo Koruma.
Los dos muchachos salieron al punto en busca de comida, al tener
apetito de adolescentes combinado con cuerpos de tamaño adulto.
Dejaron a Kima junto a la cuna, hablándole a media voz al niño que era su
rey.
~ o ~
Ranma estaba tan absorto en sus ideas y la sensación de las plumas de
Shiso bajo sus dedos, que solo percibió al hombre de capa cuando este
estaba a menos de cinco metros.
—Pensé que te habías devuelto a tu casa como niña buena —dijo el
hombre.
La voz era demasiado conocida para gusto de Ranma. Ni bien la oyó ya
estaba poniéndose en pie, tensando y soltando los músculos, anticipando
la lucha.
—¿Qué diablos haces tú aquí? —dijo.
El hombre se quitó la capa y mostró la misma sonrisa desagradable que
había tenido al conocer a Ranma. Era unos años mayor que Ranma, con
un rostro de rasgos agudos y vagamente afeminados, cabello negro
azuloso y un aro perforando cada oreja.
—Te podría preguntar lo mismo a ti —dijo Pantimedias Taro—. Supe que
eras responsable por lo de Jusenkyo, ¿eh?
—La verdad, no —dijo Ranma—. Supe que quisiste conquistar el mundo
con imanes para la espalda. No resultó, ¿eh?
La sonrisa disminuyó un poco.
—Cállate, impostor femenino.
—¿Qué problema tienes, Pantimedias? —provocó Ranma. Había pocas
personas en el mundo que realmente le desagradaran; Taro encabezaba
la lista.
La sonrisa socarrona de Taro se hizo un gesto de rabia. Entornó los ojos:
—Diría que el problema es tuyo, travesti. Primero que todo, te las
ingeniaste para eliminar la Poza del Hombre Virtuoso Ahogado cuando a ti
y al rey no tan legendario de un pueblo de gente con alas se les ocurrió
ponerse a pelear y volar medio Jusendo.
—¿Cómo lo sabes?
—Se lo pregunté a la niñita que estaba en la casa del Guía de Jusenkyo.
—¿La golpeaste primero?
—No golpeo niños.
—Qué raro, tienes pinta de que sí.
—Vete al diablo, Saotome —gruñó Taro—. Y segundo, me llamaste de
una manera que no me gusta.
—Hmm... ¿Qué manera será? —dijo Ranma, tocándose la barbilla con un
dedo—. Espérate... Ya sé, era...
—¿Pantimedias? —dijo Shiso desde su lugar en el suelo, mirando a Taro
con un ojo oscuro.
—Cállate, pájaro, o me hago un caldo contigo —dijo Taro, lanzando al
ave un golpe punzante con un dedo, luego de lo cual se quitó la capa y
la tiró al sueño. Brillaron al sol las escamas metálicas de su chaleco y
protecciones de los brazos.
—¿Por qué mejor no te vas, Taro? —dijo Ranma—. No estoy de humor
para jugar contigo.
—Muy bien —dijo Taro—. Mejor me voy a Japón a charlar un rato con tu
prometida, a ver si averiguo por qué sigues aquí. A lo mejor le interesa
saber dónde estás. ¿Qué pasó? ¿Por fin te aburriste de tener tanta chica
detrás de ti?
Y Ranma cayó en la cuenta de que Taro lo podía arruinar todo. Podía
poner a Akane en peligro, y a su madre y padre, a Ryoga y a Ukyo, a
todos los que le importaban. Y era muy capaz de hacerlo, en un
instante. Ranma hubiera creído a Taro capaz de cualquier cosa que le
granjeara alguna ventaja, por pequeña que fuese.
—No te atrevas —dijo Ranma, sintiéndose cubierto de una frialdad lenta,
ya conocida—. No te atrevas, Taro, o te juro que...
—¿Qué pasa? —dijo Taro, con una burla de preocupación—. ¿Te anduve
afectando? No sabes cómo lo siento. Mejor me retiro.
Hizo ademán de dar media vuelta, luego se detuvo:
—Casi me olvido. Tengo que partirte a patadas primero. Luego tal vez te
lleve volando a Japón, te ponga una lencería bien bonita y te regale al
viejo. Tal vez así me cambia el nombre.
—Taro —dijo Ranma despacio—. Por favor. No le digas a Akane que estoy
aquí. No se lo digas a nadie. Vete y nada más. Haz de cuenta que no nos
hemos visto.
—¿Qué pasa, Saotome? —dijo Taro—. ¿Te preocupa que sepas dónde te
viniste a esconder? ¿Quieres armarte otro harén? ¿Quién es la primera
afortunada?
—Creo que yo.
Taro se volvió a tiempo para caer al suelo con el cuerpo completamente
laxo, luego de que Cologne tocara ciertos puntos de presión estratégicos
en su hombro y cuello. Ninguno de ambos muchachos la había percibido al
acercarse.
Cologne se volvió para mirar a Ranma, tasativa.
—Tienes la costumbre de embrollar las cosas cuando no estoy, ¿no te
parece, Ranma?
—Debe ser un talento que tengo —dijo él con un suspiro. Dio una mirada
a Taro, que parecía estar tomando una siesta muy plácida—. Bueno, ¿y
qué hacemos ahora?
—Pantimedias, Pantimedias, Pantimedias —cantó Shiso en un jovial
sonsonete, paseándose por el suelo—. Y al final, ¿qué hay en un nombre?
~ o ~
Los dos guardias eran veteranos, con más de diez años en el reducido
cuerpo encargado de la defensa del Monte Fénix. Se disponían a volar
desde una de las entradas bajas para una breve misión de reconocimiento,
cuando, atónitos, vieron una mano poderosa asir el borde de la cornisa,
y luego vieron impulsarse hasta la cornisa al dueño de aquella mano.
Galm había subido fácilmente la falda de la montaña, una gran araña gris,
hallando grietas donde nadie las hubiera hallado, escalando paredes casi
verticales hasta llegar a esta entrada.
Los guardias eran veteranos. No tenían más posibilidad contra Galm que
la que tenían contra los extranjeros que habían invadido la montaña hacía
poco. A su favor, podía decirse que reaccionaron tan rápido como era
posible, pero ni bien el primer hombre alado blandió su lanza para
cerrarle el paso a Galm, ya no tuvo importancia. Murieron rápido; Galm
estaba reservándose el deseo de jugar hasta que no se revelara la
verdadera presa. Los mató en silencio, abriéndoles la garganta con su
puñal y tirando sus cuerpos por la ladera del monte.
Luego entró, como una sombra, y como una sombra se movió por el
Monte Fénix. Sabía que matar en exceso atraería demasiada atención; la
presa podía alertarse y huir de él otra vez. Se fundió con la piedra gris de
las paredes como un camaleón, de opaco a oscuro, y solo el brillo dorado
de sus ojos hubiera podido delatarlo, pero los que veían esos iris
luminiscentes apartaban la mirada, y cuando volvían a mirar un instante
después estos ya no estaban.
Despacio, despacio, encontrando escaleras en largo desuso, y a ratos
trepando por las paredes si era necesario, se sintió extrañado por este
lugar. Era distinto a todo otro lugar que viera antes. Lo que más le
gustaba eran los pájaros que volaban por doquier; era grato un bocadillo
de vez en cuando.
Despacio, despacio, la primera parte de la cacería empezó a terminar, al
subir Galm por la montaña.
~ o ~
El hombre miraba los cuerpos rotos de los dos guardias, allí donde habían
caído, separados por unos tres metros, ambos cien metros por debajo de
la entrada donde habían sido asesinados. Era difícil que alguien los viera,
pero no podía permitirse el riesgo.
Los presagios se estaban cumpliendo uno a uno, tal como lo había
soñado hacía mucho tiempo. Lo primero era eliminar los cuerpos, para que
el sirviente que había sido enviado en su lugar no tuviera escollos en su
misión. Alzó una mano sobre el cadáver del primer guardia, que tenía las
alas fracturadas, los ojos sin vista mirando hacia el cielo, que no volvería
a abrazar al hombre muerto, hacia el aire, que no volvería a alzarlo del
suelo.
Había poder en aquella mano, en la sangre que corría por su ser. El poder
se agolpaba en sus huesos como plomo fundido, se henchía en su pecho
y lo atravesaba en puñaladas, a un tiempo con los latidos de su corazón.
—Arde para mí —susurró, y acarició el aire, como un amante.
Una delgada voluta de humo espeso se elevó en el aire unos tres metros,
antes de que el viento la dispersara. Un momento después, le siguió otra.
Cuando aquello estuvo terminado y ya no quedaban siquiera cenizas, el
hombre extendió las alas y alzó el vuelo.
Por encima de su cabeza, una nube de pájaros negros giraba en círculos,
con ojos amarillos que chispeaban con intensidad febril.
~ o ~
—El dragón hizo una reverencia al sacerdote, a la diosa y al Mono.
"Perdóneme usted por devorar a su caballo, buen sacerdote —dijo—. De
haber sabido que iba usted peregrinando hacia las Tierras del Oeste, no
lo habría hecho. Seré yo cabalgadura de usted, señor sacerdote, porque
he contravenido a mi padre, que condenaría mis pecados".
Kima se reclinó contra la pared de la guardería, con el infante Saffron en
brazos, escuchando la voz de Fanael, mientras la integrante más joven
de la familia real les leía a los niños, reunidos en un corro en torno a ella.
Fanael amaba a los niños; era una tragedia el que jamás fuera a tener
hijos propios. Las mujeres del linaje de Saffron nacían yermas nueve de
cada diez veces. Fanael no había sido la excepción.
Era extraño para Kima, pensar que el niño que tenía en brazos era
muchísimo mayor que ella, de una cantidad de años para ella imposibles
de alcanzar. ¿Cuánto recordaba Saffron, se preguntó, de sus vidas
anteriores?
El bebé bostezó y se acurrucó contra su hombro. Estaría listo para su
siguiente transformación en cosa de una década, listo de nuevo para
bañarse en las aguas de Jusendo y surgir adulto por completo, para
derramar su luz y calor por toda la montaña, para hacer al invierno tan
cálido como el verano y la luz tan brillante como el día. Pero, por ahora,
tendría al menos lo más cercano a una infancia feliz que pudieran darle.
—Entonces la diosa de la misericordia avanzó y quitó del cuello del
dragón la perla que contenía su poder, y el dragón se volvió un hermoso
caballo blanco, que llevaría sobre su lomo al sacerdote, hasta las Tierras
del Oeste, para traer las escrituras de regreso al Este.
Relatos infantiles, cuentos de hadas, meras fábulas. Sosteniendo Kima en
sus brazos al legendario don Saffron, el Príncipe Fénix, se descubrió
preguntándose cuánto de cierto tendrían estos cuentos. Con el correr del
tiempo, ¿se volvía leyenda la historia? ¿Se volvían mitología las creencias?
—Y así, el Mono y el sacerdote continuaron su viaje hacia el Oeste, y lo
que después les sucedió es un cuento para otro día.
Sonó el libro al cerrarse, y se oyeron los suspiros leves de desilusión de
los niños, que empezaron a dispersarse, para jugar o sentarse a los pies
de sus madres. Las nobles se hallaban sentadas en grupos pequeños,
entre charla y chismes, llenando el aire con el chochar de los palillos del
tejido.
Había, como máximo, unos veinte niños en la guardería en todo momento;
la población noble era un quinto de los habitantes del monte, con poco
más de doscientos. La tradición rezaba que eran los descendientes de los
servidores más leales de Saffron, en una época que precedía a la historia
escrita de la montaña.
Fanael se acercó, con el pesado libro bajo un brazo, las alas gris claro
moviéndose un tanto, el largo cabello negro, trenzado holgadamente con
cadenas de plata tan finas que eran como hilos, caía por su espalda.
—Hola, Kima. ¿Cómo está Saffron?
—Está bien —dijo Kima, dando unas palmaditas en la espalda del señor de
la montaña—. Creo que estuvo bien ponerlo aquí. Podría hacerle bien el
crecer con amigos.
—Concuerdo —dijo Fanael—. Podría hacer de él un mejor rey, cuando
llegue el momento.
Kima asintió y acomodó un poco al bebé en sus brazos.
—Cuesta creer que es el mismo Saffron que luchó en Jusendo hace tan
poco. Ahora no parece capaz ni de dañar a una mosca.
—El fénix se consume al final, y luego se alza desde las cenizas —dijo
Fanael—. Así ha sido siempre. ¿Puedo cargarlo un momento?
—Desde luego —dijo Kima.
Fanael dejó el libro en el borde de la cuna de Saffron, y recibió con gran
cuidado a Saffron en sus brazos.
—Hola, bisabuelo —dijo, y soltó una risita.
Kima sonrió un tanto; de verdad le agradaba la otra mujer. Era difícil no
sentir agrado por ella.
—¡Volvimos, Kima!
—¡Y además temprano!
Kima suspiró, y se volvió a mirar a Koruma y Masara.
Los dos muchachos estaban en la entrada de la guardería, a unos cinco
metros de allí, los dos cargando bandejas cubiertas de cuencos, platos y
comida, además de tazas desde las cuales se elevaba vapor.
—¡Traemos el almuerzo! —declaró Masara.
—Me doy cuenta —dijo Kima—. También tengo hambre. ¿Fanael?
—No sería malo comer —dijo Fanael.
—Pero no alcanza para... —empezó Koruma.
Masara le pegó un codazo:
—No importa. Podemos compartirlo, doña Fanael.
—Qué caballerosidad —dijo Fanael, dejando a Saffron en su cuna—.
¿Trajeron un biberón para don Saffron?
—Claro —dijo Masara, indicando con la cabeza el biberón que venía en la
bandeja cargada por él.
—Gracias —dijo Fanael—. Bien hecho.
Los dos muchachos parecieron muy contentos al dejar las bandejas en el
piso de piedra, cerca de la cuna de Saffron, y se sentaron con las
piernas cruzadas. Fanael se sentó luego de darle el biberón a Saffron,
sujetando la tela del rico vestido bajo las piernas para arrodillarse en el
piso.
Kima la imitó un momento después, plegando con cuidado las alas por
detrás de ella al arrodillarse.
—Entonces almorzaremos juntos, supongo.
Era más grato que como lo hubiera imaginado, más que nada porque
Koruma y Masara estuvieron gran parte de la comida con la boca
cerrada. Masara siempre había sido muy callado en presencia de Fanael,
y cuando Masara estaba callado, Koruma por lo general seguía el ejemplo.
La comida estaba buena, y hacía muchas horas desde que Kima comiera
por última vez. Conversaba con Fanael, y fue casi, por un ratito, capaz
de imaginar que las cosas habían vuelto a ser normales, y que ese que
había vencido a su rey, un muchacho al que ahora ella misma había
ayudado a traer de vuelta hasta aquí, no estaba a unos pocos kilómetros
más al norte.
El almuerzo terminó rato después, y hacia el final de este se sentía ella
más relajada que hacía bastante tiempo. Koruma y Masara apilaban los
platos para llevarlos a las cocinas, cuando Kima sintió el primer escalofrío
en la espalda.
Y volvió la cabeza para ver una figura delgada y gris de pie en la entrada
a la guardería. El hombre tenía los brazos cruzados sobre el pecho. La luz
azul de las lámparas, puestas en ambas paredes de la gran abertura que
formaba la puerta, brillaban sobre la tez oscura, el gris metálico de su
cabello, las espirales y líneas del tejido cicatrizal que le marcaba el
rostro. Pero en esos ojos dorados no brillaba nada más que su terrible
color propio.
Kima recordó los sueños nebulosos que había tenido estas últimas
noches, desde antes de ir a Ryugenzawa. De huir de una enorme forma,
con ojos dorados, que la perseguía. De aullidos, el eco de los gritos de
cacería de la bestia.
Los ojos ahora parecían absorberla, atrapar la mirada de ella como
torbellinos de agua. No solo su mirada; todo su cuerpo, su alma, su
esencia entera. El tiempo pareció ralentizarse, congelarse, fragilizarse.
Luego vino el miedo. Ya no era la Kima que era ahora, no era la Kima que
había sido hacía diez años, al asumir el puesto de su padre tras la muerte
de él. No era ninguna de ellas. Era una niña, una niña pequeña, en la
oscuridad, donde no había escapatoria, no había escapatoria...
El hombre tenía en la mano un puñal corvo, y cuatro plumas blancas.
Kima, sin saber cómo, supo que eran de ella.
El puñal corrió por la muñeca izquierda del hombre, abriéndola. Se apretó
las plumas contra la muñeca a modo de compresa; la sangre escarlata
fluyó, despacio, como alquitrán corriendo sobre nieve, una mancha roja
sobre el blanco de las plumas.
El hombre abrió la boca y habló, como una canción fúnebre, como un
tambor de cuero golpeado con un hueso.
*Una sangre primera*
*por la presa se vierte*
*Ya libre de cadenas*
*Entrego muerte*
Se llevó las plumas a la boca y lamió de ellas la sangre. Tenía dientes
muy, muy blancos.
*Cacería eterna*
*Pactos irrompibles*
*Heridas que no sanan*
*Muerte gris presente*
Pero su herida sí sanaba, vio Kima. El corte en la muñeca del hombre
ahora se cerraba. En su mano, las plumas se prendieron en llamas, un
fuego blanco que las redujo a cenizas en segundos, ceniza que cayó por
entre sus dedos al piso de piedra, para formar un cúmulo diminuto. Se
guardó el puñal en el cinto de cuero café claro, y empezó a avanzar.
—¿Quién eres? —se obligó a decir Kima, obligando también a su mano a
encontrar, por entre el miedo, la empuñadura de su espada.
—¿Dónde está Ranma Saotome? —dijo el hombre, avanzando con pasos
precisos, mesurados, por el piso de piedra en dirección a ella. Por detrás,
Kima oyó a Fanael inspirar suavemente, oyó los palillos de tejer caer al
piso, oyó a los niños dejar de jugar y reír.
—Terrestre, contesta la pregunta de doña Kima —dijo Koruma,
interponiéndose ante el hombre—. ¿Quién...?
El hombre siguió andando. Koruma estiró un brazo y le sujetó un hombro
con una mano provista de garras.
—Oye...
El hombre subió las manos y fracturó el brazo del muchacho a la altura
del codo, con la soltura de quien rompe una varilla. El rostro moreno de
Koruma se volvió lívido con el sonido del hueso al romperse, y abrió la
boca en un alarido de dolor, antes de que el hombre se la cubriera con la
otra mano para acallarlo.
—¡Koruma! —exclamó Masara, empezando a avanzar.
—¡Masara, no! —vociferó Kima, desenvainando la espada y adelantando
al muchacho más joven, apartándolo de un empellón, al tiempo que el
hombre se volvía hacia un lado para arrojar a Koruma contra un muro,
con fuerza demoledora. El muchacho se desplomó al suelo, con un ala
torcida a un ángulo no natural, completamente inmóvil.
Aquí no había espacio para volar, no alcanzaba el espacio para que Kima
usara sus alas para impeler aire en forma de cuchillas. Por detrás de ella
había un silencio total, un aura de miedo casi palpable que emanaba de
los niños.
Kima embistió en un ataque, apuntando al vientre del hombre, con el
acero de su espada brillando en la luz. El hombre esquivó hacia un lado
con facilidad, le agarró una muñeca y la tiró hacia él, para luego girar
hasta quedar tras ella y rodearle el cuello con un brazo, obligándola a
tirar la espada, que campaneó contra el piso. El hombre quería hacerle
daño, todo en él lo indicaba, la forma en que se movía, la tensión de sus
músculos. Pero, por algún motivo, no lo hacía. Ella estaba indefensa
como una niña; él tenía una fuerza imposible.
—Atrás —le dijo Kima a Masara, tratando de mantener la calma. Su
empellón había tirado al chico hacia un lado, pero este ahora avanzaba—.
Atrás. Ve cómo está Koruma. Necesita ayuda. Fanael, que nadie se acerque.
—No, no —le cuchicheó el hombre al oído, por detrás de ella—. Que
vengan todos. Que vengan. Que traten de detenerme, igual que el chico.
Que vengan.
—¿Qué es lo que quieres? —dijo ella, viendo a Masara ir junto a Koruma,
viendo a Fanael situarse de modo protector por delante de la cuna de
Saffron, viendo a las mujeres y niños de la guardería mirarlo todo con
expresiones de terror.
—Quiero saber dónde está Ranma Saotome —dijo el hombre.
—No lo sé —mintió ella.
—Tu olor dice otra cosa —dijo el hombre, que sacó la lengua y tocó con
esta la punta de la oreja de ella; la piel de Kima se erizó al sentirlo—. Se
me conoce como Galm. Llévame con Ranma Saotome.
—No sé donde está —dijo Kima—. Y si lo supiera, no te llevaría.
Galm hizo detrás de ella un sonido en el fondo de la garganta, una mezcla
entre gruñido y lamento.
—Llévame.
—No me puedes obligar.
—¡LLÉVAME! —vociferó él, con frustración en la voz, tan fuerte y tan
cerca del oído de ella que pareció ensordecerla—. ¡LLÉVAME, MALDITA!
¡LA CACERÍA NO TERMINA HASTA QUE LA PRESA ESTÉ MUERTA! ¡NO
PUEDO MATAR A LA PRESA HASTA NO HALLAR A RANMA SAOTOME!
¡LLÉVAME!
Su voz era salvaje, no humana, berreante:
—Llévame.
—¿Qué harás si me niego?
El hombre pareció no tener respuesta a eso. La voz se le elevó, sin
palabras, un sonido plañidero, de incrédula decepción.
—Kima —dijo Masara, con lágrimas en la voz, sentado junto a su amigo—.
Koruma está muy mal. Hay que llevarlo con alguien que sepa medicina.
Desde la cuna donde Saffron dormía, se alzó un llanto agudo. Creció en
tono y volumen. Saffron había despertado. Tras ella, Kima oyó a Galm
aspirar aire hondamente.
—Te conozco —dijo tras un momento, con sorpresa en la voz—. Conozco
tu olor. Pero ¿cómo...?
Galm avanzó, obligando a Kima a caminar con él o que este la arrastrara
por el cuello. Fanael seguía delante de la cuna de Saffron.
—Fanael, quítate —dijo Kima, con dificultad para hablar con el brazo del
hombre apretándole el cuello—. No te interpongas.
Fanael obedeció, haciéndose a un lado, con los ojos grandes de miedo.
Kima ya podía ver a las nobles salir con sus hijos, yendo hacia la puerta
de la guardería. El aviso estaría por toda la montaña en minutos.
—Te conozco —dijo Galm, mirando el interior de la cuna, al niño que
lloraba—. Pero nada humano puede...
Entonces se echó a reír, un sonido terrible. Galm bajó una mano y con
esta asió a Saffron, para luego apresarlo entre el hueco del codo y su
cuerpo.
—Llévame con Ranma Saotome, o le arranco la garganta al niño.
Kima sintió el cuerpo frío. El aire pareció irse de ella.
—Por favor —dijo—. Eso no.
—¿Me llevarás?
Kima asintió despacio. —Sí. Está cerca.
—Kima —dijo Fanael, unos metros más allá—. ¿Qué...? ¿De qué habla
este hombre? Tú no... Creí que el extranjero había vuelto a Japón.
Kima guardó silencio un momento.
—Doña Fanael, quiero que vayas por Xande. Dile lo que ha pasado aquí.
Dile que fui hacia el norte. Que si no vuelvo en una hora, envíe tropas
tras de mí. Consíguele ayuda a Koruma. Dile a Xande que trate de
restringir la información; entre menos gente lo sepa, más fácil será.
—Kima...
—Doña Fanael, por favor.
La mujer asintió, y luego se alejó rápido. Kima miró de reojo a Galm; este
mostraba una sonrisa ancha. Saffron había dejado de llorar. Galm lo tenía
acomodado contra el chaleco gris que le cubría el pecho, al tiempo que la
apresaba a ella por la cerviz, con la presión enorme de su mano.
—¿Vamos, entonces? —dijo Galm tras ella. Su aliento tenía olor a sangre
fría y carne podrida.
—Sí —dijo Kima quedamente—. Vamos.
Galm la soltó entonces, y ella se le apartó unos pasos, trastabillando,
respirando mejor ahora. Se volvió, para verlo mirar detenidamente la cara
de Saffron.
—Te conozco —murmuró Galm, con un destello de dientes blancos.
—Por aquí —dijo Kima, volviéndose y echando a andar.
No oyó pisadas seguirla, pero cada vez que miraba atrás, estaba él allí,
con Saffron en brazos, con los ojos dorados fosforesciendo.
Una vez fuera, ella hubiera podido huir. En el aire él no podía atraparla.
Pero tenía a Saffron, y, así, tenía el corazón y alma del Monte Fénix en
sus manos. Kima no sabía qué podía sucederle a Saffron si era herido en
su cuerpo infantil. No podía permitir ese riesgo. Ni por salvar su propia
vida, ni por nada.
Y esto era lo que había causado ella a su pueblo, al ir por primera vez a
Japón en pos de la niña que había robado el mapa. Seguía sin saber de
dónde había sacado la niña el mapa. Pero sí recordaba otro pasaje del
Libro del fuego y la tierra:
*El Fénix ha caído, y el perro de presa ronda en los corredores del
monte. Hay sangre en sus fauces, hay sangre en la faz del sol, hay
sangre en las manos de quienes le trajeron, causada por un vuelo
cruzando el mar, por la indecencia vestida de vejez, por la locura oculta
en la arrogancia, y por la mano de la niñez*.
Pronto llegaron a una puerta, que salía desde una de las construcciones
del palacio hacia la falda de la montaña y la corta escalinata que
terminaba en un precipicio de cientos de metros. Bajo ella, los agudos
picachos del Monte Fénix se alzaban entre la bruma, y en todas
direcciones un paisaje montañoso asomaba entre las nubles. El viento era
frío aquí arriba, pasando entre el cabello de Kima. Tras ella, oyó a Galm
aspirar una honda bocanada de aire.
—¿Y qué piensas hacer ahora, terrestre? —dijo Kima, mirándolo—.
¿Puedes volar? Es una escalada larga.
—No necesito volar —dijo el hombre, y se encogió de hombros al pasar
junto a ella, con Saffron sujeto firmemente bajo un brazo.
Luego, desde el borde la escalinata, saltó. Se desplomó como una piedra
por entre la niebla de la montaña, luego aterrizó, ligero sobre sus pies,
treinta metros más abajo, con movimientos felinos y de completa holgura,
sobre la punta de un agudo saliente de piedra, de menos de medio metro
de ancho.
A Kima se le agrandaron los ojos, y luego lo vio saltar otra vez, lo que
debió ser ahora una caída de más de cincuenta metros, antes de
rechazar contra el borde de una cornisa y volver a lanzarse, continuando
así hasta casi perderlo de vista Kima, que extendió las alas y saltó a su
vez, sobrecogida de miedo por dentro, al verlo impulsarle con esa
facilidad montaña abajo, con Saffron sujeto en brazos. No podía ser
humano, no con esos ojos, no con esa forma de moverse. Nada podía
moverse así.
Alcanzando Kima la base de la montaña, vio al hombre allí de pie,
olisqueando a Saffron con expresión ceñuda, como de confusión. El
hombre alzó la vista al verla, y la expresión confusa se volvió una
sonrisa:
—Llévame a él. Puedes volar si quieres, pero no te pierdas de vista, o el
niño muere.
Preguntándose Kima si era posible que Saffron muriera, empezó a guiar a
Galm hacia el norte. Hacia Ranma Saotome, hacia Cologne, hacia el lugar
adonde Samofere había ido, hacia un destino de resultado aún incierto.
Por encima, las urracas los miraban, posadas en las grietas de la montaña,
con ojos duros y fríos, pupilas como escarabajos negros y sin patas,
atrapados en ámbar amarillo.
~ o ~
—¿Y qué hacemos con él? —dijo Ranma, mirando el cuerpo inmóvil de
Taro.
Cologne estaba a su lado, también mirando al muchacho inconsciente.
Shiso revoloteaba por sobre ellos, pareciendo aburrido con todo el
asunto.
—No sé —dijo Cologne, sacudiendo la cabeza—. Es capaz de destruir
todo por lo que tanto he trabajado. Si vuelve a Japón y dice lo que sea a
tu familia o a Akane, el Círculo Eterno va a encontrar la forma de saberlo.
Vendrán por tu madre o tu padre, y...
—Ya lo sé, ya lo sé —espetó Ranma—. Pero ¿cuál es la manera más fácil
de detenerlo?
—Matarlo —dijo Cologne sin rodeos—. Sería lo más fácil.
—¿QUÉ?
—Cálmate, niño. No he sugerido en ningún momento que lo hagamos.
Pero sí sería lo más fácil.
—No importa —dijo Ranma—. No pienso hacerlo. Jamás. Ni a Taro. No
después de...
—¿Y si fuera la única manera de salvar otra vida?
Ranma se estremeció.
—Eso es distinto, Cologne. Esto no es lo mismo. ¿Sabes hacer esa cosa
del Xi Fa Xiang Gao, que Shampoo usó con Akane la primera vez que
llegó? ¿Ese champú que borra la memoria?
—No dura para siempre —dijo Cologne—. Y... aprendí hace mucho que
tratar de trastocar la mente de alguien con esa clase de magia es un
acto que al final casi siempre está condenado a fracasar, o a tener
consecuencias imprevisibles.
—¿Y entonces qué hacemos? —dijo Ranma—. Tampoco es cosa de
pedirle que se quede callado, ¿no?
—¿Por qué no? —dijo Cologne, mirando al caído Taro.
—Pero... es... —dijo Ranma, intentando hallar las palabras para
explicarlo—. Es... Es Taro, Cologne.
—Eso no es muy buen argumento —dio Cologne, inclinándose para mirar
a Taro—. Parecía astuto, al menos por lo que pude ver. Podemos tratar de
explicarle las cosas.
—No le va a importar —dijo Ranma, negando con la cabeza—. Lo único
que le interesa es que le cambien el nombre.
—Deja que me encargue yo, Ranma. Trata de usar el cerebro para
controlar la boca, al menos esta vez.
—Esto no va a resultar.
Cologne no le hizo caso y presionó un punto del cuello de Taro. Los ojos
del joven pestañearon rápido y se abrieron; estaban llenos de furia.
—Taro, te quitaré la parálisis con una sola condición —dijo Cologne—. No
nos atacarás a Ranma ni a mí. Escucharás en silencio lo que vamos a
decir. Pestañea si aceptas.
Taro los miró a ambos con expresión de rabia, con ojos que eran apenas
más que dos rayas. Luego, por último, pestañeó.
Cologne apretó unos puntos más del cuello y hombros de Taro, y el
esbelto muchacho se incorporó despacio, hasta quedar sentado en el
suelo, con una rodilla recogida contra el pecho y la otra estirada sobre la
fina hierba, sin decir nada. Su expresión era de calculada indiferencia.
—¿Y esta chica quién es? —dijo al fin, mirando a Ranma.
—Esta chica es capaz de hablar por sí misma —dijo Cologne, gélida.
—¿Quién eres, entonces? —dijo Taro.
—Nos conocemos —dijo Cologne—. Del Nekohanten, la primera vez que
fuiste a Japón.
—No me acuerdo de ti —dijo Taro con una encogida de hombros.
—Tenía un aspecto algo distinto —dijo Cologne.
—Manerita de resumirlo —intervino Ranma.
Cologne le pegó un palmazo en la nuca, y el muchacho volvió a su
ocupación anterior, de mirar feo a Taro.
—Me llamo Cologne —dijo Cologne.
Taro se rió. —Sí, cómo no. Ese saco de huesos que parecía hermana de
Happosai. ¿Qué, encontraste la fuente de la juventud?
—Chico listo —dijo Cologne—. Lo dedujiste a la primera.
—Claro —dijo Taro—. Estás igual de loca que el hermafrodita este.
—¿Naciste así de desagradable, o lo lograste con años de práctica?
—preguntó Cologne.
—Diría que una combinación de las dos —dijo Ranma.
—Me gustaba más cuando estabas con la boca cerrada —dijo Taro,
ladeando la cabeza para mirar a Ranma desde donde estaba sentado.
—Niños idiotas —masculló Cologne—. Debería dejarlos matarse a golpes y
recoger los pedazos.
—A ver si eres capaz de detenernos —dijo Taro, poniéndose en pie con
perezosa agilidad—. Yo no cometo el mismo error dos veces, y me sé
defender contra puntos de pres...
Sus siguientes palabras quedaron ahogadas en un resuello atragantado
cuando Cologne lo golpeó en el estómago, extendiendo los nudillos del
índice y dedo medio. El solo verla había sido difícil. Taro se encorvó, con
la cara un tanto verde.
—Perra —resolló.
—Sí, así es —dijo Cologne—. Soy una perra, y si crees que vas a volver a
Japón para poner en peligro a mi bisnieta, si pienso que hay la menor
posibilidad de que lo hagas, vas a descubrir lo perra que puedo ser.
—De verdad era ella, ¿cierto? —dijo Taro, irguiéndose—. La vieja del
Nekohanten.
—Taro —dijo Ranma despacio, tratando de poner el máximo de calma en
las palabras—. Si vuelves y les dices a todos donde estoy, Akane, su
familia, y todos, estarán en peligro, peligro de verdad. Hay gente
persiguiéndome, gente que les puede hacer daño de verdad si creen que
así me pueden encontrar.
Vio el rostro de Taro suavizarse un tanto, solo un momento, algo muy
raro. Luego el muchacho volvió a su expresión normal, de burlona
autosuficiencia.
—¿Y qué ofreces a cambio? Mejor dicho, ¿qué gano yo?
—¿No sientes nada por nadie que no seas tú? —dijo Cologne—. ¿Nunca
has deseado hacer algo por la sola razón de ayudar a alguien?
—¿Tratar al prójimo como uno desea ser tratado? —dijo Taro.
—Sí —dijo Cologne.
El muchacho soltó un resoplido:
—Esas son idioteces. Maltratar al prójimo antes que lo maltraten a uno.
Cada quien se cuida solo. Estando bien uno, ahí se puede pensar en los
demás.
—Quisiera creer que no piensas así —dijo Cologne suavemente—. No es
buena manera de mirar la vida para alguien tan joven.
—No me juzgues —dijo Taro—. No me importa si eres o no eres la vieja.
El único que me juzga soy yo.
—¿Y te gusta lo que ves? —dijo Cologne, mientras un viento leve pasaba
en el claro donde estaban los tres, removiendo las cenizas que quedaban
en la hoguera cercana, y haciendo al cabello de Cologne ondear en
hebras oscuras.
Taro estuvo en silencio una fracción de segundo más que antes.
—Sí —dijo por último—. Me gusta bastante.
—No estamos llegando a ningún lado —dijo Ranma con tono de disgusto—.
Taro, ¿qué cosa quieres?
—Ya sabes lo que quiero —dijo Taro—. ¿Me pueden ayudar los dos a que
el viejo me cambie el nombre?
—A futuro, tal vez —dijo Cologne—. No ahora. No pronto.
—No podemos volver a Japón en este momento —dijo Ranma—. Pero...
—Entonces ¿de qué me sirven? —dijo Taro.
—¿De qué sirve un nombre? —llamó alguien desde arriba, la voz del
cuervo que volaba, antes en silencio. Shiso viró en el aire por sobre las
cabezas de los tres, e hizo una picada en espiral para aterrizar en el
hombro de Ranma, luego ladeó la cabeza para mirar a Taro—. A un
hombre no lo define el nombre, ni al nombre lo define un hombre.
Ranma vio algo en los ojos de Taro, algo hondamente oculto, cubierto
pronto por sorpresa, por rabia.
—¿Qué dices, pájaro?
—El camino es largo —dijo el cuervo—. El camino es oscuro.
—Cállate —dijo Taro, avanzando un paso y alzando un puño.
Cologne se le interpuso.
—El pájaro no sabe lo que dice —dijo ella—. Tiende a repetir lo que oye.
Algo pareció abandonar los ojos de Taro.
—Sí, cómo no —dijo.
Miró hacia el cielo. Ranma y Cologne también. Las nubes blancas de la
mañana habían sido reemplazadas por una congregación de formas grises,
cúmulos pasantes, cargados con la promesa de lluvia.
—Bueno, ¿me van a decir qué sucede, o la razón de por qué decirle a su
gente donde están los puede poner en peligro?
Ranma y Cologne se quedaron en silencio un momento mientras Taro los
miraba. Shiso ladeó la cabeza para mirar hacia las nubes, que pasaban
por delante del sol y proyectaban sombras donde ellos estaban.
—Viene una tormenta —dijo.
~ o ~
Kima volaba cerca del suelo, siguiendo el sendero serpeante que conducía
por entre las montañas de la cordillera de Bayankala, consciente en todo
momento de los ojos dorados que la miraban desde atrás, la figura
delgada que avanzaba por debajo de ella. Y, más que todo, consciente
del niño que el hombre tenía en brazos.
Era culpa de ella. Todo esto era culpa de ella. Ella había vuelto a traer a
Ranma Saotome hasta Jusenkyo, por haber leído los libros, por lo que
había visto bajo Jusendo, y además había traído a esta cosa.
No sabía qué era esta criatura. Había eludido su espada como si Kima se
hubiera movido en cámara lenta, había roto el brazo de Koruma como una
varilla, y había saltado a un precipicio de cincuenta metros para caer en
un saliente de piedra casi vertical, con la facilidad de quien camina un
metro. Era un poder simplista y terrible el que parecía emanar de esta
cosa que parecía hombre, la cosa que se hacía llamar Galm. Era como
una espada con filo de navaja, básica y sin adornos, hecha solo para
matar.
La consecuencia de esto habría que afrontarla después. Kima perdería su
puesto, casi con toda seguridad. Borrarían el nombre de su familia de los
registros nobiliarios. Ahora nada de eso importaba; procurar la seguridad
de Saffron era lo único que tenía trascendencia.
Abajo, en el suelo, un niño empezó a llorar. Saffron. Kima redujo la
velocidad de su vuelo, dejándose planear un momento.
—Cállate —oyó decir a Galm—. Cállate, bestezuela.
El bebé no hizo sino llorar más fuerte, su llanto elevándose en el aire,
resonando contra las montañas.
—Cállate, dije —gruñó la voz brutal y salvaje de Galm desde el suelo—.
Cállate o te arranco la lengua.
Kima aterrizó por delante del hombre de cabello gris, que ahora sostenía
a Saffron extendiendo los brazos por delante, con las poderosas manos
envolviendo el torso del niño. Parecía a punto de empezar a sacudirlo. El
niño lloraba, un sonido agudo, de miedo y dolor.
—Dijiste que no le harías daño —dijo Kima—. Dijiste que si te llevaba, no
le harías daño.
—Odio las cosas que gritan sin razón —dijo Galm, escupiendo al suelo—.
Los niños son las criaturas más inútiles. Del todo indefensos. Yo le daré
razón para llorar si eso quiere.
—Todos fuimos niños alguna vez —dijo Kima.
—Yo no —dijo Galm, con total convicción.
El hombre sonrió, con el violento blanco de sus dientes mostrándose bajo
la curva cruel de sus labios. La mirada de Kima resultaba atraída por el
diseño de las cicatrices de la cara del hombre, cortes verticales y
horizontales, líneas curvas, espirales que cubrían la oscuridad de su piel.
Y por aterrador que fuese su rostro, no era nada comparado con esos
ojos dorados, que lo miraban todo sin la más mínima emoción o empatía.
—Puedo hacer que deje de llorar —dijo Kima suavemente—. Dámelo. Me
quedaré aquí. No trataré de huir.
Extendió los brazos en dirección a Galm, intentando no mostrar esperanza
alguna en la cara. Galm miró al niño que lloraba en sus brazos, luego lo
pasó a Kima, casi arrojándolo, con un bufido de desagrado.
—Ni se te ocurra querer escapar. Te puedo cortar las alas antes de que
quites un pie del suelo.
Volvió a sonreír:
—No te puedo matar aún, pero te puedo herir muy gravemente. No lo he
hecho aún. Me gusta guardar el sufrimiento para el final.
Kima asintió con la cabeza y le dio la espalda, conteniendo el miedo,
acunando a Saffron contra su hombro. La lágrimas del niño eran calientes
contra su piel descubierta.
—Chsst... Chsst... Está bien —arrulló—. Esta bien.
Saffron sollozó menos, pero no dejó de llorar. Kima podía sentir los ojos
dorados de Galm quemarle la espalda.
—Todo estará bien, rey mío. No dejaré que te haga daño.
Débil, lejana, oyó una voz alzarse en una canción, a veces aguda, a
veces tan baja que casi no la oía.
—¿Qué es eso? —dijo Galm detrás de ella—. ¿Quién anda ahí?
—¡VUELA! —gritó alguien, cerca, con una voz vieja y fuerte.
Kima alzó el vuelo instintivamente, oyendo a Galm rugir detrás de ella,
sintiendo el roce de sus dedos contra el tacón de una bota al saltar.
Y luego, al volver la cabeza, Kima vio decenas de toneladas de piedras y
tierra caer por detrás de la forma gris de Galm, como una ola del mar,
que solidificó al caer, una gigantesca forma a medio fundir, como cera de
una vela hecha de piedra, que sepultó a Galm dejando solo una mano
fuera, con dedos arañando el aire.
Samofere estaba en el sendero detrás de ellos, hacia el sur, de rodillas
en el suelo, con sudor perlándole el rostro rugoso, mientras el viejo
tocaba con los dedos la orilla un cráter que antes había sido tierra.
—¡Ve, Kima! ¡No puedo mantenerlo mucho rato! ¡Ve con Cologne!
Kima vio flectarse los dedos que sobresalían de la piedra, y vio grietas
empezar a formarse en esta.
—¡Samofere! —llamó ella—. Ese hombre no es lo que parece. Tienes que
alejarte.
—Sé lo que es —exclamó Samofere de vuelta. Las grietas se extendieron
en torno al brazo; otras grietas empezaron a abrirse en la roca—. ¡Puede
encontrarte dondequiera que vayas! ¡Ve con Cologne, con Ranma!
¡Prepárense para luchar! No puedo detenerlo para siempre.
Entonces el viejo gritó, como padeciendo dolor. Kima vio la mano de
Samofere apretarse en su simple bastón de madera. O no simple ahora,
según vio: en el extremo superior de este había un prisma triangular
de cristal verde, resplandeciendo con una luz esmeralda.
—¡VE!
Una segunda mano salió rompiendo desde la roca, entre un círculo de
grietas. Las dos manos asieron los bordes de las aberturas por donde
habían salido de la roca, y empezaron a hacer fuerza.
Saffron empezó a llorar más fuerte, y eso hizo a Kima actuar. Salió
volando hacia el norte, oyendo por detrás de ella a Samofere gritar otra
vez, y luego un sonido de piedra partiéndose.
Por encima, las nubes de tormenta empezaron a agolparse.
~ o ~
Aullando de furia, Galm partió en dos la cárcel de roca y salió por entre
los peñascos, con polvo de piedra en la ropa y la piel. La forma de alas
blancas de la presa estaba a casi cincuenta metros de altura en el cielo,
elevándose a cada segundo.
No importaba. Sacó el puñal y lo arrojó en un solo y veloz movimiento,
avistando el blanco a la perfección, con ojos más agudos que los de
cualquier humano. Oyó un agudo grito de sufrimiento, y vio a la mujer
ladearse en el aire. El puñal cayó, destellando en el sol con un hilo de
sangre, hasta el suelo. No la mataría, pero la retardaría.
El sonido de roca desmoronándose tras él lo puso en alerta, y se echó a
un costado cuando una decena de puntas dentadas cayeron desde los
restos que lo habían aprisionado.
—Quieta, bestia —dijo el viejo de túnica parda desde donde estaba en
pie, con alas negras plegadas a la espalda—. No harás daño a nadie de
mi pueblo mientras siga yo en pie.
Galm inspiró hondamente.
—Conozco tu olor —dijo.
—Y yo conozco el tuyo, perro infernal —dijo el viejo. Sostenía el bastón
por delante de él, de forma horizontal, como una vara; el fulgor verde
que emitía el cristal de la punta hería los ojos de Galm—. Conozco tu
nombre, tu forma y el lazo que te manda.
—Viven mucho por estos lados, ¿no? —dijo Galm—. O tal vez ha pasado
mucho menos tiempo que el que pensé. Pero él no era un niño cuando yo
nací en este lugar, y tú no eras un viejo.
—No tiene importancia —dijo el viejo con voz fatigada—. El pasado es el
pasado.
—Y el futuro es el futuro —dijo Galm—. Solo existe el presente por ahora.
Pronto estarás muerto.
Y entonces se movió. No había atravesado cinco metros cuando el suelo
surgió bajo él como una fuente de piedra y tierra, sacándolo despedido
por el aire. Giró y aterrizó de pie, acortando más la distancia entre él y el
viejo, que retrocedía, alejándose despacio de Galm, alzando la voz en
una canción compleja, la luz verde fulgurando en su bastón.
La tierra se hinchó bajo los pies de Galm, reventó en púas de piedra que
le atravesaron las piernas, brazos y pecho. Hizo una ahogada inspiración
de aire al quebrar las púas para luego continuar, rengueante.
—No sabes la gran molestia que me causa —dijo entre dientes, al tiempo
que rompía una púa y la lanzaba contra el viejo. La púa de piedra se
disolvió en el aire hecha lodo, antes de poder golpear.
Y entonces Galm cambió, y cruzó el terreno corriendo en cuatro patas,
con las fauces abiertas, dejando por el piso un reguero de saliva teñida
de rojo. La tierra se sacudió; se abrió una grieta bajo sus patas, pero
saltó a un lado. A la izquierda y derecha la tierra estalló en columnas de
piedra dentada, pero él esquivaba y se escurría entre las erupciones,
acercándose cada vez más.
Y luego saltó, y su cuerpo mutó en el aire a forma humana, para apresar
al viejo por el cuello y quitarle el palo de las manos, tirándolo a un lado;
el cristal verde se fue apagando al rodar por el suelo.
El viejo subió una mano como para protegerse de un golpe, y Galm le
dio un puñetazo en la cara, luego otro. El anciano soltó un quejido y
desfalleció en la sujeción del cazador, mientras Galm le contusionaba con
golpe tras golpe el rostro y abdomen, los puntos sensibles de ambos
brazos, los delicados huesos de las alas. Corría sangre por el puño del
hombre de pelo gris cuando tiró al viejo al suelo, como un juguete.
El viejo estaba cubierto con su propia sangre, desde el pelo cano a la
túnica parda y las alas negras. Galm supuso que tenía casi todas las
costillas rotas, al igual que los brazos. Le había quebrado también los
huesos largos de las alas, y le había fracturado la cadera. El viejo hacía
un sonido grave, agónico, tirado en el suelo.
—Jugaría más —gruñó Galm, con las comisuras de los labios curvadas en
una expresión de ferocidad—. Pero tengo mejores cosas que hacer que
divertirme con viejos, por viejos que sean. Muere lento.
Apoyó un talón contra la tráquea del anciano, con fuerza suficiente para
quebrársela, pero no para fracturarle el cuello. Oyó al viejo aspirar,
boqueando lentamente sus últimas y dolorosísimas porciones de aire, en
el suelo. Galm dio media vuelta y echó a correr hacia el norte, siguiendo
el rastro de la presa. Esta iba hacia Ranma Saotome, había dicho el viejo.
Pronto tendría que matar más. Galm echó atrás su cabeza de cabello gris
y aulló, como un perro de presa tras la pista. Se acercaba el final de la
cacería.
~ o ~
Kima, volando, sintió algo imposiblemente filoso pasar cortando por su
hombro y ala derecha. Dio un grito de sufrimiento, sintiendo sangre correr
por su espalda, y cada movimiento de su ala derecha empezó a clavarle
una cuchilla de fuego en la espalda. Batir el ala era un dolor insoportable,
pero continuó tanto como pudo, impulsada por la presencia, ahora
silenciosa, de Saffron en sus brazos. No estaban lejos de donde habían
dejado a Ranma y a Cologne.
Los ojos se le llenaron de lágrimas por el dolor de la herida, por saber que
había dejado a Samofere enfrentándose a algo que no tenía posibilidad de
vencer. Sentía ahora vahídos causados por la hemorragia, mientras las
montañas pasaban emborronadas a cada lado, la tierra agreste bajo ella,
el cielo azul por encima. El suelo estaba ahora tan cerca, ¿cómo podía
haber perdido tanta altura y...?
Consiguió rodar al impactar el suelo, plegando las alas para caer sobre el
lado no herido, protegiendo a Saffron al chocar contra la tierra. Apenas
podía sentir el ala derecha; su mundo era suplicio, un dolor palpitante
que manaba de la herida en su hombro.
Desde el suelo, alzó la mirada. Estaba tan cerca, inmediatamente junto al
sendero que conducía a la quebrada entre montañas donde Cologne
había acampado. Hasta allí eran solo cien metros de terreno ondulante y
escarpado. Daba igual si eran cien metros o dos mil kilómetros. No podía
moverse.
En sus brazos, Saffrom rompió a llorar de nuevo. Sin saber cómo, de
alguna manera, Kima se puso en pie, inestable. Ya no podía volar, pero
podía correr, y lo hizo, acariciando el cabello del niño, mientras avanzaba
vacilante por el sendero.
Muy lejos de ella, pero acercándose rápido, oyó a algo dar un aullido de
triunfo.
~ o ~
—El pájaro habla bien el japonés —dijo Taro, mirando hacia el suelo,
donde estaba Shiso, luego hacia a las nubes—. Pero bueno, me iban a
decir todo lo que está sucediendo, ¿no?
De súbito, el cuervo soltó un gran graznido, un sonido traspasado de
quebranto, y se elevó por el aire, con alas frenéticas para volar hacia el
sur, sobre los árboles raquíticos del bosque.
—¿Eh? —dijo Ranma, mirando alejarse a la veloz forma negra—. ¿Qué
bicho le picó?
Lejos desde el sur llegó un aullido monstruoso, reverberando en los
faldeos montañosos, un sonido que lo caló hasta los huesos.
Oyó a Cologne ahogar una exclamación de sorpresa.
Volviéndose hacia ella, vio a unos treinta metros de allí una figura de alas
blancas que venía andando, tambaleante, desde el este. Tenía en brazos
una forma pequeña envuelta en telas. Incluso desde aquí, Ranma podía
ver la sangre que manchaba la caída ala derecha y corría por el costado
del cuerpo de la mujer.
—¡Kima! —exclamó, y corrió hasta el lado de ella, con Cologne y Taro
detrás.
La joven casi se derrumba contra él cuando la sujetó por los hombros;
pudo ver ahora que lo que cargaba en brazos era un bebé ya conocido.
Saffron.
—Kima, ¿qué pasó? —dijo.
Kima tenía la cara casi blanca, los ojos nublados por el dolor.
—Viene...
—¿Quién? —dijo Cologne—. ¿Quién viene?
El aullido volvió a resonar, más cerca, monstruoso. Había furia en este,
un tono sanguinario, un hambre antiquísima, tan honda y primordial que
era horrorizante.
—Galm —musitó Kima, con la voz atragantada.
—¿Quién? —preguntó Ranma, confundido, pero oyéndole el miedo en la
voz.
—Dámela, Ranma —dijo Cologne, tomando a Kima de los brazos de él.
Sacó con cuidado al niño de los brazos de la joven y se lo entregó a
Ranma—. Ten.
—Oye, no tenía ninguna gana de volver a ver... —dijo Ranma, pero la
fuerza en la mirada de Cologne lo hizo callarse y recibir al bebé—.
Hombre, qué chiquillo más feo.
Cologne depositó a Kima en el suelo y la volteó boca abajo. Tenía el lado
derecho de la espalda cubierto de sangre, que manaba aún.
—Creo que quien la haya cortado llegará pronto —dijo Cologne—. Taro,
tráeme mi morral, que está junto al fuego.
Taro abrió la boca como para decir algo. Tenía una inusitada confusión
en la cara.
—Ahora —largó Cologne—. Antes de que se desangre.
Taro asintió y corrió a obedecer.
Ranma se sentó en la hierba. La cabeza de Kima estaba vuelta hacia él,
mirándolo. Tenía los ojos grandes, llenos de dolor, mientras Cologne se
arrancaba una manga de la blusa, y la apretaba contra la herida.
—¿Quién hizo esto? —dijo Ranma, con pasmo y rabia en la voz.
—Galm —acezó Kima, luego soltó un lamento cuando Cologne acomodó la
compresa—. Ya viene...
—¿Quién es Galm?
Por tercera vez sonó el aullido, elevándose por el aire como una
campanada diabólica.
—Ese es él, ¿verdad?
—Sí —dijo Kima—. Tienes que proteger a Saffron. Te busca a ti también,
no sé por qué.
—No hables —dijo Cologne, parca—. No haces más que empeorarlo. Trata
de relajarte.
Taro llegó corriendo, con el morral oscuro que Cologne había cargado. Lo
dejó junto a ella, luego se acuclilló a su lado.
—¿Quién es ella? —preguntó.
—Kima —dijo Ranma—. Es del Monte Fénix.
—Pues, obvio —dijo Taro—. No hay mucha otra gente con alas por ahí.
¿Y el chiquillo?
—Ese es Saffron —dijo Ranma.
—¿Todo el mundo cambia de edad por estos lados? —dijo Taro, sacudiendo
la cabeza.
—¿Se quieren callar los dos? —Taro, ahí dentro hay vendas. También
hay un frasco de vidrio con un ungüento blanco verdoso, sin rótulo.
Alcánzamelos.
Ranma miró a Saffron mientras Taro empezaba a hurgar en el morral de
Cologne. El niño estaba callado, con los ojos carmesí engrandecidos y
mirando hacia el cielo.
—Samofere... —murmuró Kima, cerrando los ojos.
Ranma vio a Cologne rigidizarse.
—¿Qué sucedió con Samofere? —dijo la mujer suavemente.
—Lo abandoné —dijo Kima—. Peleó contra Galm. No sé si sigue con vida.
La cara de Cologne palideció un tanto, y solo Ranma lo vio. Taro le pasó
las vendas y un frasco pequeño lleno con una pasta de color blanco
verdoso. Con las manos temblando un poco, Cologne abrió el frasco, sacó
una porción del ungüento, quitó la compresa hecha con la manga de su
blusa, ahora empapada de sangre, y la tiró a la hierba.
—La herida es limpia, al menos —la oyó decir Ranma—. Los bordes están
parejos.
Empezó a esparcir la crema sobre la herida. Kima hizo un suave quejido
de dolor, y cerró los ojos un momento, antes de volver a abrirlos de
pronto.
—¿Saffron? —dijo.
—Está bien —dijo Ranma, bajando una mano y tocando ligeramente la piel
áspera de las esbeltas garras de la mano izquierda de Kima—. Está
conmigo.
Cologne ahora vendaba la herida.
—Esto adormecerá el dolor y ayudará a cerrar la herida.
—Bien —murmuró Kima—. Tengo que poder pelear. Ya casi llega.
—Tienes suerte de estar viva, insensata —dijo Cologne—. No entiendo ni
cómo sigues consciente.
Y volvió a llegar el aullido, de tan cerca que parecía ahogar todos los
demás sonidos. Ranma alzó la mirada para ver a un hombre de estatura
mediana, de pie a cinco metros de allí. Su rostro era joven, de tez
morena y cubierto de cicatrices, pero su cabello era gris como el acero
de una espada. Vestía un chaleco del mismo color que su cabello, y
pantalones negros. Parecía tener la ropa manchada de sangre, y no le
pareció a Ranma que fuese la propia sangre del hombre.
—Ranma Saotome —llamó este.
—¿Eres Galm, entonces? —dijo Ranma, poniéndose en pie.
—Lo soy —dijo el hombre. Parecía total y plenamente relajado—. Es hora
de irse, Ranma.
—Contigo no voy a ninguna parte —dijo Ranma, despacio.
—Entonces tendré que obligarte —contestó Galm, y se encogió de
hombros.
—¿Quién es este? —dijo Taro, llegando a situarse junto a Ranma.
—Ni idea —dijo Ranma.
—Cuidado —dijo Kima, apartando la mano de Cologne para luego
incorporarse—. Creo que no te puede herir a menos que trates de
enfrentarte a él.
—Pero te hirió a ti, ¿no? —dijo Ranma.
—Me sigue a mí, no sé por qué —dijo Kima—. No es humano.
—Por cierto que no —dijo Galm, casi como ofendido.
—¿Y entonces qué eres? —preguntó Ranma.
—Muchas cosas —dijo Galm—. Ahora, tengo que llevarte a Jusenkyo. En
ese momento, puedo proceder a jugar un poquito con la presa.
—¿Jugar? —dijo Taro, mirando con gesto de repugnancia las manchas de
sangre en el suelo donde Kima yacía—. ¿Esta es tu idea de jugar?
—Claro que no —dijo Galm—. Eso es solo el comienzo. ¿Nunca has visto a
un gato jugar con un pájaro?
Ranma se estremeció un tanto ante la mención de gatos.
—La verdad, no —dijo.
—Ah, es una delicia —dijo Galm, sonriendo—. Primero arranca un ala,
luego arranca la otra, y luego le da de zarpazos un rato. Siempre he
querido probar eso con algo que grite de verdad.
Ranma miró a la cosa que parecía hombre, la luminiscencia de esos ojos
dorados. Sentía un fuego golpeando en lo profundo de su cabeza, pero
parecía reprimido, sujeto como por una mano empuñada en su mente,
controlado, apenas, pero listo para desatarse. Y detrás de ese fuego, en
una profundidad tan, tan grande, la furia asesina del hielo, y dentro de
esta el vacío, la negrura. Y no sabía, si dejaba que esa negrura lo
envolviera, si podría salir de ella.
Se volvió, despacio, y se inclinó, poniendo a Saffron en brazos de Kima,
que seguía pálida y aún tenía sangre por el costado. Cologne le vendaba
la herida con atención, el gesto duro y concentrado. Parecía ignorar
deliberadamente a Galm, ignorarlo todo salvo la curación de la herida.
Kima recibió al niño y lo acomodó contra un hombro con un suspiro suave
y quedo. La mujer parecía menor, más niña, muy vulnerable. Ranma no
había notado antes lo joven que era; no podía ser más de diez años
mayor que él.
Ranma se puso en pie, y se volvió para mirar a Galm, que no había
cambiado de posición. Seguía de pie en el mismo lugar, relajado,
impávido, con los brazos cruzados sobre el pecho. Les sonreía. Sus ojos
relumbraban.
Por encima, las nubes de tormenta se acumulaban girando en espirales
grises. Ranma sentía el fuego rozar las orillas de sus sentidos, suplicando
liberarse tras tan largo encierro. Detrás de este, el hielo se empinaba
como una garra del ártico.
Empezó a avanzar, y entonces Taro lo adelantó, moviéndose veloz y
resueltamente, para luego adoptar una postura de combate distendida,
con las escamas metálicas de su chaleco y protecciones de los brazos
brillando al sol.
—Bueno —dijo Taro, con algo frío en la voz, algo anfurecido—. ¿Quieres
jugar, socio? Juguemos.
—Eso —dijo Ranma, llegando junto al muchacho mayor, mirando a Galm,
acariciando el fuego de su cabeza. Supo que el dragón bajo su camisa se
estaba moviendo; podía sentirlo, como una caricia eléctrica.
Hubo un nimio ajuste en la posición del cuerpo de Galm, casi imperceptible.
Luego se estaba moviendo, y Ranma y Taro se movieron juntos para
encontrarse con él. No, acaso, por razones del todo iguales, pero juntos
emprendieron el choque contra el perro infernal.
~ o ~
Dos voces, hablando, en una estancia de piedra.
—Ha empezado —dijo la primera, una voz arcaica y raída, con un dejo
de crueldad. Ausente de esa voz estaba la temblorosa senilidad que el
hablante adoptaba normalmente—. Tal como se ha presagiado.
—Por fin —dijo la segunda, una voz joven, profunda y poderosa, de
palabras formadas con elegancia—. Hemos esperado. Hemos hecho
cuanto se pidió. Ahora se nos da lo prometido.
—El amo trabaja despacio —dijo el primero—. Pero su obra se cumple
siempre.
La segunda voz rió. —Suenas como los necios que hablan de Saffron
como nuestro dios.
—Nuestro señor don Saffron es todo lo que de él se dice, y muchísimo
más —dijo la primera, y esta vez en la voz había una indignación fría—.
Cuídate al hablar de él, joven. No es un niño que llora en la cuna. No te
conviene causar su ira.
—Cuídate tú al hablar conmigo, viejo —dijo la segunda voz—. Tampoco te
conviene causar la mía.
La segunda persona alzó la mano, y hubo un crepitar, como de fuego
apareciendo de la nada.
—Y tu fuego no te salvará si causas la ira del amo —dijo la primera voz,
y se rió, un cacareo vetusto, desagradable al oído—. Tampoco te salvará
si causas la mía.
La mano bajó, despacio. El fuego se apagó de súbito.
—Me necesitas —dijo la segunda voz, con un tono de resentimiento casi
pueril—. Yo no te necesito a ti.
—Insensato —dijo la primera voz, despreciativa—. Me necesitas. No
tienes la cabeza ni la paciencia para hacerlo solo.
La segunda voz hizo tuvo un momento de silencio rabioso, luego habló:
—Algo de razón tienes. Sé mis límites.
—Y yo los míos —dijo la primera—. El pueblo necesita un rey.
—Y el rey necesita un consejero —dijo la segunda—. Alguien que se
encargue de las minucias.
—Y por eso nuestro amo nos necesita —dijo la primera—. Para
encargarnos de las minucias.
—Veo al cuervo en sueños, ¿sabes? —dijo la segunda voz con tono
añorante—. Tiene alas más grandes que los mares. Su fuego es más
negro que la medianoche. Sus ojos son los pozos que quedan cuando las
estrellas se apagan. Su garras podrían alzar una montaña.
—Está bien, entonces —dijo el primero—. Que venga. Que las llamas se
apaguen por fin, y que el Rey de Cenizas sea el soberano del Monte
Fénix.
Y rió, como una cuchilla raspando piedra, y un momento después se le
unió la voz joven y fuerte del segundo.
~ o ~
Taro y Ranma asestaron sendos golpes a Galm de forma casi simultánea,
Ranma con una patada voladora, Taro con una combinación de
puñetazos cortos a la parte baja del torso. Galm se agachó por debajo
de la patada, paró los puñetazos de Taro cruzando los antebrazos, y
retrocedió unos pasos mientras los dos avanzaban de nuevo hacia él.
—Trata de no estorbarme —dijo Taro—. O te puedes ir a sentar.
Ranma ni siquiera respondió. No había espacio para provocaciones, ni
para responder a provocaciones. Él era fuego, un fuego frío como el
hielo, furia pura, impoluta. Su cara y manos eran agujas y alfileres, y
sentía el corazón martillearle dentro del pecho, y era apenas capaz de
aferrarse al control. Cologne estaba de pie cerca de Kima, con una
postura preparada para recibir a Galm si conseguía sobrepasar a Ranma y
a Taro. Kima tenía en brazos a Saffron, mortalmente pálida, el ala herida
caída hacia un lado y ella sentada en el suelo, dando la impresión de ser
apenas capaz de mantenerse derecha.
Ranma lanzó una patada a la sien de Galm, y el hombre de ojos dorados
la atrapó y giró, usando el movimiento para eludir el golpe lanzado por
Taro y dejarlo pasar, luego tirar la pierna de Ranma, quitándole a este el
equilibrio para estrellarlo contra el costado de Taro. Los dos tambalearon,
casi cayendo.
—Te dije que no me estorbaras —dijo Taro entre dientes, y luego se
separaron cuando Galm embistió a Taro desde el costado, abrazándose a
su torso, y salieron los dos a tumbos por el suelo. Aterrizaron con Taro
de espaldas y Galm sobre él, y una mano alzada al aire. Había un puñal
en ella, largo y corvo, y el filo interno de la hoja era aserrado y brutal.
Ranma estaba corriendo, pero el puñal ya bajaba. Taro apresó la muñeca
de Galm con ambas manos, gruñendo con el esfuerzo de parar el golpe;
Galm le dio un mazazo en la cara con la mano libre, y Taro se impulsó
arqueando la espalda para quitarse al hombre de encima, estrellando a
Galm contra el suelo al levantarse, con la cara ensangrentada.
Galm estuvo de pie un instante después, y luego Ranma estuvo sobre él,
llegando en una patada contra la mano que asía el puñal; el arma salió
volando por el aire. El otro pie llegó al girar Ranma el cuerpo para dar
contra la cara del hombre; Ranma usó el golpe para contraimpulsarse e
impactarlo de nuevo al girar hacia el otro lado.
Galm recibió los golpes como si hubieran sido de un niño, se abalanzó con
los dientes descubiertos y agarró a Ranma por el cuello de la camisa. Se
lo acercó a rastras e impactó la frente de Ranma con la suya, luego lo
levantó y arrojó contra Taro, que se acercaba. Taro esquivó y acometió
con puños duros al esternón y pecho de Galm, terminando en un golpe
con el talón de la mano, que le hundió a Galm la nariz en la cara. El
hombre de pelo gris no hizo el menor sonido de dolor.
Con la cabeza doliendo por el ataque de Galm, Ranma miró desde el suelo
donde había caído, para ver al hombre apresar cada brazo de Taro y
abrírselos hacia los lados, para hundir un brutal rodillazo en el estómago
del joven. Pero Galm aún lo tenía sujeto de los brazos, y alzó a Taro por
sobre su cabeza, apretándole los brazos contra los costados. Taro le dio
un rodillazo en el rostro, causando más daño a la ruina de la nariz
fracturada del hombre, pero luego Galm se giró y azotó a Taro de cabeza
contra el suelo. Taro se contorsionó en el último segundo, recibiendo el
impacto con el hombro, y evitando por escasos centímetros un cuello
fracturado.
Ranma acometió contra Galm; el hombre dejó a Taro tirado donde estaba,
y dio contra la cara de Ranma un golpe de fuerza increíble. Continuó, a
pasmosa velocidad, con agarrar a Ranma por el hombro y apuñearlo de
nuevo en la quijada, y luego otra vez. Los dientes de Ranma castañeaban
con cada impacto, y vio con horror que Galm ya no tenía la nariz rota, ya
no le corría sangre por la cara. Sus ojos dorados fosforescían.
El hombre no peleaba con ningún estilo que Ranma pudiese reconocer de
cuantos había visto. Era horrorosamente veloz y de una fuerza inmensa,
pero no parecía tener ninguna técnica más que la sola virulencia.
Pero con eso, reconoció Ranma, ya le iba sobradamente bien.
Aún sujeto por Galm, Ranma sintió que se le doblaban las piernas, y vio a
Taro levantarse del suelo y venir hacia Galm desde atrás. Galm eludió el
golpe agachándose y subió a Ranma, aún sujeto, para recibirlo; Ranma
sintió el puño de Taro chocarle contra un pómulo, antes de que Galm lo
arrojara lejos y girara, irguiéndose de la posición acuclillada que había
adoptado, para luego hundir un puño en el estómago de Taro. Lo asió por
la garganta cuando este se dobló, envolvió con las manos el cuello del
muchacho y empezó a aplicar presión. Los ojos de Taro se desorbitaron
un tanto, y subió las manos para intentar hundir los dedos en los ojos de
Galm. El hombre movió la cabeza para quitarla de alcance, y alzó del
suelo a Taro con un sádico gruñido de placer.
Y Cologne estuvo de pronto allí, cayendo desde gran altura para chocar
contra la espalda de Galm, un pequeño pie sobre cada hombro. El largo
rastrillo bajó para cruzar de cortes la cara del hombre, una vez, luego
una segunda, por sus manos, luego la mujer saltó en el aire con una
voltereta hacia atrás, mientras Galm lanzaba a un lado a Taro y se volvía
contra ella.
—¿Qué le has hecho a Samofere? —dijo Cologne, sosteniendo su arma
como una vara, cruzada por delante del cuerpo.
—¿El viejo? Le quebré la garganta y lo dejé para que se ahogara en su
propia sangre —dijo Galm, con la misma emoción que hubiera usado para
describir la forma de matar una gallina. Las heridas causadas por Cologne
ya estaban cerrando.
Ranma vio la cara de Cologne ponerse completa, completamente blanca,
como una estatua hecha de hueso.
—Mentira —dijo la mujer, con la voz llena de un dolor tan desnudo que
era casi visible. Ranma intentó levantarse; vio a Taro hacer lo mismo.
—Me es muy difícil mentir —dijo Galm, con tono sincero—. Puedo, pero no
me sale muy bien. Pero digo la verdad. Le quebré las alas, las costillas, y
luego le pisé la garganta. Era viejo y débil, de todos modos. Merecía morir.
Cologne lanzó un grito de furia y corrió hacia él, con el rastrillo en alto.
Ranma le vio lágrimas en los ojos, angustia marcándole la cara. Se movía
tan rápido que era poco más que un borrón; una luz escarlata, fulgurante,
cegadora, le envolvía los brazos. Rodeaba el mango y cabeza de su rastrillo,
se derramaba por las púas y dejaba tras ella estelas como de un fuego
líquido. Su pelo fluía con la velocidad que llevaba. Galm trató de esquivar,
pero Cologne era demasiado rápida, demasiado, incluso para él.
Cologne blandió el arma en un fulminante arco diagonal, formando con el
extremo una hoja cortante hecha de energía ígnea más fina que el papel y
más filosa que una navaja. Alcanzó a Galm en el hombro, bajó abriéndole
el cuerpo, y lo partió por la mitad hasta la cadera. No hubo sangre; el
calor de la hoja lo había cauterizado todo, y de todas formas Galm no
sangraba mucho. La parte superior de su cuerpo cayó a la hierba, y los
ojos dorados se cerraron, con expresión atónita. Las piernas se doblaron
en las rodillas y se desplomaron, y el brazo aún adosado a los escasos
restos de tórax y hombro se sacudía espasmódicamente en el suelo.
Llorando, Cologne dejó caer el rastrillo, y el aura roja desapareció. Cayó
de rodillas y sollozó como si el corazón se le hubiera desgarrado en dos,
con el rostro hundido en las manos.
Ranma se puso al fin en pie, fue a tropezones hasta donde Taro, que,
sentado, acezaba y se sobaba el cuello.
—¿Estás bien? —preguntó con gesto cansado, mirando el lugar donde
Kima estaba sentada con Saffron, mirando el lugar donde Cologne lloraba
ocultando la cara en las manos, mirando el cuerpo partido de la cosa
llamada Galm.
Taro asintió despacio con la cabeza, y se volvió para contemplar el
cuerpo de Galm. Tenía sangre en la cara, debido a los puñetazos de
Galm, que le habían partido el labio. Tenía marcados en el cuello los
poderosos dedos del hombre de ojos dorados. Ranma vio los ojos de Taro
agrandarse de pronto.
—Ah, mierda —dijo Taro, y señaló.
La parte superior del cuerpo de Galm, la cabeza más un brazo y medio
torso, se arrastraba hacia la parte inferior. Los ojos estaban abiertos,
con un brillo áureo y espantoso. Los dientes que mostraba su sonrisa
eran muy, muy blancos.
—¡Cologne! —llamó Ranma, pero la mujer de pelo oscuro no hizo más que
seguir sollozando.
Ranma vio a Kima empezar a ponerse en pie. Vio la mano que había
quedado en una de las mitades de Glam asir la mano de la otra mitad. Los
dedos se sujetaron entre sí. Un miasma retorcido, una percepción de aire
confuso, deformado, ocupó durante los siguientes segundos el espacio
donde yacía el cuerpo.
Ropa gris, ropa negra, piel morena y cicatrizada, todos se superpusieron
y cruzaron durante un momento, y luego una forma gris estuvo allí sobre
cuatro patas, la cabeza alzándose por encima de la cintura de Ranma,
casi hasta su hombro. No era un perro, lobo o gran felino, sino algo que,
en cierto modo, tenía características de todos ellos. El pelaje era liso y
brillante sobre un cuerpo macizo y de músculos densos, la corta melena
del cuello, hirsuta y caótica, era de un gris más oscuro.
Su cabeza era muy desproporcionada, más del doble del tamaño que
hubiera parecido normal, los ojos dorados tan grandes como la mano
abierta de un hombre, las fauces de un tamaño suficiente para partir un
árbol grueso de una dentellada y aún tener espacio. Una espuma teñida
de rojo caía desde las fauces de la bestia al suelo, donde cada gota
hacía un chirrido quemante y bullía como ácido en la tierra.
La monstruosidad abrió el hocico y aulló, exponiendo tres corridas de
dientes triangulares de filo vivo, con caninos superiores que eran largos
como sables. El aullido que oyeran antes era un maullido comparado a
este. La saliva ardiente color de sangre voló por el aire al echar la bestia
la cabeza hacia atrás para gritar su furia al cielo. La luz del sol mismo
pareció opacarse bajo la fuerza de esa voz arcaica, ese grito feroz de
un hambre infinita, frenética, y tan vieja como la aurora del mundo.
—Ah, mierda —repitió Taro, y Ranma no pudo menos de concordar con
el muchacho por primera vez, porque aquel resumen lo decía todo.
~ o ~
El cuervo aterrizó junto al cuerpo arruinado y ensangrentado de
Samofere del Monte Fénix. El viejo aún respiraba, un sonido raspante y
ahogado, por su garganta destruida.
—Hola, Shiso —dijo con un hilo de voz—. Kima, ¿llegó?
—Sí —dijo el cuervo.
—Bien —dijo Samofere, con un sonido atragantado.
—Aún hay deber —dijo el cuervo—. No ha acabado.
—Lo sé —musitó Samofere—. Lo sé. Pero espera, amigo. Déjame
descansar. No soy lo que fui.
—Nadie lo es —dijo el cuervo—. No son lo que fueron ni lo que serán. Son
lo que son ahora.
—Muy bien —dijo Samofere, y rodó hasta ponerse boca abajo, obligando
a su cuerpo a moverse por entre el dolor de todos los huesos rotos, por
entre el suplicio de la tráquea destrozada.
Hundió sus manos en la tierra, extendió las alas cuanto pudo con tantos
huesos de ellas fracturados, y con ellas se cubrió el cuerpo y cubrió la
tierra, rozando el suelo con las plumas.
Y llamó, con la mente, con la voz, con el cuerpo y el alma, al seno de la
tierra, y más allá, a la roca madre, a la raíz de las montañas. Más allá de
la roca, al agua que corre en las entrañas de la tierra, de la más nimia
vertiente al más caudaloso río subterráneo, llamó, hondo, tan, pero tan
lejos, y el dolor era tan grande, tan grande el recuerdo de lo que él
hiciera alguna vez con su poder, tanto ocurrido desde entonces.
Y luego, de la tierra y las aguas bajo la tierra, vino una voz alzándose,
una voz trémula y tan profunda que era tanto sensación como sonido. El
crecimiento de las montañas, el deslizar de los continentes, de haber
tenido voz, habrían sonado así. Tras ella estaba la voz de los ríos, de las
aguas que subyacen a todo.
*Aún hay deber*, murmuró la tierra.
*No ha acabado...", resonaron las aguas, en una voz hecha de mareas,
de olas rompiendo en la playa.
—Lo sé —jadeó Samofere—. Lo sé. Pero preciso ayuda.
*Aún hay deber*, dijo la tierra.
*No ha acabado, no ha acabado...*, repitieron las aguas, y eran lluvia
cayendo en las montañas.
—Cologne me necesita —dijo Samofere—. Mi hermano me necesita. Otros
también. Por favor, preciso ayuda. Hace tanto que no uso mi poder.
Tenía miedo.
*Tu pecado se perdona*, llamó la tierra, luctuosa.
*Se perdona, se perdona, se perdona...*, dijeron las aguas, tristes.
—Lo sé —dijo Samofere—. Pero ¿cómo perdonarme yo?
Pero a eso, la tierra y el agua no podían dar una respuesta hecha de
palabras.
Empezaron a formarse grietas en la tierra donde yacía el viejo, diminutas
al principio, luego abriéndose más anchas. De la tierra bajo ellas, llegó el
sonido de algo ingente que se alza, el gran estruendo de algo líquido. La
tierra de movió bajo su cuerpo como una amante, y Samofere puso
contra ella sus labios ensangrentados y la besó, aspirando el olor a piedra
y a tierra, inhalándolo como a un vino selecto.
—Gracias —dijo—. Gracias.
*Aún hay deber*, dijo la tierra.
*Aún hay, aún hay, aún hay...*, dijeron las aguas.
Y entonces, en cien géiseres que proyectaron al aire chorros que luego
cayeron como una gran lluvia, las aguas surgieron de la tierra. Gélidas,
calándolo hasta el hueso, lavándole el dolor, y los huesos se le enderezaron
y unieron, y la carne y músculo se formaron nuevos, al llover las aguas
sobre su cuerpo.
Y al correr lo último del agua, para volver por las grietas de la tierra, para
reunirse con el gran río subterráneo que afluía hasta el Monte Fénix desde
Jusendo, desde donde había manado, Samofere fue sanado y transformado.
Estaba de pie, ahora humano, ya sin alas. Se quitó de la frente el largo y
abundante cabello castaño, con una mano joven y morena. El suelo
estaba regado de agua, bebida ávidamente por la tierra.
Shiso bajó del aire, donde había estado sobrevolando, y se posó sobre el
hombro ancho y joven de Samofere.
—Aún hay deber —dijo el cuervo.
—Lo sé, lo sé —dijo Samofere, subiendo una mano lozana para acariciar
el ancho flanco negro del ave—. ¿Nunca acaba, verdad?
—No aún —dijo el ave.
—Tanto tiempo —murmuró Samofere.
—Mucho y aun más —dijo el ave.
El cuervo ladeó la cabeza y miró hacia el cielo, y cuando habló a
continuación la voz era distinta, más honda, de más poder:
—Había una vez, en una época tan remota que ya es menos que
leyenda, dos hermanos, justos y sabios, los reyes de su pueblo. Uno era
rubio y hermoso como el alba, y el otro era moreno aunque no menos
bello, con la hermosura de un cielo estrellado. Regían con bondad, y las
vidas de sus súbditos eran dichosas.
—Y vino luego la unión prohibida —completó Samofere—. Y del amor más
puro nació un hijo del odio, que arrasó toda belleza, que quitó la vida del
más hermoso país de la tierra, que arrasó reinos bajo su pie y derramó
de su mano el polvo de las naciones. Y tan maldito fue su nombre que
no podía pronunciarse, y le llamaban solo el Destructor.
—Y nadie podía hacer frente a su poderío —dijo Shiso—. Y los dos
hermanos descendieron bajo la tierra, y allí encontraron un poder, y se
hizo una promesa. Erigieron en un monte dos estatuas, dos grifos para
traer el poder de bajo la tierra, y uno se llamó el Dragón, y el otro el
Fénix.
—Y tres días y tres noches —dijo Samofere—, los dos hermanos se
bañaron en las aguas llamadas desde el seno de la tierra, las aguas
infundidas con el poder de La Que No Debe Despertar. Y salieron, para
librar la guerra contra el Destructor, para que la Oscuridad no se
enseñoreara de los cielos ni de la tierra, ni de las aguas bajo la tierra.
—Y uno se llamó el Fénix —dijo Shiso, extendiendo las alas hacia los
lados—. Poder del aire y del fuego, de la luz, el calor y el viento,
originados en los confines mismos de la creación, para morir una y otra
vez, para renacer una vez tras otra.
—Y uno se llamó el Dragón —dijo Samofere, y ahora tenía alas de nuevo,
y nacían de su espalda, vastas y de plumas negras, proyectando una
sombra en el suelo ante él—. Poder de la tierra y el agua, del frío, el hielo
y la piedra, arrojado a la frontera de la aniquilación, para danzar sobre
ella mas nunca cruzarla, para vivir de forma eterna y no morir jamás.
Y entonces el Dragón abrió las alas, y las nubes se quitaron de la faz del
sol por un momento, y sobre sus alas brilló la luz en reflejos gloriosos del
azul profundo y lila que bordeaban sus plumas. El cuervo saltó de su
hombro y alzó el vuelo hacia el norte, y el Dragón le siguió, volando sobre
la tierra agrietada y bajo un cielo cubierto con nubes de tormenta.
Del norte llegó el aullido de algo arcaico, enloquecido por el deseo de
matar.
~ o ~
Antes de que Taro y Ranma pudiesen siquiera empezar a moverse, la
enorme criatura en que Galm se había convertido iba cruzando a grandes
saltos en terreno, hacia el lugar donde Cologne estaba de rodillas,
llorando en sus manos, pareciendo olvidada de todo salvo su dolor.
—¡COLOGNE! —gritó Ranma, empezando a correr.
La bestia atacó con una de las enormes zarpas delanteras, tan grandes
como la cabeza de un hombre, armadas de garras cruentas, engarfiadas,
tan largas como un dedo. Alcanzó a Cologne, la tiró al aire como una
muñeca de trapo al cortar las garras la ropa y carne de debajo. Vino la
otra zarpa, que arrebató del aire el cuerpo de la joven y lo contusionó
contra la tierra, apresándola. Las atroces fauces se abrieron, y Ranma
supo que no alcanzaría a llegar, y el corazón se le llenó de congoja.
Una espuma escarlata se roció de las fauces de Galm al aullar, y Cologne
gritó de sufrimiento y se retorció bajo la zarpa que la apresaba contra el
suelo como el gato apresa al ratón.
Ranma vio a Kima de pie, tambaleando, aferrando a Saffron. Subió un ala,
la que no estaba herida, y lo que sea que haya gritado se perdió casi del
todo entre la furia del aullido de Galm. El ala bajó, un borrón, y la mujer
alada se tambaleó hacia un costado, desequilibrada por su ataque, hasta
caer sobre una rodilla. Hubo un sonido estridente y tan agudo que casi
escapaba al oído, y el aire entre Kima y Cologne pareció replegarse al
paso de las cuchillas formadas por el Mizuchousenzanyoku.
Las cuchillas de aire alcanzaron a Galm como un vendabal filoso,
haciéndole cortes profundos en los flancos y pecho, que no parecieron
sangrar. Quitó la atención de Cologne, acezando como los bramidos de
un dios, las fauces chorreantes de rojo y abiertas de par en par, las
laceraciones de su carne ya empezando a cerrar.
Un resplandor de luz roja floreció en las manos de Cologne, y se inflamó
hasta ser una esfera que surgió impelida en un disparo. Galm salió
despedido, liberando a Cologne, y cayendo a tumbos por el suelo a cinco
metros de distancia, para luego ponerse en pie. Por entre los jirones de
su blusa, se veían marcas de garra en el costado de Cologne, heridas
profundas manando una sangre lenta. Cologne se volvió hacia Galm, con
la cara hecha una pugna entre la furia, la pena y el dolor.
—¡Quédate muerto, maldito! —la oyó gritar Ranma.
Cologne alzó la mano y la energía roja volvió a estallar, crepitando como
un rayo al azotar por el espacio entre ella y Galm. La bestia aulló y se
retorció de dolor bajo el ataque.
Y entonces cambió, tan rápido que apenas fue posible percibirlo. Hubo
una difracción, de aire fluctuando en torno a él como una onda calórica,
y luego había un hombre donde la bestia había estado. El poder carmesí
del ataque de Cologne le había dejado cortes en el cuerpo y extremidades,
pero avanzó, echó atrás el brazo y lanzó algo, con velocidad cegadora.
Ranma vio el puñal alcanzar a Cologne en el pecho, cerca del corazón.
La mujer cayó de espaldas; el poder de su aura se fue apagando de su
contorno, y el cabello le cubrió la cara al caer derrumbada al suelo, con
el cuerpo laxo, los ojos grandes de pasmo y dolor.
—¡NO! —exclamó Ranma yendo contra Galm.
Alzó una mano, desobedeciendo las advertencias de Cologne en cuanto
al uso de su ki, desobedeciendo el control, desobedeciéndolo todo. Sintió
lágrimas en los ojos. Se sentía frío, tan frío.
Un fuego azul rompió desde su mano, la furia de su alma hecha material,
angustia e ira manifestadas en poder. La detonación golpeó a Galm como
un martillazo, lo sacó impelido hacia atrás para estrellarse contra los
primeros árboles del bosque. Ranma oyó a los árboles partirse, los vio
caer, al impactar el hombre de pelo gris contra ellos, con suficiente
fuerza para romperlos.
—No se quedará en el suelo —dijo Taro por detrás de Ranma—. Necesito
agua fría. Ahí le puedo ganar fácil.
Ranma cerró los ojos, con gesto de frustración. Tenían agua en las
mochilas, a casi treinta metros de allí. Siempre parecía que, cuando más
la necesitaba, el agua fría o caliente lo eludía.
No había tiempo. Cologne agonizaba, o ya había muerto. Había luchado
contra algo que se había reconstituido luego de ser partido en dos. Veía
que Kima se había desplomado al suelo, superada por el esfuerzo de su
ataque. El llanto de Saffron se elevaba en el aire, el niño tendido junto a
aquella que con tanto celo lo había protegido.
Y una forma terrible de cuatro patas trepaba entre los restos de árboles
en el borde del bosque, ojos dorados encendidos cual faros, fauces
manchadas de espuma escarlata, total y absolutamente ilesa.
La bestia echó atrás la gran cabeza y volvió a aullar, imparable,
inconquistable, desafiante. Era un depredador y asesino de energía
imposible, una fuerza extrahumana de poderío salvaje y puro. ¿Qué
respuesta tenía él, Taro o incluso Cologne, qué respuesta tenían para
esta cosa, sino su debilidad humana?
Y entonces, como en respuesta al aullido, como contestando por ellos,
una voz de trueno llenó el cielo, profunda y resonante, como un gran
tambor, y Ranma sintió las primeras gotas de lluvia en la piel, antes de
que de la furia torrencial de la tempestad que se había estado formando
en las últimas horas se desatara en viento y ráfagas de lluvia,
percutiendo en la tierra, cambiando la forma del cuerpo de él.
Con agua cayéndole del flequillo a los ojos femeninos, Ranma vio a Galm
precipitarse al ataque, acelerando a cada paso, la saliva sangrienta
colgando en hilos de su hocico y marcando el camino tras él. El aullido
partió el aire, escindió el silencio y lo volvió nada.
Y vio Ranma la forma monstruosa, con pasos que sacudían la tierra, con
tentáculos, cuernos y pelaje hirsuto, de Taro en su cuerpo hechizado,
avanzando para ponerse ante Galm, emitiendo un aullido de contestación
que fue casi tan fuerte como el trueno, casi tan fuerte como el de Galm.
Dos bestias chocaron en combate, y Ranma se volvió hacia Cologne.
Se apresuró al lugar donde Cologne había caído, oyendo detrás lo que
seguramente era lo más cercano en el mundo físico a una fuerza
inamovible encontrando un objeto irresistible; casi tenía la certeza de
poder sentir la tierra temblar con la colisión de dos grandes cuerpos. Se
arrodilló junto la mujer caída. La sangre se mezclaba con lluvia y corría
hasta el suelo. La lluvia pegaba la ropa de Ranma a su cuerpo de mujer,
pero no le importaba, porque su interior era tan frío que no importaba.
—Cologne —dijo Ranma, mirando con gesto enfermizo el mango de hueso
del puñal, y la porción expuesta de la hoja, recta y de doble filo, no el
puñal corvo que Galm usara antes. Había alcanzado a Cologne en el lado
izquierdo del pecho, atravesando la seda negra de su blusa y el seno
bajo esta, sobre el corazón. La blusa estaba pegajosa de sangre.
Cologne estaba pálida como la nieve, su respiración imperceptible hasta
que Ranma puso los dedos contra el cuello de la mujer. El pulso era débil
y errático.
Cologne movía los labios, aunque tenía los ojos cerrados. Ranma se
inclinó y puso un oído junto a los labios de Cologne.
—El puñal...
—¿Qué?
—Tienes que sacar el puñal. Derecho y limpio, de un tirón. Creo que no
tocó el corazón. Pero está cerca.
—Cologne, yo no sé nada de...
—Eres lo mejor que hay en este momento. Pon una mano sobre mi
esternón, entre mis pechos. Tira del puñal lo más recto que puedas con
la otra mano.
—Cologne, no puedo tocarte ahí...
—Ranma —susurró Cologne—. No es momento para ponerse tímido. Ahora
¿me sacas el maldito puñal del pecho, o tengo que hacerlo sola?
Ranma podía oír a Taro y Galm luchar tras ella y Cologne, el aullido
bramante de Taro casi tan horrendo al oído como los aullidos de Galm.
Deglutiendo, sintiendo lágrimas correr por la cara, Ranma puso la mano
izquierda sobre el pecho de Cologne, donde la otra mujer había dicho.
Sintió las curvas sutiles y suaves bajo la mano, e intentó desesperadamente
no hacer caso de ellas. Se concentró en la humedad fría de la piel, la
respiración débil.
Envolvió fuerte con la otra mano el mango del puñal; el leve movimiento
hizo a Cologne soltar un quejido de sufrimiento, y los ojos se le abrieron
de par en par un momento, para luego volver a cerrarse.
—Hazlo —murmuró.
Ranma lo hizo.
El puñal salió, con un sonido peor que cualquier cosa que Ranma oyera en
su vida. Metal raspando hueso, el sonido mojado de la carne desgarrada.
La hoja era recta, por suerte, una suerte que parecía tan escasa. Oyó,
vagamente, un bramido de dolor cerca de allí, el sonido de algo
inmensamente pesado cayendo al suelo.
Cologne gritó, y de inmediato el grito se cortó en un espasmo de tos
atragantada. Sangraba por la boca, y Ranma tiró el puñal a un lado y
apretó desesperado las manos sobre la herida sangrante. No sirvió de
nada, absolutamente nada. Podía sentir el corazón empezando a
ralentizarse, sentir a Cologne dejar de respirar.
—No... —murmuró, con lágrimas cayendo mientras la lluvia caía en sobre
las dos.
Hubo un rugido, el sonido de madera astillada, otro bramido, con dolor
esta vez. Volvió a oír el aullido, cortado repentinamente al resonar por el
aire un sonido de quiebre.
—¡CARAJO, NO!
La lluvia le caía por la cara, mezclada con lágrimas, y estas caían sobre
el cuerpo de Cologne. Ya ni podía sentir el latido del corazón. La sangre
manaba ahora con increíble lentitud. Tenía las manos cubiertas de
sangre, y había también sangre en el pecho de Cologne, en su blusa y en
el suelo. En todas partes.
—No...
Se alzó algo suave cerca de allí, en un momento de silencio entre el
sonido del combate entre Taro y Galm. Era un silencio sin palabras,
inquisitivo.
Ranma volvió la cabeza, con la vista obstaculizada en parte por el
flequillo pegado a los ojos, el rojo de su pelo casi negro con el agua.
El infante que era Saffron yacía en la hierba cerca de allí, boca abajo.
Debía de haber gateado hasta el lugar donde Kima yacía inconsciente,
ahora con el cuerpo de Akane producto de la lluvia. Los ojos carmesí del
niño estaban vacíos de todo salvo una curiosidad simple, infantil.
Y cuando Ranma miró esos ojos, por un solo un momento, vio algo
devolverle la mirada. Algo oculto tras barreras tan formidables que jamás
tendría esperanza de escapar. Pero hubo un destello, un destello mínimo,
una chispa dorada bailando en el rojo de los ojos del niño.
No había forma de describirlo. Ranma sintió la angustia y zozobra, la
indefensión, desaparecer. Había un fuego encendido dentro de su
cabeza, no la furia, no el ardor gélido. Era algo hecho con la luz de un sol
suave, un fuego que abrigaba sin quemar, hielo que refrescaba pero no
entumecía. La lluvia había empapado las ricas vestiduras del rey y las
habían pegado a su cuerpo pequeño. Gotas de lluvia brillaban en su
cabello dorado, gotas de lluvia diamantaban en la joya que pendía en
medio de su frente, entre esos extraños mechones de pelo cano.
Y Ranma cayó en la cuenta, en ese momento, de cuál era el destino de
Saffron. Morir una vez tras otra, para renacer una y otra vez, ser un niño
eternamente, para calentar e iluminar el hogar de la montaña. Era su
propósito, su único propósito verdadero. Era un rey, y sin embargo era,
en verdad, poco más que un esclavo. Un esclavo bien tratado, pero
esclavo al fin. Y sintió Ranma en ese momento algo que nunca esperó
sentir por el rey del Monte Fénix, el que había estado tan cerca de
quitarle la vida a Akane, quitarle la vida a él mismo.
Elevándose en su alma, desde las más recónditas profundidades de su
ser, sintió una lástima tan grande, tan absoluta, que no había palabras
capaces de expresarla. ¿Cuánto tiempo, se preguntó, por cuánto tiempo
había sucedido así? ¿Cuántos años, siglos, milenios, se había prolongado
este ciclo de muerte y renacimiento?
Y en alguna parte, profundo, profundo, muy profundo en esos ojos rojos,
vio algo devolverle la mirada, algo que entendía, algo que sentía gratitud,
en este solo momento, por su lástima, por comprender.
Hubo luz dentro de Ranma, por todas partes, extendiéndose por su
cuerpo como el agua fluye para llenar el recipiente que la contiene. La
sintió, difundiendo desde algún lugar en lo hondo de sí, un rincón oculto.
La sintió emanar de sus dedos, puestos sobre el cuerpo inmóvil de
Cologne, sobre la herida atroz. Sintió un momento de vinculación, de más
intimidad que la que jamás hubiera sentido, al empezar la luz a difundir
por el cuerpo de Cologne. Sintió el jadeo anhelante de una respiración,
sintió la herida empezar a repararse, sintió la piel fría empezar a
entibiarse, sintió el latido del corazón empezar otra vez.
Y entonces oyó detrás un rugido triunfante, y se volvió para ver a Galm
quitarse con un salto de la débil resistencia del cuerpo desgarrado y
ensangrentado de Taro, para venir a toda velocidad hacia Ranma. La
bestia agachó la cabeza y simplemente le embistió; Ranma lo sintió como
el choque de un tren. Estrellas negras le estallaron en los ojos, y se sintió
volar por el aire, entre la lluvia torrencial que ya se aminoraba, y luego el
suelo se elevó como un martillo para encontrarle. El aire explotó de sus
pulmones, y cada hueso, cada centímetro de piel, cantaban de dolor.
Alzó la cabeza, débilmente desde el suelo, para ver al hombre de pelo gris
de pie junto a una Cologne inmóvil y el pequeño cuerpo de Saffron. Tenía
un puñal en las manos, una sonrisa bestial en la cara, una luz asesina en
los ojos, y luego solo hubo oscuridad.
~ o ~
La lluvia devenía en chubasco, allí en el claro del bosque, bajo la sombra
de las altas montañas, mientras Galm miraba en derredor. La gran bestia
en que el chico se había convertido seguía con vida, pero tan malherida
que no se movería en un buen rato. La chica en que Ranma Saotome se
había convertido estaba tirada a unos cinco metros de allí, incapaz de
levantarse. La mujer que había alcanzado con el puñal parecía haberse
recobrado, misteriosamente. Más alejada que los demás, la mujer de pelo
corto, vestida con la misma ropa de la presa y emanando el mismo olor,
parecía pronta a despertar, pero eso no importaba.
Nada importaba excepto el niño, el infante a sus pies. Tal vez era la
lluvia, que deslavaba los demás olores. Tal vez era la lucha, que aguzaba
sus sentidos más aun que de costumbre. Pero recordaba, ahora,
recordaba quién había sido este niño, y la gran voz que clamaba en su
cabeza, al romperse sus cadenas viejas y ser preso por cadenas nuevas,
sacado de la vasta oscuridad de su cárcel a otra cárcel, esta servidumbre
a quienes decidían llamarlo, las palabras de esa voz enloquecida, hermosa,
infinita:
*Libertad, libertad, libertad, cuando muera el niño luz*.
Pero sentía el olor, sentía la forma, y sabía que este no era un niño como
cualquiera. Sabía quién era este niño. Estaba en su naturaleza el tener
conocimiento de aquello que olía, de algunas de sus verdades más
profundas. No podía matarse fácilmente al niño, pero se podía matar,
para alguien entendido, como él.
Se inclinó y asió a Saffron de una mano, alzándolo del suelo. Dio algunos
pasos y se sentó, sin hacer caso del llanto del niño. No era mayor ni
menor distracción que el sonido suave de la lluvia que aún caía del cielo.
Tendió al niño de espaldas en la hierba, invirtió en las manos en puñal de
modo que apuntara hacia abajo, y cerró los ojos. Dejó que el instinto lo
guiara, el núcleo asesino que componía su existencia misma, la fuerza
cruel y feroz de su naturaleza. Aspiró los colores del olor del niño, que
ardía en sus sentidos.
La mano que no sujetaba el puñal bajó, asió el centro de esos mechones
simétricos de pelo cano abierto en la frente, y sujetó la joya que pendía
allí. Sí. El punto débil, la vulnerabilidad. Oculta a todos menos él, pero
existente.
El puñal se hundió. El niño gritó.
Con la otra mano, tiró de la joya. Era como tratar de mover un montaña,
imposiblemente pesada. Hizo fuerzas. Los músculos se acorrearon en su
brazo y hombro. Y despacio, despacio, la sintió empezar a soltarse.
Torció el puñal en el corazón del niño, sonrió, aún con los ojos cerrados.
El niño volvió a gritar, un punzante gemido de dolor.
Y luego, con un sonido como una implosión de aire, sintió ceder eso
de lo que tiraba con la otra mano. Abrió los ojos y vio lo que tenía en
ella. Una corona, de tamaño adulto. Era una banda trenzada de oro y
plata, con la forma de un ave en el frente. Las alas estaban abiertas
hacia cada lado, y dos largas colas de pluma descendían del cuerpo. En
el pico sostenía una cadena dorada con un brillante en el extremo.
Y el niño ya no estaba. En su lugar había un hombre con alas y cabello
dorado. El cabello caía hasta sus pies, cubriendo su desnudez, pero no la
gran herida en su corazón, producida por el puñal. Respiraba lento,
jadeante, con ojos de un escarlata pálido, casi cerrados por el dolor.
—¿Hermano? —susurró?—. Hermano, ¿qué sucede?
—No hay hermano aquí —dijo Galm, tirando a un lado la corona y
volviendo a alzar el puñal—. Solo yo. Solo yo. Y soy lo más lejos de un
hermano que pudieras encontrarte.
~ o ~
Ranma oyó gritar al niño, y consiguió volver a abrir los ojos. La lluvia
había bajado de intensidad en el rato que llevaba sin conocimiento, y
ahora eran solo unas pocas gotas que le caían encima.
Galm estaba arrodillado junto al cuerpo de un hombre alado y de pelo
dorado. Goteaba sangre del puñal de Galm, y tenía en la otra mano un
objeto brillante. Lo tiró y volvió a alzar el puñal.
Hubo un grito de furia y angustia, con la voz de Akane, y entonces Kima
embistió a Galm, con el uniforme blanco suelto en torno al cuerpo más
pequeño de Akane. El ataque fue inútil. Galm la apresó del cuello, la
elevó, aprestó el puñal...
—¡CORTA LAS CADENAS! —gritó una voz de muy lejos, vagamente
conocida, a medias recordada—. ¡CORTA LAS CADENAS! ¡ES LA ÚNICA
MANERA!
Ranma se levantó de un salto, sin entender siquiera. Hizo lo único que
pudo: despojarse de toda pretensión de control que hubiera mantenido,
hurgar dentro de sí y dejar que el instinto puro le dominase. Cerró los
ojos, y sintió el poder fluir por su cuerpo, un dolor ardiente, una luz
oscura, un fuego de hielo.
Unas líneas de luz se desplegaron en la negrura de su visión, una red de
plata, hebras rizadas de aire y tierra, la forma danzante de las nubes, la
cruel luminiscencia de la vida, las variables estructuras de la realidad, las
fuerzas internas del espíritu, el alma y el poder...
Y una cosa imponente llegó ante Ranma, una forma que era, de alguna
manera, más de una forma al mismo al mismo, un gran lobo con fauces
sangrientas, un hombre sosteniendo una báscula, una mujer amortajada,
una cosa hecha solo de bocas, tantas formas, que su mente no era
capaz de asirlas, algunas tan por completo extraterrenas, que no podía ni
empezar a comprender su significado...
Imagen se traslapaba sobre imagen, una decena de veces, cien veces, y
cientos de otras, cientos y cientos, todas a un tiempo, y eran verdaderas,
eran todas verdaderas. Y había una línea, un ancla, la hiriente irrealidad
de una oscuridad más allá del negro, como un corte en la tela del mundo,
extendida cruzando un abismo ingente, un vínculo, una cadena, un lazo.
Estiró Ranma la mano y cortó la cadena tan fácilmente como un cuchillo
corta mantequilla tibia. Sintió al hacerlo la frialdad imposible de la
cadena, el hambre inabarcable de un alma calcinada, solo un momento. El
hambre le lanzó dentelladas como fauces de acero, tratando de tragarle,
hundirle en ese frío horroroso, y supo que si caía en él no había regreso,
no había regreso a nada que fuese cálido...
Y con un esfuerzo de voluntad, y una resistencia silenciosa contra aquello
que le devoraba el ser, se extrajo desde el borde.
Abrió de súbito los ojos y vio Galm aún allí, con Kima en el cuerpo de
Akane, sujeta por el cuello y colgando sobre el suelo. Los ojos del hombre
eran masas de oro puro, sin pupila ni blanco, iris que llenaban el globo
ocular completo. En torno a él, el aire se retorcía como víctima de un
tormento.
—¡LIBREEEEEEEEE! —rugió, jubiloso, el hombre de pelo gris—. ¡LIBRE!
Empezó a mover el puñal.
—¡LIBREEE...!
Y entonces, él y el aire en torno a él parecieron desdoblarse, como se
desdobla un pájaro de origami para revelar solo papel en blanco. Por un
momento, el espacio que había ocupado pareció una inversión de sí
mismo, una imagen en negativo del vacío, y luego fue normal otra vez, y
Galm ya no estaba, un último rugido resonando en los oídos de Ranma.
Ya sin la mano apresándole el cuello, Kima cayó al suelo, tambaleándose
en los pies de Akane. El puñal corvo que Galm había portado, con el que
había apuñalado a Saffron, estaba enterrado de punta en el suelo, a los
pies de ella.
Ranma se puso en pie y se acercó, cruzando la hierba resbalosa de lluvia,
en la sombra fría de la montaña, entre la caricia suave de la lluvia que
caía. Kima tiritaba, envolviéndose con los brazos y llorando, mirando al
hombre dorado que yacía en el suelo. Debe de ser Saffron, se dio cuenta
Ranma. No podía ser nadie más.
Ver llorar a Akane, aunque en verdad no fuera Akane, hacía que algo le
doliera por dentro. Alargó la mano y tocó ese hombro tan conocido, vio la
tan conocida cabeza de Akane volverse, y la expresión de sus ojos era
totalmente ajena a Akane, desconsuelo y furia, y tan fría, tan fría.
—No me toques, terrestre —dijo Kima en un susurro rabioso—. ¿Que no
has hecho ya bastante? Mi rey se muere.
—Kima...
Un sollozo estremeció el cuerpo de Akane, esa cara tan de siempre
torcida de aflicción y esos ojos oscuros cerrados.
—Vete.
—Al menos ponte esto —dijo Ranma, quitándose la camisa azul con
botones de madera, con la camiseta bajo esta pegada a las curvas del
cuerpo femenino que tenía ahora, la forma falsa de Jusenkyo. El esbelto
cuello y elegante cabeza del dragón en su piel fluían por la curva superior
de su seno derecho—. Te va a dar una pulmonía, andando con ese traje
en esta lluvia. Y además te queda grande en ese cuerpo.
Kima no dijo nada, pero permitió que Ranma al menos le pusiera la camisa
azul sobre los hombros. Ranma se arrodilló junto a Saffron. Tenía un
aspecto muy similar al que había tenido de adulto la última vez que
Ranma lo viera, aunque ahora tenía el pelo del todo dorado, y ya no tenía
en la frente los mechones simétricos y la joya.
—Me lo enseñaste tú, ¿verdad? —dijo Ranma—. Cómo sanar a Cologne.
No sé cómo, pero fuiste tú. Gracias.
—De nada —musitó Saffron.
—¿Puedo...? ¿Puedo usarlo para ayudarte a ti? —preguntó Ranma.
—No —dijo Saffron—. La herida es muy grande.
—Perdón —dijo Ranma.
—Yo soy quien debe pedir perdón —dijo Saffron—. Aunque no espero que
lo des. Por lo que te hice a ti y a tu enamorada en mi otro cuerpo.
—No eras tú —dijo Ranma—. Ahora lo sé.
—Pero lo era —dijo Saffron—. Siempre fui yo. Podía ver, pero no detenerlo.
Ay, la Luz me perdone. Ay, hermano, perdóname.
—¿Hermano? —dijo Ranma.
—¿Está aquí? —dijo Saffron—. ¿Mi hermano?
Los ojos se le cerraron a medias, luego los volvió a abrir de pronto.
—¿Hermano? —murmuró Kima con la voz de Akane, allí arrodillada.
—Mi hermano —dijo Saffron—. ¿Está aquí?
—No sé de ningún hermano —dijo Kima—. Don Saffron. Perdóneme. Le he
fallado. No tengo perdón, pero se lo pido de todas formas, para poner fin
a mi vida sabiendo que su luz...
—Chssst —dijo Saffron. Miró a Kima, y Ranma se dio cuenta de que
Saffron sabía que era ella, que para esos ojos color rojo claro con pintas
flotantes de oro no era disfraz un cuerpo falso—. No podría pedir un servicio
mejor que me has dado. Ha llegado mi hora. Estaba predicho. Está hecho
por fin.
Cerró los ojos, y susurró sus siguientes palabras.
—¿Hermano?
—Aquí estoy —dijo una voz joven y fuerte por detrás de ellos.
Volviendo la cabeza, Ranma vio un hombre de pelo castaño, vestido de
túnica parda, con alas negras oscurecidas aún más por la lluvia. Sus ojos
verdes estaban colmados de pena. Tenía un cuervo posado sobre el
hombro.
—¿Samofere? —dijo Kima, con voz suave, llena de sorpresa.
El joven asintió.
—Lo explico después —dijo—. ¿Puedo hablar con mi hermano?
—Mejor voy a ver a Taro y a Cologne —dijo Ranma, concluyendo que
todo estaba tan enredado en este momento, que mejor trataría de
concentrarse en una cosa a la vez.
—Estarán bien —dijo Samofere—. Aunque temo que tu amigo bestial
sufrirá bastante dolor durante un tiempo. El perro lo hirió de gravedad.
Se dirigió a Kima, aún en el cuerpo de Akane:
—Kima, si tienes algo más que decirle a mi hermano, que sea ahora. Debo
hablar con él antes de que las fuerzas lo abandonen.
Kima asintió con la cabeza y asió una de las manos de Saffron con las
dos suyas. Ranma se percató con sorpresa de que eran humanas, no las
garras de ave que había tenido antes. Kima llevó la mano de Saffron a los
labios de Akane y la besó, delicadamente, con los ojos cerrados y lágrimas
saliendo por entre los párpados.
—Hasta siempre, rey mío —musitó, la aflicción doliendo en su voz—.
Perdóname.
Se levantó. Samofere la miró tristemente, luego se arrodilló junto a su
hermano. Shiso saltó de su hombro para aterrizar sobre el de Ranma,
moviendo con cuidado la cabeza para acariciar el pelo de la muchacha.
Hizo un sonido graznante, luctuoso, afligido.
—Lo que debo decir es solo para mi hermano —dijo Samofere—. ¿Tengan
la bondad?
Ranma asintió, y vio a Kima asentir un momento después. Echó a andar
hacia donde yacía el gran cuerpo de Taro, el pelaje apelmazado de
sangre y empapado de lluvia, los flancos subiendo y bajando despacio,
incapaz de moverse debido a las decenas de heridas. Dio un vistazo
hacia atrás, vio a Kima seguirlo, andando con las piernas de Akane,
llorando con los ojos de Akane, y con gotas cristalinas de lluvia brillando
en el pelo de Akane.
Tras ellos, dejaron a los dos hermanos, uno rubio y el otro moreno, uno
vivo y el otro muriendo sobre la hierba mojada de lluvia. Vio, antes de
quitar la mirada, a Samofere recostar la cabeza de Saffron en sus
piernas, y acariciarle la frente con los dedos, con tanta ternura y
delicadeza, con tanto amor, que fue doloroso verlo.
Y por encima, muy por encima, más allá de la vista de cualquiera desde el
suelo, la nube negra de urracas voló en círculos un momento más, y luego
salió hacia el Monte Fénix, para llevar las noticias de cuando habían visto.
~ o ~
Tres personas sintieron romperse el lazo que ataba a Galm, la destrucción
de la cadena de poder oculto que lo enlazaba a su servicio y a este plano
de la realidad. Las tres estaban muy lejos, del otro lado del mar, al oír en
sus cabezas, resonando en sus cráneos un rugido brutal como el asesinato.
Luego lo oyeron cortarse de súbito, al ser Galm regresado atravesando las
paredes entre los mundos, de vuelta al presidio del que antes escapara.
Dos de las tres personas pusieron un gesto agrio, sabiendo que su plan
había fracasado. Les compensaba en alguna pequeña medida lo que Galm
había encontrado por pura casualidad en Ryugenzawa. Pero eran
pacientes, y podían permitirse la espera. Otras oportunidades se
presentarían.
La última de las tres personas sonrió, empacando para un viaje. Había
hecho muchas grandes travesías en su vida; había estado en cada lugar
de la tierra, recorriendo toda su extensión. Supuso que este sería el último
viaje. Sabía lo que significaba el fin de las ataduras del perro infernal.
Como antes, salió al balcón de su cuarto de hotel y miró el paisaje
urbano de Tokio, y hacia el puerto, hacia el mar. Sus ojos azules era
duros, yermos, de un frío glacial.
Miró el horizonte largo rato, esperando, mirando, escuchando. Habría una
señal. Siempre había una señal, si la buscaba.
Por último, arriba en el cielo de la noche, vio una forma de plumas negras
y ojos amarillos describir un círculo amplio, y alzar su voz carroñera en el
aire, un grito que era como una risa. Lo pensó un momento, luego decidió
que era posiblemente un buen presagio.
Luego, despacio, vio caer del cielo hacia él algo más oscuro que el aire
circundante, un pequeño objeto que oscilaba al descender. Levantó una
mano para asirlo, y vio en su palma abierta, a la luz que se colaba por las
puertas de vidrio cerradas del balcón, una pluma negra y grasosa. Por un
momento, un juego de la luz la hizo parecer dorada, en vez del color opaco
que había tenido al principio.
Por encima, la urraca viró al oeste y remontó, alejándose, echando hacia
la noche un grito más. El hombre la miró un momento, luego devolvió la
atención a la pluma.
Y de pronto, no tuvo en la mano sino una mancha de ceniza con la forma
de la pluma, ceniza fría y muerta desde hacía mucho, como producto de
un fuego apagado hacía un siglo. Sonrió, por haber recibido una señal,
una que lo complacía en gran manera.
El Fénix había caído. Y cual fuese el rey que se alzaría de entre las
cenizas, él tenía fe en que se haría la voluntad de su amo. Abrió la mano
y dispersó la ceniza al viento, y rió, rió y rió, mirando la ceniza caer
desde la luz a las calles oscuras de abajo.
~ o ~
