Aguas bajo la tierra

Un fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum

Traducción de Miguel García

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Capítulo 14: Reyes de hoy y del futuro

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Formaban un grupo extraño sentados en torno al fuego, a la hora de la tarde en que las sombras se empiezan a alargar. La hierba seguía diamantando con la lluvia que había dejado la tempestad del mediodía al disiparse, cuando habían empezado a apartarse las nubes. El sol asomaba de detrás de las masas grises, vaporosas, proyectando por el aire una luz tamizada, sobre la llanura situada en el espacio entre dos montañas, con un bosque cerca, hacia el sudoeste.

Cologne se arrebujó más en su capa y tiritó un poco junto al fuego, mirando al grupo reunido allí. Estaba empapada hasta la piel, aunque se había cambiado la ropa rasgada.

Estaba Ranma, como mujer, vistiendo camiseta y pantalones, sentada en la hierba y mirando al agua calentarse en el cazo puesto sobre el fuego; Shiso estaba posado sobre su hombro, con los ojos negros y espejeantes absorbiéndolo todo. Kima, en el cuerpo de Akane, con la cabeza gacha y mirando la hierba, vistiendo la camisa azul de Ranma, sobre el uniforme blanco que quedaba grande a su cuerpo ajeno, más pequeño.

Pero los efectos que las aguas de Jusenkyo habían tenido en ellos dos palidecían junto a la forma que Taro tenía ahora. La gran bestia, resultante de la mezcla de cinco criaturas distintas, estaba sentada sobre los cuartos traseros, a cierta distancia del fuego. Había salido gravemente herido del combate contra la monstruosidad llamada Galm, pero había conseguido distraerlo el tiempo suficiente para permitir que Ranma salvara la vida de Cologne.

Y aunque Cologne se sentía agradecida, deseaba tener alguna idea de qué era lo que Ranma había hecho. Alzando una mano, Cologne se siguió ausentemente con los dedos la curva del seno izquierdo. Incluso a través de la tela de la blusa roja podía sentir la línea de la cicatriz. Hacía menos de veinte minutos, esta había sido una herida honda, causada por el puñal que Galm había arrojado. Desde allí, movió la mano hasta su costado. Las garras de Galm, en su inmensa forma de bestia, la habían abierto allí también. Había creído que los moretones que le habían quedado al ser impactada contra el suelo tardarían semanas en disiparse, pero ya no había nada. Ninguna marca, salvo por la cicatriz sobre su corazón.

No era el caso de Taro. La enorme criatura estaba cubierta de laceraciones causadas tanto por garras como por dentelladas, algunas casi hasta el hueso. Las heridas parecían ya encostradas, aunque Cologne no lograba entender cómo la bestia podía aún moverse. Uno de los ocho tentáculos que brotaban de su lomo no era más que un muñón desgarrado; dos habían perdido la mitad de su longitud. Los grandes ojos del monstruo con cabeza de toro estaban semicecerrados, y dejaba salir uno que otro sonido que podría haber sido de dolor. Pero se había levantado y acercado hasta allí por sí mismo.

Al ver más allá de Taro, la mirada de Cologne cayó sobre dos hombres a unos treinta metros de allí. Uno, sentado, con alas oscuras que relucían con gotas de lluvia. El otro, con la cabeza recostada sobre las piernas del hombre sentado, tenía cabello y alas dorados, y era, según había dicho Samofere, su hermano, Saffron del Monte Fénix. El viejo amigo de Cologne tenía mucho que explicar, concluyó ella.

Aún no hablaban. Galm dijo que había matado a Samofere. Ella le había creído, y la pena casi la había partido en dos. Y ahora Samofere había vuelto, vivo y joven. No podía tolerar el pensar en eso ahora. No podía pensar en eso, si quería seguir siendo quien era. Porque cuando Galm dijo que lo había matado, Cologne había sentido algo morirse dentro de ella, algo que no había vuelto del todo.

—El agua ya debe estar caliente —dijo Ranma, sacando a Cologne de sus ideas.

Ranma se levantó de su asiento, recogió de la hierba un cucharón, sacó agua caliente del cazo y se la vertió en la cabeza. Hubo un instante de distorsión, de transición, y luego Ranma era hombre otra vez, y se estrujó el agua de la trenza oscura, para luego acercarse a Kima y ofrecerle el cucharón. Kima lo aceptó sin una palabra, sacó agua del cazo y se la echó encima. Creció de pronto varios centímetros, su pelo cambió de negro a blanco, y la envergadura larga y amplia de sus alas rompió por la espalda de la camisa azul.

—Parece que arruiné tu prenda —dijo Kima con voz sin inflexión, desenredándose la camisa de las alas. Su expresión era prácticamente neutra, pero cada cierto rato una mirada a ella habría revelado un espasmo de aflicción o pesar detrás de sus ojos. Lejos de allí, en la hierba, su rey moría, con la cabeza sobre las piernas de su hermano.

Ranma suspiró. —Tengo más.

Recibió de ella el cucharón, y Cologne vio algo en la cara de Ranma cuando la mano del muchacho rozó la garra casi humana de Kima, una expresión por completo indescifrable. Sacó agua del cazo y miró hacia donde Taro descansaba, a cinco metros de allí.

—¿Quieres agua caliente, Taro?

La gran bestia alzó la cabeza, luego asintió despacio, antes de volver a hundirse un tanto en la hierba, con un grave sonido de dolor. Ranma se acercó, y Cologne se volvió para mirar a Kima.

—¿Lo sabías? —dijo la mujer alada, sentándose junto a Cologne—. ¿Lo de Samofere y Saffron?

—No tenía idea —dijo Cologne—. Ni la más mínima. Samofere tiene mucho que explicar.

—Muy cierto —dijo Kima, y suspiró.

—¿Y qué piensas hacer ahora? —dijo Cologne.

Kima sacó una risa amarga.

—No tengo la menor idea. Acabo de ser responsable indirecta de la muerte del rey, a quien juré por mi vida servir. Casi cincuenta personas me vieron salir de la montaña con la criatura que lo mató, que ahora desapareció sin dejar huella. Varias de las demás me oyeron hablar de llevarlo donde Ranma. Para serte franca, estoy tan completamente jodida que aún no puedo ni empezar a asimilarlo.

—Yo, por mi lado —dijo Cologne—, conseguí convencer a mi bisnieta de que me volví loca de remate. Tomé a un joven sumamente confundido, lo saqué de todo lo que conoce, y he causado la furia de su familia, amigos, y gran parte de la población femenina de artistas marciales de Nerima. He asegurado que si las integrantes de mi tribu se enteran alguna vez de mis actos, se me expulsará del consejo y se me exiliará de mi pueblo. Acabo de descubrir que la persona en quien más confío en todo el mundo por lo visto omitió informarme, en el siglo que tengo de conocerlo, que es hermano de uno de los seres más poderosos de los que yo tenga conocimiento. Optó también por no mencionar que por lo visto es capaz de cambiarse la edad, además de ser capaz de volver de entre los muertos, igual que su hermano.

Cologne soltó una risa muy corta, sin ningún humor:

—Así que, figúrate, estoy bastante jodida también.

Las dos mujeres se miraron un momento, ojos azules a ojos oscuros. La competencia de miradas duró apenas unos segundos. Cologne ganó, quizá por llevarle cerca de un siglo de ventaja a Kima.

Una sonrisa mínima torció al principio una comisura de la boca de la mujer de pelo platino, y luego se echó a reír incontrolablemente. Cologne se le unió un momento después, y era agradable. Refrescante, como si con la risa estuvieran, en cierto modo, librándose de la confusión y el horror de la última hora, en cierto modo haciendo menos temible el recuerdo del poder de Galm, y menos dolorosa la muerte de Saffron.

—Ay —jadeó Kima, semiatragantada de risa, con los ojos apretados—. ¿Qué diantres he hecho?

Cologne se inclinó hacia adelante y apoyó la cabeza sobre sus antebrazos, con el pelo cayendo en torno a la cara, tratando de reprimir las carcajadas.

—Por todos los dioses que conozco, no sabes las veces que me he preguntado eso mismo.

—¿Se volvieron locas, verdad? —dijo la voz de Ranma por detrás de ellas.

Las dos mujeres se volvieron y lo vieron allí, con la gran forma de Shiso sobre el hombro. Taro estaba junto a él, en silencio, otra vez como humano. Las heridas visibles en sus brazos descubiertos parecían haber encogido en proporción con el cambio de tamaño de su cuerpo, y en dicho proceso parecían haber casi sanado. Pero estaba pálido y demacrado, y muy enojado.

—No sé qué diablos encuentran tan chistoso —dijo Taro, casi gruñendo.

—Nosotras tampoco —dijo Cologne, sacudiendo la cabeza—. Nosotras tampoco. —Otro acceso de risa amenazó con sobrepasarla, pero casi lo contuvo del todo, mirando los ojos fieros de Taro.

—¿Qué diablos era esa cosa? —dijo Taro—. Juro que en la pelea le rompí el cuello un par de veces. Lo atravesé con un árbol y se volvió a levantar, se convirtió en hombre, se sacó el árbol del cuerpo y se rió de mí.

—Agradezco tu ayuda —dijo Cologne, consiguiendo por fin volver a la seriedad, al mirar las caras severas de Taro y Ranma—. Sin ti, no sé si lo hubiéramos podido detener.

—Si lo pudiste rematar tú, seguro es porque lo dejé bien machacado antes, ¿eh? —le dijo Taro a Ranma con una sonrisa a medias—. Te lo dejé en las últimas, ¿eh, chiquilla?

Ranma puso mala cara. —Sueña, Pan...

—Ranma, hazte un favor y cállate —dijo Cologne. Ranma se calló—. Yo tampoco sé qué era. Lo único que me importa en este momento es que parece que fue eliminado, o al menos expulsado de aquí.

—Expulsado es lo correcto —dijo Shiso, posado en el hombro de Ranma, sacudiendo un tanto las alas—. No es posible eliminar a un ser como él en este plano existencial.

—¿A un ser como él? —dijero Ranma y Cologne a coro, sin querer.

—¿Qué cosa era? —dijo Kima.

—Algo que nunca se debiera haber liberado.

Los cuatro se volvieron. Ninguno había oído acercarse a Samofere. Cargaba en brazos el cadáver de Saffron; las alas del difunto rey le envolvían el cuerpo como una mortaja.

—El Fénix ha caído —dijo Samofere, muy quedamente. Cologne le vio huellas de lágrimas en la cara, aunque no en los ojos—. Mi hermano tiene paz al fin. Debemos hablar.

—Sí —dijo Cologne, y asintió despacio con la cabeza al mirar la juventud restaurada de su viejo amigo—. Sin lugar a dudas debemos hablar.

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Ranma se acomodó en la hierba, frente a la hoguera, con Shiso en el suelo junto a sus pies, el pájaro silencioso y observador, los ojos oscuros como la noche, mirando a Saffron y a Samofere. Ranma miró al joven moreno y de enormes alas negras depositar en el suelo ante él, al sentarse, el cuerpo de Saffron. El rey del Monte Fénix parecía dormido, con los ojos cerrados, las alas envueltas en torno al cuerpo. Su aspecto era apacible, absolutamente distinto del enemigo despiadado que casi había matado a Ranma, que casi había matado a Akane.

Y con esos pensamientos, Ranma sintió una furia conocida elevarse dentro de él, pero esa furia acabó casi al momento de alzarse, al recordar la inconcebible profundidad del dolor que había visto en los ojos de Saffron, al yacer muriendo a causa del puñal de Galm, esa irradiación de culpa y quebranto tan grandes que Ranma había podido apenas empezar a comprender. Había implorado perdón, al final de su vida. Ranma esperó haber dicho lo suficiente para hacer entender al rey moribundo que aquel perdón se le otorgaba, o al menos que él se lo otorgaba.

Miró a Samofere. El parecido era evidente, en las proporciones del cuerpo y forma del rostro, aunque Saffron había sido rubio y Samofere era moreno. Pero en el físico, podrían haber sido gemelos, aparte del color, y de la ausencia en Samofere del gesto cruel que Saffron había tenido al conocerlo Ranma.

Cologne, sentada a su derecha, rompió por fin el aire de silencio que pendía sobre todo aquel lugar.

—Explicaciones, por favor, Samofere.

Tenía una frialdad en la voz, una distancia, advirtió Ranma. Recordó el llanto de Cologne al decirle Galm que Samofere estaba muerto. Había sido algo que él nunca hubiera esperado ver. Aunque mucho de lo ocurrido últimamente había sido inesperado.

—Pues, ¿por dónde puedo empezar, Cologne? —dijo Samofere, en una voz tan llena de cansancio, que pareció cargar el aire como un gran peso.

—No sé —dijo Taro desde donde estaba, sentado y echado hacia atrás, apoyado en los codos—. Podrías empezar por quién diablos eres, porque no tengo ni la menor idea.

—¿Por qué sigues aquí? —dijo Ranma, dando un vistazo de soslayo al muchacho mayor.

— ¿Prefieres que me vaya a Japón a charlar con tu prometida? —dijo Taro con gesto displicente.

—Se callan los dos —dijo Cologne, en un tono tan seco, que los dos se silenciaron al punto, aunque Taro le dio a la mujer de pelo oscuro una breve mirada de desagrado.

—Buena sugerencia, en realidad —dijo Samofere, pasando la mirada por el cuerpo de su hermano—. Que les diga quién soy. Ha... pasado mucho tiempo desde que le he dicho a nadie quién soy.

—¿En verdad eres hermano de don Saffron? —dijo Kima desde donde estaba sentada, a cierta distancia de los demás.

—Lo soy —dijo Samofere, volviendo a mirar a su hermano, y una oleada breve de tristeza pasó por su cara—. Gobernamos, mucho tiempo atrás, antes de que llegara la época oscura, antes de que el Valle de las Aguas fuera arrasado por el Destructor y sus seguidores.

—Entonces juro a ti mi lealtad —dijo Kima, poniéndose en pie para luego hincar una rodilla ante Samofere—. Por mi vida y por mi honor, he de servirte a ti, sangre de Saffron, hasta...

—Kima.

La voz de Samofere era suave, delicada, pero la tonalidad de mando, y el poder tras esta, era más dura que el acero:

—Levántate. No he pedido a nadie jurarme lealtad en cuatro mil años, y no voy a pedirlo ahora.

—Pero juré ante tu hermano —dijo Kima, con los ojos fijos hacia el suelo, un ala aún caída un tanto producto de la herida que Galm le hiciera en el hombro—. Y le fallé. No deseo otra cosa que redimirme en mi servicio a ti. Haré cuanto pueda para que te erijas como rey cuando...

—Kima.

Ranma vio algo parecido al dolor pasar por la cara de Kima, mirándola desde donde estaba sentado, y la joven no dijo más.

—No necesito que me juren lealtad —dijo Samofere—. No la requiero. Si tienes un juramento que cumplir, es el segundo que hiciste hace diez años. Servir al pueblo del Monte Fénix con toda tu capacidad, para protegerles de todo daño. Nada más es necesario.

—Sí, mi señor don Samofere.

—No soy ningún señor —dijo Samofere—. Ya no.

Ranma miraba en silencio, con Taro y Cologne, con el cuervo, la escena ante él, a la mujer arrodillaba y aquel ante quien se arrodillaba, y al cuerpo del rey muerto entre los dos.

—Levántate —volvió a decir Samofere.

Kima se levantó, y volvió a sentarse en el suelo. Su cara era una clase magistral de control, al mirar ella, rígida, hacia adelante.

—Aunque sí hay algo que puedes hacer por mí, Kima —dijo Samofere.

—¿Sí? —dijo Kima.

—¿Tendrías la bondad de contar la leyenda del Ave de Oro y el Rey de Cenizas?

—¿El cuento infantil? —dijo Kima, sonando incrédula.

—Los cuentos de niños muchas veces dicen más verdades que los cuentos de sus mayores —dijo Samofere.

—Ah, genial —dijo Taro, sarcástico—. Hora del cuento.

—¿No sabes callarte? —dijo Ranma.

—Mejor que tú —contestó Taro—. Las mujeres son siempre más parlanchinas.

—¿Por qué no compiten por ver quién aguanta más en silencio? —dijo Cologne, mirándolos a los dos de soslayo—. Eso, o les puedo presionar ciertos puntos del cuello y paralizarles la lengua.

Dándose miradas de exasperación, Ranma y Taro se tranquilizaron, y Kima empezó a hablar.

—Es algo que se les cuenta a los niños —dijo Kima—. Sobre los orígenes de Saffron. Solo un cuento, claro está. Hay muchos otros.

Cuando volvió a hablar, tenía en la voz un tono declamatorio, el sonido de una historia contada a partir del recuerdo de haberla oído.

—En el comienzo, había un gran huevo, cuyo cascarón estaba cubierto con una gruesa capa de hielo. Bajo el hielo estaba la tierra fría, y dentro de ella un fuego congelado, pues el frío era tan grande que todo estaba inmóvil e inmutable. Nada tenía vida, ni los pájaros, ni las plantas, ni los peces, ni el hombre. Durante mil días con sus noches, con cada día y noche siendo mil años a la manera en que hoy medimos el tiempo, el huevo yació en la oscuridad fría de la nada. Y entonces, un día, viniendo de un lugar tan alto y lejano que no se sabe si estaba al este, oeste, norte o sur, del firmamento cayó un pajarito sobre el hielo, un pajarito con alas doradas.

Ranma se acomodó un tanto, queriendo oír con más atención. El acento de las gentes del Monte Fénix traía reminiscencias del canto de los pájaros, con uno que otro chasquido o silbido colándose en el habla normal, haciendo a las palabras sonar sutilmente musicales.

—El pajarito miró todo aquel hielo, y no le pareció bien. Se tendió sobre el hielo y extendió sus alitas, que no eran más grandes que la mano de un niño. En algún lugar, en lo alto del firmamento sin estrellas, oyó una voz que se reía. 'Pajarito —le decía—. Pajarito, ¿qué pretendes? Eres muy pequeño para empollar este huevo, porque lo he congelado yo, para que la tierra no florezca, para que el fuego no arda, para que el viento no sople, para que el agua no corra. Tú eres tan pequeño, que no tienes esperanza de dar vida a este huevo'.

"El pajarito no dijo nada, y no hizo más que seguir calentando el huevo con su cuerpo, sin hacer caso de la voz en ese firmamento sin estrellas. Cuánto estuvo allí posado, dejando que el hielo se llevara el calor de su cuerpo, nadie lo sabe. La voz no dejaba de hablarle y tratar de convencerle de que sus esfuerzos eran en vano, pero el pajarito no hizo otra cosa que calentar el huevo, y a veces cantaba, cuando la voz del firmamento era más fuerte que nunca, o cuando el hielo era más frío que nunca.

Kima hizo aquí un alto, y alzó su voz en una canción por un momento:

*Puedes cubrir la tierra con nieve y hielo*
*Puedes helar las aguas que van por debajo*
*Puedes parar el viento y aquietar el cielo*
*Pero el fuego crece, y yo soy el fuego*

—Y creció, día tras día, pues cada día su tamaño era el doble, hasta ser tan enorme que un ala tocaba el borde oriental del firmamento sin estrellas, y un ala tocaba el borde occidental del firmamento sin estrellas, y el pájaro envolvió con esas alas el huevo y lo calentó. Su cabeza casi tocaba la cúpula del firmamento sin estrellas, y las plumas de su cola casi rozaban el fondo del firmamento sin estrellas. La voz se burlaba siempre de él, tratando de hacerlo cejar, pero él no cejaba. Y despacio, el hielo empezó a fundirse, y ni bien hubo desaparecido el primer cristal de hielo, la voz del firmamento dejó de hablarle. Pronto, fue visible la tierra que había bajo el hielo. Y el pajarito, que ahora era en verdad un ave de enorme grandeza, pasó sus alas por la tierra, e hizo canales que se volvieron ríos, y cavó grandes hondonadas que se volvieron lagos y mares, y con la tierra que de ellos sacó hizo los cerros y montañas. Y batió las alas, y los vientos empezaron a soplar, para agitar los mares, los ríos y los lagos, vientos que despertaran a las plantas y a los árboles y a todas las cosas que crecen, para que brotaran de la tierra.

"Y desde abajo llegaron los fuegos, y se mezclaron con la tierra, el agua y el aire, y el gran fénix de oro, que fue el primer Fénix, el Ave de Oro, revolvió con su pico la unión de los elementos, e hizo peces para que nadaran en los mares, y pájaros para que volaran por el aire, y animales para que anduviesen por la tierra, y a algunos les dio parte de él, la parte que había desoído a la voz que le había dicho siempre que dejara su obra. Y esos se convirtieron en la raza humana. Y a algunos entre estos, a quienes él juzgó más dignos, les dio alas de ave, para que pudiesen volar.

—Yo creí que era porque todos los del Monte fénix tomaban agua de Jusenkyo —interrumpió Taro—. Así decía la hija del Guía.

Kima le dio una mirada de enfado, sacada brevemente de su evocación:

—Solo es un cuento.

—En ciertas maneras —murmuró Samofere—. Continúa.

Kima engrifó un poco las alas, cambió muy sutilmente la posición en que estaba sentada, y continuó.

—Luego vio que el huevo había al fin hecho eclosión, y que la vida de este había aflorado, y creyó su obra terminada. Pero entonces volvió a oír la voz, que se había silenciado al empezar a fundirse el primer cristal de hielo. 'Pajarito, pajarito', llamó la voz. 'Ya no soy un pajarito —dijo el Ave de Oro—. Ya he crecido a mi tamaño completo, porque mi cuerpo anterior no era más que una sombra, y ahora soy a esa sombra lo que el sol es a la sombra de la luna'. La voz del firmamento sin estrellas se rió y dijo: 'Pajarito, pajarito, para mí sigues siendo pequeño, pues soy el Rey de Cenizas, mayor que tú por mucho. Ahora este juguete que has hecho me interesa. Dámelo, para poder jugar con él y complacerme'.

"'No lo haré —gritó el Ave de Oro—. Tú no has hecho nada. Yo he empollado este huevo desde que el hielo lo cubría. Cuando llegué, no era nada. No te lo daré'. Hubo un momento de silencio, y luego la voz dijo: 'Ah, pero, ¿quién crees que hizo el huevo?'. Y el Ave de Oro contestó con un momento de silencio y luego dijo: 'No importa quién lo puso, pues he sido yo quien hizo el trabajo. El huevo no era nada; solo era caos. Yo lo he convertido en algo, algo que no es caos. No te lo daré'.

"Y la voz del firmamento volvió a reírse, y entonces el Ave de Oro vio al firmamento moverse. Porque no había sido el firmamento, sino una gran ala, el ala de otra ave, muchas veces más grande que ella, tan grande que lo que ella creyera los cuatro rincones del cielo y la tierra no habían sido más que un ala de esta, extendida por el cielo. Y el Rey de Cenizas miró aquello que el Ave de Oro había hecho del huevo, con cada ojo tan grande como el sol, y dijo: 'Si no me lo das, entonces lo destruiré, porque yo no permito que exista nada que no me sirva a mí, nada que no sea mío'. Y el Ave de Oro dijo: 'No permitiré que hagas este mal'. Y el rey de Cenizas dijo 'No puedes impedirlo'.

"Y ahora el Ave de Oro se reía, y cuando hubo dejado de reír dijo: 'Ay, insensato, no tendrás este lugar al que he nutrido y dado vida, pues he de impedirlo así precise mi libertad y mi vida'. Y se elevó volando hacia el terrible rostro del Rey de Cenizas, y ardió tan fulgurante que el Rey debió huir, más allá del tiempo, hasta que el último resto del fuego del Ave de Oro se extinguiese. Y cuando el Rey hubo huido, el Ave de Oro cayó a la tierra, con sus fuegos vacilando, hasta estrellarse en una gran cavidad y yacer allí, incapaz de moverse, demasiado débil para hacer nada, porque había dado casi todo de sí para ahuyentar al Rey de Cenizas. Yació allí un tiempo indecible, y la tierra se desplazó a su alrededor y le sepultó, y los vientos le enterraron en arena, y las aguas le cubrieron. A su alrededor, el mundo al que había dado libertad continuó, mientras ella dormía un sueño similar a la muerte.

"Entonces, un día, un único hombre acudió a visitarle, un sabio estudioso, que había descubierto donde ella yacía. El hombre era de aquellos a quienes el Ave de Oro había dado alas tanto tiempo atrás. 'Noble Ave de Oro —dijo el hombre—, mi pueblo tiene frío, y vivimos en tinieblas. ¿Me puedes dar de tu fuego, para que podamos tener luz y calor?'. Y el Ave de Oro, que padecía dolor, se rió, y al principio el hombre tuvo miedo, pero luego el Ave habló, y el miedo del hombre desapareció, aunque lo reemplazó algo muy similar al temor. 'He esperado mucho tiempo a alguien que pidiera de mi fuego' —dijo el Ave—. Tómalo, y recibe la bendición de mi poder, para gobernar a tu pueblo, para llevar luz allí donde está oscuro, para llevar calor allí donde hace frío'.

Ranma se inclinó más hacia adelante, casi sin darse cuenta. No quería perder nada de lo que Kima decía, aunque nunca lo habría reconocido.

—Y el espíritu del fuego entró en el hombre, y el hombre se alegró. Luego dijo 'Pero y ¿qué sucederá cuando yo muera? ¿Acaso mi pueblo volverá a pasar frío en la oscuridad?'. Y el Ave de Oro contestó: 'No será así, si aceptas ser como yo, para arder con fuego hasta hacerte cenizas, y arder otra vez desde esas cenizas'. 'Lo acepto', dijo el hombre. 'Bueno es —dijo el Ave de Oro—. Ve y espera, y gobierna a tu pueblo, porque vendrá el día en que mi fuego se apague, y deba yo renacer de mis cenizas, y cuando ese día llegue, volverá el Rey de Cenizas, para trarar de apoderarse de todo cuanto existe'.

Kima respiró hondo, y se tocó el tabique de la nariz, antes de continuar:

—Así pues, el hombre partió, y fue a gobernar a su pueblo, y su nombre era Saffron.

Ranma cayó en la cuenta, muy lentamente, de que Kima lloraba, en completo silencio, solo unas pocas lágrimas que le caían por las mejillas, lágrimas que ella no parecía advertir.

—Es un cuento interesante, Kima —dijo Ranma después de un momento.

—Gran parte es leyenda —dijo Samofere—. Pero una parte, solo una parte, contiene fragmentos de verdad. Mi hermano y yo fuimos bajo Jusendo, donde el Ave de Oro yace presa. Nos dio poder.

—¿Entonces es de verdad? —dijo Ranma.

Samofere asintió. —Así es. Tiene muchos nombres, y es objeto de muchas leyendas. Mi pueblo le dice el Ave de Oro. Para las Joketsuzoku es Ba Jin Feng, "Los ocho vientos de oro". Los Musk le llaman La Que No Debe Despertar.

—¿Y qué es? —preguntó Taro.

—Un dragón, tal vez —dijo Samofere—. O un fénix. Ambas cosas se asemejan a lo que ella es. Pero son solo nombres. Solo nombres. Ella es ella.

Ranma miró de reojo a Cologne, notando el silencio extraño, palpable, que provenía de la mujer, y vio en la cara de la Cologne el mismo dolor que cuando, en el Palacio del Dragón, había hablado con esta acerca de lo que había bajo Jusendo. La cara de Samofere era pesarosa también, al igual que la de Kima.

—¿Y qué pasa con ella? —dijo Ranma—. ¿Por qué cada vez que algunos de ustedes habla de eso, parece que el alma se les estuviera partiendo?

—No... No podrías entender —dijo Cologne con una voz ronca, como si las lágrimas fueran inminentes, apenas contenidas—. Sería como describirle a un ciego cómo es el amanecer, o a un sordo cómo es la música. No...

No continuó, solo movió la cabeza en gesto negativo.

—A ver —dijo Taro, tronándose los nudillos—, muy ameno el cuento, aunque no muy útil, al menos en lo que es indicarme por qué no debo ir a Japón a ver si puedo usar esta información para negociar un nombre nuevo.

—¿Te acuerdas de la cosa que te sacó varios pedazos? —preguntó Ranma—. Esa es la cosa que iría tras Akane y su familia si algo sale mal.

Taro hizo un gesto ceñudo:

—No les deseo mal. Pero igual quiero saber por qué esa cosa te perseguía a ti.

—Es un cuento largo —dijo Ranma, y se rió, muy amargamente—. Un cuento muy, muy largo.

—Más de lo que crees —dijo Samofere—. Mucho más.

Hubo un momento de silencio extraño. Ranma encontró que los ojos se le iban hacia Kima. Ella miraba al cielo, con aire pensativo. Los labios de la joven formaron alguna frase que Ranma no pudo oír. Él miró hacia el cielo también, al advertir que una sombra había caído en el lugar donde estaban, como si unas nubes hubieran cruzado por delante del sol, aunque vio que este no era el caso.

Vio a las urracas, como un mar negro en el cielo. Debían de ser miles, girando y remontando en una gran bandada, a casi cien metros de altura.

—Esto no es bueno —dijo Kima en voz queda—. Le dije a Xande que viniese por mí con tropas si no volvía en una hora. Parece que la hora ya se cumplió.

—Bueno, es fácil, ¿no? —dijo Ranma—. Les decimos lo que pasó, les decimos que este tipo es hermano de Saffron, y listo.

—No es tan fácil —dijo Kima.

—No, no lo es —dijo una voz vieja desde donde Samofere había estado sentado. Ranma se volvió, y vio, en el lugar del joven recién llegado, al viejo que había venido antes—. No es fácil de ninguna manera. Los nobles harán lo posible por hacerse con el poder. Es muy difícil que crean lo que les digamos.

—¿No puedes hacerles una demostración de tu poder o algo así? —preguntó Ranma.

—Estoy agotado —dijo Samofere, con voz cansada—. Me costó casi toda la fuerza que me quedaba el contener al perro de presa lo suficiente para que Kima escapara y llegase aquí. Quedé casi muerto. Pude recobrarme solo un tanto. Es muy poco lo que puedo hacer en este momento. Y no serviría de nada si pudiera.

—Mejor nos vamos —dijo Cologne.

—¿Adónde? —dijo Samofere, sacudiendo la cabeza—. Yo no abandonaré a mi pueblo. Haré cuanto pueda por mantenerlo unido.

—También yo —dijo Kima—. No pienso irme. Les diré lo que pueda de la muerte de mi rey.

—Pero...

—Escucha bien —dijo Samofere, en voz muy baja—. Aunque no sé quiénes son, hay sirvientes de la Oscuridad en el Monte Fénix. No dejaré mi pueblo a merced de ellos.

Desde lo alto, las urracas empezaron a bajar. En el cielo del sur, podía verse otra gran bandada acercándose, con grandes formas aladas entre las sombras menores.

—Bueno, por mi parte, me largo —dijo Taro, poniéndose en pie—. Saotome, tranquilo, si me encuentro con alguien que quiera saber dónde andas, no te he visto, ¿sí?

—Gracias —dijo Ranma.

—No creas que te sale gratis —dijo Taro—. Quiero tu promesa de que me ayudarás a que me cambien el nombre si llega el momento. Y que harás absolutamente todo lo necesario para eso.

—¿Absolutamente todo? —dijo Ranma—. No me...

—Tranquilo —dijo Taro con una sonrisa a medias—. Prometo no exigirte nada que te mate. Aunque humillación si podría haber.

—Está bien —dijo Ranma, meneando la cabeza, ya sin cuidado.

—Dudo que alguno de nosotros vaya a ningún lado —dijo Samofere, señalando la bandada de urracas que descendía. Alcanzaban ya el suelo, en un círculo en torno a ellos, cientos de figuras de un color negro sucio, ojos amarillo brillante, entre uno que otro graznido.

—Unos pájaros no me van a detener —dijo Taro—. Solo necesito agua fría y...

—Te caerán encima —dijo Shiso de pronto—. Te picarán los ojos, las alas. Te cubrirán como una alfombra, y por cada uno que mates llegarán dos. Te derribarán, aunque mueran cientos en el intento.

—Son pájaros —dijo Taro—. No son tan astutos, ni tan valientes.

—Son de Xande —dijo Kima, y sacudió la cabeza—. Nunca imaginé que pudiera controlar esa cantidad. Pero sí, pueden hacer lo que dice Samofere.

—Yo tampoco lo imaginé —dijo Samofere poniéndose en pie, encorvado, pareciendo a todo el mundo un viejo, inclinado sobre el bastón—. Y no me gusta. Aquí hay algo que no está bien.

—Tampoco me gusta —dijo Cologne, levantándose a su vez para coger el rastrillo—. Parece que nada estuviera bien.

Ranma asintió. Su sentido del peligro le cantaba en la cabeza como una cuerda de harpa. Había una tensión en el aire, una pesadez similar a la que precede a una tormenta, aunque la tormenta ya había pasado y no quedaba de ella sino la hierba mojada, la dispersión de nubes grises en el cielo, y el cuerpo de Saffron en la tierra.

—Si alguno se mueve, disparamos —dijo alguien desde lo alto, una voz joven y fuerte, melodiosa y de tono perfecto. Sonaban alas por todos lados, y el suelo estaba en sombras, producidas por las alas de las urracas, y por las alas de la gente del Monte Fénix.

Cientos de urracas circulaban por el aire, cientos más estaban posadas en el suelo, formando un corro en torno a los cinco que estaban a su vez en torno al fuego. La gente alada aterrizaba ahora, entre las bandadas de urracas, y Ranma sintió crecer un frío por dentro, al ver que los habitantes del monte portaban en las manos la dureza metálica y simetría implacable que marca a las armas de fuego.

Los ojos de Ranma captaron al viejo que había sido el sirviente de Saffron durante el primer combate, encogido y encorvado, de gesto miope, cargado sobre el bastón. Junto a este había un hombre alado, alto, poseedor de la infrecuente clase de belleza que de tan grande parece artificial. Era él quien había hablado al aterrizar todos. Sus alas eran largas y carmesí, tocadas con diseños negros que casi semejaban rayos.

Ranma miró a Kima, como buscando explicación, y vio en la palidez de su cara partes iguales de pasmo y furia.

—Xande —dijo Kima, poniéndose en pie, para luego avanzar erguida, la cabeza en alto—. ¿Por qué has armado a las tropas con estas... aberraciones? ¿Y las lanzas, espadas y arcos de nuestra gente? Estas son armas de terrestres. No son las armas de nuestro pueblo.

—¿Eh? ¿Cómo dices? —dijo el viejo—. Helubor, muchacho, ¿qué dice Kima?

—No importa, Xande —dijo, con voz fría, el hombre alto que venía junto al viejo—. Kima, en nombre de la familia real, te separo de tus funciones, hasta que se haga una investigación de las circunstancias en que se produjo la muerte de don Saffron y la desaparición de mi padre, tío y primo.

—¿Cómo? —dijo Kima, con la voz un tanto estrangulada—. No sé nada de las otras tres personas.

—Pero sabes de la primera, ¿no? —dijo Helubor.

—Sí —dijo ella, sosegándose visiblemente—. Pero...

—Basta con eso, entonces —dijo Helubor, con un gesto displicente. Se dirigió a Samofere—. Plebeyo, quedas arrestado también. Terrestres, agradezcan que no los hago fusilar en el acto. Nos acompañarán también.

—Creo poder esquivar las balas —dijo Cologne por lo bajo—. ¿Y ustedes?

Hubo un chasquido fuerte, al aprontarse una treintena de armas para abrir fuego. A Ranma le pareció un sonido sorprendentemente persuasivo.

—Son armas de muy alta calidad —dijo Helubor—. Rusas. Sospecho que no tendrán problema en hacerte pedazos si quieres hacer el intento.

—¿A cuántos crees que podremos despachar antes de que nos den? —le dijo Taro a Helubor—. Yo diría que más de unos cuántos. Tal vez hasta a ti.

—De verdad me importa poco lo que les hagas a ellos —dijo Helubor con una encogida de hombros—. Hay más. —Alzó una mano que era una garra, con los dedos un tanto abiertos—. Y en cuanto a mí, encantado de verte intentarlo. Me fascinaría ver cómo te vuelan la carne de los huesos.

—¿Quién es este tipo? —le masculló Ranma a Kima, que estaba a un lado.

—Don Helubor —le contestó ella—. Un descendiente de Saffron.

—Era que no —dijo Ranma entre dientes, mientras Kima le hacía una seña con la mano, en ademán de hacerlo callar.

Kima devolvió la atención a Helubor:

—No tienes derecho de hacer esto, Helubor. Solo el canciller tiene la facultad de apartar al senescal de sus funciones, y...

—Bueno, Helubor dijo que sería buena idea —dijo el viejo, con voz trémula, alzando la cabeza un momento para mirar a Kima. Ranma vio la postura de Kima debilitarse de pronto.

—Ay, Xande, qué has hecho —dijo ella.

Era, se dio cuenta Ranma, una pregunta completamente retórica.

Helubor alzó una hoja de papel, cubierta con una escritura garrapateante, llena de bucles:

—Se me designó para servir en reemplazo tuyo mientras dure la investigación.

Kima abrió la boca como para decir algo, luego la cerró y agachó la cabeza, con los ojos cerrados.

—Sí, don Helubor.

—¿Eso es todo? —dijo Ranma, volviéndose a mirarla—. ¿Vas dejar que...?

—Por si no te das cuenta, humano, tal parece que nos tienen en cierta desventaja —largó Kima, señalando con una mano a los guardias armados.

—Bueno, es que parece que te estás rindiendo —le dijo Ranma—. ¿Por qué esás...?

—No cuestiones mis actos, terrestre. No tienes idea de qué estás hablando.

—Bueno, discúlpame por...

—Silencio, lombriz —dijo Helubor con tono perezoso.

Ranma miró de soslayo al hombre de rica vestimenta:

—No te metas, niño bonito.

Oyó a Cologne lamentarse en voz baja, oyó a Taro mascullar algo que no sonó halagador. La cara de Helubor pasó por varios e interesantes tonos de color y expresión en pocos segundos, arribando por fin a una especie de atónita indignación.

—¿Cómo te atreves a hablarme así, bicharraco de tierra? —dijo—. Te voy a carbonizar el corazón.

Volvió a levantar una mano. Ranma se tensó, se aprontó para moverse, recordando el fabuloso poder que Saffron había tenido. Si sus descendientes lo habían heredado, incluso en parte, no sería bueno.

—Por favor, don Helubor —dijo el viejo junto al alto príncipe, poniendo el bastón sobre el brazo de Helubor, presionando para bajarlo—. No hace falta la violencia.

—No voy a tolerar insultos de un humano —dijo Helubor con gesto iracundo, mirando al anciano consejero—. Xande, si crees que puedes...

—No hace falta la violencia —dijo Xande, con un duro tono de mando en las palabras por un momento, antes de volver a perderse—. Eh... ¿En qué estaba?

—Mira, yo no tuve mucho que ver en esto —dijo Taro, dirigiéndose a Helubor—. Así que creo que les conviene más a todos si dejas que me vaya.

—Al próximo terrestre que tenga la estupidez de hablar, hago que le acribillen las piernas —Soltó Helubor—. ¿Se entiende?

Hubo silencio.

—¿SE ENTIENDE? —gritó el príncipe, con la cara casi roja.

De nuevo, silencio.

—¡CONTÉSTENME, GUSANOS!

—Dijiste que los dejarías sin piernas si hablaban, ¿recuerdas? —comentó Kima resueltamente.

—Creo que entienden, don Helubor —dijo Samofere, con voz humilde—. No es su intención ofenderte. Los humanos no conocen nuestras costumbres ni a nuestra aristocracia. Hay un libro muy interesante de hace doscientos años, "El yo y la sociedad de...".

—Tú eres muy poco más que ellos, plebeyo, así conozcas los libros enmohecidos de la biblioteca —dijo Helubor—. Cuida tu lengua.

—Sí, mi señor.

—Helubor, estoy cansado —dijo Xande, en tono algo rezongón—. Soy un viejo. ¿Nos podemos ir a casa?

—¿A casa? —dijo Shiso, desde donde había estado posado, sin ser visto, en el suelo—. Ah, sí, maravillosa idea.

Con un batir de alas, el enorme cuervo se elevó y salió volando hacia el sur, atravesando la masa sobrevolante de urracas que oscurecía el aire.

La vieja cabeza de Xande se volvía de uno a otro lado, con las largas coletas de cabello saltando.

—¿Qué sucede? —-decía.

—Dile a tus pájaros que maten a esa cosa —dijo Helubor.

—Ah, sí, sí —dijo Xande. Se llevó una garra a los labios y sacó un fuerte chiflido—. Maten al cuervo, mascotas.

Ranma casi empieza a moverse. Lo detuvieron las armas apuntadas a él.

—¡Espera...!

Un centenar de formas negras más pequeñas cayeron sobre Shiso. El ave eludió con facilidad hacia un lado y atacó con pico y garras, haciendo a dos caer a tierra entre aleteos débiles; luego hizo una pirueta y esquivó, insólitamente ágil, la gracilidad hecha cuerpo en el aire. Los demás pájaros se le fueron encima a un tiempo e intentaron hacerlo bajar, pero no pudieron, y la velocidad de Shiso era muchas veces mayor a la de ellos. En momentos, estuvo lejos, el brillo de una forma negra en la luz cribada de la tarde, remontando hacia el sur.

—No importa —dijo Helubor. Se dirigió a Ranma—. Hablaste, basura de tierra. Te dije que no lo hicieras. Ya sabes la pena.

En el círculo de guardias que les rodeaban, dedos provistos de garras se tensaron sobre los gatillos. Los cientos de urracas en torno a los pies de los hombres alados que portaban las armas daban graznidos fuertes, contestados por el enjambre de sus hermanas en el aire.

—No es necesario —dijo Xande—. No es necesario, no lo es.

Despacio, las armas empezaron a bajar una fracción de centímetro. Helubor parecía casi incoherente de rabia, pero no dijo nada, mientras los guardias apuntaban sus armas al suelo. Helubor avanzó algunos pasos, hasta llegar a unos tres metros de Ranma, mirándolo con gesto furioso.

—Recuerda esta misericordia, sabandija humana —dijo. Sus ojos eran de un pardo rojizo oscuro, chispeantes, vivaces—. Sin duda el recuerdo te dará gran consuelo en los próximos días.

—¿Qué pretende hacer con los humanos, don Helubor? —dijo Samofere, acercándose un paso hacia Cologne.

—No sé quiénes son la mujer y ese —dijo Helubor, con un ademán del brazo en direción a Cologne y Taro—. Pero sé que este es Ranma Saotome. Aún debe pagar por la invasión a nuestro hogar, y por la muerte de nuestro rey.

—¡Nosotros no tuvimos nada que ver con eso! —dijo Ranma—. ¡A la cosa que lo mató la mandé yo mismo de vuelta al infierno del que haya venido!

—¿Te he dado permiso de hablar? —demandó Helubor.

—No voy a dejar que me acuses de algo que no hice —dijo Ranma—. Todos peleamos contra esa cosa. Hicimos lo que pudimos por Saffron. Lamento que haya muerto.

—¿Por qué? —dijo Helubor—. Ya una vez le quitaste la vida, humano. Pero esta vez no volvió, ¿verdad?

Ranma se encogió como si lo hubieran golpeado:

—Yo...

—Van a pagar por esto —dijo Helubor, dando una mirada a los cinco—. Incluso tú, Kima, si has tenido algo que ver en la muerte de nuestro rey.

De su tono de voz, Ranma se dio cuenta de que al príncipe le hubiera agradado muchísimo la idea.

—Sé que se me absolverá de todo error no deliberado en la muerte de Saffron —dijo Kima en voz queda—. Más allá de mi fracaso en proteger la vida de mi rey, jamás deseé que sufriera daño alguno.

—¿Entonces por qué lo trajiste donde estos extranjeros? —dijo Helubor—. ¿Por qué lo has...?

—Vamos a casa, Helubor —rezongó Xande—. Estoy cansado. Quiero dormir una siesta. Las preguntas las podemos hacer después.

Helubor dio una mirada de soslayo al viejo, y Ranma vio una mezcla de repulsa y, extrañamente, algo similar al miedo en la cara del joven cuando le habló al viejo:

—Muy bien, Xande. Hay que dar en el gusto a los viejos, a fin de cuentas.

—¿Y? —murmuró Taro, avanzando unos pasos hacia Ranma—. ¿Peleamos o no?

—¿Contra treinta rifles?

—Sí, son muy pocos, ¿verdad?

—Da igual, solo necesitan un disparo que llegue. Y no sé qué tan bien puede esquivar Samofere con ese cuerpo tan viejo.

—¿Y a quién le importa? Tú y yo nos podemos largar, fácil.

—No voy a dejar a nadie aquí.

Taro suspiró y sacudió la cabeza. —A veces hay que abandonar a la gente, sabes.

—¡Me pareció decirles que no hablen! —vociferó Helubor, mirando hacia los dos.

Ranma y Taro se volvieron a mirarlo y presentaron caras inocentes.

—Solo discutíamos nuestro deseo por colaborar en todo con tu distinguida persona —dijo Taro con total sinceridad.

Helubor sonrió. —¿Lo ven, hombres? Hasta a los perros humanos se les puede adiestrar para que respeten a sus superiores. Tal vez convierta a este en mi mascota.

Aquello causó carcajadas, aunque algo forzadas, entre los hombres armados. Xande soltó una risita seca que devino en un acceso de tos.

Ranma vio el puño de Taro apretarse hasta que los nudillos se pusieron blancos. Del muchacho emanó un gruñido profundo, grave, casi inaudible.

—¿Sabes algo, Taro? —murmuró Ranma, muy bajo.

—¿Qué? —murmuró Taro igual de bajo.

—La actitud de este tipo me cae peor que la tuya.

—Vete al diablo.

—Ya que los dos parecen disfrutar tanto la compañía del otro, sin duda les agradará mucho el próximo rato juntos.

—¿Qué? —dijeron Taro y Ranma a coro, mirando los dos hacia el sonido de la voz vieja y agrietada de Xande. Había en esta un dejo de humor malicioso, casi oculto.

Hubo un brillo plateado en el aire frente a los dos, la forma imprecisa de un esferoide oblongo que se ondeaba y torcía, y luego estalló como una flor. El corazón de Ranma se detuvo un momento al recordar los huevos que habían apresado a Shampoo y a su padre, y luego un hilo de plata, más fuerte que el acero, se envolvió en torno a su muñeca derecha como un grillete. Vio que había como dos metros de holgura entre el lugar donde el hilo estaba adosado a su brazo y el otro extremo, adosado al brazo de Taro. La sensación de los hilos que le envolvían la muñeca era similar a la de los hilos que había producido Saffron, pero más elásticos, aunque no más escapables.

Tras él, pudo ver a Helubor de pie cerca de Cologne y Samofere, estirando el brazo como si acabara de lanzar algo, y un cordón de plata idéntico al que lo enlazaba a él y Taro encadenaba ahora a los dos viejos amigos.

—¿Qué diablos es esto? —dijo Taro, dando un jalón con la muñeca y causando que Ranma casi se cayera contra él.

—Kima, ¿qué es esta cosa? —dijo Ranma, mirando a la alta mujer alada.

—No lo sé —dijo ella—. Se parece a los hilos que producía Saffron, pero...

—Son muy escasos —dijo Xande, como medio dormido—. Hubo que reunir pedazos de los hilos de Saffron durante años para producir estos. Saffron es... era un ser casi hecho de pura energía positiva. Por eso podía regenerar sus extremidades, arrancarse las alas y tirarlas, y así...

No siguió la idea, dio un gran bostezo y cerró los ojos un momento. Los abrió de pronto un momento después, y levantó la mirada, con los ojos duros y oscuros como el ónix:

—Solo fue cosa de invertir los umbrales —dijo en una voz fuerte, de mando—. La conversión alquímica fue de lo más simple, aunque la contención fue difícil. Perdí algunos sujetos de prueba, pero es el precio a pagar.

Murmuró algo por lo bajo, y Ranma lo miró con una especie de fascinación enfermiza. El vetusto hombre no había parecido ser más que un tonto con demencia senil, cuando había sido el sirviente de Saffron. Ahora era como si bailara sobre una línea invisible entre la coherencia y la chochera, frase por medio.

—Las teorías acerca del ki son fascinantes —dijo de pronto el viejo apergaminado—. La idea de lo negativo contrarrestando lo positivo, la existencia teórica de una forma de poner en contraposición dos tipos distintos de ki, y así anular del todo el...

Se interrumpió de pronto, y cuando volvió a hablar su voz era impaciente y quejumbrosa:

—Estoy cansado, Helubor. Vámonos a casa. Quiero dormir una siesta.

Con una sensación de frío en el fondo del estómago, Ranma intentó relajarse, trató de buscar en su interior, de encontrar los contornos de su energía.

Nada.

O no nada, no tanto así. Su ki era un pájaro en una jaula de hierro, el cadáver de un ahogado bajo un mar de cristal. Visible, definido, inalcanzable.

Sintió las extremidades pesadas como el plomo. Todo cuanto veía, olía, oía, parecía pintado en matices de gris, cuando antes habían sido de color. El aire parecía más espeso, como si la gravedad misma hubiera decidido dejarse sentir sobre él con mayor fuerza.

Dio un paso vacilante, y se sintió torpe, como un recién nacido. Toda elegancia y velocidad lo habían abandonado. Cada paso parecía una invitación a trastabillar, a quedar en ridículo.

—¿Qué cosa nos tiraste, vejestorio hijo de puta? —gruñó Taro desde su lugar junto a Ranma—. Quítanos esto, o te voy a...

—No harás nada —dijo Helubor—. Comparado a lo que eras capaz de hacer antes, los dos apenas podrán moverse. Antes podrían haber esquivado algunas balas. Hasta puede que no te hubieran herido demasiado si te hubiera alcanzado alguna. El flujo de ki fortalece la resistencia del cuerpo a las heridas, las hace sanar más rápido, aumenta la fuerza muscular. Ahora eso quedó anulado para ustedes, al igual que para la mujerzuela humana y el plebeyo.

—¿Supongo que no ves necesidad de hacérmelo a mí? —dijo Kima en voz queda.

—¿Adónde irías si quisieras huir? —dijo Helubor, y se rió—. Te conozco, Kima. No te irás. Contestarás nuestras preguntas.

—Lo que yo me pregunto —dijo Kima en voz baja, con hielo en la voz—, es quién será nuestro rey, ahora que Saffron no está. Supongo que te interesa el puesto, ¿no?

—Haré cuanto pueda por servir —dijo Helubor, y se encogió de hombros—. Ahora, creo que es hora de volver. Tenemos muchísimo que discutir.

Las urracas se elevaron al cielo, todas, una enorme sábana negra que cubrió de sombra el suelo bajo todas ellas al volar hacia el sur, con el batir de sus alas resonando en la cabeza de Ranma, como una marcha funesta.

—Andando —dijo Helubor—. Xande, hazlos encarcelar en las secciones inferiores. Que los hombres se lleven el cuerpo de Saffron. Yo me quedaré un rato aquí.

Se pasó un agarra por sobre los ojos:

—Quisiera llorar un momento en el lugar donde cayó mi ancestro.

—Se nota que no da más de pena —masculló Taro.

Uno de los guardias alados apretó el cañón de su rifle contra la espalda de Ranma.

—En marcha, terrestre.

Luego de un instante, Ranma y Taro obedecieron. Parecía lo único factible.

Hacia el sur, reverberaba el grito destemplado de las urracas, mil voces proclamando algo incomprensible, aunque en ellas se presintiera algo atroz.

~ o ~

Cuando se hubieron marchado todos menos él, Helubor sonrió y dejó salir una carcajada breve. Miró la hierba, sobre cual Saffron había sido asesinado. El sirviente lo había hecho, la mano de su amo sobre la tierra. Lo había visto, en sueños, como había visto muchas otras cosas: el gran lobo con el sol entre sus fauces sangrientas. Sostener en manos humanas una corona, que sabía destinada a su cabeza. Una serpiente de trece cabezas con los colores de arcoiris, las cabezas mordiendo el aire y gruñéndose unas a otras. Alguien que era una sombra, salvo por ojos que ardían de un azul gélido, como la orilla exterior de las estrellas. Todos ellos serían sus sirvientes, todos ellos y más.

Y sobre todo ellos, una gran forma negra, de ojos como estrellas partidas, con alas de tamaño suficiente para barrer con planetas a su paso, luciendo una corona, negra cual ceniza. Y a un costado de esta, él, Helubor, coronado también, rigiendo la tierra en nombre del Rey de Cenizas, pronunciando la gloria de sus palabras.

La inabarcable y brutal belleza del humo y la ceniza le habían hablado una única vez, en el primer sueño, antes de enterarse siquiera de la farsa de Xande, siendo poco más que un niño. Había volado más alto de lo que jamás podría despierto, más alto que las montañas, hasta alcanzar, le pareció en el sueño, las estrellas. Todos los países de la tierra se habían extendido ante él, todas las montañas, los bosques, ríos y lagos, todas las ciudades de la rastrera, detestada humanidad. Y por doquier, los hombres y mujeres, con alas o sin ellas, se inclinaban ante él, amo de todos.

*Sírveme, y todo esto será tuyo. Pregona mi nombre y mi gloria desde las cimas, y pondré ante ti todas las riquezas del mundo*.

Se extrajo del grato recuerdo, y miró el entorno. Perdido en evocaciones, sus pies lo habían traído aquí, a este punto. Había manchas de sangre en este lugar del suelo, donde Saffron había sido muerto.

Clavado de punta, un puñal corvo, de aspecto sádico, surgía del suelo como una flor de acero, con su antiquísima empuñadura de hueso. Sonriendo, Helubor lo extrajo, y se lo guardó en el cinto.

Y allí estaba, unos pasos más alla: una diadema de oro y plata con un fénix engastado al frente, una gema pendiendo de la cadena dorada que el ave sostenía en su pico. Tan antigua como el puñal, igual de bella a ojos de él, tirada en la hierba como un juguete.

Se acuclilló, la recogió del suelo, y miró en derredor. No había ojos por ninguna parte. Nadie que abrigara sospechas, no aún.

Despacio, se acomodó la diadema en la cabeza. Le ajustaba como hecha para él. Sintiendo fresco el cintillo de metal trenzado contra la frente, cerró los ojos y se dejó llevar por las visiones del poder que sería suyo. El largo puñal era una presencia leve y cálida contra su muslo.

—El rey ha muerto —susurró, pensando en las multitudes ante él, en las riquezas del mundo cedidas a él, en los reinos despedazados a sus pies, y en la ceniza de urbes dispersas desde sus manos—. Larga vida al rey.

~ o ~

Les llevaron a una estancia de piedra, haciéndoles subir largas escaleras por una entrada oculta, cercana al pie del Monte Fénix, luego por pasadizos secretos, hechos de piedra también, con lámparas que ardían en las paredes con un frío fuego azul. Todo intento de hablar, los guardias lo habían respondido con culatazos de rifle en la espalda o la cabeza. A Ranma le dolía el cuerpo. No debía haberle dolido. Ningún golpe tan débil debía haberle dolido. Y si alguna cosa llegaba a herirlo, sabana con rapidez increíble.

Pero no ahora. Podía sentir las marcas que dejaba cada golpe, podía sentir la fatiga en los músculos de sus piernas, producto de la larga caminata al Monte Fénix y el largo ascenso por las escaleras. Taro iba en silencio, una presencia rabiosa a su derecha, la cara fija en una expresión de ira pura. Había recibido de los guardias aun más golpes que Ranma, antes de optar por callarse. Kima iba más adelante, con un guardia armado a cada lado, las manos tras la espalda. Detrás de él y Taro caminaban Cologne con Samofere; Cologne silenciosa como una sombra, Samofere jadeando.

A la cabeza iba la silueta encorvada y marchita del viejo que había sido sirviente de Saffron, al que Kima llamaba Xande. Se detenía cada par de minutos pareciendo desorientado, y en cada pausa tanto los guardias que lo rodeaban como los prisioneros se quedaban parados, pareciendo incómodos, y luego el viejo echaba a andar de nuevo.

La estancia en que les encerraron era diminuta, solo tres por tres metros, con una puerta metálica de unos cinco centímetros de espesor, que se abrió hacia adentro con un chirrido de goznes oxidados. Les empujaron dentro, azuzados por los cañones de los rifles, y luego la puerta se cerró. Se sintió fuera durante un momento el sonido débil de pisadas en el piso de piedra, alejándose, para luego perderse.

Ranma miró la estancia. En la pared brillaba una única lámpara de azul mortecino. Les habían quitado los bolsos, llevados por los guardias, además del cuerpo de Saffron.

—¿Y ahora qué? —dijo Ranma, sentándose pesadamente en el piso. Taro hizo lo mismo, manteniendo toda la distancia permitada por el hilo de plata que los unía.

—Un poco de agua fría en las manos y podría despedazar esta cosa, con o sin ki —dijo Taro.

—No te serviría de nada tener agua fría en las manos —dijo Samofere con voz cansada, tumbado contra la pared bajo la lámpara, sentado junto a Cologne. La luz azul daba a su piel un aspecto extraño, enfermizo—. Los hilos cancelan el ki, y mientras sea así los hechizos de Jusenkyo quedan inhibidos. Nunca comprendí cómo sucedía. Tal vez tiene que ver con ajuste sufre el ki cuando ocurre la transformación.

—¿Cómo sabes tanto de esto? —dijo Ranma.

—Porque yo escribí los libros que usó Xande para hacerlos —masculló Samofere—. No estuve exactamente ocioso tres mil años mirando gobernar a mi hermano.

—¿O sea que en tres mil años nunca trataste de ayudarlo? —dijo Ranma—. ¿Nunca trastaste de...?

—¿Qué podría haber hecho? —restalló Samofere, pareciendo muy viejo, muy cansado. Ahora tenía encima el manto de la edad, tal como su hermano había vestido la sombra de la juventud—. ¿Alguna especie de revolución? ¿Tratar de abolir mil años de jerarquía social? Hice lo que pude. Esperé.

—Esperaste —dijo Ranma—. ¿Esperaste qué?

—Te esperé a ti —dijo Samofere—. Porque entonces mi hermano podría descansar al fin.

—Así que eso es —dijo Kima, desde su lugar, de cara hacia la puerta, con una mano apoyada contra esta—. Me hiciste traerlo aquí para que Saffron pudiese morir, ¿no?

—No —dijo Samofere—. No... No sabía que la muerte de mi hermano sería parte de esto. Lo que más me preocupa ahora es Helubor.

—Helubor es un necio —dijo Kima.

—Y yo no soy más que un viejo bibliotecario —dijo Samofere—. Helubor espera esta oportunidad desde hace mucho, creo. No sé qué ha sucedido con su padre, o Laelle, o Nakar, pero dudo que sea algo bueno.

—No sé cómo puso a Xande del lado de él —dijo Kima, meneando la cabeza.

—Yo tampoco sé ni me interesa —interrumpió Taro desde donde estaba sentado—. Me conformo con dejarlo tonto a patadas, y luego hacer que el viejo ese se trague su bastón.

—La venganza es una ambición vacía —dijo Samofere, volviéndose para mirar a Taro—. No nos conocemos. ¿Te llamas...?

—Taro —se apresuró a decir el joven, antes de que alguien más lo hiciera.

—¿Cómo te viste envuelto en esto?

—Tuvo la desgracia de aparecer aquí casi al mismo tiempo que nuestro agradable amigo del infierno —dijo Cologne, rompiendo su silencio—. Lo combatió con nosotros.

—Me defendí —dijo Taro con un resoplido nasal—. Mejor hubiera volado de ahí, de haber sabido que la cosa esa iba a revivir a cada rato.

—Exageras tu malicia —dijo Cologne suavemente.

Ranma concordó, en silencio. Taro no le caía nada de bien. No sabía si alguna vez le caería bien. Pero el muchacho mayor se había prestado libremente para luchar, luego de ver lo que Galm le había hecho a Kima, y Ranma había visto la ira en él. No podía menos de respetar esa ira, al menos por haber sido un reflejo de la suya propia.

—¿Y de dónde provienes? —preguntó Samofere a Taro.

Ranma suspiró suavemente. Mal territorio al cual entrar con Taro.

—¿Qué te importa? —dijo Taro con tono airado.

—Es de la aldea de los nombrados —dijo Cologne, escueta.

—Ah —dijo Samofere, y asintió—. ¿Y tu nombre de pila sería...?

—Qué carajo te importa mi nombre de pila —dijo Taro—. Qué carajo te importa el nombre de nadie.

—No puede ser tan malo —dijo Kima—. Es solo un nombre.

Taro se rió, sin humor. —No tienes idea de qué hablas.

—Recuerdo cuando se fundó esa aldea, ¿sabes? —dijo Samofere—. Hace unos... mil cuatrocientos años, creo.

—No dudo que te sabes muchas historias fascinantes, anciano —dijo Taro—. Pero seguro eres mucho más interesante que yo, o al menos mucho más viejo. Así qué ¿cuál es la historia tuya, eh?

—Ya se lo preguntamos —murmuró Cologne—. Creo que su respuesta fue hacer que Kima nos contara un cuento infantil.

—Cologne... —dijo Samofere, muy quedamente—. Por favor...

—Me mentiste —dijo Cologne, y la voz le sonaba dolida—. Durante más de un siglo.

—Puedo...

—No me interesa. Dinos la verdad, Samofere. Por una vez al menos, dínosla.

Samofere asintió:

—Lamento haberte engañado, Cologne. Pero...

—¿Debía hacerse? —dijo Cologne—. Ah, desde luego, te he oído decirlo muchas veces. Tal vez hasta te creí.

—Ah, por favor —dijo Ranma—. No hay tiempo para peleas. Nada más déjalo hablar, Cologne.

Cologne gruñó algo por lo bajo, y se dio vuelta, para no mirar a Ranma, ni a Samofere, ni a nada que no fuese la pared de piedra.

—Creo que todos menos tú —dijo Samofere, señalando a Taro— ya han oído esta historia, de alguna manera. El Dragón de Ryugenzawa se las contó, ¿no? ¿La del Destructor?

—Sí —dijo Kima—. Habló de él. Un poco.

—Y también debo hacerlo yo —dijo Samofere—. No... No lo recuerdo todo de mi pasado. Es por necesidad. No puedo contener cuatro mil años de recuerdos, tal como una cubeta no puede contener un mar. Tengo... He tenido que escoger, con los años, qué guardar.

—La memoria no funciona así —dijo Cologne.

—No la tuya —dijo Samofere—. La mía sí. No soy como tú, como tampoco lo era mi hermano.

—No —dijo Cologne quedamente—. Supongo que no lo eres.

—Estuve mil años desquiciado, ¿sabías? —dijo Samofere, moviendo fatigosamente la cabeza. Tenía la voz ensoñada, divagante—. Después de lo que pasó... Bueno, ¿quién no se hubiera desquiciado? Y tal vez yo quería estarlo, porque me permitía no enfrentar lo que había hecho...

—¿Qué? —dijo Cologne—. ¿Qué hiciste?

La voz de Samofere tiritaba. Tenía la piel pálida, sudorosa, la luz azul de la lámpara brillaba sobre él, exacerbando lo vacío de las curvas de su cara.

—Creímos que era bueno... Era nuestro amigo, como un sol entre nosotros, que nos bañaba con su refulgencia, con su belleza. Le acogimos entre nosotros, y el... nos robó. Todo. Nuestra madre muerta a manos de su lugarteniente, Wurdsenlin reducida a un erial calcinado... Mei... Mei, te lo ruego, perdóname. ¿En qué me he convertido?

La cabeza se le cayó hacia un lado, y algo como una convulsión le sacudió el cuerpo. Los ojos se le pusieron blancos en un momento, y emitió un quejido bajo.

—¿Samofere? —dijo Cologne, y Ranma le oyó miedo en la voz—. ¿Samofere?

Kima cruzó hasta el viejo, y se arrodilló para sentirle el pulso en la muñeca.

—Está... No entiendo. Tiene el pulso normal, pero...

Los ojos de Samofere se volvieron a enfocar de pronto, y pareció lúcido:

—La dualidad está rota. Mi hermano... tenía que irradiar energía para no peligrar. Yo tenía que absorberla. Lo único que nos tenía con vida, con poder, era la existencia del otro. Ahora que él no está, mi poder se vuelve en mi contra. Me está sorbiendo la vida.

—No... —musitó Cologne, y Ranma vio un dolor inimaginable cruzarle la cara un momento, para luego desaparecer.

—¿Qué podemos hacer? —dijo Kima, presurosa.

—Nada —dijo Samofere, y sacudió la cabeza. Volvió a convulsarse—. La transformación... Todo este tiempo, estuve equivocado. Teníamos que hacerlo juntos, pero... Ay, hermano, perdóname, por lo que te permití ser... Les exiliaste, a todos los que mandaste guardar vivo el recuerdo, les exiliaste después. Y yo mil años sumido en la demencia, mientras el sistema de castas crecía, mientras nos aislábamos y dábamos la espalda al mundo exterior... Y cuando desperté, tenía tanto miedo, porque aún recordaba, aunque quería olvidar...

Cerró los ojos, y cayó hacia un costado. Cologne lo alcanzó, y se puso sobre las piernas la cabeza de él.

Una sensación de desespero abrumó a Ranma. No podía hacer nada; no podía acceder a su ki, y, así, tampoco a cual fuese la técnica que había usado para sanar las heridas de Cologne. Y de todos modos, ¿de qué habría servido contra esto, contra este pacto de cuatro mil años, contra este espejo de luz y sombra ahora roto, hecho trizas por el puñal del perro de presa?

—¿Está...? —dijo Ranma.

—No —dijo Cologne, pareciendo sacar las palabras como por entre una barrera, mirando al viejo al que estaba atada con el hilo de plata—. Está dormido. Pero...

—Haremos cuanto podamos por él —dijo Kima—. Aunque dudo que sea mucho.

Taro no dijo nada, y solo miraba al piso. Tenía la cara sin expresión, del todo neutra.

Hubo un sonido de metal raspando, y en la puerta se abrió un panel, para revelar un par de ojos oscuros y nada más.

—Kima —dijo una voz honda y de tonos duros del otro lado de la puerta, al parecer emitida por el dueño de esos ojos—. Don Helubor y don Xande desean verte ya.

—¿Kavva? —dijo Kima, poniéndose en pie para ir hacia a puerta. Ranma hizo ademán de levantarse también.

—Sentado, humano —dijo la voz—. Solo Kima ha de venir. Tengo guardias conmigo.

La puerta se abrió, para revelar a un hombre alado de tez oscura y cabello oscuro, vestido con camisa y pantalones blancos. Lucía una pechera negra de bordes rojos, y llevaba al costado una espada larga y recta, con una empuñadura lujosamente alhajada. Tenía las alas tan oscuras como el pelo.

Ranma pasó un momento sin saber de dónde se le hacía conocido, y luego se dio cuenta. Se parecía a uno de los dos chicos que había ido a Japón con Kima. Koruma, así se llamaba.

Había media docena de guardias detrás del muchacho. Estos también portaban armas, y parecían listos para usarlas.

—Kima, debes venir conmigo ya —dijo el joven.

—Sí.

—"Sí, señor". Se te apartó de tu cargo. Tratarás con deferencia a todos los nobles.

—Sí, señor don Kavva.

No tenía nada en la voz, ni siquiera rabia.

Kavva paseó rápidamente la mirada por los demás prisioneros. Sus ojos se detuvieron en Samofere.

—¿El bibliotecario está enfermo?

—Sí —dijo Cologne—. Se...

—Mandaré buscar a alguien que sepa de hierbas —dijo Kavva, con voz tajante.

—Yo sé de hierbas —dijo Cologne—. Si me dan mi morral, puedo atenderlo.

Kavva la miró, inexpresivo.

—Nada de trucos, humana. Te traeremos tu morral, cuando terminemos de registrarlo.

—Gracias —dijo Cologne simplemente, mirando la cara pálida e inconsciente de Samofere.

—Solo porque es menos trabajo para nosotros —dijo Kavva—. Solo quiero que el viejo viva para dar su testimonio de quién le quitó la vida a mi rey.

—Nosotros no fuimos —dijo Taro.

—No te pedí la opinión, humano —dijo Kavva—. Kima, ven.

Se hizo a un lado para dejar salir a Kima al pasillo, luego cerró la puerta con un retumbo, y cerró el panel de esta, dejando a Ranma, Taro y Cologne con Samofere, que dormía.

—¿Qué vamos a hacer? —le dijo Ranma a Cologne.

Cologne alzó la vista y lo miró, con el peso de la edad reflejado en la oscuridad lozana de sus ojos, la longitud imposible de los años llevados detrás de esa cara joven:

—No sé.

—¿Qué? —dijo Ranma.

—Ninguno de nosotros puede acceder a su ki —dijo Cologne, con una voz lenta—. O sea que no tenemos modo de salir de aquí. Si saliéramos, no tenemos en estos momentos ninguna manera de liberarnos, o sea que somos vulnerables a cualquier cosa, desde una flecha hasta las encantadoras armas de fuego que al parecer la Tribu Fénix decidió andar trayendo. En mi vida he recibido más de una bala, Ranma. Es una experiencia que te aseguro no quisiera repetir estando así de vulnerable.

—Cologne...

—Más aún —continuó Cologne—, no puedo sino tomar en cuenta el que mi amigo más querido en este mundo está agonizando. Francamente, Ranma, por esta vez me quedé sin ideas. Pero si se me ocurre algo, te aviso.

Y cerró los ojos, se acomodó un poco la cabeza de Samofere en las piernas, y no dijo más.

—Carajo —masculló Ranma, luego miró de soslayo a Taro—. ¿Y tú qué dices?

Taro, sentado en el piso, cruzados de brazos y apoyado contra la pared, abrió un ojo.

—Yo digo que voy a dormir. Quiero estar bien descansado para cuando pueda estar solo con ese desgraciado de Helubor, sin cadenas raras ni rifles apuntándome. Tengo ideas muy interesantes y originales de cómo lesionarlo.

Luego cerró el ojo y sacó un ronquido suave, falso, poniendo fin a la conversación. Después de un momento, una sonrisa cruel le apareció en la cara. Hay gente que al dormir parece más inocente y plácida; Taro no era ese tipo de gente.

Ranma aspiró hondo, y se dio cuenta de que estaba cansado también. No debía estarlo; tal vez el sellado de su ki le había quitado energía. Sin levantarse, se desplazó por el piso hasta la pared, a poco más de un metro de Taro. Miró el hilo de plata que ataba a ambos, estirado a casi todo lo que daba. El que unía a Cologne y Samofere yacía enredado en el piso, brillando de un color plata azuloso a la luz de la lámpara. Echó atrás la cabeza para apoyarla contra la pared, y trató de pensar.

Pero el sueño se interpuso, y vino mucho más fácilmente que lo normal. En lo último que pensó fue en Shiso, volando de regreso al sur, escapando de las nubes turbulentas de urracas sucias, y aquel recuerdo le dio, aunque solo apenas, un mínimo fragmento de esperanza, de saber que al menos uno de ellos era aún libre.

~ o ~

La pértiga llegaba a la superficie del agua y penetraba en la membrana de esta. Cuando la gran vara tocaba el fondo, las manos la extraían del agua, impulsando la barca en la corriente del río. La barca no dejaba estela a su paso; solo la pértiga dejaba algún vestigio del viaje, diseminando círculos sobre el agua, arrastrados en segundos por la corriente.

Y seguía, bajo estalactitas largas, semejantes a garras queriendo arañar, junto a muros de piedra gastada por el tiempo y las aguas, cuando estas se elevaban hasta el cielo raso. Ya no. Los cauces habían cambiado, pero las aguas aún corrían, y eso era lo importante.

Quien guiaba la barca era de estampa alta, su vestimenta era una túnica, y una capucha suave le cubría la cara. Muy de vez en cuando, algo parecido a una estrella distante rutilaba en las profundidades negras de la prenda.

La barca seguía su rumbo, empujada por la pértiga, sujeta esta en las manos esbeltas de la figura vestida de negro. La barca, más que deslizar sobre las aguas, parecía casi suspendida sobre estas, pues no dejaba aún marca alguna de su paso, más que el rastro breve de la pértiga.

Sobre cada hombro quien guiaba la barca había posado un cuervo, el primero con ojos tan negros como una noche sin estrellas, el otro con ojos tan blancos como nieve recién caída.

La barca siguió su curso, flanqueada a la izquierda por el pensamiento y a la derecha por el recuerdo, y al centro la figura de túnica, sobre cuyos hombros descansaban los cuervos.

~ o ~

—¿Don Kavva?

El padre de Koruma se volvió un poco para mirar atrás, a Kima, que caminaba entre él y los guardias.

—¿Sí? —dijo el hombre.

Había costado, al principio, acostumbrarse a dar órdenes a un hombre sobre cuyas rodillas se había ella sentado cuando niña, pero, luego de diez años, Kima se había habituado. Y ahora volvían a como había sido antes.

—¿Cómo está Koruma?

—Dicen que estará bien —dijo Kavva después de un momento—. Tiene el brazo fracturado. Un ala luxada, tal vez. Posiblemente un traumatismo cerebral, pero leve.

—Me alegro —dijo Kima.

Kavva asintió con la cabeza en silencio, y siguió andando. La sección de montaña en que estaban era una de las sin uso, completamente deshabitada. Las lámparas de las paredes se habían encendido hacía poco, pero los pies de Kima dejaban huellas en el polvo del piso al andar.

—¿Hay algún indicio de don Laelle y don Nakar?

—No —dijo Kavva—. La última vez que se les vio, hablaban con Helubor y su padre.

—Y ahora han desaparecido todos menos Helubor —dijo Kima en voz suave—. Sospechoso, ¿no le parece?

Kavva se volvió a mirarla. El desprecio estaba apenas disimulado en su cara, tan fuerte que dolía mirarlo:

—Más sospechoso es que aquella que debía proteger al rey lo haya sacado de la montaña para entregárselo a extranjeros.

—¿Esa es la historia que andan repartiendo? —murmuró Kima, dirigiendo la mirada al piso, viendo las huellas que sus pisadas dejaban en el polvo. La marcha de los guardias tras ella no se alteró.

—Sí, es lo medular de una de ellas —dijo Kavva—. Andan muchas versiones encontradas. Los nobles tienen serias dudas, desde que vieron tu manejo de la transformación de Saffron. Esto no hace más que confirmar lo que temíamos.

—¿Qué temían?

—Se te ha sindicado como la responsable de que el mapa haya caído en manos del Guía de Jusenkyo y su hija.

—Entonces están muy equivocados —dijo Kima—. Todo lo que he hecho, todo el tiempo que he sido senescal, ha sido servir a mi rey y a mi pueblo. Si alguna vez he tenido que elegir entre ambos, lo he hecho lo mejor que pude.

—¿Y a quién servías cuando trajiste a la montaña al extranjero, al que hirió a mi hijo?

—Desconozco de dónde vino —dijo Kima, despacio—. Hay un poder maligno que desea apoderarse de Jusenkyo, don Kavva. Solo he visto una arista mínima de él, y lo que he visto me horroriza. Esta última semana he visto cosas que me han obligado a cambiar mi manera de pensar. Aquello que me persiguió, eso que hirió a su hijo, eso que mató a don Saffron, era proveniente de la Oscuridad. Era el mal hecho forma y andando por la tierra, y era solo el comienzo de lo que viene.

—Luego me dirás que has visto al Ave de Oro en sueños —bufó Kavva, meneando la cabeza. Por detrás de Kima, los guardias siguieron en silencio.

—No en sueños —dijo Kima—. Don Kavva... La caída de Saffron fue solo el comienzo. Alguien llevó el mapa al Guía y a su hija. Alguien les dijo que la transformación de Saffron destruiría Jusenkyo de manera permanente. Alguien quería sabotear la transformación.

—Sí —dijo Kavva, con la voz rezumando desdén al volverse de nuevo a mirarla—. ¿Quién sería, me pregunto?

—Hay traidores en el monte, don Kavva —dijo ella, desesperada—. Helubor y Xande han armado a las tropas con armas humanas...

—No a todas las tropas —dijo Kavva en voz muy baja, tanto que Kima tuvo la seguridad de que le hablaba solo a ella—. Solo a los leales a él.

—Don Kavva, ¿le parece necesario hablar tanto con una prisionera acusada de traición? —dijo uno de los guardias detrás de ella—. Con el respeto que se merece, mi señor, podría verse usted bajo sospecha.

—Tomo nota de tu sugerencia —dijo Kavva, con voz gélida.

—Sí, mi señor —dijo el guardia.

Había una traza, una levísima traza, de burla en las palabras del guardia.

—Me alivia enormemente el que Xande esté tan preocupado por el bienestar de las familias nobles —le dijo Kavva al guardia, aunque miraba a Kima—. Es una gran bondad de su parte insistir en que se custodie con guardias armados a mi esposa e hijo, y a las familias de los demás nobles.

—Sí, mi señor —dijo el guardia—. Una gran bondad.

Kima no pudo decir nada más después de eso. Era aun peor de lo que ella pensaba. Nunca le había caído bien Helubor; su arrogancia y pereza le repugnaban. ¿Acaso todo había sido una fachada para ocultar sus ambiciones? Era demasiado conveniente, todo esto, para Helubor. Kima sabía cómo, pero con toda seguridad Helubor contaba con la ayuda de Xande en esto.

Y recordó las palabras de Samofere, al estar todos sentados formando un círculo, mientras las urracas de Xande llegaban por miles. Había un sirviente de la Oscuridad en el Monte Fénix.

Y luego un segundo recuerdo, del Libro del Fuego y la Tierra "... por la indecencia vestida de vejez, por la locura oculta en la arrogancia...".

—Rey de Cenizas —murmuró, cerrando los ojos para combatir una punzada de miedo—. Ay, no. No esto. No esto.

Y cuando los volvió a abrir, Kavva abría una puerta de hierro, e, iluminado desde atrás por el azul de las lámparas que iluminaban el interior de la recámara de piedra y techo elevado, estaba la silueta alta, esbelta e imposiblemente apuesta de Helubor.

—Gracias, Kavva —dijo este, con su voz grata, melodiosa. Hizo un gesto a los dos guardias que escoltaban a Kima—. Guardias, lleven a don Kavva con su esposa e hijo.

Al salir Kavva, Kima no pudo distinguir si el gesto de odio que Kavva mostró fue para ella o para Helubor. Casi con toda seguridad, para los dos.

—Entra, Kima —dijo Helubor, retrocediendo hacia dentro de la estancia para dejarla entrar, y haciendo con la mano un ceremonioso gesto de invitación.

Kima entró. Los guardias la sigueron de atrás. Helubor cerró de un portazo.

Los guardias tomaron posición junto a las puertas, prestos a usar la funcionalidad cruel de las armas, mientras Kima miraba el entorno. Las lámparas ardían azules y proyectaban su luz por la estancia. Había una mesa en el centro, de piedra, con patas labradas a la forma de aves fénix que brotaban del piso de piedra desnuda. Tras la mesa había dos sillas, una ocupada por un Xande que parecía dormir, con el bastón sobre la mesa frente a él.

Frente a la silla desocupada había tres objetos: una corona de oro y plata entrelazados, con un fénix dorado que se alzaba en la parte frontal, sosteniendo en su pico una cadena desde la cual pendía una gema. Una caja dorada, con la imagen de un fénix sobre esta. Y un puñal corvo, con empuñadura de hueso, de filo aserrado y cruento, terrible como la muerte, antiguo como la noche, líneas filosas que brillaban a la luz azul.

Helubor tomó el asiento junto a Xande, y movió al viejo con una mano.

—Despierta, Xande.

—Ah, sí, sí —murmuró Xande, sacudiendo la cabeza. Abrió los ojos, que eran duros como la piedra—. Hola, Kima. Confío en que colabores.

—Sí, señor —musitó Kima por entre la sequedad de su boca.

—¿Tienes algo que preguntar antes de que empecemos? —dijo Helubor.

—Los demás miembros de la familia real —dijo ella—. ¿Dónde están? Sé que Laelle, Nakar y tu padre han desaparecido, pero...

—Una tragedia sobre otra —dijo Helubor, bajando la cabeza—. Mi abuelo ha fallecido hace apenas una hora, en sueños. Pero tenía ya más de un siglo, como sabes. Fanael y mi madre están en sus respectivas habitaciones.

Suspiró. —En cuanto a mi padre, primo y tío...

Estiró la mano derecha y dio un toque leve sobre la caja dorada ante él, con garras que chasquearon contra el metal:

—No me cabe duda de que andan por aquí cerca.

—¿Empezamos, entonces? —dijo Xande con una voz temblorosa.

—Sí, supongo que deberíamos —dijo Helubor.

Sonrió, exponiendo unos caninos agudos, largos incluso para un habitante del monte. La sonrisa no estuvo ni cerca de llegar a sus ojos, pues en estos no había espacio para nada más que un odio puro, virulento, triunfante.

~ o ~

Vio muchas cosas en sus sueños, con el ojo interior de la mente, imágenes pasando ante él en chispazos, pocos de ellos recordados después. Algunos se quedaban con él al despertar, imprecisos, a medio olvidar. Otros ya no estaban, cuando volvía a entrar en el mundo de la vigilia.

Quizá eran sueños. Quizá recordaba, fuesen ya recuerdos de futuros pasados, ya de futuros aún por venir. En el reino onírico, dentro del poder del sueño, hermano de la muerte, quizá nos acercamos todo lo posible a saber lo que no es conocible.

Las siluetas pasaban fugaces por su vista, una tras otra, cientos y cientos: un ángel de fuego con una bola de cenizas en la mano izquierda y una paloma sangrante en la derecha; una figura en blanco con piernas y brazos de porcelana sin detalles ni articulación, una cabeza de muñeca con ojos pintados de azul desde donde caía sangre como lágrimas; una mujer de pelo dorado atada a un pilar de piedra bajo el mar con su propio pelo usado a modo de cadenas.

Todas ellas, y muchas más, pero ninguna se quedó con él más que esas tres, salvo por una sola visión más, de una muchacha de pelo corto, envuelta en sus propios brazos y llorando, y, a diferencia de todo lo demás que había visto, esto lo conocía.

Akane, llamó en sueños.

Nunca, nunca, nunca, contestaron las mareas.

Akane, llamó de nuevo.

Nunca, nunca, nunca, respondieron las olas.

Akane, llamó, por tercera vez.

Nunca, nunca, nunca, replicaron las aguas, también por tercera vez, porque las más veces, estas cosas son ternarias, pues es un número con poder.

Y más allá de las montañas y los mares, bosques y ríos, llanuras y lagos, más allá de las púas de acero de las ciudades y bajo el cáliz rebosante de la luna, con el amor como guía, el último eco doliente y añorante de ese llamado resonó en la mente de una muchacha, con los tonos nítidos de una campana, y despertó con lágrimas en los ojos por una razón que no entendía.

Se levantó y salió, y miró al cielo, al cielo de un Tokio cubierto de humo, a través del cual solo las estrellas más rutilantes pueden brillar. Y allí, con las nubes cortando la luna en jirones, lloró un rato breve, sin saber bien por qué, aunque el llanto la limpiaba, y no había por testigo sino la luna, y aunque esta no ofrecía consuelo a la que lloraba bajo su luz, tampoco mostraba desprecio.

—Ranma —dijo la muchacha por último, sintiendo césped mojado de rocío bajo los pies, oyendo los suaves sonidos nocturnos de las cigarras, el batir de las alas de los pájaros, aspirando el aire frío de la noche, por entre el olor de sus lágrimas. La palabra era pasión, la palabra era dolor, la palabra era lamentación, y también era un llamado.

Pero la palabra no cubrió la distancia suficiente, y el llamado no llegó, no atravesó los mares, ni las montañas, porque había tantas que cruzar. Y por arriba, la luna miró sin gesto, y observó como un ojo singular, ciclópeo y argentado, a Akane Tendo entrar de nuevo a la casa, con la pena sobre ella como un gran peso.

Por sobre la bruma del cielo de Tokio, las estrellas indolentes titilaron como riéndose, mientras la noche se asentaba más sobre el mundo.

~ o ~