Aguas bajo la tierra

Un fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum

Traducción de Miguel García

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Capítulo 15 : Superflujo de dolor

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Con la Belleza que ha de morir, ella vive,
y con la Alegría, que se despide siempre

con la mano en los labios; y el Placer doloroso
que en tanto se liba se convierte en veneno.

Ay, en el mismo templo del Goce la velada
Melancolía ostenta su trono sólo visto

por quien con poderosa lengua revienta la uva
de la Alegría contra su fino paladar.

Probará la tristeza de su poder el alma
y expuesta quedará entre sus trofeos.

John Keats

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Cuando Ranma despertó, supo que era de noche, aunque no supo cómo lo sabía. El sentido innato del tiempo, tal vez, los ritmos del cuerpo. La lámpara puesta en la pared de la prisión ardía aún con un azul mortecino, el mismo azul con que había ardido al ser conducido él y los demás hasta aquí a punta de cañón. Estaba Taro, descansando contra la pared con una sonrisa delgada y mal agestada, con la muñeca izquierda encadenada a la de Ranma con los dos metros de un cordón de plata, producido por un proceso alquímico aplicado a las hebras de la transformación de Saffron.

Estaba la gruesa puerta de metal, con el pequeño panel corredizo, a ras con la pared de piedra. Normalmente no habría sido obstáculo: podía haberla hecho saltar de los goznes o haberla atravesado de un puñetazo, fácilmente. Ahora no; no con sus flujos de ki anulados. Su padre nunca había ahondado mucho en el aspecto más místico del Arte, pero había al menos mencionado la importancia de las energías internas en relación con las capacidades físicas. El ki era lo que le otorgaba la fuerza, la velocidad, esa destreza fenomenal. Sin este, no era más que una persona común, aunque en excelente estado físico. Pero no podía alcanzar parte alguna de su verdadero poder sin el ki.

Ni siquiera tenía el hielo en la cabeza, o el fuego. Solo había una sensación de carencia, un molde vacío esperando llenarse. Solo había desamparo.

Estaba Cologne, aún sentada en la misma posición que había tenido al dormirse Ranma horas atrás, aún con la anciana cabeza de Samofere sobre el regazo. La mujer tenía la cabeza agachada, y la cascada de su largo pelo oscuro le ocultaba la cara.

—¿Cologne? —la llamó, en voz baja.

—Sí —respondió ella sin tono en la voz, sin mirarlo.

—¿Cómo está?

—Ha dejado de respirar algunas veces. Pero luego vuelve a hacerlo. Aunque cada vez se tarda más.

La cara de Samofere estaba pasmosamente pálida, las mejillas pareciendo hundidas a la luz azul de la lámpara. La reluciente oscuridad de sus alas yacía arrugada bajo su cuerpo, y tenía el pelo mojado de sudor. Tenía los ojos cerrados. Ranma no podía siquiera verlo respirar.

—¿Te trajeron tus hierbas? —preguntó.

—No —dijo Cologne—. No las trajeron.

—¿Cuánto rato ha pasado?

—No sé bien —dijo Cologne—. Seis horas. Tal vez más.

—¿Y Kima aún no vuelve?

—No.

—Carajo.

Silencio.

Ranma se puso en pie, con las articulaciones adoloridas, y cruzó el piso con cuidado, teniendo en cuenta el tramo de cordón, para no despertar a Taro. Se sentó junto a Cologne, con las piernas cruzadas e inclinado hacia adelante, los codos sobre las rodillas.

—¿No te ha venido alguna idea? —dijo.

—Ninguna —dijo Cologne—. Para nada.

Alzó una muñeca, donde un cordón de plata idéntico al de Ranma la ataba a Samofere:

—De no ser por esto, saldríamos de aquí en segundos. Podría hacerle un boquete a la pared con un solo movimiento, romper la puerta... Pero ahora...

—¿Trataste de romperla?

—Sí —dijo Cologne—. Muchas veces. No sirvió.

—Carajo.

Y de nuevo, silencio.

—Bueno, no tiene caso rendirse —dijo Ranma, tratando de sonar esperanzado—. Ya llegamos hasta aquí. No hay vuelta.

—No, supongo que no la hay —dijo Cologne—. No después de un siglo. No después de todo esto.

Ranma suspiró, se palpó el pecho con los dedos, pensando en la imagen del dragón esmeralda en su cuerpo, la marca que había recibido en Ryugenzawa.

—¿O sea que todo en mi vida me ha traído hasta esto? —preguntó Ranma—. Todo eso de la profecía, todo eso del destino, ¿para venir a dar aquí, prisionero, indefenso?

—¿Quién sabe cómo obra el destino en realidad? —dijo Cologne suavemente—. Hasta no verter el último metal en el molde, hasta no sacar la última pieza, ¿quién sabe si lo que pensamos que saldrá es lo que realmente sale?

—Otra vez estás hablando en adivinanzas —dijo Ranma en voz queda.

—Tengo más de un siglo, Ranma —dijo Cologne—. Tengo derecho a ponerme enigmática si quiero.

—Claro —dijo Ranma. Sonrió, sabiendo lo falsa que parecía la sonrisa, sin importarle—. Si te hace feliz. Digo, pones en marcha todo esto, me apartas a la fuerza de mi familia, de Akane, secuestras a mi madre. Termino matando a una mujer como si fuera lo más fácil del mundo. Voy debajo de Ryugenzawa y veo algo que supera tanto todo lo que haya visto que apenas lo puedo entender. Me dan audiencia en el Palacio del Dragón. Veo a un ser inmortal de cuatro mil años, y veo como lo mata una cosa salida del infierno, que al parecer mandé de vuelta allá mismo. Y ahora, porque nos salió un obstáculo al paso, te rindes.

—¿Cómo? —dijo Cologne, alzando al fin la cabeza para mirarlo—. ¿De qué estás hablando, niño?

—¿No te das cuenta, Cologne? —dijo Ranma—. Tú eres la única en quien confío aquí. No le tengo total confianza a Kima, ni tonto confío en Taro, y no confío en tu amigo, porque parece que ha estado tomándole el pelo a medio mundo desde hace como cuatro mil años. —Inspiró hondo—. Pero en ti sí confío. No me queda otra. Eres lo último que me queda de mi vida de antes. Te necesito, Cologne. Necesito a la vieja que me enseñó cómo vencer a Happosai cuando se me fue toda la fuerza, por muy joven que la vieja parezca ahora. Necesito que no te rindas.

Y por tercera vez, silencio.

Por último, Cologne habló:

—Ranma, déjame hacerte una pregunta, si no es mucha molestia.

—Dale —contestó Ranma.

—Cuando viste a Akane desaparecer luego de que tocó el Kinjakan, cuando la creíste muerta, ¿qué hiciste?

Ranma cerró los ojos. El recuerdo era doloroso.

—Me... Me quedé tirado. Ryoga me tuvo que sacar de los hilos de Saffron, o me habría atrapado. Cuando estuvimos en la cabaña esa... No quise hacer nada. Solo quería abrazar la ropa de ella, recordarla...

—Te rendiste —dijo Cologne—. Un rato. Dime por qué.

Ranma dio un vistazo al lugar donde estaba Taro. El otro muchacho seguía dormido, al parecer. Por último, contestó, apenas más que un murmullo:

—Porque peleaba por ella, y había fracasado. No había nada más por qué pelear, sin ella.

—Sí —dijo Cologne—. Sé a qué te refieres.

Ranma no pudo decir nada durante un momento. La cara de Cologne era un tapiz: pesar, dolor, deseos incumplidos.

Y, ah, lo último: amor. Lo vio en los ojos de ella, cuando la vio mirar la cara de Samofere, y se sintió lleno de una empatía absoluta e hiriente, que creció en él hasta doler.

—¿Tú y él? —preguntó Ranma suavemente.

—No —dijo Cologne, y Ranma no pudo entender por qué Cologne se dignaba contestarle—. Siempre nos... Siempre hubo tanto entre los dos. Yo... quería, cuando éramos jóvenes. Supongo que logré olvidarme de eso, un poco, con el tiempo. Encontré otros. Pero nunca fue lo mismo. Nunca es igual que el primero.

—Pero él es...

—¿Es qué?

Ranma negó con la cabeza.

—No sé qué iba a decir —dijo—. No importa. ¿Quién soy yo para decir quién es humano, en realidad?

La conversación fue interrumpida por un sonido de pisadas tras la puerta. Cologne volvió a agachar la cabeza; Ranma se apresuró a volver con el mayor silencio posible a su lugar contra la pared, cerró los ojos y trató de parecer dormido.

Había voces, pero tan asordinadas por la puerta, que era imposible distinguir palabras. Hubo un chasquido de cerrojos abriéndose, luego un bajo rechinido de goznes, al abrirse la puerta.

—En lo que a mí concierne, que se queden aquí hasta que se pudran. Incluida ella.

—Son necesarios. En este momento el pueblo necesita dos cosas: un rey, y un culpable.

Sonó algo pesado cayendo al piso, y la puerta se cerró de golpe.

Ranma abrió los ojos y levantó la cabeza. Vio que Taro se despertaba también. Kima estaba tirada de espaldas cerca de la puerta, con los brazos, piernas y alas estirados en cualquier dirección, los ojos cerrados, respirando despacio y pareciendo inconsciente. Ranma pudo ver, desde donde estaba, los moretones en la cara de la mujer.

—¿Kima? —dijo, poniéndose en pie para ir hasta donde yacía ella. Kima no respondió, y Ranma se arrodilló junto a su lado en el piso de piedra, con una sensación enfermiza creciéndole en el fondo del estómago.

Al parecer la habían golpeado con gran ensañamiento, hacía poco rato. Tenía sangre seca en la comisura del labio, y marcas de puñetazos en la cara.

—Por Dios —dijo Ranma, sintiendo sobre él la extraña disociación de ver algo que no se quiere ver—. Rayos, ¿qué te hicieron?

Taro estaba junto a él, aunque Ranma apenas se daba cuenta.

—Infelices... —masculló el muchacho mayor, tan bajo que Ranma no tuvo certeza de haberlo oído bien.

Kima sacó un quejido suave. Sus ojos pestañearon una vez, luego los abrió del todo.

—¿Qué pasó? —le dijo Ranma.

Los ojos azules de la joven no estaban claros, no tenían foco, aunque sí algo de miedo.

—No se los dije —dijo Kima con una voz lejana—. No les dije lo que hay bajo Jusendo... Si lo supieran, había sido el final de todo. Me interrogaron durante horas. Querían que incriminara a otros en la confabulación; a Kavva, a Nakar, a Mazarin. Querían que hubiera una confabulación, eso era lo primero. No les dije nada. Y después empezaron...

Ranma miró de soslayo a Taro, y le sobresaltó la intensidad de la furia que vio sin disfraz alguno en la cara del muchacho, cuya piel parecía estirada al máximo, hasta hacer más visibles los relieves del cráneo. La rabia parecía no tener objeto, solo un estado de furor, la existencia de una cólera continua y eterna.

—Me sentenciaron por traición al rey —dijo Kima, esforzándose en el ademán de incorporarse. Ranma le puso una mano sobre el hombro, rozando las pocas plumas que crecían allí además de las alas—. Pero... Pero no fue un juicio justo. No fue correcto.

Había en su voz un dejo de incredulidad tan grande, que Ranma podía apenas asirlo. Podía sentirla temblar bajo su mano, como una hoja, mientras la ayudaba a sentarse.

—Está en shock —dijo Cologne de pronto, desde donde estaba sentada—. Lo he visto más de una vez. Le hicieron algo mucho peor que golpearla.

—¿Por qué? —dijo Kima, dirigiéndole la pregunta a nadie—. Siempre... siempre he sido leal. ¿Tan grande era mi pecado que debo sufrir esto? Hice lo que me pareció mejor. Ay, mi rey, mi rey, perdóname.

—¿Qué te hicieron? —preguntó Ranma, con la voz a medio ahogar.

Ella no respondió, solo giró un tanto el ángulo del cuerpo. Él bajó la mano del hombro de Kima, mientras esta se movía para darle la espalda, con las alas aún en diagonal, colgando fláccidas, rozando contra el piso de piedra.

Y eso, eso fue lo que le permitió ver por fin las vendas manchadas de sangre que envolvían el lugar desde donde las alas brotaban de la pálida piel de su espalda.

—Es la única pena que dicen es peor que la muerte —dijo Kima con una voz sin vida—. La única. Él... usó el cuchillo del perro de presa. No sé de dónde lo sacó. Y se reía, mientras los guardias me sujetaban y él cortaba. No puedo ni sentir mis alas.

Por unos segundos, Ranma fue incapaz de hablar. Esta vileza atragantaba toda palabra que pudiera haber dicho. Estaba acostumbrado a la violencia. Ya antes había luchado contra adversarios despiadados. Había estado a punto de morir más de una vez. Había matado, claro que sí, lo había hecho, y se había quedado con la mancha para siempre. Nada podría lavarle la sangre de las manos, ni el agua, ni ríos, lagos o mares. Pero nunca antes había visto algo semejante a esto, este acto de la más sádica crueldad. Helubor la había lisiado, y se había reído al hacerlo.

—Kima —dijo con la voz quebrada, desposeída—. Yo...

—Helubor sirve al Rey de Cenizas —dijo Kima, con un tono de resignación desesperada—. Sabía que Saffron estaría muerto antes de que él y Xande llegaran tras nosotros. Le ha hecho algo a los demás varones de la familia real. Dudo que sigan con vida.

Taro, que llevaba mucho rato en silencio, habló por fin:

—¿Es capaz de matar a su propia familia?

—Siempre lo encontré un necio arrogante —dijo Kima, temblorosa—. Desagradable, pero sin consecuencia. Ahora... Creo que está loco. Aunque claro que es una locura peligrosa. —Señaló con un débil ademán hacia su espalda, sus alas inertes—. Ahora es capaz de cualquier cosa. Él y Xande me enjuiciaron sin la venia de los demás nobles. Tienen cautivas a las familias de los nobles con guardias armados, so pretexto de protegerles. Creo que quiere que lo mío sirva de ejemplo, de lo que pasará con los que se opongan a ellos.

—¿Y nosotros? —preguntó Taro en voz baja.

La cara de Kima se torció hasta una expresión sonriente pero amarga:

—Chivos expiatorios por la muerte de Saffron. Los ejecutará, seguramente. Y se coronará rey.

Cologne se quitó la cabeza de Samofere de las piernas, y se levantó para cruzar el piso, cuidando la longitud del hilo que los conectaba.

—Déjame ver la herida, niña. Puede que haya alguna posibilidad de salvar...

—No —dijo Kima—. No la hay.

—No pierdas la fe. Haré lo que...

—Las cauterizó —dijo Kima—. Quemó las heridas para cerrarlas. Ni siquiera las siento, Cologne. Me mutiló.

—¿Las quemó? —preguntó Ranma.

—Con sus manos —dijo Kima, sonando como si ni ella lo creyera—. Tiene poder. Jamás supe que pudiera heredarse a los descendientes de Saffron, pero tiene poder.

—¿Cómo estás, además de las alas? —preguntó Cologne.

—Algo magullada —dijo Kima suavemente—. Nada más. Nada comparado a mis alas. No importa.

—Pues muy bien —dijo Taro con voz seca—. Hay que encontrar una manera de salir de esta. Estar sentado es no hacer nada. No somos tan fuertes como de costumbre, pero eso les hará subestimarnos. Por mucho que no podamos atravesar paredes de un puñetazo o saltar diez metros en el aire, igual estamos en mejor forma que el noventa y nueve por ciento de la población, incluyendo a esos que andan con los rifles. Si les podemos quitar un par...

—No los usaré —dijo Kima, tajante, sacudiendo la cabeza.

—¿Qué? —dijo Taro.

—No las usaré —repitió ella, mirándolo con gesto enfático—. Sea el motivo que sea.

—¿Y sabes usar un arma, al menos? —le preguntó Ranma a Taro.

Taro soltó un resoplido. —¿Qué tiene de difícil? Se apunta y aprietas el gatillo.

—Desde luego —dijo Cologne, sarcástica—. Y el Arte solo es cosa de pegar patadas, puñetazos y gritar. El que algo parezca fácil no significa que lo sea.

—Y si usamos esas cosas, no somos mejor que ellos —dijo Ranma—. Las armas de fuego son para matar. Nada más. El Arte es no para matar.

—Esa es la clase de caca que siempre te oigo —dijo Taro con tono resentido—. El Arte es como la vida. Se trata de ganar. Se trata de ser mejor que todos los demás. Y uno hace lo que tiene que hacer. Si hay que usar armas, usamos armas. Cuando nos quitemos estas cadenas, si queremos las tiramos, si no queremos, no. Depende.

—¿Y el costo no importa? —dijo Cologne.

—¿Qué costo? -dijo Taro—. ¿Tiene costo tener ganas de salir de este lío de sucesión del trono con el pellejo intacto?

—Tienes que pagar el precio por lo que haces —dijo Cologne—. Cual sea el fin al que apuntas. Siempre hay un precio.

—No me importa la opción que tomen —dijo Kima—. No voy a usar esas abominaciones humanas que llaman armas.

—Entonces te puedes quedar aquí a esperar que te lleven —le largó Taro, con gesto de sorna.

—Oye... —dijo Ranma.

Taro no lo dejó terminar:

—¿Crees que te puedes rendir y punto, por lo que te hicieron? No. Como la mierda, pero ya pasó. Acéptalo. Sigue con tu vida. Véngate.

—¿Y qué harías tú —dijo Kima, con un tono bajo en la voz— si alguien te cortara las piernas, terrestre?

—Me le iría encima arrastrándome con las manos, y le partiría el maldito cráneo —dijo Taro—. ¿Y crees que no sé lo que te pierdes? Yo también vuelo, por si no te acuerdas. —Hizo una pausa, y la cara se le suavizó un tanto—. Tienes que seguir, pase lo que pase.

Un espasmo de dolor pareció pasar por la cara de Kima durante un momento, y luego ya no estaba. Se levantó de donde estaba sentada, mirando al frente. Algo del porte orgulloso que había tenido antes pareció volver a ella.

—Tienes razón, desde luego. Voy a seguir sirviendo a mi pueblo. Pero no usaré armas de fuego.

—Esta pelea no conduce a nada —dijo Cologne—. El meollo del asunto sigue siendo que Helubor obviamente no es ningún idiota, aunque es de una arrogancia como nunca había visto. Habrá previsto que tratemos de escapar.

—Tiene a Xande de su lado también —dijo Kima—. Él... parece distinto. No lo entiendo.

—El viejo, ¿cierto?

Kima asintió. —Fue un gran guerrero, antes de mi época. Empezó a apagarse hace décadas, o así me lo dijeron.

Sacudió la cabeza.

—Tal vez solo fue una treta. Al final, ¿quién podía sospechar de él? No es más que un viejo... —Su mirada cayó en Samofere, que seguía inconsciente en el piso, respirando apenas—. Sí. ¿Qué mejor manera de esconder la verdadera naturaleza de tu rol? El consejero de mayor confianza del rey, trabajando para usurparlo. Tenía acceso al mapa, a fin de cuentas. Le habría resultado fácil.

—¿Eh? —dijo Ranma.

—El mapa que la hija del Guía llevó a Japón —dijo Kima—. Alguien lo robó de donde estaba guardado y se lo dio al Guía y a su hija. Yo fui tras el mapa, y Xande debía averiguar cómo se lo habían robado... —Suspiró—. Ahora todo encaja. Después de la guerra todos son generales, ¿verdad?

—Hablé con la niñita en la casa del guía —dijo Taro—. Dijo que un hombre de capa les había entregado el mapa a ella y a su padre.

—Seguramente les dijo también que Jusenkyo quedaría destruido —dijo Kima.

—¿Y es mentira que se iba a destruir? —preguntó Ranma.

Kima le dio una mirada medio inquisitiva, medio molesta:

—¿Acaso se destruyó después de la transformación parcial? Las aguas se habrían secado durante los tres días y noches necesarios para la transformación completa. Pero una semana después, dos a más tardar, habría vuelto a la normalidad.

—Entonces no había razón para que lucháramos —masculló Ranma.

—Nos negaste el mapa —dijo Kima—. No tenía ni el tiempo ni la paciencia de tratar con terrestres.

—Si al menos hubieras explicado que...

—¿A quién le habrías creído? ¿A nosotros o a la niñita?

Ranma no pudo contestar nada a eso.

—Me suena a que los manipularon para ponerlos unos contra otros —dijo Taro luego de un momento— Buena táctica. Contraponer a los enemigos, y uno puede hacer lo que quiera a espaldas de ellos mientras se destruyen entre sí.

—Pero ¿cómo sabían que Plum llegaría donde nosotros? —dijo Ranma.

—¿Quién dice que sabían? —dijo Kima, y se encogió de hombros—. Puede haberla mandado el Guía. O tal vez leyeron los mismos libros que yo; la biblioteca está abierta a todos. Quizá pensaron que traerte aquí facilitaría el derrocamiento de Saffron.

—¿O sea que de eso se trataba todo? —bufó Taro—. ¿Eres el elegido, Saotome?

—Quizás —dijo Cologne, con tono algo sarcástico—. Todavía no tenemos la seguridad. Ha habido cierta extrañeza en torno a él últimamente. No más que la habitual, supongo, pero muchísimo más letal.

—¿Y yo? —preguntó Taro, displicente—. ¿No aparezco en algún librito?

—Podría ser —dijo Cologne—. Hay mucho que aún no entendemos de ellos. O podrías ser solo un elemento fortuito.

—Genial —dijo Taro, con cara de fastidio.

—Por todos lados fortuito —murmuró Ranma—. Muy fortuito.

—De modo que la pregunta es —dijo Kima—, si estás con nosotros.

—Yo estoy conmigo —dijo Taro—. En este momento, lo que yo quiero es largarme de aquí. La manera más probable de hacerlo tiene la participación de ustedes. Así que sí, por ahora, estoy con ustedes.

—Al menos es sincero —dijo Cologne por lo bajo. Su mano jugaba con el cordón de plata que enlazaba su muñeca a la de Samofere—. Él... Samofere. Parece estar resistiendo. Apenas. Pero está estable. Tenemos que salir de aquí. Si tuviera mi morral, si no estuviéramos atados así, podría hacer algo.

—Bueno, pues no tenemos tu morral y estamos atados —dijo Taro—. Así que hay que hacer otra cosa, ¿no?

Ranma miró de reojo a Kima. Esta tenía la mirada fija en la pared del lado izquierdo de la puerta, con una expresión extraña.

—¿Kima?

Ella no contestó, de pie y con el ceño fruncido.

—¿Alguien oyó algo? —dijo poco después.

Ranma ladeó la cabeza. —No.

—Escuchen —dijo Kima, llevándose un dedo a los labios. Las alas le colgaban en la espalda como hojas de otoño, lacias e inmóviles. A Ranma le costaba no mirarlas. Pensó en lo que Kima le había dicho a Taro: perder las piernas. Era lo único que podía compararse. Era un horror que apenas podía empezar a comprender.

Kima parecía estarlo asimilando todo lo bien que alguien podría, pero Ranma podía ver la forma anómala en que se movía, la forma en que la mirada se le escapaba de un lado hacia otro, en cómo le había visto los ojos en el momento en que los abrió. Estaba al borde, de pie en la cornisa abierta a un abismo, que amenazaba con tragarla. Él mismo entendía muy bien esa sensación.

Escuchen, había dicho ella, y él así lo hizo. Al principio, nada, y luego, cuando estaba a punto de hablar, preguntar: un golpeteo, algo, acallado, tocando contra la piedra.

Ranma fue hasta allí, y Taro se vio obligado a seguirlo o ser arrastrado.

—¿Qué es eso?

De nuevo, el golpeteo, como más cerca, como pisadas apagadas, acercándose.

—Allí —dijo Kima, señalando algo en la pared.

Entornando los ojos, Ranma miró allí donde Kima indicaba. Desdibujada, casi borrada del todo, había la imagen de un ave grabada en la piedra, con las alas alzadas y extendidas hacia cada lado, la cabeza mirando a la derecha.

—¿Qué es? —dijo Taro.

Y de nuevo, el golpeteo.

Kima alargó la mano y acarició la imagen del ave con dedos y garras, demorándose un momento en el ojo casi negro del grabado.

—Los cuervos saben de nuestro deber el sello...

Y entonces el grabado viró la cabeza a la izquierda, un sedoso fluir de piedra, como un reflejo que ondea en el agua. Las alas se envolvieron en torno al cuerpo. Inaudiblemente, apareció una costura en la piedra de la pared contraria a la puerta, una línea que se abrió como un ojo vertical, hasta que hubo un portal de ancho suficiente para el paso de una persona, allí donde antes solo hubiera piedra desnuda.

El golpeteo vino otra vez, y luego una forma llegó entre aleteos, desde la oscuridad del portal, negro sobre negro y reluciente de plumas. Por un momento, Ranma creyó que era Shiso, pero luego vio que, aunque era un cuervo, no era Shiso, porque los ojos eran de blanco puro; no lechosos cual cataratas, sino una simple extensión de blancura lozana, cristalina, cuando los ojos de Shiso eran una oscuridad que traspasaba al negro.

El ave se posó en el suelo, y golpeteó con el pico contra el piso de piedra, un traqueteo regular.

—Kiouku —dijo Cologne, agachándose junto al pájaro—. ¿De modo que tu hermano está cerca también?

El ave asintió con la cabeza.

Ranma olisqueó el aire. El olor rancio de la estancia de piedra ya no estaba, reemplazado por un aroma a agua fresca, que llegaba desde el portal recién abierto en la piedra.

Miró de reojo a Kima, y vio en las facciones de la mujer un desconsuelo inolvidable. Entendió lo que ella pensaba: de haberlo hecho antes, de haber advertido el grabado al comienzo del encierro, sus alas se abrían salvado. El dolor estuvo allí, solo un segundo, luego quedó envuelto y enterrado en dureza, al avanzar la joven para situarse ante el portal abierto en la piedra.

—¿Adónde conduce? —dijo Kima, mirando al cuervo en el piso.

—No te contestará —dijo Cologne, acuclillándose para ofrecer un brazo. Kiouku subió de un aleteo hasta la muñeca de Cologne, y esta lo elevó hasta el nivel de sus ojos—. Nunca lo he oído producir ningún sonido, mucho menos hablar.

—Bueno, conduzca donde conduzca tiene que ser mejor que aquí —dijo Taro, antes de dirigirse a Kima—: ¿Por qué no lo hiciste antes?

Ranma arrugó la cara al oír la pregunta, sabiendo que Kima ya se preguntaba lo mismo.

—Porque no vi el grabado, y aunque así hubiera sido, no sabía qué función tenía —guñó Kima—. Ahora, ¿nos vamos de aquí o no, humano?

Ranma sacudió la cabeza. Casi quería decirle a Taro que no le hablara más a Kima, pero decir algo así no sería bienvenido por ninguno de ambos lados, y seguramente no haría sino empeorar las cosas.

—Eso —dijo Taro, dando un vistazo al pasaje umbrío y angosto, y luego al cordón de plata que lo ataba a Ranma—. Movámonos.

Kima asintió y fue hasta el lugar de la pared donde pendía la lámpara. Alcanzándola, la desenganchó de su anilla con un chasquido metálico. La luz azul pálida le iluminó los relieves de la cara, y proyectó reflejos color cielo en el blanco mustio de sus alas.

El cuervo de ojos blancos voló desde la muñeca de Cologne, para ir a posarse sobre el hombro de Ranma, en completo silencio. Ranma encontró la presencia del pájaro, tan similar pero distinta a la de Shiso, extrañamente tranquilizadora.

Cologne, con la cara desprovista de expresión, se acuclilló para alzar con cuidado a Samofere. El viejo estaba exánime en brazos de ella, pareciendo pequeño y consumido. El hilo de plata colgaba en bucles de los brazos de Cologne, al cargar esta a su amigo.

Llevando la lámpara en una mano, Kima fue hasta el portal abierto en la piedra, y alumbró con la luz la oscuridad de este. Ranma vio que luego de un tramo de pasadizo de un par de metros, empezaban a bajar los peldaños de una escalera empinada y angosta, que se torcía un tanto, formando una espiral que se hundía en las profundidades de la montaña.

—Túneles secretos —dijo Kima, sacudiendo la cabeza—. Es lógico que los haya, desde luego. Los nobles no ponen atención durante las renovaciones. A fin de cuentas, casi toda la montaña está abandonada. Tal vez los hicieron hace siglos...

—¿De qué hablas? —preguntó Ranma, confundido.

Kima lo miró sin hablar. Las puntas de sus alas rozaban contra el piso a cada movimiento de ella, colgando inertes de su espalda, como una capa.

Quizá solo entonces dimensionó él la profundidad de la pérdida, y se sintió tragado por una lástima y tristeza tan insondables que parecieron llenar todo su ser, y pugnó por no dejarlo ver en su cara, captando que en parte no lo lograba, cuando vio en ella un gesto de entendimiento amargo, antes de verla volverse y echar a andar por el pasadizo.

—Andando, travesti —dijo Taro, dándole un tirón fuerte al cordón de plata, que hizo a Ranma trastabillar.

Ranma ni siquiera sintió ganas de contestar algo; empezó a seguir la luz vacilante que Kima portaba, y empezaron a descender en la tierra. Miró por detrás de ellos un momento, y vio que el portal formado en la estancia donde habían estado prisioneros estaba ahora cerrado.

Y bajaron, con la escasa luz azul marcando la ruta, hecha de peldaños angostos y largos túneles inclinados. Las paredes eran lisas en algunos lugares, toscamente labradas en otros, roca natural en otros más. Había silencio. No había nada que decir. A veces iba Taro por delante de él, y a veces iba él por delante de Taro, y el cordón de plata iba siempre entre los dos.

Pero era Kima quien iba a la cabeza, torciendo en ciertas direcciones, siguiendo ciertos pasajes. Ranma recordó el descenso bajo Ryugenzawa, y la sensación que lo había embargado, la impresión de haber estado antes allí, encontrar que sabía en todo momento qué dirección tomar, hasta conducirlos por fin hasta el lago que albergaba al Dragón de la Vida, el recinto de belleza situado en algún lugar más allá del mundo normal, oculto en la sombra monstruosa del Orochi.

Pero cual fuere la dirección que siguieran, era siempre hacia abajo, siempre más profundo. Más abajo aun que el laberinto de piedra tosca al que había entrado al venir al Monte Fénix por primera vez, en una época que parecía muy lejana, pero que en verdad había sido hace menos de un mes. Y la luz azul brillaba en las paredes que les rodeaban, y había siempre un sonido de agua corriendo. El manantial había estado seco la primera vez que él viniera, pero ahora podía casi sentir la presencia líquida, fluyendo oculta por los canales de la piedra, deslizando sobre la roca, escurriendo bajo tierra y mineral, subiendo por la montaña hasta la cima, donde estaba la poza maldita.

Abajo, abajo, abajo, en los abismos de la tierra. Los pasadizos se habían vuelto túneles, reducidos, hacinados, claustrofóbicos, tan pequeños en algunos lugares, que debían agachar la cabeza para andar.

Y nadie, ni siquiera Taro, cuestionaba hacia dónde les conducían, porque una sola vez el muchacho fue a abrir la boca, y Kima se había vuelto para mirarlo, mostrando en la cara algo que hizo a Taro enmudecer de inmediato.

Por último, luego de lo que pudieron ser minutos, u horas, o días, hicieron un alto. En cierto instante, en ciertos lugares, el tiempo parece abandonar todo significado, cesar todo efecto en uno. Ranma no supo cuánto llevaban andando. No importaba. No podía importar, porque solo existía la luz azul, la tierra y la piedra, y el sonido poderoso del correr del agua, y la sensación leve del cordón que ataba su muñeca a la de Taro.

No estaba cansado. Debía haberlo estado. Llevaban caminando mucho tiempo, y ahora no tenía a su ki que lo impeliese. Pero en él no había cabida para la fatiga, porque la edad del lugar donde estaban oprimía sobre él. La sensación brutal de millones de años acumulados en la roca le bañaba como un arroyo frío, le desnudaba, le daba paz.

—¿Por qué paras? —preguntó Taro.

Kima lo miró de modo lánguido, con ojos ausentes. Parecía desapegada de todo:

—Porque ya casi llegamos.

Desde el hombro de Ranma, el cuervo de ojos blancos voló, y planeó bajando por un túnel ancho, de bordes ásperos. Si el pájaro era en verdad ciego, no daba indicio alguno, porque en vuelo era tan grácil como su hermano.

—¿Ya casi llegamos? —dijo Taro, desconfiando. Se plantó firme—. ¿Dónde estamos? No sé ni por qué te seguí.

Y de un lugar hondo de él, un lugar enterrado bajo las gruesas capas de su alma, Ranma halló que una respuesta se alzaba:

—Ella nos espera.

—¿Quién nos espera? —dijo Taro.

Antes de que nadie pudiese contestar, vino una voz, cantando, desde el fondo del pasaje.

* No caiga tu frente por la pena *
* Cuando mi alma se haga a la mar *
* Pues al cabo vendrá la mañana *
* Y el océano te libertará *

Ranma vio algo fugaz en la cara de Taro, un gesto de conmoción, como de recordar algo doloroso, y luego el rostro era duro de nuevo, de una dureza que dolía ver.

* Mi piloto es una doncella *
* Con la belleza de un lucero *
* Y alumbra en su pelo la luna *
* Un camino sin impedimento *

La voz era hermosa, tan hermosa que era un dolor, delicada como la seda, suave y tierna como luz de estrellas, pero en cierto modo más fuerte que el trueno. Provenía del ancho pasaje hacia donde Kioku había volado.

* No llores, pues, por la desdicha *
* Cuando mi alma se haga a la mar *
* Que si me marcho de la vida *
* Viviré en la remembranza *

Taro echó a andar hacia el pasaje, tan rápida e inesperadamente que Ranma casi se ve arrastrado tratando de alcanzarlo. Sus movimientos y la inclinación de su cuerpo eran furiosos. Parecía listo para matar.

Kima y Cologne les siguieron, la luz azul titubeando en torno a ellas como una nube difusa. El pasaje se extendía unos diez metros y luego tenía un recodo. A cada paso, el sonido de agua corriendo se hacía más fuerte.

Torcieron por el recodo, y arribaron en ese momento al primero y más antiguo de dos magnos ríos subterráneos, los ríos que corren desde la fuente que origina a Jusendo. El río bramaba por las cavernas bajo un techo desde donde pendían estalactitas cual colmillos, y corría veloz, con una espuma blanca sobre la oscuridad de las aguas. Era ancho y era hondo, raudo y recto.

Y en la margen rocosa, sin ancla de especie alguna, sin siquiera fluctuar en la corriente, había una barca. Era de madera negra, larga y ancha, con una proa enhiesta y majestuosa a la forma de una cabeza de dragón, con tres corridas de bancas de madera.

Alguien, con capa y capuz cual noche sin estrellas, estaba de pie cerca de la proa, con una larga pértiga en las manos. Sobre el cuello curvo de la proa, dos cuervos estaban posados, uno de ojos con la oscuridad de una cripta, el otro de ojos como la más blanca nube de verano.

Desde el fondo del capuz habló una voz, susurrante, femenina, una sombra asordinada de la voz que oyeran cantar.

—Habéis venido.

—Quiero respuestas —dijo Taro con voz enardecida—. ¿Quién eres?

La figura ladeó un tanto la cabeza, y la capucha se movió con ella, si era mujer, para ocultar su rostro. Más allá de la voz, no había indicio de su género, pues la capa era vaporosa y sombría.

Por un instante, Ranma vio un destello en el fondo de la capucha, algo como el espiral de una nebulosa distante o el último fulgor de una estrella moribunda. Taro hizo un sonido estrangulado en la garganta y trastabilló un paso, casi chocando con Ranma.

—No temáis —dijo la figura—. No os haré daño.

Y no lo haría, se dio cuenta Ranma, sabiéndolo con todo el corazón, el alma y el ser. Emanaba de la figura encapuchada una impresión de poder vasto, sobrecogedor, como si hubiera sido de un tamaño muchísimo mayor al que aparentaba tener, como la punta de un témpano, la arista de algo de magnitud muy superior. Se sintió estremecido, y el estremecimiento era tan grande que parecía terror, pero este no tenía su origen en el temor de que este ser les hiciera daño.

Hubo otro destello en la capa, algo como plata y sol, que pestañeó y luego no estuvo. Desde la proa de la barca, Shiso alzó la voz.

—¿Vienen o no?

Kima se adelantó a Ranma y Taro, con la lámpara de luz azul colgando de una mano a su costado. Sus botas sonaron muellemente en la piedra, cuando avanzó y levantó una pierna hasta ponerla en el fondo de la barca para luego terminar de subir a ella. La barca no se meció en absoluto al sentarse Kima en una de las bancas, con la lámpara sobre las piernas. La longitud emplumada de sus alas descansaba asomando por la popa de la embarcación, casi tocando el agua.

Ranma miró de soslayo a Taro, preguntando en silencio. El muchacho mayor tenía el rostro duro otra vez, pero era una dureza falsa, una película delgada que escondía algo oculto debajo.

—Bueno, qué diablos —dijo Taro con voz de hartazgo—. Ya llegamos aquí, para qué devolverse.

Fue hasta la barca también, y Ranma lo siguió. Se sentaron en la embarcación uno junto al otro, con el cordón de plata enrollado entre los dos. Kima estaba tras ellos, y la desconocida figura de capa iba cerca de la proa.

Aún no era visible rasgo alguno de la cara, nada más que la insinuación de líneas faciales o definiciones de lo que podría haber sido una boca o nariz. La traza imprecisa de las facciones era elegante y vagamente femenina, pero eso era lo único visible. Ranma intuyó que levantarse y tirar de la capucha para revelar la cara de esta aparición le haría ver algo que desearía no haber visto.

Cologne se acercaba desde la orilla, cargando en brazos a Samofere. La luz azul de la lámpara de Kima daba a la cara de Cologne un aspecto descolorido y macilento, pero ni con mucho tanto como al de Samofere. Este parecía medio muerto, mustio, como una hoja al contacto de una llama.

La figura desconocida alzó la pértiga y la dispuso cruzada a media altura, a modo de valla, cuando Cologne llegó a la orilla.

—No has de venir —dijo la figura en una voz como la niebla al fondo de un precipicio.

—¿Qué? —murmuró Cologne—. ¿Por qué?

—Porque no debes —dijo la figura, sin sonar triunfante, ni tampoco afligida—. Es así. Tú y él permanecerán aquí.

—Pero él necesita ayuda —dijo Cologne—. Necesita...

—La misericordia que yo podría darle no la desearías —dijo la encapuchada.

—Cologne —dijo Ranma, mirándola—. Está bien. Sabes que es así.

Cologne asintió con la cabeza, y se sentó en el suelo rocoso. Volvió a acomodarse la cabeza de Samofere en las piernas.

—Te veré cuando regreses, entonces —dijo.

—Si es que regresamos —masculló Taro.

—Regresarán —dijo la figura, volviendo la cabeza para mirar al muchacho. Caían sombras en torno a su rostro, que lo ocultaban del todo, y alfilerazos de luz centelleaban en el lugar aproximado donde sus ojos podrían haber estado—. Sé que es así.

—Se te oye bien segura —bufó Taro.

La figura no dijo nada, limitándose a meter la pértiga al agua a un costado de la barca. Un rápido envión hizo a la embarcación virar la proa hacia el sentido contrario, contra la corriente del agua. La barca parecía no afectada en lo absoluto por la dirección del río, casi suspendida por sobre el agua.

—Dales la lámpara, niña —dijo la presencia encapuchada a Kima, señalando con la pértiga a Cologne y a Samofere, que seguían en la orilla.

—Pero ¿cómo veremos? —consultó Kima.

—Adonde vamos, no necesitaremos luz —dijo la figura.

Kima se levantó a medias del asiento y depositó la lámpara sobre la ribera rocosa del río, luego volvió a sentarse, con un suspiro suave.

—Aquí están todos locos —dijo Taro, meneando la cabeza.

—¿Entonces por qué sigues aquí? —dijo Ranma.

Taro levantó un brazo y sacudió el hilo de plata para mostrárselo a Ranma.

—Porque estoy atado contigo, afeminado, y no quiero largarme arrastrándote del culo.

—Yo te voy a arrastrar a ti, Pantimedias —dijo Ranma, desahogando parte de su frustración en Taro, con un gruñido—. Te voy a arrastrar de...

Taro tiró un puñetazo con la mano derecha, la que no estaba atada con el hilo. Ranma lo atrapó con la derecha también, con el hilo colgando de la muñeca, y lanzó el izquierdo contra Taro, que lo asió a su vez con la izquierda y se giró un tanto sobre la banca para tirar una patada con el pie izquierdo a la cabeza de Ranma. Ranma capturó esta con la pierna derecha y se las ingenió para sacar un barrido con la pierna izquierda al cuello de Taro.

Taro agachó la cabeza y atrapó en el hueco del codo derecho la pierna de Ranma, por detrás del tobillo. Mostró una sonrisa apretada.

—¿Te quedaste sin piernas, niñita?

Entonces Ranma le dio cabezazo al mentón. Los ojos de Taro se pusieron bizcos un momento, y luego consiguió enrollar el cordón de plata en torno al cuello de Ranma, y gruñó, al tiempo que bajaba la frente de Ranma hasta hacerla crujir de un rodillazo. En la orilla, Cologne se sujetó la cabeza con las manos y soltó un lamento quedo.

La presencia vestida de capucha pasó en silencio la pértiga entre los bucles de hilo enredado, giró, y levantó sin dificultad la maraña de brazos, piernas e hilo que componían Ranma y Taro, alzándolos en el aire como peces recién sacados del agua.

—Espérate... —dijeron los dos a coro, y luego la figura los echó al agua fría y oscura del río, momento en el cual descubrieron que era completamente cierto que el hilo anulaba las maldiciones de Jusenkyo.

—En el bote no se pelea —dijo Shiso desde su sitial en la proa, al tiempo que la encapuchada los levantaba del agua a los dos, que espurreaban y chorreaban agua, para volver a dejarlos en la barca con un golpe sordo.

La forma vestida de capa les dio la espalda, con un brillo de estrellas en los pliegues de su túnica, y empezó a impeler la barca suavemente con la pértiga, contra la corriente.

Taro y Ranma volvieron a sus asientos, con los pies encharcados en el agua que les goteaba de la ropa.

Ranma propinó al muchacho mayor una mirada alevosa, y se hundió en el asiento con gesto amargo. Taro irradiaba furia y tensión, como un horno, pero parecía estar guardando aún más recelo que Ranma contra la figura encapuchada.

Ranma volvió la cabeza para mirar a Kima, que iba en silencio, inmóvil, con la cabeza vuelta para ver la luminiscencia azul de la lámpara, que se alejaba rápidamente, y que mostraba a Cologne y a Samofere en la orilla.

Mirando más allá de Kima y sus alas marchitas, vio la luz de la linterna azul hasta que esta fue solo un punto en la oscuridad que le rodeaba, y luego ya no estaba, como tragada por una gran bestia, y la noche subterránea se hizo una envoltura absoluta, mientras la barca les conducía a las negras entrañas de la tierra.

~ o ~

Sentada en la oscuridad, Kima escuchaba su propia respiración, entre el fluir del agua, entre la esporádica escaramuza verbal entre Ranma y Taro, sentados adelante de ella. Quería decirles que se callaran. Quería gritar, endemoniarse, perder el control. Pero no podía, porque si lo hacía, sospechaba que jamás podría recuperarlo.

Tenía un dolor difuso entre los omóplatos, donde sus alas habían estado. Donde seguían aún. Las podía sentir contra la espalda como una capa pesada, pero había perdido toda sensación en ellas. El roce del aire frío de las cavernas pasaba por su cara, su pelo, sus brazos descubiertos, pero le era imposible sentirlo en las alas.

Impedida. Arruinada. Sin cielo.

Destruida.

Tal vez en verdad esto era peor que la muerte, pensjó. La muerte, al menos, una vez ocurrida ponía fin a todo. No se reproducía en la cabeza una y otra vez, como esto.

La risa desquiciada de Helubor, la lucha desesperada por escapar de la sujeción de los guardias, antes de verse con la cabeza azotada contra el suelo y sentir el cuchillo cortando la carne de sus alas en la unión de estas con su espalda, antes de que la inconsciencia la abrumara, aunque solo unos segundos. Al volver en sí, había creído que Helubor le había cortado las alas, que las había amputado. Luego había visto las plumas blancas con el rabillo del ojo, para caer en la cuenta de que lo cercenado eran los tendones y músculo. El dolor era un calvario; había sangre por todas partes, en el piso, sobre ella, sobre sus alas. No podía ni moverse producto del sufrimiento.

Y eso no había sido nada, comparado a cuando Helubor había cauterizado las heridas con una cuchilla de fuego, nacida de sus manos, de la nada. Ella había perdido el conocimiento entonces, por misericordia, y no había despertado sino cuando la habían tirado al piso de la celda en que estaban los demás. Alguien le había limpiado las heridas y las había vendado; no sabía bien quién. La carcomía la esperanza de que no hubiera sido Helubor: quien la hubiera atendido habría tenido que desvestirla, y la idea de que él hubiera puesto la mirada en su cuerpo desnudo la llenaba de repulsión.

Ahora estaba aquí, en la barca que cruzaba rauda la negrura, oyendo los sonidos, porque parecía lo único que podía hacer. No sabía qué se había apoderado de ella mientras bajaban por los pasadizos secretos de la montaña; había sido una observadora dentro de su propia piel, mirando desde atrás de sus propios ojos, mientras ella misma los guiaba a todos hasta aquí.

Sabía adonde iban. Al norte. A Jusendo. A la fuente verdadera. Aquella noción, la noción de que era posible que atestiguase otra vez lo que había bajo Jusendo, sumado a todo esto, le daba ganas de gritar, de llorar. Pero no podía. Tenía que estar apática, era preciso, porque era lo único que le permitía andar, funcionar. Era lo único con que contaba, capaz de permitirle seguir.

Helubor estaba demente. Peor que demente. Propiciaría una era de oscuridad como nunca se hubiera concebido. Y no sabía si la aterraba más la idea de Helubor como rey que la Xande a la derecha de él.

La farsa no la había engañado. A todos los demás sí. ¿Y cuánto tiempo, se preguntó, se había pasado Xande ocultando su perfidia bajo el manto de senilidad, obrando sus maquinaciones, una araña arcaica y henchida entre una confusión de telarañas? Él tenía que ser el verdadero responsable de esto; no podía atribuir a Helubor la inteligencia suficiente para lograr esto.

Xande había estado allí, interrogándola con Helubor, ya sin fingir senectud alguna. Helubor había vociferado y perdido la compostura, se había levantado de la silla para golpearla, dando órdenes a los guardias mientras le cruzaba la cara de un puñetazo. Xande no se había movido de su lugar, mirando, con un asomo de sonrisa estirándole los labios arrugados. Se había mostrado frío y duro como la piedra.

Sirvientes de la Oscuridad. Idólatras del Rey de Cenizas. Y por causa de ella, por lo que ella había hecho, eran ahora los gobernantes del Monte Fénix. Y ella debía estar apática, porque debía detenerlos. No había nadie más que lo hiciera. Saffron estaba muerto, Samofere se estaba muriendo, y no tenía la certeza de poder apoyarse en los humanos.

El problema era que no tenía la menor idea de cómo detenerlos. Las pruebas apuntaban contra ella. Su única esperanza eran las tácticas matonescas de Xande y Helubor para hacerse con el control: las armas y la "guardia" apostada en los hogares de familias nobles, podían usarse contra ellos, al menos políticamente. La pregunta era si existía el poder militar necesario para derrocarlos. Necesitaba saber más: cuántos efectivos eran leales a Xande y Helubor, cuántas armas tenían. Tenía que planificar, pero no tenía información.

De modo que se limitaba a estar sentada en la oscuridad, y a escuchar, y a no hacer caso de las tenues ideas diciéndole que la suerte de su pueblo estaba echada, que Helubor había ganado, y, lo peor, lo peor de todo, los recuerdos de volar, de la caricia del aire en su piel y en sus alas, que no dejaban de repetirse en su cabeza, contra la certeza de que jamás volvería a volar.

Pero tenía piernas para andar. Tenía manos para empuñar la espada. Por duras que fuesen las palabras de Taro, le habían hecho ver eso, al menos. Seguía con vida. Aún podía pelear, aunque con mucha menos efectividad que antes. Y pelearía, hasta el fin.

El río parecía ahora correr más rápido, a juzgar por su sonido, aunque la barca viajaba a la misma velocidad de antes, flotando no inmersa en el agua sino por sobre esta, indiferente a la corriente o dirección del flujo. Estaba el sonido suave de la pértiga entrando al agua cada pocos segundos. De pronto, la barca se detuvo con un levísimo golpe.

—Hemos llegado —dijo la voz suave y cargada de poder, desde la oscuridad cercana a la proa de la barca.

El viaje no había durado más que unos minutos, pero todo lo demás decía a Kima que estaban muy lejos del punto inicial.

—Genial. Ya estoy harto de ir sentado con el travesti este —dijo Taro, invisible y solo ubicable por la voz.

—La cosa es mutua, no te queda duda —contestó Ranma después de un momento, con un murmullo quedo.

Hubo un crepitar, luego una bengala de fuego blanco emanó desde la proa con forma de dragón. La fuente de la bengala fue el segundo cuervo, Kioku, en el lugar donde había estado posado, con las alas extendidas como para alzar el vuelo. Las llamas luminiscentes que bordeaban el contorno de sus alas y cuerpo eran del mismo blanco puro de sus ojos, y echaban su luz en toda la tiniebla circundante, revelando al fin adónde habían llegado. El río se detenía aquí, al menos la porción navegable. El techo en esta porción de caverna era muy bajo, apenas con la altura suficiente para andar erguido en la ribera rocosa.

De la parte inferior de una áspera muralla de piedra, fluía el río, y la abertura afloraba apenas medio metro de la superficie del agua. El cauce era más angosto aquí, y el caudal tan veloz que la barca hubiera sido arrastrada por la corriente en segundos.

Kima, Taro y Ranma pestañeaban en la luz repentina, a medio cegar por unos segundos, mientras se adaptaban a pasar de la negrura a la claridad.

—¿Y por qué el pájaro no hizo luz antes? —se quejó Taro—. Hubiera sido mejor que viajar a oscuras.

—La oscuridad fue una bondad —dijo la mujer de capa y capucha—. No habría sido grato lo que viérais en las aguas por las que viajamos. —Algo brillante e incandescente pestañeó entre las sombras de la capucha, y la boca de Taro se cerró de golpe.

—¿Dónde estamos ahora? —preguntó Ranma, aunque algo en su tono de voz le dijo a Kima que ya lo sabía.

—En la fuente de Jusenkyo —dijo la alta figura de capa—. La fuente verdadera. Donde los dos ríos se dividen, en el gran lago bajo la montaña llamada Jusendo. Uno corre hacia el sur, hacia el Monte Fénix. El otro corre una distancia menor hacia el este, hacia Jusenkyo. Ambos ríos portan en sus aguas el poder del cambio, de la transición, del paso de una forma a la siguiente. —Hubo una pausa. Una luz como de fuego rutiló en las profundidades negras de la capa, y sobre la superficie lisa de la pértiga que tenía en las manos—. Pero no me corresponde a mí contarlo. Id, y habréis de ver cuanto debéis ver.

Shiso había también empezado a emitir luz, el mismo fuego blanco que su hermano, ambos casi gemelos salvo por los ojos. Voló desde la proa con forma de dragón y se alzó por el aire de la caverna de techo bajo por donde corría el río.

—Por aquí —dijo.

Haciendo en el aire un gesto con las alas, señaló en la margen rocosa del río subterráneo la abertura de un pasadizo angosto, del cual era visible solo un metro hacia adentro. Lo que era posible ver revelaba una empinada rampa natural que subía hacia lo oscuro.

Ranma y Taro bajaron despacio de la barca, dándose miradas de encono.

—No te vayas a caer al agua, travesti. Sería horrible que te lleve la corriente —dijo Taro con tono ácido.

—Sobre todo porque estamos atados y te llevaría conmigo, ¿recuerdas? —dijo Ranma, indicando el hilo que los enlazaba.

Kima meneó la cabeza y se levantó. Esos dos eran peor que niños. Ni siquiera eran capaces de ver que eran aliados, así no fuese por elección propia.

—No —dijo la figura de capa, alzando un brazo. Un brazo salió de los pliegues, pálido y con la perfección de una estatua, sin imperfección o mácula alguna—. Tú no. No ahora.

Kima volvió a sentarse en la barca. Vio a Shiso por sobre la ribera hacer una pirueta en el aire, y el movimiento de su vuelo, la gracia pura y simple de estar en el aire, le oprimió el alma, y las heridas cauterizadas, en la raíz de sus alas sin nervios, palpitaron de dolor.

El cuervo de ojos negros vino a posarse sobre el hombro de Ranma, con el fuego blanco ondeando desde él como un manto, echando luz lo que antes fuese oscuro, en las cavernas donde iba contenido el gran río subterráneo que afluía hacia el sur, al Monte Fénix.

—En fin —dijo Ranma con un suspiro—. Mejor nos movemos, ¿eh, Taro?

—¿Para dónde? —demandó Taro.

—Al corazón de la aflicción —dijo Shiso desde su lugar en el hombro de Ranma—. Al lugar del dolor.

Había en la voz del ave una tristeza de profundidad imposible, antiquísima y pesarosa. Sus ojos negros chispeaban, mientras el fuego blanco le engalanaba el cuerpo como una capa de luz refulgente.

—Suena de maravilla —masculló Taro, pero echó a andar con Ranma, subiendo por la rampa y adentrándose en las tinieblas, con la álgida luz de Shiso alumbrando el camino.

La rampa se curvaba luego de unos tres metros, y luego los tres se habían perdido de vista, y Kima quedó sola con la figura de capa y el cuervo de ojos blancos y cuerpo flameante. Hubo silencio durante un momento, con Kima mirando desde su asiento a la mujer encapuchada, si es que era mujer.

—¿Quién eres? —dijo Kima por último.

—Soy la más joven de tres hermanas —dijo la mujer vestida de noche, con una voz de lluvia amable, que cae en las praderas y montañas cubiertas de bruma. El poder detrás del tono y palabras era inmenso, inabarcable, vasto como la creación.

—¿Tienes nombre?

—Tengo más de uno.

La mujer levantó los brazos y se quitó la capucha del rostro, con un rumor de sedas sobre piel.

Por una fracción, solo una fracción de segundo, hubo algo allí, donde las sombras habían estado, algo de tan inconcebible y estremecedora belleza, que hizo que el corazón de Kima se detuviese un instante. Era un rostro hecho, acaso, con planos de una luz diáfana y agobiante, hecho de la niebla fría que cubre a los lagos congelados, hecho con los ángulos y líneas de una geometría superior a la comprensión de la mente, un rostro con ojos hechos a partir del fuego incrustado en las estrellas, tan hermoso y tan aterrorizante, que escapaba a los sentidos de Kima el poder recordar detalle alguno de él, salvo la impresión indescriptible de un poder ancestral, de magnitud pasmosa.

Y luego no fue más que un rostro, una cara humana, tan bella que era casi un quebranto, perfecta y encantadora, salvo por la solitaria línea que cruzaba una mejilla, una cicatriz nívea, como una marca. Los ojos eran oscuros como ala de cuervo, y el cabello era más oscuro aun, sedoso y brillante a la luz del fuego blanco y flamante que manaba desde el cuerpo de Kioku.

—Me conoces mejor, quizá, como el Ave Blanca —dijo la doncella—. El Ave Blanca que lleva las almas de los muertos hasta allende el mar con sus grandes garras frías.

Y por un momento, hubo en torno a la mujer la impresión de unas alas, más grandes que las cavernas, extensas y magnificentes, puras como la nieve, cada pluma más larga que un hombre, y luego ya no estaban.

El miedo ahogó a Kima. El Ave Blanca. La que señorea en el Nido de los Muertos. La servidora del Rey de Cenizas, la que arrancaba las almas de los seres vivos con su gran pico.

El rostro de la mujer estaba lleno de un tormento inimaginable.

—No tengas miedo. Te ruego, niña no tener miedo. No hay nada que temer de mí, ni de mis dominios. No hay nada que temer de mí. Algunas formas en que puedes llegar a mí pueden ser dignas de temor, pero esas formas son de él, no mías, y yo ya no le sirvo más. No le he servido en mucho tiempo. Ninguna de nosotras.

Había en las palabras tal compasión, tan terrible dolor en la voz y expresión. Despacio, el miedo asfixiante, un terror capaz de hender el alma, la abandonó, reemplazado por la absoluta aura de poder que la mujer irradiaba.

—Me puedo quedar aquí un rato breve —dijo la mujer—. Este lugar es del poder de mi hermana, y ella no ha despertado. Debo marcharme pronto.

—¿Adónde? —dijo Kima.

—Al norte —dijo la mujer—. Allende el Desierto de la Garra, el asiento de mi poder. Pero no recordarás aquello, ni nada de cuanto te he dicho, ni de lo que has entrevisto de mí. No está permitido; no aún.

—¿Entonces por qué me dejaste verlo? —dijo Kima.

—Porque así lo he elegido —dijo la mujer, con una sonrisa triste—. Un solo recuerdo te daré, y es este. Esto que te han hecho fue por dos motivos. El primero es porque desean usarte como ejemplo. El segundo es porque lo que complace a su amo, más que ordenar a sus sirvientes destruir a un servidor de la Luz, es ver a dicho servidor destruirse a sí mismo.

—¿Cómo me has dicho? —dijo Kima suavemente.

—Servidor de la luz —dijo la alta mujer, con sus ojos oscuros luciendo en la luz que derramaba el inmóvil cuerpo de Kioku—. Lo eres, ¿no es así? ¿Acaso no has visto el suplicio de mi hermana media, y deseado ver que este termine? ¿Acaso no has visto la belleza de mi hermana mayor, y no te has embelesado con ella?

Kima no pudo dar respuesta. Cerró los ojos, agachó la cabeza, y recordó.

—La batalla está apenas por empezar —dijo la mujer, críptica—. Ten valor, querida. La senda es dura, y no exenta de dolor.

Sintió un beso delicado en la frente, suave como la lluvia de verano, y luego oscuridad.

~ o ~

Y ahora, reflexionó Cologne, era todo como al comienzo, solos los dos.

Acunaba la cabeza de Samofere sobre sus piernas, sentada en la negra ribera de piedra, bajo la tierra, mientras el poderoso río que conducía de Jusendo al Monte Fénix rugía por el cauce que había labrado en la incomprensible extensión geológica de los años, a través de millones de giros del sol, la luna y las estrellas.

La luz azul de la lámpara se proyectaba por la caverna, chispeando en la oscuridad espumosa del río, resaltando las porciones de mica y cuarzo que yacían en la gran expansión de piedra gris, haciéndolos esplender como joyas, como estrellas.

El río pasaba raudo, y Cologne recordó algo: que todos los ríos corren hacia el mar, por largo o corto que sea su camino. Todas las aguas volvían al final hasta su lugar de nacimiento, y acaso el distingo que se hacía entre mares y ríos era una cosa frágil, provisoria, una cosa humana, una forma humana de definirlos.

Samofere tenía los ojos cerrados. Su respiración era lenta, y habría sido indetectable para alguien no entrenado como ella en las artes de la medicina. Estaba empeorando, paulatinamente, la piel morena haciéndose más pálida con cada exhalación.

Cologne advirtió que tenía aferrada una de las manos de él, y que llevaba un buen rato haciéndolo. La piel era arrugada y escamosa, las uñas unas garras, curvadas por la edad. De joven, recordó Cologne, cuando tenía la juventud que ella le había visto hacía unas horas, sus manos habían sido casi humanas. Prácticamente humanas. Pero no lo suficiente.

Igual que los demás.

Había en ella un siglo de negación que había empezado a morir hacía poco, un siglo de endurecerse, y la primera grieta había aparecido cuando el monstruo que a veces adoptaba forma de hombre le había dicho que Samofere estaba muerto.

Y luego había habido esperanza, una gran esperanza ardiendo dentro de ella, al verlo volver, joven otra vez, joven como ella, tan bello como lo recordaba. Luego había venido la última revelación, de cuatro mil años de engaño, de un siglo de mentirle a Cologne. Él había compartido con ella, o fingido compartir, tanto de su pensamiento, de sus sueños. Y nada había sido real, sino elucubraciones de la vida que había elegido llevar en esa falsa reencarnación, como la decena de otras vidas que había llevado a lo largo de los siglos.

Y como él, ella había compartido también. Le había contado cosas que jamás hubiera contado a alguien más. Le había dicho la verdad en todo aquello que preguntara, salvo por una única cosa, porque hacía mucho ella había comprendido que aquello que más deseaba de él les estaba vedado. Había demasiado que se interponía, demasiadas barreras mentales, de raza y cultura.

Ahora, ante la agonía de él, Cologne quería decirle aquello último, pero se descubrió incapaz, y se aborreció por eso. Se había considerado al margen de estas cosas después de más de un siglo, al margen de sentimientos que pertenecían a una muchacha muy, muy distinta de la vieja que ahora vivía en el cuerpo de esa jovencita.

Pero no podía negar su propio corazón. No en esto. Ya no. ¿Cuánto, se preguntó, había de la niña de ayer en el cuerpo que tenía ahora? Tal vez siempre habían sido la misma, la niña de ayer, la vieja de hoy. Tal vez siempre había estado allí, esperando.

¿Acaso eso no eliminaba toda duda? Y justo al caer en la cuenta, él dejó de respirar.

—No...

Pensó que esta vez no volvería.

—No...

Podía hablarse sin descanso de la paz, se dio cuenta Cologne, y de la misericordia, de mundos mejores que este, y del ciclo de la vida, pero casi todo aquello deja de ser consuelo cuando un ser amado se muere ante uno sin que pueda hacerse nada.

Y entonces él abrió la boca, y aspiró un último, doloroso hálito. Los ojos se le abrieron un tanto; hubo un destello de esos iris profundos, de verde líquido, perdidos en la luz azul de la lámpara, nublados.

Y luego, con una exhalación, como la última brisa del viento, dijo una palabra.

—Cologne...

El nombre de ella.

Volvió a cerrar los ojos.

—No te vayas —musitó ella con fiereza, aferrando contra sí el cuerpo anciano y abrazándolo, pasando los dedos por la suavidad mullida de sus alas. Cómo le había fascinado mirarlas siendo él joven, recordó, soñando cómo sería tocarlas, preguntándose cómo sería la sensación de esas manos sobre el cuerpo de ella, qué sabor tendrían en su boca los labios de él. Siempre había imaginado que tendrían el sabor del aire, del cielo, de un agua dulce.

Habían tenido un gusto amargo, la única vez que lo había besado, pero había sido culpa de ella. Por eso no era capaz de culpar a Shampoo por actuar con las píldoras del brazalete o de las setas kairaishi: ¿cómo podía culpar a la muchacha por cometer los mismos errores que ella a esa edad?

—Por favor —dijo, sin oír siquiera un susurro de respiración—. Por favor no me dejes. Te necesito, Samofere. Te necesito. No me importa nada de lo que hayas hecho, o quién hayas sido. Te necesito.

La luz azul parecía más apagada. Él se iba ahora, y ella no quería que se fuera, se dio cuenta, con un padecimiento en el alma.

—No me dejes —imploró, apenas un murmullo, dándose cuenta de que le corrían lágrimas por la cara, sin importarle—. Por los dioses, no me dejes. Me...

Hubo un sonido, como un suspiro de la tierra. La luz azul de la lámpara se extinguió y los dejó a oscuras. Oyó algo que podría haber sido el río acrecentándose en su lecho, como en respuesta a la ausencia de la luz.

Sintió sus propios latidos, lentos y regulares, como el batir de las olas contra la costa. Recordó una playa y, ay, ¿cuándo había sido, la última vez que de verdad había visto el mar, y corrido en las olas suaves, riéndose, dejando pisadas en la arena blanca que luego se llevaría la marea?

Recordaba haber estado una en la playa con Happosai, mucho, mucho tiempo atrás, antes de volverse él lo que era ahora. Recordó la estampa delgada de él, ágil, bronceada por el sol, nadando veloz por el agua del mar con el gozo absoluto y simple del movimiento, su cara ladina y poco agraciada hecha atractiva por la alegría. El cielo había estado azul, el sol caluroso, la arena áspera y caliente contra la espalda descubierta de ella al echarse junto a él, queriendo, y no logrando, ahogar toda tristeza que sintiera por lo que no podía ver en él.

Había sido la primera vez que ella había estado en el mar, se dio cuenta, esa vez que Happosai la había llevado. La aldea Joketsuzoku había estado muy hacia el interior, y aunque ella había nadado en cauces de la montaña, no había visto la ancha belleza del mar sino hasta cumplir los veinte años, cuando se había ido tras Happosai y los tesoros que este había robado, para encontrar en él más de lo que había esperado o querido. Lo que habían tenido no estaba destinado a durar: eran demasiado contrapuestos, demasiado distintos, y él nunca se había permitido atarse con nadie, nunca se había permitido la debilidad de necesitar a alguien, y con las décadas se había retorcido sobre sí mismo y sus propias lujurias.

Ella lo había amado también, se dio cuenta, a quien había sido, y la acongojaba aquello en que él se había convertido, porque podía haber sido tanto más, de haber sido las cosas diferentes.

¿Por qué todo tenía que cambiar, irse, no volver? ¿Por qué tenía ella que seguir viviendo, siempre igual, mientras todo lo que amaba moría, en cuerpo, espíritu o alma?

Y ahora, al final, estaba esto, esta última coraza, esta última puerta cerrada, esta última valla, la privación final. Seguía aquí, aún ahogándola. Aún negándose a ceder, con todas las décadas de amargura, dolor y pérdida, a este deseo postrero, a estas ganas de decir la verdad.

Pero ya no tenía poder sobre ella, porque se negó a que así fuera. Sentía lágrimas calientes en la cara. En sus brazos, el cuerpo de Samofere estaba frío. La oscuridad lo envolvía todo.

—No te vayas —dijo, poco más que un susurro—. No me dejes. Por favor. Te amo.

Esas últimas palabras rodaron desde el centro de su alma, de su ser íntegro, como una oleada, y la última porción de la valla cayó ante esta, arrasada por la sensación del amor cabal y doliente que sintió en ese momento. Sintió algo tirar de su muñeca, allí donde el hilo los ataba, algo que tiraba desde el cuerpo y el alma, al descubrirse por fin ella ante él, dejando que la negación muriera.

Una luz de plata estalló por el aire, junto con el hilo, junto con sus cuerpos, crepitando y haciendo erizarse cada vello del cuerpo de ella. Vio la cara de él: los ojos cerrados, la piel mapeada de arrugas, el pelo blanco. Vio sus facciones extendidas, tirantes sobre el cráneo que las sustentaba.

Sintió una hendedura en su ser, como si el alma y el cuerpo se le hubiera desgarrado en dos. Había dolor por doquier, infinito, insoportable, y Cologne abrió la boca para gritar.

El grito fue tragado por un frenesí de placer puro, tan intenso que, por un momento, no dejó espacio a nada más. Había oído hablar de placer tan grande que dolía. Sin duda se trataba de algo así de grande. Era más grande aún. Hubo una inconcebible sensación de unión, de vínculo, que superaba a todo lo que jamás hubiera sentido. La luz pareció inflamarse en su cuerpo, abrigando, confortando.

Y despacio, sintió brazos esbeltos y fuertes en torno a su espalda, estrechándola. Vio, por entre una vista nublada de lágrimas, descender una oscuridad, en la forma de dos alas amplias, de plumas negras, que cayeron en torno a ella y la rodearon del mismo modo que los brazos. Olían a agua limpia y fresco aire de montaña.

Había un rostro ante ella, joven, de ojos verdes, agraciado. Parecía pálido y cansado, pero llenándose de vida a cada segundo.

—Ay, mi querida Cologne —musitó Samofere, con sufrimiento en la voz—. No sabes lo que has hecho al permitirte quererme tanto.

Cologne miró hacia un lado, y vio los restos ennegrecidos del hilo, sobre el suelo de piedra de la caverna. Volvió a mirar a Samofere.

Era tan hermoso.

Cologne sonrió:

—No me importa.

—Pero...

—¿Me oíste? No me importa.

Quitó las manos de donde habían estado sosteniendo la espalda y alas de él, y las puso delicadamente a cada lado del rostro delgado de Samofere. El momento pareció extenderse. La luz de plata estaba en toda partes, fluyendo desde ella, desde sus ropas, cabello y piel, desde él, de sus alas, su cuerpo y sus ojos.

—Cologne —dijo él, un movimiento de sus labios, un tono maravillado en la voz—. ¿Por qué...?

Ella volvió a sonreír, acercó a sí el rostro de él y lo besó, y no dejó de hacerlo hasta que tuvo la certeza de que se quedaría en silencio. Para entonces, la luz de plata se había ido ya del todo, y quedaba solo la oscuridad.

Y luego, por último, por fin, allí en la oscuridad, guiados solo por el cuerpo del otro, por la sed de sus respectivas almas, por el dolor de sus corazones, los dos se unieron finalmente, como siempre debió ser, la hija soberbia de una raza guerrera, y un hombre asediado por un alma en tinieblas.

~ o ~

Siguiendo el cuerpo radiante de Shiso, Ranma y Taro subieron por una pendiente en espiral, natural, que los conducía cada vez más arriba en las cavernas. Las paredes junto a las cuales pasaban eran extrañamente lisas, y aire era aquí húmedo, denso y hacinado.

La luz blanca del cuervo se reflejaba en el hilo de plata que colgaba entre los dos, chispeando, como el sol en la superficie de un lago cristalino. En todo momento sonaba un correr de agua, por más alto que llegaran.

—¿Y? —dijo Taro con tono de charla tras un largo período de silencio—. ¿Qué te parece todo esto, travesti?

—Si quieres saber mi opinión, deja de insultarme —murmuró Ranma. Se sentía fatigado; el cuerpo le dolía. El aire parecía cargar sobre él como un par de manos. La cabeza le martilleaba, una jaqueca común, sin fuego, sin hielo.

—Pero es muy divertido —dijo Taro—. Y siempre picas.

—Lo mismo que picas tú, Pan...

—Eh —dijo Taro, alzando un dedo—. Estamos lejos de alguien que nos quiera echar al río. Cuidado.

—Cuidado tú —soltó Ranma de vuelta—. No estoy de humor para tus cosas, Taro. Nunca estoy de humor para tus cosas, pero ahora de verdad es menos que nunca.

—¿Qué, estás con la regla?

Ranma se volvió y estaba lanzando un puñetazo ni bien las palabras salieron de la boca de Taro. Taro lo esperaba, desde luego, y esquivó hacia un lado. El puño de Ranma chocó contra la pared detrás del otro muchacho; se rasgó la piel de los nudillos contra la piedra, y no tuvo duda de que sintió un hueso moverse.

Taro lo agarró del cuello de la camisa con la mano libre y echó atrás el otro puño, aprestándose a golpear.

—No me puedes ganar, en el estado que estemos, así que ni lo intentes.

Basta.

—¿Eh? —dijo Taro, relajando un tanto la sujeción.

¿Acaso con mi dolor no es suficiente?

—¿Lo oyes también? —dijo Ranma, tratando de concentrarse y formar las palabras por entre el dolor intenso de su mano; le pareció que se había fracturado el hueso, al golpear la piedra con tanta fuerza sin la protección del ki.

—No oigo nada —dijo Taro, con algo que fue más un gruñido. Agarró más fuerte, y se tensaron los músculos del brazo y puño que tenía alzado.

No.

Quebranto, inexplicable y sin origen, que descendió sobre Ranma como un peso. Era un mazo de angustia pura que le hizo caer de rodillas. La sujeción de Taro desapareció; por entre ojos que amenazaban con nublarse de lágrimas Ranma vio en las facciones de Taro que lo mismo le había pasado a él.

Aquí no habrá más dolor que el mío.

—Por Dios —dijo Taro, apenas un susurro—. ¿Qué es eso?

¿Acaso con mi dolor no basta?

—Es ella —contestó Ranma, con la voz atragantada. La terrible sensación de congoja le dificultaba el habla. No podía explicarlo; era algo carente de motivo, pero presente de todos modos.

¿Acaso con mi dolor no basta para el mundo entero?

—¿El dragón? —preguntó Taro, como quien quiere oír una negativa.

—Eso —dijo Ranma—. Ay... Ay, no... ¿Cómo es posible que...?

No había nada que permitiese describirlo, no había palabras capaces de abarcarlo, o traducirlo a algo que fuese posible comprender. Sentía como si el corazón fuese a descuajársele del pecho, como si su esencia misma fuera a borrarse bajo ese sufrimiento, esa tristeza horrorosa que le llenaba completamente el ser.

Lo que había hablado no estaba dentro de su cabeza, ni lo oía por fuera. No eran sino sus propios pensamientos, pero originados externamente. Era su voz, su voz interna, hablando con las palabras de otra persona.

—Vamos —llamó Shiso desde más adelante, con voz profunda y suave—. Vamos.

Y en esa voz, en esa voz había algo que no podía rehusarse, que no admitía rechazo. Ranma se sentía como un hombre al borde de un precipicio, añorando con toda el alma el abrazo vacío del aire y el vuelo en picada que sigue a él. Sabía que aquello que le esperaba lo dejaría cambiado; tal como aquello que había visto en Ryugenzawa lo había dejado cambiado. No sabía si sería para bien o para mal, pero sabía que debía ir, sin la menor sombra de duda.

Miró a Taro, cruzando la distancia del hilo de plata que había entre ellos, y cayó en la cuenta de que todo lo que sentía estaba reflejado en el alma irascible y amarga del otro muchacho. Taro parecía pálido, su cuerpo era una lección de rigidez. Todo lo que Ranma sentía estaba reflejado en Taro, y más, porque Ranma no sentía miedo, eso no, y entendió que Taro sí lo sentía.

—El pájaro tiene razón —dijo Ranma—. Hay que seguir. No hay vuelta atrás.

Echó a andar tras Shiso, subiendo la pendiente gradual del túnel. Se detuvo al sentir un tirón en el cordón, que se tensó. Mirando atrás, vio que Taro no se movía.

—Anda, Taro —dijo Ranma, sin dureza—. Anda. Hay que seguir.

—Esta en mi cabeza —le dijo Taro a nadie específico, con tono mitad de asombro y mitad de dolor—. Me conoce.

—¿Eh?

—Ella me conoce —dijo Taro, con una voz que sonaba lejana, desconectada. Se aferró la cabeza con las manos, con los nudillos blancos—. Por favor. Sal de ahí. Sal.

Solo quiero saberlo para que tú también lo sepas.

La aflicción grávida, pesada, aparecía ahora tener dirección, propósito. Era una presencia, que pendía en las profundidades de las cavernas como una niebla clara. Miraba desde las paredes, desde el techo, el suelo, desde detrás de los ojos de uno, y desde dentro de la piel. No era hostil, ni furiosa, ni pretendía hacerles daño.

Pero la aflicción que contenía, el dolor que portaba, eran imposibles de dimensionar. Era una endecha silenciosa, el canto fúnebre de una garganta enmudecida, el grito sufriente alguien sin voz, un zumbido de fondo que teñía de pesar cada idea, cada movimiento.

Y luego se había ido, de pronto, aunque la sensación de tristeza se quedó en Ranma. Sintió alivianarse el peso en su alma, solo un poco.

—Se fue —jadeó Taro, yéndose de costado contra el muro de piedra—. Se fue.

Solo entonces pareció darse cuenta de que lo decía en voz alta, y la debilidad momentánea pareció irse de él, al erguirse más y pasar caminando rápido junto a Ranma. Más arriba en la pendiente ascendente del túnel, la forma flamígera de Shiso sobrevolaba en el aire, manteniéndolos a ambos al borde de su luz.

—¿Lo sentiste más que yo, cierto? —preguntó Ranma.

Taro lo miró y trató de hacer algo parecido a su gesto burlón acostumbrado.

—Tal vez —dijo—. Mi mente es mucho más grande, a fin de cuentas.

Pero la mirada atormentada de sus ojos lo delataba. El efecto de la presencia había sido peor para él, aunque Ranma no podía ni empezar a imaginarse cómo debía haber sido. No quería imaginarse cómo había sido.

—¿Quieres seguir? —preguntó Ranma.

Taro resopló. —Claro que sí. ¿Crees que tengo miedo o qué?

Decidiendo que era mejor no contestar, Ranma no hizo más que echar a andar de nuevo, esta vez sin resistencia de Taro. Siguieron subiendo, siguiendo el fuego del cuervo, hasta que el pasaje sinuoso se hizo recto, hasta que el piso que había sido en pendiente se hizo horizontal. Estaba desgastado, como suavizado por el paso de muchos pies.

Por delante, Shiso pendía en el aire, con las alas aún extendidas hacia cada lado, y su fuego blanco era opaco en comparación con la luz dorada que bañaba el pasaje desde más allá de la salida alta, ancha, de cortes rectos cual hecha por manos mortales. Sobre el dintel de la salida, cinco símbolos espiralados, borrados desde hacía mucho en la piedra, brillaban con el mismo fuego blanco que emanaba Shiso. No eran símbolos de una lengua que Ranma hubiera visto u oído jamás.

Más allá de la salida, el aire tenía un brillo vagamente dorado, como un espejismo de calor. No se veía techo, ni suelo, ni paredes más que la áspera expansión de piedra gris que debía hallarse casi trescientos metros más allá de la salida.

En silencio, moviéndose de forma idéntica sin darse cuenta, los dos la traspusieron, avanzaron con pasos vacilantes hasta el borde del pasaje, y, en medio de la luz dorada que hacía a todo tan radiante como el mediodía, miraron hacia abajo. Al lugar del dolor.

Más allá del pasaje había una caverna subterránea tan vasta que desafiaba al entendimiento. De forma circular, unos trescientos metros de diámetro, trescientos también de altura, con las estalactitas más grandes que colgaban del techo casi del tamaño de diez hombres, era una gigantesca cavidad rocosa con forma de campana, y al fondo, en su centro, yacía la verdadera fuente de Jusenkyo.

Desde una altura de ciento cincuenta metros, Ranma y Taro miraron la gran forma dorada del Dragón del Cambio, allí donde ella, porque era ella, yacía en el centro de la caverna, semisumergida en el lago magno y poco profundo que brillaba dorado, dorado como su cabello, dorado como ella.

La boca de Ranma se abría y cerraba producto de un horror mudo, pues por la forma y definición de sus proporciones, por la línea noble de su cuerpo, pudo ver que el dragón era tan hermoso como su hermana. O lo había sido.

Se daba cuenta ahora de dónde provenía la línea y formas del fénix, porque el origen debía ser ella. La gran cabeza era como la de un ave, la cola engalanada de penachos largos gruesos, de escamas tan finas que parecían plumas. En su forma general, en su linaje, la que estaba bajo Jusendo era como su hermana bajo Ryugenzawa, pero después de aquello no se parecía más a ella que Kima a Cologne.

Porque además del fulgor dorado del cuerpo, además de la enorme cola de largos penachos y los penachos sobre su cabeza, estaban las alas. Cada una tenía la longitud completa de su cuerpo de ciento cincuenta metros, tendidas hacia los lados, cubiertas con largos diseños de escamas rojo dorado, violáceas y anaranjadas, que habían sido otrora hermosas y eran hermosas aún, pero solo una sombra de su belleza anterior. Porque el dragón, ella, era un prisionera, y no era libre, y la belleza que lucía era la del oro manchado, de algo sublime ahora destruido.

En lo profundo de la caverna, las aguas se arremolinaban en torno a su cuerpo, provenientes de los seis grandes ríos subterráneos que afluían a la caverna, y los dos grandes ríos subterráneos que salían de ella. Las aguas eran doradas también, con partículas brillantes en su superficie y bajo esta. Sangre. Sangre de dragón. Era el poder de Jusenkyo, el poder de las pozas hechizadas. Era poder pagado con aflicción y dolor que superaban todo concepto, poder pagado con la sangre de algo hermoso, con la sangre que manaba de las tres grandes heridas abiertas en el cuerpo ingente y noble del dragón.

Dos heridas estaban en las alas, en lugares casi idénticos, cerca del centro de cada una. En una época tan remota que Ranma solo podía aventurar su antigüedad, una gran estalactita había caído del techo de la caverna y atravesado cada ala. Más altas que una casa, de unos cinco metros de espesor en la parte más gruesa, las formaciones caídas habían atravesado la delicada membrana y escamas lustrosas de las alas, y habían apresado al dragón contra el fondo del lago poco profundo. Se habían formado grandes anillos de tejido cicatrizal en el contorno de cada herida, adherido en torno a la roca incrustada en casa una. Pero la sangre dorada no dejaba de manar por entre las heridas, para correr por sus alas hasta el agua, dejando manchas sobre la belleza reluciente de las escamas.

En el costado derecho del dragón estaba la tercera herida, enorme y abierta, carmesí y viva entre las escamas doradas. En el agua y la tierra cerca de ella había fragmentos de piedra, pertenecientes a una estalactita más grande aun que las que traspasaban las alas, vestigios de lo que había causado la lesión. La sangre manaba también de allí, dorada, hacia el agua, el agua que circulaba en espirales y se llevaba en su seno la sangre.

Y lo peor, lo peor de todo, era que el dragón estaba con vida, había estado con vida durante eras indecibles, y seguiría con vida muchas eras más. Los grandes ojos estaban cerrados, no se advertía respiración alguna, pero la magna criatura se retorcía con lentitud glacial en su tormento, hiriéndose más con las púas que inmovilizaban sus alas, abriéndose más la herida del costado contra el fondo del lago.

La sangre dorada corría hacia el agua, y le daba el poder encarnado en ella, la magia del flujo y transición que era su naturaleza, la fuerza y amplitud de los cambios de estado y existencia que todas las cosas sobrellevan para perdurar. Era ese poder, contorsionado sobre sí mismo y hecho aflicción, lo que hacía a Jusenkyo lo que era.

La caverna estaba anegada de luz dorada, Y Ranma deseó que hubiera estado oscura, para no tener que ver más de ella, para poder borrarse de la mente esa imagen, aunque sabía que jamás sería capaz. Miró a Taro, y vio el sufrimiento al descubierto en la cara del muchacho, porque hasta él, con toda la amargura de su alma, no podía ser indiferente a esto.

Ranma había llorado bajo Ryugenzawa, con la belleza, con el amor que el dragón le había ofrecido sin condiciones. Quería llorar ahora, pero no le era permitido, no le era lícito llorar por esto, porque ¿qué de este dolor podía compararse a lo que aquí yacía? ¿Qué derecho tenía él de llorar por cuanto veía, cuando su pena no era nada junto a la de ella?

Hubo una forma negra cayendo en espiral hacia el fondo de la caverna. Shiso. Estaba cubierto con la luz de la caverna, las flamas blancas ya ausentes, la luminiscencia dorada prendiéndose a su cuerpo como una niebla. Bajaba en giros concéntricos, dejando a su paso un rastro rojo dorado, hasta ir a posarse sobre la orilla del gran lago, un minúsculo punto negro. A cada lado de él, dos ríos corrían hasta el lago, sus aguas arremolinándose en torno al dragón que era ella, embebiéndose de su sangre antes de salir afluyendo en otras dos corrientes, una que iba hacia el Monte Fénix, otra que subía por la montaña hasta la cascada que era la fuente de Jusenkyo. La sangre se diluiría, se haría invisible, pero su poder continuaría.

Shiso era un punto negro sobre la piedra gris, un punto negro sobre la cabeza dorada del dragón, cuando el ave voló hasta posarse sobre la melena de oro, extendiendo las alas, como en un abrazo, como en gesto de consolación. La cabeza de ella, del dragón, al extremo de su cuello majestuoso, yacía sobre la orilla, con los ojos cerrados.

Ranma vio que unos peldaños toscos, empinados y estrechos, conducían bajando desde donde estaban él y Taro, y se dio cuenta de que, aunque todo en él le gritaba que retrocediera, no podía. Sus pies lo conducían hacia abajo, y los de Taro lo conducían a su vez, por las escaleras, con pasos cuidadosos, y la presencia de la aflicción volvía ahora multiplicada cien veces, una carga pesada, pero insignificante junto al dolor de lo que yacía apresado bajo Jusendo, así que debía él comportarse como si no constituyese carga alguna.

Era un niño de nuevo, un niño temeroso y sacudido, al alcanzar los dos, tras largos minutos, el fondo de las escaleras. El dragón, ella, era gigantesco, imposiblemente grande, mayor de lo que ninguna criatura viviente debía haber sido. Y aun con las lesiones que sufría, mantenía en su forma una gracilidad que ninguna criatura de su tamaño debía haber logrado. Y era tan bella, sumida en un tormento tal, que desgarraba el alma al verla.

Ranma avanzó por el piso de piedra, con pisadas simultáneas a las de Taro, el cordón de plata extendido entre los dos. El sonido del agua corriendo era casi abrumador, y sentían sobre ellos el peso de una edad inmensa. Les caía agua desde el techo en gotas minúsculas, en las manos, en la cara. No se transformaron; el poder de su atadura lo impedía.

Estaban ahora ante la gran cabeza resplandeciente de ella, del dragón. Su forma era una mezcla entre ave y serpiente, muchas veces más alta que ellos dos. Los ojos estaban cerrados; el dragón no parecía respirar. Solo el enroscar perpetuo de su cuerpo daba alguna señal de vida.

Shiso era una reducida forma negra junto a la melena del dragón, y temblaba, como sufriendo en silencio. Ranma miró la cabeza dorada, y sintió que del alma le surgía un estremecimiento, como el pulsar de un instrumento de cuerda, que luego le recorrió el cuerpo. No entendía cómo era aún capaz de moverse, pero podía.

—Ay, ser noble —musitó, casi sin voz, con dolor en el corazón al extender la mano y posarla contra las escamas doradas contiguas a las fauces cerradas—. ¿Por qué te han hecho esto?

Las escamas se removieron bajo su mano, y Ranma dio un salto atrás, conmocionado, cuando una rutilante escama dorada cayó hasta la piedra con un sonido metálico.

—¿Por qué ya no nos habla? —preguntó Taro desde donde se hallaba. Su voz no contenía rabia, ni amargura, ni nada de lo habitual. Sonaba extraviado, atemorizado y solo.

—No puede —murmuró Ranma, arrodillándose para recoger del suelo la escama—. No aquí. No en este lugar.

—Pero ¿por qué está aquí? —preguntó Taro—. ¿Se echó aquí mientras las estalactitas caían?

Y despacio, con horror y tristeza, Ranma se dio cuenta de que eso era lo que había sucedido. El dragón, ella, tenía demasiado poder, era demasiado formidable, como para que algo así no hubiera sido por voluntad.

Ella lo había sabido, comprendió Ranma. Había sabido lo que sucedería, y se había quedado allí mientras sucedía. Había sido un sacrificio ofrecido libremente, por una razón que él desconocía.

La escama era tibia en sus manos, al asirla él con cuidado. El filo perlaba en la luz de oro, y la escama emanaba además su propia luz. Todo era dorado, violentamente dorado. La escama era tan larga como el antebrazo y mano de él, y tan rígida como el acero.

—Sí —dijo por último—. Creo que eso hizo.

—Pero ¿por qué? —dijo Taro—. ¿Por qué alguien... ¿Por qué haría algo así nadie en el mundo?

—No sé —dijo Ranma—. De verdad que no.

Recordó, lo que había sido dicho en una voz que no era de él, pero que aun sí lo era: ¿Acaso mi sufrimiento no alcanza para todo el mundo?

—¿Para qué vinimos aquí? —preguntó Taro—. ¿Para qué vinimos?

—Para poder ver —susurró Ranma—. Para poder entender. Esta es la esencia de Jusenkyo, Taro.

Alzó la escama, el dorado destellando en el aire:

—Y para que pudiésemos ser libres. Ella nos liberó.

Tocó con el filo de la escama el cordón de plata, en el centro. Este se deshenebró y cortó, y cayó al suelo convertido en nada. Ranma tiró la escama al suelo y se sobó la muñeca, sintiendo que el cansancio lo abandonaba, sintiendo que volvía a él una parte antes escindida.

—Ya no estamos atados, Taro —dijo, con una voz pesada de dolor, de una lamentación tan vieja como el tiempo—. Ya no tienes que venir conmigo. Voy a salir de aquí. Voy a volver a la barca. Voy a ver qué puedo hacer para ayudar a Kima. Para detener a Helubor.

Taro no dijo nada. Tenía ambas manos puestas contra un costado del cuello del dragón, la mejilla apoyada contra las frías escamas. Estaba de rodillas, con la cara cruzada de dolor. Tenía los ojos fuertemente apretados. El cuerpo le temblaba.

Ranma dio media vuelta, con una tristeza agrandándose en él por Taro también, aunque nunca supo por qué. No pudo hallar dentro de sí rabia, o sentir algo siquiera remotamente parecido al odio. No había espacio; no entre toda la aflicción, no entre todo este dolor. El odio parecía inútil y baladí, ante todo este infinito sufrimiento.

Un peso suave se instaló en su hombro, y olía a plumas, agua limpia y aire de montaña.

—Hola, Shiso —dijo Ranma, y alzó una mano para acariciar las plumas oscuras del ave, que no dijo nada, solo miró con ojos lejanos, tan profundos y oscuros, que Ranma no pudo mirarlos demasiado, por miedo a caer en ellos y perderse.

Sin mirar atrás, Ranma se alejó. Subió por los peldaños angostos y empinados que llevaban al pasadizo. Bajó la pendiente sinuosa de los túneles que conducían al lugar donde había quedado la barca, con el fuego blanco de Shiso iluminando el camino.

Solo cuando ya no logró seguir conteniendo la angustia, cuando se apoyó contra la muralla para envolverse con los brazos y llorar como un niño, por la belleza perdida y el sacrificio dado en libertad, advirtió en verdad que Taro no lo había seguido desde la caverna del dragón.

~ o ~

Los cinco hombres alados, reunidos en torno a la mesa de piedra circular, tenían miedo. Décadas de maquinaciones e intrigas en el complejo sistema político del Monte Fénix no les habían preparado para esto.

El Príncipe Helubor bajó la mano. Un par de metros por delante de él, un pedazo de hueso suelto cayó desde el cúmulo de ceniza, traqueteando hasta el suelo. El aire de la gran cámara hedía a carne quemada. Momentos antes, el cúmulo de ceniza habían sido dos guardias que habían tenido la mala suerte de reportar que los prisioneros, de modo desconocido, habían escapado.

Helubor había pedido explicaciones. No habían podido darlas. Había alzado una mano, y el aire entre él y los dos guardias se había prendido en llamas. Habían muerto casi instantáneamente, pero sus gritos habían sido lo bastante fuertes para quedar aún resonando en los oídos de los otros cinco testigos.

—Los mataste —dijo don Kavva por último, con conmoción en el rostro moreno.

Los plebeyos de la montaña no recibían muy buen trato por parte de los nobles, pero nada que llegara a estos extremos. A los plebeyos se les oprimía, se les extraían tributos, se les mandaba investigar ruidos extraños provenientes de las cavernas y corredores, que luego resultaban ser una invasión de artistas marciales japoneses. Todo en nombre de Saffron, desde luego. Pero no se les mataba. La población era demasiado reducida para eso. Cada niño nacido, plebeyo o noble, era un tesoro; cada vida perdida de forma prematura era un duelo.

—Bueno —dijo la figura encorvada y marchita de Xande, desde su lugar sentado a la mesa, enfrente de los cinco nobles—. Esto le pone cierta premura a las actividades, ¿no?

—Sí —dijo don Mazarin, con la cara pálida—. Supongo que sí.

—Premura o no —dijo Kavva—, no tengo intenciones de proclamar a un rey sin saber si es para mejor, y si creen poder intimidarnos para que...

—¿Cómo están tu esposa e hijo, Kavva? —dijo Helubor, volviendo a sentarse a la mesa—. ¿Te parecen adecuados los guardias que les pusimos? Como bien sabes, a veces ocurren accidentes. A veces ocurren accidentes.

Kavva se quedó en silencio.

—Si te proclamamos rey, ¿desde luego agotarás todo recurso para dar con los extranjeros y los dos traidores? —dijo Mazarin, sacudiendo sus alas moteadas de marrón, y pareciendo tener náuseas.

—Si es que son traidores —masculló Kavva.

—A Kima ya se le enjuició —dijo Helubor—. ¿Y a quién le importa castigar a unos extranjeros o a un viejo, mientras estemos a salvo dentro del Monte?

—No tenían el derecho de hacerlo —dijo Kavva—. No tenían el derecho de enjuiciar por su cuenta.

—No bajo las leyes antiguas, en realidad —dijo Xande—. Pero ante situaciones desesperadas, medidas desesperadas... O algo así. En fin, eh... Ah, ¿en qué estaba...?

La cabeza del viejo se fue un tanto hacia un lado y soltó un ronquido.

—Es muy simple —dijo Helubor, indicando el elaborado pergamino escrito con tinta de oro, que estaba sobre la mesa—. Me pueden proclamar rey por ahora. El pueblo es presa del pánico. Saffron está muerto. La gente necesita un rey. Ya saben cómo funciona la mente plebeya. Necesitan un rey. Y con mi primo, tío y padre desaparecidos, y mi abuelo ahora fallecido, no quedo más que yo para ocupar el puesto. Mi madre es realeza solo por matrimonio, y mi hermana, desde luego, no procede. —Mostró una sonrisa fiera—. A menos que quieran una reina mujer. A fin de cuentas, le permitieron a una ser senescal. Pero mira dónde hemos venido a dar con eso.

Kavva agrió el gesto:

—Aún así no tenemos por qué...

—No me has contestado, Kavva —dijo Helubor—. ¿Cómo están tu esposa e hijo? ¿Y tú, Mazaron? ¿Tu hijo, tu esposa, tu hermana, cómo están?

El silencio se extendió palpablemente en la estancia de piedra.

Kavva miró el documento de proclama que estaba sobre la mesa de piedra, y luego el cúmulo de ceniza que estaba en el piso. Pensó en su esposa e hijo herido.

Alzó la mirada, para fijarla en los ojos pardo rojizo de Helubor, y en su sonrisa fría. Volvió a pensar en su esposa e hijo, y en las armas de sus custodios, las tropas leales a Helubor y Xande.

Mojó la pluma en el tintero, con una sensación enfermiza en el alma. Pero ¿qué alternativa había? El pueblo necesitaba un rey. En el piso, las cenizas deslizaron un tanto, aunque no había viento que las moviera.

~ o ~