Aguas bajo la tierra

Un fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum

Traducción de Miguel García

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Capítulo 16 : Fuego en el lago

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Agua y fuego pudrirán
Los cimientos, se hundirán
El santuario, el coro luego.
Es la muerte de agua y fuego.

T. S. Eliot

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Cuando se durmió, soñó que volaba, aunque no lo quería. Bajaba en picada, veloz, para luego alzarse, sobre montañas, ríos y mares, con el viento corriendo por su pelo y por su piel. El cielo era azul, y el sol era dorado.

Luego despertó, tirada a la orilla de un río subterráneo, con una barca meciéndose en la corriente, anclada a un promontorio de roca con una fina cuerda de seda. Sobre la proa con forma de cabeza de dragón, un ave negra, que iluminaba la oscuridad con fuego blanco, la observaba con ojos del color de nubes nuevas.

Y recordó que ya no podía volar, y contuvo el llanto, y lo oprimió dentro de ella, y los ojos sin pupilas del cuervo la miraron con tristeza.

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Cuando Ranma salió del pasadizo, la barca estaba donde antes, solo que ahora estaba atada a una estalagmita. La mujer encapuchada que había impulsado la barca tampoco estaba.

Kima estaba sentada con la espalda contra la pared, y las alas, inútiles, laxas detrás de ella. Sostenía a Kioku en una muñeca enguantada, acariciando las plumas relucientes en un ritmo continuo. El cuervo ardía aún de color blanco, como ardía también su hermano de ojos oscuros en el hombro de Ranma, para ahuyentar la oscuridad.

—Has vuelto —dijo Kima simplemente.

—¿Pasó mucho rato? —preguntó Ranma, acercándose para sentarse frente a ella. El río cercano discurría poderosamente por las cavernas subterráneas, hacia el sur, en dirección al Monte Fénix.

—No lo sé —dijo Kima—. Dormí, creo.

—¿Y la mujer de la barca? —preguntó él.

Una expresión extraña, deshabitada, pasó por la cara de Kima durante un momento.

—No está —dijo.

Ranma asintió con la cabeza, decidiendo aceptar aquello como respuesta. Después de todo lo que había visto, algunas cosas debían tomarse como venían.

—¿Y el otro? —preguntó Kima.

—¿Taro?

—Sí.

—Se quedó —dijo Ranma—. Con el dragón. Creo que se quedó.

Kima cerró los ojos y sacó una exhalación larga.

—Entiendo.

—¿Fue... Fue malo para ti cuando fuiste ahí? —preguntó Ranma.

Ella asintió. —Creo que lloré tanto como tú.

Ranma apartó la mirada. —Yo no...

—Tienes los ojos rojos —dijo ella—. No es vergüenza. En absoluto.

Él asintió. No lo era, en realidad. No por aquel motivo. No por la belleza inmortal y atormentada bajo Jusendo.

—¿Cómo te sientes? —preguntó—. ¿Estás...?

—Estaré bien —dijo ella—. Creo. Tengo que estar bien. Soy la única de mi pueblo que sabe a lo que Helubor y Xande han llegado. Tengo que detenerlos.

Ranma miró al suelo. Oyó el rugir del río, el sonido del agua sobre la roca. Por último, habló, con tono inquisitivo:

—¿Kima?

—¿Qué? —dijo ella. La voz le sonaba distante.

—No estás sola en esto —dijo él suavemente—. Ninguno de nosotros está solo. No sé muy bien contra qué estamos peleando, o por qué peleamos, al final. Tal vez es algo que tenemos que entender por nosotros mismos.

—Yo sé por qué peleo —dijo Kima—. Peleo por mi pueblo. Para que no muera. Porque por mala que haya sido nuestra situación, si Helubor consigue hacer lo que pretende, entonces puede empeorar.

—¿De verdad se están extinguiendo, entonces? —preguntó Ranma.

Kima pareció incómoda, luego asintió:

—Así es. Habemos con vida poco más de mil. Gran parte de nuestro hogar está en ruinas. Mucho de lo que fuimos y tuvimos se ha perdido.

Ranma se quedó en silencio un momento, pensando. Mil: una gota en el mar de la población mundial. Apenas mil. Un número insignificante.

—Qué mal —dijo al fin, y se dio cuenta de que sonaba inadecuado y tonto.

Por suerte, a ella pareció no importarle.

—Y tú, Ranma. ¿Por qué peleas tú?

Él levantó una mano y se sobó la frente:

—No sé. Ni siquiera sé si estoy peleando por algo. Tal vez solo trato de sobrevivir. Tal vez solo trato de averiguar por qué tengo los recuerdos de otra gente en la cabeza. Tal vez intento que Akane y todos los demás no corran peligro. Tal vez...

Se calló. No quería decir más. No quería pensar en la garganta de la mujer rompiéndose bajo su puño, en el sonido de su exhalación mortal, en el impacto torcido de su cuerpo contra el árbol. Pero era demasiado tarde, porque todo volvía a él con claridad perfecta, que lo hacía mirarse a sí mismo en el espejo oscuro de ese recuerdo. Se estremeció.

—Pero peleo —dijo al final—. Y no estamos solos en esto. No vamos a dejar que ganen. No sin pelear.

—Pero ya han tomado tanto —dijo Kima con voz suave—. Mi rey está muerto. Estoy lisiada. Y Helubor tiene al monte en sus manos.

—Pero no han ganado —dijo Ranma, vehemente—. No todavía. No todavía.

La miró, en la iluminación proporcionada por los cuervos. El rostro de Kima era hielo frío, una máscara cubriendo desesperación. Sus alas estaban dobladas tras ella, inmóviles.

—Lo siento —dijo él de improviso—. Si yo no hubiera...

—No —dijo Kima, cortándolo—. No. Esto no es carga tuya. Si no hubiera ocurrido hoy, habría ocurrido después. Helubor y Xande llevaban mucho tiempo esperándolo. Debí sospecharlo, debí verlo venir, pero ahora, ahora es tarde para lamentarse.

—Cuando Galm le tiró ese puñal a Cologne —dijo Ranma—, pensé que se había muerto. Pero no. La sané. Tú estabas inconsciente cuando pasó, pero lo hice. Saffron me lo enseñó. No sé cómo.

Se movió un tanto, pareciendo incómodo:

—Creo que recuerdo cómo lo hice. No fue difícil. Puedo... Puedo tratar con tus alas. Solo si tú quieres.

Ella lo miró por un momento largo, ojos azul hielo traspasando los de él. Luego, muy despacio, como si el hacerlo le causara daño, asintió con la cabeza, y dolía ver en su cara la esperanza que intentaba ocultar.

~ o ~

Taro no sabía por qué se había quedado. Pero se había quedado. Las ataduras ya no estaban, y Saotome se había marchado hacía mucho rato. Pero él seguía aquí.

Podía irse, se dijo. Podía ponerse en pie y salir de aquí en el momento que quisiera. Simplemente optaba por no hacerlo.

Por qué, por qué optaba por no hacerlo, esa era una pregunta completamente aparte. Tras lo que parecían ser horas arrodillado allí, con la cabeza descansando contra las escamas frías, metalescentes, del cuello del gran dragón dorado, se dio cuenta de que seguían cayéndole encima gotas de agua desde el techo de la caverna, pero aun así seguía humano. Tampoco sabía por qué sucedía eso, pero junto a todo lo demás, aquello parecía algo pequeño y sin importancia.

Nada parecía importante, además de quedarse aquí, y sentir cómo el dragón se retorcía en su tormento, producto de las púas de piedra que le atravesaban las alas, de la gran herida abierta en su costado. Las escamas deslizaban, tremolaban bajo el tacto de él, como si el cuerpo del dragón ondulara de dolor, despacio, tan despacio que hubiera parecido casi imperceptible a quien lo viera.

Pensó en la belleza, y en la belleza quebrantada.

Pensó en... No, no, no, no quería ir allá. Jamás hubiera querido ir allá.

Recordó lo que el cuervo había dicho, el primero, ese de los ojos profundos, imposiblemente tristes, tan oscuros que parecían absorber toda luz. A un hombre no lo define el nombre, ni al nombre lo define el hombre. Recordó esas mismas palabras, esas mismas palabras, y recordó... Pero no quería ir allá.

Por doquier había luz dorada. Emanaba del dragón, de la vorágine de las aguas que contenían su sangre, del aire mismo. Recordó el canto de la encapuchada en la barca, y el miedo que le había tenido sin saber la razón, y el miedo que le había tenido a la canción, que había oído antes, y...

Y él no quería esto, no quería pensar en esto o recordarlo, o ir allá, no quería jamás volver allá.

Y esperaba, esperaba que algo sucediera, aunque no sabía con exactitud qué. Y luego sucedió, y se sintió como un hombre caído a un río gélido, porque, arrodillado, intentando desesperadamente poner atajo a la memoria, desde debajo de las barreras, desde debajo de los lugares ocultos de su corazón, el dragón habló.

Y su voz era la Luz, pura y enceguecedora, y más punzante que la cuchilla más cruenta. Dejaba el alma al desnudo con su belleza.

El aire zumbaba en respuesta, como la pulsación de una cuerda de arpa; la luminiscencia dorada se acrecentó, y Taro tuvo la certeza de oír el bramido de los ríos, los ocho ríos que afluían hasta y desde el lago en que el dragón yacía, crecer en tono.

*Ven*.

Se levantó. No podría haber hecho alguna otra cosa. La voz era sol, era brisa estival, era espesura, tibieza y poder, oh, cuánto poder, un poder profundo y antiquísimo, más viejo que las montañas, más viejo que los ríos, viejo como la tierra.

Dio un rodeo hasta situarse ante la cabeza del dragón, aquella forma enorme, escamada, vagamente de ave, con los grandes penachos de oro alzándose desde la cabeza, los ojos cerrados, como muertos o durmiendo.

*De rodillas*.

No era una petición, no era una orden, era una simple afirmación, una aseveración acerca de qué sucedería, y él se postró de rodillas, y el miedo y sobrecogimiento se elevaban en él, mientras las gotas de agua suave caían sobre la tierra, mientras los ríos afluían, mientras las aguas del lago giraban.

Quería hablar. No podía hablar. Se le negaba; la aflicción le entumecía la voz. Algo tan gigantesco no debía ser tan hermoso, y él no debía sentir una herida en el corazón al mirar a esta criatura sufrir.

Pero la sentía, y al darse cuenta de que así era, los ojos se abrieron. Era la primera vez que lo hacían en más de cuatro mil años, pero él no tenía modo de haberlo sabido, jamás lo sabría, aunque percibió con todo el ser la magnitud del honor que se le concedía, y lo supo, incluso con toda su rabia, con toda la amargura y odio de su alma, supo que se le estaba dando un honor que superaba al que ningún mortal pudiera aspirar.

Los ojos eran inmensos. Eran más grandes que él. La parte blanca eran océanos de oro, los iris eran los azules ondulantes del mar y del cielo, las pupilas eran lustrosos diamantes negros. Eran llenos de inteligencia, de dolor, de una aflicción tan honda y vasta que era como un vacío, que capturaba los ojos de él.

Los ojos lo miraron, y Taro sintió su mente y su alma al descubierto, todas las barreras descorridas, y no quería...

Y se detuvo. El dragón continuó mirándolo, pero el sondeo delicado, persistente, imparable que hurgaba en su ser, se había detenido.

*Solo deseo conocerte, pero solo si lo deseas tú*.

Y se le daba, advirtió, una elección. El dragón optaba por darle la elección. Podía haberle desgarrado la mente, haberla despedazado como a una escultura quebradiza, podía haberlo conocido a él y todo lo que él era en escasos segundos. Aquí, aquí en el lugar de su poder, podía haber hecho con él cuanto quisiese. Él no era nada; ella, el dragón, era infinitamente más poderosa de lo que él era o podría jamás ser. Podía romperlo como a un juguete.

Y elegía no hacerlo.

Un temblor recorrió la caverna, un desplazamiento, reflejado en el corazón de él, una imagen de su alma, una luz dorada que se sacudía, que tiritaba.

*Levántate. Puedes marcharte. No lo requiero. Nunca lo he requerido. Nadie viene a mí sino por elección. No conoceré a nadie que no desee ser conocido*.

Había compasión en la voz, y había comprensión. El dragón entendía lo que era descubrir por completo el ser y alma de uno, fuera quien fuese, sobre todo para alguien como él.

Ah, sí, había compasión allí, había comprensión, pero había también, tenuemente, decepción. Él podía, se dio cuenta, irse de aquí. Ella, el dragón, volvería a dormir, en su tormento. Él podía salir y eso sería todo.

Nunca supo, al final, qué fue. Quizá fueron las palabras que había dicho el cuervo, quizá había sido la canción, quizá solo el dolor largo de su propio corazón, tan inesperado, tan indeseado, por lo que veía aquí, bajo Jusendo. Para Taro, era como si el mundo hubiera estado suspendido sobre su eje, pausado por un momento, con la caverna y él en el centro. Podía sentir el peso sobre él, el peso imposible del poder, el dolor, y el sacrificio antediluviano, el peso de la piedra, el agua y la luz dorada.

Y allí, en el lugar de dolor, entre la luz de oro y el sufrimiento, se hizo una elección, pues Taro continuó de rodillas ante el dragón, y aunque no dijo nada, le informó a ella su aceptación.

Los ojos de ella volvieron a enfocarse en él. Los iris azules parecían henchirse, y él iba cayendo, cayendo hacia arriba, cayendo hacia abajo, cayendo a través, a través del mar y el cielo, a través de sí mismo. Al principio, fue peor que todo lo que pudiera haber imaginado.

~ o ~

—¿Nada? —dijo Ranma, quitando las manos de la espalda de Kima; las plumas rozaron contra sus manos, suaves como la seda.

Ella sacudió la cabeza.

—Nada. Ya no duele, pero no las puedo sentir.

El dolor estaba apenas oculto en la voz de la joven. Ranma suspiró e hizo ademán de volver a ponerle las manos en la espalda. Kima se volvió a medias y lo detuvo, atrapándole las muñecas con las manos.

—No —dijo, con la voz sonando como cercana a quebrársele—. Basta. No va a dar resultado. Es la tercera vez que lo intentas.

La cara de Ranma se tensó. Había sido fácil, tan fácil. Solo había tenido que pensar, en el recuerdo de la luz inflamándose por su cuerpo, saliendo de sus manos, y había sabido cómo hacerlo. Las heridas de las alas y espalda de Kima habían sido horribles al quitar él las vendas: aún sangrando despacio, quemadas y ennegrecidas por el fuego de Helubor al cauterizarle las heridas. Casi todo había desaparecido ahora; quedaban algunas cicatrices, pero poco más que eso. Pero Ranma se sentía a punto de caer, cada vez que hacía la sanación, consumía algo de él.

Pero hiciera lo que hiciera, no había sensación en las alas de Kima. Estaba fracasando, y odiaba eso. Él quería que funcionara, con tanta intensidad que dolía. Quería que las cosas volvieran a estar bien.

—Diablos —dijo, suavemente—. Lo siento. Cielos, de verdad esperaba que funcionara, en serio...

—¿Crees que yo no? —respondió ella, con tono frío.

—¿Cómo hace alguien algo así? —dijo Ranma, para luego levantarse e ir a cargarse contra la pared, sintiendo la piedra fría bajo el brazo—. ¿Cómo es capaz alguien de hacer una cosa así?

—Es la ley —dijo Kima, con una ínfima traza de desasosiego en la voz—. Pero...

—Pero estuvo mal —dijo Ranma, interrumpiéndola—. Estuvo mal, y lo sabes. Ya oí la excusa de que es la ley, y si es la ley, entonces la ley está mal. Helubor no lo hizo porque fuera la ley. Lo hizo por maldad.

Ella se quedó muy silenciosa. Después de un largo rato, habló.

—Sí, fue por maldad, ¿verdad?

—No parecía buena gente —dijo Ranma.

—Crió a Saffron, ¿sabes? —dijo ella luego de un momento—. Pasó más tiempo que nadie con él. Era la prerrogativa real, el criar al rey.

Ranma suspiró. —Eso explica mucho.

El ámbito subterráneo seguía iluminado por el fuego blanco de los cuervos hermanos, chispeando sobre el flujo oscuro del agua, repeliendo a las tinieblas. Estaban ambos cuervos posados en la proa de la barca, silenciosos, gemelos salvo por sus ojos.

—Así dice Fanael —dijo Kima después de otro momento.

—¿Fanael?

—Una amiga. Tenía vida además de mi servicio a Saffron, por si no lo sabes. —Una sonrisa leve, amarga, le movió la cara—. No muy emocionante, debo decir, pero es el precio del deber.

Ranma se miró las manos. Flectó los dedos, pensó en los movimientos de nervio y músculo. Algo tan complejo, pero tan instintivo, tan totalmente engranado en él.

—Déjame intentar de nuevo —dijo—. Por favor. Solo una vez más.

—En realidad no puede hacer más daño —dijo ella, y se dio vuelta.

Ranma le vio dolor en la cara al hacerlo, solo por un momento.

Puso las manos donde las heridas habían estado, contra la fría tersura de la pluma y la tibieza leve de la piel descubierta. El ser de Ranma dolía: por tristeza, por lamentación, por el recuerdo de su fracaso anterior. Cerró los ojos, se concentró en el calor suave de la piel, en la textura delicada de la pluma. Pensó en el dragón que tenía grabado sobre su propia piel, y usó aquello como foco. Pensó en la luz, en la cosa oculta tras los ojos de Saffron. Recordó el fuego, y el hielo, la negrura entre ambos, el frío quemante que hervía en el centro de su alma.

Se concentró en la sensación de la piel, y más abajo, en lo subyacente, en el músculo, el nervio y el tendón, en la sangre y su cauce, en la respiración. Bajó más aún, y más aún dentro de sí mismo, mucho más, rozando las orillas de su mente.

Más adentro que antes, la luz inflamándose en su cuerpo, más adentro que las otras veces, debajo del dolor de las heridas, y más profundo en él también. Sintió dolor, y presionó más. No podía hacer otra cosa.

Abajo, abajo, abajo, hundiéndose en sí mismo, y en el dolor de ella, yendo más allá, más allá del dolor, más allá de sí mismo, fundirse, hacerse uno, el dolor, oh, el dolor, el dolor era grande, el dolor estaba en todas partes y luego debajo, más por debajo de eso había...

Había oscuridad bajo la herida, el ardor bullente de un poder monstruoso, de odio puro, de ira pura, una presencia del todo extraterrena, y era fría, tan fría, una frialdad en la médula de sus huesos y en el centro de su alma.

Y había allí tanto odio, y, ay, tanto dolor...

Y continuó más allá aún, se arrojó contra el fondo de sí mismo, tratando de alcanzar, a arañazos desesperados, alcanzar su ser, alcanzar la luz.

No bastó. La oscuridad lo invadió, una negrura que huyó por dentro de su piel, con la risa de un desquiciado, el aullido de un lobo, odio y terror, dolor y furia, hirviendo y retorciéndose, habiendo subido desde las heridas de Kima a través de sus manos, hasta entrar en él.

Dentro de él, la luz se apagó, y estaba cayendo, como había caído antes, hacia atrás, apenas percibiendo el crujido cuando su cabeza chocó contra la piedra, hacia atrás, sobre la oscuridad de su ser, hacia atrás, un mazo en su corazón, un jadeo atragantado y luego nada más. Trató de abrir los ojos y no pudo. Todo era la ausencia de luz y el frío del odio.

Trató de respirar, y descubrió que tampoco podía. Dolía tanto. La noche presionaba sobre él como un peso, aplastaba sus sentidos con puños hechos de sombra. Sintió un gusto a cenizas en la boca.

Y luego, muy suavemente, labios sobre los suyos, su cabeza echada hacia atrás, la textura áspera de algo cercano a dedos humanos apretándole la nariz. Una insuflación de aire, de aire dulce y misericordioso. La oscuridad se aminoró, solo un poco, retrocediendo, alejándose, retirándose, cayendo, y de nuevo no había nada, y momentos después aire, aire desesperado, aire hermoso, y los labios, y un largo jadeo de dolor emitido con la voz de él.

Luego hubo luz. Luz blanca, luz vacilante, ardiente, proveniente de las plumas negras de los cuervos, uno a cada lado de su cabeza, allí donde él yacía, los ojos de ambas aves mirándolo, con ceguera y profundidad imposibles.

—¿Kima? —dijo él.

La cara de ella lo miraba, rasgos esbeltos, ojos azules. Algo tenía en los ojos, que podría haber sido preocupación.

Antes de que Kima pudiera decir algo, Shiso habló, y su voz tenía la edad de una montaña.

—Se ha escogido un emisario —dijo, resonando por las cavernas—. Se ha entregado un portador. Vamos, hermano.

La luz se desvaneció, dejando solo oscuridad en torno a ellos. Hubo un batir de alas, un movimiento de aire junto a su cara, el llamado de un cuervo.

—¿Adónde van? —dijo la voz de Kima.

Ranma pensó, en silencio, largo rato.

—Donde Taro, creo.

—¿Por qué?

—Ni idea.

Hubo silencio.

—Me salvaste la vida —dijo él por último—. Me hiciste volver a respirar.

—Supongo que sí —dijo Kima, como si no acabara de creerlo ella misma.

—Gracias.

—Sí. Una cosa.

—¿Qué?

—Si le dices a alguien cómo lo hice, te mato.

Él no tuvo respuesta.

Y se quedaron allí, en la oscuridad, esperando. El único sonido era la corriente veloz del río que atravesaba las cavernas, la respiración de ambos, y cubriendo a todo lo demás estaba el silencio de las tinieblas, que esperaba con los dos.

~ o ~

Era un niño. Un niño pequeño. Yendo a hacer un mandado para su madre, andando con miedo, con aprensión, tratando de pasar desapercibido, por las calles polvorientas de su pequeña aldea, oyendo el cacareo de las gallinas echadas a la sombra de las casas chatas.

—Pero que no es el bastardo Pantimedias.

Y no, no, no, pero era demasiado tarde, y ya lo habían agarrado, y eran más grandes que él, y dolía y dolía, y los odiaba y los odiaba, los odiaba, los odiaba...

Escapó, por los pasillos de su mente, los corredores de la memoria, y detrás de él venía el poder pujante e inexorable que brillaba en toda su alma con un color dorado, que abría todas las puertas y rompía todo cerrojo, y quitaba toda barrera, y...

—Pero que no es el bastardo Pantimedias. ¿Cómo está la puta de tu madre?

Y no, no podía pelear contra ellos, eran más fuertes, así que corría, corría, corría, las burlas acrecentándose y los odiaba, los odiaba...

Y más adelante, un rompimiento, una fractura en su ser...

La cara del viejo estaba cubierta de cicatrices lívidas, rojizas: una bajaba por su frente, cruzando la órbita vacía de su ojo izquierdo, para luego seguir por su mejilla. El único ojo bueno era oscuro y frío, como hielo negro, inmisericorde, como el viento invernal.

—¿Qué haces aquí?

Y él contesta, tratando de no tener miedo:

—Quiero que me entrene.

Y el viejo se ríe, y se mueve, y él cae al suelo, con el eco del golpe aún sonando en la cabeza, con gusto a sangre en el labio, y el viejo le tiene un pie sobre la garganta, y odia al viejo también, lo odia, ya no hay espacio para nada más que para odiar.

Y el viejo lo mira desde donde está sobre él, a los ojos, y sonríe.

—Se te nota en los ojos. Tal vez odias lo suficiente. Tal vez llegues a odiarme lo suficiente para sobrevivir. Te voy a enseñar a usar el odio como arma.

La cara del viejo se abulta y se parte como una fruta podrida, y cae la piel, y debajo hay otra cara, y no, no, no quiere esto, no quiere ir a ese lugar, no a ese...

Y escapa de nuevo, pero no hay escapatoria, no de sí mismo, no ahora, porque es un niño de nuevo, un infante, en brazos de ella, mecido, y la voz se eleva, dulcemente, cantando...

* No llores, pues, por la desdicha *
* Cuando mi alma se haga a la mar *
* Que si me marcho de la vida *
* Viviré en el recordar *

Y es amado, fue amado, y ahora, adelante de nuevo, y se da cuenta de que está siendo vaciado, ahuecado, un hombre sin interior. Y la luz dorada es como un fuego que limpia, un dolor de pureza y dulzor.

Adelante. Mente y memoria, pensamiento y recuerdo, le son quitados, y él los da de buen grado, los dio de buen grado, esto fue su elección, su elección, y de esa elección no conoce el motivo...

Se vio a sí mismo, no con sus propios ojos, o quizá con sus propios ojos, despojado de ego, sin sentido alguno del yo, hasta ver, quizá verdaderamente por primera vez, quién es.

Ve su alma amarga, y el odio en su corazón, y la facilidad con que hace daño, lo fácil que le es herir con palabras o con las manos, porque es hábil en eso, hábil en herir, y le gusta, se da cuenta, y eso lo enferma ahora, y sabe por qué razón es hábil en eso, porque es tanto más fácil que...

Pero no, no esto, no esto, porque ahora está cayendo, más allá de sí mismo, más allá de las barreras, y está aquí, en el último lugar, donde no quiere estar.

O quizá, quizá sí quiere. Está cansado; cansado de correr, cansado de escapar. No hay cómo huir ahora. Ya no.

Se da vuelta, y se da vuelta otra vez, y allí está la luz dorada.

Dorada, proveniente de la lámpara que brilla sobre la pared de la casita, que brilla sobre las sábanas limpias pero raídas de su cama, que brilla sobre los platos limpios pero resquebrajados.

El paño limpio y desteñido, que enjuga los moretones de su cara.

—¿Todavía te duele, amor?

—No —dice él—. No, madre.

—Tan valiente —dice ella, y le da palmaditas en el hombro. Sonríe; es muy bella. Sus ojos chispean, pardo oscuro, con destellos dorados en la luz.

—Se van a arrepentir —dice él—. Se van a arrepentir, cuando sea más fuerte, cuando sea más grande. Ahí van a tener que pagar.

—Pant...

—¡No me digas así!

—Es tu nombre, amor. Es el que se te dio.

—Lo odio. Voy a hacer que pague ese también. Voy a hacer que paguen todos.

—Está bien, cielo —dice ella—. Ya no te diré así.

Es lo que siempre dice. Pero sigue haciéndolo, a veces. A veces se le olvida. No parece entender por qué él odia el nombre, o lo hondo del odio que genera: el nombre es todo lo malo que hay en su vida, es la raíz, la fuente.

Fuera, puede oír como sopla el viento. Es tarde; volvió a despertar en la noche, de otra pesadilla, con el cuerpo resentido por la paliza recibida. Ella estaba allí, siempre lo estaba, y era la causa de la vergüenza, vergüenza por la debilidad, peor aún, porque sabe que ella debe de estar ocultando el desdén, porque ¿de qué otro modo podría ser?

—A un hombre no lo define el nombre, ni al nombre lo define el hombre —dice ella. Es algo que siempre le dice. Se supone que significa algo, aunque él no sabe qué.

Luego se va, la luz dorada se apaga, solo la oscuridad, y él se va, al final, al escondite último, el último núcleo de vacuidad.

Era invierno; la nieve vendría pronto. La noche era fría, y él camino a casa. Llevaba tres días ausente, después de otra pelea, después de decir nuevamente que no volvería, pero siempre lo hacía, siempre volvía, porque ella lo necesitaba, su madre lo necesitaba, y, aunque él jamás lo habría reconocido, la necesitaba también.

Algunos de los hombres de más edad lo salieron a encontrar al camino que conducía a la casa, en las afueras de la aldea. No lo tomaban en cuenta cuando iba él a la aldea, lo apartaban de un empujón si llegaba a toparse con ellos. Pero ahora, tienen en los ojos algo semejante a la lástima, quizá hasta compasión.

Le dijeron lo sucedido. Un incendio. Una lámpara rota, dijeron. Había logrado ella salir a duras penas de la casa, casi sin quemaduras, pero había respirado demasiado humo.

La habían lavado, la habían vestido con su ropa buena, la habían tendido en una casa hasta que él volviera. Y los odió a todos más aún por ello: por prodigar bondad ahora, luego de doce años de desprecio al hijo bastardo de una madre soltera, de fingir que no existía, mientras los hijos de ellos, que conocían el nombre de sus padres, que no habían sido alumbrados por una mujer sin banda matrimonial en torno al brazo, se burlaban y lo golpeaban, y él los odiaba y los odiaba y los odiaba, odiaba...

Se quedó lo suficiente para enterrar a su madre bajo un arbolito torcido, cerca de la ruina de su casa, y luego había abandonado la aldea.

Se estaba haciendo fuerte. Su cuerpo había empezado a cambiar hacía unos meses, y su otro cuerpo crecía más rápidamente aún, desde ser del mismo tamaño que su primer cuerpo hasta algo mucho, mucho mayor. Pronto tendría la fuerza suficiente para que fuera imposible volver a herirle. Causaría dolor, no lo recibiría.

E hirió muchísimo, por un tiempo, cuando las heridas se fueron a alguna parte, enterradas bajo odio, rabia y amargura, pero no se habían ido a algún lugar fuera de él, sino dentro, se habían escondido, porque seguían esperándolo, lo habían esperado todo este tiempo...

Y a veces, solo a veces, muy rara vez, despertaba en la noche con un único pensamiento en la cabeza, como una marca ardiente: no estuviste.

Y, poco a poco, advierte que ha terminado. El sondeo ya no sigue. Ya no hay más luz dorada. No hay nada más que saber de él.

Está vacío. Hueco. En blanco. Desierto. Ya no hay amargura, no hay odio. No hay dolor, no hay heridas.

¿Por qué?

Un momento después, se da cuenta: porque una cosa se vacía antes de poder llenarse.

Llega todo al mismo tiempo, de nuevo, por todo él, todo recuerdo, todo pensamiento, todo sentimiento, y hay tanto dolor, y tanto sufrimiento.

Pero allí, al final, hay una última cosa, algo que no es parte de él, que es dorado, extenso como las montañas, inabarcable, que es rutilante, dorado, y tan cálido, tan radiante, y hay tanto amor, tanta aceptación, y en esto, en lo último, hay perdón.

Y sabe que no lo merece.

Luego está la voz.

*Ah, pero sí lo mereces*.

—No es cierto —susurra él. Tiene la voz quebrada, rasposa de recuerdos, de dolor—. Ella murió, y yo no estuve.

*Hombre orgulloso —dice la voz, y hay dolor en ella, y amor, y entendimiento—. ¿Pretendes conocer el tramado del tapiz, el flujo del río del tiempo, el giro de la rueda de la fortuna? ¿Te crees culpable de los vaivenes del azar?*.

Y ella lo conoce, en el breve fragmento de un segundo, todo, cada viraje en una dirección u otra, que había conducido a la muerte de su madre. No había sido algo planeado, algo previsible, solo azar, azar terrible, y era eso y nada más.

*Sí —dice la voz—. Eso y nada más. Solo azar. Eso y nada más. ¿No puede, pues, haber perdón? ¿No puede aligerarse la carga?*.

Él está en silencio, en completo silencio, porque la voz no tiene ira, y lo único que contiene en verdad es amor, un amor profundo, un amor feroz, que en ese momento es solo para él. Hay dolor en este amor, un dolor tan enorme, un dolor suficiente para el mundo entero, pero más grande aun, más fuerte aun, es el amor.

*El camino es largo —dice la voz, cálida, compasiva y absolutamente, insoslayablemente poderosa—. El camino es oscuro, y no hay quien pueda conocer el final verdadero. Pero ven ahora, ven, y veamos adónde el camino podría conducir*.

Y él ve el camino sobre el cual marcha, un camino pavimentado de su propia amargura, guiado en cada recodo por su odio, por la rabia oscura de su alma, y por detrás le sigue el recuerdo de su dolor, de su indefensión, acicateándole, y por delante, siempre por delante, está el Nombre, el Nombre que pondrá arreglo a todo, que hará digno todo medio y todo fin, que cambiará todo, que hará todo mejor.

*Gran poder en las palabras —dice la voz—. Gran poder, siempre que les concedamos poder. Pero si alguien llamara Oscuridad a la Luz, no cambiaría lo que es. Todas las cosas son lo que son, antes que su nombre.

El final del camino está a la vista, un final en su forma de andarlo, y ve lo que ese final podría ser: es dolor y amargura, es una muerte sin deudos, es una soledad mayor a toda comprensión. El Nombre, la palabra, las palabras carecen de significado, carecen de él, porque un nombre no define al hombre, el hombre no define al nombre, la definición de él reside en sí mismo, y no en otro lugar.

*Más fácil es destruir que proteger —dice la voz—. Más fácil es herir que sanar, odiar que amar. Tal ha sido siempre la fuerza de la Oscuridad: el ser más fácil*.

Es cierto, se da cuenta él, con todo el ser. Es más fácil, y tantas veces, tantas veces, ha tomado él la vía fácil, ha seguido la ruta de menor resistencia, contento de andar al filo de la oscuridad.

*Pero ese no es el camino de la Luz —dice la voz—, que es más difícil, donde, muchas veces, la recompensa no es tan tangible, y donde muchas veces no hay recompensa alguna. Pero he aquí nuestra fuerza: que todas las cosas anhelan la Luz, hasta las cosas de la Oscuridad, porque toda su necesidad de destruirla, de arrasarla, se origina en la envidia. La Oscuridad es más vieja, pero la Luz es más fuerte. Aceptamos obsequiar nuestra libertad, nuestras vidas mismas, y he allí algo que la Oscuridad no puede hacer*.

¿Y desea él en verdad, se pregunta, esta Luz de la que la voz habla con estos tonos punzantes de sol? Porque ¿qué —se pregunta— desea él? El Nombre, eso lo sabe, desea eso, pero por qué existe tal deseo en él?

Quiere el Nombre para no ser blanco de burlas, para no tener que esconderse, obligado a marcharse antes que dar su nombre, renuente a sufrir la vergüenza. Quiere el Nombre para ya no tener que vagar, para poder encontrar a alguien, quien sea, una amistad, que pueda...

Quiere la Luz, advierte, la quiere con todo el ser, pero cuesta, no es fácil, y le causa temor, le produce un miedo horrible. Él no es un cobarde. Nunca ha sido cobarde. No lo será ahora. Allí, se hace una segunda elección.

Y viene, con esa elección, con esa aceptación, con esa consciencia, una emoción en su corazón, como una llamarada blanca, una sensación de dicha pura y tan cabal que se siente golpeado, mucho rato, por la profundidad inconcebible de esta.

Despacio, despacio, despacio, Taro abrió los ojos.

La caverna era la misma. Estaba la luz dorada, y la inmensa forma del dragón herido, y los vórtices del agua, y la opresiva sensación de algo antiquísimo que sufre.

Los ojos del dragón estaban aún a medio abrir. Lo miraban a él. Había amor en ellos, y orgullo, incluso entre todo el dolor de su mirada.

Él seguía de rodillas. Ya no caían gotas de agua desde el techo de la caverna. Se sentía limpio. Aún dolían las heridas, pero algo hacía al dolor aceptable, menor.

Tenía algo en las manos. Lo miró. Una forma diminuta, arremolinada con cien matices de oro, una perla dorada, en el centro de sus manos ahuecadas. Parecía contener en ella la luz de las cavernas, hacer más brillante a la claridad.

*Ve —dijo la voz del dragón, desvaneciéndose, perdiéndose—. Son mi pueblo. Ayúdales. Ayúdame a ayudarles. Sé el portador de mi anunciación, y deja que mi recipiente cumpla su cometido*.

Los ojos se cerraron. Las aguas giraban, doradas de sangre. Taro se puso en pie. Una forma negra se posó sobre cada uno de sus hombros, entre un batir de alas.

—¿Te encuentras bien? —dijo el primero, el de ojos oscuros. El segundo, de ojos blancos como la nieve, no dijo nada.

—Sí —dijo él. La voz le sonaba normal, a juicio suyo—. Sí, me encuentro bien.

Y así era, se dio cuenta. Más que en mucho, mucho tiempo.

~ o ~

Esperaron juntos en la oscuridad. No tuvieron que esperar mucho.

Vinieron pisadas, resonando en la negrura. Luego, al borde de las tinieblas, una luz blanca, solo una línea horizontal al principio, pero poco después Taro salió del pasaje sinuoso que conducía hacia el lugar del dolor, con un cuervo en cada hombro, las manos a los costados, con movimientos lánguidos. Sonreía, no la sonrisa cruel de antes.

—Creí que no volverías en un buen rato más —dijo Ranma, levantándose para luego estirar los brazos por sobre la cabeza. Aún se sentía agotado, cansado, pero era un cansancio apacible.

Sobre los hombros de Taro, los cuervos irradiaban luz.

—¿Crees que me iba a quedar sin vengarme de Helubor? Me insultó. Ya sabes lo que pasa con los que me insultan, ¿no, travesti? Más de una vez has sido víctima de mi ira.

Y hubo una torcedura hacia esa sonrisa cruel, y así y todo Ranma se dio cuenta de que había ocurrido un cambio; pudo verlo.

—¿Qué pasó ahí dentro, Taro?

—Lo que pasó —dijo Taro despacio— es asunto mío y de nadie más. Ahora, ¿nos vamos a quedar aquí charlando, o vamos a volver al Monte Fénix, para hacer puré a Helubor y arreglar las cosas?

Ranma se descubrió sonriendo. No parecía haber nada más que hacer:

—Estoy dispuesto si tú lo estás.

Taro asintió. Los cuervos volaron desde sus hombros, aleteando, las llamas blancas alzándose también, hasta la proa de la barca.

Ranma se volvió para mirar brevemente a Kima.

—Estamos contigo, Kima.

Despacio, ella se levantó, y Ranma sintió crecer de nuevo en él esa sensación de pena al ver las alas inútiles, laxas en la espalda de ella. Se movía con elegancia rígida, cada ademán pareciendo planificado, calculado en su fluidez. Las alas arrastraban por detrás de ella, rozando el piso con las puntas de las plumas.

Él no podía arreglar aquello. No podía arreglarlo, ni siquiera con cuanto era capaz de hacer ahora. Había tanta oscuridad allí, tanto odio en la mutilación, en las lesiones hechas por la cuchilla de Galm y la mano de Helubor. Esta casi lo había tragado a él, y él no había podido arreglarlo.

A veces, se dio cuenta, no se podía hacer nada para arreglar las cosas. Saffron asesinado sobre la llanura mojada de lluvia al pie de la montaña, Kima impedida: no podía deshacerse, no podía hacerlo él.

Y, con un estremecimiento, recordó la tráquea de la mujer fracturándose bajo el impacto de su puño. Recordó el cuerpo cayendo, luego cayendo él, la luz disolviéndose, la oscuridad llegando, el sol apagándose, el grito del cuervo en el viento. El aire hedía al ozono generado por el rayo, a...

—¿Vienes o no? —llamó Taro desde su lugar inclinado junto a la barca, con las manos en la cuerda que ataban la embarcación a la orilla. Kima estaba sentada en un asiento de la barca, con las manos sobre las piernas, la cabeza agachada.

Ranma se obligó a reprimir el recuerdo. Lo enterró en sí mismo. Ya estaba hecho, estaba hecho, no podía deshacerse. No podía cambiar lo obrado, no podía lavarse la sangre de las manos, solo podía seguir, tratar de crear alguna luz con su oscuridad.

No lo estaba logrando, se dio cuenta. Estaba cayéndose otra vez, de vuelta en sí mismo, de vuelta a la desesperanza, de vuelta a donde había estado antes de Ryugenzawa. De vuelta al abismo, y no tenía de dónde aferrarse.

Pero lo hizo, sin saber cómo. Un pie por delante del otro, andando, llegó a la barca y se acomodó en un asiento, mientras Taro desataba la cuerda para dejar que la corriente veloz del río se los llevara hacia las tinieblas, que se apartaban despacio ante la luz de los cuervos, en su bajada.

—Pero bueno —dijo Taro con tono liviano—. Nunca me contaste cómo viniste a dar a este país.

Ranma suspiró, mirando pasar las paredes de piedra, mirando al fuego luminiscente proyectar sombras grotescas de él y sus compañeros en la roca. Ya no le importaba nada. Lo único que quería era un final, se dio cuenta. Tal vez eso era lo que venía ahora.

Muy despacio, a pedazos, sin certeza de qué palabras usar, qué decir, qué ocultar, le dijo a Taro cuanto pudo. Acerca de Cologne y su madre, y la razón por la que Cologne había hecho todo aquello, acerca del ataque de Yamiko y Denkoko. Allí hizo un alto. No podía seguir. Cerró los ojos, con la voz ahogada por el recuerdo, de la muerte que había dado. Así que Kima continuó desde allí, y debían de haber sido horas, advirtió, mientras la barca montaba la corriente, mientras Kima hablaba y las sombras danzaban en las paredes.

La corriente se hizo más lenta cuanto más se alejaban de Jusendo, y el fuego blanco de los cuervos se hizo paulatinamente más opaco, con la oscuridad arrimándose cada vez más, hasta que solo la barca y un metro en torno a ella estaban iluminados.

Ranma se encontró mirando el agua pasar. Era oscura como la noche, y no podía él distinguir la profundidad. Estaba el reflejo de la luz en el agua, lanzas de claridad que radiaban desde la barca al moverse, igualadas por el flujo del río. Se miró la cara. Le pareció delgada, demacrada. Vieja. Parecía más viejo, se dio cuenta. Sus ojos le parecieron ajenos, perseguidos, oscuros en demasía.

Tenía hambre, advirtió. No podía recordar la última vez que había comido; tal vez en el jardín del Palacio del Dragón, bajo Ryugenzawa, y eso había sido hacía bastante más de un día.

Por delante, vio fosforecer algo de color azul, y recordó esa luminosidad, de cuando la barca había dejado a Cologne y a Samofere, al negarse la mujer de túnica y capucha a dejarles subir a bordo.

Los pudieron ver de nuevo: estaban de pie en la orilla. Samofere era joven otra vez, junto a Cologne, con una mano en el hombro de ella, la lámpara de brillo azul en su otra mano, alzada, como en respuesta a la luz menguante de los cuervos. La atadura de plata ya no estaba en sus muñecas, como tampoco estaba en la de Taro.

La barca se movía muy lento ahora, como a la deriva. Al acercarse a la ribera, se detuvo del todo, meciéndose un tanto en la corriente, sin nada que la anclase, pero anclada al fin.

—Han vuelto —dijo Cologne, y sonrió.

Ranma le vio en los ojos algo que pareció muy joven. Parecía tener el cabello desordenado, la cara un tanto ruborizada. Al bajar de la barca, la vio ajustarse sutilmente la blusa con una mano.

Samofere tenía las alas plegadas a la espalda como una capa, mostrando un porte alto y erguido. Tenía reflejos de color azul violáceo en el borde de las alas, y parecían brillar estrellas en la profundidad verde de sus ojos. Incluso vestido con la simple túnica café, emanaba de él una impresión de poder, no el poder fiero que parecía irradiar su hermano muerto, no un fuego, no eso, sino un poder sereno, tierra y agua, de una fuerza más sutil.

Samofere miró fugazmente a Cologne, mientras los tres, Ranma, Taro y Kima, bajaban de la barca hasta la orilla, y Ranma le vio en los ojos una extrañísima expresión.

Los dos cuervos saltaron de la proa de la barca hasta la orilla, con las alas extendidas al descender, plegándolas al posar las garras en la piedra. Su fuego había ahora desaparecido por completo; solo estaba la pálida luz azul de la lámpara.

Por detrás de ellos, la barca empezó a desplazarse con la corriente. Los cinco, y las dos aves, la miraron irse en silencio hasta que se hubo perdido de vista, para luego volver a mirarse todos mutuamente.

—Samofere —dijo Kima—. Dijiste que agonizabas. ¿Qué sucedió?

—Es muy complicado —dijo este; su voz era profunda, poderosa—. Puede decirse que la responsable es Cologne, en gran parte. Quizá después puedo decir más. Ahora debemos irnos.

—¿Adónde? —dijo Ranma.

—Arriba —dijo Samofere—. Al hogar de la montaña.

Aquí Ranma vio los ojos de Samofere recaer sobre Kima, muy brevemente, y vio la pesadumbre clavarse en el verde arcaico de los ojos de Samofere.

—Cologne me ha dicho lo que sucedió mientras estuve agónico —dijo este—. Fueron ante el Ave de Oro, ¿no es así?

Ranma asintió, y vio a Taro hacer lo propio.

Samofere los miró en silencio durante un momento.

—Es bueno, pues. Debemos irnos. No sabemos qué ha hecho Helubor en nuestra ausencia.

Quitó su mano provista de garras, casi humana, del hombro de Cologne y dio media vuelta, con la lámpara basculando en la delicada asa de plata, proyectando un círculo de luz azul en torno a él, y echó a andar.

Kima y Cologne le siguieron casi de inmediato, al igual que los dos cuervos. Ranma fue un momento después, pero miró atrás, a Taro, que se miraba las manos, juntas y ahuecadas, como sosteniendo algo en ellas.

—¿Taro?

La cabeza de Taro subió de pronto y bajó las manos a los costados, empuñadas:

—¿Qué?

—Ya nos vamos.

—¿Crees que no sé? —dijo Taro con gesto de sorna—. Los puedo seguir a mi ritmo, muchas gracias.

Ranma se volvió y echó a andar de nuevo, concluyendo que aun las experiencias más milagrosas, más desgarradoras, solo pueden cambiar hasta cierto punto a una persona. Pero de que hacían cambios en uno, se dio cuenta un momento después, los hacían, porque oyó detrás de él los pasos de Taro, simultáneos, a un ritmo con los suyos, siguiéndolo para salir de la oscuridad de las cavernas.

~ o ~

Esta vez lideró Samofere. Conocía los túneles y pasajes que subyacían al Monte Fénix como conocía su propia piel, y Kima y los demás le siguieron en el ascenso, hasta que el sonido de agua corriendo fue solo un rumor asordinado, que murmuraba por las paredes de piedra en torno a ellos.

Los dos integrantes de la Tribu Fénix caminaban juntos, los extranjeros les seguían a una corta distancia. Hablaban en tonos quedos, bajos.

—¿Y cómo supiste la forma de abrir esa puerta en la pared? —preguntó Samofere mientras caminaban—. No sabía que...

Kima lo miró, titubeando en contestar. Sus propias percepciones estaban en pugna: este era un joven de andar gallardo, y sin embargo era también el viejo bibliotecario que ella había conocido, y era hermano de Saffron. Había prohibido... No, no prohibido, pedido, que ella no le llamase señor. Pero no podía sino pensar en él como un señor. Había sido un señor, hacía milenios, antes de la gran catástrofe perpetrada por la mano del Destructor, antes de que él y Saffron sufriesen el cambio, antes de que recibiesen el poder que les permitiría combatirlo.

—¿Kima?

—Loame me dijo cómo hacerlo —dijo Kima—. No de manera explícita, pero...

—¿Loame? —dijo Samofere, como confundido.

—El capataz de los obreros —dijo Kima—. ¿No es de tus aliados, alguien de tu confianza? ¿Cómo Cologne y yo?

Samofere dejó de caminar. La luz azul de la lámpara era destemplada en su piel, destemplada en las paredes redondeadas de los túneles del laberinto subterráneo:

—No.

Kima hizo un alto también, y el último tac de sus botas en el piso resonó un momento. En el silencio, el sonido de agua corriendo por los canales dentro de las paredes de piedra era como un susurro poderoso, un temblor que retumbaba desde el piso hasta el cuerpo.

—¿Por qué paras? —oyó preguntar a Ranma, que caminaba más atrás. Sonaba cansado, abatido; aunque no había dicho nada, Kima había advertido que los infructuosos intentos por sanar la mutilación de ella lo habían extenuado. Se había extralimitado, otra vez, igual que bajo Ryugenzawa, y de nuevo casi había muerto, el insensato.

Pero esta vez Cologne no había estado, y ella había tenido que... No, prefería no pensar en eso. Había sido la acción correcta. Era un aliado. Ella necesitaba aliados ahora.

Ahora las pisadas de los humanos se habían detenido también. Kima y Samofere se volvieron hacia ellos, con la luz azul brillando en el espacio entre ambos grupos. Los dos cuervos habían desaparecido por el corredor de más adelante hacía casi media hora, y seguían sin volver. Ranma tenía un aspecto tan fatigado como había sonado su voz. Estaba delgado y demacrado, y tenía la mirada vacía. Junto a él, Taro tenía las manos a los costados, una empuñada y sujetando la faja de pantimedias que usaba en el cinto. Por qué el muchacho llevaba una cosa así, Kima no tenía idea, en vista de lo mucho que este odiaba su nombre de pila.

Cologne estaba tranquila y aplomada, pero en cierto modo menos que de costumbre. Había algo extraño en la forma en que no dejaba de mirar a Samofere, algo en sus ojos. Kima dejó de lado la idea.

—Creo que se nos enredaron los mensajes en algún momento —dijo Samofere despacio—. Cologne, no me dijiste específicamente cómo salieron de la celda. Por favor, detalla...

Sus palabras quedaron cortadas por el sonido de muchos pies marchando en la piedra, lejanos al principio, elevándose rápidamente en volumen. Venían desde el corredor por el que habían venido ellos antes de detenerse.

—¿Quién es? —dijo Cologne.

Samofere negó con la cabeza. —No lo sé. Mejor nos...

Entonces llegó el cántico, de muchas voces trabajando juntas, aunando armonías complejas y profundas. Resonaban por los corredores de piedra del laberinto, y la roca parecía vibrar al mismo tono. Se elevaba a un tiempo con la marcha de los pies, y su sonido calmaba el alma.

* Vieja era la tierra cuando el cielo era nuevo *
* Vieja era la tierra cuando el sol y su color *
* abrió las nieblas y despejó lo negro *
* y de la chispa primera iluminó el ardor *

Las voces venían de más allá de un recodo del corredor. Kima pudo ver una luz pálida, la luminiscencia distintiva de la piedra que absorbía calor y despedía luz, usada en el Monte Fénix además de las lámparas.

Los humanos pasaron a posturas de pelea. Samofere estaba inmóvil, como embobado. Kima cayó en la cuenta de que ella estaba igual. Contenía la respiración.

Entonces apareció Loame por el recodo, y Kima soltó el aliento. El hombre parecía distinto: siempre había andado de forma humilde, haciendo no notar su talla. Le llevaba más de una cabeza en estatura a Kima, que no era baja. Aun a la edad de él, era de músculos recios, y el único indicio de sus sesenta años eran las canas incipientes en su pelo castaño.

Ahora caminaba erguido. Vestía ropa oscura: grises, negro y lila. Llevaba una pechera de acero bruñido encorreada al torso. En ella estaba grabada la imagen estilizada del ave, la misma que él había labrado en la pared de los aposentos de ella, la misma que había abierto el pasadizo que conducía hacia las profundidades de la montaña. Loame traía en las manos un mazo de mango largo. Su rostro parecía de piedra, trabajado en la misma sustancia cuyo labrado era su deber, su vida.

Ahora, llegando por el recodo, venía el origen de la luz pálida, dos hombres que Kima reconoció como otros dos obreros, ambos vestidos de manera similar a Loame, cada uno portando una larga barra de metal, con una piedra luminiscente en un extremo. Rodeando la piedra luminosa había un posadero para ave. Sobre cada posadero había un cuervo, Shiso y Kioku, con el ave de ojos oscuros encrespando el plumaje y pareciendo tan orgulloso como puede estarlo un ave; su hermano de ojos blancos, impasible e inmóvil.

—Samofere —dijo Kima en voz baja—. ¿Qué es todo esto?

—No tengo idea —dijo Samofere en voz igual de baja.

Ahora llegaban más hombres por el recodo del pasillo, todos vestidos con las ropas oscuras y las pecheras de acero. Portaban lanzas largas. Parecía haber doce en total; llenaban el corredor, en fila de a dos.

—¿Loame? —llamó Kima, dubitativa, mirando luego hacia atrás, a los demás, con una seña de que no había peligro inmediato.

Loame no dijo nada, solo hincó una rodilla en el piso. Los demás hicieron lo propio tras él.

—Mi señor don Xanovere. Siempre hemos tenido fe en su regreso.

Samofere estaba pálido. Temblaba, como producto de alguna emoción reprimida. Kima no podía aventurar qué emoción era.

—Samofere, ¿qué pasa? —preguntó.

—Ese nombre... —dijo él en voz baja—. Me llamaba así, hace cuatro mil años, antes... Antes...

—Antes de que el gris, el Destructor, viniese —dijo Loame—. Lo sabemos, mi señor. La Orden del Cuervo lo sabe. Durante mil cuatrocientos años, hemos conservado la fe.

Samofere dio un titubeante paso al frente:

—Pero se suprimió a todos, a todos los que lo sabían. Mi hermano, y quienes deseaban mantener su poder personal, los mataron a absolutamente todos, cientos de años antes de que yo siquiera recobrase mi cordura, antes de...

—Lo sabemos —dijo Loame. Su voz era suave, melodiosa—. Lo sabemos. Usted mismo se lo dijo al primero de mis ancestros hace mil cuatrocientos años. Siempre hemos sido pocos desde entonces, y somos pocos hoy, pero henos aquí, listos para servir.

—No tengo recuerdo de eso —dijo Samofere—. Y sin embargo...

—Desde luego que no lo tiene —dijo Loame—. Fue de usted la decisión de olvidarnos. Nos ordenó que trabajásemos apartados de usted, para aminorar el riesgo de que nos descubriesen, que jamás diésemos indicio alguno de quiénes éramos, ni a usted ni a nadie más. Usted confió el recuerdo de nuestro deber —y aquí Loame señaló a Shiso y a Kioku, posados sobre las barras metálicas— a dos cuervos, a quienes confirió poder, para que el recuerdo no se perdiese.

Samofere pareció perplejo por un momento, luego se rió:

—Astuto de mi parte.

—Así es, mi señor —dijo Loame—. Le ayudaremos a vencer al usurpador, y a recuperar su legítimo sitial como rey, ahora que su hermano está muerto.

El ambiente de las cavernas se volvió de pronto más frío. El rostro de Samofere perdió toda expresión de humor que hubiera tenido antes.

—No tengo intenciones de ser rey —dijo, dejando muy en claro con el tono que no habría discusión.

—Pero... —dijo Loame desde su lugar, arrodillado, con confusión en la voz—. Mi señor...

—Levántate —dijo Samofere, y Kima recordó cuando le había dicho lo mismo a ella, cuando ella se había postrado ante él para proclamarlo rey.

—Mi señor, si lo hemos disgustado, perdónenos.

—Levántate —repitió Samofere, de manera firme, perentoria.

Despacio, Loame se levantó. Los demás arrodillados tras él hicieron lo mismo. Hubo murmullos de consternación entre ellos. Una de las barras con luz tambaleó, y Shiso emitió un graznido de sorpresa cuando casi cae.

—Perdóneme, mi señor.

Samofere avanzó hasta situarse ante Loame. Loame era más alto y ancho, y así y todo Samofere parecía empinarse por sobre él.

—¿Y por qué crees que sería un buen rey? —preguntó en voz baja.

—Usted es el hermano de Saffron —dijo Loame, dirigiendo la mirada al piso—. La tierra, la piedra, son testigos de su poder. Sabemos de lo que es capaz, mi señor. Su poder es grandioso.

—Y el poder es lo que hace a un buen rey, ¿no? —dijo Samofere en una voz muy baja. Las alas se le sacudían, seña de tensión oculta.

Kima retrocedió, alejándose de él un paso, hasta casi chocar con Ranma.

—¿Quiénes son todos estos? —preguntó Ranma, con tono desconfiado.

—Aliados, creo —dijo Kima en voz baja, mirando con cautela a Samofere—. Aunque si Samofere sigue con esto...

Dejó de hablar cuando Samofere alzó una mano por sobre la cabeza, con el puño apretado. El aire en torno a su mano parecía más denso, distorsionado, ondeante. La luz azul de la lámpara que tenía en la otra mano pareció opacarse, al igual que las piedras de las barras de metal.

—El poder da derecho a gobernar, ¿no? —dijo, con la voz baja y peligrosa—. ¿El poder es un fin en sí mismo, el justificativo de toda acción?

Ahora Loame retrocedía un paso. —Mi señor...

—¡YO NO SOY UN SEÑOR! —vociferó Samofere, la tensión estallando en él. Las alas se le extendieron a medias, brillando oscuras en la luz.

El aire parecía engrosado, casi semisólido. Kima vio el miedo en las caras de los obreros vestidos de negro, miedo en la cara de Loame. Era un miedo conocido: la misma mezcla de terror y reverencia que había en las caras de las tropas que habían visto la lucha entre Saffron y Ranma en Jusendo, al ver al Fénix destruir montañas con su fuego.

—Samofere... —dijo Kima, vacilante, pero este no pareció oírla.

—Se nota que es hermano de Saffron —comentó Ranma desde detrás de ella.

Ella se volvió de un giro para decirle algo, palabras elevándose para defender a su rey muerto. El extranjero no tenía derecho de insultar a...

Y entonces el mundo entero se sacudió, como golpeado por un mazo portentoso. El piso se convulsionó bajo los pies de Kima, haciéndola perder el equilibrio al trastabillar con algo que solo instantes después advirtió era su propia ala inútil, para luego caer dolorosamente al suelo.

Hubo un estrépito, y piedras y tierra llovieron del techo de la caverna, hasta el suelo en torno a Kima. Extrañamente, nada cayó sobre ella. Vacilante, miró desde el suelo. Loame y los demás estaban en el piso, con las caras apretadas contra la piedra; Samofere estaba en pie, con el puño aún alzado. El aire en torno a él era una inversión de la luz: una oscuridad irradiaba desde su cuerpo en haces tan negros que herían la vista al verlos.

Ranma estaba de pie junto a Kima; era la razón de que ningún fragmento del techo la hubiese golpeado estando ella en el piso. Estaba cubierto de polvo de la cintura hacia arriba, producto del pequeño derrumbe. Lo vio sacudirse, luego inclinarse y ofrecerle una mano. Le vio un hilillo de sangre bajando por la frente, donde al parecer lo había golpeado una piedra más grande que las demás. Kima miró la mano un momento, y luego se levantó sin aceptar la ayuda, estirándose con gesto irritable. Le dolía la herida que le inutilizaba las alas, y sentía en el alma una punzada dolorosa, con la desesperación queriendo aplastarla otra vez, y reprimió todo aquello.

Despacio, Kima vio bajar el puño de Samofere, y desvanecerse el aura de poder oscuro que lo había envuelto.

—Hay un problema aquí —dijo Taro desde detrás de ella.

Volviéndose, Kima lo vio arrodillado junto a Cologne, que estaba tirada en el suelo, con el cuerpo y extremidades sacudiéndose.

Samofere volvió la cabeza, y en su cara Kima vio una angustia y aborrecimiento de sí mismo tales, que parecían a punto de consumirlo. Samofere se volvió y salió presuroso hacia allá, dejando a Loame y a los demás aún temblando en el piso. Tras un momento, Ranma le siguió.

Las varas metálicas con los posaderos brillaban aún, allí donde habían caído. Los cuervos estaban con las patas en el piso, cerca, Shiso pareciendo irritado, Kioku con exactamente el mismo aspecto que había tenido sobre la vara, frío y contenido.

Kima fue hasta el lugar donde Loame estaba tirado, y se acuclilló junto a él, poniéndole una mano sobre el hombro.

—¿Loame?

El hombre alzó la mirada. —Sí, ¿doña Kima?

—Ya no es necesario decirme así —dijo ella—. Se me ha despojado de mi investidura. Soy Kima a secas. Somos iguales. Es lo que Samofere desea, creo.

—Pero un rey —dijo Loame con voz desesperada—. El pueblo necesita un rey.

Kima lo miró, recordó la frecuencia con que ella misma había dicho esas palabras, el largo tiempo que las había creído ciertas, y dio voz, por fin, a algo que quizá solo había comprendido al mirar el cuerpo de Saffron, envuelto en hielo, cayendo:

—No. El pueblo puede existir sin un rey. Es el rey quien no puede existir sin el pueblo.

Loame se incorporó lentamente. Luego se levantó, y sus compañeros vestidos de negro hicieron lo propio. Volvieron a alzar las lanzas; los dos que habían sostenido las varas las recogieron, y los cuervos volaron a posarse en estas.

—Estaba dicho que dudaría en ser rey. No habíamos esperado que fuese tan... vehemente.

—Tal vez sería mejor —dijo Kima— que no le hables más de reyes. Mejor no decirle señor, ni don tampoco.

Loame asintió despacio.

—Te hemos traído algo—dijo.

Kima se volvió, y uno de los lanceros avanzó, extendiendo una espada envainada, con una gema redonda en el pomo. La espada de ella. Vacilante, la recibió y se la encorreó al muslo. El peso acostumbrado de la espada ancestral de su familia era tranquilizador; recordaba haberla dejado en la guardería luego de que Galm la desarmara, en un momento que parecía muy lejano.

—Helubor y Xande han convocado un Pronunciamiento —dijo el hombre grande, con las anchas alas pardas haciendo una agitación leve, nerviosa—. Helubor va a proclamarse rey. Tiene una proclama firmada por cinco jefes de casas nobles.

—Tiene a sus familias, ¿verdad? —dijo Kima.

Loame asintió. —Creemos que tiene unos cincuenta guardias leales a él y a Xande, todos con armas de fuego.

—Entonces es mejor confrontarlo durante el Pronunciamiento —dijo Kima—. La asistencia general es obligatoria, y se prohíben las armas en Auditorio de Pronunciamientos.

Aunque, pensó en silencio, era difícil que a Helubor le importaran las prohibiciones. Pero estaba la posibilidad de que no quisiera arriesgarse aún a una violación tan descarada de las leyes ancestrales. No aún.

Loame asintió despacio.

—Sabias palabras, doña Kima.

—Kima. Solo Kima.

—Kima —dijo él, pareciendo titubear al formar las palabras—. Eras general de las tropas, antes de que Helubor y Xande te despojaran de tu autoridad, antes de que... —No terminó. Kima sintió los ojos de él en las alas. Sus alas inútiles, arruinadas, que fueran antes su mayor orgullo.

—Sé lo que me hicieron —dijo Kima—. Haré cuanto pueda.

Él asintió. —La Orden del Cuervo está a tus órdenes. Hemos entrenado todo lo posible. Espero que no sea necesario luchar, pero...

Kima avanzó, pasó junto a él y siguió andando:

—Vamos. Cuanto antes detengamos a Helubor, mejor.

Recordó una de las primeras cosas que había aprendido en su adiestramiento militar: conoce a tus fuerzas. Una docena de hombres cuyas capacidades le eran desconocidas, pero que parecían leales. El hermano de Saffron, de poder aún no comprobado, que ni siquiera le parecía del todo estable luego de este último incidente. Tres humanos, guerreros poderosos, pero humanos, y ella incapaz de confiar en ellos, pese a todo cuanto había sucedido.

Y ella misma, con sus alas muertas y su espada. Contra Helubor y Xande, contra soldados equipados con esos instrumentos horripilantes que algunos osaban llamar armas, contra una población a la que durante cuatro mil años se le había dicho que necesitaba un rey. Se encogió de hombros. Podía ser peor, supuso.

~ o ~

Don Helubor, inminente rey del Monte Fénix, se hallaba de pie al centro del Auditorio de Pronunciamientos, y contempló a la masa congregada de sus súbditos. Sus ojos color rojo parduzco chispeaban, y una sonrisa se curvó en sus labios delgados por un momento breve.

El Auditorio era la cámara más grande del Monte Fénix, y estaba entre las más antiguas. Era un enorme anfiteatro interior, su cielo raso ciento cincuenta metros por sobre el punto más bajo. Se le había labrado hacía miles de años en la roca viva de la montaña, y la piedra se había alisado hacía mucho, con el paso del tiempo. La sección central era una amplia área circular, dominada por la gigantesca estatua dorada de un fénix con las alas alzadas. Bajo la sombra que proyectaba la cabeza, había una mesa pequeña y una silla. Había una mesa y silla idénticas bajo la sombra de cada enorme ala.

Un pozo de tres metros de ancho, donde corría agua cristalina, cerraba como un anillo el contorno del área circular, cruzado en los ocho puntos cardinales por puentes de piedra intrincadamente labrados. Ocho corredores abrían espacio entre las tribunas del anfiteatro y desembocaban hacia ocho portales, cada uno coronado por aves fénix talladas en relieve, con las alas bordeando la arcada del portal hasta tocar el suelo. Las tribunas de más adelante era palcos lujosos, cubiertos con los emblemas de las familias nobles dueña de cada uno. Desde allí y hacia atrás, las gradas destinadas a los plebeyos eran de piedra.

El Auditorio tenía capacidad para diez mil personal en pleno; la población completa del monte, congregándose rápidamente, ocupaba apenas una décima parte de eso. Charlas nerviosas llegaban hasta los oídos de Helubor, emanando de los asistentes que tomaban sus asientos, y sintió en el corazón un orgullo oscuro, al saber que cientos de ojos lo miraban solo a él.

Los asientos de la familia real estaban directamente enfrente de la estatua del fénix. Miró fugazmente hacia allá, a su madre y a Fanael. Su madre se miraba intensamente las manos; Fanael le devolvió una mirada del más completo repudio. Aunque a eso estaba acostumbrado: con el tiempo, su bella hermana llegaría a entender los encantos del poder. En realidad, el desprecio de ella le parecía un tanto atractivo, del mismo modo en que siempre había encontrado imposiblemente seductor el aborrecimiento de Kima por él. Se había acostumbrado a que las mujeres cayeran a sus pies desde que había tenido edad para advertir el magnetismo que ejercía su aspecto físico. Las únicas dos que habían rechazado sus avances eran Kima y su propia hermana. Le gustaba eso: lo hallaba más bien excitante.

Le irritaba el escape de Kima y los demás, pero en realidad no importaba mucho. Ya se había cobrado con ella la venganza más dulce posible. Casi de manera inconsciente, su mano bajó para acariciar la empuñadura de hueso del puñal que llevaba al cinto. Un estremecimiento frío y delicioso le subió por el brazo y el cuerpo entero.

Don Kavva estaba en la mesa central de las tres dispuestas ante la estatua del fénix. Normalmente, él hubiera moderado el Pronunciamiento, pero en la realidad no importaba. Nada importaría, muy pronto; nada de la necedad arcaica de esta gente.

Miró de soslayo hacia donde Xande estaba de pie, pareciendo medio dormido, próximo a la mesa de la izquierda. El viejo seguía representando su fachada. Tal vez esta vez de verdad se estaba poniendo senil, lo que hubiera sido una grata propina. Sabía que el viejo era necesario: las tropas le eran leales, a fin de cuentas. Era necesario por ahora.

En la mesa de la derecha no había nada. En teoría, cualquiera que lo desease podía sentarse allí, para refutar lo que él dijera cuando fuese el momento de hablar, pero sabía que nadie lo haría. Incluso de haber querido alguien estar en esa mesa, era poco lo que él iba a decir, y menos aun lo que alguien pudiese refutar.

Había tenido más sueños al dormir anoche, con la Corona del Fénix aferrada contra el pecho. Xande debiese haber tenido más respeto con él antes; al fin y al cabo, él era el elegido por el amo.

Era demasiado tarde ahora, se dio cuenta, mirando al viejo. Quizá si hubiera sido de esa manera desde el comienzo. Así era el destino, a fin de cuentas. Esta era la voluntad del amo. Despacio, a paso lánguido, sabiéndose seguido por todas las miradas, fue hasta donde Xande estaba.

—¿Ya han llegado todos? —preguntó, ansioso.

Las vetustas cejas blancas se arquearon cuando el viejo abrió los ojos:

—Sí, creo que ahora sí. Los mensajeros salieron esta mañana a llamar a todos los que estaban fuera del monte. Podemos empezar pronto.

El viejo volvió a cerrar los ojos y sacó una exhalación suave, como un ronquido. Helubor sacudió la cabeza y se alejó. Lo único que lamentaba de verdad era no haber podido introducir al Auditorio a los guardias apertrechados con armas de fuego. Pero las armas de todo tipo estaban prohibidas, y no podía aún arriesgarse a un desafío tan patente. No hasta que todo estuviese en su lugar.

Entonces, solo entonces, nada se interpondría a él.

Esperó, mirando a la gente llegar por las ocho entradas para luego hallar asientos, y miró el agua, cristalina y pura, arremolinarse en el ancho canal que rodeaba el círculo central.

Por fin, luego de lo que parecieron ser siglos de espera, vio a Xande asentir lentamente con la cabeza, las dos coletas de su pelo meciéndose con el movimiento.

Helubor volvió a la mesa de la izquierda. La corona de oro y plata con la imagen del fénix estaba sobre ella, más una caja dorada con un diseño de fénix en la tapa. Sonrió, mirándola, y extendió una mano para acariciar la tapa, delicada, pausadamente.

Miró de reojo a Kavva, y asintió despacio. El noble de tez morena se puso en pie despacio y alzó de la mesa ante sí el martillo acolchado. El martillo tenía plumas de todo tipo y color por debajo de la cabeza de acero envuelta en tela: rojas, azules, amarillas, y de mil tonos más.

Kavva se volvió hacia atrás, y golpeó el vientre de la gran estatua del fénix con el martillo, un impacto resonante, que reverberó como el tañido de una campana. El cuidadoso diseño acústico del Auditorio condujo el sonido y lo amplificó, propagándolo a cada rincón de la amplísima cámara, difundiéndolo hasta cada oído.

El silencio, cuando el sonido se disipó, fue como un gran peso. La gente se sentó, con expresiones de reverencia, de temor. Helubor sonrió. Esperó un momento después de que se hubo perdido el último eco, antes de empezar a hablar.

—Pueblo mío —dijo, oyendo a su voz expandirse por la gran cámara—. Como es bien sabido por vosotros, enfrentamos una época de gran crisis. Nuestro amado Saffron ha sido asesinado, por la execrable traición de quien debía ser su más fiel sirviente. Su cuerpo yace ahora en la sala del trono. Viene una época de grandes cambios, pueblo mío. No solo obró la traidora Kima confabulada con extranjeros para asesinar a Saffron, sino que mi padre, tío y primo han desaparecido también, aunque aún guardamos esperanza de hallar algún rastro de ellos.

Hizo un alto, dejó que sus palabras se asimilaran en todos, y miró fugazmente la caja dorada. Sí: sabía dónde hallar algunos rastros de la familia real. Cuando llegara el momento, se dijo, cuando llegara el momento.

—Comparezco ante vosotros para ofrecerme como rey —dijo, y el silencio que siguió era mayor en volumen que cualquier otra cosa. Podía casi oír los corazones de todos latiendo, como a coro con sus palabras, acompasados por la cadencia de su voz—. Lo hago con el solo afán de servir, para que podamos sobrevivir.

Inspiró hondo, y dijo las siguientes palabras, puramente ceremoniales:

—Por eso hablo aquí, en el Auditorio de Pronunciamientos, y si alguien desea impugnar mi derecho a hablar de esta manera, que lo diga ahora.

El silencio pendía bajo y denso, alcanzando hasta los bordes del recinto. Helubor miró en derredor, triunfal. Pronto, se dijo en un murmullo. Muy pronto.

Y entonces el silencio se rompió, se despedazó, porque llegó otra voz, desde la entrada contraria a la estatua del fénix, una voz baja al principio, pero que resonó, cómo resonó, llenando la cámara.

—Yo impugno tu derecho a hablar —dijo la voz, y Kima avanzó, desde las sombras proyectadas por el portal hasta la luz del Auditorio. Helubor vio formas detrás de ella, otras personas.

Kima estaba erguida, con las alas, que él sabía inutilizadas, plegadas a la espalda, el rostro frío.

—Impugno tu derecho a ser rey.

Helubor se quedó en silencio un momento, conmocionado, sin certeza de qué hacer.

Luego se rió, una carcajada profunda y sonora, que rebotó en las paredes, desdeñando la amenaza.

—¿Y quién está contigo, traidora? ¿A quién has elegido para que esté a tu lado mientras me desafías?

—He elegido a Ranma Saotome —dijo Kima, y Helubor oyó ahora ahogadas exclamaciones de sorpresa. Una sonrisa le torció la cara, y volvió a reírse.

—No él, sin duda —dijo—. Un extranjero no puede secundar a quien se pronuncia.

—En realidad —dijo una voz añosa, que aun así logró cruzar el Auditorio—. Le está permitido a un extranjero. No hay ley que lo prohíba.

Vio al viejo, el bibliotecario, avanzar hasta situarse junto a Kima. Ahora avanzaban otros: la mujer de pelo oscuro que había estado en el lugar donde Saffron había muerto, el muchacho vestido de chaleco con escamas como de dragón, más una docena de hombres alados que reconocía vagamente como plebeyos, vestidos con ropas negras y pecheras de acero.

Y allí, por último, el extranjero. Ranma Saotome.

Helubor echó atrás su agraciada cabeza y se rió por tercera y última vez.

—Pues muy bien —dijo.

Cuando volvió a hablar, puso cuanto desprecio le fuera posible en la voz, convirtiendo el solemne ritual en una burla:

—Da un paso al frente, y habla, y trae a quien te secunda.

La vio avanzar, con el extranjero junto a ella. Helubor trató de poner gesto temeroso, inseguro; todo lo que ella esperaría ver en él. Por dentro, se reía como un desquiciado. Kima había vuelto. Contra todo lo que él había esperado, había vuelto. Miró hacia la caja dorada, y sonrió.

Pronto sería el momento.

~ o ~

Ranma estaba, como sucedía mucho últimamente, confundido. Le había venido una jaqueca de las grandes en el ascenso por las cavernas. Habían andado por los corredores de piedra, absolutamente abandonados, y habían venido a dar aquí. Todos habían estado hablando excepto él; estaba profundamente agradecido de que los demás hubieran decidido no hablarle.

Cologne estaba bien, o así decía ella. Había desestimado las preocupaciones y se había puesto en pie, y todos habían echado a andar otra vez. Desde el portal en que estaba, podía ver una enorme estancia. Kima estaba hablando, con una voz que resonaba en ecos, y otra voz le contestaba, pero no podía descifrar las palabras.

Le dolía la cabeza, un palpitar que le atravesaba el cráneo, púas frías de un fuego metálico por detrás de sus ojos. Quería tenderse y descansar, pero no podía descansar, no podía descansar, no podía nunca descansar. Le dolía más que antes el lugar donde le había caído un trozo de piedra filoso desde el techo de la caverna. No tenía idea de por qué había tenido la idiotez de escudar a Kima con el cuerpo.

Parecían haber dejado de hablar. Alguien le tocó la espalda con un dedo. Cologne.

—Anda —dijo ella—, hay que entrar.

Pasó por el portal, notando vagamente la presencia de más gente. La concurrencia parecía lejana e intrascendente, sombría, como una niebla. Sentía las extremidades extrañamente ligeras, ingrávidas, como si pudiera haber flotado en cualquier momento.

Una voz burlona, sarcástica:

—Avanza, y habla, y trae contigo a quien te secunda.

Y se vio empujado hasta unas luces brillantes, hasta una enorme cámara de piedra con un centro circular, rodeada por el anillo que formaba un pozo ancho lleno de agua. En el centro del recinto se alzaba un fénix dorado, y, sin saber por qué, Ranma trastabillaba, más que caminar, detrás de Kima.

—¿Qué está pasando? —cuchicheó lo más bajo que pudo. Vio las caras de gente alada, mirándolo desde las graderías. Los ojos eran temerosos.

—Quédate quieto y no digas nada —le cuchicheó Kima de vuelta, mientras atravesaban un puente de piedra que cruzaba el pozo—. Y tal vez, solo tal vez, pueda impugnar la proclamación de Helubor.

Ranma podía sentir un cosquilleo impreciso en la nuca, la sensación de que algo estaba mal. Sentía la piel suelta, la lengua hinchada. Se sentía pasajero en su propio cuerpo, que se movía, hablaba, pero sin hacerlo él.

Sin saber cómo, llegó hasta situarse a un lado de Kima, bajo la sombra de la gran ala de la estatua dorada. El cosquilleo en su cerviz se había vuelto una caricia. Todo parecía una división de luz y tinieblas: las sombras cruzándose en el piso, el brillo de las lámparas cruzándose en sus manos. Los ojos de toda la gente parecían enfocados en él.

Kima abrió la boca en ademán de hablar.

Ranma sintió fuego en la cabeza. Se estaba yendo, advirtió, y luego fue demasiado tarde, porque todo sucedió a un tiempo. Vio a Taro en movimiento, tan veloz, vio al viejo junto a Helubor alzar una mano nudosa, bajarla en un movimiento súbito. Luego la horrorosa percusión de disparos, y un dolor que le atravesó el hombro cuando se empezaba a mover.

~ o ~

Helubor miró de reojo a Xande mientras Kima y el extranjero se acercaban.

—No tuviste nada que ver con esto, ¿verdad? —preguntó en voz queda.

Xande negó con la cabeza:

—No, aunque es por demás conveniente.

—¿Qué? —dijo Helubor.

Los labios rugosos de Xande se curvaron en una sonrisa fría:

—Unos guardias insubordinados, queriendo vengar la muerte de Saffron. Lamentablemente, se interponía el candidato a rey.

Y los ojos de Helubor subieron, y vio en los balcones, muy por arriba en el Auditorio, por encima de la luz de las lámparas, el fogonazo de armas empezando a disparar.

~ o ~

Taro estaba cerca del portal con los demás, con la perla dorada apretada fuertemente en su mano derecha, cuando vio al primero, y solo por casualidad.

En la mano izquierda de Taro estaba la espada que Kima le había pasado, diciendo que no podía entrar con ella para hablar. Algo lo hizo mirar hacia arriba, más allá del círculo de luz que proyectaban las cientos de lámparas encendidas en las paredes, y había visto un chispazo, un leve brillo de metal.

El instinto lo hizo correr, antes de tener la noción completa, pero ya era muy tarde, porque las armas estaban abriendo fuego. Vio a Ranma tirarse hacia adelante, llevándose a Kima hasta detrás de la estatua dorada, y Taro no pudo distinguir si el otro muchacho había recibido algún tiro o si se había arrojado intentando eludir los disparos.

Taro cruzó el puente en un segundo, y no supo qué fue, pero un presentimiento en él le hizo alzar la mano y arrojar la perla tras él, al pozo que rodeaba el área circular, viendo refulgir el agua poco profunda de este.

La espada envainada voló de su mano en dirección a Kima y Ranma, traqueteando por el piso mientras las balas de los rifles automáticos astillaban la piedra tras él. Proviniendo de la gente alada en las tribunas, oyó el inicio de los gritos, y sintió por detrás de él una oleada de calor.

~ o ~

Helubor alzó una mano, con la boca abierta en un grito silencioso, y una cortina de calor volcánico inflamó el aire en torno a él. Sintió el plomo fundido caer al suelo que lo rodeaba, al derretirse las balas, y, al volverse él, envuelto por el aura candente, vio el rostro conmocionado de Xande.

—Traidor —le dijo al viejo casi en tono coloquial, y alzó la mano. El fuego floreció allí, girando, una bola de blanco incandescente. Sonrió al ver el terror en el rostro de Xande.

Entonces el pozo circular se encendió en llamas. Inexplicablemente, imposiblemente, lenguas de flama de varias decenas de metros de alto rugieron desde el agua, acompañadas de ingentes nubes de vapor y gritos de espanto viniendo de las tribunas.

Xande se movió más rápido de lo que Helubor hubiera creído posible, eludiendo velozmente hacia un lado, y la bola de fuego que arrojó contra el viejo estalló en el suelo, ennegreciendo y deformando la piedra.

Helubor vio, con una difusa aprensión, que el viejo ardía con un aura de poder negro que envolvía sus extremidades y alas, y que también sonreía, de forma muy poco grata.

~ o ~

Kima estaba a punto de hablar, de formular su denuncia contra Helubor, cuando Ranma la embistió por un costado al llegar el sonido atroz, un sonido que ella era incapaz de olvidar, incluso después de tantos años, de las armas al disparar,

Oyó el estampido de las balas al rebotar contra piedra y metal, oyó a Ranma gritar de dolor, y luego estuvieron en el suelo, con el cuerpo de él sobre el de ella, guarecidos por un ala de la estatua del fénix.

Ranma se quitó de encima de ella y estuvo en pie en un instante, y Kima le vio una mancha de sangre en el hombro izquierdo, un agujero en la camisa y la herida de la carne que había debajo. Sus ojos parecían privados de todo salvo furia, vacíos de todo excepto cólera. Lo recordaba vagamente, de aquella vez en el bosque de la montaña, cuando había matado a la mujer de túnica azul, la que con tanta fruición había blandido el instrumento del dolor.

Con el rabillo del ojo vio a Taro, que corría por el piso de piedra hacia Helubor. El muchacho arrojó la espada en dirección a ella; corría a una velocidad increíble. La espada dio tumbos por el piso, y cayó perfectamente a los pies de Kima, y ella la recogió y se irguió, pugnando contra el impulso de esconderse, de sucumbir al pánico, con el ruido de las balas.

Luego se detuvieron, cuando un enorme rugido de fuego consumió todo el oxígeno del Auditorio, mientras murallas de flamas tan altas como edificios estallaban desde el agua. Por sobre la cabeza de Kima las llamas se entrelazaron en un gran domo, como un entramado de fuego. Podía sentir el calor desde allí; los ojos le ardían y lloraban. Dio media vuelta y desenfundó la espada con un siseo metálico. Vio difusamente a Kavva, herido ante la estatua del fénix, apenas respirando, con sangre manando del cuerpo.

Entonces vio a Ranma. Tenía los ojos cerrados, los brazos extendidos hacia cada lado, los dedos abiertos al máximo. Su expresión era de éxtasis, de arrebato. Sonreía, y no de forma grata.

Las murallas de fuego rugían, bramaban con la fuerza feroz del calor, y luego una ráfaga de fuego saltó desde ellas y golpeó a Ranma. El impacto lo sacó por el aire, y una segunda ráfaga lo elevó, con el cuerpo sin quemar, aún con esa sonrisa atroz.

Una tercera ráfaga lo impactó, una cuarta y una quinta. Su cuerpo se retorcía, los ojos aún cerrados, con el fuego envolviéndole cada extremidad. Estaba ahora cerca del cenit del domo de fuego, y garras tórridas de flama pura lo apresaban, bañándolo. Debía haber muerto luego del primer impacto del fuego, y sin embargo no tenía la menor quemadura.

Y seguía mostrando esa sonrisa, como la de una calavera, mientras el fuego corría sobre él, en una fricción violenta, como buscando limpiar suciedad.

~ o ~

Xande extendió hacia atrás las alas, sacándolas de la ornada túnica, anchas, moteadas con bandas negras. La oscuridad giraba en torno a sus alas, en torno a sus brazos, se aglomeraba en sus manos.

Helubor maldijo en silencio e intentó lanzar otra descarga de fuego, pero era demasiado tarde.

Xande impulsó las alas hacia adelante, como un latigazo, un borrón y una imagen residual de ellas con el movimiento.

—¡KIYOKARASUKAMINARIKAZE! —vociferó, con su voz arcaica espantosamente desgarrada.

La oleada de oscuridad salvaje que bulló desde sus alas se asemejó a un derrame de tinta en el aire, y luego azotó a Helubor, que voló hacia atrás, a tumbos contra la mesa, haciendo rodar por el piso a la Corona del Fénix y la caja dorada con un estrépito metálico. El aire y calor parecían haber sido extraídos de su cuerpo; oyó las pisadas de Xande alejándose, corriendo.

Débil, intentó levantarse de donde había caído, buscando desesperadamente la caja. La entrevió con el rabillo del ojo, y empezó a volverse. Las murallas de fuego no parecían sino haberse hecho más altas.

—Oye —dijo alguien desde detrás de él—. No me pierdas de vista. Es muy mala idea.

~ o ~

Taro mostró una sonrisa apretada cuando Helubor volvió a mirarlo. Había dejado al viejo pasar corriendo junto a él para entendérselas con el príncipe engreído. Total, el viejo no se podía escapar a través de las paredes de fuego provocadas, al parecer, por la perla del dragón. Había notado vagamente que a Saotome lo estaban rostizando en el aire, pero eso no era problema suyo en este momento. Echó atrás el puño mientras Helubor se volvía, para propinar un golpe recto con toda la fuerza del brazo.

Taro no era sádico. No tenía la menor aversión a causar dolor, pero siempre le había parecido solo el medio para lograr algún fin. Lo que Helubor le había hecho a Kima lo repugnaba hasta el centro del alma, incluso antes de haber estado bajo Jusendo, incluso antes de haber entrevisto la propia negrura de su ser para luego rechazarla, aunque fuese un poquito.

Así y todo, lo inundó un placer perverso al sentir fracturarse la nariz de Helubor. La fuerza del puñetazo tiró de espaldas al hombre alado, sacándole un grito de dolor. Taro continuó, descargando una lluvia de golpes sobre él, dejándose llevar por la rabia. Era fácil, era facilísimo, pero esta vez estaba bien, estaba bien ceder a la furia, porque Helubor había hecho cosas muchísimo peores que las que recibiría a manos de Taro.

O al menos tal vez.

~ o ~

Kima se obligó a dejar de mirar a Ranma y vio el entorno. Taro parecía enfrascado en moler a golpes a Helubor, y ella no podía ver a Xande por ninguna parte. Con la espada aún desenvainada, fue a ver cómo estaba Kavva.

El padre de Koruma estaba inconsciente, sangrando profusamente de una herida a bala en el pecho. Parecía estable, aunque necesitaba algo con que vendarlo.

Un movimiento fortuito visto de reojo la hizo tirarse hacia un lado, al tiempo que oía el grito de Xande.

—¡KIYOKARASUKAMINARIKAZE!

La oleada de fuerza fría y dolorosa golpeó las piernas de Kima, y perdió el equilibrio. Cayó y rodó, para luego poner su espada en una posición de defensa; miró desde el suelo.

Xande estaba sobre la cabeza de la estatua del fénix, seis metros por sobre el suelo. Su cara rugosa estaba exultante, llena de un goce retorcido, ya despojado de toda careta.

—No sabes cuánto tiempo he soñado con matarte, Kima.

—¿Por qué, Xande? —dijo ella en voz baja—. ¿Por qué traicionas a Saffron, a nuestro pueblo?

—Traicionar —espetó Xande, displicente—. ¿Traicionar? Los traidores son ustedes, Kima, tú y los demás nobles. Han gobernado al pueblo en nombre de Saffron durante cuatro mil años. Han dicho que es un dios, y lo han usado para despojar de todo al pueblo. Yo digo que más vale servir a un dios, así sea un dios maligno, que servir a un niño llorón y a los que lo mantienen reinando por beneficio propio.

—¿Me dices traidora? —exclamó Kima, con la furia alzándose en ella—. Me dices traidora, cuando tú y Helubor entregaron el mapa a la niña, cuando sacaste de la cárcel a su padre para interferir con la transformación de Saffron.

—Siempre fuiste astuta —lisonjeó Xande. Por encima, las flamas rugían, arañando el cuerpo de Ranma, que se retorcía apresado por ellas. La luz del fuego brillaba en las profundidades oscuras de los ojos de Xande, relucía sobre el cuerpo dorado del fénix—. Igual que tu padre.

—No ensucies su nombre diciéndolo —gruñó Kima.

Xande suspiró. Pareció casi apenado un momento:

—Habría sido tanto más fácil si hubieras muerto con él. O si al menos hubieras rechazado heredar su deber. Pero no, tenías que salir valiente. Hasta habría bastado con que fueras incompetente, pero el problema es que lo hicieras tan condenadamente bien. También en eso saliste a tu padre, supongo.

—Si vas a pelear, pelea —dijo Kima, reprimiéndolo todo excepto la ira, la furia fría—. Si vas a instalarte allí como una de tus urracas a insultar la memoria de los muertos, entonces eres un cobarde más grande de lo que yo esperaba.

—Se me han prometido ciertas cosas, ¿sabes? —dijo Xande, mirándola con gesto de desprecio—. Para cuando el monte sea del amo. Se me ha prometido tener de nuevo mi juventud. Tal vez te haga mi concubina.

Kima se rió. —Antes yacería con Helubor.

—No veo impedimento —dijo Xande, y saltó desde el fénix, para elevarse por el aire, y la oscuridad se agolpó en torno a él para otra descarga—. Tiene cierta atracción por ti, aunque sus gustos en ese aspecto son bastante... poco ortodoxos.

Un día antes, ella hubiera alzado el vuelo, habría luchado en su elemento. Tal vez hubiera ganado; sabía que habría sido más rápida que él, y más hábil, cuales fuesen las estratagemas que él usara. Pero no ahora. Apretó su espada y se preparó para vender la vida lo más caro posible.

~ o ~

Helubor gruñó de dolor. El último golpe del humano lo había tumbado cual bulto al suelo. El cuerpo le dolía; advirtió que el extranjero le había fracturado la nariz. Si esta no sanaba derecha, su rostro quedaría arruinado. Si es que lograba sobrevivir. El humano era muy rápido; no lograba Helubor el tiempo necesario para acumular poder. Pero cuando lograra elevarse al aire, el humano estaba muerto.

Si es que lograba elevarse. Una patada veloz y brutal a las costillas hizo a Helubor rodar por el piso.

—¿Por qué no te ríes? —oyó preguntar al humano—. Supe que te reíste antes, cuando lisiaste a la chica. ¿No es tan chistoso cuando te pasa a ti?

Pero claro. El puñal. Se había olvidado del puñal.

Lo hizo en un único movimiento, sacando el puñal del cinto cuando el humano le asestaba una nueva patada. Casi pudo sentir el poder contenido en la cuchilla. Esta pareció darle fuerza, velocidad, aminorar el dolor.

Se agachó bajo la patada y lanzó el corte, sintiendo a la cuchilla abrir carne y oyendo al humano exclamar de dolor. Le había hecho al hombre una herida larga pero poco profunda en el muslo, pero sabía que una herida así sangraría gravemente, y moverse produciría dolor. La luz del fuego que surgía del agua brilló en la cuchilla del puñal, mojado de sangre.

Entonces vio de reojo la caja, dorada y reluciente a la luz de las llamas. Se lanzó en pos de esta, la asió, y estuvo en el aire con un potente golpe de alas antes de que el humano pudiese impedírselo. Miró desde el aire al terrestre, que se aferraba la herida y lo miraba con ojos de furia.

—Por dañar al rey del Monte Fénix —dijo, abriendo la caja—, la pena es la muerte.

Tiró la tapa, que cayó al suelo seis metros más abajo, mientras él se elevaba por el aire. Vio a Ranma Saotome, vapuleado de manera continua por las flamas, apresado en el aire por garras de fuego, cerca del cenit de la prisión ardiente que los encerraba; pero alejó todo eso de su mente. Pronto el chico moriría. Helubor no sabía el origen de las llamas surgidas desde el canal, pero eran una bendición, supuso.

Miró el contenido de la caja. Cenizas, granulosas, color blanco grisáceo. Las de su padre, su primo y tío. Lo sabía: los había matado él mismo, incinerados. Xande le había dicho el efecto que las cenizas tendrían en él.

Al coger un puñado de cenizas y tragárselas, recordó de pronto que la intención de Xande todo este tiempo había sido asesinarlo. Muy apuesto podía ser, pero la inteligencia nunca había sido su punto fuerte.

~ o ~

Taro soltó un grito al sentir el puñal en la pierna, y retrocedió. Helubor se había movido más rápido de lo esperado, para luego levantarse y tirarse hacia la caja que estaba en el piso, después tomarla en brazos y saltar elevándose al aire, muy por sobre él. Maldijo, y miró hacia arriba mientras Helubor hablaba.

—Por dañar al rey, la pena es la muerte.

Luego lo vio tirar la tapa de la caja al suelo, y tragar un puñado de algo que sacó de la caja; Taro no pudo ver qué era.

Helubor dio un alarido. Sus extremidades se espasmaron en el aire. Surgió fuego de sus ojos, su boca, oídos, nariz; las llamas le envolvieron brazos, piernas y alas, y ni él ni sus ropas ardían. La caja cayó al suelo, al igual que el puñal. Taro vio a las cenizas derramarse y cubrir el puñal. Helubor se reía, estridente y desquiciado, y señaló con una mano, con la palma abierta y los dedos separados.

~ o ~

Kima vio a Xande volverse en el aire cuando tronó la risa de Helubor, superando por un momento incluso al rugido de las murallas de fuego.

Las sábanas de flama se combaron de pronto hacia el interior del área circular en un estruendoso clamor de furia. Kima sintió al calor rugir por sobre su cabeza, y oyó a Xande dar un grito como de sorpresa. En cien ráfagas que radiaron hacia el centro, las llamas fueron sorbidas por Helubor, arremolinándose en torno a él para formar una espiral, un pequeño huracán de calor y fuego superconcentrados.

Ya sin la barrera de llamas, Kima pudo ver lo que había fuera de esta.

Era anarquía.

La gente se atropellaba por alcanzar las salidas, volando o corriendo, chocando unos con otros producto del pavor. Le pareció ver a Cologne, una solitaria silueta sin alas, de pie entre el tumulto, tratando de abrirse paso luchando, con Samofere y la Orden del Cuervo detrás. Un momento después, Kima vio la razón.

Las armas seguían disparando. Desde las sombras por encima del conjunto de luces, los hombres de Xande seguían haciendo fuego contra la multitud. No parecían ser más que unos doce hombres, pero el fuego a repetición de los fusiles creaban una conmoción que se añadía al horror general. Cologne y los demás trataban de llegar hasta los guardias armados, sin lograrlo; la confusión de gente era demasiado grande.

Había gente muriendo. No era anarquía. Era caos.

Xande, por encima de ella, se reía.

—¿Hermosa vista, no?

Ella alzó la vista para mirarlo, casi consumida por el horror:

—Monstruo...

—Helubor ha consumido las cenizas de sus consanguíneos —dijo Xande, como aleccionando a una niña—. Le darán un poder formidable por unos minutos, hasta que se extinga. Seguramente empezará a perder el control cerca del final. Tal vez cause la destrucción de la montaña.

—¿Te gustaría, no? —dijo Kima, con una repulsa que rezumaba, cáustica, de su voz.

Xande exhibió una semisonrisa:

—Si no la puedo gobernar yo, nadie puede. Ni Helubor. Adiós, Kima.

Aplaudió una vez con las manos, un sonido fuerte que pareció resonar demasiadas veces. Murmuró algo que ella no pudo oír.

En torno a él, el aire pareció cuartearse, abrirse, y la oscuridad que había detrás envolvió al viejo como un gran par de alas. Cuando estas se separaron y rompieron, Xande ya no estaba.

~ o ~

Taro se lanzó hacia un lado para esquivar la lanza de flama del tamaño de un árbol, detonada desde las manos de Helubor, que abrasó por completo el lugar donde el muchacho había estado. El suelo burbujeó, y el choque súbito de la onda expansiva producida por la descarga lo golpeó mientras rodaba aún en la caída, y lo alzó para estrellarlo contra el suelo como un mazo.

La risa de Helubor parecía envolver al mundo. Era enajenada, de una locura aterradora; todo raciocinio y cordura estaban ausentes de ella.

—Soy el recipiente —dijo la voz vibrante y elocuente del príncipe.

Pies provistos de garras produjeron un chasquido al posarse en la piedra. Taro intentó moverse, pero el impacto contra el suelo le había sacado casi todo el aire y toda capacidad de levantarse.

—Mi amo ha tenido a bien el otorgarme fuego —siguió Helubor.

Desde su posición tirado de espaldas, mirando hacia arriba, Taro vio que Saotome seguía flotando en la nada, orlado por una corona de flamas. Las llamas de Helubor eran de rojos y amarillos furiosos, incandescentes, feroces. Las llamas que cubrían a Ranma eran tan radiantes que ardían más allá del blanco, hiriendo la vista con la pureza desatada de su luz.

Helubor habló otra vez:

—Y si no puedo regir a los vivos, entonces regiré a los muertos, como lo hace mi amo, sobre un cúmulo de cenizas y un trono de cráneos.

~ o ~

Kima vio a Helubor convertir el torbellino de flamas que lo rodeaba en una gigantesca descarga que ella podía jurar había desintegrado a Taro, hasta que vio al muchacho tirado de espaldas a unos cinco metros del pedazo de suelo que la ráfaga había impactado. Oía el estampido de las armas, la gente gritando, y se obligó a mantener la calma.

Helubor bajó desde el aire hasta el suelo cerca de Taro. Dijo algo que ella no oyó, luego apuntó con su mano hacia el techo del Auditorio de Proclamaciones, alzó la otra mano, y el calor se acumulaba, una distorsión ondeante en el aire, en torno a los dedos del hombre.

Kima corrió entonces, como jamás antes lo había necesitado, porque con volar siempre había bastado, siempre había sido lo más rápido, pero no podía volar ahora, y entendía lo que Helubor iba a hacer, al recordar la enorme bola de fuego que había devastado a Jusendo, que había partido montañas, surgida de las manos de Saffron. Iba a derruir la bóveda del techo. Iba a arrasar con todos. El poder se agolpaba, más grande, casi esférico, del tamaño de un hombre ahora, haciendo al aire retorcerse como alguien que agoniza.

—Corre, maldición —se murmuró. Él estaba quince metros por delante, diez, cinco.

Correr. Correr, no hacer caso del dolor quemante en sus piernas, en sus pulmones, correr, correr y nada más, porque veía tensarse el cuerpo de Helubor, preparándose para liberar la descarga, y sabía que la bola se expandiría al salir de sus manos, que se abriría como una flor, y que haría derrumbarse el auditorio completo y que todos morirían, todos morirían.

Y entonces Kima llegó. La espada enarbolada, impulsada para dar el golpe, a dos manos en la empuñadura, sujetándola tan fuerte que dolía. Se descubrió gritando, vio a Helubor empezar a volverse.

La espada, blandida por toda la fuerza de Kima, lo alcanzó en la espalda, atravesando el corazón de Helubor desde atrás. Helubor se volvió, con la vida yéndosele de los ojos, y la esfera espiralada de calor se comprimió en su mano hasta ser solo una bola del tamaño de una cabeza, hecha de fuego puro, y el príncipe miró a Kima con tal aborrecimiento, y tanta intención detrás de aquel aborrecimiento, que Kima se supo muerta.

~ o ~

Ranma giraba en el fuego, rotando sobre el eje de su ser. Sentía a las llamas acariciar su piel, el tacto de una amante, el roce de la seda. Se colaban por los resquicios de su mente, dejando huellas candentes por sus nervios y sus músculos, cantándole un dolor infundido de poder.

Podía haber sido un segundo, o un siglo. Vio pasar imágenes, ninguna de las cuales pudo retener. Oyó nombres susurrados, luego desvanecidos. Su mente, su alma, estaban torcidas sobre sí mismas, y el fuego estaba por doquier.

Y, ah, había dolor, y, ah, cuán glorioso, cuán bello, el dolor, un padecimiento de pureza exquisita.

Oyó cantos fragmentados en su cabeza, cientos de voces, miles, millares, un mar de voces, y dolor, dolor divino, dolor sublime.

La luz huyó de él, y la oscuridad también, y fue solo él, él, Ranma Saotome, y por unos momentos fugaces, perfectos, la anchura de la existencia se tendió descubierta ante él, y vio el millón de caminos tomados que lo habían conducido hasta aquí, y vio algunos de lo que podría haber sido, y lloró en su alma por lo que había sido posible, y vio parte de lo que había sido posible y lo sobrecogió un terror tan hondo como su corazón, por lo que podría haber sido.

Tanto dolor, tanto dolor.

Siempre estaba el dolor, sabía ahora, siempre la muerte, siempre matar, y los cuellos de cien mujeres distintas se fracturaron bajo su puño, y se vio bañado en sangre de pies a cabeza, tanta sangre, tanto dolor.

¿Harás mi voluntad, dulce mío, como has hecho antes?

Y, ay, sí, sí ,sí, mi señora.

Y la realidad se desplegó ante él, en el vasto auditorio de piedra, y vio la huida y el pavor, y oyó el estampido de las balas, y vio a la gente correr, caer, morir.

¿Harás mi voluntad?

Oh, sí, mi señora, mi señora, haráse tu voluntad, tu voluntad, tu voluntad.

(Ah, dulce mío, sí, eres y siempre has sido de mis esclavos el más dulce...)

Y alzó las manos, y el fuego, las llamas, las flamas incandescentes con la más pura Luz, estallaron de sus manos, surgiendo precisas de él.

¿Mi voluntad?

Ay, mi señora, mi señora, sí.

~ o ~

Ante los ojos de Kima, Helubor alzó la mano para darle muerte, para calcinarle la vida. El príncipe sangraba por la boca, producto de la herida que ella le había causado con la espada, y en aquel mismo movimiento las piernas se le doblaban, cediendo. Pero aún le quedaba vida suficiente para matarla, entendió Kima.

Entonces un vivísimo rayo de fuego blanco rompió gritando desde el aire y fulminó a Helubor, como si la venganza del cielo mismo hubiera caído sobre él y su perfidia. Helubor no pareció tener siquiera tiempo para morir: una flama como destilada del corazón de un diamante cubrió su cuerpo por una fracción de momento, y luego el príncipe desapareció, súbita y totalmente.

No quedaron ni cenizas. Solo la espada de ella, incólume en el piso. Kima ni siquiera había sentido el calor de la ráfaga que matara a Helubor.

Por encima, vio las llamas flagelar desde el cuerpo de Ranma, suspendido en el aire. Las llamas fustigaban a los que portaban las armas, que no alcanzaban siquiera a gritar antes de morir.

Ranma irradiaba luz como una estrella, fulgurante, deslumbrante. Tenía los brazos extendidos hacia cada lado, y el aura de fuego le otorgaba la apariencia de tener alas.

Los gritos se habían acabado. El pavor había concluido. De modo misterioso, todo había terminado. Kima miró en derredor, vio a Taro incorporarse débilmente. Todos, de nobles a plebeyos, miraban hacia arriba, a Ranma.

Las llamas se movían en torno a él, oleando, expandiéndose. No daban la apariencia de alas: eran alas ahora, ardiendo tórridas, ciñéndolo, un aura con el contorno flameante de un fénix, una resplandecencia que lo rodeaba, expulsando toda oscuridad, destellando hasta la bóveda del Auditorio de Pronunciamientos.

Kima quería odiar la imagen, de un extranjero engalanado con la imagen más sagrada de su pueblo, el fénix que era su símbolo. Lo que veía, la pureza de aquella luz, era hermoso en demasía.

Entonces, al tiempo que caía en la cuenta de que estaba conteniendo la respiración, la luz que envolvía al extranjero murió y este cayó, desde treinta metros, con jirones de fuego aún aferrados a su cuerpo. Aterrizó, casi con suavidad, de espaldas, ante la estatua dorada del fénix.

Y Kima, sacando la respiración, y advirtiendo que esa misma exhalación la habían hecho todos en el Auditorio de Pronunciamientos, corrió hacia el extranjero.

~ o ~

Cuando Ranma despertó, alguien le enjugaba la cara con un paño húmedo. Gotas de agua corrían despacio por su frente, llegando al tabique de su nariz y dejando huellas frescas, que luego el paño quitaba, muy pocas para hacerlo transformarse. Estaba en un lugar muy oscuro, aunque con el rabillo del ojo pudo ver el brillo blanco azuloso de una lámpara.

Abrió la boca; tenía los labios secos y partidos:

—¿Quién es?

—Solo yo, niño —oyó decir a Cologne—. Tranquilo. Ya todo pasó.

Estaba acostado sobre algo maravillosamente suave, sintiendo que casi se hundía en este. Una sábana delgada lo cubría desde el cuello hacia abajo.

Podía distinguir la silueta de Cologne, a media luz, sentada junto a la cama en una silla de respaldo recto. Una vela diminuta ardía junto al cuenco de agua, en la mesa junto a ella, y la luz jugaba en su cara, brillando en la profundidad oscura de sus ojos.

Cologne llevó otra vez el paño al cuenco, luego lo pasó delicadamente por la frente febril de él. Ranma sintió el descanso de la sensación beatíficamente fresca, y olvidó, durante un momento.

Y luego recordó. Todo. La percusión atronadora de las armas, los gritos, la risa enajenada llenando el aire.

Y recordó el fuego estallando de sus manos, a los hombres alados, armados y parapetados muy por sobre el suelo, borrados de la existencia por el poder incandescente. Por su poder. La oscuridad había venido entonces.

—¿Cuántos? —dijo débilmente, queriendo gritarlo, pero sin hallar la fuerza.

—Chsst —dijo Cologne—. Estuviste tres días inconsciente. Hay mucha gente que quiere hablar contigo; los he tenido a raya diciendo que estás muy débil.

—¿Cuántos? —volvió a decir, con la voz fortaleciéndosele.

Cologne lo miró, y Ranma vio en sus ojos que sabía exactamente a qué se refería él.

—Unos doce, tal vez. Samofere cree que eran los que sabían a quiénes eran leales en verdad Helubor y Xande. Disparaban contra la gente, Ranma. Ninguno de nosotros podría haberlos alcanzado sin que murieran muchas más personas.

Doce. No habían parecido tantos al matarlos, cuando había arrojado el fuego blanco desde las manos con la misma facilidad con que caminaba o apretaba un puño. Trató de incorporarse. Cologne le puso una mano sobre un hombro y se lo impidió; él no tuvo la fuerza para insistir.

—Doce —murmuró, sonando enfermo.

—Doce que habían matado a más de veinte personas, y herido a casi cincuenta antes de que los detuvieras, Ranma —dijo Cologne delicadamente—. Y a Helubor también, aunque ya estaba moribundo cuando lo mataste. El que lo mataras en ese momento tal vez le salvó la vida a Kima.

Ranma se incorporó. Cologne no lo detuvo esta vez. Se miró las manos. Flectó los dedos, observó el movimiento, y trató de no temblar.

Recordaba su puño, fracturando la garganta de Denkoko. Recordó el fuego estallando de sus manos, matando a hombres antes de que pudiesen gritar. Recordó el fuego, y el hielo, y la dicha intensa y dolorosa de aquel poder.

—¿Qué me pasó? —dijo, con un sufrimiento que se alzaba, ajado y mustio en su voz—. Lo tenía controlado. Lo tenía. Y después...

La cara de Cologne adquirió un aspecto viejo, imposiblemente desolado:

—Cuando Taro se quedó bajo Jusendo después de que te fuiste, el dragón le dio un objeto de poder. Hizo manifestarse una fracción de la voluntad de ella. Eso fue lo que hizo surgir fuego del agua.

—¿Eso soy, no? —dijo Ranma—. Eso soy. ¿Una válvula para hacer salir el poder, para las voces de mi cabeza, para los dragones? Ella me cambió, Cologne; el dragón que había bajo Ryugenzawa me cambió. Y ahora este otro me usa para matar, me usa para...

—Ranma —dijo Cologne, por entre dientes apretados—. A veces no hay otro modo. Disparaban contra la gente, Ranma. Los mataste para que no mataran a más.

—Pero no era necesario —dijo Ranma, desesperado—. No lo era. Solo me lo pidió alguien y lo hice, y fue tan fácil. —Apenas pudo oírse él mismo a continuación—. Y me gustó. Fue maravilloso. Había tanto poder. Y no era necesario matarlos. Podía haberlos noqueado, o solo destruido las armas, o...

Pero los había matado. Ya estaba hecho, y tenía más sangre en las manos, más vidas remordiendo en el alma, como un peso a cuestas, ahogándolo. Ya no pudo seguir hablando. No quería hablar.

Solo llorar. Era lo único que quería hacer. Y lo hizo, incapaz de contenerse. Lloró como lo había hecho abrumado por la belleza bajo Ryugenzawa, como lo había hecho al dejar el cuerpo maltrecho del dragón bajo Jusendo, la belleza rota yaciendo en una agonía sin muerte durante eras indecibles.

Cologne se quedó viéndolo llorar, y por más palabras que intentara darle, no lograba consolarlo. Porque esta vez no había limpieza en el llanto, ni alivio al dolor, ni bálsamo al quebranto. Solo había desamparo, un padecimiento y desesperación tan hondos que parecían imposibles de conquistar.

Al final, todo cuanto Cologne pudo hacer fue recostar la cabeza de él sobre un hombro de ella, como se hace con un niño, y dejarlo llorar, por quien había sido, por aquello en que se había convertido, y por el camino largo y oscuro que él sabía tenía por delante, sin conocer el destino.

~ o ~