Aguas bajo la tierra

Un fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum

Traducción de Miguel García

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Capítulo 17 : Movimiento de oscuridad sobre oscuridad

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Vamos. Y que se trasluzcan los risueños semblantes a los ojos del mundo.
Un rostro falso debe ocultar lo que sabe un falso corazón.

William Shakespeare

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Despertó en la noche, al sentir música.

Los suaves acordes del piano de la sala subían por los corredores penumbrosos de la casa, para colarse por la línea de luz bajo la puerta de su dormitorio a oscuras, hasta sus oídos. Siguió tendido, en el futón sobre el piso, mirando el espesor de la noche que pendía entre el suelo, el techo y las paredes, hasta que sus ojos se ajustaron y empezó a distinguir formas opacas, hasta que los tonos dulces de la melodía llegaron más firmes y nítidos a sus oídos, a su mente.

Los dos amores de Tatewaki Kuno, sus dos verdaderos amores, habían sido siempre el arte de la espada y el arte del verso, del acero grabado en la carne y la palabra grabada en la página. La música no le había causado interés en mucho, mucho tiempo. Pero esta melodía le era conocida, sí, por cierto. Era el recuerdo de una música engranada desde hacía mucho en su cerebro, en su alma misma.

Quien tocaba tenía gran destreza, con dedos que trabajaban sedosos, allá en la planta baja, confeccionando la música a partir de las páginas ante ella, soltando al aire la belleza desnuda y dolorosa de las notas.

Beethoven. La sonata para piano n.° 14, primer movimiento. El "Claro de luna". Era dolorosa de oír, la belleza, doloroso cargar con el recuerdo de esta. Se levantó de la cama, dejando la colcha tirada sobre la esterilla que cubría el piso de su habitación, y, vestido con su pijama de seda, fue hasta el armario, orientándose de memoria en el dormitorio oscuro y entre los objetos allí contenidos.

Sacó del armario la bata y se la puso, luego salió al pasillo, dejando la puerta abierta, y bajó las escaleras, con la música doliente del piano haciéndose más fuerte.

—¿Hermana? —llamó suavemente al llegar hasta la sala un minuto después.

Estaba sentada en la banca del piano, vistiendo una bata oscura, muy parecida a la de él, puesta sin cerrar sobre el camisón, mientras sus manos se movían sobre las teclas. Las luces de la sala estaban apagadas, pero los altos ventanales tenían las cortinas descorridas, dejando entrar la claridad de la luna y el brillo brumoso de las luces de la ciudad. Tatewaki la encontró muy pálida, cuando la vio tocar los últimos acordes de la pieza para luego volverse a mirarlo. Tenía los ojos nublados con los sutiles indicios de quien reprime lágrimas.

—No sabía que aún tocabas —dijo Kuno, entrando.

Aquí, aquí en la noche y a solas salvo por Kodachi, podía abandonar parte de las fachadas, parte de las mentiras que había puesto tanto entre ella y él como entre él y el mundo.

—Tampoco lo sabía —dijo Kodachi quedamente, volviendo en la banca el resto del cuerpo para mirarlo de frente.

Parecía pequeña y más niña, y Kuno se sintió cubierto por una oleada de afecto fraterno, una amplificación del mismo sentimiento que siempre había ocultado con ella, sabiendo que ella no quería verlo, que sería siempre retribuido con más amargura.

—Me levanté y... empecé, eso es todo —terminó Kodachi.

Él avanzó algunos pasos titubeantes, y se sentó en la angosta banca junto a ella.

—Trae gran cantidad de recuerdos, ¿no te parece, hermana querida?

Ella asintió, muda, y se retorció las manos sobre las piernas. El esmalte oscuro de sus uñas relucía en la iluminación pálida que llegaba desde afuera.

Por un momento largo, la escena de los dos se quedó congelada así, a la luz de la luna que entraba cernida por las ventanas. Fuera, una nube se interpuso en el aire ante el disco plateado, y la luz se aminoró, pero pasó rápidamente.

—Soñé con ella anoche —dijo Kodachi de pronto, tan de improviso que tomó hasta a Kuno por sorpresa.

—¿Con ella? —preguntó él suavemente.

—Creo —dijo Kodachi, vacilante—. Me llamaba. Que fuera hacia ella.

Se sintió punzado de temor por su hermana, pero lo suprimió:

—¿Aún quieres ir, entonces?

Ella volvió a asentir. Con el movimiento, la luz de la luna se movió por el relieve suave de sus facciones, como una tela, y Tatewaki se vio reflejado en el rostro de ella, en el profundo parecido físico de los dos.

—Si es lo que eliges —dijo delicadamente—, entonces te ayudaré a cumplir lo que deseas.

—No puedes venir conmigo —dijo ella, con la misma delicadeza, volviéndose para poner la mirada sobre él—. No puedes.

Él la miró, pareciendo herido y preocupado.

—¿Por qué?

—Porque, Tachi —dijo ella, como si fuera la cosa más obvia—, tienes que quedarte aquí.

Y Tatewaki se dio cuenta, con tristeza, de que era cierto. Aún tenía mucho por hacer aquí. Había hecho juramentos. Ciertas promesas, así fuesen solo a sí mismo.

Volvió a haber un silencio largo entre los dos, y fuera de la ventana, la rama delgada de un árbol raspó contra el cristal como una garra, movida por un viento errante.

Kodachi volvió a romper el silencio, con una voz que revelaba una profundidad de pesar tan oscuro como el fondo del mar.

—Ay, hermano, la echo tanto de menos.

Por inesperado que fuera lo que había dicho antes, esto lo era infinitamente más. Kuno la miró de reojo, y vio que las lágrimas habían venido por fin, y se sintió lleno de una tristeza pesada, dolorosa.

Todo iría bien, se dijo. Kodachi no estaba como antes; su descubrimiento de la naturaleza de Ranma era el puente que la había conducido a esta catarsis pospuesta por tanto tiempo, y había sido para mejor.

Pero costaba tanto, se dio cuenta, y quedaba aún tanto dolor por venir. No pudo más que pasar un brazo sobre los hombros temblorosos de su hermana, y quedarse con ella, hasta que el sol asomó sobre el horizonte de la ciudad, y en todo aquel rato le pareció oír aún la vibración residual del piano, como si este evocara las notas que había producido al fin, tras tanto tiempo en silencio.

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Soun puso su piedra en el tablero, y cruzó con la mirada el patio, hasta posarla sobre en el estanque y el reflejo tremolante del sol recién salido. El viento causaba pequeñas ondulaciones en la superficie, y el inquieto lomo de plata de un pez espejeó por un momento, antes de volver a hundirse en el agua.

—Le toca, Saotome —dijo.

Había despertado más temprano que de costumbre esta mañana, y al ir al patio había encontrado a su amigo mirando salir el sol; había sugerido una partida antes del desayuno, y Genma había aceptado sin hablar.

Genma acomodó un tanto su postura sentado en el piso, y estiró una mano ancha, como para coger una pieza, luego la retrajo despacio y sacó un suspiro sutil, largo. Volvió la cabeza para mirar hacia el estanque, como lo hiciera Soun hacía un momento.

Preocupado, Soun no dijo nada, mirando a su amigo. Había estado así, distante, desde la mañana de ayer, cuando el taxi había llegado y Ryoga había cargado hasta este las maletas de Nodoka, con Genma de pie y observando, con la cara tan neutra y vacía de sentimiento como un pilar de piedra.

Por poco tiempo, la familia Saotome había vuelto a estar junta, y ahora volvía a partirse. Soun miró las facciones toscas de Genma, endurecidas por la edad. Pensó en sus tres hijas, que dormían en la planta alta, y en Ryoga, a quien habían prestando un lugar en el dojo donde recostar la cabeza por unos días. Pensó en el muchacho desaparecido, de quien había esperado fuese su yerno, y recordó una época en que él y Genma habían sido así de jóvenes, así de llenos de esperanza y fuego, listos para enfrentar al mundo con el Arte, listos para todo.

Pero la vida solía alcanzarlo a uno. Con la edad descubría uno que lo que se amaba cuando joven se hacía menos preciado en el corazón, y cosas nuevas ocupaban su lugar: los ojos de una mujer, la risa suave de su voz, la mano diminuta de una nueva hija, en su cuna, asiendo el dedo de uno.

Nunca, se dio cuenta, había sucedido con Genma del mismo modo que con él. Genma había tratado de moldear a su hijo conforme a su visión de lo que un hombre debía ser, de lo que él había querido ser de joven, un verdadero maestro del Arte.

Soun conocía los defectos de su amigo, pero en el fondo se trataba de un hombre bueno. Había sido en su juventud un hombre mejor que el que era ahora, y era el recuerdo de ese hombre mejor el que Soun prefería evocar cuando pensaba en su amigo.

Además, quizá él mismo había sido mejor en su juventud, también. Pero todo había cambiado; todo se había acabado con el lento pitido del monitor cardíaco y la mano de su esposa enfriándose en la de él, y mucho de cuanto él había sido yacía ahora enterrado junto a ella, perdido en el trasfondo de la fotografía difusa de un hombre y una mujer, guardada en el anaquel superior del armario, y algunas noches se descubría incapaz de dormir, y abrazaba contra el pecho la foto con su marco de plástico trizado y lloraba sin hacer ruido, y la pesadumbre y soledad que habitaban en él formaban algo similar a una cosa hambrienta.

—¿Tendo? Le toca —dijo Genma, trayéndolo de vuelta.

Soun estudió el tablero durante un momento largo, luego hizo su jugada. Genma observó el cambio en la estructura del juego, y agitó despacio la cabeza.

—Perdóneme, Tendo —dijo por último—. No tengo la mente concentrada en el juego hoy.

—Entendible, viejo amigo —observó Soun con cierta ironía—. No me extrañaría que tuviera la mente en otras cosas hoy.

—Así es —dijo Genma, y suspiró.

—¿Piensa ir a China, entonces? —preguntó Soun.

Genma asintió. —Estoy esperando al maestro para volver a hablar con él. Está... haciendo preparativos, según dijo.

Soun se estremeció. —Aceptar ayuda del maestro... Horror de horrores. Quién sabe qué precio cobrará después.

—El maestro ha cambiado —dijo Genma luego de un momento—. Desde que volvimos. Al menos parece que su edad se ha estabilizado, pero...

—Es una lástima —dijo Soun—. Esperaba que al menos podríamos vivir más que él.

Genma se rio, aunque no de modo muy convincente.

—¿Quién sabe? —dijo—. Se han visto cosas más extrañas. —Pero la diversión fue breve, y su cara volvió pronto a la melancolía—. Tengo que ir, Soun. Es el único indicio que tengo. Es la única esperanza que me queda.

—¿Y si no lo encuentra allá?

La cara de Genma se endureció. —Entonces lo buscaré en otro lado, hasta que averigüe lo que le ha sucedido a mi hijo. Le debo eso, como mínimo. —Agachó la cabeza—. Se lo debo a Nodoka. Dijo que...

Lo dicho a continuación fue en voz tan baja que Soun apenas pudo oírlo:

—Dijo que si podía devolvérselo, podíamos tener alguna oportunidad.

Soun miró a su amigo durante unos segundos, luego se puso en pie, rodeó el tablero de juego, y fue a dar un palmazo en el hombro de Genma.

—Sabe que iría con usted si pudiera, viejo amigo, pero...

—Lo sé —dijo Genma, con algo en los ojos, que podría haber sido gratitud—. Pero tienes a tus hijas y tu casa, Soun. —Extendió las manos por delante de él, indicando con aquel ademán un espacio vacío—. Yo tengo un hijo desaparecido y una esposa que no desea verme.

Soun guardó silencio un momento antes de hablar.

—Sabe que no es así, Saotome. Ella le ha dado una forma de volver. Lo único que hace falta es que usted la tome.

—Y eso quiero, Tendo —dijo Genma—. Pero cuesta mucho. Cuesta muchísimo.

—Así son las cosas que importan —dijo Soun, con tono de sabiduría.

Hubo un silencio prolongado.

Genma miró a Soun:

—Nos estamos poniendo viejos, Tendo. Parecemos un par de monjes, mirando el agua y hablando del significado de la vida.

—Lo sé, Saotome —dijo Soun con cierto abatimiento—. Lo sé.

Soun se sentó y volvió a mirar hacia el estanque. La partida olvidada, los dos hombres miraron el lento ascenso del sol hacia el cenit, y aguardaron a que les llamaran a desayunar, esperando poder hasta entonces olvidar que ninguno de los dos sabía qué decirle al otro.

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Nodoka se quitó de los ojos un mechón de pelo y se lo acomodó detrás de una oreja, luego siguió trabajando en el jardín, con el mismo cuidado con que había empezado, al salir el sol hacía una hora. Quería trabajar antes de que el sol subiera más en el cielo y el día se hiciera demasiado caluroso.

Y era algo que hacer, algo que la ayudara a no pensar, en su hijo, en su esposo. Podía envolverse durante mucho rato en la alegre monotonía del jardín.

La pala de jardinería raspaba suavemente en la tierra, y los ojos de Nodoka cayeron sobre la fila de bulbos a plantar, dejados sobre el césped sin mantener. Tendría que trabajar después en el césped; ahora, lo que ocupaba su atención era la cama de tierra ya preparada, cercana al muro del lado oriente de la casa.

—Buenos días, Saotome-san —llamó alguien desde el portón cercano a al muro.

Nodoka alzó la cabeza y vio al vecino que había conocido el día de la mudanza, un hombre mayor, de cincuenta y tantos, yendo para sesenta.

—Buenos días, Ongaku-san.

El hombre tenía un diario bajo el brazo, igual que cuando Nodoka lo había conocido.

—¿Le molesta si entro un momento? —dijo el hombre.

—Adelante —dijo ella, asintiendo con la cabeza y sonriendo.

Al entrar el hombre por el portón y cruzar el césped hasta ella, Nodoka notó que sus zapatos eran de aspecto muy costoso, un contraste con la sencillez de su demás vestimenta.

Taikazu se acuclilló junto a ella, y miró el incipiente jardín.

—Ahh —dijo—. De verdad debería empezar a trabajar en el mío, pero siempre lo pospongo.

—¿Sí? ¿Le gusta jardinear? —preguntó Nodoka, para luego tomar un bulbo y ponerlo con cuidado en una de las oquedades que había cavado.

Taikazu sonrió, evidenciando cierta tristeza.

—A mi esposa le gustaba, en vida. Lo mantuve por ella. Con los años, me fui encariñado bastante con las flores.

—Lo siento —dijo Nodoka, sintiéndose mal por hacer al hombre recordar aquello.

—Está bien —dijo él—. Ya son más de diez años, y usted no tenía modo de saberlo.

Taikazu estiró una mano, tomó un bulbo de los que estaban sobre el césped, y lo sopesó en una mano.

—Las flores son fáciles. Son las plantas las complicadas; hay que criarlas bien desde un comienzo, no dejar que se tuerzan, o cuando maduran son muy difíciles de corregir.

—Lo entiendo —dijo Nodoka, suspirando al plantar otro bulbo—. ¿Desde hace cuánto vive en Nerima, Taikazu-san?

—Toda mi vida, aunque no siempre en la casa de ahora —dijo. Se irguió y se sacudió los pantalones—. Un gusto hablar con usted, Nodoka-san. Sin duda nos podremos conocer mejor con el tiempo. Pero ahora salgo a ver a un socio para una junta de negocios, así que la veo después.

—¿Sí? ¿Qué clase de negocio tiene? —preguntó ella, devolviendo la mayor parte de su atención a la jardinería.

—Hacemos muchas cosas —dijo él, alejándose—. Logística, recepciones, distribución de productos...

Nodoka sonrió y plantó otro bulbo. Era un hombre muy simpático; casi la había hecho olvidar las circunstancias que la habían traído aquí, así fuese solo por un ratito.

Pero solo un ratito. La sonrisa desapareció, y, aunque Nodoka continuó la labor unas horas más, no fue con plena atención.

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—¿O sea que no vienes conmigo? ¿Otra vez?

Akane miró a Nabiki desde su escritorio, luego negó despacio con la cabeza.

—No —dijo—. Tengo otras cosas que hacer.

—¿Como qué? —dijo Nabiki, apoyada contra la jamba de la puerta, vestida con uniforme de colegio, bolso colgando de una mano—. ¿Andar llorando con Ryoga porque Ranma no está?

Akane hizo un gesto dolorido.

—Nada más vete, Nabiki —dijo, con tono brusco—. No quiero aguantar este tipo de cosas ahora.

—No puedes seguir para siempre en esto, Akane —dijo Nabiki, algo más suavemente esta vez—. Tienes que actuar, o sobreponerte. No te la puedes pasar pensando en él. No le haces a él ningún bien.

Akane suspiró y meneó la cabeza. —Lo sé, Nabiki.

—¿Entonces por qué sigues así? —dijo su hermana—. Haces tres días que volviste. ¿Qué has hecho desde entonces? ¿Has hablado con Shampoo, le has preguntado por qué Cologne podría haber hecho algo así? ¿Has hablado con el Sr. Saotome? ¿Has hecho alguna cosa de esas?

—No ha habido tiempo —dijo Akane, empujando hacia atrás la silla y poniéndose en pie—. He estado ocupada...

—Pasándotela con Ryoga —interrumpió Nabiki—. Tienes que actuar y hacerlo ya, hermana, o esto se va a poner peor. Ranma se fue, Akane; la pregunta es si lo puedes recuperar.

—Bueno —dijo Akane, gélida, avanzando algunos pasos para situarse delante de Nabiki, mirándola con gesto hostil—. ¿Dónde sugieres que empiece, Nabiki?

—Yo empezaría hablando con el señor Saotome y Happosai —dijo Nabiki con voz fría—. Ya que desde ayer están hablando de ir a China a buscar a Ranma.

—¿Cómo? —dijo Akane, con algo de conmoción en la voz—. ¿Y por qué no lo dijeron?

—Tienes que estar con el oído atento, Akane —dijo Nabiki, con una semisonrisa, golpeteándose la oreja izquierda con un dedo—. Así a lo mejor no te perderías las cosas obvias.

—Yo... —empezó Akane.

Pero Nabiki ya iba por el pasillo, caminando rápido. Akane se guardó las palabras, volvió a su escritorio y se sentó, suspirando.

A veces deseaba poder hablar de más cosas con sus hermanas. Pero las dos estaban demasiado distantes a ella: Kasumi con el trabajo doméstico, Nabiki con sus ardides y codicia. Las tres eran demasiado distintas como para ser unidas de verdad, en la forma en que lo eran algunas hermanas.

Pero en lo que a Ryoga respectaba, no sabía que habría hecho sin él. Era como el hermano que nunca había tenido. Era gracias a él que sobrellevaba esto tan bien como hasta ahora.

Si lo que decía Nabiki era cierto, si Genma y Happosai de verdad creían que Ranma estaba en China, bueno, eso era mejor que no tener la menor idea de dónde estaba. Era un comienzo, al menos. Aunque claro que había motivos para desconfiar. Se trababa de Genma y Happosai, a fin de cuentas. Pero si tenían alguna especie de pista, al menos podía ella evaluarla e intentar determinar si valía la pena seguirla.

Sintiéndose un poquito más optimista que hacía cinco minutos, Akane se apresuró a bajar las escaleras. Genma había estado desayunando, aunque Happosai no. De todos modos, era preferible hablar con el padre de Ranma; lo prefería a hablar con Happosai, cual fuese la ocasión.

—¿Kasumi? —dijo, agachando la cabeza bajo el pendón de la cocina, donde Kasumi lavaba en el fregadero los platos del desayuno.

—¿Sí, Akane? —dijo Kasumi, alzando la mirada mientras seguía fregando un bol, con el agua caliente murmurando suavemente sobre sus manos.

—¿Y el tío Genma?

—Creo que salió con papá —dijo Kasumi, devolviendo su atención a los platos—. Dijeron algo sobre tener que hablar de algunas cosas.

—¿Dijeron a qué hora volvían?

Kasumi se quedó pensándolo un momento, luego negó con la cabeza.

—Gracias de todos modos —dijo Akane, sonando desanimada, y salió de la cocina. Fue hasta el comedor que daba al patio de atrás. Por las puertas abiertas, pudo ver la extensión verde del patio, interrumpida por el estanque, y a Ryoga.

Estaba de pie junto a la muralla del patio; su sombra se estampaba en la piedra blanca, duplicando los movimientos de su cuerpo, realizando un kata complejo. Había gracilidad en sus movimientos; no la gracilidad absolutamente fluida que Ranma siempre había tenido, pero producía igualmente una impresión de destreza y equilibrio casi perfectos, contenidos en las formas que Ryoga ponía en movimiento.

Lo miró durante un momento, a él y al espejo oscuro de su sombra, y un recuerdo se alzó en ella, y bajó por su columna un escalofrío al mirar la sombra moverse a un tiempo con él, y recordó a la mujer de negro y de trenza larga, y las sombras que surgían de ella, y la sangre que corría por los brazos de Ryoga, y la sangre que manchaba la blusa blanca de Shampoo, y el horrible estampido del trueno y el resplandor del rayo, que había precedido la llegada de Denkoko y Yamiko.

Y ahora volvía a sentir ganas de llorar, pero no quería, porque ya estaba hastiada de hacerlo. Anoche había salido al patio, y había estado de pie bajo la luz de la luna y había llorado, y había susurrado una sola vez el nombre de él, como si de modo misterioso hubiera podido oírla, dondequiera que estuviese.

Ryoga hizo un alto en sus movimientos y la miró. Levantó una mano a modo de saludo, y sonrió mientras ella avanzaba por el patio, con el césped haciéndole cosquillas en los pies descalzos.

—Hola, Akane. ¿No deberías estar en el colegio?

Ella meneó la cabeza. —Puedo faltar un día más.

Ryoga asintió, entendiendo, luego volvió a su kata, aunque no parecía tan concentrado como antes.

—¿Y qué se cuenta? —dijo.

Akane le contó rápidamente lo que Nabiki le había dicho, sobre los planes de Genma y Happosai de ir a China.

Al final, Ryoga asintió despacio y se cargó contra el muro, con los brazos cruzados sobre el pecho:

—Mousse también dijo que le parecía que estaba en China, si Cologne lo tiene. Y yo también estaba pensando en ir allá.

—Bueno, ¿y por qué no me lo dijiste? —dijo Akane, un tanto molesta.

Ryoga carraspeó y miró hacia el suelo.

—Pues...

—No quieres que vaya, ¿cierto? —dijo Akane en voz baja—. Crees que solo andaré estorbando.

Ryoga no dijo nada, pero sus ojos lo traicionaban. Akane sintió por dentro una rabia lenta.

—¿Eso es, no?

—Akane, no es...

—¿O sea que me ibas a dejar aquí para irte a China? —dijo Akane—. ¿Igual que cuando me dejaron para irse detrás de Herb, igual que cuando me dejaron para irse al Monte Fénix? —Apretó las manos a ambos costados—. Sé que no soy mucho comparada contigo o con Ranma. Ni siquiera soy mucho comparada con Shampoo o Ukyo. Pero igual sé pelear, Ryoga. Y si tú, o el señor Saotome, o Happosai van a China, entonces yo voy también.

Ryoga inspiró hondo, y habló como si el hacerlo le costara un gran esfuerzo.

—Akane, yo no sabía que el señor Saotome o Happosai planeaban ir a China. De todos modos, antes de hacer cualquier cosa, lo iba a hablar contigo.

Había un tono de dolor en las palabras de él ahora, un dolor reflejado en sus ojos.

—No quiero que pase algo malo, Akane. Sea lo que sea. Estamos ante algo muy, muy poderoso. Lo puedo sentir, aunque no sé cómo. Podría pasarte algo muy malo.

—Eso ya lo sé —dijo Akane—. No me da miedo que me pase algo, Ryoga. Sé que quienes hayan sido esas personas que nos atacaron en la montaña, son muy peligrosas. Pero no me voy a quedar cruzada de brazos esta vez, Ryoga. No esta vez.

Lo miró a los ojos, su vista pasando por las cuatro delgadas cicatrices en la mejilla de él, único indicio visible que le había quedado del combate. Sanaba tan rápido, como Ranma.

—Voy pelear, Ryoga. Ranma ha peleado por mí antes. Ahora yo voy a pelear por él.

Ryoga la miró de vuelta, ahora con ojos indescifrables. Por último, una sonrisa le estiró una comisura de la boca, exponiendo durante un instante unos caninos agudos.

—No te puedo impedir nada, Akane. —Por su tono parecía lamentarlo—. No puedo ni aunque quisiera.

Akane consiguió, no sin cierto trabajo, ocultar su alivio.

—Genial —dijo—. Entones me puedes ayudar a hablar con el señor Saotome.

Ryoga pestañeó. —¿Para qué me quieres a mí?

Akane resopló. —Comparado con él, hasta Ranma es más progresista en su actitud con las mujeres, y Happosai es peor. Te necesito para que me apoyes.

—Cuenta conmigo —dijo Ryoga, y luego pareció avergonzado.

Ella sonrió. —Sí, siempre cuento contigo.

Sopló una brisa ligera por el patio, que removió la superficie del estanque, y poco a poco, poco a poco, del modo en que se mueve la marea, Akane empezó a sentir elevarse en ella una esperanza, que quitó parte del peso que sentía en los hombros.

~ o ~

Nabiki iba camino del colegio cuando el coche se estacionó contra la acera, cerca de ella. Con un sonido suave, la ventana del lado del conductor bajó.

—Un momento de tu tiempo, Tendo —dijo una voz, profunda y sedosa.

La rutina ya era bien conocida. Nabiki miró en todas direcciones, luego abrió la puerta trasera y entró al asiento trasero del largo coche de color oscuro. El tapiz era suave y oscuro también, de aspecto elegante, y el coche, como siempre, estaba vacío salvo por el conductor. Este cerró la ventanilla y luego volvió la cabeza hacia atrás, para mirarla.

—Hola, Nabiki —dijo, sonriendo—. Hace tiempo que no nos veíamos así, en persona.

—No sabes el placer que es verte de nuevo, Yoshiyuki —dijo Nabiki con voz inexpresiva.

Curiosamente, siempre encontraba más fácil tratar con él en persona que por teléfono; tal vez por ser alguien tan genérico. Su traje, corte de pelo y gafas de sol lo hubieran proclamado a gritos como matón yakuza, de no haber sido por su baja estatura, rechonchez y tez pálida.

Con todo, aunque Yoshiyuki no siempre le producía miedo, Nabiki sentía recelo. La gente que no era recelosa con los yakuza tendía a acabar muerta.

—Me encantaría charlar, Nabiki —dijo el yakuza, y suspiró—. Pero soy un tipo ocupado. Iré al grano: has estado ocultando cosas.

—¿En qué sentido? —contestó Nabiki tranquilamente.

—No dijiste que había integrantes de la casa planeando ir a China —dijo Yoshiyuki—. Sabes que el acuerdo solo puede continuar si eres derecha con nosotros.

—Y soy derecha —dijo Nabiki—. No me pareció que les fuera relevante. No tiene nada que ver con Ranma, ¿no? —tenía la voz desapegada, pero solo disfrazaba su nerviosismo. ¿Cómo —se preguntó— se había enterado?

—Nabiki —dijo Yoshiyuki en tono aleccionador—. Absolutamente todo lo que se relacione a Ranma Saotome, por insignificante que sea, me interesa. Van a China a buscarlo, ¿verdad?

—Supongo que podría ser —dijo ella, reticente—. No pregunté, la verdad.

El hombre meneó la cabeza. —No te juegues conmigo, Nabiki. No te beneficia a ti ni a mí en lo más mínimo.

Nabiki asintió de manera casi imperceptible. No sabía muy bien por qué no le había informado lo de Happosai y Genma; tal vez algún vago rastro de culpa que no había conseguido aún reprimir.

—Sé que siempre lo digo —dijo Nabiki—. Pero Ranma jamás aceptaría involucrarse con ustedes. Tiene un honor medio tramposo, pero no tanto como para trabajar para los yakuza.

—¿Y por qué sigues haciéndonos de informante, si es imposible reclutar a gente tan excepcional como Saotome y sus amigos? —preguntó el mafioso con voz suave.

Nabiki se rio; no una risa verdadera, sino calculada.

—Porque me pagas mucho dinero, Yoshiyuki. Porque me gusta tener mucho dinero.

—¿Para qué? —preguntó el hombre de pronto.

—Me hace sentir segura —dijo Nabiki.

Y va a los ahorros para la universidad, y tal vez ropa nueva de vez en cuando, y quizá un poquito a Kasumi para los víveres o reparaciones de la casa o el dojo, si se sentía generosa.

—Me pareces muy solitaria a veces —dijo Yoshiyuki. Mostraba una sonrisa delgada—. Quizá te gustaría que...

—Prefiero mantener nuestra relación como algo entre conocidos que se topan en la calle, bien de lejos —dijo Nabiki, tajante.

Incluso con las gafas de sol puestas, Nabiki tuvo la certeza de que podía sentir los ojos del hombre subir y bajar por su cuerpo; alzó el bolso del colegio y se lo aferró contra el pecho a modo de escudo.

Yoshiyuki volvió la cabeza hacia para mirar por el parabrisas, hacia la gente que pasaba; sus manos se apretaron en el volante.

—Creo que esta junta se terminó, entonces —dijo.

Tratando de no mostrar alivio en la cara, Nabiki llevó la mano hacia la manija de la puerta. Lo único que quería era irse, alejarse de la oscuridad asfixiante del coche y de la presencia de Yoshiyuki.

Se oyó el chasquido de las puertas al activarse el seguro, y el frío hormigueo del miedo bajó despacio por la columna de Nabiki. Yoshiyuki volvió la cabeza y le sonrió con frialdad.

—Una cosa más, Nabiki —dijo, con una voz que era como el ritmo lánguido de un tambor—. Nunca, jamás nos vuelvas a ocultar información. ¿Entendido?

—Abre la puerta, Yoshiyuki —dijo Nabiki, obligándose a tener la voz firme.

—¿Entendido? —volvió a preguntar el hombre.

—Entendido —se apresuró a decir Nabiki.

Hubo un largo momento de silencio duro entre los dos, y, por un segundo, Nabiki tuvo la convicción de que las puertas no se abrirían, de que el coche oscuro saldría hacia la ciudad, y que a ella nadie jamás la volvería a ver. El terror se agolpó en ella, amenazando con ahogarle el control, presto a saltar por su garganta y hacerla gritar, y sabía, sabía con toda el alma y el corazón, que nadie la oiría.

Luego, con un sonido más dulce que cualquier música que hubiera oído, los seguros de las puertas volvieron a chasquear, y Nabiki salió a toda prisa del coche, hasta verse en la acera bajo el sol, para luego cerrar de un portazo y mirar al coche alejarse por una calle lateral.

Miró las caras despreocupadas de la gente que pasaba, y respiró hondo, despacio. Se aferró el bolso del colegio contra el cuerpo y trató de concentrarse en la tibieza del sol en su cara, el sutil olor de la ciudad en torno a ella.

Una idea le vino de pronto. En cierto punto, cuando se escala una montaña peligrosa, se hace más seguro continuar que retirarse y descender. Se preguntó, vagamente, echando a andar hacia el colegio, si alguna vez recordaría en qué momento había ella alcanzado el punto aquel.

~ o ~

—Tenemos que hablar, Shampoo.

Shampoo se tomó un momento para responder, y, desde donde se hallaba sentada en el piso del comedor, levantó la mirada para ver a Mousse. Ahora todas las mesas y sillas estaban arrumbadas hacia un costado, y el espacio principal estaba ocupado por grandes montones de ropa y demás accesorios de la vida, incluyendo una colección bastante grande de reliquias de Joketsuzoku, contenidas en diversos baúles, cajas y bolsas.

—¿Qué quiere Mousse? —preguntó con voz cansada—. Yo muy ocupada.

Era cierto; se había pasado todo lo que iba de la mañana hurgando entre sus pertenencias y las pertenencias que Cologne había dejado, decidiendo qué debía guardarse y qué desecharse.

Todas las túnicas viejas de Cologne, más su colección de cintillos para el pelo, podían tirarse. La mayor parte de la ropa de Shampoo se guardaría, salvo los delantales y gorros de cocina que habían sido parte de su uniforme de trabajo; no los echaría de menos. Las reliquias Joketsuzoku debían devolverse a la aldea, desde luego.

Otras cosas eran más difíciles. El báculo de Cologne; varios dibujos a tinta, ajados y desteñidos por los años, formados por el trazo pulcro y preciso de la anciana. Habían pasado durante la mañana de un montón al otro, media docena de veces; parte de ella no quería volver a verlos nunca, parte de ella los quería como recuerdo de los tiempos felices que había tenido con Cologne, recuerdos de las épocas antes de que enloqueciera y secuestrara a la madre de Ranma, poniendo en movimiento los sucesos que desembocarían en la desaparición de él. Incluso ahora, no tenía certeza de cuáles habían sido los motivos de Cologne; la anciana no había dejado pistas ni indicios que pudieran haber explicado sus acciones.

Estaba el asunto del compromiso matrimonial con Ranma, pero eso dejaba demasiadas cosas sin explicar. Shampoo sabía, sentía en los huesos, que esto iba más profundo. Pero, cuán profundo, no lo sabía.

—Tenemos que decidir qué vamos a hacer ahora, Shampoo —dijo Mousse, sentándose en el piso, frente a ella, con su túnica susurrando suavemente al cruzar el muchacho las piernas, para luego mirarla con aire un tanto cauteloso.

—Es fácil entender —dijo Shampoo, cortante—. Vamos a casa.

—¿Y qué pasará con Ranma?

Un dejo de tristeza marcó la cara de ella, un momento, luego se fue.

—No sé qué con él. No es marido. No ama a mí. ¿Qué importa?

Qué fácil le parecía, mentir en voz alta, aunque la verdad era que cada pensamiento en que estuviera Ranma le hacía doler el alma. Vio en los ojos de Mousse que este lo sabía, y que saberlo lo hería profundamente.

—Sé que sí te importa, Shampoo —dijo Mousse en voz queda—. Aunque uno por fin entienda que alguien no lo quiere a uno como uno desea, olvidar no es fácil.

Ella asintió con la cabeza, y estudió detenidamente la veta de la madera del piso.

—Bueno —dijo—, ¿qué cree tú que hay hacer con Ranma? Total, él no tu amigo.

Él estuvo en silencio un momento antes de hablar.

—No, supongo que no lo era. Pero sí luché a su lado, Shampoo; era mi hermano de armas, aunque no fuera mi amigo. —Suspiró—. Y me preocupa dónde pueda estar, Shampoo, porque sé que esto es mucho más grande de lo que cualquiera de nosotros ve. Si quieres saber qué pienso, te lo digo.

Inspiró hondo:

—Creo, o quisiera creer, que quien se apoderó de Ranma fue Cologne, no esas dos mujeres. Happosai fue más que capaz de igualar a esa con la que peleamos, y Cologne es mejor que él. Creo que se lo llevó a China. Creo que están cerca de la aldea.

—Muchas suposiciones —dijo Shampoo—. ¿Y por qué piensa tú todo eso?

—Por Jusenkyo —dijo Mousse—. He estado pensando, y me parece que en todo lo verdaderamente importante donde Ranma ha estado envuelto, donde nosotros hemos estado envueltos, Jusenkyo ha sido la clave. La mismísima razón por la que llegaste a Japón desde un principio fue por causa de Jusenkyo. —Hizo un alto un momento—. Él fue al Monte Fénix por causa de Jusenkyo. Y por causa tuya, claro.

Con esfuerzo, Shampoo contuvo los recuerdos amargos, que surgieron como hiel, de la bruma que fue esa obediencia engendrada mediante magia, bajo la cual había vivido ella un tiempo. Apretó los puños a los costados, y respiró hondo para calmarse.

—Y Cologne usó a Jusenkyo también, para ser joven de nuevo —dijo Mousse, al parecer sin notar el fogonazo de ira de ella—. Así dijo Happosai, al menos. Todo vuelve a Jusenkyo.

Shampoo asintió. Tenía todo aquello, en realidad, una especie de lógica extraña.

—¿Por qué tú tan ansioso de ayudar a Ranma de repente? —dijo, con sutil desconfianza en la voz.

Mousse la miró un momento largo, luego suspiró.

—Soy capaz de querer hacer el bien a veces —dijo—. ¿No puedes verlo así alguna vez, Shampoo?

Shampoo soltó una risa dura.

—Claro. Único que tú haces desde que nosotros niños es tratar de hacer que yo case contigo.

Lamentó lo dicho casi de inmediato, porque vio el daño en la cara de él, pero siguió, como hacía muchas veces, porque era más fácil continuar la crueldad que intentar subsanarla.

—¿Quiere tú ayudar a Ranma? Tú odia a Ranma.

—Shampoo... —dijo Mousse, desamparado—. Yo no lo odio. Tal vez antes sí. Ya no. Siempre odié la forma en que te trataba, la manera en que te hacía comportarte, pero dejé de odiarlo a él hace mucho tiempo.

—Bueno, Ranma no necesita ayuda de ti —dijo Shampoo, detestando cada palabra al decirla, sin entender por qué sentía la necesidad de ser hiriente con él. Tal vez porque era lo conocido, porque era fácil; qué fácil era caer en las viejas rutinas, los viejos modos de alternar—. Ranma es gran guerrero, ¿para qué quiere ayuda de ti?

La cara de Mousse se demudó a una expresión dolida, y se puso en pie, con el cuerpo tenso.

—No voy a escuchar esto, Shampoo.

Dio media vuelta, como para alejarse, y ella se levantó de un salto y lo sujetó del hombro, haciéndolo volverse de un solo giro, gruñendo.

—Hombre no da espalda a mujer cuando habla.

—¿En esto te has convertido, Shampoo? —dijo Mousse con la voz fría, y una desacostumbrada traza de rabia en el tono—. A cada momento que te escucho suenas más como tu bisabuela.

Ella echó atrás un puño y lo golpeó.

Al menos, ese era el plan. Descubrió que en cierto momento el golpe había sido bloqueado, y el brazo de ella atrapado en la sujeción de él.

Lo miró a los ojos, vio algo terrible, terriblemente frío y furioso allí, y pudo casi ver moverse los engranajes de la memoria de él, los pensamientos reflejados en las profundidades de sus ojos, la remembranza de cada provocación, de cada rechazo, de cada golpe.

Todos, todos, tienen un punto de ruptura, por bondadosa que sea su índole o profundos sus sentimientos. Si uno empuja a alguien con fuerza suficiente, la persona, tarde o temprano, sienta lo que sienta por uno, devuelve el empujón.

Shampoo cayó en la cuenta de que quizá había empujado demasiado, cerca de un segundo antes de que el puño de Mousse le impactara la quijada. Hubo crujido que resonó por su cráneo, un chispazo de luz blanca, y luego su cuerpo cayó derribado al suelo.

El golpe fue fuerte, aunque tampoco tanto como para que no pudiera aguantarlo. La sorpresa y la conmoción eran lo que le hacían seguir en el piso, no algún dolor significativo. Conmoción al recordar sus propias palabras y darse cuenta de lo hirientes que habían sido, sorpresa por la forma en que Mousse había alzado la mano contra ella.

Se incorporó sobre los codos y miró al muchacho, y se sorprendió aun más. Mousse temblaba como la cuerda de un instrumento, sacudiéndose, con la mano que había usado para bloquear puesta ahora sobre la cara, y, el brazo que había usado para golpearla, extendido por delante de él, con la palma de la mano abierta en dirección a ella.

Murmuraba algo, muy bajo, repitiéndolo sin parar. Luego de un momento, ella lo pudo entender.

—Lo siento, lo siento, lo siento...

Shampoo se puso en pie despacio, con la quijada adolorida, y cruzó el espacio entre los dos, pasando ligeramente entre cajas y montones de ropa. Con cuidado, extendió una mano y tocó el hombro de él.

—Mousse...

Él dio un grito y se alejó un tanto de ella. Levantó la cabeza y la miró, y tenía los ojos llenos de dolor, de rabia larga, de arrepentimiento.

—Por favor... no me toques, Shampoo.

Despacio, Mousse le dio la espalda y fue hasta la puerta corrediza del frontis del local, la abrió y abandonó el restaurante. Shampoo estuvo mucho, mucho rato mirando la puerta cerrada, y luego fue en busca de hielo para ponerse en la quijada, antes de que quedara un moretón.

~ o ~

Era casi la hora del almuerzo cuando sonó el teléfono en la cocina del Okonomiyakis Ucchan. No se estaba sirviendo el almuerzo a esa hora. Normalmente, Ukyo hubiera estado en el colegio, pero circunstancias inusuales lo habían evitado.

Desde que se había levantado, en la madrugada, tras una noche perturbada por sueños que no podía recordar, había estado revisando sus libros contables. Tenía guardada una cantidad de dinero considerable; años de vida itinerante con su padre le habían enseñado el valor de la frugalidad.

Así y todo, ir a Okinawa no saldría barato, y, pese a su tamaño comparada a las demás islas japonesas, no era un lugar pequeño. No tenía idea de dónde podía estar Konatsu, o dónde podría encontrar alguna seña del Clan Kenzan.

En verdad, ni siquiera estaba segura de querer ir. Ranma seguía desaparecido, y, por más que ella deseara que fuera de otro modo, no podía negar sus sentimientos.

Pero Ranma tenía a otros que fueran a buscarlo, y Konatsu no tenía, ni había tenido nunca, a nadie más que ella. La necesitaba más de lo que la necesitaba Ranma. Konatsu necesitaba a alguien, porque cada vez que ella miraba esa nota, con la tinta descolorida de cuando Happosai la había tirado al estanque, sentía esa aprensión horrenda crecer en ella.

Así que lo que iba del día lo había pasado consultando las finanzas, llamando a diversos agentes de viaje para ver cuánto costaría un pasaje a Naha, qué necesitaría para llegar a la capital de la prefectura; si la búsqueda podía empezar por algún lado, sería allí. Repasaba por tercera vez aquella hora las cartolas del banco, cuando sonó el teléfono y le espantó las ideas.

Echó la silla hacia atrás, se levantó, y atravesó la pequeña cocina para atender.

—¿Hola?

Se oyó silencio del otro lado de la línea, el sonido suave de una respiración.

—¿Hola? —volvió a decir.

Durante un momento, lo único fue la respiración, y luego hubo una voz, vieja y trémula, temerosa, la voz de una mujer en los últimos años de su vida:

—¿Está Konatsu ahí?

Ukyo sintió que la atravesaba un escalofrío.

—¿Quién habla? —dijo.

La respiración empezó a sonar más suave aún, como si el auricular se hubiera apartado de la boca.

—Espere, por favor —rogó Ukyo—. No cuelgue. Por favor. ¿Quién es usted?

Silencio de nuevo, durante un segundo desesperante, y luego la voz habló otra vez.

—¿Está ahí esa niña?

—No —dijo Ukyo—. Él no está, y creo que está en problemas.

—No puedo...

—Por favor —suplicó Ukyo—. Por favor, si algo le importa Konatsu, si sabe aunque sea lo más mínimo, tiene que ayudarme.

—Kenzan —dijo la voz del otro lado de la línea, como si la palabra fuera veneno, como si decirla fuera un dolor.

—¿Qué pasa con ellos?

Hubo una pausa. —Creo que debemos hablar.

—Concuerdo —dijo Ukyo, apenas atreviéndose a respirar.

—Tu local, ¿tiene alguna entrada además de la del frente? —preguntó la voz del otro lado de la línea.

—Hay una puerta lateral en un callejón —respondió Ukyo—. Se puede llegar por la calle que está detrás del restaurante.

—Estaré allá en quince minutos —dijo la voz. Tenía el temblor del miedo, como si la dueña de la voz sintiera gran inseguridad respecto a lo que hacía—. Esté atenta para abrirme, por favor.

—Así será —dijo Ukyo.

Hubo un chasquido al colgar el teléfono del otro lado, luego el zumbido del tono de marcar. Ukyo dejó salir la respiración que había estado conteniendo, se alejó del teléfono un paso, y se apartó el flequillo con una mano para sobarse la frente.

El minutero del reloj que colgaba en la pared de la cocina parecía ahora arrastrarse por la esfera numerada con una lentitud glacial, y el tic tac del mecanismo resonaba en la cabeza de Ukyo.

Trató de sentarse quieta, pero no pudo. Se levantó y se paseó por la cocina, por el comedor, subió y bajó las escaleras. Luego de lo que parecieron ser horas, habían pasado poco más de catorce minutos, según el reloj, y Ukyo se encontró junto a la puerta de la cocina, quedaba al callejón.

A los quince minutos desde que había colgado el teléfono, llegó un golpe en la puerta. Ukyo la abrió, y vio en el callejón a la silueta encorvada, iluminada por el sol reflejado en el costado de los edificios. Era una vieja, con la espalda doblada por la edad y los brazos torcidos por el peso de los años. El cabello cano y delgado estaba reunido en un moño suelto, armado con la colocación estratégica de una larga aguja de plata. El vestido negro era amorfo, y pendía cubriendo el cuerpo huesudo que tiritaba y se sacudía, con la mujer allí, como sin saber qué hacer. Luego Ukyo notó las gafas negras, sólidas, y el largo bastón largo con la punta roja, y advirtió que la mujer era ciega.

—Por favor, pase —dijo afablemente, y extendió una mano para sujetar una mano de la mujer.

Con pasos cortos, la anciana entró con cuidado al restaurante, con el bastón chasqueando fuerte en el suelo a cada pisada. Ukyo la guió hasta una silla ante la mesa de la cocina, y luego se sentó también cuando tuvo la seguridad de que la mujer estaba cómoda.

—¿Gusta algo de beber? —dijo, lamiéndose los labios con gesto aprensivo—. Tengo...

—Solo un vaso de agua, por favor —dijo la vieja en una voz quebradiza.

Ukyo se levantó y llenó un vaso en el fregadero, observando de reojo a la mujer encorvada en la silla. Cada uno de los movimientos de la mujer era asustadizo, nervioso.

Le pasó el vaso a la mujer; los dedos de las dos rozaron por un instante, y luego Ukyo se sentó a la mesa, poniendo las manos sobre el borde y tratando de no parecer impaciente. La vieja tomó un solo sorbito de agua, luego volvió a dejar el vaso en la mesa, manteniendo la mano cerca de este. Reflejos sombríos de la cocina y la cara de Ukyo se movían por los cristales negros de sus gafas.

—¿Qué es lo que sabe de Konatsu y el Clan Kenzan? —preguntó Ukyo en voz baja.

—La niña se ha ido, ¿verdad? —preguntó la anciana suavemente.

—¿Konatsu, dice usted?

La mujer asintió. Ukyo decidió que convenía no contradecirla; ya parecía demasiado espantada, y algo inesperado podía empeorarlo.

—Sí —siguió Ukyo—. Se fue anteayer y no ha vuelto. Tengo esta nota... —Estaba a punto de sacársela del bolsillo, luego se detuvo—. Perdón, no va a poder leerla.

—No importa, niña —dijo la anciana, con la voz sonando ahora algo más estable—. Es muy tarde, entonces. Supe que una había logrado escapar antes de que llegara el momento, y creí poder ayudar en algo.

—¿De qué habla? —preguntó Ukyo con tono nervioso.

La anciana agachó la cabeza, como mirando la mesa, luego tomó otro sorbo de agua. Las manos le temblaban, y derramó algunas gotas en la mesa cuando volvió a dejar el vaso.

—Las niñas del Kenzan entrenan de manera normal —dijo—, hasta que llegan a cierta edad. En ese momento, se les lleva al complejo, y se hace un ritual horrendo, que les deja la mente bajo el control de la líder del clan. Se vuelven poco más que esclavas.

Ahora había odio en la voz de la anciana, casi superado por el miedo:

—Son unos monstruos, adoradoras de demonios y dioses oscuros, sumidas en ritos viles durante siglos. Son una fuerza de las sombras, ocultas a la mirada del mundo moderno, pero aun así cometen sus fechorías por todo el Japón.

Ukyo sintió que el gusano del miedo empezaba a retorcerse en su estómago, y habló, titubeante:

—Entonces Konatsu...

—Ya es muy tarde —dijo la vieja, y agitó la cabeza—. Si la tienen, es muy tarde. Está prácticamente perdida.

—¿Cómo sabe usted todo esto? —preguntó Ukyo.

El dolor torció el rostro de la anciana:

—Se llevaron a mis hijas. Dos niñas, tan bellas...

—¿Y qué hizo?

—Traté de ayudarlas —dijo la anciana. Metió una mano en los pliegues amorfos del vestido y sacó un rosario de cuentas de madera—. Tuve poder, en alguna época. El Señor Buda y la Diosa Solar, creí que podrían protegerme. Pero la malignidad de ellas era más fuerte, me quitaron el poder y los ojos, y ni siquiera me dieron la misericordia de una muerte limpia.

—Entonces sabe adónde se pueden haber llevado a Konatsu —dijo Ukyo—. ¿Adónde?

—Okinawa —dijo la vieja, haciendo chasquear las cuentas y mascullando por lo bajo—. Las llevan a Okinawa. Allí está el complejo del clan, la central de su poder.

—Ya lo sé —dijo Ukyo—. Pero ¿en qué parte de Okinawa?

La anciana guardó silencio. Extendió un brazo y rozó la cara de Ukyo con una mano arrugada; era como el contacto de un pergamino viejo.

—Ah, sí —dijo, con algo entre el agrado y el miedo—. Eres tú, eres tú, pero debes ir sola, sola.

—¿Qué? —dijo Ukyo, queriendo apartarse, pero descubriéndose incapaz.

—Ah, pequeña —dijo la anciana, y mostró una sonrisa desdentada—. ¿Deseas saber dónde habitan las Kenzan y su oscuridad? Pues lo sabrás. En la costa, al suroeste de Naha, sobre un acantilado con vista a una playa de arena blanca, allí están. Pregunta por ellas en Naha, aunque quizá te cueste encontrar alguien que quiera decirte lo que necesitas saber.

La mujer le puso una mano en cada lado de la cara, sujetando la definición de los pómulos de Ukyo, y, de no haber sido ciega, Ukyo hubiera tenido la seguridad de que la miraba directamente desde detrás de las gafas negras.

—Pero debes ir sola. ¿Lo entiendes? ¿Lo crees? Puedo darte ayuda, pero únicamente si vas sola.

Ukyo asintió, y la piel apergaminada de la vieja rozó contra su cara. Los cristales negros parecían atrapar su mirada; se le dificultó el pensamiento coherente al mirar esas expansiones negras, el espejo sombrío de su cara.

—Entiendo —dijo.

—Bien —dijo la mujer, y quitó las manos. Se volvió a acomodar en la silla y tomó otro sorbo de agua. Parecía agotada, temerosa otra vez—. No será fácil.

—No estoy acostumbrada a que nada sea fácil —dijo Ukyo, enérgica.

—Entonces te daré esto —dijo la vieja, y sacó algo de entre sus ropas y lo puso sobre la mesa—. Cuando tu necesidad sea más grande, debes abrirla, y contarás con ayuda.

El objeto era una caja de madera fina, taraceada con diseños de marfil y jade, cerrada con un broche de plata, y no mayor en tamaño que la mano de Ukyo. Ella miró la caja durante un momento largo, luego la tomó: era suave y tibia cuando se la acercó hasta dejarla cerca de sus brazos.

—Gracias —dijo Ukyo.

—Escúchame muy bien —dijo la vieja con voz trepidante—. Porque aunque mis ojos no tengan vista, aún puedo ver de maneras en que tú no. Debes ir sola, y no debes decir a nadie que me has conocido, o que te he dado esta cosa. Porque hay traidores entre quienes confías, y debes tener cuidado.

Ukyo asintió con la cabeza. La mujer sonaba tan sincera, tan veraz.

—Ahora debo irme —dijo la vieja. Se puso en pie y cogió el bastón de donde descansaba contra la silla—. Te deseo suerte.

—Espere —dijo Ukyo—. Ni siquiera sé su nombre.

La mujer negó con la cabeza:

—¿Importa? Dudo que nos volvamos a encontrar, Ukyo Kuonji.

Desasosegada, Ukyo se puso en pie y acompañó a la mujer hasta la puerta lateral, la miró salir en silencio a las sombras del callejón, y la vio irse despacio con el bastón hacia la calle principal.

Cerró la puerta y volvió a sentarse a la mesa para mirar la caja, como si esta fuera capaz de darle las respuestas a todas las preguntas que aún tenía.

~ o ~

Cuando Genma volvió de caminar con Soun, una caminata transcurrida más en silencio incómodo que en conversación, Happosai lo esperaba en el frontis de la casa, apoyado contra el muro que rodeaba el patio, con los brazos cruzados sobre el pecho.

El maestro parecía ahora de unos veinte años. Solo sus ojos seguían siendo viejos: duros, oscuros y agudos. Como lo habían sido los ojos de Cologne, recordó Genma con un estremecimiento.

—Hola, muchachos —dijo Happosai lánguidamente, y soltó una risa baja—. O tal vez debería decirles de otro modo, dada la situación actual.

—Hola, maestro —dijo Soun, con un levísimo temblor en la voz—. ¿En qué podemos servirle?

—Ahora no me sirves de nada, Soun —dijo Happosai, y señaló la casa con un pulgar—. Así que éntrate. Quiero hablar con Genma.

Soun asintió con la cabeza, hizo una reverencia apresurada, y pasó junto a Happosai cuan rápido pudo. Cuando Soun hubo entrado a la casa, Happosai volvió la cabeza una fracción de centímetro para mirar más directamente a Genma.

—¿Mande? —dijo Genma.

Como respuesta, Happosai le alcanzó un largo sobre de color café.

—Míralos, ¿quieres, Genma?

Genma recibió el sobre, sin entender en lo más mínimo, y lo abrió para extraer el contenido. Hojeó sin comprensión alguna una decena de documentos cubiertos de timbres y firmas, luego miró a Happosai.

—¿Qué es todo esto?

—Documentos de viaje —dijo Happosai—, con los que podremos coger un avión a Xining, y luego los trenes que van a la parte oeste de Qinghai. Tenemos que salir la próxima semana, pero aún no tengo los pasajes aéreos.

—¿Cómo consiguió todo esto tan rápido? —dijo Genma.

Happosai mostró una semisonrisa.

—Uno se hace con contactos en un siglo.

En silencio, Genma concluyó que, con toda seguridad, no le convenía preguntar dónde había conseguido Happosai los documentos, o con quién, o si eran en verdad auténticos.

—¿Y ahora qué, entonces? —preguntó Genma con voz cansada, apoyado en el muro junto al maestro.

El maestro se quedó en silencio un momento, mirando el espacio vacío. Por último, habló, muy suavemente:

—Hay que hablar con Shampoo y Mousse. Quiero procurar que vayamos en el mismo vuelo, que lleguemos al mismo tiempo.

Genma lo miró con gesto intrigado: —¿Por qué?

—Las Joketsuzoku no son amigables con los extranjeros —dijo Happosai—. Serían menos amigables aún si se enteran de quién soy. —Arrugó la cara—. Además, me preocupa lo que el Consejo de allá le haga a Shampoo, aunque haya desaparecido Ranma. Conozco lo suficiente a Cologne como para saber que tendrá enemigos, y como supuestamente se volvió loca, mucha de la protección de Shampoo ya no estará. Puede que quieran castigarla a falta de una Cologne que castigar. No quiero que le pase nada.

Genma se rio. —Qué compasivo de su parte.

Happosai se sobó las manos con gula.

—Ah, por favor, Genma, ya me conoces. Con un cuerpo así de perfecto, y una cara tan bella... Me traicionaría yo solo si dejo que le hagan daño, si puedo evitarlo.

—¿Y cuál es su plan, maestro? —preguntó Genma, evidenciando hastío.

—Es bien simple —dijo Happosai con una encogida de hombros—. Como ofrenda para el consejo, Shampoo reintegrará tesoros y reliquias de las Joketsuzoku robadas hace un siglo por un ingeniosísimo y buenmozo ladrón.

—¿Y ese sería usted, no? —concluyó Genma, sonando desmoralizado.

—Exacto —dijo Happosai—. O quien era antes, al menos. Seguiremos con nuestra historia, desde luego, de que estamos en busca de tu hijo desaparecido.

—¿Y quién sería usted, concretamente? —preguntó Genma—. Si piensa devolverles los tesoros, por cierto no puede decirles quién es.

—Claro que no, así que seré mi propio nieto —dijo Happosai con una semisonrisa—, que trata de enmendar los pecados de su notorio abuelo. Rikuichi será mi nombre.

—Conque aquí estaban.

Los dos hombres se volvieron para ver a Akane y a Ryoga bajo la sombra de la techumbre del portón.

—Hola, mi querida Akane —dijo Happosai con tono perezoso—. ¿En qué te puedo servir? —La cara se le iluminó—. ¡Momento! Ya sé en qué. Ahora que soy joven, por fin te das cuenta de que...

—Happosai, cállate —dijo Akane con voz fatigada—. Señor Saotome, queremos ir a China con ustedes. Si van a buscar a Ranma allá, Ryoga y yo queremos ir también. ¿Verdad, Ryoga?

Ryoga asintió con la cabeza. —Eso.

Happosai sacudió la cabeza. —Por ningún motivo. No voy a ponerte en esa clase de peligro, Akane.

Genma se encogió por dentro al ver la furia elevarse hasta la cara de Akane.

—Escúchame bien, viejo pervertido... —empezó.

—No —dijo Happosai, tajante, dejando de apoyarse en el muro, y volviéndose para mirar a Akane—. Escúchame tú. El Consejo Joketsuzoku tiene alguna vinculación con esas dos que enfrentamos en la montaña. Esto no es un ejercicio de entrenamiento ni un combate de práctica, Akane. Es demasiado peligroso para alguien con tu nivel de destreza.

—Yo puedo protegerla —dijo Ryoga suavemente.

Happosai volvió la mirada hacia el muchacho:

—Pero ¿cómo podrás proteger a la otra persona que prometiste, con un mar entre las dos?

Genma vio a Ryoga poner gesto indeciso, con confusión en los ojos. Lo que hayan significado las palabras del maestro, era evidente que habían hecho mella.

—Muy bien —dijo Akane con tono gélido y los ojos duros, mirando a Happosai—. Si no puedo ir contigo y el señor Saotome, voy a hablar con Shampoo y Mousse a ver si puedo ir con ellos. Y si no me dejan, iré sola.

—¿Y de dónde sacarás el dinero para esta empresa? —dijo Happosai, despectivo, alzando una ceja.

Akane se ruborizó. —Pues... Pues lo conseguiré de alguna manera. Lo voy a conseguir. Aunque le tenga que pedir prestado a Nabiki y pagárselo con intereses hasta el día que me muera, lo voy a conseguir.

Happosai suspiró. —Akane...

—Escúchame, por favor —dijo Akane con suavidad, pero un núcleo de hierro en la voz—. Escúchame bien. Voy a encontrar a Ranma, y lo voy a traer de vuelta sano y salvo. Y si alguien le ha hecho algún daño, voy a hacer que paguen hasta con el alma.

Happosai se rio con tono displicente:

—Entonces creo conveniente que estés con alguien que te cuide, pequeña.

Pero antes de que Akane pudiera decir nada, Happosai miró a Ryoga:

—¿Y tú, niño perdido? ¿Vienes con nosotros, para evitar que esta niña se meta en líos?

Genma podía ver que Ryoga estaba en una encrucijada, aunque cuáles alternativas sopesaba el muchacho, el hombre no lo sabía. Ryoga miró de soslayo a Akane, luego al suelo, y por último habló.

—Voy contigo.

—Esperen nada más —gruñó Akane—. Se los voy a demostrar. Les voy a demostrar que tengo la habilidad suficiente para ser útil, que soy más que la víctima indefensa que por lo visto creen que soy. Esperen nada más.

Con eso, se dio media vuelta sobre un talón y salió a pisotadas hacia la casa, dejando a Ryoga allí durante un incómodo momento con los dos hombres mayores, antes de volverse también y apresurarse tras ella, hablándole en voz baja.

—Supongo que la niña podría haber celebrado de peor manera —dijo Happosai, y suspiró—. Déjame ver esos papeles, Genma.

Genma se los devolvió. Happosai hojeó entre ellos, chasqueando la lengua algunas veces.

—Bueno, supongo que estuvo bien que les haya conseguido también.

—¿Conseguido qué? —dijo Genma.

—Papeles de viaje, para ellos dos —dijo Happosai, con una encogida de hombros.

Genma pestañeó. —¿Y entonces qué fue todo eso? ¿Por qué no les dijo de un principio que podían ir?

Happosai sonrió. —Lo mismo que se templa el acero con dureza para forjar un arma noble, ha de templarse el alma del guerrero.

Genma agitó la cabeza y se metió a la casa. De todos modos ya le parecía que era hora de almorzar. Algunas cosas, al menos, no cambiaban.

~ o ~

Se acercaba la hora de la cena cuando Shampoo oyó el golpe en la puerta. La quijada se le había hinchado un tanto, pero el hielo y cierta preparación de hierbas lo habían reducido al mínimo. Estaba sentada a una mesa del comedor del restaurante, intentando llegar a alguna razón de por qué había vuelto a las viejas crueldades de siempre con Mousse, luego de un tiempo tan corto de entendimiento entre los dos. Por su vida que no podía entender por qué lo había hecho; ¿había sido solo una forma de desahogo, de descansar en una simpleza cotidiana? Por cierto que los resultados no habían sido los que esperaba.

Pero el llamado a la puerta la sacó de sus ideas, y se puso en pie para atenderla, sin saber quién podía ser. No creía que fuese Mousse; este no habría tocado, y la puerta no estaba con llave.

Abrió la puerta, y tuvo que contener una exclamación de asombro. Iluminado por el sol que se hundía en la línea del horizonte, el joven que estaba en el umbral era literalmente el hombre más apuesto que ella hubiera visto en su vida. Su cabello oscuro era corto y rebelde, su estampa era alta, espigada y bien proporcionada, y su rostro era hermoso sin ser femenino, delicado sin ser débil, fuerte sin ser tosco. Bajo la cascada oscura de su flequillo, sus ojos eran de un extraño pero atractivo matiz de azul, incongruente con sus facciones japonesas. Portaba en la mano izquierda, a un costado, un maletín tapizado en cuero oscuro.

—Hola —dijo el joven con una voz tan melodiosa que parecía casi estar cantando las palabras al hablar—. Vengo a ver a Cologne.

Shampoo exhaló una respiración que no sabía estaba conteniendo.

—Cologne no aquí.

Apareció desilusión en la cara del joven; Shampoo estimó que era unos tres o cuatro años mayor que ella, no más que eso.

—Pero hice la cita con ella hace más de un mes. Me costó mucho convencerla de verme. ¿Vuelve pronto?

Shampoo puso gesto dolorido. —No. Cologne se fue.

—Ah —dijo el hombre, y pareció, extrañamente, triste—. Lamento oírlo. Eres su bisnieta, ¿no? ¿Shampoo?

—Sí —dijo Shampoo. Quería cerrarle la puerta, o al menos parte de ella quería. No hizo caso de aquella parte—. ¿Quiere entrar?

—No quiero molestar en un momento como este —dijo el joven, y se volvió como para irse.

Shampoo alargó una mano y le tocó el hombro, sintiendo la tibieza de la piel a través de la tela de la camisa blanca.

—No es problema. ¿Cómo conoce a bisabuela?

El joven entró, sonriéndole con gesto agradecido, en una manera que hizo a Shampoo sentir menos peso en el alma. El joven cerró la puerta corrediza y se sobó la nuca en ademán nervioso.

—Deja que me presente primero, al menos. Soy Asakazu, Asakazu Hidarite. Soy estudiante de la Universidad de Tokio, estudiante de Historia. Mi área de interés es la historia china, en específico la historia antigua de China. Estoy escribiendo un artículo acerca de varias tribus ancestrales de China, que sobreviven parcialmente o casi intactas hasta hoy, y quería hablar con tu bisabuela sobre las Joketsuzoku.

—Muy interesante —dijo Shampoo suavemente—. ¿Quiere té, Asakazu?

—Si me ofreces, sí —dijo él—. De verdad no quiero molestar, no en un momento así, luego de perder a un familiar.

—Ah, no, ella no muere —dijo Shampoo—. O al menos, no sé si muere. Se fue, solo eso.

Asakazu asintió con la cabeza y, para alivio de ella, no dijo nada más al respecto.

—Bueno, tú también eres integrante de la tribu, ¿no?

Shampoo asintió.

—Mejor guerrera de generación —dijo con cierto orgullo.

—Entonces, ¿te molestaría contestar algunas preguntas? —preguntó él—. Prometo no quitarte mucho tiempo. Entiendo si no quieres...

—Con gusto —dijo Shampoo—. Hago té primero. Ponerse cómodo.

Salió despacio de la cocina, mirando hacia atrás una sola vez, para verlo sentarse a la mesa, dejando el maletín encima, con un susurro de cuero.

Hizo el té con el corazón martilleando en el pecho, tratando de no pensar en el pelo de él, en su cara o sus ojos, y hallándose incapaz. No era correcto que alguien fuese así de bello; su aspecto parecía casi diseñado para atraerle en todos los detalles, pero una cosa así era imposible.

Cuando el té estuvo listo, llevó al comedor la tetera y las dos mejores tazas de porcelana que pudo encontrar; se sentó a la mesa frente a él, y sirvió el té en silencio. En el rato que ella se había ausentado, él había abierto el maletín y sacado una pequeña grabadora, un cuaderno negro y un lápiz. Había cerrado el maletín y ahora este estaba apoyado contra una pata de su silla; se golpeteaba ausentemente los labios con el lápiz mientras Shampoo servía el té.

Un vapor fragante onduló desde la taza, y el joven dejó el lápiz y tomó un sorbo del té. Sonrió, y era como el sol asomando desde detrás de las nubes.

—Está muy rico.

Shampoo correspondió la sonrisa.

—Gracias. ¿Qué quiere saber de Joketsuzoku?

El joven abrió el cuaderno y lo miró mientras tomaba otro sorbo de té.

—Bueno, tengo una lista...

Y la tenía. Cada vez que ella contestaba una pregunta, él ya tenía otra, y siguieron hablando hasta que cayó el atardecer, la luz del sol se fue opacando y entró por la ventana la iluminación de los faroles. Le contó de los campeonatos de lucha, del entrenamiento, del trabajo en los campos, de la estructura del Consejo, de la pequeña celebración realizada en cada noche de luna llena, de las formas en que los hombres debían honrar a las mujeres, y decenas de cosas más.

Él lo grabó todo, y tomó notas, y la miró con sus ojos hermosos, y ni una sola vez intentó corregirle la gramática o apresurar sus respuestas cuando a ella se le escapaban las palabras del idioma; se limitaba a esperar que encontrara las correctas.

De estar sentados con la espalda recta en sus respectivas sillas, pasaron, luego de unas horas, a estar inclinados hacia adelante, con las manos casi tocándose sobre la mesa al hablar. Él se reía mucho, pero no tanto como parecer que pudiera estarse burlando de ella, y, en cierto modo, eso la hacía reírse con él.

—¿... y solo se pueden casar con un extranjero que las pueda vencer en combate? —preguntó él unas horas después, mirando detenidamente sus notas mientras la cinta de la grabadora continuaba rodando.

Ella sacudió la cabeza. —Por general, pero no siempre. A veces, mujer encuentra hombre que ama, pero él no es hombre fuerte, no suficiente para vencer a ella en combate. No es muy seguido, porque normalmente joketsuzoku solo ama hombre extranjero que es fuerte suficiente para vencer a ella, pero a veces es así. Primero hay ritual para decir a hombre extranjero y tribu que mujer es dispuesta a aceptar a hombre incluso si no es fuerte.

—¿Y cómo funciona eso? —dijo él, con los ojos aún en las notas.

Impulsivamente, Shampoo estiró la mano derecha y asió la izquierda de él, entrelazando los dedos de ambos.

—Más fácil mostrar que decir.

Él dejó el cuaderno y el lápiz, y por primera vez desde que lo había conocido, Shampoo lo vio inseguro, nervioso.

—No preocupes —dijo—. Solo mostrar. No es nada.

Él se rio, mostrando algo de incertidumbre.

—Bueno, si insistes...

Ella se puso en pie, él hizo lo propio.

—Mujer toma mano izquierda de hombre con derecha de ella, y las pone en corazón de ella.

Apenas atreviéndose a respirar, Shampoo llevó la mano de él hacia ella, y luego puso cuidadosamente las manos entrelazadas de los dos contra su seno izquierdo, sintiéndose recorrida por un cosquilleo al sentir la leve presión de la mano de él contra su piel.

—Luego mujer dice palabras de aceptación —dijo—. Hay que decir en chino.

*«Este hombre, aunque no tiene manos más fuertes,*
*ni piernas más fuertes que las mías,*
*Este hombre, aunque no es de mi tribu,*
*aunque no me ha conquistado en la lucha,*
*ha conquistado mi corazón, y le tendré,*
*si me toma, y si no quiere tomarme,*
*entonces quizá le tomaré a él»*

Vio los ojos de él agrandarse un tanto. Parecía algo avergonzado.

—Yo... eh... Algo entendí, pero...

—Doy traducción a ti —dijo ella, luego le sonrió.

Hubo un momento de silencio tangible, que pendió denso entre los dos. Los dedos de él se movieron un tanto en los de ella, rozaron contra su seno. Shampoo se preguntó si podía percibir lo rápido que le latía el corazón.

De pronto, él se hizo hacia adelante y la besó. Fue tan inesperado que ella no supo qué hacer. Había besado antes a Ranma, pero nadie la había besado a ella primero. Los labios de él eran suaves, tibios contra los suyos.

Y no se había dado cuenta, no hasta ahora, de cuánto había necesitado esto, necesitado alguien que le atrajera, a quien ella le hubiera dado afecto, lo mucho que necesitaba que alguien alguna vez correspondiera el afecto. Desentrelazó las manos de los dos, de allí donde estaban contra su pecho, y puso la de ella en la nuca de él, sintiendo el roce suave de su pelo. La mano de él, delicada y cálida, bajó a la cadera de ella.

No supo cuánto rato siguieron así, cuando oyó abrirse la puerta y se apartó súbitamente de él, con una sensación como de descarga eléctrica en el cuerpo. Y al volverse, al volverse, supo, supo con todo el ser, quién estaría en la puerta, y el aspecto que su cara tendría.

Mousse parecía esculpido en piedra. Tenía el rostro despojado de todo salvo dolor, de pie en el umbral, y la expresión de sus ojos era tan vacía que hería verla. Su mano sujetaba la jamba; parecía incapaz de hablar.

Por último, lo hizo, y la cara se le torció en una sonrisa que fue terrible de ver:

—No tardaste mucho en olvidar a Ranma, parece.

Luego dio media vuelta y salió hacia la noche, cerrando la puerta con más suavidad de la que nadie hubiera usado jamás. Todo había durado unos pocos segundos. Shampoo miró la expresión confusa de Asakazu, luego hundió la cara en las manos y rompió a llorar.

—Perdona —lo oyó decir con voz delicada, poniéndole una mano en el hombro—. No debí haber...

—No —dijo ella, levantando luego la cabeza y mirándolo por entre la bruma de las lágrimas—. No es nada que ver contigo. Muchas cosas pasan últimamente, y todavía...

—Entiendo —dijo él—. Igual, perdona. No debí haber hecho eso, pero... Estabas tan bella, y... —Se ruborizó y apartó la mirada—. Creo que mejor me voy. De verdad, perdona, lo siento mucho...

—Está bien —dijo Shampoo, enjugándose los ojos—. No es culpa de ti. Si no quiero que beses, estás en suelo ahora con cabeza rota. Yo...

Trató de sonreírle:

—¿Por qué no vuelves mañana? Hablamos más, te digo más.

—¿De por qué tu bisabuela no está? —preguntó él suavemente—. ¿Y de quién era ese chico?

Shampoo asintió. —Sí.

Él asintió a su vez, fue hasta la mesa, y empezó a devolver sus cosas al maletín, en silencio. Cuando terminó, pasó junto a Shampoo sin parecer advertirla.

—¿Asakazu? —llamó ella, haciéndolo detenerse en la puerta y mirar atrás. La noche estaba tras él, más allá de la puerta abierta, y las luces del restaurante enmarcaban su rostro agraciado, mirándola.

—¿Sí? —preguntó Asakazu?

—¿Tú... vuelve mañana, cierto? —dijo ella, avergonzada del temblor en su voz.

Él sonrió tiernamente; sus ojos azules chispeaban como el cielo reflejado en un estanque cristalino:

—Ninguna fuerza del cielo, ni de la tierra, ni de las aguas bajo la tierra, podría impedirme volver a ti.

Luego salió, y la noche lo cobijó en su abrazo, y se fue.

Y esa noche al dormir, por primera vez, Shampoo soñó con un hombre que no era Ranma, y sus sueños, por primera vez en muchas noches, no tuvieron tribulación alguna.

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