Aguas bajo la tierra
Un fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum
Traducción de Miguel García
~ o ~
Capítulo 18 : El largo viaje de la noche
~ o ~
¿Olvidar lo que ha muerto?
¡Oh!, todavía quedan espectros que vengarlo puedan,
recuerdos que terribles hacen del corazón tumba muy fría,
pesares que vagando por la tristeza que las almas llena,
a nuestro oído llegan murmurando: ¡La dicha que se va truécase en pena!
Percy Bysse Shelley
~ o ~
And you want to travel with her
And you want to travel blind
And you know that you can trust her
For she's touched your perfect body with her mind
[Y quieres viajar con ella
Y quieres viajar a ciegas
Y sabes que puedes confiar en ella
Pues ha tocado tu cuerpo perfecto con su mente]
Leonard Cohen
~ o ~
Estaba tendida de espaldas, tratando de encontrar el sueño, y el sueño huía de ella. En las sombras posesivas del cuarto, podía ver las formas de una cómoda, mesa y sillón, el brillo de la luz tenue de fuera reflejado en el espejo del tocador, la vacía forma humana de su bata colgada detrás de la puerta.
Duerme, se decía en silencio, duerme, olvida que recuerdas, sueña que olvidas. Baja, baja, más allá de la niebla y la oscuridad, y encuentra paz al menos esta vez.
Pero no, no había sueño, porque por fuera de la ventana pasaba el viento, y el susurro de esos dedos atravesaba los paneles de cristal pronunciando el nombre de ella. Cerró los ojos, pero había otros ojos allí, siempre los había hoy en día, y ella no podía olvidarse de la forma, color y luz de esos ojos, fuese cual fuese la cara en que estuvieran.
Ven, decía el viento de la noche al deslizar por la ventana y bailar en las sombras de las paredes, saltando, girando y haciendo piruetas con oscuro deleite. Sal, al abrazo de la sombra, a la anchura de las tinieblas, sal, a los brazos de la noche.
Sentía un jalar, una tracción en las extremidades, como si la luna y las estrellas hubieran tomado presa de su cuerpo, y pugnaran por llevarlo ante la presencia de ellas. El viento de la noche revoloteaba por el cielo raso, y su voz silente resonaba a través de ella, como la oscilación de un cristal, formando esa única palabra: ven.
No, no, se dijo, quédate, porque aunque aquí esté aun más oscuro que la noche de allá fuera, al menos aquí conoces los límites y confines del espacio, la longitud y ancho de la oscuridad. Pero la noche, y el viento de la noche, la llamaban, convocándola con una ondulación como las olas del mar, invitantes como la claridad del agua en el más caluroso día estival.
Se levantó de la cama, y las sábanas se encharcaron en capas plegadas al pie de la cama. Llevó los pies al suelo y fue hasta el armario; abrió las puertas despacio y suavemente, con un rechinido de bisagras, y por las paredes y el cielo raso el viento de la noche cantó jubiloso, con todas las voces de las sombras.
Se vistió rápido, con el vestido oscuro, la blusa blanca y los zapatos lustrosos, todos cubriéndola con una sedosidad cotidiana. Se trepó al alféizar de la ventana, y el viento de fuera la convocaba. Abrió la ventana, y la plenitud del aire nocturno entró para llenar la habitación, agitando pétalos de rosa seca en el cuenco de cristal sobre la mesa, pasando por el pelo de ella, con dedos acariciantes.
A juzgar por las luces de la planta baja, conjeturó que su hermano debía de seguir en pie, aun a tan altas horas. Se preocuparía, desde luego, pero no podría entenderlo ahora, y quizá nunca, porque el viento de la noche la llamaba, como siempre había hecho, y durante mucho tiempo ella había desoído el llamado, vuelto los ojos hacia el interior y exterior, hacia otros lugares, y renegado de la cita, pero ahora, ay, no ahora, porque ahora ella salía por la ventana y descendía al suelo, y la noche era una invocación, un convenio, y ella lo obedeció.
Ven, susurraba el viento de la noche, soplando por el césped y las hojas de los árboles, agitando el follaje en diminutas espirales. Ven, decían las estrellas y la luna, mirando desde el firmamento.
Ay, ven.
~ o ~
Mousse siguió al hombre mucho rato, sin terminar de entender por qué lo seguía, con algo ardiendo en el pecho, que más que una emoción era una ausencia de emoción. El hombre que había estado besando a Shampoo cuando él regresara al restaurante andaba rápido, pero Mousse no tuvo dificultad para igualarle el paso durante las cerca de diez cuadras que lo siguió, apegándose a las sombras para no ser visto.
Por último, el hombre torció por un callejón, y Mousse cayó en la cuenta de que no podía pasarse la noche entera siguiéndolo. Tenía que enfrentarlo o retirarse, y él no era dado a las retiradas.
—Tú —dijo, entrando con paso firme al callejón; la túnica blanca ondeaba en torno a sus piernas con la ligereza de sus movimientos.
El joven dio media vuelta desde la pared que ponía fin al callejón sin salida, y durante una fracción de segundo el juego de la luz y sombra crearon una distorsión extraña en su cara, haciéndola parecer, en cierto modo, una cosa maleable, sin forma.
Cuando la distorsión pasó, el joven miró a Mousse con algo de nerviosismo:
—¿Sí?
—¿Quién eres, y por qué le hacías eso a mi...? ¿Por qué le hacías eso a Shampoo? —dijo Mousse, avanzando un paso. La distancia entre los dos era poco menos de tres metros.
—Soy Asakazu Hidarite —dijo el joven, y el nerviosismo de su voz disminuía un tanto a medida que hablaba—. Fui a hablar con Cologne sobre Joketsuzoku, pero terminé hablando con Shampoo, y, bueno... Como que sucedió, simplemente. No tenía idea de que ella ya estaba con alguien.
Las palabras casi salen de Mousse, las que siempre había dicho. Shampoo es mía, Shampoo es mía, vamos a casarnos, seremos felices...
Hacía una semana, con toda seguridad hubiera atacado al hombre, pese a que este no tenía aspecto de ser un luchador. Hacía seis meses, lo hubiera atacado en el momento mismo de entrar al restaurante. Pero ya no era la semana anterior, y no era seis meses antes, era ahora, y se había dado cuenta, tras tan prolongada ceguera, de que nunca podría tener lo que quería.
Parte de él seguía queriendo atacar, ver a este tipo sufrir, por haber encontrado en pocas horas lo que Mousse había deseado toda la vida. Quería verlo padecer dolor, quería verlo quebrantado.
El hombre lo miraba directamente ahora, al parecer sin el menor miedo. Sus ojos eran de un azul gélido. El viento agitaba su pelo algo alborotado; sujetaba su maletín por delante de él como un escudo. Emanaba de él un gran dejo de anticipación. Estaba esperando, se dio cuenta Mousse, para ver qué sucedía, no con miedo ni rabia, solo con una leve especie de interés.
Un paso al frente, o un paso atrás, se preguntó Mousse.
—No —dijo Mousse, apenas más que un murmullo, con un dolor enfermizo y raspante al hablar—. Ella no está con nadie. Ya no.
Dio un paso atrás, luego media vuelta, y se alejó.
Mucho después, entendería que había estado más cerca de morir en aquel momento que nunca antes en su vida. Todo había estribado en aquella única decisión, la dirección en la cual su paso lo había llevado.
Una decisión tan nimia, y he allí las cosas mediante las cuales se elije nuestra senda.
~ o ~
Pasaba de medianoche cuando Tatewaki Kuno terminó de leer en el reducido despacho, rodeado de libreros, de la planta baja. Los papeles que había estado leyendo los depositó con cuidado en la pequeña caja fuerte ubicada en un rincón de la estancia, y salió luego de esta para subir a acostarse. Kodachi se había acostado hacía horas, poco después de la cena.
Dormía mucho, ella, últimamente, y le preocupaba en cierta manera. Tenía abundantes preocupaciones hoy por hoy: el estado mental de su hermana y la desaparición de Ranma eran solo las más prominentes. No tenía idea de si lo segundo estaba dentro de los intereses de él, pero sí lo acometía una vaga incomodidad cada vez que pensaba en lo que Nabiki le había dicho en el café.
Mañana, tenía una junta a la hora de almuerzo. Por lo general se le hubiera encargado a alguno de los varios ejecutivos que manejaban el negocio, pero la contraparte había insistido en verlo a él. Iba mayormente por interés en cómo habían logrado seguir la compleja trama de papel y resquicios legales que lo hacían a él, aún menor de edad, cabeza de la gran empresa multinacional que el padre de su padre construyera con tanto esfuerzo después de la guerra.
Sen-Atama misma era de interés para él; no había oído hablar jamás de aquella empresa de software sino hasta hace tres días, cuando había recibido la llamada de una de las secretarias de la compañía, informándole que su gerenta general deseaba reunirse con él, y solo con él. Pero, al indagar más acerca de aquella empresa, le pasmó que para él fuera desconocida: tenían decenas de contratos fiscales y privados por todo Japón, muchos para proyectos de los que él tampoco había oído nada.
Pero por el momento era tarde, estaba cansado, agotado hasta el centro de los huesos. Mañana se concentraría en Sen-Atama; ahora, dormiría.
Después, desde luego, de ir a ver cómo estaba Kodachi.
Andando muellemente por el pasillo alfombrado hasta la habitación de ella, giró despacio y con cuidado la perilla de la puerta, sin hacer sonido. La puerta hizo un levísimo rechinido, como un suspiro suave, cuando la abrió para mirar el interior del cuarto de Kodachi, iluminado por la luz escasa que entraba desde el pasillo.
La cama estaba vacía, la colcha y sábana apiladas a los pies. El camisón de Kodachi yacía desechado ante el armario abierto.
Y la ventana estaba abierta hacia la oscuridad, la luna derramándose en el alféizar, el viento de la noche soplando delicado y haciendo a las cortinas flamear como alas.
Lentamente, con un miedo sordo apresándole el corazón, Kuno se dio cuenta de que con toda seguridad dormiría muy poco esa noche.
~ o ~
Mousse no sabía qué hacer, salvo caminar. Lo hizo mucho rato, perdido en ideas. Por cierto que no podía volver al restaurante, no ahora. No sabía ni cuándo podría forzarse a volver allá.
Pasó mucho rato caminando, mucho rato mirando las escenas de la medianoche de aquella área, la gente dispersa, caminando sola o acompañada, pasando por los charcos de luz que producían los faroles, y los charcos de sombras más allá de ellos.
Pasaba uno que otro vehículo, con faros que eran ojos encandilantes en la oscuridad, y siguió caminando, y la luna casi llena remontó por el cielo, y las pocas estrellas de luz capaz de atravesar el esmog y la niebla de Tokio brillaban opacas por sobre él, como enjuiciándolo.
Soplaba un viento por las calles, arrastrando a su paso pedazos de basura, murmurando en torno a sus pies, tirando de su cabello. Casi le pareció que el viento le hablaba, elevándose y cayendo, como un cántico, un canto a la penumbra.
Con un parpadeo y un chasquido de electricidad, el farol más cercano se apagó, y la oscuridad se acrecentó, de luz a sombra en un segundo. Sin importarle, Mousse se apoyó contra el poste metálico, liso contra su espalda y a través de su túnica, y miró hacia el cielo vacío.
De modo que siempre se llega a esto, se dio cuenta, a la divergencia, a la separación, a los finales. Le dolía la cabeza, o acaso era una ausencia de dolor que se asemejaba a aquello.
Pensó, de forma bastante holgada, en Shampoo. En su cara, en sus ojos, en el sonido de su voz, el movimiento de su cuerpo, el ondear de su pelo.
Nada.
Ya no había deseo, ninguna angustia en su cuerpo por abrazarla, por estar con ella. Ya no había deseo. Tenía el recuerdo de ese deseo, de cómo lo había sentido, pero, sencillamente, ya no estaba. Ya no deseaba a Shampoo, se dio cuenta. No anhelaba oír la voz de ella diciendo el nombre él como había dicho el de Ranma, aunque podía recordar con facilidad todas las veces en que había deseado eso mismo.
Raro, no obstante, que no pudiera recordar en lo más mínimo por qué lo había deseado.
Ya no deseaba a Shampoo, y ya no la amaba. Eso, se dio cuenta, era la vacuidad que había sentido en estos últimos días.
Ya no amaba a Shampoo.
Y, oh, qué descubrimiento era. Qué libertad otorgaba, de dolores anteriores y dolores aún por venir. Qué libertad.
Qué desperdicio. Qué terrible, terrible desperdicio.
Veía ahora la senda de su vida extendida ante él. Volvería a la aldea, a la segura cárcel de Joketsuzoku. Volvería a ver a su abuela. Ella tocaría el tema de concertar un matrimonio, algo que por tradición se hubiera hecho al cumplir él catorce años; era hombre, a fin de cuentas, y así era la costumbre entre los Joketsuzoku.
Quizá aceptaría. Quizá tendría hijos. El linaje de su familia continuaría, y, ¿acaso no era eso importante también? Su abuela siempre decía que lo era, y él era, al final, el último que quedaba para continuar la estirpe.
Quizá sería feliz, después de un tiempo. Quizá algún día le importaría si lo era.
Shampoo había sido su centro, y su centro ya no estaba, y ahora estaba a la deriva, como una hoja en un río, o tal vez más como una barca en una tempestad.
Shampoo seguiría su camino, y él seguiría el suyo, porque al final a esto había venido a dar todo, a los finales, a la divergencia. Ella estaba libre de él, y él libre de ella, y así sería desde hoy.
Mousse echó atrás la cabeza y se rio. No sonaba bien, ni a oídos de él, pero no le importó. Era reír o llorar, y reír le sonaba mucho mejor ahora que lo otro.
Volvió a soplar un viento por las calles, y, después de un rato, Mousse dejó de apoyarse en el poste, y siguió la dirección del viento, por la maraña de calles de la ciudad hacia la noche, que esperaba.
~ o ~
El puente era de madera, y mostraba los signos de la edad en el rechinido sutil al posar ella un pie liviano en este. Apoyó los brazos sobre la baranda de madera, y miró el cauce pausado del río que pasaba por abajo, el canal, corriendo recto entre las riberas de cemento, mientras las casas deslucidas y hacinadas se empinaban a cada costado. Desde los pedazos dispersos de hierba en las orillas llegaba un sonido suave de cigarras, cantando suavemente.
El agua era lenta y pesada, brillando un tanto bajo la luz de los faroles. Kodachi la miró mucho rato, con una ínfima expresión de descontento tirando de sus labios.
El viento se inmiscuía en su pelo, volándole mechones contra la cara. Vio su reflejo pálido en el agua que pasaba bajo el puente, y sus propios ojos parecían llamarla.
Ven, le decían las aguas poco profundas. Ven, baja, a nosotras, pues aunque fluimos lentas y no con profundidad, corrimos al final hacia mar, hacia el mar, hacia el mar, todos los ríos corren hacia el mar.
Recordó el mar, el océano, el puerto, y el cuerpo nadando, flotando, porque allí había estado al final, y era, se dio cuenta Kodachi, cierto, porque todo, al final, vuelve al mar.
Se podían leer los informes, sí, pero ¿qué podían comunicar? Fracturas en los dedos, que un día habían danzado sobre teclas de piano, laceraciones en la garganta, que había hablado y cantado con delicadeza y amor, heridas cortopunzantes en los brazos que la habían cargado tan delicadamente de pequeña... No podían comunicar nada de eso. No podían mostrar lo que se había perdido, no tenían posibilidad de medir la profundidad del dolor, el vacío, y lo que con el tiempo se formaba para llenar ese vacío, del modo en que la oscuridad fluye para llenar un cuarto vacío donde se ha apagado la luz.
Y todo, todo, regresa por fin al mar, a Oceanus, el río mundial, y el mar se los lleva, a su abrazo frío, como se llevaba ahora el llanto de ella, las lágrimas que caían de su cara, dejando ondas en la corriente oscura del agua, las ondas expandiendo y tocándose, perturbando la perfección de la superficie, confundiéndose unas con otras.
En el canal de abajo, su gemela sombría lloraba también, con lágrimas que caían hacia arriba, para chocar exactamente con las de ella al alcanzar el espejo del agua.
Con el tiempo, todo vuelve al mar, y solo es cuestión de cuánto tiempo. Volvían las lágrimas, y los recuerdos, y la gente, y el amor y el dolor, todo iba hasta allá.
Su madre había ido hasta allá, y su hermano y padre irían, y ella también. Ven, había llamado la noche, y la noche estaba ahora en el agua, en el reflejo de la luna, en la sombra de sus ojos espejados, y ahora tenía un pie sobre el barandal, y una mano para equilibrarse...
Y se quitó de allí, llorando aún, para apoyarse de espaldas contra el barandal, acuclillada, con las rodillas abrazadas contra el pecho y la cara hundida en las manos, aferrada desesperadamente a ella misma, al núcleo de su ser, a la parte que era Kodachi, que no era la Rosa Negra, la niña herida que ahora había vuelto tras tanto tiempo escondiéndose, porque esta no había ido al mar, solo había escapado durante un tiempo.
El viento de la noche danzaba en el agua y seguía llamando, y en el tono había algo semejante a la risa.
~ o ~
Fue en la hora callada y umbría entre la medianoche y la madrugada, cuando el mundo entero parece muerto y sin luz, que Mousse vivió el suceso más trascendental en lo que sería el rol que le cabría desempeñar en cuanto venía.
Con la basura de las calles dispersa ante sus pies calzados de zapatillas, pies que habían empezado a doler hacía horas, iba siguiendo el camino aledaño al canal que atravesaba Nerima, pasando junto a casas que habían visto días mejores, y que difícilmente verían días mejores en los años por venir.
Tenía los brazos cruzados por delante, guardados en las voluminosas mangas de su túnica; sentía el juego del viento en la cara, el gusto acre de los olores de la noche en la ciudad, pasando por su boca y nariz.
Un perro aulló en la distancia, y, al volver él la cabeza inconscientemente hacia el origen del sonido, vio a la muchacha de pie ante el barandal del puente, apoyada contra este. El canal era más ancho y profundo aquí que en casi cualquier parte, y algo en la postura de la chica lo puso distintivamente nervioso.
Echó a correr casi en el momento mismo de verla poner un pie sobre una de las barandas bajas y una mano en la más alta, y empezar luego a impulsarse, pero sabía que llegaría demasiado tarde.
Luego la vio mitad caer, mitad saltar de vuelta al suelo, apoyándose de un tumbo contra el barandal tras ella para luego sentarse, encorvada casi hasta una posición fetal. Pisando él las tablas del viejo puente que cruzaba el canal, oyó el primer sonido suave del llanto.
—Oye —dijo, acuclillándose junto a la muchacha de vestido negro—. Oye, ¿qué pasa?
La chica levantó la cabeza desde las manos, y entonces la reconoció, o le pareció reconocerla. Kodachi Kuno tenía un aspecto muy, muy distinto al que le había visto en la boda fallida; toda la arrogancia y abrasividad ya no estaban en su cara, y había solo una vulnerabilidad dolorosa, que casi partía el alma al verla. Tenía lágrimas en los ojos, y un gesto de desesperación que parecía correr por lo profundo de ella. Mousse vio un reflejo opaco de él mismo en los ojos oscuros de ella, y tuvo la extrañísima impresión de verse repetido innumerables veces, como estando entre dos espejos, cada uno un reflejo infinito del otro.
—Todo se va al mar —dijo ella suavemente.
—¿Hmm? —consultó Mousse, confundido.
Ella se rio, un sonido duro, y se limpió los ojos.
—Nada. Absolutamente nada.
Mousse se irguió y le ofreció una mano, con un extraño impulso protector surgiendo en él. Ella asió la mano y le permitió impulsarla sutilmente hasta ponerse en pie; los dedos de la muchacha eran muy fríos, como hechos de hielo.
Mousse miró el agua.
—Kodachi, ¿verdad?
Ella sintió. —Y tú eres Mousse.
Él inclinó la cabeza, apenas, como respuesta:
—¿Qué haces afuera tan tarde?
La voz de ella sonó extraña cuando habló a continuación.
—La noche me llamó, y vine.
—¿No deberías estar en tu casa? —preguntó él.
—¿No deberías estar tú en tu casa? —repuso ella.
—Sí —dijo él después de un momento—. Supongo que debería.
—¿También te llamó el viento? —dijo Kodachi, como hablando de más allá de un sueño—. ¿Te invitaron los mares?
—Ehh... No —dijo Mousse, dándole una mirada dudosa—. Solo estoy caminando.
—Camina conmigo, entonces —dijo Kodachi, volviéndose sobre un talón para luego echar a andar.
Extrañamente, Mousse se dio cuenta de que en verdad no tenía nada mejor que hacer.
~ o ~
Eran casi las dos de la madrugada cuando Tatewaki Kuno volvió a entrar a la casa, tras casi dos horas de búsqueda infructuosa por la hacienda.
Había revisado al menos dos veces todos los escondites de Kodachi: el estanque del patio donde mantenía a Midorigame, el invernadero, la sala de entrenamiento subterránea. Había buscado por toda la casa, por todos los cuartos vacíos que componían aquel lugar demasiado grande para dos personas, por todo el polvo y desolación de los dormitorios abandonados y estancias de paredes desnudas donde no había luz.
No estaba por ninguna parte. Pensó, por una fracción de momento, en llamar a las autoridades, pero repelió la idea con vehemencia. No se podía confiar en ellos, ya se lo habían demostrado. No podía confiar en nadie más que en sí mismo: el que no depende de persona alguna no puede ser traicionado.
En el salón, se sentó pesadamente en la banca de madera del piano, y pasó los dedos por el marfil frío de las teclas alisadas por la edad; el sutil tintineo de ellas llenó la estancia.
Lo golpeó una punzada dolorosa de recuerdos, y miró el lugar del piso donde había estado un sillón, que había sido suyo, donde se había sentado a escuchar la música que el piano había producido, dando forma al aire en fragmentos bellos.
Se pasó una mano por los ojos, pero estaban secos de lágrimas. En silencio, se recriminó el momento de debilidad, el momento de autocompasión; nada de eso podía tolerarse, jamás. A los débiles se les destruía, a menos que los fuertes les protegiesen, y ahora él no tenía quien lo protegiera. Había hecho juramentos, había hecho promesas, y no podía evadirse de ellas, por más dolor que le causaran. Un juramento roto ante los ojos de los dioses rompía todo otro juramento por asociación, e, independiente de las circunstancias en las cuales un juramento se hiciera, debía cumplirse.
Fueran cuales fueran.
Rígido, se levantó de la banca y se paseó descalzo por el piso. Trató de pensar en todos los lugares donde Kodachi podía haber ido en la ciudad; trató de pensar en el más probable.
Sus ojos cayeron sobre la madera oscura del piano, e inspiró despacio, largamente. Sabía que ella, al menos hasta hacía una semana, nunca iba allá. A él también le costaba ir a ese lugar, porque con cada vez que iba estaba el riesgo de verse superado por la debilidad de espíritu que lo esperaba siempre para tragarlo, y entonces sería el fin de sus juramentos.
Sin embargo, era tan buen lugar donde empezar como cualquier otro, supuso, y salió del salón para ir por el coche.
~ o ~
Anduvieron en silencio mucho rato, en ese silencio cómodo que por lo general se da solo entre los más antiguos amigos. De vez en cuando, Mousse miraba de reojo a la muchacha alta y esbelta que caminaba junto a él, y abría la boca para decir algo, pero, sin saber cómo, las palabras se le extraviaban cada vez.
Las casas deterioradas del lugar donde se habían encontrado fueron dando paso a áreas más acomodadas. Habían pasado el punto central de la noche hacía mucho; en unas horas saldría el sol.
Mousse no entendía por qué hacía esto. No parecía racional. Le dolían los pies y sentía el cuerpo delicado; quería dormir.
Pero algo en el mirar de los ojos de Kodachi y las facciones de su cara volvían a despertar una cosa en él, algo que lo hacía sentir menos vacío. No lo mismo que había sentido por Shampoo; no tenía la seguridad de querer volver a sentir lo mismo. No la deseaba de la misma manera en que había deseado a Shampoo, aunque podía ver que era bella. Era un deseo de proteger, de tenerla a salvo, de que no sufriera daño alguno. Muy similar a como habría sido, imaginaba, de haber él tenido una hermana.
Después de un rato, llegaron a un lugar de suaves lomas ondulantes, rodeado de altos muros de piedra que el viento y la lluvia habían ido suavizando desde hacía mucho. Un portón de hierro cerraba el paso, y por dentro de este se veía fila tras fila de lápidas de piedra.
Entonces era un lugar de muertos, se dio cuenta él, al que ella lo había traído. Nunca había visto lugares así desde que había abandonado la aldea: los Joketsuzoku entregaban a sus muertos al fuego, sobre castillos de leña.
—¿Aquí querías venir? —preguntó en voz baja, al fin capaz de hablar.
Ella asintió despacio con la cabeza, pareciendo incierta.
—Creo —dijo—. Me... —Los hombros se le hundieron en señal de abatimiento, y miró hacia el suelo—. No quiero estar aquí, pero... Sí quiero, no sé por qué. ¿Entiendes lo que digo?
Mousse frunció el ceño y agitó la cabeza.
—La verdad, no —dijo.
Ella se volvió a mirarlo, con la cara pálida y fina como el filo de la luna:
—¿Has estado al borde de un acantilado, mirando la extensión de la nada, y algo en ti ha querido saltar?
—Sí —contestó él—. ¿No le pasa a todos?
—¿Le pasa a todos? —musitó Kodachi.
Titubeante, él le puso una mano sobre el hombro.
—Mira —dijo con delicadeza—, no hay nada que temer aquí.
Ella se rio, muy suavemente.
—Ya lo sé. Aquí no hay más que cáscaras vacías. Lo que los hacía ser quienes eran, o lo que eran, ya no está. —La voz se le volvió un sonsonete, como recitando una rima infantil—. Se va al mar, se va al mar, todos se van al mar, al mar...
—¡Kodachi! —dijo él, más fuerte de lo que había querido.
Ella se retrajo un poco, como temerosa, pero luego se irguió, derecha, y fijó en él una mirada inconmovible.
—Te agradezco por caminar tanto conmigo —dijo—. Pero ya no necesito tus servicios. Puedes marcharte.
Él lo pensó un momento, luego sacudió la cabeza.
—No.
—Ya puedes marcharte —volvió a decir ella, como esperando que él obedeciera.
—No —contestó él por segunda vez—. Me quedo contigo.
—Pues muy bien —dijo ella, aunque con algo de amargura—. Si es tu voluntad, no te lo impediré.
El muro tenía menos de tres metros de alto, y no constituía barrera para gente como ellos. Los saltaron, y caminaban por el cementerio momentos después, por un sendero sinuoso que conducía entre la hierba ondulante de las colinas.
Mousse miraba el entorno mientras caminaban. La mayoría de las lápidas eran simples memoriales de piedra, con nombres, fechas, elegías y nada más. Algunas pocas estaban adornadas con ángeles, o símbolos cuyo propósito él no reconocía. Fila tras fila de lápidas en torno a los dos al andar, perdiéndose en la oscuridad hasta no verse más, tantas, que parecía casi como si todos los muertos del mundo hubieran estado enterrados aquí.
Cerca del centro, cuando se habían adentrado tanto que no podían ya ver los muros, y estaban solo las interminables extensiones de lápidas, se detuvieron, o, más específicamente, Kodachi se detuvo, y por tanto él se detuvo con ella.
Ella avanzó, salió del camino de grava prolijamente rastrillada por el que venían andando, y se arrodilló junto a una tumba. La única iluminación eran la luna y las estrellas amortajadas de humo, pero los ojos de Mousse se habían habituado a la noche hacía mucho.
Había un ramo de flores marchitas junto a la tumba, que parecía dejado allí hacía semanas. Las flores estaban gachas y mustias, no más que palos secos con pétalos quemados.
—Mi hermano ha de venir a veces —oyó decir a Kodachi, que seguía de rodillas—. Ay, hermano...
Luego hundió la cara en las manos. Hubo un largo, largo silencio proveniente de ella, y Mousse se quedó allí, expectante e indeciso, y luego oyó un único sollozo atragantado, un gemido de congoja reprimida durante un tiempo que él no hubiera podido imaginar, ni imaginar lo hondo que debía de haber estado enterrada la aflicción para que Kodachi produjera un sonido tal. Un sonido que no cesó, que solo se elevó en volumen un momento, bailando al borde de hacerse un grito, y luego se disolvió poco a poco, hasta ser solo un llanto pesado. El cuerpo de ella se sacudía como una hoja, y abrazó de súbito la lápida y lloró contra ella, y las lágrimas corrieron por el terso flanco de mármol.
—Está bien —dijo Mousse, por fin capaz de reaccionar, para luego arrodillarse junto a ella y sobarle suavemente la espalda, con una tristeza silenciosa en el corazón, por cualquiera que debiese cargar un dolor así por dentro, aun sin conocer la causa de él—. Chssst, está bien.
—Perdóname, madre, perdóname, soy tan mala, soy tan mala, hiero a todo el mundo hiero a todo el mundo te defraudé...
—Vamos —dijo Mousse, sin otro recurso, haciéndola, suave pero firmemente, dejar de abrazar la lápida—. Vamos, está bien.
Ella pareció resistirse durante un momento, pero luego soltó sin dificultad la piedra, para luego volverse y hundir la cara contra un hombro de él. Él alcanzó a entrever el rostro de ella por un momento, y sintió el corazón cercano a rompérsele por lo que vio allí.
—La mataron —dijo ella, con la voz ahogada por los sollozos y la túnica de él—. La masacraron como a un animal. Era tan hermosa, tan buena, y la mataron, se la llevaron y la mataron, y tiraron su cuerpo en el puerto como si hubiera sido basura, y estaba destrozada, destrozada, por dentro y por fuera, y llevaba tres días desaparecida, se tardaron tres días, la mataron, la mataron...
Luego solo fueron sollozos incoherentes, incapaces de expresar algo más.
—Cielo santo —murmuró Mousse en la noche, mientras acogía en sus brazos a la muchacha que lloraba, como quien abraza a una niña. Sentía una terrible mezcla de tristeza y lástima por esta chica, que se había hecho llamar la Rosa Negra, que con tanto deleite parecía haber adoptado la careta de belleza y espinas.
¿Se había dado cuenta alguien alguna vez, se preguntó, de que entre las espinas la Rosa tenía el tallo roto?
Se quedó allí, abrazándola, sin saber qué más hacer, tampoco llegando nunca a saber bien cuánto rato. Sabía que todo llanto debía terminarse en algún momento, pero parte de él se daba cuenta de cuánto tiempo se había pospuesto este, y parecía no tener fin.
Y bien podría no haberlo tenido, porque seguía aún cuando apareció su hermano. Mousse estaba tan ocupado dando consuelo a Kodachi, que no percibió los pasos hasta que oyó la voz profunda y fría hablando desde poca distancia.
—Más vale tengas una muy buena explicación para esto, canalla —dijo la voz—. De lo contrario, encomiéndate a tus dioses, y prepárate para enfrentar mi ira.
Mousse volvió la cabeza y miró hacia arriba, a la estampa alta y rostro noble de Tatewaki Kuno, apenas visible en la penumbra. Traía una larga espada de madera en la mano izquierda, sujeta de manera holgada, avezada.
Kodachi miró desde el hombro de Mousse, exponiendo ojos rojos de tanto llorar, y una cara arrasada por la angustia.
—Hola, hermano —dijo suavemente—. Por fin vine a ver a nuestra madre. ¿Hice bien?
Durante un momento, tan breve que Mousse no tuvo certeza de haberlo visto, por el rostro de Kuno pasó la expresión de un amor tan profundo e indisoluble, que casi dolió verlo.
—Hiciste bien —contestó Kuno con la voz espesa, perdiendo por un instante la inflexión de arrogancia que normalmente empleaba—. Sí, Kodachi, hiciste muy bien.
—Al principio creí que me llamaba para estar con ella —dijo Kodachi—. Pero no era eso. No me di cuenta, pero... Solo quería que viniera. Para decirme que todo estaba bien.
—Así es —dijo Kuno, de nuevo toda pompa y aparato—. Más vale que volvamos a casa entonces, hermana mía.
Kodachi suspiró y volvió a apoyar la cabeza sobre el hombro de Mousse. Cerró los ojos, y pareció quedarse dormida.
—En realidad hay una muy buena explicación de por qué estoy en un cementerio abrazando a tu hermana —dijo Mousse mirando a Kuno—. Solo trato de pensar cuál puede ser.
Kuno agitó la cabeza y se volvió a medias:
—Puedes pensarla camino del coche. ¿Tendrías la bondad de cargarla?
Mousse, poniéndose en pie, alzó con cuidado del suelo a Kodachi, acunando en brazos su cuerpo esbelto, y siguió a la alta silueta de Kuno, hacia la luz de las calles.
~ o ~
Tanzei se despertó al oír golpes frenéticos en su puerta. Tras un momento en aquel estado de semisueño común a los recién despertados, se quitó de encima las sábanas y bajó de la cama, y el suelo de piedra era frío bajo sus pies descalzos. Una seña de su mano y una palabra hicieron encenderse una lámpara en la pared, luego avanzó y abrió la puerta.
La novicia joven y de pelo claro que apareció del otro lado logró detenerse a tiempo antes de golpear a Tanzei cuando esta abrió la puerta, y se irguió un poco más antes de hablar:
—Honorable Tanzei, traigo un mensaje a tu nombre...
—Dilo de prisa —dijo Tanzei, malhumorada—. No estoy para protocolos.
—Dijiste que deseabas se te informara de cualquier anormalidad en los rituales, a la hora que fuese —dijo la muchacha, haciendo una rápida semireverencia, como a modo de disculpa.
—¿Qué sucedió? —preguntó Tanzei, con la molestia instantáneamente reemplazada por preocupación.
—Tuvimos un contragolpe hacia unos minutos —dijo la chica—. Una de las partícipes se vio afectada.
—¿Vive aún? —preguntó Tanzei, saliendo al pasillo mientras se ataba el cinto de la bata, sobre el camisón.
La chica asintió con la cabeza. —La estamos atendiendo, creemos que se repondrá. Pero... No va bien. Para nada.
Tanzei advirtió que la chica temblaba, y cerró la puerta de la habitación.
—Tranquila, niña.
—Él es muy fuerte —dijo la chica en voz queda, retorciéndose las manos por delante—. Tenemos que contenerlo entre varias, y a veces se nos cuela y tenemos que reprimirlo. —Se llevó una mano temblorosa a la frente—. Tiene una fuerza tan grande, y nos detesta tanto. ¿Hay algo en él que no sea odio?
—Sí —dijo Tanzei, mientras echaban a andar por los corredores de piedra, pasando junto a nichos hundidos en las paredes, donde podían verse reliquias exhumadas de los páramos—. Lo hay. Hay furia, y locura, y sed de poder. Pero es cierto: lo que más hay es odio.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —dijo la chica, y sus pies calzados de zapatillas susurraban en el piso con el ritmo de la marcha.
Tanzei lo pensó un momento, luego suspiró y contestó:
—Diría que una semana, como mínimo. Tal vez dos, si tenemos suerte.
—¿Sabremos cuando hayamos ganado o perdido? —preguntó la chica.
Tanzei asintió con la cabeza, y soltó una risa algo amarga.
—Lo sabremos sin lugar a dudas —dijo.
—¿Qué...? ¿Qué pasa si perdemos?
—Entonces él muere —dijo Tanzei, fría—. Y más vale que muera temprano que tarde.
La chica pareció incómoda, y estuvo en silencio un momento, mientras seguían caminando. Por último, cuando habló, fue solo para cambiar el tema.
—La Dama está inquieta esta noche.
Tanzei asintió en gesto afirmativo.
—Así es —dijo—. Pero la Dama actúa según sus motivos.
—Y según sus motivos actuamos nosotras —dijo la chica, completando las palabras. Miró al piso y suspiró hondamente.
—¿Hay alguna oportunidad para él? —preguntó por último.
—Tal vez —dijo Tanzei—. Mientras podamos contenerlo todo, así sea apenas, hay oportunidad para él. Pero esta vez ella está tan lejos que ninguna de nuestras adivinaciones la ha hallado.
—Entonces, ¿no tenemos forma de buscarla?
Tanzei agitó la cabeza.
—La Dama pone empeño, niña—. Por eso está tan inquieta. Está llamando, pero llamar cuesta. Muy poco y el llamado no llega, mucho, y la perderemos.
—Entonces ¿qué esperanza hay? —dijo la chica, abatida—. ¿Qué esperanza hay, si con todas nosotras, con el poder de la Dama, él sigue pudiendo pasar?
Tanzei hizo un alto en la marcha, y puso una mano en el hombro de la chica para detenerla también:
—¿Recuerdas la Primera Enseñanza?
—Por supuesto —dijo la chica—. Las recuerdo todas.
Tanzei miró a la chica, invitando en silencio.
—Él es más fuerte que nosotras —recitó la chica—. Es más fuerte que tú y yo, por sí solo más que la Dama, por sí solo más que la unión de la Dama y nosotras. Su fuerza es fácil de usar, y nuestra fuerza es difícil de usar. Pero mientras tenga oposición, y aun si al final nosotras y todo cuanto fuimos vuelve a la nada, entonces no se hará su voluntad completa, ahora y hasta el fin del tiempo.
—Él es más fuerte que nosotras —dijo Tanzei—. Pero no logrará su cometido sin lucha, y eso es lo que hacemos, pequeña. Todo cuanto necesita para ganar es que nosotras abandonemos la lucha.
—Lo sé —dijo la chica, sonando avergonzada—. Lo siento. No debí decir lo que dije.
—Es entendible —dijo Tanzei, y empezó a andar de nuevo—. No le deseo la muerte más que tú, niña, pero una vez que alguien le reclama para sí, él ya no tiene regreso. Eso debes entenderlo muy bien: si se le captura, entonces lo mejor que puede hacerse es matarlo. Si cae, cae de forma absoluta, y de esa caída nadie tiene regreso.
La chica asintió sin decir nada. Torcieron por un recodo, y llegaron ante la puerta de madera con flejes de hierro, que conducía a la cámara donde se llevaban a cabo los rituales. Pese a los símbolos de protección grabados en el hierro, Tanzei podía sentir las ondas de poder emanando en espirales desde el cuarto que la puerta ocultaba, como si hubiera sido el centro de un torbellino. Eso, y el bajo sonido de cánticos, apenas audibles del otro lado del portal cerrado, daban indicio de lo que había más allá.
—Ven, querida —dijo Tanzei, luego puso una mano en la manija y trató de sonreír con gesto tranquilizador—. La noche será larga. Tratemos de pasarla.
~ o ~
Mousse se removió incómodo en el sillón de madera acolchada, y miró en torno a la sala, dominada por el gran piano en el centro.
—Bonita casa —murmuró.
No terminaba de saber por qué había aceptado la invitación de Kuno a entrar, pero la había aceptado al fin.
Oyó pisadas venir por el pasillo cercano, el que conducía a una escalera larga y empinada, que llevaba a la planta alta. Kuno volvió a entrar a la sala, con una fatiga terrible evidente en los movimientos del cuerpo, aunque junto a esta había una decisión vehemente.
—Está dormida —dijo en voz baja, descansando la punta de la espada de madera en el piso—. Nunca la he visto más apacible.
Mousse asintió, un tanto incómodo. Apenas conocía al muchacho mayor, que en manera alguna era un amigo. Había visto la obsesión de Kuno por Akane y por Ranma, y la forma en que esta lo había torcido por dentro.
Muy parecido, se daba cuenta ahora, a la manera en que el deseo por Shampoo lo había torcido a él. Pero Kuno parecía distinto ahora, aquí, en las primeras horas de la mañana, apoyado a medias en su bokken, en la entrada de la sala. Su cara parecía casi plácida, serena y profunda como un arroyo de montaña.
—Mejor me voy —dijo Mousse, levantándose de la silla.
Kuno avanzó un paso y alzó una mano.
—Por favor —dijo—. Quédate un momento. Hay algo que quisiera discutir contigo.
Despacio, Mousse volvió a hundirse en la silla. ¿Adónde —se dio cuenta—, tenía que ir que no fuese el Nekohanten? Y allí deseaba con toda el alma no ir.
Kuno se instaló en el sillón frente a Mousse y lo miró detenidamente, con ambas manos en torno a la empuñadura del bokken.
Algo anda mal aquí, se dio cuenta Mousse. Este no era el Kuno que conocía o recordaba; parecía otra persona.
Por fin, el muchacho mayor habló.
—¿Qué te dijo Kodachi de nuestra madre?
Mousse se miró las manos unos segundos antes de contestar.
—Lo suficiente. No mucho, pero lo suficiente.
—Conviene que sepas lo que pasó, entonces —dijo Kuno—. Sé que la mente puede crear sus propios relatos a partir de fragmentos, si no ve la historia completa.
La voz de Kuno adquirió un tono muy bajo, y pareció hablar desde un lugar distante.
—Mi madre murió... La asesinaron, hace poco más de diez años. Iba a retirar a mi hermana del jardín de infancia, pero nunca llegó. Se realizó una búsqueda, pero no se encontró indicio alguno. Luego de tres días desaparecida, apareció su cuerpo en el puerto.
Sonaba horriblemente frío y desapegado, como hablando de algo con lo cual no tuviera ningún vínculo emocional. Tal vez, concluyó Mousse, era su única manera de mantener el control.
—Se le habían hecho ciertas cosas —dijo Kuno, con una voz sin tono—. Vejámenes para los cuales la palabra monstruoso no da abasto. Dijeron —y aquí la voz le sonó levemente, muy levemente, ahogada— que tardó mucho en morir.
Mousse descansó la barbilla en una mano y se quitó las gafas, dejándolas colgar de los dedos. Se dio cuenta de que deseaba desesperadamente no estar aquí, pero le era imposible marcharse.
—Unos seis años después de eso, se apresó a dos hombres por el asesinato —dijo Kuno—. Maleantes, criminales. Encontraron restos de la ropa de mi madre en el domicilio de uno de ellos. Usados como trapo de limpieza. También encontraron su cédula de identidad, guardada como recuerdo. —Su cara podía haber sido la de una estatua, y su voz la de una máquina—. Pero, en algún momento entre el arresto y el juicio, las pruebas se perdieron. Así que liberaron a los hombres. No se les volvió a ver. —Abrió las manos, dejando que el bokken cayera al piso—. Y bien, esa es la historia.
—Lo... Lo lamento —dijo Mousse al fin, sin saber qué más decir. Por la ventana del lado Este, pudo ver el primer asomo del alba—. De verdad, más vale que me...
—Otra cosa —dijo Kuno—. Mi hermana...
Mousse volvió a levantar la cabeza, atento. —¿Sí?
—Mi hermana no está bien —dijo Kuno—. Tiene una enfermedad que ninguna pastilla ni médico puede reparar. Es una aflicción del espíritu, que corre honda y dolorosa por dentro de ella.
—Bueno, hay doctores que pueden ayudar en esos casos —dijo Mousse.
Kuno pegó con el puño sobre la mesilla que había junto a su sillón.
—No —dijo, visceral, y su tono no dio cabida a discusión—. No voy a someterla a eso.
Miró a Mousse en silencio por un momento.
—¿Has oído hablar de Jusenkyo? —dijo al fin.
Mousse se rio suavemente; no lo pudo evitar:
—Mucho más que eso. ¿O sea que sabes de eso también?
Kuno asintió. —Así es.
—Jusenkyo queda muy cerca de la aldea donde me crié —dijo Mousse. Decidió no mencionar sus experiencias más personales con las pozas encantadas.
—Mi hermana desea ir allá —dijo Kuno—. Creo... Creo que podría ser el último paso para sanar su alma, algo necesario desde hace mucho.
Mousse miró a Kuno de manera tasativa:
—Entenderás que Jusenkyo es un área muy aislada, incluso para China, incluso para Qinghai. Es muy difícil de acceder. Yo diría que para alguien que no hable el idioma o conozca el área, es casi imposible.
Kuno asintió.
—Estoy consciente. Mi suposición, desde luego, es que Kodachi necesitaría un guía. Alguien que conozca el área, y que comprenda lo delicado de la situación de mi hermana.
—Sí —dijo Mousse suavemente—. Supongo que necesitaría un guía.
Había una levísima traza de sonrisa en el rostro de Kuno:
—¿Crees en el destino, amigo mío?
—A veces —dijo Mousse, mirando por la ventana los rayos tenues del sol que salía—. Supongo que debería, ¿no?
~ o ~
Los sueños de Kodachi habían sido siempre de dos tipos, ambos tan distintos entre sí como el sol y la luna.
Los primeros era las pesadillas que la hacían despertar gritando de terror, las que nunca recordaba. Se habían hecho cada vez menos comunes con el paso de los años, hasta hacerle imaginar que había dejado de tenerlas.
El segundo tipo habían sido los sueños gloriosos, donde su presencia era festejada, donde era adorada y amada por todos, donde se negaba la verdadera realidad de aquello en que se había convertido. A medida que las pesadillas disminuían, estos sueños habían crecido en número, hasta volverse para ella quizá más reales que la realidad. En la época desde que había conocido a Ranma, este había figurado prominentemente en ellos.
Pero este, de ser un sueño, pues parecía más real que mucho de aquello que ella había llamado real, era distinto de todo cuanto había visto antes.
Estaba la playa, dunas ondulantes de arena blanca, extendidas por detrás de ella hasta perderse de vista, y estaba el mar, olas coronadas de espuma lamiendo suavemente la orilla, donde la arena blanca se oscurecía con el agua, y donde se acumulaban trozos pulidos de conchas, y pequeños maderos traídos por la marea.
Se sentía pequeña, como una niña, aunque se sabía de la edad que siempre había tenido. El cielo era vasto y vacío de nubes, reflejadas en el esplendor azul de las aguas, con una esfera doraba bailando en las profundidades de azul.
El mar parecía infinito, como si contuviera las aguas del mundo. No se veía tierra del otro lado. Kodachi andaba descalza por la arena tibia, mullida, y se detuvo en la orilla, con el agua subiendo y bajando por sus tobillos. Entonces advirtió que estaba completamente desnuda, pero, de extraña manera, no sentía la menor vergüenza, no en este lugar.
Lejos, en las olas, vio un punto, apenas distinguible, un único punto oscuro contra la expansión del mar. Pero se fue acercando, pareciendo moverse a un kilómetro por segundo, y pronto vio que era una mujer, que caminaba sobre el agua. La seda blanca de su vestimenta colgaba holgada de sus brazos, y su cabello era oscuro como la noche, con cada movimiento sutil de su cuerpo haciéndolo moverse en torno a su cara como la fluctuación de las olas. Sonreía, y su cara era más hermosa que el más bello día de verano.
Cuando estaba a una decena de pasos de la orilla, la mujer dejó de caminar, y se quedó tranquilamente de pie sobre las olas suaves.
—Ven —dijo la mujer, con una voz que en cierto modo lo llenaba todo, aun siendo poco más que un suspiro, e hizo con la mano un ademán de llamada.
—No puedo —dijo Kodachi, negando con la cabeza. Porque, aunque el agua era atrayente, era también profunda, tan profunda que no tenía medida.
—Ven —dijo de nuevo la mujer, gentilmente, imperiosamente.
—Me hundiré —protestó Kodachi, sintiendo un gran miedo crecer en su alma.
—Ven —dijo la mujer de blanco por tercera vez.
Y entonces Kodachi dio aquel primer paso tembloroso, como el primer paso de un niño, como el primer contacto de un amante con la piel de su amada, y anduvo ahora sobre el agua cual si fuera tierra, y tenía los ojos llenos de lágrimas.
Despacio, incierta, Kodachi avanzó por el mar ondulante, hasta llegar ante la dama de blanco, y vio que entre la belleza dolorosa de ese rostro había una única línea pálida, una cicatriz, disipada hacía mucho, cruzando una mejilla.
La dama parecía mirarla ahora como desde una gran altura, aunque parecía solo apenas más alta que Kodachi. Sus ojos eran oscuros y sin fin, antiguos como el tiempo, y un terrible, terrible miedo llenó a Kodachi, por el poder inmenso que había en esa mirada arcaica.
Entonces la dama levantó sus brazos, y el atuendo blanco flameó en la suave brisa salina, como alas, y las abrió, extensas, como queriendo abarcar la creación entera. Su sonrisa se hizo ancha, y había en su cara una expresión de amor tal, que aun con todo el poder de su mirada, el miedo abandonó a Kodachi en un instante.
Y la dama acogió en sus brazos a la niña extraviada, y la abrazó suave y tiernamente, y cantó una canción a Kodachi, aunque, cuando la Rosa Negra despertó por la mañana, no recordó la letra.
~ o ~
El joven estaba de pie en el almenar del lado occidental, con las manos sobre la piedra desgastada, ojos carmesí atravesando la noche hasta el largo paso entre las montañas, que su clan había llamado desde siempre las Costillas del Dragón.
Eso parecían, y también una jaula, una cárcel. La Fortaleza de los Niños estaba al final del sendero, en el faldeo inferior de la montaña en que terminaba el paso de las Costillas del Dragón, de cientos de metros de alto, una barrera insalvable. La única salida era atravesando esos picos escarpados, filosos, o por el paso occidental, hacia la Fortaleza de los Hombres, regida por el padre de él.
Un lento gesto de burla afloró en su cara al pensar en su padre. El viejo imbécil, esclavo de las tradiciones. Eso era lo que lo tenía a él prisionero aquí desde hacía quince años, desde que había dejado el pecho de su madre.
Pero llegaría el momento en que su padre moriría, y, con esposa o sin ella, él sería el rey de la Dinastía Musk, y entonces, entonces...
(Entonces haría traer a las mujeres ante él)
Y, antes de darse cuenta, la furia se alzaba en él, y el poder, y ese pensamiento ajeno que no tenía origen en su mente, y su mano subió, empuñada, con la luz saliendo en rayos por entre sus dedos, en una irradiación de incandescencia, de energía pura, lista para cobrar forma según la voluntad de él.
Estremecido, lo reprimió todo, se obligó a recuperar el control, volvió a absorber el poder en su cuerpo. Toda su vida, aquel había sido el mantra de su adiestramiento, todo el entrenamiento que su padre y todos los demás le habían dado. Tener control: control de sí mismo, control de su poder.
Había sido siempre tan fácil, antes. El control de sí mismo y el control del poder habían sido lo mismo. Entonces, hacía unos meses, había ocurrido el accidente en Jusenkyo y el viaje a través del mar de Japón, y con aquello había llegado la furia.
Siempre había tenido mal genio, y lo sabía. Pero siempre, siempre, había tenido controlada su ira, la había dejado impulsarle cuando era necesario, la había dominado cuando era preciso. Ahora, gran parte del tiempo, era como si la ira lo dominara a él.
Le daba miedo, aunque nunca se lo hubiera dicho a nadie; jamás hubiera permitido que se supiera que Herb, príncipe de los Musk, era capaz de sentir miedo. No le había dicho a nadie que podía recordar en detalle solo un poco más de la mitad de lo sucedido en Japón; lo demás era niebla, perdida en una roja bruma de furia.
Se había hecho más fácil desde que había vuelto a casa. Era más fácil aquí, porque era más fácil no pensar en las mujeres, en la forma y contornos de sus cuerpos, en la suavidad de sus caras, en la seda de su pelo...
(Las haría traer ante él)
Y esta vez no lo pudo contener, pese a intentarlo, tanto que había dolido, y su mano se alzó, y una descarga de poder iluminó la oscuridad, rutilando como una estrella en el espacio de treinta metros que viajó antes de apagarse. La furia bramaba en él, lacerando su carne y sus huesos, y cayó de rodillas, con una mano aún sobre la almena, la otra aferrando su cabeza. Su pelo susurraba contra su mano, y dejó salir un quejido callado, como un niño herido.
—¿Amo Herb?
Ante el sonido de esa voz, se obligó a ponerse en pie, con la cabeza palpitando de dolor, y se volvió, quitándose por la fuerza toda señal de dolor de la cara.
—¿Qué? —largó al origen de esa voz.
Mint rascó el piso con un pie, en ademán nervioso.
—¿Está bien, Amo Herb?
El más pequeño de los dos guardaespaldas de Herb estaba en pijama, con el cabello desordenado por el sueño y los ojos a medio cerrar. Parecía aun más niño que de costumbre, de pie en el piso de piedra de la torre, cercana a la puerta de hierro que conducía a los corredores de la fortaleza.
—Estoy bien —dijo Herb, rabioso—. No te preocupes por mí.
—Es mi trabajo preocuparme por usted —dijo Mint, con cierta incertidumbre—. Es mi deber, Amo Herb.
—No podía dormir, eso es todo —dijo Herb—. A veces me pasa, ya lo sabes.
Era cierto: desde que tenía memoria, había noches en que el sueño lo rehuía, en las que salía aquí a las almenaras de la fortaleza, para mirar hacia las montañas.
Cuando más pequeño, había tenido muchas veces la convicción de oír a alguien llamando su nombre. Las más veces, la voz había venido del Este. Se imaginaba que había sido el viento, o a veces el mar. Las tontas ilusiones de la niñez.
—Tiene que dormir, Amo Herb —dijo Mint—. Mañana hay que entrenar.
—Todos los días hay que entrenar —dijo Herb—. ¿Hacemos algo que no sea entrenar, Mint?
Mint se rio de manera nerviosa y se puso una mano en la nuca:
—Supongo que no, Amo Herb.
Herb bufó y sacudió la cabeza.
—¿En qué andas, Mint?
—Lime me despertó con sus ronquidos —dijo Mint, haciendo una mueca.
Herb se rio ahora, muy suavemente, y lo sintió como algo bueno:
—A veces lo oigo por la pared de las habitaciones.
Mint sonrió. —Bueno... Si usted está bien, entonces vuelvo. Puedo ponerle una almohada en la boca a Lime o algo así.
Herb avanzó unos pasos y dio un palmazo en el hombro del muchacho menor, sorprendiéndose al descubrir que ahora, además, sonreía, y que lo sentía bueno, también, como la risa—. No, yo también vuelvo. Estoy bastante cansado.
Mint asintió y fue rápidamente hasta la puerta, para luego abrírsela a Herb. Herb empezó a pasar, luego hizo un alto.
El viento de la noche tiraba de su pelo, y sintió una tracción extraña en el cuerpo. Con gesto de contrariedad, miró hacia el Este, al oír en algún lugar de la distancia oscura el llamado quedo de un ave nocturna.
—¿Amo Herb?
Con una encogida de hombros, Herb traspuso la puerta y bajó los peldaños de piedra que le conducirían a sus aposentos. Oyó un último susurro de viento antes de que Mint cerrara la puerta, y casi, casi, le pareció que sonaba como una voz.
~ o ~
Cuando el sol se elevó al día siguiente por sobre la casa Kuno, sus tres ocupantes dormían. Kodachi dormía el sueño plácido de una niña, con una sonrisa diminuta. Tatewaki dormía entre sueños inquietos, pero su rostro estoico y cuerpo rígido no daban indicio de ellos a un observador externo. En un cuarto de invitados, Mousse dormía sin sosiego, despertando más de una vez con un nombre en los labios, que luego no recordaba.
Los primeros rayos del sol tocaron la superficie del estanque del patio, bordeado de rocas, diamantando en la superficie cristalina y bailando de verdor entre los lirios que crecían en él, y sobre la áspera piel esmeralda de Midorigame, que no estaba dormido, sino que miraba con lánguida intensidad hacia un punto cercano al estanque, que el instinto frío y reptil de su cerebro minúsculo le indicaba contenía algo de sumo interés. Llevaba ya varias horas mirando atentamente el mismo lugar vacío.
Al alzarse el sol en el Este, se levantó un viento en torno al estanque, surgiendo hacia arriba en espiral. Olía oscuro, a noche, a bosque invernal y umbroso, y al aliento húmedo de las tardes de verano, que entra cual perfume por las ventanas de las casas. Midorigame movió un tanto los ojos, y emitió un sonido bajo, incierto, desde el fondo de la garganta.
El viento se alzó más, dispersándose por el aire, y luego empezó a viajar hacia el mar, hacia el Oeste, desde donde había llegado antes.
Habiéndose ido ya lo interesante, Midorigame cerró sus ojos grandes y durmió, mientras el sol deslizaba risueños dedos de oro por las escamas de su cuerpo.
~ o ~
