Aguas bajo la tierra
Un fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum
Traducción de Miguel García
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Capítulo 19 : El movimiento y el acto
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Dolor.
Y luz.
Una luz cegadora, más brillante que el sol, más ardiente que las estrellas. Luz, que calcinaba el alma, que estragaba la vista. Luz que era la esencia de todo, que lo ahogaba todo. Luz odiosa, abominable. Luz asesina, monstruosa, tiránica.
Yoko despertó de golpe, temblando al borde del sueño durante un segundo, con la boca abierta para gritar en silencio con el recuerdo. Las costosas sábanas de la cama se pegaban al sudor de su cuerpo, y tenía el pelo húmedo, apelmazado en la espalda y hombros.
Se quitó las sábanas con fuerza rabiosa, y bajó los pies al piso alfombrado para salirse luego de la cama y atarse el pelo con una mano, ordenándolo un tanto. Los rayos del sol recién salido se colaban entre las ranuras de la persiana que cubría la ventana, y Yoko tomó sus gafas de la mesa de noche y se apresuró a ponérselas. Vestida únicamente con un delgado camisón, cruzó el cuarto para subir las persianas.
El sol inundó el dormitorio de luz, y Yoko miró desde el ventanal de su penthouse del último piso, por sobre la ciudad de Tokio, hacia el puerto, más allá de las luces de Ginza.
Su ciudad. La más grande de Japón, y base del poder del Círculo Eterno. Había tenido el control de este lugar desde hacía más de treinta años, moviendo los hilos de aquellos que ocupaban los sitiales del poder, doblegándolos a su voluntad, quebrantándolos si era necesario. Por más de veinte años antes de eso se había desvivido trabajando lealmente en las filas inferiores. Una vida de duración mucho mayor a la normal era uno de los beneficios de haber pasado al alto mando.
No se trataba de que el Círculo gobernara Japón. Eso era imposible en este momento. Pero podían dar a las cosas la dirección que desearan, con tiempo y esfuerzo. La impaciencia era algo jamás cultivado entre ellas. Todo el control que ejercían sobre el mundo empresarial, el gobierno y el hampa de Japón había sido solo una forma de administrar su tiempo, construir su poder, anticipando el día prometido, destinado, en que reclamarían lo que había sido robado a sus fundadoras al ser expulsadas, y recuperarían el mundo que le había sido robado a su amo.
Miró hacia el horizonte de la ciudad, y entornó los ojos. Todos los que integraban el círculo interno, el Círculo dentro del Círculo, tenían sus razones. Detentar el poder tenía su costo. Casi de forma inconsciente, se llevó las manos a los ojos. Para la mayoría, era el deseo de poder. El poder era un deseo para ella también, pero solo como medio en pos de un fin, y era un fin tal, que todo medio lo justificaba. Se lograría la venganza, por ella, y por los muertos. Cuando llegara el momento, ella se encargaría de que la venganza se cumpliera.
Pero no era el momento aún, aunque llegaría pronto. Cuán pronto, no lo sabía. Ella se quedaría aquí, acrecentaría su poder a alturas mayores, y esperaría pacientemente. Galm había sido un primer y cuidadoso sondaje a las defensas enemigas, y su caída había mostrado la envergadura de la fuerza de Jusenkyo. Pero había sido solo el primero.
El primero de muchos, la primera vuelta del puñal. Todo caía en su sitio, y todos pagarían las afrentas del pasado, cien, mil veces. Ah, cómo pagarían.
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La piedra describió una parábola en el aire, subiendo primero antes de que la atrapara la gravedad y la hiciera caer en el estanque, salpicando algunas gotas. Despacio, Nabiki recogió otra del suelo y la tiró al agua, volviendo a romper la quietud.
Típico, que fuera en fin de semana cuando le diera por despertarse temprano, reflexionó agriamente. Había tratado de volver a dormirse, claro, pero el sueño había decidido evadirla durante la media hora que lo había intentado. Por último, aceptando lo inevitable, se había levantado y puesto shorts y una camiseta antes de salir al patio. Había oído a alguien en el baño al bajar las escaleras; Kasumi, seguramente. Sin duda no era su padre o Genma, que el día que fuera dormían hasta tan tarde como fuera posible, o su hermana menor, a quien le gustaba quedarse en la cama los fines de semana, o Ryoga, que se hubiera perdido en el camino desde el dojo al baño.
Un tercer círculo se mezcló con los dos que ya se disipaban en el agua al lanzar Nabiki otra piedra, y se acomodó un tanto, estando sentada con las piernas cruzadas, a un par de metros del estanque bordeado de piedra. La actividad era gratamente monótona, libre de toda clase de pensamiento o contemplación.
Oyó crujir las tablas del porche cuando alguien salió a este, y miró para ver a Kasumi, que portaba un canasto de ropa lavada. Su hermana mayor dejó el canasto en el piso y le dio una alegre seña y una sonrisa radiante, a lo que Nabiki respondió alzando un poco una mano antes de volverse otra vez hacia el estanque.
—¿Te levantaste muy temprano hoy, no, Nabiki?
Nabiki se volvió otra vez a verla, y miró a Kasumi empezar a colgar sábanas al sol matutino.
—Sep —contestó.
—¿Dormiste bien anoche?
—Como tronco —dijo Nabiki—. Tanto, que desperté y no me pude volver a dormir.
—Hmm —dijo Kasumi vagamante, dando un sacudón a una sábana para tenderla—. ¿Cómo anda todo?
Por eso no hablaba mucho con su hermana mayor, recordó Nabiki. Charlar con Kasumi no estaba en su lista de cosas amenas.
—Todo muy bien —dijo, insertando una levísima punta de sarcasmo en las palabras.
El cual pasó varios metros por sobre la cabeza de Kasumi, por supuesto.
—Ah, qué bien —dijo.
—Eso —dijo Nabiki, escrutando el suelo en busca de una piedra de tamaño y forma adecuada.
—¿Cómo va el colegio?
—El colegio es una fuente constante de aprendizaje y diversión —dijo Nabiki, añadiendo algo más de sarcasmo, y poniendo también encima una capa de aburrimiento, mientras recogía una piedra que parecía cumplir los requisitos.
Kasumi tampoco lo notó.
—Ah, qué bien.
—Claro —dijo Nabiki, echando atrás el brazo para tirar la piedra.
—¿De quién es el coche del que bajaste ayer?
La piedra se le cayó de pronto de los dedos inmóviles, y aterrizó con un ruido sordo sobre la hierba cercana al estanque.
—¿Qué?
—El coche negro, grande, del que estabas bajando cuando debías ir camino del colegio —dijo Kasumi con tono grato, colgando una sábana—. Cuando fui al mercado después del desayuno, te vi del otro lado de la calle. Te hice señas, pero parece que no me viste.
—Ah, eso —dijo Nabiki, obligándose a adoptar un tono despreocupado—. Es de un amigo. Paré a hablar con él un minuto.
—Qué raro —dijo Kasumi, sonriendo—. Subirse a un coche a hablar con alguien.
Nabiki mostró una sonrisa apretada. —Sí, supongo que tal vez sí.
—¿Y ese amigo es adulto?
Nabiki asintió con la cabeza, entrando ahora fácilmente al rol de siempre, tras la conmoción momentánea.
—Me pillaste, Kasumi.
—Ah —dijo Kasumi—. Tiene que ser mayor que tú, supongo. Es un coche muy caro como para alguien que esté en la secundaria.
—Bueno, a ti también te gustan mayores, ¿no? —dijo Nabiki—. El doctor Tofu es mayor que tú, a fin de cuentas.
La cara de Kasumi estaba oculta por una sábana que tenía por delante en ese momento, y la tela se arrugó cuando sus manos la apretaron un tanto.
—Sí, es mayor que yo.
—Ya no vas nunca a visitarlo, ¿verdad? —dijo Nabiki—. Me acuerdo que ibas siempre. ¿Pasó algo?
—Pues, no —dijo Kasumi, dando la espalda a Nabiki y doblando la sábana con cuidado—. Para nada. Parece que se me olvidó el detergente adentro, Nabiki. Con permiso, vuelvo enseguida...
Con eso, dejó la sábana doblada sobre el porche y entró casi corriendo.
—¿Detergente? —se dijo Nabiki, luego soltó un resoplido y agitó la cabeza.
Kasumi era útil para la cocina y el aseo, aunque en lo demás muchas veces no tenía la cabeza bien puesta. Pero era evidente que algo pasaba con Tofu y su hermana mayor, porque no era típico de Kasumi ponerse nerviosa por pequeñeces. Y el nombrar a Tofu la había puesto nerviosa. ¿Tal vez el hombre había reunido el valor para hacer algo más que atolondrarse en presencia de ella?
Le picó la curiosidad a Nabiki. El conocimiento por sí solo era placentero de vez en cuando, en cierto modo anticuado, pero la mayoría de las veces era inútil. Pero el conocimiento que podía producir alguna ganancia, eso era algo totalmente aparte.
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La alarma de Tatewaki Kuno había sonado exactamente a las diez y media de la mañana, sacándolo de su sopor.
Sin embargo, habiéndose acostado casi al amanecer, hacía pocas horas, diez minutos después seguía en la cama, pestañeando con ojos somnolientos, mirando el techo y sintiendo el cuerpo adolorido. Estaba cansado. Estaba muy, muy cansado.
Había apretado el botón de "posponer", y su alarma eligió ese momento para volver a activarse, a lo que Tatewaki respondió estirando un brazo para darle un manotazo, luego se incorporó en el futón y recorrió el dormitorio con la mirada. Las paredes estaban adornadas con incontables fotos ampliadas de Akane, y de Ranma en su cuerpo femenino.
Cómo detestaba la decoración de aquí. Ese pensamiento le permitió levantarse, porque le repelía la idea de estar un minuto más entre los ojos fijos de las fotos. Por eso pasaba tanto tiempo como podía en la sala de entrenamiento; era el único lugar donde podía estar y donde era razonable que las paredes no estuvieran tapizadas de fotos.
Se puso rápidamente una bata y salió al pasillo, olisqueando sutilmente el aroma a comida que llegaba desde la planta baja. Estaba el olor limpio del arroz, y una fragancia crepitante de huevos fritos.
En la cocina, su hermana estaba ante la estufa, con una diversidad de cazos y sartenes distribuidos en los quemadores. Tenía puesto un delantal blanco sobre el vestido oscuro; se dio vuelta y le sontió al entrar él. No era un gesto burlón. No era una sonrisa socarrona, triunfal, producida por alguna humillación. Era una sonrisa de genuino contento, como si de verdad se alegrara de verlo. Qué bueno era ver eso en su cara.
—Buenos días, hermano —dijo Kodachi alegremente—. Siéntate. Está casi todo listo.
De pie en el umbral, Kuno puso una mano en la jamba, como para afirmarse, y habló de forma tentativa:
—¿Cómo has amanecido, hermana?
Ella se acercó un paso, aún sonriendo.
—Me siento bien, hermano.
—Eso es bueno —dijo Kuno suavemente, acercándose también un paso, hasta situarse ante ella—. Me alegra mucho saberlo.
Kodachi, sin titubeo alguno, extendió la mano izquierda y asió la derecha de él, con suavidad y firmeza.
—¿Hermano?
—¿Dime, Kodachi?
—Gracias —dijo ella, tras lo cual subió el brazo libre para rodear el cuello de él y abrazarlo. Atónito por un segundo, Kuno se quedó rígido, luego, vacilante, correspondió el abrazo, rodeándole la cintura con el brazo libre.
Después de algo que pareció un rato muy largo, Kodachi relajó la sujeción y le permitió a él apartarse. Kuno se ajustó la bata y carraspeó de modo teatral, luego la miró con gesto de extrañeza.
—¿Por qué? —preguntó.
—Ya sabes por qué —dijo Kodachi—. Creo que ahora todo va a estar bien, hermano. Iré a Jusenkyo, voy a encontrar allá lo que necesito encontrar, y volveré aquí contigo, y todo estará bien—. Se rio, suavemente—. Hermano, ¿crees en poderes superiores a nosotros?
Kuno recordó en silencio su cuarto secreto, tras la pared de la sala de entrenamiento, donde tantas veces se había arrodillado ante los símbolos que había puesto allí, los que le ayudaban a imaginar que había, del modo que fuese, alguna especie de justicia en el mundo.
—Supongo que sí creo, hermana.
—Yo también —dijo Kodachi, para luego volverse otra vez hacia la estufa.
—Ah —dijo Kuno, sentándose a la mesa—. ¿Despierto a nuestro huésped para que venga a desayunar?
—¿Huésped? —dijo Kodachi, sin volverse a mirarlo.
—El que conociste anoche —dijo Kuno—. Parecía tener pocos deseos de volver a su morada, así que le ofrecí alojamiento por la noche.
—Fue muy amable conmigo anoche —dijo Kodachi, pareciendo evocarlo.
—Será más que eso —dijo Kuno—. Es oriundo de una aldea que está a poca distancia de Jusenkyo, se puede llegar a pie. Creo que se le puede persuadir de que...
Se quedó en silencio al oír pisadas bajando por las escaleras. Momentos después, Mousse entró a la cocina, el pelo castaño oscuro algo desordenado luego de dormir, y los ojos un tanto somnolientos detrás de las gafas gruesas.
—Buenos días —dijo Kuno, manteniendo la voz cuidadamente cortés.
Repasando la corta conversación que había tenido la noche anterior con el alto muchacho chino, le preocupaba el quizá haberse salido demasiado de las idiosincracias que afectaba normalmente.
—¿Confío en que vuestro reposo fue grato? —terminó.
Mousse asintió y se pasó una mano por el pelo enredado, ordenándoselo un tanto.
—Sí —dijo.
—Asiento —dijo Kuno, indicando una silla a la mesa de la cocina—. Comparte el pan con nosotros.
Mousse pareció dubitativo, y se subió las gafas por el tabique de la nariz.
—De verdad debería volver a... —Dejó la oración inconclusa, exhibiendo amargura y tristeza durante un instante, luego se rio—. A mi casa, supongo. A mi verdadera casa.
Sacó la silla y se sentó, mientras Kodachi empezaba a llenar los boles con arroz, y los platos con huevo frito y tofu.
—Entonces quieres ir a Jusenkyo, ¿verdad? —preguntó Mousse.
Kuno sonrió en su fuero interno. Por lo visto, no habría dificultades para abordar el asunto.
—Así es —dijo Kodachi—. Mi hermano dice que eres de esa área.
Mousse asintió. —De allá vengo.
Había un aire silencioso de expectativa entre los dos. Ninguno de ambos, se dio cuenta Kuno, estaba dispuesto a hacer el primer movimiento.
Pausadamente, juntó las puntas de los dedos, formando un triángulo:
—¿Te interesaría un breve período de empleo, amigo mío? —preguntó con voz suave.
—¿Humm? —dijo Mousse.
Sabía, desde luego, exactamente a qué se refería Kuno, pero era todo parte del juego, las complicadas simplezas de la naturaleza humana y la negociación.
—Tal como lo mencioné anoche, mi hermana requerirá un guía. ¿Te interesa?
Le interesaba, por supuesto. Kuno lo sabía. Había hecho una incursión ligera en aquel territorio, pero ahora podía ver que Mousse titubeaba. Kuno sabía de los sentimientos que el otro muchacho abrigaba por Shampoo, y aquello era lo único que podía imaginar como causa del cambio en el joven. Estaba ahora sin rumbo, en busca de un cometido, un centro, aunque quizá no se daba cuenta. Solo era necesario ponerlo en la dirección correcta.
Con qué facilidad hacía él esto, reflexionó Kuno al pasar todas esas ideas en el espacio de un segundo de silencio. Con qué facilidad empujaba él a las personas por un derrotero u otro, con qué facilidad las manipulaba. Y tantas veces era tanto más fácil por creer estas que era él el manipulado, el tonto.
¿Y qué razones para la farsa, para el encubrimiento? Para el gran juego del impostor. Porque si no saben quién eres, son incapaces de saber el modo de...
—... Sí, podría estarlo.
Se salió de sus ideas y devolvió la atención a Mousse, recriminándose en silencio aquel lapsus momentáneo.
—Habría, desde luego, una compensación. La Casa Kuno no carece de riqueza.
—Solo cobro el precio del pasaje hasta allá —dijo Mousse en voz baja, quitándose las gafas para mirar a Kuno con los ojos entornados, como si en cierto modo hubiera podido ver mejor el interior de él sin ellas.
—Es sumamente generoso de tu parte —dijo Kuno.
—Necesito llegar a mi casa —dijo Mousse, escueto—. Y la forma en que pretendía ir antes, preferiría no tomarla.
—Muy bien —dijo Kuno. Kodachi escuchaba en silencio, disponiendo la comida ante ellos para luego sentarse—. Empezaré los preparativos para la partida.
—¿Qué tan pronto? —preguntó Mousse.
—Cuanto antes mejor —dijo Kodachi, añorante.
—¿Te parece aceptable? —inquirió Kuno.
Mousse asintió con la cabeza, y mostró una sonrisa delgada:
—Me parece sumamente aceptable.
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El borde filoso del acero partió la luz, al girar despacio por el aire, y el fuerte destello del sol matutino hizo cabriolas por la superficie pulida.
Ukyo atrapó la espátula al empezar esta su caída, la hizo girar por el aire una vez más, y luego la volvió a meter en su bandolera, al andar ella por la calle, con la gran espátula terciada a su hombro y pegando contra su espalda durante la marcha. Ausentemente, llevó una mano por sobre el hombro para pasar los dedos por la empuñadura del arma, jugando un momento con la anilla en el extremo de esta.
Pasó junto a tiendas y casas, y, en la distancia, estaba la forma sinuosa del canal, con gentío disperso andando entre todo aquello. Guardada en los pliegues de su blusa, la cajita de madera que había recibido ayer era una presencia leve contra su cuerpo. Algo la había hecho querer no perderla de vista nunca, como si quitarle los ojos un momento fuese a hacerla desaparecer.
Este paseo ayudaba. El caminar le ayudaba a pensar, a despejarse la cabeza. La vieja ciega le había advertido no decirle a nadie que se habían conocido, que había traidores entre la gente de su confianza. ¿A quién se había referido?
La conversación que habían tenido en el restaurante se le hacía más surrealista con cada vez que la repasaba. Lo único que no cambiaba en su memoria era la absoluta, total convicción en las palabras de la mujer. Había sabido que Konatsu estaba en peligro en el momento mismo de leer la carta que este había dejado, carta que iba cuidadosamente plegada junto a la cajita, en el bolsillo interno de su blusa. Pero luego de lo que había oído ayer no hacía sino temer más por su amigo desaparecido.
Por arriba, en el cielo, había nubes delgadas, dispersas, y era posible que mañana hubiera lluvia. Pensar en la lluvia le recordaba a Ranma. Demasiadas cosas le recordaban a él. Ukyo suspiró, y volvió a llevar la mano por sobre el hombro para ajustarse la enorme espátula de combate. Dondequiera que estuviese él, lo que fuera que le hubiese sucedido, Ukyo esperaba que estuviera bien. Aunque no quisiera estar con ella. Aunque no la amara.
Torció por una esquina, murmuró una disculpa al chochar contra otro transeúnte, y continuó caminando rauda por la calle. El gentío en la calle no haría sino aumentar con el paso del día, y ella quería volver y abrir el local antes de la hora de almuerzo. Podía ser una de las últimas veces en que atendería público en un tiempo.
Más por delante, vio un local conocido, y se dio cuenta de que, sin proponérselo, había caminado en dirección al Nekohanten. Al mismo tiempo, se dio cuenta de que, exceptuando a Happosai, no había visto a nadie del grupo con que había ido a la montaña desde que habían vuelto. Había tenido toda la intención de dejarse caer donde Akane para ver cómo estaba, pero luego la situación con Konatsu había acaparado toda su atención.
Sintiéndose algo vacilante, se quedó parada fuera del restaurante, y la gente que andaba por la calle divergió en torno a ella por un momento. El pendón del restaurante no estaba puesto, pero podía ver por las cortinas de la ventana que las luces estaban encendidas.
Alargó la mano, la puso sobre la puerta corrediza, y encontró que no estaba con llave. Aplastando lo último de su indecisión, abrió la puerta y entró.
Shampoo alzó la vista, sentada a la única mesa que quedaba al centro del comedor. Ukyo vio que las demás sillas y mesas se habían apartado hacia un costado. Cerca de estas, había varias maletas, y algunas cajas de cartón selladas.
—Nihao, Ukyo —dijo Shampoo, con tono de desilusión.
Ukyo chasqueó con la lengua, entró y cerró la puerta.
—Vaya que suenas alegre de verme. ¿Esperabas a alguien más?
Curiosamente, Shampoo se sonrojó un tanto y sacudió la cabeza:
—No.
—¿Qué haces? —dijo Ukyo, luego fue hasta la mesa y miró los varios objetos al centro de esta. Había mucha joyería, al parecer, y algunos objetos más grandes, como el báculo con cabeza de dragón, que Shampoo hacía girar en las manos, con gesto de admiración.
—Empaca para ir a casa —dijo Shampoo, en tanto Ukyo sacaba una silla de la mesa para sentarse frente a la otra muchacha.
Un ventilador zumbaba suavemente en un rincón, cerca del techo, y por fuera podía oírse el rumor de la gente que pasaba, sus pisadas y conversación.
—¿Y Mousse no piensa ayudar? —preguntó Ukyo.
Shampoo negó con la cabeza. —Mousse no aquí.
Algo en el tono la otra muchacha llamó la atención de Ukyo.
—¿Pasó algo? —dijo.
Shampoo asintió. —Tiene pelea con él.
Ukyo pestañeó.
—¿Pelea por qué? Mousse siempre ha sido medio... No sé, como un felpudo contigo.
La otra muchacha se rio suavemente, sin humor.
—Él cambia.
Vio a Shampoo ladear la cabeza un poco, y dejar sobre la mesa el báculo que había estado examinando, con un "clac" de madera al hacerlo. Entonces Ukyo vio la marca de un moretón en su mejilla y quijada.
—Anda—dijo Ukyo, algo asombrada—. ¿Él te hizo eso?
—Yo merece —dijo Shampoo, displicente, moviendo la cabeza de modo tal que los ángulos de luz y sombra de la estancia ocultaron la marca—. Sorprende que no pasa antes.
—¿Entonces se fue? —dijo Ukyo.
—Sí —dijo Shampoo parcamente, y volvió a mirar con gran atención los objetos de la mesa. Sacó del grupo de estas una pulsera de marfil labrado, con intrincados caracteres chinos grabados en la superficie con tinta oscura desteñida—. Igual no importa. Alegra que Mousse no está, ya no molesta.
Lo tembloroso de su tono delataba su falta de convicción, pero Ukyo decidió no presionar. Convenía, al parecer, cambiar el tema.
—¿Y adónde vas?
—A casa, mañana —dijo Shampoo—. Vuelo en la noche. En casa poco después.
—Ahh —dijo Ukyo, tamborileando con los dedos en la mesa, y mirando brevemente las gemas pálidas de un brazalete que relucía un tanto en la luz.
—¿Qué quiere Ukyo? —dijo Shampoo con voz cansada—. ¿Por qué tú aquí?
—Quería ver cómo estabas, ¿sí? —dijo Ukyo, sorprendida de sus propias palabras—. ¿Tanto cuesta creerlo?
Shampoo tuvo la delicadeza de parecer avergonzada.
—Perdón, Ukyo. No quiere acusar a ti. Es que no acostumbrada a que visites.
Devolvió a la mesa la pulsera que había estado mirando, y pasó súbitamente a otra cosa.
—¿Cómo está tú, Ukyo?
Ukyo apartó la mirada de modo nervioso; no había querido que la conversación siguiera esta ruta.
—Estoy bien —dijo.
—¿Verdad? —dijo Shampoo.
Ukyo miró a la otra muchacha, luego agitó despacio la cabeza:
—No.
—¿Ranma?
—Otras cosas también.
Shampoo asintió, pareciendo entender:
—¿Qué otras cosas?
Ukyo miró a Shampoo con expresión evaluatoria durante un momento.
—Qué te parece esto: me cuentas más de esa pelea con Mousse, y yo te cuento más de las otras cosas.
Shampoo la miró a su vez.
—Bueno —dijo—. Tú primera.
—Ah, no —dijo Ukyo, sacudiendo al cabeza—. Te garantizo que mis otras cosas son mejores que tu otra cosa.
—¿Segura? —dijo Shampoo, con una insinuación de sonrisa.
—Eso —dijo Ukyo—. Lo mejor para el final, cielo.
Shampoo pareció dudar un momento, luego asintió.
—Bueno. Igual yo quiere un poco hablar con alguien hoy. Tú única aquí, parece.
—Gracias —dijo Ukyo, seca.
De modo que Shampoo le contó la causa que había hecho Mousse golpearla, y la causa que lo había hecho irse.
—Ah —dijo Ukyo al final, pestañeando un tanto y ajustándose la estátula—. No tardaste mucho, ¿eh?
Apareció rabia en los ojos de Shampoo.
—¿Qué significa eso?
—Me salió mal —dijo Ukyo, levantando una mano—. Lo que digo es que apenas vienes conociendo al chico, ¿no?
Shampoo asintió con la cabeza. —Eso lo que no sabe yo. Él no es como Ranma nada. No es guerrero. Él escucha, habla a mí. Pero... Yo... —Apoyó la barbilla en una mano—. ¿Es muy pronto, piensa tú?
Ukyo lo pensó durante un momento. —No... No, no me parece para nada que sea así. ¿Segura que no es una cosa por despecho?
—Mujer joketsuzoku no hace cosas por despecho —dijo Shampoo, categórica.
—¿Qué sientes por él? —preguntó Ukyo.
Shampoo pareció incómoda, incierta.
—Yo no sabe bien—. Él es muy amable, muy apuesto. Hombre inteligente. Él... Él... —Las siguientes palabras fueron tan bajas que Ukyo se hizo más hacia adelante para oír mejor—. A él le gusta yo.
—Pero a Mousse también le gustabas —dijo Ukyo, sentándose más derecha cuando Shampoo dejó hablar.
Shampoo bufó. —Pero a mí no gusta Mousse.
—¿Pero este chico sí te gusta?
Shampoo asintió despacio. —Sí.
—Pero si te vas mañana, entonces...
—Yo sabe —dijo Shampoo—. Por eso cuesta tanto saber qué hacer. Él viene hoy, y...
—O sea que por eso pareciste tan desilusionada cuando viste que solo era yo —dijo Ukyo, al llegar la comprensión. Suspiró quedamente—. No sé qué decirte, Shampoo. Solo pienso que... ¿No sería lindo que alguien salga feliz de todo esto?
La indecisión tremoló en la cara de Shampoo, que luego sonrió un tanto y estiró una mano, para tocar con dedos finos el dorso de la mano de Ukyo, sobre la mesa.
—Gracias, Ukyo. Es bueno hablar contigo.
—No hay problema —dijo Ukyo, sintiéndose genuinamente complacida con el gesto de Shampoo—. Ahora, creo que mejor me voy antes de que llegue ese tal Asakazu, así que...
Mientras se empezaba a levantar, Shampoo puso una mano sobre la de ella y la detuvo.
—Ah no. No te escapas tan fácil, Ukyo.
Ukyo volvió a sentarse, sonriendo con gesto de chasco.
—Supongo que lo prometí —dijo.
Así que le contó a Shampoo lo de Konatsu. Excluyó lo de la visita del día anterior, recordando las palabras de la vieja, pero sí mencionó sus planes de ir a Okinawa en busca del muchacho.
Cuando terminó, Shampoo miraba a Ukyo con los codos sobre la mesa y la barbilla sobre los puños.
—Eres amiga muy leal, Ukyo.
—Gracias —dijo Ukyo en voz baja, casi atónita por las palabras de la otra muchacha.
Shampoo asintió con gesto ausente y se volvió en la silla, apoyando un codo en el respaldo para mirar hacia el lugar del piso donde estaban las maletas y cajas.
—Yo lamenta que tú y yo no hablamos así antes.
—Como que se interpusieron otras cosas —dijo Ukyo con voz suave, algo de lamentación en el tono—. Bueno, ahora sí me voy, Shampoo.
Apartó la silla de la mesa y se levantó. Shampoo asintió y alzó una mano en gesto de despedida, pero no dijo nada, y siguió mirando con semblante contemplativo las cosas empacadas.
—Adiós —dijo Ukyo, yendo despacio hacia la puerta.
Poniendo la mano en la puerta, oyó la silla de Shampoo raspar el piso, y un titineo metálico. Se volvió justo cuando la otra muchacha llegaba a ponerle una mano sobre el hombro.
—Espera, Ukyo. Yo tiene algo para ti.
—¿Eh? —dijo Ukyo, y luego Shampoo le puso algo en la mano.
Ukyo miró el anillo con gesto ensimismado: una banda simple de bronce con una piedra roja, muy reluciente. Por un momento, casi le pareció ver algo en el corazón de la piedra, un destello diminuto, como un sol en miniatura.
—Es anillo muy especial —dijo Shampoo—. Tu va sola a buscar amigo, tal vez necesita ayuda. Tú en problema, alguien persigue a ti, tú da tres vueltas a anillo en meñique de mano izquierda, luego tira anillo al suelo delante de ellos.
—¿Y qué pasa ahí?
—No sabe —dijo Shampoo—. Bisabuela... Cologne nunca dice.
—Oye, gracias —dijo Ukyo, metiéndose el anillo en la blusa—. Es...
—No es nada —dijo Shampoo—. Tiene cuidado, ¿sí, Ukyo?
—Lo tendré —dijo Ukyo—. Cuídate tú también, Shampoo.
Extendió la mano derecha, y Shampoo la asió con una sujeción firme. Se estrecharon la mano, solo un momento, y se sonrieron.
Unos minutos después, caminando Ukyo hacia su restaurante, consciente siempre de la caja y el anillo que ahora llevaba consigo, se descubrió preguntándose cuándo volvería a ver a Shampoo, si la volvía a ver alguna vez.
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Happosai estaba sentado en el piso de su cuarto, revisando detenidamente todo cuanto se hallaba ante él. Documentos de viaje y pasajes aéreos para él, Genma, Ryoga y Akane. La caja que contenía cuanto le quedaba de los tesoros de Joketsuzoku que había adquirido hacía un siglo. Y una gruesa cantidad de divisa china, que no les serviría de mucho cuando estuvieran en la aldea Joketsuzoku, pero que podría ser útil en el trayecto en tren hasta allá desde Xining.
Partirían mañana. Aún no había informado de eso a nadie, pero lo haría pronto. Necesitaba hablar con Shampoo, no solo porque sería un placer volver a ver a ese primor de jovencita, sino porque también quería que fuera con ellos mañana en el avión.
Happosai tenía varias razones para hacer lo que hacía. Una era que, como maestro de la escuela Todo Vale, tenía la obligación de velar por el bienestar de sus pupilos, obligación que se tomaba con seriedad cuando le convenía. Otra razón era que se le había olvidado lo linda que había sido Cologne de joven. Las cosas nunca habían resultado entre ambos en ese entonces, pero tal vez, ahora que estaban los dos de nuevo en la flor de la vida, habría una segunda oportunidad.
Pero, más que nada, se debía a lo que había sentido allá en el claro del bosque montañoso, mientras buscaban a Ranma. Incluso con los intentos de Cologne por bloquearlo, él había podido percibir la increíble sensación de trascendencia de lo que allí había ocurrido. Y era solo el comienzo: algo venía, algo para lo cual los destinos de todos se congregaban poco a poco, como hebras individuales uniéndose para formar el entramado de un tapiz.
Happosai había vivido mucho tiempo, y había visto muchas cosas. Por causa de toda esa vida, no era el futuro aquello a lo que temía.
Estaba aterrado porque nunca, jamás, había experimentado una sensación tal de fatalidad. No por él, no por los cercanos a él, sino por todas las cosas, por todo el mundo. En las noches despertaba, con frío pero sudando, de sueños que no podía recordar. Cuando oía al viento soplar, le parecía similar a un lamento. A veces, casi tenía la certeza de poder sentir el suelo gemir de sufrimiento, como si el planeta mismo padeciera dolor.
Lo sucedido en la montaña, cuando Ranma había desaparecido, había sido para él la primera advertencia. Había visto más de estas desde entonces: la desaparición del amigo de Ukyo Kuonji, la creciente separación entre Genma y Nodoka. Sabía que vería más, que la primera no había sido sino la primera de muchas.
Todo iba encajando en su sitio, para un fin que él no conocía. Y tenía miedo, por él, por la gente como Ranma y Akane, cuyas vidas le había dado tanta diversión en su vejez, y tenía miedo por todo el mundo. Mucho, muchísimo miedo.
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—Le indico la mesa —dijo el camarero, y guió a Kuno por entre las filas de mesas de mantel blanco, acompañado por el chasquido y raspar de cubiertos sobre porcelana, y las voces quedas de hombres vestidos con trajes oscuros.
El restaurante era un local de estilo occidental, costoso, lugar de cita para operadores del poder tanto público como privado. Por todo el salón, se cerraban negocios y acuerdos, moviendo millones de yenes en una dirección y otra, armando y destruyendo las vidas de personas de todo Japón y de todo el mundo.
El traje que Kuno vestía para el almuerzo era de corte perfecto, pero así y todo lo sentía extraño. Añoraba la holgura cómoda de la túnica de kendo a la que se había habituado, aunque abominaba la idea de habituarse a nada: uno nunca sabía cuándo podían arrebatárselo.
Solo otra fachada más, se dijo, siguiendo al hombre en silencio. Un acto más, un papel más, en el camino a la escena final.
—Señor Kuno, la señorita Kontongara —dijo el camarero, para luego retirarse en silencio, luego de dejar un segundo menú en el puesto donde Kuno se sentaría.
La mesa estaba en el rincón más interior del restaurate, un espacio que parecía más en sombras que el resto del local de iluminación reluciente.
Kuno observó a Yoko Kontongara durante un instante antes de tomar asiento, el lapso suficiente para sopesarla, no tanto como parecer una mirada indebidamante larga. Le había sorprendido un tanto el enterarse de que el gerente general de Sen-Atama era mujer. El conocerla en persona aumentó la sorpresa.
Yoko Kontongara podría haber tenido cualquier edad entre los veinte y cuarenta años: sus anteojos oscuros y largos guantes megros hacían sumamente difícil aventurar su edad, pero, cual fuese, la lucía bien. Tenía un aire de belleza aristocrática, en las facciones y la forma de llevar el pelo, sofisticadamente sujeto la altura de su cerviz con una aguja de plata. Vestía el tipo de atuendo ejecutivo más caro que el dinero pudiera comprar, y lo lucía como algo innato.
Al sentarse, Kuno la miró cortésmente, esperando que hablara ella. Exploraría las aguas solo luego de conocer la profundidad.
—Le agradezco por venir a esta junta tan de improviso, señor Kuno —dijo la mujer con tono formal.
—No hay de qué, señorita Kontongara —contestó Kuno con la misma formalidad.
—Debo decir que me sorprende que alguien tan joven tenga responsabilidades tan grandes —dijo ella—. Diría que tiene usted unos veinticinco años, ¿correcto?
La mujer sabía perfectamente la edad de él.
—No tengo demasiadas responsabilidades. Los hombres que trabajaron con mi padre antes de su colapso nervioso son competentes, y llevan casi toda la operación diaria de la compañía. Mi hermana y yo recibimos un estipendio muy generoso.
—Y sin embargo he descubierto que al parecer usted vigila de cerca los intereses de las empresas administradas en nombre de su familia, ¿no es verdad?
Había indagado en profundidad, entonces.
—Mi deber es asegurar que los intereses de mi familia no estén en manos incompetentes.
Llegó un camarero. Ambos pidieron algo sin parecer pensarlo mucho, y el hombre partió. Kuno tomó un sorbo breve de su agua y esperó.
—¿Le parece si obviamos toda esta formalidad? —dijo Yoko, con la voz alivianándosele un tanto ahora—. Creo que ninguno de los dos se ajusta al molde del ejecutivo típico, así que ¿para qué portarse como los demás?
De modo que sería así, entonces, tratar de hacer como si fueran viejos amigos.
—Dispuesto si usted lo está, señorita Kontongara.
—Yoko —dijo ella, con una risa leve—. No me gusta que mis amigos me llamen por el apellido.
Sí, sin lugar a dudas sería así.
—Muy bien.
—Señor Kuno...
—Tatewaki —dijo él.
Que pensara que se había ganado su simpatía. Gente más hábil que ella lo habían intentado y fracasado, aunque sin duda creían haberlo logrado.
—Tatewaki, la empresa que represento está interesada en comprar de ustedes una cantidad importante de bienes raíces —dijo la mujer—. En específico, un área al norte de Tokio, muy propicia para un proyecto inmobiliario. Un bosque, que algunos llaman Ryugenzawa.
Kuno arrugó el ceño:
—No lo conozco.
—Los predios pertenecen a una empresa de tu familia —dijo Yoko—. Nos llevó mucho tiempo identificar a los verdaderos dueños de los títulos de esas tierras.
Pensándolo bien, el nombre sí le sonaba vagamente conocido. Recordaba haber leído un informe hacía cerca de un año, informe que ya entonces tenía más de diez años de antigüedad. Algo acerca del fracaso de un zoológico de animales exóticos allí, que alguien en la compañía había considerado buena idea. Su impresión era que se había querido ocultar alguna especie de escándalo, y que se había despedido a bastante gente; había sido antes de que su padre perdiera verdaderamente la cordura, incluso antes del suceso que impulsaba toda acción de su vida y que sin embargo casi nunca deseaba recordar.
¿Las tierras aquellas seguían allí, sin uso? Hubiera esperado que a estas alturas ya las hubiesen destinado a tala. Recordaba vagamente haber pensado en hablar con los encargados del área para que edificaran algo allí, pero por lo visto no se había tomado el tiempo de hacerlo. Raro; normalmente tenía muy buena memoria para esas cosas.
Pero desconfiaba.
—¿Por qué una empresa de software quiere un bosque en zona rural?
Yoko sonrió un tanto:
—Los intereses que represento son mucho más amplios de lo que parece en un principio. Estamos llanos a ser muy, muy generosos, Tatewaki.
La mujer se inclinó un poco más hacia adelante, y el movimiento acentuó las curvas esbeltas y atractivas de su cuerpo.
—Tengo un interés enormemente personal en esto —terminó—. Como dije, somos muy generosos con quienes apoyan nuestros intereses.
Ahora la voz de la mujer era un ronroneo suave, seductor. Tatewaki sintió surgir en él una rabia lenta, fría, como cada vez que una mujer intentaba esto con él, pero la contuvo, como siempre. Tenía un papel que representar. Había advertido hacía mucho que su comportamiento distaba de ser normal, y se daba cuenta de que su perspectiva también distaba de ser normal. Pero por cierto que su situación no era normal, y sus deseos no podían alcanzarse con medios normales.
—Yo... no sé qué decir —dijo, procurando sonar un tanto turbado—. Quisiera poder pensarlo un poco.
—Tatewaki —dijo ella—. ¿Qué utilidad tienen esas tierras para ti? Véndenoslas, Tatewaki. Véndenoslas. Tengo contactos, sé que eres quien tiene la última palabra en las empresas de tu familia. Eres mucho más de lo que aparentas. Véndenoslas.
Había una textura casi hipnótica en los ritmos cadenciosos de su voz, en su forma misteriosa de mirarlo directo a los ojos pese a tenerlos cubiertos con las gafas. ¿De qué le servían esas tierras a él? Un pensamiento le vino de pronto. ¿De qué le servían esas tierras a ella? Había muchos otros terrenos comprables con bosque incluido, más grandes y accesibles. Y de nuevo, ella no había contestado la pregunta: ¿para qué quería una empresa de software comprar un bosque?
—Siento decir —dijo él, despacio— que no puedo permitirle que compre esas tierras.
No supo por qué lo dijo. Aunque, por cierto, siempre había perseguido equilibrar en él la razón y el instinto, la lógica y la fe.
Sabía, aunque no sabía por qué lo sabía, que no podía, en ninguna circunstancia, venderle esas tierras a esta mujer. Comprendía que Yoko Kontongara deseaba ávidamente que él se las vendiera. Comprendía también que él no lo haría jamás.
De todas las personas que había conocido, Yoko era quien más le recordaba a Nabiki Tendo. Había cierto encanto allí, pero era algo calculado, cuidadosamente adquirido mediante el estudio, más que desarrollado por naturaleza. Pero había un subtono de amenaza en la forma de hablar de Yoko, algo de lo que Nabiki generalmente carecía.
—Tatewaki —dijo Yoko, volviéndose a sentarse más derecha—. El dinero no es limitación. Y si no es dinero, hay muchas otras cosas que puedo hacer por ti.
—Me disculpo —dijo Tatewaki, y se levantó para hacer una reverencia leve— por hacerle perder su tiempo. Que tenga buen día, señorita Kontongara.
Se volvió y se dispuso a abandonar el restaurante, seguro de poder sentir el peso de los ojos de Yoko en la espalda.
—Lo volveré a contactar —oyó decir a la voz de la mujer, muy clara y fuerte, aunque el tono había sido suave y solo para él—. Quizá pueda convencerle de reconsiderar.
Las palabras eran cordiales, pero el filo de ellas era como de cuchillas. Saliendo por las largas escaleras que bajaban hasta la entrada del restaurante y hacia las calles y su aglomeración de gente, sintió bajar por la espalda un escalofrío, del cual se recuperó rápidamente. No le había permitido a la mujer conocerlo o saber quién era él en verdad, y, por lo tanto, esta nunca podría llegar a hacerle daño.
~ o ~
Fue poco después de la hora de almuerzo que Shampoo alzó la vista desde donde estaba sentada, aún organizando lo último de los tesoros de las Joketsuzoku, para ver abrirse la puerta, por la cual entró Asakazu Hidarite.
No debería ser así, pensó. Ella no debía haber sentido, al verlo por segunda vez, lo mismo que había sentido en la primera. Ella debería al menos a estas alturas haber logrado algún control.
—Hola, Shampoo —dijo él, inclinando un tanto la cabeza a modo de saludo, con esos mechones rebeldes cayendo un momento por delante de sus ojos celestes.
—Hola, Asakazu —dijo ella, levantándose de la mesa—. Pensé que no venía en buen rato más.
—No —dijo él con voz suave, agitando la cabeza—. No tenías que preocuparte por eso.
—Es bueno ver a ti —dijo Shampoo, empezando a despejar la mesa, para poner joyas y pequeñas reliquias en una caja que había en el piso junto a su silla—. Yo hace té y luego hablar, ¿sí?
—¿Me vas a contar lo que le sucedió a tu bisabuela, verdad? —dijo él, sentándose a la mesa y mirándola.
—Sí —dijo Shampoo.
Se lo había prometido, a fin de cuentas.
—Qué bueno —dijo él en tono grato, reclinándose un tanto en la silla y mirando hacia el cielo raso con gesto contemplativo.
Shampoo fue a la cocina, y lo dijó mirando el techo, con una levísima sonrisa en ese rostro imposiblemente bello.
~ o ~
Mousse salió por el pórtico y miró hacia atrás una vez, a la mole imponente de la hacienda Kuno, a las edificaciones y jardines que llenaban el complejo, dentro de los muros cuyos confines él ahora abandonaba.
Incluso ahora, todo este día parecía un sueño. Seguía sintiéndose algo obnubilado, incapaz de aquilatar por completo lo que había sucedido. Pero no podía negar el sentimiento que lo llenaba al pensar en Kodachi Kuno. Lo que el hermano le había contado anoche, acerca de la madre de ambos, la conmoción de esto, aún lo dejaba entumecido cada vez que lo pensaba.
Los padres de él se habían ido hacía mucho, su padre poco después de su madre, pero eso había sido por enfermedad, rápido y sin dolor, y, aunque aún dolía pensar en eso a veces, los culpables, la causa, eran conocidos. Tatewaki y Kodachi tenían que vivir cada día, sin duda, preguntándose quién había sido el resposable verdadero del asesinato de su madre, y la razón de este.
Con los brazos cruzados y ocultos en las voluminosas mangas de su túnica, Mousse echó a andar por la calle que lo llevaría en dirección del Nekohanten. Tenía pertenencias que retirar de allí, y abrigaba la gran esperanza de hacerlo sin tener que tratar con Shampoo más de lo necesario. Francamente, consideraba introducirse por la ventana de su dormitorio y sacar lo que necesitaba, ojalá sin ver para nada a Shampoo. No quería ni pensar en ella, pero había pocas esperanzas de eso.
—Espera —llamó alguien.
Se dio vuelta, y vio a Kodachi de pie en el pórtico abierto, con una mano contra la pared, y el cuerpo ensombrecido por la caída de la luz contra los muros de piedra en torno a ella.
Devolviéndose, Mousse le sonrió. Desde anoche, la sensación era muy parecida, se imaginaba él, a la de tener una hermana. Se preguntó si Tatewaki sentía esto a veces, esta extraña combinación de orgullo y afán protector.
—¿Sí? —dijo.
—¿Te vas, entonces? —preguntó ella.
Él asintió con la cabeza.
—Solo por unas horas. Volveré.
Ella asintió a su vez, como si siempre lo hubiera sabido. Las sombras producidas por los muros de la hacienda se drapeaban sobre ella, y luego Kodachi se quitó de las sombras para avanzar hasta situarse más cerca de él.
Una brisa ligera sopló por las calles, e hizo ondear por la cara de Mousse algunos mechones de pelo, que él se quitó rápidamente con una mano. Se dio cuenta de que, cosa extraña para ser mediodía, las calles de por aquí parecían vacías de gente. Moviéndose despacio, pero en una acción tan inesperada que Mousse no alcanzó a saber qué sucedía, Kodachi extendió una mano y le tocó la frente. Al sentir los dedos de ella, el contacto de su carne, Mousse sintió debilitársele las piernas, y cayó de rodillas, sin saber por qué, sintiendo un extraño martillar en la cabeza, acompasado con su corazón. Todas las cosas parecían una convergencia de luz y oscuridad: la esbeltez del rostro de Kodachi, la caída de su pelo, la proyección del sol en la acera y las sombras entre los dos.
—Guardián —susurró Kodachi delicadamente, con los dedos extendidos y las puntas de estos sobre la frente de él.
—Dama —susurró Mousse más delicadamente aun, cerrando los ojos.
Las palabras parecían más viejas que él, imposiblemente arcaicas, llegadas en la larga caída de los siglos, salidas de la sombra del tiempo.
—Ve —dijo ella suavemente, con la voz del viento, el llamado de la sombra—. Mas vuelve.
—Así será —dijo Mousse, y Kodachi quitó la mano la frente de él, que ya no sintió la frescura de esos dedos.
Mousse se levantó, dio media vuelta y se alejó sin otra palabra.
Para cuando iba a medio camino del Nekohanten, no recordaba en absoluto lo ocurrido entre los dos, ni lo recordaría en mucho tiempo.
~ o ~
—Bueno —le dijo Asakazu a Shampoo cuando esta hubo terminado por fin, reclinado un tanto en la silla y formando un triángulo con los dedos—. Es... toda una historia.
Tal como Shampo le había hecho prometer, había escuchado hasta el final, y, aunque su expresión había evidenciado incredulidad en ciertos momentos, no había dicho ni una palabra contra lo que ella había dicho. La tetera estaba vacía en el centro de la mesa, con sendas tazas igualmente vacías ante los dos.
—Pero no crees —dijo Shampoo.
Él sacudió cabeza. —No dije eso. Yo... Cuesta creer una historia así. Pozas mágicas, y cosas aun más extrañas. Pero... si lo que dices es verdad, entonces...
—Más que eso —dijo Shampoo—. Yo te muestra que es verdad.
Ella había excluido muchas cosas. En realidad solo se había centrado en explicarle a él la situación de Ranma, y en qué había devenido esta finalmente, al desquiciamiento de Cologne y la desaparición de él, y aun así había requerido más de una hora. Había omitido la maldición de ella, por ejemplo.
Shampoo se puso en pie, deglutió algo de saliva, y se volcó encima el vaso de agua que había tenido en la mesa. Los sentidos se le distorsionaron, se agudizaron hasta el máximo filo; su cuerpo cambió, encogiéndose instantáneamente, los huesos y músculos alterándose.
—Bueno —dijo Asakazu calmadamente, mirando a la gata en que Shampoo se había convertido, un gigante desde la perspectiva de ella, con los ojos azules del joven un tanto agrandados—. Supongo que eso prueba bastantes cosas, ¿no?
Shampoo maulló suavemente.
—Agua caliente, ¿verdad? —dijo él, y se puso en pie para ir a la cocina. Shampoo oyó correr agua, y luego él volvió portando una taza de donde subían sutiles volutas de vapor.
Asakazu vertió el contenido de la taza sobre ella, luego se apartó y le dio la espalda.
Shampoo se había puesto todo menos la blusa cuando le vino una idea pícara, y llamó suavemente el nombre de él. El joven volvió la cabeza, y ella lo vio ruborizarse vivamente antes de volver a mirar hacia el otro lado. Era increíble lo apuesto que era este hombre.
Poniéndose la blusa, Shampoo llegó suavemente por detrás de él y puso las manos en sus hombros, apoyándose contra su espalda, y alzándose en puntillas para susurrarle al oído "¿Ahora tú crees, entonces?".
—En realidad no me queda otra —dijo él—. Shampoo, eso... Eso fue magia de verdad. Nunca he visto una cosa así. Fue... asombroso.
—¿Qué? —dijo Shampoo, apartándose un paso al girarse él. Asakazu sonreía ampliamente, sus ojos azules chispeando.
—Siempre me he preguntado —dijo él en voz queda—. Si hay fenómenos que no tenemos posibilidad de entender de manera puramente lógica. Esta es la prueba más contundente que he visto en mi vida.
Shampoo inspiró hondo. Helo aquí, el gran riesgo, para lo que había estado reuniendo valor desde la conversación con Ukyo.
—Asakazu —dijo suavemente, disfrutando incluso el sonido de su nombre—. Ven conmigo a China.
Él pestañeó. —No entiendo...
—Ven a aldea Joketsuzoku —dijo ella—. Hay mucho que puedes ver ahí. Ves Jusenkyo con propios ojos, ves cosas... que nunca imaginas ver. Yo...
—¿Tú... de verdad quieres que vaya contigo? —dijo él, como sin terminar de creerlo él tampoco.
—Sí —dijo Shampoo, sorprendida por lo profundo de la sinceridad de su propia voz.
Quería que él fuera con ella, se moría de deseos de que fuera así. Necesitaba a alguien, se dio cuenta, alguien que llenara el espacio vacío que Cologne había dejado, el espacio vacío donde alguna vez Ranma había estado. En este momento, lo necesitaba a él. Lo necesitaba tanto que le dolía, por la sola fuerza de esa necesidad.
—Tengo que pensarlo —dijo él, pareciendo nervioso—. Me... Ten, voy a darte mi número. Me puedes llamar si quieres.
Fue hasta la mesa, sacó un bolígrafo de su maletín y garrapateó un número en una página en blanco de su cuaderno, luego la arrancó y se la pasó a ella.
—Me tengo que ir —dijo—. Pero llámame esta noche. Los dos tenemos que pensar en... lo que esto puede significar.
—Yo sé —dijo Shampoo, guardándose el número—. Asakazu...
—Por favor —dijo él con voz suave, con algo en sus ojos azules, que podía haber sido dolor—. No digas nada más, Shampoo. Yo...
Extendió una mano, tomó la de ella y se la llevó a los labios:
—Hasta que nos volvamos a ver.
Cuando le soltaba la mano, ella se le acercó más, le echó los brazos al cuello, y bajó los labios de él hasta los de ella para un beso rápido, que continuó más rato del planificado. Pero él se fue después de eso, sin una palabra más, y el sabor de sus labios seguía, como agua fresca, en los labios de ella.
Shampoo se sentó en una silla ante la mesa, escuchando el zumbido suave del ventilador del techo. Le encantaba el latir de su corazón; era una sensación tan buena, tan correcta. Por fin, por fin tener la emoción de amar a alguien, de saber que, tal vez, esa persona correspondía el sentimiento.
Se sentía como ebria, con ansias locas. Su sonrisa era ancha. Se quedó así unos minutos.
Luego la puerta se abrió, y entró Mousse.
El muchacho la miró desde detrás del espesor de sus gafas, o pareció mirar, porque tenía los ojos ocultos.
—Necesito algunas cosas. Las voy a sacar por atrás.
—Mousse... —dijo ella despacio, levantándose de la silla.
—No digas nada más, Shampoo —dijo Mousse—. No hay nada más que decir.
Y al pasar él, Shampoo se dio cuenta, con una tristeza que no era pequeña, de que estaba totalmente en lo cierto. No había, en verdad, nada más que decir.
~ o ~
—¿Cómo se llamaba? —dijo Nodoka.
—Chopin —dijo Taikazu, volviendo a dejar su taza de té sobre la mesa de centro.
Nodoka asintió con la cabeza, y escuchó la suave melodía de la música de piano proveniente de los altavoces, mirando la sala de estar de la casa de su nuevo vecino. La distribución interior de esta era muy similar a la de ella, oero el mobiliario era más costoso. Aunque la mayor diferencia eran los altavoces. Los había por toda la casa, desde un conjunto puesto en la pared sobre el pasillo de entrada, hasta cuatro grandes en cada rincón de la sala. Una pared de la estancia estaba ocupada por un enorme sistema de sonido, cuyo precio Nodoka no podía ni aventurar. Otra pared era anaquel sobre anaquel de cintas y discos compactos, por cientos. Los había mirado mientras Taikazu había ido a la cocina a preparar el té.
Nodoka sabía poco de música; recordaba experiencias dolorosas con clases de violín que sus padres le habían impuesto, y de escuchar las canciones pop que chirriaban en la radio cuando adolescente, pero la música en sí nunca había tenido gran importancia en su vida.
Taikazu evidentemente amaba la música; debía de haberle llevado años reunir la colección que tenía, instalar un sistema de sonido que llegaba a cada parte de la casa. Esto era, debía reconocer, un tanto excéntrico en cierto modo, pero el vecino era una persona bastante afable, y había sido grato aceptar su invitación a tomar un té con él. Todas las amistades de ella estaban en otras ciudades, y mantenía el contacto por carta, pero echaba de menos sentarse a hablar con alguien en persona.
La conversación era grata e inconsecuente. Hablaron de jardinería, más que nada. Curiosamente, Nodoka no vio en la casa fotografía alguna de la esposa fallecida que Taikazu mencionara antes; se descubrió preguntándose si tenía hijos.
El piano seguía en el trasfondo, fluyendo en torno y por encima del murmullo de sus voces, mientras hablaban. El vecino era excelente compañía: tenía chispa, elocuencia y era divertido, aunque no al punto de acaparar la conversación.
Así, fue una gran perturbación al agradable ánimo en que se hallaba, cuando oyó a alguien llamar a la puerta.
Taikazu se levantó, sonriendo, y dejó la taza en la mesa de centro.
—Vuevo enseguida, Nodoka.
Salió de la sala hacia la puerta principal. Nodoka oyó abrirse la puerta, luego oyó la voz de Taikazu, casi ahogada por el sonido de la música y la distancia.
—Debías llegar en una hora más.
—Mejor una hora temprano que cinco minutos tarde —contestó otra voz. Masculina, alegre, cordial.
—Estoy con una visita —dijo la voz de Taikazu. Aún se le oía calmado, pero con un levísimo rastro de molestia.
—¿Sí? ¿Quién?
—Mi nueva vecina, para tu información.
Las voces bajaron más, y Nodoka no pudo distinguir las palabras específicas. Sin deseos de fisgonear, se concentró en el sonido del piano.
Un momento después, se oyeron dos pares de pisadas viniendo por el pasillo, y Taikazu volvió a entrar a la sala seguido de otro hombre. Era alto, joven y buenmozo de un modo más bien intelectual, aunque su forma de moverse delataba bastante fuerza. Vestía un kimono de artes marciales de color oscuro y gafas, y en la nuca su pelo castaño estaba atado en una cortísima coleta.
—Nodoka, le presento al doctor Tofu Ono, un socio comercial —dijo Taikazu—. Tofu, te presento a Nodoka Saotome.
Tofu asintió con la cabeza y sonrió. Era una sonrisa benigna, lo que en cierto modo hizo que las palabras siguientes dolieran aun más:
—¿No será usted pariente de Ranma Saotome, o sí?
La taza que Nodoka había tenido en la mano se le cayó de los dedos para derramarse en la alformbra, al oír ella el nombre de su hijo.
—Lo siento mucho —dijo—, voy a limpiarlo...
—No se preocupe —dijo Taikazu—. Yo me encargo después.
—¿O sea que está en el negocio de la medicina? —le dijo Nodoka a Taikazu, reprimiendo desesperadamente los pensamientos centrados en su hijo, de dónde podía estar, del dolor que podía estar sufriendo...
—No exactamente —dijo Taikazu—. Aunque las competencias de Tofu nos son útiles. Lo empleamos a contrata, cuando lo necesitamos.
—Ahh —dijo Nodoka, sin entender en lo más mínimo.
—Usted es la madre de Ranma, ¿verdad? —dijo Tofu pareciendo intrigado, ladeando la cabeza para mirarla desde detrás de sus gafas.
Otra punzada de dolor atravesó el corazón de Nodoka.
—Sí... —dijo—. Sí, lo soy.
—Ranma fue paciente mío —dijo Tofu, sin la menor seña de notar la incomodidad de ella con cada palabra—. Es más, su esposo trabajó para mí un tiempo muy corto. ¿Cómo está Genma, a propósito?
—No sabría decirle —dijo Nodoka, más cortante de lo que había querido.
—Ah —dijo Tofu, con tono de disculpa—. Lo siento, no quería mencionar...
—Está bien —dijo ella, aunque no se sentía nada de bien—. Usted no tenía modo de saberlo.
—No —dijo Taikazu—. No lo tenía. Tofu, tal vez es mejor que...
—Por supuesto —dijo Tofu. Hizo una reverencia a Nodoka—. Encantado, Nodoka.
Con un giro grácil, dio media vuelta y se fue por el pasillo; se oyó una puerta abriéndose y cerrándose.
—Nodoka —dijo Taikazu, sentándose en el sofá junto a ella, luego tocándole sutilmente un hombro. El rostro del hombre, con las arrugas de la edad pero aún agraciado, estaba lleno de preocupación, y sus ojos oscuros eran cálidos—. Lo lamento. De haber tenido la menor idea del efecto que el doctor tendría en usted, no habría...
—No, no tenía usted modo de saberlo tampoco —dijo Nodoka por entre el nudo que tenía en la garganta—. Mi esposo e hijo... De verdad, es mejor que me vaya, perdón.
—Yo debería pedir perdón —dijo Taikazu, quitando la mano del hombro de ella.
—Usted ha sido un anfitrión perfecto —dijo Nodoka, con una voz que hasta a ella le sonó tirante—. Pero... Ahora quisiera irme a mi casa.
Se levantó del sofá y salió hacia el pasillo, sin querer mirar a su vecino. Llegando a la puerta principal, sintió la mano de él tocarle un codo; ni siquiera lo había oído seguirla.
—Nodoka —dijo el hombre cuando ella no se dio vuelta—. Si quiere... hablar de esas cosas, estoy aquí. Sé lo que es perder seres queridos.
—Gracias —dijo ella, delicadamente, y salió.
Para cuando llegó a la puerta de su respectiva casa, lloraba en silencio. Ni bien estuvo dentro, se derrumbó contra la pared con la cara en las manos, y sollozó, con el dolor rasgándole el corazón como las garras de una bestia.
Era tan difícil, y costaba tanto seguir así. Había cometido tantos errores con su hijo, y ni siquiera sabía si lo volvería a ver. Esta casa era demasiado grande; Genma debía haber estado aquí con ella. Ella había querido, querido tanto, ser capaz de amarlo de nuevo. La casa era demasiado grande, y se sentía tan vacía, pero ni la mitad de vacía que ella misma.
~ o ~
Esa noche, cuando Shampoo subió a la planta alta a dormir, él la estaba esperando. De no haber podido reconocer el sutil rastro de las facciones de Happosai en la cara del joven, seguramente sus solas palabras le habrían dicho todo lo necesario.
—Hola, lindura —dijo Happosai, dando palmaditas junto a él en la cama—. ¿Me acompañas a un pequeño disfrute?
—Fuera de aquí —dijo Shampoo.
—No —dijo Happosai alegremente, brincando luego de la cama para levantarse y empezar a mecerse de talones a punta de los pies—. Tenemos que hablar de algunas cosas, querida mía.
—Mañana —dijo Shampoo—. Ahora fuera de aquí, o saco de aquí.
—Imaginemos que eres capaz de hacerlo —dijo Happosai en voz queda—. ¿No te parece, considerando lo sucedido estos últimos días, que podría ser aconsejable al menos oír lo que vine a decirte?
Shampoo arrugó el ceño, pero el viejo tenía razón.
—Pero rápido. Yo muy cansada.
—¿Y Mousse? —dijo Happosai, mirando a uno y otro lado de la habitación, como si el nombre pudiera haber hecho aparecer al chico—. Tal vez debería decírselo a él también.
—Mousse se va —dijo Shampoo, escueta.
—Bueno, mientras esperamos que vuelva, los dos podríamos...
—No —dijo Shampoo—. Mousse se va. Saca cosas de él y se va. No sé dónde.
—Ah —dijo Happosai, pareciendo un tanto alarmado por un momento.
Pero su jovialidad volvió pronto:
—En fin, no es ninguna tragedia. Solo vengo a informarte que cuando partas mañana para China, yo, Genma, Ryoga y Akane vamos contigo.
—¿Qué dice tú? —dijo Shampoo, avanzando un paso y agarrándolo por el cuello del gi, de modo de subrayar su disconformidad.
—Que vamos contigo —dijo Happosai, obligado a alzarse en puntillas, dado que Shampoo era unos diez centímetros más alta que él.
—¿Quién dice que yo parte mañana? —dijo Shampo, aunque esa precisamente había sido su intención.
—Pues porque mañana es cuando queremos partir —dijo Happosai—. Y, francamente, ya nos hemos demorado demasiado aquí.
—¿Qué importa? —dijo Shampoo—. Igual no encuentra nosotros a Ranma.
—Esa no es buena actitud —dijo Happosai en tono reprobatorio.
Se salió de la sujeción de ella, al mismo tiempo ingeniándoselas para hacerle una caricia furtiva. Se agachó bajo el puñetazo que ella lanzó y brincó hacia atrás, para quedar de pie sobre la silla que estaba junto a la cama, y mirándola desde aquella altura mayor:
—Y ciertas cosas me hacen creer que esas dos señoritas que nos atacaron en la montaña, tan bonitas pero obviamente trastornadas, tienen un vínculo con tu aldea.
Shampoo se detuvo con las manos a centímetros de la percha de armas, cuyos contenidos se había dispuesto a usar plenamente para mostrarle a Happosai el descontento que sus atenciones producían.
—¿Qué? —dijo.
Happosai sacó un libro ajado y lo sostuvo abierto en una página marcada con una prenda de lencería algo deshilachada.
Shampoo miró el dibujo de la reliquia mostrada en la página, y se mojó los labios con la lengua.
—Yo veo.
—Así que es simple —dijo Happosai, triunfante, guardando luego el libro—. Las mayores posibilidades están en tu aldea.
—Pero ¿por qué yo deja a ti ir conmigo? —dijo Shampoo—. Tú es mucho problema, y padre de Ranma también, casi igual. Akane y Ryoga, son extranjeros; extranjeros no muy bienvenidos en aldea.
—Porque podemos ayudarte, Shampoo —dijo Happosai—. ¿No quieres encontrar a Ranma?
—¿Por qué quiere eso yo? —dijo Shampoo amargamente—. Ranma es más problema que tú.
—Porque no sabemos a ciencia cierta si lo tiene Cologne o esas dos psicópatas —dijo Happosai con voz suave, ya sin rastro alguno de humor—. ¿Y si lo tienen esas dos, Shampoo?
Una punzada de dolor la recorrió entera.
—¿Y si le están haciendo daño en estos momentos?
Y otra, más salvaje, como un puño exprimiéndole el corazón.
—¿Y si le están haciendo daño desde que volvimos?
Y una tercera, como fuego en sus huesos.
—Basta —dijo Shampoo—. Por favor, basta.
—Lo siento —dijo Happosai, sonando genuinamente contrito—. Pero tienes que entender la situación, Shampoo. Y sé que la tendrás difícil con el Consejo cuando vuelvas. Los cuatro te podemos ayudar.
—¿Cómo ayuda ustedes? —largó Shampoo.
—Podemos dar fe del comportamiento irracional de Cologne —dijo Happosai—. Dar fe de que Ranma ha desaparecido. Y tengo otra cosa que ayudará también.
—¿Qué cosa? —preguntó Shampoo.
—Me quedan casi todos los tesoros que robé de tu aldea. Devolverlos podría inclinar la balanza a tu favor.
Shampoo pestañeó. —¿Tú devuelves?
—No —dijo Happosai—. Los devuelves tú. Porque no soy Happosai cuando vayamos a tu aldea. Comprenderás que puede haber gente que se acuerde de mi nombre, y es mejor que no sepan quien soy. Voy a ser mi nieto, Rikuichi, ¿ves?, que trata de limpiar el apellido de mi familia de la condenable mancha causada por las fechorías de mi famoso abuelo.
—¿Cree tú que puede no hacer cosas de pervertido tiempo suficiente para convencer a alguien? —dijo Shampoo luego de soltar un bufido.
—Te sorprenderían las cosas de las que me puedo abstener —dijo Happosai—. Si tiene la importancia suficiente.
—¿A qué hora sale mañana? —preguntó Shampoo.
—En la noche —dijo Happosai—. Llegamos a Xining al otro día en la madrugada, y tomamos el tren para quedar tan cerca del área de Jusenkyo como podamos.
—A aldea se llega a pie —dijo Shampoo.
—Lo sé —dijo Happosai—. Conozco la zona.
Se bajó por fin de la silla y se pasó una mano por el delgado pelo castaño, mirándola con gesto expectante.
—¿Aceptas, entonces?
—Sí —dijo Shampoo suavemente—. Acepta.
Happosai asintió con la cabeza, pasó junto a Shampoo, y se había marchado antes de que ella se diera cuenta.
Shampoo se sentó pesadamente en la cama y descansó la frente en las manos. Se enjugó de los ojos las pocas lágrimas que se habían salido, pero esas pocas lágrimas le habían hecho darse cuenta de algo. Era demasiado pronto. Sintiera lo que sintiera ella, sintiera lo que sintiera Asakazu, sabía que Ranma seguía con ella. No habría sentido lo que había sentido con las palabras de Happosai, de no estar Ranma aún con ella.
No estaba bien, tal como lo había pensado. Nada estaba bien. Y por más que doliera no concretar lo que había querido, sabía que al final dolería mucho más si lo hacía.
Fue a la planta baja, donde estaba el teléfono.
~ o ~
El joven llamado Asakazu Hidarite salió del ascensor del hotel, en el piso catorce, y caminó por el pasillo adornado con pinturas y fotografías costosas. Se acercaba el apogeo de la noche, y los pasillos estaban desiertos. Le gustaba pasarse horas andando por las calles, mirando a la gente pasar, y eso mismo había hecho desde que había salido del Nekohanten.
Al llegar a la puerta de su habitación, no se molestó con la llave. Giró la perilla y la puerta se abrió para él. Entró, pasó junto a la cama, silla y escritorio, y fue hasta el baño embaldosado de mármol e iluminado de luz fluorescente. Abrió el grifo del lavabo, se mojó la cara y miró el rostro agraciado y gallardo que reflejaba el espejo, con gotas de agua quedándosele en la piel, para rodar luego por las finas definiciones de pómulos y nariz.
Era una obra maestra, debía reconocer. Le había llevado mucho tiempo dejarlo adecuado: la barbilla y nariz bien contorneadas, la boca delgada y sensual, el pelo negro y rebelde. El conjunto de aquellas facciones, sacadas del recuerdo de los muchísimos hombres que había conocido, era esplendorosamente atractivo.
—Demasiado fácil —murmuró, y sonrió.
Casi lo había sido. De haberlo pedido él, la chica habría abierto las piernas allí mismo. Era suya, aunque tal vez ni ella se daba cuenta aún. No había ninguna magia de por medio, más que la combinación de atractivo físico y encanto, y el haber sacado provecho de la vulnerabilidad atroz, doliente, que sabía encontraría en la joven de Joketsuzoku. Y la voz, desde luego, pero esta era parte de él ahora, y lo sería siempre; y el poder de una lengua sutil tenía mucho que ver también. Recordó que las mujeres de aquella tribu soberbia, pese a todo su espíritu, siempre habían sido de un corazón que se entregaba con facilidad.
Con facilidad, o jamás. Se dio cuenta de que sus manos aferraban los bordes del lavabo, bordes que ya no estaban unidos al resto del lavado. Con gesto rabioso, estrelló los pedazos de mármol contra la pared. No estar en su forma física preferida le hacía a menudo quitar la mente de lo verdaderamente importante, del pasado: una debilidad. Con un gruñido, echó atrás un puño y pegó contra el espejo, ligeramente, creando con el golpe una telaraña de grietas en el cristal. Miró la imagen de su cara, los reflejos fragmentados, multiplicados, de ojos, nariz y boca, y sonrió.
Luego cambió.
Ahora, lo único que quedaba de eso llamado Asakazu Hidarite eran los ojos. Había oído decir muchas veces que los ojos eran la ventana al alma, como si hubiera sido posible leer la índole de alguien en los ojos. Sabía que no era cierto. El alma suya no tenía ventanas. Podía dar a sus ojos la calidez del verano o frialdad del hielo invernal, aunque no podía cambiar el aspecto: siempre el mismo celeste claro.
Había llevado muchísimos nombres en muchísimos años. Ritter era uno. Asakazu Hidarite era otro. Antes de esos dos, había tenido muchos más. Pero los nombres carecían de significado, eran solo palabras. Él era la mano del amo sobre la tierra, el sirviente más bienquisto de la Oscuridad, y estaba imbuido de un poder tan ancestral y profundo, que niños insignificantes como Yoko y sus hermanas no tenían la menor posibilidad de equipararlo.
Al final, por fin, las últimas piezas caían en su sitio. El último de tantos, tantos y tan largos siglos de preparación luego de su fracaso anterior. Pero a partir de aquel fracaso se habían plantado las semillas de lo que pronto sería su triunfo, semillas que crecerían, florecerían y producirían un fruto amargo, nutrido por las sombras y el poder del amo.
Sonó el teléfono, abrupto en el silencio de su contemplación.
Lo atendió, recordando ausentemente adoptar la voz de Asakazu.
—¿Diga?
—¿Asakazu?
Temblorosa, un tanto indecisa. Como lo había esperado.
—¿Sí, Shampoo? —dijo, dejando que la palabra cayera de sus labios como una caricia.
—Lo siento —dijo—. Siento empezar esto, siento... Es muy pronto, Asakazu. Yo no lista. No lista. Yo... No sé si está lista algún día.
—¿Cómo? —dijo él suavemente, no habiendo esperado esto, manteniendo el control. La chica sonaba al borde de las lágrimas.
—Es muy pronto —dijo ella, la voz quebrándose por la línea para llegar hasta él—. Lamento que te pido antes venir... venir. No es justo contigo.
—No —dijo él, manteniendo la voz queda, reprimiendo la furia por el revés inesperado en sus planes—. No fue justo para ti. De haber sabido cuál era tu situación, yo nunca hubiera...
—Está bien —dijo Shampoo—. Yo... vuelve a casa mañana. Creo es mejor que no te vuelve a ver.
—Sí —dijo él, consiguiendo sonar triste, pesaroso—. Creo que puede ser lo mejor.
—Adiós —dijo ella.
El teléfono chasqueó del otro lado.
Él gruñó y oyó en su cabeza el zumbido del tono de marcar. No lo enfurecía el escollo a sus planes; podía perfectamente ir a Jusenkyo sin la chica. Pero esta hubiera hecho su triunfo tanto más grande, sus planes tanto más fáciles, su venganza un ínfimo tanto más dulce.
Pero quizá no era demasiado tarde, se dio cuenta, mientras los engranajes de su cabeza empezaban a girar desbocados, enardecidos. Aunque podía no ser igual de fácil, aún podía tener lo que quería desde un comienzo.
Su cara perdió el gesto colérico, y sonrió. Se consideraba más bien optimista, a fin de cuentas. Tendría tanto a la chica como a Jusenkyo, al final, en la palma de su mano. Entonces, pensó, apretando en la mano el auricular para luego azotarlo contra el teléfono con fuerza demoledora, entonces acabaría con los dos.
Acostándose, miró hacia un lado, al teléfono, a los pedazos que quedaron dispersos por el escritorio y la alfombra en torno a este, y sonrió otra vez, al ver aquella imagen de ruina, y cuando soñó aquella noche, todos sus sueños fueron de destrucción.
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