Aguas bajo la tierra
Un fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum
Traducción de Miguel García
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Capítulo 20 : Día de partida
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Soun Tendo miraba salir el sol.
Estaba de pie en el patio de su casa, sobre el césped húmedo de rocío, cerca del borde del estanque, viendo al sol elevarse despacio por el lienzo pálido del cielo. Los bancos de nubes grises pasaban despacio por los colores del fuego al subir el sol a ritmo constante por el cielo. Había, en toda ciudad, una sensación de suspenso a esta hora de la mañana, y, cuanto más grande la ciudad, más grande la sensación. En una ciudad como Tokio, de la cual Nerima no era sino una porción, el amanecer se sentía como el despertar lento de una bestia formidable.
Su hija menor partía hoy, y también su más antiguo amigo. Tal vez esa era la causa de su insomnio, aunque, en realidad, el verse incapaz de dormir no le era algo desconocido, no desde la muerte de su esposa.
Pero esto era distinto. Las otras noches en que no podía dormir las pasaba en su dormitorio, mirando la foto de él con su esposa, la del día de su boda, antes de nacer su primera hija. Las otras noches en que no podía dormir las pasaba en la intimidad de su pena, y esa pena era silenciosa, y conocida por nadie más que él.
Hasta hace menos de un año, habían sido solo él y sus tres hijas. Luego había llegado Genma, y traído con él a Ranma, y esto había traído consigo tantas otras cosas, tanto caos, donde el regreso del aborrecido maestro suyo y de Genma no era ni siquiera el caos mayor.
Ahora Ranma se había ido, y, antes de que el sol volviera a elevarse sobre la ciudad, una de sus hijas, y su amigo, se irían también.
Nada dura, se dio cuenta Soun, y el estado de la vida se pierde. Lo poco que ganamos se va pronto, y se nos quita mucho más de lo que se nos da.
Su mirada cayó en las ramas amplias de un cerezo cercano al muro del patio, de flores que habían caído en la primavera, mucho antes de llegar el verano, que ahora casi había pasado. La belleza era trascendente, y la muerte era eterna.
Luego de hoy, solo serían él, Nabiki y Kasumi. Amaba profundamente a sus tres hijas, pero Akane, Akane era a la que siempre había sentido como verdaderamente suya, desde el momento de nacer. Nabiki y Kasumi habían salido a su madre de modos distintos, pero Akane, Akane había salido a él. El que se fuera alejando de él con cada año que crecía, le causaba un dolor tal, que le era imposible expresárselo a ella, incluso de haber sabido cómo hacerlo.
La recordaba, una niña pequeñita, vestida con el gi que su madre le había hecho especialmente, con las manos diminutas empuñadas, imitando los movimientos de él, a su lado, los pies de ambos deslizando casi a un tiempo por la madera pulida del piso del dojo, y sintió una punzada en el alma. Hacía tanto tiempo. Cuando aún tenía él la inclinación de practicar el Arte que alguna vez fuera su más grande orgullo. Se pasó una mano por los ojos; no tenía ganas de llorar en este momento, pero sus emociones parecían tener otras ideas, como sucedía a menudo.
No era capaz de comprender a sus hijas, pero, le parecía, siempre se había acercado más a comprender a Akane, siendo los dos tan llevados por su sentir más hondo, al punto de que sus emociones muchas veces los superaban. Con su hija, esto era patente en su mal genio; con él, eran los bruscos cambios de alegría a llanto. A Nabiki la movía la razón, y la unión de esa razón con sus deseos de prosperidad, y no tenía idea de qué movía a Kasumi, dado lo conforme que parecía con mantener la casa y no pensar en sí misma en lo más mínimo.
Al pasar sus pensamientos a su hija mayor, un gesto de tribulación aun más hondo se instaló en el rostro de Soun. Ahora que lo pensaba, Kasumi había cambiado mucho desde la llegada de Ranma. Antes, ella había tenido alguna vida fuera de la casa, la visita ocasional de las antiguas amigas del colegio, y, por supuesto, las visitas más frecuentes al doctor Tofu. En algún momento desde entonces, ella parecía haberse refugiado cada vez más en la mantención de la casa, haberse retraído del mundo exterior.
Le molestaba el no haberlo notado, al haber estado su foco puesto siempre en Ranma y Akane. Había, se daba cuenta ahora, lamentándolo, descuidado a sus hijas mayores por querer impulsar el compromiso de su hija menor.
Quitando la vista del sol naciente para llevarla al césped bajo sus pies, Soun suspiró suavemente y se devolvió a la casa. Por mucho que le preocupara el paradero de su futuro yerno, le sorprendió descubrir que la preocupación por sus hijas era casi tanto más grande.
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Ukyo vertió un círculo de batido en la plancha, y el aroma denso y cotidiano del okonomiyaki, crepitante, empezó a llenar los confines del local. Este no era para ningún cliente; era suyo, el desayuno de esta mañana.
Un giro veloz de la muñeca, y el okonomiyaki se volteó al otro lado en la plancha. Ukyo tarareaba suavemente al trabajar, un melodía apacible, como canción de cuna, y empezó a untar la salsa sobre el okonomiyaki ya listo, con trazos minuciosos.
Los ingredientes de guarnición fueron dispuestos sobre la masa, y el okonomiyaki ya listo fue traspasado a un plato. Ukyo se sentó ante el mostrador, con los utensilios en la mano, e inhaló el grato aroma. Nunca se cansaba de comer okonomiyaki: desayuno, almuerzo y cena, había un sinfín de formas de prepararlo.
La puerta se abrió de golpe, tan súbitamente que la hizo saltar.
—Por Dios, qué bien huele —dijo Happosai, entrando con gran aplomo al local y olisqueando el aire. Se relamió los labios—. ¿Me haces uno?
—¿Crees que te puedes venir a meter aquí cuando te da la gana? —dijo Ukyo, levantándose de su asiento con las manos en las caderas y una expresión de molestia.
—¿Quién podría impedírmelo? —dijo Happosai en tono reflexivo—. Esa es una ventaja de ser tan hábil como yo, ¿sabes? Puedo hacer prácticamente lo que se me ocurra.
—Qué razonamiento más noble —murmuró Ukyo en tono sarcástico.
—Igual de noble que pasarse diez años estudiando por venganza, espero —retrucó Happosai en tono liviano.
La expresión de desagrado de Ukyo creció hasta ser derechamente rabia.
—Cállate —dijo.
—Ukyo, querida, ¿es necesario que discutamos así? —dijo Happosai, apoyando los brazos en el mostrador y contemplándola a ella con gesto embelesado—. Hago el amor, no la guerra, aunque me he visto en la necesidad de...
—Ah, ¿conque el amor, eh? —dijo Ukyo, poniéndose las manos tras la espalda e inclinándose un tanto hacia adelante, con una sonrisa tierna.
—Bueno, en mi juventud fui bastante galán —dijo Happosai con la más completa seriedad—. Con decir que algunas mujeres me perseguían sin parar.
—Bueno, pues tengo algo para ti, galán —dijo Ukyo, haciendo la voz ronronear un tanto—. Cierra los ojos.
Happosai lo hizo ávidamente.
Ukyo lo estudió un momento. Había una mejora en su aspecto, por cierto. Pero seguía siendo bajo, nada de agraciado, e, incluso a la edad física de veinte años, un tanto calvesciente. El hombre se lamió un tanto los labios. Ukyo palideció de repulsa. Luego sacó la espátula gigante de la espalda en un movimiento raudo y le dio con ella en la cabeza. Happosai cayó derribado al piso, aferrándose la cabeza entre quejidos.
—No estoy del más mínimo humor para estas cosas —dijo Ukyo con voz fría, saltando por sobre el mostrador para quedar de pie junto al cuerpo caído de él, con la espátula de combate sujeta de modo amenazante—. Así que dime a qué diablos viniste y luego te largas, ¿entendido?
—Auuu... —dijo Happosai, mirándola con gesto dolido—. ¿Y eso por qué fue?
—Cosa de principios —dijo Ukyo—. No me cabe duda que en algún momento hiciste o pensaste algo para merecértelo. ¿Qué cosa quieres, Happosai?
Poniéndose en pie sin dificultad alguna, Happosai se apoyó con un solo brazo en el mostrador y se encogió de hombros.
—Quería hablarte de tu amigo —dijo.
Ukyo pareció calmarse un poco, y el arma que sujetaba bajó un palmo.
—¿Qué pasa con él?
—¿Todavía piensas ir a buscarlo? —dijo Happosai.
Ukyo asintió. —Por supuesto.
Happosai suspiró.
—Ukyo... —dijo, pareciendo falto de palabras—. Ojalá pudieras...
—¿Pudiera qué? —largó Ukyo—. ¿Abandonarlo cuando sé que está en problemas?
—No —dijo Happosai, agitando la cabeza—. Tú, tú no podrías. No es tu naturaleza. —Miró de un lado a otro, pareciendo no saber qué decir—. Nos vamos a China esta noche.
Ukyo dejó salir una exhalación suave, descansó el filo de su espátula en el piso y se apoyó con las manos en la empuñadura.
—Sí —dijo—. Debería pasar a ver a Akane. Todavía no reservo ningún vuelo, pero creo que lo haré esta noche, y saldré mañana a alguna hora de la mañana.
—Déjame darte esto antes de que vayas —dijo Happosai—. Te ayudará si surge la necesidad.
Ukyo asintió despacio con la cabeza, sintiendo una extrañeza caer sobre ella, como la carga eléctrica del aire antes de una tormenta.
—¿Darme qué?
Happosai se metió una mano en la túnica y sacó una forma delgada y larga, para entregársela con cuidado a ella, sujetándola de un extreño. Era una varilla de bambú, menor en grosor al meñique de Ukyo, y quizá del largo de su mano extendida. La superficie de la madera estaba pulida hasta relucir, y cada centímetro de ella estaba cubierto con complejos caracteres chinos, que se mezclaban y fundían unos con otros.
—Esto —dijo él— sí que es importante. Si se te presenta la necesidad, lo coges con ambas manos y lo partes por la mitad. No es posible romperlo de ninguna otra manera. Hazlo, y voy a saber que necesitas ayuda. —Suspiró—. Todo esto me da mala espina, querida Ukyo. Por favor ten cuidado.
Los ojos de Happosai se empañaron un tanto:
—Si se priva al mundo de una belleza como la tuya antes de estar en flor, sería un tragedia incalculable.
Ukyo le apartó de un palmazo la mano, que se acercaba sigilosamente al pecho de ella, y retrocedió un paso.
—Sí, sí, lo que tú digas —dijo—. Gracias, supongo.
—¿Sabes cómo me podrías dar las gracias? —consultó Happosai.
—Podría aguantarme las ganas de romperte la madre —dijo Ukyo, volviendo a alzar la espátula.
Happosai suspiró, dio media vuelta y echó a andar hacia la puerta.
—Supongo que tendré que conformarme con eso.
—Muy cierto —dijo Ukyo, cortante—. Adiós, Happosai.
Vio los hombros de él encorvarse un tanto cuando llegó a la puerta, y lo oyó suspirar, sonando muy cansado.
—Oye, Happosai —dijo, haciéndolo volverse en el momento de abrir la puerta y disponerse a salir.
—¿Hmm? —dijo este, mirando hacia atrás.
—Gracias —dijo ella, con tono sincero—. Lo digo en serio.
Happosai sonrió, pareciendo casi contento por un instante, y luego asintió con la cabeza.
—Ten cuidado, niña. El camino es difícil, y no exento de dolor.
Luego se marchó, antes de que ella pudiera sopesar aquellas palabras crípticas. Ukyo sacudió la cabeza, su pelo largo ondeando con el movimiento, y su desayuno, que ya se enfriaba, quedó olvidado en el mostrador, al subir ella las rechinantes escaleras de madera hasta su habitación. Una vez allí, fue hasta la cómoda pequeña que había en un rincón y abrió el primer cajón de arriba.
Dejó la varilla de bambú inscrito entre la caja y el anillo, los tres encima de la nota que había dejado Konatsu, dañada por el agua, la tinta negra mezclada con el labial rojo en una espiral de carmesí oscuro cerca del pie de la página.
Miró los tres objetos, caja, anillo y varilla, y suspiró suavemente antes de cerrar el cajón y volver a la planta baja, para comer okonomiyaki frío y pensar.
Una vez más, estas cosas se daban de a tres.
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Nodoka terminó de llenar la tetera en el fregadero, y miró el reflejo ondeante de su cara en el metal bruñido del recipiente.
Metiéndose ausentemente detrás de la oreja un mechón suelto del moño, fue hasta la estufa y encendió una llama baja, luego puso la tetera a hervir. Se sentó a la mesa de la cocina, y se alisó los pliegues del kimono; era de seda gris claro con un diseño de flores azules, fresco y cómodo. La radio había pronosticado un día caluroso, con lluvia en la tarde, y ella ya podía sentir como aumentaba el calor.
Cogió de la mesa el librito, con las delicadas hojas de papel de arroz, delgadas y envejecidas. Con manos un tanto temblorosas, los abrió en la contratapa, y miró la caligrafía inscrita allí. No era la más elegante del mundo, pero su confección denotaba que se había invertido mucho rato en ella. Sabía que era así; él siempre había tenido mala letra, pero en esto había puesto gran cuidado. Incluso con la tinta deslucida, podía verlo.
El frío mar gris
Si pierdo tu amor, amor mío
Quedaré así:
Libre y solo bañando
Las costas de tu memoria
Y allí, bajo el poema, la firma.
Todo mi amor,
Genma
Trató de recordar hacía cuándo le había dado él este delgado poemario. Hacía veinte años, con toda seguridad.
Se dio cuenta, con una opaca decepción de sí misma, de que estaba llorando otra vez. No parecía justo, que algo tan simple como un viejo regalo, obsequiado antes incluso de casarse los dos, fuera capaz de producirle esto. En estos últimos días, se había visto con lágrimas en los ojos, en momentos que era incapaz de prevenir o anticipar. Una mirada al árbol del patio traía recuerdos de Genma podando en la casa vieja, con ella mirando desde el porche, con el cuerpo diminuto de su hijo lactante en brazos.
Sorbiéndose un tanto la nariz, sacó un pañuelo de papel de la caja cercana al borde de la mesa y se secó los ojos. No había tenido la menor noticia de Genma, ni de nadie, desde que se había marchado de allá. Quizá su partida había sido demasiado súbita; quizá le había dado a los Tendo la impresión de que no quería volver a verlos.
Se tragó el nudo que tenía en la garganta, y pensó en el placer que sería trabajar con Kasumi en la cocina, o tratar de enseñarle a Akane a cocinar. Se preguntó si mudarse de allá había sido buena idea; su esperanza había sido que Genma entendiera la seriedad de la situación, pero ahora parecía como si ella hubiera rechazado a todos los demás.
LLegó un llamado a la puerta en ese momento, que la sobresaltó. Llevándose una última vez el pañuelo a los ojos, que enrojecían rápidamente, Nodoka se levantó y fue despacio por el pasillo, inspirando hondamente para estabilizarse.
Abrió la puerta, tratando de ponerse una sonrisa en la cara. El esfuerzo se derrumbó cuando vio que era Genma.
—Hola, Nodoka —dijo este, nerviosamente, ajustándose las patas de alambre de las gafas.
—Ah, eras tú —dijo Nodoka.
Genma la miró con gesto miope, con una traza de confusión en la cara:
—¿Esperabas a alguien más?
—Por supuesto que no —se apresuró a decir Nodoka.
Se quedaron así, Genma fuera de la puerta, Nodoka del otro lado del umbral, y se miraron durante algunos segundos largos, incómodos. El sol de la mañana destellaba en las gafas de Genma y le ocultaba los ojos.
—Estoy haciendo té —dijo Nodoka por último, dándose cuenta de que no podía quedarse parada allí para siempre—. ¿Quieres uno?
Genma asintió con la cabeza. —Sí, creo que quisiera.
Nodoka retrocedió un paso más adentro de la puerta, y lo dejó pasar. Los dos caminaron en silencio por el pasillo hasta la cocina, Genma mirando de uno a otro lado durante la marcha, con expresión escrutadora.
—Bonita la casa —dijo cuando entraban a la cocina.
—¿Verdad que sí? —dijo Nodoka, yendo a la estufa para revisar la tetera.
Genma se instaló en una silla ante la mesa de madera.
—Y grande, además —dijo.
—Así es —dijo Nodoka, dando la espalda a la estufa para mirarlo.
Genma tenía en las manos el poemario que le había regalado hacía dos décadas, abierto en la contratapa. Nodoka supo, sin duda alguna, que él estaba leyendo lo que había escrito hacía tantos años. Genma cerró el libro y la miró, y Nodoka vio, en esa cara, un pesar fugaz, un vislumbre momentáneo de lo que ella esperaba fuera su añoranza por que las cosas fueran como habían sido cuando le había regalado el libro aquel.
Por último, Genma se levantó, volviendo a dejar el libro sobre la mesa y dejando salir un suspiro largo, pesado.
—Nodoka...
—¿Qué? —dijo Nodoka, algo brusca.
—Me voy esta noche —soltó Genma de pronto—. A China. Con el maestro, con Akane, Ryoga y Shampoo. Vamos a buscar a Ranma. El maestro cree que podría estar en las cercanías de Jusenkyo.
—¿Qué? —volvió a decir Nodoka, esta vez con pasmo—. ¿Por qué nadie me lo dijo antes?
—Estos días han sido muy ajetreados —dijo Genma con tono cansado—. Y no tenía mucha certeza de cuántas ganas tenías de verme, Nodoka.
—Podrías haber mandado el recado con Soun o Akane —dijo Nodoka—. ¿Por qué siempre tienes que esconderme cosas?
—No te he escondido nada —dijo Genma en voz queda—. Tal vez creyeron que no querías de saber de ellos tampoco, dada la prisa con que te fuiste.
Nodoka sintió una punzada en el corazón, al oír palabras tan parecidas a lo que ella había pensado ese mismo día.
—Debiste decírmelo antes —dijo.
Genma le dio una mirada casi dolida, y luego respiró hondo.
—Nodoka, ¿tienes alguna idea de lo difícil que me ha sido venir hasta aquí? ¿Tienes la más mínima idea?
—No, Genma —dijo Nodoka—. No sabría decir por qué un hombre tiene dificultad para ver a su esposa.
—La promesa que...
—La promesa no significa nada. Se acabó. He aceptado que Ranma... Que nuestro hijo...
La voz le tembló un tanto a la mención su hijo desaparecido, pero se obligó a seguir:
—He aceptado a Ranma, y todo lo que es. Y daría todo por tenerlo conmigo ahora, así que no te atrevas a echarme en cara esa promesa, Genma, porque para empezar fue culpa tuya.
El rostro de Genma se endureció.
—Tú y yo sabemos que tenía que llevármelo, Nodoka. Sin eso no sería lo extraordinario que es.
—No, supongo que no —dijo Nodoka con voz suave.
—Tú lo habrías hecho débil —dijo Genma, sonando como si se hablara casi tanto a sí mismo como a ella.
—Lo habría amado —dijo Nodoka.
Genma asintió. —Sí.
—Apenas tuve la oportunidad de amarlo —musitó Nodoka—. Apenas tuve la oportunidad de tenerlo en mis brazos, de conocerlo, y luego me lo quitaste. Y entonces cuando al fin lo vuelvo a encontrar, se lo llevan. Nunca tuve la oportunidad de amarlo.
—Nodoka —dijo Genma—. Yo voy a encontrarlo...
—¿Y si no hay nada que encontrar? —restalló Nodoka, la congoja elevándose con las palabras, la duda largamente oculta surgiendo al fin estridente y triunfante desde los lugares oscuros de su alma—. ¿Y si ya está muerto?
—¡No digas eso! —dijo Genma con tono fiero, asiéndola de los hombros como si hubiera ido a sacudirla—. Que ni se te cruce por la cabeza. Hay que tener fe, Nodoka. Hay que tener fe.
Su voz fue apenas audible:
—Hay que tener fe...
Las manos de Genma cayeron de los hombros de ella, y pareció desmoronarse sobre sí mismo, con la cara hecha una máscara, pero una máscara al borde de agrietarse.
—Ay, hijo mío —murmuró—. ¿Qué te he hecho?
Se quitó las gafas y se pasó una mano rabiosa por los ojos.
—Perdóname, Nodoka. Me tengo que ir.
Nodoka sintió una opresión en el alma, al darse cuenta de que lo que había creído era indiferencia de su marido por la suerte de su hijo era solo el ocultamiento de la pena, de una culpa que no podía soterrar.
—No —dijo Nodoka suavemente, extendiendo una mano para tomar las gafas de los dedos laxos de él, para luego dejarlos sobre la mesa de la cocina—. No digas que tienes que irte. No todavía.
—¿Qué? —dijo Genma con una voz semiatragantada, mirándola.
Por detrás de los dos la tetera empezó su silbido agudo sobre el quemador. Nodoka apagó la llama, y el sonido se fue aminorando, como la marea retirándose de la costa.
—Quédate conmigo —susurró ella, estirando una mano para seguir las líneas de la cara áspera de él, los contornos que había conocido en la juventud cambiados por la edad, pero aún cotidianos.
Se llevó una mano atrás, se desató el pelo, y dejó que cayera por debajo de sus hombros.
—Solo un ratito.
Genma la miró, incrédulo. Por último, habló.
—Está bien —dijo, con la voz espesa de emoción—. Pero solo si es lo que deseas.
—Lo es —dijo Nodoka, al subir la mano de él, titubeante, a acariciarle una mejilla. Una lágrima rodó por su mejilla y entre los dedos de él, un diamante en la luz—. Ahora lo es.
Acercándose él para estrecharla en sus brazos, la lágrima cayó desde la mano de él, y la luz se torció en ella con los colores del arcoíris, y se deshizo en el piso a los pies de ambos, una perfección singular tan efímera como el tiempo, tan breve como un momento en toda la eternidad.
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Ryoga dio un vistazo nervioso al cielo, luego ajustó levemente su peso sobre ambos pies para pasar a otra postura y lanzó una patada. Por lo visto habría lluvia más tarde. Se desplazó hacia adelante, siguiendo el impulso de la patada, y ejecutó dos ataques rectos con las manos. Por encima, las ramas delgadas de un árbol se mecieron un tanto en la brisa, la misma brisa que agitaba la hierba a sus pies y puntuaba el estanque con pequeñas ondas de agua.
Otro paso, un barrido con el pie que detuvo a centímetros de partir el tronco de un árbol, un golpe con el filo de la mano paralizado a un pelo de cortarlo. Había puesto empeño, gran empeño estos últimos días, en aumentar su control. Antes, se había permitido muchas veces dar rienda suelta a su mal genio, dejado que el fragor de la furia lo impeliese. Eso había sido antes de estar tan cerca de matar a Ranma, con el cielo azul por arriba y el olor a césped en el aire.
Ranma no debía haberse detenido así. Antes, siempre había esquivado, tal vez no todos los ataques de Ryoga, pero por cierto que sí un golpe mortal como aquel. Pero Ranma había cambiado. En el breve período desde el regreso de todos desde China y la desaparición de él, su amigo había pasado por una transición extraña, que Ryoga apenas había advertido hasta que subieron la montaña detrás de Cologne.
Ryoga hizo un alto en sus movimientos y se pasó una mano por el flequillo, metiéndose algunos mechones bajo la tela del pañuelo, empapado de sudor, que tenía atado en la cabeza. El desayuno había sido hacía una hora, y llevaba desde entonces practicando. Nadie, ni Akane, lo había interrumpido, de lo cual se alegraba. La soledad había sido siempre, dependiendo de su ánimo, tanto su placer más grande como su dolor mayor.
Partían esta noche. Happosai lo había organizado todo, por razones que Ryoga aún no acababa de entender. El poco contacto que había tenido con el maestro rejuvenecido desde que habían vuelto lo había dejado con la vaga impresión de que Happosai estaba nervioso, incluso asustado. Su actitud bromista en las comidas, las pocas veces que había aparecido a estas, parecía casi forzada.
Inquieto, Ryoga reanudó la práctica. Lo ponía nervioso pensar en qué se le deparaba a todos. Pero era más que preocupación por él y sus camaradas. Se preguntaba a veces si hallarían en la aldea Joketsuzoku las respuestas que necesitaban para encontrar a Ranma, y, aun si lograban encontrarlo, si sería a tiempo.
—De verdad espero que estés bien, Ranma —dijo suavemente, pasando por los movimientos lentos, potentes, del kata. Como había sucedido estos últimos días, le sorprendía la sinceridad de lo dicho, y lo profundo de la emoción que producía en él.
Se detuvo de pronto, sin saber bien por qué, y se miró los pies. Enfrascado en ideas, casi había caído en el estanque. Agitó la cabeza, se apartó del agua y volvió a mirar hacia el cielo. Ayer también había parecido que llovería, pero las nubes no habían soltado su esencia, solo se habían aglomerado más densas y espesas en la noche, hasta parecer una pared sólida de gris en la expansión del cielo.
—Qué tal, muchacho.
Ryoga se volvió y asintió con la cabeza a modo de saludo.
—Hola, señor Tendo.
Soun se sentó en una de las piedras grandes y planas, que bordeaban el estanque.
—¿Tienes un minuto para hablar? —dijo.
—Claro —dijo Ryoga, algo confuso al sentarse, cruzando las piernas y mirando a Soun con gesto inquisitivo.
—Se van esta noche —dijo Soun—. Yo...
Suspiró y se pasó una mano por el bigote denso.
—Necesito hacerte algunas preguntas antes de que vayas, Ryoga.
—Adelante —dijo Ryoga, acomodando la postura en ademán nervioso.
—No tiene caso andar con rodeos —dijo Soun, pareciendo casi tan incómodo como Ryoga se estaba empezando a sentir—. Dados los cambios recientes, ¿cuáles son tus intenciones para con mi hija?
Ryoga pestañeó, y empezó a tartamudear.
—¿Akane? No sé, ¿a qué se...? ¿Qué me está...? ¿Qué significa?
—¿Te acuerdas de la primera vez que apareciste por aquí, y Akane intentaba entrenar para ese torneo de gimnasia? —dijo Soun.
—Sí —dijo Ryoga, dando una mirada de gran interés a la hierba que le rodeaba los pies.
—¿Te acuerdas de que entraste al baño para transformarte otra vez en ti cuando yo estaba en la tina? —dijo Soun mirando a Ryoga directo a los ojos.
Ryoga deglutió y asintió con la cabeza.
—Sí. ¿O sea que ha sabido todo este tiempo... de...?
—Así es —dijo Soun—. Sé de P-chan.
—Por Dios —dijo Ryoga, cerrando los ojos—. Señor Tendo, tiene que creerme, mi intención nunca fue...
—Ryoga.
—... Siempre le daba la espalda cuando se cambiaba de ropa, siempre, yo no quería...
—Ryoga.
Ryoga se interrumpió, abrió los ojos y miró a Soun.
—Está bien —dijo el hombre mayor, con suavidad—. Yo... reconozco que me enojé al principio. Pero, como nunca, dediqué algún rato a pensarlo. Se trataba de ti, un joven honorable, y sabía que nunca harías algo que dañara a mi hija.
Soltó unas risas por lo bajo, y el sonido era como un suspiro.
—Además, se me ocurrió que a Ranma le haría bien tener un rival con ella. Hacer que le costara un poquito.
Ryoga se sintió sonrojar hasta la punta de las orejas. La humillación hacía un veloz recorrido por su cuerpo.
—¿Tan obvio era? —musitó.
—No para Akane —dijo Soun—. Pero... Sé lo que es estar tan enamorado de alguien que uno no puede ni hablar como corresponde. Conozco las señales, créeme.
Soun adoptó una posición un tanto más relajada sobre la roca.
—Lo que quiero decir, Ryoga, es que en este momento mi hija necesita un amigo mucho más que un amante.
—Lo sé —dijo Ryoga en voz suave—. Akane... Me...
Extraño, el gran dolor que esto causaba, pese a ser algo entendido hacía mucho. Quizá era solo ahora, al reconocerlo ante otra persona, que podía en verdad reconocerlo ante sí mismo.
—No creo que Akane me vea nunca como algo más que amigo.
Con una exhalación baja, larga, Ryoga cerró los ojos:
—Y ahora tengo a otra persona. Alguien que de verdad me quiere.
—Y qué sientes por esa persona? —preguntó Soun.
—Creo que la quiero también —dijo Ryoga—. Mucho.
La cara de Soun se abrió en una sonrisa, y, sentado, se inclinó hacia adelante para poner una mano sobre el hombro del joven.
—Entonces tienes lo más valioso del mundo, muchacho.
—Gracias, señor Tendo —dijo Ryoga, sabiendo que el padre de Akane tenía razón. No había nada mejor que eso, que querer, que saber que a uno lo querían también.
—Ahora, tengo otra pregunta que hacerte —dijo Soun.
Ryoga asintió.
—¿Puedes cuidar a mi hija cuando vayan a China? —preguntó Soun.
—No tiene para qué pedirlo —respondió Ryoga, recordando en silencio que mucho antes le había prometido lo mismo a Ranma.
—Me alegra oírlo —dijo Soun—. Porque va a ser peligroso para ella. Akane puede ser imprudente. Por favor...
Aspiró hondamente, deglutió, y al hablar la voz le temblaba un tanto:
—Por favor, no dejes que corra peligro, porque no estaré para hacerlo yo.
—Daré mi vida por ella, si es necesario —dijo Ryoga suavemente—. Si mi sufrimiento puede librarla de algún daño, entonces no hay sufrimiento demasiado grande.
—Gracias —dijo Soun.
Se puso en pie y le ofreció una mano a Ryoga. Ryoga la asió, y el hombre mayor lo ayudó a levantarse, luego Soun puso la otra mano sobre la de Ryoga y la estrechó despacio, con la cara grave:
—Aunque espero de todo corazón que no sea necesario.
—Créame —dijo Ryoga—, yo tampoco.
Se rieron, pero era una risa nerviosa y con poco humor. Soun soltó la mano de Ryoga y miró hacia las nubes.
—Parece que lloverá pronto —observó.
—Al final siempre llueve —dijo Ryoga, mirando hacia arriba, al gris turbio del cielo, con el sol rompiéndolo por porciones para echar su luz sobre la tierra—. Siempre llueve.
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Ukyo pasó bajo el arco techado del pórtico y miró en torno al patio de los Tendo. Captó a la silueta conocida junto al estanque, de modo que se salió del caminito de piedra que conducía la puerta y fue hasta el muchacho.
—Qué tal, Ryoga —llamó, alzando una mano a modo de saludo al acercarse.
Ryoga se volvió para mirarla.
—Hola —dijo, sin entusiasmo.
—Hombre, qué alegría de verme —dijo Ukyo, yendo a situarse cerca de él—. Encantado a más no poder, obviamente.
Ryoga frunció un tanto el ceño y se miró los pies.
—Perdona, Ukyo. Sí me da gusto verte. ¿Cómo estás?
—Bien, supongo —dijo Ukyo, decidiendo guardar silencio en cuanto a su respectiva situación por ahora—. ¿Qué tal tú?
—Como siempre —dijo Ryoga—. Un poco preocupado, un poco pesimista. Ya sabes, lo típico en mí.
—¿Pasó algo? —dijo Ukyo, ladeando la cabeza de modo inquisitivo.
—Tuve una conversación bien larga con el señor Tendo hace como una hora —dijo—. Me hizo pensar bastante más de lo que quería pensar.
—Parece que fue dura la conversación —chasqueó Ukyo.
Se sentó y se quitó la gran espátula del hombro para ponérsela sobre las rodillas. Se hizo hacia atrás y apoyó la espalda contra una piedra.
—¿Y qué más se cuenta? —preguntó.
Ryoga se instaló junto a ella, descansando contra otra piedra y estirando las piernas:
—Nos vamos a China esta noche.
—Lo sé —dijo Ukyo—. Happosai me lo dijo.
—Anda en todas, parece —masculló Ryoga.
—Bueno, al menos fue el único que se dignó decirme algo —dijo Ukyo, tajante.
Ryoga la miró de soslayo, con los ojos semiocultos por su flequillo oscuro:
—No parecías de muy buen humor cuando volvimos, sobre todo en relación a Ranma.
Ukyo se encogió por dentro, al recordar lo que había pasado en el patio de Furinkan, cuando había hecho un último y desesperado intento por descubrir los verdaderos sentimientos de Ranma, para terminar incitando a Ryoga a tener una pelea encarnizada con este.
El beso había sido impulsivo, pero al menos había logrado que él le dijera por fin lo que ella había empezado a sospechar, que era que él no la quería. Al principio había sentido furia, que con el tiempo se había diluido hasta hacerse una tristeza imprecisa, hueca, en su interior.
Pero no quería pensar en eso. Quería pasar a otras cosas. Sobreviviría; era firme.
—De verdad preferiría no hablar de Ranma ahora —dijo por entre el nudo que amenazaba con crecerle en la garganta.
—Perdón —dijo Ryoga—. Ukyo... ¿Te preguntó Happosai si querías venir con nosotros?
—Tengo otras cosas que hacer —dijo Ukyo.
—¿Más importantes que ayudarlo a él? —dijo Ryoga, sonando casi airado—. Aunque te haya rechazado, igual es tu amigo, ¿no?
Ukyo estiró una mano y lo agarró del cuello de la camisa, acercándose la cara de él a la de ella.
—Escucha bien, corazón —dijo con tono de ternura—. Dije que no quería hablar de Ranma, ¿sí? Y, lo creas o no, lo que tengo que hacer es más importante para mí que encontrarlo a él.
—¿Sí? —dijo Ryoga, apartándose y quitándose con facilidad de la sujeción de ella—. ¿Y qué sería eso?
Ukyo suspiró, y le contó lo de Konatsu.
—Ah —dijo Ryoga cuando ella hubo temrinado—. Pe... Perdóname Ukyo. Debí dejar que lo explicaras.
—¿Crees que no quiero ir con ustedes? —dijo Ukyo—. Pero no puedo. Se van todos a buscar a Ranma. Yo soy la única que va a buscar a Konatsu.
—Entiendo —dijo Ryoga, teniendo la deferencia de parecer avergonzado—. Por favor acepta mis disculpas.
—Aceptadas —dijo Ukyo, tocándole levemente un hombro y sonriendo—. En fin, ¿dónde está Akane?
—No sé bien —dijo Ryoga—. En la casa, creo.
—Creo que tendré que charlar con ella, entonces —dijo Ukyo, poniéndose en pie—. Nos vemos, Ryoga.
—Nos vemos —respondió Ryoga, aún sentado.
El muchacho echó atrás la cabeza y miró al cielo, mientras Ukyo caminaba hacia la puerta de la casa.
Ya ante la puerta, Ukyo hizo un alto breve, con una incertidumbre creciente. No tenía muy claro qué le diría a Akane.
Luego, apartando la duda e inspirando hondo, abrió la puerta y entró.
~ o ~
—Pasa —dijo Akane ante el llamado a su puerta, mientras pugnaba por empacar un par de pantalones más en la maleta.
Kasumi abrió la puerta y asomó la cabeza.
—Akane, vino Ukyo. Quiere hablar contigo.
—Claro —dijo Akane, sorprendida—. Que pase.
La cabeza de Kasumi se retiro, y, un momento después, entró Ukyo y cerró la puerta tras ella, cuidando, al hacerlo, que su espátula no quedra fuera.
—Hola, Akane —dijo, sonriendo con cierta expresión de cansancio.
—Hola, Ukyo —dijo Akane—. Hace tiempo que no te veía.
—No —dijo Ukyo—. Supongo que no.
—¿Quieres dejar eso en alguna parte? —preguntó Akane, señalando la espátula terciada a la espalda de Ukyo.
—Claro —dijo Ukyo—. Es un poquito pesada de cargar.
La apoyó en un rincón, mientras Akane se apartaba de la maleta para ir a sentarse en la silla de su escritorio.
—¿Estás bien con todo esto, Akane? —preguntó por último.
Akane asintió. —Tanto como puede esperarse, supongo.
—Supe que partían esta noche —dijo Ukyo, sentándose en la cama junto a la maleta de Akane—. Se me ocurrió pasar a despedirme.
—Qué amable de tu parte —dijo Akane, sin quitar la mirada del escritorio.
Hubo un momento de silencio un tanto incómodo.
—Akane... —dijo Ukyo al fin, entrelanzando nerviosamente los dedos por delante de ella—. Creo que en realidad quería hablar contigo sobre Ranma.
—Ah —dijo Akane, sintiendo crecer una sensación aplastante—. ¿Qué cosa?
—¿Para qué andarse con rodeos, Akane? —dio Ukyo—. Las dos sabemos lo que quiero saber. Tengo que saberlo.
—¿Qué? —dijo Akane, cortante—. Ukyo, estoy ocupada, así que...
—¿Tú lo amas?
Y el mundo pareció hacerse más lento al oír la pregunta.
Akane alzó una mano y la pasó por su pelo corto, respirando hondo. Sopesó la pregunta despacio en la mente, y los platos de la balanza alternaban subiendo y bajando a cada segundo, en sus pensamientos.
—Sí —dijo por último, cerrando los ojos ante la marejada de emociones que producía el reconocerlo—. Es verdad. Lo amo.
Luego escondió la cara en las manos y lloró.
—Oye, oye —oyó decir a Ukyo, oyó el rechinar de los resortes de la cama al levantarse la muchacha—. Oye, tranquila, Akane.
Un brazo le rodeó los hombros, y Akane alzó la vista, sorbiéndose la nariz, para ver la cara preocupada de Ukyo.
—Ten —dijo Ukyo, y le pasó a Akane un pañuelo de papel, de la caja que estaba en un borde del escritorio—. Tranquila. Llora si quieres. Eso ayuda.
Akane asintió con la cabeza en silencio, y se limpió los ojos.
—Me alegra —dijo Ukyo, suavemente.
—¿Te alegra?
—Me alegra que lo ames —dijo Ukyo—. Creo que no lo podría soportar si no lo amaras.
—¿Cómo? —dijo Akane, arrugando el papel para luego tirarlo—. ¿Qué significa eso?
—Que no podría soportarlo si él te amara y tú no a él —dijo Ukyo.
—¿Quién dice que él me ama? —dijo Akane—. Si me ama, ¿por qué nunca me...?
—¿Por qué no se lo dijiste nunca? —preguntó Ukyo, interrumpiendo.
De nuevo, Akane sopesó la pregunta.
—Porque no estaba segura de si él me quería a mí —dijo, con voz suave—. Y si yo se lo decía, y él no me quería, entonces ¿qué iba a hacer?
Ukyo cerró los ojos y suspiró quedamente.
—Hubieras tenido que seguir tu vida, solo eso.
—¿De verdad crees que me ama? —dijo Akane.
Quería, quería tanto creer que así era, pero, pese a todo lo ocurrido entre ellos en el breve lapso entre la boda fallida y el momento previo a su desaparición, seguía teniendo dudas.
—Sí —dijo Ukyo, pasándole otro pañuelo a Akane, y estrechándola un poco más con el brazo con que le rodeaba los hombros—. Creo que así es.
—Ah —dijo Akane con una voz minúscula—. Eso...
Aspiró una bocanada temblorosa.
—Gracias —terminó.
—No hay de qué —dijo Ukyo.
—Solo espero que...
Akane no siguió la idea, y se limpió los ojos, incapaz de hablar, con las palabras ahogadas por la multitud de emociones que combatían en ella.
—¿Solo esperas qué cosa? —preguntó Ukyo.
—Solo espero poder decírselo —dijo Akane, enjugándose las lágrimas con el pañuelo.
—Lo harás —dijo Ukyo—. Vas a encontrar a Ranma, Akane. Sé que así será.
—Gracias —volvió a decir Akane—. Es bueno oírlo.
—¿Ya estás bien? —dijo Ukyo.
Akane asintió con la cabeza y se volvió a sorber la nariz. Ukyo le quitó el brazo de los hombros y se irguió.
—Qué bueno —dijo.
—Me alegra que hayas venido, Ukyo —dijo Akane—. Ryoga ha sido una maravilla, pero...
—Lo sé —dijo Ukyo—. Para algunas cosas, hace falta otra mujer.
Akane se rio y arrugó el pañuelo, luego lo arrojó al otro lado de la habitación, hasta el papelero.
—Parece que sí.
—Bueno, ya me tengo que ir —dijo Ukyo—. Te dejo para que empaques.
Fue hasta el rincón donde había dejado la espátula; Akane se levantó de la silla y se acercó a ella.
—Espera, Ukyo.
—¿Hmm? —dijo Ukyo, volviéndose.
—Eres buena amiga —dijo Akane, extendiendo los brazos y dándole un abrazo espontáneo a la otra chica—. Muchas gracias.
Ukyo se rigidizó durante un momento, luego correspondió el abrazo, casi titubeante.
—Tú también, Akane —dijo, con la cabeza descansando en el hombro de Akane.
Se soltaron, y Ukyo tomó su espátula para ir rápidamente hacia la puerta. Al abrirla, se volvió para mirar a Akane brevemente.
—Suerte, Akane. No dudo que pronto lo volverás a ver.
—Yo tampoco lo dudo —dijo Akane, sintiéndose más contenta que hacía mucho—. Adiós, Ukyo.
Ukyo traspuso la puerta y se fue. Akane se volvió a secar los ojos con la mano, luego volvió a pugnar con su equipaje.
~ o ~
Ryoga estaba alargando la mano hacia la puerta de la casa Tendo cuando Ukyo la abrió. El muchacho retrajo la mano a tiempo para no tocarla a ella en vez de la manija, y retrocedió para dejarla pasar.
—¿Hablaste con Akane? —le preguntó al bajar Ukyo el peldaño.
Ella asintió. —Sí. Largo y tendido.
—Bien —dijo Ryoga—. ¿La... La encuentras que está bien?
Ukyo sonrió. —Creo que va a estar bien. Akane es firme.
La cara de Ryoga evidenció alivio.
—Qué bueno —dijo—. Me preocupaba un poco no saber cómo se sentía en realidad.
Ukyo le puso una mano en el hombro:
—Habló de ti, ¿sabes?
—¿En serio? —dijo Ryoga.
—Eso —contestó ella—. Dijo que habías sido una maravilla con todo. Bien hecho, chiquillo. Hiciste algo bien, para variar.
—Muchas gracias —dijo Ryoga a regañadientes.
—Bueno, cuida a Akane —dijo Ukyo, dándole unas palmaditas casi condescendientes en la mejilla.
—Créeme que así será —dijo Ryoga resistiendo las ganas de poner cara de hastío.
—Así me gusta —dijo Ukyo, que quitó la mano de la cara de él y, de pronto, se empinó para darle un beso rápido en la mejilla—. Tal vez no te vea en un tiempo, Ryoga, así que cuídate mucho, ¿sí? No te empecines tanto en proteger a Akane que te vayas a olvidar de cuidarte tú.
La muchacha se empezó a alejar, luego miró atrás.
—Porque si no te cuidas, voy a tener que golpearte la próxima vez que te vea, ¿entendido?
Ryoga se rio, meneó la cabeza y dio media vuelta.
—No te preocupes por mí, Ukyo. Yo también soy firme. Cuídate.
—Adiós —dijo Ukyo, de pie en el borde de la sombra que proyectaba la techumbre del pórtico.
Salió, con la silueta oscurecida durante un momento por la sombra del tejado, luego ya estaba en la calle y se fue.
Ryoga miró hacia el cielo una última vez, y entró a la casa, preguntándose cuándo vendría la lluvia por fin.
~ o ~
Shampoo alzó una maleta en cada mano y recorrió brevemente con la mirada el comedor del Nekohanten. Fuera, un taxi esperaba, con el maletero y asiento trasero llenos de cajas de ropa y tesoros de Joketsuzoku. Que los nuevos dueños se encagaran de los muebles y lo demás que hubiera quedado; no le importaba.
Su bisabuela ya no estaba. Ranma ya no estaba. Mousse ya no estaba. La relación efímera y disparatada que casi había comenzado ya se había acabado. Estaba sola, y con toda seguridad era mejor así. Se le había enseñado desde siempre que un hombre se elegía no por amor, sino por su capacidad de engendrar hijos fuertes, para mantener la estirpe poderosa.
Ella era una guerrera de las Joketsuzoku, y ya no necesitaba a nadie. Ya era tiempo de que madurara, a fin de cuentas; había sido una niña durante mucho tiempo, preocupada únicamente de sus deseos. Pero los sucesos de la época reciente la habían obligado, por fin, a dejar de ser una niña.
Fuera, la tarde caía rápido, y debía reunirse en poco más de una hora con aquellos que la acompañarían en su viaje a China. Pensaban que podían, de alguna manera, encontrar allí a Ranma; tal vez fuera así. Shampoo no lograba reunir la capacidad de sentir algo al respecto. Si encontraban a Ranma, lo encontraban. Si no, no.
Inspirando larga y temblorosamente, y empujando al dolor de su corazón hasta lo profundo de su ser, abrió la puerta con la pierna.
Las calles seguían llenas de gente, mientras el cielo oscurecía por sobre sus cabezas, mientras las nubes se acumulaban gruesas y pesadas, de un gris tan oscuro que eran casi invisibles contra la negrura creciente del cielo.
Se iba a su casa, por fin. A su casa, a enfrentar las consecuencias de su fracaso, las consecuencias que las acciones de Cologne tendrían sobre ella y su familia. No estaba impaciente por tener que comparecer ante el Consejo.
Pero tenía gran impaciencia por volver a su casa.
—Mi casa —dijo en voz suave, y salió por la puerta del Nekohanten, al jamás que volvería a entrar.
~ o ~
Akane avanzaba por el pasillo del avión, con los demás tras ella. Contaba las filas en silencio, buscando el asiento indicado en su pasaje.
Un repentino impacto desde el costado la hizo tambalear, y habría caído de no ser por la poderosa sujeción de alguien en sus hombros.
—Le ruego me disculpe —dijo el occidental alto, de contextura recia y corto pelo rubio, haciéndose a un lado para dejarla pasar.
—Está bien —dijo Akane, mientras el hombre le quitaba las manos de encima—. No pasó nada.
Los ojos celestes del hombre se encontraron con los de ella por un momento, luego el hombre se instaló en su asiento sin otra palabra, y Akane siguió por el pasillo, ordenándose con las manos la falda, que se había arrugado un tanto.
Llegando a su fila, pasó a sentarse a la ventana. Un momento después, Ryoga ocupó el asiento del centro, junto a ella.
—¿Qué pasó allá atrás? —le preguntó el muchacho en voz queda.
—Una pequeña colisión, eso es todo —dijo Akane.
Ryoga arrugó el ceño. —Alguien así de grande debería tener más cuidado. Podría haberte hecho daño.
—No soy de cristal, Ryoga —reconvino Akane, y luego dio una mirada por la ventanilla, hacia los edificios del aeropuerto, con sus ventanas altas y formas largas. Detrás de esas ventanas, sabía que su padre y hermanas miraban el avión.
—Lo que sea que tú hecha, claro que no cristal —dijo Shampoo, tomando el asiento del pasillo en la misma fila. Era la mayor cantidad de palabras que la otra muchacha había hablado de una sola vez desde que se habían reunido con ella en el aeropuerto, así que Akane las dejó pasar sin contestación.
—Mejor traten de dormir si pueden —dijo Happosai desde la fila detrás de ellos—. Será un vuelo largo. Genma, lo único que logras sujetando así de los apoyabrazos es dañarte los dedos.
—Sí, maestro —dijo Genma con voz tirante desde el asiento detrás del de Ryoga—. Pero me hace sentir mucho mejor con todo esto de volar en un cosa que pesa muchas toneladas y se mantiene en el aire mediante un proceso que no entiendo bien.
Akane puso el codo en el apoyabrazo aledaño a la ventanilla, y miró hacia la losa del aeropuerto, a los demás aviones, a la torre de control, al edificio. Sacó un suspiro, y apretó los dedos contra el cristal frío de la ventanilla.
—Adiós —susurró—. Adiós, papá. Adiós, Kasumi. Adiós, Nabiki. Adiós, casa.
—¿Estás bien, Akane? —dijo Ryoga.
Ella se volvió a mirarlo y asintió con la cabeza.
Se oyó un chasquido, y luego una voz femenina llegó desde el altavoz del techo.
"El avión está pronto a despegar. Por favor abrochénse sus cinturones de seguridad, y pongan sus asientos en posición vertical".
El sonido de metal encajando contra metal empezó por todo el avión, al empezar los pasajeros a abrocharse los cinturones. Cuando empezó el suave zumbido de los motores, unos minutos después, llegó como en respuesta un retumbo de trueno, y la lluvia empezó a manchar de oscuro la losa, suave al principio, pero pronto aumentando en fuerza, mientras el avión empezaba a rodar por la pista, mientras las luces que marcaban la pista empezaban a confundirse unas con otras hasta ser una línea de iluminación continua, flechas que ardían en la noche.
Volvió a resonar el trueno, y Akane miró a la perspectiva del suelo hacerse oblícua, y su estómago saltó un tanto al empezar el avión a elevarse. La lluvia trazaba líneas en la ventana, y Akane pudo oír, muy apagado, el sonido de las gotas sobre el manto metálico del avión.
—Por fin llegó —dijo Ryoga en voz queda junto a ella—. Siempre llega.
Akane estuvo mucho rato mirando por la ventanilla, mientras las luces del aeropuerto quedaban en la distancia, y otras empezaban a llenar el suelo de abajo, todas las luces de Tokio, separadas al principio, pero, poco a poco, al irse elevando el avión, empezando a fundirse, a unifircarse, en un solo todo.
Por tercera vez se oyó el trueno, y la singularidad de la luz del suelo se hizo aun más densa, conforme el avión remontaba el cielo.
Luego, cuando parecía que las luces de abajo se harían demasiado brillantes para la vista, el avión atravesó las nubes, y no hubo más que oscuridad.
Akane recostó la cabeza en el respaldo del asiento, cerró los ojos, y escuchó el zumbido bajo de los motores, dejando que la arrullara hasta dormirse, aquel suave sonido mecánico, como las voces de mucha gente hablando en murmullos.
~ o ~
Kasumi hacía señas al avión donde iban Akane y los demás, mirándolo despegar hacia el cielo, por las ventanas mojadas de lluvia de la sala del aeropuerto.
—Adiós, Akane —dijo, entusiasta—. Adiós, tío Genma; adiós, maestro Happosai; adiós, Ryoga; adiós, Shampoo.
—¿Te das cuenta de que no te pueden oír, verdad? —dijo Nabiki a un lado de ella.
—Ya lo sé —dijo Kasumi, que seguía haciendo señas—. Pero es bonito hacerlo de todos modos.
Nabiki soltó un resoplido y dio media vuelta.
—¿Ya nos podemos ir?
—Un momentito más —dijo Soun—. Todavía veo el avión.
Nabiki puso cara de hastío y sacó un soplido hacia arriba, que le movió un tanto el flequillo.
—Bueno —dijo.
—Nabiki —reconvino Kasumi sutilmente—. ¿No te quieres despedir de Akane y los demás?
—Ya me despedí —señaló Nabiki—. Cuando estaban aquí. Vámonos, papi.
—No hay necesidad de pelear, niñas —dijo Soun, dando la espalda al ventanal—. Nos podemos marchar si quieren.
Nabiki miró de soslayo a Kasumi. —¿Está bien, hermana?
—Pero claro —dijo Kasumi—. Como tú quieras, Nabiki.
—Me quiero ir a casa —dijo Nabiki, luego se volvió y echó a andar.
Se fue todo el trayecto hasta la casa en el asiento trasero del taxi, mirando a la lluvia caer en las calles, contestando todo intento de conversación de su padre y hermana con monosílabos o silencio. Cuando el taxi se detuvo fuera de la casa, Nabiki esperó, mientras su padre y hermana salían a la lluvia que caía, intensa.
—¿Supongo que nadie trajo paraguas? —les dijo desde la puerta abierta, sacando la billetera para pagar al taxista. Sin duda su padre no tenía dinero como para hacerlo.
—La puerta no está tan lejos, Nabiki —dijo Kasumi.
Nabiki suspiró y salió a la lluvia, cerrando la puerta al salir del coche. El taxi se fue por las calles desiertas, mientras la lluvia corría por las cunetas llevándose las hojas y desechos.
Caminando rápido y superando en rapidez a su padre y hermana, Nabiki llegó al portón bastante antes que ellos, y estaba a punto de entrar por este cuando, del otro lado del pórtico, alguien salió.
Nabiki soltó un grito breve y saltó hacia atrás.
—Me asustó, doctor.
Tofu se reía suavemente, con las gafas algo empañadas por la lluvia y caídas hasta la mitad de la nariz.
—Perdón, Nabiki.
—¿Qué hace ahí parado en la lluvia? —preguntó Nabiki, dándose cuenta de que eso había estado haciendo el hombre. Tenía la ropa empapada y pegada a su cuerpo espigado y musculoso.
—Solo esperaba —dijo él con voz reposada—. Supe que Akane se iba hoy, y se me ocurrió pasar a ver si estaban bien.
—Todo bien —dijo Nabiki, mirándolo tasativamente. Se preguntaba por qué no se había quitado de la lluvia, bajo la techumbre del pórtico.
—Ah, hola, Tofu —dijo su padre detrás de ella—. ¿Qué haces por aquí?
Tofu movió un tanto la cabeza, pero nada de su atención estaba puesta en Soun.
—Ho... Hola, Kasumi. Qué extraña coincidencia encontrarte aquí. Hola...
Soltó unas risitas leves y se subió las gafas por la nariz, ocultando sus ojos tras los cristales empañados. Una sonrisa atolondrada se le estiró en la cara.
Nabiki se dio cuenta de que ella misma estaba parada bajo la lluvia, y se fue a poner bajo la techumbre, mirando a Kasumi detenidamente.
—Hola, doctor Tofu —dijo su hermana mayor en voz baja, aferrándose las manos por delante del estómago—. Qué bueno verlo. No debo estar en la lluvia así, me voy a resfriar.
Al pasar Kasumi junto a él, Tofu soltó otra risita y extendió una mano para tocarle el brazo; Kasumi se detuvo, con la cara neutra e indescrifrable.
—Nos vemos, Kasumi —dijo Tofu—. Como ya no tendrás tanto que hacer ahora que Ranma, su papá y Akane no están, tal vez podemos reunirnos un día de estos. ¿Verdad que sería divertido?
—Ah, sí —dijo Kasumi, con la voz toda azúcar y ternura al terminar de pasar por el lado de él, con la lluvia haciendo que el vestido se pegara a las esbeltas definiciones de su cuerpo—. Pero igual hay mucho que hacer, Tofu, muchas labores en la casa, mucho que cocinar, ya sabes...
Dejó lo que decía inconcluso al llegar a la puerta de la casa, para abrir la puerta y entrar rápidamente.
—Bueno —dijo Soun—. No dudo que lo veremos después, doctor.
—Por favor, llámeme con toda confianza si necesitan algo —dijo Tofu, pasando entre los dos, hacia la lluvia y la noche, para alejarse por la calle. Nabiki lo oyó silbar, una melodía jovial.
—¿Nabiki? —dijo Soun—. Entremos.
Nabiki miró durante un momento la silueta de Tofu, que aumentaba su distancia.
—Cada vez más curioso —masculló por lo bajo, y echó a andar hacia la casa.
En fin, no era importante. Lo que fuera que sucedía entre Tofu y su hermana mayor era un asunto menor comparado a todos sus demás intereses, en estos momentos. Había llamadas que hacer ahora. Mucho de que hablar.
~ o ~
