Aguas bajo la tierra

Un fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum

Traducción de Miguel García

~ o ~

Capítulo 21 : La verdad del poder

~ o ~

—Ha despertado.

—¿Qué?

—Dije que ha despertado.

—¿Puedo hablar con él?

—Supongo que sí.

~ o ~

Murieron las últimas flamas blancas, y Ranma se desplomó al piso de piedra del Auditorio de Pronunciamientos, como un muñeco roto, ante la gran estatua del fénix dorado. La caída de treinta metros había sido delicada, ingrávida, como una pluma suelta desde lo alto, o una hoja separada del árbol para bajar meciéndose en el aire.

Kima estuvo a su lado momentos después, arrodillada junto a él, todavía creyendo solo a medias lo sucedido. Por unos breves segundos, al estar Ranma suspendido en el aire luego de fulminar a Helubor y a los guardias traidores que habían disparado contra los habitantes del Monte Fénix, que huían, el contorno de un fénix había ardido en torno a él como un manto de poder, hecho de flamas de color blanco con forma de alas de varios metros de largo.

Ahora, caído e inmóvil, su cuerpo parecía descarnado, con la piel tirante sobre los huesos. Su camisa roja estaba emplastada de sangre seca en el hombro izquierdo, por donde habían atravesado las balas. Pero su pecho subía y bajaba despacio: vivía.

—¿Por qué tengo que devolverte esto a cada rato? Tenla tú, una vez al menos.

Kima alzó la cabeza y miró a Taro, que mostraba una sonrisa apretada y fatigosa, para luego entregarle la espada, ofreciendo la empuñadura. Ella la aceptó sin ninguna palabra y se la envainó al costado, luego devolvió la atención a Ranma. Por todo el Auditorio, podía oír murmullo de voces, llanto de niños. Ahora todo había acabado, con Helubor muerto, Xande fugado. Estaban fuera de peligro, al menos por el momento.

Pero se preguntó cuántos de su pueblo habían caído víctimas de las balas, antes de que Ranma matara a los que portaban las armas.

—Oye, travesti —dijo Taro, dándole a Ranma un palmazo leve en la cara—. ¿Vas a estar ahí tirado todo el día?

Ranma no produjo sonido alguno. Taro soltó un resoplido y le pegó en la otra mejilla.

—Levántate, debilucho.

—Basta —dijo Kima—. No logras nada.

Taro se encogió de hombros. —Pero entretiene.

Ella le dio una mirada de rabia e hizo un gesto negativo con la cabeza. Con cuidado, puso una mano con garras bajo la cabeza de Ranma y se la levantó un poco.

—¿Ranma? ¿Puedes oírme?

Ranma tosió, y fue un sonido escabroso. Le quedaron pintas de sangre en los labios. Kima palideció y limpió la sangre con el dorso de sus guantes, dejando huellas carmesí en el cuero blanco.

—Ah, hombre —dijo Taro, poniendo cara de desagrado, acuclillado al otro lado de Ranma.

Ranma volvió a toser, y la boca volvió a manchársele de sangre.

—Te voy a cobrar la tintorería, travesti —masculló Taro, luego se desató el cinto y limpió los labios de Ranma, con movimientos sorprendentemente delicados.

Un sonido largo y bajo, como un estertor, salió de la garganta de Ranma, y abrió los ojos. Sacó un quejido suave.

—¿Ranma? —preguntó Kima otra vez.

Los ojos del muchacho se movieron un tanto, mirándola desenfocados, sin expresión.

—Ahh, eres tú —dijo, y sonrió sin humor—. Pero moriste, ¿no?

Volvió un tanto la cabeza, que descansaba en la palma de Kima, y miró de soslayo a Taro. Los ojos se le entristecieron.

—Y también estás tú. Pero moriste también.

Volvió a cerrar los ojos, y su sonrisa desapareció.

—Hemos muerto todos tantas veces —musitó, y tenía la voz llena de un sufrimiento que superaba todo lo imaginable. El cuerpo le quedó laxo, y Kima le bajó suavemente la cabeza hasta el piso de piedra.

—¡Kima! —llamó alguien.

Kima alzó la mirada y vio a Samofere, aún en su apariencia de viejo, avanzando por uno de los ocho puentes que cruzaban el pozo circular que rodeaba al Auditorio. Le seguían Cologne y la Orden del Cuervo, once hombres alados con pecheras de acero y vestimenta negra, gris y morada, que portaban lanzas largas. Su líder, Loame, venía al frente de ellos, con un gran mazo en las manos.

Había un sensación opresiva de anticipación, de espera, y Kima vio que todos los ojos estaban puestos en la escena que se desenvolvía bajo la estatua del fénix: ella y Taro a cada lado de Ranma Saotome.

Ranma Saotome, el nombre que se murmuraba en los días posteriores a la caída de Saffron. El asesino de Saffron, el que había derribado al Rey Fénix. Era un nombre que se murmuraba con miedo, con profunda impresión, y un nombre que ella había aborrecido oír, por traerle al recuerdo, cada mención de aquel nombre, su fracaso en resguardar la transformación de Saffron.

Y ahora este individuo había vuelto, y ella lo había traído aquí, y él los había salvado. Kima sabía que pensaban eso, porque lo mismo pensaba ella.

—¿Ranma? —volvió a decir, tocándole el cuello con los dedos. Tenía la piel fría, y el pulso débil, aunque regular.

—No te preocupes por él —dijo Taro, luego soltó un resoplido, alzándose sobre una rodilla y mirando a Ranma—. Este idiota es duro. Hay que reconocérselo.

Apoyó un codo sobre la rodilla, arrugó en un puño el cinto que había usado para limpiarle la boca a Ranma, y sonrió.

—No le reconozco mucho más que eso, pero igual.

—¿Está bien? —dijo Cologne, fuerte, llegando a arrodillarse junto a la cabeza de Ranma—. Hagan espacio.

—Claro —dijo Taro, poniéndose en pie lánguidamente para luego retroceder y mirar los quince metros de altura de la estatua del fénix, de alas extendidas, con la luz de las antorchas y lámparas reflejándose en fluctuaciones sobre el cuerpo y plumas de metal.

Al empezar Cologne a examinar a Ranma, Kima se puso también en pie y fue hasta donde estaba Samofere, de pie y dando la espalda a todos ellos. Loame estaba arrodillado atendiendo a Lord Kavva, padre de Koruma, herido de bala, y el resto de la Orden del Cuervo estaba de pie cerca de su líder. Las dos perchas sobre las cuales se posaban Shiso y Kioku estaban apoyadas en el suelo, mientras los cuervos hermanos cruzaban el Auditorio con la mirada, con ojos negros sin fondo y ojos de un blanco ciego.

Toda la gente seguía mirando hacia el centro del Auditorio. Esperaban, se dio cuenta Kima, que algo sucediera. Estaban confundidos, asustados e inciertos, y no sabían qué hacer.

—Samofere —dijo, poniendo una mano en el hombro de él. Este se volvió a mirarla, con ojos verdes que parecían en cierto modo increíblemente jóvenes e imposiblemente viejos, mirándola desde aquel rostro arcaico.

—¿Sí? —dijo él suavemente, con un cansancio inconcebible en la voz.

—Necesitan algo, Samofere —dijo ella, con tiento—. No entienden lo que ha sucedido, y están aterrados. Necesitamos algo que los una, o perderemos lo que hemos luchado por mantener. No nos podemos dividir, quedamos muy pocos.

Cerró los ojos, incapaz de enfrentar esa mirada, esos ojos que parecían conocerla, comprender todo de ella. Los ojos del hermano de Saffron.

—Perdóname —terminó.

—Está bien, niña —dijo Samofere delicadamente, apartándose un poco, lo que hizo a la mano de ella caer del hombro de él—. Tienes razón. Mi poder lo recibí por un motivo, y un poder tan grande conlleva ciertos deberes.

Avanzó otro paso, y alzó los brazos, lo que hizo extenderse los pliegues de su sencilla túnica parda. Sus alas se sacudieron, como si hubiera estado disponiéndose a alzar el vuelo.

Kima sintió el poder acrecentarse en torno a él, un hormigueo en el aire, un zumbar que le erizó los cabellos, una resonancia como de olas rompiendo en la playa, la acumulación de algo antiquísimo, pavoroso y magnífico.

Samofere abrió la boca, y habló. Su voz resonó de un extremo a otro del auditorio, dominante, poderosa y profunda.

—Pueblo mío —dijo, y toda cabeza, todo ojo, se volvió hacia él—. Hállome ante vosotros, y hablo. Hablo con la voz de las aguas, con el verbo de los vientos, con el idioma de la tierra y con la lengua del fuego.

Las Palabras del Rey, pensó Kima, sintiéndose enferma. Las palabras reservadas únicamente para Saffron, las escasas veces que este se dirigía a los habitantes de la montaña. Oyó las voces acallarse, un silencio de terror anhelante que se hizo hondo, pesado.

Hubo un ruido como de olas rompiendo en la costa, y Kima vio, con ojos grandes, que las aguas del pozo circular se elevaban, levitando desde la piedra, girando, como una corriente oceánica, como un flujo de poder. Y formaban un anillo, que rodeó a quienes ocupaban el centro del recinto, conteniendo a la estatua del fénix y aquellos que se hallaban en torno a esta.

—Hablo —entonó Samofere, y el silencio absorbía sus palabras ávidamente, ansioso, hambriento por aquel sonido—, con el poder de las montañas, y con el poder de los mares que hay en mí.

Las estaba cambiando, se dio cuenta Kima. Estaba cambiando las Palabras del Rey, manteniéndolas reconocibles, pero sutilmente cambiadas.

—Hablo —exclamó, y las aguas se elevaron más, hasta la altura de la cabeza, mantenidas, por poder de él, suspendidas sin caer sobre aquellos a quienes rodeaban—, como servidor del pueblo, como servidor de la montaña.

Señor, no servidor, decían las verdaderas palabras. Kima las recordaba, de la única vez en la vida de ella que Saffron había hablado en el auditorio. Ella había tenido once años, de pie junto a su padre, mirando al rey hablar ante la estatua del fénix, con el cuerpo envuelto en una luz pura, rodeado con el resplandor del fuego.

Las aguas empezaron a alzarse por el aire, nimias partículas de humedad en un comienzo, pero luego más, oledas, sábanas de agua que corrían hacia arriba, desafiando a su naturaleza, con espuma blanca por encima, afluyendo.

—Hablo —clamó Samofere, y su voz reverberó en un eco potente, y el enmudecimiento con que la gente respondió era atónito y reverente—. Os hablo a vosotros, pueblo mío, y recordad mis palabras bien.

Las aguas se reunían por sobre su cabeza, fluyendo hacia arriba, tomando nueva forma. Una forma de ave, la cabeza estilizada, el cuello esbelto, su cola una cosa ondulante, las alas abarcando treinta metros. Un fénix, un pájaro de fuego formado con las aguas, imposiblemente hermoso, de gracia nunca soñada.

—Pronuncio mi nombre —dijo Samofere—. Soy Xanovere de la Tribu Fénix, hermano de Saffron, y me descubro ahora ante vosotros, tras cuatro mil años de estar oculto.

Por encima, el fénix que Samofere había creado variaba su postura, con las aguas girando continuamente por toda su forma, y la cabeza se movía para mirar a todo el Audiorio. Kima sintió apretársele el pecho, un sentimiento de dicha, de un orgullo tal que le dolía contenerlo.

Debieron haber gritos, disidencias, increpaciones. Pero no los hubo; solo silencio, el silencio que amplificaba las palabras de Samofere, haciéndolas restallar de vuelta a él.

—Ay, Samofere —musitó Kima, apenas capaz de hablar. El hermano de su rey, que había sobrellevado su deber durante tanto tiempo, que había mirado con quebranto aquello en que su hermano se convirtió, que no había sido capaz de detener la larga caída de su pueblo al aislamiento, a una muerte lenta.

—A mi hermano y a mí se nos encomendó un deber hacer cuatro mil años —dijo Samofere—. Se nos otorgó poder, se nos forjaron armas. No para que pudiésemos gobernar, sino para que pudiésemos servir. No para que pudiéramos gozar de nuestro señoreo, sino para librar la lucha contra las tinieblas que se cernían sobre nuestro pueblo.

La cola del fénix bajó afluyendo desde el aire, y pasó por donde Samofere estaba, bañándolo. Kima lo vio cambiar, y erguirse cuan largo era, vio su pelo trocarse de blanco a negro: casi un gemelo de Saffron, moreno contra el rubio de su hermano, un espejo de sombra. Gotas de agua se adherían a sus alas de plumas negras, al extenderlas él por completo, imitando el ademán de sus brazos alzados.

—Lo olvidamos —dijo, en un murmullo fuerte como el trueno, espeso de congoja—. Lo olvidamos, y durante mil años caímos, mi hermano y yo, y vosotros caísteis con nosotros, pueblo mío. Y cuando lo recordé, descubrí que él no había hecho, no podía hacer, ni él ni yo, nada sino esperar. Y durante tres mil años caímos, ¡ay!, cuánto caímos. Me empeñé, pero acaso mis empeños no fueron suficientes.

Y luego, sin que nadie lo esperase, con los corazones, almas y mentes de cada integrante de su pueblo sobre él, se arrodilló. Sus alas le envolvieron la espalda como una capa.

—Perdonadme —dijo—. Perdonadme a mí y a mi hermano por aquello en que nos convertimos. El largo servicio de mi hermano concluyó: está muerto. El mío apenas comienza. Pedid de mí cuanto queráis, pueblo mío. Mi poder y mi vida son vuestros.

La forma del fénix se deshizo en el aire por sobre él, y el agua se derramó para correr por el suelo hasta el pozo circular otra vez, dejando rastros húmedos en el piso de piedra.

Samofere agachó la cabeza, hasta tocar el mismo piso de piedra. No dijo nada, como esperando el juicio por algún pecado.

Kima nunca supo de quién fue la primera voz. Pero después de esa voz, de algún lugar de la multitud embelesada, vino un sonido suave, único:

"Nuestro rey".

Y luego el clamor ascendió, y le siguieron muchos más, y se extendió por el auditorio como un incendio, hasta que pareció dicho por toda voz. Nuestro rey, nuestro rey, nuestro rey.

En su corazón, en la esencia misma de su alma, Kima sintió surgir lástima por Samofere, tan grande que apenas podía soportarla. Porque sabía, sabía, que esto era lo último que quería él.

Samofere se puso en pie, con las alas aún envolviéndole la espalda, pareciendo rotas e inservibles como las de ella. Bajó despacio los brazos hasta sus costados.

—Muy bien —dijo suavemente, con la voz quebrada, y parecía a punto de llorar—. Hágase vuestra voluntad.

Y cruzó el piso de piedra, hasta el lugar donde un objeto de plata y oro que brillaba sobre el trono, abandonado por Helubor en el combate, la Corona del Fénix, la corona que había sido de su hermano, oculta dentro de su cuerpo, el foco del poder de Saffron. Se agachó y la tomó en sus manos, la alzó, y sobre el metal había aún gotas de agua. Le temblaban los brazos; parecía incapaz de moverse.

Y Kima entendió, con una compasión doliente, espantosa, lo que debía hacer ella. Avanzó, con sus alas inútiles detrás, cerró la distancia entre los dos, y se situó ante él. Lo miró, a su rostro joven y cansado, a sus ojos antiguos y agobiados. Estiró las manos y tomó de manos de él la corona, sin encontrar resistencia alguna.

—Perdóname —susurró, de modo que solo él lo oyera. Los ojos verdes de él mostraron fugazmente dolor, y, ay, misercordiosamente, comprensión.

Kima miró la corona que tenía en las manos, a la figura del fénix que se alzaba desde el metal. De todos ellos el símbolo, el símbolo de su gente, de su pueblo moribundo, aislado, en peligro.

Luego, suavemente, despacio, puso sobre la frente de Samofere la corona, sobre su pelo oscuro, e hincó una rodilla ante él.

—Mi rey —dijo, alzando la voz, dejando que resonara por el Auditorio de Pronunciamientos—. Soy de ti.

Y su voz se elevó, y la gente la hizo propia, y sus voces hicieron eco a esas palabras. Somos de ti, somos de ti, somos de ti.

Que algún día, algún día, rogó Kima en silencio a todo poder capaz de oír, en verdad pueda él perdonarme por esto que le acabo de hacer.

~ o ~

—¿Puedes dejar de hacer eso?

—¿Hmm?

Taro, sentado en el sillón, miró a Kima. El tamborileo de sus dedos sobre uno de los brazos de madera se interrumpió un momento, luego empezó otra vez, mientras él miraba el techo, con aspecto de muy, muy aburrido.

—Eso con los dedos —dijo Kima, haciéndose un tanto más adelante en su respectiva silla—. Y quita los pies de la mesa.

—Sí, su majestad —dijo Taro con voz semicortés, luego quitó los pies de la mesa de madera que había entre los dos y los puso en el piso.

Había pasado cerca de una hora desde que habían abandonado el Auditorio. Samofere estaba reunido con los jefes de las familias nobles, y todo cuanto los demás podían hacer era esperar.

Habían puesto a Ranma en la habitación que ella había usado de niña, como colmo de lo extraño. Cologne estaba allí con él ahora, en una de las alcobas anexas a la sala central de las habitaciones de Kima en la montaña; la amazona les había dicho con bastante firmeza que no entraran.

Media Orden del Cuervo montaba guardia fuera de las puertas. Samofere había considerado prudente que ella y los demás esperaran hasta que terminara la junta con los nobles. Eso había incluido a Taro, a quien, tras muchas quejas, lograron por fin convencer de que marchara sin mayor escándalo. Había habido, desde entonces, silencio casi total entre los dos, al no tener ninguno gran deseo de conversar.

Taro empezó a tamborilear con los dedos otra vez.

—¿Me quieres irritar *adrede*? —dijo Kima en un cuchicheo rabioso.

Taro mostró una sonrisa apretada y asintió.

Kima se tumbó más en el sillón, con un suspiro hondo:

—Debí suponerlo.

—Mira, estoy aburrido —dijo Taro, con diplomacia—. Si no hago algo, me aburro más todavía. No me gusta aburrirme. Tiendo a hacer cosas para matar el aburrimiento.

—No me amenaces, humano —dijo Kima con voz cansada—. No estoy de ánimo.

—Bueno, disculpe, su majestad.

Kima le propinó una mirada de rabia.

—Deja de decirme así, humano.

—¿Qué, cómo más quieres que te diga?

—Tengo nombre.

—Yo también.

Guardia baja:

—Sí, creo que Ranma lo mencionó algunas veces. ¿No es Pan...?

Taro alzó un dedo, haciéndose un tanto más adelante en el asiento. La sonrisa se le fue de la cara, junto a toda otra señal de diversión:

—No.

—Taro, entonces —dijo Kima.

—Kima, entonces —dijo Taro, de buen grado. Se reclinó en el asiento, juntó las puntas de los dedos, y empezó a tamborilear yema con yema sin hacer ruido.

Kima asintió y se reclinó a su vez, cerró los ojos y trató de relajarse.

El tamborileo empezó otra vez, con las uñas de Taro traqueteando contra la madera.

—Me cansé —dijo Kima, poniéndose en pie para mirarlo con gesto homicida—. Voy a darme un baño. Tamborea todo lo que quieras.

Taro dejó el tamborileo y la miró, mostrando interés por primera vez desde que habían empezado a esperar.

—¿Tienes bañera?

—Sí —dijo Kima, cortante—. Y la voy a usar yo, así que no te hagas ideas. La puedes usar cuando termine, si quieres.

—¿Cómo tienen agua potable en este lugar? —preguntó Taro—. ¿Hay agua caliente también?

—Tenemos maneras —dijo Kima, abriendo la puerta del cuarto de baño, labrada con un refinado relieve de dos aves fénix roja y azul entrelazadas, y luego entró.

No mencionó que dichas maneras solo llevaban unos días disponibles; quizá el darle a Taro algo que pensar evitara que se aburriera.

Kima agitó la cabeza al entrar al cuarto de baño, cubierto con baldosas de piedra. Tantas cosas habían cambiado estos últimos días, que era casi imposible de comprender: el asesinato de Saffron, haber descubierto la traición de Xande, haber impedido el plan macabro para poner el monte bajo control de Helubor y el poder maligno al que servía.

—¿Qué pensarías de todo esto, padre? —dijo, mirándose la cara en el espejo, puesto sobre el cuenco de mármol que fungía como lavabo.

Inesperadamente, se vio asaltada por una oleada de pena, y se aferró a los costados del cuenco y agachó la cabeza, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas. Levantó la cabeza, para mirar su reflejo, y vio sus alas colgando lacias en la espalda, y el dolor y la aflicción amenazaron con abrumarla.

Estremecida, reunió su compostura, se irguió, y apretó el botón de plata que coronaba la cabeza del grifo plateado con forma de fénix, para que el agua caliente fluyera al lavabo. No podía, se negaba a estar así, vencida por la mutilación que había sufrido, porque si caía en la desesperación, sabía que no le sería fácil volver de allí.

Pero dolía tanto, pensar en que no volvería a volar nunca más.

Con un movimiento súbito y airado, se echó agua caliente en la cara, cerró casi sin pensarlo el agua del lavabo, y fue hasta la gran bañera cuadrada. Abriendo el grifo de la bañera, miró durante un momento al agua caliente caer desde la boca abierta de la cabeza de fénix al piso de piedra de la tina, luego se volvió para sentarse en el costado de la bañera. Se quitó con cuidado los aros y los dejó en la orilla del lavabo, luego se quitó del corto cabello el cintillo de cuero trenzado con las dos plumas blancas, y lo dejó junto a los aros. Llevándose las manos por detrás del cuello, se desabrochó tanto el pendiente como el cuello alto del uniforme.

Alguien llamó a la puerta.

—Dije que la puedes usar cuando termine —largó, rabiosa—. Y no he terminado.

—Soy yo, niña —llamó la voz de Cologne, asordinada por la puerta—. ¿Puedo entrar?

Kima dudó un momento. —Supongo que sí.

La puerta se abrió, y la Joketsuzoku de cuerpo esbelto y menudo entró, con los hombros caídos, la cara cansada. Sus antiguos ojos oscuros, que mostraban el peso de los años pese al manto de juventud, estaban seminublados, como si acabara de despertar.

—¿Te encuentras bien, Cologne? —preguntó Kima, mientras Cologne cerraba la puerta.

—Solo cansada —dijo Cologne suavemente—. Muy cansada.

—¿Cómo se encuentra Ranma?

Cologne agrió el gesto.

—Estable. Pero no ha despertado. No creo que despierte muy pronto. Está... No sé bien cómo describirlo. Vacío, supongo. De todo, de ki, de fuerza, de voluntad. Se está recuperando, pero despacio. Creo que lo que hizo en el Auditorio de Pronunciamientos le quitó casi todo.

Kima asintió con la cabeza, recordando en silencio, las flamas blancas, Helubor fulminado en un instante, y los traidores que habían contra su propio pueblo, destruidos segundos después. Empezó a quitarse las botas.

—Esa bañera se ve muy agradable —dijo Cologne en voz queda.

Kima alzó la mirada, luego habló, titubeante:

—Es grande. Alcanza el espacio para dos.

—Acepto si no es molestia —dijo Cologne, luego se desabotonó el cuello de la blusa de seda floreada, y se la quitó por sobre la cabeza.

Poco después, las dos se hallaban reclinadas en extremos opuestos de la bañera vaporosa, mientras el agua caliente les quitaba la suciedad de la piel y el cansancio de los huesos. Kima descansaba la cabeza contra el borde de la tina, con las alas inútiles flotando un tanto en el agua, y sintió algo parecido a la paz.

—¿Te sientes bien, niña? —preguntó Cologne de pronto, con los ojos cerrados, el pelo oscuro cayéndole empapado sobre los hombros desnudos, descansando en su respectivo extremo de la bañera.

—Tan bien como es posible, supongo —dijo Kima con voz fatigosa—. Voy a sobrevivir, Cologne. Que eso no te preocupe.

—No puedo menos que preocuparme —dijo Cologne con voz suave—. Tú me agradas, Kima. Has sido una aliada leal y buena compañera desde que toda esta crisis empezó. Por supuesto que me preocupo.

Kima levantó la cabeza y miró a la otra mujer, sorprendida por la sinceridad en las palabras.

—Cologne...

—No somos aliados por necesidad, Kima —dijo Cologne con tono grave, y se hundió más en el agua hasta estar sumergida casi del todo, con el pelo flotando en la superficie, formando un halo castaño—. Somos aliados por elección. ¿No sería más fácil si además fuéramos amigas?

Vino un recuerdo súbito, de reírse histérica con Cologne, las dos sentadas junto al fuego, esperando que se calentara el agua, apenas minutos después de la muerte de Saffron y la derrota de Galm, dándose algún consuelo mutuo.

Kima sonrió un tanto.

—Ya lo somos, Cologne.

—Me alegra —murmuró Cologne, con los ojos aún cerrados.

El vapor del agua llenaba el cuarto de baño con niebla, y dejaba en las paredes gotas de agua condensada, que bajaban poco a poco.

—No deberíamos quedarnos mucho rato —dijo Kima, hundiéndose hasta que solo su cabeza estuvo sobre el agua—. Le dije a Taro que podía usarla después de nosotras.

—No te preocupes por él —dijo Cologne—. Le di algo interesante para leer.

—¿Qué cosa? —preguntó Kima.

—El Libro del fuego y la tierra.

Kima se rió suavemente, luego sintió las plumas de sus alas rozar levemente contra los brazos. Arrugó la cara, y la risa murió tan rápido como había empezado.

—¿Algún problema? —dijo Cologne, obviamente percibiendo el cambio de actitud.

—No —contestó Kima—. Solo exceso de pensamiento.

Sonó un salpicar de agua al levantarse Cologne. Kima hizo lo propio, sorprendida por el movimiento de la mujer.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Nada grave —dijo Cologne—. Déjame verte la espalda, niña. Quiero ver la herida.

—Cologne, preferiría que...

—Kima.

El tono no dio lugar a discusión, ni siquiera de ella. Cerrando los ojos e inspirando hondo, Kima se volvió en la bañera, y oyó el agua moverse al acercarse Cologne tras ella.

Sintió en la espalda los finos dedos de Cologne empezar a tocarla, en los puntos de las escápulas de donde brotaban las alas. Las alas que ya no podía sentir.

—¿Qué les pasó? —preguntó Cologne con tono de sorpresa—. ¿Por qué no hay cicatrices, ni rastro de la herida?

Kima se mojó los labios con la lengua, apretó aun más los ojos.

—Ranma trató de sanar la lesión, como te sanó a ti cuando Galm te apuñaló. No logró reparar el daño interno, pero...

—Ah —dijo Cologne, muy suavemente—. Lo lamento, niña.

Kima volvió a inspirar hondo, inhalando el aroma del vapor del cuarto de baño.

—Está bien —dijo.

Pero no lo estaba. Dijera lo que dijera, no lo estaba. Había habido esperanza, por un momento, y Ranma había puesto tanto empeño, tanto que casi había muerto, devorado por su propio exceso de poder, pero no lo había logrado.

—No, niña, no está bien —dijo la otra mujer, poniendo una mano húmeda y tibia en el hombro de Kima, tocando delicadamente las plumas que brotaban allí independientes de las alas, las únicas que ella podía aún sentir—. No está bien de ninguna manera. Sé lo que se siente.

—¿Cómo podrías saber lo que se siente? —musitó Kima—. ¿Cómo osas pensar que puedes saberlo?

—No todas las heridas dejan cicatrices en el cuerpo —dijo Cologne, con gran ternura—. No solo extremidades se pueden mutilar.

Kima miró hacia atrás, vio la tristeza en los antiquísimos ojos oscuros de Cologne, y se dio cuenta, sin saber cómo, de que la mujer mayor sí podía entender lo que ella sentía.

Cologne sonrió un poco.

—Sigue adelante, niña. Con el dolor, con la pena, con la pérdida, no tenemos más alternativa que seguir adelante o caer. Y no creo que seas de las que cae fácilmente, ¿verdad?

—No —dijo Kima en voz queda—. No lo soy.

—Sé que cuesta —dijo Cologne—. Pero no estás sola. No lo olvides.

Kima asintió con la cabeza, y, despacio, se sintió empezar a sonreír:

—No. No lo estoy.

El agua empezaba a enfriarse en torno a las dos, sentadas en la bañera, al haber vuelto a reclinarse contra los extremos de esta.

Alguien golpeó a la puerta.

—¿Se van a quedar ahí todo el día? —exclamó Taro.

—Nos puedes acompañar si estás tan desesperado —llamó Cologne de vuelta, con una sonrisa ladina y un guiño a Kima.

Se oyeron rezongos airados que luego se fueron alejando. Kima miró a Cologne, que sonreía de buena gana, con los ojos oscuros chispeando de buen humor.

Kima sacudió la cabeza y se rió. A veces, era lo único que se podía hacer.

~ o ~

Cologne se pasó el cepillo por el pelo una última vez, luego agitó la cabeza de modo que el cabello cayera recto por sus hombros y espalda. Tomó de la mesa su cintillo y se lo puso, quitándose los mechones de la cara.

Miró al otro lado de la sala, a Kima, que, sentada en otro sillón, hojeaba con gran atención un ejemplar del Libro del fuego y la tierra, que había quedado con Taro al entrar Cologne al baño. El muchacho había estado esperando cuando las dos salieron por fin en una hube de vapor, y había proclamado el libro como una lectura más bien aburrida, antes de tirarlo con ademán descuidado a la mesa, para enfilar al baño que las dos acababan de desocupar.

La mujer alada hojeaba por el libro con cara absorta, y una intensidad extraña en sus ojos azules, como si en las páginas hubiera podido encontrar las respuestas que buscaba.

Cologne suspiró, dejó el cepillo en la mesa y volvió a acomodarse en la silla. En los últimos días se había acostumbrado a su cuerpo joven, pero a veces el extraño dinamismo de este lo sentía como algo ajeno.

Miró de reojo a Kima, y volvió a suspirar. Sentía un vínculo con la otra mujer. Era muy parecidas: tanto orgullo, tanta autosuficiencia, tantas otras cosas ocultas debajo.

Había mucho dolor en esa joven, cubierto por capa sobre capa de frialdad. Era algo remontado más allá de aquel lisiamiento horroroso, sádico, más allá de la muerte de Saffron a la sombra de las montañas. Cologne deseó saber cómo llegar de verdad a la otra mujer, pero sabía muy bien cuánto costaba soltarse, permitirse vulnerabilidad, dejar que alguien viese el dolor de uno. Todo cuanto Cologne podía hacer era dejar en claro que estaba allí, disponible, de ser necesario.

La puerta del baño se abrió de par en par y salió Taro, en una nube de vapor, con el chaleco escamado y los brazaletes brillosos de humedad condensada, pasándose vigorosamente una toalla por el pelo negro azuloso.

—Nada de mal, me podría acostumbrar —dijo jovialmente, tiró la toalla al piso y se acercó a ellas peinándose la cabellera con los dedos.

—No te acostumbres —dijo Kima, sin quitar la vista del libro—. Y recoge esa toalla.

Taro se encogió de hombros, enganchó con el pie la toalla húmeda y la subió con un envión hasta sus brazos, luego se tiró, con exagerada soltura, en uno de los pesados sillones de madera que rodeaban la gran mesa redonda.

—¿Y cuando me puedo largar de aquí?

—Apenas Samofere diga que está bien —dijo Cologne.

Taro mostró una semisonrisa. —¿Crees que me pueden detener si de verdad me quisiera ir?

—Sí —dijo Cologne sin más—. Yo puedo. No me des razones, Taro. Eres bastante hábil, pero yo soy mejor, y como he llegado a tenerte cierta estima desde hace muy poco, preferiría no echarla a perder viéndome obligada a darte una lección dolorosa.

—Solo preguntaba —dijo Taro, alzando las manos en gesto defensivo.

—Desde luego —dijo Cologne, irónica, poniendo un codo sobre un brazo del sillón, y contemplando la chimenea de piedra que dominaba un extremo de la estancia.

Hubo silencio durante un momento. Kima volvió una página del libro, con un rozar de papel.

Taro empezó a tamborear con los dedos en el brazo del sillón.

Cologne levantó la vista y lo miró.

—Deja eso.

Taro obedeció.

Luego de un momento, el muchacho se levantó de su asiento, dejando la toalla sobre la silla. Una única gota de agua cayó de la tela mojada hasta dejar una marca de humedad en el grueso entramado de la alfombra azul que había bajo la mesa y fue hasta la chimenea, para examinar los contenidos de la repisa, figurillas talladas, formas delicadas a imagen de dragones y aves fénix.

—Haz el favor de no tocarlas —dijo Kima, mirando en dirección a Taro.

—No las iba a tocar —dijo el muchacho—. Solo las miro. Bonitas.

—Gracias —dijo Kima, aún inmersa en el libro.

Cologne se detuvo un instante antes de empezar a tamborear con los dedos en el brazo del sillón. Se puso en pie.

—Voy a ver cómo está Ranma.

—Mmm —dijo Kima a modo de respuesta, volviendo otra página.

—Ajá —dijo Taro, aún mirando las figurillas.

Cologne estaba a punto de abrir la puerta que conducía a la habitación donde Ranma descansaba, cuando la puerta del corredor de afuera se abrió, y entró Samofere.

Cologne lo miró con gesto preocupado: parecía muy cansado. Kima se levantó del asiento luego de cerrar de golpe el libro, y Taro dio la espalda a la chimenea y avanzó algunos pasos por la sala.

Samofere alzó una mano en ademán de detenerlos, y se hundió en el sillón que Taro había ocupado. Un momento después se dio cuenta de que estaba sentado sobre una toalla mojada, la cual extrajo con cuidado para luego dejarla en el piso.

—Ahora recuerdo por qué detesto la política —dijo con voz suave.

—Mi señor don Samofere... —dijo Kima.

—No empieces tú también —se lamentó él—. No me digas señor, ni don. Por favor, no me digas así. No lo soporto.

Cologne fue a situarse tras él y empezó a sobarle los hombros, de vez en cuando acariciando con los dedos las plumas negras de las alas. Era un manojo de tensión, un subflujo de emoción apenas contenida que vibraba bajo sus músculos.

—¿Cómo marchó todo? —preguntó ella.

—Pésimo —dijo él—. Todos me quieren de rey. Todos creen que me pueden usar para sus raterías.

Lo sintió tensarse aun más, si es que era posible, y una punzada de debilidad casi empática atravesó el cuerpo de Cologne.

—No saben nada —siguió Samofere—. A esos insensatos solo les importa su poder personal. Debería... —Se reclinó en la silla, relajándose un tanto. Luego de un momento, se rió suavemente—. ¿Hay algo de beber?

Kima, que se había quedado de pie y en silencio desde la reconvención de Samofere, pareció ponerse atenta de un salto:

—Veré qué tengo.

Salió presurosa por una puerta, con las alas barriendo de forma elegante tras ella, en tanto Taro se sentaba en una silla frente a Samofere para mirarlo detenidamente.

—¿Cuál es tanto el escándalo? Ahora eres rey. No veo qué tiene de malo.

—Todo —dijo Samofere, sosteniéndose la frente con las garras de una mano—. El concepto entero. La idea de que una persona tenga por algún motivo la atribución de decidir el destino de muchas otras, sin tener que escuchar a nadie más.

—Pero no abusarás de ella —dijo Cologne, en tonos calmantes, hundiendo los pulgares en puntos estratégicos de la espalda de él, tratando de aliviar la tensión—. Porque así eres tú.

—Pero eso no es el problema —dijo Samofere—. El problema es que no tengo la obligación de escucharlos.

Suspiró. Luego dijo:

—¿Qué es, me pregunto, lo que les hace desear un rey?

—Fácil —dijo Taro—. Para empezar, está acostumbrados. Y a la mayoría de la gente le importa un bledo pensar por sí misma. Prefieren hacer lo que alguien les diga. No quieren pensar en mañana, quieren que otro lo haga. —Se encogió de hombros—. Por eso tienen reyes, líderes, o lo que sea. Para no tener que pensar. La mayoría son rebaño, solo quieren que alguien los guíe, e irán para donde vaya el que los guía.

Samofere alzó la cabeza y miró a Taro:

—Es lo más cínico que he oído en mucho tiempo.

—Sí, bueno, soy un tipo cínico —dijo Taro.

—Uno se lleva pocas desilusiones cuando solo espera lo peor —murmuró Cologne.

Kima volvió, con una botella en una mano, y varios vasos bajo un brazo y en la otra mano. Los depositó con cuidado sobre la mesa.

—Agua. Debería estar fría; conectaron los flujos de agua, así que tengo algo parecido a un refrigerador. Si no lo está, podemos mandar a pedir que...

—Kima, siéntate —dijo Samofere con voz cansada—. Por favor no me hagas esto. Por favor no me trates distinto. Trata de verme otra vez como un bibliotecario, si sirve de algo.

Kima se sentó, mirando a Samofere con gesto nervioso. Agachó la cabeza.

—Perdóname, Samofere. Cuesta...

—Lo sé —dijo él—. Lo sé.

Taro había cogido la botella y quitado el corcho, y se afanaba vertiendo agua gasificada en cada vaso. Asió uno y bebió de él, luego se volvió a acomodar en la silla, con semablante distendido.

—Sí, está fría.

Samofere se inclinó hacia adelante, cogió dos vasos, y le pasó uno a Cologne. Ella bebió el agua fría, sorprendida de su repentina sed. Samofere bebió de su respectivo vaso, y volvió a dejarlo en la mesa.

—Lo haré rápido. Kima, se te exime de toda culpabilidad en la muerte de Saffron.

Kima cerró los ojos durante un momento, y sacó una exhalación larga.

—Entiendo.

—Se te restituye tu cargo —dijo Samofere—. Eres senescal de nuevo, si lo deseas.

—Acepto —dijo Kima, con los ojos todavía cerrados—. Aunque no sé si aún soy digna.

—Lo eres —dijo Samofere, suavemente—. Nunca pienses que no.

Samofere miró en dirección a Cologne, luego a Taro.

—En cuanto a ustedes dos... La explicación que di de la presencia de ambos, y la de Ranma. Dije que me había enterado de la existencia de traidores en el monte, y que, dado que no tenía certeza de en quién poder confiar, había reclutado ayuda del exterior. Servirá como justificación por ahora. Prefieren no cuestionarme, en todo caso.

—Bueno, esa demostración que hiciste fue bien impresionante —dijo Taro —. El agua, el discurso. Todo bien.

—Me alegra que lo apruebes —dijo Samofere, en tono impreciso.

Bebió lo último de su agua.

—Salió fácil, la mentira —dijo al fin—. Me sorprendió la facilidad.

—¿Y qué más podías decirles? —dijo Cologne delicadamente—. ¿Qué trajimos a Ranma hasta aquí porque hace tres mil años escribiste una larga serie de profecías que él ha venido cumpliendo? ¿Que la muerte de Saffron, del intento de golpe de Helubor, son solo el comienzo de algo largo y terrible cuyo final no conocemos?

—Podría haber dicho eso —dijo Samofere—. Y es muy posible que me creyeran.

Taro dejó enérgicamente su vaso vacío en la mesa y se puso de pie.

—Bueno, todo muy divertido, pero no tengo deseos de quedarme más de lo necesario.

—¿Deseas marcharte, entonces? —dijo Samofere, mirando al joven.

Taro asintió, con una sonrisa leve extendiéndosele.

—Eso.

Estiró ambos brazos por delante, con los dedos entrelazados, y se hizo tronar los nudillos.

—Sé lo mucho que les gustaría tener un guerrero de mi calibre por estos lados, pero...

—¿Todavía está aquí? —dijo Kima.

Cologne ocultó una sonrisa detrás la mano y miró a Taro.

—Lo acompañaremos a una salida —dijo.

—Alguien tiene que quedarse a vigilar al muchacho —dijo Samofere—. Cologne, si no es problema...

—No lo es —dijo ella suavemente, retirándose de donde estaba, tras la silla de él—. En absoluto.

Samofere y Kima se levantaron de sus respectivos asientos, caminaron en silencio hacia la puerta con Taro entre los dos, y salieron. Cologne los miró irse, tres siluetas altas, dos aladas, una sin alas, y sintió, inusitadamente, una extraña punzada de celos.

Con un suspiro, se hundió en un sillón, sintiéndose muy cansada. Por mucho que amara a Samofere, con todo el tiempo que lo había amado, jamás podría aspirar a entenderlo.

~ o ~

Taro estaba de pie al borde de las gradas, con un cubo de agua a medio llenar colgando de una mano. Más allá de las gradas estaba el aire abierto, una caída de cientos de metros hasta abajo, por entre la cubierta brumosa que no lograba ocultar del todo los picachos irregulares que componían el Monte Fénix.

Dio un vistazo atrás, a Kima y a Samofere, que estaban el portal abierto que conducía a los pasadizos del palacio, en la cima de la montaña.

—Bueno, nos vemos.

—Tienes nuestro agradecimiento —dijo Samofere en voz queda—. Y eres siempre bienvenido aquí.

—Claro —dijo Taro, sorprendido por la emoción desacostumbrada, dichosa, que lo recorrió. Era bienvenido: qué extraño era oírlo.

—Esto no ha terminado —dijo el hombre de alas negras con su voz profunda y sonora—. Apenas comienza.

Kima avanzó repentinamente, para ir hasta un peldaño por encima de Taro, con una mano descansando en el delgado barandal que bordeaba el angosto balcón que sobresalía del castillo construido en el costado del monte. Una racha de viento jugó con su pelo corto, y levantó un poco la extensión laxa de sus alas. Le sonrió a Taro, aunque la sonrisa no le llegó a los ojos.

—Sin ti, creo que habría muerto contra el perro —dijo suavemente—. Por eso te doy las gracias.

Pareciendo titubear, ofreció un mano-garra.

Taro se volvió a medias y la estrechó livianamente, intrigado por la sensación inusutada de la mano de ella en la de él. Trató de corresponder con una sonrisa que no fuera burlona, esperando haberlo logrado.

—De nada.

Kima asintió con la cabeza, le soltó la mano, y volvió a subir por las gradas para situarse de nuevo junto a Samofere. Se cruzó se brazos y miró hacia el cielo, a las nubes que pasaban, tan cercanas en lo alto del monte.

Taro volvió a hacer una seña con la mano, luego se volcó el cubo encima al saltar de las gradas; sus alas diminutas se extendieron como si hubieran sido capaces de frenar la caída de su cuerpo desmesurado. De alguna manera misteriosa, siempre lo lograban. Taro había aprendido a no cuestionar aquello.

Cientos de metros más abajo, oyó caer contra las rocas la cubeta que había tirado. Volando hacia el norte, volvió la cabeza para mirar atrás una sola vez, y vio dos siluetas diminutas, una de alas blancas y la otra de alas negras, juntas de pie a la sombra del portal.

En su portentoso cuerpo de bestia, Taro emitió un resoplido fuerte, que hubiera equivalido al suspiro de un humano. Quizá de verdad era bienvenido aquí. Había cambiado mucho estos últimos días. Pero no había cambiado tanto.

Y siempre había andado solo.

~ o ~

Transcurrió un día para Kima, y luego otro. Había mucho con qué ocupar el tiempo, muy similar a la mundanidad de su vida anterior. Acompañaba a Samofere en todo momento, al andar este por los corredores del monte, y parecía el rey extender sobre ella una suerte de protección. Y si en ciertos momentos era preciso volar, él la cargaba en brazos, y las miradas boquiabiertas, de lástima, del resto de su pueblo le parecían a Kima, en cierto modo, menos duras de aceptar.

Samofere andaba entre el pueblo, toda la gente, y les hablaba. Y la mayoría estaba temerosa en su presencia, reverente, pero algunos le contestaban también, y con el tiempo, acaso, empezaron a entender que su reinado sería distinto del de Saffron. La Orden del Cuervo estaba siempre con él, siguiendo tras sus pasos, con ojos duros y atentos; los cuervos mismos pasaban el grueso de su tiempo junto al lecho de Ranma, con Cologne.

Pero a veces, cuando creía que no había ojos sobre él, Kima veía a Samofere empuñar las manos y sacar exhalaciones largas, temblorosas, como las de un hombre sumergido en agua por rato excesivo y que aflora para aspirar bocanadas desesperadas, sin saber qué tan hondo llegará al hundirse otra vez. Y Kima sentía pena por el nuevo rey, pero no decía nada.

En sus habitaciones, en el piso del salón, se había dispuesto una cama para Cologne, pero, en las noches, estando Kima en su respectiva cama en un dormitorio contiguo, oía a la otra mujer levantarse y salir al pasillo, y Kima sabía adónde iba. A Samofere se le habían dado las habitaciones de Saffron, cercanas a las habitaciones de Kima, del otro lado de un puente que unía dos picos del monte. Y Kima, aunque no acababa de aprobar una cosa sí entre ellos dos, al menos podía comprenderlo en parte. Y ahora él era el rey, y no le correspondía a ella cuestionar tales cosas. Eso se decía ella, al menos, y ayudaba.

El cuerpo se Saffron se había tendido, como a todos los muertos del monte, en una cripta de piedra, sellada, donde yacería hasta que la luna cumpliese un ciclo completo desde el día en que había muerto, y luego sería entregado al fuego. Casi una veintena de personas habían recibido igual tratamiento, muertas por las balas, durante el caos en el Auditorio de Pronunciamientos.

La segunda noche tras la batalla en el Auditorio de Pronunciamientos, Kima se había despertado de súbito, en la hora cercana al punto más oscuro de la noche. No por pesadillas, sino por sueños, sueños de volar, sueños maravillosos, de los que, cada vez, se despertaba enferma de pena y ganas de llorar.

Levantándose de la cama, tomó una bata, de suave seda blanca, con un escote bajo en la espalda para dar salida a las alas, y se la puso sobre su desnudez, ciñéndosela holgadamente a la cintura. Luego salió al salón principal de sus habitaciones, y desde allí a la alcoba antigua, el dormitorio de su niñez, donde Ranma había yacido en un letargo similar a la muerte desde hacía dos días.

Las lámparas allí ardían noche y día, proyectando haces de blanco azuloso por la habitación, que cruzaban sobre el rostro de él, tendido de espalda, con franjas de luz y sombra. En el respaldo de la cama, se posaban los dos cuervos, durmiendo con los ojos cerrados, con los cuerpos temblando a ratos producto de los sueños.

Kima permaneció mucho rato de pie, mirándolo, con una extraña sensación de paz. Parecía muchísimo mayor que cuando lo había conocido, hacía menos de un mes en Japón, aunque lo sentía como un lapso mucho más largo.

Se le había elegido para algo, comprendió Kima, tal como a Saffron y a Samofere se les había elegido hacía tanto tiempo. La velocidad y poder fulminantes con que había abatido a Denkoko, el dragón esmeralda tatuado en su piel, el poder de sus manos, la sanación del corazón de Cologne, el fuego blanco que había calcinado a Helubor.

Se le había elegido para algo terrible, horrorizante y maravilloso, y, sin saber cómo, sin saber cómo, ella se había visto envuelta también. Se sentía como una hoja, llevada por la corriente de un río, arrastrada por fuerzas mucho más grandes que ella, fuerzas que no podía ni empezar a dimensionar.

Se quedó un momento más, mirándolo, contemplativa, luego volvió a su respectiva cama, y siguió durmiendo sin sueños.

Y al día siguiente, el tercer día, supo la verdad de por qué Samofere no había querido ser rey.

~ o ~

Era el fin de un día largo, el grueso del cual había transcurrido en una junta infructuosa entre el nuevo rey y los jefes de las casas nobles, que habían pasado los últimos tres días sondeando las intenciones de Samofere en cuanto a la amplia división entre las dos castas de habitantes del monte. El rey había dado pocas respuestas concretas, manteniendo un semblante calmo durante toda la jornada, aunque Kima lo había visto al borde de la ira en media docena de ocasiones.

El momento más cercano había sido cuando don Mazarin, el padre de Masara, había preguntado, de forma más bien atrevida, cuál sería el propósito de su mandato.

Por el rostro de Samofere había cruzado una sombra, que este se apresuró a ocultar. Desde su lugar, sentada junto a él a la enorme mesa de piedra circular donde se efectuaban las juntas, Kima lo había visto aferrar los apoyabrazos de su silla, con tanta fuerza que, al soltarlos, habían quedado hendeduras en la madera.

—Mi mandato —había dicho Samofere con voz suave— se hará según mi parecer.

—¿Y cuál es vuestro parecer? —había preguntado Mazarin.

—Es prevenir el sufrimiento de todo mi pueblo —había contestado Samofere con una voz queda, pesada—. No solo garantizar la felicidad de algunos.

Ni Mazarin, ni ninguno de los demás nobles, habían tenido respuesta alguna a eso.

Pero el día ya tocaba a su fin, la junta había concluido, y se hallaba Kima de pie en la enorme alcoba que había pertenecido a Saffron, y que ahora había pasado a su hermano. Por fuera de las puertas, Loame y los demás integrantes de la Orden del Cuervo montaban guardia sobre el puente recién reparado, que unía los picos del monte, y las puertas del otro extremo del puente conducían al resto del complejo del palacio, que coronaba los niveles superiores.

Samofere había sido muy firme en su decisión de no aceptar sirvientes de ningún tipo, y, al terminar el día, pasaba el tiempo solo, excepto por Cologne. A veces parecía tener pocos deseos de verla incluso a ella, aunque había dado orden de que se le permitiera libre tránsito entre los habitantes. Era algo inaudito, que un humano circulara libremente en el monte, pero ahora él era el rey, y su palabra era decreto.

—Haré que te suban la cena, Samofere —dijo Kima, disponiéndose a salir. Se había acostumbrado un tanto a llamarlo por su nombre a secas en privado, aunque en público había que guardar las apariencias, había que seguir el protocolo.

—Gracias —dijo él, sentado con aspecto de cansancio en el borde de la gigantesca cama. Plantas florecían de verdor en macetas de color vivos, puestas por toda la estancia.

Kima asintió y se aprontó para marchar, cuando la voz de él la detuvo.

—Kima, espera.

Ella se volvió, mirándolo con gesto inquisitivo:

—¿Necesitas algo más?

Lo vio negar con la cabeza. En la cama, junto a él, yacía la forma dorada y plateada de la Corona del Fénix, como desechada.

—Necesito decirte algo. Necesito decírselo a alguien.

Caso titubeando, Kima volvió para situarse, de pie, cerca de él.

—¿De qué se trata?

—Sospecho que responde a una pregunta que has querido hacerme también —dijo él—. Quieres saber por qué yo no quería ser rey, ¿verdad?

Tras un instante de pausa, Kima asintió con la cabeza.

—Sí —dijo suavemente—. No puedo entenderlo. Tú eres sabio y bondadoso, y puedes ser un gran líder para nosotros. Hay muchísimo que puedes cambiar para mejor.

—Pero ¿por qué debo ser solo yo? —preguntó Samofere en voz queda—. ¿Soy el único que puede cambiar las cosas? ¿Qué me da a mí, que soy solo uno, el derecho de decidir el destino de tantos?

—Fuiste elegido —dijo Kima—. Con tu hermano. Tienes tanto poder, un poder tan grande, que...

—A mi hermano y a mí se nos eligió para combatir al Desolador —dijo Samofere—. No para gobernar. Se nos había elegido antes para gobernar, a ambos. Regimos el monte, pero porque el pueblo nos había elegido. El poder no me da el derecho de decidir la forma en que otros deben vivir sus vidas.

—Pero...

—Escúchame —dijo él en voz queda—. El poder puede ser un fin en sí mismo, si es lo que uno desea. El propósito del poder puede convertirse en la retención de ese poder, un ciclo interminable. Pero esa vía conduce a todos los males que puedan imaginarse. El poder se puede usar para dominar, para regir mediante el miedo, mediante la fuerza. Yo no deseo regir así.

—Pero no regirás así —dijo Kima—. Sé que no lo harás.

Samofere se rió suavemente.

—Lo dices ahora. Pero ¿y si cambio? ¿Acaso no puedo cambiar para mal?

—Esperaste cuatro mil años —dijo Kima—. ¿Cuánto cambiaste en ese tiempo?

Él volvió a reírse. —No sabes cuánto.

Se levantó de la cama, y se puso frente a ella. Sus ojos brillaban de modo extraño.

—¿No te has preguntado, Kima, si en verdad hice todo cuanto pude mientras veía nuestra caída? ¿Crees que usé todo cuando estaba a mi alcance para ayudar a mi hermano, para ayudar a mi pueblo?

Antes de que ella pudiese hablar, Samofere extendió los brazos, y le dio la espalda, con las alas estirándosele a medias durante un momento.

—No lo hice. No hice ni un centésimo de lo que debí haber hecho. Porque fui un cobarde, y porque tenía miedo.

—Samofere... —dijo Kima, avanzando un paso, alargando una mano.

Él se volvió de un giro y clavó la mirada en ella, con la boca a medio torcer en una sonrisa hiriente.

—Kima, ve a matar a Ranma mientras duerme.

—¿Qué? —dijo Kima, retrocediendo un paso producto del pasmo, casi con la misma rapidez con que había avanzado.

—Ve a matarlo —dijo Samofere, con la sonrisa ensanchándosele—. Degüéllalo mientras duerme.

Un horror intenso y enfermizo se derramó por dentro de ella, una renuente incredulidad.

—Mi señor...

—¡Lo ves! —vociferó Samofere, triunfante—. ¿Lo ves? ¡Eso es un rey! ¡Eso es un rey!

—Samofere, no entiendo —dijo ella, desamparada—. ¿Qué sucede?

—Lo pensaste —dijo Samofere. Cerró los ojos y se estremeció, como al borde de derrumbarse—. Aunque haya sido un solo momento, lo pensaste. Aunque sabías que estaba mal, pensaste en hacerlo porque yo lo ordenaba. Porque soy tu rey.

—Pero tú nunca me habrías ordenado eso —dijo Kima, sacudiendo la cabeza—. No en verdad.

—Pero ¿y si lo hubiera hecho? —preguntó Samofere—. ¿Y si hubiera insistido? ¿Lo habrías hecho, Kima? ¿Lo habrías hecho?

Y ella solo pudo quedarse en silencio, mirándolo, mirando esas manos temblorosas, las profundidad triste de sus ojos, y no pudo decir nada.

—Por favor —dijo Kima al fin, agachando la cabeza, con los ojos cerrados—. No hables de esto. ¿Por qué hablas de esto?

Samofere respiró hondo e irguió la postura.

—Lo que voy a decirte no lo sabe nadie que hoy esté con vida. Creo que se lo diré a Cologne, a su tiempo, pero es la primera vez que... le hablo de esto a alguien.

Y Kima sintió una terrible emoción surgir en ella, y cayó en la cuenta de que deseaba desesperadamente, desesperadamente, no oír lo que él le diría, no teniendo, sin embargo, modo alguno de impedirlo.

—En la batalla final entre las huestes del Desolador y aquellos dispuestos en su contra —dijo Samofere—, recayó sobre mi hermano y yo el deber de combatirlo. Su fuerza superaba todo cuanto se hubiera visto antes sobre la tierra, y todo cuanto se haya visto después. Era más fuerte que Saffron o yo, y en ese entonces los dos éramos mucho más fuertes que ahora. El Desolador era más fuerte por sí solo que Saffron y yo juntos.

Volvió a acercarse a la cama y se sentó en el borde del enorme colchón. Bajando una mano, recogió la Corona del Fénix, arrancada de la esencia de su hermano y hecha material por Galm, y la sostuvo entre las manos.

—Aquel día casi perdimos. Habríamos perdido, de no ser por la propia arrogancia del Desolador. Cada gota de poder que mi hermano y yo arrojamos contra él, cada hechizo ejecutado por los magos de ambos bandos, él lo acumulaba como energía, esperando. Y cuando estuvo preparado, desgarró las barreras y dejó que viniese la Oscuridad. Liberó entidades apresadas desde el inicio del tiempo, de las cuales Galm formaba parte. Permitió que la malignidad absoluta y el caos infinito entraran al mundo por fisuras hechas en el aire, y empezaron a matar. A matarlo todo. A sus huestes, a las nuestras, todos. Todos empezaron a morir.

El rostro de Samofere era una máscara de congoja, con ojos a medio cerrar.

—Y él estaba en medio de todo, riéndose. Se reía, y seguía matando. Mi hermano y yo tratamos de luchar contra él, y aquellos de nuestro bando versados en magia intentaron reparar el daño que había hecho. El Desolador desgarró a Saffron, lo lesionó tan gravemente que ni él pudo reparar de inmediato el daño, y luego empezó a matarme a mí. Estaba a punto de arrancar la fuente de mi poder, como Galm hizo con Saffron, lo único que podía en verdad matarme.

Y ahora Samofere agachaba la cabeza, y cerraba los ojos, y empezaban a salir lágrimas por entre los párpados apretados.

—Yo amaba a una mujer en esos días, Mei Ming. Pertenecía a la gran nación guerrera que vive en la zona de Jusenkyo, el pueblo que se dispersó después de la batalla final; el último y más auténtico vestigio de su cultura es el pueblo de Cologne, las joketsuzoku.

Inspiró hondamente, sujetándose la frente con una mano.

—Mei hizo la cosa más valiente que he tenido el honor de ver, un acto cuyo igual no sé si veré algún día. Ella llegó, como de la nada, y atacó al Desolador cuando este estaba por quitarme la vida. Él nunca la vio venir, y aunque podría haberla destruido en un segundo, no tuvo ese segundo, porque ella los hizo caer a los dos por uno de los portales, aferrándose a él hasta que hubieron pasado, entregando así a los dos a la Oscuridad.

—Ha de haberte amado mucho —dijo Kima delicadamente, sintiendo un dolor en el corazón.

—No sabes cuánto —musitó Samofere—. Ella hizo más que sacrificar su vida. Sacrificó todo su ser. Su alma, su mente, todo. Se entregó, libre y voluntariamente, a un destino en verdad peor que la muerte. Fue a la Oscuridad, a un lugar de la más completa ausencia de luz, de la maldad más absoluta.

—Lo lamento —dijo Kima, sentándose en la cama junto a él, sorprendida de su propia pena, por la muerte de una mujer ocurrida cuatro mil años antes de que ella naciera.

—Pero eso no es lo peor —dijo Samofere—. Al empezar a cerrarse los portales, ya que la muerte del Desolador había cortado el poder que los mantenía abiertos, la oí. Gritando de tormento, de sufrimiento, de un dolor que superaba todo lo que yo hubiera creído posible. La Oscuridad la tenía, a su mente, su cuerpo, su alma, su esencia misma. Y se vengaba de ella, despedazándola y volviéndola a armar, una y otra y otra vez, y lo haría así hasta el fin del tiempo, porque allí ella no era, ahora, más que un juguete, y era odiada con un odio que supera la comprensión humana.

Parecía costarle hablar, y seguía llorando, en completo silencio.

—La Oscuridad la tenía entonces, y la tiene aún, a un fragmento diminuto y arrasado de ella, que sufre por toda la eternidad, porque me amó lo suficiente para hacer eso por mí, porque amó la Luz lo suficiente para darse a la Oscuridad y matar a su más grande adalid.

—Ay, Samofere —musitó Kima. No pudo decir más que eso; no podía ni imaginar la profundidad de su pena, no tenía derecho de pensar que pudiera ser capaz.

—Eso es lo peor —dijo él al fin—. Pero no es la razón de que no quiera ser rey. Que Mei haya muerto por mí es un peso muy grande en mi alma, pero no es el más grande de mis pecados. Lo que hice al oírla gritar, fue algo tan diabólico, tan propio de un sirviente de la Oscuridad, que no puede perdonarse. Extendí mi poder, e intenté traerla de vuelta.

—¿Qué tiene de malo? —preguntó Kima—. ¿Qué tiene de malo un acto de amor así?

—Porque al extender mi poder y hurgar en la Oscuridad, la Oscuridad hurgó en mí —dijo Samofere, apenas susurrando—. Y me enloqueció, y empecé a matar, con todo el poder que se me había dado. Nueve décimas partes de las huestes que enfrentaron al Desolador murieron ese día, y yo fui el hechor de muchas de esas muertes, antes de que mi hermano y los magos de nuestras fuerzas pudieran reducirme, ahuyentar de mí la Oscuridad, hasta que quedé hecho poco más que un guiñapo, desquiciado.

Produjo un sonido suave, como si con la confesión de esta cosa horrible tuviese al fin una porción de paz.

—Y pasé mil años sumido en la locura y las tinieblas, y mi hermano murió y renació muchas veces, y olvidó que yo existía, y, con el tiempo, los demás también, y seguía yo desquiciado. Y cuando por fin desperté y me descubrí algo más recuperado, todo había cambiado, y no podía revertir el cambio.

Kima no podía hablar. No tenía palabras que decir, que pudieran aliviar esa culpa. No existían en ella, quizá en ninguna parte. Se sintió recorrida por la aflicción de un pecado de cuatro mil años, que llenó cada fibra de su ser.

—Y la locura sigue allí —dijo Samofere por último, sonando casi apacible—. Sigue en mí. Puedo sentirla esperando, paciente, carcomiendo como un gusano. Puedo reprimirla, pero cuesta tanto, cuesta tanto. Y si alguna vez me vuelve a apresar, no puedo ni imaginar lo que sucederá.

Puso una mano sobre el hombro de ella.

—Por eso no deseaba ser rey. ¿Lo entiendes ahora?

—Sí —contestó Kima suavemente—. Lo entiendo. Y lamento haber hecho lo que hice en el Auditorio de Pronunciamientos.

—No —dijo Samofere en voz queda, quitando la mano del hombro de ella para luego apartarle suavemente el cabello blanco de la frente, de modo de poder mirarla a los ojos—. No lo lamentes. Tal vez es para mejor, por ahora. Ya veremos. Esta es la senda que seguimos ahora, para bien o para mal.

Desvió la vista, para mirar la Corona del Fénix, que tenía en la mano, todo cuanto quedaba de su hermano.

—Más vale que te vayas —dijo—. Te agradecería decirle a Cologne que quiero verla.

—Desde luego —dijo Kima, que se levantó y fue hacia las puertas.

Las abrió y salió al puente; pasó junto a Loame y la vigilante Orden del Cuervo, dándoles una escueta seña con la cabeza, mirando fugazmente a ambos lados del puente, hacia las volutas de niebla que ocultaban el suelo del fondo. Por primera vez, al mirar la amplitud vacía del espacio, no sintió pena, ni pensó en volar. Ya había demasiada angustia sobre ella, demasiado desconsuelo.

Fue a sus habitaciones, y entró para encontrarse a Cologne en uno de los sillones, con la barbilla apoyada en un puño pequeño.

—Está despierto —dijo con voz suave, mirando a Kima con ojos cansados.

—¿Qué? —dijo Kima, sabiendo en todo momento a quién se refería.

—Dije que está despierto.

—¿Puedo hablar con él? —preguntó Kima, vacilante.

—Supongo —dijo Cologne con voz fatigosa—. Está muy débil, y lo estará algún tiempo. Trata de no agitarlo.

—Así será —dijo Kima—. Samofere quiere verte.

—Ah —dijo Cologne, levantándose de la silla para ir hacia la puerta—. Está bien.

Cuando Cologne se hubo marchado, Kima se quedó sola, de pie en la sala durante un momento, luego fue hasta la puerta corrediza del cuarto de Ranma, la abrió, y entró.

Los cuervos posados sobre la cabecera de la cama la miraron al entrar, con ojos de negro sólido y blanco sólido. Ranma tenía los ojos cerrados, y parecía dormir. El brillo de las lámparas en las paredes relegaban las sombras y la oscuridad a los rincones de la habitación.

Ranma abrió los ojos y ajustó un tanto la posición de la cabeza para mirarla.

—Hola —dijo débilmente.

—Hola, Saotome —contestó ella, y se sentó en la silla.

Él volvió la cabeza a su posición inicial y miró hacia el techo. Shiso emitió un sonido bajo, triste, y se acicaló un ala, con reflejos violáceos en sus plumas negras.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Kima en voz queda, ajustándose los faldones de la túnica al sentarse. La prenda era de seda blanca, con cortes por el costado de las piernas para permitir maniobrabilidad, de cuello alto, y con la basta y mangas con una orla de hilo carmesí. En el pecho iba bordada una imagen estilizada en oro y escarlata: dos aves fénix sosteniendo al sol con sus cabezas. Era el atuendo ceremonial de su cargo, lo que vestía generalmente cuando no usaba su uniforme de combate. La espada colgaba a su cintura, en un cinto de eslabones de plata entrelazados.

—¿Por qué estás vestida así? —preguntó Ranma, aún mirando hacia el techo.

—¿Crees que uso lo mismo siempre? —dijo ella en voz queda, reclinada un tanto en la silla—. Mi uniforme de combate es un poco descubierto para usar a diario, aunque es mucho más cómodo para...

No terminó. Más cómodo para volar.

—Pero y ¿cómo te sientes? —dijo en cambio.

—Cansado —dijo Ranma—. Y adolorido.

Kima se miró las manos, estrechadas sobre las piernas, y trató de idear algo que decir.

—Taro se marchó.

—Ah —dijo Ranma—. Mejor, yo creo. Ese tipo es bastante problemático.

—¿Y tú no? —consultó Kima.

—Cierto —dijo Ranma, y se rió fuerte, sin diversión—. ¿Y qué pasó en los tres días que estuve noqueado?

—Pues —dijo Kima—, ahora Samofere es rey, y a ti, a Cologne y a Taro se les reconoció por ayudar a salvar a mi pueblo de ser gobernado por un usurpador desquiciado.

—Uno se pierde muchas cosas estando inconsciente —dijo Ranma, y cerró los ojos, con una sonrisa casi imperceptible.

Kima sonrió fugazmente, sintiendo alivianarse un tanto la sensación negra que había tenido sobre el alma desde que había hablado con Samofere.

—Supongo —dijo.

—¿Kima? —dijo él suavemente.

—¿Sí?

—Los que disparaban, ¿qué les habría pasado si los capturaban vivos?

Ella estuvo en silencio un momento antes de hablar:

—Se les habría ejecutado.

—Ah.

Ranma se volvió a reír, un sonido frío, como de hielo resquebrajado, como algo delicado estallando en mil fragmentos, agudos como el cristal.

—Creí que si era así me sentiría mejor. Parece que no.

Rodó en la cama, poniéndose de espaldas a ella. Tenía el pelo apelmazado y enredado en la nuca, debido a los tres días de tener el peso sobre esta, y su trenza estaba torcida y desordenada.

—Creo que quiero dormir.

—Ranma —dijo ella suavemente, casi queriendo estirar la mano y tocarlo, ofrecerle algún consuelo que no fueran palabras—. Era la única manera.

—Así dijo Cologne —lo oyó decir—. Y así me digo yo también. Pero no me hace sentir mejor. No me hace sentir nada mejor.

Los hombros le temblaban un tanto.

—Quiero dormir. Por favor.

—Está bien —dijo Kima, levantándose de la silla despacio, quitando la vista de él, para mirar los ojos oscuros de Shiso, allí donde el ave estaba posada, extrañamente silenciosa, en la cabecera de la cama—. Te veré por la mañana, entonces.

—Sí —dijo Ranma.

—Que duermas bien.

—Ajá.

Tenía la voz semiatragantada. Kima salió del cuarto y cerró la puerta, dejándolo solo en el claroscuro. Durante un momento, apoyó la espalda contra la puerta, la fresca madera con bandas de metal, y descansó unos segundos.

Asordinado a través de la puerta, sintió el sonido de un llanto quedo y solitario, apenas audible, y sintió por dentro un dolor hondo, una tristeza por los males que causan los bondadosos, por los errores irreparables que cada quien comete al seguir su camino, y por la oscuridad de la senda que algunos deben transitar al servicio de la Luz.

Cuales sean los fines, hay siempre un precio que pagar por ellos. Pero a veces, ay, a veces qué grande era el precio.

~ o ~

Xande, agazapado en un risco del monte, miraba pasar a otra patrulla alada. Llevaba tres días oculto aquí, desde que había escapado del Auditorio de Pronunciamientos del Monte Fénix, desde que su maquinación había fracasado.

Las patrullas habían sido tan frecuentes en los primeros dos días, que le sorprendía que no lo hubieran encontrado. Había logrado apenas escapar del monte luego de que su hechizo lo transportara a sus habitaciones desde la cruenta masacre del Auditorio. El esfuerzo del sortilegio lo había dejado extenuado; transportarse de ese modo, incluso una distancia tan corta, era sumamente difícil, incluso para alguien avezado como él en hechicería.

Era poderoso, pero no invulnerable, y el haber sobrevivido casi un siglo trabajando como el sirviente de mayor confianza del rey al tiempo que fraguaba su caída, no lo debía a la impulsividad. Esperaría que las patrullas se fuesen deponiendo, antes de alejarse más.

Con el tiempo, encontraría la forma de vengarse. No quedaría ninguno; ninguno. Al principio, había sopesado el usar sus urracas para atacar, pero el alcance de su control se acortaba a mayor número de pájaros a dominar: el tener un grupo de tamaño suficiente para ser una verdadera amenaza más que una molestia, habría requerido que estuviese él en medio de ellas.

Pareciendo hacer eco a aquella idea, cerca de media docena de los pájaros carroñeros, de alas de color sucio y ojos amarillos, aterrizaron en la entrada de la minúscula cueva en que se había escondido.

«Las patrullas», comunicaron en silencio.

«Muchas muchas, pero lejos lejos», llamaron las mentes difusas de los pájaros.

Xande suspiró. Ya había estado demasiado tiempo aquí. Tenía que reunir sus cosas del lugar en que las había ocultado. Ya habrían allanado sus habitaciones; sabía que no encontrarían nada.

«Dispérsense», llamó, a las decenas de urracas que pululaban por el área. «Atentas a las patrullas, avísenme si se acercan».

«Sí sí», dijeron las mentes de los pájaros. «Sí sí bueno bueno».

Soltó un resoplido al salir de la cueva y extender las alas para volar. Cosas idiotas, pero de estupidez útil. Como la de Helubor. Sabía que el príncipe estaba muerto; el que la gente del monte siguiera con vida era prueba suficiente de aquello. Se preguntó si el príncipe había logrado matar a alguno de ellos antes de morir; esperaba que sí. Pero esperaba que Kima viviera aún. Tenía planes para ella. Muchos planes.

Volando con sigilo por las sombras de las montañas, fue yendo hacia el norte, hasta llegar a un valle anidado entre montañas, una tierra grata y fértil, de colinas onduladas, con los delgados cauces azules de ríos corriendo por el verdor, como hilos serpeantes en el atardecer. A decenas de metros de altura, con las urracas volando en torno a él en un silencio sombrío, Xande miró hacia abajo, a las reducidas aldeas que pasaba, hasta que vio por fin bajo él un amplio territorio circular, aun más bajo que el resto del valle. Envueltas en niebla, hundidas en el vientre de las montañas, cientos de pozas de agua se hallaban dispersas por el entorno, diminutas y diamantando como las estrellas del cielo que Xande había venido surcando.

Aterrizó al borde las pozas, y sus urracas se posaron en el suelo herboso en torno a él, o en las varas de bambú que se empinaban del agua como centinelas, para mirar en derredor con fríos ojos amarillos.

Xande miró la dispersión de pozas por un momento, luego dio media vuelta y caminó hacia la choza pequeña situada a treinta metros de las pozas, con una arboleda rala detrás. Probó con la manija de la puerta, que descubrió cerrada por dentro, luego tocó tranquilamente.

—La oficina del Guía de Jusenkyo está cerrada hasta mañana —dijo una voz aguda y asustada. Una voz de niña o niño—. Por favor váyase, honorable cliente, y vuelva mañana.

Xande mostró una semisonrisa, alzó una mano, y despacio acumuló el poder. Una oscuridad ondeante empezó a manar de su piel, espesa y fría desde sus poros, como un aceite, que fluctuaba en torno a sus extremidades como un fuego negro, hasta correr por sus alas.

—¡KIYOKARASUKAMINARIKAZE! —exclamó, extendiendo los brazos hacia los lados y las alas hacia adelante. La puerta saltó partida, la cerradura se rompió, y Xande oyó desde dentro un pequeño grito de temor, y la frenética huida de pies diminutos por el piso.

Xande bajó una mano y capturó a la niña por la espalda de la blusa, cuando ella trataba de pasar corriendo por su lado, para luego ponerla de rodillas en el suelo junto a la puerta. La niña gritó y le golpeó las piernas con las manos, y se puso a llorar.

—Todo está bien, pequeña —dijo él suavemente, con una sonrisa cruel—. No tienes por qué temerme.

—¡Gente pájaro tonta! ¿Por qué no nos dejan a mí y a mi padre en paz? —dijo la niña, que luego rompió en sollozos entrecortados—. Por favor suélteme. No se lo diré a nadie.

Xande levantó a la niña de un tirón, luego sujetó suavemente en la palma de la otra mano su cara temblorosa.

—A ver... Te llamas Plum, ¿verdad?

La niña asintió con la cabeza, y cerró los ojos.

—¿Te acuerdas de mí?

—No —dijo la niña, en tono fiero.

—Bien —dijo Xande—. No tenías que acordarte.

El viejo se inclinó, puso junto al oído de la niña la boca rugosa, y bisbisó unas cuantas palabras.

Al erguirse otra vez, vio que los ojos de la niña se habían puesto algo vidriosos, para luego despejarse otra vez.

—¿En qué puedo servirte, amo? —dijo esta.

Él sonrió. Los huevos surikomi duraban mucho tiempo.

—Tienes algunas cosas que son mías —dijo.

La niña asintió. —Las escondiste detrás de los costales.

—Sí —dijo él suavemente—. Qué niña más buena.

La niña sonrió y asintió. —Gracias.

El viejo avanzó por la choza rústica, con la niña a la zaga, y se agachó para apartar varios costales de cereal. Tras estos, había un costal de cuero de menor tamaño, que el viejo recogió para examinar detenidamente los contenidos. Sonrió: estaba todo en orden.

—¿Algo más en que pueda servir? —preguntó la niña detrás de él.

Él se irguió y la miró. Lástima que no fuera mayor; sería bonita en los años venideros. Pero hasta él tenía sus límites.

—No. Pronto voy a decir "cenizas". Cuando lo diga, quiero que te duermas. Y mientras duermes, vas a olvidar que yo vine. Vas a olvidar que soy tu amo. Despertarás en una hora, y tendrás una siesta agradable, con sueños muy bonitos.

La niña asintió.

—Cenizas —dijo él suavemente.

Ella se derrumbó al piso, roncando al instante.

—Qué niña más buena —dijo Xande, y cerró la puerta por fuera al salir hacia la noche.

Las pozas de Jusenkyo brillaban a la luz de las estrellas, reflejando imagen sobre imagen de la luna menguante, casi llena.

La decena de cuervos que le acompañaban bajaron aleteando desde sus puestos sobre las varas, como una masa negruzca que aterrizó ante él.

«Ahora nos vamos», les dijo él en silencio.

«Vamos vamos vamos», remedaron los pájaros, jubilosos.

Y luego, suavemente, en silencio, una forma fétida se posó sobre su hombro. Era una urraca, enorme y pestilente, la más grande que él hubiera visto. Estaba acostumbrado a la suciedad de los pájaros, pero este superaba todo aquello. El pájaro olía como si llevara una semana muerto, y el olor a carroña produjo a Xande ganas de vomitar.

«Quítate de mí», ordenó en silencio, alzando una mano para espantarlo.

—No —dijo la urraca en voz alta, con una suave voz de mujer.

Xande detuvo la mano a medio ademán de golpear.

—¿Qué?

—Vendrás conmigo —dijo el pájaro, en un tono leve, elegante, de soprano—. Debemos volar lejos.

—¿Adónde? —preguntó él en voz baja.

—Al este —dijo el ave infecta—. A Japón. A Kagoshima, específicamente.

—¿Quién eres? —preguntó él, con tono de sospecha.

—Soy algo más grande de lo que tú jamás serás, gusanillo alado —dijo el ave—. Y si no vienes ya, haré que estos pájaros hagan pedazos tu cuerpo arrugado. Lentamente.

Súbitamente asustado, Xande extendió sus pensamientos y buscó a tientas la mente de las urracas. Fue como querer trepar un cristal. El ave se rió con esa voz de mujer.

—No temas. Tú y yo servimos al mismo amo, y deseamos mucho de lo mismo. Has exactamente lo que digo y te dejaré vivir.

—¿Quién...?

—Basta de preguntas —dijo el ave, alzando un ala, como un dedo reprobatorio—. Me llaman Fuhaiko. Serás útil cuando nos conozcamos en persona, gusanillo.

—Tendré que descansar muchas veces si debo volar tan lejos —dijo Xande.

El ave pareció sonreír. —Te cargaremos cuando sea necesario. Ahora ven.

Xande se lamió los labios, y volvió a buscar la mente de las urracas.

En su hombro, la cabeza de la urraca se acercó, tan veloz que casi no la vio, y el pico filoso del ave se clavó en el pómulo de él, inmediatamente debajo de su ojo izquierdo. Xande dio un grito de sorpresa y dolor, y se llevó a la mejilla una garra rugosa, que, al verla, tenía sangre.

—Inténtalo otra vez y será el ojo —reconvino la urraca.

Xande asintió con la cabeza. Sabía cuando estaba vencido.

—Iré.

—Bien —dijo el ave, tajante—. Pero después volverás, desde luego. Al igual que yo. Recuperaremos lo que es de nuestro amo por derecho propio. Lo recuperaremos todo.

Y el ave se rió, una risa ligera, divertida, y se alzó al aire aleteando. Un único gusano necrófago, blanco, salió retorciéndose de los pliegues inmundos de las alas de la urraca, y cayó sobre un hombro de Xande, donde estuvo un momento antes de que él se lo quitara de un manotazo, asqueado.

Las urracas saltaron desde el suelo, batiendo las alas, para formar un círculo en tono al pájaro enorme y repugnante que hablaba con voz de mujer. Luego de un momento, Xande se les unió.

Volando todos hacia el este, bajo la luz de la luna y las estrellas, Xande miró hacia el sur, en dirección al Monte Fénix. Se vengaría, con el tiempo.

El tiempo estaba de su lado, a fin de cuentas.

Y pensó, mirando a la gigantesca ave carroñera en torno a la cual orbitaban los demás pájaros más pequeños, que por lo visto otras cosas estaban de su lado también.