NA: OOC, cursilería y cliché. Abstenerse quienes no soporten dosis extremas de azúcar.

Okaasan: madre. -Otôsan: padre. - Obaasan: abuela. - Obasan: tía. - Ojiisan: abuelo. - Ojisan: tío. - Oneesan: hermana mayor.


Errores que marcan


A la distancia, Naoki divisó a sus hijos acompañados de su ex esposa. Kotomi caminaba lenta y silenciosamente junto a su hermano, que tomaba de la mano a su madre y hermana platicando animadamente a las dos mujeres. Kotoko era quien reía y devolvía la conversación con el pequeño Naoyuki, comunicando en su mirada el amor que sentía hacia el chiquillo de casi seis años.

La imagen se le hizo nostálgica al genio, pensando en lo rápido que pasaba el tiempo y en las pequeñas cosas que se perdía de la vida de sus dos hijos, en especial del menor, tras su separación con Kotoko.

Kotomi, con once años, se encontraba en pleno proceso de pubertad, y cada fin de semana que la veía le parecía que su altura era distinta a la ocasión anterior. Además, sus delgados labios brillaban a causa del discreto labial de sabor que, según Kotoko, un día de repente comenzó a utilizar, y que sospechaba su abuela era quien orquestara aquel cambio, pues su seria, astuta e impasible hija no tomaba en cuenta tales temas, a menos que se viera en la necesidad de evitar más insistencia de parte de Nochiko Irie.

Él estaba de acuerdo. Parte de la personalidad de su hija era similar a la suya, pero pequeños aspectos delataban el parentesco con su progenitora, si bien muy pocos podían detallarlos.

Naoyuki, en cambio, era su pequeña copia en apariencia, pero su forma de ser se inclinaba a la de su madre, con la curiosa característica de ser más listo para su edad, a la vez que un poco ingenuo. Su capacidad intelectual se preveía como la suya, mucho más de lo que su hija mostró en su tiempo, mas su afabilidad y viveza le hacían actuar de modo cariñoso y preocupado por los demás. Era demasiado dulce para su propio bien, y no creía que pudiera cambiar… Se asemejaba tanto a Kotoko que dudaba que lo hiciera, ni siquiera por sus circunstancias.

Tal vez cuando alcanzara a comprender que sus padres no estaban casados como los demás, no expresaría un cambio muy drástico, pues el tipo de vida al que estaba acostumbrado era ése; Kotomi, con siete, tuvo que adaptarse a hábitos diferentes y entender poco a poco que sus padres no estaban juntos como pareja.

Aunque habría de admitir que por su causa nunca los presenció mucho como tal y en relación a ello no tuvo muchos cuestionamientos, como cuando con cuatro años inquiría por las razones de que casi no se tomaran de la mano ni se besaran, a pesar de que peleaba con su madre por el amor hacia él.

Emitió un suspiro por aquellos días.

En ese momento, Naoyuki dijo algo a Kotoko antes de soltarse de las dos mujeres para salir corriendo hacia donde estaba él, con la rapidez que sus pequeñas piernas le permitían.

Él, en consideración a la altura de su hijo, se acuclilló.

—¡Papá! —Una ola de afecto le rodeó junto a los bracitos de su pequeño clon, al que removió sus cabellos castaños semirojizos con suavidad.

—¿Te has portado bien, Naoyuki? —preguntó mirando los refulgentes orbes de su hijo, llenos de inocencia y felicidad a partes iguales.

—¡Siempre me porto bien! ¿Verdad, mami? —cuestionó elevando sus brazos con emoción, al tiempo que Kotoko y su hija llegaban hasta ellos. La mayor asintió con una pequeña risa.

—Hola papá —saludó Kotomi, antes de acercarse tímidamente para abrazarle y darle un beso en la mejilla, que él correspondió.

Ella era su mayor debilidad, cierto; pero desde que tuviera que pasar, en su mayoría, cinco días sin verlos, no le preocupaba tanto como antes el devolver muestras de cariño en público. Casado con Kotoko hacía unos cuantos, muy pocos de verdad; no obstante, tras separarse, ella se había llevado parte de su frialdad y se comportaba distinto tratándose de sus hijos.

—Kotomi —dijo cogiendo la pequeña bolsa que ella llevaba a los hombros, donde venían algunos de los artículos de los que nunca se separaba, que él no podía tener en su departamento.

—¿Cómo estás, Irie-kun? —preguntó en saludo la pelirroja, sonriéndole. Inclinó la cabeza y la miró con detenimiento unos instantes. Actuaba un poco más serena, pero su espíritu seguía allí. —¿Qué tal las vacaciones?

—He avanzado en mi investigación.

Su ex esposa rió y le entregó la pequeña mochila de su hijo. —Me apena pedirte de último momento que los cuides, pero tres enfermeras están indispuestas y necesitaban urgentemente un reemplazo, y…

—Te he dicho por teléfono que no te preocupes, Kotoko —cortó con suavidad el monólogo de la pelirroja, que rápido asintió. —Un día más con ellos no es problema. Sé lo que son las urgencias del hospital.

Ella colocó detrás de su oreja un mechón de cabello, que volvía a ser largo, y suspiró.

—Será un fin de semana sin descanso.

—No te extralimites.

Mucho menos cuando ya no estaba él para cuidarla, pensó abatido. Conforme el día en que se separaron cuatro años atrás se acercaba, tenía esa clase de pensamientos.

—Evitaré hacerlo, Irie-kun. —Miró a sus hijos, que platicaban sentados en una banca a lo lejos, o, por lo menos, el niño era quien hablaba y su hermana respondía con monosílabos. —No tengo que pedirte que los cuides, porque lo harás. Que tengas buen fin de semana, y si me necesitas, ya sabes donde encontrarme.

Asintió y en un acto reflejo la sujetó cuando dos niños corriendo estuvieron por tirarla.

—Gracias —musitó ella mirándolo a los ojos antes de separarse—. Hasta luego, Kotomi-chan, Nao-chan. ¡Los quiero! Adiós, Irie-kun. Cuídate.

Él la miró unos momentos mientras se retiraba y luego se volvió a sus hijos; Kotomi le observaba sin movimientos, Naoyuki con ojos expectantes.

Les hizo una señal para irse.

[…]

Kotomi acababa de retirarse para leer un rato a solas y en silencio en la habitación, y él se quedó con su hijo en la sala de estar. Naoyuki contemplaba los créditos de la película que vieron los tres juntos como si fuera lo más interesante del mundo. Había sido una extraña elección de parte de los dos el filme, pues se trataba de una comedia de romance, a la que él había accedido y visto en partes.

Cuando preguntó qué gustarían de ver, uno había decidido por una película que hiciera reír y el otro por una que mostrara amor, y al final habían pedido como lo que veían la abuela, su madre y su tía Konomi.

—¿Por qué okaasan, obaasan y obasan lloran con estas películas? —cuestionó su hijo apartando la mirada de la pantalla, al haber llegado los créditos a su fin.

Cerró su libro y brindó toda su atención al menor, riendo en voz baja por el tono en que preguntó, como si fuese un tema de relevancia mundial.

—Porque a ellas les gusta y les emociona la historia, algunas partes de la película les causan el llanto —respondió esperando la réplica.

—Cuando me siento triste lloro y cuando río mucho también, aunque no me siento triste. ¿Ellas también lloran cuando están tristes y felices? —inquirió el castaño frunciendo sus labios en un mohín.

—Así es.

—¿Y cuando obaasan pregunta a okaasan sobre otôsan y ella llora, es porque es feliz o está triste? —La pregunta le hizo fruncir el ceño, por un momento no supo qué decir. Sintió enojo hacia su madre por su impertinencia, tendría que hablar seriamente con ella.

Era un problema que la casa donde vivían Kotoko y sus hijos estuviese más cerca de donde habitaban sus padres, porque su madre se aparecía mucho por allí. No negaba que era de gran ayuda en el cuidado, pero tenía esos momentos en que hablaba de lo que no le incumbía, se metía en su vida como en el pasado.

—¿Qué le pregunta? —Quiso saber, sin ofrecer una respuesta.

—Sólo fue una vez —dijo Naoyuki llevando su índice a la punta de su nariz—. Obaasan dice "Tú quieres a Naoki-chan, Kotoko-chan. No te entiendo" y okaasan lloró. Pero mamá está feliz, ¿o no?

—Sí, es feliz con ustedes.

Naoyuki asintió contento con su respuesta y se apegó más a él en el sillón, acercando a sí el libro con imágenes que acababa de descubrir ese día en su librero.

Medio sumido en sus pensamientos, lo observó abrirlo y leer en voz alta las frases que se encontraban señalizando las ilustraciones. Sin saberlo, su hijo acababa de ponerlo en una encrucijada, en medio de la desilusión y la esperanza, con el conocimiento de lo que Kotoko sentía hacia él, que pensaba había desaparecido y por ello pidió el divorcio años atrás.

Entonces, ¿por qué lo hizo? Si el amor no se había agotado.

—¿Papi? —llamó su hijo e inclinó la cabeza en reconocimiento, interrumpiendo sus reflexiones. —¿Tú quieres a mami?

Casi quiso reír de la ironía y del desasosiego. Hasta su hijo dudaba de sus sentimientos por su madre, imaginaba por qué ella pensaba lo mismo.

—Sí, la quiero —susurró más para sí que para Naoyuki, aunque este lo escuchó a la perfección.

—Y ella te quiere… —musitó su hijo—. ¿Entonces, por qué no están juntos como obaasan y ojiisan, y ojisan y obasan?

La cabeza ligeramente inclinada de su hijo y la determinación en su mirada, como si tuviera la respuesta a los problemas del universo, le caló profundo.

—Somos diferentes —ofreció como vaga respuesta, incapaz de decir nada más, pensando en que él, Naoki Irie, un genio para todos, era un idiota.

Un idiota que no había sabido mantener consigo lo único que le importaba y había perdido años valiosos por su ignorancia y falta de lucha en su relación. Si tan solo se hubiera esforzado un poco más y puesto más atención a las señales, ahora no estaría así.

—Mami dice que lo diferente no es malo —pronunció su hijo encogiéndose de hombros—. Las personas diferentes son muy importantes, Naoyuki-chan. No debemos dejarlos solos. Y no lo olvidarás porque recuerdas todo, como tu papi.

—Ella tiene razón.

—Pero tú eres diferente y estás aquí solo, papi.

—No cuando están ustedes —expresó después de pasar saliva.

—Pero oneesan y Naoyuki-chan no vivimos aquí todos los días. —Usó un tono de reproche y dio un brinco en su asiento con los mofletes inflados, como si su respuesta no hubiese sido la que esperaba—. ¿Te gustaría vivir con nosotros en la casa amarilla de mamá? No estarías solo.

Reprimió una mueca y se guardó una media sonrisa. La inocencia y buen corazón de su hijo eran colosales. Y con la rapidez mental que comenzaba a mostrar, lo hacían una combinación peligrosa.

En esos momentos se preguntaba si así pasaron sus padres con un hijo como él, sumando lo imperturbable. No recordaba situaciones así con Kotomi, y si las hubo similares, tenía una respuesta adecuada.

O era que vivía todavía en una de sus épocas felices.

Sonaba patético. La presencia de Kotoko y sus hijos le habían ablandado, gracias a ellos estaba tan expuesto a emociones que no comprendía la mayor parte de las veces y los acontecimientos más recientes le ponían como lo que podría catalogarse de emotivo.

Si veinte años atrás, cuando ella entró en su vida, le hubiesen dicho que estaría así dos décadas después, no lo habría creído. Y, para bien o para mal, ese era ahora. Solo la cercanía y calidez de Kotoko faltaban en la ecuación.

—Le preguntaré a mami —resolvió Naoyuki al no escucharle responder—. Ella dirá que sí.

Decidió no llevarle la contraria, conociendo su "Kotoko-determinación"; cuando se lo comunicara a su madre, ella lo vería igual, y lo comprendía mucho más que él la mayor parte del tiempo.

—Es hora de que duermas —indicó ofreciéndole la mano para ir escaleras arriba.

[…]

La noche del domingo, contemplaba su reloj de pulsera con el corazón latiéndole más apresurado de lo normal. Había tenido todo el fin de semana para pensarlo y esa misma tarde decidió llevar a cabo su plan.

Incluso si no funcionaba, sabría que lo habría intentado; y si notaba la reticencia de Kotoko, junto a la seguridad de que los sentimientos de ella por él permanecían, sería constante y se atrevería a ocupar el lugar del perseguidor, en vez del perseguido. Ella lo valía.

Le dio vueltas al momento en que Kotoko le pidió el divorcio años antes, y como si las palabras de su hijo le iluminaran y abrieran los ojos, pudo darse cuenta que ella nunca le dijo que no lo amaba, sólo explicó que después de dar a luz a Naoyuki, algo en ella había cambiado… "No puedo continuar en esta relación", y él, cegado por las palabras "quiero el divorcio", había asentido sin hacer nada.

Ni siquiera cuando se murió de celos por culpa de Keita había sido tan apático. ¿Y si ella había esperado hacerle reaccionar, que hiciera algo que le demostrara que seguía queriéndola?

Desde que había nacido Naoyuki, por el difícil parto, se había apartado por culpa del miedo y sólo había limitado su relación a conversaciones sobre los niños, porque no habría podido contenerse al tenerla entre sus brazos y llevarla a una situación en que pudiera perderla.

¿Qué había pasado consigo?

Ignoró las señales que ella le daba y actuó como si lo único importante entre ellos fueran sus hijos, sin demostrarle lo mucho que la amaba. Ella mucho tiempo estuvo insegura en el pasado sobre los sentimientos que él le tenía… ¿Y si había pensado que lo que sentía por ella se había esfumado finalmente?

…cuando la verdad seguía siendo la misma: no comprendía su vida sin ella.

Se la pasaba en la monotonía, le faltaba el brillo que sólo ella le otorgaba. Ni sus hijos podían llenar el vacío que la ausencia de ella le provocaba.

Y nunca había pensado en lo que orilló al fracaso de su matrimonio, porque mantenía bloqueada la realidad, sólo constante en la idea de que ella ya no le amaba. En lo profundo, satisfecho con tenerla a la distancia porque no podría colocarla de nuevo en una situación que le pusiera nuevamente a las puertas de la muerte.

Todavía le faltaba mucho por aprender de los sentimientos. Era un genio que no comprendía completamente sus acciones; buscaba darles lógica sin dejarse sentir y llevarse por el corazón. O actuaba dejándose llevar por los sentimientos equivocados.

¿Por qué guiarse por el miedo en vez del amor?

¿Por qué vivir sin ella si una vez había dejado claro que no podía?

Rió cuando sonó el timbre de la casa, anunciando la llegada de Kotoko. Ella se llevaría una sorpresa cuando le dijera que había dejado a los niños con sus padres y que tenía preparado estar los dos solos.

Llegó a la puerta y la abrió lentamente, inundándose con la imagen de Kotoko. Todavía llevaba el recogido de su cabello, pero vestía ropas informales, vaqueros y una blusa celeste ceñida al busto. Llevaba ligero maquillaje ocultando un poco las bolsas oscuras bajo sus ojos, a los que alrededor asomaban un par de líneas producto de la edad.

Para él, seguía siendo la única mujer digna de mirar.

Ella le sonrió, pero pasado un momento su ceño se arrugó al no escuchar los llamados de Naoyuki hacia la puerta.

—¿Está dormido? —Hizo la pregunta con la misma expresión de desconcierto que hacía el miembro más joven de su familia.

Negó invitándola a pasar.

—Irie-kun —susurró Kotoko cuando estuvo dentro.

Él se dio la vuelta y la encontró con la mirada atenta a la mesa para dos en su comedor. Sus hombros se alzaron ligeramente.

—¿Esperas a alguien? —cuestionó Kotoko en un murmullo suave. A continuación, dejó escapar una risita—. ¿Llegué muy tarde por los niños? —preguntó mirando su propio reloj. —No parece ser, pero tal vez están agotados por lo que hayan hecho el fin de semana. No me gustaría despertarlos, pero seguro que tu cita no tarde en…

—Ellos no están aquí —habló él finalmente, cortando el monólogo nervioso de la pelirroja.

Ella suspiró y miró al suelo antes de asentir.

—Debí preguntar antes de venir. Entonces me iré…

—No estoy esperando a nadie más —manifestó firme y claro, acortando la casi inexistente distancia entre los dos. —La cena está preparada para ti.

—No entiendo —respondió la pelirroja haciendo caer los hombros—. ¿Acaso tu madre…

Él se posicionó frente a ella, que no movió ningún músculo en respuesta a su cercanía.

—Ella no tiene idea. —En esta ocasión, no como en todas las fechas especiales, no había sido su madre quien hizo algo para llevar las cosas a cabo. —He sido yo quien lo ha hecho.

—¿Por… qué? —Obligó a Kotoko a elevar la mirada encontrándose con sus ojos llorosos.

Le sonrió. —Porque no encontré otro modo para demostrarte…

—¿Demostrarme qué?

—Que te amo y no puedo vivir otro año separado de ti, Kotoko.

Una de las lágrimas descendió por su pómulo y él no hizo por limpiarla, porque era una muestra de lo puro de sus sentimientos. En su lugar, se inclinó hasta colocar su frente contra la de ella.

—He logrado demostrar que puedo ser un idiota —comunicó sin importarle dejar de lado su orgullo, ese no le valía nada; al final del día lo mantenía en la infelicidad, apartado de la mujer que amaba. —Han sido cuatro años, prácticamente seis, en los que he estado apartado de tu lado por idiota. Te amaba entonces y te amo ahora.

—¿Qué… es... por qué… ahora? No…

—Mi hijo ha demostrado ser más listo que yo… Nadie me había podido abrir los ojos.

Bajó la mirada, arrepentido.

—Te pido perdón, Kotoko… Todo este tiempo perdido.

Un sollozo quebró el cuerpo de Kotoko. Ella llevó sus manos a su rostro para cubrirlo y tratar de ocultar sus lágrimas.

—Me he sentido… tan miserable… Tan triste y tan rota… porque ya no me amabas… Te necesitaba… Y estaba… tan decepcionada… tan molesta contigo… habías prometido… amarme… Lo olvidaste… Me sentía sola… Me cansé de esperar… y tratar…

La acunó entre sus brazos con la garganta seca, culpándose a sí mismo del dolor provocado. Ella había dado tanto de sí y él no había correspondido como había debido. No la merecía. La había dañado mucho.

—Sé que no merezco otra oportunidad…

Pero la quería. Y nada ni nadie la separaría de ella si se la daba. Ya sabía lo que era sufrir por su actitud desapegada, y en cuatro años había progresado demasiado personalmente en el aspecto afectivo.

—No… —murmuró Kotoko.

—Pero te… la ruego —susurró con voz entrecortada.

Kotoko, apartándose levemente, alzó el rostro. Él presionó sus labios contra su frente.

—No quiero… volver…

Recuperó la voz. —No será igual. Este tiempo ha sido una tortura y quiero recuperar cada día… Vivir los demás contigo. Si me dejas.

Como había dicho en el pasado, era ella quien tenía la última palabra.

—¿Y si no… funciona? Ahora… están Kotomi y Naoyuki.

—Tu tiempo y tus condiciones —dijo con la clara convicción de que así fuera.

De repente, el cielo se iluminó. Kotoko, su Kotoko, sonrió como antes, una sonrisa de amor dirigida sólo a él, que le hacía falta después de lo que parecía una eternidad.

—¿Qué es lo que cenaremos? —preguntó ella señalando la mesa.

—Vamos —instó sujetándola del codo para guiarla a su asiento.

Ella se detuvo un instante.

—¿Kotoko?

—Sólo por esta noche, ¿podría dormir… y sólo dormir, aquí?

Y aquella noche, después de muchas, él pudo conciliar el sueño en calma, sus brazos en torno a la única mujer que pertenecía a ellos.


NA: Hola.

Esta idea me venía rondando de hace un tiempo. Y tenía que escribirla para que se fuera. No ha quedado tal como me imaginaba, pero el resultado me ha gustado. Había que hacer a Irie un poco cambiado, pero ya a los 37-38, un divorcio y ese adorable niño, debían suponer un cambio ;)

Además, ando sentimental y quería esa escena.

Me sorprende que he podido escribir más en cuatro días que en tres meses. Lo que hace tener tiempo.

Espero que disfrutaran.

Besos, Karo.


Maddie: Muchas gracias, linda. Tener opiniones como la tuya es de lo mejor y me impulsa a escribir, por lo menos para que una persona lea :D. Espero que lo que has dicho se mantenga y continúes leyendo.

caro: Hola, hola. Qué bueno que también lees por aquí. Gracias por tus comentarios y tu punto de vista. Me ayuda mucho. Con gusto seguiré escribiendo para que puedas continuar leyendo, y que te guste...