Disclaimer: Nada de aquí me pertenece.
Kotomi experimentó el amor y desamor, solo por sus sentimientos al menor de los Irie.
Lo voluble de los sentimientos
En medio de un tejido para el regalo de Navidad que daría a Yuuki ese año, Konomi volvió a pensar en su relación de quince meses con el menor de los Irie, el mejor alumno de su preparatoria y el chico por el que había alcanzado la clase E en la escuela.
No habría creído que podría haber conseguido que su amor infantil y adolescente le hiciera caso; pero así había sido. Comenzaron como amigos, gracias a las horas de estudio que en secundaria le consiguieron el puesto noventa y siete del tablero, viviendo distintas situaciones, hasta que él la besó, diciéndole que le gustaba, y comenzaron a salir.
La niña muchas veces rechazada durante la primaria, lo habría tomado como imposible, pero ahora era una certeza que era novia de Irie Yuuki, el número uno de la preparatoria Tonan, futuro sucesor de la triunfante Pandai, hermano menor de un prominente médico del país. Ella, que era tímida, insegura y algo tonta, era su novia.
No podía estar más feliz, pero esa sensación que últimamente le daba vueltas la tenía en constante lucha consigo misma. Y no rezumaba felicidad.
Al contrario, era toda dudas.
¿Por qué, si aparentemente tenía lo que deseaba, no estaba contenta?
Simplemente, porque había momentos en que el cuerpo presentía que algo iba mal, era una intuición que su corazón tenía, y era en torno a aquel chico que dominaba sus pensamientos y sentimientos.
No estaba loca, él se preocupaba por ella, era atento, a su manera, podía ser reservado, pero tenía una sonrisa que hacía brincar su corazón y apreciarla cuando surgía. La trataba bien y veía que era distinto a Irie-san con Kotoko-san, solo que, había algo que faltaba en su mirada, y estaba presente en el modo de su hermano mayor de observar a su esposa, en especial mientras la última tenía en brazos a su hija recién nacida.
Temía encontrar una razón para eso, porque sabía que su corazón resentiría la respuesta.
Sin embargo, más era dolorosa esa incomodidad actual y quería borrarla. Por lo cual, cuando su novio llegó a la mesa de la cafetería donde comían, guardó su bola de lana y sus agujas, para ser valiente por una vez y hacer frente a aquella situación.
Yuuki, como muchas veces, la saludó con un movimiento ligero de cabeza al sentarse ante ella, que sonrió a modo de respuesta, aunque de él obtuvo un ceño fruncido.
Quizá no había fingido lo suficiente.
—Yuuki-kun —dijo en voz baja.
—¿Qué pasa? —cuestionó él, inclinando su cuerpo a la mesa.
Ella, apreciando la genuina preocupación en su rostro, dudó por un segundo, pero el malestar en su pecho le obligó a no desechar el tema ni la oportunidad.
—¿Me quieres? —pronunció con un suave susurro, solo audible para los dos.
La tensión de sus hombros le confirmó que la había escuchado.
—Solo tienes que responder sí o no —le facilitó; porque si bien sabía que no era extremadamente serio, también era consciente que tenía sus reservas a ciertas expresiones.
Y, por sobre todo, sabía perfectamente que él era una persona que decía la verdad.
Él tragó saliva y ella sintió que los segundos se hacían horas, y en su pecho sentía el dolor creciente de su corazón rompiéndose.
Ella le quería mucho, pero si él, aún después de seis años conociéndose, poco más de uno siendo novios, no sentía lo mismo, pensaba que era inútil seguir insistiendo. Kotoko-san y la señora Irie le habían platicado la historia de amor de los mayores, y ella no era tan fuerte para soportarlo.
Ni quería eso.
Aunque sufriera por no estar con Yuuki, más lo haría estando a su lado sin que le quisiera. Incluso si le hacía ponerse a llorar.
—Konomi —murmuró él, en un tono que le parecía realmente apenado.
Ella parpadeó y miró los ojos marrones de Yuuki, en los que solo vio resignación.
Una capa de pesar le cayó encima.
—Eres mi mejor amiga y mi novia, me gustas, y te quiero por eso...
—Pero no estás enamorado de mí —susurró ella, bajando la cabeza.
—No.
La palabra golpeó de lleno en su pecho y ella asintió, apretando los dientes en un intento de contener su llanto. Una parte de ella lo sospechaba, pero era la confirmación más dolorosa de lo que esperaba.
—Entonces creo que lo mejor es que seas libre —expresó a media voz.
—Konomi.
Él colocó una mano sobre la de ella, en la mesa, obligándola a alzar la cabeza. Yuuki tenía una cara de querer decir algo, pero no abrió la boca, y asintió, apartando los dedos de ella, en un gesto que significó más que mil palabras.
No estaba ni dispuesto a pelear.
Ella se humedeció los labios, en un gesto para controlar las lágrimas que pugnaban por salir. Pero, por su infancia con padres divorciados, era una experta en ocultarlas.
—Nos vemos —emitió poniéndose en pie, para ir a clase.
Él no hizo nada por detenerla, ni esperaba que lo hiciera. Aun así, dolió.
Ausente, se refugió en su aula de clases, y recibió sus próximas lecciones con la cabeza baja, como muchas veces, esperando hasta llegar a casa, donde comió en silencio en compañía de su madre, quien no notó que algo pasaba con ella.
Solo en su habitación, encontró un refugio para el llanto.
[…]
Dos semanas, muy apagadas, pasaron, y el periodo vacacional por fin de año, llegó. Era el día de Navidad, y Konomi se encontraba en su sala, sintiéndose patética por el simple hecho de que había concluido el suéter pensado para Yuuki, justo para ese día.
No fue precisamente porque lo pensara, pero bordar siempre le ofrecía tranquilidad y distracción, así que llevó a término aquel trabajo a la mitad. También, en su mente había pensado que a él le correspondía ese regalo, solo por su amistad.
Si bien, en los últimos días no habían hablado, y era muy difícil para ella pensar que otra vez lo harían y serían los amigos de antes, su corazón se afanó en hacer el suéter azul que descansaba en su regazo, mientras se debatía si envolverlo o no con papel de regalo.
Suspiró, con un nudo en la garganta de la indecisión; simplemente podía envolverlo y dárselo para cerrar ese ciclo, aun si se humillaba, pero se sentiría mucho mejor que no hacerlo. Él (ambos) era consciente que en quince días no desaparecerían los sentimientos de ella, cultivados a lo largo de ocho años. Y, darle un regalo el día de Navidad no podía ser muy comprometedor, cuando seguía siendo su mejor amigo.
Sin estar del todo convencida, dobló el suéter y extendió el papel de regalo dorado en la mesa de té, colocando al centro la prenda, para envolverla y poner la cinta adhesiva necesaria.
Una vez llegado año nuevo, miraría hacia delante, con el corazón roto, pero no se compadecería a sí misma; tenía dieciocho años y la vida no acababa por el desamor —aunque siguiera llorando cuando el sentimiento le ganaba—; bien una vez se resignó a no tener oportunidad con Yuuki y cambió de opinión por la persistencia de Kotoko-san, a quien esa inmensurable fuerza de voluntad le había hecho llegar al punto de tener una linda hija con el hombre de sus sueños.
Ella era más realista y sabía que no todo salía como quería, y en su caso, su oportunidad había durado lo suficiente. Había caído al fondo del pozo, sí, algún día encontraría el modo de salir; o, lo más probable, alguien le ayudaría a hacerlo.
Cerró los ojos y abrazó a su pecho el regalo; no sería ese día el que se lo diera. Tal vez no lo haría nunca.
Sí, aquello sonaba mejor.
No era alguien valiente, y le quedaba algo de vergüenza para no cometer una tontería de ese modo.
¿Por qué le daba tantas vueltas a todo?
Era una respuesta obvia: el paso de Yuuki en su vida. Ella, antes, tenía un pensamiento demasiado simple, que, al ir creciendo y estando impulsada por él, fue cambiando solo un poco.
Sus ojos se aguaron y apretó los dientes, porque le dolía, y su corazón débil llamaba por él. Más en un día como ése, donde las parejas debían estar disfrutando juntas.
Alzó la cabeza escuchando el sonido del timbre y se pasó la manga de su suéter amarillo por sus ojos, poniéndose en pie para atender la puerta.
Cual fuera su sorpresa para hallar del otro lado al objeto de sus pensamientos.
—Yuuki —susurró, parpadeando atónita.
Él parecía abochornado, con las manos tras su espalda, la mirada desviada. Entonces, los ojos de los dos se cruzaron, y le vio presionar sus labios en una línea.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, realmente anonadada.
—¿Me invitas a pasar? —respondió él, en tono dubitativo, a la vez que suave.
Realizó un asentimiento con la cabeza y se hizo a un lado, pero él le dio una indicación a que lo precediera. Ella, sin decir nada, lo hizo, y lo escuchó cerrar la puerta.
Seguía confundida por su presencia, en tanto su corazón latiente gritaba como loco que un buen significado existía a que estuviera allí.
Cuando llegaron a la sala, reparó en que tenía el regalo para él en el sofá, que no pudo ocultar a tiempo.
—Te traje esto —dijo Yuuki, con el rostro rojo, extendiéndole su brazo, donde llevaba una bolsa de obsequios rosada con plateado.
—Gra… gracias —pronunció, tras un carraspeo.
No podía emocionarse, pensando en que él tuviera la misma idea que ella, de que continuaban siendo amigos. Yuuki no era tan insensible como pintaron a Irie-san, así que debía haber un buen motivo para ello.
Probablemente se disculpaba por su último encuentro.
—Ábrelo —indicó él en un murmullo.
Asintiendo, porque, a pesar de todo, se había enamorado —y seguía estándolo— de un chico serio, en el fondo dulce, cuyo único detalle era que no tenía la misma clase de sentimientos por ella.
Esa impresión, no cambió al extraer un osito de lana de la bolsa. Su animal favorito. Fue ver sus brazos dispares lo que llamó su atención, y una idea pasó por su cabeza.
—Encontré una imagen donde explicaban cómo transformar un guante en un oso —explicó Yuuki cuando posó sus ojos en él. Luego suspiró. —Perdóname, Konomi. Yo… hice el oso, para demostrarte que estoy arrepentido. Hablé largo y tendido con Kotoko; mi tonta cuñada me hizo ver que estaba mal.
—No entiendo —musitó, todavía enternecida por el hecho de que él, con su seriedad, se hubiera tomado la tarea de hacer el oso por su cuenta.
—Quiero pensar que he aprendido más de los errores de mi onii-chan —expresó él, con una sonrisa pequeña—. Y que puedo ser más listo en estos casos. Konomi, te mentí. Lo siento mucho. Ahora me doy cuenta que fue cobardía y una tontería de mi parte.
Él se cambió de lugar para colocarse junto a ella, que permanecía sin entender; aun así, esperanzada.
—Estos últimos meses, papá me ha estado insistiendo para estudiar para mi examen a Tokio; y yo —suspiró—, pensé que estabas siendo una enorme distracción para mí —confesó.
Abrió la boca, incrédula. Él posó su dedo para cerrarla, con una risa seca.
—También, que estando en universidades diferentes, y yo muy ocupado dentro de la empresa, preparándome para suceder a papá, sería mejor que tú y yo nos separáramos. —Él cogió su mano. —Estaba siendo un tonto… y por eso quise que termináramos. Cuando me hiciste tu pregunta, tomé la oportunidad. Te mentí. Me arrepentí solo de haberlo hecho. Y Kotoko, ella me ayudó a comprender lo que estaba haciendo.
Él suspiró, otra vez.
—No es del todo cierto; yo igual me di cuenta que, alejándote, mi estudio carecía de motivación y que estoy peor sin ti, Konomi. Y que, si lo intentamos, puede funcionar. Yo… te quiero, Konomi. Y sí estoy enamorado de ti.
Ella soltó un sollozo y cubrió su rostro con sus manos. Yuuki había sido un tonto y la había hecho sufrir con eso, pero podía entenderlo, y él también se notaba que había sufrido. Además, lo quería mucho.
—Konomi… por favor, no llores —pidió él cogiendo sus manos, apartándolas de su cara.
—Eres un tonto, Yuuki-kun —manifestó ella, negando con una sonrisa. —Te quiero mucho.
Él sonrió junto con ella.
—¿Volverías conmigo?
Le dio un asentimiento como respuesta, y él presionó sus labios momentáneamente a los suyos, con las mejillas ligeramente arreboladas.
Ella observó al exterior. —¡Está nevando! —exclamó, emocionada.
—¿Quieres dar un paseo? —invitó él.
Miró a su vestimenta, arrugando la nariz.
—No tengo la ropa apropiada —replicó.
Él se encogió de hombros. —Te esperaré —dijo.
Asintió y se puso en pie, con el osito en sus manos. Entonces, recordó que ella no le había dado su obsequio.
Lo cogió y se lo entregó, sonriente. —Feliz Navidad, Yuuki-kun.
Él sujetó su regalo; sin abrirlo todavía, se enderezó a su altura, y la abrazó. —Feliz Navidad, Konomi.
N/A: ¡Saludos!
Tenía las ganas de hacer algo largo, así que pasaran años y toda la cosa, pero quería hacer algo muy cursi y salió esto. En esta ocasión no fue de Irie y Kotoko -y creo que me habría salido mucho más del canon-, sino con estos chiquillos, ¿qué tal? Hoy mismo lo hice y acabo de finalizarla, je,je.
Lo próximo que suba, probablemente, sea de Chris y Kin-chan, y ya después venga una sugerencia de sheblunar :)
Claro, también depende de la inspiración.
Gracias por leer (y si no han pasado por mis otros fics, les invito).
Fuertes abrazos, Karo.
adriana bulla: ¡Y tú eres un amor! Gracias por leer aquí también
