Disclaimer: Nada de aquí me pertenece.

Un solo encuentro en París, delimitó que Christine se decidiera por el amor de su vida. UA


Una chica determinada


Romántica como era, Chris supo que, en París, la mundialmente famosa ciudad del amor, había encontrado al amor de su vida.

Amante de los orientales, por su afición a los dramas coreanos, el hombre tuvo que ser del otro lado del mundo, un turista paseando por las calles junto al Sena, de ojos rasgados oscuros, piel ligeramente cetrina, cuerpo atlético y liso cabello negro, peinado con un copete en la parte frontal.

Su corazón, que nunca se había acelerado con su antiguo e impuesto prometido Albert, brincó en su pecho como un caballo desbocado, de manera que todo su cuerpo se llenó de calor; y una sonrisa acudió a su boca. Sus ojos se sintieron ligeramente pesados en lo que el ansia por acercarse a aquel oriental, claramente perdido, le ganaba.

Sin apartar la vista del hombre, llevó su mano derecha a su cabello rubio y deseó que su rostro tuviera el mejor aspecto del mundo; que el maquillaje le hiciera resplandecer, sus orbes azules resaltaran con la sombra suavemente oscura, y sus labios chispearan con el brillo sabor melocotón que había puesto en ellos antes de salir a dar un paseo a Saint-Michel.

Decidida a presentarse al hombre que había estado esperando siempre, su alma gemela —porque sentía el llamado del hilo del destino—, dirigió sus pasos hacia aquel oriental vagante, que miraba a su alrededor indeciso, rascando su nuca a momentos, y daba miradas a un móvil en su mano, bien podía ser por un mapa.

Puso su mejor sonrisa, aplanó su vestido azul, y se acercó, decantándose por el francés antes del más conocido inglés, su idioma natal, en deferencia a encontrarse en la capital francesa.

—Buen día —saludó, remarcando su acento británico, para no dar la impresión de ser una nativa, aunque su educación privilegiada bien le hubiera enseñado cómo utilizar un perfecto francés.

El pelinegro la miró anonadado unos segundos y ella amplió su sonrisa, amistosa. Podría él estar muy renuente a algún desconocido, pero ella no daría su brazo a torcer.

Él, tras unos segundos observándola, sacó un diccionario de bolsillo, por el cual Chris habría dado un alarido de emoción, si no lo hubiese asustado. ¡Era el indicado!

La suerte y el destino estaban de su parte.

La banderita en su diccionario fue la segunda mejor cosa que había visto ese día. Él era de Japón, un país por el que sentía predilección.

—Buen día —repitió, esa vez en japonés, el idioma en que se había licenciado, y el rostro del pelinegro se iluminó; en su opinión, dándole más atractivo.

—Buen día —contestó él.

—Christine Robbins —se presentó, extendiendo su mano para tocarlo, sin importarle que eso no diera lugar en su país; podría culpar a la costumbre occidental.

—Ikezawa Kinnosuke —respondió él, suspirando para darle la mano.

Esperaba que el escalofrío que la recorrió no fuera solo cosa de ella, o que, al menos, él no lo sintiera.

—¿Quiere ayuda Ikezawa-san? —inquirió, tras soltarse a regañadientes de su fuerte mano, algo áspera en pequeñas partes.

Debía de trabajar manualmente. Excelente.

—Eh —él rascó su cabeza—, no quisiera molestar, señorita.

Ella rió, encantada. —No hay problema, conozco París y puedo ser de ayuda.

Él se encogió de hombros. —Gracias —musitó algo sonrojado, y luego le ofreció una inclinación de su cuerpo.

Ella casi grita de la emoción.

—¿A dónde desea ir? —inquirió.

—Un restaurante en el barrio latino —expresó él, apretando sus labios.

Soltó una ligera risa y asintió. —Por aquí, Ikezawa-san. ¿A probar la cocina francesa? —preguntó, mientras hacía una lenta caminata junto al río, tratando de retrasar lo más posible la llegada al cercano lugar al que él se dirigía. Usaría el camino largo, por supuesto.

—Sí. —Ella vio su pecho elevarse, con soberbia. —Soy chef. Gané un premio para conocer París y quise probar la cocina de aquí. Y habría tenido compañía si Irie-bastardo y Kotoko no estuvieran juntos.

Chris frunció el ceño, porque él había mascullado algo por el estilo. Eso le hacía pensar que la mujer, Kotoko, debía ser importante para Kinnosuke, pero no él sonaba libre.

Sin poder evitarlo, le dio las gracias silenciosas al tal Irie, por quitar de camino a un obstáculo con el japonés.

—¿Y tiene un restaurante propio? —interrogó, sonriendo, como si nada, formándose una idea.

—No, pero soy el sucesor de mi maestro Aihara; dice que puedo independizarme, pero nada sería un honor como dirigir Fugu-kichi en Tokio. —Ella reprimió una mueca maquiavélica. —Aunque, quisiera hacer más con el restaurante, y se lo he comentado… a él le parece estupendo, solo que no sé cómo comenzar.

—Suena magnífico, Ikezawa-san —alabó. —Yo estuve allí hace siete años.

—¿Cuál fue el motivo? —preguntó él, con los ojos completamente puestos en ella, haciéndola suspirar. Sí tenía que ser el hombre de su vida, y si no, podría llegar a serlo. Había estado años deseando su llegada; no quería alcanzar los treinta sola, ese no era su deseo.

—¿El motivo? —repitió, saliendo de su ensimismamiento al mirarle. Era tan atractivo. —Buscaba algo allí —susurró.

—¿Qué?

—Eso ya no importa, ya no lo recuerdo —mintió, esbozando una sonrisa traviesa. Un novio japonés, eso anhelaba encontrar allí, con la excusa de mejorar su japonés, pero no hubo alguien por quien sintiera la conexión que con Kinnosuke.

Él rió, música para sus oídos. —Yo también olvido fácil las cosas.

Casi pudo abrazarlo. —¿Cuánto tiempo estará en París?

—Una semana.

Chris pensó que era perfecto. Ella podría alargar su estancia tres días más, y ocuparía esos días para hacerse un hueco en su vida.

O tendría que alistar su visado para una estancia placentera del otro lado del mundo.

[…]

Chris suspiró, apretando sus dedos del nerviosismo; había estado realmente convencida hacía un mes, sobre lo que iba a hacer, pero ahora a las puertas del restaurante donde Kinnosuke trabajaba, se sentía nerviosa.

Primero, porque iba a verlo después de seis semanas; segundo, porque él podía pensar que era una loca acosadora, que lo perseguía hasta su nación solo para conseguir su amor, y ayudarle a alcanzar su sueño, con sus conocimientos de su maestría de Empresariales.

Había congeniado tan bien con él esos siete días en que fue su guía y traductora, y acompañante, que se entusiasmó en demasía con su idea, aunque al momento, a unos pasos de él, tenía sus reservas porque la rechazara y huyera por su curso de acción. Pensaba ir poco a poco, pero inicialmente, presentarse allí, era una declaración obvia de sus intenciones.

Y no quería ahuyentarlo o presionarlo.

Enamorarlo sí.

Dio unos pasos a las ventanas y espió, hasta dar con él, vestido con delantal y ropa blanca, detrás de una barra, atendiendo a un cliente.

Su corazón, deprimido por no verlo, se iluminó, y supo que no podía rendirse ni echarse atrás sin intentar ganarse su amor.

Fue hasta la puerta y la abrió, haciendo sonar una campanilla.

Kinnosuke alzó la vista. —Bienv… ¡Christine! —exclamó, asombrado.

Y ella tuvo la certeza que tenía una gran oportunidad y muchas posibilidades a su favor.

Por supuesto, no se equivocó.


NA:

Aquí una viñeta, súper cortito y no tan elaborado. Originalmente iba a ser más largo, pero pensé que, como un primer intento a ellos, iba bien je,je. Espero les agradara.

Besos, Karo.