NA: Si no has leído el número tres, ni lo leas. Se advierte de mucha azúcar, y todo lo que se relacione con las notas de "Errores que marcan".
Okaasan: madre. -Otôsan: padre. - Obasan: tía. - Ojisan: tío. - Oniichan: hermano mayor.
Tras su reconciliación con Kotoko después de su divorcio, Naoki tendría más cosas que afrontar... y horizontes en los que encontrarse.
Acciones que enmiendan
Sintiendo el agotamiento recorriendo sus miembros, Naoki suspiró descendiendo del taxi, agradeciendo la milagrosa falta de tráfico, que le permitió llegar a casa sin contratiempos.
Con pasos lentos, llegó hasta la puerta principal, sacando su llave, que introdujo en la cerradura y giró para abrir, pero la puerta se abrió antes y su hijo Naoyuki apareció del otro lado y cogió su mano con expresión temerosa.
—¡Mamá se está muriendo! —exclamó angustiado.
Después de un turno de noche, ni una taza de café habría podido despertarlo como esas palabras, en especial que las dijera él.
No supo ni cómo se quitó los zapatos y se dejó guiar de la mano por su hijo, hasta donde estuviera Kotoko, en la casa donde los cuatro vivían ahora. Tres meses atrás habían hablado con sus hijos, uno antes de que él se propusiera a Kotoko, esa vez en toda regla, y los dos estuvieron de acuerdo con el cambio de circunstancias.
Kotomi, con quien se encontró al pie de las escaleras, luciendo muy preocupada, solo había sonreído con serenidad y dicho "bien", como si a su edad tuviera suficiente madurez para comprender a la perfección. Quizá en los seis meses que había vuelto a salir con Kotoko, antes de decidir vivir bajo el mismo techo de nuevo, ella había observado y analizado suficiente, como una adulta, aun a su corta edad. Era lista, no había que olvidar.
A Naoyuki, por otro lado, le estaba costando adaptarse, pues no había sabido mucho lo que era vivir con los dos padres y, sobre todo, compartir a su madre. Hacía lo que fuera para llamar la atención de ella y que se la quitara a él, lo que le proporcionaba una sensación de frustración, pero que poco a poco iba lidiando con el menor. Era su hijo, después de todo, y el niño lo quería, solo que no podía evitar sentirse celoso —aun con lo inteligente y sensible que era— porque otro hombre llegara a robarle a su madre. Apenas tenía seis años.
Sin embargo, eso mismo hacía que le sorprendiera que Naoyuki decidiera confiarle a su querida madre, cuando normalmente evitaba que tuviera contacto con ella, estando presente. Prefería que fuese a él la persona que Kotoko tocara, y no a su recién llegado padre, con quien parecía, por un lado, estar feliz de que no estuviera solo, pero por otro, no muy contento de que su adorada okaasan y su otôsan fueran como las otras parejas que conocía.
Complicado, pero los sentimientos muchas veces se peleaban con los pensamientos.
Finalmente consiguió llegar al piso superior, y ya dentro del dormitorio, desde el cuarto de baño, escuchó a Kotoko dando arcadas.
—Yo me encargo —dijo a sus hijos, dispuesto a supervisar a Kotoko.
No obstante, Naoyuki lo detuvo, apretando su mano con la mayor fuerza que un niño de su edad podía tener.
—¿Vas a curarla, otôsan? —preguntó su niño con sus ojitos preocupados, por lo que apartó un instante su principal atención a su mujer, y apoyó una rodilla sobre la alfombra, poniendo su mano libre sobre el hombro de Naoyuki.
—Haría hasta lo imposible —prometió solemne, haciendo que el menor asintiera con una sonrisa.
Miró a su hija sin decir nada y ésta entendió, y se llevó a su hermano de la habitación, sujetado de la mano, calmándole con palabras acerca de que su papá era el mejor doctor y se encargaría de sanar a su madre.
En otro momento, esa fe en él le habría hecho sonreír orgulloso, pero en el presente no, lo único en mente era la mujer en el baño, de quien no sabía qué ocurría con ella, mucho menos si era algo grave, porque los niños tendían a exagerar, aunque Kotomi no.
Ingresó al baño y cogió una toalla, que humedeció en agua, y se arrodilló junto a Kotoko, que devolvía el contenido que pudiera tener en el estómago un sábado a las ocho de la mañana.
—Irie-kun —dijo Kotoko con dificultad cuando terminó su vómito y él pasó el trapo por su frente, besándola en la cabeza.
—¿Ya está? —preguntó suave y la ayudó a pararse cuando afirmó.
Kotoko se lavó los dientes y la cara y se enjuagó repetidamente la boca con el enjuague sabor yerbabuena. Él, mientras tanto, observaba su cara pálida y ojerosa y el cansancio general en su cuerpo, pensando también en su frente caliente, con enfermedades diversas y sus síntomas dando vueltas en su cabeza.
La acompañó hasta que ella llegó a la cama y se acostó sobre el colchón, sin fuerzas.
—Kotoko, ¿cuáles son tus síntomas? —cuestionó en su modalidad de doctor, agotamiento olvidado, para obtener un pronóstico y un posible diagnóstico y hacer que se fuera rápido esa enfermedad que la ponía así de mal. Ella no acostumbraba a estar enferma.
—No es necesario, sé lo que tengo —musitó ella y llevó su brazo derecho para cubrir sus ojos. Su tono fue temeroso y él sintió miedo.
Se sentó en la cama a su izquierda y cogió su pequeña mano, que apretó con fuerza esperando que le dijera, no podía concebir que algo le pasara a ella cuando había vuelto a su vida por completo. Sería lo más terrible que podía pasarle, más allá del divorcio y su separación.
—Es… —Kotoko sollozó y él apartó el brazo que cubría sus ojos, para cruzar su mirada con la de ella; unos orbes marrones consternados, que le dieron un escalofrío.
Sujetó su mentón. —Lo que sea, no importa. Estamos juntos —afirmó con resolución, nada le apartaría de su lado si podía evitarlo. Su mundo sin ella no era nada, y ser inteligente debía valer para algo.
—Estoy embarazada —soltó Kotoko en un susurro y él se heló con la respuesta, recordando la última vez.
Embarazada.
Lo mismo que orilló a la disolución de su matrimonio años atrás. La estupidez que tuvo lugar por su incapacidad de lidiar con los sentimientos y emociones de entonces.
El que era entonces.
Pasado unos instantes de la alarma, sintió alivio, porque no era una enfermedad grave como lo hacía sonar; solo un bebé, como los que ya habían tenido. Le preocupaba un poco, pero juraba que en esa ocasión él estaría a su lado en todo momento, más considerando la edad que tenía y su historial anterior. Y porque simplemente quería estar con ella, por completo, como no había estado antes. Era un embarazo nuevo, como la etapa distinta que estaban viviendo juntos.
No pudo evitar sonreír, él y Kotoko, otro hijo, después de estar separados.
Debió haber sido concebido cuando le pidió matrimonio, notó haciendo memoria.
—No… ¿no es malo? —habló Kotoko con voz titubeante, mirándolo con preocupación.
Puso su completa atención en ella, sería más difícil para Kotoko porque le haría recordar el pasado, y porque esas náuseas matutinas no ocurrieron en sus dos embarazos anteriores, además que habría un poco más de riesgo si no se tomaban las precauciones debidas.
Se regañó por no tener el debido cuidado cuando hicieron el amor, pero nunca habría pasado por su cabeza, más bien, ni siquiera pensó en ese momento en otra cosa que no fuera su felicidad con Kotoko.
Aunque, era médico, y estaba más preparado que años atrás, además que había cambiado desde entonces.
—No, será complicado, pero no malo —aseguró acercando su rostro al de ella, besándola suavemente.
Llevó la mano al abdomen de Kotoko, donde en unos meses más podría sentir a su hijo o hija.
Regaló una sonrisa a la dubitativa mujer de su vida. —Es inesperado, pero lo quiero —acertó a decir con seriedad y ella colocó su mano sobre la suya, sus ojos brillantes. —Y, sobre todo, estaré a tu lado en todo momento —juró en un susurro, antes de besarla de nuevo con más profundidad, a lo que ella correspondió gustosa envolviendo sus brazos alrededor de su cuello.
Esa vez la cuidaría y estaría pendiente a toda hora, esa vez él no era el mismo que antes.
—Te amo, Kotoko —murmuró en su oído y sintió las palabras de amor de ella con el mismo gozo y consuelo de siempre.
[…]
Sonriendo, Naoki rememoraba aquel día de veinticuatro años atrás, a la vez que observaba a su hija menor con su madre, dándose los últimos arreglos en el día de su boda, donde la entregaría al menor de los hijos de Kinnosuke, Shigeo en honor a su difunto suegro, quien había de admitir era un hombre digno de su Ayumi, próxima a graduarse como médico.
Desde el día en que supo de su existencia, la vida no habría podido ir para mejor; conocer un modo de "curar" a Kotoko, sirvió para cambiar la reticencia mostrada por su hijo, el ser más contento con la llegada de su hermana menor, por quien hasta ese día le tenía su completa devoción. Tristemente para su esposa, el malestar gravítico matutino estuvo presente, no como en sus embarazos anteriores, pero más allá de eso, con la debida precaución, aquellos meses de gestación tuvieron buen término, donde la acompañó en todo momento y después vivió un periodo postparto que borró en su relación —tratándose de la mente de ella— el mal sabor de boca del pasado. Desde entonces, su vida con Kotoko había sido como ella habría querido siempre, tras la madurez emocional adquirida por él en el tiempo de separación. Y el propio crecimiento personal de Kotoko.
Verla realizada en sus tres esferas de esposa, madre y profesionista, fue sin duda un orgullo para él, porque finalmente pudo conseguir lo que cargaba a cuestas de no poder darle. Y él también estaba a gusto, teniendo una vida triunfante, sin faltarle ella al lado. Veintidós ininterrumpidos años de matrimonio juntos, lo demostraban.
—¿Qué tal se ve? —preguntó su esposa, reacomodando otra vez el velo que cubría el rostro de su hija, sujeto a un broche de flores en sus cabellos castaños rubios, heredados de su abuela, que descansara en paz.
—De cualquier forma, está perfecta —contestó con una sonrisa de lado, haciendo reír a Ayumi, y bufar a Kotoko, que terminó curveando su boca con gracia, sus ojos llorosos.
Christine, también presente en la habitación, le extendió un pañuelo a su amiga, con quien emparentaría oficialmente aquel día.
¿Quién habría pensado que Ikezawa y él se convertirían en consuegros?
—Naoki tiene razón, Ayumi, luces espléndida; mi hijo es muy afortunado —expresó sonriente la inglesa.
—Y yo lo soy con tenerlo a él, obasan.
Con ver los ojos y sonrisa de felicidad de su hija, Naoki lo comprendía. Si los mismos orbes de él podrían expresar tal emoción, solo podía ser de parte de su hija menor, de carácter idéntico a su padre, suegro y esposa, y un solo ligero toque de su madre, quien debía sentirse orgullosa desde donde los viera.
Ayumi era todo lo que habría esperado de la niña que tanto ansió, por su parecido a ella y la rama de los Irie, y porque en su infancia se prestaba mucho para dejar ser vestida, como sus otras nietas no permitieron. Era una pena que solo disfrutara de ella quince años y no estuviera allí ese día, aunque debía sonreír contenta, si es que en la otra vida podía verlo.
Vestida de blanco, con una celebración de princesa, su hija cumplía el sueño de su querida abuela. Quien viera a la destacada y seria residente del hospital, como toda una romántica, no lo creería.
Menos con la reputación que debía de mantener como la hija del director.
—Espero que Shigeo-kun esté bien en las manos de Nao-kun —dijo Christine pasados unos momentos silenciosos—; cuando los dejé preparándose le estaba dando bastantes reprimendas a mi hijo.
—Creo que la mayor pesadilla de un hermano que adore a su hermana, es que el mejor amigo se case con ella —acotó su esposa, haciéndoles reír a todos.
—Mi onii-chan las pagará cuando Sudou-san, al volver de su viaje, se entere que su hija le llamó la atención —comentó Ayumi con malicia—. Pensar que coincidirían en el aeropuerto de Londres cuando ella iba a Wimbledon y él de negocios, y nunca lo hicieron aquí en Japón.
Naoki no podía decir nada de las casualidades, cuarenta y cinco años atrás teniendo la oportunidad de conocer a Kotoko en lo que para lo que otros serían situaciones asombrosas.
La puerta se abrió. —Ya es hora —anunció una embarazada Kotomi, sonriendo a su hermana.
Christine asintió y se adelantó fuera.
—Te quiero —dijo Kotoko a su hija antes de abrazarla y salir, siguiendo a su amiga e hija mayor.
Él se puso en pie, abrochando el botón del saco de su traje azul oscuro, y miró atento a su hija.
—¿Estás lista? —buscó corroborar, mientras ella suspiraba con los ojos llorosos, para no derramar las lágrimas en su brillante rostro.
—¿Qué habrías respondido si debieras ir al altar con mamá?
Él puso los ojos en blanco y le ofreció su brazo, apretando la mano de ella cuando se disponían a salir de la habitación, sabiendo que ese día se acabarían la emoción que ella traía a casa. Viviría con alguien más y haría su vida con la persona que ella amaba, del modo en que él lo hacía con su madre.
—Conoces la respuesta —ironizó con voz ronca, segundos después.
Solo ante la emotividad de su hija menor podía verse ligeramente afectado aquel día. En el caso de Kotomi, cuando se casó seis años atrás, estuvo receloso, porque debía entregarla al altar, aceptando que una de sus hijas se le iba, pero su primogénita se mantenía serena y compuesta, como era, y no provocó revolución sentimental en su interior.
Ayumi, en cambio, era una joven muy emotiva, que transmitía su sentir a quien la viera y afectaba hasta a los más serios —como hizo con su futuro esposo—. Por eso podía estar movido aquel día, hasta el punto de traer a su mente el día que supo de su existencia, que en adelante marcó enteramente su relación con Kotoko, superando del todo lo agrio del pasado y fortaleciendo su vínculo ya reanudado antes.
Pensó en su pregunta hecha; ella de toda su vida cuestionó su relación con su madre y el amor que le tenía; constantemente le hacía reflexionar sobre sus sentimientos por su esposa. Sería duro el nido vacío, sin su hija menor interrogándole y haciéndole comprender a él mismo muchas cosas.
Su hija suspiró cuando estuvieron al frente de la puerta de la iglesia, donde Kotomi daba unas últimas indicaciones a Noriko, su encantadora nieta de cuatro años, antes de entregársela de la mano a su sobrina Naomi, quien era la dama de honor de su prima, junto a la mejor amiga de su ésta.
—¡Mira abuelo! —exclamó Noriko, tratando de dar vueltas para enseñarle el vuelo de su vestido rosa, como la niña de las flores que era. —¡Soy una princesa!
—Así es, ¿lo harás bien? —preguntó mirando con seriedad a esos ojos marrones heredados de la rama de su esposa.
—¡Sí! ¡Lo haré bien! Mamá ya me dijo que ojisan me llevará a la empresa si lo hago.
Yuuki y Naoyuki pondrían el grito en el cielo por su querida empresa Pandai, pero sabía que ambos accederían a aquello pedido por la más pequeña de la familia.
—Ya entramos —intervino Naomi, halando de la pequeña pelinegra. —Vamos, Noriko-chan, aquí está la canasta.
—¡Sí!
Entonces la verdadera ceremonia dio comienzo, con algunas de las costumbres anglicanas agregadas por el afamado banquero mitad japonés, mitad inglés, que esperaba en el altar, con los orbes cerúleos brillantes y atentos únicamente por su hija. Naoyuki lo custodiaba como padrino, y él vio la mirada orgullosa de su hijo, igual a la de Kotoko y Konomi en los asientos, mientras él caminaba con su hija menor por el pasillo, sintiendo las vibraciones del piano en su garganta.
—Cuida de ella, Shigeo —dijo a su yerno, cuyos cabellos negros se agitaron al inclinar la cabeza en señal de respeto, casi sin poder apartar la mirada de su exultante hija.
—Lo haré, ojisan.
Naoki dio un apretón de manos a su hija, antes de posicionar sus dedos en la mano de su futuro esposo.
—Te quiero, papá.
Suspiró y sonrió, apartándose con un nudo a la garganta, para ocupar el lugar junto a su esposa, donde su demás familia estaba: su anciano padre, que con un corazón de cuidado les sobrevivía a muchos; su hija, yerno y nieta; hermano, cuñada y sobrinos; y amigos, todos presenciando la felicidad de la adulta más joven de los Irie.
Kotoko le dio su mano algo arrugada, como la de él, y él la tuvo con la suya mientras veía a su hija pronunciar sus votos de amar a aquel hombre hasta el resto de sus vidas.
Contempló a su esposa con el rostro humedecido y sacó un pañuelo, que le entregó con disimulo. Ella le ofreció una de esas sonrisas que toda su vida, el resto que le quedaba, atesoraría, y pensó que la vida no habría sido buena si ella no se hubiera aparecido, con una carta, un terremoto e incontables experiencias que guardaba en su afortunada mente, que lo aperturaron a los sentimientos, más claros en su vejez.
Se admiró de ella y lo que habían conseguido juntos, de lo que tenía gracias a su presencia y la emoción que le trajo. Con sus hijos fuera, solo quedaban ellos dos, pero nada le haría más feliz que su compañía en lo que les restaba de vida, porque ella era quien le quedaba en sus días, que serían buenos.
Y pensar que no pudo haberlo tenido.
Negó, dispuesto a disfrutar… porque nada era más grato que despertarse con ella a su lado, y los días junto a ella.
NA: Hola.
Ustedes se atenían, pero ya una vaz había dicho que no hacía bodas, aunque no fue mucho ja,ja. Pero sí fue cursi y notan que no puedo evitarlo XD
¿Se imaginan a un Naoki sesenteañero con canitas y todo? Ja,ja. El abuelo. Me gusta pensar de esto como un universo alterno que agrandar, así con varias etapas de su vida, pero me abstendré de momento y seguirá aquí.
Gracias por leer.
Besitos, Karo.
