En su trabajo como mesero, Naoki se había encontrado con una cliente que se destacaba entre todas...
La cliente especial
Naoki no podía describir el momento en que ella llegó por primera vez al restaurante.
Al menos, si se engañaba a sí mismo.
La realidad es que, con memoria eidética, podía decir con precisión cada detalle de lo que ocurrió cuando esa irritante cliente hizo su primera aparición en el restaurante Fugu-kichi, donde trabajaba seis horas al día para ganar su propio dinero, a los dos días de haber comenzado a laborar ahí. Su mente era capaz de replicar la ocasión, incluso con las palabras que salían de su propia boca, una despedida que estaba dando a unos comensales.
Esa vez le correspondía atender al cliente entrante, así que mantenía atención dividida entre el grupo de negocios que se retiraba y la puerta, por donde vio ingresar a esa pelirroja que hoy día le colmaba la paciencia.
Como correspondía a las formas, se acercó a la adolescente y la invitó a sentarse en una mesa, y ella —con una sonrisa de anuncio de dentífrico— escogió una estratégicamente ubicada para su propósito de contemplarlo, cosa que veía en la actualidad. Iba vestida con unos overoles negros y blusa anaranjada, junto a deportivos blancos, y llevaba consigo una pequeña mochila del color de su calzado.
La pelirroja se había sentado con muchos ánimos y él le había entregado la carta, que ella miró un segundo acompañada de una risa boba, no muy sonora, pero que sí le hizo querer reprimir un resoplido. La catalogó rápido como una de esas adolescentes tontas de su preparatoria, solo atentas en su apariencia; muchas veces le habían dicho que sus ojos violáceos de mirada impasible, en un rostro perfecto adornado de cabello castaño, y su figura atlética gracias al tenis, era lo que atraía a las chicas tontas, iguales a ésa.
Y lo odiaba, no había nada más que detestara que la frivolidad de las mujeres en fijarse en el exterior… aunque él podía presumir que también era muy listo, por su CI de 200.
Aquella adolescente menuda de ojos color avellana, piel nívea y cabellos cobrizos como las hojas quemadas de otoño, fue anexada al grupo de las atontadas por su físico, pues entonces le dio el beneficio de no saber sobre su intelecto. Así pues, cuando ella rió ridículamente, deseó que no le hubiese correspondido el turno de atender. Su compañero Hiro podía encargarse de ella.
La chica pidió una orden de yudofu, que él le otorgó, y la atendió como a cualquier otro cliente: respetuoso, servil y comedido.
Pero ella lo inquietó siguiéndole con la mirada.
Afortunadamente, se fue una larga hora después, tras acercarse a Aihara-san, su jefe, a pagar.
Seguía suponiendo que ese acercamiento incitó a su pesadilla.
Ella volvió… al día siguiente, el que siguió a ése, y todos los demás hasta el día actual, cuatro meses después de aquello, y en todos él era asignado, por el mismo Aihara-san, a atenderla. Éste le había dicho que agradó a Kotoko y siempre era bueno mantener a un cliente contento. En especial a uno que consumía mucho y era habitual como ella.
Si con su sonrisa afable el chef le transmitía que entendía que la chica estaba idiotizada con él, pero enfatizaba que trabajo era trabajo, y el jefe mandaba, pues no le importaba. No le gustaba.
Esa chica —Kotoko—, era un fastidio. Estaba presente todo el tiempo.
No sabía cómo estaba enterada de las horas en que trabajaba los fines de semana, incluso si los turnos cambiaban, pero estaba ahí, irritándole.
Para colmo, había descubierto que iban en el mismo instituto. No se había interesado por cuál clase, mas casi podía poner sus manos en el fuego a que era de la F, de su mismo grado. Quería que fuera así, para tenerla lo más alejada de su clase, la A. No sabía su grado por investigar, sino por sus deberes; en realidad, en la preparatoria solo la había visto de pasada y había tomado la dirección opuesta —hecho que suscitó comentarios curiosos de Watanabe.
Si él supiera, se decía.
Naoki la atendía siempre… sin importar el qué… y estaba obligado a responder a algunas de sus preguntas, cuando ya estaba harto de tratar de desviar la conversación educadamente, porque ella era insistente, como un animal callejero persiguiéndote por comida, mirándote con sus ojos de un modo que claudicabas. Claro que él lo hacía porque debía mantenerla a gusto, pues en Aihara-san veía el genuino agrado que sentía por su fanática, no porque fuera débil como para darle información sobre su vida.
Ella le hacía ganar dinero.
Y tampoco era tan débil ni amable como para corregirle algunas de sus tareas (por las que sabía que era de su grado); esa chica era tan descarada que llevaba sus cuadernos escolares y hacía tarea en el restaurante, lo que aplazaba sus horas ahí. Tenía a la mano a un genio y lo aprovechaba… debía haberse dado cuenta que a él le fastidiaba ver los errores y los hacía notar.
Toda una desvergonzada, pero, como consumía y le caía bien al jefe, no podía hacer nada.
Si no fuese porque le agradaba ese sitio de trabajo, Kotoko podía ser suficiente motivo de renuncia.
Sin embargo, tenía el presentimiento que ella lo encontraría si buscaba otro trabajo de medio tiempo en otro sitio… y se repetiría el ciclo.
Sonreía y se estremecía a la vez al pensar en eso.
Lamentablemente, tenía que admitir que ella se había hecho parte de su rutina y sería raro desbaratarla.
Pero no significaba que no detestara tenerla ahí, consciente de que ella estaba enamorada de él al punto de acosarlo en su trabajo (nunca en la escuela). Su principal fastidio era tener la impresión de que ella tenía el control, y a él no le gustaba dejarse por nadie, ni siquiera una muchachita de apariencia amigable e inocente. Él era un líder, prefería mandar a someterse a los deseos de Kotoko.
Podía renunciar, pues su padre tenía dinero y él no necesitaba laborar, pero le había nacido la necesidad de explorar un poco el mundo real, así que no se quedaría solamente en casa.
No le daría a Kotoko ese gusto. Mucho menos cuando estar en casa implicaba arriesgarse a ser sometido a una de las ideas locas de su madre, que en el pasado ya habían tenido resultados desastrosos; con diecisiete años, próximo a dieciocho, ella estaba muy concentrada en buscarle novia.
Prefería lidiar con esa cliente, a hacerlo con su madre. De una sabía qué esperar y no parecía tan lista, a comparación de las tretas que haría Noriko Irie.
Kotoko era más inofensiva.
Molesta e irritante, por supuesto; aunque la escogería mil veces antes que a su madre.
Como en ese momento, que dejó de lado sus pensamientos para recibir de Aihara-san la orden para ella.
Naoki suspiró y se acercó a la mesa de Kotoko con el plato de fideos en mano, tratando de ignorar esa burbujeante sensación en el estómago presente cada vez que se aproximaba a ella, quien lo recibía sonriente. Al no saber de qué se trataba, prefería no hacerle caso.
—Tu orden, Kotoko-san —dijo con serenidad, colocando su plato en el espacio que ella había hecho en la mesa.
—¡Gracias, Irie-kun! —Su permanente sonrisa se amplió junto al brillo de sus ojos, al tiempo que su mirada recaía en la comida.
En momentos como ése podía darse cuenta que ella amaba la comida de Aihara-san, y que él no era la única excusa para que llegara continuamente.
Seguro que tenía un trabajo en alguna parte, o sus padres tenían buena posición económica, porque debía suponer una cantidad considerable de dinero estar ahí todos sus días laborables (no sabía si su día libre también). Una vez ella había dicho de pasada que no había nadie en su casa; tal vez sus padres trabajaban mucho, por lo que llenaba sus tardes visitando aquel sitio, en lugar de optar por la soledad. Si era así, no había motivo para que ambos se molestaran, dejándola a su suerte.
No podía evitar sentirse malhumorado con ese abandono; imaginarse a una chica así de vivaz, solitaria en casa, era desagradable. Podía detestar la efusividad de su madre, y hasta de su padre, pero se sabía atendido por ambos, así como muy querido. Creer que Kotoko se alimentaba en un restaurante y pasaba mucho tiempo ahí, con lo feliz que parecía siempre, le incomodaba.
Realmente no la conocía tanto, pues ella prefería a preguntarle de él, que hablar de ella, pero recordaba cada cosa que salía de su boca. Y no solo sus pedidos.
(Por su memoria.)
—¿Quieres sentarte un momento? No hay mucha gente. —Otras veces ella había hecho esa sugerencia, y recibía la misma respuesta.
—Sí, tómate un descanso, Naoki-kun.
Al estar enfrascado en la vestimenta de la chica, no se había percatado del acercamiento de su jefe, que se adelantó a su habitual negación.
Kotoko alargó su sonrisa, si más se podía, y casi la vio saltar en su asiento cuando él tuvo que hacer lo que le indicaba su jefe, quien parecía reprimir una risa.
Era como una emboscada. Él ni siquiera necesitaba un descanso cuando había entrado una hora antes, sobre todo cuando al tiempo en que ella acostumbraba a llegar, Aihara-san le quitaba un poco de clientes.
Definitivamente su jefe lo había acorralado adrede, para su diversión. Si prestaba atención, sus compañeros debían de estar riendo en el fondo.
No era un secreto que la pelirroja estaba ahí siempre.
—¿Tú no quieres tomar algo, Naoki-kun? —preguntó Aihara-san, y él negó, internamente asombrado. Su jefe era muy amigable, aunque podía ser severo si así lo requería, pero su ofrecimiento era muy extraño. —Entonces me iré a la barra. Qué aproveches, Kotoko.
Ella asintió, moviendo los cabellos de sus dos coletas apoyadas en sus hombros, y lo miró a él, expectante.
Él le devolvió una expresión de reproche, que no la amedrentó mucho.
—Tu comida va a enfriarse —aseveró sin emoción, alargando la mano hacia el cuaderno de ella, cuya portada decía Física.
Era la asignatura con la que le iba peor.
Se puso a observar los problemas, percatándose que, con algunas de las explicaciones que él había hecho en el pasado, ella había mejorado en algunas partes de sus tareas.
Con el lápiz de Kotoko agregó tachas en las que tenía errores, y suspiró cuando sintió la mirada de ella. Apartó la vista de la hoja y la encaró, enarcando una ceja.
No fue lo suficientemente rápida para volver los ojos al plato y observó su sonrojo con satisfacción. Le agradaba más sentirse con el control.
—¿No te cansas? —deseó saber, con verdadera curiosidad.
—Eh, ¿de qué? —replicó ella. Su cara parecía confundida, y sabía que lo estaba; había descubierto con anterioridad que su rostro era muy expresivo, lo leía como a nadie.
—¿De venir todos los días?
Le disgustaba hablar de más o dar explicaciones cuando no le entendían, pero con ella sabía que había algo distinto, aunque no conseguía dar con el qué. Debía formar parte del paquete de reacciones que ocasionaba ella; un repertorio de ciento cinco días de encontrársela ahí.
—Me gusta venir todos los días, me siento en casa.
Suspiró. —¿Me crees tonto? —Kotoko negó con rapidez—. Sé que no es tu única razón… —La vio aumentar su sonrojo—. Comienza a…
—¡Kotoko!
Arrugó la nariz al verse interrumpido por el alarido y miró a la derecha, donde un tipo vestido con el uniforme de su preparatoria, desarreglado, se aproximaba; tenía un aspecto aparentemente musculoso y lo más resaltable de su cabeza era el ridículo copete de su cabello pelinegro.
Hubo algo en su mirada que le hizo tenerle antipatía. (Además de que le interrumpiera.)
—¿Qué haces con él? —El conocido de ella lo señaló despectivamente y él le dedicó claramente su molestia.
—Kin-chan, ¿y los demás?
—Este… —Tuvo la satisfacción de ver la cara roja de Kin-chan. —Yo… ellas… ellos…
—¡Kin-chan! No puedes hacer eso.
El aludido cogió la mano que Kotoko agitaba y la miró implorante.
—¡Quería que estuviésemos solos! Tú y yo.
Por algún motivo, posiblemente por su acento de Kansai, Naoki sintió un tirón en las entrañas al mirar la escena que creaba el otro.
Kotoko, muy vehemente, se soltó, y en su rostro apareció un ceño.
—Kin-chan sabes que yo no…
Cortándola groseramente, el pelinegro le obsequió la atención de sus ojos negros. —¿Y tú qué haces aquí con ella, señor genio? ¿Quieres interponerte entre Kotoko y yo? La vi primero y es la chica que se convertirá en mi esposa.
—¿Qué! ¡No! —repuso Kotoko, poniéndose en pie. —¡Kin-chan!
—Ella no parece estar de acuerdo —manifestó Naoki con arrogancia, haciendo al chico apretar los puños.
—Debes estarla confundiendo, tú genio. ¡Te exijo que te alejes de ella!
—¿Y supones que yo debo hacerte caso? —inquirió desdeñoso.
—¡No te quieras pasar de listo! Ningún genio me va a quitar a mi Kotoko.
—No necesito hacerlo, ¿quién está aquí con ella? ¿Qué compañía prefiere? —habló de modo calmado, aunque debió guardar silencio, porque no peleaba por ella; sin embargo, seguía un impulso de dejarle claro a ése, que con quien Kotoko prefería estar era él.
Kin-chan abrió la boca como un pez, y de reojo vio que ella lo miraba con ojos brillantes.
—¿Qué está pasando aquí?
La llegada de Aihara-san atrajo la atención de los tres.
—Kotoko, ¿este muchacho está molestando?
—¿Aihara-san? —intervino el pelinegro. Su jefe asintió, con cara recelosa. —¡Lamento hacer escándalo en su restaurante! ¡Es un honor conocerlo! Permítame que me presente, soy Ikezawa Kinnosuke, Kin-chan, soy compañero y amigo de su hija.
Naoki apenas se percató de la exagerada inclinación de Ikezawa, repitiendo la última palabra pronunciada por él.
¿Ella era hija de su jefe?
De pronto las cosas adquirieron sentido y una punzada de irritación se instauró en él. Todo ese tiempo le habían estado viendo la cara de…
—Muchacho, estás inquietando a mis clientes y a mi empleado, si eres amigo de mi hija, compórtate.
—Kin-chan, estoy molesta contigo; nos vemos mañana en la escuela —pidió Kotoko de brazos cruzados.
—¡Kotoko!
—Por favor.
—¿Y vas a quedarte con él!
—¡Sí!
—Muchacho, si Kotoko te pidió que te retires, tendré que pedirte que cumplas.
—¿Y si quiero quedarme a comer y probar sus platillos? —casi rogó el pelinegro.
—En otro día te recibiré con gusto.
Aihara-san se alejó tras resolver el asunto. Ikezawa le otorgó una mirada implorante a Kotoko, que bajó la cabeza, sentándose; a él le dirigió rayos con los ojos, aunque huyó despavorido al ser receptor de su molestia.
—¿Qué pasa, Irie-kun? —preguntó Kotoko en un susurro, con cara de preocupación.
—¿Aprovechas que eres la hija del dueño para tener poder sobre mí? —respondió, helado.
—¿Poder sobre ti? —repitió ella, juntando las cejas. Parecía muy inocente.
—¿Siempre coincides con mi turno?
Kotoko tuvo la decencia de sonrojarse.
—¿Y que tenga que atenderte siempre?
Ella ladeó la cabeza y en su rostro vio desilusión. —¿Tú no lo decidiste?
—¿Por qué iba a hacerlo? —espetó. Le había manejado a su antojo, más de lo que asumía… y le encolerizaba que jugara con él como su madre.
La vio tragar saliva, y cuando su mirada avellana se desvió, brillante, se maldijo por dentro, sintiendo algo extraño en el estómago, que ganó a su enfado. Se dio cuenta de su pregunta; ella no parecía consciente de que lo habían asignado a ella.
Creía que lo hacía por decisión propia.
De ahí su alegría.
Kotoko pensaba que él buscaba estar cerca suyo. Debía creer que estaba enamorado de ella, como lo estaba de él.
¿Realmente lo había creído?
Era muy ilusa; pero al menos ya abriría los ojos y él podría librarse de su insistencia.
Lo cual no le agradó tanto como esperaba.
—Entiendo —expresó ella después de un rato—. Papá te lo pidió. Por eso has dicho que me aprovecho de ser hija del dueño. —Sus ojos se enfocaron en el de nuevo. —Espera. ¿Por qué lo preguntas hasta ahora?
Se sintió alarmado, ya que ella iba a darse cuenta que no sabía esa información, ni porque llevaba meses trabajando ahí. Si hasta Ikezawa lo sabía.
—¿Tú no sabías que mi papá es… —Ante su propia incredulidad, se sintió acalorado, delatándose. Ella se rió en voz baja. —Pero si todos lo saben, hasta los clientes habituales…
Él había estado muy atento solo a ella y no era muy conversador ni quería dar sospechas, por lo que nunca preguntó sobre ella. De haberlo hecho, se habría ahorrado ese momento.
—¿Papá lo sabe? —Ella se levantó como para ir a preguntarle, y él, por impulso, le cogió la muñeca, que le provocó una punzada de algo.
—Olvídalo —exigió, obligándola a sentarse.
—¿Qué?
—No lo menciones a nadie.
—Supongo que era demasiado bueno para ser cierto —murmuró ella, y a pesar de ello, la escuchó. —Le diré a papá que a partir de ahora Hiro-san me atien…
—No —soltó sin pensarlo, asombrándolos a los dos. En especial a él, que se dio cuenta de la gravedad del asunto.
—¿Cómo?
—No lo menciones a nadie. —Dirigió una mirada a su alrededor antes de posarla en los orbes brillantes de ella.
Sus dedos, que seguían sobre su muñeca, se aflojaron, y deslizó suavemente su mano hasta colocar su palma sobre el dorso de ella, donde permaneció sin dejar de observarla.
—No —pronunció de nuevo, con una mezcla de firmeza y calidez, haciéndola sonrojar.
Kotoko asintió lentamente y le dio una sonrisa, que él correspondió apenas alzando la comisura de su boca, pero que fue suficiente para darle a entender que la tenía en alta estima.
Tras unos momentos, carraspeó y apartó su mano de la suya, cogiendo el cuaderno de nuevo para continuar con lo que hacía antes.
La miró subrepticiamente, reprimiendo una sonrisa al verla contemplar su mano embelesada. De haber sido sentimental, él la habría imitado; en su lugar, prefería observarla a ella, cuya felicidad le transmitía más de lo que podía poner en palabras.
—¿Tu comida sigue caliente? —preguntó en voz baja.
Ella dio un respingo y buscó comprobarlo; hizo una mueca sutil, pero negó.
Él resopló. —Permíteme. —Adelantó la mano y cogió el plato con cuidado, sintiendo como siempre su mirada siguiéndolo.
De no haberse cruzado con Aihara-san, habría sonreído para sí, pero se limitó a buscar comida caliente para ella, pendiente de la atención que su jefe, como sus compañeros, le otorgaban.
Y, a causa de la cliente especial del restaurante, esa fue la primera vez en su vida que Naoki se sintió estúpido.
Pero más que por el descubrimiento de la identidad de ella, por no haberse dado cuenta que estaba enamorado.
…cuando todos los demás lo sabían.
NA: Tiempo sin pasar por aquí.
Acabo de escribirlo y me apetecía para estimular mis ideas.
Besos, Karo.
