En una cita a ciegas, cualquier cosa podía pasar…
Cenando con el indicado
La verdadera única experiencia que Kotoko había tenido en el amor comenzó y concluyó en la preparatoria.
Era una historia no muy original, pero imposible de olvidar para ella. El primer día de clases, durante la inauguración del curso, se enamoró a primera vista del representante de su generación, que daba el discurso de agradecimiento al instituto; se trataba de un joven atractivo e inteligente, lejos de su alcance, y aun así sintió el flechazo al verlo y oírlo hablar. En los siguientes dos años, lo observó a la distancia y en silencio, atenta a sus logros y a la mínima información que pudiera obtener de él, alimentando su enamoramiento; también dedicó infructuosas horas de esfuerzo en estudiar, solo para aproximarse un poco a él.
Al inicio de su último año escolar, reunió coraje y escribió una confesión en forma de carta, la cual fue rechazada sin siquiera ser recibida; cuando se la quiso entregar, él le dirigió una breve mirada y pronunció las palabras que rompieron sus ilusiones, un "no lo quiero". Tras ello, su enamoramiento no creció, aunque tampoco desapareció, y ella siguió mirándole sin hablarle, como en los cursos anteriores. Sus esperanzas se habían desvanecido, no así la obstinación de su corazón.
El día en que se graduó se cautivó contemplándole y escuchándole una vez más, y entonces, tal como se despidió de la preparatoria, le dijo adiós, porque sus vidas eran planetas muy distintos. O él era el sol, mientras que ella una estrella más pequeña en el universo.
Sabía que por años había guardado un amor sin futuro, pero como la adolescente que era podía creer en imposibles.
De aquel modo vivó su primer gran experiencia amorosa, ya que el niñito del preescolar no contaba. Se enamoró de un inalcanzable y aprendió a lidiar con el no ser correspondida. Había sido agridulce, y de todas maneras no cambiaría esa parte de su vida; hasta en la actualidad tenía todavía el recuerdo de ese joven, pese a que en su único encuentro cara a cara ella se sintió humillada… era a lo que se atenía al escoger el sitio más inadecuado, y al chico más popular, para entregar una carta.
No seguía enamorada, habían pasado casi diez años desde entonces, solo que nunca olvidabas a la persona que conquistó por primera vez tu corazón. Se volvía especial, como una anécdota para cuando tuvieras hijos. Al menos, eso creía Kotoko.
Ahora bien, en el periodo transcurrido tras la preparatoria, no había nada destacable que contar, ningún hombre había llamado su atención, y tampoco hubo alguno que la invitara a salir, por lo que, en el presente, ante una nueva oportunidad que surgió, era tan inexperta como cuando estudió la preparatoria.
Y no solo por eso se sentía insegura, sino por la manera en que las cosas habían empezado.
—Bienvenida a La vie en rose, señorita, tiene el gusto con Sōma Jun; ¿a qué nombre responde su reservación… o alguien le espera?
Las palabras del maître sacaron a Kotoko de sus reflexiones. Temblando por dentro, cogió aire y sonrió con algo de timidez. Estaba en un restaurante evidentemente lujoso, razón de más para dudar de sí misma y de la situación.
Ni siquiera estaba segura si su vestimenta era suficiente para ese lugar.
—Esto, eh… —Apretó el minúsculo bolso negro contra su pecho, sintiendo el nerviosismo recorrer su estómago y terminaciones. La cara seria del hombre no ayudaba, tampoco. —No debe ser una situación común. Vengo a una cita a ciegas, la persona, eh, el hombre, eh, debo preguntar por Sensei.
Él asintió con expresión solemne.
—Me han informado de las circunstancias, señorita. —Parte de la aprensión sobre estar ahí la abandonó. —Sin embargo —se sintió congelada—, la reserva es dentro de cuarenta minutos.
Kotoko suspiró de alivio. —Ah, sí, verá, Sōma-san, estaba tan nerviosa que vine mucho antes —admitió sonrojada. —Es la primera vez que me pasa algo así; mis amigas me previnieron, pero sentí curiosidad. Lo conocí en línea, ¿sabe? Y cuando me dijo que tuviéramos una cita en un sitio tan elegante, me pareció una broma. Bueno, no sé mucho de restaurantes y lo busqué en internet, pero cuando salió la información de este lugar, no lo creí. Tenía que comprobar antes, aunque sé que no es educado… pero si están jugando conmigo es mejor llegar primero, ¿no? Puedo irme si era una mentira y no me veré en una situación vergonzosa. O… —Abrió los ojos con alarma—. ¿Debería haber llegado tarde por si me dejaba plantada, verdad?
Si bien tenía que permanecer hermético, el maître curvó la comisura izquierda de su boca, acompañando el gesto con un brillo de empatía en sus orbes oscuros. Debía tener la edad de su padre y su posición era importante, pero de cualquier modo se permitía mostrar su lado humano; cosa que ella agradecía, pues había soltado información muy personal a un desconocido.
En realidad no era la primera vez, tomando en cuenta la situación en que se encontraba.
—Solo yo me meto en estos problemas —musitó dejando caer los hombros.
—Debe tener cuidado, señorita, mas le aseguro que Sensei es una persona confiable. Es todo lo que puedo decir al respecto —agregó él cuando ella abrió la boca para preguntar sobre su cita.
—Supongo que es lo justo.
Él esbozó una sonrisa amable. —Su mesa estará disponible en breve, señorita. Entretanto, puedo dirigirle a una sala de espera o a una zona del bar si desea una bebida.
Con lo justo que llevaba el dinero para pagar su mitad —a partir de una investigación precisa de Satomi—, no podía permitirse la última opción. —La sala estará bien para mí, Sōma-san, gracias.
—Acompáñeme, señorita.
Le dio un asentimiento y caminó la corta distancia que separaba la entrada de la sala adjunta, que tenía el espacio adecuado para una pantalla de plasma, unos sofás color crema amplios y unas plantas y adornos pequeños. Afortunadamente, estaba vacía, así que ocupó un sitio en silencio.
Minutos más tarde, la soledad le orilló a pensar de nuevo en el porqué de su condición actual, haciéndole preguntarse cuan ilusa podía llegar a ser. Muchos le conocían por ser ingenua y torpe, y citarse con un hombre que conoció virtualmente, del que solo conocía su sobrenombre, era lo más insensato que había hecho hasta ahora.
Sobre todo si ella accedió a conocerlo creyendo que era por amistad, para ser sorprendida cuando él le respondió: "nuestra primera cita será a ciegas".
¿Esos meses de pláticas había sido tan inocente para no hallar indirectas románticas en sus conversaciones? No era una página de citas, sino un sitio de lectura virtual en el que, un día, de repente comenzaron a hablar. ¿Cómo había mutado charlar de historias ficticias a compartir cosas de su vida, y luego a una cita a ciegas en un restaurante distinguido?
Los nervios de nuevo pudieron con ella, y la inquietud le hizo buscar su teléfono móvil dentro de su bolso, desde el que llamó a Chris, que en ese momento debía estar libre de los gemelos.
—No sé si pueda hacer esto —pronunció con solo oír que contestaba.
—Entonces no tienes que hacerlo, Kotoko. Todavía puedes irte y venir a cenar conmigo; es viernes, Kinnosuke está bastante ocupado con el restaurante —comentó su amiga inglesa suavemente. Justo era la voz comprensiva y agradable que necesitaba; de entre todas sus amigas cercanas, era la más indicada para ese momento. Chris era franca, y su procedencia occidental le hacía hablar un poco más de los sentimientos, al menos en la medida que lo hacía un inglés.
—Es que… me sentiré mal si no estoy aquí cuando llegue —replicó con un gemido. —¿Cómo podré hablar con él otra vez?
—¿Es muy importante en tu vida?
—Creo que sí, como amigo. Sé que nació el doce de noviembre y es un mes más joven que yo, que le gusta leer y jugar tenis, que es médico, las lecturas que le interesan, sus comidas favoritas, los sitios que ha visitado, y muchas otras cosas. Además, recién regresó a Tokio, después de vivir años en Inglaterra, y no tiene muchos amigos… no quiero que se sienta abandonado. —Alzó un puño en alto. —¡Puedo hacerlo! Le diré que estoy interesada en ser su amiga.
—¿Y si al verlo te enamoras? —inquirió Chris como otras ocasiones, en tono ensoñador. —Igual que Kinnosuke y yo. Sería muy romántico. Conocen mucho del otro, solo faltan sus nombres. Tú eres enfermera y él médico; eres vivaz y él serio. Se complementarían a la perfección, dos polos opuestos que se atraen. —Ella suspiró del otro lado.
Kotoko soltó una risita; ahora que tenía confirmación de la reserva, podía imaginarse ese planteamiento. Sería una escena de novela. Podían verse y caer perdidamente enamorados por esa mirada, con la certeza de haber encontrado a su alma gemela. Y si era así… ¡sería su segunda experiencia en el amor! ¡Tal vez su momento definitivo para el romance!
El sentimiento cálido que se albergaba en su pecho ante la idea de encontrar al hombre con el que podía pasar el resto de su vida, volvió. Era un hecho que desde niña le ilusionaba el amor, especialmente con la devoción que mostraba su padre por su fenecida madre.
Deseaba alguien que la amara y, admitía solo para sí, que le priorizara más que a su trabajo, como siempre sintió de su progenitor (a pesar de que sospechaba que él lo hacía porque ella era el vivo retrato de la esposa que perdió). No esperaba que ese alguien le dedicara todo su tiempo, ni que descuidara su trabajo, sino que le hiciera sentir que era importante.
¿Sensei podría ser la persona indicada?
En ese caso, quizá entendería que su profesión tuviese gran peso, pues él había estudiado Medicina en Cambridge, una proeza de alguien sumamente inteligente.
Pensándolo mejor, ¿cómo le interesaría ella, bastante promedio? Sabía que no se destacaba por su cociente intelectual.
No había pasado el examen de la preparatoria para entrar a la universidad. Si consiguió entrar fue hasta dos años después, gracias a la escuela de regularización. Y tampoco fue la más sobresaliente de la clase por sus acciones positivas.
—¡Kotoko!
El teléfono se resbaló de sus manos. Hizo movimientos frenéticos para que no cayera al suelo, hasta atraparlo y devolverlo a su oreja; si lo rompía, sería el tercero en cinco años.
—¡Kotoko! ¿Estás bien? ¿Todo está bien? —preguntaba Chris en ese momento.
Sintió su rostro calentarse, imaginando que la cámara en la esquina había registrado todo. —Sí, me perdí en mis pensamientos.
Chris dejó escapar un suspiro suave. —Pensé que había algún problema.
—Estoy bien, ¿qué me decías?
—Que, si es muy incómodo, te excusas al sanitario y me envías un mensaje para hacerte una llamada.
Kotoko rió divertida. —¡Como en las historias!
—Sí —repuso su amiga, también riendo.
—Espero que no sea necesario, gracias.
—La oferta sigue en pie. ¡Oh! Tengo que irme, Ken-chan está llamándome. Estaré al pendiente. ¡Mucha suerte, Kotoko!
Ella colgó preguntándose cómo podía identificar a qué hijo pertenecía la voz, si eran idénticos en todo. Supuso que era una de las habilidades que solo una madre podía tener, igual que las maravillas que veía en las urgencias del hospital.
—Señorita, su acompañante ha llegado y su mesa está lista.
Elevó la mirada de su bolso al oír al maître, quien aumentó los latidos de su corazón con su comunicado. Sensei estaba ahí.
Miró al reloj en la pared, constatando que eran diez minutos antes de la hora. Él era puntual, como se describió; otra cosa que era verdad.
Aspirando con fuerza, se puso en pie. Con esmero, acomodó la falda de su vestido y cerró los ojos convenciéndose de que estaría bien. Era Sensei, quien siempre tenía sensatas palabras de ánimo cuando lo necesitaba.
—Gracias, Sōma-san.
—Le guiaré a su mesa, señorita.
Asintió y lo siguió de nuevo a la entrada. Allí, él le indicó el interior del restaurante, cuya decoración y ambiente era armonioso a la vista y oído. Había un color rojizo y dorado a su alrededor, por velas y candelabros que brindaban calidez y elegancia; los manteles eran blancos y algunas de las paredes tenían cuadros de sitios franceses que conocía de las películas; los meseros y comensales sobresalían por su porte; y en el fondo un grupo de músicos tocando violines y un piano amenizaban con melodías lentas e hipnóticas. Hasta el bar lucía notable.
Entre todo eso buscó un caballero solitario, sin triunfo; las mesas ocupadas tenían una o más personas. Cuando iba a preguntar, se percató que el maître le dirigía hacia donde se encontraba un panel, el cual separaba dos zonas.
—¿Son rincones más íntimos? —murmuró dubitativa, notando que parecían cubículos de tamaño considerable, en los que había más privacidad en que en el otro espacio del restaurante.
Y que posiblemente eran más caros.
—Así es, señorita —respondió con educación el empleado del lugar, mientras ella tragaba. Sabía que, por el tipo de estudios realizados, Sensei era alguien con buena posición económica, pero semejante prueba era intimidante.
En definitiva, esa cita a ciegas terminaría con una simple relación de amigos, estaban en escalafones diferentes. Él no le había dado la impresión de remarcar su condición social, solo que en persona las cosas resultarían distinto.
¿Qué hacía ahí? Era una mala idea.
Sabiendo que era muy tarde para dar vuelta, nuevamente trató de hallar a su acompañante, y esa vez vio a un hombre solo en la quinta mesa a la derecha, que le daba la espalda.
Un escalofrío le recorrió la piel al ver una cabellera marrón y unos hombros que le parecían conocidos.
¿Sería el efecto de haber pensado en su amor de preparatoria momentos atrás?
—Señor, su acompañante.
El hombre de la mesa, Sensei, se paró con los ademanes de un sujeto seguro de su propia importancia, que utilizaba trajes a la medida.
Sin embargo, fue mientras admiraba su figura atlética que Kotoko vio su rostro y palideció, escondiéndose con prontitud.
Era él.
Sensei era su primer amor.
[…&…]
—¿Qué!
El casi grito de la persona detrás del maître hizo fruncir el ceño a Naoki, quien desde momentos atrás tenía un mal presentimiento, contemplando la única silla disponible en la mesa que le asignaron. Se suponía que cenaría con su familia en aquel lugar ostentoso para celebrar su regreso y su prometedora carrera, porque sus padres —en especial su madre— creían que era muy necesario, pero se había llevado gran molestia al ver que tendría un solo acompañante, sospechando de otro intento de su progenitora por emparejarlo.
Y, ante la voz femenina, no se equivocaba.
Qué problemático.
Mas su acompañante no parecía ser la típica joven con clase que había conocido por obra de sus padres; ni alta, ni esbelta, ni comedida, dado que la cubría el maître —tan alto como él— y había reaccionado de la manera inadecuada. Lo cual podía ser bueno, porque estaba cansado de la misma clase de mujeres, aquellas tan genuinas como billetes de imitación.
—Señorita. —El maître habló haciéndose a un lado para dejarla a la vista, aunque ella se movió de nuevo para que no lo viera.
—No puede ser —susurró ella cuando ya no pudo ocultarse.
Entonces fue turno de él de ser sorprendido, reconociendo el rostro de la joven.
Aihara Kotoko, de la antigua clase F de la Preparatoria Tonan.
—Esto es un error —dijo ella negando enfáticamente con la cabeza. —Hay una equivocación, Sōma-san; tiene que ser otra persona.
—Señorita, le aseguro…
Ella dio un paso atrás, y Naoki, por impulso, alargó su brazo y cogió su delicada muñeca, en cuyo palpitar había un ritmo desbocado. También, en el contacto de sus pieles sintió un toque semejante a la electricidad, que lo extrañó de sobremanera.
Un jadeo abandonó la boca de ella. —¿Tú eres Sensei? —emitió en un bajo susurro.
Él se desconcertó por la pregunta. —¿De qué hablas? —Claro que en Japón se referirían a él de ese modo, aunque en ese caso era indudable que ella pretendía algo distinto.
¿Cómo osaba su madre a engañar a una joven?
Los ojos de Aihara se cristalizaron y sus hombros cayeron, exudando desencanto. —Debo de ir…
—No te vayas —le dijo sin soltarla. —Siéntate, Aihara-san. Aclaremos esto.
Su rostro era completamente expresivo, así que vio las emociones que iba experimentando mientras se decidía por quedarse, hasta que asintió. Algo parecido al alivio pasó por su cuerpo con eso y la soltó confiado de que era seguro.
El maître, que había permanecido en silencio, siendo testigo del intercambio, se apresuró a ofrecerle el asiento. Segundos después, como si nada, dio la introducción habitual y se alejó, dejándolos al servicio del mesero presentado; éste último hizo su trabajo y quedaron a solas.
En menos de un minuto leyó su carta, decidiendo lo que quería, por lo cual tuvo el tiempo de mirar a la joven sentada con él.
Aihara permanecía callada y la vio repasar a profundidad el menú en sus manos, no tanto para evitarlo, sino entrecerrando sus ojos, como si buscara alguna cosa. Rápido llegó a la conclusión que eran los precios, los cuales en ciertos casos omitían de la carta de la zona VIP.
En lugar de causarle gracia, una parte de él sintió vergüenza por el derroche al que le incitaba su madre. Años atrás había estado ahí y la comida era buena; no obstante, en un sitio menos elegante podía encontrar algo sabroso, y su cita se sentiría más cómoda, pagara ella su mitad, o no —que no lo haría, porque ante la falta de precios, su progenitora tenía solucionado ese punto—. Había a quienes le importaba lo que la otra persona gastaba, y quienes se sentían intimidados por ciertos sitios.
La cobriza frente a él parecía congeniar con ambos.
Se preguntaba cómo su madre juzgó tan mal a la joven para meterla en esa situación, de la que también estaba curioso. ¿De qué conocía a su madre? ¿Por qué aceptó cenar ahí? ¿A qué se refería con Sensei?
Había mucho por exprimir de ese asunto y quería respuestas.
Pensativo, detalló cada rasgo de ella. Quizá lo más relevante de todo era la casualidad de reunirlos a los dos; dudaba que su madre supiese de la historia que tenía en común con Aihara Kotoko, porque en los años transcurridos desde la preparatoria, ella lo habría sacado a la luz. No, ella era ignorante de eso, y el destino había hecho de las suyas de una forma muy peculiar.
Por su buena memoria, Naoki se acordaba perfectamente de esa joven. De igual manera, lo hacía porque había pensado en ella unas cuantas veces de esa década, las de mayor importancia en el último lustro.
En la primavera de su tercer año de preparatoria, ella se había acercado en el patio frontal, para darle una carta, probablemente confesando sus sentimientos; él, fiel a su actitud de aquella época, apenas le hizo caso y se negó. Posterior a eso, por semanas, toda la escuela hizo eco del asunto, burlándose de la "chica tonta del F", Aihara Kotoko.
No transcurrió a más entonces. Él se fue de Japón, necesitado de probarse a sí mismo, y al vivir solo y experimentar el mundo, tuvo tiempo de reflexionar sobre cosas de su vida. No solo su personalidad había sufrido leves cambios, sino que sus pensamientos lo habían hecho.
Y de entre todo lo que pasó por su mente, la chica humillada salió a relucir. Con ella había sido distinto; a todas las demás que se atrevieron a confesarse las oyó, pero a ella la rechazó, principalmente por lo público de su acercamiento, aunque también para quitarle ideas estúpidas. Así, contribuyó a las burlas que ella recibió, si bien no tenía completa responsabilidad.
Aihara tuvo que pasarla mal. Se decía que si la volvía a ver haría algo como disculpa por su desconsideración… si bien dudaba que volvieran a encontrarse.
Pero ahora estaba allí, dándole una oportunidad de cumplir su palabra.
Naoki siguió contemplándola, esperando. No tenía ningún apuro, había desarrollado paciencia y tolerancia por el actuar de otras personas… y ciertamente le entretenía observar a Aihara. Dejando de lado la angustia de su rostro, había mucho por destacar en ella.
Tomar consciencia de aquello le sobrevino con enorme asombro, pues no era común que se interesara por una mujer y la encontrara atractiva.
¿Pero cómo no hacerlo? La chica a quien había dedicado unos cuantos pensamientos se veía bien en la actualidad, sin necesidad de artificios… solo había destacado un poco sus expresivos ojos color avellana, y dado estilo a su figura con las zapatillas y el vestido azul marino sin mangas, que se cortaba al busto y rozaba sus rodillas… detalles precisos y simples.
Sonrió. El tiempo le había favorecido a Aihara Kotoko físicamente, pese al aire de inocencia que la envolvía y que provocaría instintos de protección en un hombre.
Era increíble que estuviese sola… o que se expusiera a cenar con un desconocido, decidió con enfado.
—¿Qué ordenarás?
Ella dio un respingo y soltó la carta, casi derrumbando el vaso con agua que tenía servido.
—No… estoy segura —musitó ella con debilidad, incómoda en el rostro. —Y hay… algunos nombres en francés.
Él asintió, y explicó cada uno de ellos de modo breve.
—Eh, Irie-san, no estás leyendo —sentenció ella arrugando la frente.
—Solo necesito leer u oír algo una vez para recordarlo.
Aihara se mostró impresionada, pero rápido cambió el gesto, formando un diminuto frunce que evidenció la preocupación e incertidumbre de antes.
—El platillo francés más emblemático es el Ratatouille —sugirió con fingida indiferencia, adoptando una pose despreocupada.
—¿Como la película del ratoncito? —preguntó ella con entusiasmo, causándole diversión. Afirmó asintiendo. —¡Siempre he querido…! Eh, sí, será eso.
Lamentó que guardara la compostura pronto.
—Te recomiendo la crema de cebolla como primer plato y una crepa dulce como postre. Harán adecuada combinación con el queso y el pan de la entrada.
Ella soltó un suspiro como de resignación. —Tomaré tu consejo, y tú… ¿Qué pedirás?
—Ensalada sencilla, boeuf bourgignon y pie de café.
—Ya que prefieres lo amarg… oh, se ve interesante en la imagen. Espero que sea igual; seguro que sí —expresó ella ansiosa, señalando la fotografía en un desastroso intento de cubrir su observación sobre él, que había aumentado su interés en el tema.
Con eso, ella cerró el menú, atrayendo como imán al mesero, quien tomó el pedido.
De nuevo solos, sin la distracción de la comida, ella se mordió el labio inferior y desvió la mirada hacia su regazo, haciendo su cuerpo pequeño.
—Presentarnos no tiene caso, ¿cierto?
Él sonrió con disimulo. —¿Cuál es la razón por la que estás aquí, Aihara-san?
—Conocer a mi amigo virtual. —Por un segundo le pareció haber escuchado mal… Al verla sin embargo, comprobó que era en serio.
¿Virtual? ¡Cómo demonios…!
Su insensatez le causó un ligero malestar; podría haber resultado dañada. Un traficante podría haberla secuestrado cerca de uno de los callejones, o un violador podría…
Inspiró. —Ésa no es toda la verdad —siseó leyendo su rostro.
Ella encogió más su cuerpo.
—Tú, eh, mi amigo, bueno, Sensei, aseguró que era una cita a ciegas.
Sintió deseos de reprenderla, mas se controló y recordó que no estuvo en demasiado peligro si, como sospechaba, su madre era la mente maestra detrás de esa situación.
…de todas maneras, ella debía aprender a cuidarse. ¿Y si hubiera sido otra persona? ¿Qué no era consciente del peligro?
¡No todos en el mundo eran buenos!
Aihara escogió ese instante para erguirse y su rostro mutó con alarma. —No es que fuera mi intención. Solo acepté conocerle y vine para que tuviera compañía. No te estoy involucrando en una cita.
—Eso no me interesa; acordaste encontrarte con un extraño durante la noche.
Ella abrió la boca. —Oh. Lo siento, Irie-san, por sacar una conclusión equivocada, pensé que estabas enojado porque esto fuese una cita. Yo… todas mis amigas saben que estoy aquí y llegué antes.
—No te…
El regreso del mesero con la entrada hizo que Naoki se interrumpiera.
—Nunca vuelvas a citarte en la noche con alguien desconocido —ordenó tan pronto se retiró el empleado.
Ella infló las mejillas. —Soy mujer, no tienes que recordarme lo inseguro… pero… gracias, Irie-san, por pensar en mi bienestar.
Asintió, aunque su vehemencia en el tema llamaba mucho su atención. Solo que el imaginarla dañada en cualquiera de los escenarios que recorrían su cabeza, le dejaba helado. Le infundía unos irracionales deseos de erigirse como su guardián.
Carraspeó y cogió un pedazo de queso, preguntándose qué cosa rara pasaba en él.
—Mi madre me hizo estar aquí y, porque le conozco, confío que encontrarme contigo es obra suya. Yo no hago amigos de forma virtual y no utilizaría un seudónimo para que se dirigieran a mí —informó con desprecio por la idea.
—Lo sé… he estado pensando eso los últimos minutos. No pareces de la clase que usaría el anonimato. —Ella suspiró. —¿Por qué tu okaa-san haría algo como…?
—No es la primera vez que me busca pareja; por supuesto, nunca había recurrido al internet.
—¿Te busca pareja? Pero si tú… —Ella se sonrojó, desviando los ojos.
—Soy perfectamente capaz de decidir con quien estoy —aseveró poniendo énfasis en sus palabras, dejando entrever que iban a cenar juntos porque quería su compañía. Fácilmente podría haber aclarado el asunto afuera y separarse.
Aihara movió su mano bruscamente al mirarlo de nuevo, y él reaccionó con rapidez para detener el vaso que había golpeado, justo cuando ella también lo hacía.
Por segunda vez, le impactó el contacto con su piel; claro que al separarse fingió que nada había pasado.
[…&…]
Después de la declaración de Irie-san, ninguno de los habló por largo rato, concentrados en los alimentos.
Kotoko no sabía qué decir o hacer, primero porque trataba de asumir el hecho de que la engañaran por meses… que su amigo no existía. Se sentía traicionada por una mentira que no tenía sentido. ¿Qué necesidad tenía su okaa-san de formar una amistad con alguien y hacerle pareja de su hijo?
¿Con cuántas más lo habría hecho? ¿Fue ella la más ingenua, que aceptó conocerse en persona?
Por otra parte, estaba abrumada por la presencia de Irie-san y las implicaciones de ésta.
¿Qué clase de juego del destino era ése? ¿Por qué de entre todos los hombres fue él su acompañante? ¿Cómo es que continuaban cenando juntos? ¿Qué era eso de ser capaz de decidir con quién estaba?
¿Por qué reaccionaba como una tonta enamorada?
Era como si el tiempo y sus autoconvencimientos no hubieran servido de nada, y una parte de su corazón todavía contuviera amor por él, uno más fuerte que el existente después de su rechazo público.
¿Qué estaba pasando con ella?
¿O el buen trato de él estaba jugando con sus sentimientos?
Contuvo un resoplido. Esa maraña de emociones aparecía en el momento menos indicado, más que nada cuando probaba una comida nueva, que no repetiría en toda su vida y que finalmente llevaba a lo más acuciante.
¿Cómo iba a pagar lo que estaba consumiendo? ¡No había precios en el menú! Satomi había ido con su esposo e hizo un cálculo de los precios de determinados platillos, los cuales no había encontrado en la carta.
¿Se quedaría a lavar los platos? ¿Podía servirle su experiencia como mesera para trabajar unas horas gratis?
La noche no estaba siendo espectacular, dictaminó con derrota y turbación.
¿Si hablaba se distraería y disfrutaría un poco de la velada?
—Eh… —Se regañó mentalmente, dudando sobre qué decir. —Y… ¿entonces no viviste en el extranjero?
Él interrumpió su ingesta de alimentos con la corrección que había mostrado en todo momento, haciéndola envidiarle por su soltura. Irie-san poseía un refinamiento que combinaba a la perfección con su amabilidad, inteligencia y atractivo. Era perfecto.
—Sí, estudié y trabajé en Inglaterra.
¿Eso era verdad? Bueno, no era difícil de creer, con su CI de 200.
—¿Medicina?
Él asintió.
—¿Especialidad en Cirugía?
—En efecto. He de suponer que esa información la obtuviste al conversar por internet.
Se rió nerviosamente. —Sí. Eh… de hecho, bastantes cosas; lo único que desconocía era el nombre. Y… tu okaa-san, ella sabe de mí, lo que te dije, o, lo que preguntó, lo mismo… —Aclaró su garganta. —Sé la misma información que ella sabe.
Irie-san esbozó una sonrisa ladina.
—En ese caso, házmela saber a mí.
Miles de mariposas hicieron una danza en su estómago, ni una sola de vergüenza.
—¿Todo? —Los ojos violáceos de él la miraron atentamente, respondiéndole sin palabras. Se humedeció los labios, de repente secos. —Puede ser aburrido.
Él enarcó una ceja.
—Yo… no soy nada interesante… a comparación de ti… mis experiencias son…
—Aihara-san —interrumpió él con tono firme—, no lo pedí por educación.
—Tú… ¿sí quieres saberlo? —Ladeó la cabeza. —¿Por qué?
Él sonrió prepotente, como si supiera algo que ella no.
—¿No quieres que yo sepa, Aihara?
Agitó la cabeza. Él le estaba dando oportunidad de conversar y concentrarse en ello, y la estaba desaprovechando. ¿Para qué buscaba más explicaciones? Quizá solo quería llenar el silencio entre los dos, y como ella ya sabía de él, no tenía caso repetirlo —por mucho que sintiera curiosidad de oírlo de su boca.
—Soy Enfermera. —Sonrió, como cada vez que pensaba en su profesión. —No entré a la universidad después de ir a Tonan; no conseguí pasar el examen de admisión esa vez y tampoco sabía qué quería estudiar, solo sabía que quería ir para aprender lo que quería de la vida. Eh, supongo que como muchos otros. Pero, bien, eh, yo empecé a trabajar de mesera, mi padre tiene un restaurante y contaba con experiencia, así que me contrataron rápido donde busqué trabajo. Por ese entonces estaba convencida de dejar atrás el tema de la universidad y no intenté estudiar —confesó sonrosada. —Entonces, un día del verano del año de nuestra graduación, llegaron unos estudiantes de enfermería al restaurante donde trabajaba. Yo los atendí y escuché cómo hablaban de su carrera; y, supongo que me interesé por su emoción con la carrera. Al terminar, uno olvidó su cuaderno, yo lo cogí y se me resbaló… —Rió apenada, pues en la última hora él había visto su torpeza. —Al caer, se abrió a la mitad y alcancé a leer las notas antes de recordar que debía ir a buscar al dueño. Salí y no lo hallé, pero a la hora de cierre él volvió y a la tienda y platicamos sobre la enfermería.
Se interrumpió para comer un poco más, encontrando que podía saborear lo que ingería.
—Ese día empecé a soñar con un futuro preciso. Me dediqué a estudiar para entrar a la universidad, ingresé a una escuela de apoyo y tomé los exámenes necesarios… y año y medio después pude entrar a la carrera —explicó con apasionamiento. —Era mayor que ellos y tuve unos pocos tropiezos —como repetir un año—, pero lo conseguí. Actualmente trabajo en la Clínica H., en el área general. Me llevo bien con mis compañeros y me gusta lo que hago.
En su mente rememoró esos años con orgullo.
—¿Tú estarás en el Internacional? —formuló recordando que no estaba sola.
Le otorgó su completa atención y se dio cuenta que la observaba de un modo extraño, analítico y profundo.
—Sí. Iniciaré labores el lunes.
—Enhorabuena, Irie-san. ¿Siempre supiste que querías estudiar medicina?
Hubo una sombra en sus ojos por un segundo, o fue su imaginación.
—No. Continúa hablando de ti.
Reprimió el mohín de desacuerdo, anhelando saber ese dato desconocido. —Eh… mi cumpleaños es el veintiocho de septiembre. En mi casa solo somos mi padre y yo; él es chef y tiene su propio restaurante, se llama Fugu-kichi; pero mi familia materna es muy grande, viven en Akita. Tengo tres mejores amigas y un mejor amigo, Jinko, Satomi, Chris y Kin-chan; solo Jinko no tiene hijos, y los hijos de ellos son como mis sobrinos; Chris y Kin-chan están casados.
En los siguientes minutos continuó de la misma manera, únicamente pausando cuando iba a masticar o buscaba un gesto de él para comprobar que la escuchaba, ya que, en general, su rostro era inexpresivo.
Para su asombro, en todo momento lució interesado en sus palabras, una rotunda diferencia al día que trató de entregarle la carta con sus sentimientos. Incluso daba la impresión de estar cómodo con su monólogo y divagaciones, cosa que nadie había hecho antes.
¿Por qué tenía que provenir de alguien definitivamente lejos de su alcance, y con quien no volvería a reunirse?
Ese pensamiento trajo un suspiro involuntario a sus labios, que se ganó una ceja en alto de Irie-san, acto que prevalecía. Él tenía una voz rica y singular, al igual que un lenguaje desenvuelto, y aun así prefería guardarse las palabras para sí mismo.
—Nada en particular.
Él respetó su respuesta y no insistió, aliviándola; sería imposible compartirle sus tonterías.
—¿Has terminado tu postre? —preguntó él entonces, devolviéndola a la dura realidad.
Su cuello sudó frío al tiempo que asentía, temiendo la llegada de la cuenta. Si era una cifra estratosférica, estaría condenada a devolverlo con trabajo; no se atrevería ni a contactar a Chris por un pequeño monto, no quería depender de su amiga rica así.
No obstante, a su mente llegó un pensamiento mucho peor… ¿cómo decirle a él sobre su parte? Le causaría problemas ante su imposibilidad de cubrir la cantidad; tuvo que haberle dicho previamente que solo tenía una suma para la otra zona del restaurante.
—Bien, nos iremos cuando gustes.
Se extrañó. —¿Y la cuenta? —pronunció en tono quedo.
—El restaurante brinda la facilidad de acordar las opciones de facturación antes, para que los menús no muestren los precios a los invitados. Mi madre ya se encargó.
Pestañeó admirada con la vida de la clase alta, diciéndose que cuestionaría a Satomi al respecto.
—Yo… no sé cómo me sienta sobre tomarlo como invitación.
—Ella te involucró en su juego, así te está compensando.
Visto de esa manera…
—Ya estoy lista —anunció. No tenía sentido prolongar lo inevitable.
Sōma-san apareció como si lo hubiesen llamado y les dedicó unas palabras de agradecimiento, acompañándolos hasta la entrada del restaurante, en donde les despidió.
—Irie-san, gracias por cenar conmigo.
—¿Te molestaría caminar con ese calzado? —habló él a la par que ella.
—No.
—Hay un parque aquí cerca, ¿quieres venir?
Su corazón brincó y se quedó muda durante unos segundos. ¿Él quería alargar su tiempo juntos?
—¡Momento perfecto!
Dio un salto al oír esa voz y casi se impulsó hacia delante de la sorpresa al sentir que Irie-san la sujetaba de la cintura y del hombro con sus manos fuertes. El contacto no duró, pero la sensación caliente de su toque permaneció en ella, penetrando hasta sus huesos.
Miró a su derecha, recordando la razón de su susto. Una guapa mujer mayor les sonreía; vestía un traje de dos piezas color crema y parecía de la clase de persona que asistía al restaurante.
—Disculpa, cariño, a veces soy un poco efusiva.
—No hay problema, señora.
—Ella es mi madre —masculló Irie-san a su costado.
—¡Oh! —exclamó sin saber qué decir. Era la mujer que le había traicionado… aunque, ahora que lo pensaba, también se trataba de la que le dio la oportunidad de coincidir con Irie Naoki.
—Soy Noriko. Tenía tantas ganas de verte en persona, ¡eres más bella de lo que imaginé! ¡Eres tan hermosa por fuera como por dentro!
El rostro debió coloreársele como la grana, porque el calor abrasó sus orejas.
—¿Cuál es tu nombre, cariño?
—Aihara Kotoko.
—¡Qué lindo es! Y tu apellido me recuerda al viejo amigo de mi esposo, Aihara Shigeo, han sido tres décadas desde que lo vimos; nos mudamos, y él también.
Sus ojos se abrieron de la impresión. —Mi padre se llama Shigeo.
Irie Noriko-san imitó su gesto. —¿Podrá ser? ¿Es chef? ¿De la prefectura de Saga? —
—Es su lugar de origen.
La señora le cogió ambas manos. —¡Debe ser el destino! ¡Sabía que eras perfecta! Cuando supe que eras mujer y empecé a conocerte más a fondo tuve la certeza que serías la indicada para mi hijo. Lamento haber fingido que era onii-chan. Yo sabía que serían felices juntos. Aunque primero tenían que conocerse.
—Madre —farfulló él.
—Estuve esperando tanto tiempo para este día. Sōma-san dice que les fue muy bien. ¡Qué felicidad!
—Madre.
Se sintió aturdida con lo que escuchaba. Irie Noriko-san era algo intensa en su modo de ser y le preocupaban sus ánimos como casamentera; en un despiste, podría hacerle firmar un registro de matrimonio.
(También comprendió lo callado de Irie-san y lo nada afectado de oírla hablar.)
—Te estoy asustando, Kotoko, perdóname. Estoy un poco emotiva. Espero que esto no cambie tu opinión sobre mi hijo, ya has visto lo bueno que es. ¿Qué te parece si nos sentamos a almorzar juntas para conversar? ¿Puedes mañana al mediodía?
—Sí —dijo dándole un voto de confianza. Irie-san no había salido tan mal con ella como madre, por lo que se merecía una oportunidad.
—Perfecto. En la bonita cafetería de aquella esquina tienen un menú de postres excelente. ¿Te parece bien? —Afirmó con la cabeza. —¡Maravilloso! Nos vemos mañana. ¡Cuídala, onii-chan!
Irie Noriko-san le procuró un fuerte abrazo y luego se dirigió a un vehículo negro al que abordó. Antes de arrancar e irse, le pareció percibir un brillo desde allí, pero no lo comentó.
Miró a Irie-san, que tenía expresión irritada mientras presionaba el puente de su nariz.
—Debiste tener una infancia alegre.
Él rió entre dientes.
—Seguro.
Dejándola con la duda, él colocó una mano en su bolsillo, apoyando la otra en su espalda. Poco acostumbrada al toque varonil, y consciente de él, se sintió nerviosa al caminar a su lado.
Aunque a la vez experimentó una sensación de júbilo.
[…&…]
Caminar junto a Aihara Kotoko proporcionó a Naoki calma y un sentimiento nunca antes conocido por él, que no podía describir. Solo sabía que era correcto y que había alcanzado una meta que no sabía existía.
Todas las señales habían adquirido significado.
Él no era una persona emocional, más bien todo lo contrario, y admitía que ella era especial. Desconocía lo que deparaba el futuro, pero lo único preciso era que se aseguraría de tenerla cerca. Su felicidad de vivir, su determinación y optimismo, su naturalidad e inocencia, eran cosas de las que quería verse rodeado por mucho tiempo.
Esta vez su madre no se había equivocado con la elección, pese a errar en el modo. Y, si bien hacía años él habría puesto su orgullo de por medio y la evitaría por involucrar a su madre y sus deseos, ahora no lo haría. No se comportaría como un niño echando a perder una buena oportunidad por llevarle la contraria a alguien.
Asimismo, las experiencias de vida le habían hecho cultivar humildad suficiente, y perspectiva de lo que era importante.
—Nunca estuve seguro de lo que haría con mi vida —manifestó, valiéndose de su secreto para crear un vínculo con ella. Seguía su instinto, y no la razón, confiando en esa joven, sin tomar en cuenta que "acababan de conocerse". —Por eso me fui a otra parte. Inicié la carrera de Empresariales y apoyé a mi padre en una relación de negocios en Reino Unido, que transcurrió favorablemente; también trabajé con acciones, pero todo eso lo hacía por inercia, no importándome los grandes beneficios. —Realizó una pausa. —Como tú, un día pasó algo que cambió el rumbo de mi vida. Presencié un accidente y apliqué los primeros auxilios que leí alguna vez. Así me di cuenta que la Medicina podía ser mi sueño. Me transferí en segundo año, meses después.
—Estoy feliz de que encontraras tu sueño, te debiste de poner muy contento, Irie-san —comentó ella con suavidad.
No solo eso; él había hallado sentido a su vida…
La miró de reojo.
Y ahora una parte de su ser experimentaba que había encontrado algo igual de importante y necesario.
—Sí —respondió, no hablando solo del pasado.
—Estoy segura que eres un gran médico porque tienes tu corazón en ello; desafortunadamente, algunos están en la profesión por los motivos equivocados. Ojalá algún día pueda verte trabajando.
Él se guardó una sonrisa.
—Deberás esforzarte —apuntó en forma de broma. Con la pasión y empeño que había percibido de ella, sus profesiones podían coincidir en el futuro. —Tienes la capacidad.
Aihara detuvo su andar y él se volvió para mirarla de frente. Ella lo veía con cara de shock y la incredulidad sobresalía en sus ojos.
—Yo… gracias, Irie-san… es un honor que tú lo digas. —La misma sonrisa que surgió al hablar de sí misma, hizo aparición de nuevo, tocando una fibra de su ser.
El espacio entre los dos era casi inexistente y él lo aprovechó para afianzar su agarre del brazo derecho y llevar su mano izquierda hasta el costado de su cuello, haciéndola soltar un jadeo de la impresión.
Lento, empezó a trazar círculos con su pulgar en la tersa piel de su mandíbula, sintiendo el estremecimiento de su menudo cuerpo y el propio cosquilleo que ocasionaba en el suyo.
Ella colocó sus manos temblorosas en sus brazos, asiéndose a él. Se sintió satisfecho de que aceptara su toque, uno al que tenía planes de acostumbrarle. No lo sabía, pero esa sería la primera ocasión de muchas.
Sus atrapantes orbes avellanados refulgían de desconcierto y expectación. —Iri… —Él la acalló deslizando su dedo sobre su labio inferior, que ya había perdido el brillo del principio de la noche.
Poco a poco se inclinó a ella, dándole oportunidad de retroceder y negarse, pero ella cerró los ojos tranquila, rindiéndose a lo inevitable.
Sintiéndose triunfante, unió su boca a la de ella.
Su mente reaccionó borrando lo demás, concentrándolo en la única cosa que valía la pena.
Gustoso, asaltó sus labios con un beso sensual; jugó con ellos suavemente y estimuló cada pequeño punto, haciéndolos suyos. Tenía todo el tiempo del mundo para acariciarlos y memorizar su textura, su sabor, su calidez… para marcarlos como su pertenencia, impregnándolos de él.
Era libre de sentir y ahogarse en los sentimientos que Aihara comenzaba a provocar en él.
Y esperar hacer lo mismo de ella.
La besó hasta que se acordó de que habría más oportunidades de probarla, apartándose receloso y deseoso. Era la primera mujer que causaba tales sensaciones.
—Yo… ¿qué significa… esto? —susurró ella apretando la tela de su traje.
—Lo que estás imaginando, Aihara Kotoko —sentenció acariciando el lóbulo de su oreja con el pulgar. —¿O tienes por costumbre besar…?
—¡No! Yo nunca… eh… me han… —Ella se sonrojó. Una ola de triunfo y posesividad serpenteó en su cabeza. —¿Tú? ¿Conmigo? ¿Acaso es una especie de…?
—Me gustas, Aihara —dijo sin rodeos. A ella se le iluminó el rostro. —Es eso.
En su cara se formó una expresión de inseguridad y la alegría se esfumó. Creyó adivinar la causa, o improvisó sin pensarlo a fondo.
—Somos diferentes al pasado. Hace diez años no te traté de forma considerada, pero eso no debe ser impedimento ahora.
—No quiero que me rompan el corazón —pronunció ella con voz entrecortada.
—Eso no pasará.
Porque corría el riesgo de hacer lo mismo con el suyo.
[…&…]
Ignorando los escalofríos que la recorrían por el toque de Irie-san, Kotoko se enfocó en lo que acababa de escuchar.
En pocas palabras, él le estaba pidiendo que confiara y ella se cuestionó si podría hacerlo. Ya antes había sufrido desilusión y dolor por el rechazo, la humillación y las esperanzas rotas… ¿Podría arriesgarse?
¿Y qué sucedería si no lo hacía? ¿Pasaría el resto de sus días preguntándose qué habría ocurrido? ¿Se perdería de una oportunidad maravillosa de vivir el amor?
¿O estaría salvándose de una experiencia desafortunada?
Bajó la cabeza y apretó los labios, dudando. Si ella era una persona positiva, ¿por qué no estaba celebrando? Horas atrás había soñado con vivir un romance, pero no se sentía con la misma actitud de entonces.
¿Estaría su renuencia conectada a Irie Naoki, quien, a pesar de todo, volvía a causar en ella signos de enamoramiento?
Sí, definitivamente. Ya una vez había sufrido, y su corazón no lo soportaría dos veces…
Aunque tampoco podría continuar sabiendo que él se había interesado en ella y… La realidad cayó sobre ella como una bomba.
¡Él le había dado su primer beso! Uno tan mágico como aparecía en la ficción, del que toda chica quería tener… un beso perfecto.
Y él quería más.
Irie Naoki, el único de quien había estado enamorada en su vida, buscaba estar con ella. ¡Acababa de confesarle que le gustaba! ¡A ella, que creía no tenía esperanza con una persona de su calibre!
Se fijó entonces que había permanecido callada largo tiempo. Presurosa, alzó la cabeza y vio que la mandíbula de él se había tensado, al igual que sus ojos, por las casi invisibles alrededor de ellos.
¡Qué terrible de su parte! Él había expresado sus sentimientos y, si su intuición no fallaba, había abierto su corazón, compartiendo una cosa que nadie más sabía. No creía que alguien reservado como él expusiera algo tan importante de su vida a cualquier persona, mucho menos a tan poco de conocerse.
Confiaba en ella… lo hacía con el peligro de que pudiera vengarse por el pasado o que la información no tuviese relevancia para ella.
Él había decidido confiar en ella… la cuestión era si podía hacer lo mismo.
Sonrió.
Era su momento para creer en el destino y dar un salto de fe. Toda su vida había sido idealista, ponerlo en práctica una vez más no sería algo nuevo. A veces solo hacía falta intentar y apostar por la mínima posibilidad de triunfo, solo así podías conseguir lo que muchos consideraban imposible y que pocos alcanzaban.
Y si no obtenías buenos resultados, habrías puesto lo de mejor de ti mismo.
De eso se trataba la vida.
Además, horas atrás había tenido la voluntad de arriesgarse y aceptar lo que viniera. Con esos últimos acontecimientos, podía ocurrir lo mejor. Y, si era lo que ambos querían, se esforzarían en hacerlo funcionar.
—Irie-kun, cuidaré de ti.
Los ojos de él se abrieron de más durante un segundo, para luego mostrar un sentimiento reconfortante, que se tatuó en su pecho con tinta imborrable.
Era amor.
NA: ¡Hola!
¿Me extrañaban? Espero que sí y les guste volver a leerme. Este fic nació de repente el viernes, porque quería publicar algo y hacerles saber que todavía vivo aquí ja,ja.
No estoy segura del título de este OS, pero lo idea, aunque falta de originalidad, me gustó. Si creen que hay un nombre mejor, aceptaré sus sugerencias, o cuando tenga más ideas, lo cambiaré (o quedará así). Por ahora, esto es OS, no sé si llegaré a escribir más, si tienen esa duda. Es lo primero completo que puedo escribir en meses, así que es ganancia. No es bloqueo, no se preocupen, es solo que mi tiempo no es mucho, y me he pasado leyendo un poco je,je.
Y quizá hay un poco de OOC en este AU, pero no es lo mismo Los Tres Mosqueteros que Veinte años después. Como lo coloqué, Irie cambió en ese tiempo, imaginen si vivir solo le hizo bien en el original, ¿qué no haría hacerlo a kilómetros de casa, en un país extranjero, con cultura diferente y así?
En cuanto a publicaciones, he estado escribiendo varias cosas, solo que ninguna está completa, pero ahí voy. Quizá lo primero que venga sea aquí.
En fin, hasta la próxima vez. Perdonen errores y todo eso.
Besos, Karo
Marie: Vamos a hacer una lista de firmas para que ff ponga el botón de Me encanta, definitivamente yo lo necesito para muchas cosas que leo. Me halaga que lo quisieras usar conmigo =3. Espero poder ir mejorando poco a poco. ¡Gracias por tu review!
Sydney: I like that one too! "The Special Client" was different ha,ha. I'm not sure with expanding it; I mean, I'd love to, but I just can't write anything, it has to be the right thing. Yet, I hope to have something good in the future. Thanks to you for reading, my friend, I'll try to work on translating this for you English readers.
