Había situaciones donde la amistad y el amor se cruzaban de formas impresionantes…
NA1: AU, OCC, mención de muerte por cáncer (personaje secundario), para quienes sea un tema sensible.
Revivir el pasado
Fue después de tres años de la muerte de su madre cuando Naoki supo que hubo una mujer que su padre quiso antes que ella.
Y a la que siguió queriendo teniéndola a ella.
Su nombre era Etsuko, una joven de la prefectura de Akita a quien conoció cuando ella trabajaba como mesera en Tokio, alejada de su pequeño pueblo en el norte. Ella tenía piel nacarada, ojos marrones como las hojas de otoño y cabellos como un naranja quemado del ocaso, con una personalidad vibrante y contagiosa que calaba profundo.
Naoki recordaba a la perfección cada palabra de su padre sobre ella, por el asombro y no por la memoria eidética que la genética le dio de privilegio. De todas las cosas que habría esperado que su padre confesara en su supuesto lecho de muerte, eso era lo último.
Era inverosímil.
Ya habían pasado casi siete años y no era capaz de olvidarlo, porque no entendía cómo alguien podría amar a una persona a través de los años, después de dejarla ir. No entendía cómo se podía querer con intensidad, pues ciertamente nunca tuvo esa impresión de sus progenitores, quienes gozaban de mostrar cariño y compañerismo mutuo, pero no un amor como el que hiciera suspirar a un hombre maduro, que se negó a estar con la mujer que amaba por su mejor amigo y se casó quien conoció a través de un omiai.
Él, bastante inexperto en los sentimientos, llevaba años sin poder olvidar un asunto que los competía por entero. Era como un enigma que aparecía en su mente cada poco, a veces sin razón y otras cuando, obligado por las circunstancias, se detenía a mirar a las parejas que aparecían en su periferia.
Lo último generalmente era en Navidad o hacia la primavera, momentos en que la cantidad de enamorados por las calles era superior a lo normal. Ahora, en pleno marzo, fiel a lo afirmado, desde su posición veía a las parejas pasar, haciéndole traer al presente esa duda inconclusa.
Muy en el fondo, sabía que no tenía nada que ver con una lealtad a su fenecida madre, sino la incertidumbre que ocasionaba la cuestión de las emociones.
¿Cómo era esa clase de amor, al que se renunciaba por el bienestar de alguien más y que permanecía latente, a pesar de hacer una vida que a todas luces era dichosa?
¿Qué era amar de una forma tan profunda?
Su única certeza era que no sería capaz de experimentarlo, ni sentía deseos de hacerlo. Mantenía sus sentimientos bien guardados y en escasas ocasiones sus emociones se manifestaban a nivel notorio. Con las excepciones del fallecimiento de su madre y el infarto de su padre —y la subsecuente confidencia—, nada le causaba reacción, y las ya citadas, no fueron intensas como la persona promedio, pues hubieron señales que le advirtieron.
En ese punto de su vida debería sentir vergüenza por el hecho de ser ecuánime, pero no le molestaba, porque le permitía llevar una existencia cómoda, sin sobresaltos personales (le dolió la pérdida de su madre, que vino acompañada de una resignación de algo que no podía cambiar); toda la agitación de su labor profesional era suficiente para él y era capaz de mostrarse amable y comprensivo con sus pacientes, así como educado de forma habitual.
—¡Irie!
Naoki apartó la mirada de la melosa pareja que iba a la estación de metro y giró el rostro en la dirección de donde fue llamado, poniéndose en pie al ver a su amigo cerca del banco en que le estuvo esperando.
—Lamento el retraso, la reunión con el juez se demoró unos minutos —se excusó Watanabe inclinándose como disculpa—. No quería mantenerte esperando.
Él aguardó a que su amigo castaño se incorporara.
—¿Todo se resolvió?
Watanabe se acomodó sus anteojos sobre el puente de su nariz y sus orbes marrones brillaron con satisfacción detrás del cristal. —Sí, el caso ha concluido a mi favor. Pero, vamos, no nos quedemos en medio del camino. El restaurante del que te hablé está cerca.
Igual que siempre, ambos anduvieron junto al otro en silencio, acostumbrados a dejar la plática para cuando lo creían conveniente; en ese caso, cuando llegaran a su destino.
Unos metros más adelante su amigo se detuvo frente a un establecimiento con fachada naranja y acristalada. Leyó "Fugu-kichi" en el letrero.
—Te invité a almorzar aquí porque la comida es fantástica, llevo años viniendo desde que apareció en mi camino el día que fallé mi primer intento en el examen de Abogacía. Sé que te va a gustar —comentó Watanabe abriendo la puerta con el anuncio de abierto, tras lo cual diferentes aromas alcanzaron su nariz, haciéndole salivar.
Asintió a las palabras de su amigo, respondiendo en su forma habitual, cuando no era necesario decir alguna frase; él era callado y moderado al conversar, a diferencia del castaño, que tendía a la oralidad cuando su prudencia no le hacía medirse.
Le dedicó unos segundos a la observación de su alrededor, registrando los detalles del lugar; no había nada fuera de lo común, era limpio, amplio y ordenado, con una barra, mesas y reservados, clientes y trabajadores; una ambientación agradable en medio de tonalidades crema, amarilla y anaranjada.
—Watanabe-kun, bienvenido otra vez. —Naoki escuchó de una voz animada y cálida, concluyendo su examen visual.
Buscó con la mirada a la mujer que lo pronunciara, teniendo que dirigir los ojos ligeramente hacia abajo, frente a su amigo.
Entonces sintió una especie de pasmo, como si su mente estuviese jugando con él. En su cabeza se reprodujo la voz de su padre describiendo a Etsuko.
La misma piel, ojos y cabellos, y la sensación de vida proveniente de la joven menuda vestida de mesera. No obstante, a la mujer que veía ahora tenía que destacarle la franqueza en su mirada, la alegría en su sonrisa y el aire de inocencia que le rodeaba… características que nunca se había detenido a pensar en alguien.
—Y parece que hoy traes a un amigo —sentenció la bermeja contenta, sacándole de su ligero estupor, desapercibido para Watanabe.
—Así es; mi mejor amigo. Irie Naoki. Ella es Aihara Kotoko, hija del dueño —informó su acompañante con tono amigable. Ambos se inclinaron respetuosamente.
—Mucho gusto, Irie-san. —Ella amplió su sonrisa, iluminando sus facciones. —Encantada de conocer a un amigo de Watanabe-kun.
—Lo mismo digo.
—¿Solo serán ustedes dos?
Watanabe, con buenos ánimos, afirmó.
—¿Entonces una mesa está bien?
Ante el asentimiento de su amigo, Aihara-san los guió a una mesa al otro lado del local, cogiendo dos menús cuando caminaron junto a la barra.
Ella se hizo a un lado para dejarles sentarse, pero de algún modo perdió el equilibrio. En automático, él la atrapó sosteniéndola de los codos, escuchando cuando las cartas cayeron al suelo.
Moviendo los ojos, Naoki la recorrió de pies a cabeza para comprobar que estaba bien, así que sus miradas se cruzaron en el momento que ella elevó su rostro. Durante unos segundos, su interés permaneció en la expresividad de su cara, que era como un libro abierto; estaba abochornada, y había algo más que no podía poner en palabras.
La soltó, notando una incomodidad en su ser.
—Kotoko-san, ¿estás bien?
Él se sorprendió de que Watanabe se refiriera a ella por su nombre.
—Sí. —Aihara-san inclinó su cabeza dos veces. —Perdóneme, Irie-san, qué torpe de mi parte.
Ella se acuclilló por las cartas, que se resbalaron de sus manos y la obligaron a hacer pequeños malabares con ellas. Su rostro se coloreó hasta que las pudo sostener bien.
—Es una suerte que no trabaje aquí o habría muchos accidentes. —Ella se puso en pie con el cuerpo tembloroso. —Bueno, no es que sea muy torpe en mi trabajo normal, tengo más cuidado, es que aquí y allá, es, eh, diferente. —Él enarcó una ceja, interiormente divertido por su divagación. —Se preguntará de qué hablo; no formo parte del negocio familiar. Soy enfermera, pero a veces doy una mano a papá. Y hago bien mi labor en el hospital.
—¿En cuál?
—El universitario de Tonan.
Él pestañeó asombrado, sentándose.
—Comenzaré a trabajar ahí y daré una asignatura en la universidad —informó por iniciativa propia, algo ajeno a él.
—¿De verdad? —preguntó Watanabe con impresión. —Solo tienes veintisiete años. Es grandioso, Irie. Se merece brindar por ello, no cualquiera da clases en Medicina, aunque bien eres un graduado de Todai que pasó de primero a cuarto año. Saliendo de aquí te compraré un obsequio.
Miró a su amigo y asintió en agradecimiento.
—¡Es sorprendente! —manifestó Aihara-san. Él regresó su atención a ella, descubriendo la admiración en sus facciones femeninas. —Será un honor trabajar cerca de usted, como con una celebridad.
No respondió a las palabras de halago, habituado desde niño a semejantes alabanzas. Su inteligencia era superior, con un CI mayor a 200, de modo que ya conocía todas las frases posibles cuando se hablaba de su capacidad.
—Debe gustarle mucho su profesión, porque alguien que quiera enseñar desea compartir el amor por lo que hace. Asegurarse que futuros médicos sientan la misma pasión que usted para su profesión. Le deseo mucho éxito, Irie-sensei.
Nuevamente, Aihara-san le sorprendió y permaneció reflexivo mientras ella entregaba los menús, comentando sobre las bebidas y los especiales de ese día. Nunca había tenido esa impresión por incursionar en la enseñanza; él había aceptado porque serviría para su crecimiento laboral y para corregir futuros males, pero ahora se daba cuenta que podía haber algo de verdad en el comentario de ella.
Por lo cual, cuando su amigo no miraba, se encontró sonriendo.
Y descubrió que no le molestaría encontrarse otra vez con la cobriza.
…&…
La oportunidad de ver a Aihara-san de nuevo se presentó la semana siguiente, cuando empezó a laborar en el Hospital Universitario de Tonan. Vestía el uniforme de enfermera, que de algún modo encajaba mejor en ella que los pantalones negros y blusa blanca del restaurante.
Aparentemente, estarían en la misma área, hasta que él concluyera su especialidad en Cirugía, para incorporarse a Oncología, como era su intención. Pretendía dedicarse a la especialidad que trató a su madre, quien falleció por efectos del cáncer mamario metastásico. Su plan había sido estudiar medicina cuando ella enfermó y, a raíz de esto, su padre no se negó al expresar interés en esa carrera, pese a desear que fuese su sucesor en Pandai, la empresa que había creado en su juventud.
Así pues, esa mañana de lunes se encontró con Aihara-san, que quedó boquiabierta al verlo en su presentación al personal, tanto que sintió ganas de reír cuando el hombre afeminado a su lado le propinó un codazo y la hizo gemir, llamando la atención de todos. No obstante, se percató que los otros se encogieron de hombros al mirarla, como si estuviesen acostumbrados a eso.
Se preguntaba si ella siempre destacaba en los sitios a los que fuera.
(También de su habilidad como enfermera, pero si seguía ahí era por una razón.)
—Irie-sensei, no pensé que usted trabajaría en el mismo departamento que yo —dijo ella llegando hasta él cuando la multitud regresó a sus actividades; el "club de admiradoras" incluido. Iba acompañada del hombre afeminado, que se había presentado como Kikyou-san.
—Puedes tutearme, Aihara-san, ahora somos compañeros —indicó en tono neutro, sin estar del todo seguro por qué tales palabras abandonaron su boca. Disfrutaba del límite que se establecía en su cultura.
—Está bien —respondió ella con una gran sonrisa.
—Te ayudaremos en lo que necesites, Irie-sensei —añadió Kikyou-san, también sonriente; demasiado insinuante, sospechaba. —Vamos, Kotoko, tenemos trabajo que hacer.
—Sí. Hasta luego, Irie-sensei.
Él asintió y fue a la central del piso por las historias con las que iba a trabajar ese día, descubriendo que Aihara-san y él compartían tres pacientes.
Se preguntó por qué le daba importancia a ese hecho.
…&…
A las pocas semanas de comenzar a trabajar junto a Aihara, Naoki descubrió que su presencia era agradable, hasta el punto de que le satisfacía encontrarse con coincidencias en sus horarios y pacientes, a pesar de ser consciente de que ella no se trataba de la mejor enfermera entre el personal. En realidad, en lo técnico no era sobresaliente, sino un poco baja dentro del promedio, pero sus buenos ánimos se contagiaban a todos y era imposible convertirla en objeto de rechazo.
Quizá ese era el motivo por el que le gustaba contar con su compañía, ya que agregaba cierta excitación a los días del hospital, de una clase distinta a lo que le provocaba la práctica médica. Era vigorizante el modo en que se comportaba y cómo hacía que todo a su alrededor cambiara; más de una vez lo había hecho sonreír para sí mismo… y unas cuantas en dirección a ella.
Esto le sorprendía, aunque no hacía nada por cambiarlo, era una causa perdida resistirse al efecto de la pelirroja.
Pero tampoco deseaba hacerlo.
Cada vez que se lo planteaba, recordaba su rostro y se veía incapaz de continuar esa línea de pensamiento, imaginando que ella desaparecería, o que se desvanecería esa sonrisa brillante que iluminaba su expresión.
La misma que apareció en ese momento en el otro lado de la cafetería, cuando la dueña entró.
Ella le saludó con la mano exuberante de felicidad, como si encontrarlo fuera una maravilla.
Su estómago se contrajo ante una serie de escalofríos que comenzaron a recorrerle desde la altura de sus intestinos, haciéndolo preguntarse si tenía algún padecimiento, si bien gozaba de una salud muy buena.
Esa distracción hizo que no se diera cuenta de que Aihara avanzaba hacia él sino hasta que la oyó.
—¿Te importaría si me siento a compartir mesa contigo, Irie-sensei? —preguntó ella con voz dubitativa. Él alzó el rostro para ver cómo arrugaba sus delgados labios en un mohín casi pueril.
Negó, extendiendo su mano como invitación, en su acostumbrado poco uso de palabras que no siempre aplicaba con esa mujer.
Ella depositó su caja de almuerzo y un termo en la mesa y se sentó. —Gracias, Irie-sensei. Disfruta de tus alimentos.
—También tú, Aihara.
—Estaré muy contenta de hacerlo aquí.
Los ojos de la joven brillaron y en sus pómulos apareció un tenue rubor que le hicieron parecer una enamorada. Su expresión se tornó distraída, por lo que él asumió que estaba pensando en algo… grato para ella, de acuerdo a unas diminutas señales.
Una rara curiosidad le hizo preguntarse la clase de cosas que pasaban por su mente en los momentos que hacía eso, los cuales eran muchos.
Sus reacciones eran tan genuinas, denotando un candor que muy pocas personas poseían.
El escalofrío de su zona media se extendió en otras partes de cuerpo, obligándole a apartar los ojos de su acompañante, ligeramente preocupado por sí mismo. No había hecho nada fuera de lo normal en los últimos tiempos y no creía haber cogido un virus estomacal.
Aihara soltó una risita y él regresó su mirada a ella, sintiendo que los músculos de su cara intentaban estirar su boca en una sonrisa. La pelirroja se encontraba completamente perdida en su propio mundo, con gran adoración por éste.
Y lamentó tener que acabar con ello, pues si iba a retirarse debía estar seguro de que tenía sus pies en la tierra. Necesitaba comprobar que todo estaba bien con él; esos estremecimientos, que seguían pasando, debían ser examinados.
—Aihara, tengo que irme.
Ella no pareció escucharlo, así que la llamó tres veces más, sin éxito alguno.
—¿No comerás tu almuerzo? —cuestionó recordando una plática de ella con un paciente, diciendo que amaba la comida.
De nueva cuenta ella no dio señales de que volvía a la realidad.
—Aihara, despierta. —Resoplando, se inclinó hacia ella. —Ai… —El escalofrío llegó a su rostro, que se calentó a la altura de sus mejillas, así que se detuvo.
Sus ojos se abrieron al encontrarse a una menor distancia de la joven, notando el resplandor de sus orbes acaramelados un poco más de cerca, adquiriendo una profundidad que lo atrapó.
Los oídos le zumbaron y sintió que su corazón brincaba con arritmia en su cavidad torácica.
—Kotoko.
El pronunciar su nombre fue involuntario, pero tuvo la respuesta que había estado esperando, haciendo que ella pestañeara en medio de su letargo.
—¿Irie… sensei? —musitó ella con tono extraño, mientras él se apartaba tratando de parecer impertérrito, felicitándose por no demostrar que su cuerpo temblaba.
—Has estado varios minutos con la mirada perdida —señaló tratando de que su órgano vital recobrara su ritmo regular, empezando a preocuparse qué clase de enfermedad tenía. Los signos se alistaban en su cabeza comparándose con todos los padecimientos que conocía.
—¿De verdad?
—Sí. Debo irme —comunicó alistando sus pertenencias, empezando a sentir pequeños dolores inexplicables en el pecho y su cabeza tras terminar de hablar.
—Nos vemos más tarde —dijo ella regalándole una sonrisa… y la dolencia disminuyó un poco.
Naoki asintió y se puso en pie, para luego dirigirse a la salida, con las punzadas repitiéndose con cada paso que daba al alejarse.
Aunque el escalofrío había terminado.
…&…
Esa fue la primera vez que ocurrieron aquellas manifestaciones físicas de su cuerpo, de las que Naoki solo encontró otra explicación posible después de un "análisis objetivo".
Se le hacía increíble que el origen de todo eso fuese una mujer y que pudiera tratarse de algo tan ilógico como el enamoramiento. No podía ser que él hubiera caído en tal cosa. Pero era recurrente que su "enfermedad" hiciera aparición, en diferente intensidad, con cualquier pequeño momento o pensamiento que dirigiera a la joven de cabellos rojizos.
Era listo, y, aunque se resistiera, lo único que encajaba en todo eso era aquella barbaridad. Para tal efecto, había imaginado que era otra persona en su lugar y fue imposible concluir otra cosa, ya que tampoco podía adjudicarlo a alguna droga.
Tras comprobar que no era contagioso, había hecho bien al no acudir a sus colegas, o de lo contrario habría sido objeto de burla, sobre todo del burlón de Nishigaki.
Ahora bien, no sabía cómo proceder con su estado. Por una parte, se resistía a aquella condición humana que solo entorpecía su juicio y acababa con su paz; pero, por otra, su mente persistía en mostrarle a Aihara y rechazaba eliminarla de su vida, causándole tal perturbación que se sentía debilitado.
No quería ni una cosa ni otra. Estaba en una ambivalencia que superaba a cualquier situación vivida antes.
¿Cómo es que una persona tan menuda y —no pudo pensar en ella como común, ni nada por el estilo que no le pareciera insultante— diferente a él era capaz de generar sentimientos en un imperturbable como Irie Naoki?
El espíritu de su madre debía estar moviendo hilos desde el otro lado. Ella estaría pletórica por unirlo a alguien; había sido una romántica empedernida con mucha terquedad en ver a sus hijos enamorados, dando posibilidades para sus ansiadas nietas.
De pronto le golpeó una idea; su progenitora no estaría contenta de que su enamorada fuese similar a la mujer que su padre quería (porque dudaba que Irie —de soltera Isshiki, lo que significaba un gran peso en la conformación de su personalidad vehemente— Noriko, con su rasgo detectivesco, lo desconociera).
Bueno, le daría igual. Recordó con diversión y añoranza los días en que le llevaba la contraria a su madre, inspirándola a responder usando la inteligencia que le heredó a él.
…hasta que el cáncer apareció.
Naoki suspiró. Ella le habría perdonado si se casaba con Aihara y le daba una nieta.
Se colocó los dedos en el puente entre sus ojos, reprendiéndose del camino al que iban sus pensamientos a causa de Aihara. ¿Desde cuándo él se asociaba con matrimonio y paternidad, dos de las circunstancias que más repercutían en la vida personal de alguien, razón de que no se inclinara por ellas?
Lanzó una imprecación en su mente.
Tal como había previsto, el enamoramiento solo serviría para alterar su existencia.
Para probar su punto, una taza humeante con olor a café se coló frente a sus ojos, haciendo que mirara a la persona responsable del gesto y, en consecuencia, provocara que su corazón comenzara a latir con fuerza al reconocerla.
—Me pareció que te veías inquieto, Irie-sensei —dijo Aihara con timidez, entregándole la taza. —Es… hoy traje café de mi casa y lo calenté aquí, el de la máquina no es muy bueno —susurró confidente.
Asintió agradecido, no por su costumbre silenciosa, sino mudo porque ella se percató de un cambio en su actitud. No cualquiera conseguía una hazaña como ésa ni con años conociéndole, y ella lo había hecho en poco tiempo conviviendo con él.
(Sintió un revuelo en el estómago al suponer que lo observaba para poder saberlo.)
Bebió del café y encontró que estaba hecho a la medida perfecta, sin aditivo, no sobrecargado, ni dulce, justo como le gustaba.
—¿Está bien? Solo traje un termo y me serví la otra mitad, con azúcar, porque no me gusta amargo. Si no lo quieres, no impor…
—No, lo beberé —interrumpió impertérrito.
—Oh, bueno, eres amable, pero si no…
—Puedo beberlo todas las veces que traigas —agregó antes de llevar la taza a sus labios, ocultando su sonrisa satisfecha detrás de la cerámica.
El rostro de ella se iluminó y lo miró con ojos brillantes, colocando una dosis de adrenalina en todo su cuerpo.
A los pocos segundos ella dejó de hacerlo y se concentró en su propia taza, obligándolo a él a hacer lo mismo. De ese modo, permanecieron callados disfrutando de aquella exclusiva bebida y de la compañía agradable del otro.
Esa ocasión estableció una rutina entre ambos; alejados de los demás, compartían una secreta taza de café casero en un silencio que se sentía bien, haciéndole asegurarse que podría acostumbrarse a ello toda su vida.
E inquietarse por planteárselo a sí mismo.
Definitivamente, la aparición de Aihara Kotoko había provocado que su mundo cambiara.
…&…
En la siguiente reunión con Watanabe, tras el partido de tenis entre ambos, Naoki estuvo de acuerdo en visitar el restaurante "Fugu-kichi" de nuevo, ya que le pareció un buen lugar la anterior ocasión y porque quizá vería a Aihara, quien había comenzado sus vacaciones un par de días atrás, privándole de su presencia.
Tenía ese deseo de encontrarla, aunque aún dudaba sobre qué hacer con su enamoramiento. Hacía mal en verla y alimentarlo, pero no lo había hecho adrede, fue su amigo quien sugirió ese destino.
Con ese razonamiento comprendió por primera vez a los ilusos, evidenciando que la joven lo hacía sentir más normal que nunca y no el ser superior que parecía con su inteligencia. Era muy extraño y novedoso, una experiencia única que no habría conocido gracias a ella.
…si bien no podía negar que se sentía patético.
—Estás muy callado, me refiero a más que siempre.
Soltó una risa entre dientes al oír a su amigo. Pero era cierto, desde el primer año de la preparatoria, cuando se conocieron al estudiar en el mismo grupo, nunca había sido tan silencioso en su presencia; había estado sumido en sus pensamientos solo puso un pie en el restaurante.
—Un asunto relacionado a alguien del hospital —repuso sin ser demasiado explícito. Entendería que era un paciente y no una compañera de trabajo. —Disculpa.
—Lo entiendo, espero que no sea muy grave. ¿Y cómo va todo?
—Tengo un horario ajustado por los dos grupos a los que enseño, pero buenos resultados.
Por fortuna, su padre, su hermano y él vivían muy cerca del hospital y la universidad, así que no perdía el tiempo de moverse en transporte.
—Me agrada oírlo, es algo que solo tú podrías hacer. Yo estaría muerto. A mí solo me toca lidiar con la exigencia de mi padre en el bufete y mis compañeros que constantemente esperan que esté a la altura del gran jefe. Ah —Watanabe suspiró—, y usar mis mejores argumentos para no asistir a entrevistas de matrimonio con las herederas de otras firmas importantes.
—Se darán cuenta que no es necesario por tu desempeño.
Meses atrás él le habría recomendado considerarlo, poniendo como ejemplo la relación exitosa de sus padres y la seriedad que daba realizar acuerdos como ese, pero ahora vinieron a su mente los sentimientos que causaba Aihara en él y lo insulso que sería estar con una persona que solo te simpatizara. Sería como extender el contacto puertas afueras, dentro de tu hogar; cómodo, nada extraordinario.
Era inusual en él; aun con una prueba de que funcionaba unirse de ese modo, así como consciente de los problemas que podía causar un matrimonio por amor, no podía tener la opinión de otrora.
Amante de una vida sin sobresaltos, incluso enamorado, debía parecerle bien un acuerdo lógico y calmo. Enamorarse de alguien no era sinónimo de estar con esa persona.
¿Cómo una emoción podía cambiar su perspectiva de las cosas?
Era una señal de mantenerse al margen con ella, resolvió con una punzada. De lo contrario, comenzaría a actuar más fuera de sí mismo de lo que había hecho hasta ahora.
Tal vez lo mejor era desentenderse de sus sentimientos hasta que se disolvieran por sí solos; tarde o temprano descubriría alguna cosa que le quitaría encanto a Aihara y su enamoramiento sería historia. Estaba seguro que no era permanente.
Ignoraría que la novedad le atraía un poco y regresaría a la vida que había tenido hasta el año anterior, con las circunstancias de su carrera como única emoción. Con su horario actual y el que vendría con el tiempo, tenía suficiente.
Las alteraciones de enamorarse y tener una relación amorosa escapaban de su control y era mejor poner su concentración en cosas más benéficas para él y los demás.
Pero justo al pensarlo, Aihara apareció en su rango de visión, activando las dudas comunes. Era diferente decidirse con ella en su cabeza a tener su presencia ejerciendo una clase de presión en su mente y sentidos.
—Irie-sensei, Watanabe-kun, qué alegría verlos —dijo ella acercándose a su mesa.
Él sintió un revoloteo en el estómago al apreciarla entera, sobre todo la sonrisa resplandeciente en su cara.
Aquel día no usaba uniforme de los empleados, sino un vestido veraniego sin tirantes, de color rosado claro, perfecto para ese mes de julio.
—Siempre es agradable encontrarse contigo, Kotoko-san. —La familiaridad de Watanabe para con ella le provocó una pizca de desagrado; sabía que tenían muchos años conociéndose, mas tampoco tenían una relación muy estrecha para pasar esos límites. Estaba seguro que él había visto a Aihara durante un periodo superior a su amigo, porque diariamente la tenía cerca, por largas horas.
—Es bueno no perder el contacto con los amigos —repuso ella. —Tiene bastante tiempo desde la última vez que nos vimos, ¿fue en…?
—Abril —intervino rápidamente Watanabe. —Después no estuviste aquí.
—Oh. No estaba segura si fue cuando viniste con Irie-sensei, que trabaja en mi misma área y a quien veo seguido. ¿Le habías comentado, Irie-sensei?
—Estamos fuera del hospital, no es indispensable que me llames así —manifestó algo duro, tratando de minar su molestia por ser ignorado en un principio. Era estúpido.
—Oh, no pensé… Irie-kun —replicó ella con sus mejillas ligeramente arreboladas.
—Debes estar muy acostumbrada a decirle sensei.
Un breve instante Naoki tuvo la sensación que el rostro de Watanabe era el mismo que ponía con su novia de la preparatoria.
Con una expresión risueña, Aihara asintió a su amigo.
Entretanto, con una corriente helada en su cuerpo, Naoki evocó la confesión de su padre, que le mantuvo taciturno la mayor parte del almuerzo. Cuando este llegó a su fin, se convenció que era su imaginación y que, de cualquier forma, sus sentimientos por Aihara eran temporales y no alcanzaban la intensidad de los profesados por su progenitor.
…&…
Para salir de las asépticas zonas del interior del hospital, Naoki y Nishigaki decidieron dar una vuelta por el patio y conversar del procedimiento que tenían programado. Pese a que era agosto y las temperaturas eran calurosas, el paseo les haría bien.
—Seremos confundidos como guapas visitas —comentó con gracia su acompañante, llevando una mano a sus cabellos negros ondulados. Hacía referencia a la ausencia de batas médicas. —Esa chica, la de rosa, está pensando en Boys Love, puedo apostar. ¿Batallará decidiendo quién es el dominante?
Naoki negó con un resoplido. El médico podía tener un gran desempeño, pero fuera de su práctica era poco serio, tanto que a veces se preguntaba si era su estrategia para distraerse de la labor que realizaba, como un mecanismo con el que mantenía su salud emocional equilibrada, preparándose para cuando cumpliese su propósito de ser Neurocirujano.
—Ayer una enfermera hizo revuelo al encontrar un manga yaoi abandonado en una cama desocupada, debió ser tuyo —repuso a su compañero, quien soltó una carcajada.
—¿Cómo no me enteré? ¿Estuve en cirugía?
Encogió los hombros y bebió de su termo con agua.
—Bueno, no era mío. Una ex novia era fujoshi y hablaba de ello. Ah, sí, a lo que íbamos.
Por el cambio de tema, la susodicha debía ser un asunto delicado; Naoki le agradeció en silencio por centrarlo. A partir de eso, se concentraron en la operación durante la siguiente media hora, hasta alcanzar satisfacción de ambas partes.
Iban de vuelta cuando se cruzaron con Aihara y una niña pequeña comiendo paletas de hielo. El estómago le dio un tirón al ver la forma en que disfrutaba de su helado.
—Espero que no sea una paciente que tenga prohibidas esas "comidas" —sentenció Nishigaki, haciendo saltar a la pelirroja.
La niña rió y terminó su paleta.
—No, Nishigaki-sensei. Es mi descanso, mi mejor amiga acompañó a su suegra a un chequeo y trajo a Yuki-chan, quien no ha vuelto a clases, me ofrecí a cuidarla unos minutos.
Aihara terminó su paleta, porque el pequeño trozo final se estaba desvaneciendo. Él observó el gozo que transmitió con tan mínima acción.
—¡Acabé! Umm, no obtuvo un premio, oba-san —dijo la niña, sorprendiendo por su habilidad de leer. Debía tener cuatro años, al menos. Él lo hacía un antes de esa edad, pero no era común.
—¡No! ¡Qué mala suerte! —Aihara leyó su palito—. ¡Oh! ¡Mi paleta sí tiene premio!
Yuki chilló y Kotoko chocó las manos con ella.
—¿Tu oba-san y tú han comido más de una paleta cada una? —preguntó Naoki con una mezcla de diversión y seriedad a la infante.
Las dos féminas cruzaron una mirada que las delató.
—Solo una más. —Yuki elevó su dedo índice.
—Quiere un muñeco Inu chibi de su programa favorito, ¿verdad, Yuki-chan?
La aludida asintió vehemente.
—Entonces felicidades, señoritas —aseveró Nishigaki.
Ambas compusieron expresiones similares en el rostro, muy pueriles. Eran las caras de dos traviesas que había triunfado. No le quedó duda de la inocencia que la adulta poseía.
Fue inevitable sonreír.
…&…
Después del cumpleaños de Aihara, que aconteció un veintiocho de septiembre, los encuentros de café se transformaron en esporádicas pequeñas pláticas. En aquellas conversaciones, de las que Naoki fue un participante más activo de lo acostumbrado, aprendió más de la joven que aceleraba su corazón sin proponérselo.
Pequeños detalles de ella se reunían en su mente formando su propio compartimiento, el cual se destacaba de entre varios contenidos en su memoria, adquiriendo progresivamente la importancia que tenían la medicina, la lectura y la familia, los únicos tres elementos que predominaban en su vida.
Así se daba cuenta que se había equivocado al suponer que sus sentimientos decrecerían, pues con el paso del tiempo hacían lo opuesto, a pesar de saber hechos "negativos" de Aihara, como el pertenecer a la Clase F de su preparatoria, la que a él le parecía desdeñable en su juventud.
Sorprendentemente, ambos estudiaron en el mismo instituto, aunque ella realmente no le recordaba bien, hasta que mencionó su nombre a sus amigas y estas le comentaron que fue el de mejor promedio de su generación, quien por razones desconocidas rechazó dar los discursos de bienvenida y término de curso. Él le confesó que se turnaba con su padre para acompañar a su madre a las quimioterapias y de antemano habló con el director, sabiendo que el uno de abril le correspondía a él; mientras que, para su salida, ella había fallecido semanas antes.
(Al tocar el tema fue que supo que la madre de Aihara también estaba muerta, pero se sintió afortunado porque él tenía muchos recuerdos de la suya; en cambio, ella la había perdido demasiado pequeña para poder decir lo mismo. No obstante, ambas se mantenían intactas en sus memorias.)
Asimismo, fue consciente que con esas acciones le daba más peso a intentar algo con ella, en lugar de apartarla, sin alterar su vida de sobremanera, como pensaba que ocurriría. Cierto era que los efectos del enamoramiento seguían ahí, mas se había ido habituando a ellos, moldeándolos para que encajaran en su día a día, hasta no suponer un estorbo o complicación en su existencia, sino un componente que mejoraba su jornada.
Sobre todo porque parecía que ella no era indiferente a él. Podía jurar que ella le sonreía más que a otros en el Departamento y que le otorgaba atenciones que a ningún miembro masculino, con la excepción de un cantante que había sido su amor platónico desde la adolescencia hasta la juventud —y recordaba a la perfección que se le escapó el término en pasado.
Claro está, ninguno hablaba en concreto de lo que estaba cosechándose entre los dos, tal vez él más informado de la situación que ella; pero en realidad no había por qué apresurarse, eran dos adultos con más responsabilidades que una relación de pareja, la cual se daría en su debido momento. Podían seguir conociéndose en el lapso previo.
…&…
Con el apoyo extra que era su rostro carente de artificios, Naoki había aprendido rasgos de conducta en Aihara, si bien innumerables veces ella le sorprendía con palabras o actos inesperados que le hacían un juego silencioso sobre adivinar o no lo que pasaría a continuación con ella, sin importarle realmente ser victorioso, porque al final le gustaba lo que presenciaba de la joven.
En ese momento, por la manera en que mordía la comisura interior de su boca, tenía el presentimiento de que ella estaba inquieta. Sabía se trataba de algo leve, ya que todas las demás partes de su cuerpo no estaban tensándose o moviéndose, aunque se preguntaba qué podía ser; Aihara no era alguien que se concentrara en lo malo o que guardara por mucho tiempo una preocupación. Era más abierta.
Dio un sorbo a su café, otorgándole unos minutos antes de sutilmente animarle a hablar de lo que ocurría, en verdad muy interesado, algo que solo pasaba con su padre, Yuuki, Watanabe y ella. Era usual en él no indagar en ese tipo de agitaciones personales, a menos que se trataran de pacientes o estudiantes, pero lo hacía movido por una índole profesional, y era más directo.
Ella suspiró y supuso que pronto abriría la boca para expresar lo que contenía.
—Irie-kun… ayer tuviste un día libre.
Asintió, imaginando de qué iba el asunto. Fue noviembre doce, su cumpleaños. Él no le daba demasiada relevancia, su madre era quien solía hacerlo, quejándose de lo indiferente de sus tres hombres por esas fechas; como acuerdo, ahora procuraban hacer algo pequeño por el cumpleaños de ella, a quien sí le importaba.
Aihara abrió rápidamente el cierre de su blusa de enfermera, sacando lo que parecía una pequeña cajita colorida, que extendió a él con los brazos rectos.
—Feliz cumpleaños, Irie-kun.
—Gracias. —Inclinó la cabeza y aceptó su obsequio.
—No pude felicitarte ayer. ¿Crees que podrías darme tu número de teléfono para que yo pueda contactarte en un caso así la próxima vez? —Ella habló casi sin respirar, pero le comprendió.
Él soltó una risa baja y extrajo su móvil, que le entregó. De soslayo vio su cara de asombro mientras rompía una esquina del papel de regalo.
Sonrió con gracia al contemplar dos separadores de libros de diseños peculiares. Uno era la imitación del monstruo del lago Ness, en color azul, que al colocarse entre las hojas ocultaba el estómago y dejaba la cabeza, lomo y cola de fuera.
El otro era él.
Se trataba de una mala copia hecha con tela; una figura en forma de rectángulo, vestida de bata y con una cabeza que ocupaba unos ocho de los quince centímetros del separador.
Aihara no tenía talento para eso; sin embargo, apreció el trabajo que puso para hacerlo y le gustó más que el otro. Recordó unos días que llegó con curitas en los dedos.
—Como tienes buena memoria dudé si los usarías, pero decidí arriesgarme —manifestó ella ansiosa, jugando con el cierre de su bata. —No es necesario que los emplees, o el que yo hice; preferí comprar el otro al ver mi mal trabajo.
—Está bien.
Ella sonrió y aplaudió.
—Maravilloso.
Al parecer, ella era como su madre, dándole importancia a los aniversarios de su nacimiento. Debió disimular en su cumpleaños, aunque el hecho de que lo mencionara esa fecha debió haberle advertido.
Se lo recompensaría el año siguiente.
—¿Hoy a qué hora acaba tu horario? No te gustan los postres, pero puedo invitarte a comer algo para celebrar. —Ella le devolvió su teléfono, con su contacto ya guardado. —Yo termino a las siete, podemos ir aquí cerca. Si quieres, no estás obliga…
Él colocó un dedo sobre sus labios, sintiéndolos temblar al mismo tiempo que un escalofrío lo recorría.
—Yo te invito la cena.
Los pómulos de ella se colorearon y él apartó su mano, disimulando su propia reacción al concentrarse en guardar los separadores en la caja de regalo. Había sido impetuoso con ese contacto físico, una primera vez para él, sin experiencia de ese tipo con el sexo opuesto; atraía a mujeres y era heterosexual, pero nunca tuvo algún acercamiento con alguna porque su interés no era mucho.
Ahora se sentía un inexperto con solo tocar sus labios con un dedo.
…&…
Aihara nunca usaba maquillaje, pero esa vez se había colocado brillo labial y Naoki se regocijó al saber que lo hacía por él, aunque la prefiriera de cualquier forma. Era una muestra obvia de que quería causarle una buena impresión.
De camino al restaurante se sentía agradecido porque ningún asunto de último minuto les impidiera esa imprevista salida juntos. No irían a un sitio muy elegante ni habría mucho revuelo, mas reunirse fuera del trabajo, a solas, era una cosa que no podía rechazar. Podía llevarla a casa, donde la asistente dejaba preparados alimentos para ellos, solo que ella tendría una impresión equivocada, puesto que Yuuki estaría con su padre en la empresa, como últimamente hacía.
—…entonces Akiko-san dijo que le gustaba Keita-kun y él se sonrojó. Nunca lo había visto tan rojo en los años que llevamos trabajando juntos —puntualizó ella antes de soltar una pequeña risa. Estaba relatándole un suceso de ese día, conversando con la naturalidad que tendría una pareja al verse al final de su jornada. —A él también le gusta y estoy segura que cuando sea dada de alta la invitará a salir, aunque sentirá vergüenza de tener una novia en preparatoria, pero ella perdió dos años por su accidente; estuvo en coma y ahora toma rehabilitación para recuperar su movilidad. Tendrá que repetir segundo año con compañeras más chicas, es un instituto de solo mujeres. Umm… a mí no me habría gustado estudiar en una preparatoria así, Kin-chan, Sukeo y Kakujiro hicieron muy divertidos mis años escolares —sonrió para sí por el cambio de tema, era muy dispersa—, aunque Kin-chan constantemente estaba detrás de mí.
Naoki se preguntó si era un ex novio suyo.
—Debes haberlo visto en Fugu-kichi, lleva nueve años trabajando con mi padre, pronto se independizará para formar su propio restaurante.
Frunció el ceño; si habían tenido una relación amorosa, no le agradaba que siguieran en contacto, aunque se relajó al pensar que saldría de escena pronto.
—Él asegura que cuando lo haga se casará con Chris, porque así tendrá un hombre mejor que ofrecerle.
Respiró con calma al oír eso y su posterior narración de la manera en que esos se conocieron casualmente —o como consecuencia de Kin-chan buscando trabajo como chef de la cafetería universitaria donde ella estudió—, cuando la extranjera, de Inglaterra, acudió a comprar en un almuerzo de su año escolar en Japón.
—Estoy feliz de que él se diera cuenta que no estábamos destinados a estar juntos, o habría perdido la oportunidad de estar con el amor de su vida.
Naoki se detuvo al doblar la calle, viendo a su hermano a pocos metros. Asumía que estaría en Pandai.
—Onii-san. —Yuuki se acercó mirando curioso a Aihara.
Sobre el hombro de él, vio que una chica pelinegra se asomaba en la esquina, espiando a su hermano. Aihara se dio cuenta también, pues, menos discreta, oteó desde un costado del brazo de Yuuki, deteniéndose cuando él hizo las presentaciones.
—Me complace conocer al hermano de un sensei. Yo soy enfermera. Irie-kun dijo que vas en último año de preparatoria. ¿Formas parte de un club, por eso todavía vas a casa?
Yuuki pestañeó, quizá asombrado de que él anduviese en compañía de alguien así de entusiasta. Los dos eran serios y generalmente se rodeaban de gente igual, cosa que ella no parecía.
Además, su hermano era tímido, como empezó a serlo tras la muerte de su madre, por lo cual le sobrecogía la personalidad de Aihara. No sería así si su progenitora hubiera vivido con él más allá de sus nueve años de vida, u observara de lleno su forma de ser animada, que fue disminuyendo conforme su enfermedad la debilitó. Yuuki tenía cinco años cuando su madre había sido diagnosticada, se perdió su viveza desmesurada.
Sin embargo, su hermano estaba haciendo un esfuerzo por socializar más, pues su intención era suceder a su padre en Pandai.
Y demostró su progreso al inclinarse con una sonrisa, recomponiéndose de la impresión. Naoki, que tomó un papel más protector con la falta de su madre, se sintió orgulloso.
—Un gusto… conocer a una compañera de mi hermano. No estoy en un club, estudiaba en la biblioteca para los exámenes de universidad.
—¿A cuál aspiras?
—Todai.
Ella se cubrió la boca con las manos.
—¡Eres muy inteligente! Igual que tu hermano. Luces como un chico listo, sé que podrás conseguirlo, porque te estás esforzando mucho. Y tienes una admiradora, ¿verdad?
Él se sonrojó, moviendo los ojos hacia la izquierda, demostrando que conocía la presencia de la chica de cabellos oscuros.
—¿Por qué no le hablas? Podrían ser amigos y caminar juntos.
Yuuki inclinó la cabeza hacia un lado, con evidente bochorno. Ella se percató del modo de ser de su hermano, porque asintió y sonrió.
—Te ayudaré.
Antes de que alguno de los dos pudiera decir algo, ella se apresuró al escondite de la chica, que debió seguir ahí porque momentos después ambas se aproximaron.
—Ella es Sagawa Konomi, del 3F, piensa que eres genial porque eres el mejor de tu generación y no se atrevía a acercarse.
Rápidamente se dio cuenta que era cohibida como su hermano.
Dadas las circunstancias, invitó a las dos mujeres a su casa, donde Aihara fue el eslabón necesario para amenizar la noche y causar buena influencia en su hermano menor.
No tuvo la privacidad que habría querido con la pelirroja, aunque el resultado no fue malo.
Tuvo una probada de cómo podría ser la vida hogareña con ella.
…&…
El aire cálido, e impregnado del delicioso aroma de los alimentos, fue la bienvenida del restaurante "Fugu-kichi" para Naoki en ese decembrino día frío. Aprovechaba su visita a una librería cercana para tomar su almuerzo ahí, donde la cocina era muy buena. Después dejaría sus compras en casa y se reuniría con Yuuki y Watanabe para jugar billar.
Con satisfacción, lo primero que vio fue a Aihara platicando animadamente en la barra con una chica rubia parada al otro lado de ella, que debía ser la extranjera descrita con anterioridad, pareja de su mejor amigo. Tenía admitir que era tan guapa como afirmó la pelirroja.
Se dirigió a la dueña de sus afectos y se sentó en la silla vacía junto a ella, que saltó cuando lo miró de soslayo.
—¡Irie-kun! —El rostro de Aihara irradió una luz con la capacidad de darle buenos ánimos; habilidad suya que funcionaba con más de uno.
Él movió su cabeza lacónicamente.
—Ella es Christine Robbins, una de mis amigas. Él es Irie Naoki, un médico del hospital.
Ambos se saludaron cordialmente. La rubia de orbes cerúleos sonrió pícara a Aihara, quien se mordió el labio inferior, antes de atenderlo como comensal.
Una vez que la otra joven se alejó, Aihara señaló la bolsa de papel junto a sus piernas. —¿Estabas de compras? —preguntó sonriente.
—Libros.
—Podrás usar mi… —Ella agitó su cabeza. —¿De qué clase?
Él escogió no comentarle que ya utilizaba los dos separadores desde el día en que se los dio, a costa de la risa divertida de Yuuki al verlos.
—Dos de Medicina, un thriller psicológico y una novela histórica.
—Esos son géneros complicados. A mí me gustan los mangas románticos.
Se lo imaginaba.
—Pero debo empezar a leer más temas académicos, porque quiero hacer una especialidad en Cuidados Intensivos. Cuando apenas comenzaba mi carrera, tuve una paciente anciana que estuvo en el hospital dos ocasiones, la conocí en la primera, pero regresó con un estado crítico y le operaron el corazón. No pude atenderla después de la intervención porque era delicado y me habría gustado hacerlo.
Ella suspiró. Por su parte, él la miró con la certeza de que era especial y que, aun dentro del promedio, Aihara conseguiría su propósito. Sabía que era sumamente determinada para alcanzar sus metas, yendo en contra de las probabilidades lógicas.
Ambos tenían unos años interesantes en el horizonte.
Robbins regresó con una bebida y recibió su orden de alimentos. A continuación, un hombre de cabellos y ojos oscuros salió de la cocina y se dirigió hacia ellos; vestía ropa de cocinero color gris.
—Papá, qué bueno que viniste. Te presento a Irie Naoki, trabaja conmigo; es médico y profesor de la universidad, de mi edad, se graduó de Todai. ¿No es genial?
El hombre soltó una risa afable. —Aihara Shigeo, qué gusto conocerte, Irie-san. Es impresionante tu trayectoria. Espero que mi hija no te cause muchos problemas.
Naoki rió entre dientes, sintiendo agrado inmediato por el mayor. Podía adivinar de dónde había aprendido ella su facilidad con la gente.
—Papá.
—Sabes, un amigo de mi juventud se apellida Irie, hace más de treinta años que no nos vemos. —Al escucharlo, Naoki tuvo la intuición de que sería demasiada coincidencia; el tiempo, la hija con la apariencia de la mujer que su padre quiso. Incluso Aihara-san había puesto expresión melancólica. —Sé que a Iri-chan le va bien, tiene una empresa de videojuegos.
—Pandai —habló antes de reflexionar unos segundos.
Los ojos de Aihara-san se abrieron desmesurados. —¿Eres hijo de Iri-chan, digo, Irie Shigeki?
Asintió lentamente.
—Guau —intervino la pelirroja—. Eso es… ¡Oh! Nuestros padres fueron amigos. Pudimos conocernos antes.
O ser hermanos.
—A mi padre le agradaría verlo. Le ha mencionado, lamentó que el restaurante donde era aprendiz, cerrara —comentó al chef, que asimilaba su parentesco con quien fuera su gran amigo.
—Sí, mi maestro murió de forma temprana y yo me decidí a abrir mi propio restaurante. En ese entonces Iri-chan establecía su empresa, fueron tiempos agitados y perdimos contacto. No me pareció bien hablarle al verlo en televisión y saber que era famoso, porque todavía estaba levantando mi negocio.
Y, si era feliz con Etsuko, tampoco se lo mostraría a su amigo, creyó Naoki.
—Le diré que trabaja aquí. No vivimos lejos.
—Será bonito que vuelvan a verse; les hará bien la compañía de un viejo amigo, que comprenda al otro. Ambos son viudos —le dijo Aihara a su padre con una sonrisa comedida.
Eso último era un asunto que dejaría a los dos hombres hablar por su cuenta.
—Lamento que perdieras a tu madre, Irie-san.
Asintió.
—Usted a su esposa.
Tras un pequeño asentimiento, Aihara-san cambió de tema y compartió una anécdota de cómo conoció a su padre, que él ya había escuchado desde el punto de vista de este, pero en ambas versiones fue indiscutible el aprecio que se tenían mutuamente; su lazo de amistad había sido estrecho.
…y se fracturó cuando desarrollaron sentimientos por la misma mujer.
…&…
A Naoki le sorprendió que Kotoko no mencionara nada sobre las creencias japonesas de una pareja saliendo juntos el día de Navidad, puesto que juraba ella sabía esa clase de supersticiones y sería la primera en traerlo a colación.
Era una de las cosas que hacía de alguien predecible, impredecible. Cuando debía hacer justicia a un patrón de conducta, se desviaba de este de forma excelente.
Aunque por la manera en que resplandecía, como las luces navideñas que iban a ver, el significado meloso del asunto estaba en cada rincón de su mente, poniéndola exultante. Tenía que estar agradeciendo a todo aquello que lo hizo posible, como las excusas ridículas de sus amigas para no poder acompañarla y el horario vacío de él, junto a su presencia cuando las enfermeras discutían el tema de la visita al árbol (que adjudicaba a Kikyou, quien le guiñó un ojo).
—¿De verdad no te molesta ir conmigo, Irie-kun? —cuestionó ella de repente—. Sé que la razón por la que prefiero ver las luces acompañada es válida, pero puedo hacer un esfuerzo. Incluso verlas desde más lejos. No me tropezaré.
—Te ha pasado las tres veces que has acudido a ver el árbol iluminado, dudo que cambie la cuarta.
Reprimió una sonrisa por el sonrojo de Kotoko, que no relacionó al aire gélido.
—Me distraigo con las luces y cuando me doy cuenta ya perdí a mis amigas, estoy en el suelo y alguien me ha pisado por accidente. Pero es tan bonito que ha valido la pena.
—Deberías ir con quien se fije más en ti que en el árbol.
—¿Tú lo harás?
Metiendo sus manos enguantadas en sus bolsillos, afirmó con su cabeza.
Ella aplaudió y abrió la boca; cuando iba a hablar, la cerró de golpe, mirando al cielo. Luego sonrió y separó los labios. —¡Está nevando!
Kotoko se detuvo con los brazos extendidos, atenta a los copos que caían sobre la ciudad, mientras él no podía apartar sus ojos de ella, cautivado por su ilusión.
—¡Es maravilloso! ¡Vamos! ¡Quiero ver el árbol con la nieve danzando a su alrededor!
Ella le cogió la mano y lo apuró a recorrer los doscientos metros que faltaban para el centro de la plaza, hacinada a esas horas de la noche, por los nipones ansiosos del espectáculo lumínico. Ante eso, él apretó su mano para no perderla entre la multitud, a la vez que aprovechaba su altura para encontrar un lugar donde ubicarse.
Cuando halló un sitio con un ángulo adecuado para ella, los guió hasta allí. Tan pronto se detuvieron, él la colocó a su costado y le pasó la mano por la espalda, cogiéndola de la cintura.
Kotoko giró el rostro hacia su cara.
—Así no te perderás ni resbalarás.
No lo hizo.
…&…
Un día en principios de febrero, Naoki notó que algo en Kotoko estaba mal. Diferente.
Las sonrisas que mostraba eran falsas, no contenían sentimientos verdaderos ni llegaban a sus ojos. Lucía apagada y sus esfuerzos por ocultar un problema eran inútiles. Alguna cosa ocurría con ella y trataba de fingir lo contrario.
Y estaba preocupado, porque ella no era así, ni quería hablar de ello cuando le preguntó directamente.
Pocos después sus encuentros en la sala de descanso, cuando compartían café, se hicieron más intermitentes, mostrando de forma clara que ella trataba de evitarlo. El tiempo ameno y lo que estuviese creándose entre ellos flaqueaba… no sabía la razón.
Eso se volvió un enigma que lo desconcentró y frustró unas cuantas veces a lo largo de las semanas, pues se cuestionaba si había hecho algo grave que se interpusiera entre ambos, sin que él tuviese idea de esto. Todo iba excelente entre los dos y, de pronto, ella, la verdadera Kotoko, se había esfumado, dejando una entidad que no le llegaba ni a los talones.
¿Dónde estaba la mujer de quien se había enamorado?
¿Estaría sufriendo en silencio?
¿Cómo podía ayudarla?
Era la primera vez que no tenía respuestas y, desafortunadamente, era cuando más le importaba. Se sentía incapaz de desviar la mirada a la tribulación de Kotoko, incluso si para aliviarla tenía que hacer caso omiso de sus sentimientos. Lo que ocurriera estaba cambiando su personalidad vibrante, robándole la luz que solo ella tenía.
Sí, le dolía que se alejase, era una sensación que reconoció de los momentos en que pensaba rechazar sus sentimientos por ella; sin embargo, priorizaba el bienestar de la mujer que quería por sobre sí mismo, el acto menos egoísta de toda su vida.
Solo que le era imposible cambiarlo si no tenía idea de lo que pasaba.
…&…
Pacientemente, Naoki siguió esperando a que Kotoko cruzara las puertas del hospital para ir a su hogar. Con sus pesquisas, había descubierto que ese día su horario de salida era una hora antes que la de ella, así que determinó interceptarla y poder tener una conversación, para al menos averiguar si había una manera de mejorar su estado actual.
Cuando la vio detrás de las puertas de vidrio, con la mirada baja, él se preparó para interponerse en su camino a metros de la zona de ambulancias.
Le cogió los brazos con sus manos al chocarse con ella, que jadeó y alzó la vista.
En sus facciones delicadas pudo apreciar su dolor al reconocerle, experimentando una punzada en su pecho por saber que le dañaba.
—Lo lamento, no estaba atenta por dónde iba.
—Quiero hablar contigo.
—Si no es del trabajo, no puedo, Irie-sensei.
Él apretó las manos inconscientemente y tuvo que soltarla por un gemido de queja.
—Te estás comportando de modo extraño.
Ella negó y lo rodeó, pero se detuvo a su lado, observándolo de perfil.
—Solo me estoy haciendo lo más adecuado —susurró Kotoko con voz quebrada.
A él se le contrajo la garganta ante su sufrimiento. Se giró hacia su derecha, aunque ella no cambió su posición. Le dio igual que atrajera la atención de alguien.
—Eso no explica nada —musitó sintiendo el calor de la frustración, entorpeciendo un poco su pensamiento y compostura. —¿Para qué habría de ser adecuado ignorarme?
—Debo mantener la distancia contigo, Irie-sensei, es lo mejor en estas circunstancias. Así nadie saldrá herido. Por favor, no pidas más —rogó ella y vio que sus ojos se humedecían.
En esos orbes almendrados percibió un gran conflicto y pena que avanzaron hasta su corazón. Sin poder evitarlo, él llevó su mano a la mejilla de ella, que tembló a su contacto. Estaba poniéndose fría por la exposición al aire de principios de marzo, perdiendo la temperatura acogedora del interior.
Con su pulgar, acarició el pómulo y sintió las dos manos de ella en su antebrazo.
—No puedo ser indiferente a ti, Kotoko —susurró suavizando su voz.
Ella batió sus pestañas y él acortó la distancia hasta su rostro hasta rozar sus labios con los suyos. Con los ojos cerrados, lentamente le besó los rebordes delicados, probando el sabor superficial de su boca con caricias que se familiarizaban de ella. Kotoko, torpe como él, le respondía tentativamente, aprendiendo de un gesto de afecto desconocido para ambos, que aun en la ignorancia comunicaba los sentimientos hasta ahora latentes entre los dos.
En su interior, su mente y rincones corporales reaccionaban a su cercanía y a la muestra de sus emociones, a ese beso que confirmaba sus sospechas pasadas.
Una gélida brisa los estremeció y se abrazaron, buscando calor en el otro sin dejar de besarse. Con un empujón de sus sentidos, él abrió más su boca y con su lengua probó de su piel.
Ella se apartó abruptamente cuando sus lenguas se tocaron, cubriéndose los labios con su mano.
—No puede ser.
Kotoko emitió un sollozo y una lágrima se escapó de su ojo.
—Lo siento.
Estupefacto, permitió que ella se alejara corriendo.
…&…
Naoki tenía la certeza de haber sido rechazado, pero no podía aceptarlo. La manera en que ella correspondió su beso y sus palabras le daban esperanzas para no rendirse, aunque en otro tiempo él simplemente habría aceptado lo que la lógica dictaba. Era incapaz de cumplir con su sentencia cuando ella misma le decía con la mirada que quería lo mismo tanto como él; estar juntos.
Tenía una barrera que vencer, desconocida. Era como un padecimiento no antes descrito que debía resolver, porque de él dependía algo muy importante.
Así que no había tiempo de centrarse en el escozor de no comenzar una relación amorosa con ella, ni el golpe a su orgullo de fallar a la primera. Era imperante usar su potencial para encauzar esa situación.
Los dos se pertenecían.
Lamentablemente, si ella estaba cien por ciento segura de que nada podía haber entre los dos, tendría que encoger el corazón y admitir la derrota.
Con inquietud, Naoki apretó los dientes pasándose una mano por el cabello. Sería devastador para él no tenerla en su vida; se había dado cuenta que la necesitaba y que sentía algo único. Nadie más que Kotoko era para él. En lo profundo de sí mismo una voz le gritaba que solo a ella querría; nunca más se enamoraría. Era de una sola persona.
Y por lo mismo no podía ni pensar debidamente ese asunto, que en otras circunstancias ya habría hecho. Sus sentimientos eran potentes y creaban obstáculos para su buen juicio.
Solo estaba contento de que su cabeza pudiera estar fría en lo que competía a su profesión.
Maldiciendo en su interior, se sirvió una taza del molesto café de la máquina, una burla a su persona. Le recordaba que ahora estaba privado por completo de aquel que hacía ella… por ende, de su tiempo y su presencia.
Sintió un ramalazo en el pecho.
Apenas perturbado por lo caliente, acabó pronto la bebida y caminó hacia el pasillo para regresar a la sala de descanso a revisar las historias médicas antes de irse. Lo último que quería era tomar el café donde lo hacía con ella, remplazando el recuerdo.
Se detuvo en la puerta de la sala de paredes amarillas.
Kotoko estaba ahí.
Tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el respaldo del largo sofá marrón grisáceo junto a la pared.
Guardando el mayor silencio posible, él deslizó la puerta para darles privacidad y eliminó el espacio entre los dos.
—Kotoko.
Ella se tensó abriendo un ojo, como comprobando su presencia.
—Irie-sensei, ¿qué se le ofrece? —cuestionó ella irguiéndose como una tabla, con líneas de esfuerzo en su frente y las comisuras de su boca. —No creo… que… sea lo mejor que se refiera… a mí, así.
—Tengo que insistir, Kotoko. ¿Por qué habría heridos si estás conmigo?
La vio ponerse en pie abrazándose a sí misma.
—No quiero hablar de ello —murmuró dándole la espalda.
—Si no deseas explicarme, dime solo un poco —pidió a un palmo de ella.
Kotoko suspiró.
—Dos amigos, una mujer.
Sin más, ella se apresuró a la salida y volvió a dejarle solo. Por fortuna, esta vez tuvo una pista para discurrir debidamente lo que ocurría.
Ella ya sabía que sus padres se habían enamorado de su madre. ¿Esto la había afectado así? ¿Creía que era un impedimento en su relación?
Tal vez Aihara-san se opusiera a que ambos tuvieran un romance; luego de ver a su padre otra vez, podría pensar que algo entre los dos le sentaría mal a su progenitor.
Debía hablar con ambos.
…&…
Naoki pretendía aprovechar la oportunidad de conversar con su padre esa noche, pero al reconocer a Watanabe con la enfermera Ogura tuvo que cambiar su plan de salir rápido del hospital, tenía que averiguar lo que hacía su amigo allí. Podía haber un problema.
La joven de sonrisa amable —que desaparecía por una expresión sádica en cirugía— hizo una pausa al verlo y le señaló, haciendo que Watanabe se girara para mirarlo de frente.
Su amigo asintió curvando la esquina de su boca. No habló hasta que Ogura se fue.
—Irie, tal vez tú puedas ayudarme.
Él frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
Un suspiro abandonó los labios de su amigo, que se pasó una mano por la cara brevemente. Su conducta indicaba que era algo importante.
—Estaba buscando a Kotoko-san, pero se ha ido.
No comentó nada, esperando aclaración.
—Yo quería… ella… —Watanabe se sonrojó—. ¿Cómo está ella? ¿La notas distinta? Pretendía conversar con ella, ahora pienso que fue una tontería, no debo molestarla en su trabajo.
Una mezcla de aprensión y pavor escaló le serpenteó de pies a cabeza, imaginándose lo peor. Tenía que ser una mala broma, él no iba a decirle que estaba enamorado de Kotoko.
De a poco, rememoró las atenciones de Watanabe para con ella y sintió un mareo.
—La conozco desde hace cinco años; he desarrollado algo por ella. Me dio esperanza y energía en mi momento más bajo, me comprendió y… es una persona especial. El mes pasado me declaré y le pedí una oportunidad. Reuní un poco de valor, se lo dije, sin esperar una respuesta, solo que lo pensara… y desde entonces no la he visto. Ni le he enviado un mensaje pidiendo verla, he esperado para saber si tomará la iniciativa en contactarme. Todavía no me desilusiono, sé que su trabajo es ajetreado.
Naoki escuchaba como en un trance, sintiendo que unas manos invisibles le oprimían los pulmones. Estaba conmocionado, atemorizado, caótico, miserable, fúrico; un sinfín de emociones y sentimientos agitándose en su interior. Las palabras de su amigo habían hecho mella en él.
Se estaba repitiendo la historia del pasado, con la hija de la mujer que protagonizó la primera.
Y él era correspondido por Kotoko, poseía el lugar de Aihara-san; Watanabe el de su padre.
Él no quería perder a ninguno. Aunque parecieran poco cercanos, Watanabe había sido un gran apoyo cuando murió su madre y le tenía mucha estima; era al único que consideraba amigo, sumándolo al grupo de su familia. Junto con Kotoko, era una persona cercana para él sin vínculo sanguíneo.
Kotoko era demasiado valiosa para él, ninguna palabra alcanzaría para describirla. No importaba que solo la conociera de un año, era indispensable para su existencia, por patético y dependiente que sonara.
Quiso soltar una imprecación.
Ella lo entendía. De eso hablaba horas atrás. Kotoko comprendía el papel que jugaba su amigo en su vida y las repercusiones que tendría perderlo. Por ello se resistía a abrazar una relación entre los dos, no quería un destino como el de sus antecesores.
—¿Qué opinas?
—Ella ha estado pensativa.
Watanabe asintió con ojos brillantes y Naoki odió la posición en la que se encontraba.
—Eso es positivo. Oye, creo que estás un poco pálido. Estaba tan enfrascado en mí que no me paré a observarte. ¿Te sientes bien, Irie? Disculpa, enfermera Ogura.
Naoki le vio hacer una seña a la castaña, a unos metros.
—No es…
Ogura llegó hasta ellos.
—Luce extraño, ¿cree que tenga algo? —preguntó Watanabe a la enfermera.
—Irie-sensei, ¿necesita ayuda? —Negó.
—Me encuentro bi…
—Está como Kotoko, ¿ya sabe qué tiene? ¿Es por usted?
Él abrió los ojos y vio que Watanabe juntaba las cejas.
—¿Ella está pensativa?
—Sí, bueno, también decaída. Ha estado preocupada y penosa. Como es amigo de ambos…
—Ogura-san.
—Quiero oírla, Irie —dijo su amigo con seriedad.
Tuvo la terrible certidumbre que Watanabe se enteraría de lo inevitable.
La joven pareció comprender que había metido la pata porque se sonrojó, mas tragó saliva y le pidió disculpas con la mirada.
—Supongo que puedo decirlo porque es amigo de ambos, Watanabe-san, pero me aflige Kotoko y usted, Irie-sensei. Quisiera ayudarlos. Eran tan cercanos y de repente dejaron de serlo.
—Alrededor de un mes atrás.
Ogura afirmó con ligereza.
Watanabe cerró su mano y la enfermera extendió su brazo para detener lo que podía ser un golpe, pero su amigo se puso el puño sobre la boca. Esto ocasionó que Ogura cayera sobre él, quien perdió el equilibrio unos segundos.
—¿Está bien? —preguntó Watanabe descubriendo su boca, mientras la castaña se enderezaba con un sonrojo.
Ella asintió tímidamente.
—Lo siento, pensé…
Watanabe suspiró. —Entiendo, pero es mi mejor amigo, no iba a golpearlo. Y soy abogado. —A continuación negó con la cabeza. —¿Por qué tú, Irie? ¿Es que no podía ser otro a quien odiar? —Se frotó la cara con energía. —¿Por qué no un hombre que me haría preguntarme qué vio en él? ¿Y tú por qué no te diste cuenta que me interesaba? ¿Tan poco me conoces?
De reojo vio que unos pacientes y cuidadores se veían atraídos por los tres.
—Han sido trece años de amistad…
—Ken. —Naoki lo nombró sin usar su apellido, como pocas veces se suscitaba.
—No. —Su amigo dio un paso atrás y Naoki sintió una punzada. —Ahora estoy bien con tu silencio. Es más, tampoco deseo verte. —Watanabe gruñó. —Necesito un aire. Un trago. Salir de aquí.
Watanabe se giró y alejó a grandes pasos hacia el ascensor.
—¿Estará bien seguirlo? —preguntó Ogura en voz baja, consternada. —Yo tenía buena intención, lo juro. Puedo ir detrás de él, solo necesito mi abrigo y mi bolso.
La miró con agradecimiento. —Llamaré a recepción para que lo detengan.
No terminó de decirlo cuando las puertas del elevador se abrieron, así que ambos se apresuraron.
—El enfermero Kagamori tiene mi número, él está de turno. Envíeme un mensaje, Irie-sensei —le pidió Ogura antes de meterse a la cabina, pocos minutos después.
Naoki cerró los ojos tan pronto se cerraron las puertas del ascensor.
—Maldición —soltó rabioso.
…&…
Afortunadamente, su padre no lo decepcionó al encontrarse donde correspondía a su rutina; estaba sentado frente al televisor viendo las noticias del final del día.
Naoki sabía que no era la mejor hora de abordarlo, pues podría perturbar su sueño, pero coincidir sus horarios más temprano era muy raro. Ahora no quería hablar sobre renuencia a que tuviera una relación con la hija de Etsuko, sino saber cómo fue apartarse. Estaba igual que antes, ignorante del porqué tomó la decisión de dejarla ir, teniendo sentimientos tan profundos.
Solo que ahora entendía una intensidad como la que sintió en su progenitor años atrás.
Y pensaba en la amistad que se distanció.
(Experimentaba las emociones que una vez desestimó para él.)
—Papá —saludó con un suspiro desganado.
—Nao. —Su padre debió percibir alguna cosa, porque apagó el televisor sin siquiera haberle dado una mirada a él, que lentamente fue a ocupar el sillón libre. —¿Puedo ayudarte? —preguntó viéndolo de frente, apoyando los codos sobre sus muslos.
Le respondió con un asentimiento.
—Tengo un problema.
—Dime qué pasa, qué necesitas.
Se tomó unos segundos en contestar:
—Escucharte. Somos Watanabe, Kotoko y yo.
No necesitó dar más explicación para que su padre entendiera; un soplo de aire salió de su boca.
—Watanabe se le confesó y hoy se enteró de que ella está interesada en mí.
—Nunca habías mostrado que alguna mujer fuese importante para ti —observó su padre, comprendiendo que ella era sumamente especial para él, por lo que no podía ser indiferente.
—Es similar a su madre y me entiende.
Quiso decir, "sé por qué te enamoraste de ella", pero sabía que no necesitaba hacerlo.
Su padre rió con ojos brillantes.
—No habría esperado menos de la hija de Ai-chan y Etsuko.
—¿Alguna vez te arrepientes de haber renunciado a ella?
Esperó pacientemente por la respuesta.
—No. Me arrepiento de los años que perdí con mis dos amigos. Yo quise a tu madre y fui muy feliz con ella, que complementó mi existencia. Fuimos felices el tiempo que tuvimos juntos. —Su padre se quitó los lentes y frotó sus ojos antes de colocárselos de nuevo. —Quise a Etsuko, porque era la clase de mujer que iluminaba el mundo de cualquiera y por muchas cosas más, pero yo no la habría hecho pletórica como Ai-chan. Eso habría robado alegría de mí también.
Su padre miró al infinito.
—Debo admitir que, si no le hubiese presentado a Ai-chan, podría haber sido distinto, aunque ella nunca se habría enamorado de mí. No lo hizo en el tiempo que llevábamos conociéndonos. Y, con Ai-chan, desde que los presenté no pasó mucho para que se enamoraran del otro, pero él no quiso dar un paso para cortejarla porque yo le había dicho, antes de presentársela, que era la mujer de quien estaba enamorado.
» Comenzaron a trabajar juntos porque yo le pedí que convenciera a su jefe de darle una oportunidad en el restaurante, pues en el anterior fue despedida sin referencias por haber rechazado al dueño. Al poco tiemp, Etsuko se confesó a Ai-chan, que se negó diciendo que no podía aceptar a quien su amigo quería, me enfadé porque se lo dijera, yo no estaba preparado todavía para decírselo, pero entendí que solo así no insistiría… era muy obstinada. Ella lo aceptó y con el tiempo me fui dando cuenta de la tristeza de ambos. Al final todo dependió de quién la haría feliz. De cómo podría hacer felices a mis dos amigos. Así que me alejé. Y cuando te tuve a ti y supe que mi amor por tu madre era sincero, quise verlos de nuevo, pero ya no estaban donde podía encontrarlos.
—¿Qué podrías haber hecho diferente?
—No lo sé, Nao. Pero no hay que pensar en los hubiera. Tampoco puedo decirte qué hacer. Yo quise que fueran felices y sé, por Ai-chan, que mi partida les dolió. Sin embargo, todos tuvimos nuestra oportunidad para vivir contentos y nuestros hijos nacieron de ello, nada mejor pudo haber ocurrido. Lamento si no es lo que quieres escuchar.
—Está bien.
Antes no lo había entendido. Su padre había escogido otro tipo de satisfacción, que venía de la felicidad de sus seres queridos. Se preguntaba si él sería capaz de una abnegación como la de su progenitor.
Seguía haciéndolo cuando, días después de esa noche, Watanabe le envió un mensaje diciendo que su siguiente reunión se aplazaría.
Y no hubo más comunicación ese año.
…&…
Naoki se quedó absorto en el café de su taza, que estaba justo como al llenarla de líquido rato atrás. Era inútil, no iba a bebérselo.
Y seguro ya estaba frío por el aire acondicionado; solo se lo sirvió para excusar su presencia junto a la máquina, a metros de donde estaba Kotoko con la enfermera Shinagawa, en el descanso coincidente de los tres.
Estaba debatiéndose entre preguntar o no por su amigo, ante la remota posibilidad de que ella sí lo hubiese visto en los últimos días; y el cómo estaba ella. Ya sabía la magnitud de lo que le atormentaba.
Para su sorpresa, fue ella quien se alejó de Shinagawa para aproximarse a él, que sintió nudos en el estómago con cada paso que daba, por aprensión y ansia. Quería tenerla con él y era consciente del precio.
—Irie-sensei.
Movió la cabeza sin apartar sus ojos de ella, cuya mirada era triste. Se le cerró la garganta de la emoción.
—Escuché lo que pasó la otra noche, con su amigo. Si hay algo en lo que pueda ayudarle para que los dos…
Ella se mordió el labio tembloroso.
—Son buenos amigos y ahora…
—No es tu culpa, Kotoko. Fue casualidad.
—Quisiera hacer algo para que estén bien, sé que se puede.
Él desvió la mirada y exhaló el aire pesado de su pecho. Estaban en una situación complicada.
—Yo también quisiera.
—No tiene una solución donde todos seamos felices, ¿verdad? —susurró ella afligida. En su vista periférica la vio rodearse con sus propios brazos.
Deseó poder darle el consuelo que necesitaba y hallar la paz para él al mismo tiempo. Apretó la taza con su mano derecha y se pasó la izquierda por el cabello para hacer algo con ambas.
—Entonces hay más razón para que siga haciendo lo que me prometí. Deseo que su amigo y usted hagan las paces. Tienen muchos años de amistad que valen la pena salvar.
Sin palabras merecedoras de ser pronunciadas, Naoki permitió que lo dejara solo. No la miró de nuevo, o habría ido detrás de ella.
…&…
Con los meses, Naoki observó que Kotoko mostraba más ánimos, aunque no era la misma de antes y en la distancia podía notar que el brillo de sus ojos estaba perdido.
Le resultaba doloroso contemplarla, añorando tenerla en sus brazos y sabiendo que tenía responsabilidad por su forma de ser actual. Quería dar marcha atrás para evitar que se enamorara de él y arruinara su alegría; si hubiera permanecido distante, tal vez la vería sonreír luminosamente como el día en que la conoció. Watanabe seguiría hablándole y quizá ellos saldrían juntos; su amigo la trataría bien.
"No hay que pensar en los hubiera."
Podría haberse enamorado de ella en esas circunstancias, algo mucho peor que ahora, cuando ya conformaba con verla a la distancia sabiendo que no era suya.
Abatido, apretó con fuerza la caja en su bolsillo. Como prometió hacer, compró un regalo de cumpleaños para Kotoko, que pesaba más con el correr de los días, similar a un yunque ese veintiocho de septiembre.
¿Podría dárselo? La incertidumbre era igual que aquella de la relación con su amigo, la cual no sabía si podría recuperar.
Tenía la sospecha que Watanabe estaba haciendo lo mismo que su padre, porque era alguien que ponía las necesidades de otros frente a las suyas —así como hizo al estudiar Abogacía y no Educación—, pero se sentía mal proseguir con su deseo de esa manera. Aihara-san y su esposa debieron pasar por lo mismo, hasta que eventualmente cedieron, como explicaba que Kotoko y él tuvieran la misma edad.
Con la ausencia de un amigo no parecía bien.
(Asimismo, aun si él lo obviaba, Kotoko probablemente se centraría en eso.)
Agitó su cabeza y suspiró, resolviendo dárselo; no tenía caso quedarse con un objeto que pensó para ella. En otras circunstancias se lo habría entregado a su madre.
Así pues, horas más tarde decidió que se colaría al vestuario de enfermeras y para no demorar, preguntaría a Ogura la ubicación del casillero de Kotoko. Sin embargo, al buscar a la joven en la sala de descanso, se sorprendió de encontrar a la cobriza recostada en el sofá, dormida.
Iba en ropa de calle e imaginó que estaría aguardando por alguien.
Sonriendo por un murmullo en sueños, él caminó hasta ella y se arrodilló junto al sofá, mirando su rostro de cerca.
Su mano acarició el contorno de su cara, colmándose de una sensación grata por tocar su piel y tenerla a un palmo de distancia, nada comparable con las veces en que colaboraban juntos. Era un mínimo porcentaje de entereza el contacto con ella; se sentía más vivo que en meses solo por un pequeño roce.
Llevaba meses añorándola.
Y por ello podría pasar horas en esa forma, así que apretó la caja con su obsequio y la depositó sobre la mano que descansaba en su vientre, consiguiendo que la asiera. Le gustaría ver la alegría en su rostro cuando viera la cadena con un colgante de una piedra azul en forma de corazón; le había dicho que le encantaba poder usar ese tipo de artículos en su trabajo y que ese era su color favorito.
No tentando a su suerte y a sí mismo, abandonó la sala.
Se conformaría sabiendo que lo usaba.
…&…
El parque era un lugar frío para reunirse, pero Naoki no le puso atención al punto de encuentro con Watanabe, porque finalmente había tenido noticias suyas tras diez meses. Estaba expectante por ese momento que las condiciones importaban poco.
Vio a su amigo sentado en una banca y suspiró de alivio. Se acercó y Watanabe alzó la cabeza cuando sus zapatos se posaron en su rango de visión.
—Irie, me da gusto verte.
—Lo mismo digo.
Watanabe sonrió de lado.
—Siéntate, sabes que eres intimidante.
Rió entre dientes y se acomodó en la banca, fría bajo la mezclilla de su pantalón.
—¿Cómo te ha ido? —preguntó Watanabe con afabilidad, tocando un nervio de Naoki por no ir directo al meollo del asunto. Su paciencia brillaba por su ausencia.
—Podría ir mejor. Seiichi Funatsu comenzó a trabajar en el hospital. —Decidió seguir la pauta de su amigo.
—¿El compañero de clases de la universidad que te siguió el día que fuimos con Yuuki al boliche, tratando de averiguar tus puntos débiles, te retó y perdió por un punto?
Asintió y Watanabe soltó una carcajada.
—Tardó en encontrarte. Otra vez será el número dos, aunque con tu salto de cursos ya le llevas bastante ventaja.
—¿Y tú?
—De hecho, tengo noticias. Papá tenía mucho trabajo, así que estuve apoyándolo en algunas de sus clases. Aceptó que tome menos casos en la firma para que curse mi máster y pueda enseñar a universitarios; comenzaré en abril.
—Lo harás bien y pronto conseguirás hacer lo que más te gusta.
—Quise contártelo antes, pero no estaba listo para hablar contigo. —Watanaba cogió aire. —Estaba celoso porque ella te miró a ti y yo llevaba años intentando que lo hiciera. Yo sé que no fue su intención ni la tuya, tardé en comprenderlo… cuando ocurre, ocurre. Permití que los dañara y estuvo mal, Ogura me ha dicho que se ven miserables, comprendí que era egoísta de mi parte.
—No.
—Está bien —interrumpió Watanabe palmando su hombro. Luego se colocó las manos abiertas sobre las rodillas, mirando hacia enfrente. —Me hace sentir peor saber que los obligo a estar separados. A veces nos toca perder. Bueno, sabes poco de eso, quizá ella y yo…
—Tú no la necesitas —dijo antes de poder detenerse.
Watanabe soltó una risa baja.
—Eso quería que dijeras. Si la quieres, no lo reprimas. Y es cierto. Me hice el ciego, pero desde que ella llegó a tu vida, te suavizó. No te preocupes por mí, quiero verlos felices. Si no puedo estar con ella, me complacerá saber que un buen hombre la quiere, hasta más que yo. Y puedo ser el primero en reaccionar si le haces daño.
—Gracias —musitó conmocionado.
—Ogura quiere ayudarme a avanzar. Es una buena chica y no será un esfuerzo darle una oportunidad; estos meses habrían sido distintos sin su compañía.
Si la enfermera fue quien lo ofreció, debía estar bien, pensó durante un breve momento, antes de que el entusiasmo eclipsara ese asunto. Podría tener a Kotoko y a su amigo.
Naoki sonrió sin contener su felicidad, planeando buscarla en ese mismo instante. Otro día consideraría hablarle de la historia de Etsuko, Aihara-san y su padre, sin olvidar el triunfo que tuvo al encontrar a su madre.
—¡Eh!
Al escuchar la voz de Kotoko, giró la cabeza a la derecha y notó que estaba ahí. Como resorte, se puso en pie y caminó hacia ella, que intercambiaba miradas temerosas entre su amigo y él.
…hasta que Naoki se detuvo frente a ella, haciendo que sus ojos dirigieran toda su atención a su rostro.
—Yo le pedí que viniera para que habláramos —explicó Watanabe a su espalda. —Solo me queda decir que no se detengan por mí. Seguimos en contacto, Irie.
Ninguno de los dos comprobó si se fue.
Los ojos de Kotoko se humedecieron y rápidamente lágrimas saladas bañaron sus mejillas. A la vez, el brillo de sus orbes acaramelados regresó al sitio del que nunca debió haberse ido, devolviendo una de las características más preciadas de su enamorada.
—Tú me diste la cadena, ¿verdad?
Él asintió.
—Yo te doy el mío.
En ese instante se dio cuenta que era un corazón y el significado de esto.
Sonrió.
Kotoko soltó una risa húmeda y aterrizó en su pecho, donde él la acogió con fuerza, sin querer dejarla ir. Estaba pletórico, su cuerpo brincaba en su interior y quería dejarlo en manifiesto, con cualquiera de testigo.
Todo lo demás no importaba ahora; en ese momento solo quería centrarse en que estaba entre sus brazos, que otra vez la sentía.
Y en que se pertenecían.
NA2: ¡Llevo una eternidad con esta historia!
Acabo de terminar este fic, lo había dejado inconcluso hace meses y lo abría solo para corregir una palabra, hasta que esta semana lo abrí y me propuse acabarlo. Probablemente vuelva a él para hacer correcciones (tampoco muchas, es OS), pero tenía que sacarme la espinita de esta idea y publicarla ja,ja. Dirán que el final es muy corto; bueno, ¿a quién le gustan abiertos?
No sé, como que me gustó la pareja de Watanabe con Tomoko.
En fin, estoy segura que, si fuera más temprano, podría decir más. ¡Hasta la próxima!
Besos, Karo.
PD: Aquí vieron un Edipo ;)
Justme: ¡A mí me encanta que te desveles por mí! Ja,ja, espero que tengas alguna favorita, e igual si hay alguna petición que se te antoje; no siempre puedo cumplir al pie de la letra, pero sí me esfuerzo en crear algo. Gracias por leerme y por tu review.
DACA: ¡Holis! Qué bueno que te gustó el OS anterior, algo largo, pero se dejó querer ese Naoki, que no da tanta lata a Kotoko. / Ja,ja, igual me gusta la pareja, sobre todo cuando conlleva mejor trato de Irie, ese hielito debe descongelarse (y sufrir en el proceso, ya que estamos). / Me imagino la emoción, ya tenía un rato sin publicar aquí, y ahora tocó dos OS en menos de dos meses, vaya progreso. / En fin, también te deseo lo mejor, cuídate mucho.
Raz: Mamá Irie está loca, pero las cosas le salen, pobres hijos. (Está bien si Naoki sufre). Ja,ja, Irie manipulado sin saberlo es lo mejor, le vieron la cara de estúpida XD. Kotoko ni se entera, aunque lo goza. / Gracias por leerme.
