Dedicada al estudio en el día antes de Navidad, Kotoko no sabía cuántas cosas maravillosas podían pasar.
En la víspera
Un gran copo de nieve se pegó al vidrio de la ventana, atrapando la mirada caoba de Kotoko Aihara hacia él y consiguiendo que los transeúntes pasaran a segundo plano luego de bastante tiempo observándoles melancólica.
La joven suspiró al ver que el hielo se derretía tras unos momentos y el agua restante se deslizaba con lentitud por la superficie translúcida hasta que se perdió a sus ojos. La distracción fue muy efímera, pero logró su cometido de apartar su atención de aquellas afortunadas personas que tenían una pareja esa víspera de Navidad; esos felices caminantes que poseían un ser especial con el cual podían pasear por las calles adornadas y disfrutar de los eventos dedicados a la festividad de origen occidental que los nipones abrazaron bien.
Sus grandes ojos saltones se dirigieron al chocolate que tenía servido en una bonita taza decorada con cerezos, sin ánimos de seguir mirando al exterior, añorando algo difícil de conseguir.
Estuvo por ingerir su bebida cuando sus ojos se posaron en el cuaderno a su derecha, que le recordó su obligación actual.
—Debí saber que hoy no podría estudiar mucho —farfulló cerrando apretando los párpados, reprendiéndose mentalmente por desviarse unos minutos de su objetivo. Si quería aprobar el examen de ingreso a la universidad, tenía que poner todo de sí y dedicarle más interés que a ideas rosas nada buenas para su futuro profesional.
Se preocuparía del romanticismo cuando su lugar en la carrera estuviese asegurado. Incluso mucho después, ya con su título universitario.
O nunca, dado que tenía un amor no correspondido, con ningún indicio de cambiar algún día.
Presintiendo que se olvidaría de estudiar de nuevo, Kotoko agitó su cabeza, abrió los ojos, bebió de su chocolate tibio y empuñó ambas manos, dándose el impulso para continuar. Estaba en el restaurante de su padre para prepararse, no con la finalidad de perder su tiempo divagando.
No tenía problema en repasar ahí, porque en sus seis años de educación intermedia estuvo en una clase escandalosa, gracias a la que se acostumbró a ignorar los ruidos cuando intentaba hacer alguna actividad; el bisbiseo de los comensales y empleados, así como los sonidos de la cocina, solo eran apagados por su mente de modo automático.
Y muchos afirmaban que la clase F no era útil, pensó con gracia, abriendo la guía de examen y su cuaderno.
A partir de ese momento Kotoko se mantuvo enfocada en su estudio por largo rato, sin percatarse de cuándo su taza fue rellenada ni de la rápida visita al sanitario para aliviar sus necesidades fisiológicas; se había metido en un trance igual que las constantes ensoñaciones que tenía diariamente. Su cabeza solo se fijaba en datos y datos que llegaban a ella, algunos sin historial y otros afianzándose dentro para no irse (al menos antes del examen). No fue sino hasta una pausa por incomprensión de un problema de Física, o un sexto sentido que le advirtió del hombre que embotaba su cuerpo, que su buen trabajo de concentración se rompió.
—Irie-kun —pronunció entusiasta al alzar la vista de su cuaderno y enfocarla en el apuesto joven que tomaba asiento en la silla al otro lado de su mesa.
Asombrada por su tranquilidad al sentarse con ella, y atontada por su apariencia atractiva, Kotoko permaneció mirándolo durante una eternidad.
Irie Naoki era el hombre más guapo que había conocido en toda su vida. Su estatura competía con la de un Idol masculino, rebasando los uno cincuenta y ocho de ella por al menos veinte centímetros; su figura presumía porte al caminar y un cuerpo bien distribuido, bronceado y atlético debido al tenis que practicaba; su rostro contaba con facciones finas y casi perfectas, enmarcando unas cejas algo pobladas, unos orbes grisáceos-violáceos, una nariz respingada y unos labios varonilmente delgados, los cuales combinaban bellamente con el color canela de su cabellera cortada al estilo francés claro —Jinko le había hecho aprenderse los nombres al ayudarla antes de su examen de estilista—, arreglada con un look despeinado.
Y el envoltorio actual de todo eso era una camisa de manga larga celeste, corbata de rayas diagonales azul marino e índigo, pantalón de vestir negros (como sus zapatos, seguramente); prescindía del saco, colocado en el respaldo del asiento, bajo una gabardina oscura.
Por otro lado, el destino lo había hecho aún más bendecido, pues él era hijo del dueño de una importante empresa, lo que le hacía rico, y tenía un cociente intelectual de doscientos, el cual le convertía en genio.
Kotoko lanzó una involuntaria exhalación profunda. Era obvio que aspirar un amor recíproco de parte de él era en vano; su altura, apariencia y habilidades palidecían demasiado junto a las de él; su largo cabello cobrizo en capas, ojos marrones, pequeños labios rosados y nariz puntiaguda, piel pálida, silueta de pocas curvas, camiseta gris de galleta de jengibre, leggins de mezclilla, abrigo beige, inteligencia rozando el promedio y torpeza para muchas tareas… serían poco atrayentes para él. Sus virtudes eran su vitalidad, determinación, amabilidad, inocencia y sentido del humor, mas estos, para la visión de su cultura, podían catalogarse como los de una chica frívola, de la clase que reprobaría un caballero de actitud seria y elegante, adjetivos dedicados a él.
De hecho, conocerlo había sido un milagro y la pelirroja agradecía haber sido mesera en el restaurante de su padre el día que Irie asistió a este por casualidad, cuando se aventuró a un establecimiento cercano a la empresa Pandai, donde laboraba.
Esa ocasión sus sentidos se habían alborotado en demasía; desde entonces, el hormigueo en su estómago, el calor en su corazón, y la música en sus venas surgían siempre que lo veía, como ahora, o que lo pensaba, como innumerables veces, mientras sus terminaciones eran gelatinas temblorosas.
Al mismo tiempo, su mente se volvía un espacio de soldaditos en fiesta continua, distraídos, felices y a la orden por lo que a él competía.
Él comenzó a arremangarse con lentitud. Ella pestañeó con la aparición de su piel clara y dorada, y el reloj plateado en su muñeca izquierda, sintiendo que el cosquilleo de su pecho aumentaba. —En vista de que no respondes, pediré para mí —dijo irónico con su rica voz grave.
—¿Eh? —Dejó escapar confundida. Irie se mantuvo pendiente de su camisa, sin voltear en su dirección. —Disculpa, no te estaba escuchando.
Kotoko se reclamó enfadada por desperdiciar la oportunidad de oír sus palabras, puesto que él hablaba muy poco.
Él recompuso su postura y la observó con una ceja enarcada, haciendo que ella se sonrojara por el hecho evidente en su réplica.
—Si bien odio repetirme, comenté que hace mucho fue la hora del almuerzo, pero que yo no lo había tomado, y te cuestioné si querías hacer una orden o ya habías comido.
Ella abrió la boca de la impresión.
—¿Ya es tan tarde? —Cogió su teléfono de la mesa y se espantó al comprobar el reloj.
Luego se ahogó con su propio aire al notar la larga frase de él, importante por ser larga, contener una explicación de sus acciones, mostrar interés por ella e incitar una comida juntos.
¡También estaba el que él se sentara en su mesa habiendo más libres!
—No he almorzado —contestó recomponiéndose. —Iré por un menú para ti.
—¿Estás trabajando? —Ella negó. —Permite que alguien más lo haga o… —Él suspiró. —Es innecesario, si no hay un platillo nuevo desde principios del mes, ya conozco el menú. Solo necesito leer algo una vez para memorizarlo.
Kotoko parpadeó incrédula.
—Eso es genial —expresó admirada de la capacidad de él, aunque así iba un escalafón más arriba de ella.
Sin embargo, ¿por qué nunca antes le informó y evitó que le diera una carta? (Ella siempre pedía a sus compañeros ser quien le atendiera; todos estaban enterados de su enamoramiento). De haberlo sabido, todas esas veces le habría dicho que no había cambios en el menú, el cual se modificaba una vez por mes y tenía un sitio especial para agregar platillos especiales, o le habría comentado la adición.
—Alguna vez llegué a pensar que era así para todos —comentó Irie interrumpiendo su reflexión.
Ella soltó una risita negando. —Tengo suerte si recuerdo algo después de leerlo veinte veces.
La comisura de la boca de él se elevó un milímetro.
—Entonces, ¿qué pedirás? Iré a decirles.
—Si no estás trabajando, deja que otro se ocupe y sé una cliente más, es tu descanso.
Se encogió de hombros, luchando por no emocionarse visiblemente de su falta de reserva al hablar y de un intercambio que asemejaría una cita. No se ridiculizaría de semejante modo, era plenamente consciente que un personaje de su calibre estaba destinado a una mujer a la misma altura; la esposa del futuro presidente de una empresa internacional debía exudar grandes cualidades.
A veces deseaba haber puesto atención a las ceremonias de ingreso y graduación de la preparatoria, ya que habían estudiado en el mismo instituto y él dio los discursos. Así habría intentado confesarse con una carta cual típica ilusa estudiante de escuela intermedia, y no se habría resignado para mostrar la madurez de la adulta que era, guardándose sus sentimientos por su diferencia de status y la falta de indicios de que a él le gustara —si los hubiera, se habría animado a ignorar el orden de la sociedad.
—En realidad —habló para no meditar más cosas tristes—, he dejado de laborar aquí, y espero no tener que regresar oficialmente.
Las cuencas de los ojos de él se expandieron de modo sutil. Pasaron unos segundos y aquel cambio desapareció, sobre todo cuando él hizo una señal a Hikaru para ser atendido.
Kotoko se desilusionó; era evidente que el joven quería acabar pronto con su asunto. Si se había sentado allí debió ser porque todo estaba ocupado en su llegada y ella no oyó su preguntar para ocupar el lugar.
Hikaru tomó sus órdenes y se alejó, regalándole un guiño desde detrás de su acompañante, aunque no se sintió muy contenta.
Y debería de estarlo luego de un "avance" desde que él entrara a su vida hacía dos años. Uno diferente a que él resultase hijo del amigo de infancia de su padre, cosa que se descubrió en un almuerzo de Naoki con el mayor de los Irie.
—¿Y por qué has optado por la terminación laboral? —Irie no lució muy interesado por el tema de su renuncia, solo educado, pero la chica decidió responderle. Estaba acostumbrada a hablarle de más, de cualquier manera.
Y el tema le encantaba.
—Es probable que entre a la universidad el próximo abril —anunció tratando de ser más positiva al respecto—. Quiero ser enfermera. En febrero tomaré el examen de ingreso a Tonan y comenzando esta semana he decidido dedicarme por completo a mi último gran repaso, llevo meses estudiando en mi tiempo libre y ya es hora de enfocarme completamente a mi prueba.
Tuvo la impresión que él cuadraba los hombros.
—Tienes veintiuno —aseveró con parquedad.
—Tú también, ¿no? —repuso sin comprender, pero un soldadito encendió un foco en su cabeza. —Ah, te refieres a por qué empezaré la universidad ahora. —Él asintió. —Bueno, en mi último año de preparatoria no conseguí los puntos suficientes para la universidad escaladora, pero como no sabía qué hacer con mi vida, no le di mucha importancia, preferí averiguar mi camino. Al final del curso comencé a trabajar aquí de tiempo completo, mientras buscaba qué había para mi futuro; aunque ya tengo una ruta fácil, mi padre es el dueño del restaurante y puedo heredarlo, en mi corazón sabía que no es para mí y tenía que encontrar lo que me haga feliz. A principios de este año me interesé por la Enfermería y, como sabía imposible aprobar con tan poco tiempo antes del examen, decidí prepararme para el próximo ciclo. Soy algo mala para la escuela. Y he decidido asistir a una universidad normal y no a un curso nocturno, porque será mejor para mí.
—Si eres mala estudiante, ¿por qué Enfermería?
A pesar de que sonó condescendiente, por lo menos tuvo más tacto que sus amigos. Se mordió el labio. —No soy tan mala si me apasiona. —Sin ella verlo, sus ojos se iluminaron como el sol. —Y me encanta la Enfermería. Supongo que Kamogari-kun me contagió su pasión. Él es un estudiante de preparatoria, lo conocí en enero; hubo un accidente cerca de aquí cuando yo fui a hacer unas compras. Él se encontraba paseando y dio primeros auxilios a la señora. Fue increíble, reaccionó con tanta seriedad y premura, es tan joven y lo hizo tan bien que fue felicitado por los paramédicos, que me impactó. Yo no pude hacer nada porque no sabía qué, pero quise ayudar y saber cómo reaccionar en situaciones similares. —Sonrió. —Cuando la ambulancia se fue, yo invité a Kamogari-kun para que se limpiara y tomara algo, conversamos y me enteré que su abuelo es médico en el pueblo donde vivió hasta hace poco y que él le ayudaba siempre que podía. Al hacerlo nació su amor por la Enfermería. Me platicó de tantas cosas que prendieron una llamita en mí, y esta creció cuando fui a la biblioteca y leí más libros, y cuando vi vídeos en internet. Quiero apoyar a los médicos a mejorar el estado de los pacientes y hacer algo bueno por la salud de las personas, darles ánimos a enfermos y ser su compañía en momentos difíciles. No será fácil, pero no me rendiré. Tengo este sueño y quiero alcanzarlo, pondré todo de mí hasta tener esa cofia blanca. Y de paso me haré orgullosa a mí y a mi familia, porque seré la primera de todos en haber estudiado la universidad.
Irie le dirigió una mirada distinta, la cual no supo descifrar o definir; únicamente sabía que había más calor en ella que en el par de años conociéndole.
—¿Y si es inalcanzable? ¿Qué hay de bueno en hacer a un lado un futuro seguro para comenzar de cero en un rumbo desconocido y, tal vez, imposible? ¿Por qué tanto interés en un sueño? ¿En la universidad? —cuestionó él con un tono bajo y, si su presentimiento no fallaba, algo frustrado, envidioso y confundido. Gracias a su padre, quien obtuvo la información de un pesaroso Irie Shigeki, Kotoko sabía que el joven prodigio no había tenido educación superior, aunque por su impresionante inteligencia pudo entrar a la mejor institución del país; en cambio, él se unió a la empresa de su padre, en el puesto más bajo, y en los casi cuatro años desde entonces había escalado posiciones de forma meteórica.
Sospechaba que él no lo hizo por quererlo, sino porque podía. Era extremadamente listo.
Los ojos conflictuados de él se dirigieron al libro de Biología y Anatomía humana básica en la mesa.
Lo contempló afligida y depositó todo en un cofre dentro de su mente, para atesorarlo en el futuro. Podía jurar que nunca más compartiría tanto con Irie Naoki, no una plática, ni una comida, menos una expresión cálida o una apertura de su alma.
Ella tragó saliva y con un leve movimiento de cabeza negó hacia Hikaru, que se acercaba con su orden. El pelinegro entendió y se retiró.
—Francamente, no lo sé con exactitud. —Irie posó sus orbes afectados en ella. —Toda mi vida me he enfrentado a la incertidumbre, soy más mala que buena para muchas cosas, por lo que gran parte del tiempo me imagino cosas ocurriendo, cuando no pasarán, porque me dan emoción, y, a veces, esta emoción me inspira y da fuerzas para conseguir lo que ni yo misma tengo confianza de obtener. Hace que me lata la sangre más rápido y más caliente, que saque fuerzas y habilidades antes desconocidas y en el camino aprenda tanto de mí misma que al final me convierto en alguien distinta, alguien mejor. Descubro nuevas formas de ver la vida y toco a los demás, aunque sea un poco, con mis actos, entonces me doy cuenta que ha pasado por alguna razón y que el esfuerzo valió la pena, incluso si he fallado en completar mi objetivo. —Sonrió, en el fondo de su ser anhelando transmitirle paz y apoyo en ese gesto. —Y por la universidad, tampoco sé. Bueno… la necesito para garantizar las cualificaciones a la sociedad, porque de otro modo no podría. Y, si hubiese estudiado otra cosa, la querría; algunos somos tan inseguros de nuestras capacidades que requerimos de ese respaldo para enfrentar a la sociedad. Por otra parte… si tuviera la confianza de mis habilidades y no necesitara el certificado, ¿no suena estupendo aprender de alguien que siente amor por su carrera y desea transmitir sus conocimientos y ayudar a adquirir experiencia a los demás? Eso me pondría muy feliz. No digo que asistir o no sea malo, sino que lo haces por un motivo en particular y si lo cumples, es lo importante; puedes estudiar y no ejercer esa carrera. Para mí, más que nada simboliza que me he esforzado tanto que pude alcanzar un grado de estudios que estaba a años luz de mí y que con mi título la gente tendrá más seguridad de mis habilidades. ¿Por qué se interesaría mi familia? Pienso que les da felicidad que su contribución le proporcionará a un ser querido lo que ellos aspiraban y que alcanzar un grado de estudios alto es la prueba de que la familia ha subido de nivel y habrá mejores oportunidades para su siguiente generación.
Cogió aire.
—Irie-kun… Tal vez no querías mi respuesta o mi divagar la hace mala, pero es lo que pienso.
—No te guardas tus pensamientos ni moderas tu lenguaje —observó él ecuánime, sin hacer énfasis en que era una crítica o halago.
Emitió una risa nerviosa.
—Supongo que no, dicen que soy muy abierta.
—Es agradable —manifestó Irie con una diminuta sonrisa que le robó el aire. —Gracias.
Ella asintió con el rostro acalorado, en tanto él extendió su brazo para tomar el libro.
Lo dejó leer, sin buscar mucho significado a lo que acababan de hablar. Arruinaría su siguiente mes de estudios si se dedicaba a mirar con lupa todo ello.
—Hikaru ya viene —informó cuando él pasó del prólogo y el índice al primer capítulo de la obra.
Irie cerró el libro y lo depositó en la silla a su lado, mientras que ella reunió sus artículos escolares en el otro asiento disponible.
Hikaru les llevó sus bebidas y alimentos, que consistían en sopas, carne, vegetales y arroz. Al estar en una mesa sin parrilla, sus órdenes debían ser de aquel tipo.
Agradecieron la comida y comenzaron a degustarla.
—¿Por qué no has almorzado? —Generalmente no debía hablarse al comer, pero no iba a desperdiciar su oportunidad de charlar más y saciar su duda. Si él no respondía o lo hacía de muy mala gana, entendería la indirecta. Sin embargo, todo el tiempo que él usaba la barra prestaba atención a las veces que le decía cosas, contestando cuando era necesario.
(Su padre la había reprendido constantemente por eso.)
—Tuve una reunión de negocios, lo único que programé para hoy. Terminé pronto y regresé a la oficina para concluir lo que tenía, aproveché el almuerzo para estar a solas. —Él suspiró. —Quise evitar insinuaciones de empleadas para salir conmigo, ya que este año no habrá celebración de Navidad de parte de la empresa, como el pasado.
—Sí se vuelve un poco caótico para la celebración navideña —musitó ella controlando sus celos y celebrando que ignorara a esas mujeres.
Irie arrugó la nariz.
—¿Y por qué no fuiste a casa, si ya acabó tu jornada?
Él bufó.
—Mi madre. Ella me molestará con que tenga una cita o me sorprenderá con una visita desamparada. Decidí aguardar aquí hasta que sea hora de que vaya a cenar con mi padre, es el lugar menos molesto el día de hoy.
No era nada fanático de la Navidad, entendió Kotoko, pletórica de que escogiera ese sitio para pasar las horas.
Se desinfló al recordar que estudiaría.
—Y, si llegara a enterarse, mi madre no discutirá mi decisión, le gusta que pase tiempo aquí.
Podía imaginar la causa; sorprendentemente, a los pocos minutos de conocerla en una cena organizada para ese fin, Irie Noriko se había convertido en su acérrima "patrocinadora", diciéndole que le encantaría tenerla como nuera algún día, insinuándoselo al involucrado. Y eso sin saber sus sentimientos por su hijo mayor, que se mantenían en secreto.
De haber estado viva su propia madre, ambas habrían confabulado como casamenteras.
Así pues, la señora Irie no se quejaría si para evitarla acudía al restaurante. No obstante, tampoco era inusual. Él los visitaba varias veces al mes, alegando que le gustaba la sazón del padre de ella; le habían ofrecido el servicio a domicilio —para temor y decepción de Kotoko—, mas él lo había rechazado porque así salía de la oficina. Después de mucho analizarlo, ella se había percatado de que le daba hastío su trabajo, aunque la dura verdad es que él no mostraba mucha emoción por la vida en general.
—¿Qué hay de Yuuki? —El hermano nueve años menor de él.
—Se reunió con sus compañeros para patinar.
—Genial. Me gustaría poder hacerlo, pero ni pude aprender con ruedas.
Irie rió entre dientes.
La conversación alcanzó un punto muerto y se sumieron a comer en silencio, el que afortunadamente fue cómodo. Por primera ocasión la quietud no le perturbó.
Concluyeron su almuerzo tardío sin volver a hablar y, a continuación, como si estuvieran acostumbrados a sincronizarse con el otro y disfrutar de su mutua presencia, cada uno se enfrascó en su propia actividad. Él empezó a leer el libro de Medicina y ella volvió a su estudio.
…solo que veinte minutos más tarde seguía sin avanzar al no comprender un tema de Física que estaría en la sección general de la prueba.
—¿Tienes problemas?
Kotoko respondió con un asentimiento a la pregunta de él, sin mirarlo a la cara.
—Muéstrame qué es.
Espiándole entre su flequillo, le tendió la guía de estudios señalando con su dedo. Irie leyó rápido y se inclinó en la mesa tras hacerse con el lápiz.
Finalizada su explicación, ella se aseguró que era grandioso; había hecho que su mente se abriera y pudiera captar algo que nunca entendió al estudiar.
—¡Gracias, Irie-kun! —Aplaudió con alegría y procedió con lo suyo.
El patrón se repitió unas cuantas veces más en las próximas horas, hasta que él depositó el libro cerca de ella.
Al mirar su reloj, supo que se iría, pero no estuvo muy decaída por eso, debido a que contó con su compañía largo tiempo, más que en la reunión entre sus familias ese verano.
—Has escogido una rama interesante —opinó él sacando su billetera.
Asintió enfáticamente.
—¿Cuánto leíste del libro? —quiso saber ella.
—Lo concluí.
—Eh. —Tosió de la incredulidad. Le había tomado días acabarlo, auxiliada por internet para buscar cosas complejas.
Se irguió.
—Es bueno, ¿verdad?
Él afirmó con la cabeza, su actitud parecía pensativa.
—Gracias por explicarme. Espero que no te disguste, pero… Merry Christmas!
Su amor platónico sonrió de lado, dejó el dinero en la mesa y se colocó sus prendas antes de sacar un maletín debajo de la mesa.
—Si apruebas tu examen, iremos a una cita.
Kotoko se congeló.
—¿Qué… qué? —susurró agitando su cabeza, golpeándose con las capas de su cabello más cortas.
—¿Cuándo obtendrás tus resultados?
—El doce de marzo —respondió pensando que había imaginado la sugerencia.
—Tendrás dos motivos para aprobar, tal vez tres —sentenció él.
—¿Qué otros? —preguntó confundida y esperanzada, empezando a sentir un revuelo de mariposas en su interior.
—Nuestra cita. Y… el otro se definirá luego. Merry Christmas, Kotoko.
Dicho eso, dejándola en un estado de estupefacción y de euforia contenida, él se fue hacia la puerta con su andar distinguido.
En una neblina, vio una sombra pararse frente a ella y tomar algo de la mesa. Después oyó a un hombre decir una frase.
—Esto cubre los consumos de ambos, hasta tus chocolates. —Tuvo que repetir las palabras de Hikaru para sí o no les habría hallado sentido.
—Creo que acabas de tener una cita navideña —manifestó el pelinegro riendo.
Ella pestañeó.
Y él acababa de invitarla a una cita si pasaba su examen (que lo haría, independientemente de la promesa).
Irie. Citas.
—¡Yay! —gritó empuñando sus brazos en el aire, captando el significado de eso. No fue pollo, ni pastel dulce, pero…
¡Víspera de Navidad juntos! ¡Le gustaba! ¡Le interesaba!
Se puso en pie. —Merry, merry Christmas! —vociferó pletórica a todo el restaurante, con muchos clientes habituales que aplaudieron tras oírla.
Bailó sin medirse en su felicidad.
¡Era la mejor Navidad que había tenido en su vida!
*En Japón dicen Feliz Navidad en inglés, y para ellos es más importante la noche del 24, cuando comen pollo frito y pastel de Navidad.
NA: ¡Feliz Navidad o Hanukkak!
Comencé este escrito ayer a las diez de la noche y lo terminé hace un rato, entre los ratos que no estaba en la cocina. Me sorprendió lo largo que terminó, porque lo pensé hace unos días como una viñeta. Como acabo de hacerlo y ya no tengo mucho tiempo, está sin corregir. Espero lo disfrutaran cuando llegaron a él, lo he subido ahora porque no tiene caso dejarlo para después.
Lo que Naoki insinuó es que tal vez estudie cerca de ella. Ay, este dependiente chico tóxico.
Cuídense y les deseo lo mejor.
Besos, Karo.
Samy: Me alegra no decepcionarte, espero que siempre disfrutes de las historias que escribo. Gracias por comentar, linda. ¡Un abrazo!
Raz: Ja,ja, mejor sigue odiando a Naoki, porque se presta para eso, pero tenle aprecio en mis fics porque la mayor parte del tiempo no será tan despreciable XD. Me alegra que te gustara la historia anterior y ojalá disfrutes todo lo demás.
