Un chico del A y una chica del F.


Como amigos


La combinación de chico de clase A y chica de clase F saliendo era inusual en Tonan, si no se trataba de la primera en la historia de la preparatoria, y al comienzo del noviazgo de ambos jóvenes todos se creían con el derecho de entrometerse. Estudiantes, profesores y padres chismosos se dieron la horrorosa prerrogativa de opinar sobre el listo y la mala influencia, que los implicados y amigos sinceros temieron por lo que provocaría la presión social, por injusto o ilógico que fuese tener en cuenta a terceros ignorantes y clasistas.

Afortunadamente, con el paso de los meses las personas se habían acostumbrado al dúo y habían dejado de juzgar la "equivocada mezcla", debido a que parecían enamorados y duraderos, como esos amores de juventud de los mangas o novelas, que funcionaban a lo largo de los años y en las reuniones eran el ejemplo a seguir para los que tenían relaciones fallidas a su paso. Parecía que el uno sacaba lo mejor del otro y decir lo contrario era tildarse de terco, a lo cual ningún miembro de la sociedad iba a arriesgar su reputación.

A Kotoko le hacía feliz, no solo por la alegría de su amiga, sino que, de un modo egoísta, una pequeña parte de ella le satisfacía ser beneficiada con la aceptación de Satomi como novia de Watanabe.

Sin que nadie lo supiera —pues parecía un delito dadas las cualidades de su objeto de atracción—, desde su ingreso a la preparatoria le gustaba Irie Naoki, el compañero de clase y amigo más cercano de Watanabe, y el chico más listo de la escuela.

Así pues, gracias a la relación de su mejor amiga, finalmente había conseguido recortar la distancia con Naoki, aunque no hubiese nada más. Ser su conocida era mejor que nada, y gracias a las mentalidades afines de la pareja sentimental, sobre mantener buenas relaciones con los cercanos a ellos, había tenido el privilegio de obtener algo del chico que le gustaba.

Naoki no hablaba ni convivía mucho con el grupo, pero al menos compartía una comida o salida con ellos, aceptando tomarse las fotografías juntos —que podía admirar luego—, y era suficiente para Kotoko.

Hasta que una novela y un tráiler de película la envalentonaron de aspirar a más.

No podía decir que tenía la batalla perdida sin haber hecho el intento. Las protagonistas parecían tener todo en contra y conseguían a su príncipe. Y si bien no tenía la belleza ni encanto de Satomi para conquistar a alguien, sí el optimismo que había olvidado al creer que Naoki era una luna o estrella demasiado alejada de su alcance. Si ya podía rozar su mano para alcanzar la salsa en la misma mesa, ¿por qué no podía ser la que se lo sirviera? (su padre decía que era un desastre en cocinar, pero para la comida hecha era buena en condimentar, así que tenía alguna esperanza; era parcialmente competente en las cosas).

Sin embargo, en su contra estaba el tiempo; acababa de pasar su cumpleaños de su tercer año de preparatoria, que acontecía a finales de septiembre, y la universidad se acercaría, por lo que pronto su camino volvería a ser muy lejano al de él.

—Deja de soñar. —Escuchó al mismo tiempo que sentía una mano en su cabeza, haciéndola moverse hacia la derecha.

Chilló del susto y la confusión, antes de seguir al dueño de la mano que le había tocado.

Parpadeó al ver la diversión en el rostro de quien había estado pensando.

—¿Qué pasa! —Las voces de sus amigas le hicieron apartar la mirada de Naoki.

Jinko y Satomi, junto a un curioso Watanabe, le observaban expectantes, ya a metros de distancia, haciéndole cuestionarse cuánto tiempo había estado en las nubes.

—Yo… no lo sé —musitó rascándose la nuca.

Sus tres amigos fruncieron el ceño.

Naoki resopló.

—Ibas a golpearte con el poste.

Los cuatro restantes del grupo giraron sus cabezas, efectivamente viendo el tubo alargado con un foco en lo alto. Sus amigas soltaron risitas, mientras ella se sonrojaba.

—Típico de ti, Kotoko —dijo Jinko, llevándose la palma a su flequillo negro.

—Gracias, Irie-kun. —Se inclinó hacia él, abochornada por lo que había tenido que evitar. Vaya impresión dejaba justo cuando decidía intentar conquistarlo.

—Qué bueno que Kin-chan no vino con nosotros o se estaría quejando de no ser tu salvador —expresó Watanabe, haciéndoles reír.

—Y que Irie-kun tiene grandes reflejos —denotó Satomi, sonriendo de lado mientras se miraba las uñas. —Él iba leyendo y estaba más atento que tú.

Kotoko sonrió, contemplándolo admirada; el chico que le gustaba era increíble.

{…}

Por una razón inexplicable, el Comité Escolar había decidido que ese año harían un Festival de Otoño en octubre, en el que todos debían participar, incluso si se acercaban las pruebas universitarias para el tercer grado.

Para Naoki no era molesto por este último tema, su capacidad mental era suficiente y aprobaba sin siquiera estudiar, pero sí le desagradaban todos los preparativos que debían tener, que se traducían en tiempo de calidad perdido y en sus compañeros de clase quejándose porque no podían repasar lo suficiente para sus pruebas de enero. Todo el trabajo para el evento que les correspondía estaba repleto de comentarios negativos y bufidos que lo tenían harto; él quería hacer eso tanto como ellos, mas era prudente en permanecer en silencio.

No ayudaba que en el sorteo les correspondiera una casa de sustos, de lo más complicado en la lista. En voz de sus compañeros, era insólito que los maestros permitieran esa actividad para los mayores de la escuela, máxime a los del A, quienes aspiraban a los centros educativos sumamente exigentes de la nación.

Ni mucho menos era mejor para ellos que el director manifestara su decepción al replicar que, si no estaban preparados a tener tanta presión, no merecían considerarse el futuro del país; la vida fuera de la preparatoria era un reto superior y que se quejaran por nimiedades era indigno de su clase.

Como consecuencia de todo ello, el grupo —con excepción de él y Watanabe—, había acordado hacer una terrorífica casa embrujada, que le callara la boca al hombre, hasta muy tarde caer en la cuenta que eso significaba más esfuerzo de su parte, provocando más quejidos.

Naoki concordaba con la dirección; si todos esos que no soportaban el trabajo duro eran los jóvenes estrella del mañana, era penoso.

(Él se quejaba por esos eventos improductivos y sus compañeros, pero en silencio, así que no se consideraba dentro de la misma categoría).

Teniendo las ganas de reprender a sus compañeros, agradeció la repentina petición de Ishida de ir a limpiar material, como excusa para salir de ahí y soportar los tres días restantes de aquel martirio. Pronto sería el festival y volvería al pacífico salón de clase al que estaba acostumbrado.

De camino a los lavabos exteriores se cruzó con la entretenidamente torpe Aihara Kotoko, íntima de la novia de su amigo Watanabe y a quien los últimos ocho meses había tratado. Ella era una joven transparente, con mala suerte y tendencia a olvidar cosas, pero muy animada y decidida para la vida, lo cual la hacía amena de observar… y conversar, recientemente.

Su visión del mundo era divergente a la suya, a veces hasta simple e infantil, pero conseguía atraer su atención y cambiarle como ninguna otra persona había conseguido, llegando al punto de hacerle buscarla. Los días con ella se volvían ínfimamente emocionantes, un hecho notable en su monótona existencia.

Podía decirse que ella era alguien no lamentable de tener entre sus conocidos.

Claro está, admitía que al principio la encasillaba como una estúpida más, término con el que tendía a englobar a los faltos de sentido común y guiados por el impulso, que fastidiaban a la humanidad restante.

Le agradaba que Watanabe empezara una relación con Ishikawa, o de lo contrario habría tenido otro soporífero año escolar y no habría abierto los ojos a cuestiones menos intelectuales.

Se desvió de su rumbo, interesado en lo que ocupara Kotoko, sintiendo que su mal humor se disipaba al verla gesticular con unas hojas arrugadas.

Al no reparar en su presencia, él se apoyó en un árbol a mirarla, comprendiendo rápidamente que ensayaba para una obra de teatro. Como ninguna frase le salía coherente, no adivinó de qué iba.

—¿Cuál es tu personaje? —preguntó al cabo de unos minutos.

Las hojas de ella volaron por el aire, agitándose como la ondulación del gritito de Kotoko.

—¡Irie-kun! ¡No me asustes! —exclamó ella corriendo apurada a reunir las hojas.

Él se acercó y la ayudó, sin apartar la vista de la frenética chica, cuya trenza se caía a su hombro cada vez que se acuclillaba, para regresar a su espalda golpeada por la mano de ella, hasta que las hebras se soltaron y se extendieron en su espalda.

Su melena, del color de las hojas de otoño, era larga, con pocos centímetros alejándola de su cintura. Le recordaba a las pertenecientes a los modelos que admiraba en las revistas de su madre, cuando en su infancia le enseñaba ropas que le gustaría probarle en el futuro.

Tuvo un escalofrío, aunque no de la memoria.

Le entregó las tres hojas que él había recuperado y Kotoko le sonrió como siempre, olvidado su enojo. Nunca le había visto enfadada, pese a las múltiples y vergonzosas declaraciones de amor de Ikezawa Kinnosuke, "Kin-chan", su irritante compañero de clases.

O, quizá solo era porque estaba enamorada de él y se iluminaba con su presencia.

Evidentemente, sabía de lo que ella sentía por él, dada la transparencia en su forma de ser, pero no lo había mencionado para no avergonzarla y porque era inofensiva, no hacía nada aparatoso en lo tocante a sus sentimientos.

No mantenía su distancia, porque le agradaba. Tampoco la animaba, pues no iba a darle ilusiones cuando a él no le gustaba de modo romántico.

Su madre diría que era un insensible, mas nunca había sido alguien completamente preocupado por los otros.

—¿Qué papel tienes en la obra? —cuestionó mientras ella ordenaba las hojas, sin hacer lo habitual, de responderse por sí mismo gracias a su capacidad de observación.

—Blancanieves… y yo soy ella. Todos votaron contra mí. —Ella arrugó la nariz. —Ni tengo cabello negro —lloriqueó despeinándose. —¡Oh! Mi liga se volvió a caer, tengo el pelo tan lacio que nada me dura mucho tiempo.

Él se había percatado de esa cualidad, pensó al mismo tiempo que comprendía a sus compañeros. Ella era la inocencia del personaje.

—¿Tienes algún consejo para aprenderme bien los diálogos? Faltan pocos días y yo no consigo decirlos sin confundirme.

Él suspiró.

—No conozco, únicamente tengo que leer una vez para memorizar algo.

Ella desencajó la boca.

—Eso es tan de genios —musitó recomponiéndose. —¡Voy a ser un desastre! ¡Si tan solo no se les hubiera ocurrido cambiar la obra!

—¿Qué hicieron?

Ella soltó una carcajada.

—Yo tengo un ataque de tos al morder la manzana y la escupo, luego la dejo olvidada por buscar agua y me voy a dormir. Los enanos creen que caí en el hechizo de la madrastra, del rumor de un pájaro, y me ponen en la urna de cristal; cuando despierto, volvemos a casa y encontramos que el príncipe se había cansado mientras me buscaba y había comido toda la manzana por el hambre. Se lo explicó el mismo pájaro a un enano. El cazador va por la madrastra por una respuesta para sacarlo de ese estado, la mata y en la vuelta le da un antídoto. Se había enamorado de él. Al final Blancanieves los casa.

Pestañeó, sorprendido por semejante ridiculez.

—Jinko sugirió el cambio antes de escoger al Príncipe, para ahuyentar a Kin-chan.

Negó, otra vez aceptando que los del F no eran tan idiotas como pensara el año anterior.

—Deja que lo lea y te ayudo a practicar —pidió, obviando el cubo con brochas y pinceles en su haber.

—¿No estarás ocupado?

—Saliendo por la noche vayamos a la biblioteca.

—Yo limpiaré esto en lo que lees —sugirió ella contenta, robándole el cubo (tomando precaución de no salpicar su uniforme).

La siguió y, durante la limpieza de los utensilios, él aprovechó para empezar su práctica.

(Nunca había sentido tantas ganas de reír divertido como ese día.)

{…}

Yuuki sabía que, desde el comienzo de la relación del mejor amigo de su hermano con una chica de la clase F, Naoki había estado juntándose con tontos, para no perder su amistad más cercana. Y, gracias a eso, estaba fuera de casa más de lo normal, dedicándole menos tiempo que antes.

Él quería saber cómo eran esas personas y la única manera de hacerlo era visitar el festival, puesto que su hermano había advertido a su madre que nunca llevaría a nadie a casa si les seguía, y esta se había abstenido, confiando en que la nueva socialización de su hijo mayor era suficiente por ahora.

Yuuki no estaba contento. Su hermano era una persona leal y por ello aceptaba la situación que le implicaba Watanabe, pero él quería asegurarse que esa clase no afectaría a Naoki. Tenía la certeza que él era inmune a ser influenciado; sin embargo, necesitaba conocer a esa gente para determinar si harían lo que fuese para cambiarlo.

Había descubierto que una chica sí.

Era la que su hermano presentara como Aihara, quien le describiera como niño adorable. Ella tenía cara de idiota al mirar a su hermano y hacía cosas estúpidas para llamar su atención, rogando a la educación excelente que tenía Naoki para echarle una mano.

Antes de la obra que la chica presentara —como protagonista, papel que implicaba la confianza de sus compañeros en su habilidad aprenderse los diálogos y hacer un buen personaje—, ella le había agradecido en demasía por su ayuda para memorizarse sus líneas y mejorar su actuación. Tras esta, que había sido bien interpretada, sin un ápice de dudas, la pelirroja había corrido hacia Naoki y accidentalmente tropezado con el pasto, ocasionando que su hermano la atrapara y caballerosamente preguntara por su bienestar.

Por si fuera poco, la idiota había accedido a acompañarlo (a él) a la casa del terror de la clase de su hermano, pese a asegurar que no le gustaba, únicamente para "no dejarle solo". Ella había querido quedar bien con su hermano, y cambiado de opinión al interior, donde había fingido no ver nada y había tenido que empujar a Naoki a abandonar su puesto y auxiliarla.

Ceguera nocturna, como si eso existiera.

De ella debía cuidar a su hermano. Él era una gran persona, hasta con las chicas estúpidas, como le había oído murmurar una vez, por lo cual tendría que estar atento a los planes que Aihara tuviera entre manos.

{…}

Kotoko nunca creería que estaría celebrando el cumpleaños de Naoki en casa de este y cada minuto quería pellizcarse para comprobar que no se trataba de un sueño, como había externado la madre del joven al conocerles una hora atrás.

Le estaba muy agradecida a Watanabe, quien había hecho posible esa realidad. Excusándose en que su amigo lo había apoyado, más que sus padres —reluctantes al comienzo—, este había querido hacer algo para mostrar su aprecio a Naoki, aunque sabía que no le gustaban esa clase de demostraciones. Se había puesto de acuerdo con la señora Irie y habían planeado el pequeño evento sorpresa.

…que dejó de serlo en absoluto cuando a Kotoko se le escapó durante un encuentro con Naoki.

Probablemente había sido lo mejor, porque sospechaba que el aludido estaría menos tranquilo que ahora, con su hogar ocupado para celebrar su aniversario de vida número diecinueve. Sin la advertencia, él habría mostrado su peor cara.

Aun así, ella se arrepentía de haberle preguntado qué querría para su cumpleaños. Si no lo hubiera hecho, él no le habría insistido en explicarle el motivo por el cual conocía de la fecha escorpiana. Ella no sabía mentir y él no le había creído que se había enterado por casualidad, haciendo que confesara la reunión orquestada por su madre y amigo (además que sus ojos violetas eran muy persuasivos).

Se arrepentía porque al final no había servido para nada; después de presionarse el puente de su nariz, lo que habría hecho esa tarde de la fiesta, si hubiese sido sorpresa, él le había dicho que no se molestara mucho, que gracias a su padre tenía todo lo que necesitaba, resignándole a comprarle una tarjeta de regalo para una librería, lo menos significativo que podría entregarle.

Esperaba que el próximo año le fuese mejor, conociéndolo más.

Gimió tras volver a pellizcarse y se apoyó en la baranda del porche que daba al jardín, donde había salido para calmar su excitado corazón, que le habría hecho revelar sus sentimientos por Naoki en la sala. Estaba tan emocionada que no cabía de sí y el aire fresco de noviembre le devolvería los pies a la tierra. No quería ser muy obvia y arruinar su imagen en la casa de su amor platónico; bastantes torpezas había cometido en presencia de él, para avergonzarse en el hogar de sus padres, de una posición social superior a la suya.

Soltó un suspiro, traicionando su resolución al preguntarse si realmente tenía esperanzas. Sus parientes podrían oponerse. Había otras cosas que considerar, Naoki no era un ser marginado del mundo. Como padres pudientes de un hijo que aspiraba a Todai, querrían a una mujer superior.

—Por ese suspiro y tu escapada, debe ser un tema muy complicado para ti de resolver.

Kotoko chilló al escuchar la voz de Naoki, girándose mientras agitaba sus brazos y procedía a inclinarse.

—Disculpa mi atrevimiento, no tenía derecho a explorar tu casa —dijo irguiéndose.

Él sonrió burlón y negó.

—También habría salido si todos no estuvieran pendientes de mí.

—Aun así…

—Las puertas estarían cerradas si se prohibiera venir aquí.

Le sonrió.

—Gracias.

Él caminó hacia ella y se apoyó a un costado suyo, teniendo que doblarse más para posar sus antebrazos en la baranda. En su perspectiva, le pareció que fungía como un modelo de revista, y, agradeciendo la iluminación, no evitó admirar su figura masculina, en la que se destacaban sus brazos y piernas trabajados con el tenis, notorios en el pantalón y camisa casuales que vestía.

Desvió la mirada para que no le atrapara ruborizada.

—¿Entonces?

Kotoko había descubierto que él no era callado, indiferente o demasiado prudente, sino escueto, yendo directo al grano. Lo era tanto que en ocasiones no lo descifraba muy rápido; de modo que en ese instante tardó unos instantes en comprender a qué se refería, sin recurrir a una aclaración.

—No sucede nada grave —soltó una risita nerviosa—. Así, en la noche, con la luna, las plantas y la tranquilidad que me da este lugar, no puedes evitar suspirar —se justificó. —Mira tu casa, tienes un jardín, con un árbol, en un distrito sobrepoblado, del área de negocios. Y casi no hay ruidos de autos, se ve el cielo. Vives en una zona pacífica y relajada —divagó, señalando todo. —Tu madre tiene flores plantadas, que brindan un aroma tan extraño en la ciudad.

Tan romántico… como ese momento, pensó callándose.

—¿Eso te gusta? —inquirió él, ladeando su cabeza.

—Sí, pero soy mala con la naturaleza. No en el sentido de no respetarla, que sí lo hago, no voy a dañarla a propósito… —Se mordió el labio. —Tuve un bonsái granado, pero estuve cuidando tan mal de él que casi muere y mi papá sugirió que lo regalara a alguien con más tacto; mi vecina me daba consejos, que no conseguía realizar como eran, así que se lo di a ella. Hoy es muy bonito, le ayudó mucho como terapia después de que murió su esposo.

Él asintió, por un segundo mostrándose pensativo, y a ella le habría gustado leer su mente.

O no, quizá era muy difícil.

—Yo no tengo un gusto en específico. Estaba acostumbrado a la tranquilidad… pero últimamente no me importa lo animado. —Él torció la boca de una forma que le provocó un brinco por dentro, mientras también celebraba que soportara la pérdida de calma… Ella tenía muchas cosas emocionantes por brindar.

Naoki rió entre dientes.

—Encontrarme en esta fiesta es la prueba más clara.

Ella sonrió.

—Me alegra, porque a veces las personas que te aprecian quieren demostrarlo. Y te perderías de muchas cosas si buscas que el mundo sea calmado siempre.

Él, por primera vez, le mostró el amago de una sonrisa cálida. A pesar del fresco, ella se habría derretido allí mismo.

—Así es.

Kotoko abrió la boca, pero fue interrumpida por el sonido de la puerta abriéndose.

—¡Oni-chan, vamos a partir tu pastel!

Se giró, mirando al adorable hermano de Naoki, una pequeña imitación de él, regordeta y chaparrita. Si tenía hijos, en su infancia lucirían como aquel niño, quien los miraba con desespero.

—Yuuki-kun, te dije que no lo presionaras, él entrará a su tiempo. —La señora Irie se apareció detrás de su hijo menor, ceñuda. —Sabes que no le van las multitudes. Déjalo que siga tomando aire.

La mujer madura elevó su rostro y abrió los ojos.

—Oh, Kotoko-chan, qué sorpresa, no sabía que onii-chan tenía compañía.

Le pareció escuchar un bufido, pero sonrió a los cálidos ojos miel de la anfitriona.

—Nos encontramos casualmente. Estaba admirando su jardín, es usted muy buena con sus flores.

—Qué amable eres, aunque se ven mejor a la luz del día, quizá podrías venir a visitarnos para verlas. Cuando quieras, y así podría conocer más de una de las amigas de onii-chan.

Un torrente de emociones la asaltó y se contuvo de mirar a Naoki para su aprobación. La que esperaba se convirtiera en su suegra mostraba interés en ella.

¡Qué gran logro!

—Es de la clase F, debe estudiar para sus exámenes —comentó Yuuki-kun, haciéndola jadear.

¡Era cierto! Tenía que preocuparse por la llegada de las pruebas más importantes de su vida escolar. No podía reprobar el ingreso a la universidad.

—Le agradezco mucho su invitación, más adelante la tomaré con gusto.

—¡Excelente! Ahora vamos, hay que partir el pastel. Ven, Yuuki-kun, tenemos que alistar el momento. Vengan en unos minutos.

Kotoko asintió a la mujer Irie, mas esta se había ido muy rápido.

—A mí no me gusta lo dulce, te daré mi trozo —manifestó Naoki adelantándose al interior.

Esperando que nadie le viera, se puso a danzar.

¡Parecía como si le regalara su parte del pastel de bodas!

{…}

Naoki era consciente que por Kotoko Aihara hacía cosas que otrora le fueran inauditas.

Charlar amigable, compartir sus cosas, abrirse a sí mismo y ayudar voluntariamente (sin que le moviese la educación y la obligación moral), era un hito tratándose de él. Y las llevaba a cabo, sin problemas, por aquella chica tonta del F, que no debía impactar tanto en su vida.

Era una joven con un cociente intelectual hasta debajo del promedio, muy inferior al suyo, con una posición diferente a la de él, gustos opuestos, vivencias distintas, personalidades contrarias. Casi todo lo antagónico en lo tocante a él, y de cualquier modo se trataba de la persona que causaba un cambio en sí mismo y sacaba a relucir aspectos que ni imaginaba propios.

Como las últimas semanas, en las que le apoyaba para estudiar en su examen final de la preparatoria, la cual definiría si escalaba directamente a la universidad vinculada a su instituto.

Él desdeñaba ser tutor de sus compañeros, pero cuando había visto que se equivocara en una operación matemática, le había corregido y, sin que ella lo sugiriera, había continuado, hasta indicarle que se reunieran para que verificara sobre sus conocimientos.

Debería haberse arrepentido, sobre todo porque ella demostraba haber aprendido poco de los años escolares, al grado que él había tenido que comenzar con lo más básico. No obstante, hasta el momento únicamente le sorprendía su forma de actuar, y se admiraba de que ella había avanzado mucho en tan poco tiempo, siguiendo diligente el programa marcado por él, comprometida a aprobar su prueba y conseguir su ansiada meta de ser estudiante del nivel superior.

¿Para qué? No lo sabía. Era muy probable que el mundo laboral fuese un reto demasiado grande para ella, con sus habilidades. El grado de estudios alto no podía significar mucho en algunos casos; si no había sustancia que aprovechar, solo era tirar a la basura un espacio que otro podía usar mejor.

Guardaba para sí esa opinión, debido a que con él mismo no había qué explotar. Le parecía una pérdida de tiempo ese estudio, cuando personalmente podía aprender lo necesario para moverse en el "mundo real"… del que ya tenía delimitado, por expectativas de su padre, lo que haría.

Cabía la posibilidad que el optimismo e ilusiones de la vida universitaria planteados por ella lo habían conmovido. Podía apostar que sus ánimos eran contagiosos e inspiradores, y lo habían empujado a echarle la mano dentro de lo posible, para que Kotoko pudiera dar lo mejor de sí, y al fallar supiese que su determinación había sido de respetar. Aunque las circunstancias no se pusieran de su parte, habría hecho lo posible.

Así pues, pasó mucho tiempo con ella, repasando temarios más que nunca en años. Posiblemente lo ameno había sido compartir cosas fuera de lo escolar y notar que los días se pasaban mejor que sus diecinueve años en la tierra.

Era extraño, puesto que estaban en los extremos más alejados de todo y sus caminos y experiencias debían mantenerse así. Su disfrute no debía ser con alguien que se oponía a sus convicciones, forma de ser y vida en general.

Lo siguió haciendo sin queja, esperando que apareciera lo que le recordara y obligara a apartarla de él.

Sin embargo, una tarde llegó el conocimiento de una cosa que le invitaba a lo contrario. Sus padres se habían conocido y sido buenos amigos en la juventud.

Aparentemente tenían algo en común… de lo cual podría desprenderse una lista que los hiciera afines, para no ser caso perdido que se relacionaran como amigos.

Y, al verla obtener la mayor puntuación de su grupo, hasta alcanzar el puesto cien de las notas, como al mirarla balancear perfectamente una insana cantidad de platos, se convenció de que ella tenía esperanzas para el futuro.

No solo de las exigencias de la vida.

{…}

Para Yuuki no había menor asomo de duda que la tonta Kotoko había afectado a su hermano, pensó el día de Navidad, observando el teléfono de Naoki olvidado en la sala.

¡Él nunca habría hecho algo así antes!

Aunque no le daba importancia a ese aparato, debido a las contadas ventajas que un celular ofrecía a alguien inteligente como él (no necesitaba agenda, ni los juegos que a él le fascinaban, o los mensajitos que los muy sociables ocupaban, por mencionar lo más destacado), nunca tenía la falta de cuidado para apartarlo de sus manos. Era una señal de desorden, y, sin contraseña como lo tenía, pues no poseía algo vital para temer, un peligro.

Naoki simplemente no dejaba cosas botadas, menos si su madre podría aprovecharlas para fines de agrandar la familia. Su hermano podía no tener contactos ni mensajes en su bandeja, aprendiéndose los números —lo había comprobado por curiosidad, mirándolo de reojo al sentarse a su lado—, pero el simple número bastaba para hacer de las suyas.

Estaba convencido que era obra de la hija del amigo de juventud de su padre. Ya la conocía mejor; para su mala suerte, ahora era imposible de alejar y más próxima a ellos, por las reuniones que habían comenzado a tener desde el descubrimiento de la relación de los mayores. Ella era distraída y olvidadiza, y hacía cosas que te apartaban de tu comportamiento normal, como a él al permitirle abrazarle.

La culpa era, sobre todo, del inadecuado regalo que ella le había hecho a su hermano, en agradecimiento por ser su tutor y permitirle aprobar el examen a la universidad de Tonan —del que solo ella y sus dos amigas habían pasado, las últimas gracias a Watanabe-san—. Le había dado un kit de masajes para ancianos, que Naoki había subido a su habitación hacía más de media hora, después de la partida de ella, y de lo que no había vuelto.

¿Se habría prestado a usarlo?

Suspiró. Cuando menos no estaría haciendo el ridículo tomándose fotos.

Escuchó a su madre comenzar a tararear canciones occidentales en la cocina, mientras preparaba la cena, al mismo tiempo que vio iluminarse la pantalla del teléfono.

Leyendo un "Soy Kotoko", arrugó la nariz y soltó su el lápiz inutilizado desde hacía minutos. Seguiría dibujando robots más tarde; le intrigaba qué tendría por decir ella si acababa de irse no hacía una hora.

Siguió un texto de ella refiriendo que no se había atrevido a decirle algo a la cara, con una falla ortográfica ahí, y luego un "me gustas, Irie-kun".

Jadeó de la incredulidad. ¡Esa tonta no podría estarse confesando a su hermano! ¡No lo haría así!

¿Qué seriedad era esa? ¿Declarar sus sentimientos por un mensaje? ¡Era peor que hacer una carta! Debía mirarlo a la cara y decírselo, no mandar un cobarde mensaje mal escrito y unas breves palabras de lo que sentía.

¡Eso no era para su hermano!

Una muchacha así de tonta y maleducada no podía ser para Naoki. Él odiaba a las chicas estúpidas y así definitivamente demostraba que lo era.

Y, por otro lado, le dio pena la amiga de su padre. No era tan horrible como parecía y se avergonzaría por esa situación; aunque fuese considerado con ella y cambiara un poco por su influencia, su hermano desdeñaría su comportamiento y lo demostraría al estar en su presencia, amargando la relación que existía entre sus familias.

Tenía que intervenir para evitar un desastre así de grande.

Con el corazón a punto de salirse de su pecho, le escribió una respuesta de agradecimiento a Kotoko y la rechazó amablemente, pidiendo que lo olvidara.

Minutos después de recibir una contestación afirmativa, volvió a vaciar la bandeja y colocar el teléfono justo como estaba. Aunque horas más tarde, cuando su hermano lo recordara, no creía que se hubiese fijado.

Le dio nervios y se preguntó si había hecho bien.

En enero nada le pareció diferente.

{…}

A Naoki, el comienzo de ese año le parecía más frío de lo habitual… y nada tenía que ver el invierno.

Guardaba la impresión que Kotoko tenía cierta distancia hacia él, incluso si en la visita del templo, tras desearle el mejor de los éxitos para el examen a Todai, ella le había dicho que debía tener el mínimo de distracciones con el fin de prepararse para su prueba. Una que ella sabía no era tan importante para él como a los demás, tal como le externara en una confidencia.

Estaba seguro que ahí no ocurría algo por la consideración de ella a una evaluación que ni le hizo parpadear y completó sin ningún error, o la que vendría. Había algo que se le escapaba, y no sabía qué.

A pesar de la frustración por el cambio, le era impresionante el desconocimiento de una cosa, tanto como lo mucho que podía ocupar su mente el resolverlo. No se había enfrentado a una situación similar y podía comprender el sentir de otros ante los obstáculos en su camino. Y sabía lo triunfante que estaría cuando encontrara la respuesta a esa incógnita.

Si no fuera porque se trataba de Kotoko, quien le provocaba afectación, pediría que eso se alargase un tiempo indefinido, para continuar experimentando una cosa complicada. En su vida, todo se le daba de forma sencilla.

Tal vez era por Kotoko que le daba más emoción, razonaba. Pero con el paso de los días, sus ganas de atraparla a solas y sacarle los motivos de una vez lo consumía. Necesitaba que regresara a su lado.

Y podría sucumbir a encararla y obtener la comprensión de la situación del modo desesperado.

(Si tenía éxito en encontrarla por su cuenta.)

Se imaginaba acorralándola, aprovechando su diferencia de tamaños; colocaría sus manos a sus costados en tanto ella temblaba, sin apartar sus expresivos grandes ojos de él, que la presionaría con su mirada, disminuyendo la distancia hasta…

El mundo pareció zumbar a su alrededor, dándose cuenta del camino que tomaban sus pensamientos… Deseaba que sus brazos la envolvieran y extraerle la verdad a base de seducción, ocultando su cabeza en su cuello y deslizando su nariz con lentitud desde ahí, subiendo de a poco con la convicción de que hablaría y entonces haría lo que ansiaba.

Quería besarla.

Le gustaba.

Por eso estaba intranquilo sin tenerla, necesitándola de vuelta.

Desde hacía un tiempo ella había sido una fuente constante de ánimo y él valoraba tener su presencia, su amistad; sin embargo, en algún momento se había convertido en otra cosa.

Y su ignorancia la mantenía lejos, donde no debía estar.

No obstante, prevalecería la paciencia unos días más. Ya tenía ganada la parte de gustarle a ella; además, él no era precipitado y con la aclaración de sus sentimientos aplazaba un poco de su inquietud.

Con esa nueva información se añadía una pista al enigma; ella podía estar siendo cauta, pensando que no era correspondida. Podía creer que sus sentimientos serían una carga ante su prueba universitaria.

Gruñó. Eso supondría permitir que llegara el veinticinco de febrero.

Y le costó.

Apenas once días antes de la fecha, estaba malhumorado por la tardanza del calendario, que enlentecía el paso de las horas mientras engrandecía los metros entre él y Kotoko y aumentaba las insinuaciones de su padre sobre heredar Pandai.

Nunca había entendido las quejas de muchos sobre minucias como esas, pero le estaba quedando claro que no había vivido la normalidad hasta ese año de preparatoria. Más tarde le agradaría por completo, solo que ahora estaba tratando de lidiar con ello lo mejor posible, procurando no alertar a los demás de sus conflictos internos.

Sospechaba que, si Kotoko fuese su novia, o siquiera contase con su compañía, sería más llevadero. Por obvias razones, disminuiría una gran carga, al ser ella una de sus perturbaciones; pero, en lo del futuro, hablar con ella le serviría. Le daba confianza para abrirse de un modo único y las palabras que le daba le brindaban sosiego y sabiduría.

Kotoko le ayudaba a ser una mejor persona.

Aunque en ciertos aspectos le provocaba inseguridad. La había visto bien si él, y se preguntaba si era suficiente para ella.

Hasta que ese día la observó con detenimiento durante el descanso.

Estaba ligeramente pálida, como enferma, o lucía preocupada por alguna cosa. No parecía en las nubes mientras estaba con sus amigas, sino inmersa en un pensamiento que la consternaba (era distinta su mirada perdida).

Tenía que ser el significado de ese día. No podía equivocarse.

—Tú pudiste darle el chocolate.

Naoki frunció el ceño al oír a Watanabe, quien se situó a su lado, comiendo precisamente lo que acababa de mencionar.

—¿No deberías estar con tu novia? —inquirió, ignorando el comentario y la punzada de molestia que le ocasionaba la falta de reconocimiento de Kotoko hacia él, ese San Valentín.

Se suponía que era indiferente a esas nimiedades, pero escocía que ella, apegada a tales niñerías, le restara interés, ignorándolo.

—Será a la tarde, todos tienen los ojos en nosotros… pensé que lo habían superado. —Su amigo resopló.

Pasaron unos segundos en silencio.

—Así que… ¿le hiciste algo a Aihara? Mencionarlo habría sido como burlarse de sus sentimientos por ti, que tú también sabías. —Asintió suspirando. —Pero, últimamente, saca excusas para no verte y hoy no hizo amago de darte ni un chocolate de amistad. Debe ser mejor para ti, porque ella no te interesa, claro —eso había sonado sospechoso—, es solo que me preocupa. Además de ser mejor amiga de Satomi, es una buena chica.

—Me mantuve al margen, no he hecho nada para lastimarla.

De reojo, vio a Watanabe apretar los labios, pensativo.

—Quizá es una etapa, o ya te superó.

Aquella sentencia cayó como piedra en Naoki, quien no lo olvidó hasta el término de clases y le movió a esperar por Kotoko a la salida, sin reflexionar demasiado sobre su proceder.

Komori y ella parecieron sorprendidas al cortarles el paso, aprovechando que se despedían de Watanabe e Ishikawa.

—¿Puedo hablar contigo, Aihara?

—Eh.

—La acompañaba a casa porque se ha sentido indispuesta todo el día, no creo que sea el mejor momento.

Él juntó las cejas. Con temor, supuso que eso cambiaría su semblante; el desánimo le llevó a creer que la había perdido y tenía que recuperarla.

—¿Has ido a la Enfermería? —preguntó, también pensando en su bienestar.

Ella negó, sonrojada.

—Estaré bien, solo es un malestar estomacal, debe ser algún alimento malo que comí.

Asintió.

—Será en otra ocasión. Me uniré a ustedes de camino a casa, mi madre se quedará más tranquila si se entera —agregó, para salvaguardar su orgullo, no solo como excusa.

Ambas movieron la cabeza en aceptación.

El trayecto fue silencioso e incómodo hasta para él, que escuchaba una plática forzada sobre ídolos, cuando se agotó el tema de los exámenes en el que lo habían querido incluir. Ellas, al igual que él, como Watanabe e Ishikawa, eran conscientes de que había un cambio desde hacía semanas, pero no era traído a la luz las contadas veces que habían coincidido en ese tiempo.

Ahora bien, podía tener la certeza que las chicas sabían el por qué. No solo por la cercanía de las tres, sino que, al verse unos minutos obligado con Komori —hasta la intersección en la que se separaran—, esta le había pedido no ser masoquista, pues Kotoko había aceptado la realidad.

¿Cuál era? Tenía que averiguarlo.

Entretanto, llegando a casa le envió un mensaje a ella, pidiéndole que acudiera a una clínica, pues se había visto muy pálida.

Y la duda de lo que podía tener trajo a su vida un descubrimiento.

{…}

Cualquier arreglo de la situación se postergó varios días, por asuntos más importantes que sus sentimientos.

Kotoko había seguido su sugerencia y en la evaluación había obtenido un diagnóstico de apendicitis, lo cual conllevara una intervención y días de recuperación, en el que solo había podido visitarla con su familia presente. Especialmente porque su madre había optado por convertirse en su enfermera, yendo a cuidarla cuando había vuelto a casa.

Para que no hiciera ningún movimiento involuntario, Naoki decidió aplazar una confrontación hasta después de su examen, el cual presentó, guardando a su padre el secreto del cambio realizado a último minuto, posible de hacer al obtener una puntuación perfecta en el examen de clasificación nacional.

Había sido lo mejor, porque había tenido que estudiar silenciosa y apresuradamente para una disciplina distinta a todo lo que sabía, por lo que había necesitado concentrarse en demasía al respecto. Por primera vez, el resultado de una prueba le era incierto, y se moría por haberlo aprobado.

Lo que no sabía era si confesar a su padre antes de obtener los resultados, o más adelante. No habían notificado a su progenitor del trámite, gracias a que su madre firmara como tutora, después de confiar en ella, pero el tema pendía sobre él y tampoco quería afectar la relación de sus padres por sus acciones.

{…}

Los últimos tiempos Naoki parecía vivir sin calma, pensaba Yuuki al mirarlo contemplar el contenido de su taza de café.

Estaban a solas, puesto que sus padres habían ido a una cena relacionada a Pandai, y quizá por ello su hermano se permitía mostrar la agitación que tenía. Se preguntaba si su pequeña intromisión de diciembre era la causante, o había más cosas que no sabía sobre la vida de su hermano.

Tal vez las había, pero Yuuki veía con culpa que borrar la confesión de Kotoko había provocado algo en la relación entre esta y su hermano, y que Naoki no era feliz por no estar juntos. Se había dado cuenta que le gustaba cuando ella había sido operada, poniéndose a pensar en los últimos dos meses de la vida del otro, donde era constante su enojo y tristeza.

También ella lo miraba con ojos de perrito lastimado.

Podía pasar que, si no se hubiera metido, a su hermano no le hubiese interesado el tipo de confesión y en ese momento fuesen novios. Por la forma de ser de ambos, no dudaba que no hablaran de eso en el tiempo transcurrido.

Tenía que arreglarlo.

—Onii-chan…

Se acobardó de decirlo sin más.

—¿No estás feliz de que Kotoko ya se recuperó y no tengamos que ir a verla?

Naoki arrugó la frente.

—No me molestaba.

—Pero, ¿ella no es una chica tonta?

Él negó.

—Aprobó su examen con alta puntuación.

—Pero fue gracias a ti.

—Yo no presenté el examen por ella. Podría no haberlo hecho si no se lo hubiese propuesto y esforzado… es persistente.

Se alivió por dentro. Irie Naoki no defendería a nadie que no le importara. De hecho, él no halagaba a ninguna persona fuera de su familia, si no era por ser educado.

—Onii-chan… ¿a ti te gusta Kotoko, verdad?

Naoki se enderezó y lo miró de soslayo.

—¿Te has dado cuenta?

Yuuki suspiró y asintió.

—Onii-chan… tengo que decirte algo.

Los ojos violetas del mayor se mostraron preocupados y él cogió aire arrepentido.

{…}

—Le dije a mi padre que presenté examen para medicina.

Kotoko pegó un salto al escuchar la voz de su amor no correspondido, a quien había huido con bastante éxito los últimos dos meses, desde animarse a confesarle lo que sentía y ser rechazada.

—Ten cuidado, todavía no ha pasado un mes de tu operación —le dijo él en tono amable e interesado, haciéndole doler el corazón.

¿Cuánto tardaba en olvidarse un amor? Ya había llorado por días y todavía seguía palpitando en su alma.

—Gracias, he ido sanando bien, el médico… —Soltó un jadeo. —¿Acabas de decir que tú…?

Él sonrió tentativamente, asintiendo. Se sentó junto a ella en la banca de la azotea, desde la cual observaba la escuela, despidiéndose desde ese día de la preparatoria.

—Aún no están los resultados, pero sí, creo que es lo que quiero.

Agitó la cabeza.

—Pasarás, tú eres un genio, Irie-kun. Estoy segura que tus resultados serán muy buenos y entrarás a Todai, y en unos años serás el mejor médico que exista en Japón. ¡No! En todo el mundo. Desearán ser tus pacientes, o conocerte —afirmó contenta, imaginándose el bien que le haría a la humanidad que él se uniera a esas filas de la salud. Si bien sería estupendo en cualquier ámbito que escogiera, el dedicarse a sanar enfermos era más noble que algunos otros.

Y le alegraba que encontrara su propósito, sabiendo las dudas que le daba la universidad y el futuro.

—Estoy muy feliz por ti. No sabes cuánto. Gracias por decírmelo —expresó, olvidándose de que no la quería como ella a él. No podía ser egoísta; a veces obtenías el amor de otra persona y otras no, pero al ser lo segundo, tenías que pensar en el bien de otro y no cerrarte por el desamor. Era parte de que quisieras a alguien, buscabas que le fuese bien, incluso si no era contigo.

Era su amigo, simplemente.

Y tendría que disculparse por mantenerlo a la distancia desde el rechazo. Él la había buscado más de una vez, pero había huido.

—¿Cómo lo tomó oji-san?

—Al principio, difícil. Después lo aceptó… y Yuuki confesó que a él sí le gustaría dirigir Pandai.

Aplaudió, satisfecha de que saliera bien.

—Te deseo mucho éxito, Irie-kun. Nos veremos de vez en cuando, por nuestros padres, pero quiero ser la primera en decirte que confío en que lo conseguirás y…

—¿Estarás ahí? —preguntó él.

Se quedó anonadada, sin saber a qué se refería.

—Sí, sabré cuando te gradúes de la universidad.

Él suspiró.

—¿Me acompañarás cuando lo haga?

Tragó saliva.

—¿De qué hablas?

Él abrió la palma de su mano y ella vio el botón de su uniforme. Eso, sin querer, aceleró sus latidos, aunque podía estar llevándose una impresión equivocada.

Ya la había rechazado, ¿habrían cambiado sus sentimientos desde entonces? ¿O qué ocurría?

—¿Se te cayó? —sugirió nerviosa—. Un día antes de nuestra graduación. Qué loco. Si es el segundo, dirán que se lo diste a…

—Ti —cortó él.

Lo miró boquiabierta. El viento agitó los cabellos de ambos y tuvo que apartarse el suyo del rostro; cuando lo hizo, lo contempló con más detenimiento, preguntándose si estaba soñando despierta, de nuevo.

—¿Me das tu segundo botón?

¿El que significaba que…?

—Sí. Me gustas, Aihara Kotoko. Y, cuando me gradúe la próxima vez, lo seguirás haciendo.

Se pellizcó la palma y saltó, asombrada porque fuese real.

Sonrió, agarrando el botón de su palma, preparándose para saltar sobre él, pero sorprendiéndose cuando Naoki le abrazó en su lugar.

—No te muevas demasiado.

Soltó una risita, acurrucándose en su pecho. Se estaba tan bien ahí, era cálido y justo la medicina más complicada de encontrar.

—Tú también me gustas, Irie-kun. Todavía me gustas. —Sollozó. —No pensé que yo llegara a gustarte…

—Lo hacía y lo hago.

—¿Eh?

Él apretó su abrazo.

—No te molestes, pero no leí esa confesión. Yuuki me reveló que lo hizo él, pero creyendo que hacía lo mejor, lo borró y no me dijo nada hasta hace poco. Quizá un mensaje no era la manera más apropiada.

Se apartó, sin palabras, analizando lo que acababa de decirle. Naoki no le había rechazado la ocasión pasada; había sido un malentendido de parte del pequeño. Se las pagaría de manera leve, después de todo, no estaba equivocado en una parte.

—Oh, Yuuki-kun —musitó negando. —Pero es cierto, tenía que confesarme en persona. ¿Por qué algo tan importante como mis sentimientos debían venir en un mensaje?

Naoki sonrió, de esa forma cautivadora que solo había visto a solas y que no habría sido probable si no comenzaran como amigos.

—Gracias por no molestarte con él.

—Oh, seré su molesta cuñada, será suficiente —afirmó divertida. —Y tú debes haberle hecho pagar ya.

Él rio entre dientes.

—¿Sabes? —dijo guiñándole un ojo, extasiada de lo que iba a decir—. El genio del A con la chica torpe del F, esto sí que es una historia que contar para futuras generaciones.

Y lo fue.


NA: I'm back, bitches!

Sería lo que diría si me hubiera ido, pero no es así. No he tenido tiempo para escribir como he deseado, que es otra cosa. Y finalmente pude hacerlo, me tomó estar ronca, sin un poquito de voz, para librarme de muchas cosas ja,ja. Con eso llegó poder terminar este OS que llevaba preparado desde hacía MUCHO. Se acortó un tantito, porque ya había fragmentos que no me latían, pero al final permaneció la idea inicial, ellos volviéndose amigos y Naoki adquiriendo gusto por ella. Simple y al punto :D.

¿Les gustó?

Ojalá no vuelvan a saber de mí hasta un lustro más tarde.

Besos, Karo.