Fic

¡Por fin en casa!

Por Mayra Exitosa

Clasificación Adultos

Junio 2018, Cumpleaños Albert

Día Junio 10

La madrugada era fresca, ella se acurrucaba en sus brazos y sus movimientos lo despertaban. Estaba tan bella, desnuda y en su cama, parecía tan salvaje como las horas que se habían amado. Sus besos, sus caricias mudas, esa desesperación que los impulsaba a estar unidos, a saberse aceptados y sin temor a nada.

Cerraba los ojos, y recordaba la ocasión en la que la había hecho suya, realmente no sabía que fuera su primera vez, tenía que ser idiota. Pero ella se dio todo en tan poco tiempo, lo miraba enamorada, se sentía protegida y deseosa como un animalito que solo quería estar escondido en sus brazos. Si hubiera sabido que era su primera vez, la hubiese sacado de la selva, pero no dijo nada, ella lo besaba y lo provocaba como jamás nadie lo había logrado, su mirada brillante, sus pequeñas manos acariciándolo y sus labios besando con jadeos y gemidos. ¡Mi pequeña! Me haces el hombre más feliz cuando estás conmigo.

Le había quitado la camisa, nerviosa y temblando, avergonzada al querer tocarlo. Su cuerpo reaccionaba de una manera increíble, con solo un beso jadeaba, por más caricias, por más de estar unidos. Cuando besaba sus pechos, ella no podía controlar lo que sucedía y estaba loco por tenerla, porque al menos no lo rechazaba como hombre. Después de haber estado tanto tiempo siendo amigos, protegiéndola, cuidándola de no verla llorar, de no sentir ese sufrimiento que había tenido desde niña. Y cuando por fin todo se acomodaba a que pudiera gozar del placer, su tono y su color, la sorpresa y el dolor. Era su primera vez, aun así se quedaba esperando y sus manos ajustaban mis hombros para detenerme un poco y estaba tan eufórico por saberla solo mía, quise llorar de emoción, solo la bese con más ternura que nunca, luego ella cedía a que continuáramos y juro que fue lo más hermoso que he visto, fue tenerla jadeante y entregada en mis brazos. Como la ame, iba a regresar en dos días y me quede más de seis. No podía dejarla, no podía separarme de ella, no deseaba abandonarla en aquel lugar y hasta que contrate para que la cuidaran, pude regresar.

Día y noche solo esperando a que volviera, nada desde entonces era igual, las llamadas, los mensajes, todo tratando de ser de nuevo mi amiga, pero en su voz y en su cuerpo, en su mirada hoy… definitivamente jamás podría dejarla de amar.

Su pierna se introducía entre las suyas, buscando aun más calor para cubrirse, la tenía abrazada a su cuerpo y el con ternura besaba su frente, moviendo las cobijas para continuarla cubriendo. Ella sonreía y movía su cabeza sintiendo el bello sobre su pecho y el al ver como se movía, imitando a un gatito feliz en su almohadilla afelpada, la acomodaba encima suyo por completo.

- ¿Tienes frío, amor mío? Susurraba en su oído con su voz enronquecida,

- Si, tu cuerpo es tan cálido y…

- Ven acá, te daré mi calor. Acomodándola donde él había estado, se posicionaba encima suyo, ella de inmediato se acomodaba para que el hiciera que su cuerpo vibrara, se amoldaba y buscaba a como diera lugar que se introdujera de nuevo en ella. Y con una sonrisa juguetona, poco a poco, se fue haciendo camino de nuevo en su cuerpo, deseosos de estar unidos. Esa madrugada perfecta para amarse, con el frío de la noche, aun cerradas las ventanas, el fresco del bosque mantenía en aquel lugar, el clima perfecto para poderla amar.

Las caricias y los besos, comenzaron a danzar, el poco a poco y lentamente se fue moviendo causando en ambos ese placer que se iba dando con cada leve vaivén.

- ¿Te gustas así?

- ¡Oh si! ¡Sí! ¡Sigue! ¡Sigue así!

- Con… mucho… gusto. Lo que ordene… mi princesa.

El clamor por el movimiento y la desesperación por el momento, la hizo hacer un rugido que lo provocaba más aun. Acelerando los movimientos, ambos agitados y deseosos de colmar en su placer, pero él quería darle más, y la volvía a acomodar, esta vez de lado y con mayor poder. Ella insistía que aun le diera más, impulsado por su cuerpo, reaccionando a su ajustado entorno, el volvía a acomodarla para darle aun más de él. Levantándole sus piernas hasta colocarlas en sus hombros y tomándola de su cintura la encajaba en sí mismo y ella al sentirlo, siseaba con placer, moviendo aun en esa forma sus caderas para él.

- ¡Si1 ¡Sí! ¡Sí! Decía ella en su agonía por llegar a su cúspide y el al escucharla, agitado en su fuerza por darle no solo el calor que había deseado, sino el amor que ahora promovía, con los jadeos y las pocas palabras que podía pronunciar… le respondía con un ronco sonido desde el fondo de su garganta…

- ¡Oh si! Eres mía, mi vida, y estás… hecha para mí.

- ¡Sí! Esa última respuesta, fue un alarido, avisando que ella estaba llegando por fin a su meta y él, rebosante de amor, continuaba dándole todo, bajándole las piernas y enterrándose en ella con la misma velocidad que su poder le daba para alcanzarla también en lo que más deseaba, bañarla de él.

Agitados y aun sin despegarse, palpitando de placer y deseando alargarlo, ambos abrazados sudorosos y dándose caricias frías, con el sudor fresco de tanto esfuerzo, refugiándose uno en brazos del otro… Deseando que no hubiera un espacio leve entre ellos y el buscando las cobijas con sus largos brazos para cubrirla de nuevo y que ella conservara el calor que tanto le gustaba, ambos agotados cedían paso al cansancio, de otra ronda de caricias descuidadas sin intención, para darse en cada embestida, su amor, su deseo y toda su pasión.

Ya era temprano, había puesto café y preparaba un almuerzo digno del día de ayer, pues habían comenzado con el pie derecho ese encuentro, definitivamente no lo había previsto así, fue un descuido de su parte, pero verla discutiendo con ese hombre y escapando para seguir a la cabaña, que tanto había deseado su llegada, por fin de frente y sin previo aviso, con ella se encontraba. Como fue su emoción, sus gemidos, diciendo su nombre una y otra vez, no podía evitarlo, estaba más que emocionado, tenerla en sus brazos, probarla de nuevo, gozar de su cuerpo, del mismo que tantas veces había anhelado en sus pensamientos desde que la dejo en aquel lugar, con todo el dolor de su alma, sintiendo que una parte de él se quedaba con ella.

Fue tenerla y no soltarla, hacerle el amor en el silloncito fue solo el inicio, tenía que ponerse al corriente de todo ese tiempo, separados y solo recibiendo pequeñas palabras ausentes y monitos sonrientes, que no le mandaban un beso, ni una sola caricia de las que ahora estaba obteniendo. Sentarla sobre su cuerpo y tocarla como un instrumento, para prepararla por esa larga ausencia, fue solo el comienzo.

Poseer su boca, succionar sus pechos, decirle cuanto la había echado de menos, sin una mujer que ocupara por nada su lugar, pues solo a ella deseaba entre sus brazos y solo sus besos pudieron aplacar la necesidad que en su cuerpo pudo dejar. Fue así que no tuvo tiempo de cuidarla, pues su deseo por estar dentro de ella, hizo que todo a su alrededor poco importara, verla lista y preparada para recibirlo y para entregarse, con esa desesperación que en ambos se refleja cuando están cerca y solos, no podía evitarse.

- ¿Albert?

Giraba bruscamente sacando el sartén del fuego, viéndola bañada y cubierta solo con la camisa que había usado él, ayer. Se veía tan hermosa, tan deseable, como no iba a olvidarse, si tenerla así era imposible razonar.

- ¡Candy!

Con una sonrisa sugestiva, mostraba su cuerpo desnudo y alegando comentaba,

- Tuve que lavar mi ropa… tome tu camisa.

En esos instantes, él soltaba la servilleta, en dos zancadas llegaba hasta ella, si alguien se quejaba por estar de luna de miel, definitivamente no sería él. La elevaba en sus brazos y ahí en la cocina, la sentaba en la encimera y tomaba sus labios, bajando casi de inmediato a sus hermosas colinas, lamiendo deseoso al verlas tan bellas y predispuestas a ser besadas. Ella mientras tanto, echaba su cabeza atrás, sosteniéndose de su cuello, apretándolo a que no dejara de darle con su boca lo que estaba haciendo, pues su cuerpo ahora parecía una masa gelatinosa, lista para ser amasada en donde se encontraba sentada de la cocina. Y como si lo hubiera predicho, el de inmediato bajaba y ahora sus labios con otros labios expuestos se encontraba, estaba haciendo en ella una adicta de su amor y el no podía evitar lo que tantos meses, le dejaron en su imaginación.

El orgasmo se hizo evidente, con su boca la había provocado a darle de ella un regalo de buenos días. Asombrada por la indecente posición, él le sonreía con una plena diversión, pues no lo dejaría con esa carpa de circo montada en su pantalón y sin aviso alguno, la atrajo coincidiendo con su cuerpo expuesto, deseoso de entrar a tan bañado y escurridizo lugar.

No es muy común, mucho menos la cocina, pero ambos ahí, no se dejaron de apreciar, uno al otro jadeantes, sus besos daban con pequeños mordiscos, mientras sus cuerpos se mecían priscos y ariscos ante el evento triunfal, darse de topes, fuertes envites, era un trabajo que no se veía difícil, laborando con ahínco y sin descanso alguno, el pantalón chándal en el suelo, ella subiendo y bajando, con una velocidad que ni en las olimpiadas se hubiera de ver, pues solo en ese momento intimo, entre ellos, desnudos y abrazados, daban rienda al postre antes del desayuno. Era imposible no hacerlo, pues aquí algo se estaba derritiendo, y no se podía desperdiciar… Era en la cocina, lamida y probadas, solo que de la comida, el fuego no se notaba, ardían un par de cuerpos, jadeantes en el danzar, cuando él la bajaba de la encimera y en sus brazos dominaba su movimiento gracioso de subir y bajar, para en ella por fin culminar. Ambos agotados con suspiros apenas pronunciaban si esperar,

- ¡Te Amo! - ¡Te Amo!

Los impulsos repentinos de ambos dentro de sí, daban suspiros y descanso, a lo que no se vieron venir. Ella estaba en su pecho como si fuera un bebe y el sonriendo la acurrucaba colocándola de nuevo en la encimera, para tomar su rostro y besarla, luego con una sonrisa le respondía,

- Toda mi ropa la puedes tomar, no hay problema si deseas lavar. Tengo ahí, muchas camisas y si sales así, prometo recompensarte y venirte a recibir personalmente. Avergonzada y colocándose de nuevo la camisa, ruborizada respondía, en un quejido que sonaba apenado,

- ¡Albert!

- ¿Quieres comer? Porque al paso que vamos… esto se podría convertir en una merienda.

- Si, se me abrió el apetito. No sé qué hora es… Pero debe ser muy tarde y tengo que regresar. El la miraba serio, casi suplicándole con esa mirada que se quedara, pero ella tenía que volar y decidir, no la obligaría. ¿o sí?

Sin decir más, se preparaba a servir y tibiar de nuevo lo que había estado haciendo, ella lo observaba, sabía que estaba triste, pero sus cosas las había dejado con su hermano y tenía que ir, además tenía una entrevista, luego vería como se regresaría a la cabaña, que llaves ni que nada, el estaba ahí, no iba a poder conciliar el sueño pensándolo. ¡Lo amaba! Eso lo sabía desde que no pudo evitar entregarse en sus brazos a ese amor que tanto anhelaba.

Había tendido la cama con pulcritud, como si fuera el hospital, las prendas colgaban para esperar que secaran y tenía todo completamente arreglado, pronto se iría. Llevarla en la noche a la cama, después de haberla amado en la sala, había sido una escena que pasaba una y otra vez en su cabeza, estaba en sus brazos, confiada, relajada, feliz y gozaba de amarse no una o dos, muchas veces, su cuerpo se estaba acostumbrando a recibirlo y esos meses de ausencia, solo se estaban colmando de todo lo que ella significaba para su vida. No podía, ni quería continuar con ese transe de ir a un evento y conversar frivolidades, sobre una unión conveniente. Ella era lo que le convenía, lo hacía sentirse débil, vulnerable y necesitado, solo el hecho de saberla cerca y que se haya entregado solo a él, que le diga que no hay ni habrá nadie que ocupe su lugar en su cuerpo y en su corazón. Que le demuestre cuanto es que lo ansia, y como demostrarle cuanto es que le necesitaba en mi vida. Fue un error haberla llevado a cuidar de Tía Elroy, desde entonces se habían hecho amigas, la comprendía, le daba la razón, estaban de acuerdo en que Candy jamás sería adecuada para ser una esposa, pero su inocencia jamás sería opacada por otra persona, así tuviera que quedarse solo, lo haría, pero jamás lejos de su gran amor.

El descuido con el que se habían entregado, no era más que una muestra de lo que ambos no razonaban cuando estaban juntos. Se había dado cuenta al levantarse en la mañana, al querer recoger la basura y meditar que no la había protegido al hacerle el amor, debía estar cuidándose, probablemente tomaba la píldora y no lo habían hablado. Pero ahora era su responsabilidad, hablaría con Tom, le pediría su mano, no permitiría que se hablara de ella, tenía que buscar obligarla a reaccionar y quedarse con él, darse cuenta de que ambos se necesitaban, no por ser una unión de intereses, sino de amor y de vida. Qué más da si tenía que triplicar los ingresos, cada uno tenía que buscar subir también su capital y buscar crecer sus finanzas, no podían seguir esperando que el hiciera todo por los demás, debían tomar sus responsabilidades.

En la mansión, la tía estaba en el estudio viendo los perfiles de las chicas que irían al evento, estaban bien respaldadas. Johnson vendría esta ocasión acompañado, al parecer por fin estaba dándose cuenta que solo no llegaría a ninguna parte. Sus sobrinos confirmaban la asistencia y Sara aseguraba que Niel aceptaría el ver a las prospectas para una unión conveniente. Los socios se beneficiarían enormemente, esto de arreglar matrimonios era cosa del siglo pasado y actualmente si no se continuaba, se irían a pique muchas de las inversiones, aun hoy en día se requería de seguir pensando en unir negocios con grandes empresarios y que mejor, cultivar la genética de descendientes con visión al futuro.

- Si Mónica, ya sabes cómo deseo que se dé la asistencia, todos se acomodaran en sus respectivas sillas, sin modificación ni cambios.

- Por supuesto, madame.

- La decoración es aceptable, el estacionamiento de las unidades puede ser en el hangar principal, si llegan a quedarse algunos invitados, hay que proveer que los choferes tengan donde dormir.

- Así se hará, madame.

En un hotel en Chicago, Niel continuaba conociendo a su nueva conquista, la joven Petrina de madre rusa y padre Alemán, era bajita, comparada con sus antecesores, pero su belleza era natural, verla sin pintura y sin pecas, pulcra y brillante, sin las coletas, se veía más mujer que nunca. Y comprarle un vestido para hacerla pasar como su pareja en la fiesta de William, era lo mejor, pasaría un fin de semana apasionado y luego la llevaría a Florida. Petrina era todo lo que necesitaba, digna de hacerle olvidar a la huérfana. Su mirada gris era increíble y sonreía suavemente, su tono un poco grotesco al tener otro idioma, pero la hacía escucharse más interesante. Le compraba su perfume, una gargantilla y un vestido que ni su hermana podía creer lo que le había mandado, el maquillista y el estilista estaban sacando lo mejor de ella. Niel disfrutaría cada detalle invertido en su preciosa muñeca.

- Petrina, te ves encantadora.

- Gracias, cariño. Todo es para ti.

En la mansión en Chicago, Archie se levantaba serio, se arreglaba y se preparaba para continuar con las actividades de su agenda. Su hermano se había decidido a ir por Paty a Suiza, recogerla y traerla consigo, le pedía que regresara a Lakewood, para que estuviera tranquilo, que las invitadas al evento de Albert, lo dejaran entretenido. En el fondo de su mente aun queriendo opacar lo vivido, recordaba una y otra vez a Annie. Ella desconecto su celular y ya no respondía llamadas, sus padres la negaban y no sabía más nada, de la pelinegro.

La noche llegaba y tomando un brandy observaba los jardines, ya tenía el equipaje de nuevo para regresar y esta vez el traje que usaría para el evento y algunos detalles que estaban estimando para los caballeros, la nota de su Tía Elroy lo sacaba de sus pensamientos al leer, que de las damas que invitaban, serían presentadas también a él como futuros enlaces convenientes, eso lo dejaba sin palabras.

Por la noche, Candy llegaba acompañada de Albert, este se presentaba con Tom y ella, entraba a la casa.

- Buenas noches, Tom

- ¿Cómo estas, Albert? No sabía que habías vuelto, te pensé lejos.

- Si, he regresado. Necesito hablar contigo, en privado.

- Adelante, vayamos al campo.

Caminando en la obscuridad, ambos hombres se perdían por más de una hora, al volver serios. Candy estaba lavando platos y ayudando a Dayane. Luego Albert saludaba a los hombres que salían del comedor, para finalmente entrar y cenar con Candy y Dayane, quienes esperaron hasta su regreso.

- Dayane, el es Albert, el novio de Candy.

CONTINUARA


Gracias por leer y continuar siguiendo este fic, tratare de ir subiendo capítulos,si quieren más, favor de comentar

Un abrazo a la Distancia

Mayra Exitosa