—Cielo, tú lo que necesitas es que te echen un buen polvo.

Adora Grayskull se encogió al escuchar el grito de Glimmer en mitad del pequeño café de Nueva Orleans, donde se encontraban apurando los restos de un almuerzo consistente en judías rojas con arroz. Por desgracia para ella, la voz de su amiga poseía un encantador timbre agudo que podía hacerse oír incluso en mitad de un huracán.

Y que en esa ocasión fue seguido de un repentino silencio en el atestado local.

Al echar un vistazo a las mesas cercanas, Adora percibió que las personas dejaban de hablar y se giraban para observarlas con mucho más interés del que a ella le habría gustado.

¡Por el amor de Dios! ¿Es que Glimmer nunca va a aprender a hablar en voz baja? Y lo que es peor, ¿qué va a hacer ahora, quitarse la ropa y bailar desnuda sobre las mesas?, pensó.

Otra vez.

Por enésima vez desde que se conocieran, Adora deseó que Glimmer fuera capaz de sentir vergüenza. Pero su vistosa y a menudo extravagante amiga no conocía el significado de dicha palabra.

Adora se cubrió la cara con las manos e intentó no hacer caso a los curiosos mirones. Se sentía consumida por un deseo irrefrenable de deslizarse bajo la mesa, acompañado de una urgencia aún mayor de darle una buena patada a Glimmer.

—¿Por qué no hablas un poquito más alto, Glimm? —murmuró—. Supongo que las personas en Canadá no habrán podido escucharte.

—Bueno, yo no estoy tan seguro —dijo la guapísima camarera morena al detenerse junto a su mesa—. Lo más probable es que se dirijan hacia aquí mientras hablamos.

Un calor abrasador tomó por asalto las mejillas de Adora al contemplar la diabólica sonrisa que le dedicó la camarera, que a todas luces estaba en edad de acudir a la universidad.

—¿Puedo ofrecerles algo más, señoritas? —preguntó antes de volver a mirar a Adora—. O para ser más exactos, ¿hay algo que pueda hacer por usted, señorita?

¿Qué tal si me traes una bolsa con la que taparme la cabeza y un garrote para atizar a Glimmer?, pensó Adora.

—Creo que ya hemos acabado —respondió con la cara como un tomate. Mataría a Glimmer por aquello, sin lugar a dudas—. Solo necesitamos la cuenta.

—Muy bien —dijo antes de sacar la nota para escribir algo en la parte superior del papel. La colocó justo delante de Adora—. Puede hacerme una llamadita si necesita cualquier otra cosa.

Una vez que la camarera se hubo marchado, Adora se dio cuenta de que la chica había anotado su nombre y su teléfono en la parte superior del recibo.

Glimmer le echó un vistazo y soltó una carcajada.

—Espera y verás —le dijo Adora, reprimiendo una sonrisa mientras calculaba el importe de la mitad de la cuenta con su Palm Pilot—. Me las pagarás por esto.

Glimmer pasó por alto la amenaza y se dedicó a buscar el dinero en su bolso adornado con cuentas.

—Ya, ya, eso lo dices ahora; pero si y o estuviese en tu lugar, marcaría el número. Esa chica es monísima.

—Jovencísima, querrás decir —corrigió Adora—. Y creo que voy a pasar. Lo último que necesito es que me encierren por corrupción de menores.

Glimmer echó un vistazo hacia el lugar donde la camarera esperaba con una cadera apoyada en la barra.

—Sí, pero esa doña «Soy Igualita a Natalie Portman» que está ahí enfrente bien vale la pena. Me pregunto si tendrá algún hermano mayor…

—Y yo me pregunto cuánto estaría dispuesto a pagar Bow por saber que su mujer se ha pasado todo el almuerzo comiéndose con los ojos a una chavala.

Glimmer resopló mientras dejaba el dinero sobre la mesa.

—No me la estoy comiendo con los ojos en propio beneficio. Lo hago en el tuyo. Después de todo, era de tu vida sexual de lo que hablábamos.

—Vale, pues mi vida sexual funciona a las mil maravillas y no le interesa a la gente de este restaurante. —Y tras soltar el dinero en la mesa, cogió el último trozo de queso y se encaminó hacia la puerta.

—No te enojes —le dijo Glimmer mientras salía tras ella a la calle para incorporarse a la multitud de turistas y lugareños que atestaban Jackson Square.

Las notas de jazz de un solitario saxofón se escucharon por encima de la cacofonía de voces, caballos y motores de automóviles al mismo tiempo que una oleada del típico calor de Louisiana las recibía al salir a la calle.

Haciendo todo lo posible para pasar por alto el bochorno que hacía el aire casi irrespirable, Adora se abrió camino entre la multitud y los tenderetes ambulantes dispuestos a lo largo de la valla de hierro que rodeaba Jackson Square.

—Sabes que es cierto —le dijo Glimmer en cuanto estuvo a su lado—. Lo que quiero decir es que, por el amor de Dios, Adora, ¿cuánto hace desde la última vez? ¿Dos años?

—Cuatro —contestó ella con aire ausente—. Pero ¿a quién le interesa llevar la cuenta?

—¿Cuatro años sin sexo? —repitió Glimmer con incredulidad y a voz en grito.

Varios mirones se detuvieron para observar con curiosidad a Glimmer y a Adora.

Ajena como de costumbre a la atención que despertaban, Glimmer siguió con su diatriba.

—No me irás a decir que has olvidado que estamos en plena Era de la Electrónica, ¿verdad? O sea, vamos a ver: ¿alguno de tus pacientes sabe que llevas tanto tiempo sin sexo?

Adora acabó de tragarse el trozo de queso y miró a Glimmer con cara de pocos amigos. ¿Es que tenía la intención de pregonarlo para que toda persona o caballo que pasara por la zona pudiera enterarse?

—Baja la voz —le dijo antes de añadir con sequedad—: No creo que sea de la incumbencia de mis pacientes si soy o no la reencarnación de la Virgen. Y con respecto a la Era de la Electrónica, no quiero tener una relación con algo que funciona a pilas y viene acompañado de una etiqueta con advertencias.

Glimmer soltó un bufido.

—Ya, bueno, pues déjame decirte una cosa: la mayoría de las mujeres con las que saliste tendrían que haber venido acompañadas de una etiqueta con advertencias. —Alzó las manos para enmarcar la siguiente afirmación—: «Atención, por favor, Alerta Psicótica. Yo, perra toxica n°2, soy propensa a sufrir horribles cambios de humor y a poner caras largas; además, poseo la habilidad de decir la verdad a mi novia sobre sus aburridos hobbies de viejita sin previo aviso».

Adora soltó una carcajada. Había soltado de carrerilla en innumerables ocasiones ese discursito sobre las etiquetas que deberían llevar las personas que podrían ser parejas en potencia.

—Vaya, ya lo entiendo, Doctora Amor —dijo Glimmer, imitando la voz de la doctora Ruth, la conocida sexóloga que aparecía tanto en la radio como en la televisión—. Usted se limita a sentarse y a escuchar cómo sus pacientes le largan todos los detalles íntimos de sus encuentros sexuales, mientras que en lo personal vive como un miembro vitalicio del Club de las Bragas de Teflón. —Dejó de forzar el falso acento y añadió—: No puedo creer que después de todo lo que has escuchado en tus sesiones no haya nada que consiga revolucionarte las hormonas.

Adora la miró con una chispa de humor en los ojos.

—Mira, soy sexóloga. No me beneficiaría mucho que mis pacientes se dedicaran a hacerme experimentar la petite mort mientras echan fuera todos sus problemas. En serio, Glimm, perdería el título.

—Vale, pero no entiendo cómo puedes aconsejarles en algo cuando ni siquiera te acercas a una mujer.

Adora hizo una mueca y se encaminó hacia el lado opuesto de la plaza, dejando atrás el Centro de Información Turística para llegar hasta el lugar donde Glimmer había instalado el puestecillo en el que echaba las cartas del tarot y leía las líneas de la mano.

Suspiró al llegar al tenderete, que no era más que una mesa cubierta con una faldilla de color morado intenso.

—Sabes que no me importaría quedar con alguien por quien mereciera la pena depilarse las piernas. Pero la mayoría resulta ser una pérdida de tiempo tan evidente que prefiero sentarme en el sofá y ver las reposiciones de Plaza Sésamo.

Glimmer la miró con irritación.

—¿Qué tenía de malo Gwendy?

—Le olía fatal el aliento.

—¿Y Jamie?

—Nunca paraba de hablar fatal de los demás. Sobre todo, durante la cena.

—¿Tania?

Adora se limitó a mirar a su amiga.

Glimmer levantó las manos en un gesto defensivo.

—Vale, puede que tuviera un pequeño problema con lo de las apuestas. Pero, a decir verdad, todos necesitamos un hobby.

Adora la miró echando chispas por los ojos.

—Oye, Madame Glimmer, ¿ya has regresado de almorzar? —le preguntó Flutterina desde el puestecillo de al lado, donde vendía objetos de cerámica y dibujos hechos por ella.

Flutterina era unos años más joven que ellas, tenía el cabello teñido de rosa y siempre llevaba ropas que a Adora le hacían pensar que estaba delante de un hada.

Aquel día su vestimenta consistía en una diáfana falda blanca, que habría resultado obscena de no ser por los leotardos rosados que llevaba debajo, y una preciosa camisa de estilo medieval.

—Sí, ya he vuelto —respondió Glimmer mientras se arrodillaba para abrir la tapa del carrito de la compra que todas las mañanas aseguraba a la verja de hierro con una de esas cadenas para las bicicletas—. ¿Me he perdido algo interesante durante mi ausencia?

—Un par de chicos cogieron una de tus tarjetas y dijeron que regresarían después de comer.

—Gracias. —Glimmer guardó el monedero en el carro antes de sacar la caja azul de puros donde metía el dinero, el pañuelo de seda negra que contenía las cartas del tarot y un delgado, aunque gigantesco libro con tapas de cuero marrón que Adora no había visto nunca.

Glimmer se colocó su enorme sombrero de paja, se dio la vuelta y se puso en pie.

—¿Tus artículos tienen los precios marcados? —le preguntó a Flutterina.

—Sí —respondió la chica mientras cogía su monedero—. Sigo diciendo que trae mala suerte; pero al menos así si alguien quiere saber lo que valen cuando no estoy, puede mirarlo.

Un motero de aspecto rudo detuvo su moto al borde del arcén.

—¡Oye, Flutterina! —gritó el hombre—. Mueve el culo y ven aquí de una vez. Tengo hambre.

La chica lo saludó con la mano sin demostrar mucho interés.

—No te embales y relájate, Harry, o comerás tú solo —le contestó mientras caminaba sin prisas hacia él y se subía a la parte trasera de la moto.

Adora meneó la cabeza al verlos. Flutterina necesitaba mucho más que ella que alguien le diera un par de consejos acerca de los hombres con los que quedaba.

Los siguió con la mirada hasta que dejaron atrás el Cafe du Monde.

—Mmm… Un beignet sería un postre estupendo.

—La comida no es un sustituto del sexo —le dijo Glimmer mientras colocaba las cartas y el libro sobre la mesa—. ¿No es eso lo que siempre dices…?

—De acuerdo, ya has dejado claro tu punto de vista. Pero, en serio, Glimmer, ¿a qué viene este repentino interés por mi vida sexual o, mejor dicho, por mi falta de ella?

Glimmer cogió el libro.

—A que tengo una idea.

A pesar del calor agobiante, la respuesta de su amiga consiguió que un escalofrío la recorriera de arriba abajo. Y Adora no era de las que se asustaba con facilidad. Bueno, siempre y cuando no apareciera Glimmer con una de sus extravagantes ideas.

—¿No será otra sesión de espiritismo?

—No, esto es aún mejor.

Adora se encogió para sus adentros y comenzó a preguntarse qué estaría haciendo en esos momentos de haber tenido una compañera de habitación normal el primer año en Tulane, en lugar de la impulsiva Glimmer, aspirante a gitana. De algo estaba segura: no estaría discutiendo acerca de su vida sexual en medio de una calle llena de gente.

En ese preciso instante fue más consciente que nunca de lo diferentes que eran. Ella soportaba aquel calor húmedo con un ligero vestido de seda color crema sin mangas de Ralph Lauren y llevaba el pelo rubio recogido en un sofisticado moño. En cambio, Glimmer llevaba una larga y vaporosa falda negra con un ceñido top de tirantes morado que apenas cubría sus generosos senos. El pelo teñido de purpura y rizado, que le llegaba a los hombros, estaba recogido con un pañuelo de seda negra moteado como la piel de leopardo. El atuendo se completaba con unos enormes pendientes de plata en forma de luna llena que casi le llegaban a los hombros. Por no mencionar el yacimiento de plata que se había colocado en ambas muñecas en forma de un centenar y medio de pulseras. Pulseras que tintineaban cada vez que se movía.

La gente siempre había reparado en sus diferencias físicas, pero ella sabía que Glimmer escondía una mente astuta y una gran inseguridad bajo su «exótico» atuendo. Por dentro, se parecían mucho más de lo que cualquiera podría imaginar.

Excepto por la extraña creencia que Glimmer había desarrollado por el ocultismo.

Y por el insaciable apetito sexual de su amiga.

Tras acercarse a ella, Glimmer obligó a Adora a sujetar el libro entre sus poco dispuestas manos y comenzó a pasar las hojas. Adora hizo todo lo que pudo para no dejarlo caer.

Y para no poner los ojos en blanco.

—Encontré esto el otro día en esa vieja librería que hay junto al Museo de Cera. Estaba cubierto por una montaña de polvo. ¡Trataba de encontrar un libro sobre psicometría cuando de repente vi este y voilà! —Glimmer señaló de manera triunfal una página.

Adora miró el dibujo y se quedó con la boca abierta.

Jamás había visto algo parecido.

La mujer del dibujo era fascinante y la pintura estaba realizada con asombroso detalle. De no ser por las profundas marcas de impresión que había dejado el lápiz en la página al realizar el dibujo, habría jurado que en realidad era una fotografía de alguna antigua estatua griega.

No, se corrigió, de alguna diosa griega. Estaba claro que ningún mortal podría tener jamás tan magnífico aspecto.

De pie y desnuda en toda su gloria, la chica exudaba poder, autoridad y una aplastante y salvaje sexualidad. Pese al aire indiferente de su postura, la chica parecía una depredadora lista para pasar a la acción en cualquier momento.

Las venas se marcaban en ese cuerpo que prometía una fuerza inigualable, concebida específicamente para proporcionar placer.

Con la boca seca, Adora paseó su mirada por esos músculos, que tenían el tamaño perfecto en proporción a su altura y peso. Contempló los espectaculares pechos de un tamaño perfecto para la dueña y bajó la vista hasta el abdomen con forma de tableta de chocolate que parecía suplicar ser acariciada.

Y entonces llegó al ombligo.

Y después a…

Bueno, eso no era lo que llevaba típicamente una mujer entre las piernas y normalmente no le hubiera llamado la atención a Adora sino fuera porque estaba unido a un espécimen tan magnifica, nadie se había molestado en tapar aquello con una hoja de parra. ¿Y para qué iban a hacerlo? ¿Quién en su sano juicio iba a querer ocultar unos atributos tan estupendos?

Puestos a pensar, ¿quién necesitaría un artilugio con pilas si tenía aquello en su casa?

Adora se humedeció los labios antes de volver a contemplar su rostro.

Al examinar con atención esos rasgos marcados y atractivos en los que se adivinaba el atisbo de una sonrisa felina, le vino a la mente la imagen de una ligera brisa que agitaba esos salvajes mechones castaños, brillantes por el sol y que los enredaba alrededor de un cuello especialmente pensado para cubrirlo de besos; la imagen de unos penetrantes ojos heterocromaticos mientras la chica alzaba una lanza de hierro sobre su cabeza y comenzaba a gritar.

De repente, sintió un estremecimiento en el aire cálido y denso que la rodeaba; un estremecimiento que pareció acariciar las zonas de su piel que no estaban cubiertas.

Casi podía escuchar el timbre rasposo y seductor de la voz de la chica y sentir que unos fuertes brazos la envolvían y la apretaban contra un pecho, mientras su cálido aliento le rozaba la oreja. Sintió que unas manos fuertes y expertas recorrían su cuerpo y le proporcionaban un deleite exquisito mientras buscaban el más íntimo de los lugares.

Notó un escalofrío en la espalda y su cuerpo comenzó a palpitar en zonas donde ella no sabía que pudiese hacerlo. Era una necesidad feroz y exigente que no había experimentado jamás.

Parpadeó y echó un vistazo a Glimmer para ver si también ella se había visto afectada del mismo modo. Pero si así era, no daba señales de ello.

Debía de estar alucinando. ¡Eso era! Las especias de las judías habían llegado hasta su cerebro y lo habían convertido en papilla.

—¿Qué opinas de ella? —le preguntó Glimmer cuando por fin la miró a los ojos.

Adora se encogió de hombros en un esfuerzo por controlar la hoguera que abrasaba su cuerpo. Aun así, sus ojos se empeñaban en regresar a las perfectas formas de la mujer.

—Se parece a una paciente que atendí ayer.

Bueno, no era del todo cierto… La chica que había estado en su consulta era bastante atractiva, pero ni por asomo tanto como la del dibujo.

¡No había conocido a nadie como ella en toda su vida!

—¿De verdad? —Los ojos de Glimmer adquirieron un matiz oscuro que pronosticaba el comienzo de su sermón acerca de las oportunidades de conseguir una cita y la intervención del destino.

—Sí —dijo con el fin de interrumpir a su amiga antes de que pudiese comenzar a hablar—. Me dijo que era una lesbiana atrapada en el cuerpo de un hombre.

La expresión esperanzada de Glimmer se vino abajo. Le quitó el libro de las manos y lo cerró de golpe antes de dedicarle a Adora una mirada rebosante de irritación.

—Qué gente más rara conoces. —Y al ver que Adora arqueaba una ceja, añadió—: Ni se te ocurra decirlo —masculló mientras ocupaba su sitio habitual tras la mesa. Colocó el libro boca abajo a su lado—. Hazme caso: esto —afirmó dando dos golpecitos al libro— es lo que estás buscando.

Adora estudió con detenimiento a su amiga mientras pensaba en lo convincente que parecía Madame Glimmer, la autoproclamada Señora de la Luna, allí sentada detrás de la mesa morada con las cartas del tarot delante y el misterioso libro bajo la mano. En ese momento, casi habría podido creer que Glimmer era de verdad una gitana con poderes sobrenaturales.

De haber creído en esas cosas, claro.

—Vale —dijo Adora, dándose por vencida—. Deja de andarte por las ramas y dime qué tienen que ver ese libro y ese dibujo con mi vida sexual.

El rostro de Glimmer adoptó una expresión de lo más seria.

—La tipa que te he enseñado… C'yra… es una esclava sexual griega que está obligada a consagrarse y someterse a aquel que la invoque.

Adora estalló en carcajadas. Sabía que estaba siendo muy maleducada, pero no podía evitarlo. Pese a todas sus particularidades, a Adora le resultaba imposible aceptar que una mujer premiada con la beca Rhodes, con una licenciatura en Historia Antigua y otra en Física, creyera en algo tan ridículo.

—No te rías. Lo digo en serio.

—Lo sé y eso es lo que me hace tanta gracia. —Se aclaró la garganta y se puso seria—. Vale, ¿qué tengo que hacer? ¿Quitarme la ropa y bailar desnuda en Pontchartrain a medianoche? —Las comisuras de su boca se curvaron un poco a pesar de la oscura advertencia que leía en los ojos de Glimmer—. Tienes razón: así conseguiría una buena sesión de sexo, pero no creo que fuese con una espléndida esclava sexual griega.

El libro se cayó de la mesa.

Glimmer dio un grito, se levantó de un salto y tiró la silla.

Adora se quedó con la boca abierta.

—Lo has empujado con el codo, ¿verdad?

Con los ojos abiertos como platos, Glimmer negó muy despacio con la cabeza.

—Confiésalo, Glimm.

—Yo no he hecho nada —dijo con una expresión mortalmente seria—. Creo que la acabas de ofender.

Agitando la cabeza ante semejante necedad, Adora sacó las gafas de sol y las llaves del bolso. Sí, claro, igual que aquella vez en la facultad, cuando Glimmer la había convencido de que jugaran a la ouija y lo había amañado todo para que pronosticara que se iba a casar con una diosa griega al cumplir los treinta y que iba a tener seis hijos con ella.

Incluso a esas alturas, Glimmer se negaba a admitir que había sido ella quien dirigiera el puntero.

Y en ese preciso momento hacía demasiado calor bajo el implacable sol de agosto para discutir.

—Mira, debo regresar a la consulta. Tengo una cita a las dos en punto y no quiero pillar un atasco —le dijo mientras se ponía las Ray -Ban—. ¿Sigues queriendo venir esta noche?

—No me lo perdería por nada del mundo. Llevaré el vino.

—Bien, entonces te veo a las ocho. —Hizo una larga pausa antes de añadir—: Saluda a Bow de mi parte y dale las gracias por el regalo que me mando y que no sé preocupe por no poder ir.

Glimmer observó cómo se alejaba y sonrió.

—Espera a ver tu regalo de mi parte —susurró antes de recoger el libro del suelo.

Pasó la mano por la suave tapa de cuero repujado y quitó unas cuantas motas de polvo.

Lo abrió de nuevo para observar una vez más aquel maravilloso dibujo y aquellos ojos que habían sido dibujados con tinta negra y que, pese a todo, daban la impresión de ser de unos profundo azul cobalto y dorado ambar.

En esa ocasión, su hechizo funcionaría. Estaba segura.

—Te gustará Adora, C'yra —le susurró la chica mientras recorría con los dedos su cuerpo perfecto—. Pero debo advertirte algo: acabaría con la paciencia de un santo. Y te aseguro que traspasar sus defensas te va a resultar más difícil que abrir una brecha en la muralla de Troya. Aun así, sigo creyendo que, si alguien puede ayudarla, esa eres tú.

Sintió que el libro desprendía una súbita oleada de calor bajo su mano y supo por instinto que era la forma en que C'yra le mostraba su acuerdo.

Adora estaba convencida de que era una chiflada por creer en esas cosas, pero siendo la séptima hija de una séptima hija y con la sangre gitana que corría por sus venas, Glimmer sabía muy bien que había ciertas cosas en la vida que desafiaban cualquier explicación. Ciertas corrientes de energía misteriosa que fluían y manaban sin ser percibidas, a la espera de que alguien las canalizara.

Y esa noche habría luna llena.

Devolvió el libro a la seguridad del carrito de la compra y lo cerró con llave.

Tenía la certeza de que había sido el destino quien había llevado el libro hasta ella.

Había sentido su llamada tan pronto como se acercó a la estantería donde se encontraba.

Puesto que llevaba dos años felizmente casada, sabía que el libro no era para ella. Tan solo la estaba usando para llegar a donde necesitaba ir.

Hasta Adora.

Su sonrisa se ensanchó al imaginarse lo que sería tener a su disposición durante todo un mes a esa esclava sexual griega tan increíblemente atractiva…

Sí, ese sería sin duda un cumpleaños que Adora recordaría durante el resto de su vida.