Adora permaneció inmóvil durante horas, escuchando la respiración tranquila y acompasada de Catra, que dormía a su lado. La soldado había colocado una pierna entre sus muslos y le rodeaba la cintura con un brazo.

Sentir ese cuerpo envolviéndola la hacía palpitar de deseo.

Y su olor…

Le estaba costando la misma vida no darse la vuelta y enterrar la nariz en la fragancia ligera y especiada de su piel. Nadie la había hecho sentirse así jamás.

Tan querida, tan segura.

Tan deseable.

Y se preguntaba cómo era posible algo así, teniendo en cuenta que apenas se conocían. Carea la afectaba de una forma que trascendía lo meramente físico.

Era tan fuerte, tan imponente… Y tan divertida. La hacía reír y la conmovía hasta lo más profundo.

Extendió el brazo y pasó los dedos con suavidad por la mano que tenía delante, justo bajo la barbilla. Esta chica tenía unas manos preciosas. Largas y elegantes. Incluso relajadas durante el sueño, poseían una fuerza innegable. Y la magia que eran capaces de obrar sobre su cuerpo…

No era sino un milagro.

Pasó el pulgar por el anillo de general y se preguntó qué aspecto habría tenido Catra entonces. A menos que la maldición hubiera alterado su apariencia física, no parecía ser muy mayor. Desde luego, no pasaba de los treinta.

¿Cómo podría haber liderado un ejército a una edad tan temprana? Aunque, a decir verdad, Alejandro Magno apenas tenía edad para afeitarse cuando comenzó sus campañas.

Catra debía de haber sido increíble en el campo de batalla. Adora cerró los ojos y trató de imaginársela a caballo, cargando contra sus enemigos. Visualizó una vívida imagen de la general vestida con la armadura y con la espada en alto mientras luchaba cuerpo a cuerpo con los romanos.

—¿Lonn?

Adora se tensó al escucharla murmurar en sueños. Giró sobre el colchón para mirarla

—¿Catra?

Ella tensó el cuerpo y comenzó a hablar en una confusa mezcla de inglés y griego clásico.

—¡No! ¡Oki! ¡Oki! ¡No!

Catra se sentó en la cama. Adora no habría sabido decir si estaba dormida o despierta.

De forma instintiva, le tocó el brazo. Lanzando una maldición, Catra la agarró y tiró de ella para colocarla encima de su cuerpo antes de arrojarla de nuevo de espaldas contra el colchón. Los ojos de la mujer mostraban una expresión salvaje mientras la sujetaba y tenía los labios fruncidos.

—¡Maldito seas! —masculló.

—Catra —jadeó Adora cuando ella aumentó la presión de sus manos. Intentó que la soltara—. ¡Soy yo, Adora!

—¿Adora? —repitió ella con el ceño fruncido, tratando de enfocar la mirada sobre su rostro.

Tras parpadear unas cuantas veces, se apartó de ella. Alzó las manos y las bservó como si fuesen dos apéndices extraños que no hubiera visto jamás.

Después clavó los ojos en Adora.

—¿Te he hecho daño?

—No, estoy bien. ¿Y tú?

Catra no se movió.

—¿Catra? —Extendió una mano hacia ella.

Se alejó de Adora como si se tratara de una criatura venenosa.

—Estoy bien. Era un mal sueño.

—¿Un mal sueño o un mal recuerdo?

—Un mal recuerdo que no deja de perseguirme en sueños —murmuró con la voz cargada de dolor antes de levantarse de la cama—. Debería dormir en otro sitio. Adora la agarro por el brazo antes de que pudiera marcharse y la arrastró de nuevo hacia la cama.

—¿Eso es lo que siempre hacías en el pasado?

Ella asintió.

—¿Le has contado tus pesadillas a alguien?

Catra la miró horrorizado. ¿Por quién la había tomado?

¿Por una niña llorona que necesitaba a su madre?

Siempre había guardado la angustia en su interior. Tal y como le habían enseñado. Solo durante las horas de sueño los recuerdos podían traspasar sus defensas. Solo cuando dormía era débil.

En el libro no había nadie que pudiera resultar herido cuando la asaltaba la pesadilla. Pero una vez liberada de su confinamiento, sabía que era mucho mejor no dormir al lado de alguien a quien pudiera agarrar sin darse cuenta mientras el sueño la poseía.

Podría haberla matado sin querer.

Y esa idea la aterraba.

—No —susurró—. Jamás se lo he contado a nadie.

—Entonces, cuéntamelo a mí.

—No —respondió con firmeza—. No quiero revivirlo.

—Lo revives cada vez que sueñas, así que, ¿qué más da? Déjame acercarme a ti, Catra. Deja que intente ayudarte.

¿Se atrevería a albergar esperanzas de que ella pudiese ayudarla?

Conoces muy bien la respuesta, le dijo su mente.

Pero aun así…

Quería exorcizar los demonios. Quería dormir toda una noche en paz, libre del tormento.

—Cuéntamelo —insistió ella en voz baja.

Adora percibió la renuencia de la guerrera cuando se reunió con ella en la cama. Permaneció sentada en el borde, con la cabeza entre las manos.

—Me preguntaste una vez qué fue lo que hice para que me maldijeran…Pues bien, me maldijeron porque traicioné al único hermano que jamás he conocido. La única familia que he tenido en la vida.

La angustia de su voz caló muy hondo en Adora Deseaba con desesperación poder acariciarle la espalda para reconfortarla, pero no se atrevió por si ella volvía a apartarse.

—¿Qué hiciste?

Catra se pasó una mano por el cabello y cerró el puño alrededor de los mechones. Con la mandíbula más rígida que el acero y la mirada fija en la alfombra, contestó:

—Dejé que la envidia me envenenase.

—¿Cómo?

Guardó silencio un rato antes de volver a hablar.

—Conocí a Lonn poco después de que mi madrastra me enviase a vivir a los barracones.

Adora recordaba de forma vaga que Glimmer le había contado algo acerca de los barracones espartanos, donde se obligaba a vivir a los niños alejados de sus hogares y de sus familias. Siempre se los había imaginado como una especie de internado.

—¿Cuántos años tenías?

—Siete.

Incapaz de imaginar que la obligaran a apartarse de sus padres a esa edad, Adora jadeó.

—Era algo de lo más normal —dijo Catra sin mirarla—. Aunque era una niña algo pequeña para mi edad, eso no importaba. Además, la vida en los barracones era infinitamente mejor que la que llevaba junto a mi madrastra.

Adora percibió el veneno que destilaba su voz y se preguntó cómo habría sido aquella mujer.

—Entonces, ¿Lonn vivía contigo en los barracones?

—Sí —murmuró Catra—. Cada barracón estaba dividido en grupos, y cada uno elegía a un líder. Lonn era el líder de mi grupo.

—¿Qué hacían esos grupos?

—Éramos una especie de unidad militar. Estudiábamos, nos encargábamos de varias tareas, pero sobre todo nos agrupábamos para poder sobrevivir.

Adora se sobresaltó al escuchar esa palabra tan dura.

—¿Sobrevivir a qué?

—Al estilo de vida espartano —contestó Catra con voz áspera—. No sé si conoces algo sobre las costumbres del pueblo de mi padre, pero no contaban con los mismos lujos que el resto de los griegos.

» Los espartanos solo querían una cosa de sus hijos: que nos convirtiéramos en la fuerza militar más impresionante del mundo antiguo. Para prepararnos, nos enseñaban cómo sobrevivir cubriendo tan solo las necesidades más básicas. Nos daban una sola túnica que debíamos conservar durante todo un año, y si se estropeaba, la perdíamos, o acababa por quedarnos pequeña, debíamos apañárnosla sin ninguna. Se nos permitía tener una cama, siempre y cuando la hiciésemos nosotros. Y una vez que llegábamos a la pubertad, no se nos permitía llevar ningún tipo de calzado.

Dejó escapar una carcajada amarga.

—Aún puedo recordar lo mucho que me dolían los pies durante el invierno. Teníamos prohibido encender fuego, y tampoco podíamos taparnos con una manta, así que nos envolvíamos los pies con harapos para evitar que se nos congelaran durante la noche. Por la mañana sacábamos los cadáveres de los chicos que habían muerto de frío.

Adora se encogió de espanto ante el mundo que Catra describía. Trató de imaginarse cómo debía de haber sido vivir así. Peor aún, recordó el berrinche que había cogido a los trece años porque se encaprichó de unos zapatos de ochenta dólares que, según su madre, no eran apropiados para una niña. Sin embargo, a esa misma edad Catra estaba buscando harapos. La injusticia de aquello le partía el corazón en pedazos.

—Solo erais niños.

—Jamás fui un niño —le respondió con sencillez—. Pero lo peor de todo era que apenas nos daban comida, de modo que nos veíamos obligados a robar o a morir de hambre.

—¿Y los padres lo permitían?

Le dedicó una mirada irónica por encima del hombro.

—Lo consideraban un deber cívico. Y puesto que mi padre era el stratgoi de Esparta, la mayoría de los profesores y de los chicos me despreciaron desde el primer momento. Me daban mucha menos comida que al resto.

—¿Tu padre era qué? —le preguntó, ya que no comprendía el término griego que Catra había empleado.

—El general supremo, si lo prefieres. —Respiró hondo antes de continuar—. A causa de su posición y de su reputada crueldad, yo era una rechazada para mi grupo. Mientras ellos se unían para poder robar comida, a mí me dejaban de lado para que sobreviviera como pudiera. Un día pescaron a Lonn robando comida. Cuando regresamos a los barracones, iban a castigarlo por haber permitido que lo atraparan. Así es que di un paso al frente y asumí toda la culpa.

—¿Por qué?

Catra se encogió de hombros para restarle importancia al asunto.

—Jasón estaba tan débil por la paliza que le habían dado antes que pensé que no sobreviviría si le daban otra.

—¿Y por qué lo habían golpeado antes?

—Era nuestro modo de empezar el día. Tan pronto como nos sacaban a rastras de la cama, nos daban una buena tunda.

Adora esbozó una mueca de dolor.

—Entonces, ¿por qué dejaste que te pegaran en su lugar si tú también estabas herido?

—Como soy hija de una diosa, puedo aguantar bastantes golpes.

Ella cerró los ojos al recordar las palabras que Glimmer había dicho esa misma tarde. En esta ocasión no pudo resistir el impulso de acercarse a Catra. Le puso la mano sobre el bíceps.

Catra no se apartó.

En cambio, le cubrió la mano con la suya y le dio un ligero apretón.

—A partir de aquel día, Jasón me consideró su hermana e hizo que los demás me aceptaran. Aunque mi madre y mi padre tenían otros hijos, nunca había tenido un hermano antes.

Ella sonrió.

—¿Qué ocurrió después?

El bíceps se contrajo bajo su mano.

—Decidimos aunar fuerzas para conseguir lo que necesitábamos. Él distraía a la gente y yo robaba; así, si nos pillaban, yo me llevaba los golpes.

« ¿Por qué?» Adora tenía esa pregunta en la punta de la lengua, pero se la mordió. En el fondo, conocía la respuesta: Catra estaba protegiendo a su hermano.

—Con el paso del tiempo —continuó ella—, comencé a notar que su padre lo observaba a escondidas en el pueblo. El amor y el orgullo en su rostro eran algo indescriptible. Su madre hacía lo mismo. Se suponía que debíamos apañárnoslas para conseguir comida, pero algunos días Lonn encontraba cosas que sus padres le habían dejado. Pan fresco, cordero asado, una jarra de leche… y a veces, dinero.

—Qué tierno.

—Sí, lo era; pero cada vez que me daba cuenta de lo que hacían por él, la realidad me destrozaba. Quería que mis padres sintieran lo mismo por mí. Habría entregado mi vida de buena gana por que mi padre me mirara una sola vez sin odio; o por que mi madre se preocupara por mí lo bastante para venir a verme. Lo más cerca que estuve nunca de ella fue en su templo de Thimaria. Solía pasar horas contemplando su estatua y preguntándome si sería así de verdad. Preguntándome si pensaba alguna vez en mí.

Adora se sentó tras Catra, la abrazó por la cintura y colocó la barbilla sobre su

hombro.

—¿Nunca viste a tu madre cuando eras pequeña?

Catra le rodeó los brazos con los suyos y echó la cabeza hacia atrás para dejarla reposar sobre el hombro de Adora. Ella sonrió ante el gesto. A pesar de lo tensa y lo nerviosa que estaba, le estaba confiando cosas que, estaba segura, jamás había compartido con otra persona.

Y eso hacía que se sintiera muy cerca de ella.

—No la he visto nunca —confesó en voz baja—. Me enviaba a otros, pero ella jamás se ha presentado ante mí. Sin importar lo mucho que le implorara, siempre se negó a venir. Después de un tiempo, dejé de pedírselo. Y al final, también dejé de entrar en sus templos.

Adora depositó un beso tierno sobre su hombro. ¿Cómo podía haberla ignorado su madre? ¿Cómo podía una madre pasar por alto el ruego de un hijo que le suplicaba que fuera a verlo?

Recordó a sus propios padres. El amor y la ternura que le habían prodigado.

Y por primera vez se dio cuenta de que lo que sentía por su muerte estaba mal.

Durante todos esos años siempre había pensado que habría sido mucho mejor no conocer el cariño que le habían arrebatado de modo tan cruel.

Sin embargo, no era así. Aunque los recuerdos de su infancia y de sus padres eran agridulces, la reconfortaban.

Catra no había conocido nunca la ternura de un abrazo. Ni la seguridad de saber que, hiciera lo que hiciese, sus padres siempre estarían a su lado.

No quería ni imaginarse lo que sería pasar una infancia como la de Catra.

—Pero tenías a Lonn —le susurró, preguntándose si habría sido suficiente para ella.

—Sí. Después de que mi padre muriera cuando yo tenía catorce años, Lonn fue lo bastante amable como para dejarme ir a su casa cuando nos daban permiso. Fue durante una de aquellas visitas cuando vi por primera vez a Penélope.

Adora sintió una pequeña punzada de celos al escuchar el nombre de la esposa de Catra.

—Era tan hermosa… —murmuró ella—, y estaba prometida a Lonn.

Adora se quedó paralizada al escuchar sus palabras.

Vay a, vaya… la cosa se ponía fea.

—Lo peor era —prosiguió Catra al tiempo que le acariciaba el brazo con suavidad— que estaba enamorada de él. Cada vez que íbamos de visita, se arrojaba en brazos de Lonn para besarlo. Para decirle lo mucho que significaba para ella. Cuando nos marchábamos, le pedía en voz baja que tuviese cuidado. Ella también le dejaba comida para que la encontrase.

Catra hizo una pausa mientras recordaba la imagen de Lonn cuando volvía a los barracones con los regalos de Penélope.

« Algún día te casarás, Catra» , le había dicho su amigo mientras hacía gala de los obsequios. « Pero jamás tendrás a nadie como mi esposa para calentarte la cama» .

Aunque su amigo no lo dijera, Catra conocía el motivo de tales palabras: ningún noble pomposo entregaría a su hija en matrimonio a una bastarda desheredada sin familia alguna que lo reconociese. Y los hombres, por mucho que les gustase Catra no estaban dispuestos a casarse con una mujer que no les pudiera dar hijos de sangre.

Cada vez que su amigo pronunciaba esas palabras, su alma se hacía pedazos.

Había ocasiones en las que sospechaba que Lonn echaba sal en sus heridas movido por los celos, ya que Penélope se la comía con los ojos cuando pensaba que su prometido no se daba cuenta. Puede que Lonn fuera el dueño de su corazón, pero al igual que el resto, Penélope la devoraba con la mirada cada vez que estaba cerca.

Fue por ese motivo que Lonn dejó de invitarla a su casa. Y el hecho de que le prohibieran regresar al único hogar que había conocido, acabó por destrozarla.

—Tendría que haber dejado que se casaran —continuó Catra mientras acunaba la cabeza de Adora en su brazo y enterraba el rostro en su cuello para inhalar el dulce aroma de su piel—. Ya lo sabía por aquel entonces, pero no podía soportarlo. Año tras año, vería cómo ella lo amaba, lo mucho que lo adoraba su familia, mientras que yo ni siquiera tenía un hogar adonde acudir.

—¿Por qué? —preguntó Adora—. Has dicho que tenías hermanos, ¿no te habrían dejado quedarte con ellos?

Catra negó con la cabeza.

—Los hijos de mi padre me odiaban a muerte. Su madre me habría permitido quedarme con ellos, pero me negaba a pagar el precio que pedía a cambio. No tenía mucho en aquellos días, pero aún conservaba mi dignidad.

—Ahora también la tienes —murmuró ella, abrazándola con más fuerza por la cintura—. He sido testigo de ella.

Catra la soltó y dejó pasar sus palabras con la mandíbula tensa.

—¿Qué le ocurrió a Lonn? —preguntó Adora. Quería que siguiera hablando mientras estuviese de humor—. ¿Murió en combate?

Catra soltó una carcajada amarga.

—No. Cuando fuimos lo bastante mayores para unirnos al ejército, me encargué de mantenerlo a salvo en el campo de batalla. Había prometido a Penélope y a su familia que no permitiría que le ocurriera nada.

Adora sintió que el corazón de Catra latía con rapidez bajo sus brazos.

—Según pasaban los años, fue mi nombre el que la gente comenzó a susurrar con temor y respeto. Mi leyenda y mis victorias se relataban una y otra vez. Y cuando regresaba a Thimaria, acababa durmiendo en la calle o en la cama de cualquiera que me abriese la puerta para pasar la noche, a la espera de que me llegara la hora de regresar a la batalla.

Los ojos de Adora se llenaron de lágrimas al percibir el dolor que traslucía la voz de Catra. ¿Cómo podían haberla tratado de esa manera?

—¿Qué pasó para que cambiaran las cosas? —le preguntó.

Ella dejó escapar un suspiro.

—Una noche, mientras buscaba un lugar para dormir, me tropecé con Lonn y Penélope en la calle disfrutando de un abrazo de amantes. Me disculpé con rapidez, pero al alejarme, escuché que Lonn le decía algo a Penélope.

Todo su cuerpo se puso rígido entre los brazos de Adora y el ritmo de su corazón se aceleró todavía más.

—¿Qué dijo? —la apremió Adora.

Los ojos de Catra se ensombrecieron.

—Ella le preguntó que por qué nunca me quedaba en casa de mis hermanos. Lonn se echó a reír y le contestó: « Nadie quiere a Catra. Es la hija de Afrodita, la diosa del amor, y ni siquiera ella soporta estar cerca de Catra» .

Adora se quedó sin respiración al escuchar las crueles palabras; no quería ni imaginarse lo que habría sentido Catra al oírlas.

La general macedonia tomó aire con brusquedad.

—Le había cubierto las espaldas más veces de las que podía recordar. Me habían herido en batalla en incontables ocasiones por protegerlo, incluyendo una vez en la que una lanza me atravesó el costado. Y allí estaba él, burlándose de mí delante de ella. No pude soportar la injusticia. Lo consideraba mi hermano. Y supongo que al final lo fue, ya que me trató del mismo modo que el resto de mi familia. Yo siempre había sido una hijastra bastarda. Sola y repudiada. No entendía por qué él tenía tantas personas que lo querían cuando yo me habría conformado con una sola. Así que, herida y enfadada por sus palabras, hice lo que jamás había hecho: invocar a Eros.

Adora pudo imaginarse sin problemas lo que había ocurrido después.

—Hizo que Penélope se enamorara de ti.

Catra hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Disparó a Lonn con una flecha de plomo que mató su amor por Penélope y a ella le disparó con una de oro para que se enamorara de mí. Se suponía que todo debía acabar ahí, pero…

Adora aguardó a que encontrase las palabras para continuar mientras la mecía con suavidad entre sus brazos.

—Tardé dos años en convencer a su padre de que le permitiera casarse con una bastarda desheredada sin influencias familiares. Para entonces, mi leyenda se había hecho más grande y me habían ascendido. Por fin había logrado acumular riquezas suficientes para hacer que Penélope viviese como una reina. Y en lo que se refería a ella, no reparé en gastos. Teníamos jardines, sirvientes y todo lo que se le antojaba. Le di la libertad y la independencia de las que jamás disfrutaron las demás mujeres de la época.

—Pero no fue suficiente…

Catra negó con la cabeza.

—Seguía faltando algo y yo sabía que ella no se encontraba bien. Aun antes de que Eros interviniese, Penélope siempre fue una mujer demasiado emocional. Dependía de Lonn de un modo reprobable para las espartanas; en una ocasión en la que fue herido, se rapó totalmente la cabeza como muestra de su dolor.

» Después de que Eros disparara sus flechas, Penélope comenzó a pasar por largos períodos de depresión y de furia. Yo hice todo lo que pude por ella y traté de que fuera feliz.

Adora le acarició el pelo mientras la escuchaba.

—Decía que me quería, pero yo notaba que no se interesaba por mí del mismo modo que lo había hecho por Lonn. Me entregaba su cuerpo de forma generosa, pero no había verdadera pasión en sus caricias. Lo supe desde la primera vez que la besé.

» Intenté convencerme de que no importaba. Muy pocas personas de la época hallaban el amor en el matrimonio. Además, me ausentaba durante meses, a veces incluso años, mientras dirigía mi ejército. Pero al final, supongo que me parezco demasiado a mi madre, porque siempre anhelé más.

Adora se compadeció de ella.

—Y entonces llegó el día en que Eros también me traicionó.

—¿Te traicionó? ¿Cómo? —preguntó ansiosa, intuyendo que ese era el origen de la maldición.

—Príapo y él estuvieron bebiendo la noche posterior a que yo matara a Livio. Borracho, Eros le contó lo que había hecho por mí. Tan pronto como Príapo escuchó la historia, supo cómo vengarse.

» Fue al Inframundo y cogió agua de la Laguna de la Memoria para ofrecérsela a Lonn. En cuanto el agua tocó sus labios, recordó su amor por Penélope. Príapo le contó lo que yo había hecho y le entregó más agua para que se la diera a beber a ella.

Catra notaba que sus labios articulaban las palabras, pero dejó de ser consciente de lo que decía. Cerró los ojos y revivió aquel aciago día.

Acababa de entrar en la casa procedente de los establos, cuando vio a Penélope y a Lonn en el atrio. Besándose.

Atónita, se detuvo a mitad de camino cuando una oleada de temor se apoderó al ser testigo de la pasión de aquel abrazo.

Hasta que Lonn alzó la mirada y la vio en la puerta.

En el mismo instante que sus ojos se encontraron, Lonn frunció los labios en una mueca de aversión.

—¡Ladrona despreciable! Príapo me contó tu traición. ¿Cómo has podido?

Con el rostro desfigurado por el odio, Penélope se abalanzó sobre Catra y la abofeteó.

—Asquerosa bastarda, podría matarte por lo que has hecho.

—Yo la mataré —gritó Lonn al tiempo que desenvainaba su espada.

Catra trató de apartar a Penélope, pero ella se negó.

—Por todos los dioses, ¡he dado a luz a tus hijos! —exclamó su esposa antes de tratar de arañarle la cara.

Catra la sujetó por las muñecas.

—Penélope, yo…

—¡No me toques! —le gritó, zafándose de sus manos—. Me das asco. ¿Crees que alguien en su sano juicio te querría a la luz del día? Eres despreciable. Repulsiva.

Le dio un empujón que lo envió en dirección a Lonn.

—Córtale la cabeza. Quiero bañarme en su sangre hasta que no pueda distinguir su olor en mi piel.

Lonn blandió la espada.

Catra dio un salto hacia atrás con el fin de ponerse fuera del alcance del arma.

De forma instintiva, buscó su propia espada, pero se detuvo antes de sacarla.

Lo último que deseaba era derramar la sangre de Lonn.

—No quiero luchar contigo.

—¿No? ¡Has violado a mi mujer y has engendrado hijos en ella que deberían haber sido míos! Te recibí en mi hogar con los brazos abiertos. Te di una cama cuando nadie te quería cerca, ¿y así me lo pagas?

Catra lo miró con incredulidad.

—¿Que así te pago? ¿Tienes la más mínima idea de todas las ocasiones en las que te he salvado la vida durante las batallas? ¿De cuántas palizas he soportado en tu lugar? ¿Acaso puedes contarlas? Y aun así, te atreviste a burlarte de mí.

Lonn se rió con crueldad.

—Todos excepto Scorpio se burlaban de ti, imbécil. De hecho, era el único que te defendía, con tanto empeño que a veces me hacía plantearme qué haríais juntos cuando estabais a solas.

Reprimiendo una ira que la habría dejado totalmente expuesto y vulnerable al ataque de Lonn, Catra se agachó para esquivar la siguiente estocada.

—Déjalo, Lonn. No me obligues a hacer algo de lo que ambos nos arrepentiríamos más tarde.

—De lo único que me arrepiento es de haber dado cobijo a una ladrona en mi casa —bramó Lonn con ira antes de alzar la espada de nuevo.

Catra intentó agacharse, pero Penélope se acercó hasta ella por detrás y le propinó un empujón.

La espada de Lonn le dio en las costillas.

Siseando de dolor, Catra sacó su propia espada y la blandió de tal modo que habría dejado a su amigo sin cabeza de haberlo alcanzado.

Lonn luchaba a muerte, pero Catra se limitaba a defenderse al tiempo que trataba de colocar a Penélope fuera del alcance de las espadas.

—No lo hagas, Lonn. Sabes que tu habilidad con la espada es inferior a la mía.

Su amigo intensificó el ataque.

—No pienso permitir que te quedes con ella de ninguna de las maneras.

Los segundos que siguieron se sucedieron con demasiada rapidez, pero aun así, Catra rememoró las imágenes en su cabeza con una claridad meridiana.

Penélope la agarró del brazo libre al mismo tiempo que Lonn atacaba. Su esposa la empujó y la espada no la hirió de milagro. Totalmente desequilibrada, trató de liberarse de Penélope, pero con ella en medio lo único que consiguió fue tambalearse hacia delante en el preciso momento en que Lonn avanzaba hacia ellos.

En el instante en que chocaron, sintió cómo su espada se hundía en el cuerpo de su amigo.

—¡No! —gritó Catra, que sacó la hoja del vientre de Lonn al tiempo que Penélope dejaba escapar un atormentado chillido de pura angustia.

Lonn cayó al suelo muy despacio.

Mientras se arrodillaba, Catra arrojó su espada a un lado y cogió a su amigo.

—¡Dioses del Olimpo! ¿Qué has hecho?

Escupiendo sangre y tosiendo, Lonn le lanzó una mirada acusadora.

—Yo no he hecho nada. Has sido tú la que me ha traicionado. Éramos hermanos y me robaste el corazón.

Lonn tragó con dificultad mientras sus ojos claros se clavaban en Catra.

—Jamás tuviste nada que no robaras antes.

Catra comenzó a temblar, consumida por la culpa y la agonía. Jamás había tenido intención de que sucediera algo así. Nunca había querido que alguien saliese herido, y menos aún Lonn. Lo único que deseaba era alguien que la amara. Solo quería un hogar donde fuese bienvenida.

Sin embargo, Lonn tenía razón. Ella era la única culpable. De todo.

Los chillidos de Penélope resonaban en sus oídos. Su esposa la agarró del pelo y comenzó a tirar con todas sus fuerzas. Con una mirada salvaje, sacó la daga que Catra llevaba en el cinturón.

—¡Te quiero muerta! ¡Muerta!

Le hundió la daga en el brazo y volvió a sacarla para atacar de nuevo. Catra le sujetó la mano.

Con un fuerte tirón, se zafó de ella y se alejó.

—No —le dijo con la mirada desenfocada—. Quiero que sufras. Me quitaste lo que más quería. Ahora yo haré lo mismo contigo. —Y salió corriendo.

Abrumada por el dolor y la furia, Catra no pudo moverse mientras veía cómo la vida abandonaba el cuerpo de su amigo.

En ese momento las palabras de su esposa se filtraron entre la neblina que confundía su mente.

—¡No! —rugió mientras se ponía en pie—. ¡No lo hagas!

Llegó a la puerta de los aposentos de Penélope a tiempo de escuchar los gritos de los niños. Trató de abrirla con el corazón en un puño, pero ella la había atrancado desde dentro.

Cuando logró entrar, ya era demasiado tarde.

Demasiado tarde…

Catra se cubrió los ojos con las manos al sentir que el horror de lo sucedido aquel día la atravesaba de nuevo; pese a todo, también percibió las reconfortantes caricias de Adora en la espalda.

Jamás sería capaz de olvidar la imagen de sus hijos ni el miedo que se adueñó de su corazón. La agonía más absoluta.

Lo único que había amado en el mundo eran sus hijos.

Y solo ellos la habían amado a ella.

¿Por qué? ¿Por qué tuvieron ellos que sufrir a causa de sus actos? ¿Por qué no pudo Príapo torturarla sin que ellos tuvieran que pagar?

¿Y cómo pudo permitir Afrodita que sucediera todo aquello? Una cosa era que no le hiciese caso a ella, pero dejar que sus hijos murieran…

Esa fue la razón de que aquel día acudiera a su templo. Había planeado matar a Príapo. Arrancarle la cabeza de los hombros y clavarla en una lanza.

—¿Qué ocurrió? —le preguntó Adora, devolviéndola al presente.

—Cuando entré en la habitación ya era demasiado tarde —dijo con la garganta casi cerrada por el dolor—. Nuestros hijos estaban muertos, asesinados por su propia madre. Penélope se había abierto las muñecas y yacía junto a ellos. Llamé a un médico para que tratara de detener la hemorragia. —Hizo una pausa—. Me escupió en la cara con su último aliento.

Adora cerró los ojos, consumida por el dolor de Catra. Era mucho peor de lo que había imaginado.

¡Santo Dios! ¿Cómo había sobrevivido?

Había escuchado numerosos relatos de tragedias a lo largo de su vida, pero ninguno podía compararse con lo que Catra había sufrido. Y lo pasó ella sola, sin nadie que la ayudara. Sin nadie que la amara.

—Lo siento tanto —susurró ella, acariciándole el pecho para consolarla.

—Aún no puedo creer que estén muertos —murmuró ella con la voz rota de dolor—. Me preguntaste qué hacía mientras estaba en el libro. Me limitaba a recordar las caras de mis hijos. A recordar sus bracitos alrededor de mi cuello. A recordar cómo salían corriendo a mi encuentro cada vez que regresaba a casa después de una campaña. Y a revivir cada uno de los momentos de ese día, deseando haber podido hacer algo para salvarlos.

Adora parpadeó para contener las lágrimas. No era de extrañar que jamás le hubiese hablado a nadie de eso.

Catra tomó una profunda bocanada de aire.

—Los dioses ni siquiera me permiten caer en la locura para poder escapar de esos recuerdos. Ni siquiera se me concede semejante alivio.

Tras esas palabras, no volvió a hablar sobre eso ni sobre nada más. Se limitó a quedarse inmóvil entre los brazos de Adora.

Sorprendida por la fortaleza Catra, ella estuvo sentada tras la guerrera durante horas, abrazándola. No sabía qué más podía hacer.

Por primera vez en años, sus habilidades de psicóloga le fallaron por completo.

Cuando se despertó, la luz del sol entraba a raudales por las ventanas. Tardó todo un minuto en recordar lo acontecido la noche anterior.

Se sentó en la cama y extendió el brazo para tocar a Catra, pero estaba sola.

—¿Catra? —la llamó.

Nadie respondió.

Arrojó a un lado el edredón, se levantó de la cama y se vistió deprisa.

—¿Catra? —volvió a llamarla mientras bajaba la escalera.

Nada. Ni un sonido, aparte de los frenéticos latidos de su corazón.

El pánico comenzó a abrirse paso en su cabeza. ¿Le habría sucedido algo?

Entró corriendo en la sala de estar y descubrió que el libro estaba sobre la mesita de café. Pasó las hojas con rapidez para comprobar que la página donde estuviera Catra seguía vacía. Aliviada por el hecho de que no hubiese logrado regresar al libro de algún modo, continuó registrando la casa.

¿Dónde estaba?

Fue a la cocina y notó que la puerta trasera estaba entreabierta. Frunció el ceño con extrañeza y la abrió del todo para salir al porche.

Echó una ojeada al patio hasta que localizó a los niños de los vecinos sentados en el césped que había entre ambas casas. Sin embargo, lo que más le extrañó fue ver a Catra sentada con ellos, enseñándoles un juego con piedras y palitos.

Los dos niños y una de las niñas estaban sentados a su lado escuchando con atención, mientras su hermana pequeña, de apenas dos años, gateaba entre ellos.

Adora sonrió al contemplar la apacible estampa. La ternura la invadió de repente y se preguntó si Catra habría sido así con sus propios hijos.

Salió del porche y caminó hacia ellos. Bobby era el mayor de los niños, con nueve años; después venía Tommy, con ocho, y Katie, que acababa de cumplir seis. Sus madres se habían mudado al vecindario después de casarse, hacía ya diez años; y aunque tenían una buena relación, jamás habían pasado de ser más que amigables vecinos.

—¿Y qué ocurrió entonces? —preguntó Bobby cuando llegó el turno de Catra.

—Bueno, el ejército estaba acorralado —continuó Catra al tiempo que movía una de las piedras con un palo—. Había sido traicionado por uno de los suyos: un joven hoplita que había vendido a sus compañeros porque quería convertirse en centurión romano.

—Eran los mejores —lo interrumpió Bobby.

Catra soltó un bufido.

—No eran nada comparados con los espartanos.

—¡Arriba Esparta! —gritó Tommy—. Así anima la mascota de nuestro colegio.

Bobby le dio un empujón a su hermano, haciendo que se tambaleara sobre el

césped.

—Estás interrumpiendo la historia.

—No debes golpear a tu hermano jamás —le dijo Catra con brusquedad, pero aun así, con cierta ternura—. Se supone que los hermanos deben protegerse los unos a los otros, no hacerse daño.

La ironía de esas palabras hizo que a Adora se le encogiera el corazón. Era una pena que nadie les hubiese enseñado esa lección a los hermanos de Catra.

—Lo siento —se disculpó Bobby—. ¿Qué pasó después?

Antes de que Catra pudiese contestarle, el bebé se cayó y desparramó los palitos y las piedras. Los chicos comenzaron a gritarle, pero Catra los tranquilizó mientras levantaba a Allison y la ponía de nuevo en pie.

Le dio un toquecito en la nariz a la niña que la hizo reír y después volvió a colocar el juego como estaba.

Mientras le llegaba el turno a Bobby para mover la piedra, Catra retomó la historia donde la había dejado.

—La general macedonia observó las colinas que la rodeaban; estaban atrapados. Los romanos los habían acorralado. No había modo de flanquearlos ni de retroceder.

—¿Se rindieron? —preguntó Bobby.

—Nunca —contestó Catra con convicción—. La muerte antes que el deshonor.

Hizo una pausa cuando esas palabras comenzaron a reverberar en su cabeza.

Era la inscripción que adornaba su escudo. Como general, había vivido para honrar ese lema.

Como esclava, hacía mucho que lo había olvidado.

Los chicos se acercaron un poco más.

—¿Murieron? —preguntó Katie.

—Algunos sí —respondió Catra, tratando de alejar los recuerdos que afluían a su mente. Recuerdos de una mujer que una vez fuera dueña de su propio destino—. Pero no antes de hacer huir a los romanos.

—¿Cómo? —preguntaron los niños con nerviosismo.

En esa ocasión, Catra cogió al bebé antes de que volviera a interrumpir el juego.

—A ver —comenzó Catra mientras le daba a Allison su pelota roja. La niña se sentó sobre la rodilla que tenía doblada y él la sujetó pasándole una mano por la cintura—. Cuando los romanos cargaron hacia ellos, la general macedonia se dio cuenta de que el enemigo esperaba que reuniese a sus hombres en posición de falange, cosa que los habría hecho vulnerables a la caballería y a los arqueros romanos. En lugar de eso, el general ordenó a sus hombres que se dispersaran y que apuntaran con las lanzas a los caballos para romper las líneas de la caballería romana.

—¿Y funcionó? —preguntó Tommy.

Incluso Adora estaba interesada en la historia.

Catra asintió.

—Los romanos no se esperaban ese movimiento en un ejército entrenado. Y puesto que la táctica los pilló completamente desprevenidos, las tropas romanas se dispersaron.

—¿Y la general macedonia?

—Soltó un poderoso grito de guerra mientras cabalgaba en su caballo, Melog, y atravesó el campo hasta llegar a la colina donde los generales romanos se estaban replegando. Estos se dieron la vuelta para enfrentarla, pero no les sirvió de nada. Con la furia que la traición había depositado en su corazón, cargó sobre ellos y solo dejó a un superviviente.

—¿Por qué? —preguntó Bobby.

—Quería que entregara un mensaje.

—¿Cuál? —inquirió Tommy.

Catra sonrió al escuchar las ávidas preguntas.

—La general hizo jirones el estandarte romano y después usó un trozo para ayudar al romano a vendarse las heridas. Con una sonrisa letal, miró fijamente al hombre y le dijo: « Roma delenda est» , Roma está destruida. Después, encadenó al general romano y lo envió de vuelta a su casa para que entregara el mensaje al Senado Romano.

—¡Guau! —exclamó Bobby, impresionado—. Ojalá fueses mi profesora de historia en el colegio. Así aprobaría la asignatura seguro.

Catra alborotó el cabello negro del niño.

—Si te hace sentir mejor, a mí tampoco me interesaba el tema a tu edad. Lo único que quería era hacer travesuras.

—¡Hola, señorita Adora! —la saludó Tommy cuando por fin se dio cuenta de su presencia—. ¿Ha escuchado la historia de la señorita Catra? Dice que los romanos eran tipos malos.

Catra miró a Adora, que estaba a unos metros de distancia, y ella le sonrió.

—Pues si hay alguien que lo sabe bien, es ella.

—¿Puede arreglar mi muñeca? —le pidió Katie a Catra al tiempo que se la ofrecía.

Catra soltó a Allison y cogió la muñeca. Le puso el brazo en su sitio y se la devolvió.

—Gracias —le dijo Katie antes de arrojarse a su cuello para darle un fuerte abrazo.

El anhelo que reflejó el rostro de Catra hizo que Adora notara una punzada en el corazón. Sabía que en ese momento la chica estaba viendo la cara de su propia hija en el rostro de Katie.

—De nada, pequeña —le contestó con voz ronca, alejándose de ella.

—¿Katie, Tommy, Bobby ? ¿Qué estáis haciendo ahí?

A levantó la vista justo en el momento en el que Spinnerella rodeaba la casa.

—No estaréis molestando a la señorita Adora, ¿verdad?

—No, en absoluto —le respondió Adora.

Spinnerella no pareció oírlo, porque siguió regañando a los niños.

—¿Y qué está haciendo Allison aquí? Se suponía que debía estar en el patio trasero.

—¡Oye, mamá! —gritó Bobby acercándose a ella a la carrera—. ¿Sabes jugar a parcelon? La señorita Catra nos ha enseñado.

Adora se rió a carcajadas mientras los cinco regresaban al jardín delantero, con Bobby hablando sin parar.

Catra tenía los ojos cerrados y parecía estar saboreando el sonido de las voces infantiles.

—Eres toda una cuentacuentos —le dijo Adora una vez que Catra se acercó a ella.

—No creas.

—En serio —replicó ella con énfasis—. ¿Sabes? Me has hecho pensar. Bobby tiene razón: serías una maestra estupenda.

Catra le dedicó una sonrisa burlona.

—De general a maestra. ¿Por qué no cambiarme el nombre al de Catón el Viejo e insultarme de camino?

Ella se echó a reír.

—No estás tan ofendida como quieres hacerme creer.

—¿Y cómo lo sabes?

—Por la expresión de tu rostro y por la luz que hay en tus ojos. —la tomo del brazo y la llevó de vuelta al porche—. Deberías pensar seriamente en esa posibilidad. Glimmer consiguió su licenciatura en Tulane y conoce a mucha gente allí. ¿Quién mejor para enseñar Historia Antigua que alguien que la conoció de primera mano?

Catra no respondió. En lugar de eso, Adora notó que comenzaba a mover los pies descalzos sobre la tierra.

—¿Qué haces? —le preguntó.

—Disfrutar de la sensación de la hierba —contestó ella con un susurro—. Las hojas me hacen cosquillas en los dedos.

Ella sonrió ante lo infantil de su actitud.

—¿Para eso saliste?

Catra asintió

—Me encanta sentir el sol en la cara.

Adora sabía en el fondo de su corazón que había podido disfrutarlo en muy contadas ocasiones.

—Vamos, prepararé unos cuencos de cereales y desayunaremos en el porche.

Ella subió en primer lugar los cinco escalones que llevaban hasta el porche y la dejó sentada en su mecedora de mimbre para encargarse del desayuno.

Cuando regresó, Catra tenía la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados en actitud serena.

No quería molestarla, así que retrocedió.

—¿Sabes que todo mi cuerpo percibe tu presencia? ¿Con todos los sentidos? — le confesó antes de abrir los ojos para mirarla con un deseo abrasador.

—No lo sabía —dijo ella nerviosa, ofreciéndole el cuenco.

Catra agarro el cuenco, pero no volvió a hablar del tema. Se limitó a comer en silencio.

Disfrutando del calor del sol, Catra escuchó el suave susurro de la brisa y se recreó con la presencia cercana y reconfortante de Adora.

Se había despertado al amanecer para contemplar la salida del sol a través de las ventanas y había pasado toda una hora dejando que la presencia de Adora la relajara.

Ella la tentaba como jamás lo había hecho nadie. Por un solo minuto, se permitió barajar la posibilidad de permanecer en esa época.

¿Y después qué?

Solo tenía una «habilidad» que pudiera serle útil en ese mundo moderno y no era el tipo de persona que pudiese vivir alegremente de la caridad de un tan bondadosa como Adora.

No después de…

Apretó los dientes cuando los recuerdos la abrasaron de nuevo.

A los catorce años había cambiado su virginidad por un cuenco de gachas de avena frías y una taza de leche agria. Incluso en ese mismo momento, a pesar de todo el tiempo que había transcurrido, podía sentir las manos de la mujer tocándole el cuerpo, quitándole la ropa, agarrándose febrilmente a ella mientras le enseñaba cómo darle placer.

«¡Síiiii!» , había ronroneado la mujer. «Eres muy bonita, ¿verdad? Si alguna vez quieres más gachas, solo tienes que venir a verme cuando mi marido no esté en casa» .

Se sintió tan sucia después… Tan usada…

Durante los años siguientes durmió muchas más veces entre las sombras de los portales que en una cama acogedora, porque no estaba dispuesta a pagar ese precio por una comida y un poco de comodidad.

Y si alguna vez fuera de nuevo libre, no querría…

Cerró los ojos con fuerza. No se veía en ese mundo. Era demasiado diferente.

Demasiado extraño.

—¿Ya has acabado?

Levantó la vista y descubrió que Adora estaba de pie junto a ella, con la mano extendida a la espera del cuenco.

—Sí, gracias —le contestó al tiempo que se lo daba.

—Voy a darme una ducha rápida. Volveré en unos minutos.

La contempló mientras se marchaba y dejó que sus ojos se demoraran en esas piernas desnudas. Todavía podía sentir el sabor de su piel en los labios. Y el dulce aroma de su cuerpo.

Adora la obsesionaba. No se trataba solo de los efectos de la maldición. Había algo más. Algo que jamás había experimentado con anterioridad.

Por primera vez en dos mil años volvía a sentirse como un ser humano. Y ese sentimiento venía acompañado de un anhelo tan profundo que le partía en dos el corazón.

La deseaba. En cuerpo y alma.

Y quería su amor.

La idea le hizo dar un respingo.

Sin embargo, era la verdad. No había vuelto a experimentar ese profundo y doloroso deseo de sentir un abrazo tierno desde que era una niña. Necesitaba que alguien le dijera que la amaba, y que lo hiciese de corazón, no por el efecto de un hechizo.

Echó la cabeza hacia atrás y soltó una maldición. ¿Cuándo iba a aprender?

Había nacido para sufrir. El Oráculo de Delfos se lo había dicho.

«Sufrirás como nadie ha sufrido jamás.»

«Pero ¿me amará alguien?»

«No en esta vida.»

Y se había alejado de allí completamente hundida por la profecía. Qué poco había imaginado entonces el sufrimiento que le aguardaba.

«Es la hija de la diosa del amor, y ni siquiera ella soporta estar cerca de Catra.»

La verdad hizo que se encogiera de dolor. Adora jamás la amaría. Nadie lo haría. Su destino no era que la liberaran de su sufrimiento. Y lo que era peor, su destino tenía una trágica tendencia a derramar la sangre de todos los que se acercaban a ella.

El dolor le desgarró el pecho al pensar que algo pudiera sucederle a Adora.

No podía permitirlo. Tenía que protegerla a toda costa. Aunque eso significara perder su libertad.

Con esa idea en mente, fue en su busca.

Adora se estaba quitando el jabón de los ojos. Al abrirlos se sobresaltó cuando vio que Catra la observaba a través de la rendija de las cortinas de la ducha.

—¡Me has dado un susto de muerte! —exclamó.

—Lo siento.

Catra permaneció junto a la enorme bañera de patas, vestido solo con los boxers y el torso completamente desnudo y apoyada sobre la pared con la misma pose que tenía en el libro: los anchos hombros echados hacia atrás y los brazos relajados a ambos lados del cuerpo.

Adora se humedeció los labios al contemplar los esculturales músculos de sus brazos y de su torso. De súbito, su mirada descendió hasta los boxers rojos y amarillos.

Bueno, decir que nadie estaría bien con ellos había sido un error.

Catra estaba fantástica. En realidad, no había palabras que describiesen con exactitud lo buenísima que estaba con ellos.

Y la sonrisa traviesa e incitante que esbozaba en esos momentos habría derretido el corazón de la más frígida de las mujeres.

Esta chica era pura dinamita.

Nerviosa, Adora cayó en la cuenta de que estaba completamente desnuda delante de ella.

—¿Necesitas algo? —le preguntó mientras se cubría los pechos con la manopla.

Para su consternación, Catra se quitó los boxers y se metió en la bañera con ella.

El cerebro de Adora se convirtió en papilla al percibir la abrumadora y poderosa presencia de Catra. Esa increíble sonrisa llena de hoyuelos que curvaba sus labios le aceleraba el corazón. La hacía temblar.

—Solo quería mirarte —dijo en voz baja y tierna—. ¿Tienes idea de lo que me haces cuando te pasas las manos por los pechos desnudos?

A juzgar por el tamaño de su erección, Adora se hacía una idea bastante aproximada.

—Catra…

—¿Mmm?

Olvidó lo que iba a decir cuando Catra acercó la cabeza hasta su cuello. Una oleada de escalofríos la atravesó al sentir que su lengua le abrasaba la piel.

Adora dejó escapar un gemido ante la sobrecarga sensorial que le provocaron las caricias de las manos de Catra unidas a la sensación del agua caliente de la ducha. Apenas fue consciente de que Catra le quitaba la manopla que aún le cubría los pechos y se llevaba uno a la boca.

Siseó de placer al sentir que la lengua de Catra giraba alrededor de su endurecido pezón, rozándolo levemente y haciéndola arder.

La guerrera la ayudó a sentarse en la bañera y la echó hacia atrás para apoyarla contra el respaldo. El contraste de la porcelana fría en la espalda, el cálido cuerpo de Catra por delante y el agua que caía sobre ellos la excitó de un modo que jamás hubiera creído posible.

Nunca antes había apreciado el tamaño enorme de la antigua bañera, pero en ese momento no la habría cambiado por nada del mundo.

—Tócame, Adora —le dijo con voz ronca antes de agarrar la mano para llevarla hasta su hinchado miembro—. Quiero sentir tus manos sobre mí.

Catra se estremeció cuando ella acarició su dureza aterciopelada.

Cerró los ojos cuando comenzó a sentirse abrumada por las emociones. Las caricias de Adora no se limitaban al plano físico; las percibía también a un nivel indefinible. Increíble.

Quería más de ella. Lo quería absolutamente todo de ella.

—Me encanta sentir tus manos sobre la piel —murmuró mientras ella la tomaba entre sus manos.

Por los dioses, cómo la deseaba… Cómo deseaba que ella le hiciera el amor de verdad, aunque fuera una sola vez.

Que le hiciera el amor con el corazón.

El dolor volvió a desgarrarla. No importaba cuántas veces hubiera tenido relaciones sexuales, el resultado siempre era el mismo. Siempre acababa herida.

Si no en el cuerpo, en lo más profundo del alma.

« Ninguna persona decente te querría a la luz del día.»

Era cierto y lo sabía.

Adora percibió su tensión.

—¿Te he hecho daño? —preguntó al mismo tiempo que retiraba la mano.

Catra negó con la cabeza y le colocó las manos a ambos lados del cuello para besarla a fondo. De repente, el beso cambió y se intensificó, como si Catra estuviera tratando de probar algo ante los dos.

Deslizó la mano por el brazo de Adora para entrelazar sus dedos con los de Adora. A continuación, movió las manos unidas y la acarició entre las piernas.

Adora gimió mientras Catra la tocaba con las manos entrelazadas. Era lo más erótico que había experimentado jamás.

Comenzó a temblar de los pies a la cabeza cuando Catra aumentó el ritmo de las caricias que sus dedos unidos le prodigaban. Y cuando introdujo los dedos de ambos en su interior, Adora gritó de placer.

—Eso es —le murmuró al oído—. Siéntenos a los dos unidos.

Sin aliento y con el cuerpo en llamas, Adora se aferró al hombro de Catra con la mano libre. ¡Dios, era una amante increíble!

De pronto, Catra retiró las manos y le alzó una de las piernas para pasársela por la cintura.

Adora la dejó hacer hasta que se dio cuenta de sus intenciones. Estaba preparándose para penetrarla.

—¡No! —jadeó al tiempo que lo apartaba de un empujón—. Catra, no puedes.

En sus ojos llameaban la necesidad y el deseo más visceral.

—Quiero conseguir al menos esto de ti, Adora. Déjame poseerte.

Ella estuvo a punto de ceder.

Hasta que algo extraño le sucedió a sus ojos. Su color se oscureció y las pupilas se volvieron rendijas, como las de un gato.

Catra se quedó inmóvil. Con la respiración agitada, cerró los ojos como si estuviera luchando con un enemigo invisible.

Tras lanzar una maldición, se dio la vuelta.

—¡Corre! —gritó.

Adora no vaciló.

Salió como pudo de debajo de ella, agarró la toalla y corrió hacia la puerta.

Pero no pudo abandonarla.

Se detuvo en la entrada y miró hacia atrás. Vio que Catra se agachaba hasta quedar apoyado sobre manos y rodillas, y comenzaba a retorcerse como si la estuvieran torturando.

La escuchó golpear la bañera con el puño cerrado mientras gruñía de dolor.

El corazón de Adora latía frenético al verla luchar. Si supiera qué hacer…

Al final, la chica cayó exhausta a la bañera.

Aterrada y temblorosa, Adora entró en el cuarto de baño de nuevo y dio tres cautelosos pasos en dirección a la bañera, preparada para salir corriendo si Catra trataba de agarrarla.

Catra estaba tendida de costado, con los ojos cerrados. Respiraba con dificultad y parecía débil y agotada mientras el agua caía sobre ella, aplastando los mechones oscuros contra su rostro.

Ella cerró el grifo.

A pesar de eso, Catra no se movió.

—¿Catra?

En ese momento, ella abrió los ojos.

—¿Te he asustado?

—Un poco —reconoció Adora con franqueza.

La guerrera dejó escapar un suspiro hondo y apesadumbrado antes de sentarse con lentitud. No la miró. Tenía los ojos clavados en algo que estaba a la espalda de Adora.

—No voy a ser capaz de luchar contra esto —afirmó tras una larga pausa. Entonces la miró—. Nos estamos engañando, Adora. Déjame poseerte mientras estoy calmada.

—¿Eso es lo que quieres de verdad?

Catra apretó los dientes al escuchar esa pregunta. No, eso no era lo que quería. Pero lo que deseaba estaba más allá de su alcance.

Quería cosas que los dioses no habían dispuesto para ella. Cosas que ni siquiera se atrevía a nombrar, porque el simple hecho de pronunciarlas haría su ausencia aún más insoportable.

—Me gustaría poder morirme.

Adora dio un respingo ante la sincera respuesta. Cómo deseaba poder consolarla. Librarla de su sufrimiento.

—Lo sé —le dijo con la voz ronca por las lágrimas que no se atrevía a derramar. Le pasó los brazos alrededor de los hombros y la estrechó con fuerza.

Para su sorpresa, Catra apoyó la mejilla contra la suya. Ninguna de las dos pronunció palabra alguna mientras se abrazaban.

Pasado un tiempo, Catra se apartó.

—Es mejor que nos detengamos antes de que… —No acabó la frase, aunque tampoco hacía falta. Adora ya había sido testigo de las consecuencias y no tenía ningún deseo de repetir la experiencia.

La dejó en el cuarto de baño y fue a vestirse.

Catra salió muy despacio de la bañera y se secó con una toalla. Podía escuchar a Adora en su habitación, abriendo la puerta del armario. En su mente se la imaginó desnuda y la visión lo enardeció.

La asaltó una demoledora oleada de deseo, golpeándola con tal fuerza que estuvo a punto de caer de espaldas al suelo.

Se agarró al lavabo mientras luchaba consigo misma.

—No puedo seguir viviendo así —murmuró—. No soy un animal.

Levantó la vista y contempló la viva imagen de su padre en el espejo.

Observó su reflejo con odio.

Aún podía sentir los latigazos en la espalda que le propinaba su padre hasta que casi no podía tenerse en pie.

«No te atrevas a llorar, niña bonita. No quiero ni una lágrima. Puede que seas la hija de una diosa, pero este es el mundo en el que vives y aquí no mimamos a quienes nos e lo merecen como tú.»

En el fondo de su mente, pudo ver la mirada de aversión de su padre cuando la derribó al suelo de un puñetazo para después sujetarla del cuello hasta casi estrangularla. Catra había tratado de asestarle una patada y luchar, pero a los catorce años era demasiado joven e inexperta como para zafarse de las manos del general.

Con el rostro desfigurado por una mueca de profundo desprecio, su padre le había cortado en la mejilla con una daga, hundiéndola hasta el hueso. Y todo porque había pescado a su esposa mirándola mientras comían.

«Veamos si ahora te desea.»

El lacerante dolor del corte había sido insoportable y la hemorragia no se había detenido en todo el día. A la mañana siguiente la herida había desaparecido sin dejar huella.

La ira de su progenitor había sido inconmensurable.

—¿Catra?

Sobresaltado, dio un pequeño respingo al escuchar una voz que no había oído en dos mil años.

Echó un vistazo a la estancia, pero no vio nada.

Sin estar muy segura de si había escuchado la voz o no, dijo en voz baja:

—¿Atenea?

La diosa se materializó delante de ella, justo en el vano de la puerta. Aunque llevaba ropas modernas, tenía el pelo negro recogido sobre la cabeza al estilo griego, con unos mechones rizados que le caían sobre los hombros. Sus ojos de color azul claro se llenaron de ternura al sonreír.

—Vengo en nombre de tu madre.

—¿Todavía no es capaz de presentarse ante mí?

Atenea apartó la mirada.

Catra sintió el repentino impulso de reírse a carcajadas. ¿Por qué se molestaba en albergar alguna esperanza de que su madre quisiera verla?

Ya tendría que haberse acostumbrado.

Atenea jugueteaba con uno de sus rizos mientras la observaba con una extraña expresión melancólica en el rostro.

—Que conste que te habría ayudado de haber sabido esto. Eras mi general favorita.

De repente, Catrta comprendió lo que había ocurrido tantos siglos atrás.

—Me utilizaste en tu pulso contra Príapo, ¿verdad?

Vio la culpa reflejada en los ojos de la diosa antes de pudiese ocultarla.

—Lo hecho, hecho está.

Catra clavó la mirada en ella con una mueca furiosa.

—¿De verdad? ¿Por qué me enviaste a esa batalla cuando sabías que Príapo me odiaba?

—Porque sabía que podías ganar y yo odiaba a los romanos. Eras la única general que podía deshacerse de Livio, y así lo hiciste. Jamás me he sentido tan orgullosa de ti como cuando le cortaste la cabeza.

La amargura la consumió. No podía creer lo que estaba escuchando.

—¿Y ahora me dices que estabas orgullosa?

Atenea pasó por alto su pregunta.

—Tu madre y yo hemos hablado con Cloto para que te ayude.

Catra se quedó helada al escucharla. Cloto era la Moira encargada de las vidas de los humanos. La hilandera del destino.

—¿Y?

—Si consigues romper la maldición, podremos devolverte a Macedonia.

Regresarás al mismo día en que fuiste condenada a permanecer en el pergamino.

—¿Puedo regresar? —repitió con absoluta incredulidad.

—Pero no se te permitirá volver a luchar. Si lo haces, podrías cambiar el curso de la historia. Si te enviamos de vuelta, tendrás que jurar que vivirás recluida en tu villa.

Siempre había una trampa. Tendría que haberlo recordado antes de pensar que podían ayudarla.

—¿Con qué propósito, entonces?

—Vivirás en tu época. En el mundo que conoces. —Una vez dicho esto, echó un vistazo al cuarto de baño—. O puedes permanecer aquí si lo prefieres. La elección es tuya.

Catra resopló.

—Menuda elección.

—Es mejor que no tener ninguna.

¿De verdad? Ya no sabía qué pensar.

—¿Y mis hijos? —preguntó.

Quería… No, necesitaba que su familia le devolviera a las dos únicas personas que habían significado algo para ella.

—Sabes que no podemos cambiar eso.

Catra maldijo a Atenea. Los dioses solo le quitaban cosas. Nunca se las daban.

Atenea extendió el brazo para acariciarle la mejilla con delicadeza.

—Piensa bien lo que vas a elegir —susurró antes de desvanecerse.

—¿Catra? ¿Con quién hablas?

Catra parpadeó cuando Adora se detuvo en el pasillo.

—Con nadie —contestó—. Estaba hablando sola.

—Ah —dijo Adora, aceptando la mentira sin problemas—. Estaba pensando en llevarte de nuevo al Barrio Francés esta tarde. Podemos visitar el acuario. ¿Qué te parece?

—Claro —respondió Catra cuando salió del baño.

Adora frunció el ceño, pero no dijo nada mientras se dirigía hacia las escaleras.

Catra fue a cambiarse a la habitación. Mientras se ponía los pantalones, se fijó en las fotografías que Adora tenía en la cómoda. Parecía una niña tan feliz…tan libre. La foto que más le gustaba era una en la que su madre le pasaba los brazos alrededor del cuello y ambas reían a carcajadas.

En ese momento reconoció la verdad. No importaba lo mucho que deseara que las cosas fueran de otro modo, jamás podría quedarse con Adora. Se lo había dicho ella misma la noche que la invocaron.

Ella tenía su propia vida. Una de la que Catra no formaba parte.

No, Adora no necesitaba a alguien como ella. A alguien que solo atraería la indeseada atención de los dioses sobre su cabeza.

Rompería la maldición y aceptaría la oferta de Atenea.

No pertenecía a esa época. Su lugar estaba en la antigua Macedonia.

Sola.