Retazos es un fic de Daryl x Carol de cortos capítulos basados en momentos de la serie en los que podrían haber ido a más y mi mente no podía dejar de pensar en ello y hacer un fic. Es mi primer fic de la pareja, así que pido disculpas por el OOC.
Advertenicas: OOC, posible muerte de personaje.
Retazos
1º
Entrada de la prisión
—Este podrá ser un buen lugar, desde luego.
Daryl miró a su alrededor desde lo alto del autobús en el que estaba afianzado haciendo guardia. Mientras masticaba algo de la comida que Carol le llevara, oteó por la oscuridad de la noche. Los cadáveres se apiñaban a su alrededor, aquellos que ellos mismos habían abatido para entrar en el refugio de las verjas de malla y el frío de la noche.
El grupo se encontraba alrededor de una fogata, excepto Rick. No quería inmiscuirse en los problemas familiares, pero lo que fuera que estaba sucediendo entre él y su mujer lo tenía como un sabueso hambriento de seguridad. Y mierda, podía entenderle. Su mujer estaba a punto de dar a luz y su chaval estaba criándose en medio de un condenado holocausto de muertos y enfermedades.
Ya le había bastado con ver a una niña convertida. Y esa misma la había estado buscando como un condenado para nada. Para que su madre terminara viéndola al mismo modo que Rick teniendo que hacer algo que, seguramente, quedaría marcado a fuego para siempre en ellos.
En todos, si lo pensaba bien. El mundo antes era una mierda: ahora, peor.
—Demonios.
Volvió su atención hacia ella.
Carol parecía ir cambiando a medida que el tiempo pasaba, adaptándose a la crueldad del mundo que le arrebató a su niña. Demostró una fortaleza que no esperaba en ella y, a su vez, una dulzura que no parecía encajar. La vida estuvo martirizándola durante años y seguía hasta ese momento.
De alguna forma, la conexión entre ellos se volvió mucho más fuerte de lo que esperaba. ¿Preocuparse por alguien? ¿Una mujer? Hace tiempo se habría reído.
—¿Qué te ocurre?
—Es el retroceso del arma. El hombro…
—Espera, deja que…
Dejó el cuenco a sus pies y tras chuparse los dedos, se acercó a ella. No era un experto, pero tampoco un idiota.
—Gracias. Qué tierno.
Daryl arrugó el gesto. No era un hombre amable y menos tierno. Al menos, así pensaba que era. Carol, sin embargo, era experta en verle de una forma más sincera y abierta, como si no llegara a ella realmente su imagen.
Además, había otro tema: ella quería acostarse con él.
Al principio notó la atracción y que no era el momento adecuado. ¡Joder, su hija estaba perdida! Y ahora… cada vez, cuando dejaba caer esa opción le sonaba más a cuento, a una broma entre amigos. Pero sabía que ella tenía un deje de verdad en ello y él empezaba a sentir que podía aceptarlo.
Bien, no era idiota. Sabía lo que eso implicaría. Y no estaba seguro del todo si quería eso. Por otro lado, podría perder su amistad y era un riesgo demasiado alto para perder.
—A mí no me importaría.
—¿Has pensado que igual a mí sí? —cuestionó antes de bajar del vehículo y ayudarla. Diablos, sus manos fueron a sus caderas y se quedaron ahí, mientras que las de ella continuaban en sus hombros.
—Sólo es echar un polvo, no casarnos.
La boca femenina se curvó en una sonrisa de sinceridad y coqueteo. De esas que siempre le provocaban una advertencia en su cuerpo. En su lugar, se percató que se sentía cómodo con ella.
—¿Y bien? ¿Te apetece? Puede ser aquí, detrás de esto.
Ella dio con el codo contra el vehículo y él respiró entre dientes, frustrado porque de alguna forma consiguiera realmente atraerlo.
—Cállate, anda —gruñó como respuesta intentando alejarse, pero sin mover un pie si quiera.
—No seas malo —protestó ella inclinando la cabeza hacia atrás.
Mierda, debía de pararlo.
—No quiero mierdas como que después me compares con tu marido o cualquier cosa de esas. Así que no.
Notó que a ella le dolió esas palabras. Más que otras. Abrió la boca para disculparse, pero Carol ya había bajado las manos hasta su pecho y la mirada.
—Es el único hombre que conocí, no puedes culparme por ello.
Y no lo hacía. Pero no quería sentirse como una mierda después.
—Olvídalo —decidió echándose hacia atrás—. Vayamos con los demás.
—Espera, Daryl —lo retuvo.
Él obedeció. Joder, ¿es que esa mujer podía convertirlo en un perro? Notó su mano helada contra su mejilla, la suavidad del gesto femenino y entrecerró los ojos, muy tentado.
—Nunca podría compararte con él a menos que sea para demostrar que eres mejor. ¿Qué digo mejor? Millones de veces mejor. Ed era un cerdo con el que el sexo era simplemente que él se metiera y se acabara, nada más. ¿Tú eres así? ¿Lo serás conmigo? ¿Eso deseas hacer conmigo?
Dios no. Apretó los dientes para evitar maldecir.
No. Si debía de pensar en ellos tan pegados, le gustaban ciertas cosas. ¿Cómo sería su rostro cuando le pidiera más? ¿Qué gesto haría para retener sus gemidos? ¿Qué clase de cara pondría cuando estuviera cerca del orgasmo? Porque quería darle uno. No. Más incluso.
—Nunca has…
—No.
La firmeza en su respuesta le irritó.
—Al menos, no con un hombre —corrigió. Él elevó las cejas, curioso, quizás demasiado inocente, al punto que ella se sonrojó y se echó a reír—. ¡Santo cielos, Daryl! Existen los consoladores.
Se quedó con la abierta como un idiota.
—Tenía que esconderlos de Ed. Dios sólo sabe cómo se habría puesto de descubrir uno y que no era lo suficiente hombre como para darme placer. Porque él siempre creía que lo había logrado y no he fingido ni una sola vez. Ni una.
Daryl apretó los labios. Por una puñetera vez pensó que los zombies tenían ahí un punto. Porque a día de hoy, seguramente él habría matado a Ed.
Porque Carol era su tesoro en toda esa mierda. Y si pare hacer feliz a ese tesoro tenía que ponerse de rodillas, lo haría.
Por eso fue él quien la beso esa vez. Empezó a quitarse la ballesta de la espalda y a acariciar parte del cuerpo femenino que eran impensables de aceptar en otra ocasión. Incluso le permitió a ella tocar su espalda, estremeciéndose cuando llegó a sus cicatrices.
—¡Daryl! —exclamó ella asustada.
Él detuvo los dedos justo cuando le bajaba el pantalón. Su mirada se detuvo en la preocupada de Carol.
—Más tarde. Eso, más tarde.
Para asegurarse que entendía porqué empujó su cintura contra ella, marcando la dureza de su miembro que logró captar la atención masculina. Carol perfiló su vientre hasta llegar a él y que le asparan, eso fue genial. Mil veces mejor que su propia mano.
Con manos temblorosas logró bajarle los pantalones, que ella terminó de quitar a patadas, mordiéndole y besándole por zonas que lograron encenderle más de lo que esperaba.
—Espera —le dijo—, quiero…
Y bajó, colocándose de rodillas, afirmando así que esa condenada mujer podía ponerlo de ese modo.
Carol se mostró confusa con ese acto, incluso cuando besó su vientre y lamió la zona alrededor de su ombligo, bajando cada vez más hasta que tiró de la ropa interior hacia abajo. Ella ayudó con las piernas, confusa, hasta que él llevó su boca ahí. Hasta que la probó.
—Oh. ¡Oh! —exclamó confusamente excitada—. No sabía que… Oh, Daryl.
Bien, pues ahora lo sabía y estaba más que predispuesto a otorgarle el placer que el imbécil de su marido jamás le otorgó.
Notó cómo se aferraba de sus hombros, cómo se encogía apretando su cabeza contra ella y supo el momento exacto en que llegó al orgasmo, temblando como un flan, boqueando y clavándole las uñas.
Cuando se separó, le miraba como si acabara de abrirle las puertas del cielo y lo tomó del rostro y besó con tanta ternura que casi sintió ganas de echarse a llorar.
Pero que Carol pegara de nuevo su cuerpo a él retomó la llama que empezaba a apagarse por la ternura y el agradecimiento. Estaba desnuda de cintura para abajo, con sus pechos pegándose contra su torso.
Miró a su alrededor y estudió las posibilidades. Contra el vehículo. Podía colocarla de espaldas, hundirse en ella y poseerla. Pero de esa forma sentía que Carol no estaba preparada, que pese al calor del momento, luego se sentiría sucia.
Sujetarla entre sus brazos, con la debilidad por falta de comida no era una opción viable, así que, frotándose el trasero con ambas manos, decidió que existía otra mucho mejor para ambos. Aunque a él fuera a dolerle el trasero durante días.
Se sentó en el suelo y tiró de sus manos. Ella volvió a mirarle con dudas, perdida, esperando mientras se abría el pantalón lo suficiente para que su sexo quedara libre. Estaba tan duro que el frío no ayudó.
—Siéntate —ordenó algo más osco de lo que pensó. No estaba enfadado, estaba excitado.
Ella se apoyó de sus hombros y separó sus piernas. Una visión puramente erótica de ella a medida que se sentaba sobre él.
—Nunca he…
—Ahora. Es ahora —corrigió.
Entonces, su labio inferior tembló como cuando estaba a punto de echarse a llorar o sentía que algo le había llegado al alma. Sus enormes ojos brillaron de agradecimiento. Lo tomó entre sus dedos y se guio hasta quedar completamente sentada sobre él, unidos como si eso fuera la exactitud.
Le dio su tiempo, pensando lo más que pudo en cómo demonios iba a hacer para no correrse ahí mismo, ahora. Era ella la que debía de sanar en ese momento, la que debía de descubrirse.
Aunque las piedras estuvieran rajándole el trasero. Ya lo pasó peor cuando se limpió con la hiedra.
Finalmente, Carol comenzó a moverse, articulando un siseo estremecedor entre los dientes. La lentitud pronto se convirtió en necesidad y frustrada cuando las fuerzas empezaron a fallarle. Entonces, la tomó de la cadera para sujetarla y guiarla, con su nombre escapando entre los dientes.
Repentinamente, ella lo abrazó con fuerza, aprestándolo con sus brazos y en su interior. Sus labios cosquillearon contra su mejilla y el sudor de sus cuerpos se enlazó, cuando, sin poder soportarlo más, él mismo sucumbió.
Jadeante, soportó el beso de ambos con sus palmas hacia atrás. Apoyó su frente en su hombro y esperó a que ambos estuvieran lo suficiente reconfortados. No podían perder demasiado tiempo para arrumacos y él todavía no estaba preparado para algo así.
—Gracias.
Levantó la mirada hacia ella.
Carol sonreía y lloraba a la par.
—¿Por qué estás…?
El pánico de haberla hecho daño empezó a empequeñecerlo.
—Es como si te acabara de dar mi primera vez, Daryl —explicó tranquilizadora—. Has logrado que llegue a lugares que nunca llegué sola, gracias.
—No he…
Ella lo acalló con un beso y se levantó. Su cuerpo recibió al instante el frío de la noche y se apresuró por cubrirse, observándola mientras recogía su ropa en silencio y se vestía.
Regresaron a la hoguera en silencio, como si no hubiera pasado nada entre ellos. Escucharon a Beth cantar y, mientras se chupaba los dedos por la comida, recordó dónde había estado su boca antes y el cosquilleo de anticipación fue más desbastador de lo que esperaba.
Esa mujer acababa de metérsele en el cuerpo y en el alma.
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