Esta basado en el capítulo donde el preso abre la prisión a los zombies y Carol coge otro camino en vez de irse con Maggie y Lori, pero bueno...
Retazos
5º
Pañuelo y cuchillo.
Él levantó las manos mientras sujetaba el cuchillo entre estas. El recuerdo acerca del significado que tenía para él era aterrador. Dolorosamente angustioso. Nunca pensó que podría sufrir de nuevo por una persona así. Es más, desde que comenzó el holocausto y perdió a Merle en aquella terraza jamás lo pensó. Luego, la gente fue muriendo e importándole.
Le pasó con Sophia.
Le pasó con la madre de esta.
Por suerte, el destino quiso darle otra oportunidad a Carol y esta había vuelto a sus brazos. Quitó el pañuelo de aquella tumba vacía, aunque era una pena arrancar la flor que ya había echado raíces de nuevo.
Carol le miraba desde el fondo de la litera, sentada con una botella de agua entre sus manos.
Diablos, estaba hermosa por el simple hecho de estar viva.
Cerró la puerta de hierro y dejó caer la cortina hasta sentarse a sus pies. Ella se lo permitió en silencio y aceptó el cuchillo cuando se lo devolvió.
Ya se habían contado ciertos aspectos de cómo sucedió antes de reencontrarse y poco quedaba ya más que agradecer. Sin embargo, volvía a temblar de ira al pensar que si no hubiera abierta la puerta en un arranque de furia nunca la habría encontrado.
—¿Te sientes aliviado?
La estudió con la mirada. ¿Cómo podía tener ganas de bromear en ese momento? Aunque él se moría de ganas de abrazarla y si hacía falta, dormir con el cuchillo en la mano para matar a aquel que osara entrar a hacerle daño.
—¿Quieres que te mienta? —cuestionó a su vez.
—Sabes que no. Ni siquiera podrías mentirme —puntualizó extendiendo una mano hacia él—. Gracias, una vez más, por encontrarme.
—Ni siquiera te rastree. Pensé que…
Dios, decirlo era tan duro como vivirlo. Finalmente le tomó la mano.
A lo lejos Judith lloró. Él miró hacia la puerta y suspiró.
—Dicen que cuando alguien muere, otro nace —dijo ella repentinamente.
—¿Quién mierda dijo eso?
—Mi matrona —respondió sonriendo amargamente—. Cuando nació Sophia estaba sola, así que la mujer pensó que mi marido estaba muerto. Aunque en realidad estaba borracho en un bar.
—Supongo que esa tipa no conocía el futuro —espetó sarcástico.
—No, pero hoy he pensado que tenía cierta razón. Ella ha nacido y dos de los nuestros han muerto.
—¿Quieres repoblar la tierra?
—¿Estás loco? —cuestionó consternada—. Me gusta el sexo, no parir. No te lo recomiendo. Fue la mierda más dolorosa del mundo.
Él sonrió y hasta emitió un leve sonido de risa. Nunca habría pensado en tener esa conversación con alguien. Joder, ni pensar en Merle y él hablando de bebés. Aunque Merle siempre se iba por los lares sexuales si se tocaba un tema así y Daryl solía aburrirse de esas estúpidas bromas.
Ni siquiera ahora con la intimidad que compartía con Carol las toleraría. ¿De qué serviría ello?
—¿Lo volverías a hacer? —preguntó.
Ella le miró pícara.
—¿Cuál de las dos cosas?
—Ya sabes qué —contestó osco. Aunque ella conseguía siempre que su forma de responder alejado se convirtiera en una protesta casi infantil.
Carol extendió las manos hacia él esa vez, cerrando y abriendo.
—Ven. Déjame que me acurruque sobre ti.
Él obedeció sin dudarlo. Ese día, Carol podría pedirle que le cazara un tigre que lo haría. Se movió hasta que su espalda tocó las almohadas y parte de la pared. Luego, ella se recostó contra su pecho. Era agradable volver a sentirla sobre él.
—Qué agradable —dijo Carol como si acabara de leerle el pensamiento.
Siseó entre dientes lo más parecido a una risita.
—¿Qué? —cuestionó ella y al no recibir respuesta, repitió la pregunta.
—Pensaba justo eso.
Pasó sus manos por los brazos femeninos y bajó hasta sus caderas, dejándolas justo ahí. Ella tembló como un gato.
—Me encantaría tenerte dentro —confesó. Ante la idea, el deseo empezó a ser creciente—, pero estoy realmente agotada. Sé que suena a excusa de antes del apocalipsis zombie, pero…
—Es justo. Estabas deshidrata y agotada. Lo raro es que no estés durmiendo ya.
—Porque necesitaba mi almohada favorita.
—Para —ordenó cuando sintió su mano en su rodilla subir—. No tienes que hacer esto para consolarme.
—Pero estás duro.
—Ignóralo.
Ella parpadeó, realmente agotada. Su mano se relajó sobre su rodilla y él acarició su oreja con su barbilla.
—No vuelvas a desaparecer de mi vista —ordenó suavemente.
—Sabes que eso volverá a pasar. Tarde o temprano.
Tenía razón. Desgraciadamente.
—Cuando me encuentre bien, será mejor que te prepares, Daryl Dixon —advirtió—. Porque voy a hacerte el amor repetidas veces.
—Vas a matarme.
—No seas llorón.
Besó su piel cercana y guardó silencio. Notó que el pañuelo que encontró estaba atado a un lado de las barras de la litera. Sonrió, cuando una loca idea surgió por su mente.
—Te noto más duro —canturreo ella.
—Duérmete.
Porque iba a necesitar esas fuerzas para la idea que estaba llegando a su mente. Muchas fuerzas…
