Este capítulo está basado en el que Merle rompe la camiseta de Daryl y se exponen sus cicatrices…


Retazos

11º

Cicatrices


Carol pasa suavemente su mano por su espalda. Él gruñe, incómodo. Esta boca abajo, con la cabeza apoyada en los brazos mientras permite que ella vea esa parte tan vulnerable de él. Tiene muchas más de las que esperaba. Algunas, de mala cicatrización, como si no las hubieran dejado sanar antes de volver a hacer otras.

Algunas, tienen formas redondas y otras, alargadas.

Carol las reconocía.

Cinturones y cigarrillos.

Ella tenía algunas de esas en su cuerpo. Junto a huesos que le dolían por malas soldaduras. Especialmente, cuando empezó a volver a encajárselos ella misma.

Siente deseos de retroceder el tiempo, de impedir que esas laceraciones estén en el cuerpo de Daryl. Sabe que mostrárselas ha sido algo único y especial. Una aceptación hacia su persona que pocos podían ganarse. Merle las conoce, desde luego. No sabe si se siente orgulloso de que su hermano las lleve. Daryl suele decir que Merle carga con su propia lucha, pero ella siente que, en realidad, es Daryl quien ha cargado con más, siendo sólo un niño asustado.

Y está segura de que no sabe todo. Que Daryl sólo le ha contado por encima aquellas vivencias.

Tampoco le pregunta mucho por las suyas. Él puede imaginarse cómo se las hicieron y a veces puede percibir un brillo de odio naciendo de sus ojos. Igual él también quiere volver el tiempo atrás y hacer algo que por entonces no.

Porque ahora sí la quería. Ahora sí le había compartido su corazón y sus heridas.

Ella se las besa suavemente y él se estremece.

—¿Te duele?

Daryl tarda en responder.

—No —niega al fin—. Es sólo que…

Ella le entiende sin necesidad de más.

—Sabes que están ahí, recuerdas cómo fueron y vuelves a sentir la misma laceración.

De nuevo, un corto silencio que es roto por una afirmación. Ella vuelve a besarle. Pasa su lengua lentamente por una y nota como esa vez el cuerpo a su lado tiemble, tensándose. Daryl sisea entre dientes cuando vuelve a hacerlo, cuando nota su mano deslizarse por cada una y luego, su lengua.

La otra mano la desliza por su cintura, baja por sus nalgas y las nota tensarse bajo sus dedos.

—Yo nunca te haría daño —le asegura.

—Lo sé —dice mirándola desde su posición.

Daryl cierra los ojos y respira más relajado. Aunque cuando su mano baja más allá y llega hasta sus testículos exhala, abriéndolos de nuevo para buscarla con la mirada.

Su mano baja más, sube, sus dedos acarician suavemente mientras su lengua va al compás de sus caricias. Daryl apoya un poco más los codos, siseando su nombre.

Carol disfruta más de ello, del poder que le otorga sobre su cuerpo. Permitirle tocarlo d esa forma, de besar su piel herida, exponerse completamente, le calientan el corazón de tal forma que sólo puede pensar en colmarlo de placer. Desea que deje de enlazar las cicatrices al dolor. Cómo él hizo cuando besaba las suyas.

—¡Mierda!

Escucha su voz entrecortada y mira anonada lo que generalmente no puede ver. A Daryl contrayendo su cuerpo. Su espalda marcando los músculos, los brazos duros soportar el peso mientras sus dedos de las manos y pies se contraen. Sus nalgas se aprietan y sus piernas se tensan a la par que su semilla se vierte en su mano.

Carol besa sus cicatrices, otorgándole últimos retazos de placer hasta que él cae sobre sí mismo, respirando agitado, girándose para mirarla. Le toma la mano para limpiarla con su trapo y la mira.

Carol entiende de nuevo ese significado. Lo abraza con ternura.

—No me des las gracias —le dice mientras lo acurruca contra su pecho—. No me las des, porque yo no tengo tampoco suficientes para dártelas.

Daryl no llora en sus brazos, pero se acurruca y susurra su nombre. Es como un niño grande. Y como aquel niño pequeño al que maltrataban.

Ahí, con ella, por primera vez en mucho tiempo, siente esa seguridad y esa amabilidad que jamás le han dado.