Fic ambientado en en el retorno de Daryl y Merle a la prisión durante el ataque del gobernador.
Retazos
12º
Regreso
Daryl había regresado y aunque acababan de sufrir una terrible situación, no podía evitar alegrarse por ello. No podía estar más enfadada con él y tampoco lejos. Así que avanzó, golpeando con sus dedos las rejas como si fuera niña pequeña hasta llegar a la celda en la que él estaba.
Su poncho y sus cosas estaban tiradas por cualquier lado, descuidado. Y él, recostado en la litera de abajo, con una flecha en las manos.
Cuando ella se apoyó contra la entrada, él levantó la mirada. Esa mirada que era capaz de estremecerla.
—No he tenido oportunidad de decirte que me alegra de verte.
No iba a echarle en cara que se fuera. No podía.
Él miró a su alrededor con sarcasmo.
—¿A qué? ¿A esto?
Daba giros inquietos a la flecha entre sus dedos. Ella avanzó hasta sentarse en la silla junto a él.
—¡Es nuestro hogar! —le recordó, convencida de que le prefería ahí que fuera.
Él asintió, con la boca tirante.
—Es una tumba.
Carol ladea la cabeza, mira al techo y recuerda a T-Dog.
—Así lo llamó T-Dog —dijo—. Y tenía razón hasta que me encontraste.
El gesto de Daryl se relaja. Sus mejillas tiran leventemente de sus labios en una mueca de sonrisa que desaparece un poco. Luego, desaparece del todo cuando ella vuelve a hablar. Es un tema que necesita decirle.
—Es tu hermano, pero no te conviene. —Nota la mirada de advertencia. Una que dura poco cuando la baja para mirar como excusa el arma—. No le dejes arrastrarte. Mira hasta donde has llegado tú solo.
Daryl mira a su alrededor, con los dedos danzando aún más alrededor de la flecha. Ante su silencio, Carol no puede evitar reírse y él, acompañarla.
Sí. Siempre que alguno de los demás dice algo así él salta como un gato, con ella, no. Se ven como dos idiotas que por un momento reconectan tras romperse ese enlace por su marcha.
—¿Puedo? —pregunta entonces ella.
Daryl deja la flecha a un lado y asiente. Carol abandona la silla para sentarse a su lado hasta colocarse entre sus piernas. El recuerdo del día en la que encontró volvió a ella. La seguridad, la sensación de sentirse querida. De que fuera él.
—No vuelvas a irte. ¿Vale? —le dice casi en un susurro. Lo suficiente para que él escuche. Porque siempre la escucha.
—Carol…
—Lo sé. Ahora es como pedirte que traigas dinero a la casa —soltó, dándose cuenta de lo que eso implicaba.
Se incorporó para mirarle asustada.
—Lo que quiero decir…
Él mantiene un gesto impasible.
—Sé lo que quieres decir —tranquilizó.
Carol suspira aliviada y esa vez, en vez de apoyarse de espaldas lo abraza, apoyando su cara contra su cuello.
—Te he echado mucho de menos. De verdad que lo he hecho.
Le toca la cara con una mano, con cautela. Daryl baja la mirada de sus ojos a sus labios y ella se acomoda para ofrecerse.
Un beso suave y extraño que termina convirtiéndose en añoranza y deseo. Ambos saben lo que podría haber perdido perfectamente.
Cuando el beso se rompe, él mira hacia la puerta de la celda, hacia su poncho y hacia la luz que entra. Maldice, porque sabe que la desea. Y ella, acurrucada, echa de menos en esos momentos el jolgorio de la ciudad, donde ella podría convertirse en un flan entre los brazos de él, poseerle y nadie se enteraría por el ruido.
Luego, alguien grita acerca de la comida y, con frustración, ella se levanta.
Él la retiene, con la promesa en su mirada. Carol sabe que no necesita decirlo en voz alta y le besa de nuevo. Esa vez, se demora más tiempo, mordisquea sus labios y le mete la lengua entre ellos, saboreándole hasta que empieza a ser doloroso y se suelta.
—Yo siempre volveré a ti. Siempre.
Después se marcha y sacude la cabeza.
Debía de hacer algo, porque ese hombre realmente la tenía comiendo de su mano.
