Está basado en la conversación entre Andrea y Carol donde esta última le da una idea a la primera acerca del Gobernador.
Retazos
14º
La mejor noche
Carol sabía que esas palabras tenían un significado potente. Estremecedor incluso. Pero no pensó que Daryl las hubiera escuchado.
Cuando se reunió con él esperanzada de que esa no fuera la última vez, él la esperaba apoyado contra la pared, moviendo la uña sobre el cuchillo. Ella cerró la celda y cubrió la salida con una cortina, para después acercarse a él. Pero se apartó al momento en que intentó besarle y clavó en sus ojos una mirada aterradora.
—¿Qué ocurre? —preguntó confusa.
Entonces, él se lo dijo.
—¿Esa es tú idea de todo esto?
—¿Qué estás hablando? —cuestionó perdida.
—Andrea.
Entonces, comprendió. Le había propuesto una solución a Andrea. Una que sólo una mujer podría llevar a cabo y que anteriormente ya se hizo muchas veces. ¿Honorable? No, para nada. Y existía un pequeño promedio de que no surgiera bien.
—Le dije que se acostara con el gobernador, que le diera su mejor noche y luego lo matara. Sí —aceptó—. ¿Qué tiene que ver eso con nosotros?
Daryl se quedó pensativo. Intentaba encontrar la forma de responder a su pregunta. Carol se sentó en la cama, suspirando.
—Daryl, nunca, de las veces que me he acostado contigo, se me ha ocurrido el tener que matarte. Pero…
Se mordió los labios, dolida por el recuerdo. Él cruzó los pies, como si eso retuviera el hecho de querer ir hacia ella.
—Pensé en usarlo en Ed una vez.
Entonces, él comprendió y esa vez, sí que se acercó, sentándose a su lado. Su mano se pegó a su espalda en una caricia reconfortante.
—Había intentado ese día golpear a Sophia. Logré evitarlo y prometió descargarse conmigo más tarde. Pensé: ¿Qué mierdas importa ya? Así que imaginé algo como eso. Tendría que soportar que me usara como siempre, pero al menos, se agotaría lo suficiente como para no enterarse. Incluso metí un cuchillo bajo la almohada. Lo preparé todo.
Notó algunas lágrimas correr por sus mejillas que apartó con su palma. La tercera se la quitó él con el dedo.
—No tienes que contármelo si no puedes.
Negó con la cabeza y le miró con ojos brillantes.
—Obviamente, no logré hacerlo. Temí por mi hija. ¿Qué pasaría con ella después? ¿Quién cuidaría de ella? Fui una cobarde…
—Te ofreciste de escudo por ella.
Asintió, mirándose las uñas.
—No es tan valiente como suena.
Él guardó silencio. Seguramente, pensando en sus propias batallas. Besó su mejilla, sus cabellos y la abrazó con una ternura que la derritió aún más en un mar de lágrimas.
—Sin embargo, después de todo aquello, sí que obtuve una mujer noche —dijo poco después, algo más recuperada.
Él elevó una ceja, despistado y ella sonrió, rodeándole la cintura con su brazo.
—En la entrada de la prisión.
Entonces, la soltó, con las mejillas rojas.
—Cállate.
Pero aceptó que le besara.
—Siempre puedo demostrártelo.
Desgraciadamente, el tiempo no estaba de su parte.
