Capítulo 4: Todos cargamos una cruz.

Cuatro años antes:

Había cosas con las que detestaba lidiar en la vida; y una de ellas era tratar con el profesor Taisho: el hombre más apático sobre la Tierra. Bueno, también mi padre disputaba ese lugar, pero en esa ocasión le restaría el crédito.

Fuese durante o después de la jornada de clases, nuestro trato profesor-alumna no había variado en lo más mínimo. Los intercambios de opiniones ácidas entre ambos eran una rutina. Como era de esperar, la que siempre perdía en los enfrentamientos era yo. No por falta de argumentos, sino porque él tenía el poder. Era divertido en cierto ámbito hacerle enfadar, pero por el otro, ya comenzaba a fastidiarme debido a las consecuencias. No me agradaba en lo más mínimo el cargar baldes por cerca de una hora en los pasillos del establecimiento, mientras él y su estirado trasero estaban dentro del aula, vigilando de vez en cuando mi expresión de pocos amigos.

Aquella mañana, tras sufrir un nuevo castigo por cortesía del maestro antes mencionado, necesitaba descargar mi molestia en algo que no me significara nuevos problemas.

Venganza.

Venganza.

Venganza.

Esa palabra se repetía en mis pensamientos, y por muy tentadora que sonara la idea, sabía que debía desecharla porque tendría asegurado un castigo peor que cargar tiestos con agua.

Tras terminar la clase de cálculo, el señor Taisho me dio la señal habitual de que la sanción había terminado y que podía dejar de cargar los molestos baldes, para luego desaparecer entre la multitud de alumnos que comenzaba a salir de sus aulas. Noté que los estudiantes parecían darle el espacio suficiente para que él caminara entre ellos y no rozarlo. Tal como si fuera un príncipe y los vasallos le dieran el paso por temor a ser aniquilados. Sonreí ante tal pensamiento. Al parecer era la única persona en el establecimiento que no le temía realmente. Quizás era valiente. Tal vez era muy estúpida. Pero lo que si sabía, es que no iba a doblegarme y terminar como el demás alumnado: temerosa ante su presencia.

Tras un breve receso, la clase de literatura debió comenzar como de costumbre, más ello no sucedió. La docente a cargo debió tomarse el día debido a que su hijo se encontraba en el Hospital tras un accidente en su escuela. Consecuencia: el niño estaba inconsciente en la sección de pediatría. La madre preocupada por lo que podía acontecer. Nosotros teníamos libre lo que quedaba de mañana.

Muchos de mis compañeros, incluida Akane y su novio Daisuke, se quedaron en el aula. Algunos estudiando, otros charlando, unos durmiendo o jugando a algo que no me interesaba. No me quedaría ahí de todos modos. Tenía mejores planes. Me levanté de mi pupitre y decidí dar un paseo en dirección al aula de música, no antes sin recibir una veleidosa mirada por parte de Dai. Opté por ignorarla por millonésima vez y desaparecer de su vista. No tenía ánimos para escuchar sus venenosas palabras. No ese día.

Si algo me agradaba y me devolvía en parte mi buen humor, era disfrutar de mis tiempos libres y escaparme al aula de música y tomar prestado el cello que estaba a disposición del alumnado.

Al entrar a dicho lugar, cerré la puerta tras de mi. Corrí las cortinas de las ventanas para que los tibios rayos de sol inundaran por completo cada rincón de la sala. Una genuina sonrisa y cierta satisfacción se produjo en mi al ver aquel majestuoso espectáculo. Instrumentos de todas clases; de viento, cuerda, percusión y eléctricos, todos ordenados en su respectivo sitio, formando una media luna mirando hacia el podio del director de orquesta. Cogí una de las sillas disponibles, ubicándola al centro del aula, para ir por el instrumento de mis pasiones: el cello o violonchelo, como se le dice normalmente.

Nunca entendí el porqué de mi fascinación hacia el cello. No fue su tamaño, ni sus notas graves, sino la sensación de tener la piel de gallina, completamente erizada, cuando sostengo aquel instrumento entre mis piernas y toco a través de él lo que nace de mi interior. Transmite perfectamente mis emociones. Mi enojo, tristeza o alegría, pero jamás amor, ya que nunca lo he conocido. Cada nota me representa, cada vibración, hasta el movimiento del arco es algo que requiere sutileza y a la vez poder. Controlas la complejidad de las técnicas necesarias para usarlo de manera correcta. Mantienes la concentración de todos los sentidos. Te consume poco a poco. Nada más existe. Solo las cuerdas, tu digitación, tu arco y la completa expresión de tu ser.

Tras tenerlo en mis manos, una placentera corriente eléctrica recorrió mi columna vertebral y ya no hallaba el momento para comenzar a tocar. Tomé asiento en el lugar que había destinado, para luego acomodar el instrumento entre mis piernas y también la falda de mi uniforme para que no se viera más allá de lo debido.

Me di el tempo necesario para comprobar con mi oído lo muy desafinado que estaba. Tardé un momento más en afinarlo correctamente. Cuerda por cuerda, con el cuidado suficiente para no cortarlas en el proceso. Cuando comprobé que estaba listo, las primeras notas hicieron su aparición.

Improvisación, no hay nada mejor que ello. Perdí la noción del tiempo, solo me dejé llevar por el instante, dejando que la melodía fluyese libre por los rincones del aula y el exterior de ella. Sabía que era algo casi imposible que alguien notara mi presencia en el lugar, debido a que se encontraba en un sitio algo aislado del primer piso. Luego de unos minutos, me detuve a descansar. Realicé unos movimientos básicos para relajar mis manos, mientras me detenía a pensar en todo lo acontecido de los años a la fecha.

Ese día era especial, melancólico y lleno de dolor, el cual no quería demostrar. Era la fecha en que mi hermano menor había fallecido, el día en que mi mundo cayó en un agujero negro y me recordaba día a día su partida. Más bien, mi familia me lo recalcaba. Incluso, esa misma mañana mientras desayunábamos, se me recordó –recalcó agriamente- que antes del atardecer se realizaría una ceremonia conmemorativa, donde todos debíamos asistir. La verdad, no deseaba hacerlo. Diez años haciendo lo mismo y soportando las miradas reprobatorias por parte de todos, diciendo sin palabras "Es tu culpa", ya me tenían exhausta psicológicamente.

Posicionando mi arco contra las cuerdas, comencé a tocar la canción que a Etsu le gustaba. Mi pequeño, cuanto lo extrañaba.

Si, extrañaba día a día su sonrisa y ternura peculiar.

Su ceño fruncido cuando no obtenía lo que quería. Su mal humor cuando solía esconderle sus caramelos.

Su inocencia.

Su voz emocionada mencionando mi nombre y el verlo correr hacia mi cuando me veía llegar de la escuela.

Su fiel compañía cuando practicaba cello.

El que me despertara dando brincos en mi cama cada fin de semana para jugar desde muy temprano con él.

Sobre todo, extraño sus reconfortantes abrazos, diciendo un genuino: "te quiero, hermana".

Si tan solo hubiese sido yo la que hubiera muerto y no él.

Conteniendo mis lágrimas, pobremente logré finalizar aquella banda sonora de For the love of a Princess(1). Bajando el arco a un costado de mi cuerpo, apoyé mi cabeza contra el cuello del cello y dejé que mis lágrimas fuesen libres de una buena vez. Fue como si me la fuerza corporal me abandonara de un momento a otro. Solo podía abrazar ese pobre instrumento como si fuera un ser humano, intentando consolarme a mi misma, pretendiendo borrar mis propios remordimientos.

Nadie miraba. Nadie sabría. Nadie notaría mi cruz y el dolor.

-Etsu, lo lamento tanto. –Dije con aquel jodido nudo en la garganta que apenas te deja inhalar el aire, para luego percatarme de la presencia de alguien al sentir unos pasos entrando al salón, posicionándose frente a mi-

Pude escuchar una voz malintencionada, la cual podría reconocer en cualquier parte del mundo. Deseo que se retire. Hoy no es un buen día. No tengo ánimos de soportar sus estupideces. Noto que otras dos personas la acompañan, y una de ellas cierra la puerta para que nadie entre o escuche lo que van a decir.

-Miren a quién tenemos aquí. Si es nada menos que la mosquita muerta de Rin.

-Lárgate, Dai. Hoy no toleraré tus boberías. –Advertí con voz neutra, controlando mis emociones. Ni siquiera era capaz de levantar la cabeza y despegarla del cello, menos limpiar el rastro de mis lágrimas. Solo podía mantener los ojos cerrados, intentando no caer en las próximas provocaciones que se vendrían por delante-

-Ay, pequeña Rin. –Dijo sin tomar atención a mi advertencia, rodeándome con sus amigas, las cuales eran un fallido intento de bravuconas- ¿No entiendes que estamos preocupadas por ti? –Prosiguió hablando con fingida inocencia e inquietud en sus palabras- Mira nada más, estás llorando. Tú, una chica tan fuerte…

-Dai, vete de aquí. –Repetí sin variar mi tono de voz-

-Tú no le das órdenes, asesina. –Contestó rápidamente Kyoka, la joven que se encontraba a mi derecha.-

Le dediqué una mirada analítica a la persona que habló. De abajo hacia arriba, con todo el desprecio que despertó en mi con seis palabras. Noté sus pulcros zapatos, sus medias blancas, sus piernas blancas cubiertas por una falda tableada de tono azul marino, la cual le llegaba más arriba de las rodillas. Luego miré su plateada blusa de manga tres cuartos, la cual estaba perfectamente planchada, su corbata roja, para después detenerme en su rostro y perfectas facciones. Sus ojos marrones que estaban mostrando cierta confusión y como dejar pasar su ondulado cabello rosa tan esponjoso como un dulce, el cual estaba podrido desde el interior. Si, Kyoka tenía un alma tan podrida como su jodida amiga.

-¿Qué mierda acabas de decir? –Pregunté, recordándome que esa joven no solo era una golfa que pasaba casi inadvertida, sino que al parecer era también estúpida, y eso no era una buena combinación para ella.- Repítelo y te cortaré la lengua con este arco.

-¡Vaya, vaya! –Rió Dai ante mi comentario, aplaudiendo fascinada- Veo que nuestra compañerita quiere añadir a la lista otro nombre. ¡Miren nada más su expresión! –La veía apuntándome directamente- Sombría… ¡Es la de una asesina! ¡Cuidado, cuidado, Kyoka! –Se burló exageradamente, moviendo su cuerpo como una gallina- Solo eres una inadaptada que no sirve más que para dañar a los que te quieren. –Me observó ya una vez quieta, agachándose a tal punto que quedábamos a una misma altura, pero a unos pasos de distancia una frente a la otra- Y como nosotros te odiamos, no podrás dañarnos.

-Dai, creo que ya es suficiente. –Comentó Sakura, quien se estaba a mi izquierda, tratando de hacerla entrar en razón- Te estás pasando.

-No eres más que una escoria, Rin. –Dai prosiguió sin prestarle atención a su bravucona, tal como si no existiera- Tú mataste a Etsu, tu hermano, te guste o no. Un pobre niño de cinco años con dificultades mentales. Este no es mundo para esas personas. Tal vez le hiciste un favor al hacerlo. Pobre, retrasado, ni cuenta debió darse de que lo aniquilaste.

Con Etsu, no, perra.

Dejé caer al piso aquel instrumento musical que antes sostenía con fuerza, para estar en un rápido movimiento frente a Dai y darle un buen golpe en la quijada, haciéndola caer al frío piso de la sala. Si hubiera sido por mi, la hubiera seguido golpeando hasta cansarme, pero sus amigas me lo impidieron. Me atraparon de cada brazo y me jalaron hacia atrás, impidiendo que siguiese golpeando a Dai.

-¡Con mi hermano no te vuelvas a meter! ¡Te lo advierto, perra! –Exploté tras su estúpido e ilógico discurso, y no iba a dejar de forcejear por nada en el mundo. Ya se iban a enterar cuando lograra zafarme- ¡Suéltenme o se van a arrepentir! ¡Que me suelten he dicho!

Dai se incorporó del suelo, viéndome con una mezcla de incredulidad y naciente odio. Pasando cuidadosamente sus dedos sobre la mejilla, parecía debatirse entre realidad e imaginación. De todos los años que nos conocíamos, era la primera vez que actuaba con violencia física. Nunca habíamos pasado de los comentarios y respuestas ácidas. Más siempre hay una primera vez para todo.

Su quijada estaba tomando color y pronto sería un contundente moretón. Por primera vez, sentí satisfacción. Cerrarle la boca a Dai Yamagushi, no era fácil. Sin embargo, un golpe en la boca del estómago me arrebató la dicha del momento. Pude sentir como el aire salía de mi y un dolor punzante comenzaba a expandirse por la zona afectada, mientras solo podía inclinar parte de mi cuerpo hacia adelante por reflejo. Cogiendo mi rostro con rudeza, me devolvió el favor de golpearme la mejilla mientras Sakura y Kyoka me mantenían retenida.

Cobardes.

Podía sentir el sabor metálico de la sangre en mi boca tras recibir varios golpes, pero no les daría el gusto de demostrar el dolor que sentía. Dai me recordaba a cada instante, en cada golpe que había sido un garrafal error el golpearla y que lo pagaría muy caro.

Cuando menos lo esperé, alguien abrió la puerta de golpe. Ya no estábamos solas. Tanto Kyoka como Sakura me soltaron en el instante, y como reflejo caí al suelo, posando mi mano sobre el estómago, como si eso realmente ayudara contra la dolencia. En realidad ya no había parte de mi cuerpo que no sufriese tras los golpes de esa infeliz.

Cuando levanté la mirada, pude ver que se trataba de Sesshomaru Taisho, el profesor de cálculo. Por primera vez sentí miedo al notar su mirada ambarina, la cual parecía estar levemente enrojecida. No era de reproche, sorpresa, o cualquier expresión que uno podría poner al encontrase con tal situación. No. Era otra cosa. Él si tenía una mirada asesina con o sin proponérselo. Hasta se me cortó la respiración cuando dio los primeros pasos dentro del lugar, y creo que a las demás les ocurrió lo mismo. Su tensa mandíbula, sus puños apretados, y su cuerpo tenso me daban a entender que estaba más que furioso por la escena que había descubierto.

-Lárguense de mi vista o verán lo que les ocurrirá. –Amenazó a las tres muchachas que estaban de pie rodeándome. Ninguna podía a mover un musculo de su cuerpo. Ese maestro era intimidante. Peligroso.- No hagan que repita esto dos veces.

-Pero, profesor… -Intentó decir algo Sakura, imitando una voz dulce, pero el temor era más poderoso-

-¡Largo! –Aumentó significativamente su tono de voz, no llegando a ser un grito de amenaza, pero podría asemejarse. No pude evitar pegar un respingo por el temor que me dio- Las veré en diez minutos en la oficina del rector, más si no están allí para cuando llegue, las buscaré yo mismo y desearán haberme obedecido antes.

Mierda.

Las tres chicas salieron corriendo del lugar, dejándonos a ambos solos en aquellas cuatro paredes. Paso a paso, fue acercándose a mi, hasta que llegó a mi lado y con una de sus manos examinó mi rostro golpeado. No supe descifrar su mirada, su rostro se había normalizado por completo nuevamente. En cosa de segundos. Solo pude murmurar un casi inaudible "gracias", dejando que algunas lágrimas silenciosas recorrieran libremente su camino. Una cosa no es querer demostrar dolor ante los demás, otra muy diferente es luchar contra la humillación que provocan ese tipo de acontecimientos.

Con cuidado, lo primero que hizo fue secar todo rastro de lágrimas con sus dedos. Luego, me tomó entre sus brazos y me sacó de aquel sitio, encaminándose a la enfermería. Pocas veces en mi vida no sabía qué rayos decir, y esa era una de esas extrañas ocasiones. Solo pude aferrarme a su cuello para no caerme, y esconder mi rostro en aquel sitio. Eso ayudaba para no notar algunas miradas curiosas que nos brindaban al ir al otro extremo del colegio. Eso sería un chisme de proporciones insospechadas.

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Una hora después, aún me encontraba en enfermería, descansado, ya con mi rostro con evidentes rasguños y moretones que ya habían comenzado a tomar color. Aun podía sentir mi mano derecha adolorida por el golpe que le di a esa arpía. Dioses, que sensación tan agradable. Mis nudillos enrojecidos gritaban: "¡victoria!", pero lo que restaba de mi cuerpo decía: "te ganaste una paliza".

Contraste total.

Debía dirigirme a la oficina del rector y explicar el origen de esa agitada situación. ¿Cómo decirle sutilmente que Dai era una gran hija de puta? Si se lo decía tal como sonaba, la sanción para mi sería peor, ellas ganarían. Que gran dilema.

Aún seguía enfadada por lo acontecido. ¿Y cómo estarlo? Que me insultaran a mi, me daba igual. Pero, que hablara de la condición de mi hermano, y de su muerte, fue más de lo que pude soportar. Semanas antes, Akane, me detuvo de golpearla, y hoy a pesar de todo, no me arrepiento de haberlo hecho.

La enfermera, firmó un detalle para mis padres, y me notificó que ya podía retirarme. Me bajé de la camilla, con el máximo de cuidado, y caminé lo mejor que pude hacia la rectoría. Fue ahí donde me encontré nuevamente al profesor Taisho, quien hablaba con el rector y las tres alumnas implicadas. Las cinco personas me observaron al llegar y tres de ellas temblaron tras desviar la mirada al docente que las había enviado al lugar. Estaban atemorizadas. ¿Qué les habrán dicho o hecho?

El rector se acercó a mi, con aire serio y me solicitó explicarle los hechos. El maestro Taisho, me detuvo antes que pudiese pronunciar una sílaba. Él vio los hechos, ellas me estaban golpeando cuando llegó a la sala de música. Ellas me habían provocado, para luego golpearme. No había más que agregar a su parecer.

-¿Necesita más explicaciones? –Comentó con su típica seriedad que le caracterizaba- La señorita Yamagushi y compañía, ya han admitido su culpabilidad en los hechos.

-Ella también la golpeó. –Contraatacó el rector, ajustando la chaqueta gris que portaba-

-Yo la provoqué. –Admitió Dai en voz baja-

-El rector no te ha escuchado. Dilo más fuerte. –Ordenó con disimulo-

-Dije que yo la provoqué. –Acató Yamagushi conteniendo las lágrimas. Dios, ella lucía aterrada.- Hablé mal de su hermano. Le dije asesina. Deshonré la memoria de Etsu Higurashi. Ella me golpeó por eso y luego la golpeé mientras Sakura y Kyoka la sujetaban. Aprovechamos que era un lugar apartado y solitario durante el horario de clases y no contamos con que el señor Taisho nos descubriera. Lamento haberme excedido bajo un acto de estupidez.

-Lo lamentamos. –Dijeron las aludidas, dando una reverencia en mi dirección.

-Ha estado bajo una constante estupidez, Yamagushi. –Añadió el profesor Taisho- No es la primera vez que usted y sus amigas han estado acosándola y provocándola. Llevo casi dos meses haciéndoles clases y esto ha ocurrido en numerosas ocasiones. Era cosa de tiempo para que esto aconteciese.

-Es inaudito. Lo hubiésemos notado…

-Sandeces. –Le interrumpió el maestro, al notar lo contrariado que estaba el calvo y bigotudo hombre que estaba frente a él- Usted no acude a los salones a menos que sea por una determinada situación. Pasa la mayor parte del tiempo en su oficina o con la secretaria. Algunos de los maestros no están interesados en lo que estén vivenciando los alumnos, porque piensan que no es asunto. Pero, si lo es. Fallamos como docentes al pasar por alto acciones como las que comenten cientos de "Yamagushis". –Le puso una mano sobre el hombro a la aludida- Gente podrida, tanto de mente como alma, que goza con atormentar a los demás, porque los consideran débiles. Sin embargo, puede aparecer una "Higurashi" que puede marcar la diferencia. –Retiró su mano del lugar en que la había posicionado, posicionándola a un costado de su cuerpo- Se pueden cansar de sus malos tratos y dar por finalizada una situación. Por nuestra indiferencia, la violencia crea más violencia y en ocasiones muchos recurren al suicidio por no darles importancia. No puede quedarse sentado detrás de su escritorio y fingir que las cosas están bien. No lo están. No siempre estaré para detener estas situaciones. Puede que alguien termine muerto en las instalaciones por no hacer algo al respecto.

-¿Se atreve a cuestionar mi gestión administrativa? –El rector se ofendió notablemente, mientras yo solo pensaba en hacerle un jodido altar a ese profesor malhumorado. Que huevos tenía para decirle todas esas cosas y no temer por un probable despido-

-La administrativa no. Pero, la humana y educacional deja que desear.

-Tú y yo hablaremos después Taisho. –Advirtió el hombre a cargo del establecimiento, bufando ofendido, con el orgullo herido. Más bien hecho trizas- Y ustedes tres. –Se dirigió a Sakura, Dai y Kyoka- Están suspendidas por diez días, con situación condicional y mañana deberán presentarse con sus padres a las nueve de la mañana.

-Si, señor. –Dijeron las tres al mismo tiempo-

-Mientras que usted, Higurashi. –Se volvió a mirarme cuando ya se encaminaba a la oficina- Puede reincorporarse normalmente a clases a contar de mañana. Llamaré a sus padres para hablarles sobre la situación que ocurrió y notificarle sobre la sanción de las implicadas en su cobarde agresión. Pueden retirarse.

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Al finalizar las clases, me encontraba en biblioteca, donde solíamos corregir las pruebas de los demás cursos. El profesor aún no llegaba y eso era extraño. Acostumbraba a ser bastante puntual. ¿Y si se encontraba en el salón 1H? No, no era probable, debido a que él mismo había fijado el sitio semanas atrás. Cuando ya me estaba dando por vencida, apareció él sosteniendo una taza de café humeante. Me observó un momento y se acercó a la mesa donde tenía mis pertenencias.

-Daba por hecho que te habías ido al finalizar la jornada, Higurashi. –Dijo posando la taza en la mesa y me extendía una carpeta negra que contenía las pruebas-

-Decidí quedarme. Tenía un compromiso con usted.

-Hoy no era necesario. –Se limitó a responder monótonamente-

-Para usted no, pero para mi sí. –Rebatí abriendo la carpeta y sacando un montón de pruebas que estaban sujetas con un listón rojo-Tres veces a la semana, hasta final del curso. No creo que en un día lo haya olvidado. –Sonreí divertida recordando sus palabras-

Ambos tomamos asiento y nos repartimos las pruebas de un curso de veinticuatro alumnos, doce pruebas cada uno por consiguiente. ¿Qué había de entretenido en corregir pilas de exámenes y en gutural silencio? Nada, pero lo disfrutaba de cualquier modo. Pero, era hora de romperlo y sacar un tema de conversación. No iba a admitirlo a viva voz, pero el maestro me intrigaba de sobremanera. Nadie sabía algo de él: ni su procedencia, edad, gustos, cosas triviales.

-¿Qué lo trajo a esta ratonera de preparatoria, profesor?

-¿Por qué la pregunta? –No dejó de tachar algunas respuestas equivocas de la hoja que corregía-

-¿Por qué la evita?

-¿Por qué te interesa?

-¿Responderá sin hacer otra pregunta? –Dejé de lado el lápiz que sostenía, debido a que ya comenzaba a frustrarme- Usted sabe que no me doy por vencida tan fácilmente y este juego del responder con otra pregunta puede extenderse eternamente.

-Trabajo. –Respondió finalmente, imitando mi acción de dejar de lado su lápiz y beber un poco de café. Su respuesta era lo más obvio del mundo y no me dejaba satisfecha- Ahora, tú. ¿Por qué te quedaste?

-Ya le dije. Tenía un compromiso con usted y…

-No me gustan las mentiras, Higurashi. –Cortó mi versión de forma tajante- Di la verdad o este intento de conversación acabó.

-No miento. En serio, deseaba quedarme a cumplir con mi obligación. –Comenté jugando con mis dedos sin saber qué hacer realmente- Pero, también hoy se realizará la ceremonia de mi hermano y no deseaba asistir. Todos los años es lo mismo. No deseaba enfrentarme a la desagradable situación de que me culpen como ocurre año tras año.

-¿Qué le ocurrió realmente?

-Es una larga historia. –Desvío la mirada de la suya, temerosa de que al final termine juzgándome como todos o que me diga asesina como Dai-

-Tengo tiempo. –Se acomodó en aquella silla de madera que estaba a mi lado, preparándose para mi relato-

-Bien. –Dudo en proseguir o no, pero decido contarle lo ocurrido- Mi hermano nació cuando yo tenía tres años. Recuerdo haberle pedido a mamá un hermanito o hermanita para poder jugar. Mei, mi hermana mayor no se llevaba muy bien conmigo en aquel entonces y siempre obtenía un no por respuesta cuando le pedía pasar tiempo con ella. Mi niñera, Kaede, me relataba que el día que él nació, corrí y salté por toda la casa, feliz por el ansiado nacimiento. Cuando entré a la habitación de mamá, ella lloraba. No de felicidad, sino por tristeza. –Relaté los acontecimientos, bajo la atenta mirada de mi acompañante- Etsu había nacido con Síndrome de Down. Sus rasgos físicos le delataban según el médico de cabecera.

No entendía el por qué mamá lloraba tanto. Yo no veía nada raro en él. Incluso, me pareció lo más bello que pude ver en mi vida. Parecía un muñequito. Quieto, sonriente, muy blando y suave al tacto. –No pude evitar sonreír al tener un corto recuerdo sobre ello. Inexplicablemente, eso se había marcado como hierro caliente en mi memoria- Pasó el tiempo y mamá tuvo cierto rechazo hacia Etsu. Decía que él era diferente y que era por su culpa, por ser muy vieja para tener hijos. Yo lo veía como un niño más, pero me percataba que le costaba realizar ciertas cosas. Tardó en caminar, comer por si mismo y sobre todo comunicarse verbalmente. Etsu, habló a la edad de tres años y lo primero que dijo fue "Lin". Como tenía problemas para pronunciar la "R", me conformaba que me dijese de ese modo. Mi madre, dejó de lado su "culpabilidad" y comenzó a estimularlo de múltiples formas para que adquiriera más vocabulario.

-¿Y tu padre? ¿En qué momento de la historia entra él? –quiso saber, extrañamente se notaba interesado en él-

-Mi padre. –Junté la yema de mis dedos, conteniendo una irónica sonrisa- ¿Cómo podría mencionarlo? Ni siquiera estaba en casa. Viajaba mucho por su trabajo y la verdad, poco le importaba lo que sucediera con mi hermano. Según él, Etsu no debía ser su hijo. Que era una aberración de la naturaleza por su condición congénita. Estupideces, si me pregunta mi opinión. Más bien un bastardo sin corazón, que solo en el momento de su muerte se dignó a llamarse a si mismo "padre" de Etsu.

-¿Cuándo llegaste a esa conclusión?

-Hace años.

-¿Qué ocurrió con tu hermano?

-Él creció como era de esperar y se convirtió en un remolino. Jugaba, corría, hablaba tanto como un perico. Yo era la más feliz con todo ello, mi sueño de tener a alguien con quien jugar se hizo realidad. Hasta cuando él cumplió los cinco años de edad, todo era diversión y felicidad. Una tarde de primavera, jugábamos cerca de la piscina con una pelota. "Gol", así le llamaba a jugar al fútbol. –Mi voz se ve obstruida por el nudo en la garganta que advierte que estás a punto de llorar y lucho para no dejar a medio relato lo que tengo que decir- Yo tenía ocho años y por ende mi fuerza era mayor a la de él. Le lancé la pelota y no pudo atraparla. Apliqué más fuerza de la necesaria tal vez, no lo sé. Solo tengo claro que la pelota le llegó en el rostro y que su cuerpo cayó de espaldas y se golpeó la cabeza contra el armado del trampolín. Le dije que se pusiera de pie, pero no lo hizo. Corrí a su lado y tenía los ojos cerrados. Grité pidiendo ayuda cuando toqué su cabeza y estaba ensangrentada. Él fue trasladado al Hospital y tuvo una inflamación cerebral en la parte occipital. Etsu nunca despertó. Nunca salió de allí.

-Higurashi. –Dijo mi acompañante al momento que depositaba una de sus manos contra la mia, mientras mis hombros sufrían espasmos al tratar de controlar mi llanto que amenazaba con salir.- Fue un accidente.

-¡Yo tuve culpa en ello! –Grité cubriendo mi rostro con mis manos, soltando mis lágrimas de una vez. Dejando que el jodido dolor en el pecho y garganta se disolvieran de apoco- Yo no debí jugar tan brusco con él. No debí permitir que jugara cerca de ese maldito trampolín. No debí…

-Rin. –Habló nuevamente mi profesor, captando mi atención. Me había llamado por mi nombre. Creí que jamás lo haría.- No fue tu culpa. Estaban jugando, tú lo dijiste. Si hubieses tenido una mala intención para hacerle daño, si hubieras sido culpable. Más no fue así.

-Mis padres no piensan lo mismo.

-Que se jodan. –Sus palabras me impresionaron. En otra situación me reiría pero simplemente no podía.- Los que deberían sentir culpa son ellos. Por haberlo rechazado por su condición. Por apartarlo, siendo que las personas con ese síndrome pueden realizar una vida normal como cualquier otra. Cada acción por parte de tus padres demostró su egoísmo e ignorancia.

-Profesor. –Estaba impresionada. Él no me culpaba. No me reprochaba.-

-Ahora entiendo tu forma de ser, Higurashi. -Hasta había llegado mi nombre. ¿Dónde quedaba Rin? Que decepción- No es mucho lo que dijiste de ti, pero eres sensible y de espíritu noble. Te escondes en una coraza de personalidad irreverente, rebelde y fuerte para que no te vuelvan a dañar, cuando en realidad eres todo lo contrario. Pude imaginarte corriendo y jugando con él, con una sonrisa en el rostro que no sueles demostrar aquí. Al menos no una expresión genuina. Y si, fue un accidente el motivo por el cual tu hermano murió, pero tú le brindaste la felicidad que él necesitó hasta su último momento. Nadie en tu familia le dio lo que tú le brindaste, por lo cual eres mejor que todos ellos juntos.

No sabía qué decir. Solo podía verlo y escucharlo hablar como si fuese el hombre más sabio del mundo, aquel que me entregaba la llave de mi propia paz interior, la cual nunca encontré antes de sus palabras. Que contraste. Esa misma mañana lo odiaba, y a esa hora de la tarde me provocaba una sensación confusa tras sus palabras.

-Te daré un concejo. –Prosiguió sin problemas con su discurso- Tú ves si lo tomas o no. Deja de sentir remordimiento que no te corresponde. –Fue al grano de golpe- Eso te hace débil, no fuerte. No sientas lástima. Solo te vuelve mediocre, y tú, Rin Higurashi no estás hecha para la mediocridad.

-¿Y para qué estoy hecha? –Pregunté curiosa, pues ni yo misma lo sabía. En cosa de minutos me había descifrado y a esa altura de la conversación no me sorprendía si descubría algo más sobre mi persona-

-Eso lo descubrirás a su tiempo. Pero, estoy seguro que es algo grande. –Terminó de beber su taza de café, para luego observarme nuevamente- Por cierto, tienes talento. Te oí cuando tocabas violonchelo. Luego, me fui por un momento y cuando regresé, tus compañeras te agredían.

-Por cierto, gracias por ayudarme. –Me puse de pie para brindarle una reverencia en señal de respeto- No me imagino lo que hubiese pasado su usted no hubiera llegado.

-No te acostumbres. –Se puso de pie, de forma elegante y casual-

Dimos por finalizada la tarea de ese día y pronto salimos del establecimiento, conversando como si nos hubiéramos conocido de años. No me lo podía creer. ¡Había charlado con él sin discutir! Todo un récord para ambos y esperaba seguir acumulando conocimientos de su persona. La verdad nunca pensé tener algún tipo de trato con él, debido a que era una persona tan fría y distante, que ni en mis mejores sueños imaginé ese momento.

Caminamos juntos por largos minutos y supe algunas cosas de su vida. Sesshomaru Taisho tenía veinticinco años, era soltero y vivía en un complejo de edificios a las afueras de la ciudad. Era el primogénito de la familia Taisho. Su padre, Inu no Taisho, había muerto dos años antes tras sufrir un accidente automovilístico con su segunda esposa, Izayoi. De esa unión había nacido un hermano menor, el cual se llamaba Inuyasha. Este último no tenía una relación muy amistosa con el profesor Taisho, y ese muchacho estaba cursando el primer año de Universidad en Tokio, tal como mi prima Kagome. Me preguntaba si había una mínima posibilidad en que esos dos se conocieran. Poco probable, pero el mundo es un pañuelo.

No pude averiguar más sobre su persona. En cambio, él estaba interesado en saber algunas cosas de los Higurashi. Normalmente, no solía dar información sobre ello, pero debido a que él me había confidenciado algunas cosas, lo justo era pagarle con la misma moneda. Le comenté que mi familia tenía un negocio muy importante, que movía sus servicios de forma nacional e internacional. Originalmente, este imperio surgió en Fujisawa, pero creció notablemente cuando mi padre expandió sus proyectos a la ciudad de Tokio. Le mencioné que Mei y yo, quedaríamos a cargo del negocio una vez que papá falleciera. Eso no me gustaba en absoluto. Lo mío no eran los negocios, pero para Mei parecía ser el paraíso.

-¿Y cómo es ella? –Preguntó mi profesor, cuando cruzábamos la calle principal de la ciudad-

-Igual de calculadora que mi padre. –Respondí sin dudar- No es mala persona, pero no descansa hasta cumplir sus objetivos. No es la clase de persona con la que te gustaría trabajar.

-Competitiva. –Dedujo al instante-

-Y ambiciosa. –Añadí sin perderle de vista de reojo- ¿Por qué pregunta por ella? ¿Le ha interesado?

-Sandeces.

-Entonces, ¿por qué tanta curiosidad? –Me detuve un instante y él prosiguió su caminar como si nada-

-Soy un ser humano. –Respondió a cierta distancia- La curiosidad está en cada uno de nosotros y buscamos respuestas para satisfacer aquella necesidad incomprensible.

-Suena filosófico. –Me burlé sutilmente de sus palabras- Pues yo le diré mi necesidad incomprensible y no es precisamente la curiosidad.

-¿Así? –Se detuvo, para mirarme de medio lado-

-¡Claro! –Sonreí genuinamente- Estar en contacto con la naturaleza, disfrutar de la fresca brisa durante el atardecer, dejarme llevar por la melodía de una música sutil…

-¿Violonchelo? –Interrumpió-

-Sí, pero también puede ser una flauta dulce, un piano o violín. Tal vez una banda sonora de alguna enigmática película o serie de televisión. Caminar a la orilla de la playa o algún lago, sentir el frescor del agua en mis pies.

-Vaya, pensé que era encontrar al verdadero amor. –Se burló el muy cretino- Todas las jóvenes de tu edad suelen buscar lo mismo.

-Sé que lo encontraré, pero no estoy desesperada por ello, profesor. –Le respondo caminando hacia él, para retomar mi lugar a su lado durante la caminata- No es algo que me quite el sueño. Cuando llegue, lo sabré. Si es un buen amor, le entregaré mi corazón.

-¿Y si ese hombre no te corresponde?

-Lo amaré de igual forma, pero estaré contenta si es que lo veo feliz.

-¿Aunque esté con otra mujer? –Preguntó escéptico- No es algo muy común que digamos.

-Si, aunque esté con otra. –Respondo convencida de ello- Bueno, no soy muy común que digamos, así que no hay nada de que sorprenderse. ¿Y usted qué haría si encuentra su verdadero amor?

-No creo en esas cosas banales y sentimentales. –Se limitó a responder-

-No sea gallina y responda.

-No seas insolente, Higurashi. –Advirtió frunciendo aún más su ceño característico- O llamaré a Yamaguchi para que te enseñe modales.

-¡Vaya, usted intentó hacer una broma! –Seguía impresionándome ese hombre de cabello plateado- Un chiste malo, pero al menos fue un intento.

-¿Quién dijo que era un chiste?

-Bueno, lo que sea. –Decidí ponerle fin a la situación o nuestro record personal sin mandarnos mutuamente al carajo se iría por el ducto del desagüe- Responda mi pregunta y lo dejo en paz. ¿Qué haría si encuentra su verdadero amor?

-La protegería con mi vida. –Respondió finalmente- Creo que dejaría muchas cosas por ella, y trataría de hacerla feliz tanto como sea posible.

-Eso suena muy sublime para alguien que no cree en cursilerías. –Ahora la que se burlaba era yo- Pero, la mujer que se enamore de usted, deberá tener paciencia y saber leerlo.

-¿Leerme?

-Si, es que usted es complicado. Tiene un genio de los mil y un demonios, no es muy expresivo. Lo único que sabe es tener la boca en una línea y el ceño fruncido. –Miraba su expresión facial y moría de ganas por burlarme de él- Sí, tal como lo hace ahora cuando hablo, y cada vez se nota más, más y más. ¿Hasta qué punto puede llegar a fruncir su ceño? ¡Déjelo libre! No, no lo frunza tanto o le saldrán arrugas a temprana edad.

-Sigue caminando o toma otro camino, niña graciosa.

-Yo llego hasta acá. –Le indico y él detiene su caminar por un momento- Mi casa está cerca de esa colina. Si gusta algún día podría visitarme.

-¿Por qué habría de hacerlo? –Preguntó sagazmente-

-Lo invito de cortesía. –Le doy una nueva reverencia, no exagerada como suelo hacerlo para molestar a mis padres- Usted me ha salvado, me ha aconsejado y me ha hecho un mal intento de broma. –Sonrió al verlo molesto nuevamente- A pesar de ello, estoy agradecida. Las puertas de mi morada están abiertas para usted.

-No es necesario.

-Yo le he dado una invitación, usted verá si la acepta o no, señor Sesshomaru.

-¿Por qué mencionas mi nombre? –Pregunta curioso, tal vez un poco ofendido por mi atrevimiento-

-Por la misma razón que mencionó el mío en la biblioteca.

-Lo hice sin una razón de por medio, Higurashi.

-Pues yo tampoco. –Respondo con una sonrisa en el rostro- Hasta mañana, señor Sesshomaru. Fue un gusto compartir el viaje de regreso a su lado.

Agité mi mano con gracia para luego desaparecer del lugar, dejando a un sorprendido hombre detrás de mi. Sus ojos no mentían, y ellos son la llave maestra de su baúl de secretos.

A su vez, me sentía algo extraña. Una calidez inusual comenzaba a despertarse en mi pecho. Por inercia posicioné una de mis manos sobre la zona, mientras que con la otra sostenía con fuerzas mi maletín. ¿Qué era eso? Nunca había experimentado una situación parecida. Sin poder evitarlo, eché un vistazo hacia atrás y aún podía ver a aquel profesor en su lugar. De pie. Quieto. Elegante con su impecable traje. Serio. El cual no me perdía de vista.

Ni yo misma entendía lo que sucedía. Solo podía sentir mi corazón palpitando con ritmo alterado como si hubiese participado en la maratón más extensa del mundo.

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Nota autora:

1) For the love of the princess: Banda sonora de la película "Corazón valiente", compuesta por James Horner. (Cover 2cellos)

¡Espero les haya gustado este nuevo capítulo! Aquí se sabe algo del pasado de nuestra pequeña Rin y su gran dolor. También, cómo Sesshomaru con un acto tan sencillo comenzó a conquistar su juvenil corazón.

Agradezco a quienes dejaron sus impresiones y quienes siguen esta historia. ¡Gracias totales!

Próxima actualización: 10 de marzo.