Capítulo 4
Una semana. Ya había pasado una semana desde que Henry había encontrado a Emma en la playa. Y desde entonces, Emma no había abandonado el domicilio de los Mills. Una extraña, pero agradable rutina se había instalado en el seno del hogar: mientras el pequeño estaba en la escuela, Emma, ya habiéndose acostumbrado a la casa, tenía la costumbre de pasar su mañana en la playa, intentando traer a la memoria pedazos de su pasado.
Cuando Regina trabajaba, Emma se paseaba por el pueblo, tanto que ya comenzaba a conocer el nombre de las calles e incluso a tener tiendas preferidas. Y por la noche, preparaba la cena cada dos días, para gran placer de Henry. Una rutina que agradaba a las dos mujeres sin que ninguna tuviera necesidad de decirlo o de hacerlo ver.
Emma tenía sus costumbres, ya fuera en casa de los Mills o fuera, y ya Granny sabía exactamente qué prepararle para satisfacerla cuando paseaba por la ciudad en horas vagas.
Pasaban los días, y Regina se dio cuenta de que la preocupación de Emma por recuperar la memoria había pasado a un segundo plano. Eso habría podido inquietarla, pero, al contrario, no parecía preocuparse ni lo más mínimo. Se tomaba cada nuevo día como una especie de bendición pues, sí, tenía que confesarlo, tener a Emma cerca de ella le procuraba muchas más cosas de lo que habría imaginado.
Evidentemente, se había contenido de hablar con nadie, y menos con Ruby, pero los hechos hablaban por sí solos a veces, y la deslumbrante morena tenía sus dudas y no se privaba de hacérselo saber a Regina.
Una vez más, Ruby apareció a la salida del trabajo de Regina, justo antes de que se encontrara con Emma.
‒ ¡Hey, hola!
‒ Rub'...Nos hemos visto esta mañana
‒ ¿Ah, sí?
‒ Un café, donuts de mantequilla de cacahuete y frambuesa
‒ Ah, sí, bah, ¿qué haces esta noche?
‒ Nada, ¿por qué?
‒ ¿No está Henry fuera esta noche?
‒ No está fuera, está en casa de un amigo
‒ Es lo mismo: esta noche, solo estáis tú y Emma
‒ ¿Cómo sabes lo de Henry?
‒ Tengo mis fuentes…Entonces, ¿qué piensas hacer con Emma?
‒ ¿Emma? Absolutamente nada.
‒ Mira que puedes ser testaruda
‒ Te he dicho que no pasará nada, es una amiga
‒ Oh, por favor…Eres la única que no ves nada.
‒ …
‒ Estáis siempre juntas
‒ Vive bajo mi techo
‒ Precisamente. ¿Qué persona sensata aceptaría que una desconocida, de la que no sabe nada, incluida ella misma, se quede bajo su techo, conviva con su hijo…? Hay que ser una total inconsciente o…Enganchada.
‒ Para, es una amiga
‒ ¿Y? Lo uno no impide lo otro. Escucha, ya te he dicho que no hay nada malo en ello. ¿Sabes? Ya hace algunos días que te veo como nunca te había visto antes.
‒ ¿Eso qué quiere decir?
‒ Feliz
‒ …
‒ No digo que no lo fueras, o que ya no lo fueras. Pero sobrevivías por tu hijo. Solo vivías por él, por su bienestar. Pero desde hace unos días, sonríes, estás pizpireta
‒ ¿Pizpireta? Jamás he sido pizpireta
‒ Pues eso. Hoy, das saltitos, sonríes…Eres feliz, Regina, y el hecho de que Emma esté aquí no es indiferente. Tienes el derecho a sentir cosas, a amar de nuevo. Danielle…
‒ ¡...Aún está demasiado presente!
‒ Ya hace cinco años‒ soltó Ruby, haciendo resoplar a Regina ‒ ¿De verdad crees que a ella le habría gustado saber que estás sola? Eres una madre formidable, pero también una mujer genial. Eres apasionada, amorosa…Y sé que, cuando amas, lo haces con todo.
‒ …
‒ Gina, ¿no te das cuenta de la amplitud que está cogiendo Emma desde su llegada? Su impacto sobre Henry, su influencia, incluso sin saberlo ella.
‒ Está agradecida…
‒ Déjalo ya, ya no tiene que ver con su búsqueda de su identidad…Ya hace días que ni intenta fingir. Se siente tan bien aquí que parece que siempre haya vivido por aquí. Todo el mundo la adora, niños como adultos. Solo tú te estás poniendo orejeras para no darte cuenta de nada. O…
‒ ¿O…?
‒ O lo sospechas, pero no quieres admitirlo.
‒ …
‒ Entonces es eso…Estás colada por ella
‒ ¡Eso es una idiotez!
‒ Pero es verdad
‒ ¡No, es completamente estúpido! No puedo…No debo…
‒ Regina…
‒ No conozco nada de esa mujer. Quizás esté casada, con una familia, hijos…Y si por casualidad me involucro demasiado…para luego perder todo…No lo soportaría, y para Henry sería una nueva decepción.
‒ Deja de volcar tus miedos sobre tu hijo. Escucha…Déjate ir…Quizás algún día le vuelva la memoria, pero, lo que ocurre en estos momentos entre vosotras, es algo, existe. Ella lo vive ahora. Y lo que sientes, y lo que ella también siente, es muy real.
‒ …
‒ Si su memoria vuelve, no querrá decir que ella tenga que olvidar lo que ahora está viviendo.
‒ Pero si tiene un marido, o una mujer, da igual, con hijos…Y se da cuenta de que los ama más que a nada…¿Crees, de verdad, que dejaría su vida de antes para acabar con una mujer a la que conoce solamente desde hace una semana?
‒ ¿Y entonces…Qué? ¿Vas a esperar a ver si su memoria vuelve? Imagina que tarda semanas, incluso meses…
‒ …
‒ Aunque esto no dure sino un tiempo…Ciertamente vale la pena ser vivido
‒ Para, no soportaría otra desilusión, otra pena, otra pérdida
‒ Entonces, dile que se vaya
‒ ¿Perdón?
‒ Dile que venga a la pensión, que vuelva a sus intensivas búsquedas
‒ …
‒ Si la mantienes cerca de ti, no sería bueno ni para ti ni para ella. Creo, sinceramente, que ella te gusta, y que es recíproco, y que es la razón por la que ella ha parado sus investigaciones. Si ese acercamiento no es bueno ni para ti ni para ella…Entonces separaos. Pon distancia.
‒ …
Ruby sonrió y suspiró.
‒ ¿Ves? No te decides a dejarla partir lejos…Es una señal.
‒ No entiendes nada…
‒ Sí, lo entiendo: no quieres involucrarte por miedo a perderla si su memoria vuelve y se vea obligada a marcharse…No quieres creer en ello porque tienes miedo de amar de nuevo y ser infeliz, una vez más.
‒ …
‒ Entonces no pierdas más el tiempo, Regina, mereces ser feliz, de verdad. Y si un día esa felicidad se te escapa, entonces lucharás, lo sé. Y no estarás sola, porque pienso que Emma, incluso si recupera la memoria, no te traicionará.
Regina suspiró y bajó la mirada
‒ Probablemente tengas razón, pero…
‒ ¡…Pero, no lo pienses, ve a por ello!
Ruby le dio un golpecito en el hombre antes de alejarse, dejando a Regina pensando. De vuelta a casa, en el coche, pensó y pensó en las palabras de Ruby, en sus propios sentimientos. Sí, desde hacía unos días, Regina ponía en tela de juicio todas sus creencias, todas sus prerrogativas. Y tener a Emma a su lado cuando volvía por la noche a casa le henchía el corazón, tenía que admitirlo.
Y una vez más, cuando abrió la puerta de entrada y vio a Emma, toda sonriente, sentada en el sofá, se dispuso a soñar eso como su día a día.
‒ ¡Hey, hola! No sabía qué hacer esta noche y dudé en ir a hacer la compra.
‒ Como caído del cielo
‒ ¿Por qué?
Regina se sentó a su lado y le sonrió tímidamente
‒ ¿Qué dirías de ir a cenar fuera?
‒ ¿Fuera?
‒ Conozco un sitio que, estoy segura, te gustará
Emma la miró fijamente antes de sonreír
‒ ¿Sabes que Henry no está?
‒ Lo sé, sí, precisamente
‒ Oh…
‒ Entonces…¿Quieres cenar conmigo?
Emma se estremeció: ese pedido tenía algo de simbólico
‒ Sí, sería un placer
‒ ¡Perfecto!
‒ Espera, ¿tengo que vestirme de alguna manera?
‒ Así estás perfecta
‒ ¿Nada de vestido de noche?
‒ ¿Te gustaría?
‒ ¿El qué? ¿Una cena que precisase un vestido de noche? Ni siquiera estoy segura de si eso me gusta.
‒ Tranquilízate, por esta noche, no vamos a preocuparnos por eso.
A Emma le habría gustado preguntarle por qué, de repente, la invitaba a un restaurante, pero al mismo tiempo, le gustaba.
‒ Mientras…¿Quieres dar un paseo por la playa?‒ propuso Emma
‒ Tengo algo mejor que eso. Me gustaría enseñarte un sitio que llevo en el corazón.
‒ ¿Ah, sí? ¡Entonces con mucho gusto!
‒ Bien. Entonces, si estás lista…
‒ ¿Qué? ¿Ahora?
Como única respuesta, Regina le sonrió antes de volver a coger su bolso.
‒ En marcha.
Emma no pudo esconder su entusiasmo y casi dando saltitos la siguió hasta el coche. Por supuesto, las ganas de preguntarle a dónde iban la asaltaban, pero mantuvo el silencio, prefiriendo mirar el paisaje que desfilaba bajo sus ojos. Y de repente, el mar dejó lugar a un bosque denso, después, de repente apareció un aparcamiento de tierra y algunos coches. Una gran pancarta de madera con unos árboles grabados anunciaba "Whitecliff Park". Regina se detuvo y Emma salió del coche.
‒ ¿Aquí?
‒ Aquí‒ sonrió Regina ‒ Ven
Emma la siguió y su mirada vagó un poco por todos lados: árboles, bancos y mesas de madera sobre las que algunas familias estaban comiendo. Un poco más lejos, una pequeña cabaña de madera donde había un vendedor de helados.
‒ ¿Quieres uno?
‒ Euh…¿Es nuestra cena?
‒ Para abrir boca. ¿Entonces?
‒ ¿Por qué no?
‒ Déjame adivinar: ¿vainilla chocolate?
‒ Hm…Chocolate menta
Regina arqueó una ceja, sorprendida
‒ Ok
Se giró y pidió entonces su helado y el de Emma, después, cuando ya tenían sus helados, Regina las condujo hacia la parte de atrás de la cabaña y se metieron entre los árboles hasta encontrar una pequeña playa de guijarros y de imponentes acantilados.
‒ Wow…
‒ Bienvenida a mi santuario‒ sonrió Regina ‒ Me gusta venir aquí cuando algo anda mal. Me coloco en la punta de ese acantilado‒ dijo señalando con el dedo una enorme roca que recordaba mucho a la del Rey León.
‒ ¿Y vienes a menudo?
‒ En los últimos tiempos no demasiado‒ admitió la bella morena ‒ Pero hubo un tiempo en que…Pasaba aquí mis días.
‒ Oh…Ya veo
﹘ Realmente me costó mucho superar la muerte de mi mujer…‒ suspiró ‒ Pero…Tenía amigos, a Henry…
Emma suspiró tristemente.
‒ Me gustaría saber si tengo una familia o incluso amigos…
Regina posó su mano en la de ella.
‒ Tienes amigos. En fin, espero.
Emma sonrió y entrelazó sus dedos con los de ella.
‒ Sí
Pero Regina conocía la pena de la bella rubia. Daba igual el alivio de tener un apoyo ahí, Regina sabía que Emma estaba perdida. Le habría gustado aliviar su pena, ayudarla de la mejor manera que pudiera…Pero se sentía impotente y su deseo de hacerla feliz parecía duplicarse a medida que pasaba el tiempo con ella.
‒ Ven
‒ ¿Qué vas a hacer?
‒ Confía en mí‒ dijo tendiéndole la mano
Emma la agarró, se levantó y siguió a Regina hasta el borde de la barrera donde se quedaron hombro con hombro hasta que el sol tocó el horizonte.
‒ Es mi momento preferido‒ confesó Regina ‒ Esos colores, la fugacidad de este momento. Un instante mágico en que el tiempo parece suspenderse. Aunque vuelva cada tarde, jamás es igual, lo que hace este instante precisa…
‒ …Único.
Regina sonrió.
‒ Cada puesta de sol me recuerda algo preciso. Un momento que se une a esos colores, a ese calor, a ese ruido…
‒ Y esa puesta, ¿a qué estará unida?
‒ A ti‒ respondió con naturalidad Regina
‒ ¿A mí?
‒ Y a muchas otras cosas, ínfimas para algunos, pero que para mí revelan una proeza
‒ ¿Como qué?
‒ …
‒ ¿Regina?
‒ Yo…No tengo la costumbre de todo esto, de sentir esto…Ni siquiera estoy segura de lo que siento, pero…Contigo…
El corazón de Emma se saltó un latido en su pecho y de repente sintió que le faltaba el aire: ¿estaba Regina a punto de…declararse? Porque si ese fuera el caso…
‒ Regina
‒ Me estoy embalando, lo sé, no hay…
‒ No, espera
‒ …
‒ Yo tampoco estoy segura de lo que siento. Estoy perdida…Lo que hoy sé es que…Me siento bien contigo, con Henry. Yo…De hecho, sí, sí sé lo que siento. Pero tampoco me atrevo a creer, no quiero creer…Porque si espero demasiado y al final…‒ suspiró ‒ Somos un desastre, ¿no?
Regina sonrió
‒ Las dos debemos gestionar de diferente manera las cosas, eso seguro
‒ Pero yo deseo gestionarlo, ese es el problema. La solución fácil sería negarlo todo, hacer como si nada existiera, pero…Cuánto más pasa el tiempo, más difícil es dejarlo de lado. Y solo nos conocemos desde hace una semana…
‒ …El tiempo es relativo. Todo no es más que una cuestión de punto de vista…
Emma sonrió y se giró hacia ella.
‒ Estoy contenta de que sea recíproco. Quiero decir…
‒ …Sé lo que quieres decir. Y es recíproco‒ confirmó Regina, aliviada.
De repente, Emma se levantó y se giró hacia la bella morena.
‒ Tengo ganas de mojarme los pies, ¿tú no?
Regina se quedó pasmada. Acababan casi de declararse la una a la otra, y sin embargo Emma hacía como si nada. No obstante, Regina parecía tranquila. Entonces se levantó y siguió a Emma hasta el borde del rió y se descalzó. Emma ya tenía los pies en el agua, hasta los tobillos.
‒ Entonces, ¿eres friolera?
Regina hundió un primer pie y sintió un escalofrío, pero se guardó de demostrarlo. Después, hundió el otro y rápidamente se acostumbró a la frescura del agua.
‒ Me encanta este sitio, gracias por este descubrimiento
‒ De nada. Estoy contenta de que te haya gustado.
‒ Enséñame más
‒ ¿De qué?
‒ De ti
Regina se quedó quieta.
‒ ¿De mí?
‒ Tu universo: lo que te gusta hacer, ver, comer…Quiero saber‒ sonrió
‒ ¿Por qué?
‒ Porque, a partir de hoy, haré como si el día de hoy fuera el último día. Tenemos miedo de que todo se detenga y, mientras tanto, no nos atrevemos a nada. Entonces me he dicho: vayamos hacia delante. Vivamos este día como si fuera el último juntas. No nos lamentemos de nada.
‒ ¿Y si de verdad fuera el último? ¿Si mañana…?
Emma entonces se acercó
‒ …Entonces, habremos disfrutado‒ le cogió la mano ‒ No lamentaré nada.
Y Regina entonces lo supo, ella tampoco lamentaría nada.
‒ Wow, ¿es aquí?
‒ Exacto, ¿te gusta?
Regina había llevado a Emma hacia una pequeña cabaña de madera por la que, a primera vista, no se daría un céntimo…Ni a segunda. Pero cuando se acercaron, la bella rubia comprendió que el ambiente era cálido y jovial. En cuanto se abrieron las puertas de entrada, un dulce aroma planeó en el aire y ciento de guirnaldas luminosas estaban colgadas del techo, dando al sitio un aspecto de cuento de hadas.
‒ Es magnífico
‒ ¿Verdad?‒ sonrió Regina
Una camarera se acercó a ellas y les sonrío.
‒ Buenas noches, señoras, ¿desean una mesa dentro o fuera?
‒ Fuera‒ respondió Regina ‒ Hace bueno esta noche
‒ Perfecto. Siganme
Las dos mujeres encontraron una mesa en la terraza de madera, separadas de todos, a orillas del agua
‒ Este paisaje es magnífico
‒ Encantada de que te guste. La carta también es apetitosa.
Emma la miró y sonrió tímidamente: las miradas, los sobreentendidos…Claramente estaban coqueteando y a la bella rubia para nada le disgustaba. Llegó la comida y la conversación se hizo discreta, y Emma se deleitaba con ese momento. En la playa, algunos jóvenes hacían una hoguera, rodeados de música y cervezas.
‒ Parece que se lo pasan bien‒ rió Emma, captando la mirada de Regina hacia ellos.
‒ Eso parece
‒ Sin embargo, yo no cambiaría mi sitio por el de ellos, nada más lejos.
‒ ¿De verdad? Puedo llevarte a la playa a por una cerveza o dos si quieres…‒ bromeó Regina
‒ ¿También me harías bailar?
‒ Si lo deseas, sí
‒ Ni siquiera sé si sé bailar…
‒ Estoy segura de que sí
‒ ¿Y eso? ¿Y tú estás segura porque…?
‒ Lo presiento
‒ Mierda, vamos a tener que descubrir si es verdad o no…
‒ Esa era mi intención…‒ respondió Regina levantándose de su silla y extendiendo las manos hacia ella.
‒ ¿En serio? ¿Aquí?
La música de fondo pareció, de repente, más alta y Regina sonrió
‒ Entonces, ¿nos estamos echando atrás?
‒ ¿Un desafío?
‒ ¿Lo tomas o no?
‒ ¿Y qué gano yo?
‒ Hm…¿Qué deseas?
Emma la miró, pareciendo reflexionar antes de levantarse, coger la mano de Regina, y en un gesto seco, pegarla a ella.
‒ A ti
Regina abrió los ojos de par en par, y de repente, sus piernas parecieron ya no sostenerla. Notar a Emma pegada a ella, o viceversa, casi la hace desfallecer.
‒ Puedo sentir tu corazón latiendo contra mi pecho…Acaso, ¿puedo arriesgarme a decir que es…¿recíproco?‒ murmuró Emma en su oído
Regina cerró brevemente los ojos sintiendo el aliento de la joven rubia contra su nuca antes de apartarse ligeramente.
‒ Emma…
La bella rubia apretó el agarre y aplastó un poco más a Regina contra ella, comenzando una ligera ondulación con la pelvis, al ritmo de la música. Apoyó su mentón sobre su hombro y Regina hizo lo mismo, pasando sus brazos a la espalda de la rubia, palpando de esa manera su musculatura discreta, pero notable.
Y bailaron lentamente, suavemente, a un ritmo lánguido. Después, al acabar la música, Emma se separó un poco.
‒ No tengo nada en contra de este sitio, que encuentro magnífico, pero…¿Podemos volver a casa?
‒ ¿Ahora?
‒ De hecho, tengo ganas de dar un paseo por nuestra playa‒ comentó Emma
Nuestra playa…Pensó Regina. De repente, la idea de hacer su casa la suya, o de esa playa, su refugio…Esa idea…Asustaba a Regina a la vez que le gustaba. Tenía miedo, estaba cagada, pero el deseo de tener a Emma a su lado era más fuerte aún, y ese sentimiento predominó en el momento en que le respondió
‒ Yo también, yo también tengo ganas.
A lo largo del camino de vuelta, la mano de Emma estuvo apoyada en el muslo de Regina y la mano de esta reposaba delicadamente por encima. Ninguna palabra fue pronunciada y cuando llegaron frente a la casa de Regina, Emma saltó fuera del coche.
‒ ¡Venga, vamos, estoy segura de que la noche despejada por encima del mar debe ser magnífica!
‒ ¡Voy, voy!
El apresuramiento infantil de la bella rubia la divertía y no pudo sino seguirla en su entusiasmo. Rodeó la casa y encontró a Emma sentada en la arena, con los pies en el agua.
‒ Vas a coger frío
‒ Ven a calentarme
La bella morena se sentó al lado de Emma y la imitó, descalzándose y hundiendo sus pies en el agua, no sin hacer una ligera mueca.
‒ Ouhhh….¿Te pasas, no?
Emma estalló a reír antes de agarrar a Regina por los hombros y echarla hacia atrás, acostándola en la arena, y echarse encima de ella.
‒ No tengo idea de lo que hago, ni a dónde voy…Pero…Esta noche, tengo ganas de todo esto.
Regina le acarició la mejilla.
‒ No te las está apañando nada mal de momento…
‒ ¿Ah, no? ¿Y si hago esto…?‒ se acercó a su rostro, y se detuvo a unos centímetros ‒Ayúdame…
El corazón de Regina latía como loco y lentamente, agarró el rostro de Emma entre sus manos, y la atrajo hacia ella, y después de tomar aliento, pegó sus labios a los de ella en un beso a la vez tierno y tímido. Los labios se movieron ligeramente y el beso se intensificó, pero Emma cortó el intercambio, algo bruscamente para el gusto de Regina, quien se enderezó cuando Emma se sentó de nuevo.
‒ ¿Emma? ¿Todo bien?
La rubia se mantuvo callada algunos segundos antes de girarse hacia la morena.
‒ Estoy perdida.
‒ No te ha gustado.
‒ Oh, sí, claro que sí. ¡Al 1000%! ¡Sí!
‒ Entonces…¿Cuál es el problema?
‒ Yo…Deseo tantas cosas contigo, pero tampoco quiero precipitarme. Y en cambio, siento que nos falta tiempo…Tengo miedo de que tarde o temprano todo se detenga, y no haber podido disfrutar suficiente. Pero al mismo tiempo, no quiero precipitar nada para no estropearlo…Es un rollo.
Regina rió
‒ Oh, mierda…
‒ ¿Qué? ¿Esto te hace reír?
‒ No, no, para nada. Pero pensaba que me ibas a rechazar diciendo que, finalmente, las chicas no eran lo tuyo…
‒ Hm, es igual de grave, ¿no?
‒ Se lleva de diferente manera. No estamos obligadas a pasar al sexo inmediatamente, aunque, tras este beso, tengo completa confianza en tus futuras capacidades‒ sonrió ‒ Pero tienes razón al decir que hay que disfrutar de lo que tenemos por el momento. Y el coqueteo es algo tan razonable como excitante. Este juego de seducción, estos besos que nos damos, las miradas y los gestos…No te oculto que a mí también me gustaría mucho más…Pero me gustará apreciar estos momentos antes.
‒ Estamos de acuerdo‒ sonrió Emma ‒ Entonces…Si no estás en contra de una sesión de carantoñas…¿Por qué no prolongar esto en un ambiente más caliente?
‒ Cuidado con no quemarte jugando con fuego
‒ Me arriesgaré, pero prometo también que no me pasaré de los límites…Si tú no lo haces antes.
‒ Ja, ja, qué graciosa. Venga, vamos, entremos.
El resto de la velada transcurrió de la mejor forma para las dos mujeres. Cuando entraron en el salón, se sentaron en el sofá y en lugar de una conversación, entablaron una maratón de besos y de castas caricias. Cuando las cosas se volvieron más peligrosas, Emma paró todo y prefirió apoyar su cabeza sobre los muslos de Regina, quien comenzó a acariciar con ternura sus cabellos. Encontraron paz en esos momentos silenciosos, cada una intentando comprender y aceptar lo que acababa de pasar y lo que pasaría en los días venideros.
Cuando Regina se dio cuenta de que Emma se había quedado dormida sobre sus rodillas, sonrió y decidió que, esa noche, la pasarían en el sofá.
Y aunque en un principio ese deseo nació del altruismo, el despertar se mostró doloroso. Habiéndose quedado dormida en una posición poco cómoda, cuando Emma mostró las primeras señales de despertar, Regina abrió los ojos y notó, enseguida, un dolor en las cervicales. Gesticuló de dolor, pero cuando Emma se giró hacia ella, escondió de buena gana su dolor cuando los labios de Emma se posaron en su mejilla.
‒ Buenos días…
‒ Buenos días
‒ ¿Te quedaste dormida aquí´?
‒ No quise despertarte
‒ Debiste hacerlo. No debe haber sido muy cómodo.
‒ He estado muy bien, te lo aseguro‒ Regina se levantó, masajeando suavemente su nuca ‒ ¿Café?
‒ Sí, gracias. ¿Trabajas hoy?
‒ ¿Por qué? ¿Tenías planes?
‒ Bah…Podríamos pasar el día juntas…Bueno…Ya sabes…
‒ Síííí, ya sé. ¿Debo recordarte que Henry debe volver a lo largo de la mañana?
‒ Ah…Sí, lo había….¡Para nada lo había olvidado, evidentemente!
‒ Pues mejor, porque serás tú quien tendrás que ocuparte hasta que yo vuelva
‒ ¡Bien, señora!
‒ No tardaré mucho, solo será el servicio de la mañana
‒ ¿Entonces estarás aquí para almorzar?
‒ Sí. Henry debería regresar a las diez. Probablemente tendrá deberes que hacer…Si te sientes preparada para ayudarlo…
‒ Lo intentaré…No te garantizo nada.
‒ Y no te pido que me garantices nada. No nos debes nada.
‒ Todo lo contrario, te lo debo todo‒ sonrió Emma ‒ Deberías ir a prepararte, antes de que suceda algo irremediable
‒ Vaya, hombre…
‒ Sí…¡Venga, vete!
Al pasar delante de ella, Regina depositó un rápido beso en la mejilla de la bella rubia antes de desaparecer escaleras arriba, dejando a Emma en una pequeña nube.
Después, una hora más tarde, Regina salió de la casa para dirigirse al Granny's. Emma vio cómo el coche se alejaba con la sonrisa en los labios. Si hubiera sabido que esa imagen sería la última que vería de Regina, probablemente la habría disfrutado un poco más.
A veces, una acción tiene consecuencias irreversibles. Nunca lo sabemos a priori, y si lo supiéramos, intentaríamos cambiarlo. Pero, ¿al hacerlo no cambiarían las cosas de manera aún más grave? Entre efecto mariposa y teoría del caos, ni Emma ni Regina tenían idea de lo que el rescate de la bella rubia traería…
Pero sin embargo, por una actuación del destino, iban a descubrirlo, de la manera más cruel posible. El lema de "y si" nunca había sido tan verdad como en ese día.
Y todo comenzó cuando el coche de Regina dejó la casa. Emma, como era costumbre, iba a holgazanear toda la mañana hasta el regreso de Henry. En ese mismo momento, una pick-up marrón y beige entró en Blue Cove.
Regina comenzó su servicio a su hora y se quedó en la cocina hasta alrededor del mediodía, para darle una sorpresa a Emma y llevarle flores. Si hubiera acabado unos diez minutos más tarde, nada de todo esto habría sucedido. Si hubiera acabado más tarde, probablemente se habría cruzado con el hombre de la pick-up que había entrado en el restaurante. Incluso probablemente le habría cogido la comanda…Si él hubiera pedido algo. Pero él no hizo nada. En lugar de eso, extendió una foto a algunos clientes, después se giró hacia la camarera e hizo lo mismo. Esta última frunció el ceño y respondió negativamente. Pero si ella no hubiera gesticulado así, quizás él no habría dudado.
Cuando salió del restaurante, unos minutos después, habría podido no cruzarse con Marco, que acababa de recoger su sandwich en Granny's y no habría tenido la información que había ido a buscar al entrar en Blue Cove.
Y sin esa información, no habría podido dirigirse a una casa al borde de la playa. Alrededor de la una, Henry no habría abierto la puerta, pues, una hora antes, habría estado aún en casa de su amigo.
‒ ¿Sí?
‒ ¿Emma…Emma está aquí?
‒ ¿Quién es usted?
Pero antes de que él pudiera responder, apareció Emma con un paño en las manos.
‒ Henry, ¿quién es?
Ella alzó el rostro y se cruzó con la mirada del desconocido. Por una razón que ella no podía imaginar, ese rostro le parecía familiar. Frunció el ceño y de repente, las pocas palabras que salieron de la boca de ese hombre hundieron el pequeño mundo que Emma se había creado allí.
‒ Emma…Soy yo…Killian…Yo…Soy tu marido.
