Flores de cementerio.
[Hiciste crecer flores en mis pulmones, y aunque son hermosas...no puedo respirar]
II.
Belladona.
Vio a Kao desaparecer en una ráfaga de luz rosa con destellos violetas sin poder hacer más que gritar de dolor de una manera tan cruda que le lastimó los oídos y la llenó de escalofríos. Unos segundos después sintió las raíces, que se enredaban tanto en sus muñecas como sus tobillos, desvanecerse justo cuando aquella que atravesaba el pecho de InuYasha lo hacía también.
Debajo de sus pies, la extensa alfombra roja que conformaban las flores se transformó pétalo a pétalo en diminutas partículas color blanco que parecían destellar como estrellas ante la luz de la luna. El viento volvió a soplar levantando todos los restos de las flores a su alrededor jugando también con su cabello azabache y los mechones plateados del chico frente a ella. Kagome miraba fijamente el rostro del Hanyou quien enfocó su vista por sobre ella, justo en la dirección en la que aquella flecha que había acabado con Kao había sido disparada.
Sintió una daga clavársele en el corazón. InuYasha no la estaba mirando a ella.
Escuchó la voz de Shippo nombrar a Sango llamando igualmente la atención de Kagome haciéndola apartar su vista de InuYasha y dirigirla hacia el lugar donde estaban sus amigos, vio a la exterminadora abrir despacio los ojos en el momento que las raíces que se enredaban en sus tobillos se hicieron polvo poco a poco en el aire.
Sus propios grilletes desaparecieron por completo quedando sin nada que la sostuviera, agachó la cabeza y cerró los ojos lista para impactar contra el piso cuando la gravedad la jaló con violencia hacia abajo pero sintió las manos de InuYasha atrapándola de los brazos haciendo que ambos cayeran con menos fuerza de rodillas en el suelo ahora completamente árido e infértil. El escucharlo gruñir del dolor le recordó que el medio demonio había terminado herido al interponerse en el ataque que iba dirigido a ella.
Tan dirigido a ella como esas últimas palabras…
Amor no correspondido…
—¿Ki...Kikyo? —la voz de InuYasha fue como si aquella raíz hubiera, por fin, alcanzado su propósito de atravesarle el cuerpo, lo escuchó intentar levantarse mientras aún mantenía sus manos sobre ella. Los párpados de Kagome se abrieron tan violentamente que fue doloroso, no se atrevió a subir su vista hacia el rostro del medio demonio. Vio la blusa blanca de su uniforme salpicada con la sangre de InuYasha y sintió sus ojos arder nuevamente.
InuYasha aún no le soltaba pero ella sabía exactamente qué era lo que él realmente quería hacer...
Haré de las flores tu cementerio…
No supo porqué, pero de pronto...le fue difícil respirar.
Para InuYasha, la herida provocada por aquel último ataque de su enemigo parecía mantenerse a llama viva a pesar que la raíz se había desintegrado, podía sentir el calor de su sangre escurrir por el costado de su cuerpo manchando su ropa y goteando en el suelo. La mirada de Kikyo sobre él y Kagome era tan fría que le erizó la piel obligándolo a apartar sus ojos de los de la inalterable sacerdotisa, de todos modos, ¿qué hacía ella en un lugar como este?
Sus ojos se agrandaron de sorpresa y su instinto por protegerla se despertó cuando escuchó a la sacerdotisa a unos pasos de él soltar un quejido de dolor comenzando a perder el equilibrio con un semblante debilitado. Kikyo clavó la punta de su arco en el suelo para así mantenerse de pie, él mismo intentó levantarse pero el punzante dolor en su pecho le hizo gruñir tanto del dolor como de la frustración.
De pronto perdió todo el aire acumulado en su ser y sintió su piel congelarse cuando sintió una de las manos de Kagome colocarse con cuidado en su herida, como si intentara detener el sangrado
—Vamos, InuYasha —la firme voz de Kagome se escuchó como un eco en su cabeza, se dio cuenta que estaba intentando ponerse de pie al tiempo que lo ayudaba a él a hacerlo también—, anda, sé que puedes levantarte.
Tomó la mano de Kagome y pudo por fin ponerse de pie tratando de ignorar lo más que pudo el punzante dolor proveniente de la herida en su pecho, Kagome le abrazó por la cintura y permitió que recargara levemente su peso en ella para así evitar poner esfuerzo en la parte derecha de su cuerpo. A ella no pareció importarle ni por un momento manchar sus manos o su ropa con su sangre.
Se sintió agradecido por su ayuda pero de igual manera un sabor amargo nació desde lo más profundo de su garganta.
—Kagome… —la nombró esperando que ella le mirara, pero ella no apartó su vista del gran portón abierto del ahora palacio abandonado, estudiando con detenimiento el semblante de la sacerdotisa frente a ellos.
—No tengo idea de por qué Kikyo ha venido hasta aquí —respondió a una pregunta que él no le había hecho, pero lo que más le desconcertó es que aún no se había atrevido a verlo a los ojos—, pero...no se ve nada bien.
InuYasha tensó la quijada con frustración, pudo sentir como Kagome se aferró a sus ropas cuando terminó de hablar, de nuevo sin importarle que sus manos terminaran teñidas con su sangre. Vio en ella una expresión de miedo como si temiera que él se alejara de ella pero, por alguna razón que todavía no terminaba de entender…
Kagome no se había tomado ni un solo segundo para verlo a la cara.
—InuYasha, Kagome-sama —escuchó la voz de Miroku detrás de ellos, volteó hacia sus espaldas y observó al monje de pie al lado de Kirara transformada en tigresa con Sango y Shippo cabalgando sobre su lomo. La exterminadora estaba despierta pero su mirada aparentaba no estar del todo consciente del lugar donde se encontraban, como si su mente aún estuviera divagando en lo que sea que el demonio Kao le había hecho ver cuando le provocó aquellas lágrimas de sangre—. Díganme, ¿están bien?
—Sí. Estamos bien —respondió despacio alejando su vista del rostro de Sango, Miroku dirigió su mirada hacia la herida en su pecho y arqueó una ceja, InuYasha soltó todo el aire que contenía en un suspiro intentando disminuir la tensión que de pronto le invadió el cuerpo—. No es nada, sólo necesito un día para recuperarme de esto.
Miroku relajó los hombros menos preocupado pero el medio demonio podía predecir que, a decir por el punzante dolor que aún emanaba de su herida, muy probablemente le tomaría más de un día para que su cuerpo sanase completamente.
Vio al monje apartar su vista de ellos dos y caminar cautelosamente hacia Kikyo quien permanecía apenas de pie con ayuda de su confiable arco, InuYasha solo lo siguió con la mirada sin saber exactamente qué hacer o decir. Las pisadas de Miroku eran sonoras y levantaban una suave capa de polvo en la tierra árida.
—Permítame, Kikyo-sama —Miroku ofreció de la manera más prudente posible acercando su mano, Kikyo hizo un suave movimiento de cabeza aceptando la ayuda del monje y le tomó la mano de vuelta. InuYasha lo vio sostenerla del brazo para así ayudarla a ponerse completamente de pie.
Un escalofrío le recorrió por toda su espalda cuando la tela de las ropas de Kikyo se levantó suavemente por las acciones de Miroku exponiendo su pálido y delgado brazo. Observó de inmediato en la piel lo que parecían ser fisuras, como si el cuerpo de Kikyo se estuviese agrietando.
Cayéndose a pedazos…
—Kagome-sama —una voz serena pero con una tonalidad suave e infantil intervino en sus pensamientos. Tanto Kagome como él bajaron su mirada hasta encontrarse con el par de niñas con ropajes de colores claros que aparecieron frente a ellos. InuYasha las reconoció de inmediato y sabía que Kagome lo hizo igual, provocando en él una complicada sensación en el estómago.
Hasta entonces fue consciente que mantenía su cuerpo apoyándose en el de Kagome, ella igualmente pareció darse cuenta de ello y dejó de abrazarlo por la cintura. Por una razón que le costó entender se separaron uno del otro por un paso o dos. Fue muy extraño, como si lo que hubieran estado haciendo fuese incorrecto.
—Necesitamos nuevamente su ayuda, Kagome-sama —habló la segunda niña, su tono igual de estoico y distante que el de la primera.
Kagome enderezó su postura tratando de disimular su incomodidad, dio un par de pasos hacia enfrente colocándose más cerca del par de shikigamis—, ¿Q-qué es lo que sucede? —InuYasha la escuchó tartamudear y sinceramente no la culpaba. Todo este asunto de Kikyo en el mismo sitio que ellos le estaba causando escalofríos.
—No tenemos más tiempo, Kagome-sama, tampoco hemos encontrado otro remedio —comenzó la niña de ropajes color amarillo, InuYasha sintió sus pies clavarse en el suelo.
—¡Asuka, Kosho! —Kikyo alzó la voz llamándoles la atención y ambas niñas callaron de inmediato, InuYasha levantó de vuelta su vista hacia ella, notó que ya se había apartado de la ayuda de Miroku y había recobrado su porte frío y solemne. Contuvo la respiración cuando la vio acercarse a ellos a paso lento pero firme e instintivamente se colocó frente a Kagome ignorando el punzante dolor proveniente de su pecho. Aún no conocía las intenciones de Kikyo en aquel lugar, pero le gustaban cada vez menos.
—Necesito que seas clara, Kikyo —exigió InuYasha con serenidad, aunque le estaba costando mucho mantenerse así—, ¿a qué se refieren tus sirvientes con eso que no tienen más tiempo?
Kikyo dejó de sostenerle la mirada y agachó la cabeza, con pesar, InuYasha le imitó bajando su vista hacia los brazos de la sacerdotisa mientras ésta remangaba la tela de sus ropas para dejarles ver a InuYasha y a sus amigos lo que él notó momentos antes.
De cerca las grietas en la piel de Kikyo eran mucho más notorias, podía ver pedazos de piel levantándose como cáscaras secas dándole el aspecto de la tierra árida en tiempos de sequía.
—Este cuerpo ha soportado mucho más de lo que un simple muñeco de barro normalmente lo hace, pero no puedo confiar en que aguante mucho tiempo más —comenzó a explicarse con quietud, cuando por fin se dignó a levantar su mirada InuYasha pudo notar una profunda aflicción en los ojos de Kikyo—. En estas condiciones...no creo ser capaz de continuar con mis planes de detener a Naraku.
Su cuerpo entero se congeló, que el cuerpo de barro que mantenía a Kikyo en este mundo pareciera estar en sus últimos pasos no solamente significaba que sin ella perdían una oportunidad valiosa de terminar de una vez y para siempre con Naraku…
—Hemos encontrado una manera no solo de alargar la vida de Kikyo-sama, sino de convertirla nuevamente en una humana —la infantil voz de una de las shikigamis de Kikyo le atravesó como una flecha obligando a todos los presentes a dirigir su mirada hasta ellas. InuYasha pudo notar como Kikyo volvía a bajar las mangas de su ropa para cubrir sus brazos y creyó verla dar un par de pasos hacia atrás, como si la situación le causara vergüenza—. Pero es un método que no podemos realizar sin usted, Kagome-sama.
—Les dije que callaran —Kikyo volvió a interrumpir a sus sirvientes, InuYasha estaba cada vez más confundido con la actitud tan contradictoria de la sacerdotisa, estaba completamente fuera de lo que se acostumbraba en ella. Se supone que habían llegado hasta ahí buscando a Kagome y ahora parecía no querer hacerlo, como si se estuviera arrepintiendo. ¿Era...era quizá que se trataba de algo peligroso?
—Kikyo, voy a ayudarte. Pe-pero necesito saber de qué se trata —Kagome intervino con suavidad volviendo a colocarse de pie al lado de InuYasha, rechazando así la protección que le brindaba permanecer a sus espaldas. InuYasha vio a su amiga bajar su mirada de nuevo hacia el par de shikigamis—. Hablen, por favor.
—Para lograr que un cuerpo de barro tome las propiedades de un cuerpo humano es necesario esencia humana —comenzó una de las shikigamis con cautela, InuYasha vio a Kikyo apartar nuevamente la mirada de la suya—. Kikyo-sama ya posee huesos humanos, pero hace falta sangre, carne y piel humana.
InuYasha perdió todo el aliento y sintió el alma desprenderse de su cuerpo. Los ojos de Kagome se abrieron con tanto asombro que el medio demonio pensó que le saltarían de la cara.
—Un momento —intervino Sango, aquello la había sacado de todo su ensimismamiento obligándola a bajar de un salto del lomo de Kirara—. E-están sugiriendo que…
—Están hablando de mutilar a Kagome-sama —habló Miroku dejando claro que estaba completamente en contra de lo que pretendían Kikyo y sus sirvientes—. Ustedes han buscado y encontrado un método que es simplemente perverso.
InuYasha se había quedado sin palabras, y aparentemente Kagome igual. Pudo notar como Miroku y Sango se les acercaron como si ambos intentasen alejar a Kikyo. La sacerdotisa tomó una profunda respiración antes de hablar.
—Es cruel e infame. Si alguien lo sabe perfectamente soy yo —se defendió Kikyo de ambos amigos de InuYasha, trató mantenerse serena queriendo demostrar que no era una enemiga—. Y sobre todo...Kagome no tiene por qué hacerlo.
—No lo hará, no está a discusión —declaró InuYasha recuperando por fin su voz, Kikyo tenía razón, era un método infame y simplemente no iba a permitirlo.
—Entonces no habrá más remedio y Kikyo-sama morirá —la forma tan fría e impasible como las sirvientes de Kikyo hablaban le perturbaba muchísimo. InuYasha dio un paso hacia atrás como si en vez de dirigirse a él con palabras le hubiesen arrojado una piedra a la cara.
—No lo pienso permitir —sentenció negándose a dar su brazo a torcer, le dolería mucho ver morir a Kikyo pero...no, simplemente no puede. No iba a exponer a Kagome bajo ninguna circunstancia.
—Lo haré —la voz de Kagome sonó como un eco en toda su cabeza, volteó a verla con tanta urgencia que sintió que se le rompería el cuello. Volvió a perder el aliento y aparentemente no fue el único pues todos los presentes enmudecieron.
Para InuYasha, el mundo pareció detenerse ahí mismo.
N.A: La verdad no sabía si cortar este capítulo aquí, pero creo que para la estructuración que he planeado es lo mejor. Espero que estos primeros capítulos no les sepan muy pesados o lentos. Tengo confianza en que las cosas tomen un rumbo más claro a partir del siguiente. Por cierto, cambié la clasificación de este fic d ateniéndome a algunos temas un poco fuertes que manejaré más adelante. ¡Muchas gracias por sus comentarios!
