Flores de cementerio.

[Hiciste crecer flores en mis pulmones, y aunque son hermosas...no puedo respirar]


III.

Cicuta.


De pronto la sangre volvió a correr por su cuerpo quemándole como si fuera lava ardiendo, tensó la quijada profundamente molesto y se puso frente a Kagome.

—¡¿Te volviste loca?! ¡Te dije que no lo voy a permitir! —gritó con enojo tomándola de los hombros por fin consiguiendo que lo viera a la cara teniendo que soportar la sensación que le provocó ver en ella una expresión distante, casi tan parecida a la que tenía Sango cuando despertó después del ataque de Kao—. Kagome...

—Necesitamos a Kikyo para vencer a Naraku, sin ella habremos perdido la mitad de las posibilidades de acabar con él —Kagome le interrumpió con una gélida tranquilidad que le clavó los pies en la tierra—. N-No podemos darnos ese lujo.

Kagome temblaba de pies a cabeza, InuYasha podía sentirlo a través de sus manos, también notó en sus ojos lo muy asustada que estaba.

—De verdad, Kagome...no —InuYasha estaba peleando una guerra interna por escoger las palabras correctas.

—Sí. Sí tengo que hacerlo —le robó las palabras de la boca mientras lo veía directamente a los ojos, Kagome estaba decidida e InuYasha sabía lo muy necia que ella podía llegar a ser. Seguir tocando a Kagome de pronto se sintió como si tuviera las manos dentro del fuego así que no encontró más remedio que soltarla.

—Debemos alejarnos de este lugar —habló una de las shikigamis, InuYasha le dedicó una mirada llena de desconfianza al par de niñas que seguían frente a ellos.

—La energía maligna de ese demonio sigue latente en todo el palacio, es muy peligroso intentar el ritual en este lugar —corroboró la segunda de las niñas, esas palabras calaron profundo en los pensamientos de Kagome. Sabía muy bien que toda esa energía era el remanente de las últimas palabras que había sentenciado Kao antes de ser purificado por Kikyo.

Cerró ambas manos en puños, tratando de disipar su frustración, sintió sus dedos doblarse torpemente ante la presencia de una sustancia en ellos que ya había comenzado a secar tornándose viscosa, bajó su mirada y notó sus manos bañadas en la sangre de InuYasha. Con ese tono oxidado el color era aún más parecido a las camelias que apenas unos momentos atrás tapizaban el suelo por completo.

El suave sonido de un tranquilo andar sobre la árida tierra bajo sus pies le hizo regresar su mirada hacia enfrente, notó a Kikyo alejarse de aquel lugar siendo seguida por sus shikigamis y sus serpientes cazadoras de almas.

Kikyo no miró hacia atrás ni por un solo segundo y Kagome entendió de inmediato el mensaje: estaba en ella si la seguía o no.

Tomó todo el aire que pudo hasta llegar al límite de sus pulmones y dio un paso hacia adelante, pretendiendo seguir a Kikyo. Apenas lo hizo, sintió el violento agarre de InuYasha rodeado su muñeca izquierda obligándola a dirigirle la mirada. Los ojos del hanyou parecían arder en llamas.

—Si lo haces te lo juro que no te perdonaré —sentenció con furia, apretando con tanta fuerza su muñeca que Kagome sintió su mano entera acalambrarse.

Le fue imposible sostenerle más la mirada a InuYasha así que agachó la cabeza en un intento de disimular su aflicción. ¿De verdad iba a ganarse el rencor de InuYasha si exponía así su seguridad para ayudar a Kikyo?, pero, ¿qué iba a pasar si no lo hacía? Kikyo moriría, ya lo habían sentenciado así las propias ayudantes de la sacerdotisa. Moriría sin cumplir su misión de detener a Naraku, y al parecer sin ni siquiera tener la oportunidad de intentarlo, moriría sin poder alcanzar su paz, sin poder darle verdadero descanso a su alma. No estaba segura si iba a poder con ese cargo en su consciencia si acaso simplemente se sentaba a verla morir.

Dudaba muchísimo que InuYasha fuera capaz de soportar ese mismo cargo él mismo.

Ella sabía perfectamente...que lo último que quería InuYasha era ver a Kikyo morir. Quizá...quizá el verdadero rencor de InuYasha se lo ganaría si no salvaba a Kikyo teniendo la oportunidad de hacerlo.

...Amor no correspondido...

—Y yo no me voy a perdonar... —respondió regresando su mirada hacia InuYasha, se preguntó cuál sería la expresión de su propio rostro al notar como el hanyou ahora no la miraba con furia sino con algo parecido al terror, quizá no debía decirle exactamente lo que pasaba por su cabeza—. No me voy a perdonar si, por culpa de mi cobardía, todo lo que hemos conseguido peleando con Naraku hasta llegar aquí termina en la basura.

Vio su oportunidad cuando el agarre de InuYasha en su muñeca se suavizó logrando soltarse por completo de él, sintiendo un fuerte escalofrío cuando lo hizo. La ira en los ojos de InuYasha había desaparecido, ahora la miraba totalmente sorprendido, como si le fuera imposible creer lo que estaba escuchando.

Giró su mirada hacia el resto de sus amigos, el rostro de Miroku era estoico aún desaprobando su decisión pero dispuesto a respetarla. Sango y Shippo, por su parte, la veían con miedo, tal vez queriendo decir algo para persuadirla, pero se habían quedado sin palabras.

Volvió a llevar su mirada hacia enfrente, la silueta de Kikyo alejándose de ellos se hacía cada vez más distante así que decidió emprender su camino. Estaba bien si InuYasha y los demás la seguían, estaba bien si no lo hacían.

Ella había elegido ese sendero y lo seguiría hasta el final.

-o-

Kikyo les dirigió en silencio hasta un claro en el profundo bosque bañado por el manto de la noche con las incontables estrellas y la luna en su punto más alto iluminandolo todo con una clara luz blanca. Lo único que podía escucharse era el cantar de las cigarras y el correr del agua entre las rocas en la afluente del río que atravesaba aquel claro.

Kagome caminó hasta las lodosas orillas y se acuclilló para meter sus manos en el agua siendo recibida por una sensación fría y relajante. Con esmero talló sus manos procurando lavar de ellas los restos de la sangre de InuYasha la cual, al desprenderse de entre sus dedos, fue llevada por la corriente en un delgado hilo rojo que poco a poco se desvaneció en la claridad del agua.

—¿De verdad crees que es la única alternativa que tenemos, Kagome-chan? —escuchó la voz de Sango hablándole con suavidad, Kagome volteó a su derecha y vio a su amiga acuclillada igual que ella para poder verla directamente a los ojos—, ¿de verdad crees que, si no ayudas a Kikyo, Naraku nos derrotará al final?

Seguramente su rostro mostraba lo perdida que se sentía ante sus preguntas pues Sango le sonrió con comprensión, quizá buscando cómo explicarse mejor.

—No quiero decir que no nos haga falta, ni mucho menos que debamos dejar a Kikyo a su suerte...pero creo que todos nosotros nos hemos hecho cada vez más fuertes desde que tomamos como misión acabar con Naraku y su maldad. Sobre todo InuYasha y tú —retomó Sango dirigiendo su vista hacia el correr del agua en el afluente del río—. Y sé muy bien que si alguien tiene fe, sobre todo en InuYasha, eres precisamente tú.

Kagome pudo notar la dulzura en los ojos de su amiga y se permitió tomar una poca para ella. Dibujó en su rostro una muda sonrisa curvando suavemente sus labios, sacó sus manos del río enderezando su espalda y las colocó en su regazo

—No. No creo que sea la única alternativa que tenemos —confesó por fin, sabiendo que con nadie más podía tener ese nivel de confianza para sacar lo que había en su corazón—. He sido testigo de lo mucho que InuYasha se ha esforzado por ser cada día más fuerte, para un día hacerle pagar a Naraku por todo el mal que ha causado y estoy segura que va a conseguirlo.

Sango parpadeó un par de veces, asimilando las palabras de la chica a su lado.

—Entonces...Kagome-chan, ¿por qué vas a hacer esto? —la voz de Sango fue como un eco lejano, Kagome alejó su mirada de su amiga y se enfocó en uno de los árboles que rodeaban el claro del bosque. El único que parecía estar decorado con brillantes orbes de luz tan blancas que parecían lunas en miniatura.

Bajó su vista hasta las raíces salientes que parecían acunar a la sacerdotisa Kikyo quien mantenía los ojos cerrados mientras sus serpientes se dedicaban a pescar aquellas pequeñas lunas para ella.

Su corazón pareció detenerse cuando vio a InuYasha acercarse a paso lento hasta Kikyo, frente a ella, arrodillándose ante ella, quedando tan cerca de ella como lo íntimos que eran…

—Kagome-sama —como si acabase de liberarse de las olas violentas del mar, tomó una gran bocanada de aire y dirigió su mirada hacia la niña de ropajes amarillos y cabello sujetado en una coleta que la había nombrado con total solemindad.

De cerca las grietas en el cuerpo de Kikyo no solamente eran más notorias, también lo era la expresión de desagrado que desdibujaba su normalmente impasible rostro cada vez que su piel absorbía una nueva alma para alimentar su cuerpo de barro. InuYasha tragó lentamente con incomodidad, ¿era acaso que se le estaba dificultando eso también por culpa del desgaste de su cuerpo?

—Te juro por todo lo sagrado que insistí en buscar por mar y tierra una solución diferente a esta —la voz melancólica de Kikyo lo sacó de sus pensamientos, ella abrió despacio los ojos y lo miró fijamente. Estaba tan cerca de ella que podía notar el temblor cristalino en sus ojos de color avellana—. También consideré intentar con todas mis fuerzas llegar hasta donde pudiera y dejar que Kagome se encargue de lo que a mí me hiciera falta pero...simplemente no pude hacer ni eso.

—No tienes que hacer nada de eso —intentó sonar lo más sensato que podía a pesar de estar evidentemente desesperado—. Yo me haré cargo de todo, no es necesario que luches más. Yo no voy a permitir que Naraku…

—Jamás podrás detenerlo solamente con una espada —Kikyo fue directa y endureció su mirada. InuYasha sintió un nudo en la garganta y tuvo que poner más esfuerzo del normal para no perder el equilibrio mientras seguía de rodillas frente a ella—. Debes entenderlo de una buena vez.

—Kikyo… —susurró casi sin aliento. No importaba cuantas veces sucediera, la desconfianza de Kikyo siempre iba ser igual de dolorosa.

—Kagome-sama está lista, Kikyo-sama —una de aquellas ya desagradables niñas llamó a Kikyo obligando a ambos a dirigir su mirada hacia las espaldas de InuYasha. Vio a Kagome de pie frente a ellos, siendo custodiada por ambas shikigamis, de nuevo estaba haciendo eso tan irritante de no mirarlo a los ojos.

Se puso de pie al mismo tiempo que Kikyo lo hizo, InuYasha dio un par de pasos hacia atrás antes de darle la espalda a Kikyo para quedar justo frente a Kagome quien por fin se dignó a mirarlo aunque no fue por mucho tiempo pues volvió a esquivarlo.

Estaba cada vez más harto de toda esta mierda.

La mirada de InuYasha simplemente le quemaba, por eso le era tan difícil mantener su vista en él. Su cuerpo entero se llenó de escalofríos cuando lo vio acercarse a ella, se obligó a sí misma a enderezar su espalda, tratando de sacudir cualquier sensación parecida al miedo. El medio demonio siguió caminando hasta pasarla de largo, sin decirle ni una sola palabra. Kagome cerró con fuerza los ojos y apretó con desilusión sus puños cuando InuYasha pasó justo a su lado, alejándose de ella.

InuYasha caminó sin detenerse hasta que sintió que estaba lo suficientemente apartado tanto de Kikyo como Kagome. Frunció el ceño y tensó la quijada, sintiendo que había fracasado de todas las maneras posibles.

—Hiciste cuanto pudiste, esto ya está en tus manos —escuchó a Miroku cuando este se puso de pie a su izquierda con Shippo en su hombro, quizá notando la frustración en su rostro. InuYasha le dedicó una mirada fugaz a sus amigos antes de girar su cuerpo de nueva cuenta hacia Kikyo y Kagome.

Eso era una mentira, no hizo lo máximo de lo que era capaz y era precisamente esa la razón por la que ahora se sentía tan enojado.

—¿No podemos intentar convencer a Kagome una vez más?, ¿no puede InuYasha tomar a Kagome y llevarla a su época? —la insistencia de Shippo era tan inocente que era envidiable.

—Esta ha sido decisión de Kagome, Shippo —habló InuYasha sin intentar ni por un segundo disimular el rencor en sus palabras—. Ella sabrá lo que hace.

Kagome tomó todo el aire que pudo y lo liberó en un pesado suspiro antes de volver a abrir los ojos, se encontró con la mirada fría e impasible de Kikyo—. Puedes comenzar cuando quieras, Kikyo —declaró tan firme como pudo, luchando con ella misma por que su voz no la traicionara y comenzara a temblar o tartamudear. La sacerdotisa frente a ella asintió con un suave movimiento de su cabeza haciéndose un paso hacia su derecha invitándole con ese gesto a colocarse a un lado de ella.

InuYasha contuvo la respiración cuando vio a Kagome caminar hasta estar a un lado de Kikyo, su corazón latía tan fuerte dentro de su pecho que pensó que le estallaría. La maldita frustración lo estaba matando.

—Asuka, Kosho —habló Kikyo dirigiéndose a sus sirvientes. Ambas shikigamis entendieron de inmediato, se pusieron de pie frente al par de mujeres juntando cada una sus manos en lo que parecía ser una oración que realizaron en silencio. Dando así inicio a su siniestro ritual.

Todos los presentes observaron a ambas sacerdotisas siendo rodeadas cada una por un orbe de energía, ambas esferas se elevaron del suelo con ellas dentro tornado cada una un color azul oscuro.

Asuka y Kosho cerraron los ojos al tiempo que modificaron la posición de sus manos bajando ambas sus dedos corazón mientras mantenían el resto de dedos unidos. El cuerpo de InuYasha se tensó por completo cuando vio que la esfera que resguardaba a Kagome parecía destellar desde el interior, cerró los puños clavando sus uñas en las palmas de su mano con irritación cuando vio esos destellos convertirse en miles de agujas que se dirigieron disparadas hacia el cuerpo de Kagome.

Sintió su cuerpo siento pinchado una y otra vez de manera tan violenta y desordenada que le era imposible poner su atención en una sola zona de su ser. Cada diminuta parte de su piel le dolía como si se estuviera chamuscando hasta las cenizas. Kagome se mordió los labios aferrándose desesperadamente a su fuerza interna a pesar de los fuertes choques eléctricos que le recorrían de los pies a la cabeza provocando en ella el más intenso dolor que había sentido en su vida.

Sus ojos se abrieron del terror, lo mismo que los ojos de InuYasha, al notar como esas destellantes agujas que la rodeaban comenzaron a comerle carne de distintas partes de su cuerpo provocando un dolor desgarrador haciéndola gritar sin poder contenerlo más. El clamor tan angustioso que lanzó Kagome provocó que la sangre de InuYasha se congelara y sus pies quedaran clavados al suelo.

—¡Ya basta, Kikyo! —lanzó InuYasha dirigiendo su vista hacia la esfera de energía donde la sacerdotisa se mantenía en silencio mientras unas agujas parecidas a las de Kagome también se disparaban contra todo su cuerpo pero, en lugar de lastimarla parecían comenzar a llenar las grietas en su cuerpo de barro—. ¡Detén esto ya mismo!

—¡Kagome-chan! —Sango gritó horrorizada obligando a InuYasha a regresar su mirada hacia la burbuja en la que Kagome permanecía atrapada. Cientos de violentos escalofríos le latigaron el cuerpo cuando vio aquella funesta esfera a tornarse del mismo color rojo que su sangre. Kagome había dejado de gritar, parecía estar desmayada.

No iba a soportar ni un solo maldito segundo más de la macabra tortura a la que lo estaba sometiendo Kikyo. Avanzó hacia Kagome tomando la empuñadura de Tessaiga, esperando que el carmesí de su espada fuera suficiente para liberarla.

—Por favor no lo haga, InuYasha-sama —habló una de las shikigamis de Kikyo haciendo que InuYasha se detuviera abruptamente—.Si interviene ahora, ambas podrían salir perjudicadas. Sobre todo Kagome-sama.

InuYasha pareció perder todas las fuerzas del cuerpo, sus brazos cayeron a sus costados, sus piernas dejaron de sostenerlo desplomándose de rodillas contra el suelo. La caída fue tan abrupta que la herida en su pecho comenzó a doler en protesta pero no le tomó la más mínima importancia, lo único que su vista podía enfocar era el orbe rojo donde el cuerpo de Kagome se mecía inconsciente.

—Es suficiente —Miroku alzó la voz colocándose autoritariamente frente el par de shikigamis—. Ya han tomado lo que querían. Detengan este suplicio ahora mismo.

El par de niñas decidió obedecer las palabras del monje soltando el sello que mantenían con su posición de manos, las dos esferas se desvanecieron justo en ese momento. El cuerpo de Kagome, que hasta entonces flotaba dentro de su burbuja de energía comenzó a caer con dirección al suelo.

El primer instinto de InuYasha fue atrapar a Kagome en el aire con un solo salto pero, cuando quiso hacerlo, la herida en su pecho se tensó de dolor haciéndole maldecir a todo dios que pudiese existir.

Su alma dio un suspiro de alivio cuando escuchó el clamor de Sango, el llanto de Shippo y el rugido de Kirara transformada en tigresa lanzándose hacia Kagome sujetándola segundos antes de que golpeara violentamente sobre las raíces del árbol debajo de ella.

—¡Kagome-chan! —Sangro abrazó a su amiga sin importarle si su ropa entera se empapaba de sangre cuando Kirara colocó cuidadosamente a Kagome sobre el suelo.

—¡Kagome! —lloró Shippo a un lado de Sango, la exterminadora sostenía la mejilla de Kagome quien no abría los ojos a pesar que la llamaban con desespero.

InuYasha se preguntó seriamente si acaso alguna vez existió alma en su cuerpo, pues al notar el cuerpo entero de Kagome lleno de hematomas y con heridas profundas en la piel, sintió como la vida entera se le esfumaba de las manos.

Estaba tan irritado, tan frustrado, que agachó la cabeza con vergüenza al mismo tiempo que apoyaba ambas manos sobre la húmeda tierra. Tanta era su impotencia que clavó sus garras en el suelo, podía sentir la tierra encarnándosele debajo de las uñas y no le importó.

El sonido de unos suaves pasos andando hacia él le hicieron tomar el suficiente aire para controlarse, o al menos intentarlo, no se dignó a levantar su mirada. Lo último que quería en ese momento era verla.

—Tú lo sabías —espetó sin levantar su mirada del suelo. No se lo estaba preguntando—. Tú sabías que este iba a ser el resultado. Y aún así permitiste que tus repugnantes sirvientes siguieran adelante…

—Tanto Kagome como yo sabíamos que esto tendría un costo, por eso le dije que no era su obligación. Ella lo entendió, InuYasha, es tu turno de entenderlo —la voz de Kikyo era casi tan fría y distante como cuando fue resucitada por la bruja Urasue—. Kagome le ha arrebatado a Naraku una ventaja que era decisiva. Nos ha regalado esa ventaja a todos nosotros.

InuYasha se mordió tan violentamente el labio inferior que terminó haciéndose daño, lo supo por el repentino sabor a sangre en su boca, instintivamente levantó su mirada cuando escuchó los pasos de Kikyo alejándose de él. La vio dirigirse hasta el lugar donde Sango mantenía a Kagome en sus brazos.

La exterminadora abrazó más aprensivamente a su inconsciente amiga cuando vio a Kikyo acercándose hasta ellas, los ojos de Sango reflejaban lo muy decidida que estaba en proteger a Kagome, también temblaban cristalinos por las contenidas ganas de llorar. Kikyo, decidida a no tomarse personal la actitud a la defensiva de Sango, dirigió su atención a las serias heridas en el cuerpo de la chica desmayada frente a ella.

—Creeme que yo también soy capaz de entenderlo: para que mi cuerpo volviera a ser el de un humano fue necesario que Kagome diera mucho de ella —habló Kikyo dirigiéndose a InuYasha quien había logrado ponerse torpemente de pie, la sacerdotisa regresó su mirada hacia Kagome en los brazos de su amiga—. Deben llevarla con mi hermana, Kaede sabrá cuidar de ella —indicó Kikyo con claridad, ignorando la hostilidad de Sango. Sango, aún con desconfianza, acató con un suave movimiento de su cabeza.

Sin tener nada más que hacer en aquel lugar, Kikyo dio un par de pasos hacia atrás antes de dar la media vuelta y caminar hacia el interior del bosque.

—¿A dónde irás ahora, Kikyo? —preguntó InuYasha cuando pasó justo a su lado, ninguno de los dos pareció capaz de mirarse directamente a los ojos.

—Ya tendremos nuestra oportunidad de hablar, InuYasha, ahora mismo no es el momento —le respondió Kikyo tan suavemente como le fue posible, continuando su camino siendo seguida por sus fieles shikigamis.

Decidió no mirar hacia atrás mientras Kikyo se alejaba del claro del bosque, solo sintió su aroma a lavandas cada vez más disperso en el aire, curiosamente ahora parecía no estar mezclado con tierra de cementerio.

Dio un paso y luego otro hasta estar frente a Kagome en los brazos de Sango. Las heridas eran tan monstruosas que parecía como si alguna especie de demonio le hubiese mordido y arrancado la piel en carne viva.

Maldito fuera una y mil veces el momento que decidió no insistir más para que Kagome dejara esa estúpida idea de ayudar a Kikyo.

Supo entonces que aquello que le dijo sobre nunca perdonarla no era verdad.

Si acaso había alguien a quien jamás, en todo lo que le quedara de vida, iba a ser capaz de perdonar. Iba a ser él mismo...


N.A: ¿Entonces podríamos decir que el angst de este fanfic queda oficialmente inaugurado?

pfff, debo de confesar que este capítulo fue mentalmente muy agotador (sobre todo la parte del ritual) así que me siento muy en paz ahora que pude terminarlo. Entiendo si llegan a pensar que estoy retrasando mucho todo el asunto del Hanahaki pero créanme cuando les digo que era necesario todo este contexto para que ahora sí esa cruel enfermedad empiece a tomar terreno, puedo adelantar que comenzará a mostrar sus estragos en el siguiente capítulo así que por favor manténgase al pendiente.

Por cieeeerto, seguramente ya lo notaron pero los capítulos están llevando y llevarán siempre el nombre de alguna flor, curiosamente estos primeros capítulos han sido flores altamente venenosas. Todas ellas guardan un significado alusivo a su respectivo capítulo:

Acónito: En el lenguaje de las flores, el acónito significa "palabras envenenadas" y es justo cuando Kao lanza su maldición, así que creo que no hay mucho que explicar aquí.

Belladona: Significa "mujer hermosa" y, como desde siempre he creído que es un adjetivo que embona perfectamente con Kikyo, decidí nombrar el capítulo así en alusión a ella y su intervención en la historia. Además que el veneno de la belladona puede incluso paralizar el corazón porque me gusta ser poética y relacioné eso con la decisión de Kagome y la reacción de InuYasha.

Cicuta: La elección de esta flor fue más que nada por su tinte en la filosofía, pues se dice que Sócrates aceptó beber cicuta cuando fue condenado a muerte. Pudo salvarse de la condena si hubiese negado sus ideales pero decidió no hacerlo. Así lo relacioné con este capítulo pues Kagome si bien pudo negarse a ayudar a Kikyo decidió seguir adelante. Decidió beber el veneno.

No suelo nombrar los capítulos en mis fics pero cuando lo hago pretendo que tengan esa conexión con el fic, perdón si se lee muy rebuscado xDDD

En fin, que me lié mucho así que mejor me detengo aquí.

Les agradezco infinitamente por todos sus comentarios! Nos leemos en la próxima actualización.

-Kao